La traducción a nuestra lengua de un autor inédito siempre es una buena noticia, y más aún cuando su interés literario resulta incuestionable. Es el caso de William Carleton (1794-1869), un escritor irlandés desconocido hasta la fecha en nuestras latitudes. De camino a Maynooth (Ápeiron Ediciones, 2026) es una divertidísima sátira protagonizada por un joven campesino irlandés que aspira a convertirse en sacerdote católico. Extraído de Traits and Stories of the Irish Peasantry (1830-1834), el relato nos revela una faceta muy particular de la mirada que Carleton extiende sobre el campesinado de su país natal. El propósito de esta punzante narración no parece ser otro que el de poner de manifiesto la exagerada y poco fundamentada admiración que el pueblo irlandés tributa a la figura del sacerdote católico: una devoción que, según Carleton, solo puede explicarse por la ingenuidad e ignorancia de las clases populares. El innegable anticatolicismo que respira el texto (su autor terminó abrazando el protestantismo) es oportuno relacionarlo con la promulgación, unos años antes, de la Ley de Emancipación Católica (1829): culminación de un proceso legal que ponía fin a la discriminación política que sufrían los católicos irlandeses, y al que el propio Carleton se opuso. Recibido con alborozo ―muy probablemente― en los medios protestantes ingleses, De camino a Maynooth constituye un valioso testimonio de su momento histórico; como también, un ingenioso e hilarante texto satírico donde el humor suaviza cualquier posible arista crítica.
De camino a Maynooth (1834) tiene como principal protagonista al hijo primogénito de un campesino irlandés acomodado, Denis O`Shaughnessy, llamado a convertirse en sacerdote tras su anhelado ingreso en el afamado seminario católico de Maynooth. Toda la narración gira en torno a la desmesurada admiración y grandes expectativas que su proyecto despierta en su medio familiar y local. A fin de dar adecuado sustento a su sátira, el autor no ahorra al joven aspirante ninguno de los defectos morales que, en principio, deberían contradecir su vocación. El más llamativo de todos ―tal vez, el menos grave― es el de su extremada pedantería, que pone de manifiesto a cada momento, tanto en las peregrinas disputas que entabla con familiares y paisanos como en sus gratuitos y grotescos discursos, entreverados de citas latinas farragosas o inoportunas. Su declarado dominio del griego y de la «sintaxis inglesa» es otra de las armas con las que apabulla fácilmente a sus ingenuos paisanos. La simplicidad de los campesinos constituye la caja de resonancia que incrementa la comicidad de los parlamentos del joven Denis, que no teme explayarse ante un auditorio deslumbrado por los argumentos y fuegos oratorios más descabellados. Su mismo padre no conoce mayor gozo que el de verse vapuleado dialécticamente en las discusiones que mantiene con él sobre los asuntos más ridículos y triviales.
Pero el rasgo más negativo del joven Denis es, sin duda, su injustificado y extremado orgullo. El simple hecho de que se proponga ingresar en el seminario de Maynooth (Carleton también estudió en él, aunque lo abandonaría sin ordenarse) le confiere un halo de indiscutible autoridad sobre sus paisanos; y sin haber sido aún admitido reclama ya a familiares y conocidos que le traten de «señor» y sustituyan su apelativo coloquial (Dinny) por el de Dionnisis. Otro defecto notable del joven es su hipocresía. Aunque no teme proferir los mayores disparates ante un auditorio de campesinos ignorantes, modera mucho sus discursos cuando lo escuchan personas más formadas. Todos estos rasgos desfavorables de su personalidad, puestos en evidencia numerosas veces a lo largo de la narración, aparecen hábilmente orquestados en el capítulo correspondiente a la celebración familiar previa a su entrevista con el obispo (que deberá dar su beneplácito al ingreso de Denis en el seminario). Bajo el influjo de copiosas libaciones de poitín (un licor ilegal de malta de altísima graduación), el joven se recrea en la imagen de opulencia que ofrecerá cuando sea sacerdote, así como en su futura vida regalada o en las honras que recibirá de los campesinos acomodados durante sus visitas pastorales, bodas y bautizos.
