Los discípulos en Sais, de Novalis

wLas piedras más pequeñas y singulares son muchas veces las más valiosas y duraderas. Tal sucede con algunos libros, y un buen ejemplo de ello puede ser —salvando las distancias— la breve novelita que hoy reseñamos, Los discípulos en Sais, obra del poeta y filósofo alemán Novalis (1772-1801). Uno de esos textos de importancia cardinal, que influyen en el pensamiento de toda una época, desde la que irradian en múltiples direcciones, marcando una profunda huella. Un texto que podemos leer ahora en esta bella edición que nos ofrece WunderKammer, traducido por Rodolfo Häsler y acompañado de un posfacio de Andrés Ibáñez: una necesaria ayuda para adentrarnos en un libro denso, de lectura exigente, pero que premia al lector con imágenes y razonamientos sutiles, de una enorme belleza y fascinación. Los discípulos en Sais tiene poco de novela, es cierto. Su «desaliño romántico», su mezcla de relato, reflexión y poema, así como la indefinición de sus personajes parecen anunciar una figura nueva, nada amiga de sujeciones formales. Por si fuera poco, la obra quedó inconclusa (algo que difícilmente sorprenderá a un lector perspicaz). Tallar un diamante con tantas aristas no es tarea sencilla.

Novalis (seudónimo de Georg Philipp Friedrich von Hardenberg) fue una de las figuras más originales y sugestivas del primer Romanticismo. Su breve existencia no le permitió dejarnos una obra demasiado extensa, aunque sí variadas muestras de sus intereses creativos, que se extienden al ensayo, la prosa filosófica o la poesía (Himnos a la noche). Durante sus últimos años, Novalis trabajó como inspector de minas en Weißenfels, una experiencia que aflora con frecuencia en su obra, defensora de una mirada sobre el mundo natural que integra ciencia y poesía. Así podemos verlo en ese bello relato del viejo minero, intercalado en el Heinrich von Ofterdingen. Y es que el reino subterráneo, en concreto, tiene una notable presencia en el imaginario romántico alemán, en relación con ese mundo fantástico de enanos orfebres y tesoros escondidos que pueblan su mitología (para comprobarlo bastaría con leer dos bellísimos textos: El Runenberg, de Tieck, o Las minas de Falun, de Hoffmann). En Los discípulos en Sais también aparece un relato intercalado, el correspondiente al viaje de Jacinto, comprometido en la búsqueda de su particular «flor azul» ( la joven Flor de Rosa). Ambos textos coinciden de igual manera en su mezcla de narración y diálogo, reflexión y poesía, sueño y vigilia.

Encuadrable en el contexto de la Naturphilosophie alemana, el tema central de los Discípulos en Sais (Die lehrlinge zu Sais, 1798) es la Naturaleza, vista como un libro de signos trascendentes, significativos para la felicidad del hombre. La débil trama de la novelita se resume en el viaje de un maestro y sus discípulos a la ciudad egipcia de Sais. Por supuesto que no se nos brindan pormenores del desplazamiento: una peregrinación mística de tintes simbólicos que nada tiene de terrenal. Los discípulos ya los encontramos en Sais, en torno a un templo maravilloso al que han acudido en pos del misterio de la lengua sagrada egipcia (el lenguaje es otro tema tratado en el libro, un privilegiado vehículo de identificación con el mundo natural). Tanto los propios discípulos como otros viajeros recién llegados a Sais configuran un haz de voces anónimas (solo del maestro se nos ofrece una información más detallada en el primer capítulo), que dialogan o disertan, como en un extraño sueño, sobre los variados significados y valores de la Naturaleza. No obstante su indudable vocación científica, resulta innegable que, de las dos aproximaciones posibles, la poética y la estrictamente científica, Novalis se inclina por la primera, o mejor aún, por una síntesis entre ambas. Es el enfoque que nos permite liberarnos de ese infierno de aniquilación que subyace en el seno de la Naturaleza, de esa disgregación sin sentido que la ciencia proyecta sobre sus misterios, que la desmenuza por arriba y por abajo sin concedernos otro beneficio que la desesperación:

Ahí se encuentra la astuta trampa tendida al entendimiento humano, y la Naturaleza lo intenta aplastar por todas partes, como a su mayor enemigo. ¡Vivan la ignorancia pueril y la infantil inocencia de los hombres! Son ellas las que ocultan esos terribles peligros, que desde todos los lados arrecian, como aterradores indicios de tormenta, alrededor de las tranquilas moradas de los seres humanos, a punto de caer sobre ellas a cada instante.

Nuestro actual amor por la Naturaleza es la débil huella de una vivencia compartida en tiempos remotos: una comunión con el mundo natural que el hombre perdió por culpa de su ambiciosa voluntad de «convertirse en dios». Nuestro pensamiento actual es solo un residuo mezquino de ese sentimiento perdido de unidad: un mero sueño que nos condena a «una vida marchita, de un color gris y mortecino». Una especie de Tierra baldía. La llave para emprender el retorno a esa añorada «Edad de Oro» solo estaría en manos de los niños y de los poetas, cuya creatividad es idéntica a la que fecunda la Naturaleza. Un camino de vuelta probablemente imposible. Aunque los poetas se obstinen en ello.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

clip_image002

«Científicos y poetas han hablado siempre la misma lengua, han pertenecido desde siempre a un mismo pueblo. Lo que unos consiguieron descubrir y ordenar, los otros lo han utilizado para satisfacer las necesidades del corazón humano, y darle así su alimento cotidiano. Entre los dos han penetrado en esa Naturaleza inmensa, la han convertido en múltiples Naturalezas diferentes, pequeñas, amables. Mientras los unos perseguían, con sutil sentimiento, las cosas escurridizas y fugitivas, los otros, a golpe de pico, trataron de penetrar en la estructura y en las relaciones entre las diferentes partes. Entre los brazos de estos últimos murió la amable Naturaleza, dejando nada más que restos palpitantes o muertos, mientras que, reanimada por el vino generoso del poeta, emitía sus cantos más despiertos y divinos…»
(Traducción de Rodolfo Häsler)
sdfdsfs

Goethita, un mineral que devuelve el saludo a un poeta

Publicado en Ensayo, Narrativa, Poesía | Etiquetado , | 4 comentarios

Una boda en Lyon, de Stefan Zweig

unnamedAhora que las nuevas condiciones de confinamiento nos permiten volver a las librerías, resulta un verdadero placer reencontrarnos con aquellos desafortunados volúmenes que, habiendo visto la luz en fechas tan desfavorables, se quedaron esperándonos en los estantes y escaparates. Tal es el caso de este delicioso librito que hoy reseñamos, Una boda en Lyon, uno de los títulos publicados por Acantilado en el pasado mes de febrero. Un reencuentro que es además doble, al permitirnos recuperar la palabra de un escritor bien conocido, uno de los más admirados y leídos del pasado siglo: Stefan Zweig (1881-1942). Después de tantas semanas escrutando los estantes de nuestras bibliotecas a la caza de lecturas olvidadas (una tarea, sin duda, fructífera), de nuevo tenemos entre las manos un libro de esos que «todavía huelen a imprenta». Y no será el último, desde luego. Nuestro aprecio por el libro físico, por el volumen que podemos acariciar mientras lo leemos, ha vuelto reduplicado.

Una boda en Lyon reúne cuatro relatos que abarcan un espacio temporal de gran amplitud, comprendido entre 1901 y 1946. Cuatro historias muy breves que comparten una elevada carga emotiva, y donde el habitual enredo de la trama cede todo su protagonismo al magistral retrato de unos seres rebosantes de humanidad. Quizás algún lector crea detectar excesivas gotas de buenismo en la traza de algunos personajes, o en las situaciones tan cargadas de sentimiento que protagonizan. Pero mejor que no se engañe. Su excepcionalidad subraya precisamente lo contrario: nuestra general indiferencia hacia la suerte de los demás, el invencible apego al dinero y al interés particular, el desprecio y desagrado que inspiran los más desfavorecidos.

El relato que da título al libro, Una boda en Lyon (Die Hochzeit von Lyon, 1927), es el testimonio de un dramático reencuentro acaecido durante uno de los más sangrientos episodios de la Revolución Francesa (1793). Un estupendo relato en el que me parece ver un tardío eco de esas historias tenebrosas de mazmorras, ejecuciones y evasiones temerarias que tanto éxito cosecharon en Francia, por razones obvias, en los albores del siglo XIX, y que tuvieron su prolongación musical en la denominada «opéra à rescousse» (el Fidelio de Beethoven es seguramente su pieza más perdurable). Aunque Zweig era un experto conocedor de este período revolucionario francés (al que dedicó importantes ensayos), el contexto histórico no es el elemento nuclear del relato, aunque esté muy cuidadosamente reflejado. El mensaje es más intemporal. En los hombres alientan fuerzas escondidas, de un vigor insospechado. La solidaridad desinteresada puede despertar de su letargo cuando se pulsa la cuerda apropiada.

