En el mundo antiguo no era raro que los filósofos se ocuparan de amplias parcelas del saber, tanto científicas como humanísticas. El ejemplo de Aristóteles es el más evidente, pero la lista completa, en realidad, resultaría interminable: Pitágoras, Demócrito, Plinio, Boecio… Durante la Edad Media y el Renacimiento, tampoco es difícil encontrar grandes figuras de saber universal, como Isidoro de Sevilla, Leonardo, Galileo o Kircher. Sin embargo, con el progresivo avance de la civilización occidental, la creciente especialización convirtió en imposible lo que en el mundo clásico era casi una norma. Desde este punto de vista podemos considerar a Goethe (1749-1832) como uno de los grandes epígonos de una época en la que todavía era factible que un individuo cultivara amplios campos de conocimiento sin recaer en la trivialidad o el diletantismo. Autor de una amplia y variada obra literaria, Goethe manifestó también, a lo largo de toda su vida, un gran interés por las disciplinas científicas, como se confirma en su monumental Teoría de los colores (1810), obra muy ambiciosa donde rebatía algunos de los postulados de Newton. Filósofos, pensadores y algunos hombres de ciencia actuales siguen valorando la obra científica de Goethe, sobre todo por su particular enfoque humanista. Y es que la compartimentación de saberes y tareas despierta hoy en día una apreciación desconfiada. Aspiramos a un nuevo humanismo que nos permita relacionarnos con el medio natural de una manera más empática, y nos libre de convertirnos en simples engranajes de una máquina que ni entendemos ni controlamos. Algunos textos son como cargas de profundidad. Cuando parecen a punto de morir arrinconados, nos sorprenden revelándonos secretos y tesoros que responden a nuestras inquietudes más profundas y actuales.
Ediciones Atalanta pone a nuestro alcance uno de los textos científicos más bellos y estimulantes de Goethe, La metamorfosis de las plantas (Versuch die Metamorphose der Pflanzen zu erklären, 1790). Un libro que nos acerca a la morfología y desarrollo de las plantas, fruto de sus experiencias botánicas en la corte de Weimar (donde disfrutó de la posesión de un huerto), así como de las observaciones recogidas durante su ulterior viaje a Italia. Una estupenda oportunidad para redondear nuestra visión del genio de Weimar. El editor del texto, Gordon L. Miller, nos ofrece además un profundo análisis de las claves del pensamiento botánico de Goethe, resumiéndonos también su influencia en personalidades científicas y pensadores posteriores. Pero lo más decisivo para el disfrute del lector es, sin lugar a dudas, su prodigioso trabajo de documentación visual, que se concreta en una atractiva galería de grabados y fotos de insuperable calidad, que ilustran todos y cada uno de los pormenores del texto. En años posteriores, Goethe compuso también una elegía de parecido título, La metamorfosis de las plantas (1798), que el editor ha tenido el acierto de incluir en el libro, perfectamente traducida también por Isabel Hernández. Este emocionante poema, que no alcanza el centenar de versos, es una prueba evidente de lo muy unidas que estaban en el pensamiento de Goethe la ciencia y la poesía: dos visiones complementarias y no excluyentes. Un enfoque nada nuevo, por otra parte. Lucrecio y Manilio escribieron sus célebres tratados científicos en verso. Incluso Columela, al completar su tratado de agricultura hablando de los jardines, creyó necesario abandonar la prosa en favor del verso, en un imposible intento de emular a Virgilio. En los versos iniciales de las Metamorfosis de Ovidio se escuchan los ritmos que sacudieron al Cosmos en su origen. Al fin y al cabo, el artista y el científico iluminan el mundo bajo una misma mirada atenta.
