Mi primer verano en la sierra, de John Muir

libro-mi-primer-verano-en-la-sierra.jpgTodo comienzo tiene su encanto, como diría Hesse, y un primer verano en la sierra puede vivirse con tanta pasión como un primer gran amor. ¡Imposible imaginar a un caminante más enamorado de la naturaleza que John Muir! Mi primer verano en la sierra (1911) es un encendido elogio de la grandiosa Sierra Nevada californiana («la sierra»), y más en concreto de su famoso valle de Yosemite. Un bello libro que sorprende por su acentuado tono lírico y su manera tan inmediata de ponernos en contacto con la naturaleza, sin otro artificio que el propio entusiasmo del autor. Estamos tan mediatizados por nuestras muchas lecturas y experiencias que difícilmente podríamos escribir, hoy en día, un libro tan desprovisto de todo lo que no sea naturaleza en estado puro. Ninguna teoría ni interpretación (explícitas al menos). Pocas evocaciones literarias o recuerdos personales. Nada de historia ni de geografía. Nada de ver la naturaleza a través de la mirada de otro. El mundo de los hombres y su civilización se han quedado fuera, al inicio del camino. Al menos durante un tiempo. Sin confesarlo expresamente, Muir parece hacer suyos los desgarrados versos de Keats dirigidos al ruiseñor: «desaparecer, disolverme, olvidar / entre las frondas lo que tú jamás has conocido».

Heredero de la filosofía «trascendentalista» de Emerson y Thoreau, que veía en la naturaleza un templo sagrado que es preciso respetar, el escocés John Muir (1838-1914) fue un combativo precursor del ecologismo. Naturalista y andarín incansable, Muir contribuyó de manera importante a la creación de los primeros grandes espacios naturales protegidos, como el de Yosemite (1890). Pero Muir fue también un escritor prolífico y muy notable, como puede comprobarse leyendo Mi primer verano en la sierra (My First Summer in the Sierra, 1911), un auténtico clásico de la literatura montañera y naturalista. Una obra de madurez que podremos disfrutar en esta estupenda traducción de José Luis Piquero, que publica, con su habitual atractivo y buen hacer, Hermida Editores. Una experiencia de lectura que nos atrevemos a calificar de inmersiva, propiciada por un torrente de imágenes que desfilan ante nuestros ojos sin interrupción, que disfrutamos sin necesidad siquiera de atraparlas en la memoria, confiados en la certeza de que cualquier belleza que se nos muestre se verá reemplazada en la siguiente página por otra que la iguale. Tal como si camináramos nosotros mismos por la montaña.

Compuesta en forma de diario, Mi primer verano en la sierra es la crónica de un periplo estival de pastoreo por las alturas de la Sierra Nevada californiana. Una práctica ganadera similar a la que se efectuaba también en nuestras latitudes, cuando los pastores conducían y confinaban sus rebaños en los altos calares de las sierras andaluzas, únicos lugares donde encontraban pasto fresco con el que alimentarse. John Muir, que se confiesa desprovisto de dinero y no duda en definirse como un vagabundo, se empleará como acompañante de un rebaño de más de dos mil ovejas, encontrando así una económica manera de cumplir su gran sueño de conocer los bellos parajes de la alta sierra. Un recorrido que se inicia en las ya agostadas tierras bajas, que se adentra luego en la montaña mediante el establecimiento de sucesivos campamentos, cada vez a mayor altura, y que tiene una de sus etapas culminantes en el célebre valle de Yosemite. Sus relajadas obligaciones de ayudante le permitirán a Muir ausentarse puntualmente del campamento, y recorrer por su cuenta lugares como el monte Hoffman, el lago Tenaya, las cascadas Nevada y Vernal, el North Dome o el Cathedral Peak, brindándonos en sus anotaciones la pintura de una naturaleza extraordinariamente variada y dinámica, donde cada tarde descarga una tormenta o un aguacero, pero que siempre muestra mañanas soleadas y una cara amable a quien la transita. De hecho, los únicos momentos de peligro los provocan los osos que visitan el campamento (muy aficionados a la carne de oveja), o bien el propio autor, protagonista de una temeraria «asomada» sobre la famosa cascada del Yosemite (de más de setecientos metros de caída), una aventura que le dejará alterados los nervios durante unos cuantos días.

Si la naturaleza es un libro en el que podemos leer valiosas enseñanzas, Muir extrae de sus páginas sobre todo lecciones de botánica y zoología. Sus notables conocimientos científicos (estudió durante dos años en la universidad de Wisconsin) y su gran afición a la vida natural le impelen a identificar, describir, o incluso dibujar —sin descanso— flores y árboles, mamíferos y reptiles, aves e insectos… Pero Mi primer verano en la sierra, más allá del evidente valor científico y testimonial que atesoran sus observaciones, es sobre todo la expresión de una íntima comunión con esa naturaleza «sagrada» de los trascendentalistas: una mirada extasiada que se focaliza no solo en los seres vivos, sino que se extiende también a los colores y a los olores, a la luz y a las sombras, a los fenómenos naturales del viento, de la lluvia o de la tormenta; a las estrellas, rocas, aguas, nubes, cascadas… Muir comprende muy bien que una parte de esa belleza que intenta transmitirnos está en su propia mirada, y que no siempre es fácil compartirla. Así lo certifica la actitud que describe en el pastor al que acompaña, Billy, indiferente por completo al mundo natural que los rodea.

Es necesario reconocer que lo puramente humano tiene escasa cabida en el libro de Muir; y que cuando aparece, no es bajo una luz demasiado favorable. Sus breves digresiones sobre el pastor californiano o los escasos indios que pueblan la montaña nos brindan interesantes pinturas costumbristas, pero nada idealizadas. Los otros habitantes de la sierra, como algunos mineros residuales (la fiebre del oro daba sus últimas boqueadas), los cazadores de osos o los turistas (demasiado aficionados a la pesca) tampoco despiertan el entusiamo de Muir. Su compañero Billy, en concreto, es indolente, un tanto cobarde (al menos con los osos) y cómicamente desaliñado. Las únicas gotas de ironía que salpican el libro lo hacen siempre a su mayor gloria. La suciedad del pastor y de los indios contrasta con la limpieza de los animales salvajes, que incluso en las situaciones más desfavorables lucen un brillo especial (como esas ardillitas que nunca se manchan de resina, aunque se pasen el día correteando por los pinos y manipulando piñas). El encuentro casual de Muir con su amigo el profesor Butler, que se aloja en un hotel del valle de Yosemite, le permitirá contrastar con ventaja su rústico lecho en el bosque con la experiencia de «dormir en una miserable habitación de hotel»; símbolo y avanzadilla de esa vida urbana que tanto detesta, sujeta a «horarios, calendarios, órdenes, obligaciones», y que se sufre «entre el polvo y el ruido, donde la naturaleza está sepultada y su voz sofocada». Ni siquiera las ovejas, con su carácter cuasi doméstico, salen bien paradas en la estimación de Muir. Aunque arroja sobre ellas una mirada siempre compasiva, no se olvida de señalar su voracidad, ni la amenaza que conllevaría para los «jardines» de la montaña su excesiva proliferación, si no se ponen límites a la codicia de los ganaderos. Una visión más benévola la reciben los perros del rebaño, que protagonizan algunas graciosas anécdotas. Y no solo el suyo propio, Carlo, sino también el de Billy, Jack: un chucho extremadamente emprendedor y porfiado que es capaz de sobrevivir a la mordedura de una serpiente de cascabel. Sus arriesgadas incursiones amorosas en los poblados indios cercanos constituyen, junto con las lecciones de gastronomía y cocina de campamento (como una curiosa receta para hacer pan), algunas de las estampas más simpáticas de la —digamos— «parte civilizada».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Juzgué, sin embargo, que yo no era en modo alguno el hombre adecuado para el puesto, y le expliqué abiertamente mis limitaciones, confesándole que no estaba enteramente familiarizado con la topografía de las montañas superiores, los arroyos que habría que cruzar, los animales salvajes que devoran ovejas, etc.; en resumen, que entre los osos, los coyotes, los ríos, los cañones y los escabrosos y densos chaparrales temía que más de la mitad de su rebaño se perdiese».
«Sería delicioso pasar una tormenta a cubierto de uno de estos nobles y hospitalarios árboles, con sus amplios brazos protectores inclinados como una tienda de campaña y el incienso ascendiendo desde una hoguera hecha con sus ramas caídas y un viento vigoroso y sonoro soplando por encima. Pero el tiempo es tranquilo esta noche y nuestro campamento es sólo un campamento de ovejas. Estamos cerca de la horquilla norte del Merced. El viento nocturno nos cuenta las maravillas de las montañas altas, sus fuentes de nieve y sus jardines y bosques y arboledas; incluso su topografía está en sus notas».
(Traducción de José Luis Piquero)
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Valle de Yosemite (Sierra Nevada, California), de Thomas Hill, 1871

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¿Fue él?, de Stefan Zweig

unnamedQue un chucho protagonice un relato no creo que pueda sorprender hoy en día a casi nadie. Ni siquiera en el pasado, cuando los perros tenían una menor presencia en nuestro entorno urbanita, faltaban ejemplos señalados. Para confirmarlo basta con leer ese divertidísimo Coloquio de los perros cervantino, o revisar algunos relatos de Kipling, Jack London o Thomas Mann (como Señor y perro). Aunque de dimensiones bastante modestas, el relato de Stefan Zweig (1881-1942) que hoy reseñamos, ¿Fue él?, cumple con todos los requisitos necesarios para interesar y entretener al lector, tanto al amante incondicional de los perros como al que le resultan más bien inoportunos. ¿Fue él? (c. 1935) es un texto poco conocido de Zweig, que permaneció inédito en lengua alemana hasta época reciente. Ambientado —como muchas famosas novelas policíacas— en el idílico y (aparentemente) pacífico medio rural inglés, el intrigante relato de Zweig no carece de cierto aroma detectivesco, o incluso de genuino terror, que hará las delicias del lector. Una ocasión más para felicitarnos de la labor de rescate que Acantilado ha hecho de este magnífico y popular escritor austríaco.

