Macrocosmos, microcosmos y medicina: los mundos de Robert Fludd, de Joscelyn Godwin

En la novela El juego de los abalorios, de Hermann Hesse, el personaje de Josef Knecht, magister ludi en la utópica provincia de Castalia, consagra su vida entera al apasionante juego de relacionar los saberes del hombre. La historia, que se desarrolla en el lejano año de 2400, nos pinta una empresa de índole intelectual cuya excelencia no radica tanto en su incierto cumplimiento como en la grandeza y dificultad de su desafío. Desde que el hombre es hombre, o lo que es lo mismo, desde que el ser humano comenzó a inventar mitos para hacer habitable su mundo, no creo que exista otra aspiración más noble y ambiciosa que la de abarcar, bajo una sola mirada integradora, la totalidad del Ser. En el tránsito entre Renacimiento y Barroco, en un momento histórico en que las ciencias no estaban estrictamente compartimentadas y la especialización no limitaba la visión del humanista, ese conocimiento superior —utopía para nosotros, verdadera piedra filosofal para los sabios antiguos— aún parecía posible. Así lo creían, al menos, algunas mentes privilegiadas y eruditas, como la del médico inglés Robert Fludd (1574-1637), el protagonista del libro que reseñamos. Las obras de Fludd exploraron, a lo largo de tres lustros, una extensa variedad de disciplinas científicas y humanísticas, un elenco de saberes trascendentes aglutinados en torno a la convicción de que el Cosmos y el Hombre son entidades reflejas y estrechamente relacionadas.

Ediciones Atalanta, perseverando en su noble propósito de poner a nuestro alcance libros poco comunes y de gran interés, patrimonio casi exclusivo de una minoría de estudiosos o afortunados bibliófilos, acaba de publicar —como primicia mundial— este atractivo y cuidado compendio de las obras de Fludd: Macrocosmos, microcosmos y medicina: los mundos de Robert Fludd, labor del musicólogo y erudito inglés Joscelyn Godwin. Se nos abre así una puerta al conocimiento de un conjunto de volúmenes de compleja composición, un apasionante testimonio de algunas de las más brillantes elucubraciones del pensamiento renacentista.

La obra de Robert Fludd recogida en el libro de Godwin se inicia con dos tratados dedicados al estudio del macrocosmos: una primera Historia del macrocosmos (Utriusque cosmi… historia, 1617), que comprende los orígenes del universo y su composición, seguida de otra Historia de las técnicas (De naturae simia seu Technica macrocosmi historia, 1618) con las que el hombre «imita y prolonga la obra de la Naturaleza», y donde se incluyen disciplinas como la música, la topografía, el dibujo, la mecánica o el arte militar. Los dos siguientes tratados de Fludd se ocupan ya del microcosmos, tanto de la constitución del hombre (De supernaturali… microcosmi historia, 1619), como de las ciencias «psicológicas» que se emplean en su estudio (De technica microcosmi historia, ¿1620?): la profecía, la memoria, la fisonomía, la quiromancia o la adivinación. Otros cuatro importantes libros de Fludd recogidos por Godwin atienden a la cábala (De praeternaturali utriusque mundi historia, 1621), la anatomía (Anatomiae amphiteatrum, 1623), la meteorología cósmica (Philosophia sacra… seu Meteorologia cosmica, 1626) y la medicina (Medicina catholica, 1629, 1631). Además de la exposicion ordenada —profusamente ilustrada— de los tratados citados, el libro de Godwin se abre con un estudio muy documentado de la biografía del médico inglés: sus viajes por Europa, sus polémicas con figuras de la época como Kepler o Mersenne, o sus contactos con la hermandad de los rosacruces. El análisis de su obra, así como el relato de las peripecias editoriales de sus libros, se completan con los pertinentes apéndices, índices y bibliografías.

En un libro como el que comentamos, resulta ineludible hablar de sus ilustraciones. Basta con abrirlo por cualquier página para percibir la importancia capital que tiene la imagen en la obra de Fludd, donde abundan los grabados de admirable calidad, en ocasiones muy complejos y detallados, entre los que destacan, por su belleza estética, las acabadas composiciones pictóricas del grabador suizo Matthaeus Merian (1593-1650). Las cuidadas ediciones alemanas de Fludd, publicadas en su mayoría por Theodor de Bry, se integraban así en la tradición de los libros de emblemática y alquimia, donde las imágenes tenían tanto o más que decir que los propios textos. A este respecto, resulta llamativo el contraste entre ilustraciones muy especulativas, esotéricas en ocasiones (como las referidas a la creación del cosmos, la «ciencia de las pirámides», la «dualidad primordial» o la cábala), y otras que reproducen con gran detalle máquinas, experimentos científicos o instrumentos musicales (algunos muy poco prácticos, como los mećanicos que el mismo Fludd ideó). Otro tipo de ilustraciones resumen en un único cuadro —a veces de gran elegancia— un apretado conjunto de ideas o conocimientos relacionados, como la famosa ilustración del «Templo de la música» (con su representación integrada de figuraciones, intervalos, hexacordos, consonancias y disonancias), la no menos reproducida figura de «Las tres visiones del alma», o los complejos espéculos —cartas circulares— que aparecen en todos los tratados y portadas. Tanta abundancia de imágenes singulares convierten a este libro de libros —incluso en su nivel más básico de recepción— en un valioso gabinete de curiosidades, en un museo de maravillas que nuestros ojos devoran con ese genuino placer que solo concede el descubrimiento. En un mundo como el actual, repleto de imágenes triviales y perecederas que apenas retenemos un instante en la retina, no está nada mal que un libro como este nos enseñe el valor de la observación atenta y demorada, y descubramos que es posible condensar el conocimiento en imágenes significativas que la mente descifra con un ritmo y calado propios, complementario del que nos impone la palabra.

Joscelyn Godwin, que ha publicado en Atalanta títulos tan sugestivos como Armonía de las esferas o El mito polar (ambas de 2009), es un reputado musicólogo, autor de otros importantes ensayos, como Armonías del Cielo y de la Tierra: la dimensión espiritual de la música desde la antigüedad hasta la vanguardia (2000) o La cadena áurea de Orfeo (2009). Profesor de música durante muchos años en la universidad neoyorquina de Colgate, Godwin se desenvuelve en el complejo terreno de la teoría musical, antigua y renacentista, con la solvencia que cabe esperar. Al menos desde Pitágoras, la música, cuyas proporciones reflejan el esquema del universo, tiene mucho que decir en las relaciones del hombre con el macrocosmos, y goza por ello de una notable presencia en la obra de Fludd, que en su condición de médico debió mostrarse además muy receptivo a las teorías que relacionaban el arte musical con la medicina. Por desgracia, Fludd no llegó a publicar el capítulo de su Medicina católica correspondiente a las «Curas», por lo que ignoramos hasta dónde hubiera podido llegar su «musicoterapia». Nos queda, al menos, esa curiosa representación del pulso humano traducido a las figuras de la notación cuadrada renacentista (9.23).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«¡Contempla una extraordinaria demostración de cómo secretos inmensos se hallan con frecuencia escondidos en objetos comunes! Este instrumento musical, llamado flauta, contiene verdaderamente las proporciones del mundo entero. Está dividida en tres regiones: dos inferiores con tres agujeros cada una denotando sus respectivos principios, mitades y finales, y otra superior con un único agujero grande, que muestra la naturaleza del cielo supraceleste, cada una de cuyas partes está impregnada de la unidad divina […]. Dios, la mente superior, en el ápice del instrumento, hace que las costuras del mundo emitan música, produciendo tonos profundos desde las partes inferiores, y más altos y brillantes cuanto más se acercan a la cima.» (traducción de María Tabuyo y Agustín López)

