Relatos completos, de Heinrich von Kleist

La editorial Acantilado ha celebrado el pasado mes de noviembre el bicentenario de la muerte de Kleist (1777-1811) con la publicación de este libro, que recoge sus relatos completos, traducidos para la ocasión por Roberto Bravo de la Varga. Todos ellos han aparecido ya con anterioridad en distintas ediciones, pero nunca, hasta la fecha, reunidos en un solo volumen. A pesar de su corta vida y reducida producción literaria (que se extendió preferentemente al teatro), Kleist es una de las grandes figuras de la literatura alemana. Admirado por Kafka (como se podrá entender fácilmente tras la lectura de este libro), dotó a sus relatos, narrados con una densidad y precisión implacables, de un clima de violencia y sentimientos desatados sorprendente para su época.

«Michael Kohlhaas» es el relato más extenso de la colección, una verdadera «novelle». La reparación de una injustia, relativamente menor, origina una creciente espiral de violencia, que alcanzará niveles inauditos de muerte y desorden social. En «La marquesa de O» se analizan los dolorosos apuros de una mujer virtuosa a quien resulta imposible demostrar su inocencia. El relato parte de una situación inverosímil y que podríamos calificar de kafkiana: la protagonista se ha quedado embarazada sin saber cómo. No pudiendo defender su inocencia, ni siquiera ante su propia familia, se ve abocada a tomar la peregrina y escandalosa decisión de anunciarse en los periódicos reclamando la aparición del desconocido padre de su  hijo. Sin duda, uno de los mejores relatos de Kleist, que lleva adelante la trama en un crescendo de interés admirable. «El terremoto de Chile» está ambientado en la castástrofe de 1647. Josefa, una joven noble que se ha enamorado de su preceptor Jerónimo, es recluida por su padre en un convento, donde cometerá el sacrilegio de concebir y dar a luz un niño. En el preciso momento en que Jerónimo, encerrado en la cárcel, está a punto de suicidarse, y Josefa es llevada a la hoguera, se produce el terremoto. La destrucción y el caos les permitirá escapar y disfrutar durante algunas horas de una idílica y engañosa sensación de libertad y fraternidad con los supervivientes. Confiados en esta falsa apreciación, acuden a la misa de acción de gracias que se celebra en la catedral, donde el fanatismo religioso y la violencia del populacho provocarán un sangriento desenlace, tan horrible como solo la exaltada imaginación de Kleist puede complacerse en imaginar. En «El hijo adoptivo» subyace una visión profundamente pesimista de la caridad cristiana: la acogida de un huérfano enfermo de peste es recompensada con una larga serie de desgracias, vilezas y traiciones, que solo un acto final de violencia podrá de alguna manera sancionar. En «Los esponsales de Santo Domingo» se recrea el extremado clima de terror que acompañó a la rebelión de la población negra de Haití en 1803, ejemplificada en la siniestra figura del negro Congo Hoango, cabecilla de la rebelión cuya única satisfacción es el asesinato indiscriminado de blancos. Es precisamente en su casa, durante su ausencia, donde busca refugio el protagonista, Gustav, que no sospecha nada y se enamora de la joven y bella mestiza Toni, hasta ese momento un cebo para atraer a las víctimas de Congo. Aunque en un primer momento el amor parece triunfar, la llegada de Congo Hoango y de los familiares de Gustav precipita un desatroso y trágico final. «La mendiga de Locarno» es un breve y magistral cuento de fantasmas (ya alabado por Hoffmann), donde lo más terrorífico no es quizás la aparición, sino el desproporcionado castigo que recibe el irascible barón. Igualmente espeluznante nos parecerá la pena impuesta a los estudiantes iconoclastas en «Santa Cecilia o el poder de la música (una leyenda)«, magnífico relato donde la conversión y castigo de los pecadores se produce en un clima de horror que parece identificar el fervor católico con la locura y el enclaustramiento de por vida. Pero, si en la obra de Kleist los inocentes sufren pruebas tan duras, ¿cómo podremos tildar de desproporcionados los castigos que reciben los culpables? Finalmente, en «El duelo«, encontramos de nuevo a una mujer acusada injustamente, y que solo puede desmostrar su inocencia acudiendo a un juicio de Dios (la acción transcurre a finales del siglo XIV). El incierto resultado del duelo prolongará la agonía de la acusada y de su paladín hasta el final del relato.

