La chica de Nueva Inglaterra, de Sherwood Anderson

Sherwood Anderson (1876-1941) es considerado por la crítica un precursor de la novela moderna norteamericana (influyó en Faulkner, Hemingway o Ford, entre otros), así como un maestro del relato corto y de la prosa directa y sin artificios. Preocupado por las clases más humildes y sus dificultades para adaptarse a una sociedad en vertiginosa evolución, Anderson alumbró en 1919 un libro capital de la literatura norteamericana: Winesburg, Ohio, un conjunto de veintidós relatos que conforman una especie de novela-mosaico, donde los habitantes del pequeño pueblo americano cobran protagonismo de una manera coral e ingeniosamente orquestada. La chica de Nueva Inglaterra (traducido para Nórdica Libros por Jacques Simon) lo componen una docena larga de relatos -la mayoría inéditos en castellano-, procedentes del libro El triunfo del huevo (The Triumph of the Egg, 1921). Aunque los personajes no se relacionan entre sí de la misma manera que en Winesburg, Ohio, no es tan diferente la materia humana que nos presenta el autor: minusválidos, ancianos abandonados, negros y marginados, trabajadores modestos, maridos asfixiados en su medio familiar, jóvenes solitarias que intentan encontrar su lugar en la vida… Una galería de seres desamparados y confusos, de existencias desconcertadas, soñadores de un mundo mejor a mil kilómetros de distancia… Dramas humanos suavizados en ocasiones por un toque humorístico, siempre narrados con sencillez y lirismo.

El primer relato del libro, «Quiero saber por qué«, narra una historia típicamente americana, ambientada en el mundo de los caballos de carreras. Un adolescente y la pérdida de la inocencia. El desmoronamiento de un ideal: el ídolo con los pies de barro. En «La otra mujer» se analizan los confusos sentimientos de un joven que comete una infidelidad la víspera de su boda: quizás una crítica a la esquizofrénica concepción burguesa del amor. «El huevo» es una hilarante burla de la ambición, de «esa idea tan norteamericana de intentar prosperar, de querer ser alguien en la vida». El narrador es el hijo de un modesto granjero, feliz en su mediocridad, que tras casarse con una ambiciosa maestra decidió montar sucesivamente -con resultados desastrosos- una granja de pollos y un restaurante. Una visión tiernamente cómica del fracaso. En «El hombre del abrigo marrón» se aborda el problema de la incomunicación: las reflexiones de un historiador, autor de «cuatrocientas mil palabras», que confiesa su incapacidad para transmitir algo personal a los demás. Ni siquiera a su esposa… «Hermanos» es una curiosa fábula en tres movimientos sobre la frustración que acompaña a los pequeños y miserables destinos humanos, que en ocasiones desembocan en la locura y el crimen. Al igual que «El hombre del abrigo marrón», lo leeremos como un poema en prosa. «La chica de Nueva Inglaterra«, el relato que da título a la recopilación, cuenta la historia de una muchacha ya madura que se ahoga en el estrecho círculo familiar en el que parece condenada a envejecer. Aunque el argumento parece de primeras muy convencional, nos seduce la maestría con la que al autor va construyendo ante nuestros ojos, de manera indirecta y creciente, la angustia de la protagonista, que culmina en la escena de la tormenta, perdida en ese opresivo campo de maíz que rodea como una selva la casa familiar. «La trampilla» narra las frustraciones de un matrimonio convencional, donde todo sentimiento permanece prisionero o anquilosado. La familia burguesa como una trampa. Al igual que en «La otra mujer»: la seducción de lo que no nos pertenece, de lo que aún es libre.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Las vidas de la gente son como los árboles de un bosque que poco a poco van siendo estrangulados por enredaderas, y que finalmente mueren asfixiados. La enredaderas son a su vez viejas creencias, antiguos pensamiento plantados por hombres muertos. Yo mismo estoy cubierto por enredaderas que me están devorando poco a poco.» (traducción de Jacques Simon)
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Los matrimonios y Louisa Pallant, de Henry James

Es tan extensa la obra de Henry James que no debe sorprendernos que todavía podamos encontrar textos de gran interés inéditos en nuestra lengua. Bienvenidos sean. Nunca nos dolerá poder completar nuestro acervo de lecturas «jamesianas». La granadina Ediciones Traspiés nos presenta ahora (traducidas por María Teresa Sánchez Montesinos) dos novelitas del escritor norteamericano nunca vertidas con anterioridad al castellano: The Marriages (1891) y Louisa Pallant (1888), publicadas en fechas cercanas a la aparición de obras tan perfectas como The Aspern Papers (1888) o The Private Life (1892).

