El judaísmo en la música, de Richard Wagner

No parece necesario advertir que el valor intrínseco de este panfleto de El judaísmo en la música (publicado por vez primera en 1850 bajo seudónimo) es prácticamente nulo. Esto no quita, desde luego, que su lectura y estudio adquiera un interés considerable a la hora de enjuiciar la personalidad de su autor, Richard Wagner (1813-1883), así como las ideas antisemitas, corrientes en su época, a cuyo amparo pudo nacer y prosperar, y en las que se inserta con el carácter de un hito de considerable trascendencia. El hecho de que Wagner lo reeditara años después (1869) bajo su verdadero nombre, y luego lo incluyera en sus Obras reunidas (1873), bastaría para certificar que su antisemitismo no fue ocurrencia pasajera. También es cierto que parecidas ideas a las que se muestran en este libelo reaparecen en otros escritos suyos, alcanzando además una gran virulencia durante sus últimos años de vida. Recordemos que el genial compositor de Leipzig tuvo ambiciones intelectuales y literarias, y -aparte de escribir sus propios libretos- fue autor de un puñado de importantes textos teóricos sobre el género operístico: Arte y revolución, La obra de arte del futuro y Ópera y drama. Pero nunca llegó a ser un escritor de primer orden -como puede confirmarse con la lectura del presente opúsculo-, y los versos de sus óperas solo se salvan por la música. El que hoy en día leamos El judaísmo en la música con una inevitable mezcla de disgusto e hilaridad no debe hacernos suponer que en su tiempo fuera desestimado o tomado en broma; de ahí la conveniencia de releerlo con una actitud crítica. Debemos congratularnos, pues, de que Hermida editores ponga a nuestro alcance esta magnífica edición del texto, traducido, prologado y anotado con singular acierto y profundidad por Rosa Sala Rose. Su buen hacer no solo define la obra en un amplio contexto ideológico y artístico, sino que también nos guía durante su lectura, arrojando luz sobre las contradicciones, falsedades y medias verdades que tanto salpican el discurso wagneriano. Admitamos que sobre estas producciones nefastas del pensamiento humano obran mejor las luces que las sombras: la oscuridad las mitifica; la claridad evidencia sus imposturas y debilidades, reduciéndolas a su justo valor. Ya lo decía Goethe: Mehr Licht!

Justifica Wagner su libelo como una legítima defensa ante las maniobras hostiles de un supuesto lobby judeomusical, al que responsabiliza del mal recibimento de sus obras en los medios críticos europeos, y especialmente alemanes. Muchas de las ideas expuestas en el texto no son, desde luego, originales (como las descalificaciones sobre la apariencia externa de los judíos o su manera de hablar). Escritos antisemitas ya existían antes, pero la novedad que aporta el panfleto wagneriano es la de extender el prejuicio racista al terreno de la música. Conviene señalar que las críticas se dirigen contra el «judío cultivado», el músico que ha intentado asimilarse al «medio cristiano» (convirtiéndose o no) sin conseguirlo plenamente. Su incapacidad artístico-musical vendría dada -siempre según Wagner- por su incompleta integración en el nuevo estado: alejado de sus raíces vernáculas, pero sin integrarse en las nuevas, carecería de una conexión con la base popular, el único medio capaz de fertilizar el discurso artístico. La presencia tan notable de judíos en los ambientes musicales contemporáneos (compositores, intérpretes, críticos…) se explicaría por la descomposición generalizada de la música tras la muerte de Beethoven, debilitamiento que ha posibilitado la entrada de elementos extraños. Partiendo de estos engañosos supuestos, Wagner intenta rebajar y deslegitimar no solo a compositores tan insignes como Mendelssohn y Meyerbeer, sino también a escritores de la talla de Heine o críticos musicales como Hanslick (quizás su rival más conspicuo en el terreno ideológico). Aunque en ningún momento llega Wagner a citar a Meyerbeer de manera explícita, parece fuera de toda duda que el compositor berlinés (afincado en París desde 1831) era el principal destinatario del panfleto, gestado seguramente durante la difícil estancia parisina de Wagner, entre 1839 y 1842. Si bien parece cierto -por lo que sabemos- que Meyerbeer ayudó desinteresadamente al compositor sajón en varias ocasiones, también es muy probable que los prejuicios antijudíos de Wagner se vieran exacerbados por su relación subordinada con el aclamado compositor, perteneciente a una acaudalada familia de banqueros judíos. Pero, más allá de todas estas mezquinas rivalidades entre músicos, lo más estremecedor del texto se manifiesta en las soluciones propuestas por Wagner al problema judío, en las que baraja conceptos tan inquietantes como el de Untergang («hundimiento») o especula sobre una eventual expulsión masiva. Y es que para nosotros parecen prefigurar la ominosa trayectoria del antisemitismo más radical. En fin, es probable que un cierto cansancio y hartazgo nos acompañe en las últimas páginas del opúsculo, reducidas a la repetición machacona de los delirios persecutorios del compositor, y donde se hace dolorosamente patente su ciega vanidad, su incapacidad para encajar sus contratiempos artísticos con una mínima objetividad.

