Vampirismo, de E.T.A. Hoffmann

Aunque lo hayamos leído muchas veces y lo tengamos incluso repetido en la casa, resultará difícil resistirse a la tentación de traernos de la librería este exquisito volumen, editado en un caprichoso formato, diseñado quizás para que se introduzca fatalmente en el bolsillo interior de nuestro abrigo. A los atractivos dibujos que ilustran el relato, se suma el valor de ofrecer la primera traducción íntegra al castellano del texto marco -la tertulia de San Serapión- en el que se inserta el cuento. Bajo los supuestos nombres de Cyprian, Lothar, Sylvester, Ottmar, Vinzenz y Theodor -los cofrades de la «hermandad de San Serapión»- se esconden las identidades de destacados escritores y amigos del autor (Chamisso, La Motte-Fouqué, Contessa, Hitzig, Koreff y el propio Hoffmann), lo que nos permite asistir a un interesante diálogo preliminar sobre lo horrible en la literatura (incluido el vampirismo), con  sugerentes valoraciones de autores como Michael Ranft (el autor de la célebre y macabra De masticatione mortuorum…), Byron, Kleist o Tieck.

A poco que sepamos de vampiros, descubriremos en seguida que la protagonista del relato, la bella Aurelie, es poco respetuosa con los cánones del género. Una vampira normalmente está muerta y se alimenta a costa de los vivos; pero aquí sucede precisamente al revés (lo que resulta, si cabe, más horroroso). Banquetes tan execrables como los que privan a la condesa Aurelie parecen más propios de brujas y demonios: así nos los describe Moratín en su Quema de brujas en Logroño, relato basado en crónicas y procesos reales de nuestro siglo XVII. «Vampirismo» es un relato de terror con al menos una escena pavorosa, y otros muchos horrores apenas insinuados, que el lector imaginativo podrá luego soñar y devanar a su capricho. El narrador -asegura Theodor, una vez escuchado el cuento- «se ha guardado de hablar de ciertas cosas y ha pasado a escondidas por otras, suscitando fugaces, pavorosas y terroríficas sensaciones que debemos agradecerle». Se afirma así la superioridad de la sugerencia sobre la evidencia, pues aquella pone en juego nuestros propios y ocultos terrores.

Siempre me ha llamado la atención el final de este relato: el hecho de que la locura del conde y su tremendo exabrupto no se produzcan en el mismo momento del descubrimiento, sino a la mañana siguiente. ¿Será porque los horrores nos resultan más insoportables a la luz del día? Es entonces cuando constatamos que las pesadillas se han convertido en realidad.

Esta nueva y completa edición de»Vampirismo» nos la ofrece la editorial Reino de Cordelia, en su colección «Paladares de Cordelia», traducida y anotada por Álvaro de Cuenca, prologada por Luis Alberto de Cuenca, e ilustrada por Toño Benavides.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

Hoffmann fumando en pipa, dibujo suyo en una carta del 24 de enero de 1814

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Marte en Aries, de Alexander Lernet-Holenia

Alexander Lernet-Holenia (1897-1976) es uno de los escritores austríacos más relevantes del siglo XX, último representante quizás de esa gran escuela de novelistas vieneses entre los que cabe citar a Stefan Zweig o Arthur Schnitzler. Menos conocido que ellos, y con un nivel de excelencia menor y un tanto desigual, ha encontrado su hueco en la colección Alexanderplatz de Minúscula, que hace unos años nos ofreció El joven Moncada (1954), traducido también por Adan Kovacsis. Marte en Aries (1941) es una de sus novelas mejor consideradas: un relato que comienza con un cuento de aparecidos, narrado en una tertulia de oficiales, y finaliza unos días después con la invasión de Polonia de 1939 (el libro fue escrito en 1941; pero, prohibida su publicación, no apareció hasta 1947). El 15 de agosto de 1939, el conde Wallmoden se presenta en su regimiento para participar en unos ejercicios militares obligatorios de tan solo unas semanas de duración. Durante los primeros días de su vida castrense tiene ocasión de conocer en Viena a una misteriosa mujer, la baronesa Pistohlkors, y a otros extraños y dudosos personajes que parecen guardar alguna ominosa relación con los sucesos que se avecinan. Toda esta primera parte de la novela, a medio camino entre la realidad y la fantasía, viene marcada por los caprichos del destino, las situaciones confusas, y el relato de sucesos y vivencias inexplicables. La creciente pasión del protagonista por la aventurera se ve interrumpido por la inesperada orden de avanzar hacia la frontera polaca… A partir de ese momento se incrementa, aún más si cabe, el velo de extrañeza que cubre toda la narración. Quizás porque el protagonista apenas habla de sus hombres, o bien porque no adivina cuál es el propósito del avance, el relato adquiere la consistencia y carácter de una pesadilla. Es como si la enormidad de los acontecimientos bélicos que se avecinan proyectara una sombra anticipada sobre la realidad y la distorsionara: el tren que Wallmoden ve dirigirse a Varsovia parece poblado de rostros fantasmales que viajan en una dimensión diferente a la suya. Ni siquiera los paisajes de la juventud son ahora reconocibles para el protagonista, y la naturaleza se comporta de manera extraña (como esa curiosa y un tanto grotesca emigración de los cangrejos). Una vez iniciados los combates, la novela adquiere un tono más realista, pero sin marginar por entero los componentes fantásticos, como la aparición del capitán von Sodoma o la sorprendente resolución final, que completan brillantemente el círculo de la historia.

