La leyenda de una casa solariega, de Selma Lagerlöf

La reciente publicación por la editorial Funambulista de La leyenda de una casa solariega (1899) nos brinda una inmejorable oportunidad para acercarnos a la vida y obra de la gran novelista sueca Selma Lagerlöf (1858-1940), Premio Nobel en 1909 y autora de títulos tan leídos en España como La saga de Gösta Berling o El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia. La propuesta no puede ser más atractiva: una historia de amor entre dos jóvenes, trufada de obstáculos y distancias, ambientada en el salvaje paisaje del Värmland sueco, y que tiene como leit-motiv la música de un violín.

Esta novela refleja, al menos en parte, un dramático episodio de la vida de Lagerlöf: la pérdida de su casa familiar de Mårbacka, que sólo veintidós años después pudo recuperar con el auxilio económico que le reportaron sus logros literarios. Gunnar Hede, el protagonista de la novela, es un estudiante universitario, refinado y soñador, que tiene abandonada la carrera en beneficio de su gran pasión por la música. Enterado de que la ruina amenaza su casa de Munkhyttan, y que puede ser vendida, abandona los estudios en Uppsala y se hace vendedor ambulante (como su abuelo), para poder redimir con sus ganancias las deudas que pesan sobre la propiedad. Pero resulta evidente que este distinguido joven, cuya mayor delicia es tocar sin interrupción el violín, no está preparado para un trabajo de tales características. Su traumática experiencia con el rebaño de cabras aprisionado en la nieve (una estampa verdaderamente terrible), junto con el abandono de su prometida, le hacen perder la razón; y aunque la finca de su madre se salva, Gunnar se convertirá en un miserable vagabundo trastornado del que todos se ríen, y al que apodan “el Chivo”, en razón de sus cómicas fobias con los animales. La locura no le impedirá, sin embargo, oficiar de Orfeo y sacar literalmente de la tumba a una huérfana desvalida, Ingrid Berg, a la que “resucita” con la ayuda de su violín…

Como lo anuncia su título, la novela tiene un aire decididamente legendario, y en ocasiones, hasta fantástico, sobre todo en las ensoñaciones de Ingrid, como la relativa a la visita de la Señora de la Pena, con su cohorte de murciélagos y ropas de duelo, convincente alegoría del sufrimiento y la pérdida de toda esperanza. La alusión a la melodía de El cazador furtivo (la ópera fantástica de Weber, de 1821), que abre y cierra el periodo de alienación del protagonista, parece subrayar también ese aura fantástica que gravita sobre gran parte de la novela. Fantasía y locura ocupan con frecuencia, al menos en la geografía literaria, territorios limítrofes.

La leyenda de una casa solariega, traducida bellamente por Elda García-Posada para la editorial Funambulista, cuenta con un interesante postfacio de la misma traductora, donde se profundiza en las claves literarias y autobiográficas del texto.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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El intendente Sansho, de Ogai Mori

De Ogai Mori (1862-1922) ya tuvimos ocasión de leer y comentar hace unos meses La bailarina, una bella novelita con fondo autobiográfico, donde se contraponían las culturas japonesa y europea a través de una historia de amor frustrada. La editorial zaragozana Contraseña nos ofrece ahora una selección de relatos del mismo autor, traducidos del japonés y anotados por Elena Gallego, e ilustrados con un valioso prólogo de Carlos Rubio, que satisfará ampliamente la curiosidad del lector acerca de un escritor escasamente conocido en nuestro país. Relatos de una gran sencillez, belleza, intenso sentimiento y poder de sugerencia.

