Construirse la casa, seguido de Miradas a la naturaleza, de John Burroughs

John Burroughs (1837-1921) es un escritor apenas conocido en nuestras latitudes, aunque cercano a otros maestros más famosos, como Emerson, Whitman o el mismo Thoreau, integrantes todos del denominado movimiento trascendentalista norteamericano. Al igual que Thoreau, Burroughs mostró a lo largo de su vida un amor constante por la naturaleza y la vida natural: abandonó un trabajo burocrático en Washington y se instaló en los montes Catskill (sí, aquellos donde se desarrollan las fantásticas aventuras de Rip Van Winkle), con el propósito de vivir de la agricultura. Los dos textos que recoge esta edición de Olañeta (en la colección Centellas, traducidos y prologados por Fernando Ortega) son encuadrables, pues, dentro de esa «vuelta a la naturaleza» con la que sueñan hoy en día muchas personas cansadas de la vida en la ciudad. Al menos desde este punto de vista, los textos no han perdido su interés.

En Construirse la casa (en el campo, evidentemente) Burroughs nos ofrece una serie de consejos de índole estética que, paradójicamente, estriban en prescindir de lo estético. «Belleza negativa» es la expresión acuñada por Burroughs para referirse a su casa ideal. La «arquitectura» deberá reservarse para los edificios públicos, pues la casa particular solo debe ser fiel al «espíritu doméstico». Nada de aires pretenciosos ni añadidos innecesarios. El escritor, que  abomina de los tejados franceses y abuhardillados, de las torretas sin vistas y de las pinturas exteriores llamativas e inapropiadas, considera al viejo granero de tejado «inmenso» como un modelo insuperable. Nos confiesa Burroughs: «sólo satisface mi mirada la vivienda humana en la que la idea de belleza o de arte está enteramente absorbida y desaparece detrás de la de comodidad, calor y estabilidad, y no me hace pensar que una casa es bella, sino que es agradable y cómoda». En cuanto a los materiales para levantarla, el autor se decanta por la piedra «salvaje» (no tallada ni cortada), rechazando la madera: «con la madera, el cepillado y el aserrado, llegan los ornamentos de pacotilla y las decoraciones de pastelería». En la decoración interior, sin embargo, la madera es con mucho preferible a la pintura. Nos brinda el autor un interesante estudio de los árboles más convenientes para cada función: puertas, suelos, paredes… Nogales, abedules, arces rojos, fresnos o robles contribuirán así, desde el mismo corazón del hogar, a lograr ese ideal de sencillez, intimidad e integración en el entorno.

Miradas a la naturaleza, el título que completa el volumen, es un ramillete de breves apuntes o bosquejos de la vida en el campo: la nieve, las fuentes, las aves (Burroughs fue muy aficionado a la ornitología), señales y estaciones… Predomina en todos ellos la nota subjetiva y emotiva, que no quita la atenta observación de detalles ni la ocasional cita erudita. El eco de Thoreau resuena con fuerza en muchas de estas páginas, aunque sea en un tono menor… Es verdad que las ideas de Burroughs pecan en ocasiones de ingenuas, y que no nos depararán quizás demasiadas sorpresas; pero aún así serán leídas con agrado por todo paseante atento e ilustrado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Franz Kafka: Dibujos, edición de Niels Bokhove y Marijke van Dorst

La editorial Sexto Piso ha tenido la excelente idea de ofrecernos esta preciosa y erudita edición de los dibujos de Kafka (¡quién no conoce alguno!), que vio su luz hace unos años en la editorial Vitalis de Praga, y que ahora podremos disfrutar en castellano, traducida por Fruela Fernández.

Kafka mostró un gran interés por el dibujo, y lo practicó a lo largo de toda su vida como un complemento menor de su tarea literaria. Aunque resulta evidente que en el conjunto de su obra las realizaciones plásticas no tienen tanto peso como en la de otros escritores también dibujantes (Alfred Kubin o Bruno Schulz, por ejemplo), no por ello han dejado de valorarse muy positivamente -ya desde Max Brod- como aportaciones originales a la estética expresionista. Es verdad también que un dibujo suyo, encaminado a ilustrar un poemario de su amigo Max, fue rechazado hasta en dos ocasiones, en 1907, por la editorial berlinesa de Axel Juncker, temprana frustración que quizás desviara todas sus energías creativas hacia la literatura.

