Die Zweisamkeit, de Francisco Hermoso de Mendoza

No me cabe ninguna duda de que todos aquellos que disfrutaron leyendo Muerto de risa (2021) quedarán igualmente encantados con esta nueva novela de Hermoso de Mendoza, Die Zweisamkeit, que el escritor logroñés vuelve a ofrecernos de la mano de Ápeiron Ediciones. No solo representa una consolidación evidente en su hacer literario, que se extiende, profundiza y afina, sino que además promete regalarnos con parejas dosis de imaginación, reflexión literaria y humorismo del bueno. Un juego del que el lector podrá participar, si tal es su deseo, antes incluso de tener el volumen entre las manos. Le bastará con observar los apuros del librero al buscar en su base de datos el título de la novela que le reclama. ¡Se han hecho performances con mucho menos! Cuando lo habitual es cifrar todas las esperanzas en cintas y envoltorios, en sagas y títulos clonados, esta impronunciable etiqueta que viste de enigma a la novela, Die Zweisamkeit, tiene mucho de desacato. Acostumbrados a citar tantos libros que ni siquiera se han visto, a discutir sobre tantos volúmenes que no se han abierto, muchos juzgarán indignante el no poder recordar el título de uno que precisamente se han leído. Mi consejo al lector quisquilloso es que no pierda el tiempo buscando traducciones en el google y comience a leer la novela de inmediato, aunque no sepa de qué va y necesite cifrar todas sus esperanzas en una pronta traducción en lengua alemana (donde, en buena lógica, el título figurará en castellano). Y si no tiene paciencia para tanto, que lo repita muchas veces en voz alta hasta que se lo aprenda y sea capaz de recitarlo con soltura: ¡Die Zweisamkeit, Die Zweisamkeit, Die Zweisamkeit…!

Al fin y al cabo, como reza la cita de Tolstói que encabeza la novela, «la vida solo comienza cuando uno no sabe lo que ocurrirá», y una galería de personajes tan variopintos e imprevisibles como los que pueblan Die Zweisamkeit es una estupenda baraja con la que comenzar a jugar, sobre todo si se cuenta con la baza de un protagonista tan imaginativo como para confundir a una atractiva y pizpireta becaria con la heroína de una novela de Faulkner. Porque este Autor que se nos presenta trabajando en una oficina (que hasta parece ser la de una compañía de seguros, asediada por los partes de siniestro) no es el Kafka aburrido de la burocracia austrohúngara, que escribe sus obras maestras sobre un escritorio de chupatintas, sino más bien el Robert Walser empleado de banco que, loco, perezoso y feliz, diera cuenta genial de ese mundillo de oficinistas ociosos que leen su periódico con un ojo puesto en el reloj y el otro en la secretaria/becaria de la mesa vecina, empoderada solo en su belleza. «Su talento para la escritura convierte fácilmente a un oficinista en escritor», aseguraba Walser. Pero esto de la oficina, como luego se verá, vale solo como primera instancia…

Narrada en tercera persona por una voz omnisciente que bucea en las interioridades de sus personajes, Die Zweisamkeit tiene como principal protagonista a un escritor anónimo denominado Autor; un detalle que le confiere a la novela todas las apariencias de una crónica personal. Algo así como si el novelista hablara de sí mismo en tercera persona, aunque cocinando sus experiencias con generosas dosis de imaginación. ¿Por qué, si no, este Autor del que ignoramos su nombre nos iba a confesar su intención de aprender el arte de la «autoficción» leyendo a Karl Ove Knausgård? Pero ya se sabe que la autoficción no es necesariamente sinónimo de veracidad, y si hasta la autobiografía más declaradamente sincera puede constituir un eficiente disfraz, ¿qué diremos de esta prima lejana suya, de esta Ci-Fi de andar por casa que es la autoficción? En línea con toda esta ambigüedad de voces, la novela camina también generosamente salteada de citas literarias y alusiones culturales muy diversas, a las que cabe añadir minificciones, aforismos, relatos e incluso algunos poemas intercalados. Una lista de libros que figura al final del volumen auxiliará al concienzudo lector (los hay) que aspire a ampliar lecturas completando el sudoku de la citas literarias. ¡Una novela con bibliografía!

