Decía Chesterton que «si algo merece la pena hacerse, merece la pena hacerse mal». Esta cerrada defensa del diletantismo, que tiene su parte de verdad, podría servirnos de excusa para muchas cosas; entre ellas, la de pretender reseñar un tratado de arquitectura sin saber nada de dicha ciencia. Empresas más arriesgadas se han visto coronadas por el éxito. Sin embargo, en el caso particular de este libro de Claude Bragdon, La fuente helada. Arquitectura y arte del diseño en el espacio (New York, 1932), la justificación quizás fuera innecesaria. El nuevo texto que publica Atalanta (en una edición dotada de esa perfección «orgánica» que preconizaba su autor) no es tanto un manual de arquitectura como una reflexión más amplia sobre la belleza, sus formas y principios; eso sí, centrada en una de las tres «artes mayores». El lector que se aventure en sus páginas descubrirá enseguida que no hace falta ser arquitecto para disfrutarlo. En primer lugar, por la belleza de su escritura, por las reflexiones estéticas y filosóficas que expone y su atención a otras artes como el urbanismo, la literatura, la música o incluso el teatro. También por su sencillez y amenidad, perceptible incluso cuando se abordan temas tan complejos para el profano como la geometría o la cuarta dimensión. Cada lector puede profundizar hasta el estrato más conveniente a sus intereses; y no me extrañaría nada que algún niño imaginativo supiera entretenerse con la simple contemplación de las abundantes y sugestivas imágenes que lo ilustran. A ellas cabe añadir una serie independiente de simpáticas y elegantes estampas, protagonizadas por el personaje de Simbad, que trazan una especie de cursus paralelo: una explicación simplificada de algunos de los principios contenidos en el texto. Así, la viñeta que muestra al marino cargando sobre sus espaldas al Viejo del Mar remite con ironía a los arquitectos de la vieja escuela que no saben liberarse de la pesada carga de la tradición. Un libro, en suma, tan atractivo, equilibrado y diáfano como esos rascacielos de acero y cristal que tanto entusiasmaban a su autor.
Un principio arquitectónico cardinal para Claude Bragdon es el de respetar la necesaria congruencia que debe reinar entre forma y material (es conveniente recordar que el libro fue escrito en 1932, y que muchas de las ideas que en la actualidad parecen evidentes, quizás no lo fueran entonces tanto): una exigencia que muchos arquitectos neoclásicos o neogóticos no supieron comprender, cuando se sirvieron de materiales y formas que ya no cumplían función alguna. Para Bragdon, una arquitectura válida no solo debe de ser significativa, dramática (da cuenta de para qué sirve) y extática (despierta una suerte de «emoción»); sino sobre todo, «orgánica». Es decir, debe poner en evidencia, a través de su forma y sus materiales, las fuerzas en tensión que le dan vida («la interacción de las fuerzas que operan en su interior»). Un edificio con estructura metálica dotado de un grueso muro de mampostería que ya no cumple función alguna de soporte sería poco «orgánico». A mi manera de ver, las críticas de Bragdon a los edificios que sufren dicha falta de «sincronía» entre forma y materiales son comparables a las justificaciones de los compositores del serialismo integral, que reprochaban a Schönberg que se valiera de ritmos y metros tradicionales para dar forma a su nuevo discurso atonal. Imagino que la vieja parábola evangélica de que no conviene verter vino nuevo en odres viejos recibiría la aprobación de Claude Bragdon.
Para Bragdon, este carácter orgánico de la arquitectura, siempre en estrecho contacto con las leyes de la naturaleza, puede simbolizarse en la imagen de una fuente helada, que a su vez constituye una buena representación de los procesos vitales de ida y vuelta, de alzamiento y caída, de flujo y reflujo… Un rítmico devenir natural, en suma, que la arquitectura debe interiorizar. Por otro lado. esta visión de la arquitectura como una «fuente helada» nos deja muy cerca de aquella otra definición de «música congelada» que nos diera Goethe. De hecho, para Bragdon la música puede ser también un referente estructurador de primer orden para la arquitectura, gracias los valores de orden y proporción que aquella incardina, como luego veremos. La música, en paralelo a su visión de la arquitectura, es definida por Bragdon como «una fuente de resonancia que brota en el tiempo del agua quieta del silencio».
