El Coronel Chabert, de Honoré de Balzac

Hyacinthe Chabert, coronel de la Guarda Imperial de Napoleón, es dado por muerto tras su heroica acción en la batalla de Eylau (1807). Sepultado bajo una pirámide de cadáveres enterrados en la nieve, horriblemente desfigurado por las heridas del combate, vuelve a la vida convertido en un paria al que todos toman por loco. Diez años después, tras sufrir penalidades sin cuento, regresa a París como un pordiosero, pero dispuesto a reclamar su pasado, pues como él mismo asegura: «El convencimiento de mis derechos me mata». Una esposa que ha contraído un segundo matrimonio ventajoso, y que se niega a reconocerlo, junto con un nuevo orden social y político que desea «hacer desaparecer a todos los héroes del Imperio», configuran la formidable barrera a la que deberá enfrentarse este viejo y honesto soldado, que cuenta tan solo con la ayuda de un joven procurador que ha creído en su palabra. Balzac, que ofició de leguleyo en su juventud, nos permite atisbar, con esta extraordinaria nouvelle, en ese odioso mundo de los picapleitos sin escrúpulos, de las intrigas, intereses y corruptelas de la política, del arribismo y la falta de principios. Chabert, conde del Imperio y gran oficial de la Legión de Honor, que había legado parte de sus bienes al Estado y a los hospicios de París, y tomado esposa en los burdeles del Palais-Royal (pues en «aquella época, cada uno tomaba a su mujer donde le parecía»), muestra un resto de grandeza y gallardía en medio de tanta ruindad. Su último combate, contra la mujer que todavía ama, se desarrollará en el terreno de los sentimientos y el honor. El resultado es previsible.

La hazaña militar que lleva al coronel Chabert a las puertas de la muerte se encuadra históricamente en la famosa carga de la caballería de Murat contra el ejército ruso, el 8 de febrero de de 1807, en el transcurso de la batalla de Eylau, una masacre de resultado indeciso.

Le Colonel Chabert (1844) es una bellísima y emocionante novela, que bien merece la pena leer o releer en esta atractiva edición de Funambulista, traducida y anotada por Max Lacruz.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Napoleón en Eylau, de Gros

Publicado en Narrativa | Deja un comentario

Viajar, de Herman Melville

Scan10031-1200Este bello librito de apenas cien páginas recoge tres ensayos de Herman Melville (1819-1891), testimonios de su actividad de conferenciante: «Viajar», «Los Mares del Sur» y «Estatuas de Roma». Traducidos y anotados por Elisabeth Falomir Archambault, han sido publicados por la editorial Gadir en su nueva colección Ítacas.

«Viajar» es una brevísima exposición de los requisitos exigibles al perfecto viajero, así como de los beneficios que comporta un oportuno cambio de aires. «Joven y despreocupado», «dotado de talento e imaginación», «buen paseante», son algunas de las condiciones señaladas por el autor, en una época en la que los niveles de exigencia eran seguramente mayores que ahora (y los viajes de la tercera edad no eclosionaban aún). Como es conveniente  sufrir con buen humor las inevitables adversidades que puedan presentarse, deberán abstenerse de viajar los temperamentos de naturaleza «algo amargada» -puntualiza Melville-, que podrían «viajar al Paraíso y no lograr con ello un gran placer». ¿Resulta sorprendente que un aventurero como Melville desee poner el listón tan alto?  En cuanto a los beneficios del vagabundeo, el principal parece ser la superación de prejuicios, y, cómo no, el placer que conlleva el merecido retorno al hogar y sus comodidades.

«Los Mares del Sur» es quizás el texto de mayor enjundia de los tres, una verdadera joya donde menudean las anécdotas e historias relativas a descubridores y navegantes españoles (Balboa, Magallanes o Álvaro de Mendaña), que aparecen liberados (aunque sea por una vez) de esa leyenda negra de infamia que indefectiblemente les acompaña en muchos textos de escritores anglosajones. Melville, que alcanzó en vida una primera y efímera fama con sus novelas Taipi y Omú, y que navegó y conoció de primera mano las aguas del Pacífico, consigue ofrecernos en unas pocas páginas una síntesis deslumbrante de tan lejanas latitudes. Así, leeremos con deleite encantadoras descripciones de aves y peces misteriosos, que parecen escapados de un bestiario medieval, o de la narración de un marinero borracho… La genialidad del americano, su originalidad, salva hasta las descripciones más previsibles: «el melancólico pingüino, todo el día de pie en el mismo lugar, dejándose invadir por la desidia»; o la belleza fosforescente de las aguas nocturnas en las que cabalga, como el Satán de Milton, el leviatán de los océanos… la ballena. Un inmenso mar salpicado de islas (donde muchos europeos desaparecen, voluntaria o involuntariamente), pobladas por una raza de hombres merecedores de todo el respeto y la admiración del autor, que advierte sobre su extremada vulnerabilidad. Nada tenemos que enseñarles -asegura-; al menos mientras nuestros mayores logros sociales no sean otra cosa que hospitales, cárceles y hospicios… Las simpatías de Melville son tan transparentes como los fondos de coral.

