La esfera negra, de Gustav Meyrink

Autor de grandes y reconocidas novelas como El Golem o La noche de Walpurga, Gustav Meyrink (1868-1932) fue también un asiduo cultivador del relato breve, donde —con acierto desigual— dio muestras de una notable originalidad y fuerza expresiva. Son varias las colecciones de relatos de Meyrink con las que contamos en castellano, pero esta que acaba de publicar Eneida, en su colección «Confabulaciones», tiene el interés particular de recuperar una antigua y valiosa traducción, la de Mauricio Amster (1907-1980). Nacido en la actual Ucrania (entonces perteneciente al Imperio austrohúngaro), en el seno de una familia de judíos sefarditas, Amster fue una figura intelectualmente inquieta y muy comprometida en lo político. En 1930 abandonó Alemania para instalarse en España, donde colaboraría con el bando republicano durante la Guerra civil. Terminada la contienda, Amster permaneció durante unos meses en Francia, radicándose finalmente en Santiago de Chile, ciudad donde desarrolló una importante labor cultural en revistas y editoriales. En 1947 Amster recopiló y tradujo para la editorial chilena Zig-Zag un interesante conjunto de relatos de Meyrink, extraídos de libros como El soldado ardiente (1903), Orquideas (1904) o El cuerno maravilloso del burgués alemán (1913). Una buena parte de los relatos seleccionados por Amster contenían una aguda burla del militarismo prusiano, asunto que había guiado la pluma de Meyrink en aquellos convulsos años anteriores al estallido de la Gran Guerra, y que en 1947 —según resalta el propio Amster en su prólogo a la edición— adquirían una especial actualidad tras el fracaso de los totalitarismos que habían destrozado Europa.

«La esfera negra», relato que da título al libro, es uno de los textos más imaginativos y satíricos de la recopilación. Dos hindúes, que recorren Europa exhibiendo una máquina capaz de representar el pensamiento, descubren una siniestra esfera negra en la mente de un militar: un verdadero agujero negro que devora la materia circundante y amenaza con destruir «todo el universo que Brahma creara». Similar falta de materia gris se manifiesta en «El seso esfumado» o «Ciertamente, sin duda», relatos que tienen también a la clase militar como protagonista. En el segundo de ellos, «Ciertamente, sin duda», la carencia es puesta en evidencia gracias a una placa fotográfica especialmente sensible. Al igual que en los relatos anteriores, en «Petróleo — Petróleo» tampoco descubriremos la intención satírica de Meyrink hasta las últimas páginas. La venganza de un científico resentido con la Humanidad desencadena una catástrofe ecológica de dimensiones mundiales, solo parangonable a la desproporcionada proliferación de oficiales europeos que serán movilizados para atajarla. Parecida burla de los valores militares hallamos en «El soldado tórrido» y en «Asnoglobina», donde unas delirantes investigaciones con asnos y orangutanes conducen al descubrimiento de una impagable vacuna del patriotismo. Pero no todos los relatos traducidos por Amster tienen a los militares en el centro de la diana. En «El miedo», uno de los cuentos más logrados y comprometidos del volumen, Meyrink compone una dura y tétrica reprobación de la pena de muerte. El condenado, sometido en su celda a un inhumano aislamiento en las horas previas a su ejecución, es devorado por el gusano del terror. Dentro ya de un registro puramente fantástico y terrorífico, aderezado con los habituales toques de exotismo oriental tan caros a Meyrink, hallamos «La preparación», uno de los textos más espeluznantes y macabros. Por enésima vez, la villanía viene protagonizada por un mad doctor oriental, un siniestro médico persa que ha transformado a su enemigo europeo en un macabro reloj de pared. En «La muerte morada» —otro relato de gran atractivo—, Meyrink vuelve la vista a sus queridos escenarios orientales para narrarnos las peripecias de una expedición inglesa a un remoto enclave del Tíbet. Su descubrimiento de una tribu que vive aislada del mundo tendrá consecuencias fatales para la Humanidad, al difundirse una palabra mágica que obra, al ser proferida, una inmediata destrucción. Un relato de corte apocalíptico no falto de cierto humorismo grotesco. Finalmente, comentaré un par de relatos más, protagonizados en este caso por animales: «La maldición del sapo — Maldición del sapo» y «Chitrakarna, el camello distinguido». Se trata de dos divertidas fábulas morales, a la manera de Esopo, donde vuelven a ponerse en solfa, aunque de manera más disimulada, algunos valores castrenses, como son la obediencia ciega (simbolizada por el inconsciente caminar del ciempiés) o la autoinmolación inútil (reflejada en el gratuito bushido del camello): una burla expresa del «Dulce et decorum est pro patria mori».

Además de traductor, Maurico Amster fue también un notable diseñador gráfico, tipógrafo e ilustrador de libros y revistas, como lo manifiesta la portada que dibujó para su edición de La esfera negra y otros cuentos extraños (1947), publicada por la editorial chilena Zig-Zag, de la que fue director artístico. La interpretación gráfica del relato que da título al libro —una especie de bala de cañón que ocupa el lugar de la cabeza bajo el casco prusiano— no puede ser más elocuente.

 

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«En un nicho de la pared pendía, de una barra de cobre, una cabeza humana de cabello rubio. La barra penetraba en mitad del cráneo. El cuello estaba envuelto debajo del mentón con una bufanda de seda, y debajo se veían las dos alas rojizas de los pulmones, con los bronquios y las vías respiratorias. En medio se movía rítmicamente el corazón, envuelto en alambres de oro que llevaban a un pequeño aparato eléctrico en el suelo. Las venas, tirantes, conducían la sangre desde dos frascos de cuello delgado.» (La preparación, traducción de Mauricio Amster)
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Ciervos en África (Fabulario apócrifo)

Acaba de ver la luz mi último trabajo literario, Ciervos en África (Fabulario apócrifo): un centenar y medio de textos breves —minificciones— donde se recrean, con gran libertad y no menos humor, algunos de los mitos y personajes de la Antigüedad clásica grecolatina. El libro ha sido publicado por Ediciones Trea, de Gijón, una de las más importantes y valoradas editoriales asturianas, con una destacada proyección nacional, y que obtuvo en el año 2014 el «Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural».