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Sobre el granizo y los truenos, de Agobardo de Lyon

La lectura de este sorprendente texto del siglo IX, Sobre el granizo y los truenos (De grandine et tonitruis; c. 815-817), de Agobardo de Lyon (769-840), recientemente publicado por Siruela en su veterana colección de «Lecturas medievales», constituye una magnífica prueba de cómo el devenir de los libros es siempre inescrutable. Un sermón ideado originariamente para combatir una superstición en la que no creemos, apoyado en unos argumentos de autoridad que no compartimos, nos depara una gratísima lectura que poco tiene que ver con las intenciones de su autor al componerlo. Agobardo, obispo de Lyon entre 816 y 840, fue una destacada figura del Renacimiento carolingio, autor de una importante colección de textos latinos, epístolas y sermones en su mayoría. Sus obras, pronto olvidadas y luego perdidas, fueron recuperadas casi milagrosamente en 1605 por el humanista Papire Masson, que salvó el manuscrito que las contenía (fuente única del texto que comentamos) cuanto estaba a punto de ser «reciclado» por un encuadernador lionés (presumible fin de muchos manuscritos venerables), dándolo a la estampa ese mismo año en la ciudad de París.

El propósito de Sobre el granizo y los truenos no fue otro que combatir una superstición muy extendida en la diócesis lionesa: una fantástica creencia según la cual las tormentas de granizo, tan frecuentes y perjudiciales para la agricultura del territorio, eran provocadas por unos malvados «tempestarios» (immissores tempestatum), que trabajaban a sueldo para los naturales de un fabuloso país denominado Magonia («tierra de magos»). Estos magos extranjeros se aproximaban solapadamente a los cultivos en sus propios barcos, navegando sobre las nubes de tormenta, con el innoble fin de apropiarse de los frutos y granos derribados por el pedrisco. La redacción de este curioso sermón pudo estar motivada por un hecho puntual, recogido en el propio texto: la presentación ante Agobardo de unos supuestos aeronautas, caídos de las citadas naves, que iban a ser lapidados por los indignados campesinos, y a los que el obispo logró salvar in extremis. Para deslegitimar estas delirantes patrañas, Agobardo se apoya en la autoridad de las Sagradas Escrituras (Éxodo, Salmos, Job, Elías…), componiendo un sermón erudito que incluye una completa antología bíblica de fenómenos meteorológicos adversos: rayos, granizo, lluvias torrenciales, sequías o nieve. El control de estas plagas naturales corresponde a Dios —argumenta Agobardo—, que las utiliza a su criterio para castigar a la humanidad pecadora, ya sea por su propia mano o valiéndose de hombres justos que actúan como intermediarios (como Moisés con las plagas de Egipto). Por tanto, la supuesta habilidad de estos infames tempestarios supondría una apropiación indebida, escandalosamente impropia, de un poder que solo pertenece a Dios, y que Este no podría tolerar en modo alguno. Aunque el argumento de autoridad es la herramienta principal de Agobardo —como corresponde a su época y estatus eclesiástico—, no faltan en su discurso los argumentos racionales, ni dejan de deslizarse en el texto algunas explicaciones de índole natural:

Pues también hay una causa para que ambos se produzcan [el granizo y la nieve], cuando las nubes se elevan más de lo acostumbrado en uno y otro tiempo [verano e invierno respectivamente].

Agobardo asegura además haber emprendido pesquisas personales acerca de la veracidad de los testigos, que siempre terminaron confesándole —apremiados por su autoridad— que nunca habían visto el fenómeno con sus propios ojos. También extiende Agobardo su incredulidad a la figura de los «defensores», hechiceros capaces de mantener apartadas las nubes de tormenta, un servicio por el que cobraban a los campesinos un impuesto denominado «canónico». Como estos pagos eran frecuentemente esgrimidos como excusa para no pagar el diezmo a la Iglesia, no debe extrañarnos mucho que Agobardo combatiera también esta creencia supersticiosa, en la que señala una gravísima falta de fe en Dios. Para finalizar, Agobardo añade a su sermón una breve crónica de la epizootia que castigó al territorio franco en 810, así como un resumen de los graves desórdenes que provocó y de las creencias irracionales con las que el pueblo ignorante pretendía explicar su aparición. Siquiendo quizás el modelo de Virgilio (Bucolica, III), Agobardo pone así un dramático punto final a su discurso.

Agobardo predicando contra Magonia. A la izquierda pueden verse, maniatados, dos de los supuestos aeronautas caídos.

Pero el interés de este libro no se reduce, ni mucho menos, al breve texto del lionés. Juan Antonio Jiménez Sánchez, además de traducirlo por vez primera al español, nos brinda una excelente edición de amena lectura. La biografía del autor, el análisis pormenorizado del sermón, su contexto histórico y cultural, manuscritos, ediciones y traducciones… son algunos de los aspectos estudiados en la Introducción del volumen, donde resultan singularmente interesantes las páginas dedicadas a la recepcion de la obra, a su influencia sobre el famosísimo diálogo El conde de Gabalís, de Montfaucon de Villars, o a su discutible reivindicación por la moderna ufología, que ha querido ver en el sermón de Agobardo un testimonio objetivo de la realidad de sus creencias. Aparte de una completa relación de Fuentes y Bibliografía, que como labor de ciencia filológica le corresponde, la edición de Juan Antonio Jiménez Sánchez se completa con una muy documentada sección de Comentarios, que añadida al final del volumen enriquece enormemente la lectura de este texto tan singular.

En suma, un delicioso librito para soñar con Magonia, mantenernos prudentemente «en las nubes», o simplemente leerlo —bien resguardados— en una tarde de tormenta.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Ahora bien, hemos visto y oído a muchos abrumados por tanta demencia, alienados por tanta estupidez, que creen y dicen que existe una determinada región, que llaman Magonia, de la que vienen naves sobre las nubes; los frutos que caen por el granizo y que se pierden por las tempestades son llevados en ellas a esta misma región; evidentemente, los navegantes aéreos dan regalos a los tempestarios y reciben a cambio los granos y el resto de frutos.» (traducción de Juan Antonio Jiménez Sánchez)
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Extravíos, de Emil Cioran

El filósofo rumano Emil Cioran (1911-1995) pertenece a ese reducido grupo de escritores que alcanzan las más altas cimas de su arte en una lengua adquirida. Al igual que Conrad, Nabokov o Beckett, Cioran maduró su carrera literaria injertando su pensamiento en una lengua de cultura no materna: en su caso la francesa. Llegado a París en 1937 para disfrutar de una beca del Instituto Francés de Bucarest, Cioran permaneció ya casi toda su vida en la capital gala: «el único sitio del globo donde se puede vivir». Extravíos (Razne; c. 1945-1946) es el último libro escrito por Cioran en rumano, un texto conservado en la Biblioteca Jacques Doucet de París que ha permanecido manuscrito largos años, pues no fue publicado en Rumanía hasta 2012. Ahora, gracias a la iniciativa de Hermida Editores, se ha vertido por vez primera en nuestra lengua, contando además con la labor de Christian Santacroce, especialista en Cioran y artífice de una traducción de impecable belleza.

