De algunos animales, de Rafael Sánchez Ferlosio

de-algunos-animales-ferlosio.jpg[Prepublicado en El Cuaderno: 14-I-2020]

Cuando los etólogos andan todavía discurriendo si los animales gozan o no de las bondades del pensamiento, de si tienen la capacidad de alumbrar conceptos (lo que les parece muy dificil, al no estar dotados de lenguaje), o si al menos son capaces de servirse de alguna clase de juicios, la literatura hace ya tiempo que resolvió el dilema, concediéndoles unas capacidades parangonables a las humanas, o cuando menos, las suficientes para desempeñar con solvencia un papel protagonista en apólogos, bestiarios, alegorías o, incluso, historias naturales. Divinizados en muchos mitos y religiones antiguas, los poetas se han servido con frecuencia de su variopinta república para ofrecernos ejemplos a los que imitar; o bien, modelos en los que criticar, desde una prudente distancia, muchos de nuestros vicios y tonterías. De manera similar a como Perseo utilizaba el espejo de su escudo para vencer a la Gorgona sin mirarla a los ojos, los hombres nos hemos contemplado en los animales para triunfar de nosotros mismos, intentando mejorarnos sin herir demasiado el orgullo de nadie. Un espejo en el que pocas veces salimos favorecidos, que se obstina casi siempre en reflejar nuestro lado menos amable.

En esta antigua y venerable tradición de textos que conceden magisterio a los animales cabe encuadrar, al menos en parte, este moderno bestiario de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), De algunos animales, que Literatura Random House saca a la luz para rendir un merecido homenaje al recién desaparecido escritor. Hablamos de un conjunto de textos de diversa procedencia, cuidadosamente entresacados de su obra publicada y de muy variada factura: relatos, ensayos, aforismos, minificciones, fábulas, poemas… Su editor, Ignacio Echevarría, ha ultimado un libro en el que el propio autor estuvo trabajando, con vistas a su publicación, hasta el último momento: una especie de Arca de Noé donde se dan cita animales domésticos y salvajes, mamíferos y reptiles, pájaros e insectos; con una especial atención a perros y gatos, caballos y leones, zorros y monos…, y que vienen acompañados (tal como era deseo de su autor) de algunas de las ilustraciones del famoso libro La vida de los animales (Illustrirtes Tierleben, 1863-69), del naturalista alemán Alfred Brehm (1829-1884), por las que Sánchez Ferlosio manifestó siempre una gran predilección, y que le gustaba compartir con su hija Marta en entrañables veladas de lectura, que luego reeditaría, años después, con su nieta Laura.

Aunque nuestro respeto a los animales hunde sus raíces en la noche de los tiempos, nuestra sensibilidad moderna parece que lo ha exacerbado bastante, hasta el punto de que, en ocasiones, nos resulta casi imposible hablar de ellos sin poner en evidencia nuestra propia inhumanidad, ya sea por maltratarlos o por amenazar su entorno natural (que también es el nuestro). Imposible negar que los comemos, que los cazamos por diversión, que los hacemos trabajar en nuestro beneficio, que experimentamos con sus cuerpos, que nos vestimos con sus pieles, que los hemos utilizado, incluso, como arma de guerra contra nuestros semejantes… Muchos de los textos reunidos en De algunos animales serán leídos probablemente desde esta perspectiva, como un alegato «animalista»; aunque nos consta que su autor no lo fue nunca, al menos de manera declarada. Así sucederá, sin duda, con uno de los textos menos amables del libro, Los perros en la Conquista, resumen de una de las páginas más negras (atestiguada en numerosas fuentes) de la colonización española en las américas: el aperreamiento de indios. Un fenómeno que no nos descubre el autor, por supuesto, que ya conocíamos, pero que volveremos a leer con espanto, y que dibuja un curioso y paradójico paralelismo con algunas prácticas paganas del circo romano (Damnatio ad bestias) ya abolidas en tiempos remotos. También destacan, en una línea diferente, un grupo de textos escritos por Ferlosio ―simplifiquémoslo así― en defensa del lobo: ese animal totémico tan vilipendiado en fábulas y leyendas, por cazadores y pastores, cuyo descrédito Ferlosio compara (en un gesto de erudición muy suyo) con la difamación sufrida por los cartagineses por boca de los romanos. Los animales, desde luego, nunca ganan la batalla del relato. Cuentos de caza como Dientes, pólvora, febrero abundan también en esa humana inhumanidad que nos toca tan de cerca, poniendo de manifiesto, de manera sutil (con ese realismo trascendente que hizo famoso al autor en El Jarama), toda la brutalidad del hombre (la gratuita crueldad de los personajes de Dientes, pólvora, febrero me ha recordado la que se respira en el célebre relato de Buzzati, La matanza del dragón). También la fiesta de los toros hace una fugaz aparición en el libro de Ferlosio, en el texto titulado Toros contra caballos, centrado no tanto en el toro como en la cruel suerte de los caballos de picador, cuando la carnicería equina era el plato fuerte de la fiesta, el que mejor saciaba las sanguinarias expectativas del público, antepuesto incluso a las propias mañas del torero con la capa y el estoque. Es oportuno señalar (como nos informa Ignacio Echevarría en la documentada y excelente Nota de los editores) que Ferlosio había sido con anterioridad cazador y aficionado taurino, aunque luego renegó de las dos aficiones. Otro animal que no podría faltar en ningún bestiario que se precie es el mono: el más turbador espejo animal en el que podamos mirarnos (¿cuántos se atreverían a tener uno como mascota?). Así lo veremos en Delante de la jaula de los monos, irónica meditación sobre esos «extraños próximos» ―en palabras de Ferlosio― a los que vestimos y hacemos adoptar poses semihumanas para mejor burlarnos luego de su supuesta pretensión de igualarnos.