Leyendo este panfleto, contrastándolo con la seductora belleza de la música wagneriana, he recordado un texto de George Steiner, «El escándalo del libro» (en El silencio de los libros). El humanista reflexionaba allí sobre la espantosa contradicción que supone, en algunas sociedades evolucionadas, la coexistencia de unas elevadas cotas de desarrollo cultural con el ejercicio, desde el poder institucional, de las mayores brutalidades sobre la población indefensa; la pasividad o complicidad de algunos intelectuales con los excesos de determinados regímenes políticos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Hasta los tiempos de Mozart y Beethoven, habríamos buscado en vano a un compositor judío. Un elemento totalmente ajeno a este organismo vital jamás habría podido participar de su crecimiento. Sólo cuando se hace patente la muerte interior de un cuerpo, los elementos extraños adquieren la fuerza necesaria para apoderarse de él, aunque sólo para descomponerlo. Entonces su carne se deshace en una pululante miríada de gusanos. Pero al verlos, ¿quién consideraría aún vivo al cuerpo del que se nutren?» (traducción de Rosa Sala Rose, para Hermida editores)
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Viaje a Rusia, de Stefan Zweig

En septiembre de 1928 Stefan Zweig (1881-1942) emprende viaje a Rusia, país en el que permanecerá durante dos semanas, integrado en la delegación de escritores austriacos asistentes a la celebración del centenario del nacimiento de Tolstói. Como otros muchos intelectuales y escritores de su tiempo, Stefan Zweig cumple así un deseo largamente acariciado, el de conocer de primera mano ese inmenso país donde se están gestando cambios tan formidables y  trascendentales. El escritor era bien conocido en Moscú (su libro sobre Tolstói, según nos cuenta, «se vende en todas las esquinas»), y el mismo día de su llegada -tras un largo y agotador viaje- se vio obligado a improvisar una conferencia sobre Tolstói en la Ópera de Moscú, ante una nutrida asistencia de público y medios de comunicación que incluían cámaras cinematográficas. El escritor salió tan satisfecho de su actuación como de sus oyentes: «¡Es maravilloso, ese magnífico público! En nuestra tierra sería imposible encontrar un auditorio tan atento.»

El libro que hoy reseñamos, Viaje a Rusia, crónica y testimonio de esa experiencia, se abre con un puñado de cartas escritas por Zweig a su mujer Friderike («Fritzi») en los primeros días de viaje. Son textos que resumen y anticipan el intenso programa de actividades que llenarán esas dos semanas: conferencias, actos conmemorativos, visitas a escritores e intelectuales (Boris Pilniak, Gorki), conciertos (Eugene Onegin), viajes (Moscú, Tula, Yásnaia Poliana, Leningrado)… Resulta estimulante leer estas cartas tan espontáneas, escritas a vuela pluma bajo la fascinación y el entusiasmo por un «mundo inédito» al que acaba de arribar y que tanto le deslumbra. Pero el texto principal del libro es el titulado específicamente «Viaje a Rusia»: medio centenar de páginas donde Zweig traza un animado y completo resumen de su experiencia, una síntesis perfecta de observación y reflexión, atenta a los más variados aspectos de la vida rusa: desde los trámites de aduana a los monumentos y museos de Moscú y Leningrado, de la animación popular de calles y plazas al abandono de los comercios, de la fascinación que ejerce sobre el pueblo la «momia» de Lenin a la tolerada devoción ante la Virgen de la Plaza Roja… Resalta Zweig el heroísmo de los intelectuales rusos, que sufren la escasez de vivienda soportando la penuria de vivir arracimados, sin apenas espacio para trabajar con independencia. Así le ocurre a Eisenstein, que, recluido en una pequeña habitación, ve amontonarse sobre su mesa una docena de telegramas enviados desde Hollywood ofreciéndole miles de dólares (que el cineasta rechaza) para trabajar en América. Esta es la admirable y ejemplar actitud que Zweig extiende a la pluralidad de intelectuales rusos: su compromiso sincero con los cambios revolucionarios. La visión del escritor no es, por lo tanto, negativa, sino más bien de expectación. Todavía el régimen de Stalin no ha alcanzado el grado de endurecimiento de años posteriores, que modificará también su percepción, volviéndose más crítica. Por el momento se conforma con ser testigo y no juez, y no le duelen prendas en alabar cuanto le parece meritorio, como el incremento exponencial de los fondos de los museos públicos, acrecidos con los millares de obras maestras requisadas a los coleccionistas particulares, que el pueblo llano contempla con un respeto casi religioso. Como era de esperar, Zweig manifiesta un especial interés por la vida literaria rusa, y así lo testimonian su cordial encuentro con Gorki, la visita a una tertulia de jóvenes escritores soviéticos o su elogiosa valoración del teatro ruso. Pero las notas más emotivas se alcanzan en el homenaje al autor de Guerra y paz, y de manera particular en la visita a Yásnaia Poliana. La sobriedad del hogar de Tolstói, la sencillez de sus enseres domésticos, la acumulación de pequeños objetos cargados de historia y significado conmueven profundamente al escritor austriaco.

