Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal

portada_soledadEl amor a los libros puede expresarse de muy diversas maneras. Una de las más originales es la que manifiesta Hanta, el protagonista de esta bellísima novela que hoy reseñamos, Una soledad demasiado ruidosa (1976), del gran escritor checo Bohumil Hrabal (1914-1997). Aunque lleva treinta y cinco años trabajando en el reciclado de papel, Hanta no se ha acostumbrado todavía a contemplar con indiferencia la destrucción de los libros: esos centenares de volúmenes que le llueven a diario, mezclados con los papelajos más deleznables, en el oscuro y húmedo sótano donde trabaja con su rudimentaria prensa. Libros de Hegel, Kant, Nietzsche, Schelling, Goethe, Hölderlin, Novalis… Libros cuya lectura alivia su monótona y solitaria tarea, a muchos de los cuales «redime» simbólicamente introduciéndolos, cuidadosamente abiertos «por la página donde el texto es más bonito», en el interior de las balas de papel que va confeccionando. Su jefe, que lo vigila desde la superficie (como el vociferante carcelero del inicio del Persiles), no se muestra nada contento de sus lecturas, pausas y extraños rituales, y amenaza con despedirlo… Tal es el punto de partida de esta emocionante novela que acaba de reeditar Galaxia Gutenberg (en la magistral traducción de Monika Zgustova, gran especialista en la figura y obra de Bohumil Hrabal). Una soledad demasiado ruidosa (Příliš hlučná samota) es un texto de muy grata lectura, en el que quedamos prendidos desde sus primeras líneas. Sin párrafos que diseccionen los capítulos, con una narración en primera persona cercana en ocasiones al monólogo interior, la novela se construye ―rítmica y formalmente― a partir de una serie de ideas obsesivas que se repiten y se desarrollan a manera de un leitmotiv, entreveradas con discursos más extensos que nos revelan detalles de la vida de Hanta, de su historia y atormentada humanidad. Una estructura musical que se acelera en el último capítulo: una especie de stretto donde confluyen los diferentes motivos que han ido vertebrando la novela y que se cierra con un sorprendente desenlace.

Aunque el empaquetado de libros es una las acciones más llamativas del protagonista, Una soledad demasiado ruidosa es mucho más que un ejercicio de fetichismo, o que una performance que toma la materialidad del libro como objeto de experimentación artística. Además de ruidosa, la soledad en la que trabaja Hanta es también una soledad poblada de pensamientos. Unas meditaciones que, en su caso particular, vienen determinadas por su lucidez para percibir la melancolía de un mundo «que no se acaba de construir jamás». Y es que el empacado de los libros (o las láminas de pintores famosos con las que adorna los fardos de papel prensado) no es tan sólo un homenaje a sus autores. Esas exequias que Hanta tributa a los volúmenes desechados son también el símbolo de una cultura tocada de muerte, sospechosa, puesta en entredicho por la contradicción que media entre la miseria cotidiana que padecemos ―en una sociedad marcada por el consumo compulsivo y la generación de basura― y los discursos elevados de su filosofía: una distancia insalvable que nos recuerda Hanta cada vez que se asoma a contemplar las estrellas desde el mismo agujero pringoso por donde le arrojan los libros. Haciendo meditar a su personaje entre montones de papeles en descomposición, obligándolo a vencer escrúpulos morales por las ratas y moscas que mueren inevitablemente aplastadas en su prensa, Hrabal construye un texto que compendia tanto el cielo como el infierno de la experiencia humana. Incluso en sus recuerdos más personales y familiares, Hanta se complace en contraponernos lo más bajo con lo más elevado, lo más sublime con lo más prosaico y material: un conflicto cuya síntesis sólo puede resolverse en un ejercicio de melancolía.

Profundizando más en el evidente significado metafísico del libro, podemos reconocer en la actividad de Hanta una imagen de esa dramática entropía que configura el universo: ese agujero negro por el que se precipita todo lo que tiene la cualidad del ser, condenado a un ciclo imparable de destrucción y creación. El drama que supone la imposibilidad de torcerlo, de pararlo siquiera un instante, es lo que atormenta a Hanta; la certeza de que, parafraseando a Rilke, no hay ángel alguno que recoja las sonrisas que se ignoran. Esa avalancha de papeles diversos que le arrojan a Hanta para que los recicle es el mejor resumen de toda obra humana y su irremediable aniquilación. Desde lo más excelso a lo más miserable, nada se salva. Por momentos, el narrador nos parece una figura casi mítica, emplazada en un confín del mundo, en el vórtice o sumidero por el que se pierden todas las cosas: un destino inevitable del que se erige como lúcido testigo. Sus pequeños homenajes son apenas unos granos de polvo en el molino de la destrucción universal, que aniquila por igual a los seres queridos y a los ratoncitos que pululan entre la basura, que se ceba en esos trenes cargados de libros valiosos que se deshacen olvidados bajo la lluvia: una imagen poderosa del expolio y la destrucción que aceleran las guerras. En esta misma línea de pensamiento, Hanta extiende su mirada a otros trabajos subterráneos, en los que descubre insospechados parentescos con el suyo. Es el caso de los limpiadores de cloacas, testigos de una fantástica guerra entre ratas que se exterminan masivamentes, pero que generan de manera invariable nuevas facciones, siempre enfrentadas: un proceso en el que Hanta vislumbra un reflejo atroz de la dialéctica hegeliana que construye la historia.

Pero el poso más descorazonador que nos queda tras la lectura de la novela quizás no sea otro que la sospecha de que el futuro no nos traerá la solución. El progreso deshumanizado que caracteriza a nuestra sociedad avanza en todos los frentes, pero sobre todo en el de la destrucción. Así se resume en esa monstruosa planta industrial de reciclaje que Hanta visita en Bubny, donde contempla apabullado la rápida aniquilación de millares de libros, ejecutada sin emoción alguna por brigadas de jóvenes obreros, uniformados y protegidos por guantes. Un espectáculo compartido por los escolares que visitan las instalaciones, a los que se les inculcan esos valores de eficacia deshumanizada que tanto espantan a Hanta. Una labor en las antípodas de su modesto trabajo en el sótano, donde se ensucia las manos y se detiene a cada momento para recoger un libro o una lámina que le llaman la atención. El panorama de tantos libros destruidos, sin recibir ni tan siquiera una última mirada de curiosidad, induce a Hanta a evocar esas modernas granjas industriales que sacrifican en serie a millares de pollos («que apenas habían empezado a vivir»), colgados aún vivos de los ganchos donde se les extraen los órganos. Una muestra más de esa aniquilación fría y ciega, peligrosa por la inquietante posibilidad de que pueda extenderse a cualquier otro dominio. Una destrucción que, en el caso particular de Hanta, terminará engullendo su artesanal sistema de trabajo, declarado obsoleto.

Contrapesando de algún modo tantas notas pesimistas, la humanidad de los personajes que pueblan la novela nos reconcilia con nuestro destino. Bohumil Hrabal, que ha manifestado un compromiso ético y social en muchas de sus obras (como en su célebre novela Trenes rigurosamente vigilados; texto que inspirara el homónimo filme de Jiří Menzel), no se olvida tampoco ahora de los más desfavorecidos. Así lo descubrimos en esas sinceras estampas que nos dibuja Hanta de los gitanos de Praga, con sus fogatas encendidas en mitad de las aceras y sus miradas inteligentes, propias de una raza antigua y sabia. Contrastando con los personajes de Cristo y de Lao-Tse, que se le aparecen en la duermevela inducida por la cerveza, Hanta evoca también las pintorescas siluetas de dos pobres gitanas, dos adolescentes explotadas y golpeadas que, cargadas como mulas, le llevan papeles y cartones al taller. En esa misma categoría de seres desvalidos podemos encuadrar a otros personajes cercanos al protagonista. Hanta, que vive en un piso de las afueras de Praga, atestado de libros, alivia su melancolía y sus temores evocando escenas de su infancia. Las figuras de su madre y de su tío, las curiosas historias protagonizadas por sus extravagantes amigos y amantes, dan materia a algunas de las páginas más bellas de la novela. Unos recuerdos entre sentimentales y cómicos, cargados a veces de un humorismo bastante negro, pero siempre aparejados como ensoñaciones fantásticas, propias de ese peculiar realismo mágico que caracteriza la prosa de Bohumil Hrabal. Es el caso de las increíbles vagonetas de tren con las que se entretiene su tío, ferroviario jubilado, o los amantes tan variopintos y complementarios de los que se beneficia su antiguo amor, Maruja. Unos recuerdos que alcanzan su apogeo en las emotivas líneas finales del texto, desde las que Hanta parece lanzarnos una última advertencia: ¡No renuncies a la memoria mientras te quede un aliento de vida!

