El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados, de Max Beerbohm

Quizás desconozca el lector un secreto muy bien guardado hasta la fecha: cuando la luna asoma por el horizonte y recorre plácidamente la azulada bóveda nocturna, no es Diana quien la guía, sino su hermano, el mismísimo dios Apolo. En efecto, terminada su tarea diurna de auriga solar, el dios regresa de nuevo a la tierra para –oculto tras una máscara de plata– regocijarse contemplando los gozos nocturnos de los hombres: sus fiestas y bailes, su música, sus descansos… «Pues, según cuentan, en esas horas los hombres son como los dioses». Esto es, al menos, lo que asegura Eneas, un simpático fabricante de máscaras londinense, actual depositario de la gloriosa e inmemorial tarea de confeccionarle cada año al dios las doce máscaras que precisa. Por ello, cuando Lord George Hell le reclame una máscara con la que ocultar la depravación pintada en su rostro, el eximio fabricante sabrá proporcionarle la más adecuada. Y es que el aristócrata se ha enamorado fulminantemente de una joven e inexperta bailarina del Garble’s, Jenny Mere, una muchacha que tiene la osadía de asegurar que jamás podrá ser «la esposa de alguien cuyo rostro no sea como el de un santo». Desgraciadamente el aristócrata es un crápula de cuidado, jugador y pendenciero, juerguista, cínico y extravagante; y, por si fuera poco, tiene como amante a una celosa bailarina italiana, la Gambogi. Aunque es verdad que las armas de Cupido comienzan a obrar positivamente en su moral desde el primer flechazo (recibido en pleno palco del local donde actúa Jenny, por obra y gracia del Enano Alegre), su rostro deja todavía mucho que desear: es un libro abierto. Por fortuna, la máscara mostrará enseguida sus excelentes cualidades, cumpliendo los deseos del enamorado hasta un punto que sólo cabe calificar de milagroso. Subtitulado por el editor «un cuento de hadas para hombres cansados», El farsante feliz (traducido para Acantilado por Matías Godoy) no sólo tiene el alegre final esperado, sino que cada una de sus pequeñas peripecias se resuelve con la ligereza de un pase de magia, con la facilidad que sólo nos procuran los sueños.

Max Beerbohm (1872-1956), autor de esta encantadora y original novelita, fue ante todo un caricaturista famoso. Aparte de El farsante feliz (1897; publicado en The Yellow Book un año antes, y luego adaptado para la escena), escribió una novela larga, Zuleika Dobson (1911), y un conjunto de apuntes breves, Seven Men (1919). De este último libro, los lectores amigos del género fantástico quizás recuerden el relato titulado «Enoch Soames», recogido por Borges en su caprichosa Antología de la literatura fantástica. Amigo de Oscar Wilde, seguramente pretendió con este amable cuento, The Happy Hypocrite, desarrollar juguetonamente un proceso opuesto al que narraba El retrato de Dorian Grey.

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Edimburgo: notas pintorescas; seguido de Dos paseos por Escocia, de Robert Louis Stevenson

Con este atractivo libro la editorial Abada nos brinda la oportunidad de vagabundear por las calles de la vieja Edimburgo de la mano de uno de sus más destacados hijos, Robert Louis Stevenson (1850-1894). Aunque su precaria salud le aconsejó cambiar los humos y ventoleras de esta desapacible metrópoli del norte («donde los enfermizos mueren pronto») por los cálidos y soleados Mares del Sur, el recuerdo de su ciudad natal permaneció siempre en su recuerdo, y fue escenario de algunas de sus mejores páginas literarias, como Los ladrones de cadáveres, Secuestrado, Catriona, Las desventuras de John Nicholson o St Ives, entre otros.

