Un largo sábado. Entrevistas [de George Steiner] con Laure Adler

Un largo sábado (Un long samedi. Entretiens) reúne seis entrevistas de George Steiner con la periodista francesa Laure Adler. Son seis breves pero enjundiosas conversaciones, realizadas entre los años 2002 y 2014, donde se hilvanan los principales hitos biográficos de Steiner con las preocupaciones esenciales de su multifacético pensamiento. Es innegable que existe confianza —quizás una química compartida— entre los dos artífices del libro, y que Laure Adler es el catalizador adecuado para que el discurso de Steiner fluya copioso, cercano y, sobre todo, espontáneo. Cuando un autor ha escrito tantos libros como George Steiner puede parecer gratuito y trivial repasar los grandes temas de su pensamiento con una simple entrevista. ¿No nos lo ha dicho ya todo en sus obras y con mayor profundidad? Es seguro que sí, pero muchos de los que hemos leído esos textos también deseamos saber algo más de la persona que los ha escrito. Además, aunque las conversaciones han sido, obviamente, revisadas con posterioridad, algo debe quedar de su oralidad original. No debemos descartar los valores añadidos del diálogo, del magisterio improvisado al calor de la conversación, de la espontaneidad inducida por una taza de café… Ni tan siquiera en los pensadores más rigurosos. Si es verdad lo que cuentan, Sócrates no escribió ni una sola línea.

Uno de los mayores logros del libro, a mi manera de ver, radica en la inteligente manera en que los temas de reflexión invocados por Laure Adler se insertan en la trayectoria biográfica de Steiner, brindándonos una panorámica integradora de su personalidad. Así, el primer capítulo del libro, «Una educación accidentada. Del exilio al Instituto», culmina con una brillante indagación sobre los límites y miserias de la lengua y las humanidades, que son comparadas desventajosamente con las ciencias exactas, resultado todo ello de una temprana experiencia de Steiner en el Institute for Advanced Study de Princeton. En esta afamada institución americana, donde recaló tras una breve estancia londinense trabajando para The Economist, Steiner tuvo ocasión de relacionarse con la fascinante pléyade de grandes científicos que allí se congregaban, como Oppeheimer o André Weil, que dejaron una huella notable en su pensamiento. Detalles de su infancia itinerante, repartida entre Francia y Estados Unidos, completan este primer capítulo, dotado de una importante carga biográfica. En la segunda conversación, «Ser un invitado en la Tierra. Reflexiones sobre el judaísmo», se abordan las complejas y —en ocasiones— contradictorias relaciones de Steiner con el judaísmo. Orgulloso de pertenecer a una raza que ha dado al siglo XX personalidades del mayor relieve (Marx, Freud, Einstein) y que ha monopolizado un «abrumador porcentaje de premios Nobel», Steiner se manifiesta muy crítico con la política del estado de Israel, donde es considerado, según asegura, persona non grata. Por contra, Steiner pone en valor el carácter apátrida y nómada de su pueblo, un paradigma que nos anima a suscribir en cuanto que se corresponde con una realidad humana innegable: todos somos unos invitados en la Tierra. La actitud de los judíos americanos, el creciente antisemitismo o el futuro de la cultura y la raza judías son otros temas de actualidad repasados en este interesante capítulo, que toca muy de cerca la sensibilidad del entrevistado. El siguiente diálogo, «Cada lengua abre una ventana a un nuevo mundo», gira en torno a un tema de capital importancia en el pensamiento de Steiner, muy determinado —como subraya Laure Adler— por su propia experiencia vital. Nacido en el seno de una familia judía, culta y políglota, su padre le advirtió pronto de la necesidad de conocer varias lenguas para sobrevivir en un ambiente hostil. Quizás por ello defiende Steiner con tanta vehemencia el multilingüismo, no cree en el concepto de lengua materna y rechaza «la idea de que enseñar varias lenguas a un niño puede provocar en él una especie de trastorno esquizofrénico». Él es, desde luego, un ejemplo vivo de todo esto, del poder enriquecedor de las lenguas, que le han permitido aproximarse a la cultura de manera singularmente variada y completa. Pero Steiner se manifiesta también muy crítico con el predominio mundial de la lengua «anglo-americana», un fenómeno que amenaza con estrangular a las otras lenguas de cultura y al propio inglés. Quizás la cuestión más controvertida de este capítulo sea su visión de las mujeres en relación con el lenguaje y la creación artística, una valoración que provoca una interesante polémica con su entrevistadora, Laure Adler. La no universalidad de la lengua (en contraposición a otros lenguajes, como la música o las matemáticas), su relación con el sexo o la resistencia de la «obra genuina» a la traducción son otros de los muchos y apasionantes temas de discusión que van surgiendo, de manera aparentemente natural, a lo largo de la conversación. En «“Dios es el tío de Kafka”. Del Libro a los libros», Steiner se ocupa de otro tema cardinal en su pensamiento: la importancia y fragilidad del libro como vehículo de cultura: «El hallazgo de un libro puede cambiar una vida». Medita el humanista sobre el incierto futuro del libro y de la lectura, en un mundo en el que los jóvenes casi no leen y las novedades apenas duran un par de semanas en los estantes de las librerías. Sin embargo, «un gran texto puede pasar siglos esperando». Además, las condiciones idóneas de lectura —silencio, espacio privado y una pequeña biblioteca particular— resultan cada vez más problemáticas en la sociedad actual. Nos recuerda también Steiner en este apartado la importancia de la Biblia, una lectura ineludible para comprender la cultura occidental. «Las humanidades pueden volver inhumano. El siglo XX ha empobrecido moralmente al hombre» es otro capítulo de extraordinaria intensidad e interés. Se repasa en él un tema que siempre ha ocupado un importante lugar en la reflexión ética de Steiner: la contradicción entre la existencia de una sociedad tan avanzada culturalmente como la europea y las atrocidades que su élites han protagonizado durante el siglo XX. Se pregunta Steiner si las humanidades no anestesian «nuestra sensibilidad moral», volviéndonos más indiferentes a las miserias del mundo real. Figuras como Heidegger, Céline o Wagner son traídas a colación Perro de Steinercomo ejemplos de discordancia entre ética y estética, humanidad y alta cultura. La música, el cine o la crítica del psicoanálisis (Freud) completan este capítulo, que nos desvela también el significado del sugerente título que encabeza las conversaciones: Un largo sábado. Finaliza el volumen con «Epílogo. Aprender a morir», una coda donde Steiner hace balance, tras una vida larga y fructífera, de su dedicación al magisterio de la cultura, labor en la que se considera —haciendo gala de un excelente humor— un buen cartero: «No siempre resulta fácil encontrar el buzón correcto para hablar de una obra, para presentar una nueva obra». En la línea de su trabajo Los libros que nunca he escrito, Steiner lamenta de no haberse atrevido nunca a escribir literatura, a empeñar su vida en la aventurada empresa del artista creador, una figura que ha colocado siempre por encima del humanista erudito. Otros temas de gran actualidad, como la eutanasia, el aborto o la ancianidad completan este último capítulo, que acaba con una emotiva defensa de los animales, del respeto que se merecen, quizás uno de los grandes temas pendientes de la ética moderna.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Los historiadores más rigurosos estiman que entre el mes de agosto de 1914 y el mes de mayo de 1945, en Europa, en nuestra Europa y en el mundo eslavo occidental, más de cien millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados por las guerras, los campos, el hambre, las deportaciones y las grandes epidemias. Es un milagro que todavía exista una civilización europea. Todo lo comprendemos al revés. El milagro es que haya algo que sobreviviera a la mayor masacre de la historia». (Ediciones Siruela, traducción de Julio Baquero Cruz)
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Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos, de Yasutaka Tsutsui

