Fragmentos (un poco carbonizados), de George Steiner

Siruela vuelve a presentarnos en su «Biblioteca de ensayo» un nuevo volumen de George Steiner (1929), brillante ensayista y gran conocedor de la cultura europea. Nos referimos a Fragmentos (Fragments. Somewhat Charred), un conjunto de ensayos publicados originariamente en Kenyon Review (2012), traducidos para la ocasión por Laura Emilia Pacheco. Un ficticio autor antiguo, Epicarno de Agra, y el improbable hallazgo de unos pergaminos carbonizados en una biblioteca de Herculano son la excusa para ofrecernos ocho breves e intensas meditaciones. Cada fragmento conservado -una frase mínima, en ocasiones incompleta, enigmática o ambigua- se convertirá en un aforismo digno de ser glosado. Es indudable que «leemos» el mundo según nos interesa, y al igual que los pacientes del psicoanálisis leían en las manchas de Rorschach sus propias obsesiones, Steiner ha jugado a ver en estos ocho fragmentos de Epicarno los temas de meditación que más le preocupan, un estimulante abanico de asuntos transcendentes y siempre actuales: el amor y la amistad, el dinero y el mal, la inteligencia y la música, Dios y la muerte… Todo desgranado con ese estilo brillante y dinámico que lo caracteriza, denso y literario, rico en alusiones culturales de todo tipo cuyo desciframiento constituye un placer añadido. Es verdad que en estas reflexiones encontramos más preguntas que respuestas… Quizás porque la función del pensador no sea tanto contestar como plantear interrogantes. Donde fallan las preguntas reina la intolerancia.

«Cuando el rayo habla, dice oscuridad» glosa la rica simbología del relámpago, cargado de connotaciones míticas, filosóficas y literarias. Al amparo de dicha figura, Steiner profundiza en la negación y sus paradojas: «para definir qué es, hay que definir qué no es». El relámpago pone de manifiesto la oscuridad, de la misma manera que un inesperado silencio realza la música que viene después (recordemos las dramáticas pausas de la Incompleta de Schubert). El rayo es también el mejor símbolo de nuestro efímero tránsito sobre la Tierra. En «Amistad, homicida del amor» se reflexiona sobre esos dos sentimientos humanos tan valorados, tradicionalmente juzgados como antagónicos. La amistad, acto de libertad desinteresado, contrasta con la pasión asimétrica y exigente del amor, con la líbido irresistible, concomitante con tánatos en su carácter insaciable. La síntesis solo se alcanzaría en esas privilegiadas relaciones de pareja que, con el paso de los años, derivan en apacible camaradería y mutua tolerancia. «Hay leones, hay ratones» es una apasionante indagación sobre las desigualdades del intelecto, casi tan despiadadas como las del cuerpo («privilegios de la belleza»). ¿Cuál es la explicación del genio? ¿Hasta qué punto influyen en la excelencia intelectual la genética, la herencia o las condiciones sociales? No pierde Steiner la oportunidad de brindarnos un descorazonador panorama de las desigualdades que presiden nuestro mundo. En el siguiente ensayo, «El mal es», se nos ofrece un sugestivo resumen de las diferentes teorías sobre el mal, desde las que niegan su pura existencia (el mal sería simple ausencia del bien), hasta los modernos enfoques terapéuticos que lo consideran un mero accidente neurológico susceptible de curación. Sin embargo, el mal es persistente, acompaña a la Humanidad en su devenir histórico, no obstante sus innegables avances éticos y sociales. ¿Cómo es posible que reaparezca en contextos aparentemente normales, entre personas cultas y mentalmente sanas? ¿Es una constante inalienable, encastrada sin remedio en nuestra psique humana?  En «Canta dinero a la diosa» se explora el carácter ambivalente de la riqueza. El dinero y el lucro son considerados en ocasiones como moralmente indecentes, algo propio de usureros, y han sido rechazados por poetas y filósofos de todos los tiempos. El mito de Midas y el tonel de Diógenes son dos buenos ejemplos. Sin embargo, la riqueza es también un premio, la merecida recompensa a una vida de trabajo honesto y constante. Así parecen confirmarlo los finales felices de algunas novelas (Steiner cita a Jane Austen), donde la situación saneada de los enamorados promete una dicha sin sobresaltos. Pero lo que impera en nuestro mundo actual -prosigue Steiner- es el capitalisme sauvage y sus vergonzosas secuelas de pobreza, crimen y explotación. Ni siquiera la religión parece librarse de los intentos de «soborno», de los diezmos, indulgencias y limosnas con que pretendemos conquistar la benevolencia de los dioses. Tres mil años después, continuamos bailando alrededor del becerro de oro. En «Desmiente al Olimpo si puedes» se aborda el tema de la existencia de Dios. ¿Por qué Dios se muestra ausente, o parece distraído ante nuestros sufrimientos, las injusticias, los dolores gratuitos e innecesarios? Se revisan los argumentos a favor y en contra, para terminar concluyendo la falta de pruebas determinantes en uno u otro sentido. En el fragmento «¿Por qué lloro cuando canta Arión?» se aborda el tema de la música, de su significado y misteriosa influencia sobre el hombre. Que entre temas tan «mayores» haya quedado un hueco para la música, no sorprenderá demasiado a los que sepan del significado transcendente que los filósofos de todas las épocas han concedido a este arte: una tradición de pensamiento en la que Steiner se inserta muy gozosa y conscientemente. Lo único seguro -y quizás lo más importante- es que la vida sin música sería intolerablemente pobre. Finaliza Steiner su libro glosando el fragmento de Epicarno que reza «Amiga Muerte», oxímoron que le sirve para reflexionar sobre la traumática experiencia que debió suponer para la Humanidad el paulatino descubrimiento de su mortalidad universal e irremediable, origen de creencias y fantasías paliativas de todo tipo: dioses, héroes inmortales, patriarcas centenarios, resurrecciones, elixires y fuentes de eterna juventud… El deseo de prolongar artificialmente la vida humana contrasta dolorosamente con las aniquilaciones que han perpetrado las últimas contiendas mundiales. Desde luego que la ilusoria esperanza de que la ciencia nos permita algún día alcanzar la inmortalidad se compadece poco con esas armas de destrucción masiva que la moderna tecnología nos brinda para aniquilar el planeta en cuestión de horas. Pero ¿merece la pena prolongar la vida a todo coste? -se pregunta Steiner. Tras pintarnos un duro cuadro con las miserias físicas y mentales que conlleva alcanzar una edad avanzada, Steiner concluye abogando por una mayor libertad a la hora de decidir sobre nuestro fin: solo entonces podremos hacer nuestro el aforismo de Epicarno.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Lenin tenía pavor de que la Apassionata de Beethoven pudiera desviar su voluntad bolchevique de las severidades requeridas. La sublimidad wagneriana juega un papel notable en la autoimagen del Reich de Hitler. Así también la Novena Sinfonía de Beethoven. El hecho de que esta misma obra sirva de himno para el comunismo como para las Naciones Unidas enfatiza el juicio de Platón acerca del papel demoniaco de la música. Sin embargo, justo antes de morir, Sócrates canta.» (traducción de Laura Emilia Pacheco)
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Cuentos japoneses de doncellas, de Grace James

La editorial madrileña Quaterni, especializada en literatura oriental, inaugura su nueva colección de «Miniaturas» con estos Cuentos japoneses de doncellas, una breve selección de relatos y leyendas extraídos de Japanese Fairy Tales (Londres, 1910), la obra más conocida de la escritora inglesa y orientalista Grace James (1864-1930). En la nota preliminar que acompañaba a la edición inglesa, la autora -residente en Japón- revelaba al lector sus fuentes de inspiración: el famoso Kojiki («Crónicas de antiguos hechos del Japón») y sus propios recuerdos de escuela y niñez. La edición original se acompañaba asimismo de un buen número de atractivas ilustraciones, obra del reputado artista Warwick Goble.