Este interesantísimo libro, que nos propone la editorial madrileña Sequitur, se completa con otros tres textos relacionados con el viaje: un breve apunte de ese mismo año referido a Tolstói, «La tumba más hermosa del mundo»; un ensayo de redacción posterior, «Tolstoi, pensador religioso y social» (1937); y un discurso compuesto unos meses antes del viaje a Rusia, «Conferencia en honor de Máximo Gorki» (1928).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El tiempo y el espacio se miden, efectivamente, de otra manera que en Europa. Y de la misma manera que en seguida se aprende a contar en rupias y en kopeks, se aprende a esperar, a llegar con retraso, a desaprovechar el tiempo sin murmurar, y así, poco a poco, se acerca uno al secreto de la historia de Rusia y al misterio del ser ruso. Pues el peligro y la genialidad de este pueblo estriban, ante todo, en su inmensa capacidad de espera y en su fabulosa paciencia, tan grandes como el país mismo
«Y todos ellos leen sus versos en los cuarteles, hablan de literatura en las asambleas, guían a los campesinos por los museos. Visten como los obreros o campesinos, y ninguno de ellos tiene un smoking o un frac, y ninguno vive cómodamente, ni cobra lo que cualquier escritor europeo. Pero disfrutan del privilegio de contar con un público vastísimo, de no haber traicionado su carácter y de mantener relaciones fraternales con todo el mundo. ¡Envidiables privilegios!»
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El convento de Monsant, de Pío Baroja

El convento de Monsant (1916) es una breve y estimulante novela de aventuras, de singular sencillez y encanto, perteneciente al volumen sexto de la serie titulada Memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja (1872-1956). Un antepasado del escritor guipuzcoano, Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen (1792-1872), político y «conspirador» liberal, es el protagonista de esta dilatada saga aventurera, que se extiende a lo largo de veintidós volúmenes. Aunque suelen definirse estas Memorias como «novela histórica», sólo lo son en el particular modo que tenía Baroja de entender el género. En el caso concreto de El convento de Monsant, cuya acción transcurre durante la restauración absolutista de Fernando VII, en la denominada «Década ominosa» (1823-1833), Aviraneta sólo representa un papel secundario, y su identidad no se desvela hasta las últimas páginas.

Eugenio de Aviraneta (1792-1872)

En El convento de Monsant se nos relatan las peripecias de una aventura romántica: el rapto (o más bien liberación) de una joven recluida en un convento por la voluntad de un tutor autoritario e interesado. Una faena propia de liberales, desde luego, como lo son esa misteriosa triada de personajes que arriba de modo tan novelesco a la provinciana Ondara, una espléndida ciudad levantina emplazada a orillas del Mediterráneo. Procedentes de Grecia, de asistir al fin del mismísimo Lord Byron (su muerte en 1824 sería la fecha post quem para el desarrollo de la historia), deben extremar la cautela para no levantar sospechas en esa nueva España conservadora que todavía no ha terminado de ajustar cuentas a los héroes del trienio liberal… Así, veremos sobrevolar sobre todos ellos, sobre los liberales, la amenaza de «El ángel exterminador», una sociedad secreta ultraconservadora que pretendía restaurar, por medios violentos, la Inquisición y el absolutismo más extremo. Aunque la amenaza no llega a estorbar el remate de la aventura, sí se confirmará responsable del desarrollo ulterior de algunos acontecimientos, como se nos revelará en el epílogo: tres vibrantes epístolas (fechadas entre 1827 y 1831) que añaden un comentario filosófico a la historia y testimonian la viajera personalidad de Aviraneta. Este eco nostálgico de la aventura será el poso que nos quede a los lectores cuando, una vez concluida la historia, cerremos el volumen.

Siguiendo una acreditada convención narrativa, toda la novela es una crónica fiel de los hechos redactada por uno de sus principales protagonistas, Juan Hipólito Thompson, un inglés aventurero que acompaña a Aviraneta en sus correrías. Es comprensible, pues, que este extranjero no pueda ser un escritor relamido y pedante, hecho del que ya nos previene Baroja en su prólogo, y que también servirá de aviso al lector que pretenda encontrar en El convento de Monsant excesivos primores de estilo. Y es que los verdaderos aventureros no tienen ni tiempo ni ganas…

La editorial Caro Raggio, guardiana y difusora del legado de los Baroja, nos ofrece esta nueva y cuidada edición de El convento de Monsant, prologada por Justo Serna y adornada con una bella ilustración de cubierta, obra de Ricardo Baroja.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta el corazón, si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el fondo…» [Aviraneta dixit]
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Más allá del olvido, de Patrick Modiano

El último Premio Nobel de literatura, el francés Patrick Modiano (1945), es bien conocido en nuestro país, y gran parte de su obra lleva años traducida a nuestra lengua (basta con hojear el catálogo de Anagrama y Alfaguara para comprobarlo). En Francia, como no podía ser de otra manera, Modiano goza de una enorme popularidad, y esta novela en concreto, Más allá del olvido, me fue regalada hace unos días por un amigo francés que lo adora (y que desconfía de mi capacidad  para leerla en la lengua de Molière). Creo que Modiano es uno de esos felices autores que captan el interés del lector desde las primeras líneas, y saben mantenerlo despierto hasta el final. Más allá del olvido (Du plus loin de l’oubli, 1996) es una novela admirablemente construida,  narrada en primera persona por un personaje adulto que evoca -sin apenas intervenir ni juzgar- una historia de amor vivida en su juventud. Pero la novela no es solamente un romance, y la liaison del narrador con Jacqueline es solo una línea más, aunque cardinal, en la compleja polifonía del texto, que tiene su punto fuerte en el clima de misterio (en ocasiones, casi policíaco) que empapa todo el conjunto. Por otra parte, resulta admirable la sencillez con que Modiano nos impone a sus personajes (bastan algunos gestos, unas pocas palabras o una prenda de vestir para hacerlos revivir ante nuestros ojos), así como su habilidad para imprimir giros inesperados a la trama, que siempre nos pillan por sorpresa.