En Los matrimonios asistimos a un pequeño drama doméstico: las tribulaciones de una joven que aborrece ver a su padre abandonar la condición de viudo y emprende una arriesgada y cuestionable aventura. ¿Complejo de Electra? ¿Devoción exagerada a la madre perdida? Una historia intrigante y con un final inesperado, de esos que cambian la percepción del lector en las últimas líneas. La ironía del relato solo se hará evidente con la sorpresa final. Louisa Paillant es un texto de menor sutileza, aunque no de intriga, que reedita el conflicto -habitual en la obra de Henry James- entre americanos y europeos (para los últimos valen también los «europeizados», aún peores). Una novela de una curiosa opacidad, imputable quizás a un narrador poco perspicaz o demasiado comprometido emocionalmente. Todo lo que sabemos del mundo interior de la protagonista, Linda Pallant, es a través de la opinión de su madre, pero ignoramos si es cierta o más bien interesada. La lectura de las últimas líneas de la novela, de su resolución, quizás nos hagan sospechar que la visión ofrecida por el narrador pecaba de ingenua. Al igual que en el relato anterior, unas palabras dichas al oído -no importa si verdaderas o falsas- pueden enfriar una pasión; o al menos, un proyecto de matrimonio.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Abades, de Pierre Michon

Entre los diversos libros de Pierre Michon traducidos a nuestro idioma en los últimos años, Abades destaca por su brevedad, intensa belleza y ambientación medieval. Pierre Michon (1945) es un escritor algo tardío (su primer libro, Vies minuscules, se publicó en 1984), autor de poco más de una docena de textos primorosamente escritos, de gran originalidad, que han recibido los elogios de la crítica más exigente y cuentan con un selecto grupo de lectores entusiastas (es decir, un autor de culto, como reza el tópico). Abades (Abbés, 2002) nos ofrece un tríptico de estampas medievales, escritas en una prosa tan elaborada y densa como la de un viejo cronicón medieval (a los que se alude con frecuencia), pero infinitamente más atractiva. Es difícil no pensar en el San Julián de Flaubert al leer estas historias de santos (incluso en Borges, con su amor a los códices y literaturas antiguas), aunque su factura es esencialmente distinta, muy personal. Los abades trazan rayas en el agua.

La primera historia (las tres se presentan sutilmente enlazadas) nos retrotrae al año mil, cuando la abadía de Saint-Michel-en-l’Herm (Vendée) es solo un amontonamiento de tablas, turba y campanas desafinadas, en un islote cercado de lodos y mareas traicioneras, castigado por las incursiones normandas. Sobre un «totum revolutum» donde no se sabe qué es tierra y qué es mar, el abad Èble, ayudado de un puñado de «monjes negros» y pescadores embrutecidos, arranca terreno al mar pulgada a pulgada. Una bella indagación sobre la gloria que se construye sobre el barro y las pasiones más humanas, y que tendrá una inesperada culminación en la rubia cabellera de una niña. La segunda historia gira en torno a la fundación de la abadía de Saint-Pierre de Maillezais. Un monstruoso y sanguinario jabalí, el dolmen que toma por guarida y una condesa alucinada tejen una fábula de misticismo y superstición. Al final, las pasiones desbaratan la ilusión y se impone el desengaño. Cierra Abades una historia de huesos: la cabeza de San Juan Bautista y la ciertamente cómica manera de apropiarse de una muela venerable. Un robo quizás sacrílego, pero también un testimonio de fe a la mayor gloria de la abadía. El protagonista es el mismo Théodelin del relato anterior, ahora más viejo, abad de Saint-Pierrre de Maillezais. Bajo la influencia de la reliquia robada el abad se hace ermitaño como Juan (es preciso mantenerla oculta; no es tiempo aún de exhibirla). Mientras tanto la reliquia obra milagros. El tartamudo Hugo, que lleva provisiones al ermitaño del islote, se vuelve elocuente… Otro camino equivocado hacia la gloria.

Abades ha sido traducido por Nicolás Valencia Campuzano para Ediciones Alfabia, que nos ha brindado además otro volumen con dos bellos textos de Michon, afines al que reseñamos: Mitologías de invierno. El emperador de Occidente.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«…las antorchas danzan a ras del suelo, la porquera es un armazón muy antiguo y mal desbastado hecho por la mano del hombre, un dolmen sin lugar a dudas. Emma se arrodilla junto al escudero, este abre los ojos, ve los pequeños ojos apagados y fijos en las cerdas duras, y, encima, los ojos risueños de Emma, todavía más arriba, el cuerno de la luna. « (traducción de Nicolás Valencia Campuzano)
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Quartet de la Deriva: La improvisación libre y la teoría de la deriva en la construcción de situaciones sonoras por un colectivo de improvisadores, de Josep Lluís Galiana Gallach

En el complejo contexto de la música culta contemporánea, la improvisación libre es una manifestación artística fuerte y de rigurosa actualidad, aunque tal vez no demasiado comprendida fuera de un selecto núcleo de iniciados. Quizás algún lector de estas líneas desconozca, pues, que en la improvisación libre no hay ni partituras ni esquemas previos, tampoco estilos predeterminados, sólo la libertad de unos músicos que crean, siguiendo su propio impulso estético, interactuando en un riguroso presente. Desde sus orígenes la música ha tenido en la improvisación un componente de primer orden, aunque con una dimensión muy variable a lo largo del tiempo y los diferentes estilos o formas. Pero la improvisación libre de hoy en día no es para sus defensores un revival de tiempos pasados, sino la culminación consciente de un antiguo anhelo de pureza y libertad. La improvisación libre hunde sus raíces epistemológicas en las teorías del filósofo francés Guy Debord, que en el contexto de los movimientos situacionistas que se iniciaron en la década de los 50 elaboró su concepto de deriva: un proceso en el que se primaba la libertad sobre la rutina, la espontaneidad sobre la rigidez.