Finalmente, con «Estatuas de Roma» el autor se adentra en un terreno alejado de sus preocupaciones habituales; de ahí quizás que le parezca necesario dedicar casi tres páginas a una innecesaria justificación de la legitimidad del juicio no profesional. Es verdad que «Estatuas de Roma» resulta un texto llamativamente heterodoxo en algunos aspectos, como cuando nos asegura su autor que la estatua de Sócrates le recuerda a un «comediante irlandés»; y la de Séneca, a un «prestamista decepcionado». Además, la importancia que se otorga a las estatuas antiguas como testimonio privilegiado «de lo que no aparece en la Historia y en la obra escrita de aquellos a quienes representan», no deja de ser, en mi opinión, un tanto exagerada o ingenua. Al igual que Hawthorne, Melville viajó por Italia (en las mismas fechas, en 1857), y también se sintió grandemente impresionado por el mundo de la antigüedad clásica, como lo demuestran estas páginas, que nos permitirán, como poco, gozar de un original punto de vista sobre asuntos conocidos. En suma, la mirada de un escritor capaz de encontrar en la Venus de Médici el reflejo de una bella nativa de Taipi sorprendida al salir de su baño.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Ensayo | Etiquetado , | Deja un comentario

La estación que gusta al cuco, de José Jiménez Lozano

Este nuevo libro de José Jiménez Lozano, La estación que gusta al cuco (2010), nos ofrece un variado conjunto de poemas («poemillas», según su autor) de delicada factura y fina sensibilidad, condensados en formas breves, sentenciosas en ocasiones, de escondidas y suaves asonancias. Libro que se abre y cierra bajo la invocación al cuco, el músico más económico de la naturaleza, que con solo dos notas levanta muy alto cada año el estandarte de la primavera.

En La estación que gusta al cuco reina como protagonista la Naturaleza: un libro en clave de belleza, poblado de aves, insectos, hombres, animales, astros y plantas, que halla en el poeta su más privilegiado intérprete. Basta una impresión auditiva, visual u olfativa para desencadenar la emoción estética, que se plasma poemáticamente de la manera más sencilla y natural. La transmisión al lector es inmediata. Así, las pisadas de la mujer sobre la nieve evocan el canto del grillo en el verano («Nocturno»); o la devastadora tormenta que se aleja, el fru-fru de una falda («Tormenta nocturna»; ¡qué graciosa ironía!). Muchos poemas surgen de la atenta y gozosa contemplación de esa estación del año que tanto le gusta al cuco («Parte meteorológico», «Incursión nocturna», «Primeros pasos»); una primavera que es vista en sus valores más dinámicos y menos convencionales: verdadera revolución del calendario. Otros poemas semejan una pintura, como «Habitación cerrada» o «Lluvia de otoño». El argumento nace en ocasiones del suceso más sencillo imaginable, lo que nos hace sospechar que el verdadero poeta halla la belleza en todas partes y sabe transmitirla con sencillez («Certezas», «Revelación», «Octubre», «Grullas»). Junto a los poemas inspirados en la naturaleza o la vida rural, leemos otros de índole más culturalista, que toman como protagonistas o referentes a personajes históricos («Rimbaud», Spinoza, «Mallarmé», T.S. Eliot, Estrabón…), que dan lugar a reflexiones morales, con frecuencia desengañadas o críticas. Tampoco son extrañas las alusiones a la mitología clásica («Otigia», «Caronte», «Circe»…), reinterpretada con fina ironía. Un cierto tono estoico sobrevuela muchos de estos poemas («Crónicas del Imperio»), donde tampoco es raro que aflore la visión compasiva del poeta hacia los más desfavorecidos («Mendiga ciega», «Lavandera»). Un libro, en suma, de sencilla y exquisita lectura.

