Uno de los descubrimientos más notables de la literatura moderna es la constatación de que no son precisos escenarios ni situaciones especiales para convocar y hacer efectivo lo fantástico y terrorífico ante el lector. Desde que el más modesto de los mortales pudo despertarse transformado en un bichejo, lo improbable nos aguarda a la vuelta de la esquina. Es como si lo extraordinario estuviera siempre a nuestro lado, apenas separado de nosotros por una frontera desguarnecida, por un fino tabique pronto a resquebrajarse. Así lo veremos en muchos de los relatos que conforman este estupendo libro que reseñamos, El sistema métrico del alma, que insertan lo inverosímil en el teatro de lo cotidiano. Y es que cualquier alteración en la sensible mecánica que rige nuestro espíritu puede ser el trampolín que nos dispare hacia una dimensión desconocida. Algo parecido a ese pequeño desajuste de órbita, esa centésima de error en la deriva que nos conduce inexorable al planeta equivocado del que ya resulta imposible retornar. No hacen falta grandes sucesos para torcer esa delicada mecánica, y la habilidad de Fernando Villamía ha sido mostrárnoslo de manera consumada en algunos de sus cuentos. Y es que el sistema métrico por el que se gobierna el alma se nos manifiesta inesperadamente preciso, vulnerable a cualquier inexactitud o brusquedad en su manejo.
El sistema métrico del alma reúne quince relatos del escritor vitoriano Fernando Villamía, aparecidos entre 2000 y 2015: todos merecedores en su momento de diversas distinciones y galardones. Publicados algunos con anterioridad, cobran ahora nueva vida en esta bella edición de Trea, que los rescata y nos ofrece en ordenado y sugerente ramillete, antecedidos por un iluminador prólogo (El dulce olor de las anomalías) del escritor Tomás Sánchez Santiago: una inmejorable tarjeta de presentación para un prosista dotado de un estilo elegante y equilibrado, de una prosa muy rica y trabajada, pero ágil; autor de unos relatos perfectamente construidos, sin aditamentos innecesarios o discordantes, que parten de una situación inicial interesante que nunca se malogra, que incrementa incluso su atractivo conforme avanza la trama y se añaden nuevos elementos favorecedores de la intriga.
Concierto para sirenas es uno de los cuentos cuya impronta fantástica se hace más evidente. La ley del equilibrio universal ha premiado a un enano deforme, Jakob, con un portentoso oído musical, capaz de percibir hasta el mismísimo pensamiento, y que se consumará en un superlativo talento para el violín. Su ulterior dedicación a la composición conlleva un salto cualitativo en su pasmosa habilidad artística, fraguada en unas piezas solo parangonables a la música callada de San Juan, la no oída de Keats o la inaudible que sustenta el cosmos. De manera equivalente a como veíamos en El miserere de Bécquer (oportunamente señalado por el prologuista, Tomás Sánchez Santiago), también aquí la notación musical convencional se muestra impotente para reducir a signos lo inefable. Una alegoría quizás de los límites que se imponen a la expresividad del artista romántico en su eterna persecución de lo sublime; a la par que testimonio de la soledad del genio, quizás admirado pero también incomprendido. En la misma línea fantástica podemos encuadrar El traje, una historia bastante kafkiana, circunscrita a una habitación y con un único personaje: una situación tan asfixiante como un viejo terno cargado de naftalina y encerrado en el rincón más oscuro del armario. Un traje paterno embrujado que —como la Bolsa de Fortunato— hace regalos fantásticos a su sorprendido hijo (aquí, inocentes trozos de nostalgia: un antiguo billete de metro, un mechero, una postal…), y muestra parecido empecinamiento en retornar siempre al bolsillo (armario) de su depositario. Una imagen quizás de esa figura paterna que agobiaba a Kafka y de la que le resultaba tan difícil desprenderse. No pudiendo «eliminar al padre», el sufrido protagonista de El traje optará por una contemporización repleta de ironía y humor. Otro relato de corte fantástico es El idioma de Dios, donde un desengaño amoroso bastante gratuito arroja a su trastornado protagonista a un encierro de veinte años. El misticismo heterodoxo al que se entrega se saldará finalmente con la aparición espectral de la amada: un fantasma hecho de la pura sustancia de los sueños y el deseo (pero ni siquiera inmune al paso de los años). ¡Pobre cosecha para una vida desperdiciada en quimeras! En un registro diferente, El esqueleto de un sueño exhibe un protagonista que no solo es capaz de soñar à volonté («siempre soñaba lo que quería»), sino también de inducir los sueños de los demás. Un relato que podría haber derivado con facilidad a lo terrorífico, pero que se mantiene en el terreno de lo meramente fantástico, sujeto por las buenas intenciones del afortunado Evaristo, que poco motivo tiene para ejercer malevolencia alguna (dormimos casi un tercio de cada día). Pero ya se sabe que de los sueños se termina siempre despertando, incluso si duran la mayor parte de nuestra vida.
