Hay novelas que se ganan el respeto y la admiración del lector desde las primeras páginas, por su perfección, interés y ambición creativa. Son obras singulares, que en ocasiones escapan a las modas del momento y han madurado lentamente en la imaginación de su autor, que las ha construido y modelado a conciencia, hasta conseguir cifrar en ellas su ideal estético y moral. Este es el caso, sin duda, de la extraordinaria novela que hoy reseñamos, Jugadores de billar (2001), del escritor asturiano José Avello (1943-2015), un texto narrativo de admirable riqueza y complejidad, comprometido éticamente con nuestra historia reciente y ganador de importantes certámenes literarios, incluido el Premio Nacional de Narrativa, donde quedó finalista. Nacido en Cangas del Narcea (Oviedo), José Avello fue profesor de Teoría de la Comunicación y Sociología de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid, y autor de otra ambiciosa novela, La subversión de Beti García, también finalista en un importante concurso, el Premio Nadal de 1983. Dos grandes novelas separadas por un espacio de casi veinte años, circunstancia que dice mucho del elevado nivel de exigencia que se impuso el autor en la gestación de sus obras. Agotada hace muchos años la primera edición de Alfaguara (2001), Ediciones Trea rescata ahora esta importante novela, Jugadores de billar, brindándole una nueva oportunidad de llegar al lector: justo reconocimiento a un texto que no dudamos en calificar (no soy el primero en hacerlo) como una de las grandes novelas españolas del siglo XX, y comparable, por su rica y convincente recreación de la ciudad de Oviedo, a la magistral novela de Clarín.
El título de la novela, Jugadores de billar, alude a una partida jugada a diario en un café de Oviedo, el Mercurio, punto de encuentro de los principales personajes de la narración. Las medidas e irrevocables trayectorias que impulsan los jugadores sobre el tapete verde de la mesa de billar son el símbolo perfecto de sus propias vidas, sujetas a una mecánica existencial de la que no aciertan a escapar; pero también son para nosotros, como lectores, una imagen del texto literario, construido con una estudiada precisión, sin una sola pifia ni tiro innecesario, y donde los personajes cobran vida y profundidad conforme el desarrollo de la trama lo va aconsejando, sin servirse ni de clichés ni de estereotipos, con un relieve psicológico que se han ganado sobre el papel y revalidan en cada página. Se alcanza así una doble complejidad, un ajustado contrapunto entre personaje y trama: la urdimbre perfecta para sostener una novela de casi seiscientas páginas que gravita ligera en las manos del lector.
Jugadores de billar hunde sus raíces en un suceso acaecido en Oviedo durante los primeros meses de la Guerra Civil: un odioso y cobarde crimen perpetrado por los vástagos de dos importantes familias de la ciudad para hacerse con unas propiedades ajenas, las del indiano Carlos Omaña, desprotegido por su condición de forastero y la excepcionalidad del momento histórico. Transcurrido más de medio siglo, la eventual compra de una de las propiedades expoliadas, por parte de una empresa italiana de cerámica industrial que pretende instalarse en España, removerá el pacto de silencio que todavía encubre el crimen, sacudiendo de paso el marasmo existencial de unos seres que, sin ser propiamente culpables, parecen haber heredado una lepra moral de los asesinos. Es el caso de Álvaro Atienza, el personaje de mayor envergadura y más atormentado de la novela: un contrahecho y cínico profesor universitario, heredero de una decadente fábrica de loza emplazada en uno de los terrenos usurpados, y protagonista de un enfermizo amor por Verónica Galindo, una joven estudiante de la Escuela de Artes de Oviedo. O su amigo Floro Santerbás, otro de los concurrentes a las partidas del Mercurio: un escritor frustrado, sin oficio ni beneficio, que vive parasitariamente de los modestos réditos de un rancio negocio familiar regentado por su madre y una tía viuda, y cuya inmadurez viene atestiguada por su fosilizado amor a Adelina Valle, una bibliotecaria por la que arrastra, desde su adolescencia, una acomplejada fijación erótica. Las maniobras especulativas en torno a la compra de la fábrica, orquestadas por personajes tan sospechosos como Borja Molina o García Baltasar, y en la que también anda implicado Rodrigo de Almar, otro jugador de ejecutoria no menos decadente y culpable, sacarán a la luz, junto con el antiguo crimen, una tenebrosa historia de perversión y sadismo, propiciando a su vez un nuevo