Yasutaka Tsutsui (1934) es un escritor japonés de excepcional interés, descubierto en nuestros pagos por ediciones Atalanta, que tuvo el acierto de traducir al castellano, hace ya una década, Hombres salmonela en el planeta Porno (2008). Luego publicó una segunda recopilación de relatos, seleccionados por el propio autor, Estoy desnudo y otros cuentos (2009), a la que siguió la novela Paprika (2011). La buena aceptación que ha tenido en nuestro país este escritor tan particular explica sobradamente que ahora se nos presente una cuarta entrega de su obra: Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos: un conjunto de relatos publicados originariamente por entregas en la revista Shōsetsu Shinchō (1970-1971), y que tienen como protagonista a Nanase, una joven con poderes paranormales que le permiten adivinar el pensamiento de quienes la rodean.

Yasutaka Tsutsui es considerado en su país un destacado cultivador de la ciencia ficción comprometida, de aquella que, siguiendo la estela se Swift, Bulgákov o Čapek, se centra en el análisis crítico de la sociedad, y no se manifiesta solo como literatura de entretenimiento. Un nuevo punto de vista, aunque parezca imposible, nos permite a veces afinar el tiro, dar en el blanco. Internados en el terreno de la fantasía y aceptado lo improbable, nos resulta más fácil tirar de la manta y que lo oculto salga a la luz. En la novela El Diablo cojuelo, el demonio levanta los tejados de las casas madrileñas para mostrar la impudicia de sus moradores, y en Diario de un perro, de Panizza, una mascota especialmente dotada se convierte en testigo de cargo de la Humanidad. En los cuentos de Tsutsui, la clarividencia de Nanase, una criada de dieciocho años, nos desvela que la sociedad se fundamenta en la hipocresía. Nuestras relaciones casi nunca son sinceras, pues lo que decimos y lo que pensamos se corresponden raramente. Ya intuíamos algo de esto, pero no nos dábamos cuenta de todo su alcance, quizás porque solo veíamos nuestra propia doblez, y para esta tenemos siempre comprensión y tolerancia infinitas. La mordaz escritura de Tsutsui nos pone frente al espejo. Con un estilo de admirable sencillez y un desarrollo lógico implacable, el afilado bisturí del japonés nos imparte ocho lecciones magistrales de anatomía, ocho disecciones de la sociedad japonesa vista a través de la institución familiar. No son relatos de complaciente lectura, pues sus dardos se clavan siempre en lugares que nos duelen. ¿Es que no somos todos unos farsantes? ¿No nos obliga la sociedad a protagonizar parecidas imposturas? Sí, lo sospechábamos: nos pasamos todo el santo día actuando. Pero nadie nos lo había mostrado antes con tanta imaginación, humor y eficacia.

Leído el primer relato, «Zona de las calmas», implacable radiografía de una disolución familiar, nos asaltó el temor de que las restantes historias fueran una simple repetición. Inventada la herramienta, el trabajo se vuelve rutinario. Pero no es así. Ya en el segundo de los cuentos, «Cautivos de la suciedad», admiramos la originalidad del planteamiento: el exagerado desaliño que comparte una familia numerosa es ahora el foco de atención. Pero la basura no está solo en el polvo y la ropa sucia, sino también dentro de las personas. Nanase solo puede vencer a la primera. En «Himno a la juventud» profundizamos en el conocimiento de las extraordinarias habilidades de Nanase, testigo en esta ocasión de la fuerte personalidad de Yōko, su nueva ama, a la que es capaz de seguir telepáticamente a gran distancia, incluso cuando va de compras a la ciudad o se cita con su joven amante. El punto de mira está ahora puesto en una pareja sin hijos, incomunicada e incapaz de enfrentarse constructivamente al fin de su juventud. En «El melocotón» se hace escarnio de esa obsesión patológica por el trabajo que se atribuye de manera proverbial a los japoneses. Katsumi, padre de familia de 55 años, vive dolorosamente su prematura jubilación, hostigado doblemente por una pulsión erótica insatisfecha y por el desprecio apenas velado de su familia, que comienza a verlo ya como un trasto inútil. Un cuento cruel, casi sádico, donde ni siquiera la joven mentalista sale bien librada. A partir de este relato, el acoso machista que sufre Nanase se convertirá en un leit-motiv importante del libro. «Una Bodhissattva entre las llamas del infierno» nos muestra la represión emocional de una esposa, Kikuko, que profesa un código de honor matrimonial que le impide exteriorizar el sufrimiento provocado por la infidelidad de su esposo, un profesor universitario de Psicología conocedor de los antecedentes paranormales del padre de Nanase. Durante algunas páginas la narración se vuelve pedagógica y aprendemos qué son las cartas de Zener, que le serán aplicadas a la joven sirvienta. Aunque el relato es un varapalo a los psicólogos y a las ambiciones profesionales desmedidas, el final de la historia pertenece a la esposa, a Kikuko: su particular «bushido» matrimonial desembocará en un auténtico seppuku. Aunque el fondo de los relatos se mantiene constante a lo largo del libro, enseguida apreciamos la pasmosa habilidad del autor para dotarlo de variedad. Podríamos hablar de un tema con variaciones, con una implicación progresiva de la narradora, que pasa de manifestarse como mera observadora a convertirse en víctima de sus propios poderes, cuando no en una manipuladora sin escrúpulos (¿quién podría resistirse a serlo, manejando tanta «información privilegiada»?). Así lo vemos en el siguiente cuento, «Fruta del cercado ajeno», donde se evidencian las fantasías sexuales cruzadas entre dos parejas. El final feliz es propiciado involuntariamente por la intervención de Nanase. En «El pintor de los domingos» se retrata un nuevo tipo, el del artista narcisista: un pintor de cuadros abstractos que se muestra perfectamente indiferente a su entorno familiar. Nanase, que en un principio se siente atraída por él —quizás porque solo lee en su mente figuras geométricas—, terminará comprendiendo que no es mejor que los demás. «Querida mamá, que en paz descanses» se desarrolla durante el funeral de una madre patológicamente posesiva, una ceremonia de la hipocresía llevada hasta el extremo. En este cuento negro, el más tétrico de todos, constatamos algo que ya presentíamos: que las variaciones estaban compuestas en crescendo, y que ahora nos toca escuchar los últimos acordes, aterradoramente ensordecedores.