 Die Zweisamkeit se abre con un brillante y divertidísimo primer capítulo que nos permite conocer a sus personajes en conjunto, actuando de manera coral en la oficina en la que trabajan: una multicolor y convincente fauna de oficinistas que aparecen dibujados con grandes dosis de ingenio y un humorismo benévolo. El personaje principal ―el Autor― es un escritor novel que acaba de perder la virginidad literaria publicando su primera novela: un libro que se nos presenta como muy de amateur, jaleado cum laude por la familia reunida en pleno y entrañablemente recostado en la tostadora de la cocina (peor hubiera sido en una freidora): un verdadero bodegón a la manera de esos altares domésticos japoneses donde se consagran las novedades que entran en el hogar. Porque este Autor anónimo es un enamorado de la pluma que ha intercambiado su estatus de feliz e indocumentado escritor inédito por otro no menos envidiable de escritor invisible. Pero el Autor no solo es Legión; es decir, no solo escribe libros como casi todo el mundo, sino que incluso los lee, y no parece capaz de dar ni dos pasos seguidos sin verlo todo tamizado a través de sus abundantes lecturas: señal inequívoca del malévolo daimon literario que lo posee.

Y es que, como ya es marca de la casa en el hacer de Hermoso de Mendoza, el ingrediente metaliterario es importante en la novela. Un componente que tiene como segundo garante, después de el propio Autor, al personaje de Vidal: un lector insaciable capaz de renombrar con tino las calles de Logroño repartiéndoles títulos de Delibes a carretadas (¡ninguno en lengua tedesca, tranquilos!). Vidal es un oficinista solitario que cuenta con la única compañía de un perro llamado Stalin (quizás muerda), y que padece además el síndrome de Diógenes. Al igual que muchos eruditos que recolectan citas de obras ajenas para armar las suyas, Vidal husmea en los cubos de basura del barrio a fin de nutrir su colección de curiosidades de baratillo. Queda advertido el lector de que en Die Zweisamkeit el amor a la literatura evidencia ser un mal muy contagioso, una especie de covid literaria sin vacuna que salpica también a otros personajes, y que incluso podría infectar al lector desprevenido. Así le sucede al menos a Lidia, que sublima en una divertida ristra de aforismos, felizmente paródicos, su creciente desencanto por la relación que mantiene con su último novio, Marcos, un calenturiento cajero de supermercado aquejado de una compulsiva inclinación a practicar a todas horas el ars amandi con la linda becaria.

Si la propia literatura, como motivo de reflexión, es parte importante del libro, su otro gran activo son los personajes, incluidos aquellos que ni tan siquiera parece que lean. Es el caso de Margarita y de su madre Edurne, o del bueno de Casper (Julio) y de su nieta Lola, una niña insufriblemente ducha en redes sociales (futurible influencer o youtuber): personajes todos que representan la carga más humana de la novela y que solo tienen de raro aquello de que no escriben. Una nota más extraña es la que modula Marcus, fiel retrato de un maniático del trabajo (una verdadera rara avis en estas benditas latitudes de la dieta mediterránea) que se siente un don nadie fuera de su oficina. Habitante de un hotel sin ser millonario, parece uno esos personajes a los que un breve empujoncito del guión podría convertir en depositario de atroces secretos, pero que en la novela de Hermoso de Mendoza termina trabando una inocente amistad con el conserje de su hotel, Pablo, un fanático del pasapalabra (¡otra manera de enfermar por culpa de las dichosas palabras!). En su afición a las series televisivas (como también en su amor al trabajo, me temo) el solitario Marcus representa la contrafigura del Autor, que cuenta con una familia que lee sus escritos e incluso lo anima a despeñarse por el abismo de la literatura. Pero todo tiene sus límites en esta vida, y este narrador omnisciente, que tanto sabe y tanto lee, confiesa su impotencia a la hora de desvelarnos las entretelas de unos personajes tan impenetrables como la Mole o el Jefe. Don Ramiro, alias el Puto Amo, es, en efecto, una especie de entelequia del poder, una enigmática entidad que combina la invisibilidad con los gestos horteras, y que gusta de alienar a sus subordinados a ritmo de congas y aserejés. Y también en esto acierta el narrador.