Desfilan por mi obra los grandes dioses olímpicos, algunas divinidades menores y una variada representación de personajes mitológicos diversos, trabados todos en una compleja red de castigos, amores y venganzas. No faltan en el libro los protagonistas de las grandes gestas heroicas de la literatura clásica, ni tampoco un puñado de personajes históricos relevantes, que he añadido al final del volumen extendiendo al máximo el significado de mito. La mistificadora labor de la fama, con el transcurrir del tiempo, los ha dotado de un estatus muy similar al de los personajes de ficción. Todo aquello que no olvidamos por completo termina casi siempre transformado en mito.

En Ciervos en África podemos distinguir dos categorías diferentes de textos. En la primera de ellas se ofrece una reflexión o interpretación sobre un determinado personaje o episodio; en la segunda, se crea una ficción en la que el mito ha sido alterado sustancialmente. Puede ser que se modifique su desenlace, se aporten detalles de la trama hasta ahora ignorados o se revele una intención oculta en sus protagonistas. En ocasiones he relacionado mitos y personajes supuestamente incompatibles, cuando su confrontación aportaba un nuevo significado o iluminaba relieves insospechados de su personalidad.

Muchas de las historias que integran el libro están narradas en tercera persona, pero en otras es el propio protagonista, o un testigo presencial, el que toma la palabra. Con el propósito de ofrecer al lector un abanico mayor de registros, he compuesto también algunas cartas, fragmentos dialogados entre dos o más personajes y supuestos textos antiguos extraídos de sus fuentes originales.

La escritura de Ciervos en África ha sido para mí una experiencia muy grata y estimulante. Desde hace muchos años soy un entregado lector de textos clásicos. La temprana e inexcusable necesidad de documentarme para mis trabajos de investigación sobre literatura del Siglo de Oro se transformó enseguida en una fervorosa y «desinteresada» inclinación por los mitos e historias de la cultura grecolatina. Esta afición, que me ha acompañado desde entonces, se ha materializado al fin —contra todo pronóstico— en una obra de creación.

*Ciervos en África (Fabulario apócrifo), Gijón, Ediciones Trea, 2018, 192 pp.

*Puedes leer algunas de las minificciones que integran el libro en la revista cultural El Cuaderno: Ciervos en África

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porque poner Virgilio ciervos en África no es falta del arte sino de geografía, cuando no los hubiese; porque, supuesto que no hubo ciervos en África, es verosímil que los pudo haber… (Herrera, Anotaciones a Garcilaso, 1580)

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Atenea y Aracne

Epimeteo cerrando la caja

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Las hipótesis del fracaso y otros cuentos, de O. Henry

El escritor estadounidense William Sidney Porter (1862-1910), más conocido como O. Henry, tuvo una existencia corta pero movida: ayudante de farmacia, ranchero en Texas, empleado de banca, delincuente, prófugo, presidiario… Salido de la cárcel, O. Henry buscó el anonimato instalándose en Nueva York, donde pudo dedicarse por fin a la literatura. Entre 1902 y 1910 escribió un elevado número de cuentos, que no lo hicieron rico aunque sí popular. La acuciante necesidad de escribir a destajo para ganarse el pan y la afición al alcohol pusieron un temprano punto final a su vida. De los varios centenares de cuentos que nos dejó, la editorial ovetense KRK nos ofrece ahora un conjunto de veinte, seleccionados, traducidos y prologados por Gema Vives. Una edición exquisita (es un verdadero placer tener el volumen entre las manos) que reúne una muestra representativa de los diferentes registros del autor, y donde no faltan ni los cuentos más conocidos ni otros —de interés— que permanecían todavía inéditos en castellano o estaban agotados.

No es preciso avanzar mucho en la lectura del libro para comprobar que la compleja y difícil experiencia vital de O. Henry aflora en cada una de sus páginas, aunque transmutada por una visión benévola de la realidad. El hecho de que permaneciera en prisión durante tres años quizás le ayudó a contemplar las debilidades humanas bajo un luz diferente, más tolerante. En muchos de sus personajes —incluidos los «menos recomendables»— late una bondad natural que los redime: unos secuestradores dispuestos a pagar, un gánster capturado por cumplir una promesa, un delincuente incapaz de robar a un niño… Como otros muchos escritores que vivieron a salto de mata, O. Henry no tuvo tiempo —quizás tampoco interés— para forjarse un estilo complejo, como —por ejemplo— el de su contemporáneo y homónimo Henry James, al que se permite aludir jocosamente en uno de sus cuentos. Tramas breves, sencillas y lineales, diálogos naturales como la vida misma, llenos de gracia y expresiones coloquiales, personajes urbanos modestos o marginados: polizontes a pie de calle, delincuentes y vagabundos, empleados de media paga, inmigrantes, artistas bohemios… Estas son las mimbres con que teje sus entrañables cuentos, donde no falta la chispa del ingenio en la voz del narrador. Todas las historias de O. Henry alcanzan su crisis en las últimas líneas, donde siempre nos aguarda una sorpresa, que en ocasiones invierte el sentido de la trama. Pero en lo que nunca hay sobresalto es en el destino final de sus personajes: invariablemente feliz, o cuando menos moral y justo. En la narrativa de O. Henry la Providencia nunca falla.

