Doctor Graesler, médico de balneario, de Arthur Schnitzler

Esta amena novela, Doctor Graesler, médico de balneario (Doktor Gräsler, Badearzt; 1917), viene a sumarse a la ya extensa lista de títulos de Arthur Schnitzler (1862-1931) publicados durante estos últimos años en nuestro país (singularmente por Acantilado). Con Doctor Graesler, la editorial Marbot nos ofrece una novelle inédita hasta la fecha en castellano, de notable interés, traducida por María Esperanza Romero, que no defraudará a los seguidores del escritor vienés. Una vez más apreciaremos la maestría del autor en el desarrollo de tramas absorbentes e imprevisibles; así como el agudo análisis psicológico de sus personajes, centrado particularmente en su componente sexual, un aspecto esencial y omnipresente en toda su narrativa, y al que debe, en gran medida, su éxito popular.

Emil Graesler es un médico ya maduro, especializado en la medicina ambulante de hoteles y balnearios de moda, que vive su desarraigada existencia en la única compañía de su hermana Friederike, otra solterona como él, que ha sacrificado su felicidad individual para asistirlo. El inesperado suicidio de la desencantada Friederike en un hotel de Lanzarote produce una crisis en la ordenada y limitada existencia del doctor. Su carácter retraído y poco flexible, egoísta en suma, se pondrá a prueba cuando conozca, en el balneario al que ha llegado como médico de temporada, a la joven Sabine Schleheim, hija de un cantante de ópera retirado. Su creciente enamoramiento de la muchacha, marcado por la inseguridad y la desconfianza, sufrirá un significativo enfriamiento cuando Sabine, en un valiente ejercicio de honestidad y sinceridad, tome la iniciativa en la relación y planifique un futuro compartido. Retornado por unos días a su ciudad natal, Graesler intentará recuperar la seguridad en sí mismo embarcándose, a modo de prueba, en una aventura superficial con una joven empleada de comercio, que a la postre se constituirá en víctima involuntaria de su experimento. Pero la novela no es solamente la crónica de las inquietudes afectivas y sexuales del protagonista, sino también un amargo testimonio de la falta de comunicación (las cartas de la hermana difunta desvelarán una intensa experiencia amatoria subterránea), de la insinceridad y reserva que marcan las relaciones sentimentales. Una visión, en suma, bastante pesimista. Al final de la novela, una inesperada confluencia entre eros y thanatos -otro leit-motiv en la narrativa del escritor vienés- precipitará un desenlace inesperado: la felicidad del protagonista se realizará en un territorio menos arriesgado pero más generoso. Un final que tiene mucho de redención. Siempre hay un último tren.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Lamia, de John Keats

Para mí ha sido una gran satisfacción encontrarme en la librería, sin previo aviso, con esta Lamia de Keats (1795-1821), perdida en los estantes de la sección de poesía. Si la hubiera visto anunciada antes en internet, no hubiera tenido tanta gracia. La materialización de un deseo. Hace unos años la editorial Reino de Cordelia inició su coleccion de poesía con La víspera de Santa Inés, esa encantadora balada de Keats que narra los amores de Madeline y Porphyro. Ahora, alcanzado su número decimotercero, la colección «Los versos de Cordelia» vuelve a regalarnos con uno de los poemas más bellos del británico, Lamia (Lamia, Isabella, The Eve of St. Agnes and Other Poems, 1822), que hasta ahora sólo podíamos leer y releer traducido en el segundo volumen de la edición de Libros Río Nuevo. La exquisita versión de Luis Alberto de Cuenca y José Fernández Bueno (en alejandrinos y endecasílabos blancos) viene acompañada del texto original en lengua inglesa, así como de las atractivas ilustraciones, ya centenarias, de Will H. Low. Un breve prólogo, preparado por los traductores, traza las deudas del poema con la tradición clásica y moderna, e indaga en el significado de la obra. ¿Para cuándo la Christabel de Coleridge?