El texto que abre la colección y da título al libro, “El intendente Sansho”, es el relato más extenso de los seis, y quizás el más conocido (inspiró un film de Mizoguchi, de igual título, en 1954): La historia de dos hermanos raptados y vendidos luego como esclavos a un terrateniente, y que luchan por recomponer la unidad familiar. Un relato de gran ternura que no esconde la terrible dureza y crueldad del mundo adulto que rodea a los niños. Un canto al amor filial y al sacrificio; pero también, a la virtud recompensada. “El barco del río Takase” trata de un caso de conciencia, expuesto en el bello y apacible marco de un viaje fluvial nocturno. El reo conducido al destierro por matar a su hermano sólo abrevió el desenlace de un suicidio torpemente ejecutado: “Creí que podría morir al instante cortándome la garganta, y fracasé”. ¡Cuánta derrota y sufrimiento condensados en esta breve confesión del hermano agonizante! Aunque no le queda claro al barquero si la justicia acierta o falla al penalizar esta especie de eutanasia, la tranquilidad y optimismo con que el reo acepta la condena y encara su futuro en el destierro me parece que nos ofrece una pista de lo que pensaba el autor. Al igual que los dos relatos anteriores, “Las últimas palabras” se desarrolla en una época pasada de la historia del Japón, concretamente en la primera mitad del siglo XVIII. Una vez más asistimos a una lección de piedad filial. Los hijos de Tarobei Katsuraya, condenado a muerte por un delito de estafa, solicitan a la justicia ocupar su lugar en el patíbulo. En este ejercicio de sacrificio destaca especialmente la figura de la hija mayor, Ichi, un prodigio de noble entereza, que conseguirá sobrecoger al propio juez Sasa con las “últimas palabras” de su alegato: “frías como el hielo, cortantes como el filo de una espada”. “La señora Yasui” es la detallada crónica biográfica de Chuhei, un sabio que a pesar de su fealdad -de la que todos se burlan- consigue el amor de la joven y bella Sayo, un modelo del ideal femenino japonés de aquella época. En “La historia de Iori y Run” se narra el reencuentro de un matrimonio de ancianos, separados durante treinta y siete años por un desgraciado accidente con una antigua espada de samurái. También en este relato se pone el acento en la figura de la esposa, en su fidelidad a toda prueba. Finalmente, en “Sakazuki” (el único relato de la colección no encuadrable en la denominada “ficción histórica”) el autor se deleita con la pintura de una escena de gran belleza y sencillez: siete encantadoras niñas japonesas, que acuden a beber a una fuente con sus tazas (“sakazuki”) de plata, se encuentran con otra niña extranjera y su extraño vaso de barro.

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Fantasmas de la China y del Japón, de Lafcadio Hearn

Si hace algunos meses nos ocupábamos de reseñar Sombras, de Lafcadio Hearn (1850-1904), ahora saludamos con no menos satisfacción la aparición de este nuevo volumen, Fantasmas de la China y del Japón, una antología de textos fantásticos que une a la belleza de su edición el valor de ofrecernos algunos relatos de Hearn todavía -según creo- «inéditos» en nuestra lengua. La editorial sevillana Espuela de Plata ha tenido el acierto de recuperar una añeja edición -al parecer, la primera en castellano de Hearn-, publicada en Madrid por Editorial América (c. 1917-1920), obra del poeta uruguayo Álvaro Armando Vasseur (1878-1969), que traduce con gran elegancia la prosa de Hearn (aunque no siempre de manera fidelísima). Gracias a este libro volveremos a disfrutar de ese abigarrado mundo de leyendas, supersticiones, antiguas creencias, tradiciones, canciones y vetustos escritos con los que Hearn construye sus textos, y donde menudean mujeres de nieve, samuráis, fantasmas sin cara, cabezas voladoras, campanas que exigen sacrificios de doncellas, mujeres-árbol, amantes que vuelven de la tumba, diosas que se casan con humanos, reencarnaciones… En suma, una gozosísima exploración de territorios fantásticos más allá de los habituales espacios de nuestra literatura y tradición occidentales.

Según nos informa Luis Alberto de Cuenca en su prólogo, Fantasmas de la China y del Japón recoge textos procedentes de Some Chinese Ghosts, Out of the East, Gleanings in Buddha-Fields, Kottō y Kwaidan. Aunque tanto el primero como el último han sido traducidos y editados varias veces en España (Some Chinese Ghosts, en Miraguano y en La Compañía; Kwaidan, en Espasa, Siruela y Alianza), incluso los lectores más devotos de Hearn podrán encontrar todavía aquí un buen puñado de textos «nuevos» de gran interés, así como la no desdeñable oportunidad de releer otros más conocidos en la exquisita versión del uruguayo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Relatos completos, de Heinrich von Kleist

La editorial Acantilado ha celebrado el pasado mes de noviembre el bicentenario de la muerte de Kleist (1777-1811) con la publicación de este libro, que recoge sus relatos completos, traducidos para la ocasión por Roberto Bravo de la Varga. Todos ellos han aparecido ya con anterioridad en distintas ediciones, pero nunca, hasta la fecha, reunidos en un solo volumen. A pesar de su corta vida y reducida producción literaria (que se extendió preferentemente al teatro), Kleist es una de las grandes figuras de la literatura alemana. Admirado por Kafka (como se podrá entender fácilmente tras la lectura de este libro), dotó a sus relatos, narrados con una densidad y precisión implacables, de un clima de violencia y sentimientos desatados sorprendente para su época.