El extraordinario viaje que media entre la semilla y el fruto es el argumento de La metamorfosis de las plantas. La búsqueda que en un principio emprendiera Goethe de la famosa Urpflanze (un arquetipo viviente del que derivarían todas las plantas) es sustituida en su ensayo por el análisis de la hoja como elemento proteico de la planta, sujeta a sucesivos ciclos de expansión y concentración, obrados en virtud de un refinamiento progresivo de la savia. La moderna botánica seguramente tendrá mucho que decir al respecto. Pero nosotros, que consideramos las Geórgicas como el mejor tratado de agricultura imaginable, no necesitamos saber tanto, y estamos dispuestos a disfrutar de la lección de Goethe con la misma ingenuidad de esos niños que se deleitan contemplando una exhibición de magia. Porque La metamorfosis de las plantas es, sobre todo, un ejercicio de mirada maravillada, una invitación a disfrutar de la vida a través de la observación minuciosa de los frutos de la naturaleza y sus mutaciones caleidoscópicas: un placer que podremos alcanzar si adoptamos una lectura atenta y demorada, arropados por los extraordinarios recursos gráficos que acompañan al texto. Alcanzaremos así un placer comparable al que experimentamos cuando, al escuchar una sonata, somos capaces de distinguir y seguir la elaborada evolución formal de cada uno de sus temas y motivos, que se repiten, amplían, reducen o desarrollan a lo largo de todo el proceso generativo de la pieza. Si la naturaleza es un libro, los libros, cuando alcanzan cierto grado de excelencia, también pueden ser naturaleza, o al menos reflejarla.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Cada planta las leyes eternas te anuncia ahora, / cada flor conversa más y más alto contigo».
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«La planta puede crecer, dar flores o frutos, pero siempre son los mismos órganos los que, con diferentes funciones y bajo formas a menudo mutadas, cumplen los designios de la naturaleza. El mismo órgano que se ha expandido en el tallo como hoja, adoptando formas sumamente variadas, se repliega ahora en el cáliz, vuelve a expandirse en el pétalo, se contrae en los órganos reproductores y vuelve a expandirse por última vez como fruto».
(Traducción de Isabel Hernández)

Casa de campo de Goethe en Weimar
No hay nada peor para nuestra libertad que tener la desgracia de caer bajo el peso de alguna etiqueta. Ni siquiera las más merecidas resultan cómodas para quien las lleva, y una gran parte de nuestra lucha diaria consiste en evitar vernos atrapados por alguna. En el terreno concreto de la literatura tampoco escasean. No se libran de su tiranía ni los escritores más insignes, quizás porque algunos estudiosos las consideran una herramienta eficaz. La rutina es, desde luego, su mejor aliada. Sin embargo, la recepción de los autores cambia con el paso del tiempo. Es entonces, bajo la nueva perspectiva, cuando descubrimos que algunas estaban mal puestas o simplificaban demasiado. Amar y revivir, la selección de cuentos de Mary Shelley (1797-1851) que acaba de publicar Hermida Editores, supone un avance en esa saludable remoción de tópicos y lugares comunes, al brindarnos la posibilidad de ampliar nuestra visión de la célebre escritora británica, reclusa ocasional en esa tenebrosa mazmorra gótica donde cumplen condena tantas féminas literatas del siglo XIX (algunas con mayor justicia que otras). El artífice de la edición, Gonzalo Torné, ha reunido un sugestivo ramillete de textos, conocidos y menos conocidos, que ilustran a la perfección la amplia gama de intereses y matices que mueven la pluma de Mary Shelley, tal como defiende en su esclarecedor prólogo: La examinadora de mitos. Hábilmente secuenciados para mantener despierto nuestro interés de lectores, en todos los cuentos brilla la prosa rápida y nerviosa, siempre imaginativa y apasionada, de su autora.
Es un lugar común señalar la importancia de la filosofía en la vida diaria. Enfrentar los problemas con una actitud filosófica es algo que parece estar al alcance de todos, un remedio para el que solo hace falta un poco de calma y buena voluntad. No es raro que hasta el más insensato de nuestros amigos se atreva a brindárnoslo como consejo; como tampoco lo es que nos sulfuremos un poco al recibir una ayuda de efecto tan retardado. Y es que la paciencia (uno de los aliados más estrechos de la filosofía) es una virtud que en estos tiempos (los del 5G) escasea bastante. Y sin embargo, la filosofía es una de las pocas herramientas seguras con que cuenta el hombre en momentos de tribulación, cuando falla todo lo demás, ya sea nuestra particular buena suerte o ese gran paraguas llamado estado del bienestar. Y esto es así ahora más que nunca, cuando las teologías y religiones se baten en retirada, y los dioses nos dejan solos como si quisieran certificar nuestro ateísmo. Sin embargo, la filosofía todavía aguanta. Es más, empezamos a sospechar que aquella famosa máxima latina, Primum manducare, deinde philosophari, no era rigurosamente cierta. La mayor escuela de filosofía es la adversidad.
