La muerte de Venecia, de Maurice Barrès

Como su título ya nos hace adivinar, La muerte de Venecia (1910), del escritor francés Maurice Barrès (1862-1923), se ocupa de la ciudad de los canales en su dimensión más decadente y terminal. El autor nos confiesa que el brillante pasado histórico de la ciudad, la pompa de sus grandes festejos cívicos, su antigua pujanza comercial, le dejan indeferente. Aquella no es su cultura y no se identifica con ella. Lo que le atrae es otra cosa: su descomposición. Para Barrès Venecia es igual a las rosas y magnolias, que «nunca ofrecen olor más embriagador, ni coloración más fuerte que en el instante en que la muerte les proyecta sus secretos cohetes y nos propone sus vértigos.»

En el primer capítulo del libro, «Hasta mediodía en estos barrios pobres…«, acompañamos al autor en su peregrinaje por las zonas más olvidadas de la antigua Venecia. Barrès se apresura a abandonar el Gran Canal para sumergirse en los estrechos y laberínticos canales, verdadera maraña en la que se agazapan decrépitos palacios y desvencijadas iglesias, y en los que la mórbida sensibilidad del escritor hace desfilar las sombras de Tintoretto, Carpaccio, Tiepolo y otros artistas. Quizás las rápidas y complejas indicaciones del escritor puedan confundir al que no conozca Venecia y desee orientarse con precisión. Esfuerzo innecesario. Debe recordar el lector que el propósito de Barrès no pasa por escribir una guía turística: «no es pintar aquí directamente piedras, agua, nubes, sino hacer inteligibles las disposiciones indefinibles en que nos mete el paludismo de esta ruina romántica.»

En «Una velada dentro del silencio y el viento de la muerte» el periplo del escritor se amplía a las islas de la laguna. En su visita a San Michele, la isla de la muerte, Barrès recuerda a Chateaubriand y a Böcklin (¿se inspiró en el cementerio veneciano para su famosa creación pictórica?). Ni siquiera la concurrida isla de Murano, con sus vidrierías y bellos jardines, se libra de la visión pesimista del autor: sus «cinco siglos de arte están demasiado dañados dentro de su descomposición» para que sea posible instalarse en ella. Esta podredumbre se acentúa aún más en la isla de Mazzorbo, donde Barrès se complace en evocar los antiguos conventos de benedictinas, «gordas como codornices» en vida, y que ahora retornan macabramente en las granadas e higos que crecen sobre sus tumbas. Parecidas consideraciones despiertan en la imaginación del escritor las islas de Burano y Torcello, alcanzándose la plena «licuefacción» en los islotes desaparecidos bajo las aguas, o en el de San Francesco del Deserto, donde la desolación casi alcanza lo sublime.

En el capítulo siguiente, «Las sombras que flotan sobre los ocasos del Adriático«, se abre una interesante galería de personajes famosos relacionados de alguna manera con Venecia: Goethe, Chateaubriand, Byron, Musset y George Sand, Théophile Gautier, Taine, Wagner… Las páginas de mayor atractivo me parecen las dedicadas al pintor suizo Léopold Robert, artista desequilibrado al que sus frustrados amores por una aristócrata (la princesa Charlotte Bonaparte) y el letal influjo de la laguna arrastran al suicidio. De los canales, islas y palacios arruinados, Barrès pasa en este capítulo a las sombras de ilustres visitantes extranjeros, verdaderos fantasmas que en algún caso apenas hollaron la ciudad. Los auténticos venecianos, en cambio, brillan por su ausencia, lo que constituye, a mi manera de ver, la principal carencia del libro. Barrès no ha querido (o no ha sabido) extender su mirada a los pobladores naturales de la ciudad, a los que considera quizás poco decadentes para sus intereses: «una población bonachona, ingenua, ignorante del mal: verdaderas palomas». Es decir, desentonan del conjunto. Para el autor francés la población que realmente cuenta es la formada por «cosmopolitas, millonarios o artistas, más o menos establecidos en los viejos palacios históricos y sobre los que pasan incesantes caravanas de turistas». Una simplificación inaceptable que no le quita, desde luego, valor literario al texto, pero que sí lo reduce a una aproximación muy subjetiva y bastante libresca a la ciudad de los canales.