La caminata (Die Wanderung, 1902) es un relato muy breve y sencillo, tan perfectamente lineal como una larga marcha por el desierto, pero capaz de inducir en el lector una angustiosa espera que no se resuelve hasta las últimas líneas. Ambientado en los primeros años de nuestra era, su evidente valor simbólico se presta a variadas interpretaciones. Un momento de debilidad puede resultar fatal para el éxito de nuestros propósitos. Lo que más ardientemente perseguimos es lo que peor reconocemos cuando lo tenemos delante. El siguiente texto, Un ser humano inolvidable (Ein Mensch, den man nicht vergisst, 1946), es la emocionante pintura de un personalidad fuera de lo común, dotada de un aristocrático desapego —no ofensivo— a los grandes ídolos que adora la sociedad. ¡La entereza moral de algunos mendigos es proverbial, al menos desde Diógenes! Y es que el bueno de Anton es un outsider capaz de protagonizar la más maravillosa de las paradojas: mantenerse al margen de la sociedad, distante de sus valores, sin perder el respeto y aprecio de quienes la sustentan. Finalmente, Dos solitarios (Zwei Einsame, 1901) está ambientado en el alienado y deprimido mundo de los obreros, donde unos seres, marginados doblemente por su fealdad, ocupan el escalafón más bajo. Una instantánea de ese atroz vínculo que suscita el sufrimiento compartido.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

clip_image002

«Sería desagradecido por mi parte olvidar al hombre que me enseñó dos de las cosas que resultan más difíciles en esta vida. En primer lugar, y partiendo de una absoluta libertad interior, a no someterse al más fuerte de los poderes de este mundo, el del dinero. Y en segundo lugar, a vivir entre nuestros semejantes sin crearse siquiera un solo enemigo».
(Traducción de Berta Vias Mahou)
Jean-Leon_Gerome_-_Diogenes

Diógenes pone a punto su farol

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 4 comentarios

Mi primer verano en la sierra, de John Muir

libro-mi-primer-verano-en-la-sierra.jpgTodo comienzo tiene su encanto, como diría Hesse, y un primer verano en la sierra puede vivirse con tanta pasión como un primer gran amor. ¡Imposible imaginar a un caminante más enamorado de la naturaleza que John Muir! Mi primer verano en la sierra (1911) es un encendido elogio de la grandiosa Sierra Nevada californiana («la sierra»), y más en concreto de su famoso valle de Yosemite. Un bello libro que sorprende por su acentuado tono lírico y su manera tan inmediata de ponernos en contacto con la naturaleza, sin otro artificio que el propio entusiasmo del autor. Estamos tan mediatizados por nuestras muchas lecturas y experiencias que difícilmente podríamos escribir, hoy en día, un libro tan desprovisto de todo lo que no sea naturaleza en estado puro. Ninguna teoría ni interpretación (explícitas al menos). Pocas evocaciones literarias o recuerdos personales. Nada de historia ni de geografía. Nada de ver la naturaleza a través de la mirada de otro. El mundo de los hombres y su civilización se han quedado fuera, al inicio del camino. Al menos durante un tiempo. Sin confesarlo expresamente, Muir parece hacer suyos los desgarrados versos de Keats dirigidos al ruiseñor: «desaparecer, disolverme, olvidar / entre las frondas lo que tú jamás has conocido».

Heredero de la filosofía «trascendentalista» de Emerson y Thoreau, que veía en la naturaleza un templo sagrado que es preciso respetar, el escocés John Muir (1838-1914) fue un combativo precursor del ecologismo. Naturalista y andarín incansable, Muir contribuyó de manera importante a la creación de los primeros grandes espacios naturales protegidos, como el de Yosemite (1890). Pero Muir fue también un escritor prolífico y muy notable, como puede comprobarse leyendo Mi primer verano en la sierra (My First Summer in the Sierra, 1911), un auténtico clásico de la literatura montañera y naturalista. Una obra de madurez que podremos disfrutar en esta estupenda traducción de José Luis Piquero, que publica, con su habitual atractivo y buen hacer, Hermida Editores. Una experiencia de lectura que nos atrevemos a calificar de inmersiva, propiciada por un torrente de imágenes que desfilan ante nuestros ojos sin interrupción, que disfrutamos sin necesidad siquiera de atraparlas en la memoria, confiados en la certeza de que cualquier belleza que se nos muestre se verá reemplazada en la siguiente página por otra que la iguale. Tal como si camináramos nosotros mismos por la montaña.

Compuesta en forma de diario, Mi primer verano en la sierra es la crónica de un periplo estival de pastoreo por las alturas de la Sierra Nevada californiana. Una práctica ganadera similar a la que se efectuaba también en nuestras latitudes, cuando los pastores conducían y confinaban sus rebaños en los altos calares de las sierras andaluzas, únicos lugares donde encontraban pasto fresco con el que alimentarse. John Muir, que se confiesa desprovisto de dinero y no duda en definirse como un vagabundo, se empleará como acompañante de un rebaño de más de dos mil ovejas, encontrando así una económica manera de cumplir su gran sueño de conocer los bellos parajes de la alta sierra. Un recorrido que se inicia en las ya agostadas tierras bajas, que se adentra luego en la montaña mediante el establecimiento de sucesivos campamentos, cada vez a mayor altura, y que tiene una de sus etapas culminantes en el célebre valle de Yosemite. Sus relajadas obligaciones de ayudante le permitirán a Muir ausentarse puntualmente del campamento, y recorrer por su cuenta lugares como el monte Hoffman, el lago Tenaya, las cascadas Nevada y Vernal, el North Dome o el Cathedral Peak, brindándonos en sus anotaciones la pintura de una naturaleza extraordinariamente variada y dinámica, donde cada tarde descarga una tormenta o un aguacero, pero que siempre muestra mañanas soleadas y una cara amable a quien la transita. De hecho, los únicos momentos de peligro los provocan los osos que visitan el campamento (muy aficionados a la carne de oveja), o bien el propio autor, protagonista de una temeraria «asomada» sobre la famosa cascada del Yosemite (de más de setecientos metros de caída), una aventura que le dejará alterados los nervios durante unos cuantos días.

Si la naturaleza es un libro en el que podemos leer valiosas enseñanzas, Muir extrae de sus páginas sobre todo lecciones de botánica y zoología. Sus notables conocimientos científicos (estudió durante dos años en la universidad de Wisconsin) y su gran afición a la vida natural le impelen a identificar, describir, o incluso dibujar —sin descanso— flores y árboles, mamíferos y reptiles, aves e insectos… Pero Mi primer verano en la sierra, más allá del evidente valor científico y testimonial que atesoran sus observaciones, es sobre todo la expresión de una íntima comunión con esa naturaleza «sagrada» de los trascendentalistas: una mirada extasiada que se focaliza no solo en los seres vivos, sino que se extiende también a los colores y a los olores, a la luz y a las sombras, a los fenómenos naturales del viento, de la lluvia o de la tormenta; a las estrellas, rocas, aguas, nubes, cascadas… Muir comprende muy bien que una parte de esa belleza que intenta transmitirnos está en su propia mirada, y que no siempre es fácil compartirla. Así lo certifica la actitud que describe en el pastor al que acompaña, Billy, indiferente por completo al mundo natural que los rodea.

Es necesario reconocer que lo puramente humano tiene escasa cabida en el libro de Muir; y que cuando aparece, no es bajo una luz demasiado favorable. Sus breves digresiones sobre el pastor californiano o los escasos indios que pueblan la montaña nos brindan interesantes pinturas costumbristas, pero nada idealizadas. Los otros habitantes de la sierra, como algunos mineros residuales (la fiebre del oro daba sus últimas boqueadas), los cazadores de osos o los turistas (demasiado aficionados a la pesca) tampoco despiertan el entusiamo de Muir. Su compañero Billy, en concreto, es indolente, un tanto cobarde (al menos con los osos) y cómicamente desaliñado. Las únicas gotas de ironía que salpican el libro lo hacen siempre a su mayor gloria. La suciedad del pastor y de los indios contrasta con la limpieza de los animales salvajes, que incluso en las situaciones más desfavorables lucen un brillo especial (como esas ardillitas que nunca se manchan de resina, aunque se pasen el día correteando por los pinos y manipulando piñas). El encuentro casual de Muir con su amigo el profesor Butler, que se aloja en un hotel del valle de Yosemite, le permitirá contrastar con ventaja su rústico lecho en el bosque con la experiencia de «dormir en una miserable habitación de hotel»; símbolo y avanzadilla de esa vida urbana que tanto detesta, sujeta a «horarios, calendarios, órdenes, obligaciones», y que se sufre «entre el polvo y el ruido, donde la naturaleza está sepultada y su voz sofocada». Ni siquiera las ovejas, con su carácter cuasi doméstico, salen bien paradas en la estimación de Muir. Aunque arroja sobre ellas una mirada siempre compasiva, no se olvida de señalar su voracidad, ni la amenaza que conllevaría para los «jardines» de la montaña su excesiva proliferación, si no se ponen límites a la codicia de los ganaderos. Una visión más benévola la reciben los perros del rebaño, que protagonizan algunas graciosas anécdotas. Y no solo el suyo propio, Carlo, sino también el de Billy, Jack: un chucho extremadamente emprendedor y porfiado que es capaz de sobrevivir a la mordedura de una serpiente de cascabel. Sus arriesgadas incursiones amorosas en los poblados indios cercanos constituyen, junto con las lecciones de gastronomía y cocina de campamento (como una curiosa receta para hacer pan), algunas de las estampas más simpáticas de la —digamos— «parte civilizada».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

clip_image002

«Juzgué, sin embargo, que yo no era en modo alguno el hombre adecuado para el puesto, y le expliqué abiertamente mis limitaciones, confesándole que no estaba enteramente familiarizado con la topografía de las montañas superiores, los arroyos que habría que cruzar, los animales salvajes que devoran ovejas, etc.; en resumen, que entre los osos, los coyotes, los ríos, los cañones y los escabrosos y densos chaparrales temía que más de la mitad de su rebaño se perdiese».
«Sería delicioso pasar una tormenta a cubierto de uno de estos nobles y hospitalarios árboles, con sus amplios brazos protectores inclinados como una tienda de campaña y el incienso ascendiendo desde una hoguera hecha con sus ramas caídas y un viento vigoroso y sonoro soplando por encima. Pero el tiempo es tranquilo esta noche y nuestro campamento es sólo un campamento de ovejas. Estamos cerca de la horquilla norte del Merced. El viento nocturno nos cuenta las maravillas de las montañas altas, sus fuentes de nieve y sus jardines y bosques y arboledas; incluso su topografía está en sus notas».
(Traducción de José Luis Piquero)
a-view-up-yosemite-valley-Thomas Hill_1871.jpg!Large