Comienza su trabajo Josep Lluís Galiana ofreciéndonos las claves históricas y estéticas que han guiado la improvisación musical desde sus orígenes, así como su significado en el contexto de la música contemporánea: aleatoriedad, electroacústica y free jazz principalmente. A continuación se consagran dos importantes capítulos al estudio específico de la improvisación libre. Se analizan los elementos que la diferencian de la composición escrita: su carácter heurístico, rizomático (ap. Deleuze) y participativo; así como sus particulares mecanismos de escucha, y su espacio y público propios. Se presentan seguidamente las técnicas y estrategias que subyacen en su práctica, apoyadas en el background musical de cada artista y en el perfecto dominio de su instrumento. Finaliza esta primera parte del libro con la exposición de los principios de la llamada teoría de la deriva, así como de la visión crítica debordiana de la sociedad del espectáculo y sus relaciones con la improvisación libre.

Tras esta extensa, pero necesaria, introducción histórica y teórica a la improvisación libre, la segunda parte del libro nos ofrece una aproximación a su propia praxis, desarrollada en torno a la experiencia improvisatoria del Quartet de la Deriva, formación creada por el propio autor del libro y conformada por diversos instrumentos y recursos electroacústicos. Hablamos del análisis exhaustivo de dos situaciones sonoras de improvisación libre construidas en el Conservatorio Superior de Música de Valencia (25-II, 4-III; 2011), de gran belleza e interés, y que aparecen recogidas en los dos dvd’s adjuntos al libro. Como paso previo a este análisis, y como si de una deriva se tratase, recorreremos los caminos interpretativos y teóricos que han llevado al autor, Josep Lluís Galiana, a embarcarse en esta apasionante experiencia estética, culminación de una larga y variada trayectoria creativa e interpretativa. A continuación se recogen diversos materiales que orientaron al autor en el inicio de su tarea: entrevistas y conversaciones con figuras relevantes de la composición, la improvisación libre o el arte sonoro, como Sixto Herrero, Wade Matthews o Miguel Molina. Este enfoque plural y polifónico del tema estudiado se completa con dos interesantes debates surgidos entre los propios artistas que actuaron en las situaciones sonoras referidas: Sisco Aparici, Gregorio Jiménez, Vicent Gómez y el propio autor del libro. Sigue un completo análisis de las mismas, que incluye una exposición de los medios humanos, electroacústicos e instrumentales puestos en juego, así como una descripción pormenorizada de los diferentes sucesos musicales que pueden escucharse durante su audición: magníficas herramientas para el seguimiento y comprensión de los vídeos que acompañan el libro. El estudio se completa con fotografías, diagramas, espectrogramas, repertorios bibliográficos y discográficos… En suma, un inmejorable instrumento para introducirnos y profundizar en el conocimiento y/o la práctica de esta apasionante y compleja realidad estética que es la improvisación libre.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

http://www.joseplluisgaliana.com/2012/05/01/quartet-de-la-deriva-2012/

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¿Le gusta ser malvado?, Thomas Bernhard y Peter Hamm

Quien haya leído a Thomas Bernhard (1931-1989) no encontrará demasiado raro o enigmático el título de portada de este libro (¿Le gusta ser malvado?), pregunta que obviamente sólo cabe hacer a un escritor tan ácido, controvertido y misántropo como el genial austríaco. El subtítulo (Conversación nocturna entre Thomas Bernhard y Peter Hamm en la casa de Bernhard en Ohlsdorf, 1977) es desde luego menos original, más informativo, pero no deja de añadir su pincelada sugestiva: Seremos testigos de una charla entre amigos, en el propio hogar del escritor, nocturna por lo demás, en 1977, inédita… ¿Se cumplirán nuestras expectativas? Sí. Me atrevería a asegurar que hasta los que no conozcan a Bernhard la encontrarán apasionante.

En la «Advertencia preliminar» que abre el libro, Peter Hamm (escritor amigo y autor de la primera reseña de un poemario de Bernhard) nos explica el origen de esta conversación. A finales de 1976 la editorial Suhrkamp habia proyectado la publicación de un volumen de artículos sobre Bernhard, que por entonces era ya conocido internacionalmente. Se encomendó la tarea de edición a Peter Hamm, que se propuso encabezarla con una entrevista al autor. La conversación fue grabada en cinta en la noche de un «gélido día de invierno» (no se nos revela la fecha exacta), tras una velada previa compartida y entregada a charlar y beber. Pero la copia impresa de la conversación disgustó luego al escritor, que la rechazó horrorizado, y el proyecto quedó en nada. En 2010 la misma editorial berlinesa decidió sacar a la luz -con el permiso de los herederos del autor- esta interesantísima entrevista, que ahora podremos leer en la inmejorable traducción de Miguel Sáenz para Alianza. Para quien no lo sepa, Miguel Sáenz es académico de la lengua y el más perfecto y entregado traductor al castellano de la obra de Bernhard.