Se impone una reflexión final sobre la protagonista de los cuentos. Es evidente que la arista más afilada de su clarividencia apunta siempre hacia fuera, pero no puede asegurarse que falte, en los relatos de Tsutsui, una reflexión moral —al menos implícita— sobre los límites que sobrepasa Nanase con sus poderes. Ser invisible, vivir eternamente o adivinar el futuro son imposibles que nos seducen. Hemos fantaseado muchas veces con protagonizarlos, olvidando que, si se cumpliera nuestro deseo, nos conducirían inevitablemente al desastre. La literatura nos lo ha advertido con frecuencia. No nos conviene ser ni Midas ni el Judío errante, ni tan siquiera el hombre invisible. A este respecto, la elección de una joven de dieciocho años no es gratuita. ¿Podrá vivir Nanase muchos años más con la terrible carga de enfrentarse cada mañana a la mirada de la Gorgona? Lo dudo mucho. Nuestra hipocresía —nos guste o no— es el espejo que nos salva de los otros.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Al fin, Nanase se dio cuenta de que esa aparente armonía familiar no se había mantenido gracias a la cháchara de Eiko, sino a la música de fondo que procedía del televisor. Una vez apagado éste, un silencio asfixiante agredió a la familia. No había más remedio que irse a la cama.» (Lo que vio la criada, traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo)
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Noche y luz de luna, de Thoreau

Aunque contiene un texto de Thoreau muy breve, no me resisto a la tentación de dar noticia, al menos, de la aparición de este encantador librito, Noche y luz de luna (Moon and Moonligth, 1863), que acaba de publicar Olañeta en su colección «Centellas». En la actualidad, pasear de noche bajo la luz de la luna es una actividad problemática para los que habitamos en una ciudad; pero ¡qué fácil nos resulta imaginárnosla protagonizada por ese infatigable caminante y atento observador de la Naturaleza que fue Thoreau! Seguro que debió de pasar más de una noche en vela contemplando embelesado, como un nuevo Endimión, a la seductora reina de las sombras. Manido tópico de la utilería romántica en demasiadas ocasiones, la luna adquiere en Thoreau un especial dinamismo y significado: caminar bajo su luz nos abre los ojos a la percepción de una nueva realidad.

Según nos informa Jordi Quingles en su documentado prólogo, Thoreau tenía proyectado escribir una obra extensa sobre el mundo lunar, un tema que le apasionaba pero que no llegó nunca a concretar. Aunque Noche y luz de luna fue publicado póstumamente en The Atlantic Monthly a finales de 1863, podemos rastrear sus fuentes en una conferencia dada por Thoreau en 1854, Moonligth, compuesta a partir de observaciones y vivencias extraídas de sus Diarios. Sin embargo, el texto publicado en 1863 no fue preparado por Thoreau, sino por su hermana Sophia, que contó con la colaboración de Ellery Channing, amigo y primer biógrafo del escritor. Juntos seleccionaron y refundieron —con desigual acierto— diversos fragmentos del manuscrito de la conferencia. Que yo sepa, Noche y luz de luna estaba inédito en castellano (al menos en formato físico), y aunque no alcanza la plenitud de otros textos terminados en vida por su autor, hay en él lo bastante de Thoreau como para garantizar, al lector lunático y amigo de la noche, un rato de lectura placentera.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«¡Cuán insoportable serían los días si la noche, con sus rocíos y su oscuridad, no viniera a restaurar el mustio mundo! A medida que las sombras comienzan a reunirse a nuestro alrededor, nuestros instintos primigenios despiertan, y nos deslizamos fuera de nuestras guaridas, como los habitantes de la selva, en busca de esos pensamientos callados y taciturnos que son la presa natural del intelecto.» (traducción de Jordi Quingles)
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La esfera negra, de Gustav Meyrink

Autor de grandes y reconocidas novelas como El Golem o La noche de Walpurga, Gustav Meyrink (1868-1932) fue también un asiduo cultivador del relato breve, donde —con acierto desigual— dio muestras de una notable originalidad y fuerza expresiva. Son varias las colecciones de relatos de Meyrink con las que contamos en castellano, pero esta que acaba de publicar Eneida, en su colección «Confabulaciones», tiene el interés particular de recuperar una antigua y valiosa traducción, la de Mauricio Amster (1907-1980). Nacido en la actual Ucrania (entonces perteneciente al Imperio austrohúngaro), en el seno de una familia de judíos sefarditas, Amster fue una figura intelectualmente inquieta y muy comprometida en lo político. En 1930 abandonó Alemania para instalarse en España, donde colaboraría con el bando republicano durante la Guerra civil. Terminada la contienda, Amster permaneció durante unos meses en Francia, radicándose finalmente en Santiago de Chile, ciudad donde desarrolló una importante labor cultural en revistas y editoriales. En 1947 Amster recopiló y tradujo para la editorial chilena Zig-Zag un interesante conjunto de relatos de Meyrink, extraídos de libros como El soldado ardiente (1903), Orquideas (1904) o El cuerno maravilloso del burgués alemán (1913). Una buena parte de los relatos seleccionados por Amster contenían una aguda burla del militarismo prusiano, asunto que había guiado la pluma de Meyrink en aquellos convulsos años anteriores al estallido de la Gran Guerra, y que en 1947 —según resalta el propio Amster en su prólogo a la edición— adquirían una especial actualidad tras el fracaso de los totalitarismos que habían destrozado Europa.

