Cuando la ligereza se combina con la densidad se produce el milagro de la sugerencia. Tal es, a mi manera de ver, el mayor encanto de estas bellas y profundas páginas que componen el último trabajo literario de Pascal Quignard, No hay lugar para la muerte (Shangrila Ediciones, 2026). Un libro que pone el acento en todo aquello que ni el paso del tiempo ni la muerte pueden hacer desaparecer: un tesoro de sabia madurez escrito al hilo de esos recuerdos que persisten a través de los años y a los que volvemos una y otra vez, quizás porque guardan algún secreto importante que todavía no nos han revelado. Son pequeñas narraciones, a medio camino entre la ficción, el ensayo y la memoria; prosas febriles, misteriosas en ocasiones, llenas de imágenes sugerentes, escritas y desarrolladas con una gran libertad… Textos que en ocasiones se adelgazan y adensan hasta convertirse en poemas. Tal es la mirada que el autor dirige a la blanca y volátil semilla del diente de león, emblema de la vida que perdura eterna repitiéndose. De ahí también la presencia de los haikus, de Bashō y de Kobayashi Issa, figuras que comparecen en las crepusculares ensoñaciones de Quignard casi como fantasmas, solo lo preciso para hacernos alguna valiosa señal. Las acompañan otras presencias igual de evanescentes, apenas nombradas, como las trágicas hermanas Brontë (con sus perros llorando su muerte), como Chopin, Baudelaire… Basta rozar la cuerda para que el sonido se adueñe del espacio.
No hay lugar para la muerte es un libro donde cabe casi de todo: ficciones, ensoñaciones, recuerdos, poemas, reflexiones… Muchas veces, las situaciones más corrientes son la inesperada fuente de donde surgen la meditación y el hallazgo feliz. Un simple viaje en tren puede ser el catalizador que provoque la revelación. Acunado por las voces de los otros pasajeros, el viajero se ve asaltado por una imparable ola de recuerdos, lecturas y fantasías que brotan y se encadenan sin otro orden ni concierto que el de su belleza y poder de sugerencia. Tampoco son raros en el libro algunos escenarios más solitarios o especiales, incluso salvajes, transfigurados por la belleza de lo que sabe permanecer virgen: cumbres cubiertas de niebla, interiores sumidos en la penumbra, bosques oscuros, pistas forestales laberínticas… todos aquellos, en suma, donde arraiga esa curación cercana al peligro de la que nos hablaba Hölderlin. Y es en estos espacios, comunes o extraordinarios, donde se desarrollan las historias, siempre muy cercanas al autor, levemente delineadas, enigmáticas a veces, todas cargadas de ese poder de sugerencia que nos devuelve a la vida al ponernos en comunión con las fuerzas del espíritu que la sustentan, con la belleza y verdad que alumbra el pensamiento profundo y certero.
Dividido simplemente en capítulos numerados, el libro de Pascal Quignard anda muy lejos de ser una novela. Cada uno de los textos que conforman sus cinco grandes apartados constituye una estampa independiente, tan libre de etiquetas como los movimientos de una gran suite de cámara en la que nos adentráramos sin saber qué tesoros de sugerencia nos aguardan escondidos en sus compases. Breves y densas narraciones donde la imaginación siempre termina iniciando un vuelo meditativo. Así, la muerte repentina de un pianista nos depara una aguda reflexión sobre la extraña mecánica de los sentimientos, de dolor o de tristeza, que parecen tener una vida independiente, distanciada casi siempre de las circunstancias y estímulos que estuvieron en su origen («las verdaderas coincidencias jamás son sincrónicas»). Es el mismo desfase temporal que señalaba Rilke entre sus experiencias vitales y el alumbramiento de la obra que las sublimaba: señal de ese trabajo inconsciente, misterioso y callado, que obra en lo más oculto de nosotros y donde la acción del tiempo ejerce un imperio determinante sobre las experiencias pasadas y su recuerdo.