Ademas de los famosos seis dibujos en tinta negra («las marionetas negras de hilos invisibles», según Brod), que los lectores de Kafka han visto con frecuencia en portadas e ilustraciones interiores de sus obras, la presente edición recoge «todos los dibujos de Kafka que se conocen y se han publicado», hasta un total de cuarenta y uno, reproducidos con gran pulcritud y en un formato generoso. Cada dibujo o grupo de dibujos viene acompañado de uno o varios textos del autor: en algunos casos, los propios en los que aparecía inserto originalmente el dibujo; en los restantes, los seleccionados oportunamente por los editores en virtud de su contenido.

Al conjunto de dibujos y textos correspondientes, le sigue el estudio central del volumen, «Kafka, un gran dibujante», breve pero sustanciosa monografía donde, entre otras cosas, se repasa la trayectoria artística del escritor, se analizan algunos de sus dibujos más emblemáticos, o se nos da noticia de sus preferencias pictóricas. Figuran a continuación las fichas de cada uno de los dibujos, tanto de los reproducidos como de los inaccesibles: título, técnica, formato, ubicación… Completa el volumen un breve álbum fotográfico de modelos que inspiraron a Kafka, así como una bibliografía específica, notas y listas de abreviaturas.

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Cuentos de los tres hemisferios, de Lord Dunsany

Los incondicionales de Lord Dunsany (1878-1957) no podrán en modo alguno resistirse a esta bella edición de Espuela de Plata, que recoge por vez primera en castellano el conjunto de los Tales of Three Hemispheres. A Collection of Stories (1919). El afortunado lector de este libro disfrutará de un puñado de relatos inéditos en castellano, de primer orden (no todos los de Dunsany lo son en igual medida), junto con otros más conocidos, ya recogidos en recopilaciones anteriores, que se reelerán con igual placer: «La oración de Boob Aheera», «Oriente y Occidente», «De cómo los dioses vengaron a Meoul Ki Ning», y «Los dones de los dioses». El libro se completa con los tres famosos relatos y un prólogo que configuran Más alla del mundo conocido: «Días de ocio en el Yann», «Una tienda en Go-by Street» y «El vengador de Perdóndaris».

De los cuentos nuevos en castellano, mi preferido es, sin duda, «El último sueño de Bwona Khubla«, relato donde los pensamientos finales de un moribundo explorador inglés dan cuerpo a un turbador espejismo nocturno. La ciudad de Londres, magnífica como un sueño de opio, se levanta en la oscuridad de la selva para aterrorizar a nativos y extraños. La idea de anteponer el ruido de los motores del tráfico urbano a la aparición de las propias imágenes de la ciudad es un acierto del narrador, que le confiere así a la fantasmagoría un carácter más amenazador. Tanto en «El cartero de Otford» como en «El saco de esmeraldas» se exponen las peligrosas consecuencias de cruzarse en el camino de los dioses (aunque estén ya «en el exilio»). Incluso un anónimo ídolo de jade perdido, como el que protagoniza «En un archivo de misterios antiguos«, no puede ser tomado a la ligera sin consecuencias. «Una hermosa batalla» es la breve crónica de una lucha entre enanos y semidioses, encuadrable en el marco de la denominada «fantasía heroica». En «El viejo abrigo marrón» descubriremos que lo maravilloso puede también esconderse en lo aparentemente prosaico, como una prenda de vestir de segunda mano pujada en una subasta. Finalmente, en «Una ciudad maravillosa» se nos ofrece una sugestiva visión del Nueva York nocturno, mágicamente entrevisto en su juego de nieblas e iluminación eléctrica. Cuentos de los tres hemisferios es, pues, una variada y representativa colección de relatos fantásticos de Dunsany, que se abre con una evocación fantasmal de Londres y se cierra con una imaginativa visión del Nueva York más moderno; quizás porque su autor desea señalarnos que las puertas de la fantasía se abren muchas veces en el lugar más próximo e insospechado.

La editorial sevillana Espuela de Plata nos ofrece estos cuentos en traducción de Victoria León, y prologados por Luis Alberto de Cuenca, que hace un breve repaso de las ediciones españolas de Dunsany y traza un itinerario personal de su recepción.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Interior, de Constantin Fântâneru

Constantin Fântâneru (1907-1975) es un escritor inédito y enteramente desconocido en España, del que ahora podremos leer -gracias a la iniciativa de editorial El Nadir- su novela Interior (1932). Traducida del rumano por Rafael Pisot y Cristina Sava, viene encabezada por una breve introducción donde se exponen las claves biográficas del autor: un escritor que vio truncada su carrera literaria y terminó sus días sepultado en una humildísima y anodina vida provinciana. La apuesta de El Nadir por Fântâneru -nunca traducido hasta la fecha a idioma alguno- solo puede calificarse de encomiable en el grado más alto.