Se dice que una imagen vale por mil palabras. Si a la fotografía que adorna la portada de este libro se le añade un título como el que lo encabeza, ¿Fue él?, no parece que le quede al lector mucho margen para mantener intacta su expectación hasta el final. Pero no nos engañemos, aunque alguien maliciosamente nos revelara la trama de este estupendo relato (que casi se adivina ya desde sus primeras páginas) no tendría demasiada importancia. En modo alguno comprometería nuestro disfrute del texto. Al fin y al cabo, los celos y los triángulos «amorosos» abundan en la literatura, son el armazón de muchas tramas narrativas, mejores y peores, y no sorprenden a nadie. Y lo más importante de todo, siguen funcionando a las mil maravillas, incluso cuando tienen a un perro acechando en uno de sus ángulos. El interés del cuento —de cualquier cuento que se precie— no está tanto en la peripecia en sí como en la manera de construirla y narrarla, y muy especialmente en el minucioso e imaginativo despiece de la personalidad de cada uno de sus personajes —perro incluido—: uno de los puntos fuertes del narrador y ensayista vienés.

¿Fue él? (War er es?) cuenta con un narrador en primera persona, Mrs Betsy, una testigo de los hechos un tanto fisgona y amiga de los misterios, dotada de una mirada tan omnisciente como para poder introducirse, con aparente solvencia (y para nuestro mayor deleite) en la mismísima psique de Ponto, un perro de raza bulldog que —nos atrevemos a revelar al lector— es singularmente inteligente, mucho más que el simplón de su dueño, el brutote e insultantemente feliz John Limpley. Dentro de su aparente sencillez, ¿Fue él? nos ofrece diversas perspectivas de lectura, incluida la que podríamos denominar animalista. Es verdad que las mascotas que conviven con nosotros, y de manera singular los perros, padecen un sufrimiento extra derivado de habitar en un mundo del que desconocen las motivaciones, los condicionantes, las causas y los efectos. Un territorio no natural en el que sobreviven arropados por el afecto de sus dueños, y cuya falta repentina les provoca un stress que difícilmente podemos imaginar. Aunque esto último aparece magistralmente reflejado por Zweig en su relato, creo que el autor ha evitado cuidadosamente (no sé si con mucho éxito) que podamos identificarnos demasiado con el perro. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Lo que si resulta evidente es que los dardos del autor no se dirigen tanto contra el chucho (con todo lo resabiado que pueda parecernos) como contra su dueño, sometido a un escrupuloso e implacable escrutinio psicológico que no lo deja demasiado bien parado. Los sentimientos más exagerados son en ocasiones los menos constantes. La mejor voluntad es muchas veces la que más daño nos hace. El buenismo a ultranza puede llegar a ser una virtud letal.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Jamás olvidaré la mirada de súplica, apremiante, con la que me contempló. La mirada de un animal, en momentos de extrema necesidad, puede ser mucho más penetrante, casi podría decir, más expresiva que la de los seres humanos, pues nosotros comunicamos la mayor parte de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, por medio de la palabra, que hace las veces de intermediaria, mientras que un animal, que no es capaz de hablar, se ve obligado a comprimir en sus pupilas todo lo que quiere transmitir» (traducción de Berta Vias Mahou).

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Conversaciones de emigrados alemanes, de J. W. Goethe

9788484282945_1Corre el año de 1793 en Alemania. Las tropas francesas han sido rechazadas a la otra orilla del Rin. Una familia de aristócratas alemanes aprovecha el momento para regresar a una de sus posesiones junto al río. Aunque la situación pinta favorable para los emigrados, sus distintas sensibilidades frente a la contienda amenazan con romper la convivencia, más necesaria que nunca en un momento tan grave. Las noticias que llegan de Maguncia, cercada por las tropas aliadas, así como los enfrentamientos entre partidarios y detractores de su efímera república, tensan aún más los ánimos. Un consejero privado del príncipe, que se ha unido con su mujer e hijas al grupo familiar de la baronesa de C., discute acaloradamente con Karl, un joven de ideas avanzadas, antimonárquico y simpatizante de los franceses. De las palabras airadas se pasa a las descalificaciones. Las amenazas de la horca, por un lado, y de la guillotina, por el otro, han sustituido a los argumentos. La ruptura se hace inevitable, y la familia del consejero se marchará, provocando un hondo pesar entre quienes no habían intervenido en la disputa y detestan separarse.

Goethe, que siguió al duque de Weimar en su guerra contra los franceses (como narró en Campaña de Francia y Cerco de Maguncia), debió de escuchar muchas conversaciones y discusiones similares a las que enfrentan al consejero con el joven sobrino de la baronesa. Una situación equiparable a la que se vivió en España entre afrancesados y realistas. El núcleo del libro, sin embargo, no es la confrontación de ideas (al menos, de ideas políticas). Disgustada al verse separada de manera tan gratuita y dolorosa de su amigo el consejero, la baronesa persuadirá a su familia de la conveniencia de adoptar unas reglas de convivencia más prudentes, orillando los temas de conversación que puedan herir la sensibilidad de cualquiera: un hábito de cortesía que —como les recuerda— ya respetaban escrupulosamente en tiempos de paz, y que ahora, más que nunca, es preciso mantener vivo. Una lección de civismo y de sentido común; de la necesidad de aparcar los enfrentamientos ideológicos en momentos de peligro, aunque solo sea temporalmente, en beneficio de la concordia y el bien común.

Goethe compuso estas Conversaciones de emigrados alemanes (Unterhaltungen deutscher Ausgewanderten) entre 1794 y 1795, publicándolas por entregas en la célebre revista de Schiller, Die Horen. Descartados por inconvenientes los asuntos políticos, los emigrados de Goethe entretendrán sus largas veladas de reclusión contando historias muy alejadas de su contexto bélico, emulando así a los célebres burgueses del Decamerón, aislados y refugiados en el campo por la terrible peste que asolaba Florencia. Las historias narradas por los alemanes, sin embargo, van a ser muy diferentes. Aunque no faltan en ellas ni las intrigas amorosas ni los amantes, su ingrediente fundamental será el mundo de lo sobrenatural: una especie de retorno al típico escenario de los cuentos de fantasmas narrados al amor de la lumbre. Espíritus protectores que solo se apartan bajo la amenza del látigo, fantasmas de amantes despechados que aúllan, disparan armas de fuego o incluso abofetean… Historias que Goethe escuchó personalmente o leyó (como la tétrica experiencia del barón de Bassompierre, que también recogería Hofmannsthal en uno de sus relatos, ampliándola). Pero no faltan tampoco en el libro algunos relatos de contenido moral (probablemente, los menos divertidos desde nuestra perspectiva actual), como es el caso del protagonizado por la joven casada y el procurador: un largo cuento inspirado en la última de las célebres Cent nouvelles nouvelles (1486). El procedimiento de las historias ensartadas permite a Goethe exponer con naturalidad sus ideas acerca del arte, la moral o la literatura, poniéndolas en boca de sus personajes. Pero no todo es ficción en el libro. Dando muestras de su talento dramático, Goethe interrumpe el hilo de las narraciones para mostrarnos fugazmente el escenario real, donde tampoco falta lo extraño. Así ocurre con ese enigmático incendio nocturno contemplado por los emigrados desde el mirador de su casa de campo, y que pronto relacionan con el repentino resquebrajamiento de un antiguo escritorio: un hecho inexplicable que permite a Goethe elucubrar acerca de las relaciones de simpatía y sincronicidad, de los fenómenos —ciertos e indubitables— a los que la ciencia no ha encontrado todavía una explicación.

Conversaciones de emigrados alemanes incluía, a modo de colofón, un relato de carácter más independiente, ya sin comentarios: El cuento (Das Märchen), uno de los textos más simbólicos y enigmáticos de Goethe, que completa, con su apelación a lo puramente fantástico, el abanico de propuestas narrativas del libro. El cuento es un bellísimo relato, de una inventiva desbordante, donde aparecen serpientes parlantes que devoran oro, barqueros enigmáticos que cobran en especie y fuegos fatuos que cruzan el río sobre la sombra de un gigante. Un mundo irreal cuyas claves se nos escapan, que en algunos momentos nos recuerda al de La flauta mágica de Mozart, pero que resulta mucho más impenetrable y aventurado de descifrar. Un estupendo ejercicio final para que cada lector ponga en funcionamiento su propia imaginación, y aporte así su particular interpretación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Retrocedí y anduve arriba y abajo por algunas calles. Finalmente, el deseo volvió a arrastrarme hasta la puerta. La hallé abierta y, atravesando el pasillo, me apresuré a subir la escalera. Pero cuál fue mi asombro al encontrar en la habitación a algunas personas quemando paja de jergón y ver, a la luz de la llama que alumbraba toda la habitación, dos cuerpos desnudos tendidos sobre la mesa. Retrocedí a toda prisa y, al salir, me tropecé con unos sepultureros que me preguntaron qué buscaba. Saqué la daga para que no se acercaran y llegué a casa no poco emocionado por aquella extraña visión. Me bebí de golpe tres o cuatro copas de vino, un remedio contra las influencias de la peste que en Alemania se aprecia mucho y, tras haber descansado, emprendí al día siguiente mi viaje hacia Lorena» (traducción de Isabel Hernández, Alba Editorial, 2006).
«Se sacudieron unas cuantas veces más con gran agilidad, de manera que la serpiente apenas era capaz de engullir el preciado manjar con la suficiente prisa. Su brillo comenzó a aumentar visiblemente y en verdad que relucía magníficamente, mientras que los fuegos fatuos se habían vuelto bastante delgados y pequeños, sin haber perdido, no obstante, lo más mínimo de su buen humor», El Cuento (traducción de Isabel Hernández, Alba Editorial, 2006).

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La virtud en la montaña, de Pablo Batalla Cueto

81d5jTsvydLCuando Flaubert, en el transcurso de su viaje a Egipto, logró ascender a lo alto de la pirámide de Keops, y se deleitaba ya en la contemplación de las sublimes vistas del Nilo, se llevó la sorpresa de descubrir, clavada en el suelo, la tarjeta de visita de un frotteur de Rouen. El suceso, recogido por Julian Barnes en su célebre libro, poco tendría hoy de anecdótico, cuando estamos acostumbrados a encontrar los parajes más bucólicos sembrados de basura, y las firmas de los patrocinadores deportivos amenazan con inscribirse en el mismo rostro de la luna. La broma sufrida por el escritor francés (presumiblemente preparada por su compañero de viaje, Maxime du Camp) sería en nuestros días casi inconcebible; o cuando menos, vería muy mermada su carga irónica, y difícilmente aparecería recogida en ningún cuaderno de viaje. Cumbres famosas colmadas de desperdicios, aristas transformadas en colas de autobús, paredones acribillados de hierros, senderos señalizados al menor detalle… Parece que le hemos perdido el respeto a la montaña.

