La noche y la luz de la luna, de Henry David Thoreau

Cuando el gaditano Columela (4-70 d.C.) escribió su tratado de agricultura (De re rustica), al llegar al capítulo correspondiente al cultivo de los jardines no le pareció descabellado abandonar la prosa y redactarlo en hexámetros. La belleza de la materia (así como el deseo de seguir el modelo virgiliano de las Geórgicas) parecían justificarlo. En la anterior centuria, Lucrecio había compuesto también en verso su célebre De rerum natura, y Paladio, en el siglo IV, dedicaría un poema a los injertos. En época más moderna, Goethe escribe una elegía titulada La metamorfosis de las plantas, una especie de resumen en verso de su homónino ensayo de botánica. Y ya en el siglo XX, un poeta italiano poco conocido, Guido Gozzano, publicaría un largo poema didáctico consagrado a exponer la morfología y costumbres de las mariposas: Le farfalle. Epistole entomologiche (1913-16). El conocimiento científico y la emoción lírica parecen tener, de antiguo, puntos en común. Así se manifiesta también, de manera radicalmente original, en la figura de David Henry Thoreau (1817-1862), un enamorado de la naturaleza cuyos escritos no andan cortos de lirismo. Encuadrable dentro de las coordenadas del trascendentalismo americano, Thoreau fue un atento observador de los fenómenos naturales. El menor detalle cromático, efecto dinámico o rastro olfativo catapultaba su imaginación al terreno de la fantasía más desbordada, de tal manera que su mirada quedaba dividida, por así decir, en dos dimensiones complementarias. De un lado, la que sabía extraer lecciones de historia natural, y era capaz de descubrir la importante acción de las ardillas en la rotación de los bosques; de otro, la que se elevaba a un nivel de lectura más trascendente e imaginativo, desatando la efusión lírica. No debe sorprendernos, pues, que en los vivos colores de los arces otoñales Thoreau vislumbrara «el regreso a la tierra de legendarios faunos, sátiros y ninfas del bosque».

Aunque no son pocos los libros de Thoreau traducidos al castellano en estos últimos años, el volumen que acaba de publicar Ediciones Godot, La noche y la luz de la luna, añade el atractivo de recoger un variado conjunto de textos, relativos no solo a paseos bajo la luz de la luna, sino también a bosques, colores otoñales, frutales silvestres y caminatas a la orilla del mar. Y es que los libros del escritor americano no nacen en el recinto cerrado de un estudio, sino en el transcurso de sus demorados paseos campestres y meditaciones solitarias. Es por ello que Thoreau avisa a los lectores de que sus pensamientos tal vez no les «sean agradables si los prueban en casa». De la misma manera que el ácido sabor de la manzana silvestre solo se aprecia consumiéndola a la intemperie, bajo «el frío punzante de octubre o noviembre», sus escritos ―asegura― solo pueden ser «alimento para los caminantes». Thoreau indudablemente exagera; aunque también es cierto que para disfrutar de sus libros ―esto es, para poder seguir sus pasos en esa doble vía antes señalada― precisaremos imbuirnos de ese estado eufórico que produce respirar el aire libre. Si no somos capaces de ver en las hojas festoneadas del roble escarlata los recortados perfiles de una isla salvaje y remota (donde podríamos «convertirnos en rajás»), quizás nos falte la imaginación y el entusiasmo necesarios para entender y apreciar en todo lo que vale la figura de Thoreau.

La noche y la luz de la luna (Night and Moonlight, 1863) es un texto muy breve, esbozo de un proyecto mayor inacabado, consagrado a glosar las bellezas de la noche lunar: un entorno que pasa desapercibido al hombre que duerme o reposa al lado del fuego, ignorante de las bellezas y secretos que le aguardan a la vuelta de la esquina. Thoreau, que se complace habitualmente en el animado espectáculo que le brindan bosques, colinas y praderas bajo la potente luz del sol, se interna ahora en un escenario de sombras y medias luces que le permiten descubrir en el paisaje insospechados matices que el día no revela. Thoreau es ese caminante nocturno que contempla con simpatía la lucha de la luna contra los escuadrones de nubes que empañan su fulgor, y cuyo inevitable triunfo le llena de satisfacción. El poder restaurador que obra la húmeda luna sobre el mundo natural nocturno es también una excelente oportunidad para ahondar en nuestro espíritu, a la caza de esas ideas y pensamientos solemnes que solo visitan al caminante que se aventura en el misterio de sus noches «medicinales y fecundas».