El poder ineludible del destino se manifiesta, al menos, en dos relatos. En Ritos de iniciación, el encuentro casual del protagonista con una prostituta despejará una incógnita capital de su existencia, provocando a la vez una transgresión involuntaria que anda lejos de generarle sentimiento de culpa alguno. Sin embargo, al final de la vida, se impondrá el relato como expiación. En ¿Puedo ir a lavarme las manos?, agónica confesión de un asesinato, el elemento fantástico se reduce a ese vaticinio inicial anunciado ya en la primera página, y que no dejará de cumplirse. Parece que el destino de los oráculos es el de ser casi siempre malinterpretados, ya sea por desconfianza, falta de imaginación o exceso de literalidad. No nos sorprenda, pues, que nadie creyera a Casandra, ni nos extrañe tampoco que Creso ― según nos cuenta Heródoto― malinterpretara todos los oráculos que le llegaban de Delfos. ¿Qué quedaría del fatum si los oráculos se entendieran fácilmente?
Tan fantástico como creer posible la pérdida de la sombra, o de la imagen reflejada en un espejo, es sospechar que la fotografía (o la pintura; recordemos El retrato oval, de Poe) nos puede arrebatar el alma o la vida. El primero de los relatos donde se aborda esa fantástica eventualidad es Polaroid, una inquietante historia con final abierto que podría inspirar un corto del más genuino terror. Desarrollada en un entorno familiar, son los hijos quienes observan espantados los juegos de su padre con el artefacto criminal. Una vuelta de tuerca que se extiende a La verdadera vida, donde una madre oficia cada noche, bajo la espantada mirada de su hijo (la espía a escondidas), una desquiciada ceremonia que tiene como campo de maniobras un viejo álbum de fotografías. Este cuento, La verdadera vida, es un buen ejemplo de la habilidad de su autor, Fernando Villamía, para generar una intriga y desazón crecientes a partir de unos pocos elementos extraídos de lo cotidiano. En una línea similar figuran también otros dos interesantes relatos, El revés de la foto y Dormir con la luz encendida; este último, con algunas gotas de thriller pasional añadidas.
La malsana seducción de las imágenes se traslada de la fotografía a la pintura en El síndrome Kandinsky, un convincente relato, lleno de sugerencias y abierto a diferentes lecturas. En la fobia del protagonista a la famosa Composition VIII de Kandinsky parece esconderse (más allá del condicionamiento conductista que la ha originado) la premonición de un desenlace funesto. Esa inesperada aparición final de la temida pintura es como la bestia emboscada del relato de James, que se abalanza inesperadamente sobre el indeciso protagonista en el último minuto, revelándole la magnitud de lo ya irremediablemente perdido. Tratado de la impostura es otro estupendo relato, perfectamente construido, con una dosificación inteligente de la intriga y una resolución convincente y cargada de significado. Una misteriosa carta devuelta, que su remitente asegura no haber escrito, tenderá un puente entre dos humanidades carentes de una vivencia esencial. La casualidad y la mentira bienintencionada se combinan así para torcer un pasado cuya veracidad no le importa ya a nadie. La imaginación triunfa sobre la fría realidad, permitiéndonos instalarnos en el feliz refugio que tanto necesitamos.