Queda claro, pues, que el escenario inicial de la oficina no era el paisaje principal de la novela, sino solo el encuadre previo que posibilitaba la foto de familia de unos personajes que tocarán luego por separado, y que no volverán a cantar en coro hasta el velatorio de Edurne. Entre tanto, la trama se ha ido complicando y extendiendo por los más diversos e inesperados vericuetos: un viaje familiar en coche, un supermercado, la recepción de un hotel… Se hace evidente el propósito de pintarnos un variado universo de seres interrelacionados: una humanidad que ―literaturas aparte― vive sujeta a la difícil realidad de cada día. Finalizada esta primera sección de la novela, es el momento de tomar nota ya de la advertencia preliminar de Tolstói («la vida solo comienza cuando uno no sabe lo que ocurrirá») y no seguir desvelando más secretos del libro. Tan solo advertiré al lector de que le esperan no pocas sorpresas, que han comenzado ya con el inesperado protagonismo de una de las hijas del Autor, Hera, que pide la paz y la palabra para narrarnos, entre otras cosas, el divorcio de sus padres. A estas alturas ya no nos cabrá ninguna duda de que las novelas de Hermoso de Mendoza son una auténtica tierra de oportunidades: un territorio de libertad donde los personajes pueden aspirar, con plena legitimidad, a elevar su estatus al de narrador. Pero hay algo más en Die Zweisamkeit que me resulta imposible callar: una segunda novela dentro de la novela, leída gentilmente para nosotros por Hera. Una extraña y hermosa narración de la que nada diremos, salvo que constituye algo así como la cámara del tesoro donde se guarda la clave, el verdadero corazón del libro.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña ha sido también publicada en El Cuaderno

«Por las tardes Julio pasea una hora (lo prescrito por el médico). En casa coge el móvil y escribe algo. Las publicaciones las entiende como una botella lanzada al mar, una red, un sedal con anzuelo. Una vez lanzado hay que esperar el resultado pacientemente, conectado, mirando la pantalla líquida. Algunas veces obtiene un like, un retuit, también muchos mensajes porno entrantes en el messenger, algún comentario, y en el mejor de los casos alguna solicitud de amistad que acepta por cortesía. Amistades distantes, frías, para él que la amistad la entiende como algo a frecuentar, a renovar cada día, un sentimiento que requiere proximidad, confianza, complicidad, intimidad; unas ideas que en el mundo tan cambiante y virtual en el que vivimos piensa que quizás estén ya en desuso. Su experiencia virtual es mínima, apenas unas semanas, pero tiene la sensación de que las redes, muy lejos de ayudarlo a paliar su soledad, la han dimensionado.»
«Los sentimientos de amenaza y angustia de los cuales creía sentirse cada día más liberado en los últimos tiempos habían vuelto a renacer. También el remordimiento. Pensó que lo único que había hecho todos estos años había sido huir. Pelear con sus contradicciones. Buscar un agujero, un margen, un no lugar. Lo indefinido. Para ir a meter la cabeza bajo tierra, hasta encontrar, finalmente, acomodo en la soledad de alguien que como él vivía también en el límite, en la frontera de sí mismo, en el anonimato de una tierra vaciada.»

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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Una respuesta a Die Zweisamkeit, de Francisco Hermoso de Mendoza

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