En uno de sus más breves y sugestivos relatos («De cómo llegó el enemigo a Thlunrana», 1915) lord Dunsany nos relataba la historia de un poderoso ídolo al que las antiguas crónicas de su pueblo habían profetizado una derrota inevitable. En una sola noche, la tiranía del temible dios se derrumbará por la simple acción de un visitante furtivo que penetra en su santuario y se ríe al contemplarlo. La risa puede ser un arma considerable, pero si además se reviste con las galas del arte y el ingenio ―dígase caricatura, sátira o parodia― su fuerza se multiplica. Uno de los textos más parodiados de los últimos tiempos es el famoso Struwwelpether (1845) de Heinrich Hoffmann (traducido como ‘Pedro Melenas’ en nuestras latitudes): un librito de pocas páginas y profusamente ilustrado que narraba (con un propósito ejemplarizante no falto de una notable crueldad) los accidentes y castigos sufridos por unos niños revoltosos y desobedientes. Gracias a la originalidad de sus dibujos e historietas en verso, el libro ganó pronto una enorme popularidad y fue merecedor de numerosas traducciones: condición necesaria para que sus exempla pudieran aprovecharse luego con intención satírica. Dos de las más interesantes parodias que ha merecido el citado texto son las que ahora publica Ápeiron Ediciones: Tragatrufas y Hitler Greñas: dos sátiras políticas contra el nacionalsocialismo (2026).
La primera de las parodias, Tragatrufas (Truffle Eater, 1933), escrita por Humbert Wolfe y dibujada por Archibald Louis Charles Savory (bajo el seudónimo de Oistros), se compuso tras la toma del poder por los nazis a principios de ese mismo año. En el texto aparecen ya algunos de los principales jerarcas del régimen, como Edmund Heines, Göring o Goebbels, así como otros personajes menos recordados o de etapas anteriores (Ludendorf, Ernst Roehm…). Hitler, que figura caricaturizado como Pedro Melenas en el frontispicio del libro, no hace acto de presencia hasta el capítulo final, donde lo veremos entregado a su delirante sueño de conquistar el mundo: un inquietante presagio que pronto amenazaría con cumplirse. Entre los abusos y atrocidades denunciadas por el Tragatrufas podemos señalar las cometidas contra los judíos, la quema de libros o el incendio provocado del Reichstag. Tragatrufas guarda una notable independencia respecto al texto original de 1845, del que no parodia todas sus historias y completa con algunas enteramente nuevas. Como ya anunciamos más arriba, no era la primera vez que se tomaba el Struwwelpeter como vehículo para la parodia política. Solo unos pocos años después de su aparición original se publicó en Alemania Der Politische Struwwelpeter (1849), y durante la Gran Guerra vieron la luz otras dos parodias bélicas, una en lengua inglesa y otra en alemán. De estas y otras adaptaciones, tanto anteriores como posteriores a Tragatrufas y Hitler Greñas, nos informa Roberto Vivero en su breve pero muy documentada Nota del editor, donde también nos facilita las claves necesarias para una mejor interpretación de los textos traducidos.
El segundo texto, Hitler Greñas (Struwwelhitler, 1941), de los británicos Robert y Philip Spence (bajo el seudónimo de Doktor Schrecklichkeit), fue escrito tras el inicio de la contienda. Como su título anuncia, Hitler protagoniza ahora varias aventuras, en solitario o acompañado por otros gerifaltes nazis, que son una cómica y bastante fiel transposición (los dibujos, también en color, son casi calcados) de las historietas del Struwwelpether original (aunque añade un nuevo episodio, «La Historia de Hermann [Göering] volador» y un breve prólogo donde se cita a los «bribones» Thyssen y Krupp). Una importante novedad que presenta este nuevo texto es la de extender su sátira a líderes extranjeros. La fracasada campaña en Grecia de Mussolini o sus derrotas navales se corresponden con las historias originales del cazador cazado y del niño descuidado que cae al río y está a punto de ahogarse. El episodio de los niños tintados de negro por san Nicolás (como castigo por haberse burlado de un negrito) tiene ahora su correlato en la divertida escena en la que Stalin introduce en un enorme tintero a los «niños» Hitler, Ribbentrop y Goebbels —se habían reído de un bolchevique—, que saldrán de la tina pintados de rojo y desfilando tras el bolchevique, representado ahora como el flautista de Hamelín. No es difícil ver en esta historieta una alusión al pacto de no agresión firmado entre rusos y alemanes (Ribbentrop-Mólotov, 1939) o al temor que despertaba en los aliados una posible alianza entre la Rusia soviética y la Alemania nacionalsocialista. Como noticia reciente de ese mismo año, el libro alude al vuelo de Rudolf Hess a Inglaterra y su aterrizaje en paracaídas, modelado sobre la historia del niño con paraguas que perece arrastrado por el viento. Tampoco faltan personajes anónimos, como puede verse en la aventura de la niña de las cerillas, que ahora se llama Gretchen y se quema por jugar a la guerra con un cañón de juguete.
