Gradus ad Parnassum (2025) es una sátira literaria compuesta bajo la especie de un manual para triunfar como escritor. Dividida en cuatro grandes apartados, correspondientes a las fases de una alegórica ascensión a la mítica montaña griega, da entrada en sus páginas a una amplia variedad de asuntos propios de la carrera literaria: redes sociales, blogs y reseñas, presentación de originales, concursos, ferias del libro… La ironía y la parodia, mezcladas con algunas gotas de erudición, son los principales condimentos que sazonan este viacrucis literario, tan divertido como imaginativo, que recorren los sufridos aspirantes a coronar la cima del éxito. Repartidas por el libro figuran varias colecciones de proverbios, que a modo de breves «lecturas recreativas» resumen las enseñanzas impartidas en los capítulos correspondientes. Cierran el volumen cinco anexos de índole complementaria: modelos de carta de presentación y entrevista, colecta de críticas desatinadas, relación de infortunios diversos y un sumario de biografías extraviadas. Aunque se sabe de cierto que el autor de Gradus ad Parnassum se ha propuesto no dejar títere con cabeza en la república de las letras, para el lector inocente significará, sobre todo, un entretenido viaje alrededor de las penas y glorias que dan vida al mundillo literario.
Gradus ad Parnasum, Madrid,⇒ Ápeiron Ediciones, 2025, 260 pp.
__
• Reseña de Francisco HERMOSO de MENDOZA, en ⇒ Devaneos:
«Como lector, bloguero literario, ex usuario de las redes sociales y escritor, conozco de primera mano todo aquello sobre lo que Manuel reflexiona y aborda con tanto humor, fino ingenio y mucha erudición».
• Reseña de Enrique GALLUD JARDIEL, en ⇒ Humoradas
«… el libro tiene por doquier referencias literarias que nos descubrirán nuevos tesoros si no las conocíamos y nos provocarán agradables recuerdos en el caso de que sí las conociéramos, profusión de anécdotas curiosas e ilustrativas que pueden servirnos de ejemplo (y aun de inspiración), multitud de datos curiosos sobre el mundo del libro, citas originales diríamos que «coleccionables» por su calidad y, sobre todo, detalles, muchos detalles, que, de cualquier cosa que se nos cuente, son siempre alimento para la imaginación».
• Reseña de Jorge MORCILLO, en ⇒ Las ruinas del cálamo
«… y vuelvo a confirmar que es un libro ameno e interesante, con dosis de originalidad (hasta la bibliografía, los proverbios y un glosario de autores son inventados) y, sobre todo, yo diría que hasta necesario. Porque, más allá del sarcasmo y del humor que tiene, toca temas de los que la mayoría de autores suelen pasar (supongo que para no meterse en berenjenales); y porque, más allá de su propio mensaje, siempre es agradable toparse con una prosa elegante y pulida, de alguien que sabe lo que está haciendo. Alguien con quien se puede estar de acuerdo o no, pero que tiene un criterio cimentado y una vocación y un respeto por la literatura que germina en silencio y en el esfuerzo de pulir sin prisa, y que es nutricia de la tradición lectora».
• Reseña de José Luis RODRÍGUEZ, en ⇒ Libros de Cíbola:
«Aparte de los capítulos «ensayísticos», Manuel Fernández Labrada adereza esta obra con una colección de aforismos, reflexiones y cinco anexos que incluyen, por ejemplo, unas divertidas biografías apócrifas de escritores inexistentes, fragmentos de reseñas y una desternillante entrevista ficticia a un escritor».
• Reseña de Rubén CASTILLO GALLEGO en ⇒ Librario Íntimo:
«Nada escapa a la atención de Manuel Fernández Labrada, que mezcla con singular eficacia el realismo con el humor (a veces agrio), la descripción con la sátira, el lamento con la ironía, la cultura con el pragmatismo. Y revela así un profundo conocimiento de la literatura y también una profunda y seria reflexión sobre el teatro mercantil de la literatura, con sus farsas, sus guiñoles y sus astracanadas».
nueva • Reseña de Lorenzo LUENGO, en la revista ⇒ Qué Leer
«Su libro se viste con los ropajes de un curioso manual de instrucciones para triunfar en el mundo de las letras, pero por debajo del estilo edificante, del tono armonioso que parece tomado de unas ilustradas cartas filosóficas, se dejan ver las pezuñas de una traviesa bestezuela. Labrada ha adoptado todos los registros a su alcance, y en particular aquellos a los que ha mostrado mayor fidelidad —el cuento de seis líneas y el aforismo, a los que ya ha dedicado un par de libros—, y se ha servido de ellos para asestar más de un duro golpe a un mundillo ensimismado que vive, también él, en una zona crepuscular».
__
EXTRACTOS
«… el mejor método para la selección de semillas literarias, abonado de borradores e injerto de fuentes y opiniones ajenas. También se ofrecen útiles consejos para el uso de las podadoras de estilo y disposición óptima de los tutores y espalderas que precisan los autores noveles. Completa el volumen un extenso apartado de apéndices, en el que se abordan temas tan cruciales como el encerado antifúngico de las obras inéditas, la confección de ligas para la captura de toda clase de editores, criticidas ecológicos y otros diversos repelentes y espantapájaros de las principales plagas que azotan a los literatos principiantes». (El escritor hidropónico)
♠
Y si te preguntas por qué algunos concursos importantes se valen de un jurado específico para hacer una primera criba de los manuscritos, te revelaré que alguien tiene que acometer el desagradable trabajo de descartar las obras talentosas de los autores modestos y desconocidos, a fin de no comprometer el criterio literario del jurado principal en su fallo final. Es decir, quitan de en medio a todos esos escritorzuelos inoportunos que, como quizás tú mismo, han tenido la arrogancia de escribir una obra maestra sin merecerlo. Tu obra ante el jurado cumplirá idéntica función a la de esos sujetos mal encarados que en las rondas de reconocimiento la policía presenta a los testigos de un delito: todos menos uno, el verdadero culpable, tienen sus propias coartadas, y solo están ahí para dar legitimidad al procedimiento.