Según Peter Hamm, el motivo por el que Bernhard se mostraba tan reacio a la publicación de una entrevista que desvelaba tantos datos personales era que, por aquel entonces, se hallaba ya embarcado en la que sería la larga serie de sus textos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frio, Un niño. En cualquier caso, ¿Le gusta ser malvado? nos brindará la oportunidad de darle un repaso a muchas cosas que ya sabemos y a conocer otras nuevas, expresadas por Bernhard con una espontaneidad y sinceridad innegables (la conversación parece además escrupulosamente transcrita, con intervenciones «incomprensibles» entre corchetes y muletillas del escritor). Su infancia y temprana enfermedad, su amor por la música y los estudios en el Mozarteum, sus inicios literarios y sus textos predilectos, Trakl y Artaud, la experiencia como cronista de tribunales (que tanto influiría luego en su obra y en su negra valoración de la justicia), su pobre opinión de la política y del poder, su conflictiva relación con el mundo del teatro y con la crítica… Y un largo etcétera en el que, por supuesto, no faltará la peliaguda pregunta acerca de su sospechada maldad.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«La literatura tiene mucho que ver con la música. Y quien no estudia música está sencillamente descalificado desde el principio.» 
«…sobre todo en el trato con los editores, desde el principio, y nunca me dejé engañar, porque ya de niño tuve contacto con esa gente, con su hipocresía y su vileza, bajeza e instinto sólo para los negocios, y con todo el ámbito de la perfidia, que en ninguna parte se encuentra tan a gusto como con ellos. Sencillamente, sabía que no debía dejarme tomar el pelo…» (traducción de Miguel Sáenz)
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Los hermosos días de Aranjuez, de Peter Handke

Los hermosos días de Aranjuez (Un diálogo estival) es la última obra dramática del escritor austríaco Peter Handke (1942), cultivador de géneros tan diversos como la novela, el teatro, la poesía o el ensayo, y conocido en España por títulos como  Los avispones, El miedo del portero al penalty, La mujer zurda, Insultos al público o El pupilo quiere ser tutor. Presentada en Viena el año pasado, Die schönen Tage von Aranjuez ha sido objeto en España de diversas lecturas dramatizadas y representaciones a lo largo de 2013 (como la del Círculo de Bellas Artes de Madrid), impulsadas por el Goethe Institut, que también ha patrocinado esta edición impresa de la traducción de Miguel Sáenz, publicada por la editorial madrileña Casus-Belli en su colección «La horda de oro». Las representaciones no he tenido ocasión de verlas, por lo que hablaré solo del texto, que al menos brinda la posibilidad de relectura, algo esencial en un texto tan denso. Basta con leer unas páginas para adivinar su dificultad interpretativa, el reto que ha de suponer subir a las tablas un discurso tan intenso y complejo.

El texto de Handke es un diálogo dramático entre dos personajes anónimos, masculino y femenino (solo en las líneas finales descubrimos que el hombre se llama Fernando), en una cerrada unidad de espacio y tiempo. Conviene señalar que la obra toma su título de un verso del Don Carlos de Schiller («Los hermosos días de Aranjuez han terminado. En vano hemos permanecido aquí»), lo que no implica que la acción transcurra en la ciudad castellana, aunque sí en un escenario veraniego y campestre que tiene como referente imaginario un Aranjuez vivido por el protagonista masculino y evocado reiteradamente. A poco que leamos el texto dramático, descubriremos que confluyen en él algunos elementos clave en la obra de Handke, como son la preocupación por la experimentación en el lenguaje, el interés por España o su experiencia cinematográfica (Handke ha sido director y guionista en varias ocasiones). Aparte de las citas de películas, llaman la atención en el texto las alusiones a canciones y a otros textos literarios (como el mismo de Schiller, que se enuncia en los momentos finales, casi a modo de colofón.)

Me parece que la mejor comprensión de Los hermosos días de Aranjuez pasa por reconocer su carácter de «bucólica». Al igual que en el género clásico grecolatino, el diálogo de los personajes se encuadra en un paraje natural idílico, en un espacio temporal puesto entre paréntesis (un luminoso día de verano meridional, como tanto gusta a los alemanes idealizar), alejado de la urgencias diarias, que facilita la evocación y comunicación de las experiencias amorosas (veremos luego si es posible o no esa comunicación en esta moderna bucólica). En el texto de Handke el personaje principal es el femenino, que narra una especie de trayectoria amorosa vital, que se inicia ya en la infancia con el descubrimiento del erotismo en un columpio, y continúa con su primer encuentro con un hombre: «amor divino», donde se conjugan -en la escena de la salina- lo más bajo y lo más elevado, las figuras de los excrementos humanos y la sanguijuela con la adquisición de una nueva conciencia. Sigue la experiencia del «amor venganza»; no contra el hombre, sino acción, o quizás más bien desafío, «contra el mundo actual». El desapego que el personaje femenino asegura experimentar hacia la figura de la mujer contemporánea desemboca finalmente en el reconocimiento de la propia desorientación amorosa. Por su parte, el papel del hombre en el diálogo no puede ser más opuesto. Cada fracción del racconto de la mujer viene puntuado por su intervención, que traza un caprichoso contrapunto a la voz principal, más centrado en lo externo que en la propia confesión, siguiendo una estructura casi musical donde son frecuentes las simetrías y paralelismos.