«Michael Kohlhaas» es el relato más extenso de la colección, una verdadera «novelle». La reparación de una injustia, relativamente menor, origina una creciente espiral de violencia, que alcanzará niveles inauditos de muerte y desorden social. En «La marquesa de O» se analizan los dolorosos apuros de una mujer virtuosa a quien resulta imposible demostrar su inocencia. El relato parte de una situación inverosímil y que podríamos calificar de kafkiana: la protagonista se ha quedado embarazada sin saber cómo. No pudiendo defender su inocencia, ni siquiera ante su propia familia, se ve abocada a tomar la peregrina y escandalosa decisión de anunciarse en los periódicos reclamando la aparición del desconocido padre de su  hijo. Sin duda, uno de los mejores relatos de Kleist, que lleva adelante la trama en un crescendo de interés admirable. «El terremoto de Chile» está ambientado en la castástrofe de 1647. Josefa, una joven noble que se ha enamorado de su preceptor Jerónimo, es recluida por su padre en un convento, donde cometerá el sacrilegio de concebir y dar a luz un niño. En el preciso momento en que Jerónimo, encerrado en la cárcel, está a punto de suicidarse, y Josefa es llevada a la hoguera, se produce el terremoto. La destrucción y el caos les permitirá escapar y disfrutar durante algunas horas de una idílica y engañosa sensación de libertad y fraternidad con los supervivientes. Confiados en esta falsa apreciación, acuden a la misa de acción de gracias que se celebra en la catedral, donde el fanatismo religioso y la violencia del populacho provocarán un sangriento desenlace, tan horrible como solo la exaltada imaginación de Kleist puede complacerse en imaginar. En «El hijo adoptivo» subyace una visión profundamente pesimista de la caridad cristiana: la acogida de un huérfano enfermo de peste es recompensada con una larga serie de desgracias, vilezas y traiciones, que solo un acto final de violencia podrá de alguna manera sancionar. En «Los esponsales de Santo Domingo» se recrea el extremado clima de terror que acompañó a la rebelión de la población negra de Haití en 1803, ejemplificada en la siniestra figura del negro Congo Hoango, cabecilla de la rebelión cuya única satisfacción es el asesinato indiscriminado de blancos. Es precisamente en su casa, durante su ausencia, donde busca refugio el protagonista, Gustav, que no sospecha nada y se enamora de la joven y bella mestiza Toni, hasta ese momento un cebo para atraer a las víctimas de Congo. Aunque en un primer momento el amor parece triunfar, la llegada de Congo Hoango y de los familiares de Gustav precipita un desatroso y trágico final. «La mendiga de Locarno» es un breve y magistral cuento de fantasmas (ya alabado por Hoffmann), donde lo más terrorífico no es quizás la aparición, sino el desproporcionado castigo que recibe el irascible barón. Igualmente espeluznante nos parecerá la pena impuesta a los estudiantes iconoclastas en «Santa Cecilia o el poder de la música (una leyenda)«, magnífico relato donde la conversión y castigo de los pecadores se produce en un clima de horror que parece identificar el fervor católico con la locura y el enclaustramiento de por vida. Pero, si en la obra de Kleist los inocentes sufren pruebas tan duras, ¿cómo podremos tildar de desproporcionados los castigos que reciben los culpables? Finalmente, en «El duelo«, encontramos de nuevo a una mujer acusada injustamente, y que solo puede desmostrar su inocencia acudiendo a un juicio de Dios (la acción transcurre a finales del siglo XIV). El incierto resultado del duelo prolongará la agonía de la acusada y de su paladín hasta el final del relato.