No se puede decir que Alexander Lernet-Holenia sea un escritor desconocido en España. Aparte de El conde Luna (1955), Siruela mantiene en su catálogo El barón Bagge (1936), una exquisita joya del género fantástico, de lectura obligatoria. Espasa Calpe, por su parte, publicó hace unos años Las dos Sicilias (1942). Entre los títulos descatalogados en castellano que conozco, merece la pena recordar El hombre del sombrero (1937), en Plaza & Janés, y La cita, una interesante selección de relatos breves publicada por Caralt.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Cuentos de lo extraño, de Robert Aickman

Reconozco que este nuevo libro de Atalanta, Cuentos de lo extraño, de Robert Aickman (1914-1981), me ha gustado mucho más de lo esperado. Todos los relatos que integran el volumen están densa y admirablemente escritos, y no tienen nada de banales. Relatos de corte fantástico, incluso de terror, llenos de felices detalles, impredecibles: un curso narrativo pleno de meandros cuidadosamente construidos. En «El vinoso ponto» (epíteto homérico) se cuenta la experiencia de un hombre que desembarca en una misteriosa isla griega, aparentemente maldita, donde habitan tres extraordinarias mujeres. ¿Son divinidades paganas, reliquias de eras pretéritas? Eso parece, si atendemos a su prestancia olímpica, sus extraños patrones de conducta, y al hecho de que habitan la última isla literalmente viva del planeta. Mientras se gesta un inesperado final, el protagonista se instala perezosamente a su sombra y las toma como amantes. En «Los trenes» el telón de fondo lo aporta el ferrocarril, que ya desde «El Guardavías» de Dickens ha mostrado su capacidad para sugerir atmósferas inquietantes. Por otra parte, la casa construida sobre las vías del tren, ¿no evoca la ruidosa mansión metálica edificada sobre la cascada de «Vaila», de Shiel? Las piedras abandonadas en disposición geométrica por las excursionistas, de manera inconsciente, son un buen ejemplo de esos detalles que Aickman parece diseminar por sus relatos con una función meramente sugestiva (como el pequeño alacrán del cuento anterior, o algunas inesperadas preguntas u observaciones que afloran en los diálogos). Afortunadamente no todo tiene una explicación sencilla, desde luego; y quizás por ello se haya comparado a Aickman con Kafka (yo no me atrevería…). Tanto en «Che gelida manina» (Aickman fue un gran entendido de ópera: la referencia a la famosa escena de La Bohème alude a una relación establecida en la oscuridad) como en «La habitación interior«,  el argumento gira en torno a conocidos tópicos del género terrorífico, como la llamada telefónica de ultratumba («Puede telefonear desde aquí», de Blackwood) o la vieja casa de muñecas que cobra vida («La casa de muñecas», de M.R. James); pero están desarrollados de manera tan magistral y propia que se olvida pronto cualquier posible modelo. En todos los relatos el abanico de interpretaciones es siempre muy amplio. De «La habitación interior» parece posible, incluso, extraer una moraleja humorística: ¡los niños deben cuidar de sus juguetes! Aunque quizás sea más acertado entender el relato como una reflexión simbólica sobre un hecho no siempre evidente: los sucesos de la infancia proyectan su sombra en la vida adulta. «Nunca vayas a Venecia» es el cuento de mayor densidad literaria. La caricatura que se nos ofrece de los turistas venecianos es deliciosa. Solo después aparece lo fantástico, con la amante espectral, prefigurada en sueños. Aunque el protagonista despierta al lado de la inevitable calavera (como en la novela de Potocki), nada más original y sorprendente que la delirante fuga final: casi como un héroe, cumplido ya todo lo que merece la pena, el protagonista abandona la odiosa y falsa ciudad. La imagen de la góndola perdida en el Adriático tardará en borrarse de nuestra imaginación. En cuanto al último relato, «En las entrañas del bosque«… Bueno, mejor no digamos nada. Lo dejamos intacto al lector.

