Mi amor, la osa blanca, de Vitali Shentalinski

Algo tienen los desolados paisajes polares que nos fascina, quizás porque provocan en nosotros, al igual que los desiertos, la experiencia de lo sublime: una cualidad propia de los lugares inhóspitos y peligrosos, dotados de una belleza especial que nos atrae y nos espanta a la vez. En el mundo antiguo, las fronteras de lo conocido las marcaban, aparte de los océanos, los grandes arenales deshabitados y las extensiones heladas del norte. Allí no había nada que mereciera la pena buscar. Para el hombre moderno, en cambio, los desiertos, los polos y los glaciares, las dilatadas estepas o las montañas más inaccesibles parecen guardar un mensaje valioso que conviene descifrar. Son parajes donde podemos experimentar la sensación de sentirnos una gota de agua en la inmensidad. Territorios ideales para los ascetas y filósofos (Zaratustra nos habla desde un desierto), nos instan a profundizar en nosotros mismos, a conocernos mejor. También nos ponen en ocasiones a prueba, al obligarnos a enfrentar los peligros que representan. No es extraño, pues, que muchos poetas y artistas vean en su extrema reducción la quintaesencia de una belleza sublime y trascendente. Esta sensibilidad está detrás de algunos paisajes y representaciones polares de Friedrich, como también en muchas páginas memorables de Saint-Exupéry, Pierre Loti o Théodore Monod. Es la misma «magnífica desolación» de que nos hablaba Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó la luna.

Una parecida fascinación compartió el escritor ruso Vitali Shentalinski (1939-2018), que en los últimos años de su vida volvió la vista atrás, a sus diarios, para poner a punto este bellísimo relato de aventuras polares: Mi amor, la osa blanca, fruto de su estancia de 1971 en la isla de Wrangel, emplazada a 160 kilómetros al norte de la Siberia oriental. Un valioso recuerdo de su juventud, no obstante las grandes privaciones y peligros que se vio obligado a arrostrar. Pero aparte de un enamorado conocedor de las latitudes árticas, Vitali Shentalinski fue también un importante investigador de la literatura soviética, un pionero en el estudio de los escritores represaliados bajo el régimen soviético (Bábel, Bulgákov, Ajmátova, etc.). Al amparo de los nuevos aires de la perestroika, Shentalinski logró acceder, a finales de los años ochenta, a una abundante documentación clasificada, tanto del KGB como de otras instituciones rusas, que le permitiría posteriormente, durante la primera década de este siglo, sacar a la luz cuatro títulos de gran interés: Esclavos de la libertad, Denuncia contra Sócrates, Crimen sin castigo y La palabra arrestada, todos ellos publicados en nuestro país por Galaxia Gutenberg. Esta misma editorial pone ahora a nuestro alcance el último libro de Shentalinski: Mi amor, la osa blanca, un texto en las antípodas de sus monografías literarias, referido al estudio y protección de los animales salvajes. Dotado de un estilo rápido y espontáneo, propio de un diario de campaña, el libro no renuncia a reflejar en sus páginas la belleza natural de los paisajes árticos. Aparte de abundantes noticias y descripciones relativas al comportamiento animal (que incluyen avistamientos de zorros polares, búhos y renos), el diario recoge también interesantes observaciones geográficas, climáticas, o incluso etnográficas. Las reflexiones y confesiones personales tampoco están ausentes del libro de Shentalinski, que encuentra en el nada complaciente escenario de sus aventuras la mejor escuela imaginable de valores. Ya lo decía Hölderlin: «allí donde crece el peligro, crece también lo que nos salva».

