La segunda espada. Una historia de mayo, de Peter Handke

Peter Handke (1942) es un maestro contemporáneo que no precisa de presentación: uno de esos bienaventurados escritores cuyo relieve propio hace fácil olvidar que fue ganador de un Premio Nobel en 2019. Alianza Editorial, que ha publicado en nuestro país una considerable parte de su obra narrativa y ensayística, nos invita ahora a leer su más reciente novela, La segunda espada. Una historia de mayo (Das zweite Schwert. Eine Maigeschichte, 2020), traducida admirablemente para la ocasión por Anna Montané Forasté.  Autor de una obra narrativa extensa, en la que figuran novelas tan reconocidas como La mujer zurda (1976), Lento regreso (1979) o La ladrona de fruta (2017), la producción artística del austriaco también incluye poemas, filmes y numerosos textos dramáticos, como Los hermosos días de Aranjuez (2012), el más reciente traducido a nuestra lengua. La segunda espada es la crónica de una venganza anunciada que desde las primeras líneas de texto el lector pone como entre paréntesis. Ni mayo parece un mes adecuado para efectuarla ni la caballeresca espada que figura en el título un instrumento demasiado oportuno. Intuimos ya que la venganza, auspiciada por esos dos poderosos símbolos, no se sustanciará en el terreno de lo cruento.

La segunda espada es una novela breve de gran densidad y belleza, en la que la planificación de una venganza que se dibuja sobre el horizonte propicia en su narrador y protagonista el despliegue de un monólogo ricamente cargado de reflexiones, recuerdos, experiencias y visiones extraordinariamente lúcidas. Protagonizada casi en exclusiva por un narrador en el que no resulta difícil imaginar al propio Handke (cualquiera que conozca mínimamente su obra o su figura lo sospechará enseguida), La segunda espada tiene como tema nuclear el poder destructor de la prensa sobre el individuo indefenso. Un tema muy presente en la obra de Peter Handke, pero que en La segunda espada apenas aparece de manera explícita, quizás porque la ofensa sufrida que la sustenta pertenece ya a un pasado que no se trata tanto de revivir como de resolver. La segunda espada se nos presenta, pues, como la crónica de un viaje iniciático, de una experiencia catártica donde pasado y presente se conjugan para alumbrar la resolución de un doloroso conflicto.

Tras varias semanas de «vagareo» por el norte de Francia, el protagonista de La segunda espada ha retornado a su lugar de residencia, una casa situada en un pueblo al sur de París. Acaban de iniciarse las vacaciones de Pascua y se respira un ambiente inusualmente tranquilo. Los ruidos comunes disminuyen, se alejan o han desaparecido por completo, pues muchos de los vecinos se han marchado a otra parte. Sin ladridos de perros, petardeo de helicópteros o camiones de basura circulando por las calles, se extiende una cortina de silencio que permite hasta escuchar el susurro de un viejo arroyo soterrado bajo la calzada. En este ambiente cargado de paz, que provoca en el narrador el sentimiento de haber retornado al hogar, termina de fraguarse su proyecto de venganza. Una venganza que parece darle un nuevo impulso a su vida, pero de la que apenas conocemos detalles; que le permite afirmar su gesto ante el espejo, pero cuya consideración también le causa pesadumbre y dolor. Se abre así un espacio de tres días, previo a su ponerse-en-camino, que el narrador vivirá como «una hermosa limitación de tiempo» donde florecen visiones cargadas de contenido simbólico (como las dos fogatas de la barbacoa que parecen contradecir el relato bíblico de Caín), y en la que el empleo obsesivo de la segunda persona carga al monólogo de un efecto hipnótico sobre el lector.

Esa venganza que se dibuja sobre el horizonte más inmediato, aunque todavía inconcreta y en suspenso, tiene el efecto de dotar al narrador de una aguda lucidez, de una especial clarividencia que se resume en ocasiones en un lánguido deseo de no hacer nada, de instalarse en un presente gozoso que parece haber abolido el discurrir del tiempo. Una especie de «contemplación pasiva» como aquella que Yeats juzgaba incompatible con la vida urbana, que la «ensordecía o mataba». Queda el narrador predispuesto, pues, a ver pero no a observar, a ensimismarse en lo aparentemente trivial (como el vuelo nupcial de unas mariposas); a levitar en un tiempo suspendido donde los recuerdos afloran casi faltos de contenido, reducidos a meros nombres de lugares que una vez pisamos sin mayor pena ni gloria. Poco a poco, el protagonista se nos va revelando como un amigo de los rituales, que vive en esa soledad que alumbra los monólogos, construidos con palabras que se despliegan con mil precauciones, rectificándose sobre la marcha. Un discurso ―en momentos, de gran densidad; en otros, más relajado― en que el autor parece que pretende liberarse (¡basta ya de «parece que»!, diría Handke) de las palabras innecesarias. Tal como si, reducidos al terreno del monólogo, la sinceridad más extremada se convirtiera es nuestro último salvavidas.