Hay mucho de ficción es este bello libro, pero sobre todo hay memoria. Recuerdos que en ocasiones despiertan los objetos más modestos: un columpio viejo y despintado, el cristalito de la polvera de una bisabuela… Un cuaderno lleno de apuntes del pasado, revelaciones fugaces de adolescencia, evocaciones de familiares y amigos, de la escuela, del descubrimiento del sexo… Recuerdos que no se agotan en la simple nota más o menos autobiográfica, sino que devienen en profundas reflexiones sobre el poder de la memoria. Una experiencia reciente, en apariencia intrascendente, también puede ser el motor de una intensa reflexión; y así, una cena acompañada de amigos se prolongará en una solitaria velada nocturna en el jardín de la casa, que pone al autor en una situación emocional óptima para descubrir una faceta significativa de la personalidad de un músico como Chopin. La conjunción de elementos favorables ha provocado en el narrador la súbita revelación de un enigma humano, la adivinación del secreto más íntimo de un artista con el que cree compartir una parecida actitud ante el mundo y su belleza: el silencio «tan particular que se hace después de la música»; «la ensoñación junto a las antorchas apagadas, junto al piano cerrado».
Aunque no traten específicamente de música, todas las estampas (sine nomine, bellas piezas de «música pura») que integran No hay lugar para la muerte guardan siempre algo en su interior que la recuerda, algún elemento significativo de su argumento o escenario: una metáfora musical, un instrumento, un intérprete o compositor, la crónica de un ensayo… Puede ser la aparición fugaz de un viejo piano Bechstein, visto y tocado en Nagasaki y que había estado allí, en la ciudad, antes de la bomba y ha sobrevivido; o el ensayo de un organista, con su ritual mil veces repetido, casi tan sagrado como el espacio donde tiene lugar; o la evocación de la víspera de un concierto, en cualquier lugar, en cualquier época, con la soledad de las habitaciones de hotel pesando sobre el ánimo, con la suma de otras soledades anteriores que también se amontonan en el recuerdo… Se mantiene así el autor fiel a un arte que ha nutrido su vida y su obra desde el comienzo. Hay muchas maneras de hacer honor a la música, y la mejor de todas es lograr que los propios pensamientos, la memoria, las mismas palabras alcancen ese vuelo, esa levedad y poder de sugestión que tienen los sonidos.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
* Esta reseña ha sido publicada también en Zenda

El primer libro de un narrador siempre resulta significativo. El lector que se acerca a sus páginas puede tener la certeza de que todo lo que allí se le ofrece es la sincera confesión de una personalidad. Al autor novel le acucia una urgencia de autenticidad, de desnudarse ante sus lectores, de mostrarse y verse tal como es. En el caso de que escriba una novela, el componente autobiográfico será quizás determinante. ¿Qué mejores materiales para alimentar una historia que los brindados por la propia experiencia? Si se trata de un conjunto de relatos, el libro revelará además un valioso muestrario de los diversos caminos narrativos que el autor ha tomado en consideración. Tal es el caso de Nuestro destino común (Caligrama, 2026), de Miguel A. Castro, un extenso acopio de textos donde ficción, reflexión y memoria se reparten de manera equilibrada y diversa. A pesar de lo variado de la colecta, detectaremos enseguida un hilo conductor que la unifica. En todos los relatos que componen el libro se manifiesta una preocupación constante por lo vulnerable de la condición humana, por esa herencia común que nos hermana en el dolor, en la añoranza del pasado, en el anhelo de una existencia mejor que todos creemos merecer y por la que debemos luchar… La meditación surge al compás de los recuerdos, y la ficción busca medios para vestirla de manera artística, trascenderla, mostrárnosla de mil maneras diferentes. Son los tres componentes (memoria, reflexión, imaginación) de esa inquietud humanista que constituye el corazón de este hermoso y sincero libro.