Los colores del otoño (Autumnal Tints, 1862) es uno de los textos más conocidos y apreciados de Thoreau, volcado en la alabanza de los valores cromáticos del paisaje otoñal. Una estación en la que no solo maduran los frutos que comemos, sino también —y con una importancia no menor, subraya el autor— las hojas de los árboles: un proceso que dota al paisaje natural de sus más bellas y contrastadas tonalidades. Thoreau nos ofrece una exposición ordenada del fenómeno, que se inicia ya a finales de agosto con la maduración de algunas gramíneas, a las que suceden el arce rojo, el olmo, el arce azucarero y el roble escarlata. No solo le interesan los colores cambiantes de los árboles, sus purísimas tonalidades, sino también las formas delicadas de las hojas y su morfología cambiante, así como los juegos de luz y movimiento que ejecutan en las copas mecidas por el viento. No se olvida tampoco Thoreau de poner en valor el bello efecto que producen las hojas caídas en el suelo: tapices y alfombras de esplendor insuperable que nos imparten lecciones de elegancia y sabia renuncia. Ni siquiera las hojas amontonadas que se descomponen bajo la lluvia provocan un gesto de desagrado en Thoreau, que descubre en su podredumbre «saludables tisanas» cocinadas «en la gran tetera de la naturaleza» (y en las que se lleva el río, «majestuosas embarcaciones de la Antigüedad»). ¡En el otoño de Thoreau la melancolía está proscrita! Ahora bien, el autor es consciente de que no todos estamos dispuestos a valorar esa sinfonía de colores que nos regala la estación, pues el ojo solo capta ―asegura― la belleza que busca («La naturaleza no regala margaritas a los cerdos»). Esto no le impide, desde luego, defender el efecto positivo que ejercen los bellos colores otoñales sobre la salud moral de los pueblos.

Pero la mirada de Thoreau no se limita a extraer poesía del espectáculo que le ofrece la naturaleza. Muchas de sus observaciones gozan también de un interés más prosaico; el suficiente, al menos, para interesar a un colectivo de granjeros y agricultores locales. Así se manifiesta en La sucesión de los bosques (The Succession of Forest Trees, 1860), una conferencia impartida por Thoreau en su ciudad natal, Concord, ante un público de prudentes hombres del campo: la Sociedad Agrícola de Middlesex. Thoreau inicia su charla explicando las causas de un extraño fenómeno natural que sorprende mucho a sus paisanos, que se preguntan «por qué al talar un pino suele brotar después un roble, y viceversa». Un enigma que le permite al conferenciante profundizar en la importante labor que cumplen algunas especies animales en la difusión de las semillas, como es el caso de ardillas, zorzales o arrendajos. Una tarea sigilosa, casi furtiva, crucial para la salud de los ecosistemas, que el autor ha observado durante sus paseos por el campo, y de la que ofrece un bello y colorido relato a los atareados agricultores de su ciudad. La sucesión de los bosques es, en suma, un emocionado canto al poder generador de las semillas, así como la demostración razonada de una tesis fundamental para Thoreau: el mejor agricultor no hace otra cosa que copiar las estrategias de que se vale la naturaleza. Finaliza Thoreau su charla informando de sus éxitos en el cultivo de las calabazas: una afición cuyo relato seguramente le servía para ganarse la complicidad de su sensato auditorio, poniendo término a la ponencia con una divertida nota de cercanía.

Un acierto del libro reseñado es haber recogido textos correspondientes a dominios naturales diferentes. Así, en El mar y el desierto («The Sea and the Desert», en Cape Cod, 1865), los bosques y las praderas de Concord ceden su puesto a las orillas del océano Atlántico. Pernoctando en un faro, Thoreau y un anónimo acompañante dedican días enteros a vagabundear «a la orilla del estrepitoso mar», recorriendo la particular geografía de ese extraordinario paraje natural de Cape Cod (conviene tener a mano un mapa de la zona durante la lectura). Desde sus extensas y solitarias playas, abiertas a la inmensidad del océano, el autor cree divisar, en una exhibición de acalorada fantasía, las costas de España (¡tal es la exaltación que provoca sobre el ánimo el vigorizante aire marino!). Atento no solo a los vientos, oleaje y mareas, sino también a todos los seres vivos que se cruzan en su camino, Thoreau se siente a sus anchas en este terreno de nadie, entre el mar y la tierra, donde hasta las olas son forasteras (él y su acompañante han sido confundidos con dos ladrones de banco, según una divertida anécdota que nos cuenta). La estampa de un pequeño perro que ladra ante la inmensidad del océano le permite al autor darnos la medida de este majestuoso escenario por el que camina. Pero Thoreau no solo se interesa por las plantas y animales ribereños, sino también por los que pueblan las marismas o la zona desértica alejada del agua. La vegetación, aunque de escaso porte, nada tiene que envidiar, al menos en cuanto a color, a los bosques otoñales de tierra adentro. Es el caso del arbusto denominado barrón, empleado en el afianzamiento de las dunas. Thoreau no se olvida tampoco de los hombres. Aldeas de pescadores como Provincetown (un poblacho con aceras de tablones emplazado entre el mar y un desierto de arena) o la flota pesquera de la caballa, que evoluciona sobre la línea del horizonte, ocupan un lugar importante en su crónica, que enriquece con alusiones y citas referidas a los viajeros vikingos que presumiblemente visitaron esas costas en época medieval.

