No parece necesario advertir que el valor intrínseco de este panfleto de El judaísmo en la música (publicado por vez primera en 1850 bajo seudónimo) es prácticamente nulo. Esto no quita, desde luego, que su lectura y estudio adquiera un interés considerable a la hora de enjuiciar la personalidad de su autor, Richard Wagner (1813-1883), así como las ideas antisemitas, corrientes en su época, a cuyo amparo pudo nacer y prosperar, y en las que se inserta con el carácter de un hito de considerable trascendencia. El hecho de que Wagner lo reeditara años después (1869) bajo su verdadero nombre, y luego lo incluyera en sus Obras reunidas (1873), bastaría para certificar que su antisemitismo no fue ocurrencia pasajera. También es cierto que parecidas ideas a las que se muestran en este libelo reaparecen en otros escritos suyos, alcanzando además una gran virulencia durante sus últimos años de vida. Recordemos que el genial compositor de Leipzig tuvo ambiciones intelectuales y literarias, y -aparte de escribir sus propios libretos- fue autor de un puñado de importantes textos teóricos sobre el género operístico: Arte y revolución, La obra de arte del futuro y Ópera y drama. Pero nunca llegó a ser un escritor de primer orden -como puede confirmarse con la lectura del presente opúsculo-, y los versos de sus óperas solo se salvan por la música. El que hoy en día leamos El judaísmo en la música con una inevitable mezcla de disgusto e hilaridad no debe hacernos suponer que en su tiempo fuera desestimado o tomado en broma; de ahí la conveniencia de releerlo con una actitud crítica. Debemos congratularnos, pues, de que Hermida editores ponga a nuestro alcance esta magnífica edición del texto, traducido, prologado y anotado con singular acierto y profundidad por Rosa Sala Rose. Su buen hacer no solo define la obra en un amplio contexto ideológico y artístico, sino que también nos guía durante su lectura, arrojando luz sobre las contradicciones, falsedades y medias verdades que tanto salpican el discurso wagneriano. Admitamos que sobre estas producciones nefastas del pensamiento humano obran mejor las luces que las sombras: la oscuridad las mitifica; la claridad evidencia sus imposturas y debilidades, reduciéndolas a su justo valor. Ya lo decía Goethe: Mehr Licht!
Justifica Wagner su libelo como una legítima defensa ante las maniobras hostiles de un supuesto lobby judeomusical, al que responsabiliza del mal recibimento de sus obras en los medios críticos europeos, y especialmente alemanes. Muchas de las ideas expuestas en el texto no son, desde luego, originales (como las descalificaciones sobre la apariencia externa de los judíos o su manera de hablar). Escritos antisemitas ya existían antes, pero la novedad que aporta el panfleto wagneriano es la de extender el prejuicio racista al terreno de la música. Conviene señalar que las críticas se dirigen contra el «judío cultivado», el músico que ha intentado asimilarse al «medio cristiano» (convirtiéndose o no) sin conseguirlo plenamente. Su incapacidad artístico-musical vendría dada -siempre según Wagner- por su incompleta integración en el nuevo estado: alejado de sus raíces vernáculas, pero sin integrarse en las nuevas, carecería de una conexión con la base popular, el único medio capaz de fertilizar el discurso artístico. La presencia tan notable de judíos en los ambientes musicales contemporáneos (compositores, intérpretes, críticos…) se explicaría por la descomposición generalizada de la música tras la muerte de Beethoven, debilitamiento que ha posibilitado la entrada de elementos extraños. Partiendo de estos engañosos supuestos, Wagner intenta rebajar y deslegitimar no solo a compositores tan insignes como Mendelssohn y Meyerbeer, sino también a escritores de la talla de Heine o críticos musicales como Hanslick (quizás su rival más conspicuo en el terreno ideológico). Aunque en ningún momento llega Wagner a citar a Meyerbeer de manera explícita, parece fuera de toda duda que el compositor berlinés (afincado en París desde 1831) era el principal destinatario del panfleto, gestado seguramente durante la difícil estancia parisina de Wagner, entre 1839 y 1842. Si bien parece cierto -por lo que sabemos- que Meyerbeer ayudó desinteresadamente al compositor sajón en varias ocasiones, también es muy probable que los prejuicios antijudíos de Wagner se vieran exacerbados por su relación subordinada con el aclamado compositor, perteneciente a una acaudalada familia de banqueros judíos. Pero, más allá de todas estas mezquinas rivalidades entre músicos, lo más estremecedor del texto se manifiesta en las soluciones propuestas por Wagner al problema judío, en las que baraja conceptos tan inquietantes como el de Untergang («hundimiento») o especula sobre una eventual expulsión masiva. Y es que para nosotros parecen prefigurar la ominosa trayectoria del antisemitismo más radical. En fin, es probable que un cierto cansancio y hartazgo nos acompañe en las últimas páginas del opúsculo, reducidas a la repetición machacona de los delirios persecutorios del compositor, y donde se hace dolorosamente patente su ciega vanidad, su incapacidad para encajar sus contratiempos artísticos con una mínima objetividad.