Las lamias son seres femeninos mitológicos, más bien monstruosos, de estirpe reptilesca, oriundos de la Antigüedad Clásica y emparentables, de alguna manera, con la figura del vampiro moderno, en cuanto devoradoras de niños o succionadoras de sangre. Sin embargo, serpientes y bellas muchachas no son, al menos literariamente, conceptos tan contrapuestos. Melusina, la Serpentina de Hoffmann, o la Oriana de Vernon Lee, entre otras muchas, lucen adorables sus coloridas manchas, bellos ojos y estilizada figura. Pocos elementos mórbidos o nocturnos hallaremos en la Lamia de Keats, una modesta divinidad convertida a su pesar en serpiente, que todo lo vive por sueños (virtualmente), y que recupera dolorosamente su feminidad gracias a la interesada intervención de Hermes. Como Orfeo, Lamia es capaz de hacer palidecer a las estrellas con su canto, pero también de renunciar a su inmortalidad por amor. Eso sí, aunque virgen, en las lides amorosas es astuta como una sierpe, y ejerce sobre el simplón y fatuo de Licio esa fascinación que sufren algunos pajarillos antes de ser engullidos. Inspirado indirectamente (ap. Robert Burton, Anatomía de la melancolía, 1621) en la Vida de Apolonio de Tiana, de Filóstrato (s. III d. C.), el poema no tiene, desde luego, nada de gótico. Se trata más bien de una fábula mitológica -con metamorfosis incluida-, exacerbada en las notas coloristas y sentimentales. El despertar final, que se nos impone a los lectores como un verdadero castigo, se aleja de ese mundo clásico idealizado y armónico. Al igual que en «La hija de Rapaccini», de Hawthorne, la intervención aparentemente bienintencionada (¿no será envidiosa?) del representante oficial de la razón y el saber, llámese professore Baglioni o instructor Apollonius, provoca el desastre. Cuando el sueño es demasiado feliz, la vigilia resulta insoportable.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Ante la pintura. Narraciones y poemas, de Robert Walser

No obstante su limitado éxito literario en vida, Robert Walser (1878-1956) es considerado hoy en día como una de las figuras más interesantes y atractivas de la literatura en lengua alemana del siglo XX. Fue autor de una extensa obra, en gran parte dispersa en pequeñas publicaciones, en la que emergen novelas tan valoradas como Jakob von Gunten, Los hermanos Tanner, o El ayudante. Nacido en Biel (Suiza), Walser llevó una vida modesta, algo vagabunda, repartida entre Suiza y Alemania, desempeñando pequeños empleos (criado, oficinista o secretario) que le permitían entregarse a la creación literaria, tarea en la que alcanzó un cierto reconocimiento. Los últimos años de Walser (1929-1956) transcurrieron en clínicas psiquiátricas suizas. Su locura fue una afección pacífica, lúcida, casi tan prolongada como la de Hölderlin (aunque no tan creativa, pues desde 1933 Walser ya no escribe). Como testimonio de esos años oscuros tenemos un extraordinario y entrañable libro: Paseos con Robert Walser (Siruela), escrito por su editor y amigo, Carl Seelig, que lo visitó numerosas veces y fotografió en el transcurso de sus compartidas excursiones campestres. Su muerte sobre la nieve, en los alrededores del sanatorio mental de Herisau, el 25 de diciembre de 1956, configura una de las imágenes más patéticas del desamparo humano, especialmente doloroso cuando toca a un artista de la fibra de Robert Walser.

Ante la pintura. Narraciones y poemas (Insel, 2006, edición y epílogo de Bernhard Echte; traducido por Rosa Pilar Blanco para Siruela) da cuenta de la gran admiración que sentía Robert Walser por la pintura, un interés en el que influyó de manera determinante la figura de su hermano, el pintor Karl Walser, del que se glosan y reproducen algunos trabajos en el libro (como el simpático cuadro que ilustra la portada). Su afición a la pintura convertirá a Walser en asiduo visitante de museos y exposiciones –algunas de gran relevancia­–, experiencias estéticas que luego plasmará en muchos de sus textos literarios. Ante la pintura recoge una variada muestra: breves ensayos, anécdotas, recuerdos autobiográficos, fábulas y fantasías, poemas, sonetos…, textos todos inspirados por uno o varios cuadros. En ocasiones, el autor bosqueja incluso breves escenas dramáticas en las que dialogan los personajes representados en el lienzo, o bien el artista con su modelo. La ingenuidad es la nota predominante. En el texto «Olimpia», es el propio Walser quien entabla un sabroso diálogo con el personaje femenino, que posa desnudo e impávido, sin asomo de pudor, en el célebre cuadro de Manet. Es verdad que la mayoría de estas pinturas ya las hemos visto (como las de Cranach, Tiziano, Brueghel, Renoir, Cézanne, Van Gogh…), pero otras probablemente no (Albert Anker o Narcisse Díaz de la Peña). En cualquier caso, será placentero verlas por vez primera o revisitarlas, contrastando los comentarios de Walser con las cuidadas reproducciones que nos ofrece la modélica edición de Siruela. La observación de los cuadros, no siempre recordados con exactitud por Walser, abre paso generalmente a una libre fabulación, trufada de digresiones, ingenuas o burlonas la mayoría de las veces, siempre imprevisibles y gozosas. Como cualquier conocedor de Walser sospechará, el acercamiento a los cuadros no puede más subjetivo. Incluso cuando el propósito ensayístico se hace explícito, nos encontraremos en las antípodas del texto erudito: «A pesar de que sé poco de él [Watteau], asumo sin demora la tarea». Es seguro que no aprenderemos mucha historia del arte leyendo este libro. Será tan sólo un ejercicio de buen humor, libertad e imaginación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Bellas mujeres adornan el paseo con su presencia, ¿y yo estoy aquí sentado, escribiendo?» (traducción de Rosa Pilar Blanco)