Reseña de Manuel Fernández Labrada

[Esta reseña también la puedes leer en El Cuaderno]

«Trabajé hasta bien entrada la noche y me refrescaba sacando la cabeza por el patio interior, y a través de aquella chimenea de cinco pisos miraba, como el joven Kant, un fragmento del cielo estrellado; después, tomando el asa de la jarra, a cuatro patas y con paso inseguro, subía la escalera y, tambaleándome, me dirigía a la taberna, compraba cerveza y volvía a bajar a tres patas a mi madriguera donde, sobre la mesa, a la luz de la bombilla, tenía abierto el libro Teoría general del cielo, de Inmanuel Kant… En el silencio de la noche, cuando los sentidos reposan calmados, habla un espíritu inmortal en un lenguaje difícil de designar, compuesto de conceptos, que es posible comprender pero imposible describir… Estas frases me afectaron de tal manera que me fui corriendo a sacar la cabeza al patio abierto para mirar el fragmento de cielo estrellado y sólo después continué cargando el papel asqueroso a la prensa con una horca, un papel lleno de familias de ratitas envueltas en una especie de algodón, de telaraña; de hecho, los que trabajan con papel viejo no son humanos, de la misma manera que tampoco lo es el cielo, yo ya sé que alguien lo tiene que hacer, pero en el fondo mi trabajo se reduce a una matanza de inocentes, tal como la pintó Pieter Brueghel, la semana pasada envolví todas las balas con la reproducción de ese cuadro»…
(Traducción de Monika Zgustova)
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Corazón de perro, de Mijaíl Bulgákov

bulgakovbuena.jpg15-junio-2020Quizás como consecuencia de las primitivas religiones tribales y sus componentes totémicos, nos hemos acostumbrado a proyectar sobre los animales valores morales propios de los humanos. En las fábulas de todas las épocas el león representa el valor, el zorro, la astucia; el águila es orgullosa y las liebres son tímidas… El perro, en virtud de su estrecha relación con el hombre y sus valiosos servicios, ha simbolizado la lealtad. Sin embargo, y por idénticos motivos, el perro es también, en ocasiones, una sombra incómoda: una circunstancia que puede convertirse, en manos de un escritor inteligente, en una irresistible fuente de comicidad. Así lo hizo Cervantes en El coloquio de los perros, o Panizza en su Diario de un perro. Y así ocurre también en esta divertida novela de Mijaíl Bulgákov (1891-1940), Corazón de perro (1925), donde la prueba de cargo que nos brinda el mejor amigo del hombre se conjuga con el feo asunto de la experimentación con animales, una práctica doblemente horrorosa cuando se pretende imponerles rasgos o caracteres humanos: una abominación (Infandum!, como diría Virgilio) que ya se manifestaba —con muchísimo menos humor— en la célebre novela de Wells, La isla del doctor Moreau. Traducida por Marta Sánchez-Nieves para Mármara Ediciones, Corazón de perro vuelve a recordarnos que la ciencia-ficción puede ser mucho más que un vehículo de evasión: una literatura comprometida que, apuntando en apariencia hacia el futuro, pone en cuestión nuestro propio presente.

El núcleo de Corazón de perro lo constituye una ambiciosa operación quirúrgica que se corona con un resultado fantástico e increíble, encuadrable en el ámbito de la más pura ciencia-ficción. En la estela de los doctores Frankenstein, Moreau y otros ilustres científicos frikis, Filipp Filíppovich Preobrazhenski es un hábil cirujano aficionado a la eugenesia, tan osado como para proponer a una de sus pacientes un transplante de «ovarios de mona». Sus excelentes relaciones con las altas jerarquías soviéticas le permiten disfrutar del inmoderado lujo de un apartamento con siete habitaciones, dotado de criada y cocinera, y donde consume a diario manjares sin cuento. Así lo veremos en ese desternillante almuerzo descrito en el capítulo tercero: una especie de cena de Trimalción en la que Filipp Filíppovich imparte lecciones de savoir vivre a su modesto ayudante, el doctor Bormental, mientras lanza pullas contra los revolucionarios de la sociedad colectiva de la vivienda, que cantan a coro hacinados en un piso cercano y han intentado infructuosamente arrebatarle alguna de sus estancias. Si en el protagonista de Diario de un joven médico podíamos entrever un retrato autobiográfico de Bulgákov, de sus experiencias tempranas como médico rural, más difícil nos resultará reconocerlo en la figura de Filipp Filíppovich: un cirujano bastante sospechoso, cuyo sibaritismo e indisimulado egoísmo le quitan mucho hierro a sus críticas, por muy fundamentadas en el sentido común que le parezcan. Como en casi todas las sátiras, el punto medio, las medias tintas, brillan por su ausencia.

Pero el verdadero protagonista de la novela —o al menos, el personaje que concitará las mayores simpatías del lector— es Shárik: un perro vagabundo al que un cocinero desalmado ha arrojado agua hirviendo y se encuentra, de la noche a la mañana, recogido en el lujoso apartamento de Filipp Filíppovich, que lo trata a cuerpo de rey. Un perro que manifiesta una divertida mezcla de sensatez e instintos caninos, que no duda en morder al ayudante, al doctor Bormental («el marcado con dientes», «la víctima del can»), cuando intenta curarlo; que también se ensaña con una lechuza disecada, pero que —en un rasgo muy humano— se rinde a la lujosa correa con la que lo sacan a pasear, en la que su avispado instinto ha descubierto un símbolo de estatus que hace rabiar de envidia a los otros perros y le granjea el respeto del galoneado conserje del edificio. Shárik, que comparte muchas de las exquisiteces que se consumen en la mesa de su patrón, y es bien acogido en el sancta sanctorum de la cocinera, manifiesta una sincera admiración por su nuevo amo, en el que ve a un hombre de poder. Lo que ignora el satisfecho can es que su protector, preocupado por hallar un procedimiento que rejuvenezca a sus influyentes pacientes, tiene entre manos un ambicioso experimento: implantar en un perro una hipófisis y unas gónadas masculinas. La escena de la operación, de cierta dureza, quizás no le guste a muchos lectores, «encariñados» ya con Shárik. El autor bien podría habernos ahorrado algunos detalles, aunque tal vez deseara mostrarnos la inhumanidad de los experimentos con animales, que no solo se extienden a las ratas de laboratorio. Parece ser que el cirujano francés Serge Voronoff (1866-1951), de origen ruso y autor de controvertidos transplantes entre hombres y animales, fue el personaje real sobre el que se modeló la figura del doctor Philipp Philíppovich. En el caso concreto de los perros, tampoco creo que Bulgákov desconociera los crueles experimentos de Ivan Pávlov, el famoso premio Nobel (1904) ruso, descubridor del reflejo condicionado.

Pero volvamos a lo que nos ocupa. Llevada a feliz término la difícil operación, nos adentramos en la verdadera sátira, que comienza con la parodia de un diario de científico, ordenado por fechas, donde el maravillado doctor Bormental va dando cuenta de la extraordinaria metamorfosis de Shárik. La espontánea aparición de un lenguaje rudimentario en el nuevo ser, aunque reducido en un principio a palabras aisladas, es tan cómico como podía esperarse de quien ha sido concebido literariamente con el exclusivo fin de poner en la picota a un sistema político trufado de contradicciones. La convivencia con el transformado Shárik, cada día más parecido a un ser humano («un hombre pequeño y mal proporcionado»), propiciará una serie de graciosos malentendidos, así como numerosas escenas de gran comicidad que ponen en serio peligro la tranquilidad del médico y su estatus privilegiado. Sin perder del todo algunos atavismos caninos (los menos gratos), Poligraf Poligráfovich Shárikov se nos revela, en su recién adquirida faceta humana, como un verdadero impresentable: un descarado que enseguida reclama papeles de ciudadano, se emborracha y hurta, intenta abusar de las criadas, blasfema, comienza a leer a Engels y, para finalizar, consigue ser nombrado director de la subsección de limpieza de Moscú, un cargo que le permite… ¡exterminar gatos callejeros! Sin perder de vista la sátira política, Bulgákov parece extender su desagrado a la propia condición humana; o al menos, a una ciencia capaz de convertir «a un can dulcísimo en un malandrín tal que pone los pelos de punta». La crítica se vuelve más universal, ¡ya no golpea solo a los bolcheviques!:

Comprenda que lo terrible es que ya no tiene el corazón de un perro, sino precisamente uno humano. El peor de todos los que existen en la naturaleza.

Llegados a este punto, algunos lectores echarán de menos al perro Shárik de los primeros capítulos, su cálida «humanidad» y sus graciosas observaciones y comportamientos. Pero no deben preocuparse; no están solos. Los dos doctores también lo echan mucho de menos (quizás por razones más egoístas), y no se quedarán de brazos cruzados. Es lo bueno de la ciencia-ficción: admitido lo imposible, todo lo demás resulta relativamente fácil.

No hay que saber mucho de historia contemporánea para sospechar que Corazón de perro no pudo ser bien recibido en la URSS de 1925. Cuando la censura aprieta, escribir para las generaciones venideras puede ser algo más que una muestra de orgullo. Es el caso de la mayor parte de la obra de Mijaíl Bulgákov, al que la censura soviética apenas dejó publicar nada, sobre todo a partir de 1929. Aunque parece ser que el mismísimo Stalin apreciaba algunas de sus obras, y que le procuró un trabajo en el Teatro de Arte de Moscú, Bulgákov, que no simpatizaba nada con el nuevo régimen soviético, sufrió un ostracismo continuado. De poco sirvió que, en Corazón de perro, Filipp Filíppovich declarara que sus críticas no eran «contrarrevolucionarias», sino tan solo defensoras del sentido común. Lo cierto es que la sátira del nuevo homo sovieticus que se reflejaba en sus páginas —no demasiado agria quizás, pero peligrosamente divertida— determinó que la novela se prohibiera aun antes de publicarse (aunque disfrutaría, como otras obras perseguidas, de una prolongada difusión clandestina, en las copias, mecanografiadas o manuscritas, denominadas samizdat). No fue hasta 1987, al amparo de la Glásnot, cuando Corazón de perro vio finalmente la luz en una editorial rusa. Y es que, como viene a decirnos Lord Dunsany en un famoso cuento (De cómo llegó el enemigo a Thulnrana), la risa es el adversario más poderoso y temible, pues, «aunque habita entre los hombres, se trata de uno de los dioses».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«¡Esto sí es una personalidad! Dios mío, ¿hasta quién me has traído, destino perruno mío? ¿Qué hay tras una persona que puede, en presencia del conserje, meter a perros de la calle en una casa de la sociedad colectiva de vivienda? Fijaos, el canalla no hace ni un sonido o movimiento. Cierto que sus ojos están sombríos, pero, en general, se le ve indiferente debajo de la banda con galones dorados. Como si fuera lo que corresponde. Es estima, señores, ¡cuánta estima! Bueno, señor, y yo estoy con él y detrás de él. ¿Qué, conmovido? Pues ¡toma! Estaría bien darle un mordisco en esa pierna proletaria encallecida. Por todas las humillaciones de sus hermanos. ¿Cuántas veces me has desfigurado el morro con el cepillo, dime?».
(Traducción de Marta Sánchez-Nieves)
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La piedra de toque, de Edith Wharton

