Las máscaras de Dios: Mitología creativa, de Joseph Campbell

Portada_Mascaras_de_dios_IVAhora que se habla tanto de multiculturalismo, de la necesidad de alcanzar una convivencia pacífica entre las distintas culturas y religiones, basada en el respeto y reconocimiento mutuos, debería merecer una atención renovada la obra ensayística de Joseph Campbell (1904-1987), un insigne mitólogo que a lo largo de muchos años ha dedicado una intensa labor investigadora a la compleja tarea de poner de manifiesto, de manera fundamentada y propia, la oculta trama que teje y cohesiona toda nuestra condición humana. La mitología —como nos enseña Campbell— tiene mucho que enseñarnos a este respecto. Ancestral configuradora de nuestro pensamiento, su urdimbre es el verdadero y único hilo de Ariadna que nos permite desplazarnos con certeza entre las distintas culturas, creencias y religiones, a fin de comprenderlas y compartir sus valores comunes. Reconociéndonos fraternalmente en lo que nos une y nos separa, quizás podamos liberarnos algún día del peligroso Minotauro de la intolerancia y el fanatismo.

Mitología creativa es la cuarta y última entrega de Las máscaras de Dios (The Masks of God, 1959-1968), unánimemente reconocida como la obra cumbre de la mitología comparada universal. Hablamos de un texto muy fundamentado en su componente teórica, con una notable impronta junguiana, que manifiesta también la huella de otros destacados mitólogos y antropólogos de la centuria, como James Frazer, Leo Frobenius o Heinrich Zimmer. Según la tesis defendida por Campbell en su monumental estudio, podemos considerar las distintas religiones como diferentes máscaras que ocultan unos mismos valores y creencias esenciales, unos arquetipos primordiales compartidos por todos los hombres y en continua actualización. Tras el estudio de las mitologías primitiva, oriental y occidental, la obra de Campbell se cierra con este último volumen, donde se aborda la persistencia y transmisión de los mitos en el mundo moderno, por obra de escritores y artistas, pensadores y científicos: una recreación vivificante del mito necesariamente apartada de la dogmática enunciación «sacerdotal», instauradora de lo que Campbell denomina (inspirándose en el célebre libro de T. S. Eliot) una «Tierra Baldía». Atalanta culmina, pues, su publicación de esta importantísima obra, largo tiempo agotada en nuestro idioma, traducida por Belén Urrutia a partir del texto actualizado por la Joseph Campbell Foundation en 2016. Con la edición de esta monumental tetralogía, Atalanta añade una pieza fundamental a su fondo mitográfico: una biblioteca de gran alcance, muy coherente y en imparable crecimiento.

En su afán por investigar la vivencia mítica en el mundo moderno, su «simbolización creativa» obrada por artistas individuales, Campbell concede una relevancia especial a la literatura medieval de inspiración cortés («amor noble»): primera manifestación de esa reformulación individual de lo mítico que caracteriza al mundo moderno. El estudio pormenorizado de textos como el Tristán e Isolda y el Parzival (tanto en las versiones de Gottfried von Strassburg y Wolfram von Eschenbach, como en las recreaciones wagnerianas), prototipos de una nueva experiencia erótica y espiritual individuales, reciben un trato privilegiado en el libro; como también lo merecen, aunque en menor medida, la poesía de trovadores y minnesänger, algunas leyendas irlandesas o la historia de Abelardo y Eloísa, entre otros. Sobre esta base medieval, verdadero cantus firmus del argumentario campbelliano, los autores más modernos trazan su propio contrapunto, ya sean escritores, pensadores o artistas. El Ulises de Joyce y La montaña mágica de Thomas Mann son los textos preferidos de Campbell, los dos pilares modernos que mejor sustentan su tesis: textos que además se adaptan a la perfección —como también Parzival— a su famosa teoría del monomito, conocido como «la aventura del héroe» (ap. El héroe de las mil caras, 1949). La extensa nómina de autores occidentales traídos a colación por el mitólogo estadounidense (Eliot, Goethe, Dante, Blake, Wordsworth…; Tomás de Aquino, Copérnico, Galileo…; Schopenhauer, Nietzsche, Freud…), junto con sus continuas referencias al mundo clásico, al cristianismo primitivo o a otras fuentes no occidentales (Genji Monogatari, Pañcatantra o Bhagavadgītā), dan la medida del ambicioso calado del libro. No está de más subrayar el interés que suscitan a Campbell algunas personalidades de nuestra propia cultura, como Cervantes, Picasso u Ortega y Gasset, que gozan de una presencia muy significativa en este complejísimo libro, imposible de reducir a un esquema sencillo; y en el que resultan especialmente fascinantes esos fulgurantes e impredecibles cambios de registro a que nos obliga su lectura, minada —por así decir— de pequeños «agujeros negros» que nos desplazan a puntos lejanos en la galaxia del pensamiento universal. Así, una escena con cascada narrada en La montaña mágica da paso, en un instante, a las proposiciones de Wittgenstein; un grabado alquímico del siglo XVIII (los tratados de alquimia también tienen cierto protagonismo en el libro) nos traslada al Finnegans Wake de Joyce; una reliquia arqueológica celta, al Guernica de Picasso y al Caballero de la Triste Figura… Intuición y saber conjugados en la indagación del invisible hilo que teje el tapiz universal de nuestro inconsciente mítico.

No obstante la abundancia y magnitud de los monumentos literarios y artísticos que sustentan el libro, es evidente que Campbell no pretende agotar el catálogo de obras merecedoras de ser estudiadas bajo la lupa de la mitología creativa. La tarea del maestro es, como señalaba Sócrates, enseñar al discípulo a pensar por sí mismo. A este respecto, deberíamos ver en la obra de Campbell una invitación a seguir «levantando máscaras» por nuestra propia cuenta, guiándonos por nuestros particulares contextos y preferencias. El campo es muy extenso, e interesaría saber si en todas las obras literarias, incluso en las más modestas, brilla al menos una chispa de esa labor vivificante del mito que confiere —según la tesis de Campbell— profundidad a la creación artística. Quizás no sería descabellado entonces presuponer que, conozcamos mejor o peor los mitos, estamos «condenados» a reescribirlos en la medida de nuestro propio talento.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«En efecto, a juzgar por la historia, el secreto común a todos los artistas creativos realmente grandes de Occidente ha sido el de dejarse despertar por los símbolos mitológicos infinitamente sugestivos de nuestra rica herencia europea de tradiciones entremezcladas, para, a su vez, revitalizarlos. Evitando, de una parte, el error popular de leer la mitología como una referencia a hechos históricos objetivos y, de la otra, la puerilidad de rechazar la guía de los siglos y, así, ahogarse como un adolescente en el vado de su propia profundidad, han atravesado el peligroso punto de Escila y Caribdis y llegado a esa puerta del sol cuyos conocedores han cantado en todas las épocas, cada uno en la lengua de su propio mundo.» (traducción de Belén Urrutia)
«¿Qué es entonces la Tierra Baldía? / Es la tierra donde el mito está modelado por la autoridad y no emerge de la vida; donde no hay ojo de poeta que pueda ver, aventura que pueda vivirse, donde todo está definido de una vez para siempre: ¡Utopía! Es la tierra donde el poeta languidece y florecen los espíritus sacerdotales, cuya misión sólo es repetir, aplicar y elucidar clichés.» (traducción de Belén Urrutia)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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