De los treinta y ocho cuentos recogidos en Japanese Fairy Tales, Quaterni nos ofrece siete, seleccionados y traducidos por Juan Jiménez Ruiz de Salazar. Divinidades condenadas a un amor imposible o que viven un destierro involuntario, doncellas prisioneras de un fatal destino, espíritus maléficos que amenazan a los mismos hombres que seducen, zorros disfrazados de niñas, geishas sacrificadas por amor… Es probable que algunas de estas historias ya las conozcan los aficionados a la literatura japonesa (la tejedora celeste, el cortador de bambú, la doncella de la nieve…), pero no creo que esto les impida disfrutar de unas versiones tan encantadoras. Grace James fue una apreciada escritora de cuentos infantiles, y aunque sus relatos japoneses no están expresamente dirigidos a un público menor, algo tienen de la simplicidad e inmediatez de los cuentos para niños. Hay sin duda caminos más directos y genuinos para adentrarse en los mitos y leyendas del Japón, pero creo que estas versiones occidentales primeras tienen -como las de Lafcadio Hearn- su propio valor y atractivo; y en el caso particular de Grace James, el indudable mérito de ganarse el interés del lector con los recursos literarios más sencillos.

Reseña de Manuel Fermández Labrada

 

«… y su voz se fue perfilando como si se convirtiera en el penetrante aullido de un viento invernal. Su figura se deshizo como una guirnalda de nieve o una blanca nube de vapor. Por un instante se quedó en el aire, después ascendió lentamente a través de la chimenea y nunca más se la vio. Y así fue como acabó la felicidad del hombre, que siguió buscando todos los inviernos a su amada en la nieve de las tormentas y en las oscuras nubes que cubren sus heladas noches.» (traducción de Juan Jiménez Ruiz de Salazar)
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Cuentos de lluvia y de luna, de Ueda Akinari

Cuentos de lluvia y de luna (Ugetsu Monogatari, 1776) es uno de los mejores exponentes del género fantástico japonés. Su autor, Ueda Akinari (1734-1809), fue también autor de otra famosa colección de relatos, Cuentos de la lluvia de primavera (Harusame Monogatari, 1808), recientemente publicada por Satori. Cuentos de lluvia y de luna es un libro de espíritus y demonios, de transformaciones y apariciones espectrales, impulsadas siempre por una pasión desenfrenada, un sufrimiento intolerable o la necesidad de cumplir con una promesa o ejercer una venganza. La editorial madrileña Trotta nos brinda la oportunidad de leer este apasionante libro en la traducción de Kazuya Sakai, que ha anotado profusamente el texto y escrito un amplio y profundo estudio preliminar.

El primer relato, «Shiramine», es uno de los más complejos de todo el libro, debido a la riqueza de sus referencias históricas. Tiene como protagonista al famoso poeta-monje Saigyō (1118-1190), que en uno de sus viajes visitó el mausoleo del emperador Sutoku en el monte Shiramine. Durante su piadosa velada nocturna, el monje recibirá la visita del espectro del monarca, que aún después de muerto presume de su poder para influir nefastamente en la suerte de sus enemigos. El escandalizado monje, que le predica sin demasiado éxito los preceptos budistas más acordes a su condición de finado, deberá escuchar una atormentada lección de historia y realpolitik. «Cita en el día del crisantemo» se considera uno de los cuentos más logrados del libro, aunque sólo desde la óptica de un samurai resulte verosímil adoptar un recurso tan extremo para cumplir con una cita. Un tributo a la constancia que deja tras de sí un suicidio y un asesinato. A los lectores que conozcan la obra de Lafcadio Hearn quizás les interese saber que el cuento fue recogido en A Japanese Miscellany (1901) bajo el título de «Of a Promise Kept». «La cabaña entre las cañas esparcidas» es un emocionante relato en torno a la figura de la mujer abandonada, al que no resta patetismo el hecho de que el alejamiento prolongado del esposo (siete años) sea involuntario. En un contexto de guerra, desórdenes políticos y miseria (magistralmente evocados por el autor), el reencuentro de la pareja sólo será posible en el terreno de los sueños o la experiencia sobrenatural. La escena del regreso nocturno del esposo (la cabaña que fue su hogar todavía ofrece un resquicio de luz en medio de los campos asolados) es realmente conmovedora. «Carpas como las soñadas» cuenta la fantástica aventura del monje Kogi, famoso pintor y amante de los peces, que durante un largo sueño se ve metamorfoseado en una carpa. Retornado a su condición humana, todavía tiene tiempo de poner sobre aviso a quienes están a punto de comerse el pez que le sirvió de huésped, hondamente asombrados con la narración de los detalles de su captura y trinchado. Un relato con ribetes de humor que fue también adaptado libremente por Hearn («The Story of Kogi the Priest»). Como tema secundario, la fantástica creencia de que algunos dibujos magistrales pueden cobrar vida independiente y abandonar el lienzo (como en «The Story of Kwashin Koji», recogida por el mismo Hearn). En «Buppōsō» se narra la experiencia sobrenatural de dos peregrinos obligados a pernoctar al raso en el santuario budista del monte Kōya. Acunados por el canto del misterioso pájaro Buppōsō, padre e hijo se ven sorprendidos por la aparición espectral de un famoso señor de otros tiempos, Toyotomi Hidetsugu, que pena su crueldad acompañado de un séquito de guerreros y sirvientes. El aterrorizado peregrino deberá distraer al temible caudillo recitándole un haiku de su invención, que será luego completado (hasta formar un tanka) por un poeta del séquito fantasmal. El título del siguiente relato, «El caldero de Kibitsu», alude a una ceremonia japonesa de adivinación, que en el caso particular de Sotaro e Isoda anuncia un desastroso himeneo: el lascivo Sotaro se marcha con una cortesana y su esposa muere de pena tras sufrir en silencio las humillaciones derivadas de su abandono. Pero el férreo código de conducta que impide a la mujer oponerse en vida a las abusos de su esposo queda derogado con la muerte, y la difunta Isoda se transformará en un sanguinario demonio sediento de venganza. «La impura pasión de una serpiente» es una historia con cierta semejanza a la que inspira el poema Lamia de Keats. Manago y Maroya son dos serpientes diabólicas atraídas por la belleza del protagonista, Toyowo, al que intentan seducir adoptando la apariencia de una bellísima viuda y su joven criada. La intervención casual de un anciano clarividente, que pone en evidencia su verdadera identidad, interrumpe bruscamente el idilio y las jovenes desaparecen. Los ulteriores intentos de las dos mujeres-serpientes para reconquistar al aterrorizado Toyowo fracasan, y el joven no ve otro camino para librarse de ellas que solicitar los servicios de un monje budista. Cuando Manago, convencida al fin de que su amor es rechazado, descubra además que su antiguo amante prentende aniquilarla, reaccionará transformándose en una terrorífica serpiente. Se cierra el libro con «El capuchón azul», un breve y contundente relato de terror. Una vez más, una pasión desmedida e ilícita es responsable de una monstruosa transformación: un anciano monje, prendado de su joven neófito, sufre tras su repentina muerte una perniciosa obsesión que lo convierte en una bestia necrófaga. Un maestro zen, que recorría casualmente la zona, intenta calmar al enloquecido monje instándole a meditar sobre un poema. La escena final, en la que, transcurrido un año, el maestro retorna al monasterio abandonado y golpea con su bastón al monje enloquecido (que todavía sigue recitando los versos que le encomendó, convertido ya en cadáver), alcanza altas cotas de horror.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El maestro zen lo miró detenidamente; luego, empuñando el bastón, gritó: «¡Qué pasa, pues!», asestándole un feroz golpe en la cabeza; la figura se disipó como el hielo bajo el sol de la mañana, y sobre las hierbas sólo quedaron los huesos del monje y el capuchón azul». (traducción de Kazuya Sakai)
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Diapsálmata, de Søren Kierkegaard