El cuento que da título al libro, «Las hipótesis del fracaso», es un texto inédito en castellano, según nos informa Gema Vives en su documentado estudio preliminar. El relato tiene como protagonista a un abogado especializado en divorcios, un tema genuinamente americano. La calculada ambigüedad de los diálogos nos mantiene engañados hasta el final. «La puerta verde» es un cuento de hadas protagonizado por un modesto vendedor de pianos con apellido extranjero, Rudolf Steiner, un joven muy amigo de las inesperadas aventuras que nos brinda la deriva urbana. La suerte, su buena voluntad y un equívoco propician el milagro. «El rescate de Gran Jefe Colorado» es uno de los cuentos más divertidos y logrados de la recopilación. Un asunto tan siniestro como el rapto de un niño da pie para desarrollar una aventura hilarante e ingeniosa, de un buenismo sin complejos. La pintura de ese enfant terrible de diez años que hace sudar tinta china a sus secuestradores es verdaderamente antológica. Muy popular en su país, «El rescate de Gran Jefe Colorado» es sin duda una pequeña obra maestra. «Sacrificio por amor» pone al descubierto la buena ley de una relación de pareja, una historia similar a la de «El regalo de los Magos», el cuento más popular de O. Henry, también recogido por Gema Vives en su edición. «Al cabo de veinte años» continúa con la tónica de conceder protagonismo a personajes modestos y típicos del medio urbano neoyorquino. Un delincuente cumplidor de su palabra y un policía escrupuloso certifican que los imperativos morales no escasean entre los desfavorecidos. Otro relato muy divertido y perfectamente construido es «El filtro amoroso de Ikey Schoenstein», un título irónico que encubre un sencillo triángulo amoroso donde la honestidad vuelve a tener el premio que se merece. En «El himno y el poli» O. Henry añade un vagabundo a su galería de personajes, un sin techo que sueña con una abrigada invernada en prisión. Pero no basta con ser malo, también hay que parecerlo. «Mientras el auto espera» es un delicioso relato escrito bajo la inspiración confesa de Las nuevas noches árabes de Stevenson. La habilidad de O. Henry para darle la vuelta a la trama en el último instante y dejarnos boquiabiertos alcanza aquí su cota más elevada: tres palabras bastan. Con «Jimmy Hayes y Muriel» y «La desaparición de Águila Negra» abandonamos temporalmente las calles de Nueva York para internarnos en la turbulenta frontera mejicana —un territorio que O. Henry conoció durante su etapa de ranchero—, con sus escaramuzas entre bandoleros y rangers. El extravagante protagonismo de una lagartija y el inverosímil caudillaje de un delincuente de medio pelo reducen la supuesta aventura a una exhibición de puro humor. Otro relato destacable es «Ni rastro del fantasma», una inesperada ghost story que le sirve a O. Henry para burlarse de una familia de nuevos ricos. Su discutible abolengo será puesto en tela de juicio por la inoportuna aparición del fantasma de un albañil. «La última hoja» es una fantasía sentimental, un tanto lacrimógena, en la que un acabado trampantojo da sentido a una vocación obrando una portentosa curación. En la vieja disputa entre la vida y el arte, O. Henry apuesta obviamente por la primera. Finalmente, me detendré en «Los caminos del destino», el relato más extenso de todos los recogidos por Gema Vives, donde O. Henry se aparta de su universo literario habitual para ofrecernos una aventura de tintes folletinescos con un desenlace dramático. Un joven poeta que ha sufrido un desengaño amoroso sale al mundo para conquistar la fama. Desarrollando este tópico tan manido, O. Henry logra una relato muy entretenido, rico en peripecias y situaciones rocambolescas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Digamos que ella y su marido no estaban precisamente a partir un piñón. Tienen incompatibilidad a punta pala. Las cosas que a ella le gustan, Billings no las querría ni regaladas con cupones. No son de la misma cuerda. Ella es una mujer educada en las ciencias y en las artes, y lee cosas en voz alta en reuniones culturales. Billings está fuera de esa onda. No aprecia el progreso, los obeliscos, la ética, las cosas así. El viejo Billings es duro de mollera para este tipo de cosas.» (Las hipótesis del fracaso, traducción de Gema Vives)
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Relatos, de Thomas Bernhard

El escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989) es una de las figuras más relevantes de la literatura en lengua alemana del siglo XX, así como una de sus voces más estremecedoras y originales. Autor de una obra extensa, en la que destacan títulos ya clásicos como El malogrado o El imitador de voces, Bernhard refleja en la mayoría de sus textos una imagen muy amarga del hombre actual: la inanidad de su destino, su incomunicación, su dificultad para permanecer cuerdo en una medio radicalmente hostil… Seres frustrados, enfermos, suicidas y locos pueblan muchas de sus novelas y relatos, siempre en contacto con la cara menos amable de la realidad. Alianza acaba de reeditar este interesantísimo conjunto de relatos, seleccionados y traducidos por Miguel Sáenz, gran conocedor de Bernhard y su más insigne traductor. Los textos, escritos originariamente entre 1967 y 1971, pertenecen a la etapa más fructífera e interesante de Bernhard, de la que ofrecen un muestrario representativo y muy coherente.

