Diario de Donceles, de Ednodio Quintero

La última obra publicada por Ednodio Quintero en nuestro país, Diario de Donceles, parece el resultado de ese comprometido gesto que consiste en volver la vista atrás. Una maniobra arriesgada como pocas, por cuanto nos obliga a enfrentarnos a nosotros mismos, a juzgar, desde nuestra perspectiva actual, a esa personita que fuimos en otro tiempo. Pero el recuerdo, es verdad, también puede valernos como estrategia de salvación, pues muchas veces hallamos en ese pasado casi olvidado los recursos que mejor nos ayudan a sobrevivir. Algo de todo ello hay, me parece, en este extraordinario libro que acaba de publicar Pre-Textos, Diario de Donceles, donde veremos al escritor venezolano sumergirse en diferentes estratos temporales hasta alcanzar los más recónditos y significativos episodios de su infancia. No cabe duda de que el diario es para Ednodio Quintero una forma versátil y de mucho calado: un recipiente artísticamente trabajado en el que cabe casi todo, y donde la revelación personal se nos ofrece enmascarada por la fantasía, mezclada con la invención más desatada. Como sucede con los oráculos, las verdades importantes se revisten en ocasiones de rodeos; y no sería yo quien se aventurase a señalar dónde acaba lo imaginario y principia lo real (¡«Qué nadie me pregunte nada, por favor»!). Sobre todo cuando el propio narrador no se cansa de repetir una y otra vez que «sólo se puede vivir en lo ilusorio»; y no le duele afirmar: «que de ensoñaciones es que me vengo alimentando desde que poseo memoria». Cuando hablamos de literatura, pretender diferenciar lo vivido de lo soñado es un empeño no solo peligroso, sino también inútil.

Diario de Donceles recoge anotaciones fechadas entre 1997 y 1998, correspondientes a una estancia de nueve meses en la ciudad de México: una fascinante urbe evocada en sus colores y sonidos, su olores y comidas, sus gentes y su habla, pero también contaminada y peligrosa, comparable a una «superpoblada metrópolis de Asia Central», escasa de aire y agitada por frecuentes temblores de tierra. El narrador, Equus Quintus Flaccus, alter ego del autor, vive allí una existencia casi de alucinado, en la que los recuerdos y las fantasías tienen, en ocasiones, mucho más peso que los acontecimientos cotidianos (esto es especialmente notable en la primera mitad del libro). Es posible entonces que el tiempo se detenga, por así decir, y se abra un amplio espacio para la ensoñación, para el afloramiento de un mundo interior apenas rozado por los sucesos externos, que se materializa en una prosa deslumbrante. Puede ocurrir durante una momentánea detención ante un semáforo, en el desmayo inducido por unos delincuentes o, incluso, durante un viaje en autobús en compañía de una atractiva joven. Los recuerdos que nutren el libro, elaborados en un grado muy diverso, se agrupan en dos niveles contrastados. Por un lado, el referido a esa extensa galería de figuras femeninas que desfilan, casi como apariciones fantasmales, por los abigarrados ensueños de Equus, desde la javanesa de ojos de culebra que abre el libro a la esperada princesa de Liliput (Roxana) que lo cierra: sacerdotisas de ese tormento deleitable que conlleva la pulsión erótica, pues ya se sabe que el amor ―una de las tres heridas que cantaba Miguel Hernández― es siempre «más frío que la muerte». Y en un segundo nivel, los preciados recuerdos de la infancia, tan relevantes como si en ellos se escondiera la cifra de todo lo que vendría después, siempre enunciados con una sobriedad particular que los realza. Un marco contrastante es muchas veces el mejor medio para resaltar una pintura. Lo cierto es que en el corazón de cada capítulo, por muy voraginoso y trastornado que nos parezca, siempre encontraremos la figura de un niño rescatado del olvido.