El título del libro, Extravíos (Razne), alude probablemente al carácter fragmentario y desordenado del texto, aunque también podría entenderse como una invocación a la locura: condición necesaria, según Cioran, para sobrellevar la existencia. Solo ella nos libra de la insoportable carga de la lucidez:

Cuando el último grano de locura desapareciera, la duda no liquidaría solo el alma, sino que erradicaría hasta la misma materia, haciendo de su ausencia nuestra fosa. Pues la lucidez transforma en tumba los objetos por los que queremos elevarnos.

Aparentemente perdido entre textos capitales como Breviario de los vencidos (1940-1945) y Breviario de podredumbre (1949), Extravíos, con apenas cien páginas, se nos revela como un libro de gran interés y atractivo. La expresividad y belleza de su estilo, los atisbos geniales de su pensamiento filosófico y la riqueza de imágenes puestas en juego son los cebos que nos impiden abandonar la lectura de un libro abrumadoramente pesimista, donde el autor parece empeñado en mustiarle su flor a la esperanza y dejarnos como única salida la muerte o el refugio en una «banalidad» sin honor. La inanidad del hombre, el sinsentido de la vida y de la historia, la negación del progreso, la superioridad ética del derrotado y de la víctima, el dolor, la injusticia, el egoísmo y la maldad innata de los hombres… son algunos de los temas principales de un pensamiento nihilista fragmentario, en ocasiones aforístico, que sin conformar en modo alguno un sistema completo ni del todo coherente manifiesta una gran eficacia a la hora de poner en evidencia la miseria existencial en la que «chapoteamos», y ante la cual el hombre común, para asegurar «su comodidad en el cosmos», necesita forjarse ídolos, becerros de oro a los que adorar:

Dios o los dioses, el estado o la civilización, la autoridad o el progreso, nación, clase o individuo; inmortalidad o paraíso terrenal —rostros diversos del eterno becerro de oro.

Una idea reiterada y esencial en el pensamiento de Cioran es la del suicidio, al menos como coartada para poder seguir viviendo. Suicida y héroe son para el pensador rumano dos figuras antitéticas, con valores llamativamente contrarios a los comúnmente admitidos. Si el suicida es «dueño absoluto de su propia vida» y encarna la única respuesta válida ante la miseria de la existencia, el héroe representa el disfraz último de la cobardía: un suicida «incapaz de acabar con su vida» por sus propios medios y que se manifiesta hasta el último instante deseoso de ganarse la aprobación de la sociedad, servidumbre que lo define como un «esclavo del mundo exterior»:

Jesús, vejado, escupido y crucificado, no conoció seguramente ese estremecimiento de la suprema insolidaridad que llevó a Judas hasta la última consecuencia.

Esta oposición tan dramática y tajante se puede salvar, paradójicamente, si el suicida decide vivir, convirtiéndose entonces en el verdadero [anti]héroe:

A veces me siento el mayor héroe que jamás haya existido por haber tomado esta decisión absurda que supera a la locura y a no importa qué aventura emprendida: la decisión de vivir sobre la tierra.

También son llamativas en el discurso de Cioran sus frecuentes invocaciones a Dios, a los ángeles o al diablo —entidades en las que no cree, pero recurrentes en sus libros—, así como la utilización de conceptos relacionados como el de alma («furcia sublime», ¡tremendo oxímoron!); elementos todos ellos que cumplen una importante función en la plasmación literaria de su pensamiento, donde es innegable un componente romántico. Hay cierto vértigo en muchas de sus visiones, a las que impone en ocasiones un tono extremado muy particular y seductor:

La mancha que deja en el alma una hora transcurrida entre los hombres ni un año de soledad puede borrarla, y la que deja una vida de respiración común no hay tiempo bastante en el infierno o el paraíso que nos la haga olvidar.

Aunque con una intensidad mucho menor, en Extravíos Cioran también proyecta su pensamiento sobre categorías estéticas, como cuando medita sobre los conceptos de lo sublime y lo ridículo; o sobre La Divina Comedia, con el tedio insufrible de sus bienaventurados.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Conformarnos a ella [la lucha entre los hombres] es dar prueba de un corazón de piedra, de una insensibilidad canina y de un encallecimiento de la epidermis y de la mente que te preguntas si, por el simple hecho de seguir viviendo, no formas tú también parte de la horda general, tan cruel como ridícula. Sea entre el tumulto o cual espectador, respirar la agrura incompasiva de la vida supone la confesión de un alma de fiera con colmillos más o menos despuntados. Todo ser viviente, desde el momento en que acepta su vida, merece su condena». (traducción de Christian Santacroce)
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Breviario de escolios, de Nicolás Gómez Dávila

Decía George Steiner, en una entrevista concedida a la periodista francesa Laure Adler, que «un gran texto puede pasar siglos esperando». Afortunadamente, para descubrir la obra del escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) no ha sido preciso aguardar tanto tiempo, aunque sí lo bastante como para que su autor haya merecido el título de «escritor secreto» o «ilustre desconocido». Es verdad que su «emboscadura» (empleando un concepto desarrollado por Ernst Jünger, uno de sus primeros valedores) ha sido consciente y deliberada, asumida como condición ideal del sacerdocio literario:

Brotar como manantial en la selva, no como chorro municipal en plaza pública.

Recluido en la gran biblioteca de su casa bogotana, entregado a la perseverante lectura —en su lengua original— de los textos cardinales de nuestra cultura occidental, Gómez Dávila llevó adelante su tarea literaria con sumo sigilo, reduciéndola estrictamente a la esfera de lo privado. Algunas publicaciones puntuales de sus aforismos en editoriales oficiales colombianas apenas tuvieron repercusión. Como algunos clásicos de nuestro Siglo de Oro, Nicolás Gómez Dávila fue descubierto en Europa, a finales de los 80, por autores alemanes, quizás en virtud de una afinidad ideológica que no tiene por qué restarle un valor objetivo e independiente. Ediciones Atalanta tuvo ya el gesto generoso de publicar en 2009 su obra aforística completa, Escolios a un texto implícito, prologada por Franco Volpi, el que fuera ilustre introductor de Gómez Dávila en Italia. Concediéndole al bogotano honores de clásico, Atalanta nos ofrece ahora este Breviario de escolios, un precioso epítome de la obra completa seleccionado por José Miguel Serrano y Gonzalo Muñoz. No resulta difícil imaginar las dificultades vencidas por los editores, que han debido velar por la comprometida tarea de no desdibujar la obra original (ya de por sí «pointilliste»); y de no dejarse llevar, en su elección, por criterios de corrección política, la principal «espina» —o virtud, según se vea— de la obra que nos ocupa.

