Historia de mi palomar y otros relatos, de Isaak Bábel

En una de sus famosas Cartas a un joven poeta, Rilke recomendaba a su corresponsal, Franz Xaver Kappus, que volviera la mirada a su infancia, donde encontraría la más fiel y genuina fuente de inspiración: un «precioso tesoro» del que ni siquiera la reclusión «en una cárcel» podría privarle. También Hermann Hesse, en una primera carta a Romain Rolland, le expresaba su admiración por Jean-Christophe: un emocionante retrato de la infancia que se correspondía mucho con la estética del escritor germano-suizo, que hiciera de la evocación de la niñez y de la madre uno de sus motivos más característicos. Como otros muchos escritores, Isaak Bábel (1894-1940) también se valió de recuerdos tempranos para alumbrar una obra literaria, aunque en el caso particular de Historia de mi palomar los elaborase guiado por criterios esencialmente artísticos. Autor de la célebre Caballería roja (1926), Isaak Bábel trabajó durante décadas en un conjunto de textos autobiográficos relativos a su infancia y primera juventud, que planeaba publicar bajo el título de Historia de mi palomar. Su inesperada muerte, víctima de la Gran Purga de Stalin, dejó inacabado el proyecto, reducido a una decena escasa de textos, aunque todos de gran atractivo e interés. Traducidos ahora, con admirable perfección, por Ricardo San Vicente, la barcelonesa Minúscula los publica acompañados de otros dos relatos también autobiográficos. Es preciso insistir en que Bábel ―como leemos en la nota final del traductor― no pretendió brindarnos una crónica personal fidelísima, sino más bien alcanzar la excelencia literaria a través de unos recuerdos que le pareció legítimo modificar y embellecer. Unos relatos, pues, que se sitúan en ese feliz territorio donde memoria e invención producen sus frutos más granados.

Dentro de su relativa brevedad, los once textos que integran Historia de mi palomar y otros relatos ofrecen al lector una notable variedad de asuntos y registros: recuerdos de escuela, primeros amores, figuras familiares, amigos de la niñez, rebeliones adolescentes… El candor infantil y la ternura que respiran algunos de los cuentos, sobre todo los primeros, así como la comicidad de muchas situaciones y personajes, no le impiden a Bábel pintarnos también escenas de enorme violencia, ejercida en su mayor parte contra el pueblo judío. Tampoco nos dejarán indiferentes las acciones sangrientas que salpican sus aventuras juveniles, consecuencia de las encarnizadas luchas y convulsiones sociales que acompañaron a la Revolución rusa de 1917, en la que Bábel participó activamente (así se manifiesta en los dos últimos textos recopilados). Ya en el primer relato del libro, Historia de mi palomar, vemos confrontada la ingenuidad infantil con la brutalidad propia de los adultos, materializada en el pogromo (1905) que tiene lugar en la ciudad donde habita el niño. Este bellísimo relato, que da título al libro, describe con crudeza el odio que despertaban los judíos entre el pueblo llano ruso, así como su marginación institucionalizada, que se iniciaba ya en la escuela, donde estaban sujetos a un cupo del cinco por ciento. El carácter mixto de la narración, que conjuga la vivencia íntima con la crónica social, se prolonga en el siguiente relato, El primer amor, donde se narra un nuevo capítulo del pogromo de Nikoláyev, así como el enamoramiento que inspira en el niño protagonista, de tan solo diez años, una mujer adulta. Un tono más intimista encontramos en el relato titulado Infancia. Con la abuela: estampa inacabada de una tarde de estudio en la habitación de la abuela. Un relato melancólico del que se vale el autor para contrastar las figuras del niño y de la anciana: una mujer que no sabe hablar el ruso y que, con sus ásperos modales y su desconfianza ante quienes no son de su sangre, nos dibuja un acabado retrato del desarraigo de una raza. En el sótano es otro cuento excelente, muy divertido, que narra la dolorosa vergüenza que sufre el protagonista por el bochornoso espectáculo que ofrece su familia ante la mirada del hijo de un acaudalado banquero que ha acudido a su modesta vivienda para devolverle una visita. El tío borracho y el desastrado abuelo violinista, que regresan a la casa en el momento más inoportuno, son dos tipos literarios estupendos, aunque pongan en fuga al sofisticado compañero de escuela. El despertar es otro delicioso relato, elaborado en torno a los estudios violinísticos del protagonista, al que su padre desea ver convertido en niño prodigio, uno más de los muchos que por aquel entonces pululaban en Odesa. Zimbalist, Elman o Heifetz son algunos de los famosos violinistas a los que Bábel se refiere repetidas veces en su texto (por aquellas fechas no habían despuntado todavía figuras como David Óistraj, Nathan Milstein o el pianista Emil Gilels, también judíos y nacidos en Odesa). Lo más gracioso del relato es la cómica estampa de los jóvenes aspirantes a virtuoso que producía la ciudad: «una fábrica de enanos judíos con cuellos de encaje y zapatitos de charol». Pero era la literatura, y no la música, la afición que por aquel entonces comenzaba a cautivar a Bábel, que con apenas catorce años protagoniza su primera rebelión a la autoridad paterna. Una desobediencia que le descubrirá nuevos amigos y la vida libre de los muelles de Odesa.