El libro de Ednodio Quintero exhibe en muchas ocasiones un discurso transgresor, de un descarado y sincero erotismo, imbuido de una cierta intención provocadora, que se manifiesta también en las sarcásticas apelaciones que sufre el lector (un lector imaginario, claro está, con el que no se va a identificar nadie que lea el libro). Anticipándose a las posibles críticas de sus lectores, haciéndolos blanco de sus puyas e ironías, tildándolos incluso de mirones o de impacientes, el narrador entabla un diálogo ficticio que le confiere una mayor vivacidad al texto, potenciando su indudable vena humorística, que se adensa en esas imaginativas divagaciones que salpican el discurso de Equus. En un ejercicio paralelo, el autor tampoco teme hacerse la crítica a sí mismo, desdoblándose en una segunda voz, siempre alerta, que intenta poner freno a la fantasía desbocada del narrador: «Párala, ahí, mi cuate», «Equus, se te está pasando la mano». Lo cierto es que a nosotros no nos importaría nada que el narrador continuara avanzando por el despeñadero de su fantasía y las confesiones personales. Y es que Diario de Donceles es un texto dotado de un poder hipnótico sorprendente, que seduce al lector desde la primera página y lo mantiene atrapado hasta el capítulo final, siempre fascinado por la deslumbrante habilidad del autor: un maestro de la divagación creativa, artífice de un discurso literario que avanza sin interrupciones, pérdidas ni derivas innecesarias, y cuyas cadencias son solo el descanso que prepara el siguiente salto. Un texto en el que las expresiones coloquiales conviven con la dicción más depurada, y donde las referencias culturales de todo tipo se insertan sin pedantería alguna, de tal manera que una agresión callejera puede resolverse con naturalidad en la evocación de un cuadro de Mantegna. Todo forma parte del mismo tapiz. Incluso las escenas más terribles o inquietantes gozan de esa belleza que confiere el arte, un mundo superior donde la herida nunca se infecta. Crece, pues, la prosa de Quintero tocando todos los registros y extremos, modulada en un castellano perfecto que integra armoniosamente el habla de ambas orillas del Atlántico, la más insolente exhibición con la más delicada confidencia.

Pero también es posible hablar de Diario de Donceles por partes: una tentación para el comentarista (o necesidad: divide et vinces) a la que resulta difícil resistirse. En uno de los primeros capítulos del libro, El Cristo de Mantegna, se nos ofrece, de manera muy plástica y evidente, una de las principales claves del modus operandi del narrador: la superación de la realidad por la fantasía. El sueño inducido por unos facinerosos en un portal de la calle Donceles sirve de original encuadre para echar a volar la imaginación y despertar los recuerdos. Porque «la realidad, a pesar de la luz cruda que realza sus contornos, es casi siempre chata y vulgar. Hay que revestirla con los ropajes de la ficción para hacerla soportable». Con Corazón de pedernal se inicia una serie de divertidos e imaginativos episodios que tienen como interlocutora a la chamaca de Iztapalapa, Lucía. Si la peripecia real es mínima (un viaje en autobús y un par de citas en una terraza), lo imaginado comprende todo un mundo de recuerdos y fantasías, como la divertidísima perorata, excesiva y de una riqueza apabullante, con la que Equus pretende engatusar a esa «Sherezade de Tenochtitlán» que lo acompaña en el autobús de Iztapalapa. Un flirteo bastante light que se resuelve ―anticipando de alguna manera el final del libro― con la asunción por parte del narrador de una de esas pasiones intransitivas, no satisfechas, que tanto Rilke como Kierkegaard nos describieron y ponderaron desde orillas opuestas: para sentirnos vivos basta con experimentar el deseo. Sin abandonar por completo la «perorata desquiciada» con la chamaca «peinada a lo garçon» y sus diálogos correspondientes, Terraza con vista a la alameda central enmarca también la evocación de una experiencia infantil, olvidada y recordada cuarenta años después: un suceso modelado bajo la ominosa figura del doppelgänger en el que parecía jugarse el destino de una vida, y cuya narración carga la resolución del capítulo de un inesperado dramatismo.