Quedaría incompleta esta reseña si no llamara la atención del lector sobre la excelencia de su traducción. ¿Quién mejor que Enrique Gallud Jardiel, gran maestro de la literatura humorística y satírica, tanto en prosa como en verso, para asumir el difícil reto de verter a nuestra lengua estas dos parodias tan significativas de su momento histórico? ¿Quién podría armonizar con mayor solvencia y acierto la nota humorística con la propiedad del lenguaje, el respeto escrupuloso al contenido y disposición de los textos originales con una versificación castellana ingeniosa, elegante y divertida? Tragatrufas y Hitler Greñas vienen así a sumarse, en las mejores condiciones, a otros interesantes títulos publicados en «Dokumenta», la nueva colección de Ápeiron Ediciones dedicada al pensamiento, la cultura y la sociedad europeas de la primera mitad del siglo XX.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Joseph, el camarada comunista, [Stalin]
con todos ellos redactó una lista.
Cogió a Adolf y a Gob por el cabello, [Hitler, Goebbels]
y a Ribby por su paliducho cuello, [Ribbentrop]
y por más que gritaron ellos tres,
los metió en el tintero por los pies
y los tuvo unas horas en remojo.
Los tiñó, como veis, de color rojo».
«Cae en medio de los highlands escoceses, [Hess]
allí lo encierran unos cuantos meses
y están sus carceleros muy perplejos:
«¿Para qué habrá venido de tan lejos?».
De aquello se deriva un solo axioma:
No volverá a su patria ni de broma».
Traducción de Enrique Gallud Jardiel




Es común asegurar —no sé si con suficiente conocimiento de causa— que muchos soldados alemanes de la Gran Guerra llevaban en los bolsillos de sus guerreras el famoso Canto de amor y muerte del corneta Rilke (1906). Si esto fuera verdad, no creo que tardaran mucho en descubrir la falsedad de esa romántica gesta de un abanderado adolescente que reúne en una sola noche eros con tánatos. ¡La realidad es un poderoso crítico literario! Nada más opuesto a dicha epopeya erótica y caballeresca, a la que pone punto final una muerte gloriosa, que el texto de André Suarès (1868-1948), C´est la guerre (1915). Si Rilke compuso su poema en el arrebato lírico de una inspirada noche del invierno ruso de 1899, el francés concibe su proclama en el dolor de una guerra que amenaza con desangrar su país: un visceral alegato forjado en una prosa poética tan doliente y desgarrada como una herida abierta, tan belicosa y lacerante como el filo de una bayoneta. En el campo de batalla de Grodek la primavera no llega ni fría ni tarde. Sencillamente, no llega.
Al igual que su gran amigo y vecino de Concord, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson (1803-1882) fue un gran aficionado a los paseos campestres, así como a dejar constancia escrita de las meditaciones que le inducía la contemplación de la naturaleza. El libro que acaba de publicar Hermida Editores, Verano indio (2025), recoge una amena e interesante selección de entradas y fragmentos pertenecientes a los Diarios del filósofo de Boston («Platón», según el simpático apodo que le pusiera la mujer de Hawthorne, Sophia): un inmenso legado autobiográfico publicado originariamente en diez volúmenes. La naturaleza no es, desde luego, un elemento casual ni accesorio en el pensamiento de Emerson, como así se manifiesta en uno de sus textos más importantes, Nature (1836), libro fundacional del trascendentalismo. La edición de Verano indio cuenta con un revelador prólogo escrito por su editor, Alejandro Roque Hermida, donde se ahonda en el pensamiento filosófico de Emerson tal como se manifiesta en el conjunto de sus monumentales Diarios. Se enriquece y complementa así nuestra lectura del libro, centrado prioritariamente en el paseo y la mirada atenta a la naturaleza.