A la luz de todas estas premisas teóricas, Bragdon esboza una breve historia de la arquitectura estadounidense reciente («Retrospectiva»), que fluctúa entre una tradición ecléctica que se aferra al pasado y la corriente orgánica y funcional de un Wrigth. Poco a poco la arquitectura se va emancipando de la tiranía de los viejos materiales, prescindiendo de todos aquellos elementos que no cumplan ya función alguna. Donde mejor se opera dicha evolución, de forma lenta pero ininterrumpida, es en el rascacielos, un tipo de edificación genuinamente americana al que Bragdon dedica un capítulo específico («Rascacielos»). La comparación que establece entre el edificio del Chicago Tribune (revestido de piedra caliza y con una linterna cargada de inútiles arbotantes) y el del New York Evening News resulta muy ilustrativa. En este interesante y ameno capítulo dedicado a las «pirámides modernas», Bragdon indaga tanto en sus factores físicos como estéticos y sociales. Es decir, expone sucintamente sus elementos materiales (la estructura metálica, el desarrollo del ascensor o los modernos sistemas de cimentación), da un repaso a su evolución (desde posiciones iníciales eclécticas a las puramente funcionales) y reflexiona, de manera bastante objetiva, sobre su impacto en un urbanismo que debe ser respetuoso con el hombre.
En el siguiente capítulo Bragdon analiza las líneas reguladoras del diseño arquitectónico, imprescindibles para que los edificios adquieran unidad. Lo mismo que el color es un elemento regulador en pintura, y la tonalidad y el ritmo lo son en la música, las unidades lineales y las diversas formas geométricas (desde el simple cuadrado a la espiral logarítmica) deberán serlo en la arquitectura. Pero también la música puede cumplir para Bragdon un importante papel regulador en el diseño arquitectónico. Así lo ponen de manifiesto las explicaciones e ilustraciones brindadas por el autor de su proyecto para la Estación Central de Nueva York, en Rochester, en la que aparecen inscritas las proporciones numéricas correspondientes a los intervalos musicales de tercera, quinta y séptima menor (en conjunción con el cuadrado, el círculo y el triángulo equilátero). Esta rica y variada reflexión estética, que se extiende a diferentes artes y dominios, sobrepasando con mucho cuanto pudiera esperarse de un manual técnico de arquitectura, reaparece incluso en el capítulo correspondiente a la perspectiva isométrica. Esta importante herramienta representativa, que Bragdon juzga de gran utilidad para el arquitecto, muestra su utilidad aplicada al terreno de la escenografía teatral, como podremos fácilmente apreciar gracias a los minuciosos dibujos, en perspectiva isométrica, que Bragdon nos brinda de algunas escenografías que realizó para las representaciones de Otelo y del Cyrano de Bergerac.
La segunda parte del libro de Bragdon está dedicada al estudio de aspectos relacionados con la arquitectura de manera solo tangencial. El capítulo correspondiente a la ornamentación (sobre todo de interiores, aunque no en exclusiva) adquiere un singular desarrollo, constituyendo un moderno y sugestivo muestrario, profusamente ilustrado, de motivos decorativos de inspiración geométrica. La conveniencia de dotar a la nueva arquitectura de una ornamentación orgánica, que no fuera la repetición de viejos modelos ya caducos o demasiado repetidos, impulsó a Bragdon a emprender una búsqueda que culminó con éxito gracias al empleo de las «líneas resultantes» de los cuadrados mágicos, los despliegues y proyecciones sobre plano de los cinco sólidos platónicos (del tetraedro al icosaedro), y los hipersólidos regulares en el espacio tetra dimensional. Lo aparentemente abstruso de estos procedimientos se disuelve con facilidad gracias al empeño pedagógico de Bragdon, que no se ahorra ni ilustraciones ni detalladas instrucciones para guiarnos en esta bella selva de figuraciones geométricas.