Choapan 44 significa el nuevo domicilio del narrador en la ciudad mexica, tras el paréntesis de una estancia de cuarenta días en su país natal. Una nueva cita con la «chamaca con aires de punketa», Lucía, coexiste con nuevas ensoñaciones y más recuerdos de infancia. Estos recuerdos constituyen uno de los elementos más valiosos del libro, en el que brotan de manera ininterrumpida, engarzados en la valiosa ganga de la elaboración literaria y la fantasía. Unas experiencias tempranas a las que se interpela como si constituyeran un oráculo, en un mundo de dolor y locura que es preciso combatir, siempre tratadas con una sencillez que las hace resaltar sobre todo lo demás, como una delicada melodía que sobrevolase el turbulento batir de la orquesta. En Sueños con Prozac, el narrador, tratado con la droga por causa de una depresión, experimenta una serie de sueños pesadillescos referentes a tres mujeres importantes en su vida («episodios de mi tragicómica vida sentimental»). Un «aquelarre nocturno en Choapan 44» que tiene como comparecientes a una tríada de hechiceras: Odila, Aminta y, muy especialmente, Roxana, la princesa de Liliput, una fémina a la que ya habíamos visto revolotear por páginas anteriores sin saber muy bien de qué iba la cosa. Completando la galería de mujeres que obsesionan al narrador, el siguiente capítulo, Matilda, recoge la divertida crónica de su iniciación en el sexo. Una experiencia anclada en esta ocasión en sus recuerdos de infancia y adolescencia, desprovista de dramatismo y que se resuelve en una confesión un poco a la manera de Rousseau, aunque infinitamente más cómica y descarada.

Un viaje a Culiacán, el más extenso de los capítulos que integran el libro, trae consigo algunos cambios. El desplazamiento a una ciudad diferente, en la que el narrador se relaciona con nuevas gentes, introduce un mayor componente de realidad en las páginas del diario, así como un tono menos hiperbólico o delirante. Se deslizan ahora en el texto noticias y anécdotas referentes al mundo literario (Cortázar, Salvador Garmendia, Beckett…), o se alude incluso a obras del autor que quedaron inconclusas («relatos fallidos»). La infancia, como cabía esperar, también tiene su cuota en el capítulo: la narración de la feliz estancia del niño en Jajó, un pueblo venezolano donde fue «inmensamente feliz». No obstante la sencillez con que aparecen expuestas, algunas de estas historias de infancia tienen un cierto regusto fantástico, como de realismo mágico, alteradas y embellecidas quizás por los años transcurridos: filtro inevitable de cualquier remembranza. Pero el leitmotiv del capítulo de Culiacán parece constituirlo la figura de Pedro Infante, el famoso cantante de rancheras y actor cinematográfico, un héroe popular que manifiesta su inmarchitable poder de resiliencia en las dispersas teofanías que protagoniza a todo lo largo y ancho del territorio mexicano, multiplicadas en imitadores avejentados que desmienten el trágico avionazo que puso un inesperado punto final a su carrera artística: una pérdida que el pueblo no está dispuesto a aceptar. La fe mueve montañas.

Aunque el narrador ha ido anunciando repetidas veces su propósito de poner fin al libro, de tal manera que cada nuevo capítulo se presentaba como el último, pecaríamos de ingenuos si creyéramos que, a la manera de un diario convencional, el texto puede acabarse en cualquier momento y lugar, como si su escritura no obedeciera a una cuidadosa planificación. Pero hay un final, ciertamente, que ya se va preparando en Cabezas de cerdo, uno de los capítulos con mayor carga autobiográfica, en el que abundan las referencias a la vida cultural mexicana; aunque también ensombrecido por una creciente atmósfera de desengaño, como se manifiesta en las letanías de absurdos, claudicaciones personales y crueldades terribles que lo vertebran (como los tristemente famosos feminicidios), y que para más señas se cerraba con una inesperada cita del Kempis. El último capítulo, Camino al aeropuerto, ahonda en ese desencanto, que se sustancia ahora en la sala de espera de un aeropuerto, uno de los lugares más desoladores que cabe imaginar, símbolo del desarraigo (un no lugar que conduce a cualquier lugar), encarnado en la figura de todos esos variopintos viajeros, estrafalarios en su desubicación, que se ofrecen desnudos a la implacable mirada del narrador. Un escenario que ni pintado para que el reencuentro con un fantasma largamente alimentado por la ausencia se frustre. Toma así el libro, al menos en su final, el sentido de una alucinada espera, fallida pero a la vez asumida por el narrador como uno de esos fracasos felices de los que nos hablaba Melville, atemperado además por el consuelo que le brinda, por enésima vez, un entrañable recuerdo de infancia. Tal como si una «luciérnaga» plateada nos saludara, amigable, desde el fondo de un oscuro pozo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