Este doble registro, donde la voz masculina enfatiza el entorno «bucólico» y la femenina apura la confesión más íntima, hace aún más patente la incomunicación de la pareja, signo quizás de una incomunicación universal. Si ya desde las primeras líneas los personajes parecen incapaces de ponerse de acuerdo en las reglas de juego de su diálogo, más adelante asistimos a un verdadero «diálogo para sordos». Mientras la mujer desgrana sus recuerdos más personales el hombre se encierra progresivamente en sus evocaciones, que glosa cada vez con mayor entusiasmo y lirismo: los pájaros de la primavera, las semillas de la balsamina, los baños de arena de los gorriones, las frutas y verduras asilvestradas de los huertos de Aranjuez… Esta disociación absoluta entre los dos personajes solo se romperá parcialmente hacia el final, con la confluencia casual de los dos soliloquios en el sintagma «Reina de Aranjuez». Se inicia así una coda final, con mayor interacción entre los personajes, pero marcada igualmente por la diferencia irreductible («Tengo hambre» dice el hombre; «Y yo tengo sed», concluye la mujer) y la idea de la soledad.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«EL HOMBRE: Ay, que haya que separarse del susurro de los árboles en el viento del verano, ahora, hoy, y en un día lejano o cercano ya, para siempre. Ay, ser separado de ese murmullo, que lo agarra a uno del cabello, lo lleva a otra parte y al mismo tiempo lo deja en el mismo sitio. Actualidad, apártate de nosotros. Actualidades, dejadnos en paz. Se acabaron las intrigas. Se acabaron los inquisidores grandes y los de otro modo perversos pequeños inquisidores.» (traducción de Miguel Sáenz)
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El vaso de sangre y otros cuentos decadentes de París

La editorial valenciana El Nadir nos ofrece con El vaso de sangre y otros cuentos decadentes de París una selección de relatos breves de autores franceses, compuestos en su mayoría durante las décadas finales del siglo XIX, y que tienen en común -como el propio título ya anuncia- la ambientación parisina y un decidido gusto por hurgar en los aspectos menos amables de la sociedad urbana: situaciones macabras, perversiones, crímenes, ajusticiamientos, locuras y frivolidades, femmes fatales, ironías del «progreso»… Una selección que recoge relatos poco conocidos o inéditos en nuestra lengua de las grandes figuras del decadentismo francés, como Villiers de l’Isle-Adam, Octave Mirbeau, Joris-Karl Huysmans, Jean Lorrain o Catule Mendès. Pero también de otros literatos mucho menos conocidos y olvidados, seguramente menos exquisitos en su prosa, pero igualmente atractivos en su propia desmesura, protagonistas casi todos de vidas y obras extremadas, en el límite… Este es el caso de Joséphin Péladan, Jean Richepin, Dubut de Laforest, Maurice Talmeyr o Ernest d’Hervilly. Tampoco faltan en esta inquietante antología sendos relatos de Émile Zola y Paul Arène, autores no encuadrables habitualmente dentro de la etiqueta «decadente».

El vaso de sangre y otros relatos decadentes sugiere una visión pesimista y crítica -en ocasiones complaciente- de la sociedad humana, que parece encontrar en la gran urbe el medio adecuado para la hipertrofia sin disimulos de toda su perversidad y decadencia. Un tema de presencia abrumadora en la mayoría de los relatos seleccionados es el de la maldad congénita de la mujer. Un enfoque misógino propio de una época en que las conquistas sociales de las féminas se consolidan, amenazando la supremacía masculina, y la visión idealizada romántica pierde fuerza. Veremos, pues, desfilar por estas páginas a una nutrida representación de amantes ingratas e insaciables, de esposas virtuosas -aparentemente dóciles- que anulan y esclavizan con arte al marido, de niñas que ya apuntan a tigresas, de esposas de doble vida entregadas a la frecuentación disimulada de los ambientes más sórdidos… Y esto dentro de la vía, digamos, «realista», pues tampoco faltan los relatos donde la perversión femenina se moldea bajo un aura fantástica. Este es el caso de los textos de Lorrain y Mendes, «El vaso de sangre» y «La damisela oscura«, magníficos relatos que tienen como protagonistas a verdaderas vampiras o lamias psíquicas. Por lo demás, los asuntos macabros o sangrientos (morgues, ejecuciones, asesinatos…) también tienen su cuota en la selección, entre los que destaca la inquietante silueta de la guillotina, un tema que dio pie a numerosos relatos puramente fantásticos (como los de Washington Irving, Dumas o Petrus Borel), y que fue asimismo objeto de una polémica más seria, humanista (y de la que el relato de Villiers, «El secreto del cadalso«, puede considerarse un magistral reflejo). Finalmente, otros relatos de la antología comentada se centran en el tema de la locura, o parecen ejercicios de humor negro, como los de Jean Richepin o Émile Zola.