Y sin embargo, el hombre siempre se acercó a las cumbres con veneración. Lugar de residencia de los dioses, espacios para el retiro, territorios donde se producen los milagros y las apariciones… Los propios Gigantes, para ascender al Olimpo, se vieron obligados a amontonar el Osa sobre el Pelión. Nosotros, en cambio, desearíamos conquistarlo en media jornada y con el menor equipaje posible. No obstante, alguna virtud especial debe de quedarle todavía a las montañas, algún significado primitivo que explique el apasionado interés que despiertan en muchos de nosotros (el montañismo quizás sea su más moderna forma de culto: una «liturgia» a la que no le faltan ni siquiera sus «víctimas»). Es verdad que corren tiempos muy diferentes, y que los valores que debemos defender ahora son los del respeto a las minorías étnicas que las pueblan, a los ecosistemas de sus laderas y cumbres, a los animales perseguidos que las habitan: una nueva relación con la naturaleza que va más allá del mero deporte, el negocio o las prisas.

No es otra cosa lo que defiende Pablo Batalla Cueto en su nuevo libro, La virtud en la montaña (Trea, 2019), donde reivindica, con mucha razón, un «alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista». No es la suya una nota aislada, pero sí clara y poderosa en ese nuevo himno a la montaña que se está escribiendo. De manera similar a como ha sucedido con la Antártida, hemos dejado de considerar a la montaña un lugar inhóspito y peligroso, y ya la saludamos como último baluarte en la defensa de un planeta amenazado. Ese amor universal a la montaña, esa invencible atracción que sienten hondamente arraigada en su interior hombres y mujeres tan diversos es lo que la convierte en piedra de toque de la condición humana; y quizás por ello, en el espejo en el que Pablo Batalla va a mostrarnos muchos de los grandes fallos de nuestra modernidad. La virtud en la montaña es un libro valiente y combativo, muy documentado y puesto al día, ameno y cercano al lector, escrito desde el conocimiento que aporta la práctica del montañismo, el saber humanista y el compromiso social. Bien hace Pablo Batalla en reclamar un alpinismo alejado de las prisas, del consumismo materialista y del individualismo a ultranza.

Inicia su trabajo el autor deplorando la decadencia de los clubs de montaña tradicionales, un declive que contrasta con el éxito creciente de las carreras y escaladas relámpago a cimas famosas, donde la paciente preparación física, la programación cuidadosa y el magisterio del guía experimentado se sacrifican en la persecución del éxito inmediato o llamativo. Las mediáticas proezas de corredores como Kilian Jornet, u otros deportes de riesgo como el wing-suit, representan para Pablo Batalla Cueto la vía equivocada. En ellos se cifra ese individualismo desaforado que infecta a nuestra sociedad: una fantasía de la autonomía personal que favorecen las nuevas tecnologías. La obsesión por la velocidad que viven muchos deportes de competición, la imperiosa necesidad de batir sin cesar nuevas marcas son un reflejo de nuestra cosmovisión actual, sedienta de «fútiles hazañas» que no comprometen a nada. Se traslada así al terreno deportivo, supuestamente de ocio, la tiranía del reloj; es decir, nuestra sujeción a ese tiempo uniforme y reglado que nos impone la civilización actual, y que nos insta a conseguir todas las cosas al instante, para luego desecharlas con igual rapidez. Contra todo esto, Pablo Batalla defiende un peregrinar sin prisas ni metas, respetuoso con el entorno: una actividad que compromete tanto al cuerpo como a la mente, que se condensa en el disfrute del puro acontecer, del silencio y de la observación atenta; esa meditación trascendente que pone al caminante en contacto con lo mejor de sí mismo y le inspira los pensamientos e ideas más felices. Buena muestra de ello son los bellos intermezzi que jalonan el libro, desahogos líricos del autor en el ejercicio de su afición.

Pero como toda montaña de importancia, el libro de Pablo Batalla presenta también vertientes opuestas; y leída su «cara norte», la de mayor filo crítico, nos queda todavía la otra, quizás más cálida y amable: aquella donde se recogen las semblanzas de algunos hombres y mujeres que han sabido entender la montaña mejor que nadie. Un elenco de «vidas ejemplares» cuya relación con las cumbres no se limita a la gesta deportiva y aventurera (con todo lo legítima que pueda ser). Hablamos de gentes que han dado algo valioso a la humanidad, ya sea defendiendo la naturaleza (John Muir), transmutándola en valores artísticos (Carlos de Häes), científicos y literarios (Casiano de Prado, Ruskin), o bien entregándose al estudio etnográfico y a la defensa de las minorías (Alberto María de Agostini). La montaña, sin duda, puede sacar lo mejor de nosotros mismos. Incluso en figuras tan específicamente montañeras como George Mallory o Reinhold Messner, el autor ha sabido destacar su legado más perdurable. No faltan tampoco en La virtud en la montaña informaciones curiosas, como el capítulo dedicado a los pinitos montañeros del Che (su obsesión por conquistar el Popocatépetl), o una comprometida defensa del feminismo en la montaña, con el estudio de algunas pioneras del alpinismo.

Cierra el libro un interesante capítulo, La gran poda, donde el autor retoma su visión crítica de la realidad contemporánea. Al igual que en otros dominios, también en la montaña se hace perceptible el abandono de la visión humanista, de la concepción armónica del hombre en beneficio del utilitarismo; el desprecio de los límites como consecuencia de una ideología ultraliberal que no respeta casi nada. Pero el libro de Pablo Batalla, no obstante el agudo filo de su crítica, también deja abierto un resquicio a la esperanza. Esos maratones por el desierto que pasan junto a la miseria sin tan siquiera verla no son la única realidad. También se corren pruebas solidarias en el Sáhara, y Las Cholitas Escaladoras reivindican sus derechos de igualdad ascendiendo a las cumbres de su región. Y además están los paseantes y montañeros modestos e ilustrados, a los que libros como La virtud en la montaña animarán a perseverar en su afición, sin prisas y sin ruidos, sujetos al único reto de disfrutar sin dejar huella alguna de su paso. Y es que la lección que nos imparte la naturaleza no es otra que la de la lentitud y el trabajo callado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Thorstein Veblen identificaba el deporte como una pseudoactividad; como una actividad sin sentido condecorada con engañosas insignias de seriedad e importancia. Pero su seriedad y su importancia residen paradójicamente en su carencia de ellas. Que el deporte sea así nos predispone a cierta aceptación resignada de la futilidad, otra de las notas características de los tiempos que corren. El trabajo hoy es fútil en gran medida. Sometidos a una ultraespecialización, acometemos tareas fragmentarias y repetitivas sin utilidad alguna por sí mismas y cuyo fin mayor muchas veces se nos escapa, pero las acometemos sin rechistar. El deporte ayuda a que lo hagamos, porque hace a la insignificancia merecedora de los premios más pingües. Usain Bolt no aporta al bienestar humano nada más que nueve segundos de entretenimiento cada cuatro años, pero cobra por hacerlo lo que en el mundo no remunera a ningún científico».

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El conocimiento perdido de la imaginación, de Gary Lachman

Portada-Conocimiento-perdidoHoy en día, disponemos de pocas palabras que gocen de tanto prestigio como «imaginación». Tener imaginación, ofrecer soluciones imaginativas o pretender llevar la imaginación al poder son expresiones o propósitos que provocan una respuesta positiva casi inmediata en quien las escucha. Hay palabras que brillan más que otras, ciertamente, aunque no siempre es fácil distinguir el cristal del diamante. La imaginación parece oponerse a la tradición anquilosada, a la rutina y al aburrimiento, y se asocia estrechamente a otros valores tan apreciados como la inteligencia, la creatividad o, incluso, el tan cacareado «emprendimiento». Sin embargo, la imaginación no se sustrae al destino de otras muchas voces que, al igual que esas piedras golpeadas una y mil veces por el oleaje, se van desgastando hasta convertirse en estereotipos un tanto decepcionantes. Su suerte es similar a la de esas monedas antiguas a las que el óxido y el roce de tantas manos han borrado efigies e inscripciones, y ahora nos resultan casi indescifrables. Es por ello que, en ocasiones, nos vemos obligados a inventar palabras nuevas. El problema es que hemos perdido los cuños originales (o la pericia para grabarlos), y las que hacemos nos salen quizá nítidas, pero con muy poco relieve.

Como sucede con otras grandes palabras puestas en bocas pequeñas (amor, libertad, amistad, igualdad…), la palabra imaginación ha ido perdiendo una parte importante de su relieve original; y más particularmente, su filo como herramienta de conocimiento. Al menos eso es lo que sospechamos tras la lectura de este apasionante libro de Gary Lachman, El conocimiento perdido de la imaginación (Lost Knowledge of the Imagination, 2017), traducido admirablemente por Isabel Margelí, y que viene a sumarse a otros interesantes títulos del autor también publicados por Atalanta: Rudolf Steiner. Introducción a su vida y obra (2012) y Una historia secreta de la consciencia (2016). Siguiendo la estela de otros grandes pensadores y escritores como Pascal, Goethe, Jung, Barfield o Corbin, Lachman reivindica una acción más profunda y trascendente en el ejercicio de esta poderosa herramienta de nuestra psique. Una vía de conocimiento nada nueva, desde luego, aunque sí olvidada, que tiene su propia lógica (no cartesiana) y hunde sus raíces en los estratos más profundos de lo humano. La imaginación, tal como la entiende Lachman («facultad de captar realidades que no están inmediatamente presentes», según Colin Wilson), no es ningún motor de la fantasía, y menos todavía un vehículo para la evasión (salvo que pretendamos evadirnos viajando al mismo corazón de las cosas). La función de la imaginación no debe ser la de apartarnos de la realidad, sino la de ahondar en su interior, o incluso participar en su creación. Hablamos de un mundo en el que estamos llamados a ser actores.