La lectura de estos Relatos completos puede tener una óptima continuación en el volumen de Kleist que publicó Atalanta hace algunos años, y donde se recogía el interesantísimo y emocionante texto de Michel Tournier, «Kleist o la muerte de un poeta«, evocación de los últimos días del escritor y su suicidio compartido con Henriette Vogel, su amante. Completan este libro otros textos también relevantes, como «Sobre el teatro de marionetas», y «Anécdotas», una deliciosa colección de prosas breves que nos recordará (con todas las salvedades que cabe aplicar a dos autores tan diferentes ideológicamente) el Cofrecillo de joyas de Johann Peter Hebel.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Dibujando animales, de Alexander Calder

No deja de ser poco más que una simple curiosidad -aunque encantadora- la aparición de este simpático librito de Alexander Calder (1898-1976), Dibujando animales, publicado por primera vez en 1926, y ahora ofrecido a los lectores españoles por la editorial barcelonesa Elba en la traducción de Clara Pastor. Encaminado a ofrecer unos consejos básicos sobre el difícil arte de pintar animales del natural, el texto aparece dividido en diferentes capítulos, según el animal en cuestión (gatos, pájaros, caballos, vacas…), y viene acompañado de un centenar largo de dibujos del propio autor, que desde temprana edad mostró un especial interés por el reino animal. No obstante la pertinencia de algunos consejos de Calder («Cuando dibujamos un animal debemos tener la sensación de que está haciendo algo, por más simple que sea la acción»), Dibujando animales es un libro más para hojear que para leer, para disfrutar observando la sencillez y gracia de los dibujos, la maestría del artista para expresar, con tan solo unos pocos trazos, la individualidad de cada especie. Escrito muchos años antes del desarrollo de sus famosas esculturas móviles, los dibujos de Calder que nos ofrece este libro tienen el interés añadido de mostrarnos en embrión lo que serán sus posteriores esculturas en madera, bronce y alambre.

Vaca, escultura de Calder en madera, 1928

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Elogio del caminar, de David Le Breton

Elogio del caminar (Éloge de la marche, París, 2000), del antropólogo y profesor de la universidad de Estrasburgo David Le Breton, es un libro lleno de observaciones felices sobre el placer de caminar y su significado en el hipertecnológico y virtual mundo que nos rodea. Para ilustrar sus tesis, el autor se apoya en los textos de una amplia nómina de literatos caminantes (Thoreau, Stevenson, Rousseau, Bashō, Matthiessen…), aventureros de la marcha (Leigh Fermor, Laurie Lee…), y pensadores modernos (Barthes, Bachelard, Sansot…). La indudable riqueza informativa del texto no lastra, en cualquier caso, su lectura. Un libro que llenará de gozo al más sencillo amante del sendero, que verá concretadas en sus páginas -y expresadas con lucidez- muchas de sus intuiciones de caminante.

De los cuatro grandes apartados en que Le Breton ha dividido su libro, el primero de ellos, «El gusto de caminar«, es el más extenso y su piedra angular. En él se analizan, con detalle y gran penetración, la infinidad de sabrosos ingredientes que condimentan la caminata. La gozosa experiencia del cuerpo, el especial status temporal del excursionista, la comida (el placer de su obligada frugalidad), la disyuntiva entre caminar solo o acompañado, la inefable experiencia del silencio (que se disfruta, y a la vez se respeta como herramienta de conocimiento superior) o el encuentro con animales (salvajes o «civilizados»), son solo algunos de los muchos temas abordados en este estimulante capítulo. Los tres últimos apartados del libro tienen un carácter más complementario. En «Caminantes de horizontes» se repasan las gestas de algunos famosos viajeros y descubridores, como Cabeza de Vaca, Richard F. Burton o René Caillié. En el siguiente capítulo, «Caminar urbano«, se estudian los principales componentes del paseo ciudadano, una realidad posible en las grandes urbes (pero, ¿no es una contradición «in terminis»?). Finalmente, en «Espiritualidades del caminar» se reflexiona sobre el fenómeno de las peregrinaciones religiosas en la cultura europea, sin olvidar su significado trascendente en las filosofías orientales.