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El viaje del rector Florian Fälbel y sus alumnos de último curso al Fichtelberg, seguido de Vida del risueño maestrillo Maria Wutz en Auenthal, una especie de idilio, de Jean Paul

Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter, 1763-1825) es uno de los escritores alemanes más originales, exquisitos y apreciados del periodo prerromántico. Todavía obraban entonces en Alemania los principios de la Ilustración, presentes de manera singular en la compleja obra de nuestro autor, que difícilmente encajaríamos en los moldes más comunes del Romanticismo. Nacido en una familia muy modesta (su padre era maestro y organista), Jean Paul respira durante una gran parte de su vida el deprimido ambiente de los maestros y profesores de liceo de última categoría, que transmuta en textos tan luminosos y optimistas como los dos que nos ocupan: El viaje del rector Florian Fälbel (1790), y Vida del risueño maestrillo Maria Wutz en Auenthal (1793). Aunque Jean Paul alcanzó en vida gran fama como escritor, luego cayó en el olvido, y sólo a lo largo del siglo XX fue recuperando poco a poco su lugar. Todavía en 1921 señalaba Hermann Hesse que su obra había sido injustamente olvidada en Alemania. En España, su recuperación (o mejor dicho, su recepción) es de ayer mismo. Al igual que otras editoriales independientes, como Velecío, Gallo Nero, Cómplices, Sequitur o El olivo azul, Nórdicalibros pone su granito de arena apostando por este autor tan escasamente leído en nuestro país.

El viaje del rector Florian Fälbel es un texto satírico, muy cómico, escrito en una prosa densa e ingeniosa, rica en paréntesis y digresiones, delirante en ocasiones. Este extravagante profesor de liceo bávaro emprende un viaje pedagógico al Fichtelberg (su medición es uno de los platos fuertes del programa), acompañado de doce alumnos, varios perros, su propia hija Córdula (¡alguien tiene que cocinar!) y una variopinta impedimenta de libros, planos, pizarras, instrumentos de medición y salchichas ahumadas… Se nos ofrece por boca de su propio protagonista, Fälbel, la crónica de un disparatado programa pedagógico, grotescamente alterado por los inesperados sucesos que salpican el viaje; entreverado de citas eruditas, latinas en ocasiones, siempre pedantescas y traídas por los pelos, acumuladas con un afán evidentemente paródico. Pero Fälbel no es la única voz del relato. Como es habitual en Jean Paul, la intromisión del autor es continua, puntualizando o distanciándose de la exposición del rector. En apenas medio centenar de páginas se amontonan las aventuras y ocurrencias más ridículas: una verdadera burla de los viajes estudiantiles, en particular, y de la pedagogía germana en general. Un texto para leerlo sin prisas, con cuidadosa atención, deleitándonos en las pequeñas sorpresas que nos acechan a la vuelta de cada línea, tan inesperadas y sorprendentes como placenteras. Qué graciosa resulta la escena de la pelea perruna en la posada, en la que cada amo tira de la cola de su perro, modulando el alboroto -según Fälbel- como el organista que extrae los registros de su órgano. O los ejercicios de medición que toman como referencia a dos brutales campesinos dormidos bajo unos árboles, que despiertan repartiendo puñetazos. La influencia de Sterne se patentiza en el enternecedor episodio del soldado húngaro que va a ser fusilado por desertor. Mientras Fälbel se escandaliza de su bárbaro uso del latín, y justifica ya por eso su muerte; el autor lo compadece, destacando su pobre y doliente humanidad, que le ha conducido al último gesto de desnudarse ante el pelotón de fusilamiento para ceder íntegra su ropa a la lavandera del regimiento. El colmo del despropósito se alcanza al final, cuando Fälbel renuncia a subir al Fichtelberg, destino del viaje, al enterarse de que otro erudito lo acaba de preceder y ya ha tomado notas para una monografía. Para redondear el fracaso, Córdula queda empeñada como prenda en la posada, al no poder pagar Fälbel la minuta. A estas alturas ya hemos descubierto que el rector es, entre otras cosas, un misógino redomado