Todos los relatos han sido traducidos por Arturo Peral Santamaría, y vienen acompañados de un interesante prólogo de Andrés Ibánez, donde, aparte de ofrecerse amplia información sobre el escritor británico y su obra, se reflexiona sobre los discutibles límites entre literatura de género y literatura «con mayúsculas», dilema que puede aplicarse sin duda a Aickman.

Que yo sepa, solo están disponibles en castellano otros dos relatos de Aickman: Los cicerones (Historias de fantasmas de la literatura inglesa, vol. II, Edhasa, 1989) y Páginas del diario de una joven (Vampiros, Atalanta, 2010).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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La muerta enamorada, de Théophile Gautier

Es verdad que casi todos los aficionados al género fantástico habrán leído ya este ejemplar relato de Gautier, que ha sido publicado o recogido en antologías numerosas veces; pero si alguien aún no lo conoce, o desea releerlo en una nueva y exquisita edición, esta es su oportunidad. Luis Alberto de Cuenca ha recogido una meritoria y anónima traducción de mediados del siglo XX, la ha remozado, prologado y publicado en la serie Breviarios de la editorial madrileña Rey Lear. En La Morte amoureuse Gautier sigue las huellas de El Monje, de Lewis, y de Los elixires del diablo, de Hoffmann, novelas extensas en las que también el protagonista traiciona su vocación religiosa bajo la pulsión de una atracción sexual de inspiración diabólica. Pero lo que en Hoffmann deriva en un verdadero laberinto, casi ilegible en su parte final, da lugar en Gautier a una obra de equilibrio y claridad clásicos. Por lo demás, nada más alejado de las truculencias sanguinarias que esta bella vampira («la muerte parecía en ella una coquetería más»), Clarimonde, que despierta a la vida con un beso de amor (una «bella durmiente» gótica) y se contenta con unas gotas de sangre que su amado no duda en entregarle. Todo parece suceder, sin embargo, en el terreno de los sueños, de tal manera que el disipado amante veneciano de Clarimonde sueña por las noches que es un pobre cura de aldea que se mortifica durante el día para purgar sus pesadillas. Y viceversa. Un desdoblamiento imposible, desde luego, pero que perdonamos subyugados por el encanto y ligereza del relato. Aunque ese apocado sacerdote, que cifra el culmen de la libertad en poder llevar bigote y espada, no merece quizás una aventura semejante, no por ello dejamos de compadecerle al final. Al igual que en la Lamia de Keats, un impertinente sabelotodo (llámese Apolonio o Sérapion -un guiño al autor de Coppelius-) oficia de aguafiestas y pone punto final al goce prodigioso.

Al que tenga la suerte de poder hallarla, le recomiendo que se haga también con una antigua y deliciosa edición argentina, la de Torres Agüero (1976). Ilustrada con extravagantes grabados de Jost Amman (1539-1591), e impresa en tinta carmín, viene acompañada de una interesante nota postliminar del traductor, Carlos Gardini. Se trata de una corta colección de volúmenes (en su estilo, precursora de la borgiana Biblioteca de Babel), donde podemos hallar textos de Melville (El vendedor de pararrayos), Flaubert (La leyenda de San Julián el Hospitalario), Bierce (El desconocido y otros cuentos), Hawthorne (La hija de Rapaccini) y Conrad (El copartícipe secreto).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Relatos de tiempos críticos. Naturalismo germano: von Liliencron, Panizza, Conradi, Wedekind, Holz