El primer relato, «La gorra» (Die Mütze, 1967), tiene como protagonista a un enfermo mental que vive solo en un viejo caserón. Como es habitual en la prosa de Bernhard, enseguida toparemos con uno de sus recursos constructivos preferidos, la repetición insistente, cuidadosamente planificada, de frases e ideas, un procedimiento que se ha equiparado con los principios compositivos de la música —un arte que Bernhard estudió y apreció siempre—, y que en el caso concreto de La gorra percibimos como la proyección del temperamento obsesivo del protagonista: una «enfermedad que, hasta hoy, nueve médicos no han sabido explicar». El hallazgo casual de una vieja gorra tirada en la calle exacerbará todas sus neuras y sentimientos de culpa, embarcándolo en una inútil y descabellada búsqueda del propietario, único remedio para librarse del pensamiento obsesivo que el objeto simboliza y, a la vez, encarna. Lo dramático del caso no impide que el relato se revista de una notable comicidad, que deriva en ironía cuando se alude a los médicos que han tratado al enfermo. «¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?» (Ist es eine Komödie? Ist es eine Tragödie?, 1967) refleja, por un lado, la ambivalente postura de Bernhard frente al teatro, género que ha denostado y cultivado con notable éxito; y por otro, su consideración de la existencia humana como una oscilación continua entre los dos extremos: lo trágico y lo cómico. Los comportamientos obsesivos y perturbados del relato anterior se prolongan en este, pero ahora asumidos por un travestido con el que el narrador entabla conversación, y al que acompaña en una delirante caminata nocturna donde la desgracia, el crimen y la culpa («el mundo entero no es más que una jurisprudencia. El mundo entero es un presidio») no tardarán en hacerse manifiestos. «Mindland en Stilfs» (Mindland in Stilfs, 1971) es otro estupendo relato, que recoje muchas de las pulsaciones narrativas de Bernhard, tanto en el estilo como en los personajes y situaciones. Stilfs es un pueblecito de alta montaña, idílico para los visitantes de fin de semana, pero un agujero infernal para los residentes: un puñado de frustrados, lunáticos y suicidas en su mayoría. El narrador, junto con su hermano Franz, su hermana inválida Olga y un ayudante desquiciado, Roth, intentan llevar adelante una ruinosa explotación agrícola; es decir, permanecen atrapados diabólicamente por una herencia paterna de la que no han sabido liberarse y que terminará aniquilándolos. A ellos se contrapone la figura del inglés Mindland, visitante ocasional y amigo de la familia, que representa la visión exterior, en apariencia documentada, libre e inteligente, pero en realidad miope, y tan inoperante como las demás. «Ungenach» (1968) es un texto mucho más extenso que los anteriores, compuesto de manera fragmentaria y enunciado por voces diversas. De alguna manera, un complemento del relato anterior, por cuanto que Robert Zoiss, el protagonista principal de Ungenach, es un heredero que intentará liberarse del colosal legado paterno que pende sobre su cabeza (bosques, haciendas, tierras, fábricas…) mediante una donación. Un texto estimulante —en ocasiones divertido, en otras atrozmente depresivo—, que se inicia con las delirantes disquisiciones filosófico-políticas del abogado Moro, un personaje bastante reaccionario y contrario a la «monstruosa donación» que pretende realizar su cliente, y que supondrá la pulverización del legado como tal. Siguen las listas y anotaciones de Robert acerca de las personas que se verán favorecidas por la entrega de las distintas propiedades: una variopinta suma de tipos donde no faltan ni presidiarios ni locos. Finalmente, los «Papeles de Karl» (el atormentado hermanastro desaparecido) configuran un heterogéneo conjunto de cartas y reflexiones que nos adentran en el tenebroso corazón del legado. «Watten» (1969), subtitulado Un legado, es otro texto de extensión similar al anterior: la escalofriante radiografía de un grupo de seres destruidos a los que solo parece mantener vivos una partida semanal de watten (un juego de cartas austríaco con cuatro participantes). Un texto obsesivo y recurrente hasta el extremo, colmado de reflexiones nihilistas y «anécdotas» truculentas (como la de los dos grajos), y que tiene como núcleo la macabra historia vivida y narrada por el Viajante.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Creemos haber vivido y, en realidad, hemos muerto lentamente. Creemos que todo ha sido una lección, y sin embargo no fue más que una extravagancia. Miramos y reflexionamos y tenemos que contemplar cómo todo lo que miramos y lo que reflexionamos se retira, cómo el mundo, que nos propusimos dominar o, por lo menos, cambiar, se nos retira, cómo el pasado y el futuro se nos retiran, cómo nos retiramos de nosotros, y cómo, con el tiempo, todo nos resulta imposible. Existimos todos en un ambiente de catástrofe.» (Ungenach, traducción de Miguel Sáenz)
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Ciervos en África (Fabulario apócrifo)

En los próximos meses aparecerá mi más reciente trabajo literario, Ciervos en África (Fabulario apócrifo): un conjunto de textos breves donde se recrean, con gran libertad y no menos humor, algunos de los mitos de la Antigüedad clásica grecolatina.

El libro será publicado por Ediciones Trea, de Gijón, una de las más importantes y valoradas editoriales asturianas, con una destacada proyección nacional, y que obtuvo en el año 2014 el «Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural» (concedido anualmente por el Ministerio de Educación y Cultura).

En estos días, la editorial ofrece un anticipo de mi libro, en su prestigiosa revista cultural El Cuaderno, que os animo a que leáis en el enlace que aquí os ofrezco: Ciervos en África

La entrada recoge un puñado de textos representativos de los diferentes registros de la obra: un aperitivo para que lo disfrutéis ahora y os anime luego a leer el libro completo.

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porque poner Virgilio ciervos en África, no es falta de arte, sino de geografía, cuando no los hubiese; porque supuesto que no hubo ciervos en África; es verisímil que los pudo haber… (Herrera, Anotaciones a Garcilaso, 1580)

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El caballo de Phyllis

El caballo de Troya

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Poemas de locura, amor y muerte, por Franciso Ruiz-Ruiz de León

No siempre la literatura nos llega a través del libro, las palabras en letras de molde. La lírica, sobre todo, tiene una larga y venerable historia de tradición oral: desde los rapsodas homéricos a los cantautores actuales… No está nada mal recordar que la poesía, en virtud de sus componentes rítmicos y fónicos, ha sido compuesta más para ser escuchada que leída. Cumple su vocación, alcanza su más alto grado de eficacia cuando las palabras se hacen sonido… Es verdad que todos podemos pronunciarla en voz alta, para nosotros mismos, y recrearnos en sus valores sensoriales. Pero ¡qué placer cuando alguien nos interpreta un poema con sentimiento y saber!; y sobre todo si es un verdadero artista, un rapsoda capaz de obrar el milagro de convertir las palabras en música, de hacerlas volar, de ocupar su espacio en el aire, en el tiempo… ¡Una música significante!

No es otra cosa la que nos brinda Luscinia Discos , que con estos Poemas de locura, amor y muerte abre su ya ecléctico catálogo a la literatura, a la poesía… Un ramillete de poemas que nos viene ahora en alas del viento,  «aprisionados»  —para nuestro disfrute— en un cd, e interpretados por el saber y la palabra de Francisco Ruiz-Ruiz de León, Premio Nacional de Declamación: un rapsoda dueño de una recitación vigorosa y elocuente, con un amplísimo registro de matices y una voz de timbre perfecto y atractivo.