José Jiménez Lozano (1930) es un narrador, ensayista y poeta de larga y reconocida trayectoria. Premio Miguel de Cervantes 2002 (entre otros importantes galardones), ha publicado una parte significativa de su obra poética con la editorial Pre-Textos, que ahora nos brinda esta cuidada edición de La estación que gusta al cuco.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Poesía | Etiquetado | Deja un comentario

Escrito en la arena, de Hermann Hesse

Es verdaderamente excepcional que aparezca un libro con poemas de Hermann Hesse (1877-1962) en castellano. Por ello, y aunque se trate solo de una breve antología bilingüe, creo que podemos felicitarnos de que Visor haya reeditado Escrito en la arena, un exquisito ramillete de poesías, seleccionadas, traducidas y prologadas por Jenaro Talens, que tuvo su primera aparición en 1977. Desde entonces ha llovido bastante, y de manera especial para Hesse, que ha pasado en estos lustros de ser un escritor «en candelero» a conservar una presencia cada vez más anecdótica y superficial (aunque constante). Es verdad que algunos títulos suyos se reeditan incesantemente; pero otros muchos han caído en el olvido, y -lo que es aún peor- algunas editoriales parecen propiciar una recepción del autor como maestro menor. Buena muestra de ello es la escasa repercusión que tuvo en España el 40 aniversario de su muerte, en 2002; con excepción de la publicación en ese mismo año, por la editorial Herder, de la biografía de Alois Prinz, Y todo comienzo tiene su hechizo.

En cuanto a su poesía, la situación es infinitamente peor; aunque hay que reconocer que no es nueva. El que quiera leerla hoy en día, todavía tendrá que acudir al cuarto volumen de sus Obras completas (que no lo son, desde luego), publicadas en 1961 por Aguilar en su «Biblioteca Premios Nobel», donde se recogen las Gedichte (Poesías completas), traducidas por Mariano y Agustín Santiago Luque (que al menos contaron, al parecer, con la aprobación en vida del autor). En este mismo volumen pueden leerse también dos atractivos idilios (en verso): Horas en el jardín, y El niño tullido. En fin, el lector de Hesse sabe que también se encuentran algunos poemas en el bello librito Wanderung (traducido como Peregrinación, o El caminante).

No es difícil reconocer que la obra poética de Hesse es bastante irregular. Sin embargo, Hesse se consideraba a sí mismo poeta, y escribió poesía, con gran dedicación, durante toda su vida. Incluso en una selección tan exigua como la que comentamos, el lector podrá encontrar muchos de los temas y preocupaciones característicos del autor: la añoranza de la patria y pérdida de la infancia, el paso del tiempo, la naturaleza como refugio, Italia, el poeta como ser solitario y excluido de la sociedad, la fugacidad de la belleza… La traducción de Jenaro Talens me parece admirable, pues transmite con elegancia la sencilla belleza de los originales. Recreación más que traducción, pero dentro de una estrecha fidelidad. Un oasis en el desierto…

Los que deseen leer otras traducciones de poemas de Hermann Hesse (aparte de la de Aguilar), deberán buscar la interesante edición argentina cuya portada reproduzco aquí (traducción de Rodolfo E. Modern, Buenos Aires, Ediciones Librerías Fausto, 1974). Se trata de una extensa antología de más de trescientas páginas, que tiene además el mérito de ser bilingüe (los poemas en alemán aparecen a pie de página, en letra pequeña).

En el siguiente enlace puedes escuchar Im Nebel (En la niebla). No es el mejor poema de Hesse, pero sí el único que se conserva recitado por el propio autor:

Im Nebel (recita Hermann Hesse)

Im Nebel                             En la niebla

Seltsam, im Nebel zu wandern!             ¡Extraño, vagar entre la niebla!
Einsam ist jeder Busch und Stein,         Solitario, está cada arbusto y piedra
Kein Baum sieht den anderen,               Ningún árbol mira al otro,
Jeder ist allein.                                          cada uno está solo.

Voll von Freunden war mir die Welt,    Lleno de amigos estaba para mí el mundo
Als noch mein Leben licht war,              cuando mi vida era clara todavía;
Nun, da der Nebel faellt,                         ahora que la niebla cae,
Ist keiner mehr sichtbar.                        nadie más está visible.

Wahrlich, keiner ist weise,                     Verdaderamente, nadie es sabio
Der nicht das Dunkel kennt,                   si la tiniebla no conoce,
Das unentrinnbar und leise                    lo inevitable y silencioso
Von allen ihn trennt.                               de todo lo aparta.

Seltsam, im Nebel zu wandern!            ¡Extraño vagar entre la niebla!
Leben ist einsam sein.                            Vivir es estar solo.
Kein Mensch kennt den anderen,         Ningún hombre conoce al otro,
Jeder ist allein.                                         cada uno está solo.

