La noche de Walpurga, de Gustav Meyrink

La noche de Walpurga (Walpurgisnacht, 1917), del escritor vienés Gustav Meyrink (1868-1932), es una novela de una belleza y riqueza excepcionales, venturosamente libre –en mi opinión– de esas excesivas divagaciones ocultistas y esotéricas que tanto lastran algunos de los textos mayores del autor. Meyrink, que estudió y valoró extraordinariamente la espiritualidad oriental, la magia, la cábala y otro sinfín de creencias heterodoxas, mantiene dentro de unos límites razonables la exposición de sus extravagantes teorías, permitiéndonos también una lectura gozosa del texto como pura obra de ficción. La editorial El Nadir recupera así, en la traducción de Carlos Chávez, un texto de interés capital en la obra de Meyrink, inaccesible en nuestra lengua desde que se descatalogara la edición de Bruguera de 1983.

La novela tiene como único escenario a la vieja y misteriosa ciudad de Praga, y concretamente al Hradschin, con sus viejos palacios e iglesias, siniestras prisiones y leyendas sangrientas. En este medio, ya de por sí fantástico –y oscurecido por el contexto de guerra en el que se nos presenta–, se mueven una serie de decrépitos personajes, no menos delirantes, condenados a una extinción inminente: apolillados aristócratas trufados de secretos, consejeros grotescos, viejos médicos imperiales, criados con librea, ancianas prostitutas enamoradas… Cercados por la Gran Guerra y un enrarecido ambiente prerrevolucionario, sólo la catástrofe final los redimirá de su decadencia, al arrancarles a todos un último gesto de grandeza. Frente a ellos el autor sitúa una joven pareja de enamorados, condenada a representar también un papel en el desenlace de la trama, aunque en su caso mucho más activo: el estudiante de violín Ottokar y la joven condesa Polixena, fatalmente presos de una pulsión erótica irrefrenable. Ottokar, que ya estaba enamorado del retrato rococó de la condesa Polixena Lambua que cuelga en el palacio Elsenwanger («cruel y sensual a la vez», de «diminutos dientes como sedientos de sangre»), cae en un paroxismo erótico cuando descubre sentada a su lado, en la iglesia, a la joven condesa Polixena, descendiente de la dama del cuadro y con la que guarda un completo parecido. La joven Polixena, por su parte, es el personaje más decisivo e inquietante de la novela, y no sólo por sus desinhibidos asaltos sexuales a Ottokar, o su turbia inclinación a morderle en el cuello… Criada en un entorno de viejos aristócratas orgullosos e incapaces de transmitir el menor sentimiento de humanidad, educada luego en un estricto colegio religioso católico donde el espectáculo más vital que se ofrece a sus ojos de niña es el de la sangre (“martirio, flagelaciones, crucifixiones, sangre y más sangre”), Polixena desarrolla a la postre una personalidad idónea para verse poseída por la voluntad de su antepasada, en lo que parece una reencarnación en toda regla.

Un concepto esencial para poder comprender La noche de Walpurga es el de aweysha, o la apropiación de un cuerpo humano –preferentemente vivo– por el espíritu de un Ewli, una especie de faquir o chamán con poderes mentales excepcionales. Dentro de esta teoría –un tanto paranoide– de Meyrink, los incomprensibles comportamientos humanos que precipitan las grandes guerras y desórdenes sociales estarían inducidos por controles y suplantaciones masivas y malévolas de dicha índole. En el caso de La noche de Walpurga, la aweysha que desencadena los movimientos revolucionarios que ponen fin a la novela viene inducida, desde más allá de la tumba, por cuenta de un famoso revolucionario (Jan Zizka) y una aristócrata de perfiles inquietantes (Polixena Lambua), que toman como juguetes de sus ambiciones no satisfechas en vida a los dos jóvenes protagonistas de la novela, Ottokar y Polixena. A este respecto hay que subrayar que el título de la obra no se refiere estrictamente a la fecha del 31 de abril de cada año (festividad de Santa Walpurga), sino más bien a una “noche de Walpurga cósmica”, que se produce cada muchos años, y en la que los “desórdenes” se producen a una escala mayor. Aunque La noche de Walpurga es una novela fantástica, no deja de estar muy determinada por el contexto histórico en el que fue escrita: el de la Gran Guerra y la Revolución Rusa.

