Los huevos fatídicos, de Mijaíl Bulgákov

Al poder político nunca le gusta que le lleven la contraria, ni tan siquiera en los asuntos más nimios e intrascendentes. Este principio, de validez casi universal, se manifiesta de manera más contundente en los regímenes autocráticos, donde siempre impera la censura. Y viene de antiguo. Señalaba Heródoto lo mucho que le irritaba a Jerjes que se expresaran opiniones contrarias a su parecer, incluso cuando eran requeridas y parecían sensatas y bienintencionadas. Una cortapisa a la libertad que el historiador cario (defensor acérrimo de la isonomía griega) solo parecía reconocer en contextos persas, lo que resulta muy significativo. Desde entonces, la libertad de expresión constituye un valor cardinal de nuestra cultura occidental, aunque sujeto a muchos altibajos, polémicas y dificultades. En ocasiones, para sustraerse a la acción de la censura, las críticas han necesitado disimularse o endulzarse un poco. Así sucede en la sátira, donde, disfrazadas de humor y revestidas de una locura aparente, las verdades duelen menos. Es entonces cuando la censura parece que baja la guardia y deja abierto un resquicio a la esperanza. Pero es solo una estrategia interesada (esos censores alemanes de que se burlaba Heine, tan ingenuamente torpes, quizás no hayan existido nunca). Cuando la presión aumenta, las válvulas de escape se hacen aún más necesarias.

Todo lo anterior viene a cuento de una reciente edición de Los huevos fatídicos (1925) de Mijaíl Bulgákov (1891-1940): una divertidísima sátira política (no demasiado virulenta, como luego veremos) que se nos presenta disfrazada de ciencia ficción. Mármara Ediciones nos brinda así la oportunidad de acercarnos una vez más a este clásico de las letras universales, ahora en la estupenda traducción de Marta Sánchez-Nieves. Una fantasía escrita bajo la influencia de H. G. Wells (un autor muy admirado por Bulgákov), como parece reconocerse en el propio texto ruso, donde se alude de manera explícita a El alimento de los dioses (1904), una novela que muestra grandes similitudes argumentales con Los huevos fatídicos. Como es habitual en el género, la acción se desarrolla en el futuro; aunque en el caso particular que nos ocupa se trata de un futuro no demasiado lejano (1928), lo justo para que Bulgákov pueda dotar a su texto de un cierto aire distópico. Así lo denotan algunos detalles llamativos del paisaje urbano moscovita: grandes anuncios luminosos, estruendosas bocinas que mantienen informada a la población, pantallas con imágenes en movimiento sobre las fachadas de los principales periódicos, teléfonos móviles… Todo este attrezzo futurista, que pretende dibujar un Moscú al estilo de Metrópolis, juega sin embargo un papel muy secundario en la narración, y disimula bien poco el referente realista de la sátira: la intromisión del poder político en el campo de la ciencia. Cuando esto sucede (sobre todo si se hace de manera chapucera), el desastre parece asegurado.

El personaje principal de la novela, Vladímir Ipátievich Pérsikov, encarna a la perfección la figura tópica del profesor chiflado: un sabio despistado y carente de habilidades sociales que solo vive para su ciencia. Su aspecto exterior es también el que exigen los cánones: gran cabeza, ojos miopes, gestos grotescos (como doblar el dedo en forma de gancho al hablar), etc. Abandonado por su mujer, que se fugó en 1913 con un cantante de ópera, Pérsikov vive solitario en un piso de cinco habitaciones atendido por una vieja gobernanta. Estos rasgos caricaturescos de su personalidad no le impiden ser una autoridad mundial en zoología, sobre todo en el campo de los batracios, como tampoco dirigir el Instituto de Zoología de Moscú, donde hace sus experimentos auxiliado por el joven profesor Ivanov y el portero Pankrat, que cumple las funciones de conserje y recadero. Con el avance de la novela, Pérsikov se va quedando poco a poco al margen de los acontecimientos principales. Pero es precisamente entonces cuando más se gana nuestra estimación, al mostrarse como el único personaje capaz de mantener un criterio sensato e inamovible en toda la locura que se expande a su alrededor, y que se resume en no utilizar el nuevo rayo mientras no se haya estudiado en profundidad. Su orgullo de científico, que le impide doblegarse fácilmente ante las autoridades políticas (a las que impone, incluso, un cierto respeto), lo acompaña hasta las últimas páginas, donde le alcanzará un final tan heroico como injusto.