Valle de Yosemite (Sierra Nevada, California), de Thomas Hill, 1871

Publicado en Ensayo, Narrativa | Etiquetado , , | Deja un comentario

¿Fue él?, de Stefan Zweig

unnamedQue un chucho protagonice un relato no creo que pueda sorprender hoy en día a casi nadie. Ni siquiera en el pasado, cuando los perros tenían una menor presencia en nuestro entorno urbanita, faltaban ejemplos señalados. Para confirmarlo basta con leer ese divertidísimo Coloquio de los perros cervantino, o revisar algunos relatos de Kipling, Jack London o Thomas Mann (como Señor y perro). Aunque de dimensiones bastante modestas, el relato de Stefan Zweig (1881-1942) que hoy reseñamos, ¿Fue él?, cumple con todos los requisitos necesarios para interesar y entretener al lector, tanto al amante incondicional de los perros como al que le resultan más bien inoportunos. ¿Fue él? (c. 1935) es un texto poco conocido de Zweig, que permaneció inédito en lengua alemana hasta época reciente. Ambientado —como muchas famosas novelas policíacas— en el idílico y (aparentemente) pacífico medio rural inglés, el intrigante relato de Zweig no carece de cierto aroma detectivesco, o incluso de genuino terror, que hará las delicias del lector. Una ocasión más para felicitarnos de la labor de rescate que Acantilado ha hecho de este magnífico y popular escritor austríaco.

Se dice que una imagen vale por mil palabras. Si a la fotografía que adorna la portada de este libro se le añade un título como el que lo encabeza, ¿Fue él?, no parece que le quede al lector mucho margen para mantener intacta su expectación hasta el final. Pero no nos engañemos, aunque alguien maliciosamente nos revelara la trama de este estupendo relato (que casi se adivina ya desde sus primeras páginas) no tendría demasiada importancia. En modo alguno comprometería nuestro disfrute del texto. Al fin y al cabo, los celos y los triángulos «amorosos» abundan en la literatura, son el armazón de muchas tramas narrativas, mejores y peores, y no sorprenden a nadie. Y lo más importante de todo, siguen funcionando a las mil maravillas, incluso cuando tienen a un perro acechando en uno de sus ángulos. El interés del cuento —de cualquier cuento que se precie— no está tanto en la peripecia en sí como en la manera de construirla y narrarla, y muy especialmente en el minucioso e imaginativo despiece de la personalidad de cada uno de sus personajes —perro incluido—: uno de los puntos fuertes del narrador y ensayista vienés.

¿Fue él? (War er es?) cuenta con un narrador en primera persona, Mrs Betsy, una testigo de los hechos un tanto fisgona y amiga de los misterios, dotada de una mirada tan omnisciente como para poder introducirse, con aparente solvencia (y para nuestro mayor deleite) en la mismísima psique de Ponto, un perro de raza bulldog que —nos atrevemos a revelar al lector— es singularmente inteligente, mucho más que el simplón de su dueño, el brutote e insultantemente feliz John Limpley. Dentro de su aparente sencillez, ¿Fue él? nos ofrece diversas perspectivas de lectura, incluida la que podríamos denominar animalista. Es verdad que las mascotas que conviven con nosotros, y de manera singular los perros, padecen un sufrimiento extra derivado de habitar en un mundo del que desconocen las motivaciones, los condicionantes, las causas y los efectos. Un territorio no natural en el que sobreviven arropados por el afecto de sus dueños, y cuya falta repentina les provoca un stress que difícilmente podemos imaginar. Aunque esto último aparece magistralmente reflejado por Zweig en su relato, creo que el autor ha evitado cuidadosamente (no sé si con mucho éxito) que podamos identificarnos demasiado con el perro. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Lo que si resulta evidente es que los dardos del autor no se dirigen tanto contra el chucho (con todo lo resabiado que pueda parecernos) como contra su dueño, sometido a un escrupuloso e implacable escrutinio psicológico que no lo deja demasiado bien parado. Los sentimientos más exagerados son en ocasiones los menos constantes. La mejor voluntad es muchas veces la que más daño nos hace. El buenismo a ultranza puede llegar a ser una virtud letal.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

clip_image002

«Jamás olvidaré la mirada de súplica, apremiante, con la que me contempló. La mirada de un animal, en momentos de extrema necesidad, puede ser mucho más penetrante, casi podría decir, más expresiva que la de los seres humanos, pues nosotros comunicamos la mayor parte de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, por medio de la palabra, que hace las veces de intermediaria, mientras que un animal, que no es capaz de hablar, se ve obligado a comprimir en sus pupilas todo lo que quiere transmitir» (traducción de Berta Vias Mahou).

1274180743_extras_ladillos_1_0

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 2 comentarios

Conversaciones de emigrados alemanes, de J. W. Goethe

9788484282945_1Corre el año de 1793 en Alemania. Las tropas francesas han sido rechazadas a la otra orilla del Rin. Una familia de aristócratas alemanes aprovecha el momento para regresar a una de sus posesiones junto al río. Aunque la situación pinta favorable para los emigrados, sus distintas sensibilidades frente a la contienda amenazan con romper la convivencia, más necesaria que nunca en un momento tan grave. Las noticias que llegan de Maguncia, cercada por las tropas aliadas, así como los enfrentamientos entre partidarios y detractores de su efímera república, tensan aún más los ánimos. Un consejero privado del príncipe, que se ha unido con su mujer e hijas al grupo familiar de la baronesa de C., discute acaloradamente con Karl, un joven de ideas avanzadas, antimonárquico y simpatizante de los franceses. De las palabras airadas se pasa a las descalificaciones. Las amenazas de la horca, por un lado, y de la guillotina, por el otro, han sustituido a los argumentos. La ruptura se hace inevitable, y la familia del consejero se marchará, provocando un hondo pesar entre quienes no habían intervenido en la disputa y detestan separarse.

Goethe, que siguió al duque de Weimar en su guerra contra los franceses (como narró en Campaña de Francia y Cerco de Maguncia), debió de escuchar muchas conversaciones y discusiones similares a las que enfrentan al consejero con el joven sobrino de la baronesa. Una situación equiparable a la que se vivió en España entre afrancesados y realistas. El núcleo del libro, sin embargo, no es la confrontación de ideas (al menos, de ideas políticas). Disgustada al verse separada de manera tan gratuita y dolorosa de su amigo el consejero, la baronesa persuadirá a su familia de la conveniencia de adoptar unas reglas de convivencia más prudentes, orillando los temas de conversación que puedan herir la sensibilidad de cualquiera: un hábito de cortesía que —como les recuerda— ya respetaban escrupulosamente en tiempos de paz, y que ahora, más que nunca, es preciso mantener vivo. Una lección de civismo y de sentido común; de la necesidad de aparcar los enfrentamientos ideológicos en momentos de peligro, aunque solo sea temporalmente, en beneficio de la concordia y el bien común.

Goethe compuso estas Conversaciones de emigrados alemanes (Unterhaltungen deutscher Ausgewanderten) entre 1794 y 1795, publicándolas por entregas en la célebre revista de Schiller, Die Horen. Descartados por inconvenientes los asuntos políticos, los emigrados de Goethe entretendrán sus largas veladas de reclusión contando historias muy alejadas de su contexto bélico, emulando así a los célebres burgueses del Decamerón, aislados y refugiados en el campo por la terrible peste que asolaba Florencia. Las historias narradas por los alemanes, sin embargo, van a ser muy diferentes. Aunque no faltan en ellas ni las intrigas amorosas ni los amantes, su ingrediente fundamental será el mundo de lo sobrenatural: una especie de retorno al típico escenario de los cuentos de fantasmas narrados al amor de la lumbre. Espíritus protectores que solo se apartan bajo la amenza del látigo, fantasmas de amantes despechados que aúllan, disparan armas de fuego o incluso abofetean… Historias que Goethe escuchó personalmente o leyó (como la tétrica experiencia del barón de Bassompierre, que también recogería Hofmannsthal en uno de sus relatos, ampliándola). Pero no faltan tampoco en el libro algunos relatos de contenido moral (probablemente, los menos divertidos desde nuestra perspectiva actual), como es el caso del protagonizado por la joven casada y el procurador: un largo cuento inspirado en la última de las célebres Cent nouvelles nouvelles (1486). El procedimiento de las historias ensartadas permite a Goethe exponer con naturalidad sus ideas acerca del arte, la moral o la literatura, poniéndolas en boca de sus personajes. Pero no todo es ficción en el libro. Dando muestras de su talento dramático, Goethe interrumpe el hilo de las narraciones para mostrarnos fugazmente el escenario real, donde tampoco falta lo extraño. Así ocurre con ese enigmático incendio nocturno contemplado por los emigrados desde el mirador de su casa de campo, y que pronto relacionan con el repentino resquebrajamiento de un antiguo escritorio: un hecho inexplicable que permite a Goethe elucubrar acerca de las relaciones de simpatía y sincronicidad, de los fenómenos —ciertos e indubitables— a los que la ciencia no ha encontrado todavía una explicación.