Interior es una novela narrada en primera persona por su protagonista, Calin Adam (trasunto del novelista y sus penurias vitales), un intelectual marginal (escritor y colaborador de revistas literarias), de comportamiento y gestos alucinados, que no tiene ni para pagarse la pensión. Su estado de ánimo oscila habitualmente entre la euforia injustificada y el automenosprecio más profundo. Un personaje desequilibrado que tan pronto se queda literalmente pegado a unos viejos carteles de circo ilegibles (su inclinación infantil por el circo es tema recurrente), como sale corriendo torpemente en pos de una mariposa. Su visión distorsionada y fragmentaria de la realidad (que no contradice una reflexión y observación aguda de la condición humana) se traduce en una prosa alucinada en ocasiones, con giros y observaciones inesperadas, rica en imágenes arriesgadas y originales («Los libros jugueteaban en el aire envueltos desde abajo por la llama de un espíritu»). No leeremos con indiferencia las desventuras del pobre y entrañable Calin, que en ocasiones parece complacerse en pintarnos una sonrisa (como esa bombilla del parque encendida «diabólicamente» para poner de manifiesto su indumentaria de vagabundo; o el burlesco episodio con el sacristán). A lo largo de toda la novela, sus vagabundeos de loco propiciarán encuentros fortuitos con antiguos conocidos y compañeros de estudios, poniéndose dolorosamente de manifiesto su incompetencia para la vida, su fracaso. No es difícil imaginar sus relaciones con el sexo opuesto: «ante la majestuosidad de las mujeres, experimento un sentimiento de humillación y de aniquilación física. La tristeza, la timidez y los tics nerviosos, adquiridos a lo largo de la vida que he llevado, me hacen débil y grotesco». Su trato con las mujeres solo parece avanzar en la imaginación. Así, la estatua de una ninfa desnuda, que acaricia un pato sobre la fuente seca de una plaza, le induce un bello sueño de amor, donde la amada, Azia, es capaz nada menos que de completarle unos versos de Hölderlin (el loco divino). Porque en el terreno de la dura realidad… ¡Solo una niña de trece años parece dispuesta a ser su novia! Su temperamento alterado, que le hace oscilar entre el desprecio a sus semejantes y una necesidad enfermiza de estima, solo encontrará salida, pues, con los niños, los animales y las plantas, que despiertan toda su ternura (el ratón ahogado, la cabra…). En consonancia con este autoexilio interior, se comprende su preferencia por los paisajes degradados del extrarradio de Bucarest, y la compañía de otros seres marginales (los gitanos). Entreverados con sus paseos y encuentros fortuitos, asistiremos también a la evocación de recuerdos de la infancia, o a la expresión de sentimientos más íntimos, como su amor por los libros.

Constantin Fântâneru

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Aroma de alcanfor, de Naiyer Masud

Aroma de alcanfor fue publicado por Atalanta a principios del año pasado, pero hasta ahora no había tenido ocasión de leerlo. Poca importancia ha de tener este retraso, sin embargo, en un libro de tanto interés y atractivo, llamado seguramente a gozar del prolongado favor de sus lectores. Una colección de relatos (publicados originariamente entre 1987 y 1999) que dejarán una profunda y agradecida huella en el lector, traducidos del urdu y anotados por Rocío Moriones Alonso, que añade además una entrevista al autor, Naiyer Masud (nacido en 1936 en Lucknow, India), donde se desvelan interesantísimas claves de su narrativa.

Aroma de alcanfor lo integran una serie de relatos que, en su mayor parte, me atreveré a denominar (simplificando mucho y salvando las distancias culturales) «de formación», narrados en primera persona por un protagonista que intuimos adolescente (el autor nunca nos informa sobre la edad de sus personajes), y que se articulan en torno al desciframiento progresivo del complejo mundo de los adultos: del amor, la muerte, el sufrimiento… En todos ellos brilla la maestría de Masud para desplegar su gran poder de sugestión y despertar, con los medios más sencillos, la imaginación del lector, que le seguirá embelesado hasta la última línea.