El conocimiento perdido de la imaginación es un texto de gran atractivo y sugerencia, de placentera lectura, escrito con una claridad admirable y un evidente propósito pedagógico. Lachman inicia su singladura trazando una breve historia de las dos dimensiones que cabe distinguir en el conocimiento humano. De un lado, la vía racional, desarrollada sobre todo a partir del siglo XVII, y que se identifica comúnmente con la ciencia. Es un saber que se fundamenta en la observación externa de los fenómenos y en el «reino de la cantidad». Esta primera vía nos ha garantizado un valioso dominio sobre la naturaleza, pero también ha propiciado importantes pérdidas. No solo ha provocado un grave deterioro en los ecosistemas mundiales, sino que también ha dejado a la deriva nuestra mente. Relegados a representar un papel insignificante y casual en el cosmos, la angustia existencial se ha convertido en un signo característico de nuestra cultura. Pero su mayor peligro actual es el cientifismo; esto es, la aplicación indiscriminada de su método de aproximación a todos los dominios del conocimiento. Ya en una época temprana, la unilateralidad de dicha visión despertó recelos entre sus propios impulsores, como lo evidencia la postura especialísima de Blaise Pascal (1623-1662), que distinguió ya dos tipos de conocimiento llamados a complementarse: el esprit géométrique y el esprit de finesse; extremos que parecen corresponderse, en opinión de Iain McGilchrist, con la diferente manera de actuar de los dos hemisferios cerebrales. Junto a esta vía científica del conocimiento podemos rastrear otra rama alternativa del saber: un «conocimiento repudiado» compuesto por una heterogénea colección de enseñanzas y pensamientos diversos, entre los que cabe incluir el esoterismo, el misticismo y otras filosofías de la consciencia. Una suma de conocimientos que a partir de la Edad Moderna fue casi literalmente «arrojada al cubo de la basura». Por contra, el pensamiento de Pitágoras representa, según Lachman, el inicio de una deseable posición de equilibrio entre las dos vías de conocimiento. No se trata, evidentemente, de retroceder a posiciones irracionales o del pasado, sino de buscar una síntesis más saludable.

Siguiendo los pasos de Owen Barfield, la indagación sobre el origen del lenguaje adquiere un peso importante en el argumentario de Lachman. El lenguaje metafórico (mítico) del hombre primitivo (equivalente al que ahora consideramos poético, pero entonces inconsciente) testimoniaría una manera de ver el mundo diferente a la nuestra, que evolucionó, juntamente con el propio lenguaje, hacia lo objetivo/denotativo. Este proceso ha restado riqueza a nuestra manera de percibir la realidad, pues hemos perdido la capacidad para penetrar en su interior. Se nos ha cerrado así el acceso a un conocimiento más participativo. La segunda figura importante estudiada por Lachman en su libro es la de Goethe, sobre todo la del Goethe científico, el de los estudios botánicos y la teoría de los colores. Su pensamiento, analizado en el contexto de la fenomenología y de la posterior Naturphilosophie germánica, encarna una posición de compromiso entre las dos vías de conocimiento; es decir, la defensa de un tipo de saber hecho a nuestra medida, validado por su utilidad en la esfera de lo humano: «odio aquello que se limita a instruirme sin aumentar o fortalecer mi actividad» (Goethe). La verdad se encontraría en un punto intermedio entre el mundo externo y nuestra propia mente que lo percibe y vivifica.

Pero la imaginación no es solo una herramienta para el conocimiento de la naturaleza y del mundo que nos circunda, sino también de nuestro propio interior. En su descenso a las profundidades de la psique humana, Lachman toma como guía y mentor a Carl Jung, del que evoca sus visiones premonitorias de la Gran Guerra. El carácter autónomo de una parte de nuestra mente y la exploración de la «psique objetiva» (así como el fenómeno de la sincronicidad, tratado en el último capítulo) son conceptos y procedimientos junguianos revisitados por Lachman, que los relaciona con las propuestas de otros célebres «visionarios» precedentes, como Paracelso o Swedenborg. Un lugar importante en este capítulo lo ocupa la figura de Henry Corbin, cuyas investigaciones en torno al filósofo persa Suhrawardi (s. XII) y la teoría hermenéutica oriental del ta’wil (empleada por el filósofo francés, fuera de su contexto original coránico, como método para revelar la interioridad de los fenómenos) son extensa y meridianamente explicadas por Lachman. También su creencia en un mundus imaginalis dotado de una realidad propia y estratificado en niveles graduales de espiritualidad. Es interesante la comparación que establece Lachman entre ciertos aspectos del pensamiento de Suhrawardi y de Swedenborg, como son el paralelismo observable entre el denominado estado hipnagógico (estado de consciencia propio de la transición del sueño a la vigilia y viceversa) y la imaginación activa; o entre la «doctrina de las correspondencias» (que relaciona el mundo natural y el espiritual) y el ta’wil. Además, el ejercicio de esta imaginación trascendente requiere de un aprendizaje, y es precisamente Henry Corbin quien propone unas pautas para acceder a ese «continente perdido» del mundo imaginal. Unos procedimientos de acercamiento que, en el pensamiento de Corbin, cumplen las «filosofías de la luz» orientales. Con la teoría, evidentemente, no basta, y es preciso acogerse a una praxis que nos facilite emprender con garantías de éxito ese «camino de vuelta al hogar» que atraviesa una «pluralidad de universos dispuestos en orden ascendente». El castillo de las siete moradas de Teresa de Ávila no se recorre leyendo su libro.

Los peligros de la imaginación cuando sigue una senda equivocada dan pie a otro interesante capítulo. Apoyándose en figuras como Erich Kahler, William Barrett o Kathleen Raine, Lachman extiende una mirada muy crítica (y seguramente polémica) sobre el arte moderno. Barómetro de la nueva situación, Lachman cree reconocer en su pérdida de forma, en su deriva hacia lo grotesto y gratuito un reflejo del agotamiento de los símbolos, de su capacidad para servir a la imaginatio vera (Paracelso). Una señal de alarma disparada por la existencia de un «arte sobrevalorado y grosero […] que se expone en las galerías y los museos y genera enormes ingresos en las subastas». Lachman rastrea esta pérdida de belleza propia del mundo contemporáneo incluso en los realities que lideran las audiencias de las televisiones en todo el mundo. Cerrando de alguna manera el círculo que iniciaba en los primeros capítulos de su libro, Lachman retorna al lenguaje poético, analizando la raíz neoplatónica de artistas como Yeats, Blake o Coleridge. En el disfrute de la belleza el alma se reconoce a sí misma, pues las artes «ponen ante nosotros imágenes que nos hablan de nuestro hogar perdido». Es preciso, pues, encauzar la imaginación, orientarla de manera conveniente, para que cumpla con los requisitos exigibles a una imaginatio vera, y no se pierda en la maraña de las fantasías grotescas, malsanas o intrascendentes. El sueño de la razón puede producir monstruos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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«Aun así, ya casi es un tópico señalar que nuestro poder y dominio sobre la naturaleza, que hemos logrado gracias al reino de la cantidad y que cada vez nos aplicamos más a nosotros mismos, nos ha salido muy caro. El despojamiento de la “interioridad” del universo —y, cada vez más, de la nuestra propia—, necesario para que se afianzara la nueva vía de conocimiento, no ha tenido éxito. Aunque lo requería la fase inicial de desarrollo de la humanidad (o así lo considero yo), nuestro poder sobre el mundo natural ha empezado a mostrar en épocas recientes su lado más sombrío. El calentamiento global, la urbanización desmedida, la industrialización y los problemas medioambientales y sociales relacionados, además de otras crisis a las que nos enfrentamos en la actualidad, tienen su origen en ese dominio sobre el universo físico que comportó nuestra nueva vía de conocimiento» (traducción de Isabel Margelí).

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Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre

Scan10099-600Treinta años después de escribir su famoso Viaje alrededor de mi habitación (1794), Xavier de Maistre (1763-1852) publicó una continuación: Expédition nocturne autour de ma chambre (1826). Una segunda parte quizás no tan conocida ni original como la primera, pero también poseedora de un atractivo indiscutible. No le habían faltado a su exitoso primer viaje algunas traducciones, como tampoco continuadores anónimos que, a la manera del Avellaneda quijotesco, se habían aprovechado del tirón editorial para probar fortuna con sus propias versiones (como nos revela Alfred Berthier en su estudio sobre el autor). Un atropello que no debió preocupar demasiado al escritor saboyano, que tardó tantos años en tomarse la revancha. Viendo cómo en las últimas semanas (por motivos obvios) mi reseña del Viaje alrededor de mi habitación (publicada hace diez años) recibía tantas visitas, me pareció oportuno hacer también yo un bis y revisitar la obra del autor, pero deteniéndome ahora en su segunda parte, Expedición nocturna alrededor de mi cuarto; obra merecedora en su momento de una valoración negativa del insigne Sainte-Beuve, que se negó a leerla por el temor a verse defraudado. Se amparaba en ese injusto proverbio (como suelen serlo casi todos) de que segundas partes nunca fueron buenas. ¡Como si el crítico francés no hubiera oído hablar del Quijote!

Normalmente en este blog solo reseño libros más o menos recientes, nunca aquellos que exigen acercarse a una librería de antiguo o de segunda mano para poder leerlos (una excelente costumbre que comparto, desde luego, pero en la que influye demasiado la buena suerte o el bolsillo). Creo que podrá perdonarse esta excepción, ahora que nos resulta imposible ir a una librería para surtirnos de la última novedad, y casi todos nos vemos obligados a emprender particulares expediciones alrededor de nuestras bibliotecas, a la búsqueda de algún volumen para releer o que tuviéramos pendiente.

Calpe fue una de las primeras editoriales españolas que publicó, en su Colección Universal, las obras completas de Xavier de Maistre, títulos que fueron reeditados luego por Espasa Calpe en 71gNdXDT14Lsu colección Austral. Así hasta llegar al libro que hoy reseñamos: Viajes alrededor de mi cuarto y otros relatos (1999), en la que también se recogen, además de los dos viajes, El leproso de la ciudad de Aosta, Los prisioneros del Cáucaso y La joven siberiana. Como las primeras ediciones de Calpe, esta última se servía también del excelente trabajo de dos traductores decimonónicos: Nicolás Salmerón y García, y Ceferino Palencia Tubau. Como novedad se añadía un estupendo prólogo de Rafael Conte, que aseguraba además (contrariando a Sainte-Beuve) que la segunda parte —esto es, la Expedición nocturna— le parecía superior a la primera. Todas las traducciones incluidas en el volumen de Austral hace tiempo que pasaron a ser de dominio público, por lo que el lector que lo desee podrá acceder sin reparos a la Expedición nocturna en el enlace que pongo más abajo.