Se cierra este atractivo libro, publicado por Siruela (en su colección «La Biblioteca Azul») y traducido por Hugo Castignani, con una amplia bibliografía (actualizada en cuanto a traducciones y ediciones en castellano), que recoge incluso algunos autores españoles -también glosados en el texto- como Cela o Julio Llamazares. Pocos elogios y justificaciones necesita hoy en día el caminante para practicar su afición, pero la lectura de este libro (y los que se proponen a lo largo de sus páginas) le ayudará seguramente a amplificar su placer, a ratificarse como vagabundo comprometido, o como mínimo, a seguir «caminando» con la imaginación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Recurrir al bosque, a las rutas o a los senderos, no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. El caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo.» (David Le Breton)

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La vida privada, de Henry James

La publicación de esta conocida novelita de Henry James (1843-1916) por la editorial Eneida, en su colección Confabulaciones (traducida por Lur Sotuela), puede convertirse en una magnífica excusa para releerla una vez más. Un variopinto grupo de turistas de la alta sociedad británica, antiguos conocidos, coincide en un hotel del Oberland suizo durante los últimos días del mes de agosto. Un matrimonio de aristócratas, lord y lady Mellifont, dos escritores (uno de ellos el narrador), y una famosa actriz de teatro, que viene acompañada de su marido músico, entretienen sus ocios caminando por la montaña y entregándose a una refinada vida social. Aunque todos se tratan habitualmente durante la «season» londinense, el nuevo escenario -aislado y salvaje- parece propiciar que salgan a la luz los secretos más fantásticos de su personalidad. La atención del narrador -en el que poco cuesta descubrir al propio James- se centra especialmente en dos de los personajes: el brillante lord Mellifont, protagonista natural de cualquier cita social, y Clare Vawdrey, un escritor con gran talento pero de maneras un tanto anodinas. El narrador, contando con la complicidad de Blanche Adney, la atractiva mujer de teatro, escudriñará en el trasfondo de esas dos figuras tan contrapuestas, en la verdadera dimensión de su vida privada. ¿Qué es lo que sucede cuando lord Mellifont y Clare Vawdrey están absolutamente solos, sin la presencia de testigos? La respuesta será tan sorprendente como increíble: desapariciones y desdoblamientos. Partiendo de elementos propios del relato de fantasmas (que tan bien sabía manejar Henry James), el autor de La vida privada construye una apasionante fábula acerca de la soledad del genio y la futilidad de las ceremonias sociales.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El mundo era vulgar y estúpido, y el verdadero genio habría sido un necio al salir…»

«Me había compadecido de él en secreto por lo perfecto de su actuación, me había preguntado qué cara inexpresiva cubría esa máscara, qué le quedaba para las atemperadas horas en las que un hombre se queda solo consigo mismo…«

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El Titanic, de Joseph Conrad

El hundimiento del Titanic, en una noche del mes de abril de 1912, en las gélidas aguas del Atlántico norte, con su cohorte de anécdotas sentimentales y pavorosas, sigue constituyendo uno de los grandes mitos populares de nuestro tiempo. Aunque es verdad que algunos escritores se han ocupado del suceso, brindándole categoría artística (como Hans Magnus Enzensberger, que publicó en 1978 un bello poema, El hundimiento del Titanic), la información que circula corrientemente es la que proviene del cine y la cultura popular. Es por ello un privilegio poder leer estos textos, escritos por uno de los grandes maestros de la lengua inglesa y de la literatura universal, Joseph Conrad (1857-1924), que además —como conoce cualquiera de sus lectores— fue durante muchos años un verdadero «piloto de altura» (que diría nuestro Baroja, gran admirador suyo). Las experiencias náuticas de Conrad se plasmaron en una larga serie de relatos marinos, encuadrables en el género de aventuras, con un trasfondo humano y existencial de gran riqueza, y moldeados con una técnica narrativa de primera magnitud.

