La lucha por el futuro humano, de Jeremy Naydler

Alguna grave desconfianza debemos albergar hacia nuestro futuro, cuando las utopías se van retirando de nuestro horizonte de expectativas. ¡Qué lejos quedan aquellas sociedades tan perfectas ideadas por Platón, Moro, Campanella o Francis Bacon! Lo que ahora seduce a los escritores es su reverso negativo, la distopía. Huxley, Bradbury y Orwell imaginaron algunas de las más representativas de nuestro tiempo. Es como si nos pareciera más razonable sospechar que nuestro proyecto de Humanidad terminará torciéndose. El reiterado aviso de que estamos devastando el planeta, junto con los tibios remedios que arbitran los poderes públicos explican sobradamente este pesimismo que padecemos. No todas las distopías se fundamentan en la crítica de un avance tecnológico descontrolado, pero no deja de ser un elemento importante en muchas de ellas. El tipo de progreso que tanto se admiraba hace cien años, basado en el culto a la máquina, es ahora uno de los más cuestionados. En las novelas de Jules Verne, uno de sus más señalados profetas, ya se detectaban señales del peligro. Así, en El secreto de Maston, un sabio excéntrico no dudaba en modificar el eje de rotación de la Tierra, valiéndose de un potente cañón, a fin de explotar los recursos minerales de los casquetes polares derretidos (parece que Verne también fue visionario en esto). Que no se consiga culminar semejante disparate por culpa de un pequeño error de cálculo no deja de constituir un desenlace bastante inquietante. Se ha dicho que el Romanticismo representó una reacción ante los escasos avances reales que la Ilustración aportó al bienestar humano. A nosotros, la última centuria, a pesar de sus innegables éxitos tecnológicos, también nos ha impartido duras lecciones, y no es raro que los escritores hayan rebajado mucho el tono de sus elogios. Ahora, quienes mejor cantan las bondades del progreso son los ideólogos del transhumanismo y las grandes corporaciones tecnológicas.

Estas y otras parecidas reflexiones surgen tras la lectura de un nuevo libro que acaba de publicar Atalanta: La lucha por el futuro humano: 5G, realidad aumentada y el internet de las cosas, de Jeremy Naydler. Un texto de enorme interés y actualidad, que coloca en la diana de su crítica a esas tres grandes avanzadillas del progreso tecnológico, a las que el autor engloba bajo la etiqueta de revolución digital. La desconfianza que despiertan en una parte importante de la población mundial no es un fenómeno nuevo ni sorprendente. La lucha por el futuro humano recoge cinco ensayos de diferente data (publicados originalmente entre 2000 y 2019), reunidos, actualizados y prologados por el autor en 2020: un resumen riguroso y sugestivo de la situación actual, apoyado en numerosos estudios y conjugado con una visión filosófica muy personal. Las preocupaciones de Naydler se extienden, por una lado, al ser humano en su globalidad, tanto en lo que respecta a su salud física como espiritual; pero también a nuestro entorno, al parecer, gravemente amenazado. El peligro para la vida natural no procede tan solo de las radiaciones electromagnéticas de que se valen las nuevas tecnologías digitales del 5G, sino también del abandono en que dejaremos al mundo real si se cumplen los pronósticos de una futura migración a lo virtual. Es preciso subrayar que Naydler no propone en su libro un rechazo a los avances tecnológicos, ni la adopción de posturas extremas o marginales. Hasta los mayores adalides de la ciencia reconocen que el vertiginoso avance tecnológico no nos deja tiempo para reflexionar. Aunque nuestra confianza en el progreso ya no es tan ciega como lo era hace cien años, sí parece ser lo suficientemente firme como para que nos entreguemos con cierta ligereza a todo cuando se nos presenta bajo la etiqueta de novedad tecnológica. Subraya Naydler que el no quedarse atrás en un mundo de competencia globalizada podría ser una explicación a la aparente sordera de los poderes públicos ante todos los avisos. Lejos de encarnar profecías apocalípticas, en el libro de Naydler solo se respira el sano sentido común de quien no desea subirse a un tren sin preguntar antes cuál es su destino.