Como cabía esperar, Carleton no se contenta con satirizar a un joven aspirante a seminarista. También extiende sus burlas a la figura del sacerdote local, el padre Finnerty, que ha sido sobornado por la familia de Denis, mediante la entrega de un potro, para que influya favorablemente sobre la decisión del obispo. Las hechuras de este clérigo tan amigo del buen vivir (modelo evidente del joven aspirante) se ponen cómicamente de manifiesto durante el almuerzo festivo que le ofrecen los padres de Denis mientras tiene lugar la decisiva entrevista con el obispo, y en el que se nos brinda la poco edificante caricatura de un sacerdote obsesionado por la comida y la bebida. Más pendiente de los progresos de la carne que se está asando en la cocina que de otra cosa, Finnerty trasluce su marrullería en las ambiguas alabanzas que tributa mientras tanto al talento del ausente Denis, que modula en un tono irónico y con un vocabulario tan rebuscado que los sencillos campesinos que lo escuchan las juzgan sinceras. También resulta muy ingenioso y divertido el disparatado discurso, trufado de latinajos sin pies ni cabeza, cómicas amenazas y disparates incomprensibles con los que Finnerty logra que el hermano de Denis le ceda su puesto junto al fuego. Estos discursos del sacerdote veterano, junto con los de su discípulo Denis, son comparables a los estrambóticos sermones que el padre Isla ponía en boca de fray Gerundio de Campazas (un personaje de ficción que, por otra parte, guarda ciertas similitudes con Denis).
Una escena de gran atractivo y significado en la novela es la que narra la despedida del joven Denis de su prometida en la víspera de su partida al seminario. Es un bellísimo capítulo donde impera la descripción de una naturaleza idealizada que ya no es propiamente campesina, sino bucólica; del mismo modo que los sentimientos sinceros y las escogidas palabras que intercambian los dos jóvenes parecen más propios de una novela romántica que de una sátira. La nota etnográfica del autor corre ahora a cuenta de la fortaleza de las promesas matrimoniales en la sociedad irlandesa, que exige una renuncia formal expresa al compromiso. La sensibilidad que la joven Susan muestra por el escenario natural del encuentro, la elegante sencillez de su atuendo y su exquisita compostura ante la dolorosa ruptura trazan una pintura que contrasta fuertemente con las grotescas escenas que la novela nos ha ofrecido en abundancia. Todo este largo capitulo supone una verdadera «pirueta» en la narración, que transita sin aparente modulación de la sátira más desmelenada a un poético idilio entre dos enamorados. Su función, sin embargo, es tan evidente como necesaria: sembrar las semillas del desenlace final. Es decir, anuncia al lector que la venda que ciega al protagonista está pronta a caer: «Nuestro héroe olvidó entonces su saber; dejó a un lado los polisílabos y abandonó por completo su pedantería. Su orgullo desapareció y el pequeño boato de su carácter artificioso cayó de él como una vestidura innecesaria que oprime a quien la lleva». La inesperada aparición del padre de Susan, dispuesto a moler a garrotazos al joven Denis, recupera finalmente el tono rústico y humorístico.