Completa este volumen de Nórdicalibros la Vida del risueño maestrillo Maria Wutz en Auenthal, una especie de idilio, un valioso texto de excepcional encanto, del que ya nos ocupamos brevemente en una entrada anterior de SaltusAltus (puede leerse pulsando aquí): La amable autobiografía de un maestro alemán de último escalafón, que saca la alegría de vivir, necesaria para enfrentar su vida miserable, de las más insignificantes satisfacciones cotidianas: toda una lección de filosofía. Cierra el volumen un interesante epílogo, escrito por la traductora, Isabel Hernández, donde se analiza con profundidad la figura del escritor y se repasan algunos de sus títulos más significativos: un aperitivo para futuras lecturas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Nada me gusta más que leer libros de pocas páginas. Aquellos viejos libros infolio, que son como lingotes de oro y que solo pueden abrirse encima de dos sillones, deberían molerse en varios granos del preciado metal, quiero decir que cada página debería doblarse y componer por sí sola un tomito: de ese modo cualquiera podría cargar con ellos sin problemas» (traducción de Isabel Hernández)
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Manfredo, de Lord Byron

Debemos congratularnos de que la editorial Abada nos brinde la posibilidad de leer este admirable poema dramático de Lord Byron (1788-1824), Manfredo (1817), en una edición bilingüe tan exquisita y cuidada como la que nos ofrece Enrique López Castellón, que ha vertido el texto inglés en endecasílabos sueltos de gran finura y musicalidad. Una muy documentada introducción y un aparato de notas que figuran al final del volumen complementan su trabajo. Manfredo es una de las grandes figuras del Romanticismo, símbolo del descontento y la rebeldía, inspiradora de literatos, pintores y músicos; de manera singular: Schumann y Tchaikovski.

Aunque se le ha comparado con el Fausto, Manfredo anda lejos de la complejidad y riqueza del poema de Goethe; lo que no le resta, por supuesto, su propio interés y atractivo. Manfredo es el prototipo del héroe byroniano: un ser alejado del común de los mortales, desengañado de la esterilidad del conocimiento y atormentado por una culpa (la muerte de su hermana Astarté, cómplice de un amor maldito). Su ambiente natural es la torre de un viejo castillo gótico, testigo de sus vigilias, estudios y meditaciones, así como las elevadas cumbres de las montañas, único escenario digno de sus aspiraciones sobrehumanas. Al igual que Fausto (o incluso que Próspero), Manfredo ha adquirido, gracias a sus estudios, un gran poder sobre los espíritus de la naturaleza, a los que convoca y subyuga a su capricho. La aparición de los siete espíritus que inicia el poema, y sus ulteriores hechizos sobre el desmayado Manfredo, configuran uno de los pasajes más bellos del poema. Por supuesto que estos espíritus, que le obedecen a regañadientes –a él, un simple mortal–, no pueden ayudarlo. Se impone, pues, la desesperación. La escena culminante del poema (o al menos la que más ha sugestionado a los artistas plásticos) tiene lugar en la cima de la Jungfrau, en los Alpes. Rodeado del escenario más sublime imaginable –torrentes que se despeñan en cascadas, gigantescas moles pétreas abatidas, crestas elevadas, precipicios vertiginosos, glaciares…– Manfredo decide poner fin a su existencia. Ni la belleza de la naturaleza, ni las promesas de una vida sencilla o elevada (la música del caramillo, el vuelo del águila) son estímulos suficientes para vivir. Pero cuando Manfredo está en trance de arrojarse al abismo, un cazador que anda por la montaña lo agarra en el último momento y lo obliga a vivir. Su final no será ya tan miserable. La siguiente escena, en el interior de la cabaña del cazador, nos muestra los encantos de una existencia sencilla y auténtica, sin conflictos –tal vez la única digna de vivirse–; pero inasumible por el orgulloso y atormentado espíritu del héroe. La felicidad es quizás posible, pero no para Manfredo.

Falta quizás en el poema la luminosa presencia de un personaje femenino como Margarita. Aquí el cuadro es aún más oscuro. La amada de Manfredo, Astarté, es poco más que un recuerdo, o un fantasma casi mudo; y la fugaz aparición de la bella bruja de los Alpes –tan fría como la cascada de donde surge– hace poca mella en el protagonista. En este aspecto, al menos, Manfredo se muestra más maduro que Fausto: el rayo de luna del amor ya no lo engaña.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Manfredo y la bruja de los Alpes

Manfredo en el Jungfrau (de William Bartlett, 1809-1854)

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Las hermanas. «Conte drôlatique», de Stefan Zweig

Al igual que otros muchos relatos breves de Stefan Zweig (1881-1942), Las hermanas (Die gleich-ungleichen Schwestern, 1937) es una pequeña obra maestra que se lee con fruición. Traducida por Berta Vias Mahou para Acantilado, el editor ha considerado oportuno añadirle el subtítulo de «conte drôlatique», aludiendo quizás a los Contes drôlatiques de Balzac, relatos licenciosos de espíritu rabelesiano en que cortesanas y religiosos protagonizan con frecuencia aventuras escandalosas. Es verdad que en el texto de Zweig también se entremezclan procazmente la santidad con el pecado, pero de una manera mucho más compleja. Más allá del evidente tono libertino de la trama, se propone una tesis moral, o al menos una reflexión sobre el carácter complejo y contradictorio del deseo humano, pues «ningún anhelo llena ni colma jamás el dilema masculino, que entre la carne y el espíritu añora siempre el eterno contrario». Este dilema no es, por supuesto, exclusivamente masculino, como dejará bien claro el desarrollo de la historia.