La muerte de Venecia ha sido traducido para la colección «Terra Incognita» (serie menor), de Olañeta, por Juan José Delgado Gelabert.

Retrato de una joven, de Louis Léopold Robert (1794-1835)

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Visiones de la noche, de Ambrose Bierce

El norteamericano Ambrose Bierce (1842-1913) fue un escritor y periodista de fuerte temperamento (por decirlo suavemente), vida azarosa y aventurera, y que, según una noticia que parece leyenda, desapareció misteriosamente, a los setenta años de edad, tras pasar a Méjico para unirse a las tropas de Pancho Villa… Su juvenil participación en la Guerra de Secesión norteamericana se plasmó literariamente en una serie de relatos bélicos (integrados en la colección Tales of Soldiers and Civilians, 1891), donde no se escatima ningún detalle cruel o macabro a la hora de reflejar las atrocidades del campo de batalla. Algunas escenas, como las del ejército en retirada de «Chickamauga», no se borran fácilmente de la memoria. Fuera cual fuese la intención de su autor (que es difícil imaginar como un pacifista al uso), no es posible leer hoy en día estos «cuentos de soldados» sin considerarlos una durísima protesta antibélica.

Visiones de la noche, la antología que acaba de publicar la editorial Eneida en su colección «Confabulaciones» (traducida por María de Mulder Rougvie), reúne hasta dieciséis de sus más conocidos relatos de terror y fantasía (en este caso solo «de civiles», no de soldados). Como es habitual en Bierce, la mayor parte de estos cuentos parece encaminada a provocar el más intenso espanto en sus lectores, que se verán enfrentados con una espeluznante galería de crímenes («Una noche de verano«), aventuras macabras («El guardián del muerto«), encuentros fatales con animales salvajes («La ventana tapiada«, «Los ojos de la pantera«), o apariciones espectrales («La jarra de sirope«). Llama la atención en algunos relatos («La carretera de la luz de la luna«, «Un habitante de Carcosa«) que sean los propios espíritus los narradores, a través del testimonio de un médium: una perspectiva, desde el «más allá», sorprendente y poco habitual en la narrativa de fantasmas. Del escaso número de textos que se apartan del terror en estado puro, podemos señalar el que da título a la colección, «Visiones de la noche«, una elucubración sobre las posiblidades de utilizar los sueños como materia prima literaria. También en «Una tumba sin fondo» o «El viudo Turmore» los horrores del crimen se atenúan mucho por sus pinceladas de humor -negrísimo- y su lógica delirante. Pero al igual que Poe, Bierce pierde rápidamente interés cuando se embarca en el registro cómico, que no le cuadra en modo alguno. Finalmente, algunos relatos parecen poner el punto de mira en los seres más desfavorecidos de la sociedad («Un vagabundo infantil«, «El solicitante«), o incluso aproximarse a la ciencia ficción, como en «La partida de ajedrez» («Moxon’s Master»), historia de un autómata demasiado humano…

Uno de los mayores atractivos de los relatos de Bierce, a mi manera de ver, es su extremada sobriedad, su gran economía de medios a la hora de provocar el horror (quizás aprendida en su labor de periodista). Sirvan como ejemplo piezas tan magistrales como «Una noche de verano«, o  «El desconocido» («The Stranger», no incluido en la presente antología). El final rápido, abrupto, e intensamente significativo confiere a sus cuentos una eficacia narrativa extraordinaria: solo en las últimas líneas nos topamos con la clave del relato, que, a la vez que da sentido a la historia, incrementa aún más si cabe su carácter horripilante.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Cartas de España, de Prosper Mérimée

Prosper Mérimée (1803-1870) fue un enamorado de España, a la que visitó en numerosas ocasiones y  le sirvió de fuente de inspiración para una parte importante de su obra literaria: Carmen, Las ánimas del purgatorio, La perla de Toledo, El teatro de Clara Gazul… Estas Cartas de España  las conforman un conjunto de cuatro textos, fechados en Madrid y Valencia, en el año de 1830 (con anotaciones posteriores), que parecen esbozar en cuatro pinceladas la España más negra y profunda: «Las corridas de toros», «Una ejecución», «Los ladrones», y «Las brujas españolas». Pero nada más contrario al espíritu de este exquisito autor francés que el recrearse en los detalles sórdidos. No son ciertamente goyescas estas amables estampas literarias, llenas de colorido y aderezadas con la amenidad de sus mejores textos narrativos.