Edimburgo: notas pintorescas lo conforma un conjunto de diez capítulos, originariamente publicados en la revista The Portfolio a lo largo de la segunda mitad del año 1878, y luego completados y reunidos en un solo volumen en 1879. Son textos poco conocidos, pero en cada una de sus páginas brilla con fuerza la prosa del autor escocés, impregnada de una finísima ironía. Aunque hable de su ciudad natal, no le duelen prendas a Stevenson a la hora de criticar los desmanes urbanísticos, los monumentos de pésimo gusto o la desigualdad social («en ninguna otra parte más evidente que en Edimburgo»). El casco antiguo con sus viejas casas de vecinos, que se elevan como inestables y miserables rascacielos, el bullicioso barrio de los abogados, las zonas modernas y residenciales, las colinas circundantes y sus monumentos,  los alrededores campestres… Pero la mirada de Stevenson no se limita al paisaje urbano o a sus monumentos (a los que presta muy escasa atención), sino que se vuelca de manera preferente sobre su humanidad, y muy en especial sobre la más modesta y doliente, ya esté hacinada, aterida, o venturosamente entregada a los báquicos regocijos del Año Nuevo. No escasean en el libro las alusiones a la convulsa historia de la ciudad, con frecuencia manchada por la intolerancia religiosa y las luchas entre partidos e Iglesias; como tampoco faltan los recuerdos infantiles de una Edimburgo rústica y campesina. Aunque todo el libro está trufado de historias y anécdotas interesantes -a veces truculentas-, encontramos también un capítulo expresamente dedicado a las leyendas, deliciosamente expuestas y aderezadas con unas gotas de humor. No traiciona tampoco al subtítulo de «pintoresco» el capítulo dedicado al cementerio de Greyfriars, un texto rico en historias y observaciones macabras o inquietantes. De la misma manera que Stevenson se consolaba en semejantes lugares pensando en el sacrificio voluntario de los héroes que no temían a la muerte, nosotros nos consolaremos recordando que el autor reposa en una soleada y alegre colina de una isla en los Mares de Sur.

Completan este volumen (traducido, prologado y anotado por Miguel Ángel Martínez-Cabeza, y abundantemente ilustrado con los grabados que acompañaron a la edición original) dos cortos textos de viajes, el segundo de ellos inacabado: La costa de Fife (1888) y Un paseo por Carrick y Galloway en invierno (1896). Publicados en Scribner’s MagazineIllustrated London News, condensan en sus breves páginas un apreciable caudal de observaciones interesantes, leyendas, tipos curiosos, anécdotas y noticias históricas, como la de los soldados de la Armada Invencible naufragados en Fair Isle.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Cuentos de hadas, de George MacDonald

Del escritor escocés George MacDonald (1824-1905) pudimos leer hace ya muchos años Lilith (Edhasa, 1988), una novela fantástica que me pareció poco convincente. Luego aparecieron -también traducidos a nuestra lengua- otros relatos más breves, como La princesa y los trasgos o La princesa y Curdie, cuentos de hadas publicados en colecciones destinadas a la infancia. Los Cuentos de hadas que ahora nos presenta Atalanta -subtitulados: para todas las edades-, me han reconciliado mucho con este autor, al que es justo reconocer una gran originalidad, interés y calidad literaria. Amigo de Lewis Carroll, George MacDonald escribió a lo largo de su vida muchas novelas y cuentos fantásticos, que influyeron decisivamente en autores tan importantes como C. S. Lewis o Tolkien.

«La princesa liviana» (1893) es el cuento más extenso de la colección, y para mí el más interesante. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los restantes relatos, el elemento fantástico tiene una presencia limitada, la justa para sentar las premisas de la historia e impulsarla en la dimensión deseada, siguiendo una lógica hasta cierto punto convencional. Hablamos de una princesa que ha perdido la gravedad como consecuencia de un hechizo lanzado por su tía, la malvada y rencorosa princesa Makemnoit (una bruja, en realidad), que no ha sido invitada a su bautizo. En este caso la maldición no ocasiona dolor alguno a la feliz princesa, que disfruta de la manera más alocada e irresponsable de su ingravidez; al menos hasta que su amado lago comienza a secarse, en lo que parece una catástrofe ecológica «avant la lettre». Aunque hay príncipe en la historia, no hay bella durmiente; y sí una verdadera ondina: probable homenaje de MacDonald al barón de La Motte Fouqué, del que admiraba su cuento Undine (1811), al que consideraba el cuento de hadas por excelencia. «El corazón del gigante» es un entretenido y admirable cuento de ogros con algunas escenas verdaderamente terroríficas, impregnadas de ese sadismo inherente a muchos cuentos infantiles, y que aquí el autor intensifica conscientemente. En algún momento nos parecerá estar asistiendo a los apuros de Odiseo en la cueva de Polifemo. Creo que en este cuento se percibe, mejor que en ningún otro, la habilidad del autor para mantenernos siempre pendientes del hilo. Estos dos primeros cuentos son piezas de lectura obligatoria. «Cruce de propuestas» es un relato de tono diferente a los anteriores: una fantástica excursión al País de las Hadas que recuerda mucho a la Alicia de Carroll (la niña protagonista se llama también Alicia). Quedan en la memoria los paraguas que se convierten en gansos negros y echan a andar. «La llave de oro» es otro cuento desbordante de imaginación, en el que aparecen de nuevo dos niños alejados de su casa por los poderes feéricos, y que maduran en su peregrinaje al País de donde caen las sombras. La oportuna ayuda de un hada buena y la llave de oro que se encuentra al final del arco iris propician un final feliz. Al igual que Salomón (o Sigfrido), escucharemos hablar a los animales del bosque. En «La pequeña luz del día» reaparece, no sin ironía, la figura de la princesa embrujada por un hada malvada el día de su bautizo. En este caso se trata de una bella durmiente a medias, castigada a dormir durante el día y a vivir sólo durante la noche, sometida además a los altibajos del ciclo lunar. Una maldición que la sitúa en un escenario que ni pintado para seducir al inevitable príncipe. En «El sueño de Diamante» y «El sueño de Nanny» retomamos la línea de algunos cuentos anteriores protagonizados por niños, que ahora experimentan viajes oníricos. Finalmente, en «El día y la noche en el país de las hadas» se explora un registro fantástico diferente. Un cuento de una exquisita belleza, cuidadosamente escrito desde la más pura simetría. La malvada bruja Watho juega perversamente con una pareja de jóvenes, a los que mantiene secuestrados en su castillo, impidiéndoles alcanzar un desarrollo natural: Fotógeno, condenado a llevar una vida sólo diurna; y Nycteris, criada en la oscuridad más absoluta.