El librito que nos ocupa reúne dos textos periodísticos publicados en 1912, con tan solo unos meses de diferencia, en la English Review. En el primero de ellos, Algunas reflexiones sobre la pérdida del Titanic, Conrad vierte durísimas críticas sobre las dos comisiones investigadoras de la catástrofe (cuyos resultados serían sospechosamente favorables a los armadores): los senadores norteamericanos y la inoperante Cámara de Comercio inglesa. Conrad defiende a los marinos supervivientes (entre los que se pretendió buscar chivos expiatorios) y crítica la disparatada empresa comercial de botar un gigantesco hotel de lujo con cuatrocientos camareros y escasos botes salvavidas. Solo una «confianza ciega en los materiales y los artilugios» pudo, además, hacer olvidar que en los grandes navíos es precisamente su desmesura lo que les concede su mayor fragilidad en las colisiones, como ilustra Conrad con algunos ejemplos extraídos de su experiencia personal. El Titanic, nos viene a decir, era además, por sus características de hotel de lujo, un barco incontrolable; y así se puso de manifiesto en el día de su naufragio: las dos horas de margen que le concedieron sus tan cacareados mamparos de seguridad sólo sirvieron para prolongar la agonía de las víctimas. Como contraejemplo nos relata Conrad el naufragio del Douro, un barco de pasajeros que colisionó frente a las costas españolas y que solo tuvo diez minutos de margen para poner exitosamente a todo el pasaje en los botes salvavidas. Subraya el escritor la profesionalidad de los auténticos marinos —cuando se les deja hacer su trabajo— frente a la irresponsabilidad y la chapuza que dimanan de los interes comerciales espurios.

El segundo artículo recogido en el libro, Ciertos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic, se ocupa de algunos detalles técnicos del desastre. Critica Conrad en primer lugar el diseño de los famosos compartimentos estancos, que no lo eran enteramente, y que además no preveían la fácil evacuación de los marineros atrapados en su interior. También recoge algunas opiniones de expertos cualificados, que incluso tras el desastre siguen mostrando una desconcertante miopía, arrogancia, o incluso cinismo. Descubrimos que si el barco no llevaba más botes de salvamento era por el simple motivo de que nunca sería posible manejar un número tan elevado. ¿No hubiera sido entonces más honesto no embarcar a tanta gente? Conrad sin duda niega la mayor cuando nos ofrece la siguiente reflexión: «Resulta inconcebible pensar que haya gente que no pueda pasar cinco días de su vida sin una suite de hotel, cafés, bandas de música y refinados placeres similares. Sospecho que el público no es del todo culpable de ello. Se les empujó hacia todas estas cosas en el curso normal de la competencia comercial. Si mañana se eliminaran todos estos lujos, el público seguiría viajando. No pierdo la esperanza en la humanidad».

En apariencia hay un punto en el que el desarrollo deja de ser un verdadero progreso […] Hay un punto en el que el progreso, para ser un verdadero avance, ha de variar ligeramente de rumbo.

Estos interesantísimos textos, editados por Gadir en su colección Ítacas, han sido traducidos y prologados por Carlos García Simón, y vienen complementados con una oportuna serie de fotos y dibujos acerca del barco y su fatal singladura.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Historia del príncipe Biribinker, de Christoph Martin Wieland

La editorial madrileña Ediciones El Taller del Libro nos presenta la Historia del príncipe Biribinker, un amable cuento de hadas incluido originariamente en la novela El triunfo de la naturaleza sobre la ilusión, o Las aventuras de Don Silvio de Rosalva (1764), del escritor aleman Christoph Martin Wieland (1733-1813), un autor escasamente leído por estas latitudes. Wieland, que evolucionó desde cerradas posiciones pietistas hasta una actitud más ilustrada y desinhibida, hace gala en este cuento de un erotismo elegante -más insinuado que explícito-, impregnado de una sutil ironía que parece burlarse de casi todo, comenzando por los propios cuentos de hadas.

Relato dentro de otro relato -recurso cervantino por excelencia que Wieland hace suyo al componer su Don Silvio de Rosalva (personaje inspirado en don Quijote)-, la Historia del príncipe Biribinker nos narra las peripecias fantásticas (básicamente galantes) de un joven príncipe que, amenazado por las insidias de una nodriza rechazada (como en La Bella Durmiente), decide poner tierra de por medio y esconderse. Hadas, ondinas y salamandras prosmiscuas -a las que el protagonista libera de los encantamientos del celoso mago Padmanaba- se interpondrán en su búsqueda de la amada y virtuosa Galactina, una bellísima cabrera que ha descubierto casualmente al inicio de sus andanzas y luego perdido de vista. A diferencia de otros cuentos, digamos más tradicionales, aquí parece que el protagonista no acumula otro mérito que el de ir cayendo en todas las tentaciones que le salen al paso… Un cuento para adultos lleno de metamorfosis, escenarios imposibles (como el palacio de fuego en el estómago de la ballena), reyes epicúreos, magos celosos, gigantes estúpidos, enanos rijosos, «gnomas» horrorosas y procaces, espíritus femeninos insaciables… y donde no falta ni siquiera un caballo de madera que recuerda a Clavileño.