Conversaciones de emigrados alemanes incluía, a modo de colofón, un relato de carácter más independiente, ya sin comentarios: El cuento (Das Märchen), uno de los textos más simbólicos y enigmáticos de Goethe, que completa, con su apelación a lo puramente fantástico, el abanico de propuestas narrativas del libro. El cuento es un bellísimo relato, de una inventiva desbordante, donde aparecen serpientes parlantes que devoran oro, barqueros enigmáticos que cobran en especie y fuegos fatuos que cruzan el río sobre la sombra de un gigante. Un mundo irreal cuyas claves se nos escapan, que en algunos momentos nos recuerda al de La flauta mágica de Mozart, pero que resulta mucho más impenetrable y aventurado de descifrar. Un estupendo ejercicio final para que cada lector ponga en funcionamiento su propia imaginación, y aporte así su particular interpretación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

clip_image002

«Retrocedí y anduve arriba y abajo por algunas calles. Finalmente, el deseo volvió a arrastrarme hasta la puerta. La hallé abierta y, atravesando el pasillo, me apresuré a subir la escalera. Pero cuál fue mi asombro al encontrar en la habitación a algunas personas quemando paja de jergón y ver, a la luz de la llama que alumbraba toda la habitación, dos cuerpos desnudos tendidos sobre la mesa. Retrocedí a toda prisa y, al salir, me tropecé con unos sepultureros que me preguntaron qué buscaba. Saqué la daga para que no se acercaran y llegué a casa no poco emocionado por aquella extraña visión. Me bebí de golpe tres o cuatro copas de vino, un remedio contra las influencias de la peste que en Alemania se aprecia mucho y, tras haber descansado, emprendí al día siguiente mi viaje hacia Lorena» (traducción de Isabel Hernández, Alba Editorial, 2006).
«Se sacudieron unas cuantas veces más con gran agilidad, de manera que la serpiente apenas era capaz de engullir el preciado manjar con la suficiente prisa. Su brillo comenzó a aumentar visiblemente y en verdad que relucía magníficamente, mientras que los fuegos fatuos se habían vuelto bastante delgados y pequeños, sin haber perdido, no obstante, lo más mínimo de su buen humor», El Cuento (traducción de Isabel Hernández, Alba Editorial, 2006).

de-veerman-en-de-twee-dwaallichten-op-de-rivier-in-het-sprookje-van-Goethe

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 2 comentarios

La virtud en la montaña, de Pablo Batalla Cueto

81d5jTsvydLCuando Flaubert, en el transcurso de su viaje a Egipto, logró ascender a lo alto de la pirámide de Keops, y se deleitaba ya en la contemplación de las sublimes vistas del Nilo, se llevó la sorpresa de descubrir, clavada en el suelo, la tarjeta de visita de un frotteur de Rouen. El suceso, recogido por Julian Barnes en su célebre libro, poco tendría hoy de anecdótico, cuando estamos acostumbrados a encontrar los parajes más bucólicos sembrados de basura, y las firmas de los patrocinadores deportivos amenazan con inscribirse en el mismo rostro de la luna. La broma sufrida por el escritor francés (presumiblemente preparada por su compañero de viaje, Maxime du Camp) sería en nuestros días casi inconcebible; o cuando menos, vería muy mermada su carga irónica, y difícilmente aparecería recogida en ningún cuaderno de viaje. Cumbres famosas colmadas de desperdicios, aristas transformadas en colas de autobús, paredones acribillados de hierros, senderos señalizados al menor detalle… Parece que le hemos perdido el respeto a la montaña.

Y sin embargo, el hombre siempre se acercó a las cumbres con veneración. Lugar de residencia de los dioses, espacios para el retiro, territorios donde se producen los milagros y las apariciones… Los propios Gigantes, para ascender al Olimpo, se vieron obligados a amontonar el Osa sobre el Pelión. Nosotros, en cambio, desearíamos conquistarlo en media jornada y con el menor equipaje posible. No obstante, alguna virtud especial debe de quedarle todavía a las montañas, algún significado primitivo que explique el apasionado interés que despiertan en muchos de nosotros (el montañismo quizás sea su más moderna forma de culto: una «liturgia» a la que no le faltan ni siquiera sus «víctimas»). Es verdad que corren tiempos muy diferentes, y que los valores que debemos defender ahora son los del respeto a las minorías étnicas que las pueblan, a los ecosistemas de sus laderas y cumbres, a los animales perseguidos que las habitan: una nueva relación con la naturaleza que va más allá del mero deporte, el negocio o las prisas.

No es otra cosa lo que defiende Pablo Batalla Cueto en su nuevo libro, La virtud en la montaña (Trea, 2019), donde reivindica, con mucha razón, un «alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista». No es la suya una nota aislada, pero sí clara y poderosa en ese nuevo himno a la montaña que se está escribiendo. De manera similar a como ha sucedido con la Antártida, hemos dejado de considerar a la montaña un lugar inhóspito y peligroso, y ya la saludamos como último baluarte en la defensa de un planeta amenazado. Ese amor universal a la montaña, esa invencible atracción que sienten hondamente arraigada en su interior hombres y mujeres tan diversos es lo que la convierte en piedra de toque de la condición humana; y quizás por ello, en el espejo en el que Pablo Batalla va a mostrarnos muchos de los grandes fallos de nuestra modernidad. La virtud en la montaña es un libro valiente y combativo, muy documentado y puesto al día, ameno y cercano al lector, escrito desde el conocimiento que aporta la práctica del montañismo, el saber humanista y el compromiso social. Bien hace Pablo Batalla en reclamar un alpinismo alejado de las prisas, del consumismo materialista y del individualismo a ultranza.

Inicia su trabajo el autor deplorando la decadencia de los clubs de montaña tradicionales, un declive que contrasta con el éxito creciente de las carreras y escaladas relámpago a cimas famosas, donde la paciente preparación física, la programación cuidadosa y el magisterio del guía experimentado se sacrifican en la persecución del éxito inmediato o llamativo. Las mediáticas proezas de corredores como Kilian Jornet, u otros deportes de riesgo como el wing-suit, representan para Pablo Batalla Cueto la vía equivocada. En ellos se cifra ese individualismo desaforado que infecta a nuestra sociedad: una fantasía de la autonomía personal que favorecen las nuevas tecnologías. La obsesión por la velocidad que viven muchos deportes de competición, la imperiosa necesidad de batir sin cesar nuevas marcas son un reflejo de nuestra cosmovisión actual, sedienta de «fútiles hazañas» que no comprometen a nada. Se traslada así al terreno deportivo, supuestamente de ocio, la tiranía del reloj; es decir, nuestra sujeción a ese tiempo uniforme y reglado que nos impone la civilización actual, y que nos insta a conseguir todas las cosas al instante, para luego desecharlas con igual rapidez. Contra todo esto, Pablo Batalla defiende un peregrinar sin prisas ni metas, respetuoso con el entorno: una actividad que compromete tanto al cuerpo como a la mente, que se condensa en el disfrute del puro acontecer, del silencio y de la observación atenta; esa meditación trascendente que pone al caminante en contacto con lo mejor de sí mismo y le inspira los pensamientos e ideas más felices. Buena muestra de ello son los bellos intermezzi que jalonan el libro, desahogos líricos del autor en el ejercicio de su afición.

Pero como toda montaña de importancia, el libro de Pablo Batalla presenta también vertientes opuestas; y leída su «cara norte», la de mayor filo crítico, nos queda todavía la otra, quizás más cálida y amable: aquella donde se recogen las semblanzas de algunos hombres y mujeres que han sabido entender la montaña mejor que nadie. Un elenco de «vidas ejemplares» cuya relación con las cumbres no se limita a la gesta deportiva y aventurera (con todo lo legítima que pueda ser). Hablamos de gentes que han dado algo valioso a la humanidad, ya sea defendiendo la naturaleza (John Muir), transmutándola en valores artísticos (Carlos de Häes), científicos y literarios (Casiano de Prado, Ruskin), o bien entregándose al estudio etnográfico y a la defensa de las minorías (Alberto María de Agostini). La montaña, sin duda, puede sacar lo mejor de nosotros mismos. Incluso en figuras tan específicamente montañeras como George Mallory o Reinhold Messner, el autor ha sabido destacar su legado más perdurable. No faltan tampoco en La virtud en la montaña informaciones curiosas, como el capítulo dedicado a los pinitos montañeros del Che (su obsesión por conquistar el Popocatépetl), o una comprometida defensa del feminismo en la montaña, con el estudio de algunas pioneras del alpinismo.