Estos Cuentos de hadas (subtitulados para todas las edades) han sido traducidos a nuestra lengua por Ana Becciú, y prologados por Javier Martín Lalanda, profesor de la Universidad de Salamanca y estudioso bien conocido por los amantes de la literatura fantástica. Además de un breve ensayo del propio George MacDonald, «La imaginación fantástica», completan el volumen algunas fotografías y retratos del autor, así como las ilustraciones que acompañaron a la edición original, obra del dibujante y pintor prerrafaelita Arthur Hughes (1832-1915).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Dibujo de Arthur Hughes para Speaking Likenesses (1874), de Christina Rosetti.

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El monje negro, de Antón Chéjov

Es tal la fecundidad y bondad narrativa de Antón Chéjov (1860-1904), que no parece difícil reunir un puñado de relatos breves que, sin ser excesivamente conocidos, muestren la sobresaliente calidad artística de su autor. Es por ello que existen tantas y tan buenas recopilaciones y antologías de Chéjov en el mercado editorial español. Esta que nos ofrece ahora la editorial Eneida (traducida por Olga Sokolov) no lo es menos, y tiene el mérito de recoger una muestra bastante variada: cuentos serios y humorísticos, extensos y breves, fantásticos y realistas, conocidos y menos conocidos. Todos muy logrados.

El relato que da título al libro y lo principia, «El monje negro» (1894), es el más extenso, con diferencia, de los seis recopilados. Se trata de un texto de gran belleza y complejidad, susceptible de recibir variadas lecturas e interpretaciones. A diferencia de los restantes cuentos, el humor brilla por su ausencia, a no ser que juzguemos cómicos los apuros y manías del famoso horticultor Pesotski. Un estudio, quizás, de las diferentes formas que puede revestir la locura; de los sufrimientos de una mujer entregada al capricho de los hombres que la quieren; o de cómo pueden malograrse las mejores expectativas con una vida alejada de lo natural. Con la ominosa figura fantasmal del monje negro, que se insinúa en la lejanía como oscura nube de tormenta y luego se acerca vertiginoso y silente, se alcanzan altas cotas de horror; quizás mayores en cuanto que el protagonista no es consciente de la anormalidad de su visión, y deja solo, por así decirlo, al lector. Los restantes relatos que integran la selección se orientan hacia el lado cómico y apenas presentan complejidad. Quizás el menos convincente sea «Una noche de espanto», un simple e inverosímil ejercicio de humor negro, en las antípodas del relato anterior. «En la oscuridad» y «El misterio» tienen como protagonistas a sufridos maridos burgueses, a los que un suceso aparentemente inexplicable (y la excentricidad y fantasía de sus respectivas esposas) sacan, aunque sea provisionalmente, de los carriles ordinarios de la vida cotidiana. Cuando el misterio se resuelve y aflora la más pedestre realidad, se produce el desencanto, o bien la imaginación se busca otra quimera… En «La víspera del juicio» asistimos a los merecidos apuros de un don Juan bígamo, enredado cómicamente en sus propios embustes. Se cierra la colección con un cuento poco conocido de Chéjov: «Una mujer sin prejuicios», un amable y gracioso relato con un final feliz donde los haya.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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El espantapájaros, de Nathaniel Hawthorne