El ser humano siempre ha vivido alimentando la ilusión de que su futuro será mejor que su presente; y el desarrollo tecnológico, con sus promesas, novedades y continuos perfeccionamientos, se acomoda mucho a tales expectativas. Esta cualidad tan humana nos hace especialmente vulnerables a los aspectos más oscuros de la tecnología. Uno de los más divulgados es la adicción que nos produce el uso frecuente de los dispositivos digitales, que nos vuelve dependientes, según Naydler, de «algo transitorio y esencialmente externo a nosotros». Así lo testimonian los numerosos estudios y encuestas que se han venido realizando en las últimas décadas, y que señalan una adicción creciente en las sociedades avanzadas. Otra consecuencia es la fragmentación psíquica que en ocasiones padecemos. Nuestro espacio personal ya no es tan inviolable como antes, pues en cualquier momento y lugar podemos ser interrumpidos. Aunque apagar el móvil es una posibilidad real, el mantenerlo encendido se ha convertido en una norma social difícil de desafiar. En esta misma línea de fragmentación psíquica sitúa Naydler nuestro moderno desempeño de la multitarea (hablar por teléfono mientras conducimos o paseamos al perro quizás sea una de sus manifestaciones más sencillas y visibles), que tanto estrés produce, según todos los estudios. La habilidad para emprender múltiples tareas a la vez constituye uno de esos valores, aparentemente modernos (la multitarea es un concepto acuñado en el campo de la cibernética), que insidiosamente se introduce en nuestros hábitos (como la idea de que deberemos cambiar de trabajo numerosas veces a lo largo de la vida), de tal manera que llegamos a conceptuar como logro lo que en realidad es una servidumbre. También nos advierte Naydler de los peligros que entrañan las diferentes identidades que nos permiten adoptar los juegos y redes sociales virtuales. Los desórdenes psicológicos que puede provocar ese enmascaramiento son innegables (la literatura al respecto es abundante). El verdadero reto, opina Naydler, es «vivir con plenitud en el mundo real». No todos estos fenómenos preocupantes de la tecnología digital están en una misma fase de desarrollo. Es el caso de la denominada realidad virtual, aún en ciernes. El objetivo de la industria que la promueve es que permanezcamos el mayor tiempo posible online, lo que exige que las vivencias artificiales ofertadas sean cada vez más indiscernibles de las reales: un mundo cuyas imágenes prefabricadas, sin embargo, supondrá un empobrecimiento para la mente humana. Pero el futuro más preocupante para Naydler es el que pinta al hombre convertido en un cíborg, al incorporar directamente a su cerebro las interfaces que por ahora son externas.

La senda que conduce al acoplamiento de la tecnología digital al cuerpo humano se inició, hace ya casi una década, con el advenimiento de los primeros relojes inteligentes, seguidos luego por las gafas que permiten combinar nuestras percepciones con la información externa que nos suministra la denominada realidad aumentada. Se configura así una nueva realidad híbrida que nos desvía de nuestro «encuentro directo con el mundo». Estadios posteriores, aún en desarrollo, prevén el uso generalizado de implantes neurales o lentes de contacto biónicas. En otro orden de cosas, pero también muy relacionado con lo anterior, sitúa el autor al llamado internet de las cosas, cuya primera consecuencia será la pérdida de privacidad, pues no cabe duda de que los dispositivos puestos a nuestro servicio recopilarán en todo momento nuestros datos personales, dejándonos expuestos a la vigilancia de empresas y gobiernos (Shoshana Zuboff ha acuñado un término que define a esa nueva situación: «capitalismo de la vigilancia»). Desplazando su mirada del hombre al medio natural, Jeremy Naydler nos recuerda también que el funcionamiento de todos estos dispositivos conectados solo será posible gracias a una red mundial de transmisión de datos, lo que se traducirá en una brutal electrificación del aire que respiramos (los efectos perniciosos de la radiación electromagnética, tanto en lo que atañe a hombres, animales y plantas, aparecen expuestos en diferentes partes del libro, siempre muy documentados). El autor dedica uno de los cinco capítulos de su libro a pintarnos el horizonte del 5G, al que no duda en calificar de «ataque múltiple», en virtud del amplio impacto que ocasionarán las radiofrecuencias emitidas. Hablamos de las antenas de la red terrestre, emisoras de ondas milimétricas de alta potencia: cientos de miles de miniestaciones casi imperceptibles situadas en cualquier lugar. Por otra parte, la puesta en órbita del enjambre de satélites necesario para dar cobertura a la transmisión de datos (más de 100.000, según algunas estimaciones) exigirá el correspondiente gasto de cohetes propulsores que los pongan en órbita, con el consiguiente daño a las capas protectoras de la atmósfera. Todas estas tecnologías digitales confluirán, si se cumplen los vaticinios de los teóricos del transhumanismo y de la singularidad, en un mundo donde quedarán abolidas las diferencias entre el ser humano y la máquina, la realidad física y la virtual.

