El Ruletista, de Mircea Cărtărescu

El protagonista de este espeluznante y negro relato es un paria anónimo (conocido sólo como «el ruletista»), un hombre al que nunca ha sonreído la suerte. Esta mala fortuna, sin embargo, juega a su favor en el momento en que introduce una bala en el tambor de un revólver, lo aplica contra su sien y lo dispara ante un público de corrompidos apostadores (los «accionistas»), deseosos de ganar un miserable dinero manchado de sangre, o cuando menos de paladear una experiencia infernal. A diferencia de otros desgraciados, que sufren tan peligrosa y degradante prueba para ganar un dinero (vagabundos, borrachos, excarcelados…), el ruletista hace del atroz espectáculo una profesión lucrativa y «segura». No solo sale indemne de la segunda y sucesivas apuestas, sino que además, en un crescendo demencial, añadirá un número mayor de balas en cada nueva sesión. El ruletista no solo se enriquece, sino que se gana la devoción y el respeto de su público: los «accionistas» ya no lo abuchean como a los desgraciados que se salvan tras apretar el gatillo… El ruletista, que acaba propiamente con el juego al eliminar a cualquier posible rival (de hecho, la apuesta se convierte en espectáculo), seguirá jugando,  en un consumado ejercicio de autodestrucción, hasta colocarse en la inverosímil coyuntura de introducir las seis balas en el tambor… De esta manera el personaje, presuntamente real, acaba por transmutarse forzosamente en personaje literario;  junto con el autor-narrador, que ha estado muy presente en todo el relato y que busca, en la poco recomendable compañía del ruletista, esa salvación que solo otorga la obra artística.

Mircea Cărtărescu (1956) es uno de los más destacados escritores rumanos de la actualidad. El Ruletista es un breve relato extraído del volumen Nostalgia (1993), traducido y prologado para Impedimenta por Marian Ochoa de Eribe.

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Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

La editorial Impedimenta acaba de publicar, traducida por primera vez al castellano (en versión de Pilar Adón y con una introducción de Miguel Cane), la más famosa novela de la australiana Joan Lindsay, Picnic en Hanging Rock (1967), un título conocido sobre todo -al menos en nuestras latitudes- gracias a la película de Peter Weir (1975). La acción se desarrolla en el verano austral de 1900. Un grupo de ricas y refinadas adolescentes, internas en un exclusivo colegio femenino, pasan un día de campo junto a la famosa roca australiana. Tres alumnas y una profesora desaparecerán misteriosamente durante la jornada. La joven Irma Leopold será encontrada, inconsciente y amnésica, algunos días después; pero todos los intentos para hallar a las restantes féminas resultarán infructuosos. El suceso adquirirá paulatinamente una dimensión inexplicable e inquietante. Mientras el colegio cae en el descrédito y algunas alumnas y profesoras se apresuran a abandonarlo, se va tejiendo una trama de hechos encadenados, algunos felices, otros terribles o sorprendentes. Un texto que puede leerse sencillamente como un relato de intriga y aventuras, pero en el que también caben una panteísta evocación de la naturaleza, el enfrentamiento entre los valores de una sociedad reprimida y las fuerzas telúricas de un medio primitivo y salvaje, así como la exposición de relaciones humanas extraordinariamente complejas y ambiguas… Todos estos elementos son, ciertamente, los más originales, y los que resultan más potenciados en la magnífica película de Peter Weir, en la que juega un papel nada desdeñable la hipnótica música de Gheorghe Zumfor, interpretada con una flauta de pan. Una novela que merece la pena leer (la intriga se mantiene hasta el final), y que resultará de gran interés para todos los que aprecian la película del australiano, muy respetuosa con el texto literario.