no podía ser más patética: Sentado a su mesa, sin apenas tiempo para asomarse a la ventana de su calabozo en Pavía, Boecio escribe incansable su última obra, De consolatione philosophiæ, pues sabe que le queda poco tiempo antes de ser decapitado. Esto es, al menos, lo que nos transmite la tradición. Boecio, perteneciente a una encumbrada familia romana y depositario de una cultura fuera de lo común, había merecido desempeñar cargos públicos de enorme relevancia en el reino ostrogodo: cónsul, consejero y mano derecha de Teodorico el Grande. El mismo Boecio refiere en Consuelo de la filosofía muchos detalles acerca de su caída en desgracia, acusado de conspiración por el partido filogótico. Se autoincluye así Boecio en esa trágica nómina de sabios y filósofos de todos los tiempos que han sufrido persecución por inmiscuirse en la política defendiendo lo justo: Sócrates, Zenón, Séneca… Una música que ya hemos escuchado muchas veces.
Las piedras más pequeñas y singulares son muchas veces las más valiosas y duraderas. Tal sucede con algunos libros, y un buen ejemplo de ello puede ser —salvando las distancias— la breve novelita que hoy reseñamos, Los discípulos en Sais, obra del poeta y filósofo alemán Novalis (1772-1801). Uno de esos textos de importancia cardinal, que influyen en el pensamiento de toda una época, desde la que irradian en múltiples direcciones, marcando una profunda huella. Un texto que podemos leer ahora en esta bella edición que nos ofrece WunderKammer, traducido por Rodolfo Häsler y acompañado de un posfacio de Andrés Ibáñez: una necesaria ayuda para adentrarnos en un libro denso, de lectura exigente, pero que premia al lector con imágenes y razonamientos sutiles, de una enorme belleza y fascinación. Los discípulos en Sais tiene poco de novela, es cierto. Su «desaliño romántico», su mezcla de relato, reflexión y poema, así como la indefinición de sus personajes parecen anunciar una figura nueva, nada amiga de sujeciones formales. Por si fuera poco, la obra quedó inconclusa (algo que difícilmente sorprenderá a un lector perspicaz). Tallar un diamante con tantas aristas no es tarea sencilla.
Ahora que las nuevas condiciones de confinamiento nos permiten volver a las librerías, resulta un verdadero placer reencontrarnos con aquellos desafortunados volúmenes que, habiendo visto la luz en fechas tan desfavorables, se quedaron esperándonos en los estantes y escaparates. Tal es el caso de este delicioso librito que hoy reseñamos, Una boda en Lyon, uno de los títulos publicados por Acantilado en el pasado mes de febrero. Un reencuentro que es además doble, al permitirnos recuperar la palabra de un escritor bien conocido, uno de los más admirados y leídos del pasado siglo: Stefan Zweig (1881-1942). Después de tantas semanas escrutando los estantes de nuestras bibliotecas a la caza de lecturas olvidadas (una tarea, sin duda, fructífera), de nuevo tenemos entre las manos un libro de esos que «todavía huelen a imprenta». Y no será el último, desde luego. Nuestro aprecio por el libro físico, por el volumen que podemos acariciar mientras lo leemos, ha vuelto reduplicado.
Todo comienzo tiene su encanto, como diría Hesse, y un primer verano en la sierra puede vivirse con tanta pasión como un primer gran amor. ¡Imposible imaginar a un caminante más enamorado de la naturaleza que John Muir! Mi primer verano en la sierra (1911) es un encendido elogio de la grandiosa Sierra Nevada californiana («la sierra»), y más en concreto de su famoso valle de Yosemite. Un bello libro que sorprende por su acentuado tono lírico y su manera tan inmediata de ponernos en contacto con la naturaleza, sin otro artificio que el propio entusiasmo del autor. Estamos tan mediatizados por nuestras muchas lecturas y experiencias que difícilmente podríamos escribir, hoy en día, un libro tan desprovisto de todo lo que no sea naturaleza en estado puro. Ninguna teoría ni interpretación (explícitas al menos). Pocas evocaciones literarias o recuerdos personales. Nada de historia ni de geografía. Nada de ver la naturaleza a través de la mirada de otro. El mundo de los hombres y su civilización se han quedado fuera, al inicio del camino. Al menos durante un tiempo. Sin confesarlo expresamente, Muir parece hacer suyos los desgarrados versos de Keats dirigidos al ruiseñor: «desaparecer, disolverme, olvidar / entre las frondas lo que tú jamás has conocido».