Escolios a un texto implícito es un monumental conjunto de más de diez mil aforismos, con un elevadísimo nivel de elaboración, tanto conceptual como formal, fruto de una exigente labor de orfebrería intelectual desarrollada callada y pacientemente a lo largo de toda una vida. La incómoda etiqueta de «reaccionario», que el propio autor se aplica en algunos de sus aforismos (con cierta arrogancia, o quizás como el que se pone la venda antes de sufrir la herida), deberemos matizarla entendiéndola como una oposición tajante y sin complejos a toda modernidad considerada espuria, provenga de donde provenga. Fuera de esto, pretender encasillar ideológicamente la obra de Gómez Dávila sería injusto y torpe. La pertinencia actual de su aforística no radica, evidentemente, en constituirse en apoyo ingenioso de posturas políticas conservadoras o irracionales, máxime cuando su autor no abriga —así nos lo recuerda repetidas veces— intención apologética alguna. Convendría tomarla, más bien, como una invitación a explorar horizontes de reflexión alejados de lo políticamente correcto: una excelente oportunidad para poner a prueba nuestro pequeño tesoro burgués de convicciones irrenunciables. La desacralización de la sociedad moderna, la crítica de la democracia formal y del Estado, el patrioterismo, los nacionalismos, la vanidad de la ciencia y del progreso, la inmoralidad de la política, la insignificancia de los líderes, la estupidez como sello de lo humano, los límites de la razón, las amenazas de la técnica, la hipocresía del ignorante, la cultura de pacotilla, el igualitarismo, la grandeza de la derrota… Todas estas ideas, y otras muchas quizás menos llamativas, configuran —en palabras del autor— la visión «pointilliste» de un texto implícito, que no parece ser otro —a mi manera de ver— que el de una modernidad que no le convence, que le ha defraudado y a la que detesta, y cuyo catalizador legitimado, más que la realidad observada o experimentada, son las innúmeras y universales lecturas realizadas durante decenios en su biblioteca particular:

Seamos livresques, es decir: sepamos preferir a nuestra limitada experiencia individual la experiencia acumulada en una tradición milenaria.

Escolios a un texto implícito revela una visión muy desengañada del hombre y su legado reciente, una concepción casi nihilista de la vida moderna de la que solo lo aparta su creencia en Dios y el respeto que todavía le guarda a un puñado de cosas, como el amor, la escritura, los libros, algunos valores, el silencio… y poco más. Una reflexión cuya amargura resultante es el precio que hay que pagar para alcanzar —como nos recuerda José Miguel Serrano en su excelente ensayo introductorio— la lucidez: última meta y refugio final del pensador desengañado y rendido.

Más allá de su alcance y agudeza, de «su dura punta de diamante», los escolios manifiestan también una belleza formal indiscutible, una notable riqueza de imágenes y figuras que actúan sobre nuestra sensibilidad en combinación con un radical despojamiento de lo accesorio no carente de labores de estilo, que en el reducido marco del aforismo se concretan ocasionalmente en efectos rítmicos y fónicos propios del verso: «De los seres que amamos su existencia nos basta». // «Solo las letras antiguas curan la sarna moderna». No falta tampoco en el libro una reflexión ética sobre la tarea del escritor, el libro y la propia literatura, así como una mínima y rotunda ars poetica, discontinua entre los grandes temas de su pensamiento: «Las letras necesitan, con frecuencia, sangrías de adjetivos». // «El escritor que no ha torturado sus frases tortura al lector». Estas y otras máximas de índole estética revelan una exigencia artística en la formulación del aforismo que los lectores también celebramos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota.
La idea desarrollada en sistema se suicida.
El prestigio de la «cultura» hace comer al tonto sin hambre.
 Nadie es importante durante largo tiempo sin volverse bobo.
Todo ser yace disperso en pedazos por su vida y no hay manera de que nuestro amor lo recoja todo.
Las ideas tiranizan al que tiene pocas.
Creyendo rugir, el joven rebuzna.
Entre civilización y comarca no hay instancia intermedia que merezca nuestra lealtad.
El hombre moderno teme la capacidad de destrucción de la técnica, cuando es su capacidad de construcción lo que lo amenaza.
(Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila)
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Un largo sábado. Entrevistas [de George Steiner] con Laure Adler

Un largo sábado (Un long samedi. Entretiens) reúne seis entrevistas de George Steiner con la periodista francesa Laure Adler. Son seis breves pero enjundiosas conversaciones, realizadas entre los años 2002 y 2014, donde se hilvanan los principales hitos biográficos de Steiner con las preocupaciones esenciales de su multifacético pensamiento. Es innegable que existe confianza —quizás una química compartida— entre los dos artífices del libro, y que Laure Adler es el catalizador adecuado para que el discurso de Steiner fluya copioso, cercano y, sobre todo, espontáneo. Cuando un autor ha escrito tantos libros como George Steiner puede parecer gratuito y trivial repasar los grandes temas de su pensamiento con una simple entrevista. ¿No nos lo ha dicho ya todo en sus obras y con mayor profundidad? Es seguro que sí, pero muchos de los que hemos leído esos textos también deseamos saber algo más de la persona que los ha escrito. Además, aunque las conversaciones han sido, obviamente, revisadas con posterioridad, algo debe quedar de su oralidad original. No debemos descartar los valores añadidos del diálogo, del magisterio improvisado al calor de la conversación, de la espontaneidad inducida por una taza de café… Ni tan siquiera en los pensadores más rigurosos. Si es verdad lo que cuentan, Sócrates no escribió ni una sola línea.