«Las corridas de toros» es una interesantísima y amena crónica de la fiesta, vista por por un extranjero culto al que no se le escapa la crueldad del espectáculo (mayor incluso que la de hoy en día, con sus cuatro o cinco caballos muertos por toro, o las banderillas ardientes), pero que se confiesa incapaz de cerrar los ojos una vez comenzada la faena. Una  parte no desdeñable del encanto de esta carta estriba en la manera de presentar a los lectores franceses algunos detalles de la fiesta. Así, las plazas de toros son circos; las manolas que se sientan en las gradas, grisettes; los alguaciles, crispines; y los toreros aparecen vestidos con un traje que es «poco más o menos el de Fígaro en El barbero de Sevilla«. Pero esto no debe hacernos suponer que la mirada de Mérimée sea superficial ni desatenta, ni deja desprovisto al texto de un interés documental indudable.

En «Una ejecución» el autor es testigo del ahorcamiento de un joven homicida valenciano. La procesión de franciscanos y laicos acompañantes, el confesor y su sermón final, el notario y los alguaciles, la escolta de soldados, la actuación del verdugo, la actitud del público… Toda esta parafernalia religiosa y civil que acompaña al ajusticiamiento cumple -según Mérimée- la caritativa función de aturdir al condenado en sus momentos finales. El autor, que asegura no creer en las ceremonias católicas, las estima en este caso particular, comparándolas con ventaja al «cortejo mezquino e innoble que acompaña en Francia las ejecuciones». Esta visión tan positiva del escritor -seguramente idealizada- se extiende también a los presidios españoles, donde, a diferencia de lo que ocurre en el país vecino, los reclusos no pierden por completo su humanidad. El pueblo nunca los rechaza, pues los vaivenes políticos han hecho entrar en prisión a muchos hombres honrados, y «aunque el número de esas víctimas políticas sea muy pequeño, basta para cambiar la opinión sobre todos los penados».

A diferencia de las anteriores, la carta titulada «Los ladrones» nos ofrece principalmente información de segunda mano. No sin cierta ironía asegura Mérimée haber recorrido Andalucía, de arriba a abajo y durante meses, sin lograr darse de bruces con ningún asaltante, no obstante los espantables relatos de postillones y venteros. Resulta cómico a este respecto su encuentro con los ocho honrados granjeros que vienen de la feria de Écija, armados hasta los dientes, y que confunde en un primer momento con una cuadrilla de maleantes. Tanto en Carmen, como en Colomba o Mateo Falcone (estas de ambientación corsa), Mérimée mostró a las claras su inclinación por el tipo de bandolero, al que no le duele reconocer todos los valores que el Romanticismo obsequió a los «outsiders». En el caso de los bandoleros andaluces, no podía ser menos, y a las muestras de valentía, caballerosidad con las mujeres y generosidad hacia los pobres, añade razones que justifican su necesidad de «echarse al monte». Una profesión que tiene su noviciado como contrabandista , y que aboca inevitablemente al bandolerismo con tan solo perder la montura o tener un sangriento encontronazo con los aduaneros. Finaliza la carta con una serie de curiosas anécdotas referidas al famoso bandolero José Heredia, «el Tempranillo», al que pinta como un verdadero héroe popular.

Finalmente, en «Las brujas españolas«, Mérimée se burla tanto de la extendida credulidad en las «sorcières», como de la fanática adoración popular a las vírgenes locales. La inconsecuencia de la superstición es puesta cómicamente de manifiesto en el personaje de Vicente, guía y acompañante del escritor en su viaje a Murviedro, que es capaz de creerse las mayores patrañas y, a la par, considerar imposible que las brujas monten en una escoba. El relato de las viejas hechiceras que navegan todas las noches de Peñíscola hasta América pone un divertido punto final a la carta.