El conjunto de poemas que se nos ofrece abarca un dilatado espacio de tiempo, que se extiende desde el Barroco hasta hoy mismo: de Calderón a Leopoldo María Panero, pasando por poetas tan diversos como Espronceda, Machado y José Hierro. Un lugar de privilegio en la selección lo ocupan los grandes líricos del 27, como Lorca, Cernuda, León Felipe o Aleixandre. Tampoco falta una pequeña representación de bardos americanos: Darío, Nervo, Pablo Neruda o Emilio Ballagas; o incluso una bella composición del propio intérprete, Ausencia. Una amplia muestra de lo mejor de la poesía en lengua castellana, a través de una gran variedad de metros y registros, donde poemas muy emotivos alternan con otros más discursivos, y los versos más populares dejan paso a otros, quizás, menos conocidos, pero cuyo descubrimiento será fuente segura de gozo para el oyente. Una sabia mezcla — e inteligente secuenciación— que permiten a Francisco Ruiz-Ruiz de León poner en juego una notable variedad de recursos expresivos; y al oyente, llegar hasta el final del disco con el convencimiento de haber disfrutado de un genuino contacto con la poesía. No está de más subrayar que esta exquisita edición de Luscinia, que viene acompañada por numerosas ilustraciones del intérprete, Francisco Ruiz-Ruiz de León, reproduce el texto de todos los poemas. Sí, también el libro, pero convertido en partitura.

No se puede terminar esta breve reseña sin aludir a la «otra música», la que en la edición de Luscinia acompaña a algunos de los poemas recitados por Francisco Ruiz-Ruiz de León. Autores clásicos (Schumann, Tárrega) junto con otros más actuales, como Carlos Izquierdo y José Ojeda (artistas del sello Luscinia Discos), aportan unas composiciones que se funden de manera armoniosa y eficiente con los poemas. No es nada fácil ni baladí conseguir esa simbiosis, lograr que las «dos músicas» —exigentes como reinas— colaboren sin hacerse sombra. Esto no son canciones. Aquí cada discurso —verso y melodía— reina de manera soberana, y la labor de encaje que ha permitido que coexistan felizmente es digna de admiración.

Para finalizar, un recuerdo, el de la primera vez que asistí a un recital de poesía. Fue en el salón de actos del colegio. Nos advirtieron que era algo muy especial, y que en «nuestra ignorancia» tuviéramos buen cuidadito de no reírnos. Cuando luego salió el intérprete al escenario y comenzó a recitar (recuerdo que uno de los poemas era El Piyayo), ¡qué gran impresión nos produjo! No se escuchó ni una sola risa. Poemas ya habíamos leído, e incluso recitado alguno en la clase, pero aquello era algo muy diferente. Algo nuevo que nos dejaba una profunda huella, y que luego intentaríamos imitar, medio en broma, medio en serio, cada vez que nos cayera algún verso entre las manos…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. / Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente./ Que tú me entendieras a mí sin palabras / como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.» (Respuesta, de José Hierro)
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Estío, de Edith Wharton

Alianza editorial acaba de sacar a la luz una nueva edición de una de las novelas más valoradas de la escritora estadounidense Edith Wharton (1862-1937), Estío (Summer, 1917), que ahora podremos leer en la traducción de José Luis López Muñoz. Al igual que en Ethan Frome (1911), la novelista nos ofrece una trágica pintura del mundo rural norteamericano, del limitado horizonte de expectativas que puede ofrecer la vida a quienes habitan en un villorio tan insignificante como North Dormer (Nueva Inglaterra): una simple hilera de casas que tiene como calle principal a la propia carretera que las atraviesa. Y las que más sufren en este medio tan mezquino y limitado —donde las desigualdades de clase resultan más evidentes— son las mujeres, siempre vigiladas y sometidas a un código moral discriminatorio que las sanciona cruelmente cuando abandonan la senda que les ha sido marcada.

Ese es el caso de Charity Royall, la protagonista de Estío, que une a su condición femenina la de ser una huérfana procedente de «la Montaña»: un asentamiento de renegados y fuera de la ley que malviven aislados y en condiciones infrahumanas en lo más inhóspito de la sierra. Estos antecedentes familiares, que Charity irá descubriendo paulatinamente a lo largo de la novela, hasta constituirse en parte esencial de su clímax final, le infunden un doloroso sentimiento de vergüenza y marginación, y parecen justificar, ante el lector, el complejo talante de la muchacha: obstinado e independiente. Charity, que acaba de cumplir dieciocho años, vive además una difícil situación familiar, al convivir con el hombre que la adoptó cuando era una niña y que ahora, tras enviudar, pretende casarse con ella. Su padrastro es un hombre de temperamento solitario y adusto, un abogado inteligente pero venido a menos, arrutinado por el pobre medio social en el que vive, aunque no carente por completo de nobleza y refinamiento. (La novelista, que no desea todavía enseñar todas sus cartas, no nos muestra, por el momento, mucho más del señor Royall). Su pupila, sin embargo, lo desprecia y detesta en grado superlativo, aunque quizás de una manera un tanto inmotivada e irracional… En fin, no es de extrañar que tantas desventajas hayan dotado a Charity de una personalidad muy compleja, llena de aristas, en ocasiones ambigua, que la novelista irá desenredando y desplegando poco a poco bajo nuestra mirada.

Símbolo de este ambiente cerrado y opresivo en el que viven los personajes de Estío es la biblioteca del pueblo, la Hatchard Memorial, una institución benéfica que apenas recibe visitantes y no ha incorporado a su catálogo un libro nuevo en los últimos veinte años. Charity es la encargada de mantener abierta, dos tardes por semana, este inútil templo del saber, donde los volúmenes, carcomidos por el polvo y la humedad, se pudren lentamente en sus deformados estantes. En este contexto tan poco prometedor aparece inesperadamente la radiante figura de Lucius Harney, un joven y simpático arquitecto perteneciente a una de las familias más distinguidas de la zona, que ha llegado al pueblo con la intención de dibujar y estudiar la arquitectura colonial. Charity queda al instante deslumbrada por su atractivo, su cultura y su elegancia, iniciándose entre los dos jóvenes un intenso y «poético» romance, al margen de todas las reglas establecidas, que parece dar al traste con las esperanzas —ya bastante maltrechas— de su taciturno padrastro. Pero no es oro todo lo que reluce, y Charity deberá aprender todavía una dura lección de realismo. Con el abismo abierto a sus pies, la salvación solo será posible tras un doloroso retorno a las raíces.