La traducción a nuestra lengua de un autor inédito siempre es una buena noticia, y más aún cuando su interés literario resulta incuestionable. Es el caso de William Carleton (1794-1869), un escritor irlandés desconocido hasta la fecha en nuestras latitudes. De camino a Maynooth (Ápeiron Ediciones, 2026) es una divertidísima sátira protagonizada por un joven campesino irlandés que aspira a convertirse en sacerdote católico. Extraído de Traits and Stories of the Irish Peasantry (1830-1834), el relato nos revela una faceta muy particular de la mirada que Carleton extiende sobre el campesinado de su país natal. El propósito de esta punzante narración no parece ser otro que el de poner de manifiesto la exagerada y poco fundamentada admiración que el pueblo irlandés tributa a la figura del sacerdote católico: una devoción que, según Carleton, solo puede explicarse por la ingenuidad e ignorancia de las clases populares. El innegable anticatolicismo que respira el texto (su autor terminó abrazando el protestantismo) es oportuno relacionarlo con la promulgación, unos años antes, de la Ley de Emancipación Católica (1829): culminación de un proceso legal que ponía fin a la discriminación política que sufrían los católicos irlandeses, y al que el propio Carleton se opuso. Recibido con alborozo ―muy probablemente― en los medios protestantes ingleses, De camino a Maynooth constituye un valioso testimonio de su momento histórico; como también, un ingenioso e hilarante texto satírico donde el humor suaviza cualquier posible arista crítica.
Quizás no exista otro escritor moderno que haya encarnado mejor que lord Byron (1788-1824) el ideal renacentista de las armas y las letras; del hombre capaz de aunar la espada con la pluma, la vida activa y combativa con el sacerdocio literario e intelectual. Autor de una extensa e importante obra lírica y narrativa, el vate inglés asumió un compromiso por la libertad de Grecia que le costó la vida, pero que le granjeó también una gran celebridad como héroe y hombre de acción. Su vida fue, sin duda, «romancesca» (en el mismo sentido en que Armas y Cárdenas ponderaba la del poeta y soldado del Renacimiento español Hernando de Acuña): una existencia tan plena de amores, lances y aventuras que el estudioso de nuestros días bien pudiera verse en la disyuntiva de rendirle una monografía o convertirlo en personaje de una novela. Ambas opciones podrían ser fructíferas, pero aún me parece mejor la perspectiva ―me atrevería a decir, intermedia― que Lorenzo Luengo adopta en su reciente libro, El don tenebroso (Espuela de Plata, 2026), donde nos ofrece un completo retrato de Byron y su mundo (las mujeres de su vida, Percy y Mary Shelley, Polidori…). La aproximación del autor es profunda y muy documentada, ramificada como un árbol frondoso, rico en sabiduría, belleza e imaginación, que no teme extender sus ramas tanto al terreno del ensayo como al de la creación literaria, añadiendo también la nota personal o incluso el apunte autobiográfico.
Ahora que los canes nos ladran desde los estantes de todas las librerías, no hay escritor apenas al que le falte el suyo o editorial que no disponga de una camada repartida entre sus colecciones, resulta gratificante constatar que la pasión literaria por los perros no es ocurrencia de última hora ni resabio oportunista crecido al amparo de los anuncios de comida para mascotas y series de televisión. Es decir, no escasean autores de toda la vida que tributaron sinceros homenajes a la tribu de los pulgosos. El aficionado a la buena literatura podrá, pues, sumar a los emotivos relatos de Kipling, al Señor y perro de Thomas Mann o al Flush de Virginia Woolf (cito solo algunos de los textos más memorables) esta simpática novela (Salamandra, 2024) del húngaro Sándor Márai (1900-1989), un autor muy conocido, leído y apreciado en nuestro país.
En uno de sus más breves y sugestivos relatos («De cómo llegó el enemigo a Thlunrana», 1915) lord Dunsany nos relataba la historia de un poderoso ídolo al que las antiguas crónicas de su pueblo habían profetizado una derrota inevitable. En una sola noche, la tiranía del temible dios se derrumbará por la simple acción de un visitante furtivo que penetra en su santuario y se ríe al contemplarlo. La risa puede ser un arma considerable, pero si además se reviste con las galas del arte y el ingenio ―dígase caricatura, sátira o parodia― su fuerza se multiplica. Uno de los textos más parodiados de los últimos tiempos es el famoso Struwwelpether (1845) de Heinrich Hoffmann (traducido como ‘Pedro Melenas’ en nuestras latitudes): un librito de pocas páginas y profusamente ilustrado que narraba (con un propósito ejemplarizante no falto de una notable crueldad) los accidentes y castigos sufridos por unos niños revoltosos y desobedientes. Gracias a la originalidad de sus dibujos e historietas en verso, el libro ganó pronto una enorme popularidad y fue merecedor de numerosas traducciones: condición necesaria para que sus exempla pudieran aprovecharse luego con intención satírica. Dos de las más interesantes parodias que ha merecido el citado texto son las que ahora publica Ápeiron Ediciones: Tragatrufas y Hitler Greñas: dos sátiras políticas contra el nacionalsocialismo (2026).



