En uno de sus cuentos fantásticos menos conocidos, «Lo mejor de todo» («The Real Right Thing», 1899), Henry James describía con mucha ironía los obstáculos sobrenaturales que impedían a un erudito trazar la biografía de un escritor difunto. Ashton Doyne, el literato finado, lograba mediante sus maniobras fantasmales ―contrariando los deseos de su viuda― convencer al estudioso de que debía desistir de su propósito. Si es una creencia proverbial que los traductores «traicionan» las obras ajenas, quizá no sea un disparate sospechar que algunos biógrafos hacen lo mismo con los personajes que estudian (de ahí que hasta los espectros tomen precauciones). No hay mayor engaño que el de las verdades a medias, y el biógrafo, ya sea por convicción o por interés, se cree facultado para resaltar ciertos personajes y ocultar otros, sobredimensionar determinados hechos al precio de minimizar los restantes: todo en aras de lograr el fin que se propone. La «demolición» de una biografía notablemente tramposa es el punto de partida de Malas lenguas (Random House, 2026), la nueva novela del escritor argentino Alan Pauls. Un relato de una prodigiosa inventiva que pone al descubierto, mediante un complejo y sugestivo desarrollo narrativo, las miserias de un género que parece singularmente dotado para maquillar la realidad. Malas lenguas es una novela de una solidez deslumbrante, que denuncia y deshace las mentiras de sus personajes de manera implacable, iluminando sus zonas más oscuras; que obliga al actor secundario de una biografía a salir a la luz para dar testimonio de lo que su postergación oculta: las miserias de cierto mundo académico y literario; de su doble fondo, corrupciones, engaños e incompetencias. Un entorno oscuro donde el único rayo de luz (aunque pisoteado o inadvertido) lo representa la literatura.
La novela lleva a término su proyecto crítico poniendo en primer plano a un joven e insignificante empleado de la biblioteca Naldoni, Bernal, personaje marginal de una biografía falsaria que tiene como principal protagonista a su director, un «libertino septuagenario» llamado Baldó («una celebridad de las lenguas muertas devenida funcionario público»). El propósito del narrador será no solo desvelar el engaño de una biografía que presenta a Baldó como «un héroe cultural intachable», sino también denunciar la infamia de su entorno, así como reivindicar a Bernal («hombre orquesta en la Naldoni») como el verdadero artífice de muchos de los logros que la biógrafa atribuye a su jefe. El sentimiento amoroso que despierta Bernal en el narrador, con el que convive, es el motor que lo impulsa a denunciar las manipulaciones de la anónima biógrafa (nominada invariablemente «nuestra amiga»): autora de un «revoltijo» de medias verdades que ha sido galardonado, no obstante su falsedad y alguna crítica contraria (pronto silenciada), con el premio Cannistrà. La función de Bernal como agente en este proceso de desenmascaramiento es doble. En primer lugar, como testigo de lo que se maquina de verdad en la Naldoni; en segundo lugar, porque detrás de todos los «portentos de la gestión Baldó», que la biógrafa ensalza en su libro («como un cronista naval el bautizo de una fragata»), está siempre su denodado pero discreto trabajo en la sección de Manuscritos Raros. Así se evidencia en la compleja recuperación del epistolario Pochet-Herdosia, de la que el narrador nos ofrecerá un apasionante resumen. Bernal va a ser, pues, para el lector, como esa pequeña hebra suelta de un tapiz de la que basta con tirar un poco para deshacer todo el conjunto.