Escena de brujería, de Salvatore Rosa (1615-1673)

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La casa de los deseos, de Rudyard Kipling

Hay otras muchas antologías de relatos de Kipling (1865-1936), pero esta que acaba de publicar la editorial Eneida (traducida por Javier Hernández Huerta) recoge algunos de los más interesantes del autor inglés, y es además bastante representativa de su universo literario: lo fantástico y lo cotidiano, Inglaterra y la India, la inescrutable mentalidad indígena y la cerrada sociedad británica, heroísmo y superstición…Unos relatos que habrá que disfrutar, en ocasiones, poniendo entre paréntesis su defensa a ultranza del colonialismo británico, uno de los valores, quizás, menos actuales de su narrativa.

En “La casa de los deseos” la conversación aparentemente anodina de dos ancianas inglesas, que recuerdan su duro pasado, se ve de repente transportada a un registro fantástico, con la evocación de una casa abandonada, en plena ciudad de Londres (la Bagdad de Occidente, según Stevenson), que atesora un poder increíble. Se nos desvelará una historia de sufrimiento y amor desinteresado. “Ellos” es uno de los relatos más bellos y poéticos del libro: un viajero, perdido con su vehículo en un misterioso y mágico paisaje inglés –descrito de manera magistral–, arriba a una maravillosa y remota mansión, habitada por una amable mujer ciega y unos extraños niños que juegan en el jardín… Si estos dos primeros relatos están ambientados en Inglaterra, los restantes se relacionan con el colonialismo británico en la India, escenario habitual de Kipling. En “La marca de la bestia”, uno de los cuentos más conocidos del autor, lo fantástico deriva hacia lo terrorífico, desencadenado por la estupidez de un occidental que parece desconocer que, más allá de Suez, el hombre “queda a merced del poder de los demonios y dioses de Asia”. Aunque “Una guerra de sahibs” se desarrolla en Sudáfrica, en el contexto de la Guerra de los Boers (que el autor conoció de primera mano), puede considerarse una ampliación o traslación de la temática colonial india. El relato está narrado en primera persona, a modo de monólogo, por Umr Singh, un orgulloso indio de la casta sij y soldado de la caballería británica, que no duda en seguir a su capitán en una caballerosa y heroica escapada hacia la muerte bajo cielo africano. Un canto a la integridad británica, pero también a la lealtad de un subordinado capaz de sobreponerse a los tabúes de su casta. En “El regreso de Imray” reaparece el registro fantástico, que ahora alcanza altas cotas de horror y complacencia macabra. Este relato, al igual que “La marca de la bestia”, tiene como personaje destacado al comisario Strickland, lo que le da un cierto aire policiaco. Sin embargo, la reparación de la falta, en ambos textos, solo se alcanza con un ejercicio de violencia. Las reglas éticas parecen desdibujarse con la latitud, y los personajes del primero de los relatos no dudan en reconocer que: “habíamos perdido para siempre nuestra dignidad de británicos”. Finalmente, en “Sin la bendición de la Iglesia”, se abordan las conflictivas relaciones entre colonizadores e indígenas. El profundo y conmovedor amor entre un inglés y una joven india –y su hijo recién nacido– sirve de pretexto para un rendido elogio del denodado servicio de los británicos en la India, puesto a prueba por una atroz epidemia. Una vez más la fidelidad de los sometidos brilla como el oro… Quizás lo más admirable de este relato sea la perfección de su doble registro: lo individual y lo colectivo. Se impone el sacrificio: la tragedia personal se relativiza diluyéndose en el Todo. Sin duda Kipling aprendió mucho de la India.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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El rabino de Bacherach, de Heinrich Heine

En la obra de Heinrich Heine (1797-1856) no son abundantes los relatos de pura ficción, que pueden reducirse esencialmente a tres: Las memorias del señor de Schnabelewopski (1833), Noches florentinas (1836) y El rabino de Bacherach (1824-1840). Los que hayan leído los dos primeros textos, de excepcional atractivo y madurez, seguramente se sentirán un tanto sorprendidos –cuando no defraudados– al enfrentarse con El rabino de Bacherach, un texto de interés mucho más modesto; que es, además, muy diferente, tanto por su contenido, su tono o las circunstancias de su composición. Obra inacabada, El rabino de Bacherach ha sido generalmente poco valorada por la crítica, que ha hecho mucho hincapié en su carácter de obra incompleta, seguramente frustrada: Heine interrumpió su redacción en 1826, y solo la retomó –sin demasiado éxito, al parecer– en 1840. Estas interrupciones –cuando media un cambio o evolución estética en el autor– resultan siempre problemáticas, si no fatales. En cualquier caso, creo que merece la pena leerla, aunque solo sea para disfrutar de la belleza deslumbrante y sin desmayos de su primera parte. Debemos alegrarnos, por lo tanto, de la aparición de esta nueva y atractiva edición de El rabino de Bacherach (primera edición individual del relato) que nos ofrece la editorial cordobesa El olivo azul (Colección Errantes), traducida por Paula Sánchez de Muniain, y que recoge además dos poemas de Heine relativos al pueblo de Israel (con texto en alemán y castellano): “A Edom” y “Lloran las estrellas en el firmamento”.