«La esfera negra», relato que da título al libro, es uno de los textos más imaginativos y satíricos de la recopilación. Dos hindúes, que recorren Europa exhibiendo una máquina capaz de representar el pensamiento, descubren una siniestra esfera negra en la mente de un militar: un verdadero agujero negro que devora la materia circundante y amenaza con destruir «todo el universo que Brahma creara». Similar falta de materia gris se manifiesta en «El seso esfumado» o «Ciertamente, sin duda», relatos que tienen también a la clase militar como protagonista. En el segundo de ellos, «Ciertamente, sin duda», la carencia es puesta en evidencia gracias a una placa fotográfica especialmente sensible. Al igual que en los relatos anteriores, en «Petróleo — Petróleo» tampoco descubriremos la intención satírica de Meyrink hasta las últimas páginas. La venganza de un científico resentido con la Humanidad desencadena una catástrofe ecológica de dimensiones mundiales, solo parangonable a la desproporcionada proliferación de oficiales europeos que serán movilizados para atajarla. Parecida burla de los valores militares hallamos en «El soldado tórrido» y en «Asnoglobina», donde unas delirantes investigaciones con asnos y orangutanes conducen al descubrimiento de una impagable vacuna del patriotismo. Pero no todos los relatos traducidos por Amster tienen a los militares en el centro de la diana. En «El miedo», uno de los cuentos más logrados y comprometidos del volumen, Meyrink compone una dura y tétrica reprobación de la pena de muerte. El condenado, sometido en su celda a un inhumano aislamiento en las horas previas a su ejecución, es devorado por el gusano del terror. Dentro ya de un registro puramente fantástico y terrorífico, aderezado con los habituales toques de exotismo oriental tan caros a Meyrink, hallamos «La preparación», uno de los textos más espeluznantes y macabros. Por enésima vez, la villanía viene protagonizada por un mad doctor oriental, un siniestro médico persa que ha transformado a su enemigo europeo en un macabro reloj de pared. En «La muerte morada» —otro relato de gran atractivo—, Meyrink vuelve la vista a sus queridos escenarios orientales para narrarnos las peripecias de una expedición inglesa a un remoto enclave del Tíbet. Su descubrimiento de una tribu que vive aislada del mundo tendrá consecuencias fatales para la Humanidad, al difundirse una palabra mágica que obra, al ser proferida, una inmediata destrucción. Un relato de corte apocalíptico no falto de cierto humorismo grotesco. Finalmente, comentaré un par de relatos más, protagonizados en este caso por animales: «La maldición del sapo — Maldición del sapo» y «Chitrakarna, el camello distinguido». Se trata de dos divertidas fábulas morales, a la manera de Esopo, donde vuelven a ponerse en solfa, aunque de manera más disimulada, algunos valores castrenses, como son la obediencia ciega (simbolizada por el inconsciente caminar del ciempiés) o la autoinmolación inútil (reflejada en el gratuito bushido del camello): una burla expresa del «Dulce et decorum est pro patria mori».

Además de traductor, Maurico Amster fue también un notable diseñador gráfico, tipógrafo e ilustrador de libros y revistas, como lo manifiesta la portada que dibujó para su edición de La esfera negra y otros cuentos extraños (1947), publicada por la editorial chilena Zig-Zag, de la que fue director artístico. La interpretación gráfica del relato que da título al libro —una especie de bala de cañón que ocupa el lugar de la cabeza bajo el casco prusiano— no puede ser más elocuente.

 

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«En un nicho de la pared pendía, de una barra de cobre, una cabeza humana de cabello rubio. La barra penetraba en mitad del cráneo. El cuello estaba envuelto debajo del mentón con una bufanda de seda, y debajo se veían las dos alas rojizas de los pulmones, con los bronquios y las vías respiratorias. En medio se movía rítmicamente el corazón, envuelto en alambres de oro que llevaban a un pequeño aparato eléctrico en el suelo. Las venas, tirantes, conducían la sangre desde dos frascos de cuello delgado.» (La preparación, traducción de Mauricio Amster)
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Ciervos en África (Fabulario apócrifo)

Acaba de ver la luz mi último trabajo literario, Ciervos en África (Fabulario apócrifo): un centenar y medio de textos breves —minificciones— donde se recrean, con gran libertad y no menos humor, algunos de los mitos y personajes de la Antigüedad clásica grecolatina. El libro ha sido publicado por Ediciones Trea, de Gijón, una de las más importantes y valoradas editoriales asturianas, con una destacada proyección nacional, y que obtuvo en el año 2014 el «Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural».

Desfilan por mi obra los grandes dioses olímpicos, algunas divinidades menores y una variada representación de personajes mitológicos diversos, trabados todos en una compleja red de castigos, amores y venganzas. No faltan en el libro los protagonistas de las grandes gestas heroicas de la literatura clásica, ni tampoco un puñado de personajes históricos relevantes, que he añadido al final del volumen extendiendo al máximo el significado de mito. La mistificadora labor de la fama, con el transcurrir del tiempo, los ha dotado de un estatus muy similar al de los personajes de ficción. Todo aquello que no olvidamos por completo termina casi siempre transformado en mito.

En Ciervos en África podemos distinguir dos categorías diferentes de textos. En la primera de ellas se ofrece una reflexión o interpretación sobre un determinado personaje o episodio; en la segunda, se crea una ficción en la que el mito ha sido alterado sustancialmente. Puede ser que se modifique su desenlace, se aporten detalles de la trama hasta ahora ignorados o se revele una intención oculta en sus protagonistas. En ocasiones he relacionado mitos y personajes supuestamente incompatibles, cuando su confrontación aportaba un nuevo significado o iluminaba relieves insospechados de su personalidad.