Pero la atención del narrador no se dirige tan solo al paisaje. El vacío que lo rodea y su peculiar estado de ánimo le instan a volver la mirada a los seres humanos de su entorno, vistos ahora bajo una nueva luz de cercanía. Es el caso de ese puñado residual de indigentes que permanecen alojados por los servicios sociales en un viejo hotel remodelado al efecto, y que despiertan la simpatía del narrador por su asumida renuncia a protagonizar un retorno al hogar. Incluso un personaje tan sospechoso como Ousmane, un antiguo cocinero africano que malvive en la calle, ocultándose entre las vías del tren, puede despertar en el narrador una inexplicable complicidad que le induce a sopesar la posibilidad de transformarlo en su herramienta de venganza. Mayor relieve aún adquieren los parroquianos del Bar de las tres estaciones: una fauna humana más bien modesta, de esas que se hacen más perceptibles cuando el éxodo vacacional ha vaciado el paisaje urbano de otras presencias más llamativas. Personajes humildes que «jamás de los jamases» emprenderían un viaje de vacaciones, pero que el narrador sabe retratar en su humana singularidad, y en los que cree descubrir augurios referidos a su proyecto de venganza, que curiosamente toma cuerpo en el mismo bar y en el transcurso de una conversación general en la que todo el mundo participa dando su opinión. Y parece como si solo entonces, discutido en este senado popular, el proyecto de venganza hubiera obtenido la credencial necesaria para ejecutarse.

Cumplido el plazo de los tres días, el narrador se pondrá finalmente en camino, iniciando una suerte de peregrinar, primero a pie y luego en trenes de cercanías y autobuses, en el que cada paso dado se ve saludado por la aparición de señales y presagios, de verdaderas constelaciones de signos que dibujan un horizonte de sucesos casi fantástico, donde los cantos de los pájaros cobran significado y el azar le muestra invariablemente al viajero figuras humanas actuando en solitario, testimonios del especial estado emocional del que se muestra imbuido. Es como si la asunción del acto de venganza constituyera una fuerza emocional capaz de proyectar una sombra anticipada sobre el presente alterando los límites de la realidad o, al menos, los de su percepción: una especie de «tiempo sagrado» en el que el vengador actúa con una conciencia como ampliada. Es en estas páginas (a punto de finalizar la primera parte de la novela, rotulada como Venganza tardía) donde la confesión del narrador alcanza mayores niveles de complicidad con el lector, al que revela algunas de sus pasadas experiencias de odio.

La segunda parte de la novela, titulada La segunda espada, enlaza con las historias de odio anteriormente expuestas por el narrador, aportando más detalles de la ofensa perpetrada contra la memoria de su madre, acusada por una periodista de haber aplaudido con gritos de júbilo, cuando tenía diecisiete años, el anschluss de Austria. Con esta ofensa en el pensamiento, continúa su periplo entre viajeros de tren que mascullan en silencio sus frustraciones y afrentas, incapaces de reivindicar nada, y donde el gesto de un viajero que lee un libro sostenido al revés o el de otro que habla por un móvil averiado parecen dibujar un emblema de su agravio aún no resuelto. Un viaje marcado también por algunos reencuentros «en lo imprevisto», cargados de un valor muy especial, tan inesperados y casuales que parecen propiciados por el dedo del destino, y que le ponen en contacto con otras personas prisioneras también de sus propios monólogos y obsesiones ―ya no mudas, sino explícitas―, como si la soledad del narrador fuera una carga compartida por los demás. De manera parecida a como un astro en movimiento ve modificada su trayectoria por la masa de otros cuerpos que roza en su camino, empieza a parecernos que el vengador nunca rematará su empresa, sujeto como está a la influencia de todo aquello que se le pone por delante, lleno de significado para una mirada tan clarividente como la suya. O al menos, no se consumará en los términos que él pensaba en un principio, pues los desvíos y los rodeos se le han revelado súbitamente como integrantes también del plan.