(Traducción de Rodolfo E. Modern)

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Poesía | Etiquetado | 4 comentarios

Derborence, de Charles-Ferdinand Ramuz

Cuando el diablo juega a los bolos en el borde del glaciar, la vida de los que están debajo pende solo de un delgado hilo… Y así será para los habitantes de Derborence, un pastizal suizo de alta montaña emplazado en lo más agreste del Pays de Vaud. Rodeado de elevados crestones rocosos, Derborence permanece cubierto de nieve durante la mayor parte del año, sometido a las más duras condiciones climáticas. Solo durante los cortos meses del verano alpino, un reducido número de pastores osa reinstalarse con sus vacas en los abandonados chalets, a fin de aprovechar los pingües pastos de temporada. Entonces se produce la catástrofe, iniciándose la formidable peripecia de Antoine Pont, que sobrevive enterrado durante meses…

Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947) es uno más de tantos escritores caídos en el olvido, no obstante sus indudables méritos y los halagüeños pronósticos de sus contemporáneos. La edición que nos ofrece Nortesur de Derborence (1934) solo puede calificarse de ejemplar, en todos los sentidos: edición, traducción y documentación excepcional; una magnífica ocasión para acercarnos a una de las obras más representativas de un escritor suizo en lengua francesa que hizo de la difícil vida montañesa de su país un universo literario particular.

Para escribir esta novela su autor se documentó, al parecer, en una catástrofe natural ocurrida en el siglo XVIII. Pero no nos engañemos, en Derborence Ramuz reescribe una vez más «su novela», y quien lea Cumbres de espanto (1926) no dejará de apreciar la gran similitud que guardan los dos relatos. Frente a la inmensidad de la montaña, el hombre parece reducirse a un insignificante punto en el paisaje, casi invisible (es esta una perspectiva recurrente en ambas novelas). La montaña no es para Ramuz, desde luego, un locus amoenus, sino una madre cruel, bella hasta cortar el aliento, pero de una belleza teñida de espanto: un contraste abrumador, tanto como las verticales paredes rocosas que se levantan sobre Derborence. Un puñado de hombres y mujeres, prisioneros de la ignorancia y la pobreza, se esfuerzan por sobrevivir en un medio hostil, conservando los valores humanos de dignidad y lealtad. De todo esto brota la enorme fuerza del relato, en el que hallaremos descripciones de gran belleza y evocaciones de un encendido lirismo, que contrastan con la aparente tosquedad de los diálogos (no hay psicologías individuales). Se dibuja así el alma rústica de sus protagonistas:  tanto el hombre como la montaña tienen sus aristas… Desaparecida de la noche a la mañana bajo toneladas de roca, Deborence accede, gracias a Ramuz, a la categoría de mito, configurando una imagen más de ese paraíso perdido que alimenta el desilusionado sueño de los hombres.

La edición que nos ofrece Nortesur de Derborence cuenta con la traducción de Marta Pino Moreno, y viene acompañada de una documentación de gran interés: postfacio, cronología del autor, y una bibliografía completísima y razonada, elaborada toda ella por Déborah Puig-Pey Stiefel.

De las obras de Ramuz vertidas al castellano, Le grande peur dans la montagne (1926) ha sido la más afortunada (la única traducida en España con anterioridad a su muerte). Reeditada en 1988 por Montesinos (como El gran miedo en la montaña), cuenta también con ediciones anteriores, como la de Rotativa (Cumbres de espanto, 1970), que todavía es fácil ver rodando por las librerías de saldo. En Cumbres de espanto el cataclismo que asola el pastizal maldito se conjuga con una serie de accidentes encadenados y una epizootia, hasta alcanzar un desenlace de proporciones casi apocalípticas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Narrativa | Deja un comentario

Viaje sentimental, de Laurence Sterne

No creo que existan muchos textos literarios que transmitan con mayor eficacia la alegría de vivir y la buena disposición hacia nuestros semejantes que esta novelita de Laurence Sterne, Viaje sentimental por Francia e Italia (1768). Es verdad que la traducción de Mondadori (por Verónica Canales) no es la primera ni será la última, y que, sin ir más lejos, las editoriales Funambulista y KRK sacaron hace apenas unos años las suyas, magníficamente editadas. Pero es que yo me he propuesto no dejar pasar sin leer edición alguna de esta obra. O lo que es lo mismo, estoy dispuesto a repetir este delicioso viaje de Londres al Continente, en compañía de Yorick, todas las veces que sea necesario…