«Aroma de alcanfor» (relato que abre y da título a la colección) evoca recuerdos sutiles de la infancia, hilvanados en torno a un aroma, a un gorrión de algodón y, sobre todo, a una misteriosa niña enferma a la que todos adoran y que dejará una huella indeleble en el narrador. Al igual que en los demás cuentos, nos introducimos en la sencilla cotidianidad de una cultura muy alejada de la nuestra, plena de sorpresas y detalles encantadores, que no excluyen lo más inquietante y terrible de la existencia, pero siempre asumido serenamente. En «Interregno» asistimos al descubrimiento paulatino de la figura paterna, a las complejas relaciones paternofiliales, y al paso de la infancia a la madurez a través de la asunción de una tradición o destino familiar. La presencia de aromas y símbolos (el arco y el pez) articula también aquí la poesía del discurso narrativo. «Lo oculto» es uno de los relatos más enigmáticos de la colección. El despertar a la sexualidad de un adolescente y las continuas frustraciones a su consumación en el estrecho marco familiar (desarrolladas con una fina comicidad) despiertan en él un sexto sentido, que le permitirá posteriormente ahondar en la «personalidad» de las diferentes dependencias de las casas que frecuenta en su trabajo de inspector urbanístico: zonas de temor, de deseo; y sobre todo, zonas «ocultas» a las miradas (¿para hacer el amor?), por las que siente una verdadera obsesión. Cumplido finalmente su deseo más oculto con la amante desconocida, le sobreviene la locura. La «cuidadora» que lo atiende cierra el círculo de una historia solo en apariencia incongruente. «Shisha Ghat» parece un cuento de hadas con final trágico: un adolescente tartamudo deja a su padre adoptivo para vivir junto a un lago en compañía de un enfermo titiritero, la antigua esposa de un bandido y su encantadora hija, una muchacha llamada Paria (hada), que vive desde su nacimiento en el lago, lo recorre incansable en una pequeña barca y nunca ha pisado tierra firme.  «El velatorio de la señora» es una evocación, un tanto macabra, de miedos y fobias infantiles en torno a una novia muerta en el mismo día de su boda, y en la que podemos ver, quizás, un reflejo de la admiración de Masud por Poe. «Los vestigios de la familia Ray» surge a partir del poder que atesoran los viejos e inútiles trastos familiares -que el narrador se confiesa incapaz de tirar- para despertar la memoria, como la foto de una joven angloindia hecha cuarenta años antes: los riesgos emocionales de indagar en el trágico destino de los hombres. «La mina del Jardín de los Pavos Reales» es un relato diferente a los anteriores, ambientado en un Lucknow de mediados del siglo XIX que parece inspirado en Las mil y una noches. Kale Khan arriesga su vida para cumplir en su hija Falak Ara el deseo frustrado de la madre difunta: la posesión de una mina del Himalaya, un extraordinario estornino con la facultad de imitar a la perfección la voz humana. Para ello se atreverá a robar un ejemplar al mismo monarca del que es pajarero, lo que dará lugar a una compleja serie de situaciones, algunas delicadamente cómicas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Itálica famosa, edición de Jacobo Cortines

Este exquisito y abultado librito en octavo menor, publicado (y casi regalado) por la Diputación de Sevilla, hará las delicias de todos los aficionados a la Antigüedad; y especialmente de aquellos en los que alienta todavía esa sensibilidad extrema a las ruinas que tanto sedujo, durante los siglos XVII al XIX, a las mentes más cultivadas de nuestra vieja Europa.  Jacobo Cortines ha seleccionado un amplio muestrario de poemas y textos en prosa en torno a la célebre colonia romana de Itálica (fundada por Escipión a finales del siglo III a. C.) , y de la que todavía son visibles muchos de sus venerables restos (especialmente el anfiteatro) junto a Santiponce. Pero lo que vale para Itálica valdrá también para cualquier otra reliquia más modesta, y el lector que así lo desee podrá disfrutar de este libro, tanto o más, leyéndolo a la sombra de cualquiera de las muchas ruinas que amenizan nuestra geografía. Porque en esto de las ruinas ya se sabe, cuanto más remota y solitaria… mejor.

