¿Fue él?, de Stefan Zweig

unnamedQue un chucho protagonice un relato no creo que pueda sorprender hoy en día a casi nadie. Ni siquiera en el pasado, cuando los perros tenían una menor presencia en nuestro entorno urbanita, faltaban ejemplos señalados. Para confirmarlo basta con leer ese divertidísimo Coloquio de los perros cervantino, o revisar algunos relatos de Kipling, Jack London o Thomas Mann (como Señor y perro). Aunque de dimensiones bastante modestas, el relato de Stefan Zweig (1881-1942) que hoy reseñamos, ¿Fue él?, cumple con todos los requisitos necesarios para interesar y entretener al lector, tanto al amante incondicional de los perros como al que le resultan más bien inoportunos. ¿Fue él? (c. 1935) es un texto poco conocido de Zweig, que permaneció inédito en lengua alemana hasta época reciente. Ambientado —como muchas famosas novelas policíacas— en el idílico y (aparentemente) pacífico medio rural inglés, el intrigante relato de Zweig no carece de cierto aroma detectivesco, o incluso de genuino terror, que hará las delicias del lector. Una ocasión más para felicitarnos de la labor de rescate que Acantilado ha hecho de este magnífico y popular escritor austríaco.

Se dice que una imagen vale por mil palabras. Si a la fotografía que adorna la portada de este libro se le añade un título como el que lo encabeza, ¿Fue él?, no parece que le quede al lector mucho margen para mantener intacta su expectación hasta el final. Pero no nos engañemos, aunque alguien maliciosamente nos revelara la trama de este estupendo relato (que casi se adivina ya desde sus primeras páginas) no tendría demasiada importancia. En modo alguno comprometería nuestro disfrute del texto. Al fin y al cabo, los celos y los triángulos «amorosos» abundan en la literatura, son el armazón de muchas tramas narrativas, mejores y peores, y no sorprenden a nadie. Y lo más importante de todo, siguen funcionando a las mil maravillas, incluso cuando tienen a un perro acechando en uno de sus ángulos. El interés del cuento —de cualquier cuento que se precie— no está tanto en la peripecia en sí como en la manera de construirla y narrarla, y muy especialmente en el minucioso e imaginativo despiece de la personalidad de cada uno de sus personajes —perro incluido—: uno de los puntos fuertes del narrador y ensayista vienés.

¿Fue él? (War er es?) cuenta con un narrador en primera persona, Mrs Betsy, una testigo de los hechos un tanto fisgona y amiga de los misterios, dotada de una mirada tan omnisciente como para poder introducirse, con aparente solvencia (y para nuestro mayor deleite) en la mismísima psique de Ponto, un perro de raza bulldog que —nos atrevemos a revelar al lector— es singularmente inteligente, mucho más que el simplón de su dueño, el brutote e insultantemente feliz John Limpley. Dentro de su aparente sencillez, ¿Fue él? nos ofrece diversas perspectivas de lectura, incluida la que podríamos denominar animalista. Es verdad que las mascotas que conviven con nosotros, y de manera singular los perros, padecen un sufrimiento extra derivado de habitar en un mundo del que desconocen las motivaciones, los condicionantes, las causas y los efectos. Un territorio no natural en el que sobreviven arropados por el afecto de sus dueños, y cuya falta repentina les provoca un stress que difícilmente podemos imaginar. Aunque esto último aparece magistralmente reflejado por Zweig en su relato, creo que el autor ha evitado cuidadosamente (no sé si con mucho éxito) que podamos identificarnos demasiado con el perro. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Lo que si resulta evidente es que los dardos del autor no se dirigen tanto contra el chucho (con todo lo resabiado que pueda parecernos) como contra su dueño, sometido a un escrupuloso e implacable escrutinio psicológico que no lo deja demasiado bien parado. Los sentimientos más exagerados son en ocasiones los menos constantes. La mejor voluntad es muchas veces la que más daño nos hace. El buenismo a ultranza puede llegar a ser una virtud letal.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Jamás olvidaré la mirada de súplica, apremiante, con la que me contempló. La mirada de un animal, en momentos de extrema necesidad, puede ser mucho más penetrante, casi podría decir, más expresiva que la de los seres humanos, pues nosotros comunicamos la mayor parte de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, por medio de la palabra, que hace las veces de intermediaria, mientras que un animal, que no es capaz de hablar, se ve obligado a comprimir en sus pupilas todo lo que quiere transmitir» (traducción de Berta Vias Mahou).

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Acerca de Manuel Fernández Labrada

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