Las aventuras polares de Shentalinski se habían iniciado en 1960, en esa misma isla de Wrangel, donde permaneció durante tres años trabajando como operador de radio. Su posterior experiencia con los osos polares transcurre a lo largo de los meses de febrero a abril de 1972, aunque no saldría a la luz hasta 2018, tal como nos informa el propio autor en el epílogo de la edición. La expedición, compuesta solo de dos miembros, venía comandada por el zoólogo Stanislav Biélikov (en la actualidad, un especialista mundial en el oso polar, miembro de la Academia de Ciencias Naturales de la Federación Rusa). Aunque Shentalinski no era un naturalista, sus estancias anteriores en la isla de Wrangel, así como su formación en la Escuela del Ártico de Leningrado lo recomendaban para ocupar el puesto de técnico auxiliar de la expedición, una tarea que le permitía cumplir con su deseo de regresar a un lugar que tanto añoraba y tomar notas para su futuro libro. Pertrechados muy modestamente (ni siquiera cuentan con un equipo de radio), viajando en una motonieve sueca que se cala a cada instante, la pareja de aventureros consigue a duras penas alcanzar su meta inicial: un pequeño refugio de madera (balok) en los aledaños del macizo montañoso de Dream Head. Las dificultades de esta primera travesía (se ven obligados a completarla a pie) son ya un anticipo de las muchas otras que deberán enfrentar durante su estancia en la isla. Aparte del peligro que entrañaba acercarse a los osos polares («el mayor depredador del planeta Tierra»), los expedicionarios padecerán los embates de un clima durísimo, viéndose obligados a sufrir las terroríficas ventiscas que golpean con frecuencia las paredes de su balok, que en ocasiones les impiden salir a trabajar y hacen descender la temperatura interior hasta los veinte grados bajo cero. Una empresa de investigación muy arriesgada que adquiere, sobre todo en las últimas páginas del diario (esperando un rescate que no llega), tintes verdaderamente heroicos.

Auspiciada por el Laboratorio Central de la Protección a la Naturaleza de Moscú, la expedición tenía como finalidad el estudio del oso blanco, y más concretamente, el de su fase de reproducción. La isla de Wrangel constituía un lugar privilegiado a este respecto, pues durante los meses de invierno las osas preñadas abandonaban la banquisa ártica para refugiarse en tierra firme, a fin de parir en el interior de unas guaridas que excavaban en la nieve. Llegada la primavera, tras haber permanecido en hibernación durante todo el invierno, las osas salían al exterior acompañadas de sus crías, ya perfectamente formadas. Y ese era precisamente el momento escogido para la llegada de Biélikov y Shentalinski, que debían cumplir con un ambicioso programa de investigación: valorar el estado de la especie y de su ecosistema, hacer recuento de ejemplares, estudiar el emplazamiento, configuración y dimensiones de sus guaridas, pesar y marcar ejemplares, recoger excrementos, fotografiar y filmar a los animales (una veintena larga de estas extraordinarias fotos ilustran el libro). La expedición coincidió, además, durante sus primeros días, con la llegada de unos tramperos ocupados en capturar osos jóvenes para los zoológicos, circunstancia que nos brinda interesantes apuntes complementarios, y alguna que otra escena pintoresca (como la pelea nocturna de los oseznos capturados bajo las literas del refugio). Las dos expediciones, como no podía ser de otra manera, se prestan mutua ayuda ―la de los tramperos está mucho mejor equipada―, lo que no impide a Shentalinski criticar una práctica que, aunque legal, condena a los animales capturados a «una vida penosa». La condición auxiliar de Shentalinski, su mirada no estrictamente profesional, lo sitúa en una posición ideal para concitar la identificación del lector actual. Incluso en su propia tarea de zoólogos, Shentalinski expresa en ocasiones sus diferencias con Biélikov, señalando la perturbación que supone para los animales la intromisión en su hábitat natural (para marcarlos o pesarlos deben anestesiarlos previamente, disparándoles jeringas con sernylán). Aunque un inesperado y amenazador telegrama de las autoridades recorta de manera inapelable sus actividades (se les prohíbe anestesiar y marcar ejemplares), no serán de poco mérito los logros alcanzados por la expedición. Así, por vez primera, el hombre asistirá al momento tan especial en que una osa y sus cachorros abandonan la guarida tras su largo confinamiento. En su epílogo de 2018, Shentalinski hace una postrera valoración de la expedición, que, no obstante la modestia de sus medios («puede parecer chapucera, mal equipada y temeraria»), fue una de la primeras de un ciclo que se prolongaría durante muchos años, que alcanzaría importantes resultados en la protección del oso blanco, y que merecería para el parque natural de la isla de Wrangel la consideración de Patrimonio de la Humanidad.