Desde la primera página el narrador se propone despertar nuestro interés por la figura de Bernal, su joven amante. Autor de cuatro títulos que languidecen en los tenderetes de libros de segunda mano, su único éxito ha sido el de inspirar una película («poco escrupulosa, que malentendía el espíritu del libro») sobre la que no tiene ya derecho alguno. Bernal pertenece a la estirpe de los perdedores, de los seres faltos de relieve aparente, de aquellos que parecen decididos a «llevar su invisibilidad hasta las últimas consecuencias». Su entrada en la biografía (donde «ocupa menos del diez por ciento de una página de las quinientas cincuenta y pico que tiene el libro») coincide con la escena en que Baldó lo contrata (se insinúa que por razones poco confesables) para que se ocupe de revitalizar la sección de Manuscritos Raros. Si a Bernal lo vamos a conocer, sobre todo, a través de la mirada de su amante, el narrador, la figura de Baldó se irá reconstruyendo de manera algo más compleja y fragmentaria. Además de las observaciones in situ de Bernal, contarem0s también con algunas revelaciones del narrador, que fue alumno suyo de Latín en la universidad. A este respecto, no deja de ser irónico que el texto de la biógrafa haya tenido como fuente de información (en «la parte del Baldó profesor») al narrador, que se sitúa así en una posición idónea para erigirse en juez autorizado de sus manipulaciones. No faltan tampoco otros informantes, personajes más secundarios como Murzi, a quien el narrador, en un rapto de celos, contrata para que le informe de las personas con las que Bernal se ve en la biblioteca. Disfrazado de estudioso de la literatura, con gafas de concha y un viejo portafolios de cuero que apenas sabe cómo manejar, este golfo devenido erudito protagoniza algunas de las escenas más desternillantes de la novela, constituyéndose en una impagable fuente de información sobre la vida secreta de la Naldoni, de lo que se cuece disimulado en sus antros más recónditos.
Aunque el libro es muy rico en reflexiones acerca de los engaños de la biografía como género literario, el peso de la narración recae principalmente sobre dos asuntos que no son, desde luego, de índole filológica. De un lado, la crónica de la relación sentimental que une al narrador con el personaje de Bernal, elemento vertebrador de toda la novela y dotado de una especial intensidad, tanto erótica como emocional, y que comprende todos los estadios del amor y del desamor. De otro, la revelación de la hipocresía y corrupción que impregnan una buena parte del mundillo literario y académico, y que, más allá de la cuota que corresponde a Baldó y su camarilla de impresentables disimulados (que no es pequeña), se extiende también a la de otros variados negocios culturales, como el turbio trapicheo de las reseñas (de las cobardes que miran hacia otro lado y las sinceras que se ganan un castigo), los premios literarios inmerecidos y sus farisaicas ceremonias de entrega (como el que obtiene la biógrafa), las revistas literarias, las maniobras fraudulentas de las editoriales, la inanidad de los coloquios universitarios, la miseria de los ghost writers… Una parte importante del valor irónico de la novela de Alan Pauls reside en el contraste que media entre la verdad desnuda que nos descubre el narrador y el interesado enmascaramiento oficiado por la biógrafa. Así se manifiesta en los capítulos referidos a las francachelas sexuales de Baldó y sus compinches, transmutadas cómicamente en proezas gimnásticas, que tienen lugar en el Mirador Monegasco: descubrimiento oficiado por medio de unos papeles del legado Chauliac que Bernal ha exhumado y descifrado en la sección de Manuscritos Raros donde trabaja.
Malas lenguas dibuja un escenario feroz donde el rango de sus actores parece medirse por la mayor o menor capacidad para ejercer la depredación sexual, una tara de la que no se libran ni la biógrafa ni el narrador. Porque el narrador es otro de los grandes personajes de la novela, y no el menos importante; quizás el que mejor llegaremos a conocer. Un relator que no teme retratarse como perteneciente al mismo entorno envilecido en que se mueven todos los personajes (él mismo reconoce explícitamente su temprana «vocación predadora»). Quizás por ello se complace tanto en provocar repetidas veces al lector con la impúdica exhibición (siempre con una irónica elegancia) de sus procacidades sexuales; no solo las que comparte con su amante Bernal, sino también las que prodiga a cualquier otro sujeto que se le ponga a tiro (como el joven «piriforme», la biógrafa, el «espía» Murzi o incluso su editor). Este «derroche» de sinceridad constituye un rasgo cardinal de su caracterización, imprescindible para respaldar la veracidad de todo cuanto denuncia. Solo su repudio de