La edición que nos ofrece Ápeiron Ediciones de este valioso texto inédito se enriquece con un iluminador prólogo escrito por su traductora, Alba Ramírez Guijarro, que nos desvela las principales claves interpretativas del libro, así como algunos datos significativos de la vida de William Carleton, que incorporó en su novela un importante contenido autobiográfico. También subraya Alba Ramírez Guijarro las particularidades lingüísticas del texto, escrito en un inglés trufado de voces y expresiones dialectales, argot rural o incluso léxico irlandés. Si a todo esto sumamos las abundantes frases en latín (clásicas o litúrgicas), las expresiones disparatadas y los variados niveles de habla de sus personajes, no cabe dudar, desde luego, de la considerable dificultad que entrañaba verter el texto a nuestra lengua sin sacrificar su gran riqueza verbal. Un objetivo que ha sido amplia y felizmente cumplido en esta magnífica traducción, que incorpora además algunas cómicas ilustraciones de la edición de 1854.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
* Esta reseña ha sido publicada también en Zenda

Quizás no exista otro escritor moderno que haya encarnado mejor que lord Byron (1788-1824) el ideal renacentista de las armas y las letras; del hombre capaz de aunar la espada con la pluma, la vida activa y combativa con el sacerdocio literario e intelectual. Autor de una extensa e importante obra lírica y narrativa, el vate inglés asumió un compromiso por la libertad de Grecia que le costó la vida, pero que le granjeó también una gran celebridad como héroe y hombre de acción. Su vida fue, sin duda, «romancesca» (en el mismo sentido en que Armas y Cárdenas ponderaba la del poeta y soldado del Renacimiento español Hernando de Acuña): una existencia tan plena de amores, lances y aventuras que el estudioso de nuestros días bien pudiera verse en la disyuntiva de rendirle una monografía o convertirlo en personaje de una novela. Ambas opciones podrían ser fructíferas, pero aún me parece mejor la perspectiva ―me atrevería a decir, intermedia― que Lorenzo Luengo adopta en su reciente libro, El don tenebroso (Espuela de Plata, 2026), donde nos ofrece un completo retrato de Byron y su mundo (las mujeres de su vida, Percy y Mary Shelley, Polidori…). La aproximación del autor es profunda y muy documentada, ramificada como un árbol frondoso, rico en sabiduría, belleza e imaginación, que no teme extender sus ramas tanto al terreno del ensayo como al de la creación literaria, añadiendo también la nota personal o incluso el apunte autobiográfico.
Ahora que los canes nos ladran desde los estantes de todas las librerías, no hay escritor apenas al que le falte el suyo o editorial que no disponga de una camada repartida entre sus colecciones, resulta gratificante constatar que la pasión literaria por los perros no es ocurrencia de última hora ni resabio oportunista crecido al amparo de los anuncios de comida para mascotas y series de televisión. Es decir, no escasean autores de toda la vida que tributaron sinceros homenajes a la tribu de los pulgosos. El aficionado a la buena literatura podrá, pues, sumar a los emotivos relatos de Kipling, al Señor y perro de Thomas Mann o al Flush de Virginia Woolf (cito solo algunos de los textos más memorables) esta simpática novela (Salamandra, 2024) del húngaro Sándor Márai (1900-1989), un autor muy conocido, leído y apreciado en nuestro país.
En uno de sus más breves y sugestivos relatos («De cómo llegó el enemigo a Thlunrana», 1915) lord Dunsany nos relataba la historia de un poderoso ídolo al que las antiguas crónicas de su pueblo habían profetizado una derrota inevitable. En una sola noche, la tiranía del temible dios se derrumbará por la simple acción de un visitante furtivo que penetra en su santuario y se ríe al contemplarlo. La risa puede ser un arma considerable, pero si además se reviste con las galas del arte y el ingenio ―dígase caricatura, sátira o parodia― su fuerza se multiplica. Uno de los textos más parodiados de los últimos tiempos es el famoso Struwwelpether (1845) de Heinrich Hoffmann (traducido como ‘Pedro Melenas’ en nuestras latitudes): un librito de pocas páginas y profusamente ilustrado que narraba (con un propósito ejemplarizante no falto de una notable crueldad) los accidentes y castigos sufridos por unos niños revoltosos y desobedientes. Gracias a la originalidad de sus dibujos e historietas en verso, el libro ganó pronto una enorme popularidad y fue merecedor de numerosas traducciones: condición necesaria para que sus exempla pudieran aprovecharse luego con intención satírica. Dos de las más interesantes parodias que ha merecido el citado texto son las que ahora publica Ápeiron Ediciones: Tragatrufas y Hitler Greñas: dos sátiras políticas contra el nacionalsocialismo (2026).