Cierra el libro un interesante capítulo, La gran poda, donde el autor retoma su visión crítica de la realidad contemporánea. Al igual que en otros dominios, también en la montaña se hace perceptible el abandono de la visión humanista, de la concepción armónica del hombre en beneficio del utilitarismo; el desprecio de los límites como consecuencia de una ideología ultraliberal que no respeta casi nada. Pero el libro de Pablo Batalla, no obstante el agudo filo de su crítica, también deja abierto un resquicio a la esperanza. Esos maratones por el desierto que pasan junto a la miseria sin tan siquiera verla no son la única realidad. También se corren pruebas solidarias en el Sáhara, y Las Cholitas Escaladoras reivindican sus derechos de igualdad ascendiendo a las cumbres de su región. Y además están los paseantes y montañeros modestos e ilustrados, a los que libros como La virtud en la montaña animarán a perseverar en su afición, sin prisas y sin ruidos, sujetos al único reto de disfrutar sin dejar huella alguna de su paso. Y es que la lección que nos imparte la naturaleza no es otra que la de la lentitud y el trabajo callado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Thorstein Veblen identificaba el deporte como una pseudoactividad; como una actividad sin sentido condecorada con engañosas insignias de seriedad e importancia. Pero su seriedad y su importancia residen paradójicamente en su carencia de ellas. Que el deporte sea así nos predispone a cierta aceptación resignada de la futilidad, otra de las notas características de los tiempos que corren. El trabajo hoy es fútil en gran medida. Sometidos a una ultraespecialización, acometemos tareas fragmentarias y repetitivas sin utilidad alguna por sí mismas y cuyo fin mayor muchas veces se nos escapa, pero las acometemos sin rechistar. El deporte ayuda a que lo hagamos, porque hace a la insignificancia merecedora de los premios más pingües. Usain Bolt no aporta al bienestar humano nada más que nueve segundos de entretenimiento cada cuatro años, pero cobra por hacerlo lo que en el mundo no remunera a ningún científico».

JOSE-MARIA-VELASCO2

Publicado en Ensayo | Etiquetado , , | Deja un comentario

El conocimiento perdido de la imaginación, de Gary Lachman

Portada-Conocimiento-perdidoHoy en día, disponemos de pocas palabras que gocen de tanto prestigio como «imaginación». Tener imaginación, ofrecer soluciones imaginativas o pretender llevar la imaginación al poder son expresiones o propósitos que provocan una respuesta positiva casi inmediata en quien las escucha. Hay palabras que brillan más que otras, ciertamente, aunque no siempre es fácil distinguir el cristal del diamante. La imaginación parece oponerse a la tradición anquilosada, a la rutina y al aburrimiento, y se asocia estrechamente a otros valores tan apreciados como la inteligencia, la creatividad o, incluso, el tan cacareado «emprendimiento». Sin embargo, la imaginación no se sustrae al destino de otras muchas voces que, al igual que esas piedras golpeadas una y mil veces por el oleaje, se van desgastando hasta convertirse en estereotipos un tanto decepcionantes. Su suerte es similar a la de esas monedas antiguas a las que el óxido y el roce de tantas manos han borrado efigies e inscripciones, y ahora nos resultan casi indescifrables. Es por ello que, en ocasiones, nos vemos obligados a inventar palabras nuevas. El problema es que hemos perdido los cuños originales (o la pericia para grabarlos), y las que hacemos nos salen quizá nítidas, pero con muy poco relieve.

Como sucede con otras grandes palabras puestas en bocas pequeñas (amor, libertad, amistad, igualdad…), la palabra imaginación ha ido perdiendo una parte importante de su relieve original; y más particularmente, su filo como herramienta de conocimiento. Al menos eso es lo que sospechamos tras la lectura de este apasionante libro de Gary Lachman, El conocimiento perdido de la imaginación (Lost Knowledge of the Imagination, 2017), traducido admirablemente por Isabel Margelí, y que viene a sumarse a otros interesantes títulos del autor también publicados por Atalanta: Rudolf Steiner. Introducción a su vida y obra (2012) y Una historia secreta de la consciencia (2016). Siguiendo la estela de otros grandes pensadores y escritores como Pascal, Goethe, Jung, Barfield o Corbin, Lachman reivindica una acción más profunda y trascendente en el ejercicio de esta poderosa herramienta de nuestra psique. Una vía de conocimiento nada nueva, desde luego, aunque sí olvidada, que tiene su propia lógica (no cartesiana) y hunde sus raíces en los estratos más profundos de lo humano. La imaginación, tal como la entiende Lachman («facultad de captar realidades que no están inmediatamente presentes», según Colin Wilson), no es ningún motor de la fantasía, y menos todavía un vehículo para la evasión (salvo que pretendamos evadirnos viajando al mismo corazón de las cosas). La función de la imaginación no debe ser la de apartarnos de la realidad, sino la de ahondar en su interior, o incluso participar en su creación. Hablamos de un mundo en el que estamos llamados a ser actores.

El conocimiento perdido de la imaginación es un texto de gran atractivo y sugerencia, de placentera lectura, escrito con una claridad admirable y un evidente propósito pedagógico. Lachman inicia su singladura trazando una breve historia de las dos dimensiones que cabe distinguir en el conocimiento humano. De un lado, la vía racional, desarrollada sobre todo a partir del siglo XVII, y que se identifica comúnmente con la ciencia. Es un saber que se fundamenta en la observación externa de los fenómenos y en el «reino de la cantidad». Esta primera vía nos ha garantizado un valioso dominio sobre la naturaleza, pero también ha propiciado importantes pérdidas. No solo ha provocado un grave deterioro en los ecosistemas mundiales, sino que también ha dejado a la deriva nuestra mente. Relegados a representar un papel insignificante y casual en el cosmos, la angustia existencial se ha convertido en un signo característico de nuestra cultura. Pero su mayor peligro actual es el cientifismo; esto es, la aplicación indiscriminada de su método de aproximación a todos los dominios del conocimiento. Ya en una época temprana, la unilateralidad de dicha visión despertó recelos entre sus propios impulsores, como lo evidencia la postura especialísima de Blaise Pascal (1623-1662), que distinguió ya dos tipos de conocimiento llamados a complementarse: el esprit géométrique y el esprit de finesse; extremos que parecen corresponderse, en opinión de Iain McGilchrist, con la diferente manera de actuar de los dos hemisferios cerebrales. Junto a esta vía científica del conocimiento podemos rastrear otra rama alternativa del saber: un «conocimiento repudiado» compuesto por una heterogénea colección de enseñanzas y pensamientos diversos, entre los que cabe incluir el esoterismo, el misticismo y otras filosofías de la consciencia. Una suma de conocimientos que a partir de la Edad Moderna fue casi literalmente «arrojada al cubo de la basura». Por contra, el pensamiento de Pitágoras representa, según Lachman, el inicio de una deseable posición de equilibrio entre las dos vías de conocimiento. No se trata, evidentemente, de retroceder a posiciones irracionales o del pasado, sino de buscar una síntesis más saludable.

Siguiendo los pasos de Owen Barfield, la indagación sobre el origen del lenguaje adquiere un peso importante en el argumentario de Lachman. El lenguaje metafórico (mítico) del hombre primitivo (equivalente al que ahora consideramos poético, pero entonces inconsciente) testimoniaría una manera de ver el mundo diferente a la nuestra, que evolucionó, juntamente con el propio lenguaje, hacia lo objetivo/denotativo. Este proceso ha restado riqueza a nuestra manera de percibir la realidad, pues hemos perdido la capacidad para penetrar en su interior. Se nos ha cerrado así el acceso a un conocimiento más participativo. La segunda figura importante estudiada por Lachman en su libro es la de Goethe, sobre todo la del Goethe científico, el de los estudios botánicos y la teoría de los colores. Su pensamiento, analizado en el contexto de la fenomenología y de la posterior Naturphilosophie germánica, encarna una posición de compromiso entre las dos vías de conocimiento; es decir, la defensa de un tipo de saber hecho a nuestra medida, validado por su utilidad en la esfera de lo humano: «odio aquello que se limita a instruirme sin aumentar o fortalecer mi actividad» (Goethe). La verdad se encontraría en un punto intermedio entre el mundo externo y nuestra propia mente que lo percibe y vivifica.

Pero la imaginación no es solo una herramienta para el conocimiento de la naturaleza y del mundo que nos circunda, sino también de nuestro propio interior. En su descenso a las profundidades de la psique humana, Lachman toma como guía y mentor a Carl Jung, del que evoca sus visiones premonitorias de la Gran Guerra. El carácter autónomo de una parte de nuestra mente y la exploración de la «psique objetiva» (así como el fenómeno de la sincronicidad, tratado en el último capítulo) son conceptos y procedimientos junguianos revisitados por Lachman, que los relaciona con las propuestas de otros célebres «visionarios» precedentes, como Paracelso o Swedenborg. Un lugar importante en este capítulo lo ocupa la figura de Henry Corbin, cuyas investigaciones en torno al filósofo persa Suhrawardi (s. XII) y la teoría hermenéutica oriental del ta’wil (empleada por el filósofo francés, fuera de su contexto original coránico, como método para revelar la interioridad de los fenómenos) son extensa y meridianamente explicadas por Lachman. También su creencia en un mundus imaginalis dotado de una realidad propia y estratificado en niveles graduales de espiritualidad. Es interesante la comparación que establece Lachman entre ciertos aspectos del pensamiento de Suhrawardi y de Swedenborg, como son el paralelismo observable entre el denominado estado hipnagógico (estado de consciencia propio de la transición del sueño a la vigilia y viceversa) y la imaginación activa; o entre la «doctrina de las correspondencias» (que relaciona el mundo natural y el espiritual) y el ta’wil. Además, el ejercicio de esta imaginación trascendente requiere de un aprendizaje, y es precisamente Henry Corbin quien propone unas pautas para acceder a ese «continente perdido» del mundo imaginal. Unos procedimientos de acercamiento que, en el pensamiento de Corbin, cumplen las «filosofías de la luz» orientales. Con la teoría, evidentemente, no basta, y es preciso acogerse a una praxis que nos facilite emprender con garantías de éxito ese «camino de vuelta al hogar» que atraviesa una «pluralidad de universos dispuestos en orden ascendente». El castillo de las siete moradas de Teresa de Ávila no se recorre leyendo su libro.