Las fronteras entre literatura y filosofía son, en ocasiones, venturosamente difusas. Quien haya leído a Goethe o a Nietzsche -por citar solo un par de nombres- podrá dar cuenta de la veracidad de esta afirmación, que tiene en la figura del filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) otro testimonio de peso (y no solo porque fuera autor de esa novelita tan encantadora, Diario de un seductor). «Diapsálmata» es palabra griega que viene a traducirse como «entre salmos». Si he entendido bien lo que explica Enrique Bernárdez en su introducción, se trataría de algo parecido al interludio pianístico que enlaza las diferentes estrofas de un lied o canción. Mientras descansan discurso y cantante, el tapiz sonoro del piano, que antes era fondo, pasa ahora a primer plano. No es lo más notable, pero sí lo fundamental, lo que estaba siempre en el fondo, aunque no lo percibiéramos con total nitidez. Puede ser una explicación del título… Pero que cada cual lo entienda como mejor le parezca. ¿No comenzamos diciendo que filosofía y literatura debían ser hermanas?

Diapsálmata es solo la primera sección de una obra más extensa, O lo uno o lo otro (Enten-Eller, 1843), primera obra publicada por Kierkegaard, en la que se incluían diversos textos, como Los estadios eróticos inmediatos o el erotismo musical, o Diarios de un seductor. La obra en su conjunto se presenta como anónima, artificio de larga tradición en la literatura de ficción, que anuncia ya con claridad la vocación literaria del texto. Basta con leer el brillante prólogo del libro para percibir el deleite con el que Kierkegaard teje la compleja ficción de los dos autores anónimos (A y B) y del hallazgo de los manuscritos en el cajón oculto de un viejo escritorio. Diapsálmata, especie de «aperitivo» o anticipo del libro en su totalidad, está compuesto por un abigarrado conjunto de paradojas, anécdotas, reflexiones, aforismos, introspecciones, recuerdos, observaciones, citas de clásicos… Son textos breves, en ocasiones de unas pocas líneas, afinados casi siempre en un tono pesimista y desengañado, donde abundan la ironía y el desaliento, sin faltar algunas gotas de humor. No son raras en Diapsálmata las contradicciones: un primer muestrario quizás de esas mismas incoherencias que le reprocharían siempre sus detractores, y que el filósofo justificaba por su rechazo a los sistemas filosóficos cerrados, y del que hacía gala adoptando habitualmente seudónimos y nombres ficticios para firmar sus obras. El destino del poeta, la miseria de lo humano, la crítica de la razón, la felicidad, el amor, la vanidad, el placer, el desengaño… son algunos de los temas sobre los que reflexiona el autor. Es llamativo el entusiasmo que transmiten algunos textos que hablan de música. Bastan una notas de Mozart, apenas oídas por la ventana abierta a unos músicos ambulantes que tocan en la calle, para que el sol brille de inmediato sobre el deprimido ánimo del filósofo… La alusión a su músico preferido, Mozart, no es, desde luego, casual, y sirve de anticipo al posterior ensayo sobre el «erotismo musical» que figura en el mismo volumen de Enten-Eller, y que tiene como figura protagonista al infatigable seductor del Don Giovanni. Como en otros filósofos alemanes, también la música adquiere una importancia cardinal en el pensamiento del danés. Música, literatura, filosofía… ¡no todas las culturas tienen la suerte de contar con una base tan sólida!

Se entresacan al final del volumen algunos pasajes de los Diarios de Kierkegaard, aquellos precisamente donde aparecen prefigurados algunos de los textos de Diapsálmata. Podremos así observar su proceso de gestación, su paso de lo particular y coyuntural a lo universal y permanente. Los textos pierden algunas claves explicativas, pero ganan en interés. Se vuelven más enigmáticos; más literarios, en suma.

Diapsálmata ha sido siempre uno de los textos más populares de Kierkegaard, y el deleite del lector que se enfrente a esta nueva edición está asegurado. Enrique Bernárdez ha prologado, anotado y traducido el texto del danés, y Hermida Editores ha tenido el acierto de vestírnoslo en edición exenta, en un libro exquisito que no nos cansamos de leer una y otra vez. Diapsálmata es, sin duda, una obra con vocacion de relectura, placer que se atenuaría mucho entre las páginas de un libro voluminoso.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Ay, la puerta de la felicidad no se abre hacia dentro, no podemos entrar por ella como una tromba, dándole un empujón; sino que se abre hacia fuera, y nada se puede hacer.» (traducción de Enrique Bernárdez)

«Sucedió en un teatro, que se prendió fuego en los bastidores. Un payaso salió a informar al público. Los espectadores creyeron que era una broma y aplaudieron; lo repitió; le ovacionaron aún más. Así creo yo que se irá a pique el mundo en medio del júbilo generalizado de las sabias cabezas que creen que se trata de un chiste.» (traducción de Enrique Bernárdez)
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De la A a la Z de un pianista. Un libro para amantes del piano, de Alfred Brendel

Algunos artistas no se resignan a dejarnos un único testimonio de su genio. Toman la pluma y escriben sobre su arte, de su manera personal de vivirlo o de valorarlo. No les basta con las manchas de color que quedan sobre el lienzo o las notas musicales grabadas en una cinta magnetofónica. Quieren tomar la palabra y ser más explícitos, iluminar desde dentro su legado. Justificarlo o hacerlo más comprensible, más perdurable. Cuando se trata de verdaderos artistas no podemos sino congratularnos y prestarles toda nuestra atención. Este es el caso del libro que hoy nos ocupa: De la A a la Z de un pianista, de Alfred Brendel (1931), uno de los intérpretes de piano más destacados y reconocidos de la pasada centuria, gran especialista del piano clásico y romántico (Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert…), autor de interpretaciones y grabaciones de referencia absoluta. En Alfred Brendel se añade además una inquietud literaria, su afán por la escritura, que le ha llevado a ser autor de diversos ensayos musicales y libros de poesía. De la A a la Z de un pianista (A bis Z eines Pianisten, Múnich, 2012) ha recibido una excelente acogida en nuestro país. El propio autor vino a presentarlo hace un par de años, y concedió una entrevista a un diario nacional donde nos contaba que en la actualidad vive un tanto alejado del piano y entregado a la literatura… Hablamos de un libro cuyo interés sobrepasa ampliamente el círculo de melómanos y aficionados al piano.