aaLos motivos que nos pueden llevar a escoger un libro de lectura son casi infinitos (algunos, más confesables que otros). En el caso particular de esta novela de Edith Wharton (1862-1937), La piedra de toque, me bastó con leer la información suministrada por la editorial para decidirme a comprarla. El argumento que se resumía en la contraportada me recordaba al de una de mis novelas más admiradas, Los papeles de Aspern, del insigne Henry James, gran amigo de la escritora. Dicen que todos los caminos conducen a Roma, por lo que cualquier vía para alcanzar una lectura gratificante —incluida la curiosidad maliciosa— me parece más que legítima. Una vez leída, debo declarar infundada cualquier duda sobre la originalidad de La piedra de toque, una novelita estupenda a la que solo deberemos conceder el crédito de asumir que la correspondencia privada de una novelista tan exquisita como Margaret Aubyn pueda desatar un éxito fulgurante entre el público más común. Traducida admirablemente por Laura Naranjo Gutiérrez para Contraseña editorial, La piedra de toque nos brinda una nueva oportunidad para acercarnos a esta aclamada y excepcional escritora estadounidense. No hay una sola página en toda la novela que no nos deslumbre por su inteligencia, por la ingeniosa ironía con la que su autora subraya el sinsentido de algunas relaciones amorosas, por el sutil análisis psicológico de unos personajes perdidos en un complejo laberinto ético y emocional.

En un primer momento, el argumento de La piedra de toque (The Touchstone, 1900) puede parecernos algo así como una variante de Los Papeles de Aspern (1888). En ambas novelas se explora el problema de la privacidad del artista; es decir, el dilema existente entre el derecho a salvaguardar la propia intimidad y la exigencia social de divulgar aquello que la fama ha convertido en monument historique: un leit-motiv frecuente en la narrativa de Henry James, que siempre se decanta por respetarla a ultranza. En La piedra de toque también tenemos un valioso y codiciado legado literario: las cartas íntimas de una famosa escritora fenecida, Margaret Aubyn. Su depositario es Stephen Glennard, el protagonista de la novela, que se enfrenta a la irresistible tentación de venderlas para poder casarse con su prometida. Si el anónimo protagonista de Los Papeles de Aspern estaba a punto de «venderse» personalmente a cambio de poseer los codiciados documentos del eximio poeta, Glennard, en La piedra de toque, venderá la correspondencia de su antigua amiga para sentar las bases económicas de su relación con Alexa Trent. El fuego en el que la despechada Tita Bordereau quema el legado de Aspern es, de alguna manera, el mismo que arde en la chimenea de Glennard; el cual, antes de decidirse a vender las cartas a un editor, valora durante unos instantes la posibilidad de destruirlas. La novela de Wharton continúa, pues, allí donde se interrumpe la de su colega James, ofreciéndonos la posibilidad de conocer las terribles consecuencias que entraña exponer a la frívola curiosidad del público una parte dolorosa de nuestra intimidad (las cartas de Margaret Aubyn, aparte de estar maravillosamente escritas, tienen la cualidad añadida de poner en evidencia la asimetría de una relación en la que Glennard jugó el papel de «villano»). Asistiremos, pues, al suplicio de Glennard, golpeado de manera inmisericorde por la descomunal acogida que merecen los dos volúmenes en que se ha materializado su infamia: un éxito editorial que se extiende a su círculo social más inmediato y no le deja casi ni respirar. Es tan grande el temor de Glennard a verse descubierto (o a sincerarse con su mujer) que por momentos casi nos cae simpático, y echamos de menos alguna voz que lo defienda. Desempolvar viejas cartas, como desenterrar antiguos tesoros, suele traer aparejado alguna maldición.

Obtenidos por Glennard los esperados réditos —una situación económica saneada y un matrimonio feliz—, su reto será cómo administrar la pesada carga de las cartas sin que comprometan fatalmente ese nuevo estatus por el que ha vendido su alma. Al fin y al cabo, una villanía no deja de serlo por muy justificada que esté. Y no se trata solo del temor a ser descubierto. Tanto Barton Flamel, el amigo —con apellido de alquimista— que le ha ayudado a fraguar la operación, como la propia Margaret Aubyn, desde el otro mundo, parecen concertados en arruinar su venturosa relación con Alexa Trent, tejiendo, al menos en la alterada imaginación del protagonista, unos extraños triángulos amorosos. Pero, como muchas ignominias que se cometen por amor, el camino de la redención no permanecerá cerrado durante mucho tiempo al pecador arrepentido. La infamia puede convertirse en la piedra de toque que pone en evidencia la solidez de una relación (en la que la figura de Alexa Trent brilla como el oro), o incluso en el catalizador que propicia un avance moral. Las cartas de la pobre novelista lograrán a la postre mejorar a su desganado corresponsal, ¡pero en beneficio de otra!

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«La literatura no le interesaba, y al principio las consideró como una extensión de su brillante conversación; más tarde se revelarían como el temido vehículo de una trágica importunidad. Por supuesto, sabía que eran extraordinarias: a diferencia de los autores que regalan su esencia al público y dejan para los amigos la cáscara seca, la señora Aubyn había reservado la más excepcional de sus cosechas para el recóndito sacramento del cariño».
(Traducción de Laura Naranjo Gutiérrez)
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La vieja señora Jones y otros cuentos de fantasmas, de Charlotte Riddell

La vieja señora Jones Casas encantadas, pesadillas premonitorias y apariciones espectrales son algunos de los placenteros sobresaltos que nos aguardan en esta recopilación de relatos de la escritora británica Charlotte Riddell (1832-1906), La vieja señora Jones y otros cuentos de fantasmas. Un libro que esperábamos con impaciencia desde principios de año, pero al que las circunstancias de confinamiento sufridas han condenado a comparecer ante sus lectores casi en verano. Aunque el frío y las nieblas otoñales forman un ambiente muy idóneo para la degustación de este tipo de historias, no lo creo tan imprescindible en el caso particular de Charlotte Riddell, aficionada a imaginar espíritus que se mueven a sus anchas por las verdeantes campiñas inglesas, incluso durante la época de la siega. El libro, publicado con la exquisita y sobria elegancia propia de Reino de Redonda, ha sido editado y traducido por Antonio Iriarte, que añade a sus magníficas versiones una nota previa donde nos informa con detalle de la procedencia de cada uno de los textos, en su mayoría inéditos. La vieja señora Jones y otros cuentos de fantasmas viene además acompañado de un ameno e interesante prólogo de la ensayista y novelista Pilar Pedraza, que nos dibuja un panorama de la casa encantada en la literatura y el imaginario victorianos, reflexiona sobre la figura de la escritora profesional de la época y nos da las claves necesarias para comprender la figura de Charlotte Riddell, así como su obra cuentística.

No cabe duda de que Charlotte Riddell es una escritora que sabe navegar con la mayor solvencia por el proceloso —y frecuentado— mar del relato de fantasmas, sin recaer en excesos tremebundos, respetando la linde que separa la fantasía del disparate, dejando en muchas ocasiones un resquicio abierto a la explicación racional (como en Sandy el calderero) o cargando en el debe de los personajes más ignorantes y crédulos (los denominados testigos poco fiables) los elementos más descaradamente numinosos. Lo principal no es tanto asustar como garantizar el placer a un amplio abanico de lectores (unos más incrédulos que otros), respetando las convenciones de un género de entretenimiento que, al menos en Inglaterra, tenía el listón colocado muy alto. La vieja señora Jones y otros cuentos de fantasmas reúne un conjunto de ocho relatos de gran calidad literaria, con personajes, escenarios y situaciones perfectamente elaborados, y en los que la aparición del fantasma no es siempre el elemento más llamativo. Una pizca de levadura fantasmal bien dosificada basta para dotar al texto de ese grado de tensión que define al relato magistral. Así nos hemos acostumbrado a verlo en muchas ghost stories de Henry James, y así ocurre también en algunos de los cuentos de este libro. Los verdaderos fantasmas, contrariamente a sus homónimos terrenales, nunca desean figurar en exceso.