Los peligros de la imaginación cuando sigue una senda equivocada dan pie a otro interesante capítulo. Apoyándose en figuras como Erich Kahler, William Barrett o Kathleen Raine, Lachman extiende una mirada muy crítica (y seguramente polémica) sobre el arte moderno. Barómetro de la nueva situación, Lachman cree reconocer en su pérdida de forma, en su deriva hacia lo grotesto y gratuito un reflejo del agotamiento de los símbolos, de su capacidad para servir a la imaginatio vera (Paracelso). Una señal de alarma disparada por la existencia de un «arte sobrevalorado y grosero […] que se expone en las galerías y los museos y genera enormes ingresos en las subastas». Lachman rastrea esta pérdida de belleza propia del mundo contemporáneo incluso en los realities que lideran las audiencias de las televisiones en todo el mundo. Cerrando de alguna manera el círculo que iniciaba en los primeros capítulos de su libro, Lachman retorna al lenguaje poético, analizando la raíz neoplatónica de artistas como Yeats, Blake o Coleridge. En el disfrute de la belleza el alma se reconoce a sí misma, pues las artes «ponen ante nosotros imágenes que nos hablan de nuestro hogar perdido». Es preciso, pues, encauzar la imaginación, orientarla de manera conveniente, para que cumpla con los requisitos exigibles a una imaginatio vera, y no se pierda en la maraña de las fantasías grotescas, malsanas o intrascendentes. El sueño de la razón puede producir monstruos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

clip_image002

«Aun así, ya casi es un tópico señalar que nuestro poder y dominio sobre la naturaleza, que hemos logrado gracias al reino de la cantidad y que cada vez nos aplicamos más a nosotros mismos, nos ha salido muy caro. El despojamiento de la «interioridad» del universo —y, cada vez más, de la nuestra propia—, necesario para que se afianzara la nueva vía de conocimiento, no ha tenido éxito. Aunque lo requería la fase inicial de desarrollo de la humanidad (o así lo considero yo), nuestro poder sobre el mundo natural ha empezado a mostrar en épocas recientes su lado más sombrío. El calentamiento global, la urbanización desmedida, la industrialización y los problemas medioambientales y sociales relacionados, además de otras crisis a las que nos enfrentamos en la actualidad, tienen su origen en ese dominio sobre el universo físico que comportó nuestra nueva vía de conocimiento» (traducción de Isabel Margelí).

2019092919194231199

Publicado en Ensayo | Etiquetado , | 2 comentarios

Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre

Scan10099-600Treinta años después de escribir su famoso Viaje alrededor de mi habitación (1794), Xavier de Maistre (1763-1852) publicó una continuación: Expédition nocturne autour de ma chambre (1826). Una segunda parte quizás no tan conocida ni original como la primera, pero también poseedora de un atractivo indiscutible. No le habían faltado a su exitoso primer viaje algunas traducciones, como tampoco continuadores anónimos que, a la manera del Avellaneda quijotesco, se habían aprovechado del tirón editorial para probar fortuna con sus propias versiones (como nos revela Alfred Berthier en su estudio sobre el autor). Un atropello que no debió preocupar demasiado al escritor saboyano, que tardó tantos años en tomarse la revancha. Viendo cómo en las últimas semanas (por motivos obvios) mi reseña del Viaje alrededor de mi habitación (publicada hace diez años) recibía tantas visitas, me pareció oportuno hacer también yo un bis y revisitar la obra del autor, pero deteniéndome ahora en su segunda parte, Expedición nocturna alrededor de mi cuarto; obra merecedora en su momento de una valoración negativa del insigne Sainte-Beuve, que se negó a leerla por el temor a verse defraudado. Se amparaba en ese injusto proverbio (como suelen serlo casi todos) de que segundas partes nunca fueron buenas. ¡Como si el crítico francés no hubiera oído hablar del Quijote!

Normalmente en este blog solo reseño libros más o menos recientes, nunca aquellos que exigen acercarse a una librería de antiguo o de segunda mano para poder leerlos (una excelente costumbre que comparto, desde luego, pero en la que influye demasiado la buena suerte o el bolsillo). Creo que podrá perdonarse esta excepción, ahora que nos resulta imposible ir a una librería para surtirnos de la última novedad, y casi todos nos vemos obligados a emprender particulares expediciones alrededor de nuestras bibliotecas, a la búsqueda de algún volumen para releer o que tuviéramos pendiente.

Calpe fue una de las primeras editoriales españolas que publicó, en su Colección Universal, las obras completas de Xavier de Maistre, títulos que fueron reeditados luego por Espasa Calpe en 71gNdXDT14Lsu colección Austral. Así hasta llegar al libro que hoy reseñamos: Viajes alrededor de mi cuarto y otros relatos (1999), en la que también se recogen, además de los dos viajes, El leproso de la ciudad de Aosta, Los prisioneros del Cáucaso y La joven siberiana. Como las primeras ediciones de Calpe, esta última se servía también del excelente trabajo de dos traductores decimonónicos: Nicolás Salmerón y García, y Ceferino Palencia Tubau. Como novedad se añadía un estupendo prólogo de Rafael Conte, que aseguraba además (contrariando a Sainte-Beuve) que la segunda parte —esto es, la Expedición nocturna— le parecía superior a la primera. Todas las traducciones incluidas en el volumen de Austral hace tiempo que pasaron a ser de dominio público, por lo que el lector que lo desee podrá acceder sin reparos a la Expedición nocturna en el enlace que pongo más abajo.

Aunque al libro no le faltan ni el humor ni la ironía puntuales (ni tampoco graciosas ocurrencias, como la del murciélago; o incluso chistes misóginos, como el relativo al Rapto de las Sabinas), el tono general de Expedición nocturna alrededor de mi habitación es mucho más introspectivo que el de la primera parte (más oscuro y pesimista, podríamos añadir, en consonancia con su ambientación nocturna):

Mientras me ocupo de este modo, la generación entera de los que viven va pasando; semejante a una ola inmensa, pronto va conmigo a romperse en las orillas de la eternidad, y como si el huracán de la vida no fuera bastante impetuoso, como si nos empujara demasiado lentamente a los confines de la existencia, las naciones en masa se degüellan aprisa y corriendo y anticipan el término fijado por la Naturaleza. Unos conquistadores, arrastrados ellos mismos por el torbellino rápido del tiempo, se entretienen en hacer morder el polvo a millones de hombres. ¡Eh, señores míos! ¿En qué pensáis? ¡Esperad!… Esas buenas gentes iban a morirse ellos solos; ¿no veis la ola que avanza? Ya su espuma se acerca a la orilla… ¡Esperad, en nombre del cielo, todavía un instante, y vosotros y vuestros enemigos y yo y las margaritas, todo eso va a concluir! ¿Puede uno encontrar bastante extraña semejante demencia? Vaya, pues; es una cosa resuelta: de hoy en adelante, yo mismo no volveré más a deshojar margaritas.

Aunque reducida a una simple pernocta, esta nueva reclusión parece desarrollarse en unas circunstancias menos favorables que las de su primer arresto, impuesto por participar en un duelo. Sin el auxilio de Joannetti ni la compañía de la perrita Rosine, la experiencia de Maistre en una desastrada buhardilla turinesa no podía dar para muchas alegrías. Y no solo eso. Expedición nocturna alrededor de mi cuarto es una obra de madurez, escrita cuando la experiencia de la juventud se observa ya con un cierto distanciamiento, y la imaginación empieza a ocupar el lugar que antes le correspondía a la acción: «los sotos tienen senderos que no vuelven a encontrarse en la edad madura» (así lo había vaticinado en su anterior viaje). No es otra la causa quizás de ese curioso «método de hacer el amor» preconizado por Maistre, en el que la dama individual y real es sustituida por la mujer en general, que puede pertenecer incluso a cualquier otra época pasada. Sexo frío o virtual, diríamos ahora (y que el autor extiende hasta la propia Luna, de la que se confiesa enamorado). También la extensa disquisición sobre el concepto de patria que nos brinda el texto refleja los padecimientos del autor. Saboyano de nacimiento antes que francés, huido de la Revolución y refugiado en Rusia durante largos años, Maistre confiesa no saber ya muy bien qué es la patria. En cualquier caso, no le faltarán al lector, tal como promete el título, algunos divertidos e instructivos paseos, tan dilatados como los que median entre la serena y filosófica contemplación de una pequeña estrella, perdida en la inmensa bóveda celeste, y la de una bella vecina que se ha descalzado de su zapatilla en un balcón cercano. ¡Quedémonos con esto!