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Camino nocturno, de Ludwig Hohl

Del escritor suizo Ludwig Hohl (1904-1980) ya tuvimos ocasión de leer no hace mucho Escalada, una inquietante novela de montañeros que es mucho más de lo que el título parece anunciar… La editorial Minúscula vuelve a ofrecernos ahora (también en traducción de Rosa Pilar Blanco) un segundo volumen de este interesante y poco conocido autor. Según leemos en la solapa de Camino nocturno, Hohl fue uno de esos artistas a los que la fama premia escasa y tardíamente, y no sin antes exigirles grandes sacrificios: durante más de dos décadas vivió modestamente en un sótano ginebrino (¿podemos imaginarnos algo más desangelado?), apenas conocida su obra por un puñado de allegados. Camino nocturno recoge ocho relatos de muy diversa factura (fechados la mayoría entre 1931 y 1937), que giran en torno al desarraigo, la incomunicación y la miseria humanas. El que da título a la colección, Camino nocturno, es el más extenso y de más difícil interpretación; quizás una dolorosa meditación sobre la responsabilidad ética frente a la miseria de nuestros semejantes: así, el extraño personaje nocturno que tanto inquieta al caminante viene a constituirse en un aterrador doble o doppelgänger. El erizo, por contra, es una fábula de perfiles netamente kafkianos; mientras que en La hoja o en El buscador, los vagabundeos alucinados del narrador y sus ridículas obsesiones (como conservar a ultranza una hoja caída de un árbol, o encontrar una moneda perdida en el suelo) alcanzan su premio en la adquisión de una suerte de sabiduría. Dejando aparte Paisajes, que es una evocación e interiorización del paisaje suizo (el autor vivía entonces en Holanda), los tres últimos relatos se desenvuelven en un contexto más realista y tienen como protagonista a la mujer (expuesta bajo una luz ciertamente misógina). En La borracha se analizan, a través de la exposición de dos casos concretos, los anómalos comportamientos inherentes a la borrachera específicamente femenina. Laurisa, la esplendorosa es una indagación de las destructivas relaciones de pareja, cargadas en la cuenta de las mujeres de cierto país (de cuyo nombre el autor prefiere no acordarse; ¿no será Holanda?, nos preguntamos con malsana curiosidad), que en su juventud pecan de promiscuas y en su temprana madurez se convierten en las féminas más feas del planeta. Finalmente, en Tres viejas de un pueblo de montaña, la atención del escritor se aparta de la contemplación de sus queridas montañas para recaer en tres paisajes humanos devastados por el tiempo: la imponente, la callada y la espantosa.

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Adina, de Henry James

Adina (anagrama de Diana) es el nombre de la heroína de esta deliciosa novelita que la editorial Navona (en traducción de Pilar Lafuente y con prólogo de Jorge Ordaz) ha tenido el acierto de ofrecernos. Perteneciente a la primera etapa creativa del autor (1874), y encuadrable por tanto entre las que me atreveré a calificar «de fácil lectura», Adina constituye un relato encantador con muchos de los elementos característicos de su autor: ambientación italiana, confrontación entre las culturas americana y europea, diálogos magistrales, finura del análisis psicológico, final inesperado… Al igual que en La copa dorada, o en El último de los Valerios, tampoco falta la pieza arqueológica; en este caso un intaglio, un valioso topacio figurado que pudo pertenecer al mismísimo Tiberio, y que será el desencadenante del drama. El cínico y poco atractivo Sam Scrope se aprovechará de la ignorancia de Angelo Beati, un ingenuo y atractivo campesino (su nombre lo dice todo) que encuentra dormido en mitad de la campiña romana (como el Endimión de la fábula), para arrebatarle por unos pocos escudos, arrojados despectivamente al suelo, la valiosa pieza que acaba de hallar casualmente. La venganza de Angelo, una vez sospechado el superior valor de la gema, será inmiscuirse en la relación amorosa que acaba de fraguarse entre Sam Scrope y la bella Adina Waddington, fascinante representación del ideal femenino jamesiano. A estas alturas del relato el lector se habrá dado cuenta ya de la importancia simbólica de los nombres (repárese en el significado de la escena final sobre el puente de San Angelo); pero también de que Sam Scrope merece perder sus dos tesoros… Quizás la resolución de la novela pueda parecernos forzada, a no ser que pensemos que el destino de una persona puede estar cifrado en su propio nombre.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Ir de viaje, de William Hazlitt / Excursiones a pie, de Robert L. Stevenson