Esta edición de las Cartas de España que presentamos (en la versión anotada de Manuel Serrat Crespo) acaba de aparecer en la recién estrenada «serie menor» de la colección Terra Incognita de Olañeta. El que desee leer una colección más completa, deberá acudir a la publicada en 2005 por la editorial Renacimiento, donde se recoge además una carta sobre el Museo del Prado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Ilustración de Luis Labarta para «Una ejecución», en una traducción decimonónica publicada por «La ilustración ibérica»

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Construirse la casa, seguido de Miradas a la naturaleza, de John Burroughs

John Burroughs (1837-1921) es un escritor apenas conocido en nuestras latitudes, aunque cercano a otros maestros más famosos, como Emerson, Whitman o el mismo Thoreau, integrantes todos del denominado movimiento trascendentalista norteamericano. Al igual que Thoreau, Burroughs mostró a lo largo de su vida un amor constante por la naturaleza y la vida natural: abandonó un trabajo burocrático en Washington y se instaló en los montes Catskill (sí, aquellos donde se desarrollan las fantásticas aventuras de Rip Van Winkle), con el propósito de vivir de la agricultura. Los dos textos que recoge esta edición de Olañeta (en la colección Centellas, traducidos y prologados por Fernando Ortega) son encuadrables, pues, dentro de esa «vuelta a la naturaleza» con la que sueñan hoy en día muchas personas cansadas de la vida en la ciudad. Al menos desde este punto de vista, los textos no han perdido su interés.

En Construirse la casa (en el campo, evidentemente) Burroughs nos ofrece una serie de consejos de índole estética que, paradójicamente, estriban en prescindir de lo estético. «Belleza negativa» es la expresión acuñada por Burroughs para referirse a su casa ideal. La «arquitectura» deberá reservarse para los edificios públicos, pues la casa particular solo debe ser fiel al «espíritu doméstico». Nada de aires pretenciosos ni añadidos innecesarios. El escritor, que  abomina de los tejados franceses y abuhardillados, de las torretas sin vistas y de las pinturas exteriores llamativas e inapropiadas, considera al viejo granero de tejado «inmenso» como un modelo insuperable. Nos confiesa Burroughs: «sólo satisface mi mirada la vivienda humana en la que la idea de belleza o de arte está enteramente absorbida y desaparece detrás de la de comodidad, calor y estabilidad, y no me hace pensar que una casa es bella, sino que es agradable y cómoda». En cuanto a los materiales para levantarla, el autor se decanta por la piedra «salvaje» (no tallada ni cortada), rechazando la madera: «con la madera, el cepillado y el aserrado, llegan los ornamentos de pacotilla y las decoraciones de pastelería». En la decoración interior, sin embargo, la madera es con mucho preferible a la pintura. Nos brinda el autor un interesante estudio de los árboles más convenientes para cada función: puertas, suelos, paredes… Nogales, abedules, arces rojos, fresnos o robles contribuirán así, desde el mismo corazón del hogar, a lograr ese ideal de sencillez, intimidad e integración en el entorno.

Miradas a la naturaleza, el título que completa el volumen, es un ramillete de breves apuntes o bosquejos de la vida en el campo: la nieve, las fuentes, las aves (Burroughs fue muy aficionado a la ornitología), señales y estaciones… Predomina en todos ellos la nota subjetiva y emotiva, que no quita la atenta observación de detalles ni la ocasional cita erudita. El eco de Thoreau resuena con fuerza en muchas de estas páginas, aunque sea en un tono menor… Es verdad que las ideas de Burroughs pecan en ocasiones de ingenuas, y que no nos depararán quizás demasiadas sorpresas; pero aún así serán leídas con agrado por todo paseante atento e ilustrado.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Franz Kafka: Dibujos, edición de Niels Bokhove y Marijke van Dorst

La editorial Sexto Piso ha tenido la excelente idea de ofrecernos esta preciosa y erudita edición de los dibujos de Kafka (¡quién no conoce alguno!), que vio su luz hace unos años en la editorial Vitalis de Praga, y que ahora podremos disfrutar en castellano, traducida por Fruela Fernández.

Kafka mostró un gran interés por el dibujo, y lo practicó a lo largo de toda su vida como un complemento menor de su tarea literaria. Aunque resulta evidente que en el conjunto de su obra las realizaciones plásticas no tienen tanto peso como en la de otros escritores también dibujantes (Alfred Kubin o Bruno Schulz, por ejemplo), no por ello han dejado de valorarse muy positivamente -ya desde Max Brod- como aportaciones originales a la estética expresionista. Es verdad también que un dibujo suyo, encaminado a ilustrar un poemario de su amigo Max, fue rechazado hasta en dos ocasiones, en 1907, por la editorial berlinesa de Axel Juncker, temprana frustración que quizás desviara todas sus energías creativas hacia la literatura.