La amarga y desencantada visión existencial que subyace en Más allá del olvido viene determinada por una juvenil experiencia amorosa, evocada treinta años después por su principal protagonista: un veinteañero vendedor ambulante de libros antiguos que camufla su pobreza y desarraigo confundiéndose entre los estudiantes del barrio latino de París. El azar le pondrá en contacto con una enigmática pareja, Jacqueline y Gérard, asiduos visitantes de fin de semana a casinos y balnearios. Pero mientras Gérard gana dinero aplicando la estrategia  del «cinco neutro», Jacqueline, que se nos presenta como una joven delicada de salud y mal vestida, sueña con vivir algún día en Mallorca… Poco más sabemos de ellos, confundidos en el sfumato general que preside toda la novela, y donde los personajes entran y salen de escena velados siempre por un aura de misterio. La aparición de un inquietante y enigmático personaje, Cartaud, propiciará la resolución del triángulo que ha comenzado a fraguarse al compás de las ausencias de Gérard. Jacqueline se nos muestra entonces como una auténtica femme fatal, imponiéndole al protagonista la comisión de un delito que pondrá fin a su estancia parisina. Pero el Londres en que los dos jóvenes buscan ingenuamente su oportunidad se les mostrará pronto hostil y desolador, viéndose arrastrados hacia una nueva constelación de personajes estrambóticos y desarraigados. En esta ciudad desangelada, de fiestas continuas y vida parasitaria, el sueño de Mallorca comienza a desdibujarse, mientras que el protagonista (trasunto evidente de Modiano) parece encontrar su salvación en la literatura…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Antología de cuentos de la dinastía Tang

Con este nuevo volumen, la editorial Miraguano nos ofrece una amena e interesante recopilación de cuentos escritos bajo la dinastía Tang (618-907), privilegiado periodo de las letras chinas en que la narrativa de ficción alcanzó un primer y destacado florecimiento. Se trata de diez relatos escogidos, la mayoría de corte fantástico (chuanqi), que además de entretenernos con sus novelescas peripecias nos brindan la posibilidad de echar un vistazo a la variopinta sociedad china de finales del primer milenio. Aparte de las fabulaciones puramente fantásticas, donde conviven monstruos, divinidades y hombres, abundan en el libro las historias de amor, generalmente malogradas por una sociedad feudal que se muestra intransigente con las diferencias de clase. Casi todos los relatos seleccionados gozan de un ininterrumpido favor en la tradición cultural china, y algunos han sido objeto de reelaboraciones ulteriores: novelas, adaptaciones teatrales, cómic, óperas, películas…

Se abre la colección con «El Mono Blanco», un famoso relato anónimo que tiene como protagonista a un monstruoso simio, erudito y amante de las mujeres, que habita la inaccesible cima de una montaña. Rodeado de un harén de jóvenes raptadas, que renueva constantemente, encontrará su fin a manos de un esforzado guerrero que desea recuperar a su esposa. Dos barriles de vino y un punto vulnerable en su anatomía bastarán para poner término a su milenaria existencia. «Ren, la zorra encantada» (de Shen Jiji) es un bello cuento fantástico donde no faltan ni la casa encantada ni las jóvenes que se metamorfosean en animales. La figura de la protagonista, súmmum de belleza, discreción y generosidad, contrasta con los toscos personajes masculinos de la historia. Una buena parte de «La hija del Rey Dragón» (de Li Chaowei) transcurre en el fastuoso mundo subacuático de los dragones. Un pequeño servicio a una divinidad en apuros, la hija del Rey Dragón, reportará a Liu Yi la mayor de las recompensas. Resulta admirable la perseverancia de la princesa para hacerse con el amor de su indeciso y tibio paladín. En «La hija del príncipe Huo» (de Jiang Fang) asistimos a la tragedia de una joven seducida y luego abandonada en beneficio de un partido mejor. Sus grandes dotes físicas y morales no bastarán para compensar, frente a la encumbrada familia de su irresoluto amante, una posición social desfavorable. La «Historia del gobernador de Nanke» (de Li Gongzuo) es otro famoso cuento donde se combina la fantasía más exquisita con una lección moral de raíz taoísta. Todo es admirable en este relato, como esa carta del padre desaparecido que recibe el protagonista en mitad de su sueño. General en una remota e inaccesible frontera septentrional, el progenitor señala al hijo un plazo de tres años para el reencuentro, término que se cumplirá escrupulosamente en el mundo real. La fantasía se convierte así en ominoso vaticinio. La «Historia de Li Wa» (de Bai Xingjian) cuenta los atroces sufrimientos de un joven aspirante a funcionario imperial que se enamora de una cortesana. El posterior arrepentimiento de la taimada Li Wa pondrá un final feliz a la historia, permitiéndoles quebrantar las barreras sociales que los separaban. La superioridad de la joven cortesana sobre el tímido estudiante resulta abrumadora. La «Historia de Wushuang» (de Xue Tiao) es un relato de amor y fidelidad, de aventuras y turbulencias políticas, testimonio de los convulsos años finales del periodo Tang. En «El derrochador y el alquimista» (de Li Fuyan) asistimos a los dolorosos ejercicios de rehabilitación de un joven manirroto. Un ambicioso mago lo someterá a una espeluznante ordalía (¡una verdadera tortura china!) donde la «prueba del amor» resultará insuperable. «El esclavo Kunlun» (de Pei Xing) narra las fantásticas proezas de un esclavo para servir a su amo en la consecución de unos amores obstaculizados por un personaje encumbrado y tiránico. Finalmente, «El hombre de la barba rizada» (de Du Guangting) constituye un testimonio histórico del agitado periodo de transición entre las dinastías Sui y Tang.