Cierra el libro un breve capítulo dedicado al color en la arquitectura. El mayor o menor acierto en su empleo depende, según Bragdon, del propio criterio estético del arquitecto, apoyado en un correcto conocimiento de los colores complementarios y sus valores. A tal fin, propone una original serie de ejercicios para familiarizarse con ellos. Pero lo más llamativo de este capítulo final quizás sea la relación que se expone entre los diferentes colores del espectro visible de la luz y los sonidos de la escala musical cromática, defendida por algunos teóricos como Louis Wilson. A cada subida o bajada de semitono en la escala correspondería una nueva gradación de color. Así, los colores amarillo y naranja tendrían su correlato musical en las notas mi-fa; y a la formación de acordes consonantes debería responder una mezcla o yuxtaposición de gamas cromáticas con un parecido grado de coherencia. Aunque el compositor ruso Scriabin se valió de similares paralelismos en la composición de su famoso Prometeus de 1910 (donde utiliza un extravagante «teclado de colores»), cualquiera que sepa algo de música sabe que dicho paralelismo no se sostiene demasiado (aunque podría ser utilizado, claro está, como criterio para generar series de sonidos en una música no convencional). No sé si Bragdon tenía noticia de la obra del ruso, pero, en cualquier caso, asume que se trata de una analogía («llena de trampas para el artista») que no podemos llevar demasiado lejos.
Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Es tarea del arquitecto, por tanto, poner en escena no sólo el propósito y la función de un edificio, sino también la interacción de las fuerzas que operan en su interior, pues entonces estará poniendo en escena la vida misma. Lo que da entidad a una obra de arte es la manifestación de lo universal a través de lo particular. Hamlet, por ejemplo, no se reduce a la vida de una única persona; es la vida del ser humano: la pugna de todo individuo con los elementos que lo constituyen, con los enemigos que tiene en casa. En arquitectura, estos enemigos, que al mismo tiempo son progenitores y amigos suyos, son las fuerzas de la naturaleza: el sol abrasador, el azote del viento, la dañina helada, la malintencionada lluvia; agentes todos ellos en esa apoteosis por la cual, en manos de un verdadero dramaturgo, una obra de ingeniería se convierte en una obra de arte arquitectónico».
«El rascacielos, el último y mayor fruto del poder y el ingenio humanos, es en puridad inhumano, no porque para construirlo haya que pagar el peaje de un trabajador muerto por cada planta levantada, sino porque ha surgido como desafío a los derechos adquiridos por el común de los mortales, y este menosprecio puede que sea su ulterior ruina. [/] Y es que, si estos edificios continúan multiplicándose como lo están haciendo en la actualidad, los atascos de tráfico, de los que son directamente responsables, terminarán por paralizar las calles y se crearán condiciones de vida similares a las que aparecen en la película Metrópolis, donde todo el mundo vive y trabaja bajo tierra, salvo los jefes supremos, que se han adueñado del derecho a respirar el aire libre y mirar al cielo».
Traducción de Carlos Jiménez Arribas

Obreras del Empire State Building (1932)
Hay escritores que gozan de una envidiable facilidad para despertar en sus lectores una disposición favorable desde las primeras páginas de sus libros. Unos pocos, como el búlgaro Gueorgui Gospodínov (1968), lo logran incluso antes. El simpático y desenvuelto prefacio, «Prehistorias», que encabeza la edición de su nuevo libro de cuentos, Acerca del robo de historias y otros relatos (Impedimenta, 2024), es una buena muestra de ese talento. Con tan solo tres páginas, el autor nos hace sentirnos casi cómplices de su narrativa, compartiendo con nosotros no solo algunos detalles interesantes de los textos que conforman su libro, sino también un par de reflexiones espontáneas, verdaderos «fogonazos» de lucidez, acerca de lo literario. Una mínima poética que nos convence, aunque de momento no la necesitemos mucho. Si algo tienen estos relatos de Gospodínov es que hablan por sí mismos, y la única incógnita que nos plantean ―y que desearíamos despejar― es la de por qué nos gustan tanto. Quizás su original y cercana sencillez mueva en nuestro interior alguna fibra lectora que teníamos adormecida.