Leyendo esta novela de Edith Wharton es difícil resistirse a la tentación de compararla con otra novela temprana de su amigo Henry James, Guarda y tutela (Watch and Guard, 1871), donde se establecía también un triángulo amoroso entre un tutor, su pupila (la hija de un amigo fallecido) y un joven pretendiente. El enfoque del conflicto en Guarda y tutela es, desde luego, mucho menos dramático, y la novela está escrita desde la perspectiva masculina de un protagonista que tiene rasgos de Pigmalión (de un Pigmalión al que amenazaran con arrebatarle la estatua cuando ha logrado, al fin, insuflarle vida). Por lo demás, el clima de las dos novelas no puede ser más diferente. Lo que en James no deja de ser, con todos sus aciertos narrativos, una entretenida aventura romántica, en Wharton se manifiesta como una despiadada pintura de la vida de las mujeres en los medios rurales americanos, de su escasa libertad de acción y elección. Al parecer, Estío no fue muy bien recibida en su momento, quizás porque narraba sin grandes disimulos el despertar sexual de una adolescente, Charity, así como su injustificable entrega a un varón que, desde el principio, no parece tomársela demasiado en serio.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Le había dado todo lo que tenía, pero ¿qué era eso comparado con todos los otros regalos que la vida le reservaba? Entendía ya el caso de todas las chicas como ella a quienes les había sucedido algo semejante. Daban todo lo que tenían, pero su entrega absoluta no era suficiente: no se compraban más que unos pocos momentos…» (traducción de José Luis López Muñoz)
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La abundancia de vida, El espíritu protector, de Ludwig Tieck

Ludwig Tieck (1773-1853) fue una de las principales figuras literarias del Romanticismo alemán, autor de una amplia obra que incluye novelas, cuentos, poemas, obras dramáticas e, incluso, una canónica traducción del Quijote al alemán. En nuestro país, Tieck es principalmente conocido por tres de sus relatos fantásticos más sobresalientes: El monte de las runas, Eckbert el rubio y Los elfos, paradigmas de una visión romántica de la naturaleza trufada de misterio, leyendas y «espíritus elementales». Su prolongada vida, que le permitió sobrevivir a Goethe y erigirse en figura eminente y solitaria de la literatura germana, perjudicó algo su obra, que derivó con los años a posturas más realistas, conservadoras y, quizás, menos interesantes. Aunque pertenecen a esta última etapa creativa de Tieck, las dos novelas cortas (novelle) que reseñamos, La abundacia de vida (1839) y El espíritu protector (1839), gozan del suficiente atractivo y originalidad como para garantizar al lector una placentera y amena lectura.

El primero de los textos, La abundancia de vida (Des Lebens Überfluss), tiene como protagonista a un joven matrimonio que vive en la pobreza, aislado en un pequeño apartamento de un edificio en el que son sus únicos moradores. Heinrich y Klara consideran innecesario todo lo que no sea su amor y mutua compañía, y entretienen sus veladas con profundos diálogos y meditaciones que son contenido importante del relato y nos informan de su propia historia. Para lograr su proyecto de convivencia, esta pareja tan bien avenida ha tenido que romper con su pasado, con sus acomodadas familias y sus anteriores medios de vida, y arrastrar una existencia de anonimato y miseria que no parece incomodarles lo más mínimo. Amparados por su amor, todas las ventajas materiales que han perdido les parecen superfluas. Su aislamiento es casi perfecto, pues el propietario del inmueble se ha marchado a un largo viaje, y su única ventana se abre sobre un tejado que les impide toda contemplación que no sea la del propio cielo. Esta situación tan románticamente ideal, pero un tanto forzada y muy inverosímil (no necesitan salir a la calle siquiera, pues una vieja y fiel criada, que los ha seguido desinteresadamente a su voluntario exilio, les trae lo poco que necesitan), adquirirá tintes casi kafkianos cuando Heinrich se vea obligado a arbitrar algún medio que les permita alimentar la estufa… Como en un cuento de hadas, una inesperada resolución pondrá un final feliz a este delicioso y original relato.

[Es conveniente advertir al lector de que esta novelle (Des Lebens Überfluss) fue publicada por Alfaguara bajo el título de Lo superfluo (José M. Mínguez, 1987). Nicolás Gelormini, sin embargo, en la edición que nos ocupa (Buenos Aires, Losada, 2016), la ha traducido por La abundancia de vida, pues, según señala en su prólogo, la palabra überfluss tiene un doble significado: «abundante» y «superfluo»; y le parece que «en el título resuena sobre todo la primera de las significaciones, aunque en el resto de la obra predomine la otra».]