Uno de los mayores logros del libro, a mi manera de ver, radica en la inteligente manera en que los temas de reflexión invocados por Laure Adler se insertan en la trayectoria biográfica de Steiner, brindándonos una panorámica integradora de su personalidad. Así, el primer capítulo del libro, «Una educación accidentada. Del exilio al Instituto», culmina con una brillante indagación sobre los límites y miserias de la lengua y las humanidades, que son comparadas desventajosamente con las ciencias exactas, resultado todo ello de una temprana experiencia de Steiner en el Institute for Advanced Study de Princeton. En esta afamada institución americana, donde recaló tras una breve estancia londinense trabajando para The Economist, Steiner tuvo ocasión de relacionarse con la fascinante pléyade de grandes científicos que allí se congregaban, como Oppeheimer o André Weil, que dejaron una huella notable en su pensamiento. Detalles de su infancia itinerante, repartida entre Francia y Estados Unidos, completan este primer capítulo, dotado de una importante carga biográfica. En la segunda conversación, «Ser un invitado en la Tierra. Reflexiones sobre el judaísmo», se abordan las complejas y —en ocasiones— contradictorias relaciones de Steiner con el judaísmo. Orgulloso de pertenecer a una raza que ha dado al siglo XX personalidades del mayor relieve (Marx, Freud, Einstein) y que ha monopolizado un «abrumador porcentaje de premios Nobel», Steiner se manifiesta muy crítico con la política del estado de Israel, donde es considerado, según asegura, persona non grata. Por contra, Steiner pone en valor el carácter apátrida y nómada de su pueblo, un paradigma que nos anima a suscribir en cuanto que se corresponde con una realidad humana innegable: todos somos unos invitados en la Tierra. La actitud de los judíos americanos, el creciente antisemitismo o el futuro de la cultura y la raza judías son otros temas de actualidad repasados en este interesante capítulo, que toca muy de cerca la sensibilidad del entrevistado. El siguiente diálogo, «Cada lengua abre una ventana a un nuevo mundo», gira en torno a un tema de capital importancia en el pensamiento de Steiner, muy determinado —como subraya Laure Adler— por su propia experiencia vital. Nacido en el seno de una familia judía, culta y políglota, su padre le advirtió pronto de la necesidad de conocer varias lenguas para sobrevivir en un ambiente hostil. Quizás por ello defiende Steiner con tanta vehemencia el multilingüismo, no cree en el concepto de lengua materna y rechaza «la idea de que enseñar varias lenguas a un niño puede provocar en él una especie de trastorno esquizofrénico». Él es, desde luego, un ejemplo vivo de todo esto, del poder enriquecedor de las lenguas, que le han permitido aproximarse a la cultura de manera singularmente variada y completa. Pero Steiner se manifiesta también muy crítico con el predominio mundial de la lengua «anglo-americana», un fenómeno que amenaza con estrangular a las otras lenguas de cultura y al propio inglés. Quizás la cuestión más controvertida de este capítulo sea su visión de las mujeres en relación con el lenguaje y la creación artística, una valoración que provoca una interesante polémica con su entrevistadora, Laure Adler. La no universalidad de la lengua (en contraposición a otros lenguajes, como la música o las matemáticas), su relación con el sexo o la resistencia de la «obra genuina» a la traducción son otros de los muchos y apasionantes temas de discusión que van surgiendo, de manera aparentemente natural, a lo largo de la conversación. En «“Dios es el tío de Kafka”. Del Libro a los libros», Steiner se ocupa de otro tema cardinal en su pensamiento: la importancia y fragilidad del libro como vehículo de cultura: «El hallazgo de un libro puede cambiar una vida». Medita el humanista sobre el incierto futuro del libro y de la lectura, en un mundo en el que los jóvenes casi no leen y las novedades apenas duran un par de semanas en los estantes de las librerías. Sin embargo, «un gran texto puede pasar siglos esperando». Además, las condiciones idóneas de lectura —silencio, espacio privado y una pequeña biblioteca particular— resultan cada vez más problemáticas en la sociedad actual. Nos recuerda también Steiner en este apartado la importancia de la Biblia, una lectura ineludible para comprender la cultura occidental. «Las humanidades pueden volver inhumano. El siglo XX ha empobrecido moralmente al hombre» es otro capítulo de extraordinaria intensidad e interés. Se repasa en él un tema que siempre ha ocupado un importante lugar en la reflexión ética de Steiner: la contradicción entre la existencia de una sociedad tan avanzada culturalmente como la europea y las atrocidades que su élites han protagonizado durante el siglo XX. Se pregunta Steiner si las humanidades no anestesian «nuestra sensibilidad moral», volviéndonos más indiferentes a las miserias del mundo real. Figuras como Heidegger, Céline o Wagner son traídas a colación Perro de Steinercomo ejemplos de discordancia entre ética y estética, humanidad y alta cultura. La música, el cine o la crítica del psicoanálisis (Freud) completan este capítulo, que nos desvela también el significado del sugerente título que encabeza las conversaciones: Un largo sábado. Finaliza el volumen con «Epílogo. Aprender a morir», una coda donde Steiner hace balance, tras una vida larga y fructífera, de su dedicación al magisterio de la cultura, labor en la que se considera —haciendo gala de un excelente humor— un buen cartero: «No siempre resulta fácil encontrar el buzón correcto para hablar de una obra, para presentar una nueva obra». En la línea de su trabajo Los libros que nunca he escrito, Steiner lamenta de no haberse atrevido nunca a escribir literatura, a empeñar su vida en la aventurada empresa del artista creador, una figura que ha colocado siempre por encima del humanista erudito. Otros temas de gran actualidad, como la eutanasia, el aborto o la ancianidad completan este último capítulo, que acaba con una emotiva defensa de los animales, del respeto que se merecen, quizás uno de los grandes temas pendientes de la ética moderna.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Los historiadores más rigurosos estiman que entre el mes de agosto de 1914 y el mes de mayo de 1945, en Europa, en nuestra Europa y en el mundo eslavo occidental, más de cien millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados por las guerras, los campos, el hambre, las deportaciones y las grandes epidemias. Es un milagro que todavía exista una civilización europea. Todo lo comprendemos al revés. El milagro es que haya algo que sobreviviera a la mayor masacre de la historia». (Ediciones Siruela, traducción de Julio Baquero Cruz)
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Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos, de Yasutaka Tsutsui

Yasutaka Tsutsui (1934) es un escritor japonés de excepcional interés, descubierto en nuestros pagos por ediciones Atalanta, que tuvo el acierto de traducir al castellano, hace ya una década, Hombres salmonela en el planeta Porno (2008). Luego publicó una segunda recopilación de relatos, seleccionados por el propio autor, Estoy desnudo y otros cuentos (2009), a la que siguió la novela Paprika (2011). La buena aceptación que ha tenido en nuestro país este escritor tan particular explica sobradamente que ahora se nos presente una cuarta entrega de su obra: Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos: un conjunto de relatos publicados originariamente por entregas en la revista Shōsetsu Shinchō (1970-1971), y que tienen como protagonista a Nanase, una joven con poderes paranormales que le permiten adivinar el pensamiento de quienes la rodean.

Yasutaka Tsutsui es considerado en su país un destacado cultivador de la ciencia ficción comprometida, de aquella que, siguiendo la estela se Swift, Bulgákov o Čapek, se centra en el análisis crítico de la sociedad, y no se manifiesta solo como literatura de entretenimiento. Un nuevo punto de vista, aunque parezca imposible, nos permite a veces afinar el tiro, dar en el blanco. Internados en el terreno de la fantasía y aceptado lo improbable, nos resulta más fácil tirar de la manta y que lo oculto salga a la luz. En la novela El Diablo cojuelo, el demonio levanta los tejados de las casas madrileñas para mostrar la impudicia de sus moradores, y en Diario de un perro, de Panizza, una mascota especialmente dotada se convierte en testigo de cargo de la Humanidad. En los cuentos de Tsutsui, la clarividencia de Nanase, una criada de dieciocho años, nos desvela que la sociedad se fundamenta en la hipocresía. Nuestras relaciones casi nunca son sinceras, pues lo que decimos y lo que pensamos se corresponden raramente. Ya intuíamos algo de esto, pero no nos dábamos cuenta de todo su alcance, quizás porque solo veíamos nuestra propia doblez, y para esta tenemos siempre comprensión y tolerancia infinitas. La mordaz escritura de Tsutsui nos pone frente al espejo. Con un estilo de admirable sencillez y un desarrollo lógico implacable, el afilado bisturí del japonés nos imparte ocho lecciones magistrales de anatomía, ocho disecciones de la sociedad japonesa vista a través de la institución familiar. No son relatos de complaciente lectura, pues sus dardos se clavan siempre en lugares que nos duelen. ¿Es que no somos todos unos farsantes? ¿No nos obliga la sociedad a protagonizar parecidas imposturas? Sí, lo sospechábamos: nos pasamos todo el santo día actuando. Pero nadie nos lo había mostrado antes con tanta imaginación, humor y eficacia.