Como es costumbre inveterada en esta colección de «Libros de los malos tiempos», el volumen viene acompañado de una simpática separata, donde Sebastián Gómez Cifuentes (responsable de la revisión y anotación de los textos) traza un sucinto resumen de la tradición literaria china, desde sus orígenes más remotos hasta el advenimiento de la dinastía Tang (618-907), así como un breve estudio de los cuentos seleccionados.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Al mirar hacia atrás, vio al caballo de Ren pastando en el borde del camino. Las ropas que ella vestía permanecían sobre la silla de montar, sus zapatos y medias aún colgaban de los estribos. Sólo los adornos y joyas que llevaba prendidos en el pelo aparecían desparramados por el suelo; todo lo demás había desaparecido. También su criada. Era como si se hubiesen evaporado.»
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Stadelmann, de Claudio Magris

Detrás de todo gran hombre hay en ocasiones un personaje insignificante pero indispensable; significativo sólo por su posición a la sombra del genio. Kant tuvo su Wasianski y su Lampe, Beethoven su Schindler, Byron su Polidori… Son personajes que alcanzan su momento de gloria a la muerte del genio, constituyéndose -por mera razón de supervivencia- en privilegiados testigos y albaceas de su legado. Alrededor de la figura de Goethe giraron numerosos satélites, de los que Claudio Magris (1939) ha escogido uno de los más interesantes, Carl Stadelmann, una especie de criado para todo, camarero y secretario privado, que acompañó a Goethe en muchas de sus salidas científicas y se interesó por temas tan dispares como la geología, la mineralogía o la teoría de los colores. Stadelmann, que entró al servicio de Goethe en 1814, fue despedido en 1824, probablemente por su afición a la bebida. Para tejer su fábula dramática, Claudio Magris se ha inspirado no sólo en este personaje real, Stadelmann, sino también en un hecho rigurosamente histórico: el homenaje que rindió la ciudad de Frankfurt a Goethe en 1844, evento al que fue invitado el anciano servidor, que por aquel entonces vegetaba miserablemente en un asilo de Jena. Con estas sencillas mimbres construye Magris un texto emocionante, de gran fuerza dramática, en torno al genio y a su magisterio, a su grandeza y a su debilidad, a su carácter universal y a la par inescrutable… Magris ha señalado que lo que más le interesaba era realzar el personaje de Stadelmann; y no tanto el de Goethe, que sólo aparece evocado, de manera intermitente, como una fantasmagórica silueta proyectada y con su voz fuera de campo. Es obvio, sin embargo, que el texto también puede entenderse como un homenaje -todo lo indirecto que se quiera- al autor del Fausto. Los astrónomos observan el sol y los eclipses proyectando su imagen sobre un papel. A los genios también se les puede estudiar analizando cómo se reflejan en una materia más gris. Stadelmann.

De los tres actos en que se divide el texto dramático, el segundo lo ocupa el viaje a Frankfurt y la participación de Stadelmann en el homenaje: la comparecencia en el Ayuntamiento ante un grupo de notables (autoridades, eruditos, burgueses…) y una cena de gala. Para asombro de todos, el viejo camarero pondrá en evidencia, con sus sutiles observaciones, que el genio que todos desean homenajear se escapa a sus mezquinos raseros para medir la gloria. La actuación de borracho iluminado que nos brinda Stadelmann es brillante. ¡Cuando juega a ser genio, a él tampoco lo comprenden! De las palabras del viejo servidor deducimos que su relación con Goethe se basó siempre en el respeto mutuo y la admiración; no hay reproches retrospectivos, y sí la gozosa asunción de un magisterio. Estas escenas en las que Stadelmann oficia de «genio suplente», contrastan con otras donde se relaciona con el pueblo más humilde: el viaje en diligencia, la tertulia de la posada, o las escenas del asilo que abren y cierran el drama. Son situaciones que brindan al autor un cauce complementario para plasmar, con economía de medios y efectividad, la visión totalizadora de Goethe, la amplitud universal de su mirada. La dramática escena  final, en la que aparece un emisario de Frankfurt que, con ademanes perentorios, se obstina en hacer efectiva la pensión que se le otorga a Stadelmann, tiene algo de esa irrealidad kafkiana de Un mensaje imperial. Se ratifica quizás así un especial estatus para Stadelmann: su tragedia final no será sino una versión más de ese «premio que llega demasiado tarde» que ya nos hemos acostumbrado a presuponer en los genios.