Creo que el siguiente relato, El espíritu protector (Der Schützgeist), estaba inédito en nuestra lengua. Escrito en el mismo año que La abundancia de vida, guarda con él un indudable parecido, al menos en su estructura compositiva, que sigue el modelo habitual de la novelle de Tieck: una primera parte muy estática, volcada hacia el diálogo y la evocación, es seguida por una resolución inesperada y de acción acelerada que impone un final feliz a la historia. El espíritu protector, sin embargo, es una novelle de tintes más crepusculares, pues la protagonista es ahora una anciana condesa que desea ver a su hijo antes de morir. Las notas exageradas y extravagantes son aquí menores, y aparecen al final, como el improbable encuentro de la condesa con su hijo o su salvación in extremis de las garras de Gottlieb. En El espíritu protector el fondo de la historia es esencialmente fantástico, aunque de una «fantasía» cristiana y trascendente. Como lo anuncia el título, el protagonista es un ángel guardian, una niña misteriosa que marca con sus benévolas y oportunas apariciones los hitos más significativos de la vida de la condesa, desde su infancia hasta sus últimos instantes de vida. La «autenticidad» de esta serie de intervenciones milagrosas viene atestiguada, desde dentro del relato, por la observación directa del personaje de Theodor, lo que nos disuade de considerarlas imaginaciones de la mente enferma de la narradora. El desenlace de El espíritu protector manifiesta, más incluso que en el anterior relato, una notable aceleración narrativa, que contrasta con la inmovilidad de las paginas preliminares, centradas en las evocaciones de la condesa y en los diálogos que entabla con sus visitantes. Una arriesgada navegación en barca sobre el Rin, en mitad de una temible tormenta, seguida de la travesía de un tenebroso bosque plagado de malhechores, harán posible el puntual cumplimiento de todo cuanto anhela la condesa.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«por esta vida doméstica nuestra con sus vasos ordinarios nos habrían envidiado los soberanos más ricos de la Antigüedad. Debe ser aburrido beber de un copa de oro agua tan bella, clara, saludable. Por el contrario, en nuestros vasos, la refrescante ola flota tan serena y translúcida, tan unida al recipiente que uno se ve tentado a creer que está bebiendo el éter mismo vuelto líquido.» (traducción de Nicolás Gelormini)
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La colección invisible, de Stefan Zweig

LaColeccionInvisible-316x496Este pequeño librito de Olañeta me ha acompañado durante un viaje de fin de semana, y aunque no llega a tener ni cien páginas creo que se merece una reseña, siquiera tan breve como el espléndido relato que contiene. La colección invisible, subtitulado Episodio de la época de la inflación en Alemania (1929), comienza durante un viaje en tren, en una imprecisa estación de ferrocarril situada más allá de Dresde. Un veterano anticuario berlinés, que ha subido al vagón donde viaja el autor, va a contarnos una historia extraordinaria, un hecho real pero fuera de lo común: «la historia más curiosa que le ha sucedido a un viejo comerciante de arte como yo en treinta y siete años de carrera.» Corren los años veinte en Alemania. Ha terminado la Gran Guerra, pero la equivocada política económica de la República de Weimar y las exigentes reparaciones impuestas a los alemanes por el Tratado de Versalles sumen al país en la miseria, viéndose sometido a una fuerte inflación que culminará con el hundimiento de la Bolsa de Berlín en 1927. Stefan Zweig, pacifista convencido, que se ha opuesto a la guerra desde el principio y ha tenido que refugiarse temporalmente en Suiza, publicará a finales de esa década un puñado de textos que reflejan la penosa situación alemana. Conmovedoras estampas entre las que figura el relato que nos ocupa, La colección invisible, donde se denuncia la rapiña de las obras de arte, en un momento de la historia europea en la que un sello de correos podía costar en Alemania millones de marcos y los nuevos ricos —bien pertrechados de dólares— hacían su agosto en una población de coleccionistas empobrecidos y hambrientos. Poco más podemos contar de este estupendo relato sin arruinar el disfrute del lector, que se verá recompensado por la originalidad de la historia y la finura con que el autor traza la psicologia de los distintos protagonistas del drama.

Traducido y prologado por Alex Weiss, el libro viene ilustrado con algunos grabados de Rembrandt, los más convenientes para una perfecta comprensión y disfrute del texto.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Todo llevaba, pues, a creer que se trataba de un hombre un poco particular, un personaje ridículo, de costumbres anticuadas, uno de esos alemanes pintados por Menzel o Spitzweg, como existían todavía hasta hace poco algunos raros especímenes aquí y allá en nuestras pequeñas ciudades de provincias.» (traducción de Alex Weiss)
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La muñeca de nieve y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne

la-muneca-de-nieveLa aparición de este libro de relatos de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), nunca traducido íntegramente al castellano, es un acontecimiento de gran interés para los lectores y entusiastas del gran escritor americano. De los quince cuentos que recoge La muñeca de nieve y otros cuentos (The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales, 1851) no creo que sean más de cinco los que podíamos leer traducidos a nuestra lengua: «La muñeca de nieve», «El gran rostro de piedra», «Ethan Brand», «John Inglefield y el Día de Acción de Gracias» y «Mi pariente, el mayor Molineux». Los restantes creo que estaban inéditos en castellano; al menos yo no he sido capaz de localizarlos, ni los había leído nunca. Es pues una excelente noticia la aparición de este libro de relatos (traducidos por Marcelo Cohen), con el que Acantilado completa la serie de volúmenes en que Hawthorne recogió la mayor parte de su prosa breve: Twice Told Tales (1837), Mosses from an Old Manse (1846) y The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales (1851).

La muñeca de nieve y otros cuentos es una recopilacion de cuentos de muy diversa data, según nos informa Hawthorne en el interesantísimo Prefacio que encabeza la edición:

«Algunos de estos bocetos fueron de los primeros que escribí y, después de haber permanecido años inéditos, acabaron escondiéndose en anuarios o revistas y allí han permanecido ocultos desde entonces. Otros son de un periodo posterior; algunos más fueron escritos recientemente.»

Pero este Prefacio es sobre todo una emocionada carta de agradecimiento a su amigo Horatio Bridge (al que también dedica el volumen), la única persona que creyó en su talento literario y contribuyó a su descubrimiento sufragando la publicación de sus Twice Told Tales de 1837.