Leído el primer relato, «Zona de las calmas», implacable radiografía de una disolución familiar, nos asaltó el temor de que las restantes historias fueran una simple repetición. Inventada la herramienta, el trabajo se vuelve rutinario. Pero no es así. Ya en el segundo de los cuentos, «Cautivos de la suciedad», admiramos la originalidad del planteamiento: el exagerado desaliño que comparte una familia numerosa es ahora el foco de atención. Pero la basura no está solo en el polvo y la ropa sucia, sino también dentro de las personas. Nanase solo puede vencer a la primera. En «Himno a la juventud» profundizamos en el conocimiento de las extraordinarias habilidades de Nanase, testigo en esta ocasión de la fuerte personalidad de Yōko, su nueva ama, a la que es capaz de seguir telepáticamente a gran distancia, incluso cuando va de compras a la ciudad o se cita con su joven amante. El punto de mira está ahora puesto en una pareja sin hijos, incomunicada e incapaz de enfrentarse constructivamente al fin de su juventud. En «El melocotón» se hace escarnio de esa obsesión patológica por el trabajo que se atribuye de manera proverbial a los japoneses. Katsumi, padre de familia de 55 años, vive dolorosamente su prematura jubilación, hostigado doblemente por una pulsión erótica insatisfecha y por el desprecio apenas velado de su familia, que comienza a verlo ya como un trasto inútil. Un cuento cruel, casi sádico, donde ni siquiera la joven mentalista sale bien librada. A partir de este relato, el acoso machista que sufre Nanase se convertirá en un leit-motiv importante del libro. «Una Bodhissattva entre las llamas del infierno» nos muestra la represión emocional de una esposa, Kikuko, que profesa un código de honor matrimonial que le impide exteriorizar el sufrimiento provocado por la infidelidad de su esposo, un profesor universitario de Psicología conocedor de los antecedentes paranormales del padre de Nanase. Durante algunas páginas la narración se vuelve pedagógica y aprendemos qué son las cartas de Zener, que le serán aplicadas a la joven sirvienta. Aunque el relato es un varapalo a los psicólogos y a las ambiciones profesionales desmedidas, el final de la historia pertenece a la esposa, a Kikuko: su particular «bushido» matrimonial desembocará en un auténtico seppuku. Aunque el fondo de los relatos se mantiene constante a lo largo del libro, enseguida apreciamos la pasmosa habilidad del autor para dotarlo de variedad. Podríamos hablar de un tema con variaciones, con una implicación progresiva de la narradora, que pasa de manifestarse como mera observadora a convertirse en víctima de sus propios poderes, cuando no en una manipuladora sin escrúpulos (¿quién podría resistirse a serlo, manejando tanta «información privilegiada»?). Así lo vemos en el siguiente cuento, «Fruta del cercado ajeno», donde se evidencian las fantasías sexuales cruzadas entre dos parejas. El final feliz es propiciado involuntariamente por la intervención de Nanase. En «El pintor de los domingos» se retrata un nuevo tipo, el del artista narcisista: un pintor de cuadros abstractos que se muestra perfectamente indiferente a su entorno familiar. Nanase, que en un principio se siente atraída por él —quizás porque solo lee en su mente figuras geométricas—, terminará comprendiendo que no es mejor que los demás. «Querida mamá, que en paz descanses» se desarrolla durante el funeral de una madre patológicamente posesiva, una ceremonia de la hipocresía llevada hasta el extremo. En este cuento negro, el más tétrico de todos, constatamos algo que ya presentíamos: que las variaciones estaban compuestas en crescendo, y que ahora nos toca escuchar los últimos acordes, aterradoramente ensordecedores.

Se impone una reflexión final sobre la protagonista de los cuentos. Es evidente que la arista más afilada de su clarividencia apunta siempre hacia fuera, pero no puede asegurarse que falte, en los relatos de Tsutsui, una reflexión moral —al menos implícita— sobre los límites que sobrepasa Nanase con sus poderes. Ser invisible, vivir eternamente o adivinar el futuro son imposibles que nos seducen. Hemos fantaseado muchas veces con protagonizarlos, olvidando que, si se cumpliera nuestro deseo, nos conducirían inevitablemente al desastre. La literatura nos lo ha advertido con frecuencia. No nos conviene ser ni Midas ni el Judío errante, ni tan siquiera el hombre invisible. A este respecto, la elección de una joven de dieciocho años no es gratuita. ¿Podrá vivir Nanase muchos años más con la terrible carga de enfrentarse cada mañana a la mirada de la Gorgona? Lo dudo mucho. Nuestra hipocresía —nos guste o no— es el espejo que nos salva de los otros.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Al fin, Nanase se dio cuenta de que esa aparente armonía familiar no se había mantenido gracias a la cháchara de Eiko, sino a la música de fondo que procedía del televisor. Una vez apagado éste, un silencio asfixiante agredió a la familia. No había más remedio que irse a la cama.» (Lo que vio la criada, traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo)
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Noche y luz de luna, de Thoreau

Aunque contiene un texto de Thoreau muy breve, no me resisto a la tentación de dar noticia, al menos, de la aparición de este encantador librito, Noche y luz de luna (Moon and Moonligth, 1863), que acaba de publicar Olañeta en su colección «Centellas». En la actualidad, pasear de noche bajo la luz de la luna es una actividad problemática para los que habitamos en una ciudad; pero ¡qué fácil nos resulta imaginárnosla protagonizada por ese infatigable caminante y atento observador de la Naturaleza que fue Thoreau! Seguro que debió de pasar más de una noche en vela contemplando embelesado, como un nuevo Endimión, a la seductora reina de las sombras. Manido tópico de la utilería romántica en demasiadas ocasiones, la luna adquiere en Thoreau un especial dinamismo y significado: caminar bajo su luz nos abre los ojos a la percepción de una nueva realidad.

Según nos informa Jordi Quingles en su documentado prólogo, Thoreau tenía proyectado escribir una obra extensa sobre el mundo lunar, un tema que le apasionaba pero que no llegó nunca a concretar. Aunque Noche y luz de luna fue publicado póstumamente en The Atlantic Monthly a finales de 1863, podemos rastrear sus fuentes en una conferencia dada por Thoreau en 1854, Moonligth, compuesta a partir de observaciones y vivencias extraídas de sus Diarios. Sin embargo, el texto publicado en 1863 no fue preparado por Thoreau, sino por su hermana Sophia, que contó con la colaboración de Ellery Channing, amigo y primer biógrafo del escritor. Juntos seleccionaron y refundieron —con desigual acierto— diversos fragmentos del manuscrito de la conferencia. Que yo sepa, Noche y luz de luna estaba inédito en castellano (al menos en formato físico), y aunque no alcanza la plenitud de otros textos terminados en vida por su autor, hay en él lo bastante de Thoreau como para garantizar, al lector lunático y amigo de la noche, un rato de lectura placentera.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«¡Cuán insoportable serían los días si la noche, con sus rocíos y su oscuridad, no viniera a restaurar el mustio mundo! A medida que las sombras comienzan a reunirse a nuestro alrededor, nuestros instintos primigenios despiertan, y nos deslizamos fuera de nuestras guaridas, como los habitantes de la selva, en busca de esos pensamientos callados y taciturnos que son la presa natural del intelecto.» (traducción de Jordi Quingles)
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La esfera negra, de Gustav Meyrink

Autor de grandes y reconocidas novelas como El Golem o La noche de Walpurga, Gustav Meyrink (1868-1932) fue también un asiduo cultivador del relato breve, donde —con acierto desigual— dio muestras de una notable originalidad y fuerza expresiva. Son varias las colecciones de relatos de Meyrink con las que contamos en castellano, pero esta que acaba de publicar Eneida, en su colección «Confabulaciones», tiene el interés particular de recuperar una antigua y valiosa traducción, la de Mauricio Amster (1907-1980). Nacido en la actual Ucrania (entonces perteneciente al Imperio austrohúngaro), en el seno de una familia de judíos sefarditas, Amster fue una figura intelectualmente inquieta y muy comprometida en lo político. En 1930 abandonó Alemania para instalarse en España, donde colaboraría con el bando republicano durante la Guerra civil. Terminada la contienda, Amster permaneció durante unos meses en Francia, radicándose finalmente en Santiago de Chile, ciudad donde desarrolló una importante labor cultural en revistas y editoriales. En 1947 Amster recopiló y tradujo para la editorial chilena Zig-Zag un interesante conjunto de relatos de Meyrink, extraídos de libros como El soldado ardiente (1903), Orquideas (1904) o El cuerno maravilloso del burgués alemán (1913). Una buena parte de los relatos seleccionados por Amster contenían una aguda burla del militarismo prusiano, asunto que había guiado la pluma de Meyrink en aquellos convulsos años anteriores al estallido de la Gran Guerra, y que en 1947 —según resalta el propio Amster en su prólogo a la edición— adquirían una especial actualidad tras el fracaso de los totalitarismos que habían destrozado Europa.