Helena y Sophia son dos jóvenes gemelas, de gran belleza, que viven en la miseria desde que su padre, el caballero Herilunt, un victorioso general de Teodosio, fracasó en su temeraria intentona de usurpar el trono. Para salir de un medio social que les resulta abominable, estas dos hermanas –tan ambiciosas como su padre– no vacilan en protagonizar carreras divergentes de vicio y virtud, en las que pronto reinarán de manera indiscutible. Pero unas cualidades morales tan dispares, repartidas en dos cuerpos físicamente idénticos, producen una gran conmoción en el imaginario masculino de Aquitania. De manera inesperada, las figuras de la cortesana y la santa se refuerzan perversamente, trayendo de cabeza a los hombres, exacerbando y complicando hasta el delirio sus fantasías menos presentables. Pronto se verá, además, que no son ni el dinero ni la santidad los verdaderos acicates de estas trayectorias tan extremadas, sino una feroz competencia, un ansia de superación a cualquier precio. El indiscutible triunfo de las dos hermanas, cada una en su especialidad, no pondrá fin a su mutua animosidad; y así, Helena, la prostituta, trazará un maquiavélico plan para hacer caer a su hermana Sophia, la hermana de la caridad. La inesperada resolución del conflicto –que no desvelamos– afianza la tesis general del relato, que quizás no sea otra que la integración de contrarios. Tal como anunciaba el título original en alemán («gleich-ungleichen»), se recuperará la igualdad inicial (las dos torres gemelas, que abren y cierran el relato de la historia, serán símbolo y testimonio para la posteridad). De manera similar a Virata, en Los ojos del hermano eterno, Helena y Sophia culminarán su destino alejadas del mundanal ruido, en el ámbito del silencio y la privacidad. Sólo así es posible, quizás, la delicada operación de vencer las contradicciones para reintegrarse en el todo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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En Ronda. Cartas y poemas, de Rainer Maria Rilke

La excelente introducción de Anthony Stephens con que se abre este volumen de Pre-Textos (traducida por Mariano Peyrou) nos sitúa en la altura idónea para disfrutar de una perspectiva perfecta de los textos y poemas que figuran a continuación. Las cartas ya pudimos leerlas hace años en la rigurosa y anotada edición completa del Epistolario español ofrecida por Jaime Ferreiro Alemparte, en Espasa. Ahora podremos disfrutarlas una vez más en una reciente traducción (de Juan Andrés García Román y Manuel Arranz), y acompañadas de todos los poemas y textos escritos por Rilke durante su estancia rondeña, lo que enriquecerá enormemente nuestra lectura. Para mayor gozo, se acompaña esta atractiva edición con un escogido álbum fotográfico de la ciudad.

En su viaje por España (entre 1912 y 1913) dos ciudades marcaron su huella en Rilke, Toledo y Ronda. Aunque la impresión más profunda la recibiera en la ciudad del Tajo, fue precisamente en Ronda donde pudo encontrar mejor acomodo la complicada personalidad del artista. Como es habitual en Rilke, las impresiones recibidas tardan en ocasiones mucho en fructificar. En el caso de Toledo, el poeta se vio abrumado por la presión de un escenario imparangonable, de un peso histórico y artístico enormes (singularmente, El Greco), que pareció reducirlo a mudo espectador: los réditos no vendrían hasta después. En Ronda, sin embargo, en un medio más anónimo, menos cargado de historia y de expectativas (un «lienzo en blanco», según feliz expresión de Anthony Stephens), aunque no menos espectacular y sugerente, Rilke alumbró algunos poemas de gran trascendencia, poniendo fin a un periodo de esterilidad creativa que se extendía desde comienzos de año. «Al ángel», «La trilogía española», el esbozo de su «Sexta elegía», «El espíritu Ariel», son sólo algunos de los poemas compuestos en Ronda, los más significativos para su ulterior evolución artística. Alegra pensar que durante unas semanas el poeta pudo sentirse de nuevo «como arrodillado» en el desempeño de su tarea lírica. En cuanto a las cartas escritas en Ronda, los destinatarios son algunos de sus habituales corresponsales: Lou Andreas-Salomé, la princesa Marie von Thurn und Taxis, Anton Kippenberg (su editor), la escritora Annette Kolb o la baronesa Sidonie Nádherný. Este poeta tan poco avezado para la vida práctica, tan necesitado de mecenazgo (con la poesía es imposible hacer pan, aseguraba), no se relacionaba con cualquiera. Aparte del relato de sus vivencias en Toledo y en Ronda, en casi todas las cartas reaparecen sus temas habituales: la soledad, la preocupación por su maduración poética, su agónica falta de creatividad, sus planes para un futuro más pleno (la nouvelle opération), su delicada salud (un malade imaginaire ?), sus lecturas (entre ellas, unas bellas palabras sobre Stifter)… No importa que en ocasiones se repitan algunas ideas (como su decepción sevillana); lo importante es que, fascinados por su prosa, esperamos en cada nueva línea ver surgir la imagen que nos ilumina el corazón. Rilke nunca nos decepciona, pues todo lo que toca –todo lo que ve– lo transforma en poesía. ¿Acaso Ronda no es un poema suyo?