Esta exquisita edición, numerada a mano y encuadernada en tela, es un verdadero gozo para los amantes del libro. Ha sido prologada y traducida por Pablo Sorozábal Serrano, y cuenta con ilustraciones de José Castellanos.

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Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre

La editorial Funambulista acaba de publicar la segunda edición de esta deliciosa novelita, Viaje alrededor de mi habitación (1794), del escritor saboyano y militar de profesión Xavier de Maistre (1763-1852). Transmutación literaria de una reclusión obligada de su autor, Viaje alrededor de mi habitación puede ser la lectura ideal para uno de esos días, de obligada o voluntaria cuarentena, en que deseamos poner una barrera entre el mundo y nosotros, disfrutando de una sosegada tarde de invierno al amor de la lumbre: «¿Existe, en efecto, un ser lo bastante desgraciado, lo bastante abandonado para no poseer un cuartucho donde poder retirarse y esconderse de todo el mundo?»

La génesis de este texto encantador no puede ser más anecdótica. En 1790 el joven Xavier de Maistre es arrestado en Turín por su participación en un duelo, viéndose en la obligación de permanecer recluido en su alojamiento durante cuarenta y dos días,  precisamente en los inicios del carnaval… Para entretenerse escribe esta caprichosa fabulación, donde los diferentes objetos que pueblan su habitación (muebles, retratos, pinturas…), junto con los dos únicos seres vivos que lo acompañan (su fiel criado Joannetti y la perrita Rosine), dan pie a una serie de ingeniosas meditaciones sobre los temas más diversos: el amor y las mujeres, la amistad, los seres marginados, la fidelidad de los animales, la música y la pintura, la literatura, las ilusiones de la juventud («los sotos tienen senderos que no vuelven a encontrarse en la edad madura»), el desencanto por los desastres de la revolución francesa… El tono cordial y espontáneo del discurso, no exento de un fino humorismo y de una cálida humanidad, nos recuerda al Sterne del Viaje Sentimental, lo que viene corroborado por los guiños y alusiones directas al autor del Tristram Shandy con que Maistre adereza su texto.

Esta bella edición, traducida por Puerto Anadón, viene ilustrada con numerosos grabados del famoso artista decimonónico Gustave Staal (1817-1882), y cuenta además con dos textos complementarios: una interesante Semblanza de Xavier de Maistre, escrita por Sainte-Beuve (1804-1869), y un Postfacio de J. M. Lacruz Bassols, que ha traducido también el ensayo del crítico francés.

Xavier de Maistre escribió muchos años después una continuación del presente viaje, Expedición nocturna alrededor de mi cuarto (1825), que puede leerse en un volumen de Austral (Relatos completos, según se señala como subtítulo), junto con otros textos narrativos que fueron bastante reconocidos en su época: El leproso de la ciudad de Aosta, Los prisioneros del Cáucaso y La joven siberiana. Pero ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas, y la Expedición nocturna quizás no alcance el nivel de excelencia del primer viaje (así lo juzga Sainte-Beuve, aunque sin haberla leído). Esto no implica, desde luego, que su lectura no nos aporte un disfrute considerable (si tenemos la suerte de encontrar el libro). Al menos sabremos que Joannetti se casó y que la perrita Rosine vive acogida en un convento.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Qué excelente mueble es una butaca, es sobre todo de lo más útil para cualquier hombre meditativo. En las largas veladas de invierno, es a veces agradable y siempre prudente tumbarse en ella perezosamente, lejos del estrépito de las reuniones multitudinarias. Un buen fuego, unos libros, unas plumas, ¡cuántos recursos contra el aburrimiento! Y aún más, ¡qué placer olvidarse de los libros y las plumas para ponerse a atizar el fuego, entregándose a alguna dulce meditación o componiendo algunas rimas a los amigos! Las horas discurren ante vosotros y caen silenciosas en la eternidad, sin que sintáis su triste pasar» (traducción de Puerto Anadón).
«Ya hacía tiempo que deseaba volver a ver el país que había recorrido antaño tan deliciosamente y cuya descripción no me parecía completa. Algunos amigos, que la habían leído con agrado, solicitaban de mí que la continuase, y me habría decidido a ello más pronto, sin duda, si no hubiera estado separado de mis compañeros de viaje. Reanudé con pena la carrera. ¡Ay! Volvía solo; iba a viajar sin mi querido Joannetti y sin la amable Rosina»
(Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, 1825: traducción de Nicolás Salmerón y García).

