El trabajo está hecho, de Alberto R. Torices

Es habitual que las antologías recojan en sus páginas los textos más destacados de un determinado autor, periodo o género literario: recopilaciones en las que suele primar el criterio de calidad (siempre tan subjetivo) o de popularidad. Pero existe también otro tipo de colecciones en las que se pretende, además, ofrecer al lector una panorámica más amplia, incorporando textos quizás menos conocidos, pero que contribuyen a dibujar un perfil más detallado del escritor. A esta segunda categoría creo que pertenece El trabajo está hecho, de Alberto R. Torices, un volumen que reúne una extensa y variada selección de relatos de muy diversa data, aunque ―me apresuro a señalarlo― sin renunciar en modo alguno a la excelencia literaria. Con la aparición de este nuevo volumen Ediciones Trea da una merecida segunda vida a un conjunto de textos, en su mayoría ya publicados, que andaban dispersos en libros colectivos, revistas y publicaciones diversas, no todas de fácil acceso. Unos textos que nos permiten conocer nuevas facetas del hacer literario de su autor, Alberto R. Torices, poseedor de una amplia obra narrativa de la que solo destacaré sus dos títulos más recientes, también publicados en esa misma editorial: Trata de olvidarlas (2017), un conjunto de relatos, y Como un perro en la tumba de un cruzado (2019), su tercera novela. A estos textos, sin duda notables, vienen ahora a sumarse los treinta y cinco que integran El trabajo está hecho, exponentes de muy diversos grados y modos de elaboración literaria, pero dotados todos de una admirable solidez e intensidad. Creo que cualquier lector que se acerque a este libro tiene garantizada una lectura continuada y placentera, tanto por la cuidada y atractiva prosa de Alberto R. Torices como por el interés y variedad de asuntos que se desarrollan en sus páginas.

Como ya anticipábamos, los textos y relatos recogidos en El trabajo está hecho cubren un amplio espacio de tiempo, que se extiende desde 2004 hasta la actualidad, y figuran en el libro ordenados cronológicamente, en orden inverso a como fueron compuestos. La oportuna nota que el autor añade al final del volumen da cuenta detallada de la procedencia de cada uno de ellos: un variadísimo elenco de fuentes que incluye, además de libros colectivos y revistas, textos acompañantes de una exposición fotográfica, ponencias, antologías navideñas o concursos literarios, entre otras. Esta variada tipología no solo explica la generosa amplitud de motivos y registros narrativos que soporta el libro, sino que también da cuenta de la maestría de su autor, que se desenvuelve con singular acierto en los más diversos ámbitos literarios, incluso en aquellos que podríamos considerar más coyunturales. El trabajo está hecho no es, quizás, una antología en el sentido estricto del término (así lo señala el editor en la contraportada del libro), pero no carece por ello de su propia coherencia como conjunto. En el hacer literario de Torices hay, sin duda, unas constantes temáticas y formales que se repiten, que son precisamente las que articulan y dan unidad a El trabajo está hecho, y que me servirán para adentrarme, de manera ordenada, en su singladura.

Una parte significativa de los textos recogidos en El trabajo está hecho pueden ser encuadrados, a mi manera de ver, en el ámbito de la literatura fantástica. Es el caso de F**k politics!, una divertida y muy imaginativa distopía protagonizada por unos políticos que participan en unos juegos televisivos grotescamente descacharrantes y violentos, al estilo de algunos concursos japoneses extremos; símbolo quizás de las bajezas a que obliga, en ocasiones, el ejercicio de la política. Una alegoría que no resulta nada difícil de descifrar en nuestros días, cuando vemos tantas veces a la política convertida en un espectáculo bochornoso. Parecido carácter distópico comparte Apenas pensar, un breve pero intenso relato escrito bajo la influencia del pasado confinamiento. La falta de recursos provocada por una (supuesta) pandemia ha transformado la ciudad en una peligrosa selva en la que sus desesperados habitantes ―otrora inofensivos vecinos― actúan como lobos al acecho, atentos solo a garantizar la supervivencia de los suyos. Un acierto del relato reside en el contraste que media entre la brutalidad de la acción planeada por el narrador y el riguroso discurso con el que la expone y justifica. La barbarie civilizada es siempre la que más nos espanta.

También podemos considerar distópicos aquellos otros relatos que exploran la figura del autómata femenino, un motivo de larga tradición, tanto fílmica como literaria (Hoffmann, Villiers, von Harbou…), que Torices desarrolla con gran habilidad, añadiéndole nuevos matices y significados, como es el caso de Modelo de sustitución o Soft Love. Son relatos que nos sitúan en un futuro en el que los androides femeninos («ginoides») compiten, como símbolo de estatus, con los coches de lujo, y donde los atavismos machistas y violentos, lejos de desaparecer, han encontrado un seguro refugio en la tecnología, que en su delirio consumista parece potenciar la visión del cuerpo femenino como un objeto desechable. Aunque ejercida sobre un autómata, la violencia de género no puede sino asquearnos y horrorizarnos; como tampoco deja de envilecer a quien la practica, aunque sea virtualmente. Así parece denunciarse en relatos tan espeluznantes como Todo limpio, todo legal o Más que a nada en el mundo, en los que se hace visible la degradación moral de quien se complace en ejercer la violencia sobre un objeto artificialmente animado, que parece concebido para estimularla.

Tras el examen de estos relatos distópicos nos adentraremos en otros textos que también comparten el elemento erótico, aunque no tan inhumano ni perverso. Eros (que recibe un significativo homenaje en el colofón del libro) tiene una notable influencia en el hacer literario de Torices, que gusta de presentarnos su figura bajo una amplia variedad de disfraces. Junto a algunos relatos de factura más tradicional, como Mi profundo Sur o Boucher, encontraremos en el libro otros declaradamente transgresores, como Azul; o singularmente imaginativos, como Trayectoria de un jarrón chino, protagonizado por un soñador lunático. El autor no se conforma, parece evidente, con ofrecernos un ars amatoria convencional, como tampoco incurre, al retratar las pasiones que instiga Eros, en la nota falsa o inauténtica: un peligroso escollo que salva felizmente mediante la transformación imaginativa. Una buena muestra de cuanto digo se puede apreciar en esa divertida parodia titulada Te lo cuento sin palabras: una estupenda fantasía para adultos construida sobre la figura y peripecias de Alicia en el país de las maravillas. Un relato muy cómico, que mantiene despierta nuestra atención gracias a los juegos literarios con los que Torices transforma situaciones y personajes ya conocidos. Ese interés siempre vivo ―no descubro nada nuevo― es la verdadera seña de identidad del relato breve, un valor difícil de alcanzar que el lector hallará, logrado por muy diversos medios, en todos y cada uno de los relatos que integran El trabajo está hecho.

Aunque dotadas de una carga erótica más leve, las relaciones de pareja también ocupan un lugar importante en el libro de Torices. Es el caso de Lana, otro estupendo relato en el que merece la pena detenerse, crónica de los apuros que sufre un joven tímido (bastante reprimido) a la hora de entablar una relación amorosa con una chica, a la que desea casi tanto como teme. Un cuento con final feliz en el que parece respirarse esa entrañable humanidad y fino humorismo que caracteriza a muchas historias de O. Henry. Pero el erotismo no siempre es cuestión de reciprocidad. Algunas veces reside solo en la mirada del observador, voyeur extasiado en la contemplación del encanto femenino. Una excelente muestra de este erotismo visionario es Verano Zero, un bello texto de aires casi arcádicos, tocado por una suerte de panteísmo. La belleza trascendente que impregna nuestro mundo parece condensarse en esas féminas que la representan a modo de teofanía, y que el ojo del narrador contempla con arrobo y describe con acendrado lirismo. Desde las sofisticadas autómatas de los relatos distópicos hasta estas jóvenes bañistas, cuyos cuerpos no son necesariamente perfectos, la distancia recorrida por el autor no puede ser mayor: la que media de lo inanimado a lo divino. También en El afortunado late algo de esa admiración por la figura femenina, cuyo formidable poder se le manifiesta al narrador a través de los crueles juegos eróticos de la adolescencia, anticipo de las férreas ataduras que se nos impondrán en la madurez. En el polo opuesto de esta visión tan exaltada de Eros, tocada por el entusiasmo o las pulsiones en alza, se agazapa el desencanto de los momentos bajos. El desamor también tiene su cuota en el libro de Torices, como se expresa en Sin drama, un texto escrito con una ironía bastante sutil. El abandono de Eros (cuando no le encontramos un sustituto más benévolo) nos condena a la rutina de las pasiones ya apagadas, insustanciales pero dolorosas, que se mueven por la más pura inercia.

Alejados ya del erotismo, más o menos acusado, de los anteriores relatos, encontramos en El trabajo está hecho otros textos escritos en un tono más reflexivo, imbuidos de una preocupación que me atrevería a denominar existencial. Así me parece verlo en La vida, profesor, retrato de una madurez desengañada y solitaria en la que Eros representa ya solo una inquietante amenaza. También el relato que encabeza el libro, E. T. E. H. (siglas de su título), refleja en sus breves páginas la complejidad de la vida, con sus agotadoras exigencias de cada día; tal como si esa dura jornada de que nos hablaba Borges en su famoso poema dedicado a Joyce tuviera como preludio inevitable una duermevela inquieta, cargada de tensión. En esta misma línea de atención al infortunio ajeno podemos situar La falta del padre, una emocionante y original historia familiar que contrapone la inocencia infantil al complejo mundo de los adultos, una realidad de la que la niña protagonista comienza a tener sus primeros atisbos. Este relato, ambientado en la ciudad de León (Gémina), comparte escenario con otros textos también recogidos en el libro, como Sueño y memoria o La llaman Gémina. En este último, un logrado ejercicio de prosopopeya, el nombre latino de la ciudad (asentamiento de la Legio VII Gemina) se traduce en un imaginado carácter bifaz de la urbe, tan complejo y variable como el de los propios seres humanos. Sin título I es otro cuento de gran belleza, moldeado en alegoría, en el que una fortaleza asediada representa los avatares de la existencia humana, entendida como una pérdida progresiva e inevitable. Para finalizar con este capítulo particular de textos me referiré a Sombras, ángeles, una fábula que combina la meditación humanista con el componente fantástico, protagonizada por un misterioso feriante que recorre los pueblos comerciando con los años de vida que les sobran a sus vecinos más desencantados: «carcasas vacías» que solo viven para el recuerdo, y a los que una breve pero intensa vivencia de la felicidad perdida les parece pago suficiente. Se impone, a modo de despedida, un retorno a lo que nos dio felicidad en el pasado; y que puede ser, ¡por qué no!, una última comunión con la madre.

Cada relato de Alberto R. Torices merece seguramente una reflexión, como comprobará el lector que se sumerja en las páginas de este libro, en el que descubrirá, aparte de los textos reseñados arriba, otros igual de atractivos, en los que se exploran, incluso, ámbitos narrativos diferentes a los señalados. Es el caso de La alcantarilla, un intrigante relato de aires kafkianos protagonizado por un obrero de hábitos muy particulares, una especie de Wakefield del subsuelo. Incluso los cuentos escritos bajo la prescripción de un concurso, lema o requisito determinado (a veces tan caprichoso como el de incorporar al texto un conjunto de palabras dadas) denotan un trabajo cuidadoso y rinden resultados muy apreciables. Un buen ejemplo de cuanto digo es Demasiado, colaboración de Torices a la causa de los refugiados, donde el drama del exilio se condensa en la dolorosa estampa de dos hermanos huérfanos que peregrinan hacia un incierto destino. Algunas reelaboraciones de temas propios de la Navidad, como Alfa & Omega o Demasiado grande, demasiado pequeña, manifiestan también la habilidad del autor para darle la vuelta a los asuntos más trillados. De todo lo dicho se desprende con claridad que El trabajo está hecho es el testimonio de un escritor entregado en cuerpo y alma a su tarea, que prodiga su talento con generosidad y no teme arriesgarlo en los más variados registros y proyectos literarios, seguro de que su destreza le permitirá mantenerse siempre en el nivel de excelencia deseado. «El trabajo está hecho», no cabe duda (las musas no aman a los descuidados), y yo añadiría que muy bien hecho.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Cada mañana subo y me asomo a la torre de este castillo que mengua o se hunde o desaparece, parece, y ya no para contemplar el valle herboso, no para llenarme del primer aire del día ni para escuchar a los pájaros: mi mundo fantástico, mi mundo perdido. Subo temeroso, despierto y aunque no quiera subo y me asomo y contemplo el avance de mi enemigo entrañable, sus blancas huestes que ya casi tocan mis muros, mis viejas defensas dormidas, tan viejas y achacosas como yo bajo las corazas mordidas por la herrumbre, mientras en las bodegas, en algún sitio, espera mi gente escondida, mi pobre gente desatendida. Oigo cada día (pero cada día un poco menos) sus sonidos negros, las bellas oraciones, el esforzado clamor de mi pueblo asediado, pero ya está ahí el frío, ya aquí la helada transparencia, la invasión del ejército blanco del silencio y los gritos evanescentes de mis últimas palabras desgreñadas, escuálidas, que lloran y rezan y se abrazan, se despiden, y no sé qué podría yo, astroso rey, qué más puedo yo decir…»
(Sin título I)
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Tierra viviente, de Stephan Harding

Quizás no haya otro tema más propio de nuestro tiempo que el del cambio climático. Una de las mayores preocupaciones del hombre actual es el incierto destino de la Tierra, gravemente amenazada por el calentamiento global: una alteración que afectará más pronto que tarde a nuestra manera de vivir, o incluso a nuestra propia supervivencia. Tras unos años de relativa polémica, parece que ya son muy pocos los que dudan de su realidad, aunque las respuestas arbitradas por los depositarios del poder político continúan siendo tibias, tardías y tal vez ineficaces. En este contexto, hay libros que adquieren una indiscutible relevancia y actualidad. Es el caso de Tierra viviente, de Stephan Harding, un brillante ensayo, recién publicado por Atalanta, que nos resume los principales daños medioambientales que sufre la Tierra, analizados desde una rigurosa perspectiva científica, a la vez que nos ofrece algunas estrategias para minimizarlos. Muy alejado de cualquier resabio alarmista o apocalíptico, el texto de Harding encierra una propuesta en positivo, fundamentada en el conocimiento, respeto y empatía con Gaia: una entidad planetaria, sintiente y autorregulada, en la que todos los seres participan de manera colegiada, y cuya compleja realidad el autor nos va a desvelar con gran detalle y amenidad. Visto y apreciado desde esta perspectiva, nuestro planeta se nos manifiesta como un mecanismo de relojería viviente que la acción del hombre está erosionando de manera irresponsable, tal como si creyéramos en la existencia de una suerte de providencia que fuera cómplice de nuestra desidia, garante de que el mundo funcionará siempre, independientemente de lo que hagamos en su contra. Padecemos una ceguera cómoda y egoísta, disculpable quizás hasta cierto punto, pero que dejará ―si no conseguimos vencerla― una herencia envenenada a las generaciones futuras, que ya no podrán elegir su presente.