Leyendo este panfleto, contrastándolo con la seductora belleza de la música wagneriana, he recordado un texto de George Steiner, «El escándalo del libro» (en El silencio de los libros). El humanista reflexionaba allí sobre la espantosa contradicción que supone, en algunas sociedades evolucionadas, la coexistencia de unas elevadas cotas de desarrollo cultural con el ejercicio, desde el poder institucional, de las mayores brutalidades sobre la población indefensa; la pasividad o complicidad de algunos intelectuales con los excesos de determinados regímenes políticos.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

En septiembre de 1928 Stefan Zweig (1881-1942) emprende viaje a Rusia, país en el que permanecerá durante dos semanas, integrado en la delegación de escritores austriacos asistentes a la celebración del centenario del nacimiento de Tolstói. Como otros muchos intelectuales y escritores de su tiempo, Stefan Zweig cumple así un deseo largamente acariciado, el de conocer de primera mano ese inmenso país donde se están gestando cambios tan formidables y trascendentales. El escritor era bien conocido en Moscú (su libro sobre Tolstói, según nos cuenta, «se vende en todas las esquinas»), y el mismo día de su llegada -tras un largo y agotador viaje- se vio obligado a improvisar una conferencia sobre Tolstói en la Ópera de Moscú, ante una nutrida asistencia de público y medios de comunicación que incluían cámaras cinematográficas. El escritor salió tan satisfecho de su actuación como de sus oyentes: «¡Es maravilloso, ese magnífico público! En nuestra tierra sería imposible encontrar un auditorio tan atento.»
El convento de Monsant (1916) es una breve y estimulante novela de aventuras, de singular sencillez y encanto, perteneciente al volumen sexto de la serie titulada Memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja (1872-1956). Un antepasado del escritor guipuzcoano, Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen (1792-1872), político y «conspirador» liberal, es el protagonista de esta dilatada saga aventurera, que se extiende a lo largo de veintidós volúmenes. Aunque suelen definirse estas Memorias como «novela histórica», sólo lo son en el particular modo que tenía Baroja de entender el género. En el caso concreto de El convento de Monsant, cuya acción transcurre durante la restauración absolutista de Fernando VII, en la denominada «Década ominosa» (1823-1833), Aviraneta sólo representa un papel secundario, y su identidad no se desvela hasta las últimas páginas.
El último Premio Nobel de literatura, el francés Patrick Modiano (1945), es bien conocido en nuestro país, y gran parte de su obra lleva años traducida a nuestra lengua (basta con hojear el catálogo de Anagrama y Alfaguara para comprobarlo). En Francia, como no podía ser de otra manera, Modiano goza de una enorme popularidad, y esta novela en concreto, Más allá del olvido, me fue regalada hace unos días por un amigo francés que lo adora (y que desconfía de mi capacidad para leerla en la lengua de Molière). Creo que Modiano es uno de esos felices autores que captan el interés del lector desde las primeras líneas, y saben mantenerlo despierto hasta el final. Más allá del olvido (Du plus loin de l’oubli, 1996) es una novela admirablemente construida, narrada en primera persona por un personaje adulto que evoca -sin apenas intervenir ni juzgar- una historia de amor vivida en su juventud. Pero la novela no es solamente un romance, y la liaison del narrador con Jacqueline es solo una línea más, aunque cardinal, en la compleja polifonía del texto, que tiene su punto fuerte en el clima de misterio (en ocasiones, casi policíaco) que empapa todo el conjunto. Por otra parte, resulta admirable la sencillez con que Modiano nos impone a sus personajes (bastan algunos gestos, unas pocas palabras o una prenda de vestir para hacerlos revivir ante nuestros ojos), así como su habilidad para imprimir giros inesperados a la trama, que siempre nos pillan por sorpresa.