«La muñeca de nieve» es una poética fantasía que tiene como protagonista a un muñeco de nieve que cobra vida. Los hijos de una madre sensitiva, que ha sabido conservar, a pesar de los años y los sufrimientos de la vida, algo de su imaginación y candor infantiles, son los artífices del prodigio. Ante el milagro, el padre de los niños, un bienintencionado materialista, se obstinará en obrar según sus propios y estrechos criterios, con el resultado que cabe esperar. Una fábula sobre el poder de la imaginación y el necesario respeto a la diferencia. Al igual que en «Feathertop», el simulacro ha puesto eel-gran-rostro-de-piedran evidencia al hombre. «El gran rostro de piedra» es una parábola moral sobre el Ideal, y de cómo es percibido por los hombres de distinta manera. Así, todos los habitantes del valle donde se desarrolla la historia piensan que el noble rostro figurado en la montaña anuncia la llegada de un personaje que será el orgullo de la comunidad. Pero, ¿quién será? Las figuras del millonario, el guerrero, el estadista, incluso el poeta famoso, dejan tras de sí una estela de decepción. Al final, descubriremos que la verdadera grandeza es la que pasa siempre desapercibida. Este imaginativo relato fue recogido (y dio título al volumen) en la mítica colección «La Biblioteca de Babel» de Ediciones Siruela. «La calle mayor» es la historia de una calle de la ciudad natal de Hawthorne, presentada como el espectáculo de una barraca de feria, con sus maniquíes y escenarios de cartón. Es una crónica abreviada de la comunidad puritana, con sus secuelas de intransigencia y los procesos de brujería (en los que se vería implicado un antepasado del autor, el juez Hathorne [sic]). La narración se ve periódicamente interrumpida por la intervención de algunos espectadores, como es el caso del «crítico intransigente» o el «hombre de las gafas azules», figuras habituales en la narrativa de Hawthorne que representan al hombre puramente materialista, falto de imaginación y aquejado de un realismo empobrecedor. «Ethan Brand. Un capítulo de una novela frustrada» es uno de los relatos mejores y más conocidos del libro (recogido en su día en la antología de Alianza Editorial, Wakefield y otros cuentos). Se trata de una bella y sobrecogedora fábula sobre la desesperación y el vacío que produce el pecado (el «Pecado Imperdonable»). Ethan Brand ―según nos informa el narrador― era un «desalmado» en el que «su naturaleza moral había cedido su terreno al intelecto». Pero el relato es también una lección de estoicismo: a la mañana siguiente, la naturaleza toda y el curso de la vida de los hombres siguen su marcha habitual, mostrando una indiferencia suprema al sino fatal del pecador. «Biografía de una campana» es poco más de lo que anuncia el título: las movidas peripecias de una campana francesa y católica que termina en lo alto de un campanario protestante de la ciudad donde reside el autor. Con «Sílfide Etherege» estamos ante uno de esos «experimentos» ―de índole moral, por supuesto― que aparecen de cuando en cuando en la narrativa de Hawthorne. Una lección de realismo impartida de manera harto cruel a una joven idealista y romántica, y cuyo desenlace, aunque abierto, parece bastante trágico y desolador. Quizás el destino de todos nuestros sueños. «Los peregrinos de Canterbury» es otra fábula moral que podría leerse como una imaginativa recreación del viejo proverbio: nadie escarmienta en cabeza ajena. Una joven pareja de enamorados, al abrigo de una deliciosa noche de verano, huye de la comunidad Shakers donde han nacido para protagonizar una vida más libre que les permita unirse en matrimonio. Pero antes de dar el último paso que los aleje definitivamente de su viejo mundo, deberán escuchar las lecciones de realismo que les imparte una cuadrilla de experimentados peregrinos que, al contrario que ellos, pretenden buscar su refugio en la aldea cuáquera. ¿Desearán los jóvenes ser los protagonistas de sus propios errores? En «Noticias de ayer» el autor toma como excusa la revisión de unos viejos periódicos para trazar un colorido panorama de la vida y costumbres de Nueva Inglaterra, tanto en su etapa colonial como en la revolucionaria, esta última vista desde la perspectiva de un viejo realista que ha permanecido en el país tras la retirada inglesa. En la misma línea podemos situar «La antigua Ticonderoga, un relato del pasado», una ensoñación inspirada en las ruinas del famoso fuerte inglés, protagonista de un célebre episodio de la Guerra de Independencia americana. En el siguiente cuento, «El hombre de piedra», asistiremos al nacimiento de una leyenda: una seria advertencia de hasta dónde puede conducirnos la intolerancia religiosa y el desprecio a nuestros semejantes. Uno de los relatos más curiosos del libro es el titulado «El demonio en el manuscrito», protagonizado por un joven escritor de cuentos que, tras recibir el rechazo de numerosos editores, arroja sus manuscritos al fuego. El imprevisible resultado de su gesto de desesperación le colmará de un gozo bastante reprensible. Un autorretrato, quizás, del joven Hawthorne en sus inicios como escritor. El siguiente relato, «John Inglefield y el día de Acción de Gracias», es un texto breve pero de gran intensidad, inspirado en la parábola del hijo pródigo; en este caso, una joven descarriada. Los que hemos leído a Hawthorne sabemos que las notas tétricas, o incluso macabras, no son raras en su narrativa. «Las esposas de los muertos», sin embargo, pese a su siniestro título, llama la atención precisamente por su final feliz, aunque un tanto forzado. ¿Y si la ventura de las dos cuñadas solo fuera un sueño? «El gamoncillo» es una simpática fábula, de hechura casi folclórica, sobre el valor del trabajo. Un escolar fugado verá reproducida en todas partes la temible faz de su maestro «Brega». En «Mi pariente, el mayor Molineux», último cuento del libro, Hawthorne vuelve su mirada una vez más a la Nueva Inglaterra colonial, al agitado periodo en que los gobernadores eran nombrados directamente por la Corona. En este caso, sin embargo, se trata de un relato de ficción: una intrigante búsqueda nocturna −la del mayor Molineux− que tiene todas las trazas de una pesadilla.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Allí estuve sentado, rodeado de muros desamparados, mientras el sol de la tarde brillaba suavemente en un cielo despejado y se deslizaba a través de las ventanas y el umbral. Oía el tintineo de un cencerro, el gorjeo de los pájaros y un placentero zumbido de insectos. Una mariposa vino a aletear a mi alrededor, remontó el vuelo, se posó en el penacho de flores amarillas y se alejó por encima del lago. Luego una abeja se paseó por los rayos de sol y encontró mucha dulzura entre las hierbas. Después de contemplarla alejándose hacia su apartada colmena, cerré los ojos en medio de las ruinas de Ticonderoga y dejé que mis ensoñaciones me mostraran imágenes del pasado y escenas que se habían representado en aquel teatro». (traducción de Marcelo Cohen)
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