Dicen que la cabra tira al monte, y no era de extrañar que Francisco Hermoso de Mendoza, tras ofrecernos tres estupendos libros de narrativa, se resolviera a obsequiarnos con uno de crítica literaria. Que para eso es el amo y señor de Devaneos, uno de los blogs más interesantes y completos del panorama literario actual. Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero (Ápeiron, 2024) es un precioso y diminuto volumen que no alcanza las cien páginas. Mientras me entregaba a su lectura, me parecía tener entre las manos uno de aquellos encantadores libretti de bolsillo que editaba Ricordi (también en 15×10) para los aficionados a la ópera. Como ellos, el libro de Hermoso de Mendoza es también una pequeña llave, que en su caso sirve para abrir el cajón donde se guarda la música de un autor con aura de inescrutable: Roberto Vivero. De parecida manera a como el libreto sin la música tiene a la vez un sentido completo e incompleto, este breve estudio de Hermoso de Mendoza reclama como ineludible la lectura del autor al que se dedica, pero también constituye un logro en sí mismo. Reconocida la dificultad de conquistar la fortaleza, el texto crítico -«reseña fracasada»- se viste de literatura para poder levantarse y dar cuenta, al menos de manera indirecta, de lo que se oculta al otro lado de la muralla.
Hace ya tiempo que la literatura nos enseñó que no es preciso viajar a países exóticos para entrar en contacto con lo extraño y maravilloso. Lo que para Stevenson fuera la capital británica (una «Bagdad de occidente»), Gonçalo M. Tavares (1970) parece querer encontrarlo en las diversas ciudades europeas que conforman el paisaje de Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest (2022). Bellamente editado por Nórdica Libros, el volumen está compuesto por tres relatos muy diferentes pero relacionados entre sí, que se desarrollan en cuatro capitales centroeuropeas y forman parte de un proyecto más amplio titulado Las ciudades. La notable originalidad de los textos integrantes se le manifiesta al lector en un crescendo de sorpresa e «interioridad»: de la crónica de dos viajes insensatos al delirante deambular de una joven por las calles de Berlín, pasando por un extraño vampiro que prefiere la tinta fotográfica a la sangre. Entre lo improbable y lo fantástico media un abismo estrecho pero muy profundo. El arte de Tavares, para felicidad del lector, consiste en aproximar sus lindes hasta casi confundirlas.
Al hablar de las sonatas para piano de Beethoven, es un lugar común asegurar que una parte importante de su mérito estriba en que el autor acertó a componer treinta y dos piezas musicales tan magistrales como diferentes. En esto Beethoven se adelantaba a la sensibilidad artística moderna, para quien la consecución de una fórmula de éxito tan solo puede resolverse en un cambio de dirección. La reciente publicación en Páginas de Espuma del nuevo libro de relatos de Eloy Tizón, Plegaria para pirómanos (2023), me ha movido a reflexionar sobre la pertinencia y actualidad de esta exigencia artística, que parece cardinal para el escritor madrileño. ¿Existe una ley del libro de relatos? En el caso particular de Plegaria para pirómanos parece ser la de alcanzar la excelencia por caminos contrarios y complementarios, aunque sin renunciar a una suerte de unidad. Un empeño difícil en cuanto que presupone una conciliación de opuestos. La polifonía tiene sus exigencias y limitaciones, y solo una mano diestra sabe ensanchar sus límites sin romperla ni volverla ininteligible. La unidad en la diversidad es, pues, una antigua aspiración estética, a la que esa [mal o bien] llamada posmodernidad ha dotado de algunos recursos nuevos. En cualquier caso, y teorías aparte, lo que el libro de Eloy Tizón ofrece al afortunado lector que lo tome entre sus manos es un conjunto de relatos magistrales, atractivos y muy diversos en su unidad (el personaje recurrente, Erizo, es solo el eslabón más perceptible). Nueve cuentos empeñados en apartarse de los caminos más trillados del relato corto; que parece querer reinventarse, conquistar nuevos dominios, contradecirse y desdoblarse, para luego reafirmarse en una dirección tan opuesta como inesperada. Del juego metaliterario a la reflexión existencial, del relato que solo se remite a sí mismo, en una especie de pliegue especular, al que señala nuestro entorno más cercano… Hablar de los textos que integran Plegaria para pirómanos es una empresa arriesgada; intentar explicarlos, una tarea tan difícil como inútil. Pero al menos nos tranquiliza saber que el lector no podrá sufrir ningún daño. La mejor literatura es la que está hecha a prueba de explicaciones.