El apartado de poemas se abre con dos magníficos sonetos de Herrera y Medrano, seguidos de la insoslayable Canción a las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro (de la que se ofrecen las cinco versiones conservadas), y de otras brillantes muestras del barroco sevillano: Arguijo, Rioja, Espinosa, Quirós…  Tras un paréntesis de dos siglos (sólo se recogen tres poemas para los siglos XVIII y XIX), Itálica regresa a la inspiración poética de la mano de su famosa estatua de Venus (hallada en 1940), y que vemos figurar por primera vez en los bellos poemas de Agustín de Foxá y Jorge Guillén. La nómina de poetas es ahora extensa y variada: Cernuda, Mantero, Carlos Murciano, Antonio Luis Baena, Felipe Benítez Reyes o Jacobo Cortines, por citar solo algunos. Los textos en prosa recogen testimonios de épocas muy diversas, pero solo los primeros (Apiano, Julio César, Estrabón, Esparciano) nos hablan brevemente -apenas una mención- de una ciudad todavía viva. De los historiadores árabes del medievo a los arqueólogos contemporáneos, la seleccion ofrecida por Jacobo Cortines da cabida a casi todo: extranjeros y nacionales, viajeros, políticos, eruditos y curiosos, geógrafos, historiadores, arqueólogos profesionales y aficionados, literatos…, una larguísima relación de autores, conocidos y menos conocidos, que resultaría tedioso reproducir aquí, todos unidos por el amor a unas ruinas, reliquias de un glorioso pasado.

Itálica famosa cuenta además con un extenso e interesante estudio introductorio de Jacobo Cortines, oportuna guía en este variado museo (que es también jardín y laberinto) de poemas y textos de sabor arqueológico. Un libro, en suma, de gran interés y deleitosa lectura, que nos enseñará quizás a valorar mejor el efímero momento en el que vivimos.

Piranesi, Le antichità romane, 1756

Venus hallada en Itálica

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La bailarina, de Ōgai Mori

La bailarina (1890), del escritor japonés Ōgai Mori (1862-1922), es un relato de amor y traición que se lee con sumo deleite e interés. Magníficamente escrito y planeado en el desarrollo de su mínima peripecia, mantiene viva nuestra atención hasta la última línea. Una historia de amor, sin embargo, con una deriva y un final tan crueles que nos dejará inevitablemente un amargo sabor de boca.

La bailarina está basado, al parecer, en vivencias personales del novelista, que durante su juventud residió algunos años en Alemania completando sus estudios de medicina. Al igual que el protagonista de su relato, Mori mantuvo una relación amorosa truncada con una alemana, y seguramente experimentó en sus propias carnes las intensas contradicciones existentes entre el moderno y más liberal mundo europeo y su formación tradicional japonesa. Ignoro qué recepción pudo tener este relato en los lectores nipones de finales del XIX, pero en cualquier caso nosotros solo podremos ponernos de parte de la infortunada fräulein Elise -casi una niña-, y reprochar a Toyotaro su falta de independencia y carácter. El mismo protagonista reconoce su «escasa fibra moral», su carencia de una moral autónoma y fuerte que le permita imponerse a las presiones externas (entre sus numerosas lecturas alemanas no debió figurar Kant). Si es verdad que -como asegura el prologuista de esta edición- para los japoneses de aquella generación constituía un sueño cercano a la ciencia ficción el poder alcanzar los favores de una joven y bella alemana (aunque pobre), Toyotaro demuestra no estar a la altura de su suerte… Prisionero de sus deberes jerárquicos y sus ambiciones profesionales, sacrificará su felicidad y la ajena sin que parezca obtener a cambio nada más que remordimientos y vacío. Sus solitarias reflexiones en el comedor desierto del barco en el que regresa a su patria -consumada la infamia- no pueden desarrollarse en un escenario que mejor transmita la sensación de derrota moral.

La bailarina (Maihime) ha sido traducido del japonés, para la editorial Impedimenta, por Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, que firma además una necesaria e interesante introducción, donde sitúa al autor en su contexto histórico y literario, analiza el relato y expone sus claves biográficas.