Aunque al libro no le faltan ni el humor ni la ironía puntuales (ni tampoco graciosas ocurrencias, como la del murciélago; o incluso chistes misóginos, como el relativo al Rapto de las Sabinas), el tono general de Expedición nocturna alrededor de mi habitación es mucho más introspectivo que el de la primera parte (más oscuro y pesimista, podríamos añadir, en consonancia con su ambientación nocturna):

Mientras me ocupo de este modo, la generación entera de los que viven va pasando; semejante a una ola inmensa, pronto va conmigo a romperse en las orillas de la eternidad, y como si el huracán de la vida no fuera bastante impetuoso, como si nos empujara demasiado lentamente a los confines de la existencia, las naciones en masa se degüellan aprisa y corriendo y anticipan el término fijado por la Naturaleza. Unos conquistadores, arrastrados ellos mismos por el torbellino rápido del tiempo, se entretienen en hacer morder el polvo a millones de hombres. ¡Eh, señores míos! ¿En qué pensáis? ¡Esperad!… Esas buenas gentes iban a morirse ellos solos; ¿no veis la ola que avanza? Ya su espuma se acerca a la orilla… ¡Esperad, en nombre del cielo, todavía un instante, y vosotros y vuestros enemigos y yo y las margaritas, todo eso va a concluir! ¿Puede uno encontrar bastante extraña semejante demencia? Vaya, pues; es una cosa resuelta: de hoy en adelante, yo mismo no volveré más a deshojar margaritas.

Aunque reducida a una simple pernocta, esta nueva reclusión parece desarrollarse en unas circunstancias menos favorables que las de su primer arresto, impuesto por participar en un duelo. Sin el auxilio de Joannetti ni la compañía de la perrita Rosine, la experiencia de Maistre en una desastrada buhardilla turinesa no podía dar para muchas alegrías. Y no solo eso. Expedición nocturna alrededor de mi cuarto es una obra de madurez, escrita cuando la experiencia de la juventud se observa ya con un cierto distanciamiento, y la imaginación empieza a ocupar el lugar que antes le correspondía a la acción: «los sotos tienen senderos que no vuelven a encontrarse en la edad madura» (así lo había vaticinado en su anterior viaje). No es otra la causa quizás de ese curioso «método de hacer el amor» preconizado por Maistre, en el que la dama individual y real es sustituida por la mujer en general, que puede pertenecer incluso a cualquier otra época pasada. Sexo frío o virtual, diríamos ahora (y que el autor extiende hasta la propia Luna, de la que se confiesa enamorado). También la extensa disquisición sobre el concepto de patria que nos brinda el texto refleja los padecimientos del autor. Saboyano de nacimiento antes que francés, huido de la Revolución y refugiado en Rusia durante largos años, Maistre confiesa no saber ya muy bien qué es la patria. En cualquier caso, no le faltarán al lector, tal como promete el título, algunos divertidos e instructivos paseos, tan dilatados como los que median entre la serena y filosófica contemplación de una pequeña estrella, perdida en la inmensa bóveda celeste, y la de una bella vecina que se ha descalzado de su zapatilla en un balcón cercano. ¡Quedémonos con esto!

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Todas estas confidencias, mi querida Sofía, no la habrán hecho olvidar, así lo espero, la posición molesta en la cual me había quedado, agarrado a mi ventana. La emoción que me había producido el aspecto del lindo pie de mi vecina duraba todavía, y había vuelto a caer más que nunca bajo el encanto peligroso de la zapatilla, cuando un suceso imprevisto vino a sacarme del peligro en que me encontraba de precipitarme a la calle desde un quinto piso. Un murciélago que revoloteaba en torno de la casa, y que, viéndome inmóvil hacía tiempo, me tomó, al parecer, por una chimenea, vino de repente a posarse sobre mí y se agarró a una de mis orejas; sentí sobre mis mejillas la horrible frescura de sus alas húmedas. Todos los ecos de Turín respondieron al grito furioso que lancé a pesar mío. Los centinelas, a lo lejos, dieron el quién vive, y oí en la calle la marcha precipitada de una patrulla»: Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, traducción de Nicolás Salmerón y García.content

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Texto de Maistre en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: enlace

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Sirenas. Seducciones y metamorfosis, de Carlos García Gual

81wb5or27ULDel abultado número de figuras fantásticas y monstruosas que pueblan la mitología clásica, la sirena es una de las más vivas y seductoras. Protagonista de algunos de los más memorables episodios de la epopeya antigua, el mito de la sirena ha sido materia frecuente en la literatura y artes plásticas de todos los tiempos, y ha sabido introducirse, sin apenas esfuerzo, en el imaginario colectivo universal (como lo testimonian el célebre cuento de Andersen o sus edulcoradas versiones cinematográficas). El indiscutible atractivo sexual que emana de la sirena, inexistente en sus primeras apariciones, ha tenido mucho que ver en ello. Así puede deducirse observando la evolución de su imagen: desde esos horripilantes seres que amenazaban la nave de Odiseo — mitad ave y mitad mujer—, a las bellísimas figuraciones de los pintores prerrafaelitas y simbolistas. La sirena es, ciertamente, el monstruo que más nos enamora, sobre todo desde que abandonó su disfraz pajaril y se transmutó en la grácil doncella de los cuentos folclóricos y leyendas, pariente aventajada de ondinas y lorelais fluviales, con las que comparte un parecido poder de atracción sobre los hombres. Porque uno de los mayores valores del mito es su capacidad de metamorfosis, de mutación, de vencer cualquier resistencia adquiriendo nuevas formas y significados, adaptados a las peculiares demandas y debilidades de cada época. No hay escudo que nos proteja de la sirena. Transcurridos tantos siglos, continúa encarnando una de las más acreditadas figuras de la seducción.

El poderoso encanto que desprende la sirena permanece intacto en este bello libro que reseñamos, Sirenas. Seducción y metamorfosis, escrito por el eminente filólogo y escritor Carlos García Gual: un texto consagrado a estudiar la figura, significado y evolución de la sirena, tal como se manifiesta en sus fuentes literarias e iconográficas, desde que Odiseo se viera obligado a sujetarse al mástil de su nave para enfrentarlas. Se nos brinda, pues, la posibilidad de emprender una apasionante singladura por el complejo océano de la mitología, poblado de sirenas en esta particular ocasión. La indagación, que se extiende hasta la época contemporánea, se fundamenta en un perfecto conocimiento de las fuentes literarias y mitográficas, así como en los trabajos de investigación de una amplia gama de estudiosos modernos: sólidos cimientos que no obstan para que el libro se mantenga muy vivo y goce de una admirable amenidad. Como si de un colorido mosaico se tratara, Carlos García Gual va engarzando y dando sentido a una pluralidad de fuentes literarias, con el fin de transmitirnos una imagen coherente y acabada de la célebre figura mítica. El saber y la pedagogía se dan la mano, por así decir, para vencer esa resistencia natural que oponen los mitos a ser sistematizados sin perder su riqueza de matices. Pero el trabajo de García Gual tiene también otro valor añadido, que es el de recoger en sus páginas (y de manera muy particular, en los cuatro intermezzi que jalonan el texto) un importante número de fuentes primarias, de textos literarios que tienen a la sirena como protagonista, lo que otorga a su libro el plus de una antología comentada. El lector podrá así acceder también a textos menos frecuentados, todos esmeradamente traducidos (algunos por el propio autor), en ocasiones presentados en formato bilingüe. Aunque el libro está centrado en la dimensión literaria de la figura mítica, también encontraremos frecuentes apelaciones a su iconografía, acompañadas de una veintena de magníficas ilustraciones, espigadas cuidadosamente de entre la copiosa y cambiante imaginería que la sirena ha inspirado a través de los tiempos.

El subtítulo del libro, Seducciones y metamorfosis, alude a ese doble componente del mito que ya señalamos al inicio. De un lado, el atractivo que emana de su figura, ya sea como transmisora de un saber oculto valioso (su cualidad primera) o como elocuente imagen sexual de la mujer. De otro, su capacidad de mutación, tanto en su aspecto físico como en la diferente recepción de los valores que encarna. La sirena no es el único monstruo sabio, desde luego (el centauro Quirón o la Esfinge fueron, a su manera, también maestros), pero el conocimiento de las sirenas parece encaminado a un fin mucho más letal. Este valor, el de depositarias de un saber, es el que está presente en sus primeras y más conocidas apariciones, ya sea en el celebérrimo episodio de Homero, o bien en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, donde la astucia de Odiseo es sustituida por la habilidad musical de Orfeo, que puede combatir a las sirenas en su propio terreno, el del canto. Estos dos textos, de importancia cardinal, tan agudamente estudiados como cabía esperar del autor del libro, se complementan con una variada pluralidad de textos, quizás de menor resonancia popular, pero que añaden importantes detalles complementarios. Se nos pinta así un retrato completo y muy matizado de la sirena en la cultura grecolatina. Hablamos de bestiarios, libros de maravillas, mitógrafos, geógrafos, filósofos, dramaturgos y poetas de la Antigüedad clásica.

Pero la vitalidad de la sirena no se extingue con el fin del mundo clásico y la llegada del cristianismo. Todo lo contrario. Los nuevos tiempos le conceden a la sirena un renovado protagonismo en tratados de mitología, escritos morales y variadas representaciones plásticas, tanto medievales como renacentistas o incluso barrocas (no es extraño verlas adornando los capiteles de muchas iglesias). Así puede comprobarse en algunos textos de Boccaccio, Ronsard, Natale Conti, Pérez de Moya, Michel de Marolles, en el Roman de Troie o en algunas páginas de los mismos padres de la iglesia: todos analizados conspicuamente por Carlos García Gual en su libro. La figura de la sirena se abre así a nuevas interpretaciones alegóricas y morales, ya anticipadas en algunos eruditos y tratadistas de la Antigüedad tardía. Avanzando en esa línea, los textos medievales y renacentistas imponen el dibujo de la sirena como prostituta, símbolo de la perdición del hombre y del pecado. Toda la configuración de la sirena, tanto su aspecto físico, su ubicación marinera o imagesincluso sus habilidades musicales son vistas como accidentes de la meretriz. Es entonces cuando pierde esas antiestéticas patas de gallina, sus plumas y alas de pájaro, cuando consolida su estilizado cuerpo pisciforme, adornado de una insinuante cola de pescado (esa «impúdica» doble cola, significativamente abierta, que tanto aparece reproducida en los códices y relieves medievales). Es entonces cuando la sirena aprende a compaginar los instrumentos musicales con el espejo y el peine, herramientas y símbolos de la coquetería seductora. Los nuevos tiempos, sin embargo, no se olvidarán de su valor primero. Depositarias de un saber que es mejor no escuchar, la sirena pronto se indentificará con la herejía. Haciéndole competencia a la serpiente del paraíso, la sirena representa ese conocimiento falso que es perjudicial para un cristiano. Ulises pasa a ser ahora ese caballero dibujado por Durero, tan seguro e indiferente a las insinuaciones del demonio, que cabalga tranquilo hacia una Ítaca celestial que ya se divisa al fondo del grabado. Sometida al fuego cruzado de la alegoría y la interpretación evemerista, la sirena terminará reducida a metáfora misógina de la tentación y la falsedad femeninas, aunque también de la hipocresía y la maldad del Príncipe, que engaña a su pueblo con mentirosas palabras y hábil disimulación. Aparición recurrente en libros de emblemas y bestiarios (donde no siempre luce una bella apariencia), la sirena manifiesta su figura menos amenazante en la lírica petrarquista de poetas como Lope, Quevedo, Góngora o Herrera, también oportunamente señalados por el autor.