Estos dos breves textos, que publica Olañeta en su nueva colección Centellas (traducidos por Esteve Serra), comparten un mismo asunto: los placeres del caminante entendido y sibarita. Aunque publicados originariamente con más de cincuenta años de diferencia (1821 y 1876 respectivamente), guardan entre sí estrechas afinidades. De hecho, Stevenson ha leído el ensayo de Hazlitt, e incluso se hace eco de él en sus propias páginas. Un acierto, pues, la idea de publicarlos juntos, en este primoroso y diminuto volumen. Un precepto imprescindible para disfrutar de los paseos campestres, según Hazlitt, es emprenderlos en solitario, pues la conversación -incluso la más amena e interesante- sólo puede desvirtuarlos. Stevenson, que hace suya esta máxima, añade como segundo principio rector del caminante la búsqueda de «ciertos humores joviales», y no tanto la contemplación del paisaje. Pero tal estado de bienaventuranza -advierte Stevenson- sólo podremos alcanzarlo mediante marchas moderadas, alejadas de cualquier empeño gimnástico. También coinciden los dos autores al referir los deleites que acompañan el final de la jornada, la llegada a la posada. Lo ideal para Hazlitt es disfrutar del descanso amparado en el anonimato (como «el caballero del reservado»), apurando la dichosa ruptura con nuestra identidad y preocupaciones habituales. Viajamos, subraya Hazlitt, «para dejarnos atrás a nosotros mismos mucho más que para librarnos de los demás». En efecto, con el arribo a la posada llega el momento -según Stevenson- de olvidarnos del reloj y de los afanes diarios, y sólo disfrutar de la pipa fumada placenteramente al amor de la lumbre. Como era de esperar en dos caminantes tan ilustrados, los libros tendrán algo que decir: en la posada también se puede leer. Hazlitt enumera algunas lecturas que pusieron un memorable punto final a una dichosa jornada de vagabundeo, como Pablo y Virginia, o un capítulo de La Nueva Heloísa… Stevenson no se queda atrás con los libros y propone el de Hazlitt como inmejorable compañero de paseo. Yo me atrevo a sugerir este que nos ocupa, que podrá viajar modestamente en el más pequeño de nuestros bolsillos, esperando pacientemente el momento oportuno para procurarnos todos sus goces.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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La Marcha Nupcial, de Björnstjerne Björnson

El noruego Björnstjerne Björnson (1832-1910) pertenece a esa larga nómina de escritores que gozaron del premio Nobel en época remota (1903) y a los que el paso del tiempo ha dejado un tanto mustios y desdibujados (al menos fuera de su país). La editorial Eneida recupera ahora para nosotros, en su serie Confabulaciones, La Marcha Nupcial (traducida por Anders Heyerdall), una bella novela de amores montañeses donde una partitura de violín (una marcha nupcial, que también puede cantarse) adquiere un papel simbólico preponderante. Compuesta por el legendario Ole Hangen (al que se le atribuyen poderes mágicos), no sólo acompaña la boda de su hija Aslang con el rico propietario de Inigvold, sino también la de su nieta Astrid con el vagabundo Knut, propiciando en todas las ocasiones enlaces dichosos. Sólo en la siguiente generación se rompe el hechizo y la marcha no llega a sonar, quizás porque la boda de Endrid con Randi reponde más al interés que a la pasión. ¡La música no hace milagros! La descripción de esta aciaga boda, escenificada bajo los más negros presagios, nos trae ecos del mismísimo Hawthorne; como también la imagen de la tumba de Ole, donde crecen extrañas flores alpinas que los botánicos no pueden hallar en ningún otro lugar. Consumada esta unión sin amor, tanto la felicidad como la Marcha Nupcial quedan proscritos en Inigvold, y no se recuperarán hasta la siguiente generación. El puro y desinteresado amor que prende espontáneamente entre Mildred (la hija de Randi) y Hans (descendiente directo del patriarca Ole Hangen) supone el restableciento de las uniones felices, quizás porque la melodía de la felicidad sólo acompaña a la letra de los sentimientos intensos y arriesgados.