Siguiendo precedentes tan notables como los de Flaubert o Ambrose Bierce, Brendel nos ofrece con su libro un verdadero «diccionario de autor», una obra original donde el enfoque subjetivo impregna cada página, impulsando al texto mucho más allá de lo que parece prometer el título. No se trata, pues, de un diccionario de música convencional, que abrimos para consultar una duda puntual; sino de un texto personal que deberemos leer y releer a nuestro propio capricho, saltando de una entrada a otra, o desde la primera hasta la última página, pero siempre gozando de una singularidad que nos obliga a permanecer muy atentos, pues debajo de su ordenación aparentemente sencilla (la de un vademécum para pianistas principiantes) se esconde una notable complejidad, tanto por su ocasional tono aforístico como por la sutileza y profundidad del análisis. Una atrayente mezcla de observaciones y meditaciones personales, nacidas tras una larga y fecunda práctica musical, junto con el eco de lecturas, conversaciones y anécdotas diversas que son el apasionante reflejo de un estrecho contacto con el piano y la vida musical que lo rodea.

Como era de esperar, las entradas referidas a conceptos interpretativos tienen un gran peso en el libro. Algunas pertenecen de lleno al terreno de la técnica pianística: pedales, digitación, octavas, ataque, trinos, cantabile, staccato… Otras tienen un alcance más general: fidelidad al texto, metrónomo…; y en general, todas las relativas a agógica, carácter o dinámica, así como a la filosofía de la interpretación: continuidad, equilibrio, unidad… No podían faltar tampoco entradas para los compositores que han jugado un papel cardinal en la música pianística «cantabile», y han sido, en diversa medida, patrimonio esencial del repertorio de Brendel: Schubert, Beethoven, Haydn, Brahms, MozartSchumann, Liszt, Chopin… Pero también Bach o Scarlatti, para cuyas obras clavecinísticas reivindica Brendel una interpretación pianística complementaria (por su gran valor pedagógico) que los fanáticos de las versiones historicistas han negado en ocasiones. Las esporádicas alusiones a compositores más contemporáneos (como Bartók, Ligeti, Webern o incluso Kagel), alejados de su repertorio habitual, testimonian su interés y respeto por el arte del siglo XX (Brendel ha interpretado numerosas veces el Concierto para piano de Schönberg). El estudio de los compositores se acompaña con el repaso de algunas de la principales formas musicales pianísticas, como es el caso del lied, la fantasía (y su relación con la improvisación), el concierto para piano y la variación, de las que se analizan algunas de sus representaciones más emblemáticas para piano: Wanderer, Hammerklavier, etc. Aunque no les concede entrada propia, Brendel nos descubre también su preferencia por determinados intérpretes del piano (soslayando cortésmente a los contemporáneos). Los nombres de maestros como Busoni, Artur Schnabel, Edwin Fisher, Alfred Cortot o Wilhelm Kempff afloran repetidamente en el texto. Destacan también en el libro un conjunto de entradas de índole diversa pero de gran interés: arreglos musicales, grabaciones fonográficas, programas de concierto, repertorio… En este «diccionario» tan personal no faltan ni siquiera entradas puramente cómicas, como jammerklavier (piano de alaridos), tos, o yuck (interjección de disgusto), muestras de su reconocido sentido del humor.

Tras la lectura de este intenso y ameno libro se descubre la figura de un intérprete ponderado y escrupuloso, atento a las sutilezas del sonido; respetuoso de la figura del compositor, pero soberano en sus decisiones interpretativas: una feliz síntesis de reflexión y conocimiento, de técnica y sentimiento.

De la A a la Z de un pianista ha sido traducido del alemán para Acantilado por Jorge Seca, y cuenta con unos graciosos e imaginativos dibujos de Gottfried Wiegand (1926-2005), un artista por el que Brendel ha manifestado expresamente su inclinación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Que los seres humanos estamos hechos de contradicciones es algo que se sabe desde mucho antes de Hegel. El intérprete es un buen ejemplo de ello. Toca para el compositor y al mismo tiempo para el público. Debe tener una visión panorámica de toda la pieza y, al mismo tiempo, hacerla surgir del instante. Sigue un plan y se deja sorprender a un tiempo. Se domina y se olvida de sí mismo. Toca para él y al mismo tiempo para el último rincón de la sala. Impresiona por su presencia y, cuando la suerte le es propicia, se disuelve al mismo tiempo en la música. Es un soberano y un sirviente. Es un convencido y un crítico, un creyente y un escéptico. Cuando sopla el viento adecuado se produce la síntesis en la interpretación.» (traducción de Jorge Seca)
«El staccato puede sonar entonces como si hubiera un batallón de pájaros carpinteros en la obra.» (traducción de Jorge Seca)
«Sin duda, el intérprete depende al mismo tiempo de las circunstancias acústicas y del estado del piano de cola. Hay salas que acogen y ennoblecen el sonido, y otras que lo adulteran, lo enturbian o lo desecan. Hay pianos «con los cuales hay que arreglárselas como uno pueda», y otros cuyos resplandor y alma salen al encuentro del intérprete a medio camino. La frase «no hay pianos de cola malos sino tan sólo malos pianistas» bien puede habérsele ocurrido a un demonio disfrazado de vendedor de pianos.» (traducción de Jorge Seca)
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Sobre el dragón del abismo, de Izumi Kyōka

El japonés Izumi Kyōka (1863-1939) fue un escritor a contracorriente, romántico y fantástico en una época naturalista, lo que no le impidió alcanzar una amplia aceptación ni recibir elogiosas valoraciones de escritores como Mishima o Kawabata, que reconocieron su magisterio. Ediciones Satori, que lo dio a conocer en nuestro país publicando El santo del monte Kōya, nos obsequia ahora con una nueva selección de relatos, Sobre el dragón del abismo, un conjunto de cuatro cuentos fantásticos y terroríficos, escritos entre 1896 y 1926, representativos de las distintas fases de su evolución estética. Los textos vienen acompañados de un excelente prólogo del traductor, Alejandro Morales Rama, donde se nos proporcionan las claves necesarias para comprender en profundidad el significado y alcance de los diferentes relatos, tanto en el contexto personal y literario del autor como en su complejo trasfondo cultural. Vaya por delante, sin embargo, que los textos gozan de la autonomía suficiente como para imponerse y deleitar por sí solos al lector más desprevenido. Cierra el volumen un útil glosario de términos japoneses.