Este pequeño volumen de Ellago Ediciones, que acabo de descubrir y de leer, fue publicado hace algunos años (2006), pero todavía está disponible y atesora un puñado de relatos de gran interés, escritos en las últimas décadas del siglo XIX. La etiqueta bajo la que aparecen agrupados –naturalismo germano– puede confundir al lector español. Según la traductora, Eva Fructuoso, estos relatos «sorprenden, en conjunto, por la violencia con la que están escritos, como si la aproximación a la realidad no fuese posible más que mediante una inmersión, un ‘lancémonos’ que le dejase a uno desnudo ante los hechos.» Algunos rasgos comunes a todos estos textos son la distorsión de la realidad, el humor ácido, la desmitificación, y en ocasiones una ruptura del discurso literario convencional. En El loco, de Detlev von Liliencron, asistimos a una escena bélica del conflicto franco-prusiano, cuya resolución pone en evidencia de manera simbólica (con el payaso bailarín) la locura de la guerra. El gabinete de figuras de cera, de Oskar Panizza, constituye el relato más extenso de la colección.  El narrador describe en primera persona su asistencia a un espectáculo de feria, a una exhibición de autómatas que representan diversas escenas de la Pasión de Cristo. El tono alucinado y grotescamente cómico, así como la irreverencia son rasgos característicos de Panizza, que en su atención a los autómatas y a su componente siniestro e inquietante sigue los pasos de Hoffmann. El brevísimo texto de Hermann Conradi, Una noche de primavera, parece ser solo una burla del «sehnsucht» romántico. El siguiente relato, Rabí Esra, de Frank Wedekind, logra su comicidad a través de los cínicos consejos que un padre da a su hijo a la hora de buscar la esposa ideal, que parecen subvertir los preceptos de la religión mosaica. Finalmente, en El primer día de escuela, de Arno Holz, reconocemos el texto formalmente más innovador de la colección, aliñado con un lenguaje vulgar cuidadosamente reproducido, onomatopeyas chirriantes y desaforadas, y un desarticulado monólogo interior que es casi stream of consciousness. El primer día de escuela del «pequeño Jonathan», víctima de la violencia escolar y de un ambiente brutal, feo y enloquecido: una diminuta y descarnada Odisea.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Historias de locos, de Miguel Sawa

Miguel Sawa (1866-1910) fue uno de esos hombres de letras en los que la necesidad de dedicarse a un periodismo de subsistencia (y una temprana muerte) frustra una carrera literaria quizás de mayor envergadura. Hermano de Alejandro Sawa, el famoso apóstol de la bohemia madrileña, fue colaborador o director de importantes medios periodísticos, como los diarios El País, La Voz de Galicia, o el semanario republicano Don Quijote. Quizás por ello solo pudo alumbrar un puñado de libros: Amor (1887), y Ave, femina (1904). Historias de locos (1910) es una colección de relatos breves -casi apuntes- de corte fantástico, publicados póstumamente en Barcelona por Domenech (esa colección de libritos encuadernados en tela, llamativamente altos y estrechos, que todavía es posible encontrar en las librerías de antiguo y de ocasión), y ahora recuperados por la editorial Renacimiento, en su Biblioteca de Rescate, editados y prologados, muy documentadamente, por Sergio Constán. Sin alcanzar especiales cotas de originalidad, todos los cuentos están muy bien resueltos, dentro de los límites que les impone su brevedad. Con algunas excepciones, las historias están puestas en boca de un loco que narra en primera persona la historia extravagante, en ocasiones truculenta, que le ha llevado a dar con sus huesos en el manicomio. La mujer o los celos suelen ser el elemento desencadenante. Es posible que el interés de Sawa por la figura de Cervantes -de la que se nos informa en el prólogo- haya tenido algo que ver con la idea de escribir estas Historias de locos, aunque es verdad que en ellas la locura tiene poco de lúcida, quizás porque casi todas culminan en asesinato o suicidio. La huella de importantes escritores foráneos del momento, como Baudelaire, Poe, Maupassant o Flaubert, entre otros posibles, es perceptible (con muy diferente calado) en muchos de estos relatos, donde veremos desfilar un verdadero carnaval de sirenas, mujeres de nieve, falsos «san antonios», judíos errantes, dobles, aparecidos, femmes fatales…

La lectura de este libro me ha recordado a otro gran olvidado (al menos en España) de la literatura suiza en lengua alemana, Oskar Panizza (1853-1921), contemporáneo de Sawa y psiquiatra de profesión, que tras una etapa de exilio en París terminó sus días recluido en diferentes manicomios. En muchas de sus obras dio entrada a la locura, firmando algunos cuentos de locos verdaderamente ejemplares, como Fritz Corsés. En España, que yo sepa, solo tenemos Diario de un perro (en Pepitas de Calabaza) y el agotado volumen de Valdemar Cuentos de un alienista. En francés es posible leer algunos títulos más…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Samalio Pardulus, de Otto Julius Bierbaum