Muchas de las historias que integran el libro están narradas en tercera persona, pero en otras es el propio protagonista, o un testigo presencial, el que toma la palabra. Con el propósito de ofrecer al lector un abanico mayor de registros, he compuesto también algunas cartas, fragmentos dialogados entre dos o más personajes y supuestos textos antiguos extraídos de sus fuentes originales.

La escritura de Ciervos en África ha sido para mí una experiencia muy grata y estimulante. Desde hace muchos años soy un entregado lector de textos clásicos. La temprana e inexcusable necesidad de documentarme para mis trabajos de investigación sobre literatura del Siglo de Oro se transformó enseguida en una fervorosa y «desinteresada» inclinación por los mitos e historias de la cultura grecolatina. Esta afición, que me ha acompañado desde entonces, se ha materializado al fin —contra todo pronóstico— en una obra de creación.

*Ciervos en África (Fabulario apócrifo), Gijón, Ediciones Trea, 2018, 192 pp.

*Puedes leer algunas de las minificciones que integran el libro en la revista cultural El Cuaderno: Ciervos en África

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porque poner Virgilio ciervos en África no es falta del arte sino de geografía, cuando no los hubiese; porque, supuesto que no hubo ciervos en África, es verosímil que los pudo haber… (Herrera, Anotaciones a Garcilaso, 1580)

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Atenea y Aracne

Epimeteo cerrando la caja

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Las hipótesis del fracaso y otros cuentos, de O. Henry

El escritor estadounidense William Sidney Porter (1862-1910), más conocido como O. Henry, tuvo una existencia corta pero movida: ayudante de farmacia, ranchero en Texas, empleado de banca, delincuente, prófugo, presidiario… Salido de la cárcel, O. Henry buscó el anonimato instalándose en Nueva York, donde pudo dedicarse por fin a la literatura. Entre 1902 y 1910 escribió un elevado número de cuentos, que no lo hicieron rico aunque sí popular. La acuciante necesidad de escribir a destajo para ganarse el pan y la afición al alcohol pusieron un temprano punto final a su vida. De los varios centenares de cuentos que nos dejó, la editorial ovetense KRK nos ofrece ahora un conjunto de veinte, seleccionados, traducidos y prologados por Gema Vives. Una edición exquisita (es un verdadero placer tener el volumen entre las manos) que reúne una muestra representativa de los diferentes registros del autor, y donde no faltan ni los cuentos más conocidos ni otros —de interés— que permanecían todavía inéditos en castellano o estaban agotados.

No es preciso avanzar mucho en la lectura del libro para comprobar que la compleja y difícil experiencia vital de O. Henry aflora en cada una de sus páginas, aunque transmutada por una visión benévola de la realidad. El hecho de que permaneciera en prisión durante tres años quizás le ayudó a contemplar las debilidades humanas bajo un luz diferente, más tolerante. En muchos de sus personajes —incluidos los «menos recomendables»— late una bondad natural que los redime: unos secuestradores dispuestos a pagar, un gánster capturado por cumplir una promesa, un delincuente incapaz de robar a un niño… Como otros muchos escritores que vivieron a salto de mata, O. Henry no tuvo tiempo —quizás tampoco interés— para forjarse un estilo complejo, como —por ejemplo— el de su contemporáneo y homónimo Henry James, al que se permite aludir jocosamente en uno de sus cuentos. Tramas breves, sencillas y lineales, diálogos naturales como la vida misma, llenos de gracia y expresiones coloquiales, personajes urbanos modestos o marginados: polizontes a pie de calle, delincuentes y vagabundos, empleados de media paga, inmigrantes, artistas bohemios… Estas son las mimbres con que teje sus entrañables cuentos, donde no falta la chispa del ingenio en la voz del narrador. Todas las historias de O. Henry alcanzan su crisis en las últimas líneas, donde siempre nos aguarda una sorpresa, que en ocasiones invierte el sentido de la trama. Pero en lo que nunca hay sobresalto es en el destino final de sus personajes: invariablemente feliz, o cuando menos moral y justo. En la narrativa de O. Henry la Providencia nunca falla.