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La muerte de Venecia, de Maurice Barrès

Como su título ya nos hace adivinar, La muerte de Venecia (1910), del escritor francés Maurice Barrès (1862-1923), se ocupa de la ciudad de los canales en su dimensión más decadente y terminal. El autor nos confiesa que el brillante pasado histórico de la ciudad, la pompa de sus grandes festejos cívicos, su antigua pujanza comercial, le dejan indeferente. Aquella no es su cultura y no se identifica con ella. Lo que le atrae es otra cosa: su descomposición. Para Barrès Venecia es igual a las rosas y magnolias, que «nunca ofrecen olor más embriagador, ni coloración más fuerte que en el instante en que la muerte les proyecta sus secretos cohetes y nos propone sus vértigos.»

En el primer capítulo del libro, «Hasta mediodía en estos barrios pobres…«, acompañamos al autor en su peregrinaje por las zonas más olvidadas de la antigua Venecia. Barrès se apresura a abandonar el Gran Canal para sumergirse en los estrechos y laberínticos canales, verdadera maraña en la que se agazapan decrépitos palacios y desvencijadas iglesias, y en los que la mórbida sensibilidad del escritor hace desfilar las sombras de Tintoretto, Carpaccio, Tiepolo y otros artistas. Quizás las rápidas y complejas indicaciones del escritor puedan confundir al que no conozca Venecia y desee orientarse con precisión. Esfuerzo innecesario. Debe recordar el lector que el propósito de Barrès no pasa por escribir una guía turística: «no es pintar aquí directamente piedras, agua, nubes, sino hacer inteligibles las disposiciones indefinibles en que nos mete el paludismo de esta ruina romántica.»

En «Una velada dentro del silencio y el viento de la muerte» el periplo del escritor se amplía a las islas de la laguna. En su visita a San Michele, la isla de la muerte, Barrès recuerda a Chateaubriand y a Böcklin (¿se inspiró en el cementerio veneciano para su famosa creación pictórica?). Ni siquiera la concurrida isla de Murano, con sus vidrierías y bellos jardines, se libra de la visión pesimista del autor: sus «cinco siglos de arte están demasiado dañados dentro de su descomposición» para que sea posible instalarse en ella. Esta podredumbre se acentúa aún más en la isla de Mazzorbo, donde Barrès se complace en evocar los antiguos conventos de benedictinas, «gordas como codornices» en vida, y que ahora retornan macabramente en las granadas e higos que crecen sobre sus tumbas. Parecidas consideraciones despiertan en la imaginación del escritor las islas de Burano y Torcello, alcanzándose la plena «licuefacción» en los islotes desaparecidos bajo las aguas, o en el de San Francesco del Deserto, donde la desolación casi alcanza lo sublime.

En el capítulo siguiente, «Las sombras que flotan sobre los ocasos del Adriático«, se abre una interesante galería de personajes famosos relacionados de alguna manera con Venecia: Goethe, Chateaubriand, Byron, Musset y George Sand, Théophile Gautier, Taine, Wagner… Las páginas de mayor atractivo me parecen las dedicadas al pintor suizo Léopold Robert, artista desequilibrado al que sus frustrados amores por una aristócrata (la princesa Charlotte Bonaparte) y el letal influjo de la laguna arrastran al suicidio. De los canales, islas y palacios arruinados, Barrès pasa en este capítulo a las sombras de ilustres visitantes extranjeros, verdaderos fantasmas que en algún caso apenas hollaron la ciudad. Los auténticos venecianos, en cambio, brillan por su ausencia, lo que constituye, a mi manera de ver, la principal carencia del libro. Barrès no ha querido (o no ha sabido) extender su mirada a los pobladores naturales de la ciudad, a los que considera quizás poco decadentes para sus intereses: «una población bonachona, ingenua, ignorante del mal: verdaderas palomas». Es decir, desentonan del conjunto. Para el autor francés la población que realmente cuenta es la formada por «cosmopolitas, millonarios o artistas, más o menos establecidos en los viejos palacios históricos y sobre los que pasan incesantes caravanas de turistas». Una simplificación inaceptable que no le quita, desde luego, valor literario al texto, pero que sí lo reduce a una aproximación muy subjetiva y bastante libresca a la ciudad de los canales.