Esta desconocida novelita del alemán Otto Julius Bierbaum (1865-1910) fue publicada en 1908 , dentro de una colección titulada Historias extraordinarias,  y con ilustraciones del genial Alfred Kubin. Samalio Pardulus es un artista solitario y contrahecho -física y moralmente-, pintor de diabólicas monstruosidades, que justifica sus caricaturas atroces del hombre y la naturaleza equiparándose con Dios, que según él obra en sus criaturas (supuestamente hechas a su semejanza) caricaturas aún mayores, a modo de divertimento divino. Es posible encuadrar la figura de Samalio en ese grupo de pintores románticos de ficción que, a la sombra del Salvator Rosa evocado por Hoffmann, muestran una decidida inclinación por el lado oscuro de la naturaleza y la moral, o cuando menos aires mefistofélicos y extravagantes. Según Samalio, que profesa unas opiniones religiosas ciertamente poco ortodoxas, Dios ha muerto, y las criaturas son los gusanos de su cadáver: un macabro panteísmo. Culmina Samalio sus infamias artísticas y teológicas incubando un amor incestuoso por su angelical y bella hermana Maria Bianca (la plasmación artística de esta malsana pasión es un lienzo que permanecerá oculto hasta el final,  y donde radica la clave artística y moral de la novela). Para vencer la pureza de la virgen, las potencias del infierno le prestan su ayuda (aquí es donde la novela se acerca más al modelo gótico), logrando transmutar al ángel en «ramera del diablo» (al menos, según el punto de vista del pintor Giacomo, el narrador). Al igual que con el famoso relato del Vurdalak, la maldad se extiende por la familia del pintor, y vemos en las últimas páginas al mismo padre del artista -que ha venido desde Roma para intentar salvarlo- convertido «al mal» por la simple contemplación del enigmático cuadro y las implicaciones morales y estéticas que se desprenden de él: bajo su mirada, la ramera se transmuta en Venus, y el pintor-centauro en un crucificado. Tan solo el maestro Giacomo, que ha enseñado a Samalio a pintar (¡) y es testigo escandalizado de todos sus errores, permanece libre del contagio, amparado quizás por su mediocridad.

La novela, felizmente «redescubierta» para los lectores españoles por la editorial valenciana El Nadir, se nos ofrece traducida por Lara González, y acompañada de unas atractivas ilustraciones de René Parra, que ha sabido armonizar muy bien su trabajo con el tono y los colores de la narración.

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El Ruletista, de Mircea Cărtărescu

El protagonista de este espeluznante y negro relato es un paria anónimo (conocido sólo como «el ruletista»), un hombre al que nunca ha sonreído la suerte. Esta mala fortuna, sin embargo, juega a su favor en el momento en que introduce una bala en el tambor de un revólver, lo aplica contra su sien y lo dispara ante un público de corrompidos apostadores (los «accionistas»), deseosos de ganar un miserable dinero manchado de sangre, o cuando menos de paladear una experiencia infernal. A diferencia de otros desgraciados, que sufren tan peligrosa y degradante prueba para ganar un dinero (vagabundos, borrachos, excarcelados…), el ruletista hace del atroz espectáculo una profesión lucrativa y «segura». No solo sale indemne de la segunda y sucesivas apuestas, sino que además, en un crescendo demencial, añadirá un número mayor de balas en cada nueva sesión. El ruletista no solo se enriquece, sino que se gana la devoción y el respeto de su público: los «accionistas» ya no lo abuchean como a los desgraciados que se salvan tras apretar el gatillo… El ruletista, que acaba propiamente con el juego al eliminar a cualquier posible rival (de hecho, la apuesta se convierte en espectáculo), seguirá jugando,  en un consumado ejercicio de autodestrucción, hasta colocarse en la inverosímil coyuntura de introducir las seis balas en el tambor… De esta manera el personaje, presuntamente real, acaba por transmutarse forzosamente en personaje literario;  junto con el autor-narrador, que ha estado muy presente en todo el relato y que busca, en la poco recomendable compañía del ruletista, esa salvación que solo otorga la obra artística.

Mircea Cărtărescu (1956) es uno de los más destacados escritores rumanos de la actualidad. El Ruletista es un breve relato extraído del volumen Nostalgia (1993), traducido y prologado para Impedimenta por Marian Ochoa de Eribe.