la hipocresía y su incansable voluntad de desbaratar las mentiras de la biógrafa lo elevan por encima de su degradado entorno. También lo salva su genuino amor por la literatura, como se evidencia en el magnífico episodio del Centenario Teodorescu. En el destartalado hotel de playa en que tiene lugar el evento, en lo más crudo del invierno, el narrador se sentirá fascinado por la lectura del último libro de Bernal (el Derqui), hasta el punto de olvidarse de todo cuanto lo rodea: un sentimiento que brilla como un faro en el enrarecido ambiente de la novela. Porque si hay algo que sale indemne (además del perro Tilde y el desamparado amor del narrador) de la inquisitoria que obra este demoledor libro es la literatura con mayúsculas. Algo parecido a esa bella flor de loto que ―muchos así lo aseguran― solo crece en el fango.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
* Esta reseña ha sido publicada también en Zenda

La traducción a nuestra lengua de un autor inédito siempre es una buena noticia, y más aún cuando su interés literario resulta incuestionable. Es el caso de William Carleton (1794-1869), un escritor irlandés desconocido hasta la fecha en nuestras latitudes. De camino a Maynooth (Ápeiron Ediciones, 2026) es una divertidísima sátira protagonizada por un joven campesino irlandés que aspira a convertirse en sacerdote católico. Extraído de Traits and Stories of the Irish Peasantry (1830-1834), el relato nos revela una faceta muy particular de la mirada que Carleton extiende sobre el campesinado de su país natal. El propósito de esta punzante narración no parece ser otro que el de poner de manifiesto la exagerada y poco fundamentada admiración que el pueblo irlandés tributa a la figura del sacerdote católico: una devoción que, según Carleton, solo puede explicarse por la ingenuidad e ignorancia de las clases populares. El innegable anticatolicismo que respira el texto (su autor terminó abrazando el protestantismo) es oportuno relacionarlo con la promulgación, unos años antes, de la Ley de Emancipación Católica (1829): culminación de un proceso legal que ponía fin a la discriminación política que sufrían los católicos irlandeses, y al que el propio Carleton se opuso. Recibido con alborozo ―muy probablemente― en los medios protestantes ingleses, De camino a Maynooth constituye un valioso testimonio de su momento histórico; como también, un ingenioso e hilarante texto satírico donde el humor suaviza cualquier posible arista crítica.
Quizás no exista otro escritor moderno que haya encarnado mejor que lord Byron (1788-1824) el ideal renacentista de las armas y las letras; del hombre capaz de aunar la espada con la pluma, la vida activa y combativa con el sacerdocio literario e intelectual. Autor de una extensa e importante obra lírica y narrativa, el vate inglés asumió un compromiso por la libertad de Grecia que le costó la vida, pero que le granjeó también una gran celebridad como héroe y hombre de acción. Su vida fue, sin duda, «romancesca» (en el mismo sentido en que Armas y Cárdenas ponderaba la del poeta y soldado del Renacimiento español Hernando de Acuña): una existencia tan plena de amores, lances y aventuras que el estudioso de nuestros días bien pudiera verse en la disyuntiva de rendirle una monografía o convertirlo en personaje de una novela. Ambas opciones podrían ser fructíferas, pero aún me parece mejor la perspectiva ―me atrevería a decir, intermedia― que Lorenzo Luengo adopta en su reciente libro, El don tenebroso (Espuela de Plata, 2026), donde nos ofrece un completo retrato de Byron y su mundo (las mujeres de su vida, Percy y Mary Shelley, Polidori…). La aproximación del autor es profunda y muy documentada, ramificada como un árbol frondoso, rico en sabiduría, belleza e imaginación, que no teme extender sus ramas tanto al terreno del ensayo como al de la creación literaria, añadiendo también la nota personal o incluso el apunte autobiográfico.
Ahora que los canes nos ladran desde los estantes de todas las librerías, no hay escritor apenas al que le falte el suyo o editorial que no disponga de una camada repartida entre sus colecciones, resulta gratificante constatar que la pasión literaria por los perros no es ocurrencia de última hora ni resabio oportunista crecido al amparo de los anuncios de comida para mascotas y series de televisión. Es decir, no escasean autores de toda la vida que tributaron sinceros homenajes a la tribu de los pulgosos. El aficionado a la buena literatura podrá, pues, sumar a los emotivos relatos de Kipling, al Señor y perro de Thomas Mann o al Flush de Virginia Woolf (cito solo algunos de los textos más memorables) esta simpática novela (Salamandra, 2024) del húngaro Sándor Márai (1900-1989), un autor muy conocido, leído y apreciado en nuestro país.