Resalta Anthony Stephens lo significativo de que Rilke ocultara a sus corresponsales, incluso a los más íntimos, la noticia de su fecundidad creativa, el alumbramiento de poemas tan extraordinarios como «La trilogía española». Quizás el artista los consideraba el primer paso de un algo nuevo, de perfiles todavía imprecisos, brotes aún no maduros que era preciso proteger de la fría curiosidad ajena. Pero en cualquier caso, testimonio también de su especial personalidad, que tanto gustaba del distanciamiento y la soledad («…estos días atrás he estado hablando mucho con él [un hermano del conde de Vilallonga. Quizás pasara la fiestas navideñas con su familia]. Y ya conoce usted cómo la intensidad de las relaciones humanas supone para mí un enorme gasto de fuerzas que casi llega a minar mi salud… Así es como también esta vez acabé con los nervios roídos»). Quizás la soledad de que pudo gozar Rilke en Ronda no sería ajena a su fecundidad poética. Allí  debió sentirse a sus anchas, disfrutando de un paisaje excepcional, en una estación del año libre de turistas, y casi único residente del hotel Reina Victoria: un moderno establecimiento fundado por los ingleses y de una comodidad desconocida en España. Es verdad que Rilke se lamenta de su carácter impersonal; pero la mala salud que padece (uno de sus frecuentes leit-motiv), la incómoda experiencia toledana que acaba de sufrir, junto con el riguroso clima rondeño, le desaconsejan alquilar un alojamiento con más color local. Es tanta su satisfacción por el escenario (y por la comodidad del hotel), que en repetidas ocasiones le recomienda a su amiga Sidonie, la baronesa, que lo visite; aunque luego, cuando ella se muestre dispuesta a correr la no pequeña aventura de presentarse en Ronda, el poeta la disuada sin muchos miramientos: «el estar solo se me presenta tan atractivo que no puedo sino olvidarme de todo lo demás». Hemos de convenir en que una compañía inoportuna espanta al Ángel.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Rumorea el arroyo y a ti (que lo oyes) / te ignora. Y tú le endosas / tus quejas al aire: el que se tuerce por los puros días, / los que tú no posees, / a los que tú no estorbas» (traducción de Juan Andrés García Román)

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El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados, de Max Beerbohm

Quizás desconozca el lector un secreto muy bien guardado hasta la fecha: cuando la luna asoma por el horizonte y recorre plácidamente la azulada bóveda nocturna, no es Diana quien la guía, sino su hermano, el mismísimo dios Apolo. En efecto, terminada su tarea diurna de auriga solar, el dios regresa de nuevo a la tierra para –oculto tras una máscara de plata– regocijarse contemplando los gozos nocturnos de los hombres: sus fiestas y bailes, su música, sus descansos… «Pues, según cuentan, en esas horas los hombres son como los dioses». Esto es, al menos, lo que asegura Eneas, un simpático fabricante de máscaras londinense, actual depositario de la gloriosa e inmemorial tarea de confeccionarle cada año al dios las doce máscaras que precisa. Por ello, cuando Lord George Hell le reclame una máscara con la que ocultar la depravación pintada en su rostro, el eximio fabricante sabrá proporcionarle la más adecuada. Y es que el aristócrata se ha enamorado fulminantemente de una joven e inexperta bailarina del Garble’s, Jenny Mere, una muchacha que tiene la osadía de asegurar que jamás podrá ser «la esposa de alguien cuyo rostro no sea como el de un santo». Desgraciadamente el aristócrata es un crápula de cuidado, jugador y pendenciero, juerguista, cínico y extravagante; y, por si fuera poco, tiene como amante a una celosa bailarina italiana, la Gambogi. Aunque es verdad que las armas de Cupido comienzan a obrar positivamente en su moral desde el primer flechazo (recibido en pleno palco del local donde actúa Jenny, por obra y gracia del Enano Alegre), su rostro deja todavía mucho que desear: es un libro abierto. Por fortuna, la máscara mostrará enseguida sus excelentes cualidades, cumpliendo los deseos del enamorado hasta un punto que sólo cabe calificar de milagroso. Subtitulado por el editor «un cuento de hadas para hombres cansados», El farsante feliz (traducido para Acantilado por Matías Godoy) no sólo tiene el alegre final esperado, sino que cada una de sus pequeñas peripecias se resuelve con la ligereza de un pase de magia, con la facilidad que sólo nos procuran los sueños.