Pero la sirena tampoco se resigna a quedar reducida a mera figura retórica o añeja ilustración de libro de emblemas, sino que cruza, impávida, las fronteras de la modernidad, convirtiéndose en personaje destacado del imaginario romántico, donde empieza a hibridarse con ondinas, lorelais y otras seductoras féminas fantásticas. Ya en etapas anteriores la sirena había sido objeto de supuestos avistamientos, como los que aparecen recogidos en las crónicas del Nuevo Mundo o en los florilegios y libros de maravillas de Torquemada y Pero Mexía. Ahora, desde la nueva perspectiva romántica, su acercamiento al hombre adquirirá, según nos explica Carlos García Gual, un nuevo significado: el de representar el arquetipo del amor imposible, con su inevitable final desgraciado. Se inaugura así una nueva imagen de la sirena, presente en los relatos folclóricos y leyendas de múltiples culturas, pero que también da origen a figuras más individualizadas (Melusina, Lorelay, Ondina…), o incluso a recreaciones artísticas de escritores como La Motte-Fouqué, Heine, Andersen, Wilde o Lampedusa, entre muchos otros. No se olvida el autor de recoger en su libro a esa sirena decimonónica que tanto se corresponde con la femme fatal finisecular, quizás la más convincente depositaria de la pulsión malsana que alentaba en sus orígenes. Una maldad que ya no precisa ni de garras ni de instrumentos musicales para ejercerse: el solo cuerpo de la sirena es ya suficiente amenaza. Se constituye así una nueva imagen, muy alejada de otras más domesticadas donde la sirena, privada de movimiento en su exilio terrestre, parece un juguete sexual del hombre. Finaliza Carlos García Gual su enjundioso libro recogiendo y comentando un amplio abanico de textos, obra de muy diversos autores (desde Dante a Luis Alberto de Cuenca, pasando por Kafka, Brecht, Cernuda, T. S. Eliott o Derek Walcott, entre otros). Parece evidente que los escritores modernos también atestiguan la pujanza del mito, su mudable teatro de operaciones, su amplia variedad de formas. Permanece constante, sin embargo, ese indoblegable hado que las condena a protagonizar siempre amores infelices; único rasgo del que no han sabido liberarse —no obstante su atractivo y sabiduría— en ninguna de sus metamorfosis.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Como hemos visto, a lo largo de los siglos las sirenas cambiaron su figura: dejaron las alas, se embellecieron y acentuaron su erotismo, se afincaron raudas en el fondo marino con escamosas colas de pez, a veces dobles, y ofrecieron su amor y llegaron a enamorarse. Las historias de amor con sirenas suelen acabar mal, fatalmente, como hemos visto; y mal acabaron para ellas los encuentros con los héroes antiguos (Odiseo y Jasón). Sin embargo, el éxito de un motivo mitológico no se mide por el final feliz, sino por su permanencia en el imaginario colectivo. Y ahí ha quedado, amparado por la literatura y las imágenes, casi eterno, el mito del encuentro con las sirenas, seductoras y mutantes».
La sirena de Arnold Böcklin

La sirena (1887), de Arnold Böcklin

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El libro de los monstruos, de Juan Rodolfo Wilcock

Cubierta-Libro-de-los-monstruosCualquier lector sabe que los monstruos tienen una larga tradición literaria, que gozan de una envidiable ejecutoria de nobleza como personajes de ficción. La galería es infinita. Polifemo y Medusa, Escila y Caribdis, el Minotauro y las Sirenas… son solo algunos de sus más asentados representantes. Pero los monstruos no solo viven en los relatos mitológicos de la cultura grecolatina, en el Gilgamesh o en el libro del Apocalipsis. También perduran en las leyendas y novelas medievales, en los relatos folclóricos, en los bestiarios y libros de prodigios, en las crónicas de viaje a países exóticos, en las cartas de navegación de mares desconocidos… Lejos de olvidarlo, el mundo moderno, con todo su racionalismo, convirtió al monstruo en protagonista de sus más insignes ficciones, como el engendro de Frankenstein, Mr Hyde o Gregorio Samsa. En los últimos tiempos, cuando quedan ya pocas especies animales por descubrir (al menos, de tamaño considerable), y la superficie entera de la tierra se expone fácilmente a nuestra mirada, la monstruosidad ha ido ganando rasgos humanos, y su deformidad se ha refugiado en el interior. Es por ello que ahora necesitamos de la metáfora para ponerla en evidencia. Si la monstruosidad puede ser signo de una enfermedad del alma, el género parece condenado a perpetuarse.

En esa estela de monstruos genuinamente humanos podemos encuadrar los que nos ofrece este exquisito volumen que acaba de publicar Atalanta: El libro de los monstruos (Il libro dei mostri, 1978), obra del escritor argentino, afincado en Italia, Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978). Un tratado de la monstruosidad cotidiana cuyo primer axioma es que la deformidad física no es nunca gratuita, sino que traduce a la esfera de lo visible una anormalidad que late en el nivel más oculto (algo parecido a lo de Dorian Gray). Con el concurso de sus fábulas, Juan Rodolfo Wilcock nos transfiere, pues, una terrible herramienta: unas gafas mágicas que nos permiten mirar en el interior de las personas y descubrir lo que en realidad se oculta bajo el barniz de las apariencias. Los «sepulcros blanqueados» parece que, a fin de cuentas, son una realidad muy actual; y lo que vemos por debajo puede no gustarnos demasiado. Traducido admirablemente por Ernesto Montequin y agudamente preludiado por Luis Chitarroni, El libro de los monstruos recoge un total de sesenta y dos minificciones, predominantemente descriptivas (aunque no faltan en ellas algunos poemas y diálogos breves), de un par de páginas la mayoría, cada una con su correspondiente monstruosidad como protagonista. Todos los textos son independientes, aunque guardan entre sí una estrecha afinidad, que se inicia por el nombre inventado que los encabeza, y donde ya comienza el juego conceptual, más o menos evidente. Esta conformación invariable confiere al libro cierto aspecto de atlas zoológico, donde cada bicho disfruta de su ficha correspondiente. La sombra de La transformación de Kafka planea, de manera inevitable, sobre una parte considerable del libro (ese joven convertido en cochinilla de humedad, Fermo Zeschi, es un guiño evidente al autor alemán), pues muchas de las monstruosidades imaginadas por Wilcock no son congénitas ni heredadas, sino adquiridas mediante una metamorfosis. Esto nos retrotrae también, por supuesto, a la obra de Ovidio, donde la transformación la inducía generalmente un dios, ya fuera como castigo o como premio. En el libro de Wilcock, por contra, la causa solo puede atribuirse a la propia sociedad, a los papeles inicuos que nos obliga a representar tantas veces; de ahí quizás la obstinación del autor en señalar la profesión de cada monstruito. Ciertamente, es la sociedad la que nos convierte en maniquís de plástico, en hombres-árbol que solo ven televisión, en novios que son puro espejismo, en ceniceros impotentes que traman imposibles venganzas… La vigilia de la razón produce también sus propios monstruos, quizás los peores. Ni siquiera el mundo de la cultura se libra de los suyos (los que mejor conocía el autor), tan repugnantes como un crítico literario que es amasijo de gusanos, un austrolopiteco experto en semiótica estructuralista, un candidato a Premio Nobel con la papada sembrada de arañas y garrapatas, un cantautor con cerebro de mosquito… Pero la monstruosidad es universal, y parece extenderse a todo el abanico social: filósofos, modelos, religiosos, abogados, mecánicos, médicos, psicoanalistas… No hace falta leer muchas páginas de El libro de los monstruos para descubrir que tenemos entre las manos un texto feroz: el cuaderno de campo de un misántropo que se complace en descubrir detalles monstruosos en todos los repliegues de la sociedad, y donde el humor negro, en ocasiones macabro, convive con una afilada ironía (como la que impregna ese exquisito Doctor Arrigo Ploz). En cualquier caso, ninguna fealdad nos impedirá disfrutar de la portentosa imaginación del autor. ¡No se equivocaba tanto Ambroise Paré cuando daba como quinta causa de la monstruosidad a la imaginación! Al fin y al cabo, la cosa va de monstruos, y hay mucho de placentero en ver a los molinos de viento convirtiéndose en gigantes, por muy terroríficos que sean.

Leyendo el libro de Wilcock, resulta casi inevitable recordar el bestiario de su amigo Borges, el Libro de los seres imaginarios. Pero las diferencias son grandes. Con todo lo terribles que puedan parecer algunos monstruos evocados por el autor de El Aleph, los de Wilcock son infinitamente peores: su humanidad y su anclaje en lo cotidiano aumentan el horror que nos inspiran. Algo similar a lo que sucede cuando ojeamos el famoso libro de Ambroise Paré, Des monstres et prodiges (1573), donde las láminas más desagradables son las que muestran la deformidad humana. El monstruo comienza a asustarnos de verdad cuando adquiere las cualidades de una superficie pulimentada (quizás por ello, el primer texto del libro, Anastomos, lo protagoniza un ser recubierto enteramente por espejos). Los textos de Wilcock son, a este respecto, insuperables: nada menos que sesenta y dos espejos en los que mirarnos y descubrirnos, en los que exorcizar, quizás, al monstruo que todos llevamos dentro. Porque Medusa no fue vencida por la espada de Perseo, sino por su escudo, que la obligó a mirarse en su metálica superficie. Ojalá, lector, no te reconozcas en ninguno de ellos (aunque pueda ser el comienzo de tu curación). No descubras que todos los monstruos son el mismo monstruo. No descubras que ese único monstruo eres tú.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Pero esa delgadez que en las mariposas es una virtud consagrada a explicar y difundir los más logrados dibujos de la mano de la naturaleza, en Mesto es todo lo contrario de una virtud, ya que está destinada a poner en evidencia, como sobre el papel, la forma absurda de ese monstruo soberanamente estrafalario que es el hombre. Es verdad, como todos los mamíferos tiene dos ojos, una nariz, una boca y también cuatro miembros, pero los mismos elementos forman algo tan repugnante y anómalo que parece servir sólo para mostrar, y con cuánta crudeza, aquellas características de las cuales todos los demás mamíferos ―a decir verdad, todos los demás seres vivientes― están afortunadamente exentos: la estupidez, la maldad, la codicia, en suma, las cualidades humanas más notorias. Todo eso, en dos dimensiones, se vuelve aún más evidente; ni siquiera una barba tupida o un enorme sombrero de piel de castor lograrían disfrazarlo, y por eso Mesto Copio, pobrecito, resulta en su chatura repugnante: porque más que un hombre es la imagen del hombre, desastrosa veleidad de una naturaleza que en cuanto al resto no carece de gusto» (Mesto Copio, traducción de Ernesto Montequin).
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Beethoven contado a través de sus contemporáneos, edición de O. G. Sonneck