Aunque Heine se mantuvo siempre alejado de la religión de sus mayores, quiso hacer suya con este relato la reivindicación de un pueblo tan injustamente oprimido como el judío. La obra, ambientada en la Alemania de finales del siglo XV, parece el boceto de una novela histórica, y tiene como principales protagonistas al rabino Abraham y a su bella esposa Sara. Comienza la novela con una romántica descripción de la decrépita ciudad de Bacherach, antaño floreciente, así como de los ritos religiosos judíos y las falsas leyendas que se les atribuyen. La acción propiamente dicha se inicia con la huida repentina de la pareja protagonista, en plena noche, de un «pogrom» que se va a desatar de manera inminente en Bacherach. Dos extraños, que se han presentado inopinadamente como invitados en la cena de Pascua que preside el rabino, introducen disimuladamente bajo la mesa donde se celebra el banquete ritual el cadáver ensangrentado de un niño cristiano. Se escenifica así una de las más difundidas y negras leyendas a cuenta de los judíos: la realización de sacrificios humanos durante la Pascua, coartada fabulosa para justificar luego sangrientas matanzas y abusos. La situación de temor continuo y peligro inminente a que se ven sometidos los judíos se plasma magistralmente en la escena en que Abraham, habiendo descubierto casualmente bajo la mesa el cadáver mientras leía del libro sagrado, disimula al instante y a la perfección su terror, hasta poder hablar en secreto con su mujer y concertar una huida inmediata, que tiene lugar sin despedidas y estrictamente con “lo puesto”. La travesía nocturna del Rin, plena de leyendas, recuerdos y visiones, evocados por el personaje de Sara, configura una página plenamente heineana, de gran poesía y sugerencia, una de las más bellas de todo el libro.

La leyenda negra de los sacrificios de niños por parte de los judíos tuvo su manifestación española más tristemente célebre en la famosa historia del Santo Niño de La Guardia, una supuesta crucifixión ritual acaecida en Toledo en el año de 1489, y de la que se hace eco, por ejemplo, Bécquer en su leyenda “La rosa de Pasión”. Ocurrida en el mismo año en que Heine sitúa el «pogrom» de Bacherach, no deja de ser una casualidad bastante curiosa, sobre todo cuando, además, el autor introduce en su tercer capítulo un personaje de origen español, el judío Isaac Abarbanel, recién llegado de Toledo. ¿Conocía Heine la historia del Santo Niño de La Guardia? ¿Pensaba utilizarla ulteriormente en el desarrollo de su inacabada novela?

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Ilustración de Max Liebermann para el relato de Heine

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Los crímenes de la época, de Louise Michel

Louise Michel (1830-1905) fue una convencida y destacada anarquista francesa, integrante y combatiente de la Comuna de París, que sufrió en sus propias carnes consejo de guerra y un destierro de diez años a Nueva Caledonia. Sus textos literarios son, como no podía ser de otra manera, rabiosamente comprometidos con la causa de los más desgraciados. Los crímenes de la época (1888) lo conforman una serie de relatos que ponen su foco en la injusticia social de su tiempo, en unas clases sociales entregadas a una brutal lucha, llevada a término en el terreno más extremado, el del crimen y el abuso sexual. En esta selva no hay términos medios ni lugar para los matices: las clases dominantes son verdaderos depredadores de los desgraciados, auténtica carne de cañón. Seguramente podrá reprocharse a estos relatos un exceso de radicalismo, un exagerado regusto por recrearse en lo más bajo e inhumano; pero, aun así, creo que no les falta ni fuerza ni interés. Escritos en un lenguaje directo y sencillo (“En un salón, rica y estúpidamente decorado, se encuentran tres mujeres”), con un ritmo narrativo en ocasiones entrecortado, de párrafos breves y frases lapidarias, con frecuencia sentenciosas («Cuando las hijas de los pobres abandonan el nido, nunca suben de nuevo a la rama»), alcanzan una gran eficacia en la consecución de sus fines, que quizás no sean otros que los de denunciar y despertar indignación. No obstante son también literatura. Una vez más la editorial valenciana El Nadir ha tenido el acierto de presentarnos a un autor de interés que desconocíamos en castellano, y que leeremos –un tanto sobrecogidos por su dureza– en la precisa y feliz traducción de René Parra. Unas páginas introductorias, escritas por Blas Parra, nos  ayudarán también a comprender mejor la obra de una escritora a la que los periódicos conservadores de su época apodaron «la virgen roja» y «la petrolera de la revolución».