Con este nuevo volumen, la editorial Miraguano nos ofrece una amena e interesante recopilación de cuentos escritos bajo la dinastía Tang (618-907), privilegiado periodo de las letras chinas en que la narrativa de ficción alcanzó un primer y destacado florecimiento. Se trata de diez relatos escogidos, la mayoría de corte fantástico (chuanqi), que además de entretenernos con sus novelescas peripecias nos brindan la posibilidad de echar un vistazo a la variopinta sociedad china de finales del primer milenio. Aparte de las fabulaciones puramente fantásticas, donde conviven monstruos, divinidades y hombres, abundan en el libro las historias de amor, generalmente malogradas por una sociedad feudal que se muestra intransigente con las diferencias de clase. Casi todos los relatos seleccionados gozan de un ininterrumpido favor en la tradición cultural china, y algunos han sido objeto de reelaboraciones ulteriores: novelas, adaptaciones teatrales, cómic, óperas, películas…
Detrás de todo gran hombre hay en ocasiones un personaje insignificante pero indispensable; significativo sólo por su posición a la sombra del genio. Kant tuvo su Wasianski y su Lampe, Beethoven su Schindler, Byron su Polidori… Son personajes que alcanzan su momento de gloria a la muerte del genio, constituyéndose -por mera razón de supervivencia- en privilegiados testigos y albaceas de su legado. Alrededor de la figura de Goethe giraron numerosos satélites, de los que Claudio Magris (1939) ha escogido uno de los más interesantes, Carl Stadelmann, una especie de criado para todo, camarero y secretario privado, que acompañó a Goethe en muchas de sus salidas científicas y se interesó por temas tan dispares como la geología, la mineralogía o la teoría de los colores. Stadelmann, que entró al servicio de Goethe en 1814, fue despedido en 1824, probablemente por su afición a la bebida. Para tejer su fábula dramática, Claudio Magris se ha inspirado no sólo en este personaje real, Stadelmann, sino también en un hecho rigurosamente histórico: el homenaje que rindió la ciudad de Frankfurt a Goethe en 1844, evento al que fue invitado el anciano servidor, que por aquel entonces vegetaba miserablemente en un asilo de Jena. Con estas sencillas mimbres construye Magris un texto emocionante, de gran fuerza dramática, en torno al genio y a su magisterio, a su grandeza y a su debilidad, a su carácter universal y a la par inescrutable… Magris ha señalado que lo que más le interesaba era realzar el personaje de Stadelmann; y no tanto el de Goethe, que sólo aparece evocado, de manera intermitente, como una fantasmagórica silueta proyectada y con su voz fuera de campo. Es obvio, sin embargo, que el texto también puede entenderse como un homenaje -todo lo indirecto que se quiera- al autor del Fausto. Los astrónomos observan el sol y los eclipses proyectando su imagen sobre un papel. A los genios también se les puede estudiar analizando cómo se reflejan en una materia más gris. Stadelmann.