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Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

La editorial Impedimenta acaba de publicar, traducida por primera vez al castellano (en versión de Pilar Adón y con una introducción de Miguel Cane), la más famosa novela de la australiana Joan Lindsay, Picnic en Hanging Rock (1967), un título conocido sobre todo -al menos en nuestras latitudes- gracias a la película de Peter Weir (1975). La acción se desarrolla en el verano austral de 1900. Un grupo de ricas y refinadas adolescentes, internas en un exclusivo colegio femenino, pasan un día de campo junto a la famosa roca australiana. Tres alumnas y una profesora desaparecerán misteriosamente durante la jornada. La joven Irma Leopold será encontrada, inconsciente y amnésica, algunos días después; pero todos los intentos para hallar a las restantes féminas resultarán infructuosos. El suceso adquirirá paulatinamente una dimensión inexplicable e inquietante. Mientras el colegio cae en el descrédito y algunas alumnas y profesoras se apresuran a abandonarlo, se va tejiendo una trama de hechos encadenados, algunos felices, otros terribles o sorprendentes. Un texto que puede leerse sencillamente como un relato de intriga y aventuras, pero en el que también caben una panteísta evocación de la naturaleza, el enfrentamiento entre los valores de una sociedad reprimida y las fuerzas telúricas de un medio primitivo y salvaje, así como la exposición de relaciones humanas extraordinariamente complejas y ambiguas… Todos estos elementos son, ciertamente, los más originales, y los que resultan más potenciados en la magnífica película de Peter Weir, en la que juega un papel nada desdeñable la hipnótica música de Gheorghe Zumfor, interpretada con una flauta de pan. Una novela que merece la pena leer (la intriga se mantiene hasta el final), y que resultará de gran interés para todos los que aprecian la película del australiano, muy respetuosa con el texto literario.

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Camino nocturno, de Ludwig Hohl

Del escritor suizo Ludwig Hohl (1904-1980) ya tuvimos ocasión de leer no hace mucho Escalada, una inquietante novela de montañeros que es mucho más de lo que el título parece anunciar… La editorial Minúscula vuelve a ofrecernos ahora (también en traducción de Rosa Pilar Blanco) un segundo volumen de este interesante y poco conocido autor. Según leemos en la solapa de Camino nocturno, Hohl fue uno de esos artistas a los que la fama premia escasa y tardíamente, y no sin antes exigirles grandes sacrificios: durante más de dos décadas vivió modestamente en un sótano ginebrino (¿podemos imaginarnos algo más desangelado?), apenas conocida su obra por un puñado de allegados. Camino nocturno recoge ocho relatos de muy diversa factura (fechados la mayoría entre 1931 y 1937), que giran en torno al desarraigo, la incomunicación y la miseria humanas. El que da título a la colección, Camino nocturno, es el más extenso y de más difícil interpretación; quizás una dolorosa meditación sobre la responsabilidad ética frente a la miseria de nuestros semejantes: así, el extraño personaje nocturno que tanto inquieta al caminante viene a constituirse en un aterrador doble o doppelgänger. El erizo, por contra, es una fábula de perfiles netamente kafkianos; mientras que en La hoja o en El buscador, los vagabundeos alucinados del narrador y sus ridículas obsesiones (como conservar a ultranza una hoja caída de un árbol, o encontrar una moneda perdida en el suelo) alcanzan su premio en la adquisión de una suerte de sabiduría. Dejando aparte Paisajes, que es una evocación e interiorización del paisaje suizo (el autor vivía entonces en Holanda), los tres últimos relatos se desenvuelven en un contexto más realista y tienen como protagonista a la mujer (expuesta bajo una luz ciertamente misógina). En La borracha se analizan, a través de la exposición de dos casos concretos, los anómalos comportamientos inherentes a la borrachera específicamente femenina. Laurisa, la esplendorosa es una indagación de las destructivas relaciones de pareja, cargadas en la cuenta de las mujeres de cierto país (de cuyo nombre el autor prefiere no acordarse; ¿no será Holanda?, nos preguntamos con malsana curiosidad), que en su juventud pecan de promiscuas y en su temprana madurez se convierten en las féminas más feas del planeta. Finalmente, en Tres viejas de un pueblo de montaña, la atención del escritor se aparta de la contemplación de sus queridas montañas para recaer en tres paisajes humanos devastados por el tiempo: la imponente, la callada y la espantosa.

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