9788491818526-beethoven-contado-a-traves-de-sus-contemporaneosHay figuras de la cultura y del arte que necesitan muy poco de centenarios y celebraciones para ocupar un lugar preeminente en el conocimiento y la apreciación universales. Tal es el caso, sin duda, de Beethoven (1770-1827), del que se cumple este año el 250 aniversario de su nacimiento. Necesaria o no, la efeméride ya comienza a dar sus frutos, y Alianza Editorial acaba de sacar a la luz un libro de gran interés y atractivo: Beethoven contado a través de sus contemporáneos (Beethoven: Impresions by his Contemporaries, New York, 1926). Su editor, O. G. Sonneck, pretendía no solo conmemorar el primer centenario de la muerte del músico alemán (1927), sino también complementar —con la recopilación de testimonios originales de sus contemporáneos— la colosal biografía de Beethoven escrita por Alexander W. Thayer (1817-1897), reeditada y traducida al inglés unos años antes (The Life of Ludwig van Beethoven, 1921), y de la que se manifestaba deudor. Aunque el libro de Sonneck no pretendía recoger todos los testimonios existentes acerca del compositor, nos legó una inteligente y amena selección, perfectamente válida hoy en día. Cada contribución viene antecedida de un breve texto explicativo, donde el editor nos presenta al autor del testimonio o comenta la procedencia de la fuente. Es cierto que el libro tiene ya muchos años, y que le falta quizás un aparato crítico que especifique mejor la filiación de algunos textos, y ponga en su sitio ciertas afirmaciones exageradas o muy dudosas (como la del supuesto encuentro de Beethoven con Mozart en 1787). En cualquier caso, nos hallamos ante un valioso conjunto de testimonios: un verdadero tesoro para todos los enamorados de la música de Beethoven, que disfrutarán a lo grande con este apasionante libro, que se puede leer como si fuera una novela. No deja de ser reconfortante que, transcurridos casi cien años, el libro pueda mantener intacto, o incluso acrecentado, su interés.

El libro de Sonneck recoge un amplio muestrario de testimonios sobre Beethoven, que se inicia con el de Gottfried Fischer (un panadero de Bonn que fue su vecino de niñez), y se cierra con el dramático dictamen del médico que lo asistió durante su enfermedad final, la crónica de su multitudinario sepelio y la emocionante oración final que le tributó Grillparzer. Entremedias, testimonios de amigos como Wegeler, profesores como Neefe o Schenk, pianistas como Moscheles, compositores como Spohr, Rossini, Weber o Liszt, editores como Schlesinger, discípulos como Czerny y Ries, cantantes como Röckel o la Schröder-Devrient, escritores como Goethe, Rellstab o Grillparzer… y así hasta completar casi medio centenar de informantes, la mayoría ilustres. No todos los que escriben sobre el compositor lo conocían de igual manera, por supuesto, ni sus testimonios tienen idéntica relevancia o merecen la misma credibilidad. Algunos relatos son evocaciones retrospectivas, probablemente embellecidas por el paso del tiempo y la figura cada vez más agigantada del maestro. Muchas noticias proceden de personas que apenas lo conocían: visitantes ocasionales atraídos por su fama, o que lo trataron por algún motivo coyuntural (como el tenor Joseph August Röckel, testigo de la dolorosa revisión de Fidelio en 1806). Otros, en cambio, lo frecuentaron asiduamente. Es el caso de Anton Schindler, secretario y mano derecha del compositor durante más de una década (1815-1826), autor de una importante biografía (Vida de Beethoven, 1840) de la que no podían faltar breves extractos en la recopilación de Sonneck. O también su alumno Ferdinand Ries, que aporta interesantes detalles acerca de la dedicatoria a Napoleón de la Sinfonía Heroica, o de su célebre première en la orquesta del príncipe Lobkowitz.

Muchos de los tópicos e ideas generales, más o menos fundadas, que aún corren sobre la personalidad del compositor arrancan de estas páginas, y así podemos hallarlas en casi todas las biografías consagradas al genio de Bonn (como en la de Jean y Brigitte Massin, por ejemplo, que recoge muchas opiniones de contemporáneos). La novedad es que, gracias al libro de Sonneck, podremos leerlas directamente de sus fuentes originales: el maltrato que sufrió Beethoven durante su infancia, las borracheras de su padre, los amores contrariados, sus ocasionales groserías y frecuente desaliño indumentario, los cambios continuos de domicilio y de personal de servicio, su físico poco agraciado, su orgullosa actitud ante los nobles (la joven pianista von Bernhard aseguraba haber visto a la condesa Thun arrodillada ante el compositor «rogándole que tocara algo»), sus virulentos desplantes a sus mecenas aristócratas (como esa huida en plena noche que narra Ignaz von Seyfried), su orgullo de artista (reflejado en la famosa anécdota de las quintas consecutivas «permitidas» por Beethoven), su pasión por la vida campestre y las excursiones, lo indescifrable de su caligrafía, los ataques de ira que le provocaban las erratas de sus partituras, las intrigas de sus hermanos, los quebraderos de cabeza a cuenta de su sobrino Karl (que, según los médicos, influyeron en su enfermedad final), su progresiva sordera… Conforme los años transcurren, todos los testimonios coinciden en señalar la dificultad que entrañaba acercarse a Beethoven, del que nos pintan la imagen patética de un hombre aislado del mundo por su sordera, condenado a valerse a todas horas de sus «cuadernos de conversación», malviviendo con escasos bienes materiales; aunque no por ello privado de súbitos arranques de cordialidad. Los numerosos curiosos que llegaban a Viena con la intención de conocerlo —en sus difíciles circunstancias personales— desataban lógicamente su ira, lo que contribuía a incrementar su fama de misántropo (así lo señala, por ejemplo, Cipriani Potter, ya en 1818). En línea con este temperamento desconfiado de sus últimos años destacan también sus negativas a tocar el piano delante de nadie, así como los trucos, no demasiado elegantes, que ideaban algunos de sus admiradores para lograr escucharlo (como lo cuenta Sir John Rusell en su relato de 1821).

Pero los textos recogidos por Sonneck van mucho más allá de la doliente y compleja humanidad del compositor. Hemos de recordar que una gran mayoría de los informantes son músicos: cantantes, instrumentistas, editores o compositores. Así, muchos testimonios coinciden en subrayar la originalidad de sus improvisaciones al piano; aunque también señalan, con el paso de los años y el avance de la sordera, una creciente falta de claridad. Los tempranos desencuentros de Beethoven con el contrapunto se manifiestan por vez primera en el testimonio de Johann Schenk (1792), el profesor que le corregía los ejercicios de contrapunto que debía presentar luego a su maestro Haydn. Un manido tópico, repetido hasta la saciedad, que se contradice con las magistrales muestras que da Beethoven, en muchas de sus obras, de su dominio del contrapunto y los fugados. Las preferencias musicales del compositor aparecen igualmente recogidas en algunos testimonios: Händel, en primerísimo lugar, y luego Bach, Cherubini, Mozart… Al lector actual seguramente le sorprenderán los reparos de Beethoven a las óperas más famosas de Mozart, o su preferencia por las sonatas de Clementi, por encima incluso de las del propio músico de Salzburgo. Algunos aspectos del método de composición de Beethoven figuran también en las observaciones de sus contemporáneos. Según nos informa Ludwig Rellstab (1825), Beethoven componía sobre todo por las mañanas; y de manera preferente durante el verano, en el campo, dejando para el invierno las labores de desarrollo y orquestación. Beethoven, además (si es cierto lo que asegura Edward Schulz en 1823), no escribe «una sola nota hasta que se ha formado el diseño de toda la pieza en la cabeza». Dentro de este apartado merece la pena recordar la famosa escena descrita por Schindler relativa a la composición de la Misa Solemnis, o la explicación dada por Beethoven de «cómo le vienen las ideas musicales», transmitida por el jovencísimo Louis Schlösser en 1823. También son interesantes, o cuando menos pintorescas, las descripciones de su particular manera de dirigir la orquesta (sobre todo cuando estaba ya casi sordo y confundía a los músicos), en las que coinciden muchos de sus contemporáneos, como la cantante Schröder-Devrient (1822), que no duda en comparar al maestro con un personaje de Hoffmann. Tampoco faltan testimonios relativos a la recepción de su obra. La novedad de su música despierta ya valoraciones contrarias en un fecha tan temprana como la de 1798 (Johann Wenzel Tomaschek). Las voces críticas se intensificarán con motivo de sus últimas obras, las más originales y revolucionarias, siempre bajo la sospecha de ser producto de la sordera: es el caso de la Novena Sinfonía (Spohr) o los últimos cuartetos (Rellstab). Finalmente, no faltan en la selección de Sonneck valiosos testimonios del ambiente musical de la época, atrozmente competitivo para los músicos, que se manifiesta, por ejemplo, en esos duelos pianísticos entre virtuosos, como los que recoge Czerny o Ignaz von Seyfried, y que le valieron a Beethoven la enemistad del famoso Steibelt.