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El Coronel Chabert, de Honoré de Balzac

Hyacinthe Chabert, coronel de la Guarda Imperial de Napoleón, es dado por muerto tras su heroica acción en la batalla de Eylau (1807). Sepultado bajo una pirámide de cadáveres enterrados en la nieve, horriblemente desfigurado por las heridas del combate, vuelve a la vida convertido en un paria al que todos toman por loco. Diez años después, tras sufrir penalidades sin cuento, regresa a París como un pordiosero, pero dispuesto a reclamar su pasado, pues como él mismo asegura: «El convencimiento de mis derechos me mata». Una esposa que ha contraído un segundo matrimonio ventajoso, y que se niega a reconocerlo, junto con un nuevo orden social y político que desea «hacer desaparecer a todos los héroes del Imperio», configuran la formidable barrera a la que deberá enfrentarse este viejo y honesto soldado, que cuenta tan solo con la ayuda de un joven procurador que ha creído en su palabra. Balzac, que ofició de leguleyo en su juventud, nos permite atisbar, con esta extraordinaria nouvelle, en ese odioso mundo de los picapleitos sin escrúpulos, de las intrigas, intereses y corruptelas de la política, del arribismo y la falta de principios. Chabert, conde del Imperio y gran oficial de la Legión de Honor, que había legado parte de sus bienes al Estado y a los hospicios de París, y tomado esposa en los burdeles del Palais-Royal (pues en «aquella época, cada uno tomaba a su mujer donde le parecía»), muestra un resto de grandeza y gallardía en medio de tanta ruindad. Su último combate, contra la mujer que todavía ama, se desarrollará en el terreno de los sentimientos y el honor. El resultado es previsible.

La hazaña militar que lleva al coronel Chabert a las puertas de la muerte se encuadra históricamente en la famosa carga de la caballería de Murat contra el ejército ruso, el 8 de febrero de de 1807, en el transcurso de la batalla de Eylau, una masacre de resultado indeciso.

Le Colonel Chabert (1844) es una bellísima y emocionante novela, que bien merece la pena leer o releer en esta atractiva edición de Funambulista, traducida y anotada por Max Lacruz.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Napoleón en Eylau, de Gros

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Viajar, de Herman Melville

Scan10031-1200Este bello librito de apenas cien páginas recoge tres ensayos de Herman Melville (1819-1891), testimonios de su actividad de conferenciante: «Viajar», «Los Mares del Sur» y «Estatuas de Roma». Traducidos y anotados por Elisabeth Falomir Archambault, han sido publicados por la editorial Gadir en su nueva colección Ítacas.

«Viajar» es una brevísima exposición de los requisitos exigibles al perfecto viajero, así como de los beneficios que comporta un oportuno cambio de aires. «Joven y despreocupado», «dotado de talento e imaginación», «buen paseante», son algunas de las condiciones señaladas por el autor, en una época en la que los niveles de exigencia eran seguramente mayores que ahora (y los viajes de la tercera edad no eclosionaban aún). Como es conveniente  sufrir con buen humor las inevitables adversidades que puedan presentarse, deberán abstenerse de viajar los temperamentos de naturaleza «algo amargada» -puntualiza Melville-, que podrían «viajar al Paraíso y no lograr con ello un gran placer». ¿Resulta sorprendente que un aventurero como Melville desee poner el listón tan alto?  En cuanto a los beneficios del vagabundeo, el principal parece ser la superación de prejuicios, y, cómo no, el placer que conlleva el merecido retorno al hogar y sus comodidades.

«Los Mares del Sur» es quizás el texto de mayor enjundia de los tres, una verdadera joya donde menudean las anécdotas e historias relativas a descubridores y navegantes españoles (Balboa, Magallanes o Álvaro de Mendaña), que aparecen liberados (aunque sea por una vez) de esa leyenda negra de infamia que indefectiblemente les acompaña en muchos textos de escritores anglosajones. Melville, que alcanzó en vida una primera y efímera fama con sus novelas Taipi y Omú, y que navegó y conoció de primera mano las aguas del Pacífico, consigue ofrecernos en unas pocas páginas una síntesis deslumbrante de tan lejanas latitudes. Así, leeremos con deleite encantadoras descripciones de aves y peces misteriosos, que parecen escapados de un bestiario medieval, o de la narración de un marinero borracho… La genialidad del americano, su originalidad, salva hasta las descripciones más previsibles: «el melancólico pingüino, todo el día de pie en el mismo lugar, dejándose invadir por la desidia»; o la belleza fosforescente de las aguas nocturnas en las que cabalga, como el Satán de Milton, el leviatán de los océanos… la ballena. Un inmenso mar salpicado de islas (donde muchos europeos desaparecen, voluntaria o involuntariamente), pobladas por una raza de hombres merecedores de todo el respeto y la admiración del autor, que advierte sobre su extremada vulnerabilidad. Nada tenemos que enseñarles -asegura-; al menos mientras nuestros mayores logros sociales no sean otra cosa que hospitales, cárceles y hospicios… Las simpatías de Melville son tan transparentes como los fondos de coral.