Max Beerbohm (1872-1956), autor de esta encantadora y original novelita, fue ante todo un caricaturista famoso. Aparte de El farsante feliz (1897; publicado en The Yellow Book un año antes, y luego adaptado para la escena), escribió una novela larga, Zuleika Dobson (1911), y un conjunto de apuntes breves, Seven Men (1919). De este último libro, los lectores amigos del género fantástico quizás recuerden el relato titulado «Enoch Soames», recogido por Borges en su caprichosa Antología de la literatura fantástica. Amigo de Oscar Wilde, seguramente pretendió con este amable cuento, The Happy Hypocrite, desarrollar juguetonamente un proceso opuesto al que narraba El retrato de Dorian Grey.

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Edimburgo: notas pintorescas; seguido de Dos paseos por Escocia, de Robert Louis Stevenson

Con este atractivo libro la editorial Abada nos brinda la oportunidad de vagabundear por las calles de la vieja Edimburgo de la mano de uno de sus más destacados hijos, Robert Louis Stevenson (1850-1894). Aunque su precaria salud le aconsejó cambiar los humos y ventoleras de esta desapacible metrópoli del norte («donde los enfermizos mueren pronto») por los cálidos y soleados Mares del Sur, el recuerdo de su ciudad natal permaneció siempre en su recuerdo, y fue escenario de algunas de sus mejores páginas literarias, como Los ladrones de cadáveres, Secuestrado, Catriona, Las desventuras de John Nicholson o St Ives, entre otros.

Edimburgo: notas pintorescas lo conforma un conjunto de diez capítulos, originariamente publicados en la revista The Portfolio a lo largo de la segunda mitad del año 1878, y luego completados y reunidos en un solo volumen en 1879. Son textos poco conocidos, pero en cada una de sus páginas brilla con fuerza la prosa del autor escocés, impregnada de una finísima ironía. Aunque hable de su ciudad natal, no le duelen prendas a Stevenson a la hora de criticar los desmanes urbanísticos, los monumentos de pésimo gusto o la desigualdad social («en ninguna otra parte más evidente que en Edimburgo»). El casco antiguo con sus viejas casas de vecinos, que se elevan como inestables y miserables rascacielos, el bullicioso barrio de los abogados, las zonas modernas y residenciales, las colinas circundantes y sus monumentos,  los alrededores campestres… Pero la mirada de Stevenson no se limita al paisaje urbano o a sus monumentos (a los que presta muy escasa atención), sino que se vuelca de manera preferente sobre su humanidad, y muy en especial sobre la más modesta y doliente, ya esté hacinada, aterida, o venturosamente entregada a los báquicos regocijos del Año Nuevo. No escasean en el libro las alusiones a la convulsa historia de la ciudad, con frecuencia manchada por la intolerancia religiosa y las luchas entre partidos e Iglesias; como tampoco faltan los recuerdos infantiles de una Edimburgo rústica y campesina. Aunque todo el libro está trufado de historias y anécdotas interesantes -a veces truculentas-, encontramos también un capítulo expresamente dedicado a las leyendas, deliciosamente expuestas y aderezadas con unas gotas de humor. No traiciona tampoco al subtítulo de «pintoresco» el capítulo dedicado al cementerio de Greyfriars, un texto rico en historias y observaciones macabras o inquietantes. De la misma manera que Stevenson se consolaba en semejantes lugares pensando en el sacrificio voluntario de los héroes que no temían a la muerte, nosotros nos consolaremos recordando que el autor reposa en una soleada y alegre colina de una isla en los Mares de Sur.

