Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos, de Luis Fernández Roces

71u0zofqlxl.jpg[Prepublicado en El Cuaderno, 9-IV-2019]

Una vieja estación de tren que ha quedado obsoleta y abandonada, una comarca donde no llueve y la gente se ha marchado, una isla devastada por la guerra, un paisaje desértico e inabarcable, testigo hostil de una búsqueda agónica y sin fruto… Muchos de los escenarios evocados en los relatos que conforman Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos podrían representar a la perfección esa España vacía de la que ahora se habla tanto en los medios, que ha inspirado algunas de las mejores páginas de nuestra literatura y que, por descontado, no es fenómeno reciente en un país que ya en el siglo XVIII fue diagnosticado como el «esqueleto de un gigante». En sus cuentos, Luis Fernández Roces eleva a la categoría de símbolo una realidad bien palpable para cualquiera que frecuente mínimamente nuestra geografía rural. Aclamado cultivador del relato breve, novelista y poeta, el asturiano Luis Fernández Roces es un veterano escritor de larga trayectoria. Dentro de su obra más reciente destacan los libros de relatos De algún cuento a esta parte (1990) y Ageón (2001), así como los poemarios Salas de espera (2011) y Camino de las cárceles (2014). Aunque los textos reunidos en Un lugar muy lejos del mundo guardan una coherencia y afinidad notables entre sí, es posible distinguir en el libro dos tipos de relato bien diferenciados. Un primer grupo, el más numeroso, lo formarían los primeros cuentos, dramáticos y muy emotivos. El vacío al que antes aludíamos actúa en ellos como metáfora de una pérdida irreparable, de un daño moral sin solución aparente. Son relatos llenos de sentimiento e imaginación, que tocan muy de cerca al lector. Los restantes cuentos, por contra, nos ofrecen perspectivas más cáusticas y jocosas. No faltan en ellos ni el humor negro ni unas pinceladas de ciencia ficción. Muchos de los relatos tienen como protagonista a uno o varios personajes derrotados, o cuando menos, inmersos en un trance adverso. Son los verdaderos héroes de esos espacios vacíos tan convincentemente retratados por Luis Fernández Roces, de esas estrambóticas situaciones a las que el autor los somete con afilada ironía. Una elocuente formulación literaria de esa demoledora máxima enunciada por Nicolás Gómez Dávila:

La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota

Un lugar muy lejos del mundo, el primero de los cuentos, es un bello y emocionante relato fantástico, narrado con un estilo entrecortado muy cercano al denominado flujo de consciencia. Su argumento gira en torno a una estación de ferrocarril abandonada y un viejo mecánico de locomotoras que no se resigna a pasar página. Ese túnel que transcurre ahora subterráneo, «por tan abajo, muy largo», y que vuelve inoperante la estación, es el reto enfrentado por el protagonista, un verdadero héroe de la resistencia cuya merecida victoria solo podrá alcanzarse en el terreno de la fantasía. En este primer cuento, como en los siguientes, el vacío de los escenarios se traduce en un reducido número de personajes. Así lo vemos en Sobre este cadáver de ceniza, relato de corte bélico donde los dos últimos combatientes de una guerra olvidada siguen enfrentándose en una isla arrasada por las armas de fuego. Hoy he visto un milagro transcurre en esa España negra y rural del atraso secular y las supersticiones arraigadas. Una lluvia torrencial y persistente remueve el poso de atavismos cerriles propios de un pueblo que todavía cree en nuberos como Xuan Cabritu, elegido chivo expiatorio (nunca mejor dicho) para salvar sus cosechas. Pero el relato es algo más que la crónica de un crimen rural. La supera adentrándose líricamente en un mundo de fantasía: una sequía de proporciones bíblicas como castigo, y un huerto, el de Rosalina, donde llueve todos los viernes. En Un lugar sin nadie vuelve a recrearse el opresivo ambiente de las estaciones abandonadas y los vagones sin pasajeros. El viaje a ninguna parte de una madre y su hija opera como doliente alegoría del desamparo que sufren algunas personas. El siguiente relato, El viaje, narra otra experiencia de desarraigo, también cercana a la pesadilla: una travesía de tres personajes por un paisaje inhóspito y desolado en pos de una respuesta que no se alcanza. Quizás una metáfora de las agonías de la fe. La rebelión de los perros es la crónica de una pequeña revolución en clave animalista, un relato entre la fábula ecológica y la ciencia ficción. La España negra de las supersticiones, que vimos actuar es un relato anterior, cede ahora su puesto a la del maltrato animal. La muerte del amo cruel y explotador es consecuencia de la ruptura del pacto ancestral que convirtió al lobo en amigo y colaborador del hombre. La imagen de los perros acarreando algas por los acantilados tiene fuerza y originalidad. Ese duro y humillante trabajo, más propio de esclavos humanos, y que tan mal se corresponde con la esencia canina, es el que desata la rebelión. El ataque a las ovejas no es sino la constatación de que el pacto se ha roto. El Canis lupus familiaris «pierde», por así decir, su cognomen y retoma sus andanzas de predador. Epílogo en sábado es un brevísimo relato de humor negro inspirado en su suceso macabro, no del todo imposible, pero formulado de manera acentuadamente kafkiana: la formalización de lo monstruoso como rasgo de nuestra civilización. Cemento y réquiem expone también una situación de aires kafkianos, cercana a la pesadilla o la alucinación, abierta a varias interpretaciones. El mundo rural vaciado es sustituido aquí por un no menos opresivo medio urbano, deshumanizado e inhabitable: una verdadera selva de hormigón. En ese matrimonio de ancianos que se ve separado por un muro de cemento podemos ver también un símbolo del desprecio con que un progreso mal entendido pisotea a los que no quieren, o no pueden, seguir sus pasos. En un estilo y ambiente muy distintos, La viuda en el cementerio nos presenta una ingeniosa y humorística variación del «entierro contemplado por el mismo finado», un motivo que ya aparece en nuestra literatura con El estudiante de Salamanca. En este caso, las claves se nos ocultan cuidadosamente hasta el final, y aun así el relato se resuelve con una calculada ambigüedad. Relato de noche es un cuento muy divertido, crónica burlona de las tribulaciones sufridas por un autor obligado a escribir un relato «en el plazo de una noche». La comicidad brota de la obstinación del escritor por alumbrar una fábula que tanto se le resiste, venciendo además las continuas interrupciones de su compañera Sara, cuando tiene delante de las narices una estupenda historia fantástica: la protagonizada por su tío Leoncio, que «descumple» los años sin perder su condición de crápula incorregible. Como en «Un soneto me manda hacer Violante», de Lope, el relato quedará escrito de manera casi impremeditada. La realidad fantástica se ha impuesto a la fabulación real. El siguiente relato, La pierna amputada, se adentra en el terreno de una ciencia ficción muy hispánica, con un carácter marcadamente irónico, y donde no se abandona por completo el humor negro que ya tintaba algunos textos anteriores. Aunque la trama es otra muy diferente, su lectura me ha recordado un famoso cuento de Espronceda, La pata de palo. Para finalizar, Nuestras mejores armas es un relato distópico con algunos toques de ironía socarrona, donde se nos habla de un mundo en que los libros son perseguidos y destruidos: una ficción clásica de anticipación que cada día parece más alejada de su cumplimiento, cuando el mayor peligro que corren los libros actualmente es el de ser sencillamente ignorados.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Aquí, sin embargo, en este pueblo acabado, tan lleno de sequía, sigue sin suceder nada nuevo (el huerto de Rosalina es cosa aparte) después de aquel amanecer ya de polvo, cuando el vecino que más había aguantado en este sitio cruzó un río de piedras y de cal, dejó atrás sin mirarlas las últimas paredes, y se perdió a lo lejos para siempre con los enseres en un carro, cuatro animales flacos, y los tres de familia, la mujer y los hijos, tan callados. Se perdió sin que nadie lo viera, pues aquí no quedaban para entonces más que casas vacías. Sigue, digo, sobre todo, después de tantos días y días de polvo, sin llover ni una gota fuera de ese huerto. Y cuando miras, mientras el viento corre por los caminos sin nadie, ves que las casas son montones de piedra ya sin puertas, y tejados hundidos, y que los castañares se hicieron leñeras, y que ni un triste cuervo vuela por los carrascales».

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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