Es común asegurar —no sé si con suficiente conocimiento de causa— que muchos soldados alemanes de la Gran Guerra llevaban en los bolsillos de sus guerreras el famoso Canto de amor y muerte del corneta Rilke (1906). Si esto fuera verdad, no creo que tardaran mucho en descubrir la falsedad de esa romántica gesta de un abanderado adolescente que reúne en una sola noche eros con tánatos. ¡La realidad es un poderoso crítico literario! Nada más opuesto a dicha epopeya erótica y caballeresca, a la que pone punto final una muerte gloriosa, que el texto de André Suarès (1868-1948), C´est la guerre (1915). Si Rilke compuso su poema en el arrebato lírico de una inspirada noche del invierno ruso de 1899, el francés concibe su proclama en el dolor de una guerra que amenaza con desangrar su país: un visceral alegato forjado en una prosa poética tan doliente y desgarrada como una herida abierta, tan belicosa y lacerante como el filo de una bayoneta. En el campo de batalla de Grodek la primavera no llega ni fría ni tarde. Sencillamente, no llega.
Al igual que su gran amigo y vecino de Concord, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson (1803-1882) fue un gran aficionado a los paseos campestres, así como a dejar constancia escrita de las meditaciones que le inducía la contemplación de la naturaleza. El libro que acaba de publicar Hermida Editores, Verano indio (2025), recoge una amena e interesante selección de entradas y fragmentos pertenecientes a los Diarios del filósofo de Boston («Platón», según el simpático apodo que le pusiera la mujer de Hawthorne, Sophia): un inmenso legado autobiográfico publicado originariamente en diez volúmenes. La naturaleza no es, desde luego, un elemento casual ni accesorio en el pensamiento de Emerson, como así se manifiesta en uno de sus textos más importantes, Nature (1836), libro fundacional del trascendentalismo. La edición de Verano indio cuenta con un revelador prólogo escrito por su editor, Alejandro Roque Hermida, donde se ahonda en el pensamiento filosófico de Emerson tal como se manifiesta en el conjunto de sus monumentales Diarios. Se enriquece y complementa así nuestra lectura del libro, centrado prioritariamente en el paseo y la mirada atenta a la naturaleza.
Decía Hermann Hesse, en uno de sus poemas más celebrados, que todo comienzo alberga un particular encanto (ein Zauber inne). De parecida manera, la primera obra de un narrador inspira el respeto de lo novedoso, de lo que acaba de nacer, sobre todo cuando promete ser el inicio de un largo camino. Si el autor, además, ha puesto toda su ilusión, trabajo y talento en la tarea de escribirla, leerla o hablar de ella no puede ser sino un privilegio. También una responsabilidad. Iluminaciones (Pie de Página, 2023), de César Niño Rey, cumple con creces las expectativas que despierta la publicación de un primer libro de narrativa. El lector descubrirá en sus páginas una variada colección de relatos, compuestos con una admirable perfección y dotados de una originalidad innegable. De muy diversa extensión, algunos textos podrían ser considerados nouvelles, mientras que otros entrarían fácilmente en la categoría de la minificción (es el caso de «Apocalipsis»). El libro manifiesta además una notable disparidad de registros, propia quizás de un libro de relatos donde, por un lado, se recogen escritos de diversa data (así lo revela el autor), y por otro, se dibuja una encrucijada de caminos. Los textos de un libro de relatos no tienen que estar todos afinados, como la suite barroca, en una misma tonalidad. Los de César Niño no lo están, y como sucede en muchas ocasiones esta variedad también la agradecerán los lectores.