Que un chucho protagonice un relato no creo que pueda sorprender hoy en día a casi nadie. Ni siquiera en el pasado, cuando los perros tenían una menor presencia en nuestro entorno urbanita, faltaban ejemplos señalados. Para confirmarlo basta con leer ese divertidísimo Coloquio de los perros cervantino, o revisar algunos relatos de Kipling, Jack London o Thomas Mann (como Señor y perro). Aunque de dimensiones bastante modestas, el relato de Stefan Zweig (1881-1942) que hoy reseñamos, ¿Fue él?, cumple con todos los requisitos necesarios para interesar y entretener al lector, tanto al amante incondicional de los perros como al que le resultan más bien inoportunos. ¿Fue él? (c. 1935) es un texto poco conocido de Zweig, que permaneció inédito en lengua alemana hasta época reciente. Ambientado —como muchas famosas novelas policíacas— en el idílico y (aparentemente) pacífico medio rural inglés, el intrigante relato de Zweig no carece de cierto aroma detectivesco, o incluso de genuino terror, que hará las delicias del lector. Una ocasión más para felicitarnos de la labor de rescate que Acantilado ha hecho de este magnífico y popular escritor austríaco.
Corre el año de 1793 en Alemania. Las tropas francesas han sido rechazadas a la otra orilla del Rin. Una familia de aristócratas alemanes aprovecha el momento para regresar a una de sus posesiones junto al río. Aunque la situación pinta favorable para los emigrados, sus distintas sensibilidades frente a la contienda amenazan con romper la convivencia, más necesaria que nunca en un momento tan grave. Las noticias que llegan de Maguncia, cercada por las tropas aliadas, así como los enfrentamientos entre partidarios y detractores de su efímera república, tensan aún más los ánimos. Un consejero privado del príncipe, que se ha unido con su mujer e hijas al grupo familiar de la baronesa de C., discute acaloradamente con Karl, un joven de ideas avanzadas, antimonárquico y simpatizante de los franceses. De las palabras airadas se pasa a las descalificaciones. Las amenazas de la horca, por un lado, y de la guillotina, por el otro, han sustituido a los argumentos. La ruptura se hace inevitable, y la familia del consejero se marchará, provocando un hondo pesar entre quienes no habían intervenido en la disputa y detestan separarse.
Cuando Flaubert, en el transcurso de su viaje a Egipto, logró ascender a lo alto de la pirámide de Keops, y se deleitaba ya en la contemplación de las sublimes vistas del Nilo, se llevó la sorpresa de descubrir, clavada en el suelo, la tarjeta de visita de un frotteur de Rouen. El suceso, recogido por Julian Barnes en su célebre libro, poco tendría hoy de anecdótico, cuando estamos acostumbrados a encontrar los parajes más bucólicos sembrados de basura, y las firmas de los patrocinadores deportivos amenazan con inscribirse en el mismo rostro de la luna. La broma sufrida por el escritor francés (presumiblemente preparada por su compañero de viaje, Maxime du Camp) sería en nuestros días casi inconcebible; o cuando menos, vería muy mermada su carga irónica, y difícilmente aparecería recogida en ningún cuaderno de viaje. Cumbres famosas colmadas de desperdicios, aristas transformadas en colas de autobús, paredones acribillados de hierros, senderos señalizados al menor detalle… Parece que le hemos perdido el respeto a la montaña.
Hoy en día, disponemos de pocas palabras que gocen de tanto prestigio como «imaginación». Tener imaginación, ofrecer soluciones imaginativas o pretender llevar la imaginación al poder son expresiones o propósitos que provocan una respuesta positiva casi inmediata en quien las escucha. Hay palabras que brillan más que otras, ciertamente, aunque no siempre es fácil distinguir el cristal del diamante. La imaginación parece oponerse a la tradición anquilosada, a la rutina y al aburrimiento, y se asocia estrechamente a otros valores tan apreciados como la inteligencia, la creatividad o, incluso, el tan cacareado «emprendimiento». Sin embargo, la imaginación no se sustrae al destino de otras muchas voces que, al igual que esas piedras golpeadas una y mil veces por el oleaje, se van desgastando hasta convertirse en estereotipos un tanto decepcionantes. Su suerte es similar a la de esas monedas antiguas a las que el óxido y el roce de tantas manos han borrado efigies e inscripciones, y ahora nos resultan casi indescifrables. Es por ello que, en ocasiones, nos vemos obligados a inventar palabras nuevas. El problema es que hemos perdido los cuños originales (o la pericia para grabarlos), y las que hacemos nos salen quizá nítidas, pero con muy poco relieve.