En algún libro escribió Jünger que los ancianos merecen que se les permita acercarse al banquete de la vida antes del fin, revisitar aquello que constituyó su dicha y de lo que fueron desposeídos por el paso de los años. En el caso particular de Stadelmann se pondrá en evidencia que no todos pueden soportarlo.

Magris compuso su Stadelmann en 1988, tras una etapa en la que los estudios de índole académica habían ocupado preferentemente su actividad intelectual. Hemos de agradecer a la editorial Alfabia la posibilidad de leer este bellísimo drama sobre Stadelmann y Goethe, traducido ahora en exclusiva para el mundo hispánico por Joaquín Jordá, y que cuenta además con un interesante epílogo de Álvaro de la Rica.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

el mundo entero era una mosca que él, zas, aplastaba y se quitaba de encima en un instante… y no como estos poetas de ahora, estas plañideras, esta ralea de lazareto, como los llamaba, capaces solo de sufrir, de fingir que sufren y de obligar a sufrir a los demás, si no, ay, tienen miedo de no ser poetas… Mientras, a él, lo que más le importaba era que nada, y ni siquiera la poesía, estropease la fiesta… (traducción de Joaquín Jordá)
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La extraordinaria historia de dos tuertos, de Roberto Arlt

La editorial Eneida nos ofrece con este volumen una nueva entrega del escritor argentino Roberto Arlt (1900-1942), del que ya nos ocupamos hace unos meses, cuando reseñamos su novela Viaje terrible, publicada también en la colección «Confabulaciones». El libro que ahora comentamos, La extraordinaria historia de dos tuertos, recoge textos extraídos de dos importantes libros de relatos de Arlt: El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1951). Se trata de una selección muy variada,  representativa de los diferentes intereses y modos de hacer literarios del escritor argentino: relatos fantásticos y realistas, peripecias crueles y truculentas, escenarios apocalípticos, personajes desclasados… todo lo que, en suma, constituye el mundo de Roberto Arlt. Creo que muchos de estos cuentos pueden leerse como parodias de especies narrativas populares: el relato de espías, policiaco, de ciencia ficción, de aventuras… géneros que el talento de Arlt vuelve del revés, dotándolos de una atractivo muy particular, de una gracia y originalidad innegables.

Los dos cuentos que abren la selección son parodias del «relato de espías». En el primero de ellos, «La extraordinaria historia de dos tuertos», el vendedor de ojos artificiales y anteojos nos recordará, en un primer momento, al siniestro Coppelius de Hoffmann. En el segundo, «La doble trampa mortal», asistimos a una especie de «justicia poética» que culmina en el aire. La mirada del personaje narrador, en la última escena, muestra un sadismo estremecedor. Con «La ola de perfume verde» cambiamos drásticamente de registro, introduciéndonos en los relatos catastrofistas de la ciencia ficción; en este caso, una especie de «nube púrpura» sin resultados letales. Si no fuera por su indudable originalidad y valor, el cuento parecería el resultado de una «lectura mal digerida» de Julio Verne. El curioso relato titulado «La pista de los dientes de oro» parece tener como referente las historias detectivescas de Conan Doyle, como lo atestiguaría el carácter estrambótico del título y la pista que conduce al descubrimiento del asesino: un indicio de una ridiculez extrema, claramente paródico. Es oportuno señalar a este respecto que, entre 1927 y 1928, Arlt escribió exitosas crónicas policiacas para el diario Crítica de Buenos Aires. Un nuevo cambio de registro se produce con «Los cazadores de marfil», un relato «de aventuras» que tiene su peripecia inicial en el río Congo y su resolución en una finca argentina. La nula conciencia moral de los protagonistas da lugar a una continuada serie de atrocidades y situaciones de humor negro. Al igual que en otros relatos en los que se pretende horrorizar al lector, la guinda se reserva para la última página: una «justicia poética» abominable. Un nuevo cambio de escenario acompaña al siguiente relato, «Las fieras», uno de los textos de mayor enjundia y más cuidadosamente escritos de la colección. Un voluntario descenso a los infiernos de la marginación porteña, donde el narrador se complace en mostrarnos una galería de perfectos canallas: jugadores, ladrones, sádicos, chulos, asesinos… ¡las categorías no son excluyentes! Una pintura negra, un aguafuerte escrito en el argot de los bajos fondos. Los dos siguientes relatos están ambientados en Marruecos, país que Arlt conocía de primera mano, pues entre 1935 y 1936 fue corresponsal del diario El Mundo. «Los bandidos de Uad-Djuari» es poco más que una broma benévola al estilo de Chesterton, que podría haberse inspirado en ella para añadir un capítulo más a su Club de los negocios raros. «La aventura de Baba en Dimish esh Sham» constituye una curiosa mixtura entre los cuentos de las Mil y una noches y las intrigas revolucionarias, donde no faltan ni traficantes de armas ni juicios sumarísimos. En estos dos relatos de ambientación africana se trasluce la fascinación que ejerció sobre Arlt el especial estatus cosmopolita de ciudades como Tánger o Fez, con su mezcla de barbarie y modernidad, y donde los espías de las diferentes potencias europeas se movían a sus anchas en el ejercicio de sus actividades secretas. Cierra la selección «La luna roja» (1941), uno de los relatos fantásticos más celebrados de Arlt, un anticipo apocalíptico y alegórico de las grandes convulsiones históricas que acompañaron los últimos años de vida del autor.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

«Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor de la fiesta no se podía menos de imaginárselos presidiendo la mesa redonda de un directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo cuyos árboles correrían linfas de petróleo
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El arte de pasear, de Karl Gottlob Schelle

Poco sabemos de la vida de Karl Gottlob Schelle (1777-1825), un discreto profesor de liceo alemán que compartió con otro insigne paseante, Robert Walser, la desdichada particularidad de morir en un manicomio. Autor de un puñado de textos filosóficos, la editorial Díaz & Pons nos ofrece ahora, en la colección «Vita aesthetica», su Arte de pasear (Die Spatziergänge oder die Kunst spatzierenzugehen, 1802, Leipzig), un libro escrito desde una perspectiva más ilustrada que romántica, y acorde con los principios de la llamada «filosofía popular». Es posible que al paseante moderno le parezcan triviales o desfasadas algunas consideraciones de Schelle (como cuando relaciona la idiosincrasia femenina con un tipo particular de paseo), pero la obra en su conjunto resulta atractiva, y reviste un considerable interés testimonial. Cualquier amante del arte de pasear o estudioso del tema disfrutará perdiéndose entre las páginas de esta verdadera Hercynia silva del paseo filosófico.

Desde los primeros capítulos Schelle muestra una notable preocupación por justificar su texto, es decir, por convencernos de que el paseo no es una cuestión baladí, indigna de ser abordada desde una perspectiva filosófica. No es de extrañar, por tanto, que el enfoque del asunto sea tan amplio y exhaustivo: lugares donde pasear, condicionamientos del paseo, influencia del caminar sobre el desarrollo del espíritu, los medios para desplazarse (coche, caballo o embarcación), fenómenos de la naturaleza (amaneceres y ocasos, estaciones, tormentas y vendavales…), la variable sintonía de la naturaleza con el ánimo del paseante, pájaros y plantas, música… Uno de los méritos indudables del libro consiste en extender el paseo a zonas limítrofes con la ciudad: avenidas, jardines, prados… A este respecto, como señala Federico L. Silvestre, el tratado de Schelle sería una especie de eslabón perdido «entre la tradición pintoresca o verde iniciada por Addison, y la generación urbana de flâneurs del XIX.» Porque Schelle busca el equilibrio entre el «fanfarrón estúpido», que hace del paseo una excusa para exhibirse, y el «cabeza sombría», misántropo que aborrece el encuentro con sus semejantes y se sirve de la naturaleza para emboscarse. Aunque el escritor no desdeña montañas y bosques impenetrables («sagrados»), su ideal parece ser el de una naturaleza humanizada, o al menos amable con el hombre, y resulta significativo a este respecto que, en su análisis de las diferentes estaciones del año, tras extenderse sobre la primavera, el verano y el otoño, no le quede palabra alguna para el invierno. Solo esta carencia marcaría distancias con un «cabeza sombría» como Thoreau, que escribió páginas tan profundas sobre la gélida estación. Por lo demás, no encontraremos en la obra de Schelle exageradas idealizaciones de la vida rústica, al modo virgiliano, ni tampoco una defensa del caminar como mero ejercicio físico (nada más alejado de sus ideales que las proezas del senderismo, nuestros modernos paseantes con podómetro o las llamadas «rutas del colesterol»). Cierra Schelle su tratado con un capítulo de gran atractivo e interés, «Notas y aclaraciones», donde cede la palabra a otros autores (Wieland, Rousseau, Kant, Garve, Schiller, Matthison, Schulz, Goethe…), reproduciendo y comentando numerosos pasajes de sus obras.

El arte de pasear, traducido por Isabel Hernández, se enriquece considerablemente con las aportaciones del editor, Federico L. Silvestre, autor de dos breves y documentados ensayos («El mundo a tres kilómetros por hora» y «Recorridos y paseos de papel»), donde, a modo de introducción y epílogo, analiza la obra de Schelle y su recepción moderna, así como la diferente consideración histórica del paseo, desde sus precedentes remotos hasta los enfoques más actuales, literarios, fenomenológicos o situacionistas. El texto viene acompañado además de algunos cuadros y dibujos antiguos, que ilustran los diferentes «escenarios» para el paseo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Vivir bajo el influjo de la naturaleza no significa precisamente vivir en el campo. El campesino vive en la naturaleza, camina siempre entre sus productos y, sin embargo, siente muy poco por ellos. […] Sólo quien vive alternando el campo y la ciudad mantiene vivo el interés por la naturaleza sin que sus impresiones se diluyan, y permanece en contacto con la sociedad cultivada, la única con cuyo trato se puede despertar una necesidad tan viva de la naturaleza».
Traducción de Isabel Hernández