asesinato, el de Manolo Arbeyo, otro de los jugadores del Mercurio, poseedor casual de un documento altamente comprometedor con el que intenta un peligroso juego de chantaje y venganza. Su muerte, que podemos considerar una tardía réplica del crimen original, es también un punto catártico a partir del cual los personajes van a iniciar su proceso de «redención», que en el caso particular de Álvaro y Floro viene acompañado de la normalización de sus pulsiones amorosas hacia Verónica y Adelina: dos estremecedores ejemplos de la repugnante manipulación de la mujer en una sociedad machista y atemorizada; la primera, utilizada como moneda de cambio en las sórdidas negociaciones de la Oficina de Proyectos; la segunda, víctima de un ultraje sexual continuado, perpetrado durante su adolescencia por el tío Álvaro, verdadera bestia negra de la novela. Se rompe así la tradición de los amores clandestinos como símbolo de una sociedad clasista y cerrada, de la que han sido ejemplos negativos el imposible amor de Melquiades, padre de Álvaro, con la miliciana anarquista Milagrinos, o las relaciones ocultas de su hermana Teresa con el mecánico Tahar.
Creo que no rendiría una ajustada cuenta de esta novela si no insistiera, para finalizar, en la perfección con la que está escrita, en su prosa precisa y elegante, en la naturalidad de sus diálogos, en la inteligente planificación de los diversos órdenes temporales o en el amplísimo elenco de personajes y tramas secundarias que la conforman, imposibles de reducir a este breve esquema que presentamos, y donde no faltan tampoco ni el humor ni la ironía, que añaden a la historia, dentro de su dramatismo general, una mayor riqueza y humanidad. Una compleja novela que nos guarda, además, una sorpresa final: la revelación del «cuarto jugador», enigmática voz en off que nos ha acompañado desde el inicio y que ahora se vestirá de personaje para desanudarnos los últimos hilos de la trama: una sorprendente resolución que restaura, mediante una necesaria reparación a las víctimas, un orden moral gravemente subvertido.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

El escritor francés Emmanuel Bove (1898-1945) es una de las apuestas más interesantes de Hermida Editores, que en los dos últimos años nos ha ofrecido varias muestras de su labor literaria, como el libro de relatos Henri Duchemin y sus sombras (1928) o la novela Armand (1927). Nacido en París de un emigrante ruso de origen judío y una criada luxemburguesa, Emmanuel Bobovnikoff arrastró una juventud precaria y desprotegida, que le obligó a desempeñar oficios muy alejados de su temprana vocación literaria: una experiencia de la que se ha querido ver un reflejo en algunos de sus antihéroes de ficción: perdedores y marginados en su mayoría. Un padre y su hija (1928) es una conmovedora novelita en torno a un personaje atormentado por el resentimiento y un complejo de inferioridad exacerbado: una descorazonadora radiografía de la soledad de un padre de familia construida con algunos elementos de la llamada bildungsroman o novela de formación, un género todavía muy en boga en la primera mitad de la centuria y en el que también eran habituales los «retratos en negativo». En la obra de Bove, sin embargo, se desbordan los moldes del género, gestándose un relato de tintes existencialistas donde el devenir del personaje se revela no tan dependiente de su entorno como de una atormentada y compleja personalidad que, más que analizada racionalmente como un resultado, es simplemente mostrada, en todo su patetismo (pero también con algo de ironía) ante el lector.
Bajo este título tan sugestivo, La última noche de Troya, Ediciones Hiperión acaba de publicar una nueva traducción al castellano de la Eneida de Virgilio, concretamente de su libro II. Vicente Cristóbal López, catedrático de Filología latina de la Universidad Complutense, ha sido el artífice de esta admirable versión, en hexámetros castellanos (versos de diecisiete sílabas, de ritmo dactílico), de uno de los cantos más significativos de la célebre epopeya; el primero, al parecer, en ser compuesto por el mantuano, y leído como primicia ante Octavio y Livia cuando el poema aún estaba inconcluso. A salvo del mar, acogido en Cartago por la hospitalidad de la reina Dido —que pronto será su amante—, Eneas expone ante la corte tiria, en una velada memorable, los trágicos sucesos de la infausta noche en que se perdió Troya, con la pérfida estratagema del caballo de madera como desencadenante del drama: quizás una de las imágenes más perdurables y perturbadoras de la literatura occidental.