Tierra viviente (Animate Earth: Science, Intuition and Gaia) es un libro de gran densidad y muy riguroso en sus análisis, que se fundamenta en una amplia variedad de dominios (biología, geología, física, filosofía, ecología…), testimonio de los profundos conocimientos de su autor, Stephan Harding, que es doctor en Ecología por la Universidad de Oxford y profesor del Schumacher College. Pero además, Tierra viviente es un texto muy ameno, que no solo nos convence desde las primeras páginas, sino que también nos emociona gracias a su enfoque intuitivo y comprensivo: un requisito indispensable para lograr esa relación empática con el entorno natural que exige la salvaguardia de nuestro planeta. Partiendo de su propia experiencia en el estudio de los muntíacos (una especie de cérvidos), Stephan Harding enfatiza la necesidad de adoptar una visión del mundo que vuelva a reconciliar lo racional con lo intuitivo; es decir, una mirada animista, aunque actualizada y adaptada a las necesidades de nuestro tiempo. El hecho de que la ciencia moderna haya prescindido de esta faceta del conocimiento es responsable, en cierta medida, de la crisis que sufrimos. En su libro Harding no solo esboza una breve historia del animismo, sino que también analiza su significado en el mundo actual, señalando lo que su pérdida ha significado. Un animismo que ha permanecido latente en nuestra cultura, pero que ahora renace impulsado por una nueva exigencia, la de conservar a Gaia, y que no pretende renunciar a ninguno de los logros y beneficios que la ciencia tradicional nos ha legado.

La hipótesis de Gaia, formulada por James Lovelock a mediados de los años 60, describe a nuestro planeta como «un conjunto de componentes vivos y no vivos que actúa como un único sistema autorregulado»: una visión de la Tierra que Stephan Harding hace suya y desarrolla a la luz de las más recientes investigaciones científicas. En Tierra viviente encontraremos, perfectamente expuestas y argumentadas, las principales pruebas que sustentan la realidad de Gaia (climáticas, evolutivas o paleontológicas), como también las críticas y objeciones que ha merecido en algunos medios científicos, sobre todo por las implicaciones teleológicas que su reconocimiento parecía presuponer. Un concepto esencial en la teoría de Gaia, minuciosamente analizado por Harding, es el de retroalimentación, tanto positiva como negativa: un complejo haz de relaciones que une a los seres vivos con su entorno físico, conducentes de manera prioritaria a compensar, mediante el enfriamiento terrestre, los efectos nocivos de un sol cada vez más ardiente. En dicho proceso autorregulador, tanto el albedo planetario como el carbono presente en la atmósfera desempeñan un papel protagonista. Aunque Gaia ha sabido gestionar este proceso hasta la fecha, el dióxido de carbono añadido de manera acelerada por el hombre durante las últimas décadas amenaza con superar su capacidad reguladora. Otro factor de gran influjo en el control de la temperatura es la nubosidad, que guarda una estrecha relación con la salud de los bosques, así como con ciertas algas marinas emisoras de gases que favorecen la condensación del vapor de agua en la atmósfera. Todos estos ciclos naturales de Gaia, en su mayoría amenazados, aparecen minuciosamente expuestos en el libro de Harding.

Tras analizar los mecanismos naturales que configuran el mundo físico de Gaia, el autor se sumerge en el estudio de los seres vivos, haciendo historia de cómo han interactuado con su entorno hasta determinar las condiciones actuales del planeta: agua, atmósfera y rocas. Con el apasionante estudio de los microorganismos primitivos, Harding despliega ante nuestros ojos un verdadero retablo de las maravillas, protagonizado por las bacterias que dieron origen a la vida sobre la Tierra, incidiendo en el asombroso espectáculo de su inteligencia social, que se manifiesta a través de complejos mensajes químicos y de la denominada percepción de cuórum. La intención del autor es mostrarnos la realidad de una naturaleza sintiente en todos y cada uno de sus estratos, que se prolonga desde los seres más elementales hasta nosotros, los humanos, compuestos de células que no son sino asociaciones de bacterias que en un primer momento fueron libres (la mitocondria de la célula actual provendría de una bacteria predadora que convirtió a su víctima en anfitrión). No menos fascinante me parece el capítulo dedicado al mundo de los hongos y los líquenes, cuya importancia en el desarrollo y mantenimiento de la vida son expuestos magistralmente por Harding, que se extiende en el crucial intercambio de nutrientes que establecen los hongos con las raíces de árboles y plantas. De la mano de Harding descubriremos una compleja y tupida red de vida interconectada que se esconde a nuestra mirada bajo el suelo: una tierra viviente en el sentido más literal del término. Tras la lectura de estas asombrosas páginas, nuestros paseos por el bosque se cargarán de un nuevo significado.

Además de trazar un ajustado retrato de Gaia, Tierra viviente hace también un diagnóstico de su estado de salud, muy afectado por el actual cambio climático. Stephan Harding juzga con bastante desconfianza los análisis emitidos por algunas entidades supranacionales, como es el caso de los Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyos informes, en exceso optimistas, no solo están mediatizados ―según asegura― por los poderes políticos que los fomentan, sino que, además, no incorporan en sus cálculos factores de gran relevancia, como el impacto producido por la pérdida de algunos seres vivos. El calentamiento global ya está produciendo efectos muy negativos en el reino del hielo: polos, glaciares y permafrost; así como en las masas arbóreas (como la del Amazonas, en rápido retroceso) y en el nivel del mar, que no cesa de subir. Como prueba de que estas alteraciones son muy significativas, Harding subraya su visible influencia en los seres vivos, ya sea en el adelanto de sus procesos vitales, en el desplazamiento de algunas especies o en la fragmentación de sus hábitats. Otro elemento de gran importancia en el análisis de Harding es la biodiversidad, un factor decisivo en la salud de Gaia que disminuirá drásticamente en las próximas décadas si no lo protegemos, y que el autor desarrolla en dos direcciones principales: de un lado, recordándonos la responsabilidad que tenemos en su pérdida (contaminación, superpoblación, etc.); de otro, analizando su inapreciable valor para la salud de los ecosistemas. Según los más recientes estudios científicos, la mayor diversidad de especies en un medio dado produce una emergencia de cualidades inesperadas de resiliencia.

Pero ¿qué hacer? Los males que se ciernen sobre Gaia exigen una respuesta rápida y eficaz. La responsabilidad está en nuestras manos, y debemos rehuir tanto la actitud de quienes no se creen la amenaza (negacionistas del cambio climático) como la de aquellos que la dan por inevitable. A diferencia de las anteriores extinciones masivas que han determinado la historia de nuestro planeta, provocadas por agentes no racionales, la que se anuncia en nuestro horizonte inmediato la causamos nosotros, que gozamos de una cierta libertad de acción. Sin embargo, los procedimientos que la ciencia actual está desarrollando para retirar el dióxido de carbono de la atmósfera parecen insuficientes. El camino para Harding es otro: protagonizar un cambio radical en nuestra manera de relacionarnos con Gaia. El consumismo desbordado, una economía cada vez más globalizada o la desigualdad creciente entre las naciones son factores que no contribuyen a mejorar la situación. Según Harding, el origen de todos estos males está en nuestra obsesión por sustentar un crecimiento económico continuado (cifrado en ese venerado PIB en alza que los políticos exhiben como diploma de su gestión): una exigencia cuyo cumplimiento se revela muy dañino para el medio ambiente. Un falso ideal de progreso que ni tan siquiera conlleva un avance real en el bienestar de las personas (estancado desde 1970, según parece), pero que tiene como poderosos adalides al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional y a la Organización Mundial del Comercio, instituciones todas sometidas a una severa crítica por parte del autor, que no lamentaría mucho verlas desaparecer. Para Harding, la solución pasa por una diferente manera de organizarnos socialmente; como pudiera ser la de acogernos a una economía de estado estacionario que se sustanciara en una red de economías ecológicas locales. Una propuesta que a muchos les parecerá tan solo una nueva utopía (los cambios deberán ser voluntarios, nunca impuestos). Pero de la misma manera que, gramo a gramo, el dióxido de carbono ha ido ganando terreno en la atmósfera, cabe también creer en la posibilidad de que la suma de acciones individuales, por muy modestas que parezcan en un principio, terminen por hacer emerger el cambio. En cualquier caso, no parece existir otro camino, y de ahí el énfasis que Harding pone en la acción individual. Urge que una mayoría creciente de personas suscriba los postulados de la ecología profunda: una diferente manera de estar en el mundo que tiene como primer principio el de que toda vida, aun la más insignificante, tiene un valor en sí misma, y no por el beneficio que le pueda reportar al ser humano. La gran incógnita es saber si todavía estamos a tiempo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Quizás la prueba más clara de que el cambio climático es una realidad sea lo que está ocurriendo con las comunidades bióticas, que en todo el planeta se ven afectadas gravemente de diversas formas. Hay cambios en la fenología, que estudia los ciclos de fenómenos fundamentales que atañen al mundo de los seres vivos, como las fechas exactas y las estaciones en las que se producen la floración o la puesta de huevos. Luego están los cambios en la distribución de las especies, su expansión o contracción. A continuación vienen los cambios en la composición de las comunidades bióticas y en las interacciones entre esas especies. Y por último está la preocupación por los cambios en el funcionamiento general de los ecosistemas completos y por el impacto en los “servicios ecosistémicos” que nos proporcionan
«La  tercera característica (relacionada con la equidad) es que debe haber un límite para la riqueza que puede alcanzar un negocio individual o un país, así como una distribución justa de la riqueza entre los países, de manera que no haya un contraste acusado entre los países muy ricos y los muy pobres. Existe aquí un principio de equidad que implica que los países materialmente pobres del Sur pueden incrementar su uso de recursos con el fin de eliminar la pobreza más absoluta mientras los países del Norte reducen su propio consumo. Pero en conjunto no se permite que el consumo de cualquier recurso dado exceda el límite fijado científicamente. La cuarta y última característica de una economía de estado estacionario es una población global estable.»
Traducción de Antonio Rivas
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Lem. Una vida que no es de este mundo, de Wojciech Orliński

Aunque la obra del escritor polaco Stanisław Lem (1921-2006) es conocida en España desde los años ochenta del pasado siglo, todavía faltaba un estudio biográfico que nos permitiera aproximarnos en profundidad a su compleja figura literaria: un imperdonable olvido que viene a remediar, con todos los honores, este estupendo libro que hoy reseñamos: Lem. Una vida que no es de este mundo, de Wojciech Orliński. El aparente milagro de que un autor como Lem, radicado en un país aislado y sin tradición en el género, lograra colocarse a la cabeza de la ciencia ficción internacional, se entenderá mucho mejor tras la lectura de esta monumental y reciente biografía (la edición polaca es de 2017), que da cuenta, con extraordinaria solvencia y viveza, de los grandes obstáculos que debió vencer el autor polaco en el desarrollo de su carrera literaria. Impedimenta añade así un componente de enorme valor a su «Biblioteca Lem»: un admirable proyecto editorial que, con ocasión del centenario del autor, nos está brindado nuevas traducciones de muchos de sus textos, algunos inéditos hasta la fecha. Una galería de atractivas novelas, bellamente editadas, que adquirirán un nuevo significado iluminadas por esta monografía de Wojciech Orliński, que sin duda marcará un antes y un después en la recepción de Lem en España.

Además de ensayista y experto mundial en la obra de Lem, Wojciech Orliński (1969) es también un escritor de relatos de ciencia ficción, algo que ya se percibe en el imaginativo prólogo que encabeza su libro, donde nos ofrece una divertida estampa en la que se recrea el inicio de una jornada de trabajo de Lem en la helada Cracovia de los años 60. Por lo demás, Lem. una vida que no es de este mundo se nos presenta como un estudio profundamente documentado, fruto de una concienzuda labor de investigación, que tiene en cuenta no solo los escritos autobiográficos de Lem (como El castillo alto, 1966), sino también su abundante correspondencia, testimonios de familiares y amigos, entrevistas y otros documentos diversos —muchos inéditos—, así como los estudios anteriores publicados sobre el autor. Esta portentosa erudición (sabiamente armonizada y dosificada por Orliński, que no duda en someterla al tamiz de la crítica cuando es preciso) no le quita un ápice de vivacidad a su libro; y así, en el primer capítulo, nos llevará de la mano a visitar la ciudad natal de Lem, Leópolis (la Lwów polaca), a la búsqueda del ambiente que respiraba el autor en sus años de infancia, y del que todavía quedan testimonios en el paisaje urbano. Se nos dibuja la imagen de un niño consentido y aburrido, poco atendido por sus atareados progenitores; pero también la de un lector precoz, dotado de una gran imaginación a la hora de inventar juegos. Una feliz etapa que pronto se vería interrumpida por la guerra.

Un elemento crucial en la indagación de Orliński es su propósito de relacionar cada obra del autor con sus propias experiencias vitales: una correspondencia no siempre fácil de ver en un mundo de ficción tan imaginativo como el de Lem, que muchas veces las recoge desfiguradas, en clave o con un importante desfase temporal (es el caso de las peripecias paternas reflejadas en Vacío Perfecto, 1971). Según señala Orliński, Lem fue siempre muy discreto al referirse a determinados sucesos o períodos de su vida, los más dolorosos o delicados, manifestándose en ocasiones ambiguo o inexacto. Esto no quiere decir que su obra no pueda decirnos mucho del autor. Su experiencia analizando la obra y la vida del autor polaco le ha enseñado a Orliński que muchas veces Lem, «en un contexto que no intenta ser autobiográfico, busca, sin embargo, decirnos algo sobre sí mismo». Esta ambigüedad desentrañada, que llena las páginas de esta estupenda monografía, pone aún más en valor el minucioso trabajo de Wojciech Orliński, que aporta a los lectores españoles de Lem claves esenciales para una renovada y más completa comprensión de sus obras.