La transición del protagonista hacia la adolescencia aparece ya consolidada en el siguiente relato, Di Grasso, donde lo veremos convertido en revendedor de entradas de teatro, a la vez que cronista del pintoresco mundo de la farándula de provincias. Los dos siguientes textos, Informe y Mi primera paga, continúan dando cuenta de la progesiva evolución del joven, que ahora nos refiere su primera relación con una mujer: una prostituta llamada Vera. Son dos relatos gemelos que desarrollan un mismo asunto bajo dos formulaciones diferentes, la primera mucho más escueta que la segunda. Una muestra elocuente del estado inconcluso del proyecto literario de Bábel, que probablemente hubiera desechado una de las dos versiones. La dramática e inventada crónica personal con la que el protagonista consigue embaucar a su amante mercenaria (que le restituye el importe del servicio) es tanto noticia de su naciente amor a la literatura («en mi estirpe estaba escrito que una prostituta de Tiflis se convertiría en mi primera lectora») como aviso, quizás, de los amplios márgenes que el autor estaba dispuesto a conceder al género de la autobiografía. Las andanzas amorosas de Bábel se continúan en Guy de Maupassant, un relato inspirado en su experiencia como traductor del célebre escritor francés, al que tanto admiraba. Lo más particular del texto es la original manera que tiene Bábel de introducir el argumento de un cuento de Maupassant en su propia peripecia narrada, una elaboración artística que supera con amplitud lo puramente biográfico.

Los dos últimos relatos del libro, El camino y El «Iván y María», marcan importantes diferencias respecto a los anteriores textos, aunque solo sea por estar ambientados en los primeros compases de la Revolución rusa (1917 y 1918), en la que Bábel se implicó desde sus inicios (el segundo de los relatos finaliza con el protagonista escribiéndole un telegrama a Lenin). El carácter autobiográfico de los textos anteriores se mantiene en estas duras y vibrantes crónicas revolucionarias, muy en la línea de los relatos que configuran Caballería roja. Dos textos, pues, impregnados de un tono heroico y aventurero muy acentuado, en los que tampoco faltan escenas de una violencia durísima y gratuita. Este realismo extremo, que quizás sorprenda a más de un lector, ya mereció críticas en su momento, incluso desde las propias filas revolucionarias. Reprochaban a Bábel que sus escritos carecieran de «romanticismo revolucionario». Mirarse en un espejo resulta, a veces, una experiencia muy dolorosa.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña tanbién la puedes leer en El Cuaderno

«Pero los días felices llegaron más tarde. Para mi madre llegaron cuando, por las mañanas antes de irme al instituto, me preparaba los bocadillos, cuando recorríamos los tenderetes y comprábamos mi material festivo: el plumier, la hucha, la cartera, los nuevos libros encuadernados en cartón y las libretas con tapas de charol. Nadie en el mundo valora más las cosas nuevas que los niños. Los niños se estremecen ante su olor, como un perro al olfatear la huella de una liebre, y experimentan esa locura que, cuando nos hacemos mayores, llamamos inspiración. Y este nuevo y puro sentimiento infantil de ser el dueño de una cosa nueva se transmitía a mi madre. Tardamos un mes en acostumbrarnos al plumier y a la oscuridad de la mañana, cuando tomaba el té en el extremo de una gran mesa iluminada y guardaba los libros en la cartera; nos pasamos un mes acostumbrándonos a nuestra nueva vida feliz. Y solo tras el primer trimestre me acordé de las palomas».
(Traducción de Ricardo San Vicente)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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