Porque este viaje sentimental no es un viaje turístico al uso, sino un itinerario interior, una visión amable y comprensiva, humorística e irónica del ser humano en su infinita multiplicidad. ¡Qué poca atención le merecen al autor distancias, horarios, monumentos…, todos los fetiches del viajero vulgar y apresurado! El viajero sentimental se guía ante todo por su corazón, por las simpatías, la compasión, los enamoramientos súbitos, los sentimientos del momento… Una persona como Yorick, capaz de entretenerse una tarde entera descifrando el texto del papel que envolvía su desayuno, o de tomar como divisa un estornino preso que clama por su libertad, me parece que está en la mejor disposición de ánimo para alcanzar el título de viajero ejemplar; un viajero paciente que desprecia la planificación rutinaria, y se rige por los imprevistos que surgen a cada instante, gozosamente asumidos como la propia esencia del viaje.

Hace ya algunos años, Espasa-Calpe sacó un facsímil (no venal, para obsequio de sus lectores) de la edición española del Viaje sentimental de 1843 (Madrid, I. Boix), que venía  acompañada de numerosos grabados, algunos firmados por el famoso ilustrador Tony Johannot (¡Qué pena que ninguna edición actual los reproduzca!). Curiosamente, en esta traducción (bastante imperfecta, como era lo habitual: «traducido libremente al castellano», se lee en la portada) aparecía censurada la escena galante con la fille de chambre parisina (una escena perfectamente ingenua, por lo demás), mientras que el grabado correspondiente (que podemos ver más abajo) permanecía en su lugar. ¿Sospecharían nuestros pobres antepasados que se les escamoteaba algo interesante?

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Las tentaciones de un viajero sentimental en París, en la edición española de 1843 (dibujo de Tony Johannot)

Publicado en Narrativa | Deja un comentario

Atta Troll, de Heinrich Heine

A estas alturas, poder leer por vez primera en castellano un poema de la importancia de Atta Troll es todo un acontecimiento literario, una verdadera dicha para los amantes de la literatura alemana y de Heine en particular. Hace unos años la editorial Hiperión nos ofrecía, del mismo poeta, Alemania. Un cuento de invierno (1844); ahora, también traducido por Jesús Munárriz, saca a la luz Atta Troll. El sueño de una noche de verano (1847), que comparte con el anterior poema un aliento similar y la invocación  shakespeariana del subtítulo. Basta con leer unos versos de esta cuidada edición bilingüe para apreciar el infinito cariño y acierto que el traductor ha sabido imponer a su tarea.

El argumento, como tal, es bien sencillo: el oso Atta Troll, prisionero de un antiguo combatiente carlista que lo exhibe como atracción de feria en el pueblecito francés de Cauterets, se escapa para huir a su cueva de la brecha de Roland, en lo más agreste de los Pirineos. Un cazador, alter ego del poeta, emprenderá su persecución en compañía de un siniestro muerto viviente, Laskaro, hijo de la bruja Urraca, que con sus artes mágicas le hace parecer vivo. Las escenas más fantásticas se producen tras la fundición de las balas mágicas, con la contemplación -desde la cabaña de Urraca- de la caza fantasma (der Wilden Jagd; una leyenda germánica) durante la noche de San Juan (es difícil no evocar las escenas homólogas de la ópera El cazador furtivo, de Weber). Entre los diversos espíritus que participan en el desfile infernal, sitúa Heine a Shakespeare y a Goethe (demonizados por las mentes estrechas), y -como no podía faltar en nuestro autor- a tres bellas y peligrosas féminas: Diana, el hada Abundia y Herodías (que cabalga jugueteando con la cabeza del Bautista y se permite enviarle al cazador, de pasada, una ardiente mirada). Las tres paganas seducen la imaginación del poeta, pero de manera especial Herodías (debe entenderse Salomé, una confusión no extraña en la época en que fue compuesto el poema), a la que tributa una rendida declaración de amor. El autor se complace melancólicamente en la hipotética supervivencia de estas divinidades en el mundo actual, en un apartado lugar que desearía compartir con ellas, una idea que no sorprenderá al que conozca otros dos textos de Heine de gran belleza e interés: Los dioses en el exilio, y Los espíritus elementales.

