Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal

portada_soledadEl amor a los libros puede expresarse de muy diversas maneras. Una de las más originales es la que manifiesta Hanta, el protagonista de esta bellísima novela que hoy reseñamos, Una soledad demasiado ruidosa (1976), del gran escritor checo Bohumil Hrabal (1914-1997). Aunque lleva treinta y cinco años trabajando en el reciclado de papel, Hanta no se ha acostumbrado todavía a contemplar con indiferencia la destrucción de los libros: esos centenares de volúmenes que le llueven a diario, mezclados con los papelajos más deleznables, en el oscuro y húmedo sótano donde trabaja con su rudimentaria prensa. Libros de Hegel, Kant, Nietzsche, Schelling, Goethe, Hölderlin, Novalis… Libros cuya lectura alivia su monótona y solitaria tarea, a muchos de los cuales «redime» simbólicamente introduciéndolos, cuidadosamente abiertos «por la página donde el texto es más bonito», en el interior de las balas de papel que va confeccionando. Su jefe, que lo vigila desde la superficie (como el vociferante carcelero del inicio del Persiles), no se muestra nada contento de sus lecturas, pausas y extraños rituales, y amenaza con despedirlo… Tal es el punto de partida de esta emocionante novela que acaba de reeditar Galaxia Gutenberg (en la magistral traducción de Monika Zgustova, gran especialista en la figura y obra de Bohumil Hrabal). Una soledad demasiado ruidosa (Příliš hlučná samota) es un texto de muy grata lectura, en el que quedamos prendidos desde sus primeras líneas. Sin párrafos que diseccionen los capítulos, con una narración en primera persona cercana en ocasiones al monólogo interior, la novela se construye ―rítmica y formalmente― a partir de una serie de ideas obsesivas que se repiten y se desarrollan a manera de un leitmotiv, entreveradas con discursos más extensos que nos revelan detalles de la vida de Hanta, de su historia y atormentada humanidad. Una estructura musical que se acelera en el último capítulo: una especie de stretto donde confluyen los diferentes motivos que han ido vertebrando la novela y que se cierra con un sorprendente desenlace.

Aunque el empaquetado de libros es una las acciones más llamativas del protagonista, Una soledad demasiado ruidosa es mucho más que un ejercicio de fetichismo, o que una performance que toma la materialidad del libro como objeto de experimentación artística. Además de ruidosa, la soledad en la que trabaja Hanta es también una soledad poblada de pensamientos. Unas meditaciones que, en su caso particular, vienen determinadas por su lucidez para percibir la melancolía de un mundo «que no se acaba de construir jamás». Y es que el empacado de los libros (o las láminas de pintores famosos con las que adorna los fardos de papel prensado) no es tan sólo un homenaje a sus autores. Esas exequias que Hanta tributa a los volúmenes desechados son también el símbolo de una cultura tocada de muerte, sospechosa, puesta en entredicho por la contradicción que media entre la miseria cotidiana que padecemos ―en una sociedad marcada por el consumo compulsivo y la generación de basura― y los discursos elevados de su filosofía: una distancia insalvable que nos recuerda Hanta cada vez que se asoma a contemplar las estrellas desde el mismo agujero pringoso por donde le arrojan los libros. Haciendo meditar a su personaje entre montones de papeles en descomposición, obligándolo a vencer escrúpulos morales por las ratas y moscas que mueren inevitablemente aplastadas en su prensa, Hrabal construye un texto que compendia tanto el cielo como el infierno de la experiencia humana. Incluso en sus recuerdos más personales y familiares, Hanta se complace en contraponernos lo más bajo con lo más elevado, lo más sublime con lo más prosaico y material: un conflicto cuya síntesis sólo puede resolverse en un ejercicio de melancolía.

Profundizando más en el evidente significado metafísico del libro, podemos reconocer en la actividad de Hanta una imagen de esa dramática entropía que configura el universo: ese agujero negro por el que se precipita todo lo que tiene la cualidad del ser, condenado a un ciclo imparable de destrucción y creación. El drama que supone la imposibilidad de torcerlo, de pararlo siquiera un instante, es lo que atormenta a Hanta; la certeza de que, parafraseando a Rilke, no hay ángel alguno que recoja las sonrisas que se ignoran. Esa avalancha de papeles diversos que le arrojan a Hanta para que los recicle es el mejor resumen de toda obra humana y su irremediable aniquilación. Desde lo más excelso a lo más miserable, nada se salva. Por momentos, el narrador nos parece una figura casi mítica, emplazada en un confín del mundo, en el vórtice o sumidero por el que se pierden todas las cosas: un destino inevitable del que se erige como lúcido testigo. Sus pequeños homenajes son apenas unos granos de polvo en el molino de la destrucción universal, que aniquila por igual a los seres queridos y a los ratoncitos que pululan entre la basura, que se ceba en esos trenes cargados de libros valiosos que se deshacen olvidados bajo la lluvia: una imagen poderosa del expolio y la destrucción que aceleran las guerras. En esta misma línea de pensamiento, Hanta extiende su mirada a otros trabajos subterráneos, en los que descubre insospechados parentescos con el suyo. Es el caso de los limpiadores de cloacas, testigos de una fantástica guerra entre ratas que se exterminan masivamentes, pero que generan de manera invariable nuevas facciones, siempre enfrentadas: un proceso en el que Hanta vislumbra un reflejo atroz de la dialéctica hegeliana que construye la historia.