La lectura de estos Relatos completos puede tener una óptima continuación en el volumen de Kleist que publicó Atalanta hace algunos años, y donde se recogía el interesantísimo y emocionante texto de Michel Tournier, «Kleist o la muerte de un poeta«, evocación de los últimos días del escritor y su suicidio compartido con Henriette Vogel, su amante. Completan este libro otros textos también relevantes, como «Sobre el teatro de marionetas», y «Anécdotas», una deliciosa colección de prosas breves que nos recordará (con todas las salvedades que cabe aplicar a dos autores tan diferentes ideológicamente) el Cofrecillo de joyas de Johann Peter Hebel.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Dibujando animales, de Alexander Calder

No deja de ser poco más que una simple curiosidad -aunque encantadora- la aparición de este simpático librito de Alexander Calder (1898-1976), Dibujando animales, publicado por primera vez en 1926, y ahora ofrecido a los lectores españoles por la editorial barcelonesa Elba en la traducción de Clara Pastor. Encaminado a ofrecer unos consejos básicos sobre el difícil arte de pintar animales del natural, el texto aparece dividido en diferentes capítulos, según el animal en cuestión (gatos, pájaros, caballos, vacas…), y viene acompañado de un centenar largo de dibujos del propio autor, que desde temprana edad mostró un especial interés por el reino animal. No obstante la pertinencia de algunos consejos de Calder («Cuando dibujamos un animal debemos tener la sensación de que está haciendo algo, por más simple que sea la acción»), Dibujando animales es un libro más para hojear que para leer, para disfrutar observando la sencillez y gracia de los dibujos, la maestría del artista para expresar, con tan solo unos pocos trazos, la individualidad de cada especie. Escrito muchos años antes del desarrollo de sus famosas esculturas móviles, los dibujos de Calder que nos ofrece este libro tienen el interés añadido de mostrarnos en embrión lo que serán sus posteriores esculturas en madera, bronce y alambre.

Vaca, escultura de Calder en madera, 1928

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Elogio del caminar, de David Le Breton

Elogio del caminar (Éloge de la marche, París, 2000), del antropólogo y profesor de la universidad de Estrasburgo David Le Breton, es un libro lleno de observaciones felices sobre el placer de caminar y su significado en el hipertecnológico y virtual mundo que nos rodea. Para ilustrar sus tesis, el autor se apoya en los textos de una amplia nómina de literatos caminantes (Thoreau, Stevenson, Rousseau, Bashō, Matthiessen…), aventureros de la marcha (Leigh Fermor, Laurie Lee…), y pensadores modernos (Barthes, Bachelard, Sansot…). La indudable riqueza informativa del texto no lastra, en cualquier caso, su lectura. Un libro que llenará de gozo al más sencillo amante del sendero, que verá concretadas en sus páginas -y expresadas con lucidez- muchas de sus intuiciones de caminante.

De los cuatro grandes apartados en que Le Breton ha dividido su libro, el primero de ellos, «El gusto de caminar«, es el más extenso y su piedra angular. En él se analizan, con detalle y gran penetración, la infinidad de sabrosos ingredientes que condimentan la caminata. La gozosa experiencia del cuerpo, el especial status temporal del excursionista, la comida (el placer de su obligada frugalidad), la disyuntiva entre caminar solo o acompañado, la inefable experiencia del silencio (que se disfruta, y a la vez se respeta como herramienta de conocimiento superior) o el encuentro con animales (salvajes o «civilizados»), son solo algunos de los muchos temas abordados en este estimulante capítulo. Los tres últimos apartados del libro tienen un carácter más complementario. En «Caminantes de horizontes» se repasan las gestas de algunos famosos viajeros y descubridores, como Cabeza de Vaca, Richard F. Burton o René Caillié. En el siguiente capítulo, «Caminar urbano«, se estudian los principales componentes del paseo ciudadano, una realidad posible en las grandes urbes (pero, ¿no es una contradición «in terminis»?). Finalmente, en «Espiritualidades del caminar» se reflexiona sobre el fenómeno de las peregrinaciones religiosas en la cultura europea, sin olvidar su significado trascendente en las filosofías orientales.