Esta interesante antología de relatos, prologada, traducida y anotada por René Parra, cuenta en sus páginas centrales con un entretenido álbum fotográfico, inteligentemente seleccionado. Algunas ilustraciones, como la de la Morgue de París, o el grabado de Félicien Rops, «Satán sembrando cizaña» (una lluvia de señoras desnudas), ilustran a la perfección el espíritu de muchos de los textos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«C’est l’Ennui!—l’oeil chargé d’un pleur involontaire, / Il rêve d’échafauds en fumant son houka.» (Baudelaire)

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El príncipe Alberico y la dama Serpiente. 13 historias fantásticas y macabras, de Vernon Lee

Al que no le espanten tan «góticas» portadas, ni tema los libros grávidos y voluminosos, podrá encontrar en esta propuesta de Valdemar, El principe Alberico y la dama Serpiente, una extensa selección de relatos de la escritora británica Vernon Lee (seudónimo de Violet Paget, 1856-1935), la más completa hasta la fecha reunida en castellano, traducidos por Marta Lila Murillo y Agustín Temes para el último número de la colección «Gótica» de Valdemar. La edición viene acompañada de una introducción -breve, pero muy densa y bien documentada- a la vida y obra de la escritora, con un análisis individualizado de cada uno de los textos traducidos.

Vernon Lee es una de las representantes más conspicuas del relato fantástico en lengua inglesa, primorosamente escrito y abrumadoramente bien documentado en su ambientación histórica y artística, con un tenue toque perverso muy característico, que incluye mujeres maléficas, divinidades paganas que se resisten a ser olvidadas, objetos del pasado cargados de malevolencia, fantasmas aficionados a la música… La mayoría de los relatos transcurren en Italia -la escritora residió en Florencia durante la mayor parte de su vida madura-, aunque también encontraremos algunos escenarios suizos, franceses, ingleses, o incluso españoles. Aunque Vernon Lee dedicó muchas horas a los estudios históricos y estéticos, incluida la musicología (su huella es palpable en relatos como «La voz maligna«, o «La aventura de Winthrop«), sus numerosas publicaciones «serias» han caído en la inoperancia, alcanzando la notoriedad póstuma gracias a sus relatos breves de ficción; no exentos, por otra parte, de una considerable carga erudita. La colección que nos propone Valdemar se abre con «La Virgen de los Siete Puñales«, una fantasía esperpéntica -no muy convincente por exagerada-, ambientada en la España de los Austrias, trufada de magos e inquisidores. El relato tiene como protagonista a don Juan Guzmán del Pulgar, un calco distorsionado del Tenorio, tan bellaco pecador como fanático de la Virgen granadina que da título al relato. El tono no es, ni lejanamente, el del poema «Dolores» de Swinburne, pero testimonia esa morbosidad que despertó en algunos artistas «decadentes» no católicos la figura de la Dolorosa. En «Dionea» se retoma el tono habitual de la autora, serio pero no carente de una suave ironía: un eco del maravilloso librito de Heine, Los dioses en el exilio. Una inquietante niña náufraga, con el sospechoso nombre de Dionea (Dione es la madre de Afrodita en la mitología), es recogida para ser educada de beneficencia en un convento de monjas italianas… La perturbación que provoca esta femme fatale de raza está asegurada. Un crescendo de horrores atemperado por la cualidad del sentimiento que los inspira (y los bellos paisajes mediterráneos descritos por el narrador). «Marsias en Flandes» guarda un estrecho parentesco con el relato anterior, aunque con menos encanto y ambientado en Francia (en el antiguo Condado de Flandes): no siempre es posible cristianizar las reliquias del paganismo. «La Muñeca» y «Amour Dure» son dos de los más conocidos y logrados relatos de la autora: la dolorosa pervivencia del pasado, que es preciso exorcizar; y la fatal posesión que una aristócrata del siglo XVI, Medea da Carpi, ejerce sobre un joven erudito polaco seducido por su mortífero encanto. «San Eudemón y el Naranjo» es uno de los tres relatos inéditos presentados por Valdemar en esta edición (junto con «La Dama y la Muerte» y «El Papa Jacinto«): una estatua de Venus que sale a la luz y un anillo de compromiso reacio a ser devuelto tejen esta amable parábola de santidad, quizás un homenaje a la «Venus de Ille» de Mérimée. «El príncipe Alberico y la dama Serpiente» es un texto artísticamente trabajado, testimonio, en cada una de sus líneas, de las inquietudes históricas, estéticas y anticuarias de la autora. ¡Qué magnífica descripción la del tapiz con Oriana y el caballero! Los paisajes mediterráneos, cargados de flores, ruinas y vistas marinas son también su especialidad, y aparecen con generosidad en el relato. Los amores de un príncipe con una serpiente, la dama Oriana, que alberga celosamente en una jaula, a la espera de esa hora feliz en que recupera su figura humana. Lo bueno si breve… «La leyenda de madame Krasinska«, o los peligros de tomarse con ligereza las miserias ajenas. Cierra esta antología «Oke de Okehurst, o Un fantasma enamorado«, una ambigua nouvelle con un estilo cercano al de Henry James en sus relatos de fantasmas.