Igualmente puedes leerla en El Papel Literario, de El Nacional de Caracas

«¿Por qué, a veces, te da por hablar con voz de carajito? Si no lo sabes tú, pues yo tampoco. Ahora que me has interrumpido, creando en mi mente figuras de desazón, es difícil que pueda conservar el tono. Pero a pesar de las trampas y celadas, de las tramoyas y celajes de la narración, haré algo más que un esfuerzo para llegar al final, quiero decir para redondear el relato y encaminarlo hacia el corredor ―de vértigo―  donde sólo algunos pájaros se atreven a volar. Ya que hasta el presente apenas he estado dado vueltas como un perro insomne alrededor de la sombra donde el niño del párrafo anterior se ha sentado a descansar. Es una historieta olvidada, ya lo dije, y sorprendente, tal vez bizarra, que me hubiera gustado contársela a Ella. Pues a Ella yo le contaba todo, nunca nadie me escuchó con tanta atención.»
«En mi vasto periplo de tres meses y medio por este amplio territorio de chanfles, chingones y equipales, pirámides de jitomates, fustanes bordados con primor, banderas hechas para ser contempladas desde la luna, tragafuegos y payasos enharinados en cada esquina, yo había visto miles y miles de damiselas, enanas, jarochas, chulas, tetonas, planchetas, chaparritas, güeras, bizcas, arriscadas, hirsutas, linajudas, cerriles, domésticas, punketas, retacas, sumisas, revoltosas, lampiñas, guerreras, doñitas, sibaritas, viciosas, recoletas, rumberas, angelicales, jinetas, canallas y coquetas, pero ninguna me había cautivado como esta chamaca un tanto arisca, peinada a lo garçon, con aires y movimientos sinuosos de culebra cascabel, dueña de una voz de pajarito: turpial o colibrí. Ella, la chica que viajaba a mi lado en el autobús de Iztapalapa, la misma que acaba de llegar a nuestra cita, con cuarenta y cinco minutos de retraso.»
«¿Qué te pasa, Equus, querido? ¿Te quedaste dormido con tu cabeza de alcornoque apoyada en un diccionario de mitología griega? Y tú, hermanito del alma, mi querido siamés que te la das de sabihondo, ¿no has caído en cuenta que tú y yo no somos más que personajes de ficción, criaturas sin forma ni sustancia, similares a las figuras que los mortales divisan en sus vanos sueños? Acaso has olvidado aquello que repito casi a diario como un mantra o una letanía: “Sólo se puede vivir en los ilusorio”.»

PAPEL LITERARIO 2022, JUNIO 26 p.6

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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8 respuestas a Diario de Donceles, de Ednodio Quintero

  1. Hola Manuel, qué fantástica reseña. Después de haber leído El amor es más frío que la muerte y la mayoría de sus Cuentos salvajes, soy un acérrimo lector de Ednodio Quintero, así que este Diario, que tan bien pinta, caerá fijo. Un abrazo. Francisco.

  2. Ednodio Quintero dijo:

    Hola Manuel. Un millón de gracias por tu magnífica reseña sobre mi novela «mexicana». Lecturas como la tuya demuestran que todavía se puede seguir apostando por la literatura. Comparto lo que dijo alguna vez Milan Kundera: «El escritor no tiene que darle cuentas al mercado, sólo a Cervantes». Un gran abrazo.

    • Muchas gracias, Ednodio, por tus generosas y amables palabras, que me llenan de satisfacción. Textos tan eminentes como el tuyo seguramente no necesitan de glosa ni de alabanza, pero el lector entusiasta siempre incurrirá en la osadía de intentarlo. Un fuerte abrazo.

  3. Ednodio Quintero dijo:

    Hola, Manuel. Gusto en saludarte de nuevo. Tu crónica ha gustado mucho. Nelson Rivera, director de El Papel Literario de El Nacional de Caracas, pregunta si podrías dar tu autorización para publicarla en El Papel. Espero tu respuesta. Gracias. Un gran abrazo.

  4. Ednodio Quintero dijo:

    Mil gracias. Ya te avisaré cuando publiquen tu súper reseña. Un gran abrazo.

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