Aunque las respuestas que el autor propone ante este reto tecnológico están repartidas a lo largo de todo el libro, es en su último capítulo, Traer la luz al mundo: nuestra más profunda vocación humana, donde adquieren un rango predominante. En sus planteamientos filosóficos, Naydler subraya la contraposición entre el electromagnetismo y la luz. Para el autor, la luz natural representa, en relación con el pensamiento humano, lo que la electricidad supone para la inteligencia artificial. En su valoración de la luz frente a la electricidad («una fuerza hostil a la vida», según Rudolf Steiner), Naydler se fundamenta en una tradición filosófica milenaria y universal. El objetivo de este capítulo sería, pues, el de sugerirnos una base espiritual que nos pueda fortalecer en la lucha práctica contra los abusos de la tecnología; o expresado de otra manera, el de ayudarnos a desarrollar un contrapeso humanista desplegado en un horizonte más imaginativo. En este sentido obra también el original enfoque del segundo capítulo del libro, donde un relato mítico persa, el Himno de la perla, le sirve al autor de paradigma comparativo a una serie de fenómenos que giran en torno a la consideración del hombre como una simple máquina biológica, y al cerebro como un ordenador neural. La extrañeza que puede producir en algún lector la particular índole de este capítulo de cierre (contrastante con los documentados estudios científicos expuestos en las páginas anteriores) nos indica hasta qué punto hemos renunciado a cualquier tipo de pensamiento espiritual, siquiera alegórico, para ayudarnos a entender el mundo. Naydler no se limita a recopilar encuestas y estudios críticos, sino que también pretende dar una respuesta más amplia, entroncada en una tradición humanista. Y es en esto en lo que el libro se diferencia de otros muchos que nos vienen avisando del peligro, y donde radica su aportación más personal. Para Naydler esto no significa en modo alguno renunciar al activismo militante ―el autor insiste en ello― ni al empleo de argumentos científicos como réplica. En un orden menor, el autor nos anima también a seguir estrategias de carácter más individual, como la introducción en nuestras vidas de expresiones artísticas «no mediatizadas por las máquinas», la meditación profunda, el contacto directo con la naturaleza, el compromiso con su conservación o el ejercicio de nuestro sentido crítico. Unos remedios modestos que ―poniéndonos pesimistas― parecen presuponer una cierta claudicación. Es como si la gran batalla ya la hubiéramos perdido, y ahora tocara replegarnos a las barricadas y luchar casa por casa, defendiendo pulgada a pulgada nuestro espacio de libertad.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

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«El resultado es que nuestras vidas se fragmentan cada vez más. El espacio psíquico que creamos cuando estamos hablando con un amigo, paseando por un bosque o leyendo un libro no está tan protegido como antes. Puede ser literalmente invadido por cualquiera que desee ponerse en contacto con nosotros. Lo que sufre aquí es la introversión. La moderna tecnología de las comunicaciones trabaja en contra de la creación de lugares seguros donde alimentar la introversión. Aunque tenemos la opción de apagar nuestros dispositivos, las expectativas que la sociedad ha depositado en ellos al abrazar ansiosamente todas sus ofertas conspiran para que los mantengamos encendidos. Nos vemos así arrastrados a un estilo de vida cada vez más extrovertido, en el que sutilmente se han restringido las posibilidades de ahondar en nuestra comunión con la naturaleza, con nuestros amigos, con nosotros mismos y con los mundos interiores de la psique y del espíritu».

(Traducción de Antonio Rivas)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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