Dicen que no hay nada bueno en ver cumplido un sueño. Pero mucho peor es, desde luego, ir comprobando, a plena luz del día, cómo una siniestra pesadilla se va haciendo realidad paso por paso. Tal es la terrorífica experiencia narrada en Hombre prevenido vale por dos, el primer relato seleccionado por Antonio Iriarte, portador de un desenfadado título (un proverbio: Forewarned, Forearmed) con el que la autora parece ironizar levemente sobre el núcleo de la trama: un sueño premonitorio y recurrente. El carácter pesadillesco del relato se continúa brillantemente en su resolución final, una escena bastante sorprendente y algo estrambótica. La Casa de los Nogales es la típica historia de una mansión embrujada: un cuento de Navidad narrado con algunos toques de humor y sus correspondientes gotas de sentimentalismo, deudoras de esa doble vuelta de tuerca que supone siempre la implicación de niños en el drama. Como en otros relatos de la autora, el protagonista es un escéptico, un valiente investigador que poco miedo le tiene al fantasma, y que por eso mismo conseguirá entender su mensaje. En La Casa de los Nogales este papel lo representa Edgar Stainton, un heredero de la mansión venido de Australia, y cuyo único temor es no poder limpiar el honor familiar reparando una falta del pasado. Sandy el calderero es otra estupenda historia, ahora narrada al amor de la lumbre durante una velada tempestuosa. Una pesadilla premonitoria, como la del primer relato, pero desarrollada con una mayor sutileza, economía de medios y grandes dosis de fantasía. Sandy el calderero es una de las mejores historias del libro, a mi manera de ver, con un fondo moral abierto a múltiples interpretaciones, que apela a sentimientos y creencias tales como la culpa, el libre albedrío o la redención. En La puerta abierta el hecho paranormal parece reducirse a una puerta que se empecina en no permanecer cerrada. El fenómeno, atentamente observado por el intrépido Phil, pierde con rapidez su carga terrorífica para convertirse, más que nada, en un acertijo irresoluble (como esa habitación cerrada por dentro de los cuentos policiales). Las artimañas del descreído joven para mantener cerrada la puerta mediante procedimientos mecánicos suponen un peligroso atentado a la lógica de este tipo de cuentos (aunque no iguale la impertinencia del célebre quitamanchas del relato de Wilde). Desarrollada en las bellas tierras de Meadowshire, el cuento tiene también su parte de experiencia aventurera y formativa, al brindársele al joven Phil una oportunidad para alejarse de ese Londres antipático de los negocios y las estrecheces económicas, y pueda así labrarse un futuro mejor. En La granja de los Avellanos vuelve a manifestarse la predilección de Charlotte Riddell por los bellos paisajes británicos y sus viejas mansiones campesinas, que los fantasmas no dudan en desamparar durante las noches para salir a pasear por los prados y senderos a la luz de la luna. Fantasmas que, además de asustar lo suyo, contribuyen también a la resolución de un crimen en el que se han visto implicados.

Y llegamos así al relato más extenso de la recopilación, La vieja señora Jones: una novelita cuidadosamente escrita, buen exponente de ese difícil arte que consiste en inquietar al lector y, a la vez, hacerle sonreír. Los inconvenientes de habitar una casa con fantasma aumentan mucho cuando se tienen habitaciones realquiladas. De ahí los apuros que sufrirá la familia del cochero Tippens a la hora de sacarle réditos a una imponente mansión que han alquilado a precio de ganga. Es lo de siempre. El confiado inquilino solo se entera de que la casa tiene un ocupa fantasmal cuando ya ha pagado la fianza que lo mantendrá atado durante un buen montón de meses a la propiedad. En La vieja señora Jones, el relato también gira en torno a un sueño revelador; porque de las restantes apariciones no queda muy claro hasta qué punto son «reales» o simples sugestiones supersticiosas. Solo durante el incendio final, con el fantasma de la pobre mujer trajinando por los tejados, se exhibe ostentosamente y de manera inequívoca el temido espectro. La última vez que se vio al Señor de Ennismore es, por el contrario, un relato muy breve, de poco más de diez páginas, magistral en su brevedad. Una casa solariega, enclavada en una costa azotada por mareas y corrientes traicioneras, es el teatro donde opera una chusma de fantasmas ruidosos y jaraneros. Su origen parece remontarse a un misterioso náufrago que hizo grandes migas con el Master. La afinidades electivas justifican sobradamente que el caballero de la pezuña hendida pueda ser el mejor compinche de un viejo crápula; sobre todo si, para romper el hielo, ha mediado un añejo tonel de exquisito coñac, regalo del mar tras un espantoso naufragio. En el último relato, Conn Kilrea, se explora una faceta diferente de las apariciones espectrales, la que sirve de anuncio (con toda la ambigüedad que ello conlleva) a un desenlace fatal: una reelaboración de las leyendas de la banshee irlandesa (de hecho, el protagonista del cuento es irlandés, como la propia autora). Conn Kilrea tiene todas las trazas de ser un relato de Navidad, tanto por el tono como por su ambientación. Al igual que en el célebre cuento de Dickens, la visita del fantasma también puede obrar como provechoso revulsivo o advertencia moral.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«El pastor hizo una pausa en su relato. En ese preciso momento, se levantó un tremendo golpe de viento que hizo temblar las ventanas de la rectoría, abrió de golpe la puerta del vestíbulo e hizo vacilar las velas y chisporrotear el fuego de la chimenea. Entre la sobrenatural historia y los aullidos de la tormenta, no hará mucha falta que diga que absolutamente todos experimentamos ese creciente desasosiego que tan a menudo sugiere la sensación de que a uno le roza algo venido de otro mundo, como una mano alargada a través de la frontera del tiempo y la eternidad, y cuya frialdad y misterio hacen estremecerse incluso al más aguerrido de los corazones».
(Edición y traducción de Antonio Iriarte)
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La metamorfosis de las plantas, de J. W. Goethe

Portada-Metamorfosis-plantasEn el mundo antiguo no era raro que los filósofos se ocuparan de amplias parcelas del saber, tanto científicas como humanísticas. El ejemplo de Aristóteles es el más evidente, pero la lista completa, en realidad, resultaría interminable: Pitágoras, Demócrito, Plinio, Boecio… Durante la Edad Media y el Renacimiento, tampoco es difícil encontrar grandes figuras de saber universal, como Isidoro de Sevilla, Leonardo, Galileo o Kircher. Sin embargo, con el progresivo avance de la civilización occidental, la creciente especialización convirtió en imposible lo que en el mundo clásico era casi una norma. Desde este punto de vista podemos considerar a Goethe (1749-1832) como uno de los grandes epígonos de una época en la que todavía era factible que un individuo cultivara amplios campos de conocimiento sin recaer en la trivialidad o el diletantismo. Autor de una amplia y variada obra literaria, Goethe manifestó también, a lo largo de toda su vida, un gran interés por las disciplinas científicas, como se confirma en su monumental Teoría de los colores (1810), obra muy ambiciosa donde rebatía algunos de los postulados de Newton. Filósofos, pensadores y algunos hombres de ciencia actuales siguen valorando la obra científica de Goethe, sobre todo por su particular enfoque humanista. Y es que la compartimentación de saberes y tareas despierta hoy en día una apreciación desconfiada. Aspiramos a un nuevo humanismo que nos permita relacionarnos con el medio natural de una manera más empática, y nos libre de convertirnos en simples engranajes de una máquina que ni entendemos ni controlamos. Algunos textos son como cargas de profundidad. Cuando parecen a punto de morir arrinconados, nos sorprenden revelándonos secretos y tesoros que responden a nuestras inquietudes más profundas y actuales.

Ediciones Atalanta pone a nuestro alcance uno de los textos científicos más bellos y estimulantes de Goethe, La metamorfosis de las plantas (Versuch die Metamorphose der Pflanzen zu erklären, 1790). Un libro que nos acerca a la morfología y desarrollo de las plantas, fruto de sus experiencias botánicas en la corte de Weimar (donde disfrutó de la posesión de un huerto), así como de las observaciones recogidas durante su ulterior viaje a Italia. Una estupenda oportunidad para redondear nuestra visión del genio de Weimar. El editor del texto, Gordon L. Miller, nos ofrece además un profundo análisis de las claves del pensamiento botánico de Goethe, resumiéndonos también su influencia en personalidades científicas y pensadores posteriores. Pero lo más decisivo para el disfrute del lector es, sin lugar a dudas, su prodigioso trabajo de documentación visual, que se concreta en una atractiva galería de grabados y fotos de insuperable calidad, que ilustran todos y cada uno de los pormenores del texto. En años posteriores, Goethe compuso también una elegía de parecido título, La metamorfosis de las plantas (1798), que el editor ha tenido el acierto de incluir en el libro, perfectamente traducida también por Isabel Hernández. Este emocionante poema, que no alcanza el centenar de versos, es una prueba evidente de lo muy unidas que estaban en el pensamiento de Goethe la ciencia y la poesía: dos visiones complementarias y no excluyentes. Un enfoque nada nuevo, por otra parte. Lucrecio y Manilio escribieron sus célebres tratados científicos en verso. Incluso Columela, al completar su tratado de agricultura hablando de los jardines, creyó necesario abandonar la prosa en favor del verso, en un imposible intento de emular a Virgilio. En los versos iniciales de las Metamorfosis de Ovidio se escuchan los ritmos que sacudieron al Cosmos en su origen. Al fin y al cabo, el artista y el científico iluminan el mundo bajo una misma mirada atenta.