En la novela El juego de los abalorios, de Hermann Hesse, el personaje de Josef Knecht, magister ludi en la utópica provincia de Castalia, consagra su vida entera al apasionante juego de relacionar los saberes del hombre. La historia, que se desarrolla en el lejano año de 2400, nos pinta una empresa de índole intelectual cuya excelencia no radica tanto en su incierto cumplimiento como en la grandeza y dificultad de su desafío. Desde que el hombre es hombre, o lo que es lo mismo, desde que el ser humano comenzó a inventar mitos para hacer habitable su mundo, no creo que exista otra aspiración más noble y ambiciosa que la de abarcar, bajo una sola mirada integradora, la totalidad del Ser. En el tránsito entre Renacimiento y Barroco, en un momento histórico en que las ciencias no estaban estrictamente compartimentadas y la especialización no limitaba la visión del humanista, ese conocimiento superior —utopía para nosotros, verdadera piedra filosofal para los sabios antiguos— aún parecía posible. Así lo creían, al menos, algunas mentes privilegiadas y eruditas, como la del médico inglés Robert Fludd (1574-1637), el protagonista del libro que reseñamos. Las obras de Fludd exploraron, a lo largo de tres lustros, una extensa variedad de disciplinas científicas y humanísticas, un elenco de saberes trascendentes aglutinados en torno a la convicción de que el Cosmos y el Hombre son entidades reflejas y estrechamente relacionadas.
La lectura de este sorprendente texto del siglo IX, Sobre el granizo y los truenos (De grandine et tonitruis; c. 815-817), de Agobardo de Lyon (769-840), recientemente publicado por Siruela en su veterana colección de «Lecturas medievales», constituye una magnífica prueba de cómo el devenir de los libros es siempre inescrutable. Un sermón ideado originariamente para combatir una superstición en la que no creemos, apoyado en unos argumentos de autoridad que no compartimos, nos depara una gratísima lectura que poco tiene que ver con las intenciones de su autor al componerlo. Agobardo, obispo de Lyon entre 816 y 840, fue una destacada figura del Renacimiento carolingio, autor de una importante colección de textos latinos, epístolas y sermones en su mayoría. Sus obras, pronto olvidadas y luego perdidas, fueron recuperadas casi milagrosamente en 1605 por el humanista Papire Masson, que salvó el manuscrito que las contenía (fuente única del texto que comentamos) cuanto estaba a punto de ser «reciclado» por un encuadernador lionés (presumible fin de muchos manuscritos venerables), dándolo a la estampa ese mismo año en la ciudad de París.
El filósofo rumano Emil Cioran (1911-1995) pertenece a ese reducido grupo de escritores que alcanzan las más altas cimas de su arte en una lengua adquirida. Al igual que Conrad, Nabokov o Beckett, Cioran maduró su carrera literaria injertando su pensamiento en una lengua de cultura no materna: en su caso la francesa. Llegado a París en 1937 para disfrutar de una beca del Instituto Francés de Bucarest, Cioran permaneció ya casi toda su vida en la capital gala: «el único sitio del globo donde se puede vivir». Extravíos (Razne; c. 1945-1946) es el último libro escrito por Cioran en rumano, un texto conservado en la Biblioteca Jacques Doucet de París que ha permanecido manuscrito largos años, pues no fue publicado en Rumanía hasta 2012. Ahora, gracias a la iniciativa de Hermida Editores, se ha vertido por vez primera en nuestra lengua, contando además con la labor de Christian Santacroce, especialista en Cioran y artífice de una traducción de impecable belleza.