♠
El autor principiante padece una especie de horror vacui cuando se enfrenta a la exposición de su currículo, que intenta inflar con todo tipo de saberes, títulos y ocupaciones. Sin embargo, como sucede en los concursos y oposiciones a funcionario del Estado, no todos los méritos son pertinentes ni puntúan parecido. De poco servirá al lector de tu libro saber que eres cinturón negro en kárate o un experto criador de canarios. El hecho de que Nerón tocara la lira solo nos interesa porque antes le pegó fuego a Roma. No confundas la breve nota biográfica de la solapa o contraportada con la monografía que merecerás cuando seas famoso. Por el momento, limítate a resumir tus logros literarios. Ya tendremos tiempo para enterarnos de que fuiste médico como Bulgákov o inspector de seguros como Kafka.
♠
No vayas a pensar, sin embargo, que desprecio la labor de los críticos serios y solventes. Muchas veces un autor, al leer una reseña especialmente profunda de su libro, ha descubierto detalles de la obra que ni tan siquiera había sospechado que existieran. De alguna manera, el texto literario es similar a una de esas enigmáticas pirámides egipcias donde cabe hallar multitud de referencias numéricas portadoras de significados ocultos: fuentes literarias inconscientes, intenciones disimuladas de los personajes, errores significativos del autor, simetrías en el desarrollo de la trama, aciertos involuntarios, paralelismos… Si tantas sorpresas aguardan al autor en su propio libro, ¡imagínate lo que puede descubrir un simple lector gracias a una crítica detallada! No me parece exagerado, pues, considerar al crítico literario una especie de coautor de la obra artística. Y quizás por ello sean un catalizador tan decisivo del éxito literario: el puente que salva la inconmensurable distancia que media entre lo mucho que saben los autores y lo poco que entienden los lectores. ¿Cómo podría triunfar un libro si no hubiera un crítico eminente empujándolo por detrás? Aquella vieja máxima que aconsejaba no poner nunca «la carreta delante de los bueyes» no tiene validez filológica, como tampoco el boca a boca tradicional, que solo valía en tiempos de Homero. Hoy en día se publican tantos libros que los críticos literarios son más necesarios que nunca: una abundante cosecha de trigo exige una numerosa cuadrilla de segadores (como una población excesiva de roedores, un elevado número de gatos).
♠
En la antología se cumple, además, la extraña circunstancia de que los textos buenos no hacen sombra a los malos, sino que los fortalecen y ayudan a sobrevivir. Tu aparición mancomunada con otros autores mejores que tú o más prestigiosos será como regalar a tu obra un pasaje en el Arca de Noé, permitiéndole salvarse ―al menos parcialmente― del diluvio del olvido universal. Es evidente que el célebre barco bíblico no se construyó para albergar animales de poca monta; pero, una vez botado al agua, pulgas y mosquitos también encontraron su lugar entre el pasaje y se salvaron junto con los leones (esta es la explicación de por qué en muchas antologías se recogen obras tan insignificantes como las tuyas). Lucha, pues, para hacerte un hueco entre la marinería, y no te preocupes porque de tu extensa producción solo escojan dos cortos poemas, dos breves aforismos o dos exiguos relatos. Lo importante no es el texto que te representa, sino el hecho de haber sido salvado de las aguas del Leteo. El Arca solo dio cobijo a dos ejemplares de cada especie, pero muchas sobreviven hoy en día.
♠
Pero también puede suceder, querido escritor de medio pelo, que ninguno de estos agradecimientos esté a tu alcance. Tus méritos no son canjeables en el mercado literario. Por mucho que lo desees, no podrás presumir, sin faltar al decoro, de que gozas de un magnífico sueldo o de que tienes una novia de singular belleza. Tampoco veo cómo puedes poner en el libro que posees un apartamento en la playa, dos coches todoterreno y una bañera de burbujas en la que escribes. Aunque son unos excelentes camaradas, ninguno de tus amigos tiene carrera, o si la tienen, no les gusta leer, y si leen, no les interesa la literatura. Ni tan siquiera la conversación casual que mantuviste con cierto colega de pluma famoso en un chiringuito de la playa tiene suficiente enjundia como para figurar en una página de agradecimientos. Tampoco te aprovechará decir que te inspiraste en tu suegra o en tu jefe de oficina para moldear determinados personajes de tu novela, por muy logrados que estén. Como mucho, podrás agradecer a tus padres que se sacrificaran para darte estudios (siempre que no te importe reconocer que fuiste pobre). Pero afirmar que tu cónyuge o tus hijos te han dado ánimos para escribir el libro sería faltar a la verdad. Probablemente seas uno de esos héroes anónimos, tan frecuentes hoy en día, que sacrifican su vida a la literatura sin merecer ni ayuda ni recompensa alguna. Todos tus agradecimientos comienzan y finalizan en tu sola persona. Es una lástima que tu temor al qué dirán te impida confesarlo en la dedicatoria.






Pingback: Gradus ad Parnassum (Manuel Fernández Labrada) | Devaneos: Diario de lecturas (2006-2025)