El extraordinario viaje que media entre la semilla y el fruto es el argumento de La metamorfosis de las plantas. La búsqueda que en un principio emprendiera Goethe de la famosa Urpflanze (un arquetipo viviente del que derivarían todas las plantas) es sustituida en su ensayo por el análisis de la hoja como elemento proteico de la planta, sujeta a sucesivos ciclos de expansión y concentración, obrados en virtud de un refinamiento progresivo de la savia. La moderna botánica seguramente tendrá mucho que decir al respecto. Pero nosotros, que consideramos las Geórgicas como el mejor tratado de agricultura imaginable, no necesitamos saber tanto, y estamos dispuestos a disfrutar de la lección de Goethe con la misma ingenuidad de esos niños que se deleitan contemplando una exhibición de magia. Porque La metamorfosis de las plantas es, sobre todo, un ejercicio de mirada maravillada, una invitación a disfrutar de la vida a través de la observación minuciosa de los frutos de la naturaleza y sus mutaciones caleidoscópicas: un placer que podremos alcanzar si adoptamos una lectura atenta y demorada, arropados por los extraordinarios recursos gráficos que acompañan al texto. Alcanzaremos así un placer comparable al que experimentamos cuando, al escuchar una sonata, somos capaces de distinguir y seguir la elaborada evolución formal de cada uno de sus temas y motivos, que se repiten, amplían, reducen o desarrollan a lo largo de todo el proceso generativo de la pieza. Si la naturaleza es un libro, los libros, cuando alcanzan cierto grado de excelencia, también pueden ser naturaleza, o al menos reflejarla.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Cada planta las leyes eternas te anuncia ahora, / cada flor conversa más y más alto contigo».
«La planta puede crecer, dar flores o frutos, pero siempre son los mismos órganos los que, con diferentes funciones y bajo formas a menudo mutadas, cumplen los designios de la naturaleza. El mismo órgano que se ha expandido en el tallo como hoja, adoptando formas sumamente variadas, se repliega ahora en el cáliz, vuelve a expandirse en el pétalo, se contrae en los órganos reproductores y vuelve a expandirse por última vez como fruto».
(Traducción de Isabel Hernández)

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Casa de campo de Goethe en Weimar

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Amar y revivir. Cuentos selectos, de Mary Shelley

aNo hay nada peor para nuestra libertad que tener la desgracia de caer bajo el peso de alguna etiqueta. Ni siquiera las más merecidas resultan cómodas para quien las lleva, y una gran parte de nuestra lucha diaria consiste en evitar vernos atrapados por alguna. En el terreno concreto de la literatura tampoco escasean. No se libran de su tiranía ni los escritores más insignes, quizás porque algunos estudiosos las consideran una herramienta eficaz. La rutina es, desde luego, su mejor aliada. Sin embargo, la recepción de los autores cambia con el paso del tiempo. Es entonces, bajo la nueva perspectiva, cuando descubrimos que algunas estaban mal puestas o simplificaban demasiado. Amar y revivir, la selección de cuentos de Mary Shelley (1797-1851) que acaba de publicar Hermida Editores, supone un avance en esa saludable remoción de tópicos y lugares comunes, al brindarnos la posibilidad de ampliar nuestra visión de la célebre escritora británica, reclusa ocasional en esa tenebrosa mazmorra gótica donde cumplen condena tantas féminas literatas del siglo XIX (algunas con mayor justicia que otras). El artífice de la edición, Gonzalo Torné, ha reunido un sugestivo ramillete de textos, conocidos y menos conocidos, que ilustran a la perfección la amplia gama de intereses y matices que mueven la pluma de Mary Shelley, tal como defiende en su esclarecedor prólogo: La examinadora de mitos. Hábilmente secuenciados para mantener despierto nuestro interés de lectores, en todos los cuentos brilla la prosa rápida y nerviosa, siempre imaginativa y apasionada, de su autora. 

Aunque abundan en el libro los castillos, las tormentas, los personajes deformes o malvados, las doncellas amenazadas…, el lector pronto apreciará que el universo de Mary Shelley no puede reducirse a la simple etiqueta de literatura gótica. Ya el primer relato, La Parvenue, se nos revela como una denuncia del poder corruptor del dinero, capaz de arruinar la vida de los más humildes, víctimas inocentes deslumbradas por una riqueza repentina. Ferdinando Eboli, por contra, recoge ya muchos tópicos y escenarios propios de la literatura gótica y romántica, como son el doppelgänger o doble, los castillos con calabozo o los bandidos generosos. No le falta al cuento ni tan siquiera esa rivalidad terrible que prende entre dos hermanos, y que Dumas y Heine ilustraron en algunos de sus relatos y poemas más espeluznantes. La protagonista, Adalinda, tampoco encaja nada mal en el prototipo de doncella gótica, aunque dotada en su caso de esa particular dosis de arrojo y determinación con que Mary Shelley concibe a sus heroínas.

A partir de este segundo relato, Ferdinando Eboli, el lector deberá irse acostumbrando a encontrar mujeres de gran resolución al frente de muchas historias. Precursora del feminismo moderno, Mary Shelley no solo denuncia la posición subordinada que sufren las mujeres en un mundo dominado por los hombres, sino que también gusta pintarnos tipos femeninos de superlativa valentía, capaces de luchar con éxito en la defensa de sus derechos y preferencias. Una muestra elocuente de lo primero lo hallamos en La novia de la Italia moderna, un relato de ambientación contemporánea que reparte sus críticas entre la falsa religiosidad de los conventos católicos y las costumbres sociales que obligan a las jóvenes a contraer matrimonio a la fuerza. La ominosa clausura de los conventos, tan presente en el universo gótico (y que tanto juego le dio a Lewis en su Monje), recibe en el relato de Shelley un saludable toque de realidad y sentido común.

Pero en el universo literario de Mary Shelley las mujeres casi nunca se resignan a representar el papel subordinado que les toca («un papel similar al de los soldados: se llevaban todos los golpes y no participaban de la gloria»). Es el caso de las denominadas «mujeres viriles» (una figura muy apreciada en nuestro teatro áureo): hembras de inaudito arrojo que actúan en ocasiones disfrazadas de varón. Así podemos verlo en Un relato de pasiones, una truculenta historia de amores, celos y venganzas que tiene como contexto las luchas entre güelfos y gibelinos. O en el brevísimo relato titulado Una rima falsa, donde la protagonista (un poco a la manera de la Leonora de Fidelio) arriesga su vida en beneficio del marido inocente. Ni siquiera en los relatos con más imaginería gótica dejan las féminas de manifestar una valentía fuera de lo común, como en ese magnífico cuento titulado El sueño, en el que la protagonista, Constance, no duda en echarse a dormir en el espantable y vertiginoso lecho de Santa Catalina (otra fémina viril). Su decisión hará posible que el perdón y el amor triunfen sobre la venganza que preconizan los estrictos códigos feudales. A estas alturas, el lector del libro estará ya más que advertido de la predilección que manifiesta Shelley por la ambientación histórica medieval o renacentista, y muy particularmente por aquellas que se desenvuelven en las temperamentales tierras italianas, que tanto prestigio han disfrutado siempre entre góticos y románticos, al menos desde que Horace Walpole hizo aparecer un yelmo gigantesco en el patio de uno de sus castillos.

Si la figura del sueño es un motivo de meditación importante en el pensamiento romántico, no lo es menos la inmortalidad. Tres de los cuentos recogidos en Amar y revivir tocan muy de cerca este asunto. En el más famoso de todos, El mortal inmortal, la desventurada sombra del Judío errante parece proyectarse sobre la figura del joven protagonista: un ayudante del célebre alquimista Cornelius Agripa que pretende romper las leyes de la naturaleza. El mortal inmortal es un relato estupendo, equilibrado en su forma, que mantiene despierto el interés del lector a lo largo de sus variadas peripecias. Su apelación a una ciencia que rebasa todos los límites lo aproxima al famoso Frankenstein. Aunque más alejados del mundo de la ciencia y de sus peligros, otros dos relatos de Shelley nos ofrecen una visión complementaria de la inmortalidad. El primero de ellos, Roger Dodsworth: el inglés reanimado, es la crónica de una «animación suspendida», impregnada de un tono levemente humorístico, como si la autora pretendiera parodiar el lenguaje frívolo de la prensa sensacionalista. Un nuevo registro de la escritora que nos recuerda inevitablemente al célebre cuento de Poe, Conversación con una momia. El tercer relato, Valerio, el romano reanimado, narra también una historia de supervivencia más allá de los límites naturales. Desprovista en su caso de cualquier atisbo de humor o reflexión científica, el relato deriva hacia la dolorosa evocación de un pasado glorioso: una interesante variación del poder sugestivo de las ruinas, narrado por dos voces complementarias y que se concreta en un emotivo homenaje a la Roma clásica. Creo que estos tres relatos señalan muy bien la amplitud de registros que puede abarcar su autora al tratar temáticas afines.

De los relatos que he dejado para el final, La transformación es uno de los más reconocidos. Todos los ingredientes románticos se reúnen en estas confesiones de un bala perdida, el donjuanesco y pendenciero Guido, despilfarrador e irrespetuoso, que suscribe un pacto diabólico nada convencional en sus cláusulas. Aunque breve y poco conocido, La Chica Invisible no deja de seducirnos por el encanto de su romanticismo aventurero y su pintoresco torreón, casi tan ruinoso como el de los Ravenswood. Mención aparte merece, para finalizar, Eufrasia. Un cuento griego, donde la sombra de lord Byron parece encarnarse en ese atormentado jefe de la cuadrilla de patriotas helenos en la que milita el narrador. Un relato quizás un tanto convencional, pero también un elocuente testimonio del extraordinario poder de seducción que ejerció la causa griega sobre muchos escritores y artistas de la época, incluidos algunos españoles, como Espronceda o Martínez de la Rosa.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Precipicios y acantilados de piedra caían sobre un océano que parecía muerto. Las cavernas bostezaban como bocas negras, y las aguas susurraban en los nichos de roca. A veces un promontorio abrupto me obligaba a desviarme. La noche estaba a punto de caer cuando el mar, como si estuviese siendo manoseado por el poder de un hechicero, desprendió una turbia neblina que ocultó el color del cielo. El espacio entero se oscureció, sometido a una perturbación sobrenatural. Las nubes adoptaron formas inquietantes y fantásticas, y, lejos de quedarse quietas, se alteraban y se recombinaban, como si obedeciesen los dictados de un perverso encantamiento. Las olas levantaron unas crestas blancas, el trueno rugió, las aguas se volvieron púrpuras. A un lado se extendía el mar interminable, al otro, un promontorio. De repente surgió un navio impulsado por el viento…»
Traducción de Gonzalo Torné
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Consuelo de la filosofía, de Boecio

COB-Consuelo-Boecio-scaledEs un lugar común señalar la importancia de la filosofía en la vida diaria. Enfrentar los problemas con una actitud filosófica es algo que parece estar al alcance de todos, un remedio para el que solo hace falta un poco de calma y buena voluntad. No es raro que hasta el más insensato de nuestros amigos se atreva a brindárnoslo como consejo; como tampoco lo es que nos sulfuremos un poco al recibir una ayuda de efecto tan retardado. Y es que la paciencia (uno de los aliados más estrechos de la filosofía) es una virtud que en estos tiempos (los del 5G) escasea bastante. Y sin embargo, la filosofía es una de las pocas herramientas seguras con que cuenta el hombre en momentos de tribulación, cuando falla todo lo demás, ya sea nuestra particular buena suerte o ese gran paraguas llamado estado del bienestar. Y esto es así ahora más que nunca, cuando las teologías y religiones se baten en retirada, y los dioses nos dejan solos como si quisieran certificar nuestro ateísmo. Sin embargo, la filosofía todavía aguanta. Es más, empezamos a sospechar que aquella famosa máxima latina, Primum manducare, deinde philosophari, no era rigurosamente cierta. La mayor escuela de filosofía es la adversidad.