Decía George Steiner, en una entrevista concedida a la periodista francesa Laure Adler, que «un gran texto puede pasar siglos esperando». Afortunadamente, para descubrir la obra del escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) no ha sido preciso aguardar tanto tiempo, aunque sí lo bastante como para que su autor haya merecido el título de «escritor secreto» o «ilustre desconocido». Es verdad que su «emboscadura» (empleando un concepto desarrollado por Ernst Jünger, uno de sus primeros valedores) ha sido consciente y deliberada, asumida como condición ideal del sacerdocio literario:
Un largo sábado (Un long samedi. Entretiens) reúne seis entrevistas de George Steiner con la periodista francesa Laure Adler. Son seis breves pero enjundiosas conversaciones, realizadas entre los años 2002 y 2014, donde se hilvanan los principales hitos biográficos de Steiner con las preocupaciones esenciales de su multifacético pensamiento. Es innegable que existe confianza —quizás una química compartida— entre los dos artífices del libro, y que Laure Adler es el catalizador adecuado para que el discurso de Steiner fluya copioso, cercano y, sobre todo, espontáneo. Cuando un autor ha escrito tantos libros como George Steiner puede parecer gratuito y trivial repasar los grandes temas de su pensamiento con una simple entrevista. ¿No nos lo ha dicho ya todo en sus obras y con mayor profundidad? Es seguro que sí, pero muchos de los que hemos leído esos textos también deseamos saber algo más de la persona que los ha escrito. Además, aunque las conversaciones han sido, obviamente, revisadas con posterioridad, algo debe quedar de su oralidad original. No debemos descartar los valores añadidos del diálogo, del magisterio improvisado al calor de la conversación, de la espontaneidad inducida por una taza de café… Ni tan siquiera en los pensadores más rigurosos. Si es verdad lo que cuentan, Sócrates no escribió ni una sola línea.
como ejemplos de discordancia entre ética y estética, humanidad y alta cultura. La música, el cine o la crítica del psicoanálisis (Freud) completan este capítulo, que nos desvela también el significado del sugerente título que encabeza las conversaciones: Un largo sábado. Finaliza el volumen con «Epílogo. Aprender a morir», una coda donde Steiner hace balance, tras una vida larga y fructífera, de su dedicación al magisterio de la cultura, labor en la que se considera —haciendo gala de un excelente humor— un buen cartero: «No siempre resulta fácil encontrar el buzón correcto para hablar de una obra, para presentar una nueva obra». En la línea de su trabajo Los libros que nunca he escrito, Steiner lamenta de no haberse atrevido nunca a escribir literatura, a empeñar su vida en la aventurada empresa del artista creador, una figura que ha colocado siempre por encima del humanista erudito. Otros temas de gran actualidad, como la eutanasia, el aborto o la ancianidad completan este último capítulo, que acaba con una emotiva defensa de los animales, del respeto que se merecen, quizás uno de los grandes temas pendientes de la ética moderna.
Yasutaka Tsutsui (1934) es un escritor japonés de excepcional interés, descubierto en nuestros pagos por ediciones Atalanta, que tuvo el acierto de traducir al castellano, hace ya una década, Hombres salmonela en el planeta Porno (2008). Luego publicó una segunda recopilación de relatos, seleccionados por el propio autor, Estoy desnudo y otros cuentos (2009), a la que siguió la novela Paprika (2011). La buena aceptación que ha tenido en nuestro país este escritor tan particular explica sobradamente que ahora se nos presente una cuarta entrega de su obra: Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos: un conjunto de relatos publicados originariamente por entregas en la revista Shōsetsu Shinchō (1970-1971), y que tienen como protagonista a Nanase, una joven con poderes paranormales que le permiten adivinar el pensamiento de quienes la rodean.
Aunque contiene un texto de Thoreau muy breve, no me resisto a la tentación de dar noticia, al menos, de la aparición de este encantador librito, Noche y luz de luna (Night and Moonligth, 1863), que acaba de publicar Olañeta en su colección «Centellas». En la actualidad, pasear de noche bajo la luz de la luna es una actividad problemática para los que habitamos en una ciudad; pero ¡qué fácil nos resulta imaginárnosla protagonizada por ese infatigable caminante y atento observador de la Naturaleza que fue Thoreau! Seguro que debió de pasar más de una noche en vela contemplando embelesado, como un nuevo Endimión, a la seductora reina de las sombras. Manido tópico de la utilería romántica en demasiadas ocasiones, la luna adquiere en Thoreau un especial dinamismo y significado: caminar bajo su luz nos abre los ojos a la percepción de una nueva realidad.