No me resisto a reseñar este agradable librito -aunque sea brevemente-, que recoge uno de los cuentos más deliciosos del gran escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804-1864): El espantapájaros (Feathertop: A Moralized Legend, 1852). La editorial cacereña Periférica nos ofrece en este caso una edición exenta de un relato corto que anda lejos de ser inédito o difícilmente asequible. Es una especie de moda a la que se apuntan actualmente algunas editoriales, en unos casos acompañando los textos de nuevas ilustraciones, en otros extremando lo cuidadoso y exquisito de la edición. No sé si obedece este fenómeno a la crisis, a la intolerable presión de internet, a la falta de ideas entre los editores, o a la confianza ciega en el sibaritismo que padecemos algunos lectores, que nos mueve a releer nuestros textos predilectos en ediciones atractivas. En cualquier caso, El espantapájaros de Periférica es un precioso regalo para cualquier lector, haya leído o no antes a Hawthorne. Incrementa aún más si cabe el interés de esta edición el postfacio escrito por el propio traductor, Juan Sebastián Cárdenas, que reflexiona documentadamente sobre el papel de la alegoría en el arte moderno, en el caso particular de Hawthorne, y especialmente en este mismo relato de Feathertop, donde descubre una alegoría de la vanitas.

A estas alturas quizás no nos importa demasiado a los lectores si la alegoría es o no es un procedimiento literario acorde con la cultura moderna. Todos los lectores de Hawthorne, al menos, lo dan por descontado y lo aprecian en su justa medida: Sin alegoría no hay Hawthorne. Su significado en Feathertop («cabeza de pluma») es, desde luego, transparente. Pero lo que nos seduce sobre todo es su formulación, la gracia y la ironía con las que el autor va construyendo la fábula y dotándola de sentido, y que relucen como el oro en cada línea del texto. Dos elementos muy apreciados por Hawthorne, como materia prima para sus historias, se amalgaman en este relato: el viejo sentido moral puritano de Nueva Inglaterra y las arraigadas creencias en la brujería. Fuerzas en conflicto históricamente hablando (un antepasado de Hawthorne, con su mismo apellido, fue juez en el famoso proceso contra las brujas de Salem), se dan paradójicamente la mano en el discurso, pues es la anciana mamá Rigby la que con el simpático fruto de sus hechizos nos brinda una lección de moral. Las apariencias engañan.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Y si alguien pregunta tu nombre di que te llamas Feathertop, pues llevas una pluma en tu sombrero y un puñado de ellas en el interior hueco de tu cabeza; y también tu peluca es del modelo que suele llamarse Feathertop. Así que Feathertop es tu nombre». (traducción de Juan Sebastián Cárdenas)
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Los dobles, de E.T.A. Hoffmann

La editorial argentina Libros del Zorzal nos ofrece la posibilidad de leer Los dobles (Die Doppeltgänger, 1821), una breve y poco conocida novela de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), construida en torno a la figura del doble, un motivo típicamente romántico y que aparece también en algunos de sus otros relatos (*). Traducida a nuestra lengua por Martín Koval y Marcelo G. Burello, viene acompañada de una breve introducción, densa y bien documentada, escrita por Marcelo G. Burello. Aunque publicada hace un par de años, esta edición de Los dobles conserva todo su interés, que no es otro que el de permitirnos leer un texto de Hoffmann inédito hasta la fecha en castellano. Algo de agradecer entre tanta reedición y repetición de los mismos títulos de siempre. Hoffmann, que carece de una edición de su obra completa en nuestro país, se merece seguramente una mayor diligencia por parte de los editores, una obligada atención a los textos que todavía permanecen inéditos.