Pero la biografía de Orliński no atañe únicamente a la figura de Lem y a su obra literaria. Como era de esperar en un estudio que pretende situar al autor en su contexto, también nos va a facilitar la impronta de un período muy significativo en la historia de Polonia. Un buen ejemplo de ello es el segundo capítulo del libro, De entre los muertos: una estremecedora pintura de los horrores sufridos por los habitantes de Leópolis durante la Segunda Guerra Mundial. El autor, que solo tenía dieciocho años cuando se produjo la capitulación de la ciudad ante los rusos (1939), será testigo de los terribles sufrimientos de su población, que en el caso particular de los judíos fueron especialmente cruentos, sobre todo durante la ocupación alemana. Lem, perteneciente a una familia judía, fue testigo del genocidio de su pueblo: una atroz experiencia de la que nunca quiso hablar, pero que constituye el fundamento de algunas de sus novelas, como El hospital de la transfiguración (1948) y De entre los muertos (1949), publicadas años después. Terminada la contienda, la atención de Orliński se centra en las relaciones de Lem con la recién nacida República Popular de Polonia. El análisis pormenorizado de la correspondencia de Lem durante los años 50 demuestra su preocupación por el tema político, por lo que él denominaba «el experimento socialista». Orliński nos ofrece un resumen de la opinión que le merecían a Lem muchos conceptos relativos al marxismo, y más concretamente, su aplicación: un punto en el que se manifiesta muy crítico, no dudando en hablar de «un experimento fallido». Para Lem, este fracaso evidente del sistema exigiría recomenzar el experimento desde cero: una aventura que ningún poder político se atreve siquiera a plantearse. Según nos refiere Orliński, Lem halló en el campo de la cibernética (concretamente, en el concepto de feedback) una justificación científica a su crítica de los regímenes totalitarios, fatalmente condenados a la ineficacia y al colapso. Faltos de la necesaria retroalimentación, los autócratas solo reciben impresiones positivas de su labor, por muy mal que marchen las cosas. Las variables relaciones de Lem con el régimen de su país tuvieron su punto de mayor tensión durante sus años de autoexilio en Viena, entre 1982 y 1988. Pero ni tan siquiera en esos difíciles años se produjo ruptura alguna. Su ausencia de Polonia se presentaba como una exigencia de la tarea de escritor, y Lem renovaba todos los años su pasaporte en la embajada polaca.

No fueron pocos los obstáculos que debió superar Lem en el desarrollo de su carrera literaria. Como botón de muestra, señala Orliński las grandes dificultades que debía vencer para acceder a las revistas científicas occidentales, como Nature o Scientific American, imprescindibles para escribir una ciencia ficción actualizada; mientras que otros escritores, como Arthur C. Clarke o Asimov, podían comprarlas sin ningún problema en el quiosco de la esquina. Pero uno de los obstáculos más peligrosos con los que debió lidiar Lem fue el de la censura: una condición inevitable en la Polonia de su tiempo, a la que siempre tuvo que amoldarse, sobre todo en sus inicios como escritor. Aunque las quejas de Lem son constantes, sus encontronazos con los censores nunca llegaron a comprometer su carrera como escritor, aunque sí retrasaron la publicación de algunas de sus obras. También le provocaban una gran inseguridad, pues muchas veces los censores malinterpretaban sus textos, de tal manera que una parodia del deshielo se entendía en sentido contrario y era censurada; mientras que una crítica, en apariencia evidente, pasaba desapercibida. En cualquier caso, en los últimos años, con su crecimiento como escritor y la progresiva apertura del régimen, la censura comenzó a tratarlo mucho mejor. Era considerado ya una de las mejores caras del régimen con vistas al exterior, y hasta se maniobró para intentar granjearle el premio Nobel de Literatura. La buena recepción de sus escritos en la URSS le había dado a Lem también una cierta autoridad frente a los censores de su país. Otra importante dificultad que debió vencer Lem fue la que le planteaban las traducciones y publicaciones de sus obras en el extranjero, que se inician ya en 1954 con la edición alemana de Astronautas. Ante la imposibilidad de cobrar en su país los derechos de autor procedentes del exterior, Lem se veía obligado a viajar en persona al país en cuestión, cobrar en metálico y gastarse allí el dinero con su familia antes de regresar.

También nos ofrece el libro de Orliński un interesante panorama del mundo literario polaco, en el que Lem jugó un papel de primera figura, aunque sufriera en un principio el menosprecio por el género que cultivaba. Así parece recogerlo el autor de la biografía en su prólogo, en las palabras que pone en boca de Janek Błoński: «ningún académico de Polonia toma en serio la literatura fantástica». Es verdad que Lem no tuvo mucha capacidad de elección. Desde 1956 lo que se le reclama son aventuras espaciales (como Astronautas, título que le concedió el estatus de escritor en su país), no que escribiera análisis históricos o sociológicos, como él en un principio prefería (es el caso de Summa technologiae, 1964). Según el propio Lem, las revistas polacas de los años 50 solo le pedían «bobadas futuristas», y no opiniones de mayor calado. Esta situación cambiaría, según Orliński, con la invención de los sepulcas (1956). A partir de este punto, Lem logrará elevar el género de la ciencia ficción a la más alta categoría literaria, de tal manera que la fantasía, en muchas ocasiones satírica, se convierte en un verdadero disfraz de indagaciones más trascendentes. A lo largo de su estudio, Orliński nos dibuja la figura de un escritor sencillo, sin pose alguna, dotado de la inaudita virtud de criticar sus propias obras. También la de un escritor muy relacionado con sus colegas, de sólidas amistades literarias (como la que le unió con Sławomir Mrożek), nada parecido a la figura del artista que trabaja en solitario. Esta relación de camaradería, que venía determinada por el carácter cuasi gremial que tenía la profesión de escritor en la Polonia socialista, animaba a los autores a intercambiarse las obras recién terminadas para conocer la opinión de los otros colegas. Lem no solo aceptaba como buena cualquier crítica, sino que tampoco temía expresar juicios negativos sobre sus propios textos. Las opiniones de Lem acerca de algunas de sus novelas (como las que vierte sobre El invencible, aunque sin citar el título) sorprenderán a más de un lector. Lem y sus compañeros no parecían ser conscientes del alcance de sus propias obras, ni de que estuvieran protagonizando una verdadera Edad de Oro de la cultura polaca. Relacionado también con el modo de trabajar de Lem (y determinado, claro está, por el creciente éxito de sus obras y sus apetencias pecuniarias) está el hecho de que muchas veces firmara contratos que luego apenas era capaz de atender. De esta manera surgieron, hacia 1959, tres de sus obras más admirables: Solaris, Memorias encontradas en una bañera y Retorno de las estrellas, escritas con la urgencia de cumplir con un contrato casi expirado, que había firmado sin saber siquiera de qué irían las historias. A quien pueda escandalizarle esta conducta, no estará mal recordarle que el propio Mozart compuso su obertura de La flauta mágica unos días antes del estreno.

Los viajes de Lem al extranjero, de los que nos rinde pormenorizada cuenta Orliński, nos dan también importantes pistas para comprender de qué manera la figura de Lem se fue internacionalizando poco a poco. Su recelo ante alemanes y austríacos contrasta con lo mucho que le agradaban los viajes a la URSS (1965 y 1968), donde era calurosamente acogido por oleadas de jóvenes estudiantes, científicos de renombre o, incluso, por los propios astronautas soviéticos. Este prestigio exterior le daba también un capital importante para hacerse valer ante las autoridades de su país. Fue precisamente gracias a las editoriales de la Alemania del Este y de la URSS como la obra de Lem comenzó a ser conocida y valorada fuera de Polonia, mucho antes de hacerse plenamente internacional. En esta progresiva difusión de la obra de Lem tuvo también mucho que ver el cine, pues de varias de sus novelas se hicieron adaptaciones cinematográficas (o estuvieron a punto de hacerse), algunas de extraordinario renombre. Una fructífera relación analizada con gran detalle por Orliński, pero que tuvo también su lado conflictivo. Es el caso de la famosa disputa de Lem con Tarkovski. Al parecer, al novelista polaco no le gustó nada la adaptación de Solaris (1972) hecha por el célebre cineasta ruso, de la que aseguró haber visto solo la primera parte, confesándose «incapaz de aguantar hasta el final».

En fin, es difícil enumerar siquiera la amplia variedad de temas interesantes que toca el libro de Orliński. Hasta asuntos tan aparentemente secundarios como la afición de Lem por los automóviles o las grandes dificultades que debió vencer para hacerse con su primera casa de Kliny, a finales de los 60, sirven para completar el retrato de una época difícil y precaria. Los últimos años de Lem nos lo muestran voluntariamente apartado de la escena literaria internacional, rechazando hacer los viajes que hubieran impulsado aún más su carrera (como la visita a los Estados Unidos, a la que siempre dio largas). Después de su última novela (Fiasco, 1985), Lem se dedicará casi en exclusiva a la escritura de textos de índole teórica. El autor era ya consciente, quizás, de que su enorme aportación a la literatura del siglo XX estaba hecha. Ahora tocaba descansar y hacer vida de familia, con la tranquilidad que le daba el haber cumplido ampliamente con su vocación de escritor. Era el tiempo de los lectores y del callado trabajo de la Fama.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Como sabes, la situación general se podría describir como si estuviéramos sentados sobre un barril de pólvora enriquecido con hidrógeno, en el barril hay una mecha, y esa mecha lleva más de una decena de años ardiendo. A veces alguien sopla sobre la mecha, a veces la apagan un rato, luego la vuelven a encender, y así seguimos. A esas fluctuaciones, como a todo, el animal que es el ser humano ya se ha acostumbrado. Pero en mi profesión, eso lo convierte a uno en un idiota, porque, en definitiva, ya no sabe sobre qué escribir, sobre todo cuando los censores completamente paranoicos olfatean en cada palabra alusiones peligrosas.»
«Puesto que eso es precisamente lo que ha sucedido con todos los inventos a lo largo de la historia ―la pólvora, la máquina a vapor, el automóvil, el avión―, ¿por qué no iba a suceder lo mismo con Internet? Así, Lem enumeraba, con bastante exactitud, todo lo que nos depararía la red de ordenadores: una nueva clase de delincuencia frente a la cual la policía y el derecho serían impotentes; nuevos métodos de ataque entre potencias, que permitirían paralizar las instalaciones computarizadas del país atacado de modo que ni siquiera se pudiese detectar al agresor; y una estupidización  general, porque en el mar de información que se generaría sería cada vez más difícil separar la paja del trigo.»
Traducción de Bárbara Gil
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Los huevos fatídicos, de Mijaíl Bulgákov

Al poder político nunca le gusta que le lleven la contraria, ni tan siquiera en los asuntos más nimios e intrascendentes. Este principio, de validez casi universal, se manifiesta de manera más contundente en los regímenes autocráticos, donde siempre impera la censura. Y viene de antiguo. Señalaba Heródoto lo mucho que le irritaba a Jerjes que se expresaran opiniones contrarias a su parecer, incluso cuando eran requeridas y parecían sensatas y bienintencionadas. Una cortapisa a la libertad que el historiador cario (defensor acérrimo de la isonomía griega) solo parecía reconocer en contextos persas, lo que resulta muy significativo. Desde entonces, la libertad de expresión constituye un valor cardinal de nuestra cultura occidental, aunque sujeto a muchos altibajos, polémicas y dificultades. En ocasiones, para sustraerse a la acción de la censura, las críticas han necesitado disimularse o endulzarse un poco. Así sucede en la sátira, donde, disfrazadas de humor y revestidas de una locura aparente, las verdades duelen menos. Es entonces cuando la censura parece que baja la guardia y deja abierto un resquicio a la esperanza. Pero es solo una estrategia interesada (esos censores alemanes de que se burlaba Heine, tan ingenuamente torpes, quizás no hayan existido nunca). Cuando la presión aumenta, las válvulas de escape se hacen aún más necesarias.

Todo lo anterior viene a cuento de una reciente edición de Los huevos fatídicos (1925) de Mijaíl Bulgákov (1891-1940): una divertidísima sátira política (no demasiado virulenta, como luego veremos) que se nos presenta disfrazada de ciencia ficción. Mármara Ediciones nos brinda así la oportunidad de acercarnos una vez más a este clásico de las letras universales, ahora en la estupenda traducción de Marta Sánchez-Nieves. Una fantasía escrita bajo la influencia de H. G. Wells (un autor muy admirado por Bulgákov), como parece reconocerse en el propio texto ruso, donde se alude de manera explícita a El alimento de los dioses (1904), una novela que muestra grandes similitudes argumentales con Los huevos fatídicos. Como es habitual en el género, la acción se desarrolla en el futuro; aunque en el caso particular que nos ocupa se trata de un futuro no demasiado lejano (1928), lo justo para que Bulgákov pueda dotar a su texto de un cierto aire distópico. Así lo denotan algunos detalles llamativos del paisaje urbano moscovita: grandes anuncios luminosos, estruendosas bocinas que mantienen informada a la población, pantallas con imágenes en movimiento sobre las fachadas de los principales periódicos, teléfonos móviles… Todo este attrezzo futurista, que pretende dibujar un Moscú al estilo de Metrópolis, juega sin embargo un papel muy secundario en la narración, y disimula bien poco el referente realista de la sátira: la intromisión del poder político en el campo de la ciencia. Cuando esto sucede (sobre todo si se hace de manera chapucera), el desastre parece asegurado.

El personaje principal de la novela, Vladímir Ipátievich Pérsikov, encarna a la perfección la figura tópica del profesor chiflado: un sabio despistado y carente de habilidades sociales que solo vive para su ciencia. Su aspecto exterior es también el que exigen los cánones: gran cabeza, ojos miopes, gestos grotescos (como doblar el dedo en forma de gancho al hablar), etc. Abandonado por su mujer, que se fugó en 1913 con un cantante de ópera, Pérsikov vive solitario en un piso de cinco habitaciones atendido por una vieja gobernanta. Estos rasgos caricaturescos de su personalidad no le impiden ser una autoridad mundial en zoología, sobre todo en el campo de los batracios, como tampoco dirigir el Instituto de Zoología de Moscú, donde hace sus experimentos auxiliado por el joven profesor Ivanov y el portero Pankrat, que cumple las funciones de conserje y recadero. Con el avance de la novela, Pérsikov se va quedando poco a poco al margen de los acontecimientos principales. Pero es precisamente entonces cuando más se gana nuestra estimación, al mostrarse como el único personaje capaz de mantener un criterio sensato e inamovible en toda la locura que se expande a su alrededor, y que se resume en no utilizar el nuevo rayo mientras no se haya estudiado en profundidad. Su orgullo de científico, que le impide doblegarse fácilmente ante las autoridades políticas (a las que impone, incluso, un cierto respeto), lo acompaña hasta las últimas páginas, donde le alcanzará un final tan heroico como injusto.