Se cierra este atractivo libro, publicado por Siruela (en su colección «La Biblioteca Azul») y traducido por Hugo Castignani, con una amplia bibliografía (actualizada en cuanto a traducciones y ediciones en castellano), que recoge incluso algunos autores españoles -también glosados en el texto- como Cela o Julio Llamazares. Pocos elogios y justificaciones necesita hoy en día el caminante para practicar su afición, pero la lectura de este libro (y los que se proponen a lo largo de sus páginas) le ayudará seguramente a amplificar su placer, a ratificarse como vagabundo comprometido, o como mínimo, a seguir «caminando» con la imaginación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Recurrir al bosque, a las rutas o a los senderos, no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. El caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo.» (David Le Breton)

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La vida privada, de Henry James

La publicación de esta conocida novelita de Henry James (1843-1916) por la editorial Eneida, en su colección Confabulaciones (traducida por Lur Sotuela), puede convertirse en una magnífica excusa para releerla una vez más. Un variopinto grupo de turistas de la alta sociedad británica, antiguos conocidos, coincide en un hotel del Oberland suizo durante los últimos días del mes de agosto. Un matrimonio de aristócratas, lord y lady Mellifont, dos escritores (uno de ellos el narrador), y una famosa actriz de teatro, que viene acompañada de su marido músico, entretienen sus ocios caminando por la montaña y entregándose a una refinada vida social. Aunque todos se tratan habitualmente durante la «season» londinense, el nuevo escenario -aislado y salvaje- parece propiciar que salgan a la luz los secretos más fantásticos de su personalidad. La atención del narrador -en el que poco cuesta descubrir al propio James- se centra especialmente en dos de los personajes: el brillante lord Mellifont, protagonista natural de cualquier cita social, y Clare Vawdrey, un escritor con gran talento pero de maneras un tanto anodinas. El narrador, contando con la complicidad de Blanche Adney, la atractiva mujer de teatro, escudriñará en el trasfondo de esas dos figuras tan contrapuestas, en la verdadera dimensión de su vida privada. ¿Qué es lo que sucede cuando lord Mellifont y Clare Vawdrey están absolutamente solos, sin la presencia de testigos? La respuesta será tan sorprendente como increíble: desapariciones y desdoblamientos. Partiendo de elementos propios del relato de fantasmas (que tan bien sabía manejar Henry James), el autor de La vida privada construye una apasionante fábula acerca de la soledad del genio y la futilidad de las ceremonias sociales.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El mundo era vulgar y estúpido, y el verdadero genio habría sido un necio al salir…»

«Me había compadecido de él en secreto por lo perfecto de su actuación, me había preguntado qué cara inexpresiva cubría esa máscara, qué le quedaba para las atemperadas horas en las que un hombre se queda solo consigo mismo…«

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El Titanic, de Joseph Conrad

El hundimiento del Titanic, en una noche del mes de abril de 1912, en las gélidas aguas del Atlántico norte, con su cohorte de anécdotas sentimentales y pavorosas, sigue constituyendo uno de los grandes mitos populares de nuestro tiempo. Aunque es verdad que algunos escritores se han ocupado del suceso, brindándole categoría artística (como Hans Magnus Enzensberger, que publicó en 1978 un bello poema, El hundimiento del Titanic), la información que circula corrientemente es la que proviene del cine y la cultura popular. Es por ello un privilegio poder leer estos textos, escritos por uno de los grandes maestros de la lengua inglesa y de la literatura universal, Joseph Conrad (1857-1924), que además —como conoce cualquiera de sus lectores— fue durante muchos años un verdadero «piloto de altura» (que diría nuestro Baroja, gran admirador suyo). Las experiencias náuticas de Conrad se plasmaron en una larga serie de relatos marinos, encuadrables en el género de aventuras, con un trasfondo humano y existencial de gran riqueza, y moldeados con una técnica narrativa de primera magnitud.

El librito que nos ocupa reúne dos textos periodísticos publicados en 1912, con tan solo unos meses de diferencia, en la English Review. En el primero de ellos, Algunas reflexiones sobre la pérdida del Titanic, Conrad vierte durísimas críticas sobre las dos comisiones investigadoras de la catástrofe (cuyos resultados serían sospechosamente favorables a los armadores): los senadores norteamericanos y la inoperante Cámara de Comercio inglesa. Conrad defiende a los marinos supervivientes (entre los que se pretendió buscar chivos expiatorios) y crítica la disparatada empresa comercial de botar un gigantesco hotel de lujo con cuatrocientos camareros y escasos botes salvavidas. Solo una «confianza ciega en los materiales y los artilugios» pudo, además, hacer olvidar que en los grandes navíos es precisamente su desmesura lo que les concede su mayor fragilidad en las colisiones, como ilustra Conrad con algunos ejemplos extraídos de su experiencia personal. El Titanic, nos viene a decir, era además, por sus características de hotel de lujo, un barco incontrolable; y así se puso de manifiesto en el día de su naufragio: las dos horas de margen que le concedieron sus tan cacareados mamparos de seguridad sólo sirvieron para prolongar la agonía de las víctimas. Como contraejemplo nos relata Conrad el naufragio del Douro, un barco de pasajeros que colisionó frente a las costas españolas y que solo tuvo diez minutos de margen para poner exitosamente a todo el pasaje en los botes salvavidas. Subraya el escritor la profesionalidad de los auténticos marinos —cuando se les deja hacer su trabajo— frente a la irresponsabilidad y la chapuza que dimanan de los interes comerciales espurios.