El primer relato, «Sobre el dragón del abismo» (1896), narra las tribulaciones fantásticas de un niño perdido en el bosque. La picadura de un extraño y vistoso insecto multicolor (un escarabajo tigre) actúa sobre Chisato como un potente catalizador, trasladándolo a una dimensión fantástica paralela plagada de yōkai. En este mundo incierto y peligroso, una mujer alta y bella -una especie de divinidad- lo acoge en su seno y lo conduce a su morada, cumpliendo sus fantasías de niño sin madre. Esta figura femenina materna (elemento recurrente en la obra de Izumi Kyōka) tiene su correlato real en la hermana de Chisato -temida y adorada a la par-, cuya presencia no deja de manifestarse ni siquiera durante el desarrollo de la peripecia fantástica. La vuelta a la normalidad de Chisato vendrá acompañada de la ineludible convalecencia, de su exposición a un exorcismo budista que concitará una tormenta con efectos devastadores sobre la naturaleza y el paisaje circundantes. El segundo relato, «El pájaro misterioso» (1897), tiene también como narrador y protagonista a un niño imaginativo, que vive con su madre en una diminuta garita emplazada sobre un puente. Esta reducida familia de marginados, que sobrevive cobrando peaje a los transeúntes, sobrelleva la dureza del trato con sus semejantes gracias a una original ocurrencia de la madre, que consiste en restar importancia a las actitudes humanas identificándolas con las de los animales. Como consecuencia de esta enseñanza, el niño expondrá ante su escéptica maestra una deliciosa serie de argumentos y observaciones tendentes a demostrarle que los humanos no son superiores en nada a los animales. Y es que bajo la atenta y creativa mirada del niño los adultos manifiestan su esencia más mezquina y ridícula, como sucede con ese presuntuoso jurista que no desea pagar el peaje, o con el viejo decrépito que captura arteramente con una liga a un delicado pajarillo que pía despreocupadamente sobre la rama de un árbol. Como en el relato anterior, cobra importancia extrema la figura materna, que emprende su vuelo fantástico con esa misteriosa mujer alada que, según la madre, lo salvó en cierta ocasión de ahogarse en el río. También aquí la entidad femenina se enriquece desdoblándose en dos horizontes, el real y el imaginado. El siguiente relato, «Historia de los tres ciegos» (1912), supone un notable cambio de registro. Ahora nos enfrentamos a una historia de adultos, terrorífica y siniestra, marcada por un tono ominoso y el descarnado desarrollo de los acontecimientos. El protagonista es un enamorado que acude a una cita nocturna con una mujer. Al ascender por una empinada callejuela de arrabal, rodeada de precipicios y aislada por una espesa niebla, se topa con tres miserables ciegos ambulantes, masajistas de profesión, que le advierten del peligro de pasar junto al yōkai «devorador de sombras» que acecha bajo la quinta farola. En este escenario de pesadilla, morosamente descrito por el narrador, se rememora una historia de amor preñada de horrores, superstición y miseria. «El fantasma que esconde sus cejas» (1926) es una elaborada historia de aparecidos, ambientada en un albergue tradicional de montaña. El gozoso descanso del viajero, las corteses atenciones que recibe, los platos suculentos que degusta… crean una inicial atmósfera de bienestar que se verá pronto alterada por la aparición de manifestaciones sutiles de orden sobrenatural…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Aunque cazó el gorrión triguero con mucha astucia, el pajarito gorjeaba, estaba diciendo algo. Mientras que el viejo allí, callado, era incapaz de decir nada ni siquiera a mí, que estaba a su lado mirando. Si los comparamos, no sabría decir cuál de los dos es superior.» (traducción de Alejandro Morales Rama)
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Pasión de las santas Perpetua y Felicidad

Passio Perpetuae et Felicitatis es un breve texto latino del siglo III, presumiblemente escrito o compilado por Tertuliano (c. 160-220), que narra el martirio sufrido por un grupo de cristianos en abril de 203 en el anfiteatro de Cartago. La política continuista de Septimio Severo en la persecución de credos considerados nocivos para el Estado, así como el celo local de las autoridades africanas en fechas especialmente sensibles (natalicio de Geta, boda de Caracalla, etc.), explicarían este rebrote de intolerancia religiosa en un rincón del imperio que era solar natal de la dinastía reinante. Como era habitual, a los mártires se les imputa su conversión al cristianismo y su negativa a ofrecer sacrificios por la salud de los príncipes. El castigo que se les aplicará en consecuencia, para diversión del pueblo, será su sacrificio ad bestias en el circo (una prueba de la que veremos salir indemnes a la mayoría, pero que se verá culminada brutalmente por la espada del gladiador). El interés histórico de este texto se incrementa mucho por incluir un testimonio en primera persona de su principal protagonista, Vibia Perpetua, una joven perteneciente a la nobleza cartaginesa y madre de un niño de pocos meses. Passio Perpetuae et Felicitatis nos ofrece, pues, no solo una rara muestra de literatura femenina latina, sino también un valioso testimonio del sacrificio de cristianos en el circo romano, un fenómeno popular y mediático como pocos, frecuentemente falseado o trivializado. La traducción de Alejandra de Riquer, que nos brinda Acantilado, se completa con una interesante y necesaria introducción de Armand Puig.

Perpetua destaca por su orgullo y entereza, producto de su gozosa identificación con la condición de mártir, pero también de su mayor instrucción y conciencia de clase, que le permite erigirse en líder del grupo: se encara con el tribuno de la cárcel, exigiéndole un trato más humano, y se opone a que las vistan de sacerdotisas de Ceres en su enfrentamiento con las fieras. En una dimensión más privada, Perpetua muestra también una gran firmeza ante los ruegos, llantos y amenazas de su padre, que no duda en «chantajearla» emocionalmente con el hijo lactante en su deseo de verla abandonar una posición tan vergonzosa para la familia. Pero las mayores muestras de coraje las ofrece Perpetua en el desarrollo mismo del suplicio, al arreglarse el cabello tras la embestida de la vaca, o cuando ofrece su cuello al bisoño gladiador que no acierta a darle la puntilla. La otra mártir, la esclava Felicitas, muestra un relieve mucho menor en el texto, aunque su figura de madre embarazada de ocho meses no deja de añadir un hondo dramatismo a su sacrificio. Su parto prematuro dos días antes de los juegos es mostrado como una concesión del Cielo a su deseo de no verse separada de sus compañeros de martirio (el derecho romano prohibía el ajusticiamiento de embarazadas). Sobra decir que en el bando pagano los personajes están muy desdibujados: Hilariano, el procurador de Cartago, que suple al procónsul recién fallecido, el padre de Perpetua, el suboficinal de la prisión Pudente (que terminará convertido por ejemplo de los mártires), y ese populacho inconsecuente que se escandaliza porque pretenden exhibir desnudas a las mártires, pero que exige que sean apuntilladas en el centro del anfiteatro para regodearse mejor con su agonía. Y es que la acción de las fieras no ha debido ser lo suficientemente «inhumana» para su gusto: un oso que no se ha atrevido a salir de su jaula, un jabalí que ha herido «equivocadamente» al gladiador, una vaca que ha derribado con escaso daño a Perpetua… Las peores fieras estaban en las gradas.