«La esfera negra», relato que da título al libro, es uno de los textos más imaginativos y satíricos de la recopilación. Dos hindúes, que recorren Europa exhibiendo una máquina capaz de representar el pensamiento, descubren una siniestra esfera negra en la mente de un militar: un verdadero agujero negro que devora la materia circundante y amenaza con destruir «todo el universo que Brahma creara». Similar falta de materia gris se manifiesta en «El seso esfumado» o «Ciertamente, sin duda», relatos que tienen también a la clase militar como protagonista. En el segundo de ellos, «Ciertamente, sin duda», la carencia es puesta en evidencia gracias a una placa fotográfica especialmente sensible. Al igual que en los relatos anteriores, en «Petróleo — Petróleo» tampoco descubriremos la intención satírica de Meyrink hasta las últimas páginas. La venganza de un científico resentido con la Humanidad desencadena una catástrofe ecológica de dimensiones mundiales, solo parangonable a la desproporcionada proliferación de oficiales europeos que serán movilizados para atajarla. Parecida burla de los valores militares hallamos en «El soldado tórrido» y en «Asnoglobina», donde unas delirantes investigaciones con asnos y orangutanes conducen al descubrimiento de una impagable vacuna del patriotismo. Pero no todos los relatos traducidos por Amster tienen a los militares en el centro de la diana. En «El miedo», uno de los cuentos más logrados y comprometidos del volumen, Meyrink compone una dura y tétrica reprobación de la pena de muerte. El condenado, sometido en su celda a un inhumano aislamiento en las horas previas a su ejecución, es devorado por el gusano del terror. Dentro ya de un registro puramente fantástico y terrorífico, aderezado con los habituales toques de exotismo oriental tan caros a Meyrink, hallamos «La preparación», uno de los textos más espeluznantes y macabros. Por enésima vez, la villanía viene protagonizada por un mad doctor oriental, un siniestro médico persa que ha transformado a su enemigo europeo en un macabro reloj de pared. En «La muerte morada» —otro relato de gran atractivo—, Meyrink vuelve la vista a sus queridos escenarios orientales para narrarnos las peripecias de una expedición inglesa a un remoto enclave del Tíbet. Su descubrimiento de una tribu que vive aislada del mundo tendrá consecuencias fatales para la Humanidad, al difundirse una palabra mágica que obra, al ser proferida, una inmediata destrucción. Un relato de corte apocalíptico no falto de cierto humorismo grotesco. Finalmente, comentaré un par de relatos más, protagonizados en este caso por animales: «La maldición del sapo — Maldición del sapo» y «Chitrakarna, el camello distinguido». Se trata de dos divertidas fábulas morales, a la manera de Esopo, donde vuelven a ponerse en solfa, aunque de manera más disimulada, algunos valores castrenses, como son la obediencia ciega (simbolizada por el inconsciente caminar del ciempiés) o la autoinmolación inútil (reflejada en el gratuito bushido del camello): una burla expresa del «Dulce et decorum est pro patria mori».

Además de traductor, Maurico Amster fue también un notable diseñador gráfico, tipógrafo e ilustrador de libros y revistas, como lo manifiesta la portada que dibujó para su edición de La esfera negra y otros cuentos extraños (1947), publicada por la editorial chilena Zig-Zag, de la que fue director artístico. La interpretación gráfica del relato que da título al libro —una especie de bala de cañón que ocupa el lugar de la cabeza bajo el casco prusiano— no puede ser más elocuente.

 

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«En un nicho de la pared pendía, de una barra de cobre, una cabeza humana de cabello rubio. La barra penetraba en mitad del cráneo. El cuello estaba envuelto debajo del mentón con una bufanda de seda, y debajo se veían las dos alas rojizas de los pulmones, con los bronquios y las vías respiratorias. En medio se movía rítmicamente el corazón, envuelto en alambres de oro que llevaban a un pequeño aparato eléctrico en el suelo. Las venas, tirantes, conducían la sangre desde dos frascos de cuello delgado.» (La preparación, traducción de Mauricio Amster)
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Ciervos en África (Fabulario apócrifo)

Acaba de ver la luz mi último trabajo literario, Ciervos en África (Fabulario apócrifo): un centenar y medio de textos breves —minificciones— donde se recrean, con gran libertad y no menos humor, algunos de los mitos y personajes de la Antigüedad clásica grecolatina. El libro ha sido publicado por Ediciones Trea, de Gijón, una de las más importantes y valoradas editoriales asturianas, con una destacada proyección nacional, y que obtuvo en el año 2014 el «Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural».

Desfilan por mi obra los grandes dioses olímpicos, algunas divinidades menores y una variada representación de personajes mitológicos diversos, trabados todos en una compleja red de castigos, amores y venganzas. No faltan en el libro los protagonistas de las grandes gestas heroicas de la literatura clásica, ni tampoco un puñado de personajes históricos relevantes, que he añadido al final del volumen extendiendo al máximo el significado de mito. La mistificadora labor de la fama, con el transcurrir del tiempo, los ha dotado de un estatus muy similar al de los personajes de ficción. Todo aquello que no olvidamos por completo termina casi siempre transformado en mito.

En Ciervos en África podemos distinguir dos categorías diferentes de textos. En la primera de ellas se ofrece una reflexión o interpretación sobre un determinado personaje o episodio; en la segunda, se crea una ficción en la que el mito ha sido alterado sustancialmente. Puede ser que se modifique su desenlace, se aporten detalles de la trama hasta ahora ignorados o se revele una intención oculta en sus protagonistas. En ocasiones he relacionado mitos y personajes supuestamente incompatibles, cuando su confrontación aportaba un nuevo significado o iluminaba relieves insospechados de su personalidad.

Muchas de las historias que integran el libro están narradas en tercera persona, pero en otras es el propio protagonista, o un testigo presencial, el que toma la palabra. Con el propósito de ofrecer al lector un abanico mayor de registros, he compuesto también algunas cartas, fragmentos dialogados entre dos o más personajes y supuestos textos antiguos extraídos de sus fuentes originales.

La escritura de Ciervos en África ha sido para mí una experiencia muy grata y estimulante. Desde hace muchos años soy un entregado lector de textos clásicos. La temprana e inexcusable necesidad de documentarme para mis trabajos de investigación sobre literatura del Siglo de Oro se transformó enseguida en una fervorosa y «desinteresada» inclinación por los mitos e historias de la cultura grecolatina. Esta afición, que me ha acompañado desde entonces, se ha materializado al fin —contra todo pronóstico— en una obra de creación.