Los dos últimos relatos del libro se desarrollan en un escenario menos cotidiano, más comprometido con la historia y sus grandes convulsiones. Aunque inserta en un entorno bélico atroz, La batalla de Stalingrado es una fábula de fondo amable sobre el poder conciliador de la música. Una historia relatada por un mendigo, un antiguo «niño de la guerra» español que, militando en el ejército soviético, pudo con su violonchelo (como un segundo Orfeo) detener «durante veinticuatro horas la batalla de Stalingrado». En un contexto cercano se sitúa El rumor de mi nombre, aparente crónica de la caza de un nazi que profundiza en los avatares de la condición humana en situaciones extremas. ¡Qué horroroso nos parece ese aprendizaje del olvido que ha ejercitado el protagonista para sobrevivir! Una liberación que no se alcanza ni con el arrepentimiento ni con el perdón, sino solo mediante la completa aniquilación de la propia identidad. Una huida que es morir en vida. Pero la deshumanización completa del individuo no parece posible, ni tan siquiera en los más culpables. Siempre quedará algún resto de humanidad que anhele, aunque sea desde el rincón más profundo de su conciencia, una expiación efectiva del crimen.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
Esta reseña también se ha publicado en El Cuaderno

En la historia del Grial, los caballeros del rey Arturo emprenden su búsqueda de la sagrada reliquia recorriendo cada uno su propio camino. Perseguir la aventura en grupo hubiera resultado pobre y deshonroso. En el inextricable bosque de las leyendas, solo es válida la senda que el corazón de cada uno escoge. Por el contrario, en nuestras reglamentadas religiones occidentales ―verdadera selva de símbolos―, la senda ya nos viene señalada de antemano, por lo que casi nunca la experimentamos como propia: «cuando hay un camino o senda, pertenece a otro». Se ha cerrado la puerta a nuestra imaginación, a nuestra capacidad trascendente, a nuestra facultad para proyectar un gozoso caudal de empatía sobre la totalidad del ser. Tal es el punto de partida de este bello y apasionante libro de Joseph Campbell (1904-1987), Tú eres eso: Las metáforas religiosas y su interpretación, donde el eximio mitólogo estadounidense acomete la ambiciosa tarea de infundir vitalidad a unos mitos en apariencia obsoletos. Olvidados sus valores connotativos, empeñadas las jerarquías sacerdotales en interpretarlos al pie de la letra, las metáforas y símbolos que los expresan, sujetos a los vaivenes de la historia (o puestos en entredicho por los descubrimientos de la ciencia), adelantan su fecha de caducidad. Se originan así estériles y enconadas luchas entre quienes las consideran meras fantasías y los que defienden una literalidad que poco tiene que ver con el significado profundo del mito, ya sea clásico, judeocristiano o perteneciente a cualquier otra cultura. En la pérdida de los valores connotativos que emparentan a las distintas religiones y mitologías está la raíz de los conflictos étnicos, culturales y religiosos que han marcado, a sangre y fuego, la historia de la humanidad.

No deja de ser curioso que la mayoría de los lectores construyan su recepción de un autor de manera inversa a como se desarrolló su carrera literaria. Por así decir, comienzan la casa por el tejado, leyendo primero las obras más reconocidas, aquellas donde el artista alcanzó la cima de su talento. Es un fenómeno comprensible y quizás inevitable. Las editoriales presentan en primer lugar los textos más granados, y solo luego, conforme el autor va ganando lectores, se aventuran a desenterrar títulos más tempranos, presumiblemente de menor interés. Queda para el círculo cercano al escritor el estimulante privilegio de ver crecer su obra desde sus inicios, de manera natural. El editor tantea con su piolet el frío e inseguro suelo de las obras poco aplaudidas, aquellas sobre las que cabe temer un resbalón, o incluso el resquebrajamiento del prestigio de su autor. Llegados a este punto, el parecer de los que consideran cobardía no sacar un mayor número de títulos contrasta con el de quienes los juzgan merecedores de un piadoso olvido y nunca se animarían a leerlos. Sin embargo, la obra inicial de un autor importante siempre tiene algo que decirnos. En el peor de los casos, nos reconfortará comprobar que el triunfo final fue fruto de un esfuerzo y aprendizaje prolongados, desautorizando así esa mitología del pelotazo que tan extendida está en nuestra sociedad.