Según leemos en el prólogo que acompañó la edición de 1847, un doble motivo alentó la creación de Atta Troll. De un lado, «defender los imprescriptibles derechos del espíritu», oponiéndose a una corriente poética patriotera y rancia que se extendía entonces por Alemania, y que tomaba a nuestro poeta como objeto de sus críticas e injustas acusaciones; de otro, puramente estético, escribir una fábula «a la manera extravagante y soñadora de aquella escuela romántica en la que he vivido los años más agradables de mi juventud». Ensoñación romántica y sátira mordaz -de alcance casi universal-, pues, son los elementos aglutinadores de esta «epopeya humorística» (así la calificó el poeta en una carta), en la que veremos desfilar: miserables músicos ambulantes, degenerados agotes de Baztán, osos fanfarrones que creen en un cielo gobernado por un dios-oso, posadas españolas infestadas de chinches, poetas de la escuela suaba (tan denostada por el poeta), historiadores, filósofos, aristócratas…, y un largo etcétera: todos recibiendo, a su debido tiempo, los certeros dardos del temible y genial poeta.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Fundición de balas mágicas y Caza infernal, para El cazador furtivo, de Weber

Publicado en Poesía | Etiquetado , | 3 comentarios

El silencio de los libros, de George Steiner

La editorial Siruela nos ofrece en su Biblioteca de Ensayo (serie menor) un nuevo texto del pensador y estudioso de la cultura (Premio Príncipe de Asturias 2001 de Comunicación y Humanidades) George Steiner. Al igual que La idea de Europa (2005), o Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (2007), El silencio de los libros (2005) es un texto breve, de densa y placentera lectura, ideal para aquellos que deseen acercarse por vez primera a este eminente profesor de literatura (así le gusta definirse), nacido en París de padres austríacos y nacionalizado norteamericano.

En El silencio de los libros el autor reflexiona sobre la vulnerabilidad del libro y su cambiante y contradictorio papel en la cultura occidental, vistos desde una perspectiva muy amplia. Subraya Steiner que en el texto escrito late un principio de auctoritas: lo escrito y lo prescrito se entrelazan. El libro da cuenta de una relación de poder: una élite de letrados gobierna a una pluralidad de analfabetos o semianalfabetos. Por contra, el recurrir a la escritura reduce el papel de la memoria; una cultura oral actualiza siempre el recuerdo, mientras que una basada en el libro «autoriza […] todas las formas de olvido». Aprender algo de memoria es hacerlo vivir en nuestro interior, apropiarnos profundamente de ello. Critica Steiner el descuido de la memorización en la educación moderna, lo que califica de «amnesia institucionalizada»

Tienen gran interés las páginas dedicadas a glosar la ambivalente y fluctuante relación del cristianismo con la cultura del libro, partiendo de la idea, cara a Steiner, de que nuestra cultura occidental tiene una doble raíz: Atenas y Jerusalén; Sócrates (que no escribió texto alguno) y Jesucristo (¿acaso no era un iletrado?).  Las parábolas de Jesús, que apelan más a la memoria que a la escritura, buscan imitadores y no lectores. Subraya el autor la «increíble originalidad» que debió suponer en su momento la transcripción de las historias de Jesús a una forma literaria escrita como son los Evangelios. Con Pablo de Tarso se alcanza, sin embargo, el polo opuesto a Cristo. Pablo no solo es uno «de los más grandes escritores de la tradición occidental», según Steiner, sino que confía en la perdurabilidad y capacidad transformadora del libro. Esta visión, que se continuaría en autores como San Agustín o Santo Tomás, no pone fin a la dialéctica entre el texto escrito y la oralidad, que permanece activa en la desconfianza de los padres del desierto y de los ascetas de la iglesia primitiva hacia los libros (un lujo para ellos), y de manera más concreta en el rechazo de la Iglesia romana a toda lectura libre de la Biblia,  así como en la censura eclesiástica de los libros y los índices de obras prohibidas.

Ya en época más reciente, señala Steiner dos principales corrientes de oposición al libro, la que denomina «pastoralismo radical», actitud vitalista en la que el libro es considerado poco menos que letra muerta frente a la vida real (Thoreau, Blake, D.H. Lawrence…); y la que sostiene que un libro nada contribuye a paliar la miseria humana, peso muerto que en muchos casos perpetúa incluso las situaciones de injusticia e inmovilismo. De la quema de la biblioteca de Alejandría al incendio, apenas ayer, de la de Sarajevo, la destrucción de libros por los «fundamentalistas de todos los bandos» es una constante histórica para el autor.