Manzanas silvestres (Wild Apples, 1862), por último, es uno de los textos más fascinantes de Thoreau, un imaginativo y entusiástico canto a la manzana que crece salvaje y olvidada del hombre; y sobre todo, a la específicamente silvestre (Malus coronaria), de reducido tamaño y ácido sabor, aunque bellamente coloreada. Es digna de admiración la aguda mirada del autor, que nos describe emocionado el trabajoso crecimiento de la planta, enfrentada a un entorno muy hostil, hasta convertirse en un pequeño árbol de menguado fruto. Un fruto que luego nadie parece apreciar, y que Thoreau compara con la obra de algunos hombres ilustres que han pasado desapercibidos a sus contemporáneos. Manzanas silvestres es un tratado de botánica tan heterodoxo como cabe esperar de su autor, rendido a la belleza cromática del fruto y a su aroma inefable. El entusiasmo de Thoreau es tal que no duda en inventarse nombres fantásticos (incluso en latín) para reflejar las infinitas variedades del fruto silvestre: manzana del paseante, manzana para comer en diciembre, manzana que crece en los restos de un sótano (Mallus cellaris), manzana de la ardilla del pino… ¡Ni Linneo lo hubiera hecho mejor! Las personalísimas (y quizás arriesgadas) experiencias del autor probando cualquier manzana que se pone a su alcance se combinan, de manera inesperadamente feliz, con abundantes citas de autores clásicos, testimonio de sus variadas lecturas: Plinio, Tácito, Heródoto, el Edda en prosa, Teofrasto, Paladio, Homero, Virgilio… En el aula de la naturaleza, tan poco alterada por la historia, las lecciones de erudición nunca resultan cargantes, pues los autores más alejados en el tiempo se nos revelan allí como contemporáneos. Olvidados de muchas cosas y valiéndonos solo de nuestros propios sentidos, revivimos un parecido asombro y maravilla.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Un pueblo necesita estas inocentes y estimulantes perspectivas de promesa y aliento para mantener a raya la melancolía y la superstición. Muéstrenme dos pueblos, uno rodeado de árboles y resplandeciente con todas las glorias de octubre, y el otro, una mera tierra trivial y desnuda de árboles, o con solo uno o dos árboles para los suicidas, y les aseguro que en el segundo encontrarán a los religiosos más fanáticos e intolerantes, y a los bebedores más desesperados. Todas las tinas para lavar, las lecheras y las lápidas quedarán a la vista. Los pobladores desaparecerán repentinamente detrás de sus establos y casas, como árabes del desierto entre las rocas, y si uno se fija verá lanzas en sus manos. Estarán dispuestos a aceptar la doctrina más triste y vacía, como que el fin del mundo está llegando estrepitosamente, o que ya ha llegado, o que ellos mismos se han apartado del camino correcto. Tal vez harán crujir sus articulaciones secas entre sí y lo verán como una forma de comunicación espiritual».
«A veces nos encontramos con un buscador de naufragios, con su carretilla y su perro, y este ladra débilmente al vernos a nosotros, viajeros, y su ladrido, a través del rugido de las olas, suena ridículamente apagado. ¡Hay que ver a un cuzco de patas temblorosas parado al borde del océano, ladrándole inútilmente a un ave marina en medio del bramido del Atlántico! ¡Tal vez pretendía ladrarle a una ballena! Ese sonido quizá baste en una granja. Los perros parecen no encajar aquí, desnudos y estremeciéndose ante la inmensidad, y pensé que no estarían aquí sin el consentimiento de sus amos».
Traducción de María Paula Vasile

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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5 respuestas a La noche y la luz de la luna, de Henry David Thoreau

  1. Mar dijo:

    Efectivamente, observar la Naturaleza y sumergirse en ella es suficiente para amar su belleza, misterio y poderío, bien sea a través del estudio científico o de la emoción poética, en el fondo ambas expresiones tienen más en común de lo que muchos creen. Accedí a Thoreau, su Walden y su Musketaquid, en las ediciones de Errata Naturae, ahora voy a entrar en su noche a la luz de la luna, porque me parece que puede ser fascinante. Gracias por tu comentario.
    Saludos. Mar

  2. César Niño Rey dijo:

    Qué maravilla Thoreau, la Naturaleza, la luna, el otoño, los faros, las manzanas y esta reseña.

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