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Todas estas confidencias, mi querida Sofía, no la habrán hecho olvidar, así lo espero, la posición molesta en la cual me había quedado, agarrado a mi ventana. La emoción que me había producido el aspecto del lindo pie de mi vecina duraba todavía, y había vuelto a caer más que nunca bajo el encanto peligroso de la zapatilla, cuando un suceso imprevisto vino a sacarme del peligro en que me encontraba de precipitarme a la calle desde un quinto piso. Un murciélago que revoloteaba en torno de la casa, y que, viéndome inmóvil hacía tiempo, me tomó, al parecer, por una chimenea, vino de repente a posarse sobre mí y se agarró a una de mis orejas; sentí sobre mis mejillas la horrible frescura de sus alas húmedas. Todos los ecos de Turín respondieron al grito furioso que lancé a pesar mío. Los centinelas, a lo lejos, dieron el quién vive, y oí en la calle la marcha precipitada de una patrulla»: Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, traducción de Nicolás Salmerón y García.content

257929_2

Texto de Maistre en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: enlace

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 3 comentarios

Sirenas. Seducciones y metamorfosis, de Carlos García Gual

81wb5or27ULDel abultado número de figuras fantásticas y monstruosas que pueblan la mitología clásica, la sirena es una de las más vivas y seductoras. Protagonista de algunos de los más memorables episodios de la epopeya antigua, el mito de la sirena ha sido materia frecuente en la literatura y artes plásticas de todos los tiempos, y ha sabido introducirse, sin apenas esfuerzo, en el imaginario colectivo universal (como lo testimonian el célebre cuento de Andersen o sus edulcoradas versiones cinematográficas). El indiscutible atractivo sexual que emana de la sirena, inexistente en sus primeras apariciones, ha tenido mucho que ver en ello. Así puede deducirse observando la evolución de su imagen: desde esos horripilantes seres que amenazaban la nave de Odiseo — mitad ave y mitad mujer—, a las bellísimas figuraciones de los pintores prerrafaelitas y simbolistas. La sirena es, ciertamente, el monstruo que más nos enamora, sobre todo desde que abandonó su disfraz pajaril y se transmutó en la grácil doncella de los cuentos folclóricos y leyendas, pariente aventajada de ondinas y lorelais fluviales, con las que comparte un parecido poder de atracción sobre los hombres. Porque uno de los mayores valores del mito es su capacidad de metamorfosis, de mutación, de vencer cualquier resistencia adquiriendo nuevas formas y significados, adaptados a las peculiares demandas y debilidades de cada época. No hay escudo que nos proteja de la sirena. Transcurridos tantos siglos, continúa encarnando una de las más acreditadas figuras de la seducción.

El poderoso encanto que desprende la sirena permanece intacto en este bello libro que reseñamos, Sirenas. Seducción y metamorfosis, escrito por el eminente filólogo y escritor Carlos García Gual: un texto consagrado a estudiar la figura, significado y evolución de la sirena, tal como se manifiesta en sus fuentes literarias e iconográficas, desde que Odiseo se viera obligado a sujetarse al mástil de su nave para enfrentarlas. Se nos brinda, pues, la posibilidad de emprender una apasionante singladura por el complejo océano de la mitología, poblado de sirenas en esta particular ocasión. La indagación, que se extiende hasta la época contemporánea, se fundamenta en un perfecto conocimiento de las fuentes literarias y mitográficas, así como en los trabajos de investigación de una amplia gama de estudiosos modernos: sólidos cimientos que no obstan para que el libro se mantenga muy vivo y goce de una admirable amenidad. Como si de un colorido mosaico se tratara, Carlos García Gual va engarzando y dando sentido a una pluralidad de fuentes literarias, con el fin de transmitirnos una imagen coherente y acabada de la célebre figura mítica. El saber y la pedagogía se dan la mano, por así decir, para vencer esa resistencia natural que oponen los mitos a ser sistematizados sin perder su riqueza de matices. Pero el trabajo de García Gual tiene también otro valor añadido, que es el de recoger en sus páginas (y de manera muy particular, en los cuatro intermezzi que jalonan el texto) un importante número de fuentes primarias, de textos literarios que tienen a la sirena como protagonista, lo que otorga a su libro el plus de una antología comentada. El lector podrá así acceder también a textos menos frecuentados, todos esmeradamente traducidos (algunos por el propio autor), en ocasiones presentados en formato bilingüe. Aunque el libro está centrado en la dimensión literaria de la figura mítica, también encontraremos frecuentes apelaciones a su iconografía, acompañadas de una veintena de magníficas ilustraciones, espigadas cuidadosamente de entre la copiosa y cambiante imaginería que la sirena ha inspirado a través de los tiempos.

El subtítulo del libro, Seducciones y metamorfosis, alude a ese doble componente del mito que ya señalamos al inicio. De un lado, el atractivo que emana de su figura, ya sea como transmisora de un saber oculto valioso (su cualidad primera) o como elocuente imagen sexual de la mujer. De otro, su capacidad de mutación, tanto en su aspecto físico como en la diferente recepción de los valores que encarna. La sirena no es el único monstruo sabio, desde luego (el centauro Quirón o la Esfinge fueron, a su manera, también maestros), pero el conocimiento de las sirenas parece encaminado a un fin mucho más letal. Este valor, el de depositarias de un saber, es el que está presente en sus primeras y más conocidas apariciones, ya sea en el celebérrimo episodio de Homero, o bien en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, donde la astucia de Odiseo es sustituida por la habilidad musical de Orfeo, que puede combatir a las sirenas en su propio terreno, el del canto. Estos dos textos, de importancia cardinal, tan agudamente estudiados como cabía esperar del autor del libro, se complementan con una variada pluralidad de textos, quizás de menor resonancia popular, pero que añaden importantes detalles complementarios. Se nos pinta así un retrato completo y muy matizado de la sirena en la cultura grecolatina. Hablamos de bestiarios, libros de maravillas, mitógrafos, geógrafos, filósofos, dramaturgos y poetas de la Antigüedad clásica.

Pero la vitalidad de la sirena no se extingue con el fin del mundo clásico y la llegada del cristianismo. Todo lo contrario. Los nuevos tiempos le conceden a la sirena un renovado protagonismo en tratados de mitología, escritos morales y variadas representaciones plásticas, tanto medievales como renacentistas o incluso barrocas (no es extraño verlas adornando los capiteles de muchas iglesias). Así puede comprobarse en algunos textos de Boccaccio, Ronsard, Natale Conti, Pérez de Moya, Michel de Marolles, en el Roman de Troie o en algunas páginas de los mismos padres de la iglesia: todos analizados conspicuamente por Carlos García Gual en su libro. La figura de la sirena se abre así a nuevas interpretaciones alegóricas y morales, ya anticipadas en algunos eruditos y tratadistas de la Antigüedad tardía. Avanzando en esa línea, los textos medievales y renacentistas imponen el dibujo de la sirena como prostituta, símbolo de la perdición del hombre y del pecado. Toda la configuración de la sirena, tanto su aspecto físico, su ubicación marinera o imagesincluso sus habilidades musicales son vistas como accidentes de la meretriz. Es entonces cuando pierde esas antiestéticas patas de gallina, sus plumas y alas de pájaro, cuando consolida su estilizado cuerpo pisciforme, adornado de una insinuante cola de pescado (esa «impúdica» doble cola, significativamente abierta, que tanto aparece reproducida en los códices y relieves medievales). Es entonces cuando la sirena aprende a compaginar los instrumentos musicales con el espejo y el peine, herramientas y símbolos de la coquetería seductora. Los nuevos tiempos, sin embargo, no se olvidarán de su valor primero. Depositarias de un saber que es mejor no escuchar, la sirena pronto se indentificará con la herejía. Haciéndole competencia a la serpiente del paraíso, la sirena representa ese conocimiento falso que es perjudicial para un cristiano. Ulises pasa a ser ahora ese caballero dibujado por Durero, tan seguro e indiferente a las insinuaciones del demonio, que cabalga tranquilo hacia una Ítaca celestial que ya se divisa al fondo del grabado. Sometida al fuego cruzado de la alegoría y la interpretación evemerista, la sirena terminará reducida a metáfora misógina de la tentación y la falsedad femeninas, aunque también de la hipocresía y la maldad del Príncipe, que engaña a su pueblo con mentirosas palabras y hábil disimulación. Aparición recurrente en libros de emblemas y bestiarios (donde no siempre luce una bella apariencia), la sirena manifiesta su figura menos amenazante en la lírica petrarquista de poetas como Lope, Quevedo, Góngora o Herrera, también oportunamente señalados por el autor.