Pero el libro de Sánchez Ferlosio es mucho más que una denuncia del maltrato animal, mucho más que un bestiario donde, sin afirmarlo de manera explícita, el hombre representa el feo papel de bestia inteligente. Hay, por de pronto, relatos que ocupan ya un lugar intermedio, donde gana terreno la pura ficción, aunque sin embotarse del todo el filo de la ironía. Así lo podemos apreciar en ese sorprendente relato titulado Los babuinos mendicantes (extraído de El testimonio de Yarfoz), donde los primates protagonistas, al adoptar poses y actitudes humanas, pierden toda su dignidad. En un orden muy diferente, otros textos recogidos en el libro revelan a Sánchez Ferlosio como un atento observador de los animales en el ámbito de lo cotidiano, tanto en reposo como en movimiento, analizando el diferente mirar de perros y de gatos o su peculiar manera de mover la cola. Observaciones y encuentros fortuitos, como el de un gato cruzando una tapia erizada de cristales o el de un perro ahorcado dan también origen a breves páginas de gran encanto y profundidad. La indagación acerca del lenguaje y la gramática ―una actitud recurrente en la escritura de Ferlosio― impregna de igual manera algunos de los textos recogidos, como sucede en el divertido relato titulado El tigre «gato», donde la reflexión linguística se conjuga con la observación del habla de los niños. En fin, tampoco faltan en este fabulario tan variado los animales fantásticos o inventados, como el «jilguerotauro», la atroz «mosca del cautivo», algunos otros extraídos de las páginas del Alfanhuí (el gallo de chapa de la veleta, los pájaros de papel), o aquellos representados en las láminas que el propio Ferlosio dibujaba («la tifra», «el dapno inmóvil»), de las que se recogen tres inéditas al final del volumen. En línea con lo anterior, podemos señalar también los textos escritos con el pensamiento puesto en los niños, como sucede en esa imaginativa disquisición que abre el libro, De los orígenes del perro, un texto dedicado a su hija Marta y con referencias explícitas al libro de Brehm antes mencionado, compañero de tantas veladas familiares en las que el autor disfrutaba de la compañía de sus seres más queridos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«… vi que me seguía, como a unos diez o doce metros de distancia, sin tratar de alcanzarme, un perro grande, un mastín, que arrastraba un trozo de cuerda que traía atado al cuello. Era, evidentemente, un perro ahorcado, que con su peso había roto la cuerda y había salvado la vida. ¿Qué vida? Aquel andar tan cansado, con la cabeza baja, aquellos ojos tristes y como entrevelados, ¿podían ser todavía la vida? La confianza en que aún alguien en el mundo lo acogiese la traía ya tan disminuida que se me fue quedando lentamente atrás hasta perderme de vista».
«¡Ay, las fechas están agazapadas en el calendario, igual que gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir!»
«Lo llaman «perro» o «rata» para anticiparle encima la figura con la que un día podrán matarlo a palos».

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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2 respuestas a De algunos animales, de Rafael Sánchez Ferlosio

  1. Libros de Cíbola dijo:

    No conocía este título, y eso que suelo buscar en los catálogos de las editoriales estos temas que tanto me gustan (precisamente acabé de leer ayer un Bestiario de Jordi Doce). Saludos.

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