Ademas de los famosos seis dibujos en tinta negra («las marionetas negras de hilos invisibles», según Brod), que los lectores de Kafka han visto con frecuencia en portadas e ilustraciones interiores de sus obras, la presente edición recoge «todos los dibujos de Kafka que se conocen y se han publicado», hasta un total de cuarenta y uno, reproducidos con gran pulcritud y en un formato generoso. Cada dibujo o grupo de dibujos viene acompañado de uno o varios textos del autor: en algunos casos, los propios en los que aparecía inserto originalmente el dibujo; en los restantes, los seleccionados oportunamente por los editores en virtud de su contenido.

Al conjunto de dibujos y textos correspondientes, le sigue el estudio central del volumen, «Kafka, un gran dibujante», breve pero sustanciosa monografía donde, entre otras cosas, se repasa la trayectoria artística del escritor, se analizan algunos de sus dibujos más emblemáticos, o se nos da noticia de sus preferencias pictóricas. Figuran a continuación las fichas de cada uno de los dibujos, tanto de los reproducidos como de los inaccesibles: título, técnica, formato, ubicación… Completa el volumen un breve álbum fotográfico de modelos que inspiraron a Kafka, así como una bibliografía específica, notas y listas de abreviaturas.

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Cuentos de los tres hemisferios, de Lord Dunsany

Los incondicionales de Lord Dunsany (1878-1957) no podrán en modo alguno resistirse a esta bella edición de Espuela de Plata, que recoge por vez primera en castellano el conjunto de los Tales of Three Hemispheres. A Collection of Stories (1919). El afortunado lector de este libro disfrutará de un puñado de relatos inéditos en castellano, de primer orden (no todos los de Dunsany lo son en igual medida), junto con otros más conocidos, ya recogidos en recopilaciones anteriores, que se reelerán con igual placer: «La oración de Boob Aheera», «Oriente y Occidente», «De cómo los dioses vengaron a Meoul Ki Ning», y «Los dones de los dioses». El libro se completa con los tres famosos relatos y un prólogo que configuran Más alla del mundo conocido: «Días de ocio en el Yann», «Una tienda en Go-by Street» y «El vengador de Perdóndaris».

De los cuentos nuevos en castellano, mi preferido es, sin duda, «El último sueño de Bwona Khubla«, relato donde los pensamientos finales de un moribundo explorador inglés dan cuerpo a un turbador espejismo nocturno. La ciudad de Londres, magnífica como un sueño de opio, se levanta en la oscuridad de la selva para aterrorizar a nativos y extraños. La idea de anteponer el ruido de los motores del tráfico urbano a la aparición de las propias imágenes de la ciudad es un acierto del narrador, que le confiere así a la fantasmagoría un carácter más amenazador. Tanto en «El cartero de Otford» como en «El saco de esmeraldas» se exponen las peligrosas consecuencias de cruzarse en el camino de los dioses (aunque estén ya «en el exilio»). Incluso un anónimo ídolo de jade perdido, como el que protagoniza «En un archivo de misterios antiguos«, no puede ser tomado a la ligera sin consecuencias. «Una hermosa batalla» es la breve crónica de una lucha entre enanos y semidioses, encuadrable en el marco de la denominada «fantasía heroica». En «El viejo abrigo marrón» descubriremos que lo maravilloso puede también esconderse en lo aparentemente prosaico, como una prenda de vestir de segunda mano pujada en una subasta. Finalmente, en «Una ciudad maravillosa» se nos ofrece una sugestiva visión del Nueva York nocturno, mágicamente entrevisto en su juego de nieblas e iluminación eléctrica. Cuentos de los tres hemisferios es, pues, una variada y representativa colección de relatos fantásticos de Dunsany, que se abre con una evocación fantasmal de Londres y se cierra con una imaginativa visión del Nueva York más moderno; quizás porque su autor desea señalarnos que las puertas de la fantasía se abren muchas veces en el lugar más próximo e insospechado.