Otra amenaza a los libros resaltada por Steiner es la censura, que permanece activa hoy en día hasta en los países del denominado primer mundo. Son interesantes a este respecto las reflexiones del autor sobre las paradójicas relaciones entre censura y creatividad: la libertad deja en ocasiones paso a la banalidad («la censura es la madre de la metáfora», según Borges). Contrariamente a esto podría justificarse una intervención que nos salvaguardara de lacras como la pornografía sádica o el racismo, entre otras, que invaden actualmente las redes de comunicación virtual. Desde una perspectiva cercana a esto último señala Steiner el «escándalo» que supone la coexistencia en algunas sociedades de la barbarie institucional con los más altos logros del pensamiento y la cultura; la complicidad o cómoda indiferencia de escritores, filósofos e intelectuales, con los abusos de determinados regímenes políticos (se citan la Alemania nazi y la China maoísta, entre otros).

Finaliza Steiner su apasionante estudio con una hipótesis que es a la vez una paradoja: el trato con los libros conduce a una cierta deshumanización: nos sentimos más identificados o conmovidos por lo imaginario que por lo real («lloramos» la muerte de un personaje de novela, mientras permanecemos indiferentes a las miserias que se nos ofrecen diariamente en la televisión). ¿Es porque la ficción nos aparta de nuestra mezquina vida de todos los días? La cuestión es cómo convertir esa necesidad cultural en lucidez moral. El autor confiesa desconocer la respuesta.

Como es habitual en Steiner, la brillante exposición de sus ideas se moldea en una forma que es también literatura. Tanto como la claridad, originalidad y amplitud de su pensamiento, nos seduce la belleza de su prosa, figurada y aforística («La escritura dibuja un archipiélago en las vastas aguas de la oralidad humana». «Matamos el tiempo en vez de sentirnos a gusto dentro de sus límites»), modulada en un ritmo musical de frases, conceptos y preguntas que permanecen resonando en nuestro interior tras la lectura.

Se completa este volumen con un estudio, aún más breve, de Michel Crépu (escritor y crítico literario francés, director de la Revue des deux mondes), Ese vicio todavía impune, donde se plantea la dicotomía de elección entre el vicio de la lectura (impune no por mucho tiempo, puntualiza) y la virtud recompensada de acomodarse a las exigencias de una sociedad volcada al consumo, carente de tiempo, y donde la soledad ociosa como experiencia creativa está proscrita. El diapasón es aquí más alto: «esa guerra contra los trastornos del vicio impune […] es librada por un ejército de necios, rutilante de estupidez y de feroz ambición. Son los imbéciles de los que hablaba Bernanos. […] Es el aspecto cómico de la situación, pues lo hay: el poder mediático no tiene nada en las manos, la sustancia que pretende transmitir es nula». Un texto que no desentona, sin embargo, ni en el fondo ni en la forma con el de Steiner, al que matiza o completa en algún caso. Así, en el «pastoralismo radical» Crépu no ve «una ruptura con el gesto de la escritura […] con el trabajo del libro, sino la búsqueda de otras formas que podrían  expresar al mundo moderno». Es así que las aventuras vitalistas de un Thoreau (Walden) acaban en forma de libro. Para Crépu la literatura es ante todo un objeto de deseo, una forma de revelación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Ensayo | Etiquetado , | Deja un comentario

La dama pálida, de Alejandro Dumas

Bajo el título de La dama pálida, la editorial Eneida recoge en su colección Confabulaciones los cuatro últimos capítulos de Les mille et un fantômes (1849), una historia fantástica que bien merece esta edición exenta que comentamos, y que viene acompañada además de «Historia de un muerto contada por él mismo», donde podremos leer un testimonio explícito de la influencia de Hoffmann sobre el escritor francés. Aunque normalmente asociamos la figura de Dumas (padre) a la literatura de aventuras, fue también un notable cultivador del género fantástico, con títulos como La Femme au collier de velours, o Le Meneur de loups, entre otros. En el relato que nos ocupa, una misteriosa dama pálida narra sus horripilantes experiencias de juventud, explicación de la anormal palidez de su rostro. Aunque el fondo de la historia es truculento, pues tiene como personaje relevante a un vampiro (que no es la «dama pálida», como podríamos suponer), toda su primera parte se puede leer como un relato de aventuras: la huida de la joven aristócrata Hedwige (la dama pálida) de su Polonia natal, invadida por los rusos, obligada a emprender un azaroso viaje a un lejano monasterio en compañía de un puñado de fieles. ¡Qué descripción tan estimulante la que se inventa Dumas de los salvajes montes Cárpatos! Solo por estas páginas merecería ya la pena leer el cuento. Luego viene el asalto de los bandidos y la llegada impuesta al viejo castillo moldavo de los Brankovan, donde la bella cautiva desatará una tormenta de celos entre los dos hermanastros, con desastrosas consecuencias al decantarse por el menos violento de los dos, Gregoriska. Es entonces cuando aparece el horror. La fantasmagórica escena en la que los dos hermanos se enfrentan espada en mano parece inspirada en el final del Don Giovanni de Mozart, en el pulso que se entabla entre la estatua del comendador y el empecinado burlador (¿Compartiría Dumas la devoción de Hoffmann por esta prodigiosa obra musical?). En el texto del francés, sin embargo, es un vivo el que conmina a un difunto a que se arrepienta, insistentemente, pero también sin éxito. Consumada la ruina del clan, Hedwige se ve obligada a renunciar a su amor y a regresar «a aquellas tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios». Es decir, a la vida vulgar, corriente y aburrida de todos los días.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Los dos hermanos rivales, ilustración para el poema de Heine en la edición española de 1885 de Arte y Letras