Aparte del carácter testimonial del opúsculo, ofrecen gran interés alegórico las cuatro visiones que experimentan dos de las víctimas en los días anteriores a su sacrificio. En la primera de ellas, Perpetua sueña con una estrecha escalera de bronce que asciende al Cielo, flanqueada por todo tipo de armas blancas y custodiada por una serpiente a la que logra pisar la cabeza, confirmación de su inminente martirio. La segunda visión de Perpetua la protagoniza su hermano Dinócrates, muerto a los siete años de edad por una úlcera en la cara. En un primer sueño, el niño se le aparece sufriendo sed junto a una alberca de agua purísima que no puede alcanzar. La conclusión de la visión, que se le presenta días después tras sufrir la tortura del cepo, le muestra a Dinócrates ya curado de su llaga y bebiendo agua en una copa de oro. Su tercera visión la constituye el combate con un egipcio, símbolo diabólico equivalente a la serpiente, y al que también vence poniéndole el pie en el cuello (es significativo que para librar este combate Perpetua se vea metamorfoseada en hombre y ungida con aceite, como un gladiador). Estas tres visiones de la protagonista, que no son sino un anuncio de su triunfo sobre el demonio, se complementan con la del catequista Sáturo, en la que los mártires son conducidos en volandas al Paraíso por cuatro ángeles.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Para las muchachas, el diablo preparó una vaca de las más salvajes -algo fuera de lo habitual-, a fin de equiparar el sexo de ellas con el de la fiera. Así, pues, las hicieron salir sin sus ropas y cubiertas sólo con unas redes. El público se horrorizó al darse cuenta de que una era una joven delicada [Perpetua] y de que la otra [Felicidad], cuyos pechos destilaban todavía leche, acababa de dar a luz. Entonces se las llevaron y las hicieron salir vestidas con unas túnicas sueltas. Perpetua fue la primera en ser embestida y cayó de espaldas. Cuando se sentó, agarró la túnica, que se la había desgarrado por un lado, para taparse el muslo, más preocupada por el pudor que por el dolor. Después, buscó su aguja y se recogió el cabello, que se le había soltado; era impropio de una mártir afrontar el sufrimiento con el cabello suelto, no fuera que pareciera que, en su momento de gloria, estaba de duelo.» (traducción de Alejandra de Riquer)
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Alpiste para codornices [y otros] cuentos, de Saki

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido literariamente como Saki, fue un escritor británico nacido en Birmania, país donde su padre desempeñaba el puesto de oficial en la policía imperial. Huérfano a los dos años, se trasladó junto con sus hermanos a Inglaterra, donde se educó bajo la supervisión de una abuela y dos tías paternas. Tras una corta experiencia profesional en el cuerpo de policía de Birmania, Saki regresó a Inglaterra en 1896, desarrollando desde ese momento una intensa actividad periodística y literaria. Alistado como voluntario en los Royal Fusiliers, murió en 1916 defendiendo el frente francés. Aparte de sus artículos periodísticos, Saki escribió novelas, teatro y, de manera singular, relatos breves. Aunque no falta la variedad en sus cuentos, comparten todos un mismo humor ácido -en ocasiones negro-, que tiene como principal objeto de burla la clase media victoriana: sus incongruencias, defectos morales, ridiculeces… Sus relatos cortos, que vieron la luz en diversas publicaciones periódicas, fueron recopilados a partir de 1904 en seis volúmenes (los dos últimos, póstumos). Aunque existen numerosas ediciones de Saki en nuestro país, Alianza lanza ahora una nueva y atractiva antología, recopilada, traducida y anotada por Arturo Agüero Herranz: diecisiete cuentos que trazan un completo panorama de los diferentes registros humorísticos del escritor británico.

Los dos primeros relatos, «La reticencia de Lady Anne» y «Gabriel-Ernest», representan ejemplarmente el lado más negro y macabro de su humor. En «Gabriel-Ernest» se anuncia además un rasgo recurrente en la narrativa de Saki, el uso del componente fantástico como potenciador o desencadenante del humor. Este elemento fantástico, que enfrenta a los protagonistas con situaciones alejadas de su limitado horizonte burgués, alcanza una especial eficacia en el célebre relato «Tobermory», donde un gato que ha aprendido a hablar siembra el pánico entre los invitados de Lady Blemley, que temen que sus secretos e hipocresías queden al descubierto. La psicología infantil es otra fuente inagotable de comicidad para Saki, que disfruta contraponiéndola a la mentalidad anquilosada y llena de trabas morales de sus mayores. Invariablemente, los niños resultan vencedores, consiguiendo en ocasiones invertir su papel de víctimas en verdugos. «Sredni Vashtar», uno de los relatos más famosos -y donde el humor negro y la fantasía se dan la mano-, tiene como protagonista a un niño atormentado por una tutora maniática y de perfiles sádicos. Un tejón se erigirá en divinidad vengadora de sus ofensas. En «La ventana abierta» -otro de sus cuentos más celebrados- admiraremos el virtuosismo de una joven mentirosa compulsiva, que logra aterrorizar a un visitante desprevenido. Desarrollado en un vagón de ferrocarril, «El narrador de cuentos» pone de nuevo en evidencia la superioridad imaginativa de los niños, que escogen invariablemente los relatos «inapropiados» del pasajero desconocido, y rechazan, por bobos y previsibles, los de la tía que los acompaña. «El trastero» tiene también como protagonista a uno de esos infantes díscolos e inteligentes que tanto sacan de quicio a sus mayores. Su prodigiosa imaginación le permitirá sortear con éxito una difícil tarde de castigos, tomándose incluso una venganza sobre la tía de turno (aunque no tan cruenta como la de «Sredni Vashtar»). En todos estos relatos resulta tentador ver un reflejo de la proverbial rigidez educativa británica, que bien pudo sufrir en sus carnes el propio autor (educado por dos tías solteronas e intransigentes). El snobismo británico de las clases medias, las cómicas incongruencias a que da lugar su comportamiento hipócrita o rutinario, son también cantera inagotable para Saki. En «La cura de inquietud» contemplamos el desarrollo de una desaforada inocentada, tejida para sacudir la monótona existencia de una pareja de hermanos solterones. Las rivalidades ridículas entre mujeres desocupadas y snobs tienen también su cómico retrato en «El tigre de Mrs. Packletide». En esta misma línea podríamos situar el relato que da título a la colección, «Alpiste para codornices», donde se satiriza la paleta curiosidad por la vida de las clases superiores, que es aprovechada por un avispado tendero para llenar su comercio de clientes. Tanto en «El Brogue» como en «Las siete jarras de crema» se narran los terribles aprietos que se sufren para salir con bien de una situación propiciada por un comportamiento deshonesto o hipócrita. En el primer caso, un caballo de malas costumbres ha sido vendido fraudulentamente a la persona menos adecuada, un potentado que desposará -si el caballo no lo mata antes- a una de las hijas del vendedor. «Las siete jarras de crema» es otro divertidísimo cuento de enredo en torno a un caso de cleptomanía, erróneamente atribuida al miembro más respetable de la familia. Antes que reconocer su equivocación, Mrs Peter no dudará en acusar a su propio esposo de cleptómano. Las ansias burguesas de una vida pacífica en el medio rural -otro tema muy inglés- se reflejan en «La paz de Mowsle Barton», un relato de corte fantástico y paródico donde no faltan ni hechizos ni brujas. No muy diferentes son los relatos donde se satirizan, de manera muy exagerada, determinadas actitudes propias del mundo del arte. Así, en «El soporte», se exponen los apuros que sufre el desafortunado portador de un tatuaje genial, considerado «patrimonio nacional», y en «El buey engordado», las servidumbres de un pintor encasillado en temas bovinos. «Los intrusos» es uno de los cuentos más inclasificables del libro, quizás una parodia del género gótico. En fin, la colección se cierra con un relato muy diferente a todos los anteriores, «La imagen del alma perdida», un emotivo ejercicio de juventud en la estela de Oscar Wilde.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Era su costumbre, cada vez que uno de los niños caía en desgracia, improvisar alguna cosa de naturaleza festiva de la cual el infractor sería rigurosamente excluido; si los niños pecaban de modo conjunto, de repente se les comunicaba que había llegado un circo a la ciudad vecina, un circo de incomparable mérito y con un sinfín de elefantes, al que, de no ser por su perversidad, les habrían llevado ese mismo día.» («El trastero», en la traducción de Arturo Agüero Herranz)
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Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, de Lafcadio Hearn