Creo que muchos lectores terminarán el libro imbuídos de sentimientos contradictorios. Por un lado, verán enriquecida su visión del compositor. Por otro, se sentirán quizás un tanto apesadumbrados por las lamentables escenas que se acumulan en las últimas páginas: la completa sordera del músico, su soledad y abandono, la incomprensión que despiertan sus últimas creaciones, sus proyectos inacabados, la enfermedad final (con esa patética escena del retorno a Viena en una carreta abierta)… Es verdad que, sin todo ello, la figura de Beethoven sería otra muy distinta. Nos faltaría esa imagen del héroe que vence los mayores obstáculos, y que se ha hecho consustancial a nuestra concepción del artista genial. De la misma manera que la valentía de Aquiles venía contrastada por la vulnerabilidad de su talón (que él conocía), el talento de Beethoven se vio duramente puesto a prueba por su sordera: formidable obstáculo —insalvable para cualquier otro músico— que no le impidió culminar una carrera de artista que todavía estamos admirando. Porque, aun cuando su falta de oído explicara una parte importante de la originalidad y atrevimiento de sus últimas obras, no por ello dejaría de ofrecernos una valiosa lección. Entre tanta nota oscura nos quedaremos, pues, con las luminosas y proféticas palabras de Grillparzer que cierran el libro: «Así era, así murió y así vivirá hasta el fin de los tiempos».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Era tan sensible al tema de su incipiente sordera que había que tener mucho cuidado de no señalarle su deficiencia hablándole demasiado alto. Cuando no entendía algo, solía echarle la culpa a su despiste habitual, que sufría en grado sumo. Vivía gran parte de tiempo en el campo, donde yo solía ir a que me diera clase. A veces, por la mañana, a eso de las ocho, después de desayunar, me decía: “Demos primero un paseo”. Nos poníamos en marcha, y algunos veces no regresábamos hasta las tres o las cuatro de la tarde, después de haber comido algo en algún pueblo. En una de estas excursiones, Beethoven me dio la primera muestra sorprendente de su creciente sordera, que Stephan von Breuning ya me había mencionado. Había llamado su atención sobre un pastor que estaba tocando francamente bien su flauta de madera de celinda en el bosque. Durante media hora entera, Beethoven no fue capaz de oír nada en absoluto, y aunque le aseguré repetidamente que yo tampoco oía nada (lo cual no era cierto), se quedó muy callado y taciturno» (testimonio de Ferdinand Ries, traducción de Ana Pérez Galván).

Ludwig van Beethoven - Portion of the Manuscript of Beethovens Sonata in A Opus 101 (pen ink) - (MeisterDrucke-41638)

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De algunos animales, de Rafael Sánchez Ferlosio

de-algunos-animales-ferlosio.jpg[Prepublicado en El Cuaderno: 14-I-2020]

Cuando los etólogos andan todavía discurriendo si los animales gozan o no de las bondades del pensamiento, de si tienen la capacidad de alumbrar conceptos (lo que les parece muy dificil, al no estar dotados de lenguaje), o si al menos son capaces de servirse de alguna clase de juicios, la literatura hace ya tiempo que resolvió el dilema, concediéndoles unas capacidades parangonables a las humanas, o cuando menos, las suficientes para desempeñar con solvencia un papel protagonista en apólogos, bestiarios, alegorías o, incluso, historias naturales. Divinizados en muchos mitos y religiones antiguas, los poetas se han servido con frecuencia de su variopinta república para ofrecernos ejemplos a los que imitar; o bien, modelos en los que criticar, desde una prudente distancia, muchos de nuestros vicios y tonterías. De manera similar a como Perseo utilizaba el espejo de su escudo para vencer a la Gorgona sin mirarla a los ojos, los hombres nos hemos contemplado en los animales para triunfar de nosotros mismos, intentando mejorarnos sin herir demasiado el orgullo de nadie. Un espejo en el que pocas veces salimos favorecidos, que se obstina casi siempre en reflejar nuestro lado menos amable.

En esta antigua y venerable tradición de textos que conceden magisterio a los animales cabe encuadrar, al menos en parte, este moderno bestiario de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), De algunos animales, que Literatura Random House saca a la luz para rendir un merecido homenaje al recién desaparecido escritor. Hablamos de un conjunto de textos de diversa procedencia, cuidadosamente entresacados de su obra publicada y de muy variada factura: relatos, ensayos, aforismos, minificciones, fábulas, poemas… Su editor, Ignacio Echevarría, ha ultimado un libro en el que el propio autor estuvo trabajando, con vistas a su publicación, hasta el último momento: una especie de Arca de Noé donde se dan cita animales domésticos y salvajes, mamíferos y reptiles, pájaros e insectos; con una especial atención a perros y gatos, caballos y leones, zorros y monos…, y que vienen acompañados (tal como era deseo de su autor) de algunas de las ilustraciones del famoso libro La vida de los animales (Illustrirtes Tierleben, 1863-69), del naturalista alemán Alfred Brehm (1829-1884), por las que Sánchez Ferlosio manifestó siempre una gran predilección, y que le gustaba compartir con su hija Marta en entrañables veladas de lectura, que luego reeditaría, años después, con su nieta Laura.

Aunque nuestro respeto a los animales hunde sus raíces en la noche de los tiempos, nuestra sensibilidad moderna parece que lo ha exacerbado bastante, hasta el punto de que, en ocasiones, nos resulta casi imposible hablar de ellos sin poner en evidencia nuestra propia inhumanidad, ya sea por maltratarlos o por amenazar su entorno natural (que también es el nuestro). Imposible negar que los comemos, que los cazamos por diversión, que los hacemos trabajar en nuestro beneficio, que experimentamos con sus cuerpos, que nos vestimos con sus pieles, que los hemos utilizado, incluso, como arma de guerra contra nuestros semejantes… Muchos de los textos reunidos en De algunos animales serán leídos probablemente desde esta perspectiva, como un alegato «animalista»; aunque nos consta que su autor no lo fue nunca, al menos de manera declarada. Así sucederá, sin duda, con uno de los textos menos amables del libro, Los perros en la Conquista, resumen de una de las páginas más negras (atestiguada en numerosas fuentes) de la colonización española en las américas: el aperreamiento de indios. Un fenómeno que no nos descubre el autor, por supuesto, que ya conocíamos, pero que volveremos a leer con espanto, y que dibuja un curioso y paradójico paralelismo con algunas prácticas paganas del circo romano (Damnatio ad bestias) ya abolidas en tiempos remotos. También destacan, en una línea diferente, un grupo de textos escritos por Ferlosio ―simplifiquémoslo así― en defensa del lobo: ese animal totémico tan vilipendiado en fábulas y leyendas, por cazadores y pastores, cuyo descrédito Ferlosio compara (en un gesto de erudición muy suyo) con la difamación sufrida por los cartagineses por boca de los romanos. Los animales, desde luego, nunca ganan la batalla del relato. Cuentos de caza como Dientes, pólvora, febrero abundan también en esa humana inhumanidad que nos toca tan de cerca, poniendo de manifiesto, de manera sutil (con ese realismo trascendente que hizo famoso al autor en El Jarama), toda la brutalidad del hombre (la gratuita crueldad de los personajes de Dientes, pólvora, febrero me ha recordado la que se respira en el célebre relato de Buzzati, La matanza del dragón). También la fiesta de los toros hace una fugaz aparición en el libro de Ferlosio, en el texto titulado Toros contra caballos, centrado no tanto en el toro como en la cruel suerte de los caballos de picador, cuando la carnicería equina era el plato fuerte de la fiesta, el que mejor saciaba las sanguinarias expectativas del público, antepuesto incluso a las propias mañas del torero con la capa y el estoque. Es oportuno señalar (como nos informa Ignacio Echevarría en la documentada y excelente Nota de los editores) que Ferlosio había sido con anterioridad cazador y aficionado taurino, aunque luego renegó de las dos aficiones. Otro animal que no podría faltar en ningún bestiario que se precie es el mono: el más turbador espejo animal en el que podamos mirarnos (¿cuántos se atreverían a tener uno como mascota?). Así lo veremos en Delante de la jaula de los monos, irónica meditación sobre esos «extraños próximos» ―en palabras de Ferlosio― a los que vestimos y hacemos adoptar poses semihumanas para mejor burlarnos luego de su supuesta pretensión de igualarnos.

Pero el libro de Sánchez Ferlosio es mucho más que una denuncia del maltrato animal, mucho más que un bestiario donde, sin afirmarlo de manera explícita, el hombre representa el feo papel de bestia inteligente. Hay, por de pronto, relatos que ocupan ya un lugar intermedio, donde gana terreno la pura ficción, aunque sin embotarse del todo el filo de la ironía. Así lo podemos apreciar en ese sorprendente relato titulado Los babuinos mendicantes (extraído de El testimonio de Yarfoz), donde los primates protagonistas, al adoptar poses y actitudes humanas, pierden toda su dignidad. En un orden muy diferente, otros textos recogidos en el libro revelan a Sánchez Ferlosio como un atento observador de los animales en el ámbito de lo cotidiano, tanto en reposo como en movimiento, analizando el diferente mirar de perros y de gatos o su peculiar manera de mover la cola. Observaciones y encuentros fortuitos, como el de un gato cruzando una tapia erizada de cristales o el de un perro ahorcado dan también origen a breves páginas de gran encanto y profundidad. La indagación acerca del lenguaje y la gramática ―una actitud recurrente en la escritura de Ferlosio― impregna de igual manera algunos de los textos recogidos, como sucede en el divertido relato titulado El tigre «gato», donde la reflexión linguística se conjuga con la observación del habla de los niños. En fin, tampoco faltan en este fabulario tan variado los animales fantásticos o inventados, como el «jilguerotauro», la atroz «mosca del cautivo», algunos otros extraídos de las páginas del Alfanhuí (el gallo de chapa de la veleta, los pájaros de papel), o aquellos representados en las láminas que el propio Ferlosio dibujaba («la tifra», «el dapno inmóvil»), de las que se recogen tres inéditas al final del volumen. En línea con lo anterior, podemos señalar también los textos escritos con el pensamiento puesto en los niños, como sucede en esa imaginativa disquisición que abre el libro, De los orígenes del perro, un texto dedicado a su hija Marta y con referencias explícitas al libro de Brehm antes mencionado, compañero de tantas veladas familiares en las que el autor disfrutaba de la compañía de sus seres más queridos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«… vi que me seguía, como a unos diez o doce metros de distancia, sin tratar de alcanzarme, un perro grande, un mastín, que arrastraba un trozo de cuerda que traía atado al cuello. Era, evidentemente, un perro ahorcado, que con su peso había roto la cuerda y había salvado la vida. ¿Qué vida? Aquel andar tan cansado, con la cabeza baja, aquellos ojos tristes y como entrevelados, ¿podían ser todavía la vida? La confianza en que aún alguien en el mundo lo acogiese la traía ya tan disminuida que se me fue quedando lentamente atrás hasta perderme de vista».
«¡Ay, las fechas están agazapadas en el calendario, igual que gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir!»
«Lo llaman «perro» o «rata» para anticiparle encima la figura con la que un día podrán matarlo a palos».

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