Decía Hermann Hesse, en uno de sus poemas más celebrados, que todo comienzo alberga un particular encanto (ein Zauber inne). De parecida manera, la primera obra de un narrador inspira el respeto de lo novedoso, de lo que acaba de nacer, sobre todo cuando promete ser el inicio de un largo camino. Si el autor, además, ha puesto toda su ilusión, trabajo y talento en la tarea de escribirla, leerla o hablar de ella no puede ser sino un privilegio. También una responsabilidad. Iluminaciones (Pie de Página, 2023), de César Niño Rey, cumple con creces las expectativas que despierta la publicación de un primer libro de narrativa. El lector descubrirá en sus páginas una variada colección de relatos, compuestos con una admirable perfección y dotados de una originalidad innegable. De muy diversa extensión, algunos textos podrían ser considerados nouvelles, mientras que otros entrarían fácilmente en la categoría de la minificción (es el caso de «Apocalipsis»). El libro manifiesta además una notable disparidad de registros, propia quizás de un libro de relatos donde, por un lado, se recogen escritos de diversa data (así lo revela el autor), y por otro, se dibuja una encrucijada de caminos. Los textos de un libro de relatos no tienen que estar todos afinados, como la suite barroca, en una misma tonalidad. Los de César Niño no lo están, y como sucede en muchas ocasiones esta variedad también la agradecerán los lectores.
Hace ya tiempo que descubrimos que las únicas burlas que merecen la pena son las que apuntan a lo más alto. Una de las primeras parodias literarias, la Batracomiomaquia, tomaba como diana de su sátira al elevado mundo de los héroes homéricos. Esopo, un simple esclavo, se rio de las pirámides de Egipto y Diógenes, desde su modesto tonel, se permitió mostrarse grosero con Alejandro (desde entonces los bufones siempre se meten con los reyes). La fama de David no dependió tampoco de su puntería, sino de la gigantesca talla de su adversario. Los ejemplos son tan numerosos como las arenas del mar de Homero. Quizás por ello, los grandes clásicos de la literatura universal estaban condenados a sufrir las pullas que Enrique Gallud Jardiel les arroja desde las páginas de su nuevo y divertidísimo libro: Un liante entre los clásicos (Ápeiron, 2025). Un libro que se abre con Shakespeare y se cierra con Cervantes, y donde se les toma el pelo a diez obras maestras de la literatura universal, tanto foráneas como nacionales, clásicas o modernas. Un magistral compendio de todos los recursos válidos para poner en solfa un texto literario. Ahora bien, me apresuro a señalar que las burlas y parodias (o como demonios las llamemos) que nutren este ingenioso libro no nacen ni del desamor ni de la ignorancia, sino de todo lo contrario. Son similares a las bromas que gastamos a las personas que conocemos bien y apreciamos mucho. Es decir, que Enrique Gallud es más amante que liante, conoce perfectamente la literatura y anda por ella como Pedro por su casa. Y donde hay confianza… hay familiaridades. ¡Benditas familiaridades cuando nos hacen sonreír!
Muchas veces un simple cambio de perspectiva nos permite descubrir detalles insospechados en algo que creíamos conocer bien. Adoptar la mirada ajena sobre cualquier asunto puede ser enriquecedor. Tal es el poder transformador de la literatura, que nos ayuda a contemplar el mundo desde un ángulo diferente. A este respecto, los Cuentos herejes de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927) nos brindan la oportunidad de revisitar un conjunto de historias y creencias muy cercanas, pertenecientes a la religión católica, iluminadas por la mirada de un oriental. De parecida manera a como Lafcadio Hearn proyectó su visión europea sobre unas tradiciones y leyendas japonesas que llegó a conocer muy bien, Akutagawa hace lo propio con el acervo cristiano de diablos y divinidades, persecuciones, martirios y curaciones milagrosas. El contexto histórico de los relatos que integran el libro es el de las misiones en el Japón (ss. XVI y XVII). Un tema apasionante y casi novelesco que inspiró dos bellas narraciones del escritor japonés Shūsaku Endō: Silencio (1966) y El samurái (1980). En una fecha muy anterior nuestro dramaturgo Antonio Mira de Amescua había compuesto Los mártires del Japón (c. 1618). Era un momento en que la gesta evangelizadora gozaba de una gran actualidad. La presencia de misioneros europeos en aquellas lejanas tierras tocaba a su fin.
Dudo si las trágicas semanas que vivimos durante el pasado verano, con una parte significativa de nuestro territorio forestal y rural asolado por las llamas, fueron el mejor contexto para leer este libro. Quisiera creer que las desgracias sirven también de advertencia. Quizás el lector informado, sucedido lo ya irremediable, podrá valorar mejor la importancia de lo que se ha perdido. Si existe un hogar para nosotros es el bosque: un lugar auténtico y entrañable donde el espacio y el tiempo adquieren un significado trascendente. Al recorrerlo, toda nostalgia desaparece y nuestros pasos se cargan de alegría y una cierta solemnidad: «soledad del bosque / ¡qué alegre es! / No siento pena / ni envidia», escribía Ludwig Tieck. Porque el bosque es el escenario de nuestros sueños y fantasías más queridas, aquel en el que desearíamos habitar para siempre. Visto incluso desde esta limitada perspectiva deberíamos lamentar el enorme daño que hemos sufrido. Nada mejor para percibirlo que recorrer el territorio devastado por un incendio y compararlo con lo que fue. El espacio se ha reducido a un vacío desolador. Los relieves y parajes diversos que antes solo era dado descubrir en el curso de una larga y estimulante caminata se nos ofrecen desnudos en un solo golpe de vista. Esto solo por lo que respecta al mundo vegetal. Porque la pérdida de todo tipo de animales, bienes materiales valiosos y vidas humanas queda fuera de cualquier medida. El bosque es nuestro espacio natural de convivencia y su muerte es difícilmente reparable.