El invierno, de Nicolas Poussin (1664)

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¿Dónde está mi cabeza?, de Benito Pérez Galdós

Es una verdadera lástima que don Benito no terminara este encantador cuento de Navidad, ¿Dónde está mi cabeza?, publicado en el número extraordinario de El Imparcial de 1892.  En cualquier caso, la editorial pacense El Verano del Cohete nos lo ofrece ahora preciosamente editado, y enriquecido además con los atractivos dibujos de Lorenzo Montatore. Siguiendo la estética de nuestro entrañable tebeo nacional, Montatore ha sabido exprimir todo lo cómico y festivo que subyace en el relato. La sintonía texto-ilustración me parece perfecta, y entre la copia de libros ilustrados que se nos insinúan cada día en los estantes de las librerías no recuerdo muchos que me hayan gustado y divertido tanto.

El anónimo protagonista de ¿Dónde está mi cabeza? es un erudito entregado en cuerpo y alma a la abstrusa ciencia de la «Aritmética filosófico-social». No es de extrañar, pues, que al despertarse una mañana en su cama descubra horrorizado que le falta la cabeza. A muchos lectores este estupendo inicio les recordará irremediablemente una de las fábulas más atroces de la literatura del siglo XX. Sin embargo, el tono del relato tiene poco de angustioso u horripilante. Aunque Galdós nos brindó algunos relatos encuadrables dentro del género fantástico, no creo que debamos buscar modelo en otras latitudes, ni siquiera entre perdedores tan insignes como Peter Schlemihl o Erasmus Spikher. Porque la peripecia del protagonista, más que un suceso fantástico, es una triste y nada rara dolencia, que lo emparentaría, si acaso, con nuestro licenciado Vidriera, al que un filtro amoroso arruinó el cerebro y le hizo creerse de cristal. No nos sorprenda, por tanto, que el descabezado erudito pueda ver y oír, y que sus desenfrenadas correrías y visitas sin cuento por Madrid en pos de la curación (o de la cabeza perdida) no despierten en sus espectadores especial sorpresa o temor. Es tan fácil perder la cabeza…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Las cabezas cortadas siempre han tenido, entre los franceses, cierto morboso atractivo. Ilustración de Tony George-Roux para una antigua edición de Les fleurs du mal, de Baudelaire (Paris, Alphonse Lemerre, sin fecha).

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Viaje terrible, de Roberto Arlt

El argentino Roberto Arlt (1900-1942) fue uno de esos escritores errabundos que viven su primera juventud a salto de mata. Hijo de inmigrantes europeos, abandonó pronto el hogar familiar para encontrar en la calle la mejor escuela de letras. Aparte de escribir literatura de ficción, ejerció diversas profesiones, notablemente las de periodista e inventor de escasa fortuna. Aunque en vida no se le juzgó un autor de primera, posteriormente -caprichos de la gloria- fue considerado nada menos que padre de la moderna narrativa argentina. Viaje terrible (1942), que nos ofrece ahora la editorial Eneida en su colección «Confabulaciones», se viene a sumar a otros títulos más conocidos, como El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El jorobaditoViaje terrible muestra muchas de las características peculiares del mundo literario de Arlt: personajes marginales o caricaturescos, tono paródico y burlesco, situaciones desaforadas… Incluso su afición a los inventos aparece reflejada en el personaje de Annie, la enamorada del protagonista, una ingeniero químico especializada en el látex que viaja hacia Shangai para explotar una patente de impermeables.

Viaje terrible es la crónica de una travesía en barco por el Pacífico, desde Antofagasta (Chile) hasta Panamá, puerto en el que debe desembarcar el narrador y protagonista de la historia: un «bala perdida» al que su encopetada familia se ha quitado de encima buscándole un ridículo trabajo como «agregado honorario» en un buque sonda americano. Tal como anuncia el título, la singladura se presentará trufada de incidentes, aunque no tan «terribles» para el lector como pueda suponerse. El interés de la novela emana sobre todo del estrafalario cóctel de personajes y sus exageradas actuaciones: un conde ladrón de guante blanco, una pirómana, una sueca feminista, el hijo de un emir, un pastor metodista, un adivino aguafiestas, tahúres, borrachos… Al barco, el Blue Star, no le funciona la radio (la TSH), y además ha cambiado recientemente de nombre: pronóstico segurísimo de mala suerte. Aparte de un bruto de capitán que impone orden a puñetazos, el malhadado buque cuenta con una tripulación de aficionados, entre los que destaca un antiguo guardagujas que provocó el choque de dos trenes. Con estas mimbres solo cabe esperar un periplo cuajado de desastres y chapuzas, que el sufrido pasaje sobrellevará con francachelas, actos de violencia o entablando relaciones amorosas, algunas tan delirantes como la que cabe esperar de una feminista que se prenda del hijo de un emir. Finalmente, todo este embrollo culminará en una serie de escenas que parecen la parodia de una novela de Julio Verne, de «La balsa de la Medusa», o incluso del Maelström de Poe. Sin embargo, nos hallamos en las antípodas de la fe ciega en el progreso, o de la evocación de espectáculos sublimes y aterradores… Todo es mucho más humano y risible. Un divertido esperpento que se lee con deleite.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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