Una característica peculiar de los grandes textos de la literatura universal es la de reunir en sus páginas un amplio resumen del mundo en el que nacieron. El Quijote, la Divina Comedia o La Regenta ―por citar solo algunos ejemplos― pueden ser abordados desde muy diferentes perspectivas, rindiendo siempre un valioso caudal de información, variada e integrada artísticamente en el conjunto de la obra. La épica antigua griega no es una excepción, y basta con leer el libro de Finley, El mundo de Odiseo, para cerciorarse de la riqueza de información que contiene el corpus homérico. Dicha abundancia, que convierte a determinadas obras maestras en verdaderos microcosmos, no implica, claro está, que aproximaciones más particulares, incluso subjetivas, no resulten también significativas, ni queden necesariamente relegadas al árido ámbito de la especialización académica. El trabajo de Simone Weil (1909-1943) que analizamos, La Ilíada o el poema de la fuerza, contempla la epopeya homérica desde un punto de vista muy concreto: el de la violencia que se ejerce sobre los individuos. Un enfoque nada sorprendente para un poema épico que narra un enfrentamiento bélico y que ha sido, a lo largo de la historia, una inagotable cantera de reflexiones ―muchas veces controvertidas― en torno a la guerra y al uso de la fuerza. Para Weil, el poema homérico no constituye un elogio de la guerra o del espíritu heroico («una actitud teatral y manchada de jactancia»), sino la constatación del amargo destino de los hombres, juguetes de una ferocidad ciega y sin medida de la que no parecen ser conscientes y que, más pronto que tarde, se vuelve contra quienes la ejecutan. Ya veamos en la Ilíada un «documento» de épocas pasadas ―supuestamente superadas― o un «espejo» de la actual, Weil recalca el interés que tiene en pleno siglo XX un poema al que considera «la única epopeya verdadera que posee Occidente», y que desde una equidistancia casi perfecta entre los dos bandos contendientes nos retrata los horrores de la guerra sin engaños ni disfraces que la embellezcan.
No deja de ser un tanto sorprendente que la obra de un artista de vanguardia despierte el aplauso de crítica y público muchos años después de su momento histórico, cuando sus valores estéticos han debido de perder una parte significativa de su cualidad innovadora. Y sin embargo, es un fenómeno nada inusual, que justificamos asegurando que el artista se adelantó demasiado a su tiempo, o bien, que su obra fue ignorada a causa de factores adversos meramente coyunturales, y corresponde ahora hacerle justicia. Si nos reducimos a estas dos posibilidades, la segunda es la que parece explicar mejor el prolongado olvido de una artista tan original e interesante como la sueca Hilma af Klint (1862-1944): una precursora del arte abstracto que despertó escasa atención en vida y que solo ha sido rescatada y puesta en valor en las últimas décadas. Y no hablamos de una recuperación exclusivamente académica, oficiada por una minoría de estudiosos especializados que la señalan como un eslabón perdido en la historia del arte moderno, sino de un renacimiento verdadero, con todos los honores. Así lo demuestran tanto las exposiciones que ha merecido en los últimos años como el hecho significativo de que su obra cuente con seguidores y haya creado, incluso, una suerte de escuela. La explicación de este tardío reconocimiento quizás resida en el hecho de que muchos de los referentes culturales en los que se apoyaba su legado ―teosofía, antroposofía, etc.― gozan de un renovado interés en nuestros días. No hay mejor cápsula del tiempo para las ideas que el encarnarse en una obra artística valiosa. Arte y pensamiento se retroalimentan, asegurándose mutuamente su pervivencia. Pero de eso hablaremos más adelante.