Todos los indudables méritos científicos de Pérsikov no impiden, por otra parte, que su gran descubrimiento, El rayo de la vida, sea tan solo el resultado del más puro azar. Un extraño rayo de luz, que se ha formado casualmente por la combinación del globo que ilumina el laboratorio con la óptica de un microscopio, incide accidentalmente sobre la preparación de amebas que estudiaba Pérsikov, y que ha dejado abandonada para ir a echarle un vistazo a la rana viviseccionada que desea mostrarle su ayudante (Bulgákov aprovecha la ocasión para exponer ante el lector la crueldad de los experimentos con animales, un tema sobre el que volverá en Corazón de perro). El efecto del rayo sobre los microorganismos expuestos a su influencia es fulminante. Las amebas comienzan a proliferar en gran número, a crecer exponencialmente y a reproducirse como enrabietadas. Luego, agobiadas por la falta de espacio, se aniquilan mutuamente, en una suerte de feroz lucha de clases en la que se imponen las más fuertes. ¡Todo bajo la mirada sobrecogida del investigador, que enseguida se da cuenta del peligroso alcance de su descubrimiento! Es verdad que la historia de la ciencia está tejida de hallazgos casuales (serendipia es el eufemismo que los nombra). Así sucedió con la penicilina, producto de un descuido de Fleming. Pero esto, claro está, no disuade a Bulgákov de sobre el pobre papel representado por su personaje, que tampoco acierta a mantenerlo en secreto mientras lo estudia. Pronto sufrirá Pérsikov el acoso de los periodistas, así como de un variado elenco de personajes relacionados con el poder político, entre los que no falta ni tan siquiera un extravagante espía extranjero que desea el rayo para su país. Mientras tanto, Ivanov ha logrado construir tres grandes cámaras en las que resulta posible producir el Rayo de la vida a tamaño aumentado y fuera ya del microscopio.

Desde los primeros capítulos apreciamos la gran habilidad de Bulgákov para buscarle el lado cómico a todo, incluso a las situaciones más desagradables, que no escasean precisamente. Podríamos hablar de un cierto humor negro, como el que se derrocha en la descripción de los cruentos desastres y escenas de pánico que se desencadenan al final de la novela. También nos pinta Bulgákov con tintes cómicos, como si se tratara de un sainete, la muerte de las gallinas de la popesa Myrlova: preludio a la peste aviar que se extenderá, implacable, por todas las repúblicas soviéticas. Estamos en las antípodas de esas trágicas epizootias de las montañas suizas que tan emotivamente describió Ramuz en sus novelas alpinas (Derborence, Cumbres de espanto, etc.), y que tanto comprometían la supervivencia de los montañeses. Para Bulgákov, por el contrario, el hecho de que no haya quedado gallo ni gallina viva en toda Rusia es una especie de broma diabólica arbitrada por el destino, a fin de que se genere la verdadera tragedia, la que afecta a los propios seres humanos. Es precisamente en relación con esta peste aviar cuando hace su aparición Alexandr Semiónovitch Fatum, el segundo personaje en importancia tras Pérsikov: un anacrónico y sospechoso individuo, antiguo flautista de cinematógrafo, que viste todavía a la moda de 1919 y lleva al cinto, siempre bien visible, una abultada pistola Mauser. Su apellido, Fatum (del que se deriva el título de la novela), representa de manera inequívoca el hado adverso que lo va a convertir en el catalizador de la catástrofe final, al encadenar letalmente los dos hitos argumentales de la narración: el descubrimiento del rayo y la peste aviar.

Apoyado por las altas instancias del régimen (de manera harto incomprensible, dada su incompetencia manifiesta), Fatum será nombrado director de El Rayo Rojo, un sovjós experimental fundado con el ambicioso proyecto de restaurar, con el auxilio del nuevo invento, la población aviar de todas las Rusias. Instalado en una antigua propiedad rural expropiada, Fatum se rodea de un equipo de ayudantes tan profanos en la materia como él mismo, entre los que figuran su propia mujer, el guarda de la finca, un vigilante perezoso y la limpiadora Dunia. Una curiosa cuadrilla de científicos sobre los que la ironía de Bulgákov se emplea a fondo. Pero Fatum no es solo un completo ignorante (el temor que le despiertan los libros acumulados en el despacho de Pérsikov resulta significativo), sino que también se manifiesta como un insensato, al pretender nada menos que recuperar la cabaña avícola de todo un país sin ni tan siquiera saber distinguir si un huevo es de gallina o de otra especie (un desconocimiento por el que se pagará un alto precio). Con las máquinas incubadoras arrebatadas a Pérsikov y una partida de huevos procedentes de Alemania (su gran tamaño despierta la admiración simplona de Fatum y de sus acompañantes) se inicia finalmente el experimento, que pronto producirá una inexplicable espantada de pájaros y ranas. Mientras tanto, los ladridos aterrorizados de todos los perros del lugar anuncian la llegada de un horror que parece inminente…

Este carácter de verso suelto que posee el personaje de Fatum es lo que le quita, a mi manera de ver, mucha carga crítica a la novela. Al fin y al cabo, toda la aventura ha sido una consecuencia de la iniciativa personal de Fatum, de la iluminación repentina que lo acometió tras asistir a una conferencia de Pérsikov en la que hablaba de su rayo. Aunque es cierto que a lo largo de todo el libro menudean las burlas al establishment, no se puede decir que adquieran demasiada virulencia ni alcance. El novelista actúa con precaución, midiendo cuidadosamente sus pasos. Aún le quedaban algunos años por delante antes de que la censura se cerrase sobre su carrera literaria, condenándolo a un ostracismo que dejaría en suspenso la publicación de sus obras más destacadas, como Corazón de perro y, sobre todo, El maestro y Margarita. Por el momento, reírse de los rimbombantes cargos de que gozan los burócratas, de los extravagantes nombres de los comités (como la Unión Obrera Gallinera de la popesa Myrlova), del talante siniestro de la policía política o de los periódicos adictos al régimen (todos con el añadido de rojo en sus cabeceras) no parecía tener consecuencias. Se entendía, quizás, que la voluntad del autor no era debilitar al régimen, sino lograr tan solo la complicidad de su público a través del humor. El desenlace de la novela, además, permitía desplazar la atención del lector a instancias más universales y generales, haciéndole meditar sobre el peligro que entrañaba para la Humanidad el hecho de que los descubrimientos científicos estuvieran controlados por el poder político; que, o bien los utilizaba para fines no precisamente humanitarios, o bien los dejaba en manos inapropiadas (como sucede en Los huevos fatídicos). El inesperado final de la novela (en la línea ahora de La guerra de los mundos) parecía advertirnos también de nuestra pequeñez: aunque tenemos una gran capacidad para generar desastres, pocas veces sabemos formar parte de la solución. La simple casualidad abre y cierra nuestro destino.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«A sus palabras respondió un penetrante grito de gallo y, a continuación, del gallinero salió a trompicones, como de lado, igual que un borracho alborotador de un comercio cervecero, un gallo descarnado y hecho un harapo. Las miró fieramente con los ojos desencajados, dio varios pisotones en el sitio, extendió las alas cual águila, pero no echó a volar, sino que empezó a correr por el patio, en círculos, como un caballo a la cuerda. Se paró en la tercer vuelta y vomitó, después empezó a escupir y a medio ahogarse al respirar, lanzando a su alrededor manchas de sangre, se dio la vuelta y sus patas quedaron inmóviles mirando al sol, cual mástiles. Un aullido de mujer inundó el patio. En los gallineros le respondieron cloqueos de desasosiego, batir de alas y alboroto.»
Traducción de Marta Sánchez-Nieves

Edición checa de 1929

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August, de Christa Wolf

En el famoso filme de Orson Welles, Ciudadano Kane, los últimos pensamientos del protagonista retrocedían a un episodio de su infancia en apariencia insignificante, resumido en una palabra misteriosa que provocaba el desconcierto de sus biógrafos. Solo el espectador de la película descubría, al final, el significado del enigma; esto es, que una vida llena de sucesos y triunfos puede quedar eclipsada por el recuerdo de un simple juguete: Rosebud. No cabe duda de que también los escritores, cuando llega el momento de hacer balance, vuelven con frecuencia su mirada a la infancia. Las experiencias más anodinas, incluso las más dolorosas, olvidadas durante mucho tiempo, regresan revestidas de una nueva luz. Se impone, quizás, la necesidad de hacer las paces con uno mismo, como también con los demás. Descubrimos entonces que la infancia, ya perdida en el pasado, era el tesoro más preciado de todos, y deseamos salvarla mientras aún quede tiempo… Mucho de esto hay, me parece, en este encantador relato, August (2011), compuesto por Christa Wolf en el último año de su vida. Una narración muy breve que tiene como referente dolorosas experiencias de exilio y de enfermedad. Unos hechos de enorme dramatismo que se rememoran bajo una mirada melancólica aunque también comprensiva. Reconforta comprobar que la escritora, tras una larga vida a la que no le faltaron ni amarguras ni desengaños, es capaz de ofrecernos todavía un texto tan bello y optimista, donde los valores humanos brillan por contraste y se asume una sabia reconciliación con el propio destino.

Ahora que se cumplen, además, sesenta años de la construcción del Muro de Berlín (iniciado el 13 de agosto de 1961), no es mal momento para volver la mirada y reencontrarnos con aquellos escritores que, por diversas razones –casuales en su mayoría–, se quedaron al otro lado. Es el caso de Christa Wolf (1929-2011), una de las figuras literarias más significativas de la República Democrática Alemana. Nacida en la Prusia oriental, en los territorios alemanes que a partir de 1945 pasaron a ser de soberanía polaca, Christa Wolf se vio obligada a emprender, coincidiendo con los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial, un duro y peligroso exilio hacia occidente. Refugiada con su familia en Kalkhorst, a orillas del mar Báltico, dentro de las fronteras de la que luego sería la RDA, la novelista vivirá también la penosa experiencia de verse internada en un sanatorio para tuberculosos habilitado en el Castillo de Kalkhorst, el mismo en el que se desarrollan las experiencias del niño August. Aunque las principales obras de Wolf fueron publicadas en nuestro país hace ya tiempo, una nueva editorial de peregrino nombre, Las migas también son pan, nos ofrece ahora una atractiva edición de este emocionante testamento de la escritora alemana. Un relato tan breve que correría el riesgo de pasar desapercibido, si no lo salvara la belleza deslumbrante de su prosa, el interés autobiográfico de los sucesos narrados y la pura emoción que atesoran sus apenas treinta páginas.

Convencida defensora del marxismo, Christa Wolf militó durante muchos años en el partido socialista alemán (SED), aunque con el paso del tiempo dejó traslucir un cierto distanciamiento ideológico. Así se testimonia en su libro Noticias sobre Christa T (1968), una obra que provocó, por su individualismo confeso, una gran sorpresa y malestar en el régimen que gobernaba su país. En su novela Lo que queda (publicada en 1990, aunque escrita, al parecer, en 1976), no solo desvelaba (a destiempo, según sus detractores) algunas de las miserias de la ya extinta Alemania del Este, sino que también confesaba haber colaborado, como informante, con la mismísima Stasi. Por otro lado, el hecho de que Christa Wolf expresara su oposición a la reunificación de Alemania (una postura compartida con Günter Grass) puede parecernos, desde nuestra perspectiva actual, un error de bulto (¿Adónde iríamos ahora, pobrecitos de nosotros, con tan solo media locomotora?). Pero ella tenía sus razones; unas razones que todavía seguían bien vivas en 1996, cuando publica su novela Medea: una revisión del mito griego donde la provinciana hija del rey de la Cólquide hace un pobre papel en la sofisticada corte de Corinto: un trasunto de la situación de los alemanes del Este en la nueva nación unificada. Todo este caminar a contracorriente, como era de esperar, ensombreció un tanto su figura, siempre compleja y bastante polémica, lo que no le impidió merecer importantes galardones (entre ellos, el doctorado honoris causa por la Complutense de Madrid), como tampoco el ser considerada una artista literaria de primera magnitud.

Christa Wolf escribió este emotivo relato, August, con la intención de ofrecérselo como regalo a su marido, Gerhard Wolf, con ocasión de su sexagésimo año de matrimonio. Resumía en él uno de sus más amargos —y a la vez más preciados— recuerdos de infancia. Una memoria que se iniciaba con un tren de refugiados bombardeado y un pequeño huérfano que tan solo sabe su fecha de cumpleaños. Aunque la historia se narra desde la perspectiva del niño que da nombre a la novela, August, el personaje con mayor peso es el de la adolescente Lilo, alter ego de la novelista, que inspira un amor platónico en el joven huérfano, tan necesitado de protección. Lilo es una figura femenina poseedora de una sorprendente madurez, generosa y nada posesiva en sus afectos, dotada de un seguro instinto ético (así se manifiesta en su desaprobación de la macabra valentía de Harry). No podemos olvidar que Christa Wolf fue una escritora muy comprometida con la lucha feminista, como se aprecia en esa extensa galería de mujeres fuertes que protagonizan casi en exclusiva todos sus escritos, y a la que habría que añadir esta adolescente tan desprendida y valiente que es Lilo.