Hay muchas obras de filosofía famosas por su valor consolatorio frente a la mala fortuna. Hay, incluso, escuelas filosóficas enteras consagradas a esa difícil tarea de endulzar los tragos amargos. Ahora que confundimos muchas veces la filosofía con la felicidad (y el egoísmo con la autoayuda), no nos faltan tampoco manuales asequibles, fáciles y rápidos de leer. Pero si hay una obra clásica que puede encarnar a la perfección el valor terapéutico del pensamiento es este bellísimo texto que reseñamos, Consuelo de la filosofía (De consolatione philosophiæ), escrita en momentos de gran aflicción por una de las mentes más preclaras de su tiempo: Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (489-524). Espléndidamente traducida del latín por Eduardo Gil Bera, y publicada por Acantilado en su colección Cuadernos, Consuelo de la filosofía nos brinda un apasionante testimonio de coraje y supervivencia. No hay espectáculo mayor que el ofrecido por una mente poderosa poniendo en pie todos sus recursos, en duelo con la adversidad que la golpea. Se ha dicho que la figura de Boecio («el último romano») enlaza el pensamiento de la Antigüedad clásica con el medieval. Escrita en los albores de la Edad Media, Consolación de la filosofía (c. 524) resume, ciertamente, todo el valioso legado de la cultura grecolatina; en especial, su filosofía, que expresa arropada por el imaginario mitológico pagano y el ejemplo de algunas de sus grandes figuras históricas. Es así que Boecio no duda en servirse del astrónomo Ptolomeo para enfatizar la mezquindad del teatro de operaciones de la Fama, replica bellamente el topos de la Edad de Oro para censurar el acopio de bienes innecesarios, o cita a tiranos famosos como ejemplo del carácter mudable de la Fortuna. Cristiano de credo, mártir incluso para la fe católica (San Severino Boecio, desde 1883), Boecio no dedicará en Consolación de la filosofía ni una sola palabra a la nueva religión, más allá de defender la existencia de un Dios omnipotente que encarna el bien y la felicidad supremas.

Recuerdo que la primera vez que tuve noticia de Boecio (más allá de su mero nombre) fue leyendo un libro del musicólogo madrileño exiliado Vicente Salas Viu (1911-1967), Momentos decisivos de la música (Chile, 1954). El libro reunía (un poco a la manera de Stefan Zweig) una serie de viñetas de músicos ilustres en momentos clave de su vida, que a su vez servían como testimonio de cambios trascendentales en el devenir histórico. El primero de todos era Boecio, el autor del tratado De institutione musica, importantísimo puente de unión entre el pensamiento musical griego y el medieval. La imagen que nos pintaba Salas Viu 51Zs+FaC9lLno podía ser más patética: Sentado a su mesa, sin apenas tiempo para asomarse a la ventana de su calabozo en Pavía, Boecio escribe incansable su última obra, De consolatione philosophiæ, pues sabe que le queda poco tiempo antes de ser decapitado. Esto es, al menos, lo que nos transmite la tradición. Boecio, perteneciente a una encumbrada familia romana y depositario de una cultura fuera de lo común, había merecido desempeñar cargos públicos de enorme relevancia en el reino ostrogodo: cónsul, consejero y mano derecha de Teodorico el Grande. El mismo Boecio refiere en Consuelo de la filosofía muchos detalles acerca de su caída en desgracia, acusado de conspiración por el partido filogótico. Se autoincluye así Boecio en esa trágica nómina de sabios y filósofos de todos los tiempos que han sufrido persecución por inmiscuirse en la política defendiendo lo justo: Sócrates, Zenón, Séneca… Una música que ya hemos escuchado muchas veces.

Como bien podía esperarse de un autor con tan acusada impronta clásica, Boecio inicia su libro apelando a las musas, para que lo ayuden a materializar literariamente su pesar. Sin embargo (y ahí es donde ya se aparta de sus modelos homéricos o virgilianos), será la Filosofía quien responda a sus llamadas de auxilio: una severa dama que comienza su discurso afeándole su invocación a «sirenas» y «cortesanas del teatro», algo impropio de su condición de sabio (¡sus sufrimientos le han hecho olvidarlo!). Pero que no se alarme el lector, las paralizantes censuras de la nueva musa filosófica no le impedirán vestirse con todas las galas de «la retórica y la música», para ofrecernos un diálogo filosófico dotado de un acusado perfil artístico y literario. Así lo veremos en muchas de sus páginas, como en esa bellísima oración en la que se contrapone el armónico y acompasado ritmo de la Naturaleza, sus estaciones y bien regidos movimientos planetarios, con el desgraciado mundo de los hombres, sometidos al cruel y caprichoso imperio de la Fortuna. Y es que la Fortuna (sobre todo cuando es favorable: «indicio de una calamidad venidera») va a ser el primer objetivo de los ataques de la dama Filosofía, que pone de relieve, ante el atribulado Boecio, su irrenunciable carácter voltario, así como la necedad que entraña exigirle una estabilidad ajena a sus propias señas de identidad. A partir de este punto, la medicina se le irá aplicando al sabio de manera progresiva, brindándole cada vez remedios «más poderosos».

En una segunda etapa, tras el desprecio de la Fortuna, la Filosofía le va a enseñar a Boecio la difícil virtud de saber contentarse con poco. A tal fin, despliega ante el sabio la pintura de los grandes bienes que ha disfrutado en el pasado, así como de los que aún conserva, haciéndole ver algo tan evidente como es el hecho de que nadie está contento con su suerte. La felicidad verdadera nace de la victoria sobre las pasiones que enturbian la mente, un ideal estoico cuyo alcance se ve obstaculizado por todos aquellos «bienes falsos» que desvían la búsqueda del sabio: riquezas, dignidades, celebridad, poder, deleites, belleza física… Falsas vías que nos vuelven cada vez más dependientes y desgraciados, y cuyo prestigio la Filosofía desmonta con agudos razonamientos filosóficos, adornados, para nuestro mayor deleite, con bellas alegorías, relatos mitológicos y ejemplos señeros extraídos de la historia antigua. Pero no se quedará ahí la lección. En los últimos capítulos la Filosofía calmará otras incertidumbres que afligen al sabio, como son el triunfo del mal y de los malvados en un mundo sujeto, en apariencia, a la bondad divina; así como otras que animo al lector a descubrir y valorar ya por su propia cuenta.

No siendo probablemente tan sabios como Boecio, creo, sin embargo, que algo de positivo sacaremos de la lectura de este libro. Quizás nos cueste validar todos los razonamientos que defiende la Filosofía. El propio Boecio no deja de traslucir en ocasiones su escepticismo (con un fin meramente dialéctico, claro está). «Es una conclusión asombrosa y difícil de aceptar», opina el sabio, al oír a la Filosofía asegurar que la mayor infelicidad de un malvado es lograr sus fines o permanecer impune. En cualquier caso, la próxima vez que alguien nos sugiera tomarnos un problema con filosofía, es casi seguro que nos acordaremos del libro y no despreciaremos el consejo tan a la ligera. Aparte de disfrutar de un texto literario de gran belleza, habremos aprendido tal vez a relativizar unos grados nuestra suerte particular, a no envidiar a todos los «malvados» cuando triunfan (aparentemente), o incluso ―en el mejor de los casos― a contentarnos con menos cosas (la verdadera felicidad es «la que nos hace autosuficientes»). Quizás nos parezca entonces que el zorro de las uvas no era tan estúpido como lo pintan.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Si tratas de amasar riquezas tendrás que arrebatárselas a alguien. Si pretendes ostentar altos cargos tendrás que suplicar a quien los concede, de modo que para lograr elevarte por encima de los demás habrás tenido que rebajarte y humillarte suplicando. Si deseas tener poder, tendrás que someterte a las insidias y conjuras de tus súbditos. Si aspiras a la fama te debatirás entre complacer a unos y otros hasta que te consuman las preocupaciones. Si decides llevar una vida entregado a los placeres te convertirás en el despreciable esclavo del amo más mezquino y caprichoso, el cuerpo. Quienes presumen de sus atributos físicos ¡en qué frágiles posesiones basan su dicha! ¿Acaso es posible superar en tamaño a los elefantes, al toro en fuerza o al tigre en velocidad? Levanta la mirada hacia la bóveda celeste: contempla su permanencia, la velocidad con que se mueve y deja de admirar cosas insignificantes. Y comprueba que lo más admirable del cielo es la razón que lo gobierna» (traducción de Eduardo Gil Bera).
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Los discípulos en Sais, de Novalis

wLas piedras más pequeñas y singulares son muchas veces las más valiosas y duraderas. Tal sucede con algunos libros, y un buen ejemplo de ello puede ser —salvando las distancias— la breve novelita que hoy reseñamos, Los discípulos en Sais, obra del poeta y filósofo alemán Novalis (1772-1801). Uno de esos textos de importancia cardinal, que influyen en el pensamiento de toda una época, desde la que irradian en múltiples direcciones, marcando una profunda huella. Un texto que podemos leer ahora en esta bella edición que nos ofrece WunderKammer, traducido por Rodolfo Häsler y acompañado de un posfacio de Andrés Ibáñez: una necesaria ayuda para adentrarnos en un libro denso, de lectura exigente, pero que premia al lector con imágenes y razonamientos sutiles, de una enorme belleza y fascinación. Los discípulos en Sais tiene poco de novela, es cierto. Su «desaliño romántico», su mezcla de relato, reflexión y poema, así como la indefinición de sus personajes parecen anunciar una figura nueva, nada amiga de sujeciones formales. Por si fuera poco, la obra quedó inconclusa (algo que difícilmente sorprenderá a un lector perspicaz). Tallar un diamante con tantas aristas no es tarea sencilla.