Pero el poso más descorazonador que nos queda tras la lectura de la novela quizás no sea otro que la sospecha de que el futuro no nos traerá la solución. El progreso deshumanizado que caracteriza a nuestra sociedad avanza en todos los frentes, pero sobre todo en el de la destrucción. Así se resume en esa monstruosa planta industrial de reciclaje que Hanta visita en Bubny, donde contempla apabullado la rápida aniquilación de millares de libros, ejecutada sin emoción alguna por brigadas de jóvenes obreros, uniformados y protegidos por guantes. Un espectáculo compartido por los escolares que visitan las instalaciones, a los que se les inculcan esos valores de eficacia deshumanizada que tanto espantan a Hanta. Una labor en las antípodas de su modesto trabajo en el sótano, donde se ensucia las manos y se detiene a cada momento para recoger un libro o una lámina que le llaman la atención. El panorama de tantos libros destruidos, sin recibir ni tan siquiera una última mirada de curiosidad, induce a Hanta a evocar esas modernas granjas industriales que sacrifican en serie a millares de pollos («que apenas habían empezado a vivir»), colgados aún vivos de los ganchos donde se les extraen los órganos. Una muestra más de esa aniquilación fría y ciega, peligrosa por la inquietante posibilidad de que pueda extenderse a cualquier otro dominio. Una destrucción que, en el caso particular de Hanta, terminará engullendo su artesanal sistema de trabajo, declarado obsoleto.

Contrapesando de algún modo tantas notas pesimistas, la humanidad de los personajes que pueblan la novela nos reconcilia con nuestro destino. Bohumil Hrabal, que ha manifestado un compromiso ético y social en muchas de sus obras (como en su célebre novela Trenes rigurosamente vigilados; texto que inspirara el homónimo filme de Jiří Menzel), no se olvida tampoco ahora de los más desfavorecidos. Así lo descubrimos en esas sinceras estampas que nos dibuja Hanta de los gitanos de Praga, con sus fogatas encendidas en mitad de las aceras y sus miradas inteligentes, propias de una raza antigua y sabia. Contrastando con los personajes de Cristo y de Lao-Tse, que se le aparecen en la duermevela inducida por la cerveza, Hanta evoca también las pintorescas siluetas de dos pobres gitanas, dos adolescentes explotadas y golpeadas que, cargadas como mulas, le llevan papeles y cartones al taller. En esa misma categoría de seres desvalidos podemos encuadrar a otros personajes cercanos al protagonista. Hanta, que vive en un piso de las afueras de Praga, atestado de libros, alivia su melancolía y sus temores evocando escenas de su infancia. Las figuras de su madre y de su tío, las curiosas historias protagonizadas por sus extravagantes amigos y amantes, dan materia a algunas de las páginas más bellas de la novela. Unos recuerdos entre sentimentales y cómicos, cargados a veces de un humorismo bastante negro, pero siempre aparejados como ensoñaciones fantásticas, propias de ese peculiar realismo mágico que caracteriza la prosa de Bohumil Hrabal. Es el caso de las increíbles vagonetas de tren con las que se entretiene su tío, ferroviario jubilado, o los amantes tan variopintos y complementarios de los que se beneficia su antiguo amor, Maruja. Unos recuerdos que alcanzan su apogeo en las emotivas líneas finales del texto, desde las que Hanta parece lanzarnos una última advertencia: ¡No renuncies a la memoria mientras te quede un aliento de vida!

Reseña de Manuel Fernández Labrada

[Esta reseña también la puedes leer en El Cuaderno]

«Trabajé hasta bien entrada la noche y me refrescaba sacando la cabeza por el patio interior, y a través de aquella chimenea de cinco pisos miraba, como el joven Kant, un fragmento del cielo estrellado; después, tomando el asa de la jarra, a cuatro patas y con paso inseguro, subía la escalera y, tambaleándome, me dirigía a la taberna, compraba cerveza y volvía a bajar a tres patas a mi madriguera donde, sobre la mesa, a la luz de la bombilla, tenía abierto el libro Teoría general del cielo, de Inmanuel Kant… En el silencio de la noche, cuando los sentidos reposan calmados, habla un espíritu inmortal en un lenguaje difícil de designar, compuesto de conceptos, que es posible comprender pero imposible describir… Estas frases me afectaron de tal manera que me fui corriendo a sacar la cabeza al patio abierto para mirar el fragmento de cielo estrellado y sólo después continué cargando el papel asqueroso a la prensa con una horca, un papel lleno de familias de ratitas envueltas en una especie de algodón, de telaraña; de hecho, los que trabajan con papel viejo no son humanos, de la misma manera que tampoco lo es el cielo, yo ya sé que alguien lo tiene que hacer, pero en el fondo mi trabajo se reduce a una matanza de inocentes, tal como la pintó Pieter Brueghel, la semana pasada envolví todas las balas con la reproducción de ese cuadro»…
(Traducción de Monika Zgustova)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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5 respuestas a Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal

  1. Mar dijo:

    Análisis muy interesante de la novela de Bohumil Hrabal, en cuanto pueda me lanzo a mi librería de cabecera, y me llevo el libro para disfrutarlo a la sombra de mi árbol preferido. No conocía esta novela de 1976, pero que podría haber sido escrita en estos momentos. Por tu crítica, veo que la novela trata los dos o tres temas de fondo que más me provocan, entre la impotencia ante la decadencia moral y mis intentos, más o menos vanos, de aliviar las heridas.

  2. Me ha encantado tu reseña. Hay que decir que es una reseña con todos su avíos. 🙂 Un análisis, como dice Mar. Yo intenté una en los primeros años del blog, te la pongo por aquí: https://felixmolinapublica.wordpress.com/tag/una-soledad-demasiado-ruidosa/
    Te puede llamar la atención el clip con el animado sobre la novela. Una delicia.

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