El cuento que da título al libro, «Las hipótesis del fracaso», es un texto inédito en castellano, según nos informa Gema Vives en su documentado estudio preliminar. El relato tiene como protagonista a un abogado especializado en divorcios, un tema genuinamente americano. La calculada ambigüedad de los diálogos nos mantiene engañados hasta el final. «La puerta verde» es un cuento de hadas protagonizado por un modesto vendedor de pianos con apellido extranjero, Rudolf Steiner, un joven muy amigo de las inesperadas aventuras que nos brinda la deriva urbana. La suerte, su buena voluntad y un equívoco propician el milagro. «El rescate de Gran Jefe Colorado» es uno de los cuentos más divertidos y logrados de la recopilación. Un asunto tan siniestro como el rapto de un niño da pie para desarrollar una aventura hilarante e ingeniosa, de un buenismo sin complejos. La pintura de ese enfant terrible de diez años que hace sudar tinta china a sus secuestradores es verdaderamente antológica. Muy popular en su país, «El rescate de Gran Jefe Colorado» es sin duda una pequeña obra maestra. «Sacrificio por amor» pone al descubierto la buena ley de una relación de pareja, una historia similar a la de «El regalo de los Magos», el cuento más popular de O. Henry, también recogido por Gema Vives en su edición. «Al cabo de veinte años» continúa con la tónica de conceder protagonismo a personajes modestos y típicos del medio urbano neoyorquino. Un delincuente cumplidor de su palabra y un policía escrupuloso certifican que los imperativos morales no escasean entre los desfavorecidos. Otro relato muy divertido y perfectamente construido es «El filtro amoroso de Ikey Schoenstein», un título irónico que encubre un sencillo triángulo amoroso donde la honestidad vuelve a tener el premio que se merece. En «El himno y el poli» O. Henry añade un vagabundo a su galería de personajes, un sin techo que sueña con una abrigada invernada en prisión. Pero no basta con ser malo, también hay que parecerlo. «Mientras el auto espera» es un delicioso relato escrito bajo la inspiración confesa de Las nuevas noches árabes de Stevenson. La habilidad de O. Henry para darle la vuelta a la trama en el último instante y dejarnos boquiabiertos alcanza aquí su cota más elevada: tres palabras bastan. Con «Jimmy Hayes y Muriel» y «La desaparición de Águila Negra» abandonamos temporalmente las calles de Nueva York para internarnos en la turbulenta frontera mejicana —un territorio que O. Henry conoció durante su etapa de ranchero—, con sus escaramuzas entre bandoleros y rangers. El extravagante protagonismo de una lagartija y el inverosímil caudillaje de un delincuente de medio pelo reducen la supuesta aventura a una exhibición de puro humor. Otro relato destacable es «Ni rastro del fantasma», una inesperada ghost story que le sirve a O. Henry para burlarse de una familia de nuevos ricos. Su discutible abolengo será puesto en tela de juicio por la inoportuna aparición del fantasma de un albañil. «La última hoja» es una fantasía sentimental, un tanto lacrimógena, en la que un acabado trampantojo da sentido a una vocación obrando una portentosa curación. En la vieja disputa entre la vida y el arte, O. Henry apuesta obviamente por la primera. Finalmente, me detendré en «Los caminos del destino», el relato más extenso de todos los recogidos por Gema Vives, donde O. Henry se aparta de su universo literario habitual para ofrecernos una aventura de tintes folletinescos con un desenlace dramático. Un joven poeta que ha sufrido un desengaño amoroso sale al mundo para conquistar la fama. Desarrollando este tópico tan manido, O. Henry logra una relato muy entretenido, rico en peripecias y situaciones rocambolescas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Digamos que ella y su marido no estaban precisamente a partir un piñón. Tienen incompatibilidad a punta pala. Las cosas que a ella le gustan, Billings no las querría ni regaladas con cupones. No son de la misma cuerda. Ella es una mujer educada en las ciencias y en las artes, y lee cosas en voz alta en reuniones culturales. Billings está fuera de esa onda. No aprecia el progreso, los obeliscos, la ética, las cosas así. El viejo Billings es duro de mollera para este tipo de cosas.» (Las hipótesis del fracaso, traducción de Gema Vives)
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Relatos, de Thomas Bernhard

El escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989) es una de las figuras más relevantes de la literatura en lengua alemana del siglo XX, así como una de sus voces más estremecedoras y originales. Autor de una obra extensa, en la que destacan títulos ya clásicos como El malogrado o El imitador de voces, Bernhard refleja en la mayoría de sus textos una imagen muy amarga del hombre actual: la inanidad de su destino, su incomunicación, su dificultad para permanecer cuerdo en una medio radicalmente hostil… Seres frustrados, enfermos, suicidas y locos pueblan muchas de sus novelas y relatos, siempre en contacto con la cara menos amable de la realidad. Alianza acaba de reeditar este interesantísimo conjunto de relatos, seleccionados y traducidos por Miguel Sáenz, gran conocedor de Bernhard y su más insigne traductor. Los textos, escritos originariamente entre 1967 y 1971, pertenecen a la etapa más fructífera e interesante de Bernhard, de la que ofrecen un muestrario representativo y muy coherente.

El primer relato, «La gorra» (Die Mütze, 1967), tiene como protagonista a un enfermo mental que vive solo en un viejo caserón. Como es habitual en la prosa de Bernhard, enseguida toparemos con uno de sus recursos constructivos preferidos, la repetición insistente, cuidadosamente planificada, de frases e ideas, un procedimiento que se ha equiparado con los principios compositivos de la música —un arte que Bernhard estudió y apreció siempre—, y que en el caso concreto de La gorra percibimos como la proyección del temperamento obsesivo del protagonista: una «enfermedad que, hasta hoy, nueve médicos no han sabido explicar». El hallazgo casual de una vieja gorra tirada en la calle exacerbará todas sus neuras y sentimientos de culpa, embarcándolo en una inútil y descabellada búsqueda del propietario, único remedio para librarse del pensamiento obsesivo que el objeto simboliza y, a la vez, encarna. Lo dramático del caso no impide que el relato se revista de una notable comicidad, que deriva en ironía cuando se alude a los médicos que han tratado al enfermo. «¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?» (Ist es eine Komödie? Ist es eine Tragödie?, 1967) refleja, por un lado, la ambivalente postura de Bernhard frente al teatro, género que ha denostado y cultivado con notable éxito; y por otro, su consideración de la existencia humana como una oscilación continua entre los dos extremos: lo trágico y lo cómico. Los comportamientos obsesivos y perturbados del relato anterior se prolongan en este, pero ahora asumidos por un travestido con el que el narrador entabla conversación, y al que acompaña en una delirante caminata nocturna donde la desgracia, el crimen y la culpa («el mundo entero no es más que una jurisprudencia. El mundo entero es un presidio») no tardarán en hacerse manifiestos. «Mindland en Stilfs» (Mindland in Stilfs, 1971) es otro estupendo relato, que recoje muchas de las pulsaciones narrativas de Bernhard, tanto en el estilo como en los personajes y situaciones. Stilfs es un pueblecito de alta montaña, idílico para los visitantes de fin de semana, pero un agujero infernal para los residentes: un puñado de frustrados, lunáticos y suicidas en su mayoría. El narrador, junto con su hermano Franz, su hermana inválida Olga y un ayudante desquiciado, Roth, intentan llevar adelante una ruinosa explotación agrícola; es decir, permanecen atrapados diabólicamente por una herencia paterna de la que no han sabido liberarse y que terminará aniquilándolos. A ellos se contrapone la figura del inglés Mindland, visitante ocasional y amigo de la familia, que representa la visión exterior, en apariencia documentada, libre e inteligente, pero en realidad miope, y tan inoperante como las demás. «Ungenach» (1968) es un texto mucho más extenso que los anteriores, compuesto de manera fragmentaria y enunciado por voces diversas. De alguna manera, un complemento del relato anterior, por cuanto que Robert Zoiss, el protagonista principal de Ungenach, es un heredero que intentará liberarse del colosal legado paterno que pende sobre su cabeza (bosques, haciendas, tierras, fábricas…) mediante una donación. Un texto estimulante —en ocasiones divertido, en otras atrozmente depresivo—, que se inicia con las delirantes disquisiciones filosófico-políticas del abogado Moro, un personaje bastante reaccionario y contrario a la «monstruosa donación» que pretende realizar su cliente, y que supondrá la pulverización del legado como tal. Siguen las listas y anotaciones de Robert acerca de las personas que se verán favorecidas por la entrega de las distintas propiedades: una variopinta suma de tipos donde no faltan ni presidiarios ni locos. Finalmente, los «Papeles de Karl» (el atormentado hermanastro desaparecido) configuran un heterogéneo conjunto de cartas y reflexiones que nos adentran en el tenebroso corazón del legado. «Watten» (1969), subtitulado Un legado, es otro texto de extensión similar al anterior: la escalofriante radiografía de un grupo de seres destruidos a los que solo parece mantener vivos una partida semanal de watten (un juego de cartas austríaco con cuatro participantes). Un texto obsesivo y recurrente hasta el extremo, colmado de reflexiones nihilistas y «anécdotas» truculentas (como la de los dos grajos), y que tiene como núcleo la macabra historia vivida y narrada por el Viajante.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Creemos haber vivido y, en realidad, hemos muerto lentamente. Creemos que todo ha sido una lección, y sin embargo no fue más que una extravagancia. Miramos y reflexionamos y tenemos que contemplar cómo todo lo que miramos y lo que reflexionamos se retira, cómo el mundo, que nos propusimos dominar o, por lo menos, cambiar, se nos retira, cómo el pasado y el futuro se nos retiran, cómo nos retiramos de nosotros, y cómo, con el tiempo, todo nos resulta imposible. Existimos todos en un ambiente de catástrofe.» (Ungenach, traducción de Miguel Sáenz)
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Ciervos en África (Fabulario apócrifo)