Primeros y últimos amores” ejemplifica bien esa sociedad injusta y depravada que desea pintarnos la escritora, en la que hacen infernal pareja el amor y la muerte, pero siempre a costa de las mujeres de la clase más baja. Condenadas por un primer desliz, marginadas en el seno de su propia familia por una mentalidad trasnochada, resultan las víctimas inevitables de una pulsión masculina anormal que parece desconocer los límites entre el deseo y el crimen. La descripción que nos ofrece Louise Michel de los aledaños de la rue Mouffetard, y de los hornos de yeso donde los más miserables encuentran refugio en las duras noches del invierno –comidos de chinches y acosados cruelmente por la policía–, configura algunas de las escenas más dolorosas de todo el libro. En “Rapaces”, dos jóvenes e inocentes bretonas recién llegadas a París son recogidas en una casa donde, bajo la excusa de recibir caridad cristiana (a cargo de la marquesa de Donadieu), son sometidas por miembros de la “buena sociedad” a un continuado abuso sexual. Huidas a su pueblo, nadie las cree, y sólo reciben el desprecio de todos. Un joven paisano que viene a París para indagar la verdad de su denuncia, descubre las instalaciones ocultas de un verdadero matadero… Como era de esperar, la Justicia echará tierra sobre el asunto y los inocentes recibirán un injusto castigo. “La carta anónima” se desarrolla en un terreno menos público, más privado, el de la violencia de género ejercida brutalmente contra las mujeres en el seno de la institución matrimonial. En “Los vampiros” se nos muestra la depravación en su estadio más avanzado. Los dos protagonistas de las horrendas gestas nocturnas en el Père-Lachaise representan clases sociales bien contrapuestas: el bestia de la calle y el desequilibrado de la clase alta, aliados “en los antros a los que acude la futura carne de horca”, pues parece como si sólo en el crimen pudieran unirse ricos y pobres. En este relato la demencia criminal parece extenderse a todas las clases; pero es sólo Pierre Mardi, el hijo del orfanato, el que recibe el castigo; mientras que Jean Eléazar continúa con sus clandestinas transgresiones hasta su cruento final; un final, incluso, sobre el que la hiprocresía social tiende un tupido velo. En “El bello Raymond”, único relato ambientado en época histórica, la de Carlos VI e Isabel de Baviera, se pasa revista al libertinaje de las aristócratas maduras (“De jóvenes las habían perdido, viejas perdían a los demás”), que encuentran un castigo brutal a sus juegos amorosos. Como era de esperar, de los dos culpables pagará el hijo del pueblo, el más inocente. Finalmente, “El viejo Abraël, leyenda del siglo veinte» es una visión profética y utópica de un futuro feliz, bastante ingenua, que nosotros nos hemos encargado ya de desmentir.

El Capitalismo como vampiro, en un grabado de finales del XIX

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Gabrielle de Bergerac, de Henry James

Gabrielle de Bergerac apareció publicada por vez primera durante el verano de 1869, en tres números de la revista The Atlantic Monthly. Se trata, pues, de una novela corta de la primera etapa de Henry James (1843-1915), muy alejada de las complicaciones estilísticas de su madurez y de sus temas más habituales. La acción, que transcurre en Francia durante la época prerrevolucionaria, pone en escena una historia bastante convencional: la de un preceptor de origen humilde enamorado –sin esperanza– de la atractiva y sensitiva aristócrata a la que sirve, que tampoco permanece inmune a los encantos del maestro. En este caso, sin embargo, el alumno del profesor Coquelin no es Gabrielle, sino su sobrino de diez años, un avispado muchachito al que todos llaman cariñosamente en la casa «chevalier». Este niño será precisamente quien, muchos años después y ya anciano, cuente la historia de los amores de su tía a un interlocutor anónimo, en el que podemos imaginar al propio James. Creo que es la adopción de este punto de vista narrativo, el del anciano que vio como niño, lo que le da un mayor encanto a la historia: la evocación de un mundo que solo vive ya en el recuerdo, luego barrido por los horrores de la Revolución.