Es común asegurar —no sé si con suficiente conocimiento de causa— que muchos soldados alemanes de la Gran Guerra llevaban en los bolsillos de sus guerreras el famoso Canto de amor y muerte del corneta Rilke (1906). Si esto fuera verdad, no creo que tardaran mucho en descubrir la falsedad de esa romántica gesta de un abanderado adolescente que reúne en una sola noche eros con tánatos. ¡La realidad es un poderoso crítico literario! Nada más opuesto a dicha epopeya erótica y caballeresca, a la que pone punto final una muerte gloriosa, que el texto de André Suarès (1868-1948), C´est la guerre (1915). Si Rilke compuso su poema en el arrebato lírico de una inspirada noche del invierno ruso de 1899, el francés concibe su proclama en el dolor de una guerra que amenaza con desangrar su país: un visceral alegato forjado en una prosa poética tan doliente y desgarrada como una herida abierta, tan belicosa y lacerante como el filo de una bayoneta. En el campo de batalla de Grodek la primavera no llega ni fría ni tarde. Sencillamente, no llega.
Al igual que su gran amigo y vecino de Concord, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson (1803-1882) fue un gran aficionado a los paseos campestres, así como a dejar constancia escrita de las meditaciones que le inducía la contemplación de la naturaleza. El libro que acaba de publicar Hermida Editores, Verano indio (2025), recoge una amena e interesante selección de entradas y fragmentos pertenecientes a los Diarios del filósofo de Boston («Platón», según el simpático apodo que le pusiera la mujer de Hawthorne, Sophia): un inmenso legado autobiográfico publicado originariamente en diez volúmenes. La naturaleza no es, desde luego, un elemento casual ni accesorio en el pensamiento de Emerson, como así se manifiesta en uno de sus textos más importantes, Nature (1836), libro fundacional del trascendentalismo. La edición de Verano indio cuenta con un revelador prólogo escrito por su editor, Alejandro Roque Hermida, donde se ahonda en el pensamiento filosófico de Emerson tal como se manifiesta en el conjunto de sus monumentales Diarios. Se enriquece y complementa así nuestra lectura del libro, centrado prioritariamente en el paseo y la mirada atenta a la naturaleza.
Decía Hermann Hesse, en uno de sus poemas más celebrados, que todo comienzo alberga un particular encanto (ein Zauber inne). De parecida manera, la primera obra de un narrador inspira el respeto de lo novedoso, de lo que acaba de nacer, sobre todo cuando promete ser el inicio de un largo camino. Si el autor, además, ha puesto toda su ilusión, trabajo y talento en la tarea de escribirla, leerla o hablar de ella no puede ser sino un privilegio. También una responsabilidad. Iluminaciones (Pie de Página, 2023), de César Niño Rey, cumple con creces las expectativas que despierta la publicación de un primer libro de narrativa. El lector descubrirá en sus páginas una variada colección de relatos, compuestos con una admirable perfección y dotados de una originalidad innegable. De muy diversa extensión, algunos textos podrían ser considerados nouvelles, mientras que otros entrarían fácilmente en la categoría de la minificción (es el caso de «Apocalipsis»). El libro manifiesta además una notable disparidad de registros, propia quizás de un libro de relatos donde, por un lado, se recogen escritos de diversa data (así lo revela el autor), y por otro, se dibuja una encrucijada de caminos. Los textos de un libro de relatos no tienen que estar todos afinados, como la suite barroca, en una misma tonalidad. Los de César Niño no lo están, y como sucede en muchas ocasiones esta variedad también la agradecerán los lectores.