*Ciervos en África (Fabulario apócrifo), Gijón, Ediciones Trea, 2018, 192 pp.

*Puedes leer algunas de las minificciones que integran el libro en la revista cultural El Cuaderno: Ciervos en África

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porque poner Virgilio ciervos en África no es falta del arte sino de geografía, cuando no los hubiese; porque, supuesto que no hubo ciervos en África, es verosímil que los pudo haber… (Herrera, Anotaciones a Garcilaso, 1580)

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Atenea y Aracne

Epimeteo cerrando la caja

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Las hipótesis del fracaso y otros cuentos, de O. Henry

El escritor estadounidense William Sidney Porter (1862-1910), más conocido como O. Henry, tuvo una existencia corta pero movida: ayudante de farmacia, ranchero en Texas, empleado de banca, delincuente, prófugo, presidiario… Salido de la cárcel, O. Henry buscó el anonimato instalándose en Nueva York, donde pudo dedicarse por fin a la literatura. Entre 1902 y 1910 escribió un elevado número de cuentos, que no lo hicieron rico aunque sí popular. La acuciante necesidad de escribir a destajo para ganarse el pan y la afición al alcohol pusieron un temprano punto final a su vida. De los varios centenares de cuentos que nos dejó, la editorial ovetense KRK nos ofrece ahora un conjunto de veinte, seleccionados, traducidos y prologados por Gema Vives. Una edición exquisita (es un verdadero placer tener el volumen entre las manos) que reúne una muestra representativa de los diferentes registros del autor, y donde no faltan ni los cuentos más conocidos ni otros —de interés— que permanecían todavía inéditos en castellano o estaban agotados.

No es preciso avanzar mucho en la lectura del libro para comprobar que la compleja y difícil experiencia vital de O. Henry aflora en cada una de sus páginas, aunque transmutada por una visión benévola de la realidad. El hecho de que permaneciera en prisión durante tres años quizás le ayudó a contemplar las debilidades humanas bajo un luz diferente, más tolerante. En muchos de sus personajes —incluidos los «menos recomendables»— late una bondad natural que los redime: unos secuestradores dispuestos a pagar, un gánster capturado por cumplir una promesa, un delincuente incapaz de robar a un niño… Como otros muchos escritores que vivieron a salto de mata, O. Henry no tuvo tiempo —quizás tampoco interés— para forjarse un estilo complejo, como —por ejemplo— el de su contemporáneo y homónimo Henry James, al que se permite aludir jocosamente en uno de sus cuentos. Tramas breves, sencillas y lineales, diálogos naturales como la vida misma, llenos de gracia y expresiones coloquiales, personajes urbanos modestos o marginados: polizontes a pie de calle, delincuentes y vagabundos, empleados de media paga, inmigrantes, artistas bohemios… Estas son las mimbres con que teje sus entrañables cuentos, donde no falta la chispa del ingenio en la voz del narrador. Todas las historias de O. Henry alcanzan su crisis en las últimas líneas, donde siempre nos aguarda una sorpresa, que en ocasiones invierte el sentido de la trama. Pero en lo que nunca hay sobresalto es en el destino final de sus personajes: invariablemente feliz, o cuando menos moral y justo. En la narrativa de O. Henry la Providencia nunca falla.

El cuento que da título al libro, «Las hipótesis del fracaso», es un texto inédito en castellano, según nos informa Gema Vives en su documentado estudio preliminar. El relato tiene como protagonista a un abogado especializado en divorcios, un tema genuinamente americano. La calculada ambigüedad de los diálogos nos mantiene engañados hasta el final. «La puerta verde» es un cuento de hadas protagonizado por un modesto vendedor de pianos con apellido extranjero, Rudolf Steiner, un joven muy amigo de las inesperadas aventuras que nos brinda la deriva urbana. La suerte, su buena voluntad y un equívoco propician el milagro. «El rescate de Gran Jefe Colorado» es uno de los cuentos más divertidos y logrados de la recopilación. Un asunto tan siniestro como el rapto de un niño da pie para desarrollar una aventura hilarante e ingeniosa, de un buenismo sin complejos. La pintura de ese enfant terrible de diez años que hace sudar tinta china a sus secuestradores es verdaderamente antológica. Muy popular en su país, «El rescate de Gran Jefe Colorado» es sin duda una pequeña obra maestra. «Sacrificio por amor» pone al descubierto la buena ley de una relación de pareja, una historia similar a la de «El regalo de los Magos», el cuento más popular de O. Henry, también recogido por Gema Vives en su edición. «Al cabo de veinte años» continúa con la tónica de conceder protagonismo a personajes modestos y típicos del medio urbano neoyorquino. Un delincuente cumplidor de su palabra y un policía escrupuloso certifican que los imperativos morales no escasean entre los desfavorecidos. Otro relato muy divertido y perfectamente construido es «El filtro amoroso de Ikey Schoenstein», un título irónico que encubre un sencillo triángulo amoroso donde la honestidad vuelve a tener el premio que se merece. En «El himno y el poli» O. Henry añade un vagabundo a su galería de personajes, un sin techo que sueña con una abrigada invernada en prisión. Pero no basta con ser malo, también hay que parecerlo. «Mientras el auto espera» es un delicioso relato escrito bajo la inspiración confesa de Las nuevas noches árabes de Stevenson. La habilidad de O. Henry para darle la vuelta a la trama en el último instante y dejarnos boquiabiertos alcanza aquí su cota más elevada: tres palabras bastan. Con «Jimmy Hayes y Muriel» y «La desaparición de Águila Negra» abandonamos temporalmente las calles de Nueva York para internarnos en la turbulenta frontera mejicana —un territorio que O. Henry conoció durante su etapa de ranchero—, con sus escaramuzas entre bandoleros y rangers. El extravagante protagonismo de una lagartija y el inverosímil caudillaje de un delincuente de medio pelo reducen la supuesta aventura a una exhibición de puro humor. Otro relato destacable es «Ni rastro del fantasma», una inesperada ghost story que le sirve a O. Henry para burlarse de una familia de nuevos ricos. Su discutible abolengo será puesto en tela de juicio por la inoportuna aparición del fantasma de un albañil. «La última hoja» es una fantasía sentimental, un tanto lacrimógena, en la que un acabado trampantojo da sentido a una vocación obrando una portentosa curación. En la vieja disputa entre la vida y el arte, O. Henry apuesta obviamente por la primera. Finalmente, me detendré en «Los caminos del destino», el relato más extenso de todos los recogidos por Gema Vives, donde O. Henry se aparta de su universo literario habitual para ofrecernos una aventura de tintes folletinescos con un desenlace dramático. Un joven poeta que ha sufrido un desengaño amoroso sale al mundo para conquistar la fama. Desarrollando este tópico tan manido, O. Henry logra una relato muy entretenido, rico en peripecias y situaciones rocambolescas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Digamos que ella y su marido no estaban precisamente a partir un piñón. Tienen incompatibilidad a punta pala. Las cosas que a ella le gustan, Billings no las querría ni regaladas con cupones. No son de la misma cuerda. Ella es una mujer educada en las ciencias y en las artes, y lee cosas en voz alta en reuniones culturales. Billings está fuera de esa onda. No aprecia el progreso, los obeliscos, la ética, las cosas así. El viejo Billings es duro de mollera para este tipo de cosas.» (Las hipótesis del fracaso, traducción de Gema Vives)
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