Aún no conocía este nuevo título de Ediciones Trea, El murmullo del mundo, cuando leí la reseña que le había hecho Francisco H. González en su estupendo blog Devaneos. Allí aseguraba que había disfrutado mucho con la lectura del libro, y que incluso se lo llevaba consigo a todas partes. Entonces recordé ese encantador almanaque de Hebel, Cofrecillo de Joyas, que Kafka acostumbraba alojar en su bolsillo para regalarse en cualquier lugar con sus variadas historias, y me entraron ganas de leer el libro de Tomás Sánchez Santiago. Luego, cuando lo tuve entre mis manos, constaté que mi asociación de ideas había sido tan caprichosa como cabía esperar, que las diferencias entre los dos libros eran notables, pero que no impedían, desde luego, convertir El murmullo del mundo en otro excelente compañero, en uno de esos afortunados libros que nos prenden desde sus primeras páginas y terminamos de leer pidiendo más. La disculpable tentación que muchas veces experimentamos al enfrentarnos a un libro voluminoso y de escritura discontinua ―esto es, recorrerlo de arriba abajo emulando los movimientos del caballo de ajedrez― es pronto vencida por el encanto de unos textos que saben ganarse el aprecio y la fidelidad del lector. Su profundidad y variedad, el humanismo que respiran, su prosa perfecta, sencilla pero cargada de lirismo lo justifican sobradamente.
Cuando Cicerón diserta sobre «la música de las esferas», en su famoso Sueño de Escipión, compara nuestra incapacidad para escucharla con la sordera que padecen los habitantes cercanos a la gran catarata del Nilo. El formidable sonido de las esferas celestes al girar, parangonable al producido por el agua que cae «ex altissimis montibus», nos impide disfrutar de su música. En la actualidad, cuando seguimos sin poder escuchar esa armonía sideral (en ocasiones, ni tan siquiera somos capaces de distinguir las estrellas, por culpa de nuestros polucionados cielos nocturnos), el autor latino no habría necesitado remitirnos a un paraje tan exótico. Para fundamentar su argumentación, le habría bastado con invocar al sufrido vecindario de cualquier aeropuerto o autopista. Que el ruido ocupe un lugar tan destacado en nuestra experiencia diaria explica sobradamente la actual proliferación de alabanzas, meditaciones y elogios del silencio que surten nuestras librerías, y que responden al interés genuino de los lectores más concienciados ante el deterioro acústico que sufre nuestro entorno. En este contexto cabe encuadrar, al menos en parte, el libro que reseñamos, Historia del silencio (Histoire du silence, 2016), del historiador francés Alain Corbin (1936). Ya en su capítulo preliminar, Corbin nos advierte de que en la «hipermediatización» (es decir, en la «conexión continua») acecha la última amenaza a nuestra tranquilidad: un baño ininterrumpido de mensajes triviales que nos impide disfrutar de nuestra propia compañía y nos vuelve recelosos del silencio.
Hoy en día, cuando parece que todos necesitamos triunfar o destacar en algo para que nos consideren felices y «realizados» (aunque sea en lo más trivial, suicida o canallesco), toma visos de provocación un título como el que encabeza esta recopilación de relatos de Herman Melville (1819-1891), El fracaso feliz, que acaba de publicar Eneida en su colección Confabulaciones. No cabe la menor duda de que el autor de Moby-Dick supo bien lo que era fracasar como escritor, al menos para el público más general de su época. El desaliento que debió inspirarle la tibia recepción de sus obras más geniales seguramente le hizo meditar, en más de una ocasión, sobre la idea del fracaso: una magnitud variable como pocas en un mundo que se rige por criterios tan injustos y mudables como esa Fortuna que se ha representado siempre ciega o subida a una rueda. A poco que meditemos durante la lectura de este volumen (que nos ofrece una interesante y representativa selección de la obra breve de su autor) descubriremos que la experiencia del fracaso aparece modulada de mil maneras diferentes, como un sutil leitmotiv, en muchos de los relatos que recoge.