Quien, una vez terminado el libro de Valdemar, todavía quiera leer algún relato más, podrá acudir a la antología de Vernon Lee publicada por Reino de Redonda (Amor dure y otros relatos, 2007), que incluía el titulado «Sor Benvenuta y el niño Jesús. Una leyenda del siglo XVIII«. Con mayor esfuerzo podrá también leer, en la ya agotada selección de Ediciones de Blanco Satén (La virgen de los siete puñales, 1992) , el relato breve «El arca nupcial«. Finalmente, la exquisita edición de Atalanta (La voz maligna, 2006) incluía un detallado e interesantísimo perfil biográfico de Vernon Lee, «La voz del pasado», escrito por Menchu Gutiérrez, imprescindible para quien desee ahondar en la particular personalidad artística y humana de la escritora.

Scan10259-500Ediciones de Blanco Satén publicó en 1992 (en su colección «Biblioteca de la Casa Usher») una interesante selección de relatos de Vernon Lee, traducidos por Mirian Rovira, que incluía: El príncipe Alberic y la Mujer Serpiente, El arca nupcial, Amour Dure, La voz endemoniada, La leyenda de Madame Krasinska, y La Virgen de los Siete Puñales.

(La portada era, desde luego, bastante terrorífica)

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Relatos breves y microrrelatos, de Heimito von Doderer

Aunque poco conocido en España, Heimito von Doderer (1896-1966) es considerado por la crítica como uno de los escritores austríacos más importantes del siglo XX, o al menos de su segunda mitad. La editorial Destino publicó en 1981 Las escaleras de Strudlhof (1951), un texto de gran interés, recientemente reeditado en Debolsillo (2013). En los últimos años Acantilado ha sacado a la luz sus otras dos grandes novelas, Los demonios (1956) y Un asesinato que todos cometemos (1938), a las que ahora vienen a sumarse estos Relatos breves y microrrelatos (traducidos por Roberto Bravo de la Varga): un auténtico muestrario de los temas y maneras del escritor, una apreciable fuente de placer para el lector que se embarque en sus páginas.

En sentido estricto, los microrrelatos que aparecen en el libro se reducen prácticamente a dos breves colecciones: «Nueve  microrrelatos«, y «Ocho ataques de ira«: un alucinado ejercicio de imaginación que leeremos entre divertidos y espantados. Pues uno de los rasgos que quizás llame más la atención del lector es la afición de von Doderer por la pintura de riñas y altercados grotestos, de súbitas explosiones de rabia colectiva, como en «Decadencia de una familia de porteros de Viena en el año 1857«. La mayoría de los relatos recogidos en el libro (una treintena larga) son textos breves y de mediana extensión. La variedad de temas y registros es abrumadora, aunque es constante la evocacion del paisaje vienés: sus gentes y calles, parques y establecimientos públicos, sus clases sociales (incluida el hampa vienesa: «Cómplice involuntario«). A poco que leamos del libro, descubriremos que un procedimiento grato a von Doderer consiste en enfrentar al protagonista con un suceso inesperado, terrible o peligroso -en ocasiones insignificante-, que lo saca, por así decir, de los carriles predecibles de su vida ordinaria, abriéndole nuevos horizontes. Este es el caso de relatos como «Léon Pujot» o «Aimée«; aunque también es detectable, en menor medida, en otros muchos, como en «El callejón de la compasión«, o en «La alondra«. De manera general, los relatos de von Doderer dosifican con acierto la intriga, que en ocasiones roza lo fantástico, o su apariencia, como en «El golfo de Nápoles«: las aventuras de un viajero del tren del miedo que se atreve a bajarse de su vagón dentro del túnel. Otros dos relatos tienen como trasfondo la Gran Guerra, en la que el autor tuvo una accidentada participación que le condujo hasta las cárceles de Siberia: «Encuentro al amanecer«, y «Funeral de campaña para un amor«, una anécdota sentimental acerca de unas cartas halladas en un viejo palacio emplazado en la misma línea de fuego. En «Una mujer tatuada» se nos narra una cruel historia de circo, donde los celos de una malvada caballista y la simpleza de la protagonista conducen a un infernal callejón sin salida. Aún más inquietante nos resultará el curioso relato «Una persona de porcelana«, una sádica y macabra fantasía para recordarnos, quizás, que las apariencias engañan. Estos dos relatos tienen como protagonistas a dos terribles mujeres, que esconden su maldad bajo un manto de hipocresía, quizás una complacencia misógina del autor, que reaparece en otros cuentos, aunque no de manera tan acusada. Así, en «En el laberinto«, el escritor fantasea con la posibilidad de librarse de una relación cargante con el solo gesto de apretar un botón. Las complejas relaciones de pareja se exponen en relatos como «Ella se vende«, «Una mañana de verano«, o «Unidos en cuerpo y barba«. Una lección moral aparece también en el curioso relato «El talento enterrado«: un elogio de la aurea mediocritas, pero teñido de una leve ironía. Finalmente destacaremos algunos relatos puramente líricos, como esa bella evocación de la jornada en que murió Beethoven: «Un temporal de nieve«. En la misma línea podemos situar el relato que abre la colección, «Retorno a la juventud«, una aguda meditación sobre el valor de los recuerdos más enterrados en la memoria. En fin, un conjunto de textos en su mayor parte de gran interés, algunos -los menos- más intranscendentes, pero siempre variados y sugerentes. No defraudarán al lector.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Fue el comportamiento de una tetera lo que reforzó mi inquebrantable convicción de que sólo si mostraba el valor y el coraje suficientes y estaba dispuesto a destruir sin dudar los enseres de mi vivienda conseguiría conjurar la maldad de los objetos que me rodeaban disuadiéndolos de agredirme por una larga temporada» (de «Ocho ataques de ira», traducción de Roberto Bravo de la Varga).
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Ruinas, de Rosalía de Castro