Publicado en Narrativa | Etiquetado | Deja un comentario

Sombras, de Lafcadio Hearn

Siempre será motivo de satisfacción la publicación de un libro con nuevos textos de Lafcadio Hearn (1850-1904), el escritor que mejor ha sabido traducir la cultura japonesa a nuestra mentalidad occidental. Sombras (Shadowings, 1900) es una colección de textos muy diversos, dividida en tres grandes apartados que combinan ficción y ensayo, las dos vertientes principales donde se volcó la curiosidad del escritor greco-irlandés hacia su patria de adopción (casado con una japonesa y nacionalizado en 1891). En «Historias de libros extraños» se recogen hasta seis narraciones legendarias, provenientes de antiguos libros japoneses, glosadas y comentadas con la habitual maestría del autor, en la estela de los relatos y leyendas fantásticos que figuran en sus obras más famosas, como Kwaidan (1904), El Japón fantasmal (1899), o El romance de la Vía Láctea y otros estudios e historias (1905): apariciones de ultratumba, doncellas que abandonan los biombos donde han sido pintadas, hombres-tiburón que sacan de apuros a sus protectores, amores fulminantes que conducen a la tumba, episodios macabros a costa de pobres difuntos… Bajo el epígrafe de «Estudios japoneses» encontramos tres textos extensos sobre la cultura y literatura japonesas. En primer lugar, un interesantísimo estudio sobre la cigarra o chicharra japonesa, «Semi«, un brillante ensayo donde se mezcla la entomología con la poesía. Además de trazarse curiosos paralelismos con la lírica griega antigua, en lo que concierne a la «musicalidad de los insectos», se recogen numerosos poemas inspirados en el ruidoso canto del semi (El que quiera leer más sobre «bichos japoneses», tendrá que acudir a la vieja edición de Kwaidan de Austral, que recoge al final Estudios de los insectos, donde Hearn se ocupa de mariposas, mosquitos y hormigas). Un segundo estudio de este apartado, «Nombres japoneses de mujer«, nos ofrece extensas listas de nombres femeninos (de las estudiantes graduadas del Colegio Superior Femenino en 1895, entre otras), así como minuciosas explicaciones sobre sus tipos, composición y significados (siempre más morales que estéticos). La complejidad, variedad y sutileza de los diferentes yobina (nombres de pila femeninos) seducirá al lector, sin necesidad de que aspire a ser un estudioso de la lengua japonesa. Se completa esta sección de Sombras con «Canciones japonesas antiguas«, un cancionero bilingüe (felizmente vertido al castellano) que reúne poemas de muy diverso carácter y extensión: canciones locales, populares (de estructura nemotécnica), infantiles, budistas; incluso dos bellas y extensas baladas narrativas (una de ellas, del tipo que los músicos errantes recitan acompañados del samisen). El tercer y último apartado del libro, «Fantasías«, lo conforman una serie de meditaciones subjetivas del autor sobre temas diversos, en un tono poético y de libre ensoñación: la belleza de unos ojos, levitaciones vividas en los sueños, pesadillas, reencarnaciones, evocación de los miedos de la infancia…

Esta edición anotada de Sombras, de Lafcadio Hearn, que nos ofrece la editorial Satori, cuenta con una bella traducción al castellano de Marián Bango Amorín, y viene ilustrada con unos dibujos de semi que el autor encontró en un viejo manuscrito conservado en la Biblioteca Imperial de Uyeno.

Edición española de 1921 de El romance de la Vía Láctea

Edición española de Kwaidan que incluye «Estudios de los insectos»

Publicado en Ensayo, Narrativa | Etiquetado , | 3 comentarios