Completan este volumen (traducido, prologado y anotado por Miguel Ángel Martínez-Cabeza, y abundantemente ilustrado con los grabados que acompañaron a la edición original) dos cortos textos de viajes, el segundo de ellos inacabado: La costa de Fife (1888) y Un paseo por Carrick y Galloway en invierno (1896). Publicados en Scribner’s MagazineIllustrated London News, condensan en sus breves páginas un apreciable caudal de observaciones interesantes, leyendas, tipos curiosos, anécdotas y noticias históricas, como la de los soldados de la Armada Invencible naufragados en Fair Isle.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Cuentos de hadas, de George MacDonald

Del escritor escocés George MacDonald (1824-1905) pudimos leer hace ya muchos años Lilith (Edhasa, 1988), una novela fantástica que me pareció poco convincente. Luego aparecieron -también traducidos a nuestra lengua- otros relatos más breves, como La princesa y los trasgos o La princesa y Curdie, cuentos de hadas publicados en colecciones destinadas a la infancia. Los Cuentos de hadas que ahora nos presenta Atalanta -subtitulados: para todas las edades-, me han reconciliado mucho con este autor, al que es justo reconocer una gran originalidad, interés y calidad literaria. Amigo de Lewis Carroll, George MacDonald escribió a lo largo de su vida muchas novelas y cuentos fantásticos, que influyeron decisivamente en autores tan importantes como C. S. Lewis o Tolkien.

«La princesa liviana» (1893) es el cuento más extenso de la colección, y para mí el más interesante. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los restantes relatos, el elemento fantástico tiene una presencia limitada, la justa para sentar las premisas de la historia e impulsarla en la dimensión deseada, siguiendo una lógica hasta cierto punto convencional. Hablamos de una princesa que ha perdido la gravedad como consecuencia de un hechizo lanzado por su tía, la malvada y rencorosa princesa Makemnoit (una bruja, en realidad), que no ha sido invitada a su bautizo. En este caso la maldición no ocasiona dolor alguno a la feliz princesa, que disfruta de la manera más alocada e irresponsable de su ingravidez; al menos hasta que su amado lago comienza a secarse, en lo que parece una catástrofe ecológica «avant la lettre». Aunque hay príncipe en la historia, no hay bella durmiente; y sí una verdadera ondina: probable homenaje de MacDonald al barón de La Motte Fouqué, del que admiraba su cuento Undine (1811), al que consideraba el cuento de hadas por excelencia. «El corazón del gigante» es un entretenido y admirable cuento de ogros con algunas escenas verdaderamente terroríficas, impregnadas de ese sadismo inherente a muchos cuentos infantiles, y que aquí el autor intensifica conscientemente. En algún momento nos parecerá estar asistiendo a los apuros de Odiseo en la cueva de Polifemo. Creo que en este cuento se percibe, mejor que en ningún otro, la habilidad del autor para mantenernos siempre pendientes del hilo. Estos dos primeros cuentos son piezas de lectura obligatoria. «Cruce de propuestas» es un relato de tono diferente a los anteriores: una fantástica excursión al País de las Hadas que recuerda mucho a la Alicia de Carroll (la niña protagonista se llama también Alicia). Quedan en la memoria los paraguas que se convierten en gansos negros y echan a andar. «La llave de oro» es otro cuento desbordante de imaginación, en el que aparecen de nuevo dos niños alejados de su casa por los poderes feéricos, y que maduran en su peregrinaje al País de donde caen las sombras. La oportuna ayuda de un hada buena y la llave de oro que se encuentra al final del arco iris propician un final feliz. Al igual que Salomón (o Sigfrido), escucharemos hablar a los animales del bosque. En «La pequeña luz del día» reaparece, no sin ironía, la figura de la princesa embrujada por un hada malvada el día de su bautizo. En este caso se trata de una bella durmiente a medias, castigada a dormir durante el día y a vivir sólo durante la noche, sometida además a los altibajos del ciclo lunar. Una maldición que la sitúa en un escenario que ni pintado para seducir al inevitable príncipe. En «El sueño de Diamante» y «El sueño de Nanny» retomamos la línea de algunos cuentos anteriores protagonizados por niños, que ahora experimentan viajes oníricos. Finalmente, en «El día y la noche en el país de las hadas» se explora un registro fantástico diferente. Un cuento de una exquisita belleza, cuidadosamente escrito desde la más pura simetría. La malvada bruja Watho juega perversamente con una pareja de jóvenes, a los que mantiene secuestrados en su castillo, impidiéndoles alcanzar un desarrollo natural: Fotógeno, condenado a llevar una vida sólo diurna; y Nycteris, criada en la oscuridad más absoluta.

Estos Cuentos de hadas (subtitulados para todas las edades) han sido traducidos a nuestra lengua por Ana Becciú, y prologados por Javier Martín Lalanda, profesor de la Universidad de Salamanca y estudioso bien conocido por los amantes de la literatura fantástica. Además de un breve ensayo del propio George MacDonald, «La imaginación fantástica», completan el volumen algunas fotografías y retratos del autor, así como las ilustraciones que acompañaron a la edición original, obra del dibujante y pintor prerrafaelita Arthur Hughes (1832-1915).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Dibujo de Arthur Hughes para Speaking Likenesses (1874), de Christina Rosetti.

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