Hace ya tiempo que descubrimos que las únicas burlas que merecen la pena son las que apuntan a lo más alto. Una de las primeras parodias literarias, la Batracomiomaquia, tomaba como diana de su sátira al elevado mundo de los héroes homéricos. Esopo, un simple esclavo, se rio de las pirámides de Egipto y Diógenes, desde su modesto tonel, se permitió mostrarse grosero con Alejandro (desde entonces los bufones siempre se meten con los reyes). La fama de David no dependió tampoco de su puntería, sino de la gigantesca talla de su adversario. Los ejemplos son tan numerosos como las arenas del mar de Homero. Quizás por ello, los grandes clásicos de la literatura universal estaban condenados a sufrir las pullas que Enrique Gallud Jardiel les arroja desde las páginas de su nuevo y divertidísimo libro: Un liante entre los clásicos (Ápeiron, 2025). Un libro que se abre con Shakespeare y se cierra con Cervantes, y donde se les toma el pelo a diez obras maestras de la literatura universal, tanto foráneas como nacionales, clásicas o modernas. Un magistral compendio de todos los recursos válidos para poner en solfa un texto literario. Ahora bien, me apresuro a señalar que las burlas y parodias (o como demonios las llamemos) que nutren este ingenioso libro no nacen ni del desamor ni de la ignorancia, sino de todo lo contrario. Son similares a las bromas que gastamos a las personas que conocemos bien y apreciamos mucho. Es decir, que Enrique Gallud es más amante que liante, conoce perfectamente la literatura y anda por ella como Pedro por su casa. Y donde hay confianza… hay familiaridades. ¡Benditas familiaridades cuando nos hacen sonreír!
Muchas veces un simple cambio de perspectiva nos permite descubrir detalles insospechados en algo que creíamos conocer bien. Adoptar la mirada ajena sobre cualquier asunto puede ser enriquecedor. Tal es el poder transformador de la literatura, que nos ayuda a contemplar el mundo desde un ángulo diferente. A este respecto, los Cuentos herejes de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927) nos brindan la oportunidad de revisitar un conjunto de historias y creencias muy cercanas, pertenecientes a la religión católica, iluminadas por la mirada de un oriental. De parecida manera a como Lafcadio Hearn proyectó su visión europea sobre unas tradiciones y leyendas japonesas que llegó a conocer muy bien, Akutagawa hace lo propio con el acervo cristiano de diablos y divinidades, persecuciones, martirios y curaciones milagrosas. El contexto histórico de los relatos que integran el libro es el de las misiones en el Japón (ss. XVI y XVII). Un tema apasionante y casi novelesco que inspiró dos bellas narraciones del escritor japonés Shūsaku Endō: Silencio (1966) y El samurái (1980). En una fecha muy anterior nuestro dramaturgo Antonio Mira de Amescua había compuesto Los mártires del Japón (c. 1618). Era un momento en que la gesta evangelizadora gozaba de una gran actualidad. La presencia de misioneros europeos en aquellas lejanas tierras tocaba a su fin.
Dudo si las trágicas semanas que vivimos durante el pasado verano, con una parte significativa de nuestro territorio forestal y rural asolado por las llamas, fueron el mejor contexto para leer este libro. Quisiera creer que las desgracias sirven también de advertencia. Quizás el lector informado, sucedido lo ya irremediable, podrá valorar mejor la importancia de lo que se ha perdido. Si existe un hogar para nosotros es el bosque: un lugar auténtico y entrañable donde el espacio y el tiempo adquieren un significado trascendente. Al recorrerlo, toda nostalgia desaparece y nuestros pasos se cargan de alegría y una cierta solemnidad: «soledad del bosque / ¡qué alegre es! / No siento pena / ni envidia», escribía Ludwig Tieck. Porque el bosque es el escenario de nuestros sueños y fantasías más queridas, aquel en el que desearíamos habitar para siempre. Visto incluso desde esta limitada perspectiva deberíamos lamentar el enorme daño que hemos sufrido. Nada mejor para percibirlo que recorrer el territorio devastado por un incendio y compararlo con lo que fue. El espacio se ha reducido a un vacío desolador. Los relieves y parajes diversos que antes solo era dado descubrir en el curso de una larga y estimulante caminata se nos ofrecen desnudos en un solo golpe de vista. Esto solo por lo que respecta al mundo vegetal. Porque la pérdida de todo tipo de animales, bienes materiales valiosos y vidas humanas queda fuera de cualquier medida. El bosque es nuestro espacio natural de convivencia y su muerte es difícilmente reparable.