La figura más atractiva de la novela es la heroína que le da título. Gabrielle es una huérfana de veintidós años, sin recursos propios, que habita un viejo y venerable castillo en compañía de su hermano y la mujer de este. Sin llegar a ser la madrastra del cuento (James no lo hubiera permitido), su cuñada la trata con la suficiente desconsideración como para colocarla en una evidente posición de desventaja (“Tengo la mala fortuna de haber perdido a mi madre. Solo puedo rezarle a Dios”), lo que no hace otra cosa que resaltar más sus valores, acercándola de alguna manera al humilde Coquelin, hijo de un sastre. El atractivo de Gabrielle no está solo en su físico, sino también en su inocencia, su sencillez y en su generosidad (como se manifiesta en la escena junto al campesino moribundo). Atractivos suficientes, en cualquier caso, para encandilar al vizconde de Treuil, pretendiente apoyado por la familia y rival de Coquelin. El vizconde es un aristócrata de pasado disoluto, derrochador y muy trabajado en los placeres, al que deberemos reconocer, al menos, el mérito de caer rendido sinceramente ante los encantos de una joven de tan excelentes prendas.

La visita a las ruinas del castillo de Fossy, en la que participan Gabrielle, Coquelin y el “chevalier”, me parece uno de los pasajes más bellos e interesantes de la novela, evocada a través de los recuerdos de un anciano que la reconoce como una de sus experiencias más cruciales (“uno de los momentos más inolvidables de mi niñez”). Solo por esta escena la novela merecería el calificativo de romántica. Las ruinas –y la muerte, pues a punto está de consumarse una desgracia– provocan la efervescencia amorosa: frente a la fugacidad de todo el universo, el amor se rebela y anhela perpetuarse. Una postura romántica. La escena tiene también un importante valor simbólico: por un lado, las ruinas del castillo ejemplifican el inminente final de un mundo construido sobre infranqueables barreras sociales –las que separan a los protagonistas–; por otro, la peligrosa escalada de Coquelin a lo alto de la torre testimonia su voluntad de triunfo –en alas del amor– sobre los obstáculos de una sociedad dividida en clases.

Aunque Gabrielle de Bergerac es uno de los primeros textos de James, no es difícil reconocer ya en él algunos rasgos característicos del autor, como son su interés por las sutilezas del pupilaje (como en The Pupil, 1891), o por la pintura (omnipresente en toda su narrativa). Así, el retrato de Gabrielle cumple una doble función en la novela: por una parte desencadena la narración (el novelista desea saber la historia de la retratada); y por otra pone en evidencia la oculta pasión de Coquelin, al descubrirse su dibujo de la amada. James no debía estar, quizás, demasiado satisfecho de este relato, cuando no lo incluyó en la edición de sus obras completas. Quizás cabe reprocharle a Gabrielle de Bergerac lo abrupto de su final, que parece un tanto gratuito; así como lo inverosímil que resulta el hecho de que las efusiones de los enamorados tengan como testigo al joven “chevalier”, cuando se corresponden con un amor prohibido que sería conveniente ocultar. De todas maneras la “novella” derrocha sentimiento y amenidad, los escenarios y personajes son encantadores y bien delineados, y cualquier amante de Henry James se sentirá feliz de poder incorporarla a sus lecturas. Exquisitamente editada por Impedimenta, Gabrielle de Bergerac ha sido traducida con singular acierto por Eduardo Berti, que nos ofrece además, en su Posfacio, abundante información sobre el texto, así como interesantes claves interpretativas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Historia de una mentira, de Robert Louis Stevenson

Cuando un autor goza de nuestra total predilección, no es censurable que deseemos ver publicadas todas sus obras, incluidas las menos importantes o marginales. Queremos leerlas sin excepción, y nos quejamos de la miopía y falta de imaginación de los editores, que nos hacen esperar tanto tiempo. Luego, cuando al fin se cumplen nuestros votos y la obra sale a la luz, no es raro tampoco que nos decepcione por floja o por trivial, y comprendamos entonces que los editores no siempre son tan «burros» como los suponemos. Apurar un autor hasta el fondo -como cualquier otra cosa- tiene sus riesgos, puede dejarnos un mal sabor de boca… No es este el caso, desde luego, de Historia de una mentira (The Story of a Lie, 1879), una de las novelas de Robert Louis Stevenson (1850-1894) menos conocidas y más deliciosas, injustificablemente olvidada en nuestro idioma hasta la fecha, pero que al fin podremos leer y disfrutar gracias a la editorial Belvedere y a su traductora, María Jesús Pascual. Una «novella» que, por su asunto y personajes, no hubiera desdeñado escribir Henry James (gran amigo de Stevenson, por otra parte); quizás con mayor sutileza, pero no con mayor encanto ni comicidad.