No parece aventurado asegurar que un escenario adecuado puede favorecer la agudeza del pensamiento. Las musas son divinidades exigentes, y su buen gusto les prohíbe manifestarse en lugares impropios o anodinos. Nada debe sorprendernos, por lo tanto, que ciudades como Toledo, Ronda o un pintoresco castillo en Duino hayan inspirado algunas de las páginas más bellas de un poeta como Rilke, tan sensible a la influencia de su entorno. Tampoco extraña mucho saber que el famoso Premio de Roma consistiera en facilitar a los artistas ganadores una prolongada estancia en la ciudad de los césares. Parece razonable. Creo que hasta podríamos dar por buena la fundación de una escuela de traductores en la torre de Babel o de un club de poetas líricos en la luna. Ahora bien, pretender organizar un congreso de Filosofía en una ciudad como Benidorm (donde la postura más filosófica que cabe adoptar es la de «armarse de paciencia» a la hora de plantar la sombrilla) es harina de otro costal. Cualquier lector lo intuye, y sin necesidad siquiera de razonarlo adivina que un poderoso contrasentido acecha bajo el sarcástico título de esta extraordinaria novela de Roberto Vivero: Filosofía en Benidorm (Ediciones Oblicuas, 2023). Sobra decir que nada hay en el libro que atente contra esta célebre metrópolis costera, que solo actúa como símbolo de la inconsecuencia de sus protagonistas (o de su consecuencia, pues, una vez vistos y oídos, resultaría mucho más difícil imaginarlos en Toledo o en Ronda). Porque el escenario de Filosofía en Benidorm es, en exclusiva, uno de esos grandes hoteles de playa con el personal estresado por el exceso de trabajo (es decir, por aguantar las exigencias caprichosas y la grosería de los clientes): un auténtico «hotel de los líos» donde tienen lugar otros dos congresos, «Por[ ]no saber» y «El mundo está en tu cabeza» (de sexo y divulgación científica), y que, para más inri, da acogida en sus cuadras a una nutrida tropa de alumnos de Cuarto de la ESO en viaje de estudios. ¿Alguien da más?
Pocos autores han dejado tras de sí una obra tan intensa —y de una perfección tan implacable— como la del escritor prusiano Heinrich von Kleist (1777-1811). Si a la brevedad de su legado, escaso éxito en vida y grandes cualidades literarias sumamos su temprano y novelesco fin (Michel Tournier escribió unas páginas muy bellas al respecto —«Kleist o la muerte de un poeta»—, en las que recreaba su suicidio compartido con Henriette Vogel), nada de extraño tiene que Kleist sea valorado como una de las figuras más sugestivas y originales del Romanticismo europeo. A su selecto grupo de relatos breves (Michael Kohlhaas, La marquesa de O, el terremoto de Chile…) y piezas teatrales (Pentesilea, Catalina de Heilbronn…) se unen algunos textos de índole ensayística, mucho menos conocidos pero de similar intensidad. A esta última categoría pertenecen los escritos recogidos en el nuevo libro de Acantilado, Sobre el teatro de marionetas y otros textos acerca de la representación (2025), que incluye una versión preliminar y poco difundida de «Santa Cecilia o el poder de la música». Todas las piezas reunidas tienen como común denominador el haber sido publicadas en el efímero periódico fundado por Kleist, Berliner Abendblätter (1810); como también el brindarnos —aplicadas a diferentes ámbitos artísticos (teatro, pintura, danza o música)— agudas consideraciones sobre la naturalidad y el amaneramiento, la reflexión y la acción, el lenguaje y el pensamiento… A la valiosa nota preliminar del traductor, Adan Kovacsics, se añade, a modo de epílogo, un ensayo de Victor Molina, «En torno a un hilo», donde la lectura del texto de Kleist da pie para una amplia y muy documentada disertación, trenzada a partir del hilo conductor de la marioneta: un elemento ―muchas veces desatendido― que determina un caminar que es tanto vuelo como caída, y que el ensayista extiende a una amplia variedad de dominios artísticos y culturales.