Narrado en tercera persona, el relato se desarrolla en dos órdenes temporales diferentes, de importancia y extensión desiguales, pero cuidadosamente entrelazados y correspondientes a un mismo personaje, August. De un lado, el individuo ya adulto: un viudo melancólico y solitario que evoca los sucesos de su infancia mientras conduce un autobús de turistas en un viaje de Praga a Berlín. Un trabajador a punto de jubilarse que completa sus evocaciones de niñez con el recuerdo de su desaparecida mujer, Trude, a la vez que da testimonio indirecto del modesto medio social en que vive. De otro lado, el niño huérfano internado en el sanatorio para tuberculosos del Castillo de Kalkhorst, que nos ofrece una desgarradora pintura de los otros niños que comparten su mismo destino. Ese aire malsano que respirábamos en el célebre balneario de Thomas Mann lo encontramos también aquí, en este tétrico Castillo de las polillas, acrecentado por las grandes penurias que sufren sus habitantes. Aunque en el relato también se recogen las semblanzas de personajes adultos (médicos, enfermeras, pacientes mayores, etc.), los verdaderos protagonistas son los niños y adolescentes internados, cada uno de ellos con su particular historia dolorosa, sufriendo en soledad las heridas que la guerra de sus mayores les ha dejado como único legado. La novelista consigue plasmar un emocionante contraste entre aquellos niños piadosamente ignorantes de su situación, la mayoría, y aquellos otros que se han visto obligados a asumir un rol de adulto. Es el caso de la ya citada Lilo, que colabora en el cuidado de los enfermos mientras sufre la pesada carga de saber quiénes van a morir.

Pero la narración no se remite tan solo al destino de un puñado de vidas individuales, los niños y adultos que pueblan este vetusto sanatorio emplazado en un lugar inapropiado y malsano —como se señala repetidas veces—, donde esperan un triste desenlace atendidos por un personal escaso, padeciendo grandes penurias de alimentos y calefacción. La mirada de la novelista va mucho más allá. En el relato del bombardeo que sufre el tren de refugiados en que viaja August, así como en otras alusiones que encontramos en el discurso del personaje adulto, no es difícil descubrir un comentario oblicuo a esas olvidadas tragedias que sufrieron muchos alemanes inocentes durante la contienda, silenciadas por los vencedores y extirpadas de su memoria por las propias víctimas en una suerte de piadosa amnesia colectiva. Pocos alemanes se han atrevido a hablar de ello. Es el caso, entre otros muchos, del hundimiento por un submarino soviético del barco de refugiados Wilhelm Gustloff (1945), un drama denunciado por Günter Grass en su novela A paso de cangrejo; o los devastadores bombardeos de las ciudades alemanas (Dresde, Colonia, Hamburgo) por la aviación aliada, con millones de víctimas civiles, tal como aparece reflejado en esa estremecedora indagación antibelicista de W. G. Sebald: Sobre la historia natural de la destrucción.

No es posible terminar la reseña sin referirnos al excelente epílogo que acompaña a esta bella edición de August, escrito por el traductor, Marcos Román Prieto, profesor de la Universidad de Sevilla y especialista en la figura de Christa Wolf. Marcos Román no solo nos facilita todas las claves necesarias para comprender el denso texto de Wolf, sino que también nos aporta interesantes datos biográficos de la autora, como también un completo panorama de las circunstancias históricas en que se ambienta el relato. Es el caso del drama humano que supuso el desplazamiento, en pleno invierno, de los más de diez millones de emigrados que –al igual que la novelista– corrieron a refugiarse a la otra orilla del Óder durante los últimos meses de la contienda. Completa su texto el traductor con un útil mapa de las fronteras entre Alemania y Polonia. También con algunas fotografías antiguas del Castillo de Kalkhorst: añejas imágenes que contribuyen a incrementar el hechizo que nos provoca este estremecedor relato.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Tampoco sabía si el bombardeo sobre el tren que transportaba a los refugiados tuvo lugar antes o después de cruzar el gran río, ese al que llamaban Óder, pues estaba durmiendo cuando sucedió. Cuando comenzó el estallido y la gente se puso a gritar, fue una mujer desconocida, y no su madre, la que lo agarró del brazo y lo sacó del tren. Después, él se lanzó sobre la nieve detrás del terraplén y permaneció tumbado hasta que el ruido cesó, y el maquinista gritó a todos los que aún vivían que debían subir inmediatamente. August no volvió a ver nunca más ni a su madre ni a esa mujer desconocida. Sí, allí quedaron personas esparcidas por el campo que no subieron a aquel tren, que continuó enseguida el viaje».
Traducción de Marcos Román Prieto
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Memorias de un antihéroe, de Kornel Filipowicz

Parece que la figura del antihéroe goza de una asentada tradición literaria. En un famoso fragmento lírico conservado, Arquíloco de Paros (s. VII a. C.), poeta y mercenario, se jactaba de haber abandonado su escudo en el transcurso de una batalla, a fin de ponerse a salvo con mayor facilidad. El detalle parece tan relevante (la ética guerrera espartana exigía «volver a casa con el escudo o sobre él») que algunos filólogos han llegado a ver en dicho poema nada menos que el testimonio de un primer declive de la épica. El motivo tuvo éxito, desde luego, y después lo encontramos en otro poeta griego, en Alceo, que tambien deja su escudo en manos enemigas. Unos siglos más tarde, todavía Horacio se vanagloriaba en una de sus odas de haber arrojado el suyo en la batalla de Filipos (42 a. C.). Las cosas han cambiado poco desde entonces, y en la célebre novela de Stephen Crane, La roja insignia del valor, la primera acción bélica del protagonista consiste en tirar el fusil y salir corriendo. Los griegos disculpaban la cobardía de sus ejércitos echándole la culpa a Pan, que provocaba en los soldados, al igual que en los rebaños, un pánico invencible que los ponía en fuga. Nosotros le quitamos hierro al asunto amparándonos en el instinto de conservación y en la repugnancia que nos inspiran las guerras. No resulta demasiado difícil ponerse en el lugar del antihéroe. Sobre todo, cuando no se sabe muy bien por qué se lucha.

Una de las más sorprendentes y originales recreaciones de la figura del antihéroe la encontramos en Memorias de un antihéroe (Pamiętnik antyboatera, 1961), del escritor polaco Kornel Filipowicz (1913-1990). Una novela admirablemente escrita, que atrapa irremisiblemente al lector desde la primera página, y que ahora podemos disfrutar en la estupenda traducción de Teresa Benítez, publicada por la editorial barcelonesa Las afueras. Ambientada durante la invasión alemana de Polonia (1939-45), la novela tiene como protagonista a un acabado ejemplo de antihéroe; pero no de aquellos que —como Alonso Quijano o Lázaro de Tormes— alcanzan sus fines conquistando el aprecio de los lectores. Hay muchas variedades de antihéroe (sobre todo en la literatura moderna), y el que ahora nos ocupa es de los de última clase; es decir, de aquellos con los que resulta imposible identificarse. No es la suya una disculpable debilidad de un momento, como tampoco una cobardía vergonzante que se intenta ocultar. Todo lo contrario. El protagonista de Memorias de un antihéroe expone sin tapujos sus pensamientos y acciones más viles, disfrazando su egoísmo y falta de compromiso bajo los ropajes del sentido común, esbozando una filosofía del sálvese quien pueda a la que pretende elevar a principio universal, relativizando cualquier valor que no sea el de la propia supervivencia. Un antihéroe que tiene mucho del trepa sin escrúpulos, dotado además de una desconcertante sinceridad que ni tan siquiera parece un ejercicio de cinismo.

La personalidad de Kornel Filipowicz no parece corresponderse, desde luego, con la figura del antihéroe. El escritor polaco luchó en la guerra contra los alemanes, participó en la resistencia antinazi y fue apresado e internado en varios campos de concentración. Simpatizante de la izquierda desde muy joven, Filipowicz padeció, al igual que otros muchos escritores e intelectuales centroeuropeos, la paradoja de vivir sus últimos años enfrentado a la deriva totalitaria del régimen que gobernaba en su país. Estos y otros datos, de gran utilidad para una mejor comprensión de la novela, los hallaremos en el interesantísimo prólogo que abre el libro, escrito por el recientemente desaparecido Adam Zagajewski (1945-2021), que nos regala además una vívida estampa de la personalidad de Filipowicz, que se extiende incluso a la de su compañera, la eximia poetisa Wisława Szymborska (Premio Nobel de 1996). Pero, sobre todo, Zagajewski sitúa al novelista en el contexto de la literatura polaca de su tiempo. Ajeno a los juegos experimentales de otros insignes escritores de su país, como Gombrowicz o Witkiewicz, Filipowicz fue un autor de talante más clásico, moderado y humanista, que en sus escritos prefiere siempre sugerir más que afirmar (Memorias de un antihéroe es un texto ejemplar a este respecto), que deja libre al lector para que valore y extraiga sus propias conclusiones. Una muestra de confianza que el lector siempre agradece.

La sorpresa inicial que nos depara la lectura de la novela creo que se explica por la descarada sinceridad de que hace gala el protagonista en la crónica de sus infamias. Esto viene magnificado, sin duda, por la nula intervención del autor en la historia, que nos ahorra cualquier juicio propio sobre su personaje, al que deja defender sus ideas sin contrapeso; es decir, le permite modular sin contradicción alguna, en todos los tonos imaginables y en las más variadas circunstancias, la cantinela de que él, por así decir, nunca volverá a pasar hambre. Solo algún destello de feroz ironía nos permite adivinar la opinión del autor. Así sucede cuando le hace decir a su personaje (que había sido abofeteado previamente por un oficial de las SS): «estampó en mí el sello de ciudadanía que me ha permitido vivir en paz durante tres años». El lector se queda, pues, a solas con el antihéroe, en libertad plena para juzgarlo según le parezca, lo que probablemente le incitará también a plantearse, haciendo un ejercicio de honestidad, qué hubiera hecho él en una situación similar; o lo que resulta todavía más inquietante, a preguntarse cuántas personas preferirían seguir la cómoda senda del antihéroe si se les presentara la oportunidad. En cualquier caso, parece segura la intención del autor: avisarnos del peligro que entraña la falta de compromiso, una debilidad en la que todos estamos siempre a punto de recaer.

Otro rasgo muy llamativo del protagonista es su completa falta de empatía hacia los perdedores. El patriotismo no es, desde luego, uno de sus puntos fuertes. Así lo testimonia la mirada favorable que dirige al ejercito alemán vencedor, contrastante con el desprecio que le merecen los soldados polacos derrotados, con sus uniformes arruinados en un solo día de combate y sus viejos fusiles de la Primera Guerra Mundial. Su nula simpatía por los vencidos es el apoyo que le permite levantar la cabeza sin sonrojo. Es decir, sustituye la vieja táctica de rebajar al enemigo por otra aún más mezquina: rebajar al amigo para poder traicionarlo luego sin complejos. Otro recurso del que se vale para acallar cualquier escrúpulo consiste en relativizar todo lo que sucede a su alrededor, acogiéndose a una especie de fatum histórico al que le parece poco inteligente oponerse. Las fronteras cambian, también los gobernantes y algunos nombres, pero los países permanecen. Consumada la ocupación, el periódico local, tras unos días de confusión, vuelve a publicar ecos de sociedad, chistes y la misma hoja filatélica de antes. Todo ha cambiado y todo sigue, aparentemente, igual. Es fácil cerrar los ojos y dejarse llevar por una indiferencia cobarde, como la de esos pobres animales de rebaño que escuchan impávidos, sin espantarse, las detonaciones de los disparos que los van diezmando. ¿Solo nos sentimos concernidos cuando nos golpean en la cara?

Al protagonista, por de pronto, no le va nada mal en su papel de antihéroe. Mientras todo el mundo sale corriendo al enterarse de la llegada de los alemanes, él termina tranquilamente sus vacaciones en el campo, actuando en todo momento como un espectador neutral de los hechos. Retornado a la ciudad, encuentra su apartamento en perfecto estado de conservación, y puede volver a disfrutar de sus pequeños lujos burgueses. La nueva situación de excepcionalidad le permite, además, regodearse en algunas miserables ventajas: nadie le reclamará ahora los pagos pendientes de sus nuevos muebles y de la bicicleta. Es el mezquino consuelo del no hay mal que por bien no venga. Tampoco experimenta incomodidad alguna al percatarse de que los judíos andan por las calles ignominiosamente marcados con una cruz, ni tan siquiera cuando descubre entre sus filas a algunos de sus conocidos. También se burla de todos aquellos que aseguran ingenuamente que la guerra apenas durará un año, pues los países de occidente en bloque acudirán pronto al rescate de Polonia. La mirada que dirige a sus compatriotas es fría como el hielo, y donde otros verían gestos heroicos, manifestaciones patrióticas o afán de rebeldía, él solo descubre zafias bravuconadas condenadas al fracaso. Aplaude la delación y se ratifica en su derecho a disfrutar de una vida tranquila al precio que sea. Para él lo heroico no es un valor moral, sino, en el mejor de los casos, el precio que algunos pagan interesadamente para alcanzar una fama póstuma (pero que no está en modo alguno garantizada). En consecuencia, pronto lo veremos iniciar una cómoda senda de colaboracionismo con los enemigos de su patria, adoptando incluso una identidad alemana. Pero la guerra, que ha ido cambiando de signo de manera lenta pero imparable, lo privará de su ventajosa posición, relegándolo de nuevo a una situación de incertidumbre en la que lo prioritario será, una vez más, asegurar la propia supervivencia.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Lentamente la profesora fue asomando la punta del cañón por la ventana entreabierta de la buhardilla y empezó a disparar. Disparó y disparó, y repuso todos los cargadores hasta llegar al último. Y qué cosas, ¡disparó cien balas y mató solo a dos alemanes! La vi al día siguiente; la trasladaban en un coche descapotable. Llevaba un vestido negro con lunares blancos, tenía la boca torcida, debajo de la nariz una mancha negra, uno de sus ojos estaba cerrado, como si todavía apuntara a un objetivo, y llevaba el pelo enmarañado, como gallina mojada. Una loca. ¿Era esa la apariencia de un héroe? ¡Valiente heroísmo! ¡Eso era una bazofia! Iba sentada entre dos oficiales alemanes. Uno lucía unas gafas con montura dorada. Ambos tenían una expresión muy tranquila y amable».
Traducción de Teresa Benítez
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Mi amor, la osa blanca, de Vitali Shentalinski

Algo tienen los desolados paisajes polares que nos fascina, quizás porque provocan en nosotros, al igual que los desiertos, la experiencia de lo sublime: una cualidad propia de los lugares inhóspitos y peligrosos, dotados de una belleza especial que nos atrae y nos espanta a la vez. En el mundo antiguo, las fronteras de lo conocido las marcaban, aparte de los océanos, los grandes arenales deshabitados y las extensiones heladas del norte. Allí no había nada que mereciera la pena buscar. Para el hombre moderno, en cambio, los desiertos, los polos y los glaciares, las dilatadas estepas o las montañas más inaccesibles parecen guardar un mensaje valioso que conviene descifrar. Son parajes donde podemos experimentar la sensación de sentirnos una gota de agua en la inmensidad. Territorios ideales para los ascetas y filósofos (Zaratustra nos habla desde un desierto), nos instan a profundizar en nosotros mismos, a conocernos mejor. También nos ponen en ocasiones a prueba, al obligarnos a enfrentar los peligros que representan. No es extraño, pues, que muchos poetas y artistas vean en su extrema reducción la quintaesencia de una belleza sublime y trascendente. Esta sensibilidad está detrás de algunos paisajes y representaciones polares de Friedrich, como también en muchas páginas memorables de Saint-Exupéry, Pierre Loti o Théodore Monod. Es la misma «magnífica desolación» de que nos hablaba Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó la luna.