El segundo artículo recogido en el libro, Ciertos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic, se ocupa de algunos detalles técnicos del desastre. Critica Conrad en primer lugar el diseño de los famosos compartimentos estancos, que no lo eran enteramente, y que además no preveían la fácil evacuación de los marineros atrapados en su interior. También recoge algunas opiniones de expertos cualificados, que incluso tras el desastre siguen mostrando una desconcertante miopía, arrogancia, o incluso cinismo. Descubrimos que si el barco no llevaba más botes de salvamento era por el simple motivo de que nunca sería posible manejar un número tan elevado. ¿No hubiera sido entonces más honesto no embarcar a tanta gente? Conrad sin duda niega la mayor cuando nos ofrece la siguiente reflexión: «Resulta inconcebible pensar que haya gente que no pueda pasar cinco días de su vida sin una suite de hotel, cafés, bandas de música y refinados placeres similares. Sospecho que el público no es del todo culpable de ello. Se les empujó hacia todas estas cosas en el curso normal de la competencia comercial. Si mañana se eliminaran todos estos lujos, el público seguiría viajando. No pierdo la esperanza en la humanidad».

En apariencia hay un punto en el que el desarrollo deja de ser un verdadero progreso […] Hay un punto en el que el progreso, para ser un verdadero avance, ha de variar ligeramente de rumbo.

Estos interesantísimos textos, editados por Gadir en su colección Ítacas, han sido traducidos y prologados por Carlos García Simón, y vienen complementados con una oportuna serie de fotos y dibujos acerca del barco y su fatal singladura.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Historia del príncipe Biribinker, de Christoph Martin Wieland

La editorial madrileña Ediciones El Taller del Libro nos presenta la Historia del príncipe Biribinker, un amable cuento de hadas incluido originariamente en la novela El triunfo de la naturaleza sobre la ilusión, o Las aventuras de Don Silvio de Rosalva (1764), del escritor aleman Christoph Martin Wieland (1733-1813), un autor escasamente leído por estas latitudes. Wieland, que evolucionó desde cerradas posiciones pietistas hasta una actitud más ilustrada y desinhibida, hace gala en este cuento de un erotismo elegante -más insinuado que explícito-, impregnado de una sutil ironía que parece burlarse de casi todo, comenzando por los propios cuentos de hadas.

Relato dentro de otro relato -recurso cervantino por excelencia que Wieland hace suyo al componer su Don Silvio de Rosalva (personaje inspirado en don Quijote)-, la Historia del príncipe Biribinker nos narra las peripecias fantásticas (básicamente galantes) de un joven príncipe que, amenazado por las insidias de una nodriza rechazada (como en La Bella Durmiente), decide poner tierra de por medio y esconderse. Hadas, ondinas y salamandras prosmiscuas -a las que el protagonista libera de los encantamientos del celoso mago Padmanaba- se interpondrán en su búsqueda de la amada y virtuosa Galactina, una bellísima cabrera que ha descubierto casualmente al inicio de sus andanzas y luego perdido de vista. A diferencia de otros cuentos, digamos más tradicionales, aquí parece que el protagonista no acumula otro mérito que el de ir cayendo en todas las tentaciones que le salen al paso… Un cuento para adultos lleno de metamorfosis, escenarios imposibles (como el palacio de fuego en el estómago de la ballena), reyes epicúreos, magos celosos, gigantes estúpidos, enanos rijosos, «gnomas» horrorosas y procaces, espíritus femeninos insaciables… y donde no falta ni siquiera un caballo de madera que recuerda a Clavileño.

Esta exquisita edición, numerada a mano y encuadernada en tela, es un verdadero gozo para los amantes del libro. Ha sido prologada y traducida por Pablo Sorozábal Serrano, y cuenta con ilustraciones de José Castellanos.