Un punto de inflexión importante en esta deriva del narrador ha sido su llegada a la Abadía de Port Royal des Champs (evocada bajo la sombra de Pascal, de cuyas Pensées descubre que no lleva su habitual ejemplar en el bolsillo), y donde una inscripción hallada casualmente en un muro se convierte en el ensalmo que añade una luz decisiva a su caminar. En este ambiente recoleto el narrador proferirá o escuchará inquietantes invectivas contra la belleza que nos hace infelices (volviendo del revés el verso de Rilke, pues lo terrible no es la belleza en sí, sino su búsqueda: «toda la miseria del mundo viene de ahí, de que los hombres no son capaces de olvidar esos cuentos de la belleza») o el abuso del derecho que atropella, denunciado por el juez­-ciclista, protagonista de otro de esos encuentros inesperados ―como antes lo fue el taxista-cantante― que adquieren una dimensión casi oracular. A partir de este punto la novela avanza (si no lleva ya un buen rato avanzando) inmersa en una vertiginosa y acelerada tormenta de ideas, inquietudes, visiones, temores y obsesiones, que acompañarán al protagonista hasta una inesperada parada final. La falta de tiempo, el retraso que se iba percibiendo de manera angustiosa y creciente mientras tardaba en ejecutarse la venganza ha desembocado en un tiempo de fiesta sin límites ni urgencias. La novela se nos revela entonces plenamente en lo que es: la crónica de un viaje iniciático, de una experiencia catártica que finalmente ha logrado relegar a la enemiga al otro lado de un cristal: ni en esta historia ni en ninguna otra habrá lugar para la «malhechora». El espacio vacío en que se inició la aventura, proseguido en el deambular solitario del narrador, ignorado por todos cuantos se cruzaban en su camino, se ha visto colmado finalmente de presencias humanas cordiales: un destino inesperado donde la venganza se resuelve en equilibrio, y el retorno al hogar promete alumbrar un nuevo creciente. La segunda espada.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Y el hombre que tenía a su lado, así como el hombre de al lado del que tenía a su lado, con sus maneras casi idénticas de abrir el pico y de mantenerlo abierto en silencio y de cerrarlo, con su mudo coro de labios ―las bocas abiertas de par en par y de nuevo cerradas de golpe―: así se burlaban de sus superiores y ordenantes por los que ahora mismo, o ya desde siempre, estaban siendo humillados e insultados, tratados de inútiles, de blandengues, de pasivos, de incapaces de adaptarse (y eso, en tiempos como estos), de fracasados de nacimiento, de ceder ya desde el útero materno ―uno de ellos hacía una hora que había sido despedido sin preaviso―: a lo largo del vagón ―desde el primer plano, pasando por el plano medio y hasta el plano de fondo más alejado, y se podía intuir que en el siguiente vagón continuaba―, todos se burlaban con sus silenciosos movimientos labiales de aquellos que les negaban la existencia; se burlaban de sus verdugos no solo sin hacer ruido, sino sin sílabas ni palabras, y eso se quedaría así, seguiría así eternamente. Nunca se formaría o se escaparía de esos labios que se retorcían compulsivamente, abandonados a su suerte ―y aunque fuera muda, perceptible solo para el pobre caballero de turno―, una sola palabra útil o una palabrita; decir al menos “esta boca es mía”. ―“Y tú, cómo lo sabes?” ―“Lo sé. Lo supe, allí.”»
«El colmo de la violencia lo vi ―a lo largo de la vida, más y más a menudo y, una vez, con verdaderos pensamientos homicidas― en el lenguaje escrito, dicho abreviadamente, de los periódicos: lenguaje público, empleado como de manera oficial y como si se tratara de un derecho natural, lejano ruido acompasado ―de nuevo Homero― que se presentaba sin palabras insultantes. La violencia de este lenguaje que, como el único que estaba en lo cierto, el sabelotodo que lo interpretaba y juzgaba todo, liberado de las cosas, los trabajos y los días, enlazaba, ligaba, vinculaba y cerraba sus caracteres, era la que, a mis ojos, causaba en el mundo las peores desgracias; y a sus indefensas víctimas ―eso formaba parte de la naturaleza de semejantes teletipos―, una injusticia irreparable
Traducción de Anna Montané Forasté

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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