La editorial sevillana Espuela de Plata nos ofrece estos cuentos en traducción de Victoria León, y prologados por Luis Alberto de Cuenca, que hace un breve repaso de las ediciones españolas de Dunsany y traza un itinerario personal de su recepción.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Interior, de Constantin Fântâneru

Constantin Fântâneru (1907-1975) es un escritor inédito y enteramente desconocido en España, del que ahora podremos leer -gracias a la iniciativa de editorial El Nadir- su novela Interior (1932). Traducida del rumano por Rafael Pisot y Cristina Sava, viene encabezada por una breve introducción donde se exponen las claves biográficas del autor: un escritor que vio truncada su carrera literaria y terminó sus días sepultado en una humildísima y anodina vida provinciana. La apuesta de El Nadir por Fântâneru -nunca traducido hasta la fecha a idioma alguno- solo puede calificarse de encomiable en el grado más alto.

Interior es una novela narrada en primera persona por su protagonista, Calin Adam (trasunto del novelista y sus penurias vitales), un intelectual marginal (escritor y colaborador de revistas literarias), de comportamiento y gestos alucinados, que no tiene ni para pagarse la pensión. Su estado de ánimo oscila habitualmente entre la euforia injustificada y el automenosprecio más profundo. Un personaje desequilibrado que tan pronto se queda literalmente pegado a unos viejos carteles de circo ilegibles (su inclinación infantil por el circo es tema recurrente), como sale corriendo torpemente en pos de una mariposa. Su visión distorsionada y fragmentaria de la realidad (que no contradice una reflexión y observación aguda de la condición humana) se traduce en una prosa alucinada en ocasiones, con giros y observaciones inesperadas, rica en imágenes arriesgadas y originales («Los libros jugueteaban en el aire envueltos desde abajo por la llama de un espíritu»). No leeremos con indiferencia las desventuras del pobre y entrañable Calin, que en ocasiones parece complacerse en pintarnos una sonrisa (como esa bombilla del parque encendida «diabólicamente» para poner de manifiesto su indumentaria de vagabundo; o el burlesco episodio con el sacristán). A lo largo de toda la novela, sus vagabundeos de loco propiciarán encuentros fortuitos con antiguos conocidos y compañeros de estudios, poniéndose dolorosamente de manifiesto su incompetencia para la vida, su fracaso. No es difícil imaginar sus relaciones con el sexo opuesto: «ante la majestuosidad de las mujeres, experimento un sentimiento de humillación y de aniquilación física. La tristeza, la timidez y los tics nerviosos, adquiridos a lo largo de la vida que he llevado, me hacen débil y grotesco». Su trato con las mujeres solo parece avanzar en la imaginación. Así, la estatua de una ninfa desnuda, que acaricia un pato sobre la fuente seca de una plaza, le induce un bello sueño de amor, donde la amada, Azia, es capaz nada menos que de completarle unos versos de Hölderlin (el loco divino). Porque en el terreno de la dura realidad… ¡Solo una niña de trece años parece dispuesta a ser su novia! Su temperamento alterado, que le hace oscilar entre el desprecio a sus semejantes y una necesidad enfermiza de estima, solo encontrará salida, pues, con los niños, los animales y las plantas, que despiertan toda su ternura (el ratón ahogado, la cabra…). En consonancia con este autoexilio interior, se comprende su preferencia por los paisajes degradados del extrarradio de Bucarest, y la compañía de otros seres marginales (los gitanos). Entreverados con sus paseos y encuentros fortuitos, asistiremos también a la evocación de recuerdos de la infancia, o a la expresión de sentimientos más íntimos, como su amor por los libros.

Constantin Fântâneru

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Aroma de alcanfor, de Naiyer Masud

Aroma de alcanfor fue publicado por Atalanta a principios del año pasado, pero hasta ahora no había tenido ocasión de leerlo. Poca importancia ha de tener este retraso, sin embargo, en un libro de tanto interés y atractivo, llamado seguramente a gozar del prolongado favor de sus lectores. Una colección de relatos (publicados originariamente entre 1987 y 1999) que dejarán una profunda y agradecida huella en el lector, traducidos del urdu y anotados por Rocío Moriones Alonso, que añade además una entrevista al autor, Naiyer Masud (nacido en 1936 en Lucknow, India), donde se desvelan interesantísimas claves de su narrativa.