Todos los indudables méritos científicos de Pérsikov no impiden, por otra parte, que su gran descubrimiento, El rayo de la vida, sea tan solo el resultado del más puro azar. Un extraño rayo de luz, que se ha formado casualmente por la combinación del globo que ilumina el laboratorio con la óptica de un microscopio, incide accidentalmente sobre la preparación de amebas que estudiaba Pérsikov, y que ha dejado abandonada para ir a echarle un vistazo a la rana viviseccionada que desea mostrarle su ayudante (Bulgákov aprovecha la ocasión para exponer ante el lector la crueldad de los experimentos con animales, un tema sobre el que volverá en Corazón de perro). El efecto del rayo sobre los microorganismos expuestos a su influencia es fulminante. Las amebas comienzan a proliferar en gran número, a crecer exponencialmente y a reproducirse como enrabietadas. Luego, agobiadas por la falta de espacio, se aniquilan mutuamente, en una suerte de feroz lucha de clases en la que se imponen las más fuertes. ¡Todo bajo la mirada sobrecogida del investigador, que enseguida se da cuenta del peligroso alcance de su descubrimiento! Es verdad que la historia de la ciencia está tejida de hallazgos casuales (serendipia es el eufemismo que los nombra). Así sucedió con la penicilina, producto de un descuido de Fleming. Pero esto, claro está, no disuade a Bulgákov de sobre el pobre papel representado por su personaje, que tampoco acierta a mantenerlo en secreto mientras lo estudia. Pronto sufrirá Pérsikov el acoso de los periodistas, así como de un variado elenco de personajes relacionados con el poder político, entre los que no falta ni tan siquiera un extravagante espía extranjero que desea el rayo para su país. Mientras tanto, Ivanov ha logrado construir tres grandes cámaras en las que resulta posible producir el Rayo de la vida a tamaño aumentado y fuera ya del microscopio.

Desde los primeros capítulos apreciamos la gran habilidad de Bulgákov para buscarle el lado cómico a todo, incluso a las situaciones más desagradables, que no escasean precisamente. Podríamos hablar de un cierto humor negro, como el que se derrocha en la descripción de los cruentos desastres y escenas de pánico que se desencadenan al final de la novela. También nos pinta Bulgákov con tintes cómicos, como si se tratara de un sainete, la muerte de las gallinas de la popesa Myrlova: preludio a la peste aviar que se extenderá, implacable, por todas las repúblicas soviéticas. Estamos en las antípodas de esas trágicas epizootias de las montañas suizas que tan emotivamente describió Ramuz en sus novelas alpinas (Derborence, Cumbres de espanto, etc.), y que tanto comprometían la supervivencia de los montañeses. Para Bulgákov, por el contrario, el hecho de que no haya quedado gallo ni gallina viva en toda Rusia es una especie de broma diabólica arbitrada por el destino, a fin de que se genere la verdadera tragedia, la que afecta a los propios seres humanos. Es precisamente en relación con esta peste aviar cuando hace su aparición Alexandr Semiónovitch Fatum, el segundo personaje en importancia tras Pérsikov: un anacrónico y sospechoso individuo, antiguo flautista de cinematógrafo, que viste todavía a la moda de 1919 y lleva al cinto, siempre bien visible, una abultada pistola Mauser. Su apellido, Fatum (del que se deriva el título de la novela), representa de manera inequívoca el hado adverso que lo va a convertir en el catalizador de la catástrofe final, al encadenar letalmente los dos hitos argumentales de la narración: el descubrimiento del rayo y la peste aviar.