Finalmente, con «Estatuas de Roma» el autor se adentra en un terreno alejado de sus preocupaciones habituales; de ahí quizás que le parezca necesario dedicar casi tres páginas a una innecesaria justificación de la legitimidad del juicio no profesional. Es verdad que «Estatuas de Roma» resulta un texto llamativamente heterodoxo en algunos aspectos, como cuando nos asegura su autor que la estatua de Sócrates le recuerda a un «comediante irlandés»; y la de Séneca, a un «prestamista decepcionado». Además, la importancia que se otorga a las estatuas antiguas como testimonio privilegiado «de lo que no aparece en la Historia y en la obra escrita de aquellos a quienes representan», no deja de ser, en mi opinión, un tanto exagerada o ingenua. Al igual que Hawthorne, Melville viajó por Italia (en las mismas fechas, en 1857), y también se sintió grandemente impresionado por el mundo de la antigüedad clásica, como lo demuestran estas páginas, que nos permitirán, como poco, gozar de un original punto de vista sobre asuntos conocidos. En suma, la mirada de un escritor capaz de encontrar en la Venus de Médici el reflejo de una bella nativa de Taipi sorprendida al salir de su baño.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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La estación que gusta al cuco, de José Jiménez Lozano

Este nuevo libro de José Jiménez Lozano, La estación que gusta al cuco (2010), nos ofrece un variado conjunto de poemas («poemillas», según su autor) de delicada factura y fina sensibilidad, condensados en formas breves, sentenciosas en ocasiones, de escondidas y suaves asonancias. Libro que se abre y cierra bajo la invocación al cuco, el músico más económico de la naturaleza, que con solo dos notas levanta muy alto cada año el estandarte de la primavera.

En La estación que gusta al cuco reina como protagonista la Naturaleza: un libro en clave de belleza, poblado de aves, insectos, hombres, animales, astros y plantas, que halla en el poeta su más privilegiado intérprete. Basta una impresión auditiva, visual u olfativa para desencadenar la emoción estética, que se plasma poemáticamente de la manera más sencilla y natural. La transmisión al lector es inmediata. Así, las pisadas de la mujer sobre la nieve evocan el canto del grillo en el verano («Nocturno»); o la devastadora tormenta que se aleja, el fru-fru de una falda («Tormenta nocturna»; ¡qué graciosa ironía!). Muchos poemas surgen de la atenta y gozosa contemplación de esa estación del año que tanto le gusta al cuco («Parte meteorológico», «Incursión nocturna», «Primeros pasos»); una primavera que es vista en sus valores más dinámicos y menos convencionales: verdadera revolución del calendario. Otros poemas semejan una pintura, como «Habitación cerrada» o «Lluvia de otoño». El argumento nace en ocasiones del suceso más sencillo imaginable, lo que nos hace sospechar que el verdadero poeta halla la belleza en todas partes y sabe transmitirla con sencillez («Certezas», «Revelación», «Octubre», «Grullas»). Junto a los poemas inspirados en la naturaleza o la vida rural, leemos otros de índole más culturalista, que toman como protagonistas o referentes a personajes históricos («Rimbaud», Spinoza, «Mallarmé», T.S. Eliot, Estrabón…), que dan lugar a reflexiones morales, con frecuencia desengañadas o críticas. Tampoco son extrañas las alusiones a la mitología clásica («Otigia», «Caronte», «Circe»…), reinterpretada con fina ironía. Un cierto tono estoico sobrevuela muchos de estos poemas («Crónicas del Imperio»), donde tampoco es raro que aflore la visión compasiva del poeta hacia los más desfavorecidos («Mendiga ciega», «Lavandera»). Un libro, en suma, de sencilla y exquisita lectura.

José Jiménez Lozano (1930) es un narrador, ensayista y poeta de larga y reconocida trayectoria. Premio Miguel de Cervantes 2002 (entre otros importantes galardones), ha publicado una parte significativa de su obra poética con la editorial Pre-Textos, que ahora nos brinda esta cuidada edición de La estación que gusta al cuco.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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