En uno de sus más breves y sugestivos relatos («De cómo llegó el enemigo a Thlunrana», 1915) lord Dunsany nos relataba la historia de un poderoso ídolo al que las antiguas crónicas de su pueblo habían profetizado una derrota inevitable. En una sola noche, la tiranía del temible dios se derrumbará por la simple acción de un visitante furtivo que penetra en su santuario y se ríe al contemplarlo. La risa puede ser un arma considerable, pero si además se reviste con las galas del arte y el ingenio ―dígase caricatura, sátira o parodia― su fuerza se multiplica. Uno de los textos más parodiados de los últimos tiempos es el famoso Struwwelpether (1845) de Heinrich Hoffmann (traducido como ‘Pedro Melenas’ en nuestras latitudes): un librito de pocas páginas y profusamente ilustrado que narraba (con un propósito ejemplarizante no falto de una notable crueldad) los accidentes y castigos sufridos por unos niños revoltosos y desobedientes. Gracias a la originalidad de sus dibujos e historietas en verso, el libro ganó pronto una enorme popularidad y fue merecedor de numerosas traducciones: condición necesaria para que sus exempla pudieran aprovecharse luego con intención satírica. Dos de las más interesantes parodias que ha merecido el citado texto son las que ahora publica Ápeiron Ediciones: Tragatrufas y Hitler Greñas: dos sátiras políticas contra el nacionalsocialismo (2026).



Es común asegurar —no sé si con suficiente conocimiento de causa— que muchos soldados alemanes de la Gran Guerra llevaban en los bolsillos de sus guerreras el famoso Canto de amor y muerte del corneta Rilke (1906). Si esto fuera verdad, no creo que tardaran mucho en descubrir la falsedad de esa romántica gesta de un abanderado adolescente que reúne en una sola noche eros con tánatos. ¡La realidad es un poderoso crítico literario! Nada más opuesto a dicha epopeya erótica y caballeresca, a la que pone punto final una muerte gloriosa, que el texto de André Suarès (1868-1948), C´est la guerre (1915). Si Rilke compuso su poema en el arrebato lírico de una inspirada noche del invierno ruso de 1899, el francés concibe su proclama en el dolor de una guerra que amenaza con desangrar su país: un visceral alegato forjado en una prosa poética tan doliente y desgarrada como una herida abierta, tan belicosa y lacerante como el filo de una bayoneta. En el campo de batalla de Grodek la primavera no llega ni fría ni tarde. Sencillamente, no llega.
Al igual que su gran amigo y vecino de Concord, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson (1803-1882) fue un gran aficionado a los paseos campestres, así como a dejar constancia escrita de las meditaciones que le inducía la contemplación de la naturaleza. El libro que acaba de publicar Hermida Editores, Verano indio (2025), recoge una amena e interesante selección de entradas y fragmentos pertenecientes a los Diarios del filósofo de Boston («Platón», según el simpático apodo que le pusiera la mujer de Hawthorne, Sophia): un inmenso legado autobiográfico publicado originariamente en diez volúmenes. La naturaleza no es, desde luego, un elemento casual ni accesorio en el pensamiento de Emerson, como así se manifiesta en uno de sus textos más importantes, Nature (1836), libro fundacional del trascendentalismo. La edición de Verano indio cuenta con un revelador prólogo escrito por su editor, Alejandro Roque Hermida, donde se ahonda en el pensamiento filosófico de Emerson tal como se manifiesta en el conjunto de sus monumentales Diarios. Se enriquece y complementa así nuestra lectura del libro, centrado prioritariamente en el paseo y la mirada atenta a la naturaleza.