Quien sólo conozca y aprecie a Rosalía de Castro (1837-1885) por su obra lírica, se quedará gratamente sorprendido cuando lea este extraordinario relato en prosa, Ruinas (El Museo Universal, febrero-marzo, 1866), que, junto con La hija del mar, Flavio, El caballero de las botas azules y El primer loco, constituye la principal aportación de la poetisa gallega a la narrativa romántica española. Ya se sabe que la mayoría de los clásicos goza de sesudas ediciones, bien surtidas de prólogos y anotaciones, libros que no siempre llegan con facilidad a los lectores. El acierto de la editorial Eneida al presentar este relato en su colección Confabulaciones radica precisamente en esto: en rescatarlo de ese purgatorio que supone en ocasiones la edición para especialistas, y restituirlo a la literatura viva, aquella que no necesita para emocionarnos de otra apoyatura que su texto desnudo. En realidad, los verdaderos clásicos son los que menos explicación necesitarían, si es verdad que se mantienen vivos. Sobra decir que el texto de Ruinas está disponible en otras múltiples ediciones, digitales o no, incluida la del vetusto volumen de sus Obras Completas en Aguilar.

Ruinas (subtitulado en su edición original: Desdichas de tres vidas ejemplares) tiene como protagonistas a tres personajes excepcionales que, por diversas causas, han quedado marginados de su medio social: Una vieja dama de alcurnia, doña Isabel («rama caída de una casa ilustre»), que comparte la pobreza con su gato, su violín y un enorme paraguas, y que a su avanzada edad todavía imparte lecciones de buen gusto en los salones; don Braulio, un comerciante empobrecido por su imprudente generosidad, capaz de acudir a un convite en pantuflas y gorro de dormir; y por último, Montenegro, un joven hidalgo desposeído injustamente y que consume sus energias en un desaforado estudio de las leyes, pues piensa -¡pobre ingenuo!- que le ayudarán a recuperar su patrimonio. Doña Isabel y don Braulio, con sus anticuados vestidos y maneras de otro tiempo, podrían muy bien figurar en algún extravagante y alegórico relato de Hawthorne. Por su parte, el joven aristócrata, Montenegro, que pierde la cabeza al enamorarse de la orgullosa y voluble Julia, tiene un punto de hoffmaniano en su desmelenado desquiciamiento. Enfrente de estos tres personajes auténticos y entrañables, la escritora esboza una sociedad de nuevos ricos, de amigos y conocidos de mejores tiempos, seres superficiales que, sin dejar de admirarlos de alguna manera, los desprecian en el fondo. No les perdonarán ni su independencia ni su aferrarse con alegría a una existencia minimalista que se conforma con tan poco. No obstante su trágico final, anticipemos que lo que en otro autor podría ser un cuadro deprimente o patético, en Rosalía se configura en un texto luminoso y estimulante, con ribetes fantásticos y mucho humor. Aun compadeciéndolo, no podremos dejar de reírnos -con bondad- de ese hidalgo empobrecido, Montenegro, que desea conquistar a la muñeca más orgullosa y déspota de los salones, que se niega a bailar con él por el mal estado de sus zapatos, siendo ella -así se lo recordará la vieja dama- la hija del antiguo zapatero del padre del hidalgo, ahora enriquecido. Ante tamaña crueldad, sus ruinosos compañeros se verán llamados a intervenir, aunque con poca fortuna. Si escribir es un placer, la autora de Ruinas debió pasárselo en grande.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Doña Isabel no se había engañado, y se sintió avergonzada por el hidalgo al ver que el noble amigo suyo, aquel excelente caballero de corazón honrado y delicadeza infinita, se había enamorado de aquella que le parecía un mamarracho inflado, una muñeca de resorte, cuyos ojos eran de cristal y tinta de China«

Autómata del siglo XVIII

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