Una parecida fascinación compartió el escritor ruso Vitali Shentalinski (1939-2018), que en los últimos años de su vida volvió la vista atrás, a sus diarios, para poner a punto este bellísimo relato de aventuras polares: Mi amor, la osa blanca, fruto de su estancia de 1971 en la isla de Wrangel, emplazada a 160 kilómetros al norte de la Siberia oriental. Un valioso recuerdo de su juventud, no obstante las grandes privaciones y peligros que se vio obligado a arrostrar. Pero aparte de un enamorado conocedor de las latitudes árticas, Vitali Shentalinski fue también un importante investigador de la literatura soviética, un pionero en el estudio de los escritores represaliados bajo el régimen soviético (Bábel, Bulgákov, Ajmátova, etc.). Al amparo de los nuevos aires de la perestroika, Shentalinski logró acceder, a finales de los años ochenta, a una abundante documentación clasificada, tanto del KGB como de otras instituciones rusas, que le permitiría posteriormente, durante la primera década de este siglo, sacar a la luz cuatro títulos de gran interés: Esclavos de la libertad, Denuncia contra Sócrates, Crimen sin castigo y La palabra arrestada, todos ellos publicados en nuestro país por Galaxia Gutenberg. Esta misma editorial pone ahora a nuestro alcance el último libro de Shentalinski: Mi amor, la osa blanca, un texto en las antípodas de sus monografías literarias, referido al estudio y protección de los animales salvajes. Dotado de un estilo rápido y espontáneo, propio de un diario de campaña, el libro no renuncia a reflejar en sus páginas la belleza natural de los paisajes árticos. Aparte de abundantes noticias y descripciones relativas al comportamiento animal (que incluyen avistamientos de zorros polares, búhos y renos), el diario recoge también interesantes observaciones geográficas, climáticas, o incluso etnográficas. Las reflexiones y confesiones personales tampoco están ausentes del libro de Shentalinski, que encuentra en el nada complaciente escenario de sus aventuras la mejor escuela imaginable de valores. Ya lo decía Hölderlin: «allí donde crece el peligro, crece también lo que nos salva».

Las aventuras polares de Shentalinski se habían iniciado en 1960, en esa misma isla de Wrangel, donde permaneció durante tres años trabajando como operador de radio. Su posterior experiencia con los osos polares transcurre a lo largo de los meses de febrero a abril de 1972, aunque no saldría a la luz hasta 2018, tal como nos informa el propio autor en el epílogo de la edición. La expedición, compuesta solo de dos miembros, venía comandada por el zoólogo Stanislav Biélikov (en la actualidad, un especialista mundial en el oso polar, miembro de la Academia de Ciencias Naturales de la Federación Rusa). Aunque Shentalinski no era un naturalista, sus estancias anteriores en la isla de Wrangel, así como su formación en la Escuela del Ártico de Leningrado lo recomendaban para ocupar el puesto de técnico auxiliar de la expedición, una tarea que le permitía cumplir con su deseo de regresar a un lugar que tanto añoraba y tomar notas para su futuro libro. Pertrechados muy modestamente (ni siquiera cuentan con un equipo de radio), viajando en una motonieve sueca que se cala a cada instante, la pareja de aventureros consigue a duras penas alcanzar su meta inicial: un pequeño refugio de madera (balok) en los aledaños del macizo montañoso de Dream Head. Las dificultades de esta primera travesía (se ven obligados a completarla a pie) son ya un anticipo de las muchas otras que deberán enfrentar durante su estancia en la isla. Aparte del peligro que entrañaba acercarse a los osos polares («el mayor depredador del planeta Tierra»), los expedicionarios padecerán los embates de un clima durísimo, viéndose obligados a sufrir las terroríficas ventiscas que golpean con frecuencia las paredes de su balok, que en ocasiones les impiden salir a trabajar y hacen descender la temperatura interior hasta los veinte grados bajo cero. Una empresa de investigación muy arriesgada que adquiere, sobre todo en las últimas páginas del diario (esperando un rescate que no llega), tintes verdaderamente heroicos.

Auspiciada por el Laboratorio Central de la Protección a la Naturaleza de Moscú, la expedición tenía como finalidad el estudio del oso blanco, y más concretamente, el de su fase de reproducción. La isla de Wrangel constituía un lugar privilegiado a este respecto, pues durante los meses de invierno las osas preñadas abandonaban la banquisa ártica para refugiarse en tierra firme, a fin de parir en el interior de unas guaridas que excavaban en la nieve. Llegada la primavera, tras haber permanecido en hibernación durante todo el invierno, las osas salían al exterior acompañadas de sus crías, ya perfectamente formadas. Y ese era precisamente el momento escogido para la llegada de Biélikov y Shentalinski, que debían cumplir con un ambicioso programa de investigación: valorar el estado de la especie y de su ecosistema, hacer recuento de ejemplares, estudiar el emplazamiento, configuración y dimensiones de sus guaridas, pesar y marcar ejemplares, recoger excrementos, fotografiar y filmar a los animales (una veintena larga de estas extraordinarias fotos ilustran el libro). La expedición coincidió, además, durante sus primeros días, con la llegada de unos tramperos ocupados en capturar osos jóvenes para los zoológicos, circunstancia que nos brinda interesantes apuntes complementarios, y alguna que otra escena pintoresca (como la pelea nocturna de los oseznos capturados bajo las literas del refugio). Las dos expediciones, como no podía ser de otra manera, se prestan mutua ayuda ―la de los tramperos está mucho mejor equipada―, lo que no impide a Shentalinski criticar una práctica que, aunque legal, condena a los animales capturados a «una vida penosa». La condición auxiliar de Shentalinski, su mirada no estrictamente profesional, lo sitúa en una posición ideal para concitar la identificación del lector actual. Incluso en su propia tarea de zoólogos, Shentalinski expresa en ocasiones sus diferencias con Biélikov, señalando la perturbación que supone para los animales la intromisión en su hábitat natural (para marcarlos o pesarlos deben anestesiarlos previamente, disparándoles jeringas con sernylán). Aunque un inesperado y amenazador telegrama de las autoridades recorta de manera inapelable sus actividades (se les prohíbe anestesiar y marcar ejemplares), no serán de poco mérito los logros alcanzados por la expedición. Así, por vez primera, el hombre asistirá al momento tan especial en que una osa y sus cachorros abandonan la guarida tras su largo confinamiento. En su epílogo de 2018, Shentalinski hace una postrera valoración de la expedición, que, no obstante la modestia de sus medios («puede parecer chapucera, mal equipada y temeraria»), fue una de la primeras de un ciclo que se prolongaría durante muchos años, que alcanzaría importantes resultados en la protección del oso blanco, y que merecería para el parque natural de la isla de Wrangel la consideración de Patrimonio de la Humanidad.

La osa blanca, con todo su glamour de estrella en la lista roja de las especies amenazadas, no es la única protagonista del relato. Recortándose contra el sublime escenario de las soledades polares, el autor nos descubre una estupenda galería de tipos humanos, fraguados en su lucha diaria contra un medio siempre hostil. Son los suyos unos perfiles de gran fuerza y atractivo, que no necesitan de retoques artísticos para cautivarnos («es imposible que uno sea más listo que la vida misma, esta le da mil vueltas a cualquier escritor», opina Shentalinski). Es el caso del guarda del parque natural de la isla, Zdenia Pléchev, así como de su esposa Elia: una especie de marsupial ―según el autor― que puede llevar en el bolsillo sin fondo de su delantal tanto una bobina de hilo para coser como una llave inglesa. O el conductor Kolia Yezhov, el lacónico y habilidoso mecánico que arregla cualquier desperfecto sin decir una palabra (solo abre la boca cuando está bebido), poseedor de un «alma generosa aunque profundamente escondida». Pero la figura de mayor relieve es la de Eplerequey, un cazador chukchi (etnia paleosiberiana) que habita en uno de los rincones más inhóspitos y salvajes de la isla, acompañado de Timnerultinoy, su diminuta pero enérgica mujer, y los perros de su trineo. Un ingenuo personaje que exhibe en la pared de su refugio un retrato de Lenin para contrarrestar las murmuraciones maliciosas de quienes aseguran que los yanquis vienen a visitarlo con frecuencia… ¡en un submarino! (Alaska está a un tiro de piedra de la isla, y desde la casa del esquimal puede escucharse la radio de Nome emitiendo música de Jazz). No son pocas las sorpresas y aventuras que aguardan al lector en las páginas de este emocionante diario. Una de las últimas corre a cargo de un grupo de turistas de riesgo que aparece inopinadamente en mitad de la noche. Son siete jóvenes provenientes de los Urales, que viajan sobre sus esquís, construyen iglúes para pernoctar y desean ver osos polares. Tras la alarma inicial que despiertan en los dormidos zoólogos (en su duermevela, Shentalinski cree asistir a una invasión norteamericana) vendrá la fiesta. Esa noche en el balok podrán fumarse cigarrillos y se escucharán cantos rusos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«A continuación, una caminata de unos diez kilómetros, fantasmal e inolvidable. Nos introducimos en una cañada. Oscuridad total, avanzamos a tientas. En algún lugar de por aquí, algo más a la derecha, al pie de la ladera debe de estar el balok, nuestro refugio a partir de ahora… Lanzamos una bengala y lo avistamos: ¡ahí está! Pegado a la pendiente, apenas visible bajo la nieve. A la luz de la linterna distinguimos un estrecho túnel excavado en la nieve en dirección a la puerta de entrada. Las puertas son dos: la exterior y la interior. Dentro, literas grandes y pequeñas de dos pisos, una vieja estufa de hierro. Una de las dos ventanas está cegada por una chapa de madera y la otra, de cristal, presenta una obra maestra de arte decorativo —una maravillosa planta de hielo—. En los rincones hay restos de nieve».
«Me viene a la memoria el rostro del chukchi Eplerequey, marrón, de cutis cortado por el viento, un rostro de expresión abierta, incluso, de cierta amplitud, con el reflejo de las nubes voladoras en los ojos. Desde siempre, desde el día en que nos conocimos, supe que allí, en el último confín de la superficie terrestre más próximo al Polo Norte, había una persona».
(Traducción de Andréi Kozinets)
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La lucha por el futuro humano, de Jeremy Naydler

Alguna grave desconfianza debemos albergar hacia nuestro futuro, cuando las utopías se van retirando de nuestro horizonte de expectativas. ¡Qué lejos quedan aquellas sociedades tan perfectas ideadas por Platón, Moro, Campanella o Francis Bacon! Lo que ahora seduce a los escritores es su reverso negativo, la distopía. Huxley, Bradbury y Orwell imaginaron algunas de las más representativas de nuestro tiempo. Es como si nos pareciera más razonable sospechar que nuestro proyecto de Humanidad terminará torciéndose. El reiterado aviso de que estamos devastando el planeta, junto con los tibios remedios que arbitran los poderes públicos explican sobradamente este pesimismo que padecemos. No todas las distopías se fundamentan en la crítica de un avance tecnológico descontrolado, pero no deja de ser un elemento importante en muchas de ellas. El tipo de progreso que tanto se admiraba hace cien años, basado en el culto a la máquina, es ahora uno de los más cuestionados. En las novelas de Jules Verne, uno de sus más señalados profetas, ya se detectaban señales del peligro. Así, en El secreto de Maston, un sabio excéntrico no dudaba en modificar el eje de rotación de la Tierra, valiéndose de un potente cañón, a fin de explotar los recursos minerales de los casquetes polares derretidos (parece que Verne también fue visionario en esto). Que no se consiga culminar semejante disparate por culpa de un pequeño error de cálculo no deja de constituir un desenlace bastante inquietante. Se ha dicho que el Romanticismo representó una reacción ante los escasos avances reales que la Ilustración aportó al bienestar humano. A nosotros, la última centuria, a pesar de sus innegables éxitos tecnológicos, también nos ha impartido duras lecciones, y no es raro que los escritores hayan rebajado mucho el tono de sus elogios. Ahora, quienes mejor cantan las bondades del progreso son los ideólogos del transhumanismo y las grandes corporaciones tecnológicas.

Estas y otras parecidas reflexiones surgen tras la lectura de un nuevo libro que acaba de publicar Atalanta: La lucha por el futuro humano: 5G, realidad aumentada y el internet de las cosas, de Jeremy Naydler. Un texto de enorme interés y actualidad, que coloca en la diana de su crítica a esas tres grandes avanzadillas del progreso tecnológico, a las que el autor engloba bajo la etiqueta de revolución digital. La desconfianza que despiertan en una parte importante de la población mundial no es un fenómeno nuevo ni sorprendente. La lucha por el futuro humano recoge cinco ensayos de diferente data (publicados originalmente entre 2000 y 2019), reunidos, actualizados y prologados por el autor en 2020: un resumen riguroso y sugestivo de la situación actual, apoyado en numerosos estudios y conjugado con una visión filosófica muy personal. Las preocupaciones de Naydler se extienden, por una lado, al ser humano en su globalidad, tanto en lo que respecta a su salud física como espiritual; pero también a nuestro entorno, al parecer, gravemente amenazado. El peligro para la vida natural no procede tan solo de las radiaciones electromagnéticas de que se valen las nuevas tecnologías digitales del 5G, sino también del abandono en que dejaremos al mundo real si se cumplen los pronósticos de una futura migración a lo virtual. Es preciso subrayar que Naydler no propone en su libro un rechazo a los avances tecnológicos, ni la adopción de posturas extremas o marginales. Hasta los mayores adalides de la ciencia reconocen que el vertiginoso avance tecnológico no nos deja tiempo para reflexionar. Aunque nuestra confianza en el progreso ya no es tan ciega como lo era hace cien años, sí parece ser lo suficientemente firme como para que nos entreguemos con cierta ligereza a todo cuando se nos presenta bajo la etiqueta de novedad tecnológica. Subraya Naydler que el no quedarse atrás en un mundo de competencia globalizada podría ser una explicación a la aparente sordera de los poderes públicos ante todos los avisos. Lejos de encarnar profecías apocalípticas, en el libro de Naydler solo se respira el sano sentido común de quien no desea subirse a un tren sin preguntar antes cuál es su destino.