En los próximos meses aparecerá mi más reciente trabajo literario, Ciervos en África (Fabulario apócrifo): un conjunto de textos breves donde se recrean, con gran libertad y no menos humor, algunos de los mitos de la Antigüedad clásica grecolatina.

El libro será publicado por Ediciones Trea, de Gijón, una de las más importantes y valoradas editoriales asturianas, con una destacada proyección nacional, y que obtuvo en el año 2014 el «Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural» (concedido anualmente por el Ministerio de Educación y Cultura).

En estos días, la editorial ofrece un anticipo de mi libro, en su prestigiosa revista cultural El Cuaderno, que os animo a que leáis en el enlace que aquí os ofrezco: Ciervos en África

La entrada recoge un puñado de textos representativos de los diferentes registros de la obra: un aperitivo para que lo disfrutéis ahora y os anime luego a leer el libro completo.

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porque poner Virgilio ciervos en África, no es falta de arte, sino de geografía, cuando no los hubiese; porque supuesto que no hubo ciervos en África; es verisímil que los pudo haber… (Herrera, Anotaciones a Garcilaso, 1580)

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El caballo de Phyllis

El caballo de Troya

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Poemas de locura, amor y muerte, por Franciso Ruiz-Ruiz de León

No siempre la literatura nos llega a través del libro, las palabras en letras de molde. La lírica, sobre todo, tiene una larga y venerable historia de tradición oral: desde los rapsodas homéricos a los cantautores actuales… No está nada mal recordar que la poesía, en virtud de sus componentes rítmicos y fónicos, ha sido compuesta más para ser escuchada que leída. Cumple su vocación, alcanza su más alto grado de eficacia cuando las palabras se hacen sonido… Es verdad que todos podemos pronunciarla en voz alta, para nosotros mismos, y recrearnos en sus valores sensoriales. Pero ¡qué placer cuando alguien nos interpreta un poema con sentimiento y saber!; y sobre todo si es un verdadero artista, un rapsoda capaz de obrar el milagro de convertir las palabras en música, de hacerlas volar, de ocupar su espacio en el aire, en el tiempo… ¡Una música significante!

No es otra cosa la que nos brinda Luscinia Discos , que con estos Poemas de locura, amor y muerte abre su ya ecléctico catálogo a la literatura, a la poesía… Un ramillete de poemas que nos viene ahora en alas del viento,  «aprisionados»  —para nuestro disfrute— en un cd, e interpretados por el saber y la palabra de Francisco Ruiz-Ruiz de León, Premio Nacional de Declamación: un rapsoda dueño de una recitación vigorosa y elocuente, con un amplísimo registro de matices y una voz de timbre perfecto y atractivo.

El conjunto de poemas que se nos ofrece abarca un dilatado espacio de tiempo, que se extiende desde el Barroco hasta hoy mismo: de Calderón a Leopoldo María Panero, pasando por poetas tan diversos como Espronceda, Machado y José Hierro. Un lugar de privilegio en la selección lo ocupan los grandes líricos del 27, como Lorca, Cernuda, León Felipe o Aleixandre. Tampoco falta una pequeña representación de bardos americanos: Darío, Nervo, Pablo Neruda o Emilio Ballagas; o incluso una bella composición del propio intérprete, Ausencia. Una amplia muestra de lo mejor de la poesía en lengua castellana, a través de una gran variedad de metros y registros, donde poemas muy emotivos alternan con otros más discursivos, y los versos más populares dejan paso a otros, quizás, menos conocidos, pero cuyo descubrimiento será fuente segura de gozo para el oyente. Una sabia mezcla — e inteligente secuenciación— que permiten a Francisco Ruiz-Ruiz de León poner en juego una notable variedad de recursos expresivos; y al oyente, llegar hasta el final del disco con el convencimiento de haber disfrutado de un genuino contacto con la poesía. No está de más subrayar que esta exquisita edición de Luscinia, que viene acompañada por numerosas ilustraciones del intérprete, Francisco Ruiz-Ruiz de León, reproduce el texto de todos los poemas. Sí, también el libro, pero convertido en partitura.

No se puede terminar esta breve reseña sin aludir a la «otra música», la que en la edición de Luscinia acompaña a algunos de los poemas recitados por Francisco Ruiz-Ruiz de León. Autores clásicos (Schumann, Tárrega) junto con otros más actuales, como Carlos Izquierdo y José Ojeda (artistas del sello Luscinia Discos), aportan unas composiciones que se funden de manera armoniosa y eficiente con los poemas. No es nada fácil ni baladí conseguir esa simbiosis, lograr que las «dos músicas» —exigentes como reinas— colaboren sin hacerse sombra. Esto no son canciones. Aquí cada discurso —verso y melodía— reina de manera soberana, y la labor de encaje que ha permitido que coexistan felizmente es digna de admiración.