Historia de una mentira se aparta de los camimos habituales por donde transitan las obras mayores de Stevenson -la aventura, el misterio y la fantasía- para centrarse en las relaciones humanas y el humor. Dick Naseby, hijo de un irascible terrateniente inglés, conoce en París a un aventurero de nombre Van Tromp, un supuesto pintor de segunda fila que no pasa de ser un farsante, un sablista y un borrachín. De vuelta a Inglaterra, el joven Dick conoce Esther, una encantadora muchacha que vive, acompañada por su tía, en una casita de campo alquilada en los terrenos de su padre.  Su descubrimiento de que es la hija de Van Tromp no le impide enamorarse de ella ni iniciar una relación. Los problemas para la feliz pareja comenzarán cuando Peter Van Tromp regrese del continente con la intención de instalarse en la casa de su hija, que no lo ha visto desde que tenía seis años y atesora una imagen de su progenitor tan idealizada como errónea, imagen que Dick no se ha atrevido a desmentir… El desengaño de la pobre Esther -que pasa del arrobamiento de ver juntos a los dos hombres que más ama, a la más negra desesperación- es sin duda el aspecto más emotivo y cautivador del relato.

Los triángulos formados por dos enamorados y un progenitor anómalo del que conviene deshacerse -siempre el padre de ella- no son raros en la obra de Stevenson. Me vienen a la memoria dos ejemplos, uno en La isla de las voces, y otro en Catriona: el malvado brujo Kalamake y el hipócrita James More.  Es preciso reconocer, sin embargo, que en Historia de una mentira Peter Van Tromp es el personaje que hará nuestras mayores delicias, tanto de palabra como de obra, gozando en todo momento, a pesar de ser un declarado y reconocido sinvergüenza, de ese especial atractivo con que Stevenson adorna a los personajes menos ejemplares de sus novelas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Cuentos, de August Strindberg

Este año se conmemora el centenario de la muerte del famoso dramaturgo sueco August Strindberg (1849-1912), circunstancia que han aprovechado muchas editoriales para sacar a la luz algunos de sus escritos, conocidos y menos conocidos. Nórdica Libros apuesta por lo segundo al proponernos la lectura de estos Cuentos (Sagor, 1903), un conjunto de hasta trece relatos (*), de diversa extensión y carácter, que oscilan entre el cuento fantástico y la fábula moral, y donde no resulta difícil reconocer algunos rasgos propios de la personalidad de Strindberg, como la deriva hacia la locura o la misoginia. En cualquier caso, hablamos de unos textos de gran originalidad y fantasía, en los que brilla poderosa la imaginación del sueco, y que se leen con gran interés, por su variedad de registros y lo imprevisible de su desarrollo. La exquisita edición que nos ofrece Nórdica (en la traducción de Francisco J. Uriz) recoge además las extraordinarias ilustraciones que acompañaron a la edición de 1915, obra del artista sueco Thorsten Schonberg (1882-1970), y que por sí mismas son ya una fuente considerable de placer estético.

La leyenda de San Gotardo

El cuento que abre la colección, “En tiempo de verano”, es quizás uno de los más interesantes –y dolorosos– de todo el libro. La asunción voluntaria de la muerte por parte de la joven madre y su hija minusválida contrasta con la actitud positiva de la anciana nonagenaria, una de las figuras más emocionantes del libro. Condenada a vivir postrada en el lecho, la vieja mujer se conforma con observar la vida a través de los cristales de su ventana, que agrandan o achican, que colorean la realidad, según sus deseos. Un elemento compartido por algunos relatos es la música: un piano caído al mar que se convierte en juguete de los peces (“El gran cedazo para grava”), un taciturno director de orquesta anclado a su pasado (“El dormilón”), una diva ambiciosa y cruel que recibe su escarmiento (“Los secretos del secadero de tabaco”), y un cantante de origen humilde que al triunfar (y luego fracasar por culpa de una mujer) se olvida de su identidad (“bal sin yo”). A estas alturas, el lector habrá descubierto que los títulos de los cuentos no orientan en modo alguno sobre su contenido. “Las tribulaciones del práctico” es un relato muy imaginativo, con un desarrollo casi onírico, y donde parecen combinarse las aventuras de Alicia en el país de las maravillas con Juan sin miedo. Otros cuentos, como “Fotografía y filosofía” (testimonio del interés de Strindberg por dicho arte) y “Medio pliego de papel” (el cuento más famoso, al parecer, de la colección), nos enseñan a afrontar de manera positiva las dificultades de la vida, y a valorar la felicidad perdida como un patrimonio inalienable. Sin embargo, no se puede negar que la moraleja que se propone al final de algunos de estos textos es bastante previsible y convencional. Así sucede en los cuentos “Cuando el papamoscas llegó al espino cerval”, historia de un viejo presidiario impenitente al que redime la caridad de una niña; y “El triunfador y el bufón”, donde se defienden los valores de modestia y respeto como normas de convivencia. Un contexto histórico más preciso lo encontramos en “La leyenda de San Gotardo”, relato relacionado con la construcción del famoso túnel ferroviario a través de la montaña (1871-1881), símbolo de la unión amorosa entre dos jóvenes suizos de cantones diferentes, Andrea y Gertrud. Finalmente, “Los cascos de oro de Ålleberg” y “Licenea encuentra la saxífraga dorada” son dos cuentos de hadas (con animales que hablan, duendes, gigantes…) entreverados con una lección de historia de Suecia y una clase de botánica simbólica.