Pero la sirena tampoco se resigna a quedar reducida a mera figura retórica o añeja ilustración de libro de emblemas, sino que cruza, impávida, las fronteras de la modernidad, convirtiéndose en personaje destacado del imaginario romántico, donde empieza a hibridarse con ondinas, lorelais y otras seductoras féminas fantásticas. Ya en etapas anteriores la sirena había sido objeto de supuestos avistamientos, como los que aparecen recogidos en las crónicas del Nuevo Mundo o en los florilegios y libros de maravillas de Torquemada y Pero Mexía. Ahora, desde la nueva perspectiva romántica, su acercamiento al hombre adquirirá, según nos explica Carlos García Gual, un nuevo significado: el de representar el arquetipo del amor imposible, con su inevitable final desgraciado. Se inaugura así una nueva imagen de la sirena, presente en los relatos folclóricos y leyendas de múltiples culturas, pero que también da origen a figuras más individualizadas (Melusina, Lorelay, Ondina…), o incluso a recreaciones artísticas de escritores como La Motte-Fouqué, Heine, Andersen, Wilde o Lampedusa, entre muchos otros. No se olvida el autor de recoger en su libro a esa sirena decimonónica que tanto se corresponde con la femme fatal finisecular, quizás la más convincente depositaria de la pulsión malsana que alentaba en sus orígenes. Una maldad que ya no precisa ni de garras ni de instrumentos musicales para ejercerse: el solo cuerpo de la sirena es ya suficiente amenaza. Se constituye así una nueva imagen, muy alejada de otras más domesticadas donde la sirena, privada de movimiento en su exilio terrestre, parece un juguete sexual del hombre. Finaliza Carlos García Gual su enjundioso libro recogiendo y comentando un amplio abanico de textos, obra de muy diversos autores (desde Dante a Luis Alberto de Cuenca, pasando por Kafka, Brecht, Cernuda, T. S. Eliott o Derek Walcott, entre otros). Parece evidente que los escritores modernos también atestiguan la pujanza del mito, su mudable teatro de operaciones, su amplia variedad de formas. Permanece constante, sin embargo, ese indoblegable hado que las condena a protagonizar siempre amores infelices; único rasgo del que no han sabido liberarse —no obstante su atractivo y sabiduría— en ninguna de sus metamorfosis.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Como hemos visto, a lo largo de los siglos las sirenas cambiaron su figura: dejaron las alas, se embellecieron y acentuaron su erotismo, se afincaron raudas en el fondo marino con escamosas colas de pez, a veces dobles, y ofrecieron su amor y llegaron a enamorarse. Las historias de amor con sirenas suelen acabar mal, fatalmente, como hemos visto; y mal acabaron para ellas los encuentros con los héroes antiguos (Odiseo y Jasón). Sin embargo, el éxito de un motivo mitológico no se mide por el final feliz, sino por su permanencia en el imaginario colectivo. Y ahí ha quedado, amparado por la literatura y las imágenes, casi eterno, el mito del encuentro con las sirenas, seductoras y mutantes».
La sirena de Arnold Böcklin

La sirena (1887), de Arnold Böcklin

Publicado en Ensayo | Etiquetado , | Deja un comentario

El libro de los monstruos, de Juan Rodolfo Wilcock

Cubierta-Libro-de-los-monstruosCualquier lector sabe que los monstruos tienen una larga tradición literaria, que gozan de una envidiable ejecutoria de nobleza como personajes de ficción. La galería es infinita. Polifemo y Medusa, Escila y Caribdis, el Minotauro y las Sirenas… son solo algunos de sus más asentados representantes. Pero los monstruos no solo viven en los relatos mitológicos de la cultura grecolatina, en el Gilgamesh o en el libro del Apocalipsis. También perduran en las leyendas y novelas medievales, en los relatos folclóricos, en los bestiarios y libros de prodigios, en las crónicas de viaje a países exóticos, en las cartas de navegación de mares desconocidos… Lejos de olvidarlo, el mundo moderno, con todo su racionalismo, convirtió al monstruo en protagonista de sus más insignes ficciones, como el engendro de Frankenstein, Mr Hyde o Gregorio Samsa. En los últimos tiempos, cuando quedan ya pocas especies animales por descubrir (al menos, de tamaño considerable), y la superficie entera de la tierra se expone fácilmente a nuestra mirada, la monstruosidad ha ido ganando rasgos humanos, y su deformidad se ha refugiado en el interior. Es por ello que ahora necesitamos de la metáfora para ponerla en evidencia. Si la monstruosidad puede ser signo de una enfermedad del alma, el género parece condenado a perpetuarse.

En esa estela de monstruos genuinamente humanos podemos encuadrar los que nos ofrece este exquisito volumen que acaba de publicar Atalanta: El libro de los monstruos (Il libro dei mostri, 1978), obra del escritor argentino, afincado en Italia, Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978). Un tratado de la monstruosidad cotidiana cuyo primer axioma es que la deformidad física no es nunca gratuita, sino que traduce a la esfera de lo visible una anormalidad que late en el nivel más oculto (algo parecido a lo de Dorian Gray). Con el concurso de sus fábulas, Juan Rodolfo Wilcock nos transfiere, pues, una terrible herramienta: unas gafas mágicas que nos permiten mirar en el interior de las personas y descubrir lo que en realidad se oculta bajo el barniz de las apariencias. Los «sepulcros blanqueados» parece que, a fin de cuentas, son una realidad muy actual; y lo que vemos por debajo puede no gustarnos demasiado. Traducido admirablemente por Ernesto Montequin y agudamente preludiado por Luis Chitarroni, El libro de los monstruos recoge un total de sesenta y dos minificciones, predominantemente descriptivas (aunque no faltan en ellas algunos poemas y diálogos breves), de un par de páginas la mayoría, cada una con su correspondiente monstruosidad como protagonista. Todos los textos son independientes, aunque guardan entre sí una estrecha afinidad, que se inicia por el nombre inventado que los encabeza, y donde ya comienza el juego conceptual, más o menos evidente. Esta conformación invariable confiere al libro cierto aspecto de atlas zoológico, donde cada bicho disfruta de su ficha correspondiente. La sombra de La transformación de Kafka planea, de manera inevitable, sobre una parte considerable del libro (ese joven convertido en cochinilla de humedad, Fermo Zeschi, es un guiño evidente al autor alemán), pues muchas de las monstruosidades imaginadas por Wilcock no son congénitas ni heredadas, sino adquiridas mediante una metamorfosis. Esto nos retrotrae también, por supuesto, a la obra de Ovidio, donde la transformación la inducía generalmente un dios, ya fuera como castigo o como premio. En el libro de Wilcock, por contra, la causa solo puede atribuirse a la propia sociedad, a los papeles inicuos que nos obliga a representar tantas veces; de ahí quizás la obstinación del autor en señalar la profesión de cada monstruito. Ciertamente, es la sociedad la que nos convierte en maniquís de plástico, en hombres-árbol que solo ven televisión, en novios que son puro espejismo, en ceniceros impotentes que traman imposibles venganzas… La vigilia de la razón produce también sus propios monstruos, quizás los peores. Ni siquiera el mundo de la cultura se libra de los suyos (los que mejor conocía el autor), tan repugnantes como un crítico literario que es amasijo de gusanos, un austrolopiteco experto en semiótica estructuralista, un candidato a Premio Nobel con la papada sembrada de arañas y garrapatas, un cantautor con cerebro de mosquito… Pero la monstruosidad es universal, y parece extenderse a todo el abanico social: filósofos, modelos, religiosos, abogados, mecánicos, médicos, psicoanalistas… No hace falta leer muchas páginas de El libro de los monstruos para descubrir que tenemos entre las manos un texto feroz: el cuaderno de campo de un misántropo que se complace en descubrir detalles monstruosos en todos los repliegues de la sociedad, y donde el humor negro, en ocasiones macabro, convive con una afilada ironía (como la que impregna ese exquisito Doctor Arrigo Ploz). En cualquier caso, ninguna fealdad nos impedirá disfrutar de la portentosa imaginación del autor. ¡No se equivocaba tanto Ambroise Paré cuando daba como quinta causa de la monstruosidad a la imaginación! Al fin y al cabo, la cosa va de monstruos, y hay mucho de placentero en ver a los molinos de viento convirtiéndose en gigantes, por muy terroríficos que sean.

Leyendo el libro de Wilcock, resulta casi inevitable recordar el bestiario de su amigo Borges, el Libro de los seres imaginarios. Pero las diferencias son grandes. Con todo lo terribles que puedan parecer algunos monstruos evocados por el autor de El Aleph, los de Wilcock son infinitamente peores: su humanidad y su anclaje en lo cotidiano aumentan el horror que nos inspiran. Algo similar a lo que sucede cuando ojeamos el famoso libro de Ambroise Paré, Des monstres et prodiges (1573), donde las láminas más desagradables son las que muestran la deformidad humana. El monstruo comienza a asustarnos de verdad cuando adquiere las cualidades de una superficie pulimentada (quizás por ello, el primer texto del libro, Anastomos, lo protagoniza un ser recubierto enteramente por espejos). Los textos de Wilcock son, a este respecto, insuperables: nada menos que sesenta y dos espejos en los que mirarnos y descubrirnos, en los que exorcizar, quizás, al monstruo que todos llevamos dentro. Porque Medusa no fue vencida por la espada de Perseo, sino por su escudo, que la obligó a mirarse en su metálica superficie. Ojalá, lector, no te reconozcas en ninguno de ellos (aunque pueda ser el comienzo de tu curación). No descubras que todos los monstruos son el mismo monstruo. No descubras que ese único monstruo eres tú.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Pero esa delgadez que en las mariposas es una virtud consagrada a explicar y difundir los más logrados dibujos de la mano de la naturaleza, en Mesto es todo lo contrario de una virtud, ya que está destinada a poner en evidencia, como sobre el papel, la forma absurda de ese monstruo soberanamente estrafalario que es el hombre. Es verdad, como todos los mamíferos tiene dos ojos, una nariz, una boca y también cuatro miembros, pero los mismos elementos forman algo tan repugnante y anómalo que parece servir sólo para mostrar, y con cuánta crudeza, aquellas características de las cuales todos los demás mamíferos ―a decir verdad, todos los demás seres vivientes― están afortunadamente exentos: la estupidez, la maldad, la codicia, en suma, las cualidades humanas más notorias. Todo eso, en dos dimensiones, se vuelve aún más evidente; ni siquiera una barba tupida o un enorme sombrero de piel de castor lograrían disfrazarlo, y por eso Mesto Copio, pobrecito, resulta en su chatura repugnante: porque más que un hombre es la imagen del hombre, desastrosa veleidad de una naturaleza que en cuanto al resto no carece de gusto» (Mesto Copio, traducción de Ernesto Montequin).
Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 2 comentarios