De los tres actos en que se divide el texto dramático, el segundo lo ocupa el viaje a Frankfurt y la participación de Stadelmann en el homenaje: la comparecencia en el Ayuntamiento ante un grupo de notables (autoridades, eruditos, burgueses…) y una cena de gala. Para asombro de todos, el viejo camarero pondrá en evidencia, con sus sutiles observaciones, que el genio que todos desean homenajear se escapa a sus mezquinos raseros para medir la gloria. La actuación de borracho iluminado que nos brinda Stadelmann es brillante. ¡Cuando juega a ser genio, a él tampoco lo comprenden! De las palabras del viejo servidor deducimos que su relación con Goethe se basó siempre en el respeto mutuo y la admiración; no hay reproches retrospectivos, y sí la gozosa asunción de un magisterio. Estas escenas en las que Stadelmann oficia de «genio suplente», contrastan con otras donde se relaciona con el pueblo más humilde: el viaje en diligencia, la tertulia de la posada, o las escenas del asilo que abren y cierran el drama. Son situaciones que brindan al autor un cauce complementario para plasmar, con economía de medios y efectividad, la visión totalizadora de Goethe, la amplitud universal de su mirada. La dramática escena final, en la que aparece un emisario de Frankfurt que, con ademanes perentorios, se obstina en hacer efectiva la pensión que se le otorga a Stadelmann, tiene algo de esa irrealidad kafkiana de Un mensaje imperial. Se ratifica quizás así un especial estatus para Stadelmann: su tragedia final no será sino una versión más de ese «premio que llega demasiado tarde» que ya nos hemos acostumbrado a presuponer en los genios.
La editorial Eneida nos ofrece con este volumen una nueva entrega del escritor argentino Roberto Arlt (1900-1942), del que ya nos ocupamos hace unos meses, cuando reseñamos su novela
Poco sabemos de la vida de Karl Gottlob Schelle (1777-1825), un discreto profesor de liceo alemán que compartió con otro insigne paseante, Robert Walser, la desdichada particularidad de morir en un manicomio. Autor de un puñado de textos filosóficos, la editorial Díaz & Pons nos ofrece ahora, en la colección «Vita aesthetica», su Arte de pasear (Die Spatziergänge oder die Kunst spatzierenzugehen, 1802, Leipzig), un libro escrito desde una perspectiva más ilustrada que romántica, y acorde con los principios de la llamada «filosofía popular». Es posible que al paseante moderno le parezcan triviales o desfasadas algunas consideraciones de Schelle (como cuando relaciona la idiosincrasia femenina con un tipo particular de paseo), pero la obra en su conjunto resulta atractiva, y reviste un considerable interés testimonial. Cualquier amante del arte de pasear o estudioso del tema disfrutará perdiéndose entre las páginas de esta verdadera Hercynia silva del paseo filosófico.
Es una verdadera lástima que don Benito no terminara este encantador cuento de Navidad, ¿Dónde está mi cabeza?, publicado en el número extraordinario de El Imparcial de 1892. En cualquier caso, la editorial pacense El Verano del Cohete nos lo ofrece ahora preciosamente editado, y enriquecido además con los atractivos dibujos de Lorenzo Montatore. Siguiendo la estética de nuestro entrañable tebeo nacional, Montatore ha sabido exprimir todo lo cómico y festivo que subyace en el relato. La sintonía texto-ilustración me parece perfecta, y entre la copia de libros ilustrados que se nos insinúan cada día en los estantes de las librerías no recuerdo muchos que me hayan gustado y divertido tanto.
El argentino Roberto Arlt (1900-1942) fue uno de esos escritores errabundos que viven su primera juventud a salto de mata. Hijo de inmigrantes europeos, abandonó pronto el hogar familiar para encontrar en la calle la mejor escuela de letras. Aparte de escribir literatura de ficción, ejerció diversas profesiones, notablemente las de periodista e inventor de escasa fortuna. Aunque en vida no se le juzgó un autor de primera, posteriormente -caprichos de la gloria- fue considerado nada menos que padre de la moderna narrativa argentina. Viaje terrible (1942), que nos ofrece ahora la editorial Eneida en su colección «Confabulaciones», se viene a sumar a otros títulos más conocidos, como El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El jorobadito… Viaje terrible muestra muchas de las características peculiares del mundo literario de Arlt: personajes marginales o caricaturescos, tono paródico y burlesco, situaciones desaforadas… Incluso su afición a los inventos aparece reflejada en el personaje de Annie, la enamorada del protagonista, una ingeniero químico especializada en el látex que viaja hacia Shangai para explotar una patente de impermeables.