Los dobles pertenece a la última etapa creativa del autor prusiano, que alumbró textos tan interesantes como Las confesiones del gato Murr, La ventana del primo o Maese pulga. Se trata de una obra de notable densidad en su trama, que exige del lector una atención constante, si no desea perderse en ese complejo juego de espejos con que el autor gusta construir muchos de sus relatos. Los dobles constituye un texto en el que todo parece estar marcado por el dualismo: una historia que comienza con una escena cómica, surgida a raíz del enfrentamiento entre los propietarios de dos posadas rivales (El Cordero Plateado y El Chivo Dorado), y finaliza con la trágica separación de dos hermanos (los dos príncipes) que se han odiado hasta la muerte. Entre medias, dos amigas enamoradas de un mismo hombre, dos jóvenes prendados de una misma mujer, y dos condes que maniobran en la sombra con propósitos moralmente muy diferentes… Muchos temas y personajes característicos del autor confluyen en este complejo cuadro: el Doppeltgänger, la mezcla de lo cómico y lo espeluznante, las situaciones y tipos grotescos, los malvados siniestros, las amadas angelicales, la sublimación del amor en el arte… No faltan ni siquiera un disparo contra el protagonista en mitad de un bosque (como sucedía Las confesiones del gato Murr), una bruja que adivina el porvenir, una troupe de gitanos, un inquietante espectáculo de títeres, un misterioso castillo en ruinas, o el intercambio de niños y su posterior anagnórisis.

La trama de Los dobles se vertebra en torno a las peripecias que sufre el joven Deodatus Schwendy, que ha sido enviado a Hohenflüh por su padre en pos de la revelación de un destino enigmático. Allí toma conciencia de la existencia de otro joven con una apariencia física igual a la suya, el pintor George Haberland, con el que todos le confunden. En virtud de esta identidad compartida, Dedatus se verá sometido a una serie de aventuras incomprensibles, que oscilan entre lo grotesco y lo fantástico, lo trágico y lo cómico. Sólo en el último capítulo se verán frente a frente los dos gemelos (que no lo son), y se nos desvelará qué función cumplen en el drama cada uno de los enigmáticos y extravagantes personajes que han ido desfilando a lo largo del cuento. La explicación racional que se nos ofrece despejará, al fin, todas las brumas que velaban tan colosal embrollo; eso sí, siempre que aceptemos que el amor puede obrar milagros.

(*) Recordemos a este respecto el volumen de Siruela editado por Juan Antonio Molina Foix, Alter ego. Cuentos de dobles (una antología), 2007; que recogía La historia del reflejo perdido, de Hoffmann, y constituye un magnífico muestrario de la larga y gloriosa vigencia literaria del motivo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Un grabado correspondiente a la serie «Les Misères et les Malheurs de la Guerre», de Jacques Callot (1592-1635), un artista muy apreciado por Hoffmann

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El caminante, de Hermann Hesse

No obstante su brevedad, El caminante (Wanderung, 1920) es uno de los trabajos más atractivos y representativos de Hermann Hesse (1877-1962), en cuanto que refleja su triple actividad de prosista, poeta y pintor. Aunque Hesse es conocido sobre todo por sus novelas, relatos y ensayos, nunca abandonó el cultivo de la poesía, una labor que le acompañó a lo largo de toda su vida y por la que siempre demostró gran entusiasmo. En cuanto a la pintura (concretamente la acuarela), fue para él poco más que un entretenimiento, una actividad paralela que le deparaba gratos momentos de ocio (ese arte del ocio, esas pequeñas alegrías que siempre defendió), así como bellos objetos artísticos y personales con los que obsequiar a sus amigos, ilustrar libros propios o sufragar actividades benéficas. Las acuarelas que acompañan este libro no son, desde luego, las más acabadas de las suyas; pero hemos de pensar que El caminante es sobre todo un diario de viaje, un cuaderno de notas (al menos en apariencia) en el que las ilustraciones deben juzgarse como rápidos bocetos tomados al paso. Hace tiempo que no disponíamos de una edición de esta emocionante obra, que ahora publica oportunamente la editorial Caro Raggio, prologada, anotada y traducida por Lorenzo Zabala y Ana Mª Carvajal Hoyos.