El ser humano siempre ha vivido alimentando la ilusión de que su futuro será mejor que su presente; y el desarrollo tecnológico, con sus promesas, novedades y continuos perfeccionamientos, se acomoda mucho a tales expectativas. Esta cualidad tan humana nos hace especialmente vulnerables a los aspectos más oscuros de la tecnología. Uno de los más divulgados es la adicción que nos produce el uso frecuente de los dispositivos digitales, que nos vuelve dependientes, según Naydler, de «algo transitorio y esencialmente externo a nosotros». Así lo testimonian los numerosos estudios y encuestas que se han venido realizando en las últimas décadas, y que señalan una adicción creciente en las sociedades avanzadas. Otra consecuencia es la fragmentación psíquica que en ocasiones padecemos. Nuestro espacio personal ya no es tan inviolable como antes, pues en cualquier momento y lugar podemos ser interrumpidos. Aunque apagar el móvil es una posibilidad real, el mantenerlo encendido se ha convertido en una norma social difícil de desafiar. En esta misma línea de fragmentación psíquica sitúa Naydler nuestro moderno desempeño de la multitarea (hablar por teléfono mientras conducimos o paseamos al perro quizás sea una de sus manifestaciones más sencillas y visibles), que tanto estrés produce, según todos los estudios. La habilidad para emprender múltiples tareas a la vez constituye uno de esos valores, aparentemente modernos (la multitarea es un concepto acuñado en el campo de la cibernética), que insidiosamente se introduce en nuestros hábitos (como la idea de que deberemos cambiar de trabajo numerosas veces a lo largo de la vida), de tal manera que llegamos a conceptuar como logro lo que en realidad es una servidumbre. También nos advierte Naydler de los peligros que entrañan las diferentes identidades que nos permiten adoptar los juegos y redes sociales virtuales. Los desórdenes psicológicos que puede provocar ese enmascaramiento son innegables (la literatura al respecto es abundante). El verdadero reto, opina Naydler, es «vivir con plenitud en el mundo real». No todos estos fenómenos preocupantes de la tecnología digital están en una misma fase de desarrollo. Es el caso de la denominada realidad virtual, aún en ciernes. El objetivo de la industria que la promueve es que permanezcamos el mayor tiempo posible online, lo que exige que las vivencias artificiales ofertadas sean cada vez más indiscernibles de las reales: un mundo cuyas imágenes prefabricadas, sin embargo, supondrá un empobrecimiento para la mente humana. Pero el futuro más preocupante para Naydler es el que pinta al hombre convertido en un cíborg, al incorporar directamente a su cerebro las interfaces que por ahora son externas.

La senda que conduce al acoplamiento de la tecnología digital al cuerpo humano se inició, hace ya casi una década, con el advenimiento de los primeros relojes inteligentes, seguidos luego por las gafas que permiten combinar nuestras percepciones con la información externa que nos suministra la denominada realidad aumentada. Se configura así una nueva realidad híbrida que nos desvía de nuestro «encuentro directo con el mundo». Estadios posteriores, aún en desarrollo, prevén el uso generalizado de implantes neurales o lentes de contacto biónicas. En otro orden de cosas, pero también muy relacionado con lo anterior, sitúa el autor al llamado internet de las cosas, cuya primera consecuencia será la pérdida de privacidad, pues no cabe duda de que los dispositivos puestos a nuestro servicio recopilarán en todo momento nuestros datos personales, dejándonos expuestos a la vigilancia de empresas y gobiernos (Shoshana Zuboff ha acuñado un término que define a esa nueva situación: «capitalismo de la vigilancia»). Desplazando su mirada del hombre al medio natural, Jeremy Naydler nos recuerda también que el funcionamiento de todos estos dispositivos conectados solo será posible gracias a una red mundial de transmisión de datos, lo que se traducirá en una brutal electrificación del aire que respiramos (los efectos perniciosos de la radiación electromagnética, tanto en lo que atañe a hombres, animales y plantas, aparecen expuestos en diferentes partes del libro, siempre muy documentados). El autor dedica uno de los cinco capítulos de su libro a pintarnos el horizonte del 5G, al que no duda en calificar de «ataque múltiple», en virtud del amplio impacto que ocasionarán las radiofrecuencias emitidas. Hablamos de las antenas de la red terrestre, emisoras de ondas milimétricas de alta potencia: cientos de miles de miniestaciones casi imperceptibles situadas en cualquier lugar. Por otra parte, la puesta en órbita del enjambre de satélites necesario para dar cobertura a la transmisión de datos (más de 100.000, según algunas estimaciones) exigirá el correspondiente gasto de cohetes propulsores que los pongan en órbita, con el consiguiente daño a las capas protectoras de la atmósfera. Todas estas tecnologías digitales confluirán, si se cumplen los vaticinios de los teóricos del transhumanismo y de la singularidad, en un mundo donde quedarán abolidas las diferencias entre el ser humano y la máquina, la realidad física y la virtual.

Aunque las respuestas que el autor propone ante este reto tecnológico están repartidas a lo largo de todo el libro, es en su último capítulo, Traer la luz al mundo: nuestra más profunda vocación humana, donde adquieren un rango predominante. En sus planteamientos filosóficos, Naydler subraya la contraposición entre el electromagnetismo y la luz. Para el autor, la luz natural representa, en relación con el pensamiento humano, lo que la electricidad supone para la inteligencia artificial. En su valoración de la luz frente a la electricidad («una fuerza hostil a la vida», según Rudolf Steiner), Naydler se fundamenta en una tradición filosófica milenaria y universal. El objetivo de este capítulo sería, pues, el de sugerirnos una base espiritual que nos pueda fortalecer en la lucha práctica contra los abusos de la tecnología; o expresado de otra manera, el de ayudarnos a desarrollar un contrapeso humanista desplegado en un horizonte más imaginativo. En este sentido obra también el original enfoque del segundo capítulo del libro, donde un relato mítico persa, el Himno de la perla, le sirve al autor de paradigma comparativo a una serie de fenómenos que giran en torno a la consideración del hombre como una simple máquina biológica, y al cerebro como un ordenador neural. La extrañeza que puede producir en algún lector la particular índole de este capítulo de cierre (contrastante con los documentados estudios científicos expuestos en las páginas anteriores) nos indica hasta qué punto hemos renunciado a cualquier tipo de pensamiento espiritual, siquiera alegórico, para ayudarnos a entender el mundo. Naydler no se limita a recopilar encuestas y estudios críticos, sino que también pretende dar una respuesta más amplia, entroncada en una tradición humanista. Y es en esto en lo que el libro se diferencia de otros muchos que nos vienen avisando del peligro, y donde radica su aportación más personal. Para Naydler esto no significa en modo alguno renunciar al activismo militante ―el autor insiste en ello― ni al empleo de argumentos científicos como réplica. En un orden menor, el autor nos anima también a seguir estrategias de carácter más individual, como la introducción en nuestras vidas de expresiones artísticas «no mediatizadas por las máquinas», la meditación profunda, el contacto directo con la naturaleza, el compromiso con su conservación o el ejercicio de nuestro sentido crítico. Unos remedios modestos que ―poniéndonos pesimistas― parecen presuponer una cierta claudicación. Es como si la gran batalla ya la hubiéramos perdido, y ahora tocara replegarnos a las barricadas y luchar casa por casa, defendiendo pulgada a pulgada nuestro espacio de libertad.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«El resultado es que nuestras vidas se fragmentan cada vez más. El espacio psíquico que creamos cuando estamos hablando con un amigo, paseando por un bosque o leyendo un libro no está tan protegido como antes. Puede ser literalmente invadido por cualquiera que desee ponerse en contacto con nosotros. Lo que sufre aquí es la introversión. La moderna tecnología de las comunicaciones trabaja en contra de la creación de lugares seguros donde alimentar la introversión. Aunque tenemos la opción de apagar nuestros dispositivos, las expectativas que la sociedad ha depositado en ellos al abrazar ansiosamente todas sus ofertas conspiran para que los mantengamos encendidos. Nos vemos así arrastrados a un estilo de vida cada vez más extrovertido, en el que sutilmente se han restringido las posibilidades de ahondar en nuestra comunión con la naturaleza, con nuestros amigos, con nosotros mismos y con los mundos interiores de la psique y del espíritu».

(Traducción de Antonio Rivas)

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En sueños de otros, de Estefanía González

Aseguraba Terencio, en un dicho ya proverbial, que «nada de lo humano le resultaba ajeno». Entendida la frase como un precepto ético, podría deducirse que nada debería de resultarnos tan sencillo como empatizar con nuestros semejantes. Sin embargo, una de nuestras grandes carencias radica precisamente en la dificultad que experimentamos para ponernos en el lugar del otro. Y es que el camino hacia la empatía exige acometer una delicada operación, la de intentar comprender el mundo desde un punto de vista ajeno, muchas veces contrario al de nuestros propios intereses. Un gran paso que solo podremos dar individualmente y con esfuerzo. Recuerdo a este respecto un famoso relato de Hesse, El agüista, donde el autor narraba su experiencia con un ruidoso vecino de habitación que no le dejaba ni dormir ni trabajar. Una incómoda situación que solo pudo vencer mediante un ejercicio de imaginación que le permitió identificarse emocionalmente con el molesto compañero de balneario. Es una anécdota quizás trivial, pero ilustrativa de lo mucho que puede ayudarnos la empatía en la convivencia con nuestros semejantes. En el caso particular del escritor, esta facultad empática puede resultar especialmente valiosa. Aunque no toda la literatura camina por una senda realista, la empatía ha sido el necesario don de muchos autores que han pretendido dar un testimonio profundo de la sociedad y de sus gentes. ¿Cómo imaginarnos a Balzac, si no es entregado a la ambiciosa tarea de ponerse en el lugar de cada uno de sus infinitos personajes? La mirada comprensiva no es sino una mirada compartida. Decía Freud que «amar al projimo como a ti mismo» es una empresa no solo imposible, sino también radicalmente injusta. Pero quizás sí podamos, al menos, intentar ponernos en su lugar. O mejor aún, compartir sus sueños.

Esta es, quizás, una de las metas que se ha propuesto alcanzar Estefanía González con su nuevo libro, En sueños de otros, que en estos días ve la luz publicado por la editorial Tres Hermanas. Amparada en el valor simbólico de aquellos componentes básicos que los filósofos presocráticos distinguieron en la materia (Aire, Tierra, Agua y Fuego), la escritora asturiana traza una división cuatripartita en su libro: una figurada manera de confesarnos su voluntad de extender la mirada a una amplia variedad de experiencias humanas, de lograr una ubicuidad que le permita ponerse en la piel de un abigarrado conjunto de seres. Autora de dos poemarios anteriores, Hierba de noche (2012) y Raíz encendida (2014), Estefanía González nos ofrece ahora sus primeros trabajos de narrativa, reunidos en un libro de admirable unidad y solvencia. Y es que no hay tanta diferencia, a fin de cuentas, entre poema y prosa breve; al menos cuando comparten un mismo cuidado por la forma, la exploración de sentimientos sutiles, la fina observación y los matices: cualidades todas que informan ese casi centenar de minificciones que recoge En Sueños de otros. Un libro que, sin traicionar su coherencia, reúne textos de muy diversa índole, servidos por una notable capacidad fabuladora, necesaria para dar vida al extenso muestrario humano que puebla sus páginas. Algunos textos nos parecerán muy cercanos al poema. Es el caso de Corro o Tarzán, donde predominan el juego verbal o la sugerencia. Otros, por el contrario, son plenamente narrativos, dando entrada incluso al diálogo y a un tono más coloquial. No faltan tampoco las ficciones enigmáticas o de carácter experimental (En el taller de lectura). Todas las historias, sin embargo, coinciden en un mismo punto, en tener como mejor capital a sus personajes, a los que Estefanía González define muy hábilmente, sirviéndose solo de unos pocos trazos, sin comprometer el equilibrio de unos textos escritos con la vocación de no extenderse más allá de lo preciso. 

El primer apartado del libro, Aire, recoge un puñado de relatos en los que parece bullir un anhelo de liberación: la necesidad de abandonar un ambiente viciado para respirar un aire nuevo y mejor. Así lo manifiestan esas relaciones tóxicas que tan bien retrata la autora. Es la urgencia impostergable de apartarse de una tiranía o de una manipulación: un ansia que expresan, a veces con gran crudeza, quienes la padecen, y que se extiende incluso hasta el deseo de borrar los recuerdos (El señor Marcus, Nunca significa). Esta aspiración, que se sublima en ocasiones mediante la fantasía (como la que derrocha la protagonista de La soledad sonora), se manifiesta aún con mayor plasticidad a través de la experiencia onírica. Encontraremos así sueños enigmáticos, casi surrealistas, de gran belleza poética (Noches rabiosas, Eclipse), de tan difícil interpretación como muchos de los que nos asaltan en nuestra experiencia cotidiana. En otros el significado es más transparente. Tal sucede en El aparcamiento, donde la cuarta planta subterránea de un centro comercial se convierte en la puerta de entrada a un mundo nuevo. Y claro está, también queda la posibilidad de soñar (imaginar) despierto: una habilidad siempre atribuida con cierto desdén a los soñadores, pero que puede convertirse en una envidiable (y divertida) manera de sustraernos a una realidad aburrida y alienante (Cotidianeidad). Además de los sueños y las fantasías, muchos de los relatos que integran este primer apartado (y el libro en general) recogen escenas observadas en la calle, cuya resolución nos provoca a veces inquietantes meditaciones (Un viento épico). Incluso en los gestos compulsivos de alguien que busca infructuosamente algo (Bolso), puede el espectador atento descubrir la señal de una de esas carencias afectivas que aniquilan el alma.