Aroma de alcanfor lo integran una serie de relatos que, en su mayor parte, me atreveré a denominar (simplificando mucho y salvando las distancias culturales) «de formación», narrados en primera persona por un protagonista que intuimos adolescente (el autor nunca nos informa sobre la edad de sus personajes), y que se articulan en torno al desciframiento progresivo del complejo mundo de los adultos: del amor, la muerte, el sufrimiento… En todos ellos brilla la maestría de Masud para desplegar su gran poder de sugestión y despertar, con los medios más sencillos, la imaginación del lector, que le seguirá embelesado hasta la última línea.

«Aroma de alcanfor» (relato que abre y da título a la colección) evoca recuerdos sutiles de la infancia, hilvanados en torno a un aroma, a un gorrión de algodón y, sobre todo, a una misteriosa niña enferma a la que todos adoran y que dejará una huella indeleble en el narrador. Al igual que en los demás cuentos, nos introducimos en la sencilla cotidianidad de una cultura muy alejada de la nuestra, plena de sorpresas y detalles encantadores, que no excluyen lo más inquietante y terrible de la existencia, pero siempre asumido serenamente. En «Interregno» asistimos al descubrimiento paulatino de la figura paterna, a las complejas relaciones paternofiliales, y al paso de la infancia a la madurez a través de la asunción de una tradición o destino familiar. La presencia de aromas y símbolos (el arco y el pez) articula también aquí la poesía del discurso narrativo. «Lo oculto» es uno de los relatos más enigmáticos de la colección. El despertar a la sexualidad de un adolescente y las continuas frustraciones a su consumación en el estrecho marco familiar (desarrolladas con una fina comicidad) despiertan en él un sexto sentido, que le permitirá posteriormente ahondar en la «personalidad» de las diferentes dependencias de las casas que frecuenta en su trabajo de inspector urbanístico: zonas de temor, de deseo; y sobre todo, zonas «ocultas» a las miradas (¿para hacer el amor?), por las que siente una verdadera obsesión. Cumplido finalmente su deseo más oculto con la amante desconocida, le sobreviene la locura. La «cuidadora» que lo atiende cierra el círculo de una historia solo en apariencia incongruente. «Shisha Ghat» parece un cuento de hadas con final trágico: un adolescente tartamudo deja a su padre adoptivo para vivir junto a un lago en compañía de un enfermo titiritero, la antigua esposa de un bandido y su encantadora hija, una muchacha llamada Paria (hada), que vive desde su nacimiento en el lago, lo recorre incansable en una pequeña barca y nunca ha pisado tierra firme.  «El velatorio de la señora» es una evocación, un tanto macabra, de miedos y fobias infantiles en torno a una novia muerta en el mismo día de su boda, y en la que podemos ver, quizás, un reflejo de la admiración de Masud por Poe. «Los vestigios de la familia Ray» surge a partir del poder que atesoran los viejos e inútiles trastos familiares -que el narrador se confiesa incapaz de tirar- para despertar la memoria, como la foto de una joven angloindia hecha cuarenta años antes: los riesgos emocionales de indagar en el trágico destino de los hombres. «La mina del Jardín de los Pavos Reales» es un relato diferente a los anteriores, ambientado en un Lucknow de mediados del siglo XIX que parece inspirado en Las mil y una noches. Kale Khan arriesga su vida para cumplir en su hija Falak Ara el deseo frustrado de la madre difunta: la posesión de una mina del Himalaya, un extraordinario estornino con la facultad de imitar a la perfección la voz humana. Para ello se atreverá a robar un ejemplar al mismo monarca del que es pajarero, lo que dará lugar a una compleja serie de situaciones, algunas delicadamente cómicas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Itálica famosa, edición de Jacobo Cortines

Este exquisito y abultado librito en octavo menor, publicado (y casi regalado) por la Diputación de Sevilla, hará las delicias de todos los aficionados a la Antigüedad; y especialmente de aquellos en los que alienta todavía esa sensibilidad extrema a las ruinas que tanto sedujo, durante los siglos XVII al XIX, a las mentes más cultivadas de nuestra vieja Europa.  Jacobo Cortines ha seleccionado un amplio muestrario de poemas y textos en prosa en torno a la célebre colonia romana de Itálica (fundada por Escipión a finales del siglo III a. C.) , y de la que todavía son visibles muchos de sus venerables restos (especialmente el anfiteatro) junto a Santiponce. Pero lo que vale para Itálica valdrá también para cualquier otra reliquia más modesta, y el lector que así lo desee podrá disfrutar de este libro, tanto o más, leyéndolo a la sombra de cualquiera de las muchas ruinas que amenizan nuestra geografía. Porque en esto de las ruinas ya se sabe, cuanto más remota y solitaria… mejor.