El caminante toma como pretexto un viaje a Italia para ofrecernos un conjunto de estampas, un diario de observaciones y reflexiones del autor, cuidadosamente ensambladas, donde alternan breves textos en prosa, poemas y acuarelas. Un viaje que tiene mucho de vagabundeo (como el del entrañable holgazán de Eichendorff), y que es sobre todo un viaje al interior de uno mismo, una autoafirmación del rechazo a la existencia aburguesada y predecible, del desprecio a las fronteras y a los prejuicios. En esta marcha hacia el Sur (hacia esa Italia soleada y tan mitificada por los románticos alemanes) lo importante no es el destino en sí, sino el viaje, el caminar, la aceptación gozosa de todo lo que nos va saliendo al paso. «El viajero que regresa es alguien distinto al hombre que permaneció en casa.» El caminante atesora un generoso caudal de amor, que vierte sobre todo aquello que se va encontrando: campesinos, montañas, casas de labor, árboles, niños…, seres humildes que bajo su mirada extasiada relucen como el oro. El caminante avanza acunado por los recuerdos, las ensoñaciones, las fantasías y las bellezas naturales que va descubriendo en el paisaje, cada vez más ameno y más cálido. Para el norte, para el hogar, apenas queda la nostalgia, pues el convencimiento de que la patria la llevamos con nosotros se fortalece a cada paso. No importa que también sobrevengan momentos de tedio y desánimo, días en que «todas las cuerdas están desafinadas, todos los colores desteñidos»: es el precio que el caminante debe pagar por su vida gozosa y poco convencional. En sus páginas Hesse se confiesa amigo de comer de la mochila, de vestir pantalones desflecados, de desconocer a ciencia cierta dónde dormirá la próxima noche… No se avergüenza de reconocer que cada bella joven que le sale al paso se queda prendida en su corazón, pues sabe que su sentimiento es efímero, tan sólo un destello de ese gran amor por el mundo, ese mundo maravilloso y multiforme que se le va ofreciendo y entregando conforme avanza.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Dos ediciones antiguas de El caminante. La de Bruguera fue reeditada numerosas veces en los años 80

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El palacio de las moscas, de Walter Kappacher

El palacio de las moscas (Der Fliegenpalast, 2009), del escritor austríaco Walter Kappacher (1938), tiene como protagonista al escritor, también austríaco, Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), autor de la famosa Carta de Lord Chandos y mundialmente conocido por  sus colaboraciones literarias con el compositor Richard Strauss, para el que escribió los libretos de algunas de sus más relevantes óperas, como  Elektra o El caballero de la rosa, entre otras. En El palacio de las moscas se nos ofrece una instantánea del escritor, en un momento crepuscular de su vida (1924), durante una corta estancia en el balneario salzburgués de Bad Fusch, en un país que aún no se ha recuperado del gran trauma de la guerra y está sumido en una profunda crisis económica y social.

Alejándose de su familia y de sus amigos más íntimos, Hofmannsthal se retira a un modesto hotel de Bad Fusch para escribir, rodeado de unos bellos parajes de montaña que frecuentó durante su infancia y juventud. Un paisaje transformado con el paso del tiempo, que ahora apenas reconoce y que le vuelve melancólico, al contraponer inevitablemente los felices recuerdos del pasado con un presente solitario y problemático. Se nos ofrece la imagen de un hombre aislado, añorante de su círculo familiar y de sus mejores amigos, temeroso del futuro y no muy seguro de que sus dotes artísticas no se hayan gastado con el transcurrir de los años. Su único consuelo (pues la escritura se le revela casi imposible) parece residir en los recuerdos y en las cartas que recibe -y que escribe, en ocasiones- cada día en apretado montón. En este contexto tan poco estimulante, todas sus expectativas se verán puestas en su relación con un joven médico que le ha atendido casualmente en un desmayo que ha sufrido en la calle, el doctor Krakauer. Pero el doctor Krakauer está contratado como médico particular por la baronesa de Trattnig, una mujer celosa y autoritaria que lo tiene casi atrapado y con la que ha tenido un desencuentro nada más conocerla. Las amigables charlas, las confidencias mutuas entre los dos amigos, nos mostrarán nuevas facetas de la personalidad del artista.

El palacio de las moscas es un texto narrativo de una admirable belleza y solidez, casi desprovisto de acción externa, que por contra nos brinda una virtuosa inmersión en las vivencias íntimas del escritor: un espacio interior reconstruido con la maestría y el cuidado de un verdadero orfebre (y por qué no, de un erudito), donde cada dato, alusión, remembranza o anécdota (algunas son deliciosas, como las relativas a Rilke o a Robert Walser) ocupa su lugar en el discurso con una admirable naturalidad. Kappacher muestra un conocimiento profundo del entorno cultural de Hofmannsthal, de sus amistades (y enemistades), de sus relaciones con los más destacados intelectuales, músicos, artistas y personajes relevantes de su mundo, cuya aparición aparece sabiamente orquestada en un relato que no es en modo alguno lineal: Carl Jacob Burckhardt (su gran amigo), Rilke, Schnitzler, Walter Benjamin, o Max Reinhardt (con el que colaboró en la fundación del Festival de Salzburgo, que precisamente en ese año de 1924 no se pudo celebrar por la crisis), son sólo algunas de las numerosas figuras evocadas por Kappacher. Los amargos y culpables recuerdos de la Gran Guerra (y los indicios de una próxima confrontación), la devoción por Goethe y Calderón, o incluso el interés por escritores de una órbita diferente a la suya (como Henry James, Conrad o Stevenson) son otras tantas muestras de la profundidad del trabajo del novelista en su recreación del universo de Hofmannsthal. Una novela, en suma, de notable complejidad y atractivo.