La muerte de Venecia ha sido traducido para la colección «Terra Incognita» (serie menor), de Olañeta, por Juan José Delgado Gelabert.

Retrato de una joven, de Louis Léopold Robert (1794-1835)

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Visiones de la noche, de Ambrose Bierce

El norteamericano Ambrose Bierce (1842-1913) fue un escritor y periodista de fuerte temperamento (por decirlo suavemente), vida azarosa y aventurera, y que, según una noticia que parece leyenda, desapareció misteriosamente, a los setenta años de edad, tras pasar a Méjico para unirse a las tropas de Pancho Villa… Su juvenil participación en la Guerra de Secesión norteamericana se plasmó literariamente en una serie de relatos bélicos (integrados en la colección Tales of Soldiers and Civilians, 1891), donde no se escatima ningún detalle cruel o macabro a la hora de reflejar las atrocidades del campo de batalla. Algunas escenas, como las del ejército en retirada de «Chickamauga», no se borran fácilmente de la memoria. Fuera cual fuese la intención de su autor (que es difícil imaginar como un pacifista al uso), no es posible leer hoy en día estos «cuentos de soldados» sin considerarlos una durísima protesta antibélica.

Visiones de la noche, la antología que acaba de publicar la editorial Eneida en su colección «Confabulaciones» (traducida por María de Mulder Rougvie), reúne hasta dieciséis de sus más conocidos relatos de terror y fantasía (en este caso solo «de civiles», no de soldados). Como es habitual en Bierce, la mayor parte de estos cuentos parece encaminada a provocar el más intenso espanto en sus lectores, que se verán enfrentados con una espeluznante galería de crímenes («Una noche de verano«), aventuras macabras («El guardián del muerto«), encuentros fatales con animales salvajes («La ventana tapiada«, «Los ojos de la pantera«), o apariciones espectrales («La jarra de sirope«). Llama la atención en algunos relatos («La carretera de la luz de la luna«, «Un habitante de Carcosa«) que sean los propios espíritus los narradores, a través del testimonio de un médium: una perspectiva, desde el «más allá», sorprendente y poco habitual en la narrativa de fantasmas. Del escaso número de textos que se apartan del terror en estado puro, podemos señalar el que da título a la colección, «Visiones de la noche«, una elucubración sobre las posiblidades de utilizar los sueños como materia prima literaria. También en «Una tumba sin fondo» o «El viudo Turmore» los horrores del crimen se atenúan mucho por sus pinceladas de humor -negrísimo- y su lógica delirante. Pero al igual que Poe, Bierce pierde rápidamente interés cuando se embarca en el registro cómico, que no le cuadra en modo alguno. Finalmente, algunos relatos parecen poner el punto de mira en los seres más desfavorecidos de la sociedad («Un vagabundo infantil«, «El solicitante«), o incluso aproximarse a la ciencia ficción, como en «La partida de ajedrez» («Moxon’s Master»), historia de un autómata demasiado humano…

Uno de los mayores atractivos de los relatos de Bierce, a mi manera de ver, es su extremada sobriedad, su gran economía de medios a la hora de provocar el horror (quizás aprendida en su labor de periodista). Sirvan como ejemplo piezas tan magistrales como «Una noche de verano«, o  «El desconocido» («The Stranger», no incluido en la presente antología). El final rápido, abrupto, e intensamente significativo confiere a sus cuentos una eficacia narrativa extraordinaria: solo en las últimas líneas nos topamos con la clave del relato, que, a la vez que da sentido a la historia, incrementa aún más si cabe su carácter horripilante.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Cartas de España, de Prosper Mérimée

Prosper Mérimée (1803-1870) fue un enamorado de España, a la que visitó en numerosas ocasiones y  le sirvió de fuente de inspiración para una parte importante de su obra literaria: Carmen, Las ánimas del purgatorio, La perla de Toledo, El teatro de Clara Gazul… Estas Cartas de España  las conforman un conjunto de cuatro textos, fechados en Madrid y Valencia, en el año de 1830 (con anotaciones posteriores), que parecen esbozar en cuatro pinceladas la España más negra y profunda: «Las corridas de toros», «Una ejecución», «Los ladrones», y «Las brujas españolas». Pero nada más contrario al espíritu de este exquisito autor francés que el recrearse en los detalles sórdidos. No son ciertamente goyescas estas amables estampas literarias, llenas de colorido y aderezadas con la amenidad de sus mejores textos narrativos.