El apartado de poemas se abre con dos magníficos sonetos de Herrera y Medrano, seguidos de la insoslayable Canción a las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro (de la que se ofrecen las cinco versiones conservadas), y de otras brillantes muestras del barroco sevillano: Arguijo, Rioja, Espinosa, Quirós…  Tras un paréntesis de dos siglos (sólo se recogen tres poemas para los siglos XVIII y XIX), Itálica regresa a la inspiración poética de la mano de su famosa estatua de Venus (hallada en 1940), y que vemos figurar por primera vez en los bellos poemas de Agustín de Foxá y Jorge Guillén. La nómina de poetas es ahora extensa y variada: Cernuda, Mantero, Carlos Murciano, Antonio Luis Baena, Felipe Benítez Reyes o Jacobo Cortines, por citar solo algunos. Los textos en prosa recogen testimonios de épocas muy diversas, pero solo los primeros (Apiano, Julio César, Estrabón, Esparciano) nos hablan brevemente -apenas una mención- de una ciudad todavía viva. De los historiadores árabes del medievo a los arqueólogos contemporáneos, la seleccion ofrecida por Jacobo Cortines da cabida a casi todo: extranjeros y nacionales, viajeros, políticos, eruditos y curiosos, geógrafos, historiadores, arqueólogos profesionales y aficionados, literatos…, una larguísima relación de autores, conocidos y menos conocidos, que resultaría tedioso reproducir aquí, todos unidos por el amor a unas ruinas, reliquias de un glorioso pasado.

Itálica famosa cuenta además con un extenso e interesante estudio introductorio de Jacobo Cortines, oportuna guía en este variado museo (que es también jardín y laberinto) de poemas y textos de sabor arqueológico. Un libro, en suma, de gran interés y deleitosa lectura, que nos enseñará quizás a valorar mejor el efímero momento en el que vivimos.

Piranesi, Le antichità romane, 1756

Venus hallada en Itálica

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La bailarina, de Ōgai Mori

La bailarina (1890), del escritor japonés Ōgai Mori (1862-1922), es un relato de amor y traición que se lee con sumo deleite e interés. Magníficamente escrito y planeado en el desarrollo de su mínima peripecia, mantiene viva nuestra atención hasta la última línea. Una historia de amor, sin embargo, con una deriva y un final tan crueles que nos dejará inevitablemente un amargo sabor de boca.

La bailarina está basado, al parecer, en vivencias personales del novelista, que durante su juventud residió algunos años en Alemania completando sus estudios de medicina. Al igual que el protagonista de su relato, Mori mantuvo una relación amorosa truncada con una alemana, y seguramente experimentó en sus propias carnes las intensas contradicciones existentes entre el moderno y más liberal mundo europeo y su formación tradicional japonesa. Ignoro qué recepción pudo tener este relato en los lectores nipones de finales del XIX, pero en cualquier caso nosotros solo podremos ponernos de parte de la infortunada fräulein Elise -casi una niña-, y reprochar a Toyotaro su falta de independencia y carácter. El mismo protagonista reconoce su «escasa fibra moral», su carencia de una moral autónoma y fuerte que le permita imponerse a las presiones externas (entre sus numerosas lecturas alemanas no debió figurar Kant). Si es verdad que -como asegura el prologuista de esta edición- para los japoneses de aquella generación constituía un sueño cercano a la ciencia ficción el poder alcanzar los favores de una joven y bella alemana (aunque pobre), Toyotaro demuestra no estar a la altura de su suerte… Prisionero de sus deberes jerárquicos y sus ambiciones profesionales, sacrificará su felicidad y la ajena sin que parezca obtener a cambio nada más que remordimientos y vacío. Sus solitarias reflexiones en el comedor desierto del barco en el que regresa a su patria -consumada la infamia- no pueden desarrollarse en un escenario que mejor transmita la sensación de derrota moral.

La bailarina (Maihime) ha sido traducido del japonés, para la editorial Impedimenta, por Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, que firma además una necesaria e interesante introducción, donde sitúa al autor en su contexto histórico y literario, analiza el relato y expone sus claves biográficas.

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