Novalis (seudónimo de Georg Philipp Friedrich von Hardenberg) fue una de las figuras más originales y sugestivas del primer Romanticismo. Su breve existencia no le permitió dejarnos una obra demasiado extensa, aunque sí variadas muestras de sus intereses creativos, que se extienden al ensayo, la prosa filosófica o la poesía (Himnos a la noche). Durante sus últimos años, Novalis trabajó como inspector de minas en Weißenfels, una experiencia que aflora con frecuencia en su obra, defensora de una mirada sobre el mundo natural que integra ciencia y poesía. Así podemos verlo en ese bello relato del viejo minero, intercalado en el Heinrich von Ofterdingen. Y es que el reino subterráneo, en concreto, tiene una notable presencia en el imaginario romántico alemán, en relación con ese mundo fantástico de enanos orfebres y tesoros escondidos que pueblan su mitología (para comprobarlo bastaría con leer dos bellísimos textos: El Runenberg, de Tieck, o Las minas de Falun, de Hoffmann). En Los discípulos en Sais también aparece un relato intercalado, el correspondiente al viaje de Jacinto, comprometido en la búsqueda de su particular «flor azul» ( la joven Flor de Rosa). Ambos textos coinciden de igual manera en su mezcla de narración y diálogo, reflexión y poesía, sueño y vigilia.

Encuadrable en el contexto de la Naturphilosophie alemana, el tema central de los Discípulos en Sais (Die lehrlinge zu Sais, 1798) es la Naturaleza, vista como un libro de signos trascendentes, significativos para la felicidad del hombre. La débil trama de la novelita se resume en el viaje de un maestro y sus discípulos a la ciudad egipcia de Sais. Por supuesto que no se nos brindan pormenores del desplazamiento: una peregrinación mística de tintes simbólicos que nada tiene de terrenal. Los discípulos ya los encontramos en Sais, en torno a un templo maravilloso al que han acudido en pos del misterio de la lengua sagrada egipcia (el lenguaje es otro tema tratado en el libro, un privilegiado vehículo de identificación con el mundo natural). Tanto los propios discípulos como otros viajeros recién llegados a Sais configuran un haz de voces anónimas (solo del maestro se nos ofrece una información más detallada en el primer capítulo), que dialogan o disertan, como en un extraño sueño, sobre los variados significados y valores de la Naturaleza. No obstante su indudable vocación científica, resulta innegable que, de las dos aproximaciones posibles, la poética y la estrictamente científica, Novalis se inclina por la primera, o mejor aún, por una síntesis entre ambas. Es el enfoque que nos permite liberarnos de ese infierno de aniquilación que subyace en el seno de la Naturaleza, de esa disgregación sin sentido que la ciencia proyecta sobre sus misterios, que la desmenuza por arriba y por abajo sin concedernos otro beneficio que la desesperación:

Ahí se encuentra la astuta trampa tendida al entendimiento humano, y la Naturaleza lo intenta aplastar por todas partes, como a su mayor enemigo. ¡Vivan la ignorancia pueril y la infantil inocencia de los hombres! Son ellas las que ocultan esos terribles peligros, que desde todos los lados arrecian, como aterradores indicios de tormenta, alrededor de las tranquilas moradas de los seres humanos, a punto de caer sobre ellas a cada instante.

Nuestro actual amor por la Naturaleza es la débil huella de una vivencia compartida en tiempos remotos: una comunión con el mundo natural que el hombre perdió por culpa de su ambiciosa voluntad de «convertirse en dios». Nuestro pensamiento actual es solo un residuo mezquino de ese sentimiento perdido de unidad: un mero sueño que nos condena a «una vida marchita, de un color gris y mortecino». Una especie de Tierra baldía. La llave para emprender el retorno a esa añorada «Edad de Oro» solo estaría en manos de los niños y de los poetas, cuya creatividad es idéntica a la que fecunda la Naturaleza. Un camino de vuelta probablemente imposible. Aunque los poetas se obstinen en ello.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Científicos y poetas han hablado siempre la misma lengua, han pertenecido desde siempre a un mismo pueblo. Lo que unos consiguieron descubrir y ordenar, los otros lo han utilizado para satisfacer las necesidades del corazón humano, y darle así su alimento cotidiano. Entre los dos han penetrado en esa Naturaleza inmensa, la han convertido en múltiples Naturalezas diferentes, pequeñas, amables. Mientras los unos perseguían, con sutil sentimiento, las cosas escurridizas y fugitivas, los otros, a golpe de pico, trataron de penetrar en la estructura y en las relaciones entre las diferentes partes. Entre los brazos de estos últimos murió la amable Naturaleza, dejando nada más que restos palpitantes o muertos, mientras que, reanimada por el vino generoso del poeta, emitía sus cantos más despiertos y divinos…»
(Traducción de Rodolfo Häsler)

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Goethita, un mineral que devuelve el saludo a un poeta

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Una boda en Lyon, de Stefan Zweig

unnamedAhora que las nuevas condiciones de confinamiento nos permiten volver a las librerías, resulta un verdadero placer reencontrarnos con aquellos desafortunados volúmenes que, habiendo visto la luz en fechas tan desfavorables, se quedaron esperándonos en los estantes y escaparates. Tal es el caso de este delicioso librito que hoy reseñamos, Una boda en Lyon, uno de los títulos publicados por Acantilado en el pasado mes de febrero. Un reencuentro que es además doble, al permitirnos recuperar la palabra de un escritor bien conocido, uno de los más admirados y leídos del pasado siglo: Stefan Zweig (1881-1942). Después de tantas semanas escrutando los estantes de nuestras bibliotecas a la caza de lecturas olvidadas (una tarea, sin duda, fructífera), de nuevo tenemos entre las manos un libro de esos que «todavía huelen a imprenta». Y no será el último, desde luego. Nuestro aprecio por el libro físico, por el volumen que podemos acariciar mientras lo leemos, ha vuelto reduplicado.

Una boda en Lyon reúne cuatro relatos que abarcan un espacio temporal de gran amplitud, comprendido entre 1901 y 1946. Cuatro historias muy breves que comparten una elevada carga emotiva, y donde el habitual enredo de la trama cede todo su protagonismo al magistral retrato de unos seres rebosantes de humanidad. Quizás algún lector crea detectar excesivas gotas de buenismo en la traza de algunos personajes, o en las situaciones tan cargadas de sentimiento que protagonizan. Pero mejor que no se engañe. Su excepcionalidad subraya precisamente lo contrario: nuestra general indiferencia hacia la suerte de los demás, el invencible apego al dinero y al interés particular, el desprecio y desagrado que inspiran los más desfavorecidos.

El relato que da título al libro, Una boda en Lyon (Die Hochzeit von Lyon, 1927), es el testimonio de un dramático reencuentro acaecido durante uno de los más sangrientos episodios de la Revolución Francesa (1793). Un estupendo relato en el que me parece ver un tardío eco de esas historias tenebrosas de mazmorras, ejecuciones y evasiones temerarias que tanto éxito cosecharon en Francia, por razones obvias, en los albores del siglo XIX, y que tuvieron su prolongación musical en la denominada «opéra à rescousse» (el Fidelio de Beethoven es seguramente su pieza más perdurable). Aunque Zweig era un experto conocedor de este período revolucionario francés (al que dedicó importantes ensayos), el contexto histórico no es el elemento nuclear del relato, aunque esté muy cuidadosamente reflejado. El mensaje es más intemporal. En los hombres alientan fuerzas escondidas, de un vigor insospechado. La solidaridad desinteresada puede despertar de su letargo cuando se pulsa la cuerda apropiada.