«Las corridas de toros» es una interesantísima y amena crónica de la fiesta, vista por por un extranjero culto al que no se le escapa la crueldad del espectáculo (mayor incluso que la de hoy en día, con sus cuatro o cinco caballos muertos por toro, o las banderillas ardientes), pero que se confiesa incapaz de cerrar los ojos una vez comenzada la faena. Una  parte no desdeñable del encanto de esta carta estriba en la manera de presentar a los lectores franceses algunos detalles de la fiesta. Así, las plazas de toros son circos; las manolas que se sientan en las gradas, grisettes; los alguaciles, crispines; y los toreros aparecen vestidos con un traje que es «poco más o menos el de Fígaro en El barbero de Sevilla«. Pero esto no debe hacernos suponer que la mirada de Mérimée sea superficial ni desatenta, ni deja desprovisto al texto de un interés documental indudable.

En «Una ejecución» el autor es testigo del ahorcamiento de un joven homicida valenciano. La procesión de franciscanos y laicos acompañantes, el confesor y su sermón final, el notario y los alguaciles, la escolta de soldados, la actuación del verdugo, la actitud del público… Toda esta parafernalia religiosa y civil que acompaña al ajusticiamiento cumple -según Mérimée- la caritativa función de aturdir al condenado en sus momentos finales. El autor, que asegura no creer en las ceremonias católicas, las estima en este caso particular, comparándolas con ventaja al «cortejo mezquino e innoble que acompaña en Francia las ejecuciones». Esta visión tan positiva del escritor -seguramente idealizada- se extiende también a los presidios españoles, donde, a diferencia de lo que ocurre en el país vecino, los reclusos no pierden por completo su humanidad. El pueblo nunca los rechaza, pues los vaivenes políticos han hecho entrar en prisión a muchos hombres honrados, y «aunque el número de esas víctimas políticas sea muy pequeño, basta para cambiar la opinión sobre todos los penados».

A diferencia de las anteriores, la carta titulada «Los ladrones» nos ofrece principalmente información de segunda mano. No sin cierta ironía asegura Mérimée haber recorrido Andalucía, de arriba a abajo y durante meses, sin lograr darse de bruces con ningún asaltante, no obstante los espantables relatos de postillones y venteros. Resulta cómico a este respecto su encuentro con los ocho honrados granjeros que vienen de la feria de Écija, armados hasta los dientes, y que confunde en un primer momento con una cuadrilla de maleantes. Tanto en Carmen, como en Colomba o Mateo Falcone (estas de ambientación corsa), Mérimée mostró a las claras su inclinación por el tipo de bandolero, al que no le duele reconocer todos los valores que el Romanticismo obsequió a los «outsiders». En el caso de los bandoleros andaluces, no podía ser menos, y a las muestras de valentía, caballerosidad con las mujeres y generosidad hacia los pobres, añade razones que justifican su necesidad de «echarse al monte». Una profesión que tiene su noviciado como contrabandista , y que aboca inevitablemente al bandolerismo con tan solo perder la montura o tener un sangriento encontronazo con los aduaneros. Finaliza la carta con una serie de curiosas anécdotas referidas al famoso bandolero José Heredia, «el Tempranillo», al que pinta como un verdadero héroe popular.

Finalmente, en «Las brujas españolas«, Mérimée se burla tanto de la extendida credulidad en las «sorcières», como de la fanática adoración popular a las vírgenes locales. La inconsecuencia de la superstición es puesta cómicamente de manifiesto en el personaje de Vicente, guía y acompañante del escritor en su viaje a Murviedro, que es capaz de creerse las mayores patrañas y, a la par, considerar imposible que las brujas monten en una escoba. El relato de las viejas hechiceras que navegan todas las noches de Peñíscola hasta América pone un divertido punto final a la carta.

Esta edición de las Cartas de España que presentamos (en la versión anotada de Manuel Serrat Crespo) acaba de aparecer en la recién estrenada «serie menor» de la colección Terra Incognita de Olañeta. El que desee leer una colección más completa, deberá acudir a la publicada en 2005 por la editorial Renacimiento, donde se recoge además una carta sobre el Museo del Prado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Ilustración de Luis Labarta para «Una ejecución», en una traducción decimonónica publicada por «La ilustración ibérica»

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