La osa blanca, con todo su glamour de estrella en la lista roja de las especies amenazadas, no es la única protagonista del relato. Recortándose contra el sublime escenario de las soledades polares, el autor nos descubre una estupenda galería de tipos humanos, fraguados en su lucha diaria contra un medio siempre hostil. Son los suyos unos perfiles de gran fuerza y atractivo, que no necesitan de retoques artísticos para cautivarnos («es imposible que uno sea más listo que la vida misma, esta le da mil vueltas a cualquier escritor», opina Shentalinski). Es el caso del guarda del parque natural de la isla, Zdenia Pléchev, así como de su esposa Elia: una especie de marsupial ―según el autor― que puede llevar en el bolsillo sin fondo de su delantal tanto una bobina de hilo para coser como una llave inglesa. O el conductor Kolia Yezhov, el lacónico y habilidoso mecánico que arregla cualquier desperfecto sin decir una palabra (solo abre la boca cuando está bebido), poseedor de un «alma generosa aunque profundamente escondida». Pero la figura de mayor relieve es la de Eplerequey, un cazador chukchi (etnia paleosiberiana) que habita en uno de los rincones más inhóspitos y salvajes de la isla, acompañado de Timnerultinoy, su diminuta pero enérgica mujer, y los perros de su trineo. Un ingenuo personaje que exhibe en la pared de su refugio un retrato de Lenin para contrarrestar las murmuraciones maliciosas de quienes aseguran que los yanquis vienen a visitarlo con frecuencia… ¡en un submarino! (Alaska está a un tiro de piedra de la isla, y desde la casa del esquimal puede escucharse la radio de Nome emitiendo música de Jazz). No son pocas las sorpresas y aventuras que aguardan al lector en las páginas de este emocionante diario. Una de las últimas corre a cargo de un grupo de turistas de riesgo que aparece inopinadamente en mitad de la noche. Son siete jóvenes provenientes de los Urales, que viajan sobre sus esquís, construyen iglúes para pernoctar y desean ver osos polares. Tras la alarma inicial que despiertan en los dormidos zoólogos (en su duermevela, Shentalinski cree asistir a una invasión norteamericana) vendrá la fiesta. Esa noche en el balok podrán fumarse cigarrillos y se escucharán cantos rusos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«A continuación, una caminata de unos diez kilómetros, fantasmal e inolvidable. Nos introducimos en una cañada. Oscuridad total, avanzamos a tientas. En algún lugar de por aquí, algo más a la derecha, al pie de la ladera debe de estar el balok, nuestro refugio a partir de ahora… Lanzamos una bengala y lo avistamos: ¡ahí está! Pegado a la pendiente, apenas visible bajo la nieve. A la luz de la linterna distinguimos un estrecho túnel excavado en la nieve en dirección a la puerta de entrada. Las puertas son dos: la exterior y la interior. Dentro, literas grandes y pequeñas de dos pisos, una vieja estufa de hierro. Una de las dos ventanas está cegada por una chapa de madera y la otra, de cristal, presenta una obra maestra de arte decorativo —una maravillosa planta de hielo—. En los rincones hay restos de nieve».
«Me viene a la memoria el rostro del chukchi Eplerequey, marrón, de cutis cortado por el viento, un rostro de expresión abierta, incluso, de cierta amplitud, con el reflejo de las nubes voladoras en los ojos. Desde siempre, desde el día en que nos conocimos, supe que allí, en el último confín de la superficie terrestre más próximo al Polo Norte, había una persona».
(Traducción de Andréi Kozinets)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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