Un padre y su hija, de Emmanuel Bove

El escritor francés Emmanuel Bove (1898-1945) es una de las apuestas más interesantes de Hermida Editores, que en los dos últimos años nos ha ofrecido varias muestras de su labor literaria, como el libro de relatos Henri Duchemin y sus sombras (1928) o la novela Armand (1927). Nacido en París de un emigrante ruso de origen judío y una criada luxemburguesa, Emmanuel Bobovnikoff arrastró una juventud precaria y desprotegida, que le obligó a desempeñar oficios muy alejados de su temprana vocación literaria: una experiencia de la que se ha querido ver un reflejo en algunos de sus antihéroes de ficción: perdedores y marginados en su mayoría. Un padre y su hija (1928) es una conmovedora novelita en torno a un personaje atormentado por el resentimiento y un complejo de inferioridad exacerbado: una descorazonadora radiografía de la soledad de un padre de familia construida con algunos elementos de la llamada bildungsroman o novela de formación, un género todavía muy en boga en la primera mitad de la centuria y en el que también eran habituales los «retratos en negativo». En la obra de Bove, sin embargo, se desbordan los moldes del género, gestándose un relato de tintes existencialistas donde el devenir del personaje se revela no tan dependiente de su entorno como de una atormentada y compleja personalidad que, más que analizada racionalmente como un resultado, es simplemente mostrada, en todo su patetismo (pero también con algo de ironía) ante el lector.

Jean-Antoine About, el protagonista de la novela, es un anciano de más de sesenta años que vive en la sola compañía de un vieja sirvienta, Nathalie. Lo desaliñado de su aspecto, sus malsanas y estrambóticas costumbres, así como las impresentables visitas que recibe a todas horas inspiran mucha desconfianza a sus vecinos, que lo rechazan unánimemente y han intentado echarlo del edificio numerosas veces. Pronto veremos —avanzando en la lectura— que este rechazo social, más o menos justificado en su vejez crapulosa, parece haberlo acompañado, como la marca de Caín, desde época temprana. Así se pone de manifiesto en su primera experiencia como aprendiz en un negocio de paños, donde su excesivo celo y deseos de aprender el oficio despiertan la desconfianza de sus compañeros y jefes, provocando un despido injustificado que tiene algo de kafkiano. Jean-Antonie, sin saber muy bien qué hacer, se desplaza entonces al pueblo donde se han retirado a vivir sus padres. Alli lo veremos disfrutando, de manera harto pueril, de la admiración que despierta en los campesinos más ignorantes, ante los que exhibe sus ideas sobre el éxito, la especialización o los escalafones del mérito, estereotipos de baratija que pronto lo conducirán a vivir su medianía bajo un lacerante sentimiento de inferioridad. La medida de su inmadurez nos la brinda un segundo episodio: su apresurada boda con Marthe, una joven maestra recién graduada que acaba de conocer y a la que el narrador, distanciándose irónicamente de su personaje, nos la describe ya como que ni pintada para arruinarle la vida:

… y que el hombre con quien se casara le parecería ridículo y lleno de defectos, de los que ella fingiría no saber nada. Las deformidades físicas le llamaban la atención enseguida. Algo semejante a la crueldad la impulsaba a mofarse de ellas. Se reía de todo el mundo. Era siempre la primera en ponerle motes a la gente.

La banalidad del lenguaje con que Jean-Antoine se declara a Marthe, lleno de tópicos y lugares comunes, abunda en la pintura de esa trivialidad juvenil con que en ocasiones malbaratamos, con decisiones apresuradas sobre asuntos de gran trascendencia, las mejores oportunidades de nuestra vida. Vuelto a París, Jean-Antoine se resigna a vivir como simple peluquero, una profesión en la que no tarda en destacar, pero que desprecia por no ajustarse a sus fantasías juveniles de éxito. Aunque compensa sus frustraciones volcándose en la vida familiar, un creciente complejo de inferioridad, que le impide relacionarse de manera natural con su entorno, contribuye a arruinar su matrimonio, fundado en una errónea elección. Comienza entonces a desplegarse ante nuestros ojos la destructiva personalidad de Jean-Antoine, enfermizamente cohibido ante los que considera triunfadores y temeroso del posible desprecio de su hija, en la que vuelca todas sus esperanzas y a la que maleduca, desde su conciencia de acomplejado, con resultados igualmente desastrosos. El victimismo y el resentimiento terminarán por arruinar su vida. La máxima sartriana de que «el infierno son los otros» parece haber guiado la mano del autor al dibujar esta desgraciada familia, lo que también se percibe en la relación cuasi sadomasoquista, revestida de demencia senil, que une a Jean-Antoine con la vieja criada Nathalie:

—Vamos, vuelve a llamarme viejo rácano y cosas peores./ Nathalie se alejó. Intentó retenerla. Lo rechazó con brutalidad. Antes de que cerrase la puerta, él le gritó:/ —Llámame viejo rácano delante de ella, ¿eh? Tendrá mucha gracia.

Y es en esa existencia casi terminal —que abre y cierra el relato, encuadrando la visión retrospectiva— donde se anuncia el retorno de la hija: una expectativa de regeneración que le crea al anciano una tensión insoportable. Un reto difícilmente asumible para quien solo aspira ya a refugiarse en la ominosa seguridad del fracaso más absoluto y sin esperanzas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«En un segundo, a Antoine About se le disiparon todas las tinieblas que le envolvían la mente. Lo que estaba oscuro se volvía cegador. Lo entendía todo. Su hija se avergonzaba de él. Había escapado para que no la vieran en compañía suya. Siguió andando sin decir nada, pero le invadía una gran tristeza. No se le vino a los labios ningún reproche. En vez de ofenderse, se guardaba rencor por resultarle tan engorroso a su hija. Aceptaba su suerte con una resignación dolorosa, esforzándose tan sólo en una cosa: disimular su dolor. Sin embargo, una honda amargura le daba ganas de llorar. Lo había hecho todo por aquella niña. Había pasado años viviendo con una única meta: darle cuanto quisiera. Lo mismo había hecho con su mujer. Y, sin embargo, nadie le estaba agradecido. No podía más. Le corrían las lágrimas. Él también habría querido en aquel momento escapar.» (traducción de Mª Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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