Decía Hermann Hesse, en uno de sus poemas más celebrados, que todo comienzo alberga un particular encanto (ein Zauber inne). De parecida manera, la primera obra de un narrador inspira el respeto de lo novedoso, de lo que acaba de nacer, sobre todo cuando promete ser el inicio de un largo camino. Si el autor, además, ha puesto toda su ilusión, trabajo y talento en la tarea de escribirla, leerla o hablar de ella no puede ser sino un privilegio. También una responsabilidad. Iluminaciones (Pie de Página, 2023), de César Niño Rey, cumple con creces las expectativas que despierta la publicación de un primer libro de narrativa. El lector descubrirá en sus páginas una variada colección de relatos, compuestos con una admirable perfección y dotados de una originalidad innegable. De muy diversa extensión, algunos textos podrían ser considerados nouvelles, mientras que otros entrarían fácilmente en la categoría de la minificción (es el caso de «Apocalipsis»). El libro manifiesta además una notable disparidad de registros, propia quizás de un libro de relatos donde, por un lado, se recogen escritos de diversa data (así lo revela el autor), y por otro, se dibuja una encrucijada de caminos. Los textos de un libro de relatos no tienen que estar todos afinados, como la suite barroca, en una misma tonalidad. Los de César Niño no lo están, y como sucede en muchas ocasiones esta variedad también la agradecerán los lectores.
Hace ya tiempo que descubrimos que las únicas burlas que merecen la pena son las que apuntan a lo más alto. Una de las primeras parodias literarias, la Batracomiomaquia, tomaba como diana de su sátira al elevado mundo de los héroes homéricos. Esopo, un simple esclavo, se rio de las pirámides de Egipto y Diógenes, desde su modesto tonel, se permitió mostrarse grosero con Alejandro (desde entonces los bufones siempre se meten con los reyes). La fama de David no dependió tampoco de su puntería, sino de la gigantesca talla de su adversario. Los ejemplos son tan numerosos como las arenas del mar de Homero. Quizás por ello, los grandes clásicos de la literatura universal estaban condenados a sufrir las pullas que Enrique Gallud Jardiel les arroja desde las páginas de su nuevo y divertidísimo libro: Un liante entre los clásicos (Ápeiron, 2025). Un libro que se abre con Shakespeare y se cierra con Cervantes, y donde se les toma el pelo a diez obras maestras de la literatura universal, tanto foráneas como nacionales, clásicas o modernas. Un magistral compendio de todos los recursos válidos para poner en solfa un texto literario. Ahora bien, me apresuro a señalar que las burlas y parodias (o como demonios las llamemos) que nutren este ingenioso libro no nacen ni del desamor ni de la ignorancia, sino de todo lo contrario. Son similares a las bromas que gastamos a las personas que conocemos bien y apreciamos mucho. Es decir, que Enrique Gallud es más amante que liante, conoce perfectamente la literatura y anda por ella como Pedro por su casa. Y donde hay confianza… hay familiaridades. ¡Benditas familiaridades cuando nos hacen sonreír!
Muchas veces un simple cambio de perspectiva nos permite descubrir detalles insospechados en algo que creíamos conocer bien. Adoptar la mirada ajena sobre cualquier asunto puede ser enriquecedor. Tal es el poder transformador de la literatura, que nos ayuda a contemplar el mundo desde un ángulo diferente. A este respecto, los Cuentos herejes de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927) nos brindan la oportunidad de revisitar un conjunto de historias y creencias muy cercanas, pertenecientes a la religión católica, iluminadas por la mirada de un oriental. De parecida manera a como Lafcadio Hearn proyectó su visión europea sobre unas tradiciones y leyendas japonesas que llegó a conocer muy bien, Akutagawa hace lo propio con el acervo cristiano de diablos y divinidades, persecuciones, martirios y curaciones milagrosas. El contexto histórico de los relatos que integran el libro es el de las misiones en el Japón (ss. XVI y XVII). Un tema apasionante y casi novelesco que inspiró dos bellas narraciones del escritor japonés Shūsaku Endō: Silencio (1966) y El samurái (1980). En una fecha muy anterior nuestro dramaturgo Antonio Mira de Amescua había compuesto Los mártires del Japón (c. 1618). Era un momento en que la gesta evangelizadora gozaba de una gran actualidad. La presencia de misioneros europeos en aquellas lejanas tierras tocaba a su fin.