No son pocas las traducciones de Lafcadio Hearn (1850-1904) con que contamos en nuestro país, pero hasta la fecha no se había acometido una edición tan amplia como la que ahora nos propone Valdemar. Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón reúne medio centenar de relatos extraídos de los principales libros del autor, escritos durante su etapa japonesa, entre 1899 y 1903. Nacido en la isla griega de Léucade, de padre irlandés y madre griega, Hearn arrastró una azarosa vida de periodista itinerante, hasta anclarse definitivamente en el archipiélago japonés en 1890. Profesor de inglés en diversas escuelas de enseñanza media y en la Universidad de Tokio, se casó en 1891 con la hija de un samurái empobrecido, y terminó adoptando la nacionalidad nipona (con el nombre de Koizumi Yakumo). Aunque se ha discutido mucho sobre el grado de «autenticidad» que pudo alcanzar Hearn en su retrato del «alma japonesa» (nunca llegó a dominar la lengua de su país de adopción), nadie dejará de reconocer su importante papel de precursor y divulgador, así como la excepcional calidad e interés literario de sus textos. Una inmejorable ocasión, pues, para releer sus cuentos más conocidos y descubrir otros que permanecían inéditos en castellano. La edición de Valdemar cuenta con las traducciones de Marián Bango, que ha anotado y seleccionado los textos, y se abre con un amplio y ameno estudio preliminar de Jesús Palacios.

De los dos primeros libros seleccionados, En el Japón fantasmal (1899) y Sombras (1900), se han recogido solo los textos narrativos de ambientación japonesa, excluyéndose los ensayos y las recopilaciones de poemas (Satori ha publicado ediciones íntegras de los dos libros). «Un karma pasional» es uno de los relatos más extensos y memorables, adaptación de una terrorífica pieza de teatro kabuki. Un amor procedente de la tumba persigue al protagonista en un admirable crescendo de horror. En «Ingwa-Banashi» volvemos a contemplar los efectos de un karma negativo, tema muy japonés que reaparece con frecuencia en los libros de Hearn. Los celos de la moribunda esposa de un daimio perpetrarán sobre la joven concubina Yukiko una cruel y macabra venganza. Por contra, en «La reconciliación», el intenso patetismo de la historia -la de una esposa injustamente abandonada y la imposible reparación de la falta- se impone sobre el propio horror del desenlace. Uno de los relatos más emotivos y sobrecogedores. En «La doncella del cuadro», el joven estudiante Tokkei hará lo imposible para dar vida a la bella muchacha pintada en un viejo biombo de su propiedad. Una curiosa versión japonesa del mito occidental de Pigmalión, no carente de una suave ironía («Si alguna vez te comportas mal conmigo -respondió ella-, regresaré al cuadro»). «La compasión de Benten» es otra idealizada y fantástica historia de amor, desencadenada por el hallazgo casual de una caligrafía femenina, cuyos primores harán perder la cabeza a Baishū, otro estudiante imaginativo y enamoradizo.

Creo que los dos siguientes libros, Miscelánea japonesa (1901) y Kotto, curiosidades japonesas con diversas telarañas (1902), estaban inéditos en nuestra lengua. Yo, al menos, solo los conocía parcialmente, a través de algunos relatos recogidos en el Kwaidan de Siruela y en la antología de Armando Vasseur ( Fantasmas de la China y del Japón, Espuela de Plata). Los asuntos de las dos colecciones son tan fantásticos como variados: promesas que obligan a volver del más allá, pinturas que cobran vida, reencarnaciones, espíritus nocturnos que imponen una prueba («La historia de Umetsu Chūbei») u obran una peligrosa seducción sobre el incauto joven que no sabe resistirse a su hechizo («La historia de Chūgorō», protagonizada por una maléfica hada-sapo). En «La leyenda de Yurei-Gaki» se nos narra el terrible castigo que sufren los incrédulos que osan enfrentarse a los poderes sobrenaturales, como esa madre que, para ganar una apuesta, visita de noche, con su bebé a las espaldas, la encantada cascada que da nombre al relato. Tampoco faltan en Kotto apariciones fantasmales, de vivos o de muertos, que ejercen una involuntaria venganza («Ikiryō») o retornan del más allá para testificar contra una injusticia («Shiryō»). Tanto «La historia de O-Kamé» como «De una promesa rota» (Miscelánea japonesa) tienen como protagonistas a una esposa difunta que no se resigna a ser olvidada en beneficio de unas nuevas nupcias. Los karmas negativos originarán, en el primer caso, un episodio de vampirismo, y en el segundo, una brutal e injusta represalia sobre la nueva esposa. Si las leyendas tienen algo de cierto, las segundas esposas lo tienen difícil en el Japón.

Pero el libro más famoso y notable de Hearn es Kwaidan: historias y estudios sobre cosas extrañas (1903), obra de la que se han hecho numerosas animaciones y películas, algunas de gran interés, como la de Masaki Kobayashi (Kwaidan, 1964, con música Toru Takemitsu). La edición de Valdemar recoge la práctica totalidad de los relatos, con la excepción del titulado «Hi-Mawari», cuyo argumento -una evocación de la infancia galesa del autor- apunta más a la tradición celta. Todos los relatos del libro son magistrales en su brevedad, originalidad y sugerencia. Uno de los más famosos es el que abre la colección, «La historia  de Mimi-Nashi Hōichi», o las tribulaciones de un bardo ciego obligado a amenizar las espectrales reuniones de los guerreros Heiké. «La historia de O-Tei» constituye, por contra, una romántica historia de amor en la estela de «Morella» o «Ligeia» de Poe, un escritor al que Hearn admiraba. A diferencia de otras esposas difuntas, cuyos espíritus insatisfechos provocan episodios horrendos y macabros, el intenso amor de O-Tei se resuelve en una afortunada reencarnación que reúne de nuevo a los felices esposos. «Jikininki» y «Rokuro Kubi» son dos de los relatos más espeluznantes de Hearn, auténticos cuentos de horror protagonizados por devoradores de cadáveres y repulsivas cabezas voladoras, cuentos en la línea de «El jinete de cadáveres», de Sombras. «Mujina» es también un cuento de espectros, pero con más humor que terror. Su inesperado final le otorga el carácter de una pesadilla. Otra historia inolvidable recogida en el Kwaidan es la de «Yuki-Onna», el  inflexible espíritu femenino de la nieve, al que no se le ocurre mejor manera de poner a prueba la discreción de un sufrido mortal que tomándolo por esposo… Este célebre cuento ha dado lugar a numerosos filmes y animaciones niponas. En fin, no faltan tampoco en el Kwaidan historias de sueños fantásticos, reencarnaciones, espíritus atormentados ni otras muchas maravillas del fantastique japonés que deleitarán al lector.

Se cierra la edición de Valdemar con una selección de los Cuentos populares japoneses (1918), una antología de diversos autores (Chamberlain, Hearn, Grace James…) publicada muchos años después de la muerte de nuestro autor (hay una edición completa en Ediciones del Viento: El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses). De los siete cuentos recogidos por Valdemar, solo dos pertenecen con seguridad a Hearn: «La araña duende» y «La anciana que perdió sus tortas». Entre los restantes es también posible encontrar historias estupendas, como la famosísima «Urashima», o «El espejo de Matsuyama».