(*) En el índice no se ha recogido, seguramente por despiste, el título de “El triunfador y el bufón”, que suma trece. Quiero imaginar que a Strindberg le agradaba ofrecer un número de cuentos tan poco “correcto”.

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La leyenda de una casa solariega, de Selma Lagerlöf

La reciente publicación por la editorial Funambulista de La leyenda de una casa solariega (1899) nos brinda una inmejorable oportunidad para acercarnos a la vida y obra de la gran novelista sueca Selma Lagerlöf (1858-1940), Premio Nobel en 1909 y autora de títulos tan leídos en España como La saga de Gösta Berling o El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia. La propuesta no puede ser más atractiva: una historia de amor entre dos jóvenes, trufada de obstáculos y distancias, ambientada en el salvaje paisaje del Värmland sueco, y que tiene como leit-motiv la música de un violín.

Esta novela refleja, al menos en parte, un dramático episodio de la vida de Lagerlöf: la pérdida de su casa familiar de Mårbacka, que sólo veintidós años después pudo recuperar con el auxilio económico que le reportaron sus logros literarios. Gunnar Hede, el protagonista de la novela, es un estudiante universitario, refinado y soñador, que tiene abandonada la carrera en beneficio de su gran pasión por la música. Enterado de que la ruina amenaza su casa de Munkhyttan, y que puede ser vendida, abandona los estudios en Uppsala y se hace vendedor ambulante (como su abuelo), para poder redimir con sus ganancias las deudas que pesan sobre la propiedad. Pero resulta evidente que este distinguido joven, cuya mayor delicia es tocar sin interrupción el violín, no está preparado para un trabajo de tales características. Su traumática experiencia con el rebaño de cabras aprisionado en la nieve (una estampa verdaderamente terrible), junto con el abandono de su prometida, le hacen perder la razón; y aunque la finca de su madre se salva, Gunnar se convertirá en un miserable vagabundo trastornado del que todos se ríen, y al que apodan “el Chivo”, en razón de sus cómicas fobias con los animales. La locura no le impedirá, sin embargo, oficiar de Orfeo y sacar literalmente de la tumba a una huérfana desvalida, Ingrid Berg, a la que “resucita” con la ayuda de su violín…

Como lo anuncia su título, la novela tiene un aire decididamente legendario, y en ocasiones, hasta fantástico, sobre todo en las ensoñaciones de Ingrid, como la relativa a la visita de la Señora de la Pena, con su cohorte de murciélagos y ropas de duelo, convincente alegoría del sufrimiento y la pérdida de toda esperanza. La alusión a la melodía de El cazador furtivo (la ópera fantástica de Weber, de 1821), que abre y cierra el periodo de alienación del protagonista, parece subrayar también ese aura fantástica que gravita sobre gran parte de la novela. Fantasía y locura ocupan con frecuencia, al menos en la geografía literaria, territorios limítrofes.

La leyenda de una casa solariega, traducida bellamente por Elda García-Posada para la editorial Funambulista, cuenta con un interesante postfacio de la misma traductora, donde se profundiza en las claves literarias y autobiográficas del texto.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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El intendente Sansho, de Ogai Mori

De Ogai Mori (1862-1922) ya tuvimos ocasión de leer y comentar hace unos meses La bailarina, una bella novelita con fondo autobiográfico, donde se contraponían las culturas japonesa y europea a través de una historia de amor frustrada. La editorial zaragozana Contraseña nos ofrece ahora una selección de relatos del mismo autor, traducidos del japonés y anotados por Elena Gallego, e ilustrados con un valioso prólogo de Carlos Rubio, que satisfará ampliamente la curiosidad del lector acerca de un escritor escasamente conocido en nuestro país. Relatos de una gran sencillez, belleza, intenso sentimiento y poder de sugerencia.