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Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre

La editorial Funambulista acaba de publicar la segunda edición de esta deliciosa novelita, Viaje alrededor de mi habitación (1794), del escritor saboyano y militar de profesión Xavier de Maistre (1763-1852). Transmutación literaria de una reclusión obligada de su autor, Viaje alrededor de mi habitación puede ser la lectura ideal para uno de esos días, de obligada o voluntaria cuarentena, en que deseamos poner una barrera entre el mundo y nosotros, disfrutando de una sosegada tarde de invierno al amor de la lumbre: «¿Existe, en efecto, un ser lo bastante desgraciado, lo bastante abandonado para no poseer un cuartucho donde poder retirarse y esconderse de todo el mundo?»

La génesis de este texto encantador no puede ser más anecdótica. En 1790 el joven Xavier de Maistre es arrestado en Turín por su participación en un duelo, viéndose en la obligación de permanecer recluido en su alojamiento durante cuarenta y dos días,  precisamente en los inicios del carnaval… Para entretenerse escribe esta caprichosa fabulación, donde los diferentes objetos que pueblan su habitación (muebles, retratos, pinturas…), junto con los dos únicos seres vivos que lo acompañan (su fiel criado Joannetti y la perrita Rosine), dan pie a una serie de ingeniosas meditaciones sobre los temas más diversos: el amor y las mujeres, la amistad, los seres marginados, la fidelidad de los animales, la música y la pintura, la literatura, las ilusiones de la juventud («los sotos tienen senderos que no vuelven a encontrarse en la edad madura»), el desencanto por los desastres de la revolución francesa… El tono cordial y espontáneo del discurso, no exento de un fino humorismo y de una cálida humanidad, nos recuerda al Sterne del Viaje Sentimental, lo que viene corroborado por los guiños y alusiones directas al autor del Tristram Shandy con que Maistre adereza su texto.

Esta bella edición, traducida por Puerto Anadón, viene ilustrada con numerosos grabados del famoso artista decimonónico Gustave Staal (1817-1882), y cuenta además con dos textos complementarios: una interesante Semblanza de Xavier de Maistre, escrita por Sainte-Beuve (1804-1869), y un Postfacio de J. M. Lacruz Bassols, que ha traducido también el ensayo del crítico francés.

Xavier de Maistre escribió muchos años después una continuación del presente viaje, Expedición nocturna alrededor de mi cuarto (1825), que puede leerse en un volumen de Austral (Relatos completos, según se señala como subtítulo), junto con otros textos narrativos que fueron bastante reconocidos en su época: El leproso de la ciudad de Aosta, Los prisioneros del Cáucaso y La joven siberiana. Pero ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas, y la Expedición nocturna quizás no alcance el nivel de excelencia del primer viaje (así lo juzga Sainte-Beuve, aunque sin haberla leído). Esto no implica, desde luego, que su lectura no nos aporte un disfrute considerable (si tenemos la suerte de encontrar el libro). Al menos sabremos que Joannetti se casó y que la perrita Rosine vive acogida en un convento.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Qué excelente mueble es una butaca, es sobre todo de lo más útil para cualquier hombre meditativo. En las largas veladas de invierno, es a veces agradable y siempre prudente tumbarse en ella perezosamente, lejos del estrépito de las reuniones multitudinarias. Un buen fuego, unos libros, unas plumas, ¡cuántos recursos contra el aburrimiento! Y aún más, ¡qué placer olvidarse de los libros y las plumas para ponerse a atizar el fuego, entregándose a alguna dulce meditación o componiendo algunas rimas a los amigos! Las horas discurren ante vosotros y caen silenciosas en la eternidad, sin que sintáis su triste pasar» (traducción de Puerto Anadón).
«Ya hacía tiempo que deseaba volver a ver el país que había recorrido antaño tan deliciosamente y cuya descripción no me parecía completa. Algunos amigos, que la habían leído con agrado, solicitaban de mí que la continuase, y me habría decidido a ello más pronto, sin duda, si no hubiera estado separado de mis compañeros de viaje. Reanudé con pena la carrera. ¡Ay! Volvía solo; iba a viajar sin mi querido Joannetti y sin la amable Rosina»
(Expedición nocturna alrededor de mi cuarto, 1825: traducción de Nicolás Salmerón y García).

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