Para terminar, citaré una obra especialmente cautivadora de Hearn, El romance de la Via Láctea (The Romance of the Milky Way and other studies and stories), obra póstuma de 1905 (reeditada recientemente en Barataria), que incluía una deliciosa colección de textos y poemas titulada «La poesía de los fantasmas». Los inevitables criterios de selección adoptados por Valdemar han motivado seguramente la exclusión de esta obra, que tiene un contenido esencialmente poético. Una obra, en cualquier caso, que completaría la lectura de esta magnífica edición que acabamos de comentar.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Existen muchas historias que demuestran que las pinturas realmente magníficas tienen alma. Es bien sabido que, en cierta ocasión, Hōgen Yenshin pintó sobre unos paneles deslizantes unos gorriones que salieron volando, dejando en blanco los espacios que hasta entonces habían ocupado en la superficie. También es ciertamente conocido que un caballo pintado en cierto kakemono salía todas las noches a pastar.» («La historia de Kwashin Koji», en la traducción de Marián Bango)
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De camino a Oku y otros diarios de viaje, de Matsuo Bashō

Los seguidores de este poeta andariego y filósofo, Matsuo Bashō (1644-1694), están de enhorabuena. En los últimos meses se han reeditado en nuestro país dos excepcionales traducciones del más famoso de sus libros de viaje, Oku-no-Hosomichi. Atalanta rescató el año pasado la exquisita -y bastante libre- versión de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya (Sendas de Oku), y la editorial Hiperión ha reeditado la no menos apreciable -y más ajustada al original- de Antonio Cabezas (Senda hacia tierras hondas). Ahora Olañeta, con el libro que tenemos entre manos, nos presenta una nueva versión de Jesús Aguado, De camino a Oku y otros diarios de viaje, que completa tan halagüeño panorama ofreciéndonos los restantes diarios del japonés, inéditos hasta la fecha en nuestra lengua. Son textos de menor extensión y calado que Oku-no-Hosomichi, pero de similar significado y configuración: esa estimulante mezcla de prosa y haikus que constituye el género denominado haibun, y en el que alcanzó tan elevada maestría el pincel de Bashō. Aunque no han sido traducidos directamente del japonés, Jesús Aguado ha realizado una amplia colecta de traducciones a otras lenguas europeas y destilado unas versiones en castellano convincentes y de notable belleza, que se leen con deleite. Los textos, anotados con eficacia y parquedad, vienen precedidos de una breve introducción, una detallada cronología y un repertorio bibliográfico.

Nada diré del diario más famoso de Bashō, De camino a Oku, texto del que ya me ocupé en este mismo blog cuando reseñé la versión de Octavio Paz, Sendas de Oku. De los restantes, el más antiguo es Recuerdos de viaje de un demacrado saco de huesos (1684), crónica de un periplo que le llevó a visitar -entre otros muchos lugares- su aldea natal. El título alude con humor a la dureza de unos viajes, a pie y con la impedimenta justa, abordados por un poeta que tiene ya cumplidos los cuarenta. Una circunstancia sobre la que el poeta medita con frecuencia (en este y en otros viajes), y en la que, no obstante su temor expreso a perecer en ruta, parece regodearse «estoicamente». A este respecto no está de más recordar que los grandes poetas que podían servirle de modelo, como Saigyō, Li Bai o Tu Fu murieron «con las botas puestas» (como a la postre le ocurriría al mismo Bashō, en Osaka, en el transcurso de su postrera peregrinación). En este primer diario los haikus no están aún plenamente integrados en el texto, y tienden a acumularse al final del libro. De los restantes diarios, el más extenso es Diario de mi mochila (1687), testimonio de un largo viaje por tierras de Nagoya, Yoshino y Nara. Un texto que se inicia con las fiestas de despedida brindadas por sus discípulos y amigos, y finaliza con la visita al dramático escenario de la famosa batalla en que fue exterminado el clan Heike (protagonista del monumental Heike Monogatari). Entre medias, meditaciones inducidas por la contemplación de un templo budista en ruinas, visitas a fuentes y montañas, rústicos albergues, encuentros inesperados, los cerezos en flor a la luz de la luna… y muchos haikusDiario de Saga, de 1691, da testimonio de la estancia del poeta en la Casa de los Caquis Caídos, en Saga, un bucólico albergue cedido por su discípulo Kyorai. Es la única bitácora ordenada por fechas (de mediados de mayo a principios de junio), y constituye ante todo un canto a la bendita soledad del poeta y del sabio. Las caminatas, fatigas, visitas y encuentros casuales que jalonan los otros diarios dejan paso aquí a las lecturas, la meditacion (sobre el sueño y sobre la soledad), la escritura, la observación de los fenómenos naturales (como la lluvia y el granizo), así como a las cartas y visitas de amigos -no siempre oportunas- a las que es preciso atender. Diario de gran belleza y profundidad, que se cierra con el sentimiento nostálgico que induce en el poeta la partida, la pérdida del refugio. Los dos restantes diarios, compuestos en 1687, son muy breves y disponen todos los haikus al final. En el Diario de Kashima veremos a Bashō ponerse en camino, acompañado de un samurai y un monje peregrino, con el propósito de contemplar la salida de la luna sobre el famoso santuario. Una noche lluviosa no impedirá la habitual cosecha de haikus. Una visita a la aldea de Sarashina, no obstante su brevedad, es uno de los textos más atractivos. El objetivo del viaje es también contemplar la salida de la luna, pero ahora sobre el monte Obabute, donde antaño -según la leyenda- se abandonaba a los ancianos de las aldeas circundantes para que murieran. Una vertiginosa travesía de montaña a lomos de una cabalgadura insegura y unas copas modestas, con la que se brinda a la belleza de la luna, darán ocasión para sendas lecciones de filosofía.

Se cierra el volumen con una interesante colección de textos breves, compuestos entre 1681-1693,  que en su mayoría parecen hojas arrancadas de un diario de viaje. Inferiores a una página en extensión, mezclan casi todos la prosa con el haiku. Algunas de estas estampas ofrecen simples variantes de los diarios mayores, como «Matsushima» o «Una piedra legendaria», que nos remiten a De camino a Oku. En «Informe acerca de la luna sobre el monte Obabute en Sarashina» se nos amplía la leyenda de los ancianos abandonados, apenas insinuada en el diario correspondiente. En fin, otros textos gozan de mayor autonomía, y no parecen estar directamente relacionados con ningún viaje, como es el caso de los relativos a la vida retirada, o el curioso texto «Hacer un sombrero».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Cuando llegó la noche encontramos albergue en una humilde cabaña. Mi cabeza rebosaba de impresiones y de poemas a medio componer. Encendí una lámpara, me tumbé en el suelo y saqué el pincel, la tinta y un pedazo de papel. En mi esfuerzo por fijar las experiencias del día, gemía y me golpeaba la cabeza con las manos. Un sacerdote, al verme así, pensó que me estaba quejando por la dureza del viaje y se acercó para confortarme. Entonces comenzó a hablar sin parar contándome las innumerables peregrinaciones emprendidas durante su juventud, y relatándome parábolas extraídas de los libros sagrados e historias de milagros de los que él había sido testigo. No hubo manera, por tanto, de que pudiera escribir un solo verso.» (Una visita a la aldea de Sarashina, 1687, en la version de Jesús Aguado)
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