Gracias a la editorial Pre-Textos podremos conocer a este interesante autor austríaco (poseedor de varios galardones importantes, como los premios Hermann Lenz o Georg Büchner), nunca vertido con anterioridad a nuestra lengua, y que ahora leeremos en la cuidada traducción al castellano de Richard Gross.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«…había huido, de forma completamente absurda, de Rilke, quien se había hospedado en el mismo establecimiento. Durante varios días intercambiaron notas para convenir un encuentro, que finalmente no se produjo porque no llegaron a ponerse de acuerdo sobre la hora. Una noche que salió de su habitación, y mientras la cerraba con llave, Rilke, acompañado de una dama espigada, venía a su encuentro desde el fondo del pasillo, y él se sobresaltó tanto que abrió de un tirón la puerta del servicio de planta, entró y permaneció varios minutos allí, en la oscuridad.» (Traducción de Richard Gross)
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Goethe se muere, de Thomas Bernhard

Goethe se muere (Goethe schtirbt) recoge cuatro textos del escritor austriaco Thomas Bernhard (1931-1989), publicados por separado en los años 80, pero que su autor aspiraba a ver algún día reunidos en un solo volumen. Este deseo, transmitido a su editor Siegfried Unseld en 1985, se hizo finalmente realidad en 2010, cuando la editorial berlinesa Suhrkamp preparó la presente edición conjunta. La traducción al castellano de Miguel Sáenz, que nos ofrece Alianza Editorial, nos permitirá disfrutar de unos textos de gran atractivo y brevedad, muy afines en su forma e intención. La ironía y el desengaño, la desmitificación y la crítica más feroz conviven con una extrema lucidez y un cierto sentido del humor, bien amargo, señas de la identidad literaria de su autor.

El texto que da título al libro, «Goethe se muere«, es quizás el más denso y complejo de la colección: una visión delirante de las últimas horas del genio alemán, que en su lecho de muerte anhela caprichosamente una imposible visita de Wittgenstein (el autor del Tractatus), mientras a su alrededor se agitan grotescamente las sombras de sus adláteres más serviles: Eckermann, Riemer, Kräuter… Una visión paródica y enloquecida, desmitificadora por supuesto, del genio de Weimar, con su corte de incondicionales, obsesiones y víctimas (Schiller, Kleist…; pero también, ¡el teatro alemán!). «Soy el aniquilador de los alemanes», confiesa Goethe antes de morir, y quizás por eso mismo -como propone el narrador- sus últimas palabras no fueran las que recoge la tradición: «Mehr Licht!» («¡Más luz!»), sino «Mehr Nicht!» («¡Más nada!»). En «Reencuentro«, una entrevista casual con un amigo de la niñez desencadena en el narrador una visión retrospectiva -a modo de monólogo- de su infancia: una critica implacable del hogar familiar («la Casa de los Muertos»), que destruye con sus manías y obsesiones la naturalidad innata de los hijos. Lo que se narra como experiencia personal y compartida con el amigo, se pretende erigir en ley universal: «Los padres hacen hijos y pretenden por todos los medios aniquilarlos». Resulta patética (y bastante cómica en ocasiones) la imagen de esos padres que buscan infructuosamente la tranquilidad en lo más alto de las montañas -ellos mismos son la intranquilidad y el malestar personificados, que arrastran adonde van-, y culpan de mil maneras diferentes a sus hijos del fracaso. Relato con una estructura casi musical, donde los calcetines rojos y verdes son «leitmotiv» y símbolo de lo más ridículo y mezquino de la aspiración burguesa. Similar asunto encontramos en «Montaigne. Un relato«: el del daño infligido por los padres a los hijos y la dificultad de superarlo a pesar del transcurso de los años. Un libro del pensador francés y una torre oscura y con telarañas son el único refugio posible ante esos progenitores que, en la planta baja, se preguntan todavía si le ha pasado algo a su hijo de 42 años. La apelación a Montaigne, que en sus Essais nos habla del trato exquisito de su padre durante la infancia, y que defendió una educación no alienante, no deja de ser significativa. «Ardía. Relato de viaje para un amigo de otro tiempo» es un verdadero catálogo de las fobias de su autor, que guarda, sin embargo, los dardos más envenenados para sus compatriotas. Escrito bajo la forma de una carta, se propone narrar un sueño. El título del relato –Ardía– anticipa a las claras el contenido de esa pesadilla -más bien un deseo, casi una fantasía de pirómano-, que tiene como destinataria y víctima a la odiada patria del escritor.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«La primera noche tuve que ver y oír un piano de cola Bösendorfer que estaba tan desafinado que hasta la música de peor gusto, por ejemplo la de Schubert, tocada en él, se volvía interesante; la gente de Mosjöhn, como supongo los noruegos en general, con sus pianos desafinados, han conseguido tener realmente una idea de la llamada música moderna de hoy«. (Traducción de Miguel Sáenz)