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El rey Cophetua, de Julien Gracq

Julien Gracq (1910-2007) es uno de esos autores silenciosos que pasan como de puntillas por la historia de la literatura, huyen del general aplauso, y no les falta siquiera un seudónimo tras el cual parapetarse (su nombre real era Louis Poirier). En el texto que ahora publica Nocturna asistimos a una morosa descripción de un espacio y un tiempo, fuertemente acotados, donde actúan sólo dos personajes: el protagonista y narrador, que acude a la residencia campestre de un amigo que no vendrá a la cita, y una misteriosa criada que lo atiende casi como podría hacerlo un espectro (la casa es un silencioso refugio en medio de la noche y la tormenta). En una de sus oscuras y laberínticas estancias el protagonista descubre un lienzo donde figura representada la leyenda del rey Cophetua, el monarca enemigo de las mujeres que cae rendido a los pies de una bella pordiosera. Mientras, a lo lejos, se escucha el ininterrumpido fragor del frente de batalla (la acción transcurre durante la Primera guerra mundial, en un pueblecito del Valois francés), una presencia extraordinariamente perturbadora. Ante esto, quizás sólo quede refugiarse en la leyenda. Porque esto es de lo que se trata, de una actualización de los valores simbólicos de la leyenda.  La enigmática criada, que en todo momento oculta su rostro, seducirá al visitante sin pronunciar siquiera una palabra, como la mendiga del cuento. Un idilio que termina en una repentina fuga, tal vez porque el mito sólo puede manifestarse en el nocturno y nebuloso mundo de los sueños.

La edición que comentamos, traducida por Julià de Jòdar, viene acompañada de un prólogo de Jesús Ferrero, dos oportunas ilustraciones de Leighton y de Goya, y un poemita de Tennyson, The Beggar Maid (La Mendiga). En suma, una edición exquisita y más que recomendable, y de manera especial para todos aquellos que disfrutaron con En el castillo de Argol (1938), quizás su mejor novela.

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El fondo Coxon, de Henry James

La editorial Ático de los libros nos presenta (en traducción de Alicia Morales Tello) una novelita más de Henry James, en la estela de otras editoriales independientes que han encontrado, durante estos últimos años, un atractivo filón en las obras menores del genial escritor norteamericano. Bienvenidas sean; aunque es preciso reconocer que su interés resulta bastante desigual, y -salvo raros «descubrimientos»- nada comparable al de sus textos más reconocidos. El título de la novela alude a un fondo de trece mil libras esterlinas legadas por el difunto sir Gregory Coxon para premiar a un destacado pensador en apuros: «La flor que florece en la sombra por falta de independencia financiera y que la necesita para arrojar su luz cegadora sobre el resto de la raza humana». Un legado tan absurda y caprichosamente constituido no parece que pueda acabar sino en las manos de Frank Saltram, un supuesto genio (según sus ingenuos admiradores y mecenas) que destaca sobre todo por su desvergüenza. De una manera muy propia del autor, los hilos de la trama no se resuelven hasta la última página, donde se nos invita a contemplar, en unas pocas líneas, los perversos resultados que produce el dinero mal empleado. Se cumple así cuanto había vaticinado uno de los personajes al referirse al creador del fondo: «Es muy peligroso ser un ignorante, pero es mucho peor ser un ignorante ilustrado: los imbéciles son para la sociedad más perjudiciales que un alcantarillado defectuoso. Y lo más grave es cuando han fallecido, porque entonces no hay forma de detenerlos». Si no nos convence la moraleja, ni unos personajes tan inútilmente bienintencionados, siempre nos quedará el exquisito estilo de su autor,  y eso es ya más que suficiente.

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El jinete de bronce, de Alexandr Pushkin