Para finalizar, un recuerdo, el de la primera vez que asistí a un recital de poesía. Fue en el salón de actos del colegio. Nos advirtieron que era algo muy especial, y que en «nuestra ignorancia» tuviéramos buen cuidadito de no reírnos. Cuando luego salió el intérprete al escenario y comenzó a recitar (recuerdo que uno de los poemas era El Piyayo), ¡qué gran impresión nos produjo! No se escuchó ni una sola risa. Poemas ya habíamos leído, e incluso recitado alguno en la clase, pero aquello era algo muy diferente. Algo nuevo que nos dejaba una profunda huella, y que luego intentaríamos imitar, medio en broma, medio en serio, cada vez que nos cayera algún verso entre las manos…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. / Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente./ Que tú me entendieras a mí sin palabras / como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.» (Respuesta, de José Hierro)
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Estío, de Edith Wharton

Alianza editorial acaba de sacar a la luz una nueva edición de una de las novelas más valoradas de la escritora estadounidense Edith Wharton (1862-1937), Estío (Summer, 1917), que ahora podremos leer en la traducción de José Luis López Muñoz. Al igual que en Ethan Frome (1911), la novelista nos ofrece una trágica pintura del mundo rural norteamericano, del limitado horizonte de expectativas que puede ofrecer la vida a quienes habitan en un villorio tan insignificante como North Dormer (Nueva Inglaterra): una simple hilera de casas que tiene como calle principal a la propia carretera que las atraviesa. Y las que más sufren en este medio tan mezquino y limitado —donde las desigualdades de clase resultan más evidentes— son las mujeres, siempre vigiladas y sometidas a un código moral discriminatorio que las sanciona cruelmente cuando abandonan la senda que les ha sido marcada.

Ese es el caso de Charity Royall, la protagonista de Estío, que une a su condición femenina la de ser una huérfana procedente de «la Montaña»: un asentamiento de renegados y fuera de la ley que malviven aislados y en condiciones infrahumanas en lo más inhóspito de la sierra. Estos antecedentes familiares, que Charity irá descubriendo paulatinamente a lo largo de la novela, hasta constituirse en parte esencial de su clímax final, le infunden un doloroso sentimiento de vergüenza y marginación, y parecen justificar, ante el lector, el complejo talante de la muchacha: obstinado e independiente. Charity, que acaba de cumplir dieciocho años, vive además una difícil situación familiar, al convivir con el hombre que la adoptó cuando era una niña y que ahora, tras enviudar, pretende casarse con ella. Su padrastro es un hombre de temperamento solitario y adusto, un abogado inteligente pero venido a menos, arrutinado por el pobre medio social en el que vive, aunque no carente por completo de nobleza y refinamiento. (La novelista, que no desea todavía enseñar todas sus cartas, no nos muestra, por el momento, mucho más del señor Royall). Su pupila, sin embargo, lo desprecia y detesta en grado superlativo, aunque quizás de una manera un tanto inmotivada e irracional… En fin, no es de extrañar que tantas desventajas hayan dotado a Charity de una personalidad muy compleja, llena de aristas, en ocasiones ambigua, que la novelista irá desenredando y desplegando poco a poco bajo nuestra mirada.

Símbolo de este ambiente cerrado y opresivo en el que viven los personajes de Estío es la biblioteca del pueblo, la Hatchard Memorial, una institución benéfica que apenas recibe visitantes y no ha incorporado a su catálogo un libro nuevo en los últimos veinte años. Charity es la encargada de mantener abierta, dos tardes por semana, este inútil templo del saber, donde los volúmenes, carcomidos por el polvo y la humedad, se pudren lentamente en sus deformados estantes. En este contexto tan poco prometedor aparece inesperadamente la radiante figura de Lucius Harney, un joven y simpático arquitecto perteneciente a una de las familias más distinguidas de la zona, que ha llegado al pueblo con la intención de dibujar y estudiar la arquitectura colonial. Charity queda al instante deslumbrada por su atractivo, su cultura y su elegancia, iniciándose entre los dos jóvenes un intenso y «poético» romance, al margen de todas las reglas establecidas, que parece dar al traste con las esperanzas —ya bastante maltrechas— de su taciturno padrastro. Pero no es oro todo lo que reluce, y Charity deberá aprender todavía una dura lección de realismo. Con el abismo abierto a sus pies, la salvación solo será posible tras un doloroso retorno a las raíces.

Leyendo esta novela de Edith Wharton es difícil resistirse a la tentación de compararla con otra novela temprana de su amigo Henry James, Guarda y tutela (Watch and Guard, 1871), donde se establecía también un triángulo amoroso entre un tutor, su pupila (la hija de un amigo fallecido) y un joven pretendiente. El enfoque del conflicto en Guarda y tutela es, desde luego, mucho menos dramático, y la novela está escrita desde la perspectiva masculina de un protagonista que tiene rasgos de Pigmalión (de un Pigmalión al que amenazaran con arrebatarle la estatua cuando ha logrado, al fin, insuflarle vida). Por lo demás, el clima de las dos novelas no puede ser más diferente. Lo que en James no deja de ser, con todos sus aciertos narrativos, una entretenida aventura romántica, en Wharton se manifiesta como una despiadada pintura de la vida de las mujeres en los medios rurales americanos, de su escasa libertad de acción y elección. Al parecer, Estío no fue muy bien recibida en su momento, quizás porque narraba sin grandes disimulos el despertar sexual de una adolescente, Charity, así como su injustificable entrega a un varón que, desde el principio, no parece tomársela demasiado en serio.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Le había dado todo lo que tenía, pero ¿qué era eso comparado con todos los otros regalos que la vida le reservaba? Entendía ya el caso de todas las chicas como ella a quienes les había sucedido algo semejante. Daban todo lo que tenían, pero su entrega absoluta no era suficiente: no se compraban más que unos pocos momentos…» (traducción de José Luis López Muñoz)
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