Apoyado por las altas instancias del régimen (de manera harto incomprensible, dada su incompetencia manifiesta), Fatum será nombrado director de El Rayo Rojo, un sovjós experimental fundado con el ambicioso proyecto de restaurar, con el auxilio del nuevo invento, la población aviar de todas las Rusias. Instalado en una antigua propiedad rural expropiada, Fatum se rodea de un equipo de ayudantes tan profanos en la materia como él mismo, entre los que figuran su propia mujer, el guarda de la finca, un vigilante perezoso y la limpiadora Dunia. Una curiosa cuadrilla de científicos sobre los que la ironía de Bulgákov se emplea a fondo. Pero Fatum no es solo un completo ignorante (el temor que le despiertan los libros acumulados en el despacho de Pérsikov resulta significativo), sino que también se manifiesta como un insensato, al pretender nada menos que recuperar la cabaña avícola de todo un país sin ni tan siquiera saber distinguir si un huevo es de gallina o de otra especie (un desconocimiento por el que se pagará un alto precio). Con las máquinas incubadoras arrebatadas a Pérsikov y una partida de huevos procedentes de Alemania (su gran tamaño despierta la admiración simplona de Fatum y de sus acompañantes) se inicia finalmente el experimento, que pronto producirá una inexplicable espantada de pájaros y ranas. Mientras tanto, los ladridos aterrorizados de todos los perros del lugar anuncian la llegada de un horror que parece inminente…

Este carácter de verso suelto que posee el personaje de Fatum es lo que le quita, a mi manera de ver, mucha carga crítica a la novela. Al fin y al cabo, toda la aventura ha sido una consecuencia de la iniciativa personal de Fatum, de la iluminación repentina que lo acometió tras asistir a una conferencia de Pérsikov en la que hablaba de su rayo. Aunque es cierto que a lo largo de todo el libro menudean las burlas al establishment, no se puede decir que adquieran demasiada virulencia ni alcance. El novelista actúa con precaución, midiendo cuidadosamente sus pasos. Aún le quedaban algunos años por delante antes de que la censura se cerrase sobre su carrera literaria, condenándolo a un ostracismo que dejaría en suspenso la publicación de sus obras más destacadas, como Corazón de perro y, sobre todo, El maestro y Margarita. Por el momento, reírse de los rimbombantes cargos de que gozan los burócratas, de los extravagantes nombres de los comités (como la Unión Obrera Gallinera de la popesa Myrlova), del talante siniestro de la policía política o de los periódicos adictos al régimen (todos con el añadido de rojo en sus cabeceras) no parecía tener consecuencias. Se entendía, quizás, que la voluntad del autor no era debilitar al régimen, sino lograr tan solo la complicidad de su público a través del humor. El desenlace de la novela, además, permitía desplazar la atención del lector a instancias más universales y generales, haciéndole meditar sobre el peligro que entrañaba para la Humanidad el hecho de que los descubrimientos científicos estuvieran controlados por el poder político; que, o bien los utilizaba para fines no precisamente humanitarios, o bien los dejaba en manos inapropiadas (como sucede en Los huevos fatídicos). El inesperado final de la novela (en la línea ahora de La guerra de los mundos) parecía advertirnos también de nuestra pequeñez: aunque tenemos una gran capacidad para generar desastres, pocas veces sabemos formar parte de la solución. La simple casualidad abre y cierra nuestro destino.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«A sus palabras respondió un penetrante grito de gallo y, a continuación, del gallinero salió a trompicones, como de lado, igual que un borracho alborotador de un comercio cervecero, un gallo descarnado y hecho un harapo. Las miró fieramente con los ojos desencajados, dio varios pisotones en el sitio, extendió las alas cual águila, pero no echó a volar, sino que empezó a correr por el patio, en círculos, como un caballo a la cuerda. Se paró en la tercer vuelta y vomitó, después empezó a escupir y a medio ahogarse al respirar, lanzando a su alrededor manchas de sangre, se dio la vuelta y sus patas quedaron inmóviles mirando al sol, cual mástiles. Un aullido de mujer inundó el patio. En los gallineros le respondieron cloqueos de desasosiego, batir de alas y alboroto.»
Traducción de Marta Sánchez-Nieves

Edición checa de 1929

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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2 respuestas a Los huevos fatídicos, de Mijaíl Bulgákov

  1. Libros de Cíbola dijo:

    Estupenda novela. Yo la leí en otra edición más antigua y me divirtió mucho. Saludos.

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