El texto que abre la colección y da título al libro, “El intendente Sansho”, es el relato más extenso de los seis, y quizás el más conocido (inspiró un film de Mizoguchi, de igual título, en 1954): La historia de dos hermanos raptados y vendidos luego como esclavos a un terrateniente, y que luchan por recomponer la unidad familiar. Un relato de gran ternura que no esconde la terrible dureza y crueldad del mundo adulto que rodea a los niños. Un canto al amor filial y al sacrificio; pero también, a la virtud recompensada. “El barco del río Takase” trata de un caso de conciencia, expuesto en el bello y apacible marco de un viaje fluvial nocturno. El reo conducido al destierro por matar a su hermano sólo abrevió el desenlace de un suicidio torpemente ejecutado: “Creí que podría morir al instante cortándome la garganta, y fracasé”. ¡Cuánta derrota y sufrimiento condensados en esta breve confesión del hermano agonizante! Aunque no le queda claro al barquero si la justicia acierta o falla al penalizar esta especie de eutanasia, la tranquilidad y optimismo con que el reo acepta la condena y encara su futuro en el destierro me parece que nos ofrece una pista de lo que pensaba el autor. Al igual que los dos relatos anteriores, “Las últimas palabras” se desarrolla en una época pasada de la historia del Japón, concretamente en la primera mitad del siglo XVIII. Una vez más asistimos a una lección de piedad filial. Los hijos de Tarobei Katsuraya, condenado a muerte por un delito de estafa, solicitan a la justicia ocupar su lugar en el patíbulo. En este ejercicio de sacrificio destaca especialmente la figura de la hija mayor, Ichi, un prodigio de noble entereza, que conseguirá sobrecoger al propio juez Sasa con las “últimas palabras” de su alegato: “frías como el hielo, cortantes como el filo de una espada”. “La señora Yasui” es la detallada crónica biográfica de Chuhei, un sabio que a pesar de su fealdad -de la que todos se burlan- consigue el amor de la joven y bella Sayo, un modelo del ideal femenino japonés de aquella época. En “La historia de Iori y Run” se narra el reencuentro de un matrimonio de ancianos, separados durante treinta y siete años por un desgraciado accidente con una antigua espada de samurái. También en este relato se pone el acento en la figura de la esposa, en su fidelidad a toda prueba. Finalmente, en “Sakazuki” (el único relato de la colección no encuadrable en la denominada “ficción histórica”) el autor se deleita con la pintura de una escena de gran belleza y sencillez: siete encantadoras niñas japonesas, que acuden a beber a una fuente con sus tazas (“sakazuki”) de plata, se encuentran con otra niña extranjera y su extraño vaso de barro.

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Fantasmas de la China y del Japón, de Lafcadio Hearn

Si hace algunos meses nos ocupábamos de reseñar Sombras, de Lafcadio Hearn (1850-1904), ahora saludamos con no menos satisfacción la aparición de este nuevo volumen, Fantasmas de la China y del Japón, una antología de textos fantásticos que une a la belleza de su edición el valor de ofrecernos algunos relatos de Hearn todavía -según creo- «inéditos» en nuestra lengua. La editorial sevillana Espuela de Plata ha tenido el acierto de recuperar una añeja edición -al parecer, la primera en castellano de Hearn-, publicada en Madrid por Editorial América (c. 1917-1920), obra del poeta uruguayo Álvaro Armando Vasseur (1878-1969), que traduce con gran elegancia la prosa de Hearn (aunque no siempre de manera fidelísima). Gracias a este libro volveremos a disfrutar de ese abigarrado mundo de leyendas, supersticiones, antiguas creencias, tradiciones, canciones y vetustos escritos con los que Hearn construye sus textos, y donde menudean mujeres de nieve, samuráis, fantasmas sin cara, cabezas voladoras, campanas que exigen sacrificios de doncellas, mujeres-árbol, amantes que vuelven de la tumba, diosas que se casan con humanos, reencarnaciones… En suma, una gozosísima exploración de territorios fantásticos más allá de los habituales espacios de nuestra literatura y tradición occidentales.

Según nos informa Luis Alberto de Cuenca en su prólogo, Fantasmas de la China y del Japón recoge textos procedentes de Some Chinese Ghosts, Out of the East, Gleanings in Buddha-Fields, Kottō y Kwaidan. Aunque tanto el primero como el último han sido traducidos y editados varias veces en España (Some Chinese Ghosts, en Miraguano y en La Compañía; Kwaidan, en Espasa, Siruela y Alianza), incluso los lectores más devotos de Hearn podrán encontrar todavía aquí un buen puñado de textos «nuevos» de gran interés, así como la no desdeñable oportunidad de releer otros más conocidos en la exquisita versión del uruguayo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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