La caminata (Die Wanderung, 1902) es un relato muy breve y sencillo, tan perfectamente lineal como una larga marcha por el desierto, pero capaz de inducir en el lector una angustiosa espera que no se resuelve hasta las últimas líneas. Ambientado en los primeros años de nuestra era, su evidente valor simbólico se presta a variadas interpretaciones. Un momento de debilidad puede resultar fatal para el éxito de nuestros propósitos. Lo que más ardientemente perseguimos es lo que peor reconocemos cuando lo tenemos delante. El siguiente texto, Un ser humano inolvidable (Ein Mensch, den man nicht vergisst, 1946), es la emocionante pintura de un personalidad fuera de lo común, dotada de un aristocrático desapego —no ofensivo— a los grandes ídolos que adora la sociedad. ¡La entereza moral de algunos mendigos es proverbial, al menos desde Diógenes! Y es que el bueno de Anton es un outsider capaz de protagonizar la más maravillosa de las paradojas: mantenerse al margen de la sociedad, distante de sus valores, sin perder el respeto y aprecio de quienes la sustentan. Finalmente, Dos solitarios (Zwei Einsame, 1901) está ambientado en el alienado y deprimido mundo de los obreros, donde unos seres, marginados doblemente por su fealdad, ocupan el escalafón más bajo. Una instantánea de ese atroz vínculo que suscita el sufrimiento compartido.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Sería desagradecido por mi parte olvidar al hombre que me enseñó dos de las cosas que resultan más difíciles en esta vida. En primer lugar, y partiendo de una absoluta libertad interior, a no someterse al más fuerte de los poderes de este mundo, el del dinero. Y en segundo lugar, a vivir entre nuestros semejantes sin crearse siquiera un solo enemigo».
(Traducción de Berta Vias Mahou)

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Diógenes pone a punto su farol

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Mi primer verano en la sierra, de John Muir

libro-mi-primer-verano-en-la-sierra.jpgTodo comienzo tiene su encanto, como diría Hesse, y un primer verano en la sierra puede vivirse con tanta pasión como un primer gran amor. ¡Imposible imaginar a un caminante más enamorado de la naturaleza que John Muir! Mi primer verano en la sierra (1911) es un encendido elogio de la grandiosa Sierra Nevada californiana («la sierra»), y más en concreto de su famoso valle de Yosemite. Un bello libro que sorprende por su acentuado tono lírico y su manera tan inmediata de ponernos en contacto con la naturaleza, sin otro artificio que el propio entusiasmo del autor. Estamos tan mediatizados por nuestras muchas lecturas y experiencias que difícilmente podríamos escribir, hoy en día, un libro tan desprovisto de todo lo que no sea naturaleza en estado puro. Ninguna teoría ni interpretación (explícitas al menos). Pocas evocaciones literarias o recuerdos personales. Nada de historia ni de geografía. Nada de ver la naturaleza a través de la mirada de otro. El mundo de los hombres y su civilización se han quedado fuera, al inicio del camino. Al menos durante un tiempo. Sin confesarlo expresamente, Muir parece hacer suyos los desgarrados versos de Keats dirigidos al ruiseñor: «desaparecer, disolverme, olvidar / entre las frondas lo que tú jamás has conocido».

Heredero de la filosofía «trascendentalista» de Emerson y Thoreau, que veía en la naturaleza un templo sagrado que es preciso respetar, el escocés John Muir (1838-1914) fue un combativo precursor del ecologismo. Naturalista y andarín incansable, Muir contribuyó de manera importante a la creación de los primeros grandes espacios naturales protegidos, como el de Yosemite (1890). Pero Muir fue también un escritor prolífico y muy notable, como puede comprobarse leyendo Mi primer verano en la sierra (My First Summer in the Sierra, 1911), un auténtico clásico de la literatura montañera y naturalista. Una obra de madurez que podremos disfrutar en esta estupenda traducción de José Luis Piquero, que publica, con su habitual atractivo y buen hacer, Hermida Editores. Una experiencia de lectura que nos atrevemos a calificar de inmersiva, propiciada por un torrente de imágenes que desfilan ante nuestros ojos sin interrupción, que disfrutamos sin necesidad siquiera de atraparlas en la memoria, confiados en la certeza de que cualquier belleza que se nos muestre se verá reemplazada en la siguiente página por otra que la iguale. Tal como si camináramos nosotros mismos por la montaña.

Compuesta en forma de diario, Mi primer verano en la sierra es la crónica de un periplo estival de pastoreo por las alturas de la Sierra Nevada californiana. Una práctica ganadera similar a la que se efectuaba también en nuestras latitudes, cuando los pastores conducían y confinaban sus rebaños en los altos calares de las sierras andaluzas, únicos lugares donde encontraban pasto fresco con el que alimentarse. John Muir, que se confiesa desprovisto de dinero y no duda en definirse como un vagabundo, se empleará como acompañante de un rebaño de más de dos mil ovejas, encontrando así una económica manera de cumplir su gran sueño de conocer los bellos parajes de la alta sierra. Un recorrido que se inicia en las ya agostadas tierras bajas, que se adentra luego en la montaña mediante el establecimiento de sucesivos campamentos, cada vez a mayor altura, y que tiene una de sus etapas culminantes en el célebre valle de Yosemite. Sus relajadas obligaciones de ayudante le permitirán a Muir ausentarse puntualmente del campamento, y recorrer por su cuenta lugares como el monte Hoffman, el lago Tenaya, las cascadas Nevada y Vernal, el North Dome o el Cathedral Peak, brindándonos en sus anotaciones la pintura de una naturaleza extraordinariamente variada y dinámica, donde cada tarde descarga una tormenta o un aguacero, pero que siempre muestra mañanas soleadas y una cara amable a quien la transita. De hecho, los únicos momentos de peligro los provocan los osos que visitan el campamento (muy aficionados a la carne de oveja), o bien el propio autor, protagonista de una temeraria «asomada» sobre la famosa cascada del Yosemite (de más de setecientos metros de caída), una aventura que le dejará alterados los nervios durante unos cuantos días.

Si la naturaleza es un libro en el que podemos leer valiosas enseñanzas, Muir extrae de sus páginas sobre todo lecciones de botánica y zoología. Sus notables conocimientos científicos (estudió durante dos años en la universidad de Wisconsin) y su gran afición a la vida natural le impelen a identificar, describir, o incluso dibujar —sin descanso— flores y árboles, mamíferos y reptiles, aves e insectos… Pero Mi primer verano en la sierra, más allá del evidente valor científico y testimonial que atesoran sus observaciones, es sobre todo la expresión de una íntima comunión con esa naturaleza «sagrada» de los trascendentalistas: una mirada extasiada que se focaliza no solo en los seres vivos, sino que se extiende también a los colores y a los olores, a la luz y a las sombras, a los fenómenos naturales del viento, de la lluvia o de la tormenta; a las estrellas, rocas, aguas, nubes, cascadas… Muir comprende muy bien que una parte de esa belleza que intenta transmitirnos está en su propia mirada, y que no siempre es fácil compartirla. Así lo certifica la actitud que describe en el pastor al que acompaña, Billy, indiferente por completo al mundo natural que los rodea.

Es necesario reconocer que lo puramente humano tiene escasa cabida en el libro de Muir; y que cuando aparece, no es bajo una luz demasiado favorable. Sus breves digresiones sobre el pastor californiano o los escasos indios que pueblan la montaña nos brindan interesantes pinturas costumbristas, pero nada idealizadas. Los otros habitantes de la sierra, como algunos mineros residuales (la fiebre del oro daba sus últimas boqueadas), los cazadores de osos o los turistas (demasiado aficionados a la pesca) tampoco despiertan el entusiamo de Muir. Su compañero Billy, en concreto, es indolente, un tanto cobarde (al menos con los osos) y cómicamente desaliñado. Las únicas gotas de ironía que salpican el libro lo hacen siempre a su mayor gloria. La suciedad del pastor y de los indios contrasta con la limpieza de los animales salvajes, que incluso en las situaciones más desfavorables lucen un brillo especial (como esas ardillitas que nunca se manchan de resina, aunque se pasen el día correteando por los pinos y manipulando piñas). El encuentro casual de Muir con su amigo el profesor Butler, que se aloja en un hotel del valle de Yosemite, le permitirá contrastar con ventaja su rústico lecho en el bosque con la experiencia de «dormir en una miserable habitación de hotel»; símbolo y avanzadilla de esa vida urbana que tanto detesta, sujeta a «horarios, calendarios, órdenes, obligaciones», y que se sufre «entre el polvo y el ruido, donde la naturaleza está sepultada y su voz sofocada». Ni siquiera las ovejas, con su carácter cuasi doméstico, salen bien paradas en la estimación de Muir. Aunque arroja sobre ellas una mirada siempre compasiva, no se olvida de señalar su voracidad, ni la amenaza que conllevaría para los «jardines» de la montaña su excesiva proliferación, si no se ponen límites a la codicia de los ganaderos. Una visión más benévola la reciben los perros del rebaño, que protagonizan algunas graciosas anécdotas. Y no solo el suyo propio, Carlo, sino también el de Billy, Jack: un chucho extremadamente emprendedor y porfiado que es capaz de sobrevivir a la mordedura de una serpiente de cascabel. Sus arriesgadas incursiones amorosas en los poblados indios cercanos constituyen, junto con las lecciones de gastronomía y cocina de campamento (como una curiosa receta para hacer pan), algunas de las estampas más simpáticas de la —digamos— «parte civilizada».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Juzgué, sin embargo, que yo no era en modo alguno el hombre adecuado para el puesto, y le expliqué abiertamente mis limitaciones, confesándole que no estaba enteramente familiarizado con la topografía de las montañas superiores, los arroyos que habría que cruzar, los animales salvajes que devoran ovejas, etc.; en resumen, que entre los osos, los coyotes, los ríos, los cañones y los escabrosos y densos chaparrales temía que más de la mitad de su rebaño se perdiese».
«Sería delicioso pasar una tormenta a cubierto de uno de estos nobles y hospitalarios árboles, con sus amplios brazos protectores inclinados como una tienda de campaña y el incienso ascendiendo desde una hoguera hecha con sus ramas caídas y un viento vigoroso y sonoro soplando por encima. Pero el tiempo es tranquilo esta noche y nuestro campamento es sólo un campamento de ovejas. Estamos cerca de la horquilla norte del Merced. El viento nocturno nos cuenta las maravillas de las montañas altas, sus fuentes de nieve y sus jardines y bosques y arboledas; incluso su topografía está en sus notas».
(Traducción de José Luis Piquero)

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Valle de Yosemite (Sierra Nevada, California), de Thomas Hill, 1871

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