Si nos viéramos instados a inscribir un lema al inicio de este excepcional volumen de relatos, Cuentos salvajes, del venezolano Ednodio Quintero, bien podríamos valernos de un conocido adagio latino, Vincit qui se vincit (‹vence quien se vence a sí mismo›): una formulación clásica que parece atestiguar la existencia de ese espeluznante fantasma (bautizado por Jean Paul como doppelgänger, en los albores del Romanticismo) que se manifiesta bajo innumerables máscaras en el fondo de muchas culturas y mitologías. Y es que la figura del doble es el actante narrativo que se impone primeramente y con más fuerza al lector de Cuentos salvajes. El siniestro duplicado que nos acecha en las sombras de la noche, amenazando en apariencia nuestra vida, quizás solo pretenda advertirnos de que la lucha más cruenta será la que entablemos contra nosotros mismos. ¿Quién no ha tenido que enfrentarse alguna vez a ese enemigo formidable ―al que creemos ingenuamente conocer― que nos mira implacable desde el otro lado del espejo?
[Prepublicado en
Aunque no son pocas las traducciones con que contamos en nuestra lengua de este famoso y singular libro, La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814), siempre recibiremos con simpatía una nueva edición del texto, sobre todo si resulta tan atractiva como la que acaba de publicar Navona en su colección de Ineludibles. A la muy cuidada traducción de Xandru Fernández se suman las clásicas ilustraciones y siluetas de Emil Preetorius, compuestas para la edición alemana de 1908. El interesantísimo texto de Thomas Mann que oficia como epílogo del libro es otro de los valores de la edición. Partiendo de una emotiva evocación de sus lecturas escolares —en las que Chamisso ocupaba un lugar de preferencia—, el novelista alemán traza una aguda panorámica del autor y su obra. Una estupenda oportunidad, pues, para adentrarnos por vez primera en esta fascinante novela, una de las cumbres —menor, si se quiere— de la novela romántica; pero también, ¡cómo no!, una excusa perfecta para su relectura: una gozosa experiencia a la que muchos incondicionales del conde Peter no sabremos resistirnos (uno de sus primeros admiradores fue Hoffmann, que bajo su directa inspiración modeló el personaje de Erasmus Spikher, protagonista de la deliciosa Aventura de una noche de San Silvestre). Es lo que sucede con los clásicos, que nunca nos cansamos de releer. Y es que aquella famosa máxima de Heráclito que certificaba la imposibilidad de bañarnos dos veces en el mismo río también rige para los libros, garantizándonos que siempre encontraremos algo nuevo entre sus páginas.
Hay libros que nos seducen al primer golpe de vista, antes incluso de que entreabramos sus páginas. Un título sugerente, el prestigio de su autor, la belleza de la edición o un supuesto sexto sentido que poseamos los lectores pueden contribuir a justificarlo. Un magnífico ejemplo de que esta aparente frivolidad de criterio no se salda siempre con un desengaño lo tenemos en este exquisito volumen de Owen Barfield, El arpa y la cámara, que acaba de publicar Atalanta (traducido por María Tabuyo y Agustín López) en su serie Imaginatio vera, y que reúne todas las cualidades anunciadas anteriormente. Filósofo, ensayista y escritor británico, Owen Barfield (1898-1997) fue el fundador de los denominados inklings, grupo de pensadores cristianos asociados a la Universidad de Oxford. Muy influido por las teorías del teósofo austríaco Rudolf Steiner, Barfield fue amigo de C.S. Lewis e influyó a su vez en autores como Tolkien o T.S. Eliot. En nuestras latitudes, Owen Barfield es conocido sobre todo por su libro Salvar las apariencias. Un estudio sobre idolatría (1957; Atalanta, 2015), donde indaga la evolución de las palabras en paralelo con el desarrollo de una consciencia originariamente copartícipe con su entorno. El arpa y la cámara (The Rediscovery of Meaning, and Other Essays, 1977) reúne seis ensayos breves de diferente data, pero llamados todos a reivindicar el derecho del hombre actual a ocuparse de magnitudes del pensamiento tan orilladas por el materialismo como el sentido de la vida, el organicismo o la espiritualidad. La cercanía al lector que traslucen los textos (en su origen conferencias) no excluye la complejidad y sutileza que cabe esperar de un discurso que pretende poner en tela de juicio, de manera solvente, las anteojeras positivistas que han reducido nuestra mirada en las dos últimas centurias.