No es tan extensa la obra de Pushkin (1799-1837) como para que no debamos celebrar la reedición en Hiperión de El jinete de bronce (1833), un poema oscuro y sublime que tiene como escenario principal la riada que asoló Petersburgo en 1824. Un texto enigmático que ha dado lugar a interpretaciones de muy diverso talante ideológico. Al grandioso prólogo que abre el poema, donde se describe la ciudad y su azarosa fundación, edificada con sobrehumano esfuerzo en un paraje natural salvaje e inhóspito, se suma la sobrecogedora narración de la catástrofe, de la que se constituye como espectadora privilegiada la imponente estatua ecuestre de su fundador, Pedro el Grande. Contrastando con estos elementos magníficos, el protagonista de la trama es un pobre funcionario de tercera, de nombre Eugenio, que ve esfumarse esa aciaga noche su mayor esperanza, la vida de su prometida Parasha. La locura que este hecho le produce sólo se disipará después, cuando en uno de sus vagabundeos de lunático sus pasos le conduzcan a los pies de la estatua, cuya sola visión le retrotraerá a la noche fatídica, despejando momentáneamente las nieblas de su enajenación. La mayor densidad y belleza del poema se alcanza en estos últimos versos. El loco vagabundo increpa a la descomunal estatua, que irritada le persigue en una alucinante carrera a la luz de la luna que nos evoca la campana de la balada de Goethe, o mejor aún, la estatua del comendador de la ópera mozartiana, con la que guarda notable parecido. Y es que fue Pushkin un convencido mozartiano, como lo demuestra su breve texto dramático Mozart y Salieri. Esta sinfonía oscura y terrorífica finaliza en una breve pero intensa coda: en un islote, junto a la humilde casa destrozada de su prometida, aparece el cadáver del loco, que allí mismo es enterrado. ¿Cuál es el significado de este enigmático drama? Quizás la vanidad de la obra humana, la insignificancia del individuo ante las iras de la naturaleza.

Esta edición bilingüe, que se ofrece traducida, prologada y anotada por Eduardo Alonso Luengo, viene acompañada de unos interesantes grabados de época soviética.

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Hermann Hesse, Stefan Zweig: Correspondencia

El epistolario cruzado entre Hermann Hesse (1877-1962) y Stefan Zweig (1881-1942), publicado por Acantilado en la traducción de José Aníbal Campos, nos ha de servir, al menos, para constatar dos hechos importantes: De un lado, el exquisito cuidado que los literatos de entonces concedían al género epistolar (en principio, efímero), que juzgaban una importante herramienta en el desarrollo de su carrera; de otro, la diversa manera en que dos personalidades literarias contemporáneas encararon y superaron las grandes crisis históricas de la primera mitad del siglo XX. Ya en las primeras cartas se nos ofrecen dos maneras contrastadas de vivir el oficio de escritor: de un lado Hesse, el autor de escasísimos medios que se dirige a su colega para solicitarle un libro suyo que no puede comprar; y de otro Zweig, el acomodado hijo de un industrial que nunca conocerá las estrecheces económicas. ¡Qué petulante resulta el segundo cuando alardea de sus fáciles viajes!: «Dios sabe dónde estaré a lo largo del año, tal vez con las golondrinas en el sur, tal vez de nuevo en Francia o en Alemania, pero seguramente no por mucho tiempo en Viena. Pero, en fin, ¿quién pretende convertirse en un astrólogo?» (IV, 05). Pronto se nos muestra también el diferente temperamento de los dos corresponsales: el extrovertido Zweig, maestro de las relaciones públicas, frente al huraño y solitario Hesse, que busca su refugio en la naturaleza y rechaza la ciudad. Resulta ilustrativo a este respecto el episodio en que Hesse expresa reiteradamente el deseo de que su retrato no aparezca en la monografía que su colega se propone dedicarle en un semanario alemán, exigencia que no dejará de producir un cierto enojo y perplejidad a Zweig. Pero ni estas ni otras muchas diferencias impedirán el desarrollo de una cordial y extensa relación epistolar (1903-1938), en la que se trasluce, sobre todo, una acertadísima comprensión literaria mutua. Zweig, que parecía el mejor situado en la dura carrera de la vida, será a la postre quien peor resistirá la presión histórica de su tiempo, quizás por su situación demasiado visible en el contexto internacional. El autor más leído en lengua alemana del momento puso fin a su vida en 1942, en Petrópolis (Brasil), donde había intentado sin éxito apartarse de un mundo en ruinas que terminó sepultándolo. Se completa esta edición con un esclarecedor epílogo de Volker Michels, que reflexiona agudamente sobre una llamativa discordancia que comparten ambos escritores: un extenso y fiel público lector, pero una escasa atención de la crítica especializada, que prefiere ocuparse con autores de más difícil exégesis.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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