Aunque las cuatro partes en que Estefanía González divide su obra no son, en modo alguno, compartimentos estancos, las experiencias oníricas disminuyen en el segundo apartado, donde predominan los textos con un mayor poso de realidad. El componente más terrenal de nuestra humanidad, el que representa el peso de la materia que nos oprime, parece ser la divisa de un variado plantel de figuras dolientes, necesitadas de cariño, marginadas… Seres con los estigmas de la derrota impresos en su rostro y en sus actitudes. Traumas de infancia (Vergüenza), el sadismo de las relaciones de dominancia (El nuevo), las insufribles presiones familiares (En paz); mujeres que necesitan escapar de un ambiente opresivo (Solito, piscina, ronroneo), ancianos desvalidos (Va y sonríe), niños indefensos, exdrogadictos, enfermos, mendigos… En ocasiones, las escenas se ven suavizadas por un leve humorismo o un inesperado rasgo de humanidad (La ecuatoriana, Mi sol). Y no son únicamente los desfavorecidos quienes protagonizan estas páginas, también son las parejas cerradas en su egoísmo (Rendirse), los autosatisfechos, los amigos de aferrarse a una vida cómoda y sin complicaciones. Entonces la maldad se manifiesta en una visión incapaz de empatizar con el sufrimiento y la miseria, y que en vez de aguardar a comprender juzga con repugnancia. Los relatos parecen así escritos desde la ironía (Perrillos), como invitándonos a compartir una mirada que nos espanta. 

Mediada la lectura, nos adentramos en un nuevo conjunto de relatos donde el elemento acuático constituye un sutil leitmotiv que hilvana los diferentes textos, aunque sin comprometer su fondo. Leemos unas historias que abarcan desde las aguas que nos acunan en el crucial momento de nuestro nacimiento (Fluidos) hasta las que deberemos cruzar en el último día (Festines en sombra). Porque toda la experiencia humana se resume en ese elemento móvil y vivificante, símbolo de una inestimable flexibilidad de espíritu, cuya falta nos condena a convertirnos en piedra insensible. Al igual que en páginas anteriores, también ahora el mundo infantil cobra un gran protagonismo. Para quien desea ahondar en la condición humana, el niño es una fuente privilegiada de aproximación: un cristal transparente que nos permite observar muchas veces lo que el adulto oculta. Así lo vimos en ese estupendo relato de la primera parte del libro, Juegos, donde la crueldad infantil era solo un reflejo anticipado. Ahora, desde una perspectiva más amable (Música, maestro), los niños representan como nadie la saludable y reconfortante fluidez acuática. ¿Hay algo más dinámico y dúctil que un niño? El agua también simboliza, finalmente, ese catalizador que tanto precisamos para reconducir nuestra atormentada humanidad a una situación de equilibrio (Sonido del otoño, Un gesto inútil). Quizás por ello las lágrimas muchas veces nos curan.

Mudando al elemento más contrario, el libro recoge en sus últimas páginas una constelación de textos relativos a la experiencia amorosa: ese fuego sutil del que ya nos hablaba Safo. Es el difícil diálogo entre los sexos, muchas veces insatisfactorio, casi siempre cercano al conflicto. Unos relatos en los que caben todas esas dolorosas pulsiones del eros: esa ineludible danza (Se levantó) que los dioses nos obligan a bailar en beneficio de la perpetuación de la especie (y quizás también de su particular diversión). Un baile que en ocasiones nos obliga a emparejarnos ―grotesto guiñol― con quien menos nos conviene. Presentándose como una coherente continuación de todo lo anterior, estos relatos finales dan vida a una variada casuística amorosa, que comprende mucho de cuanto media entre el difícil debut de una adolescente (Un día marcado) y la amarga despedida de una mujer adulta (La bahía). Son los amores que nos dejan desprotegidos, los tópicos y lugares comunes que los corrompen, los egoísmos que los toman como pretexto; los fuegos que arden demasiado y los que apenas prenden. Quizás también, el humo y las cenizas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

(Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno, donde podrás leer además una selección de relatos del libro.)

«Me paso las tardes en el puerto. Es tan divertido. Solo tienes que enseñarles una moneda y arrojarla al aire para que se lancen al agua como castores y la saquen entre los dientes. Tienen los cuerpos morenos y fibrosos de pasarse la vida haciendo lo mismo y tiemblan como flanes. Sonríen sorbiéndose los mocos. Aquí se vive como Dios. A veces hago como que la tiro, la moneda, y saltan y no la encuentran, y discuten por si arrojé algo o no, pero no tienen más remedio que intentarlo una y otra vez. Se pelean por ver quién salta el primero, me encanta. Mi favorito es el más pequeño, que tendrá siete u ocho años y parece un mono. A veces viene y se me agarra de la mano, para que me lo lleve. Cada vez que voy de vacaciones, y hace cinco años que repito sitio, me paso las tardes haciendo el juego de la moneda. Ya me conocen todos. A veces invito a alguno a un bocadillo y, te lo juro, comen con un ansia que da gusto. Es lo que más me gusta. Me parto de risa. Los muy granujas. Perrillos.»
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Historia de una novela, de Thomas Wolfe

Thomas Wolfe (1900-1938) fue una de esas figuras dramáticas que nacen como predestinadas a disfrutar de una corta existencia. Tocadas por el genio, y como anticipándose a su limitado futuro, se entregan a una labor creativa implacable, no exenta de ciertas dosis de letalidad autodestructiva. Autor de cuatro inmensas novelas (dos publicadas póstumamente), relatos, poemas y piezas dramáticas, Wolfe escribió también una autobiografía, Historia de una novela (The Story of a Novel, 1936): un resumen apasionado y sincero de la intensa actividad literaria que colmó su vida. Recién publicada por Periférica, Historia de una novela encierra un texto de gran interés, fraguado en un registro cordial y muy cercano al lector, trufado de estupendas anécdotas; una crónica, en suma, con vocación de convertirse en el libro de culto de todos aquellos temerarios que han hecho ―o han pretendido hacer― de la literatura una profesión. Seducido por el modélico fervor de Wolfe, el lector se sentirá arrastrado a meditar sobre el apasionante problema de la creación literaria y sus altas exigencias de compromiso. Pocas vidas más ejemplares, a este respecto, que la de Thomas Wolfe.

Historia de una novela es, además, un texto escrito desde la modestia: la autobiografía de un joven autor que ha saboreado ya el éxito, pero que no se siente todavía autorizado para impartir lecciones a nadie. No encontraremos en el libro, pues, recetas para escribir una novela, y menos aún fórmulas que garanticen al autor novel la publicación de sus escritos. Wolfe solo nos transmite sus propias experiencias y aprendizajes personales. La sinceridad, sin embargo, siempre aporta una luz poderosa a todo cuanto toca, y no serán pocas las lecciones, indirectas al menos, que podremos extraer de la lectura de esta confesión, que toma como bandera la defensa del compromiso sin condiciones. Porque Historia de una novela es el testimonio de una entrega absoluta a la creación literaria; así como la expresión de un insaciable anhelo de memoria, que se traducía para Wolfe en una escritura desbordante, que no estaba dispuesta a orillar ninguna experiencia, por muy insignificante que pareciera. Es como si, anticipando lo efímero de su vida, Wolfe valorara al máximo cada átomo de sus vivencias, cada persona que se ha cruzado en su camino, cada palabra escuchada, cada imagen entrevista… Una difícil meta que nunca se alcanza por completo, pues pretende nada menos que transmutar la vulgar materia de lo cotidiano en los áureos lingotes de lo imperecedero. Una alquimia casi imposible que muy pocos logran.

Autor de una escritura calificada de torrencial, Thomas Wolfe nos brinda en Historia de una novela un texto cuidadosamente estructurado y bien medido. El autor inicia su memoria autobiográfica repasando brevemente el entorno cultural norteamericano que le tocó vivir, así como el suyo propio, correspondiente a una familia modesta y trabajadora de clase media. Sus estudios universitarios, la primera estancia en Londres (1926) o sus modelos literarios (como Ulises, de Joyce) dan pronto paso a la noticia del clamoroso e inesperado éxito que cosechó El ángel que nos mira (1929): una novela de trescientas mil palabras que, en el lapso de unos pocos meses, pasó de sufrir el rechazo de un primer editor ―que la calificó de ejercio torpe y amateur― a proporcionarle a Wolfe un contrato de edición y quinientos dólares de anticipo (una típica historieta en la línea del American Dream). Aunque la autobiografía de Wolfe se centra principalmente en la gestación de su segunda novela, Del tiempo y el río (1935), el autor ha creído necesario comenzar su relato desde antes, dando cuenta de las lecciones recibidas por un autor novel que, de la noche a la mañana, se ve convertido en un personaje famoso. Los éxitos repentinos, en ocasiones, no son fáciles de digerir. Algo así le sucedió a Wolfe con El ángel que nos mira. La presión de entregar pronto su siguiente libro, la responsabilidad que entraña un éxito aún no consolidado o la planificación de una prometedora carrera literaria compusieron un panorama no tan idílico como cabría esperar. Una consecuencia importante de este fulgurante éxito fue la pérdida del anonimato, que el autor vivirá como una experiencia incómoda, sobre todo en lo referido a su entorno más cercano. Creía Wolfe que las experiencias vividas son la únicas que permiten al autor «crear algo que posea un valor sustancial». Sin embargo, es preciso que el escritor sepa distanciarse de sus modelos reales, para no herir susceptibilidades: una lección pronto aprendida por Wolfe, que ilustrará con un puñado de sabrosas y divertidas anécdotas, referidas todas a la hostil recepción que El ángel que nos mira mereció en su ámbito familiar y social más próximo.

Pero el asunto principal de la autobiografía es la gestación de la segunda novela de Wolfe, Del tiempo y el río (1935). Una experiencia agónica que se inicia con su viaje a París y Londres de 1930, y se extenderá, ya de vuelta a su país, hasta finales de 1934. Durante esos cinco años de intenso trabajo, veremos a Wolfe preso de un rapto creativo que lo absorbe por completo. Su ya conocida hipertrofia narrativa, que le dificulta imponer un orden al conjunto, es el principal ingrediente de esta nueva etapa de un autor que necesita revalidar un primer éxito, clamoroso pero único. Su breve estancia en las dos capitales europeas —no se prolongará más allá de la primavera de 1931—, permite a Wolfe ofrecernos su opinión de los denominados «lugares de trabajo»: emplazamientos prestigiosos y cosmopolitas donde la creación artística respira, supuestamente, una atmósfera favorable. Desde su perspectiva particular, sin embargo, tales lugares son solo aptos para «escapar del trabajo». La inspiración que le brinda a Wolfe una ciudad extranjera como París opera a través de la nostalgia que le induce de su propio tierra. Los apreciados escenarios parisinos y londinenses constituyen para Wolfe el telón de fondo que le permite evocar y valorar por contraste aquello que verdaderamente le interesa. Al igual que en su primera novela, también ahora el elemento vivido es lo esencial. El objetivo vuelve a ser escribir un texto que abarque la totalidad de su experiencia, y en el que no quede olvidada ninguna nota de color, sonido o matiz: elementos quizás modestos por separado, pero tan cruciales para el conjunto como las notas musicales de una gran sinfonía. Este prodigioso ejercicio de memoria se saldará con un texto de más de un millón y medio de palabras, cuya acción se extiende a lo largo de ciento cincuenta años y cuenta con más de dos mil personajes. La consecuencia de tanto exceso será una lucha a vida o muerte con el manuscrito, que se resiste a tomar una forma definitiva.

Será en esta difícil coyuntura cuando tome cartas en el asunto el editor del libro, Maxwell Perkins, que convencerá a Wolfe de la necesidad de dar por terminada la novela y consagrar los siguientes esfuerzos a seleccionar y armonizar los materiales escritos. Su «buen amigo» Maxwell será como ese Deus ex machina de las tragedias clásicas, que baja de una nube en el momento oportuno y salva la situación; y lo hará, claro está, poniendo en juego su indudable olfato literario (nos referimos a un editor mítico, que goza de su propia novela y filme), pero también sirviéndose de sencillas dosis de sentido común y sano pragmatismo. Gracias a su editor, el idealista Wolfe aprenderá la dolorosa lección de que «algo que en sí mismo está bien escrito no necesariamente tiene por qué encontrar un lugar en el manuscrito final» (es el caso de ese diálogo entre cuatro personajes que ocupaba ochenta mil palabras en el original). Se inicia, pues, una implacable labor de poda, de cuya dificultad nos ilustra el sorprendente hecho de que el propio Wolfe, pretendiendo escribir nexos de transición entre las distintas partes, fuera capaz de añadir otro medio millón más de palabras al montante, que a su vez fueron eliminadas. La expeditiva medida que arbitrará Maxwell Perkins para poner punto final a tanta desmesura, ya a inicios de 1935, dejará probablemente boquiabierto al lector. Y es que la obra debe acabar en algún momento, para que el artista quede de nuevo libre, y la lección aprendida pueda dar su fruto en textos venideros. Sin embargo, cuando el futuro casi no existe, algo parece que falla. Tantos esfuerzos, tantas duras lecciones aprendidas con tanto sufrimiento, bien podrían darse por buenas en un autor de vida prolongada. No es el caso de Wolfe. Sentimos que un hado adverso ha vuelto a escamotearnos algo importante.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«A lo largo de dos meses, el pueblo cayó en una espiral de furia y resentimiento que jamás imaginé posible. La novela [El ángel que nos mira] fue denunciada desde el púlpito de los pastores de las principales iglesias. Los hombres se juntaban en las esquinas para censurar su contenido. Durante semanas los clubes femeninos, las partidas de bridge, los salones de té y las recepciones, los grupos de lectura y todo el complejo tejido de la vida social de aquel pequeño pueblo quedaron absorbidos por un clamor de indignación. Recibí cartas anónimas llenas de insultos y vilipendios. En una de ellas incluso amenazaban con matarme si volvía al pueblo; otras eran simplemente obscenas. Una venerable anciana a quien conocía de toda la vida me decía en su carta que, pese a no ser partidaria del linchamiento, no movería un dedo para impedir que una turba arrastrara mi “corpachón abotargado” por la plaza del pueblo. Más adelante me informaba de que mi madre estaba postrada, “más pálida que un fantasma” y que “ya no se levantaría más de su cama”».
«El efecto final de esos cinco años de escritura incesante fue la sensación de que no podía descartar nada y que, además, estaba obligado a contarlo absolutamente todo, que nada podía quedar meramente insinuado».
(Traducción de Juan Cárdenas)

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