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Jardín circunmurado, antología poética del teatro de William Shakespeare

Todos los que disfrutan transitando por esa selva maravillosa que es el teatro de Shakespeare tienen sus rincones preferidos: parajes tranquilos o tempestuosos, soleados o umbríos, bucólicos, agrestes… Lugares donde es tentación inevitable demorarse, rehacer el camino, o incluso buscar el sendero más corto para alcanzar nuestro refugio predilecto (¿quién reprochará al caminante buscar un atajo?). A cualquiera de estos paseantes literarios llenará de alborozo la aparición de un libro como Jardín circunmurado (el título es una cita de Medida por Medida), cuyo destacable interés no está sólo en la sabia recolección, sino muy especialmente en el acierto de la traducción, que se impone como una realidad poética propia. ¿Es necesario añadir que no hay una sola página que no recoja alguna flor digna de tal jardín? Atrapados por la belleza del poema, olvidémonos que estamos hablando de teatro…

En Jardín circunmurado la editorial Pre-Textos nos ofrece un ramillete de pasajes shakesperianos, ordenados cronológicamente (aparte del título de la obra y el personaje que habla, se señalan acto y escena), de una gran densidad poética y conceptual, y que «nos imponen, casi con furia, su autonomía» (son palabras del editor y traductor, Christian Law Palacín). Hablamos de textos de mediana extensión, parlamentos y reflexiones en la mayoría de los casos, breves diálogos los menos, donde se nos habla de las miserias del poder, las pasiones del alma (las más abyectas y las más sublimes), la fantasía, la naturaleza, el amor y la guerra, el humor, la vida y la muerte, la riqueza y la pobreza, la vanidad del mundo… Todo cuanto es propio del humano interés está aquí expuesto, en su más excelente formulación, resonando en el diapasón más alto y conmoviéndonos en lo más profundo. Los más granados personajes de la dramática mundial toman la palabra para hablarnos de lo que nos interesa: reyes, príncipes, villanos, nobles y cortesanos, enamorados, militares, héroes de la mitología, bufones, duendes, monstruos… Todos extraordinariamente lúcidos y sabios. Todos convincentes. Pero no por ello menos desgraciados o entregados a un hado fatal.

La edición que nos propone Pre-Textos recoge también los textos originales en lengua inglesa, agrupados acertadamente al final del libro, para no entorpecer, quizás, la gozosa lectura de las traducciones (¿a quién le gusta andar con muletas?). Jardín circunmurado cuenta además con un prólogo de su traductor, Christian Law Palacín, y se abre con un bello texto introductorio («A los muros de Amor») escrito por Francisco José Martínez Morán.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«No tengas miedo; la isla está llena de ruidos. De sones y aires dulces que dan placer y no hacen daño. A veces, un millar de instrumentos vibrantes zumba en mis oídos; son voces, por instantes, las que, si he despertado de un prolongado sueño, me hacen dormir de nuevo. Entonces, entre sueños, parece que las nubes se abren y me enseñan sus riquezas, prontas a derramarse sobre mí; de tal manera, que cuando me despierto lloro porque quisiera seguir soñando aún». (La Tempestad, traducción de José Méndez Herrera)
 
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