El mexicano Carlos Díaz Dufoo (1888-1932) representa un magnífico ejemplo de esa clase de escritores que en vida permanecieron voluntariamente apartados de los círculos literarios, motivo por el cual su obra no obtuvo ni el reconocimiento ni la difusión merecidos. En ocasiones, el paso del tiempo les hace justicia, los saca del olvido e incluso les restituye, a posteriori, los honores literarios que nunca disfrutaron. O al menos así nos gusta creerlo a nosotros, todavía partícipes de esa ilusión romántica de que la Fama confiere una suerte de inmortalidad. Beethoven fue uno de los primeros artistas que remitió su obra al certero juicio de los siglos venideros, al que contraponía el dictamen extraviado de sus contemporáneos, influido por tantas rémoras coyunturales y una falta de perspectiva. En su novelita Enoch Soames (1919), Max Beerbohm satirizaba la figura de un oscuro literato obsesionado por la Fama, que anhelaba viajar al futuro para descubrir si su nombre se había borrado o no del libro de la historia. Aunque, según parece, Díaz Dufoo no acariciaba tales fantasías de reconocimiento (como buen estoico, las despreciaba), lo cierto es que a nosotros nos encanta leer su obra bajo dicha perspectiva, y celebramos como una suerte de reparación póstuma esta bellísima aparición, auspiciada por la editorial gaditana Firmamento, de un texto que permanecía incomprensiblemente inédito en España, Epigramas (París, 1927). El acto de leerlo se reviste de una cierta solemnidad: ¡formamos parte de esa posteridad atenta a la que el autor quizás apelaba en su amargo aislamiento! Aunque menores, el lector también alimenta algunas vanidades.
Quizás no exista un género literario que precise tanto del disfraz como la sátira. A la conveniencia de endulzar o disimular el aguijón de su crítica se suma la necesidad de surtirla de variedad, así como el afán de potenciar su efecto humorístico mediante el contraste que media entre su contenido y el molde en que se vierte. Así lo vamos a ver en el puñado de textos de Jonathan Swift (1667-1745) que integran Una humilde propuesta… y otros escritos; prologados, anotados y traducidos para Alianza editorial por Begoña Gárate Ayastuy. Los textos, cuidadosamente escogidos, nos ofrecen una excelente oportunidad para ahondar en la obra más desconocida ―aunque no menos interesante― del gran satírico irlandés, uno de los prosistas más eminentes de la lengua inglesa (el mejor después de Shakespeare, según Harold Bloom). Si en los Viajes de Gulliver Swift disfrazaba la sátira política bajo la apariencia de un libro de viajes fantásticos (el disfraz era tan bueno que la historia ha llegado a considerarse, en muchas ocasiones, literatura infantil), en la recopilación de Begoña Gárate el disfraz adopta formas tan variadas como serias y respetables: propuestas, instrucciones, cartas, proyectos, reflexiones… El ejemplo más extremo lo constituye Una humilde propuesta: descarada parodia de esos arbitrios o memoriales que durante los siglos XVI y XVII algunos particulares dirigían a la Hacienda o al rey, y donde señalaban tanto los principales males del reino como las medidas conducentes a su arreglo. Tal es el prestigioso disfraz bajo el que Jonathan Swift nos va a presentar algunas de sus sátiras más mordaces.
En un célebre pasaje de sus Trabajos y días, Hesíodo aseguraba que treinta mil inmortales «cubiertos de niebla» recorren la tierra vigilando las sentencias y malas acciones de los reyes. Esta suerte de daimones o entes protectores, necesarios garantes de la justicia, aparecen en muchas culturas y religiones, aunque modulados de muy diferentes maneras. Algo parece que nos falta; o quizás tan solo sea que nos disgusta estar solos. Deseamos contar con testigos que salven nuestras acciones del olvido o nos acompañen en los momentos de alegría o infelicidad. Númenes de toda clase y credo han cumplido desde tiempos inmemoriales dicha labor de acompañamiento. Al menos, hasta nuestros días… Por suerte, a falta de ángel, la mirada del poeta también puede hacer algo por nosotros; como aquella con la que Rilke salvaba la perdida sonrisa del joven volatinero a su madre, que ningún ángel, ni tan siquiera el invocado por el poeta, parecía dispuesto a recoger. Algunos de estos espíritus protectores aún planean sobre el nuevo libro que acaba de publicar Trea, El ángel que no duerme (2023), de Beatriz de Balanzó Angulo: un variado abanico de relatos breves que ponen su acento en la humanidad más doliente y precisada de consuelo. Cuentos de una gran condensación y emotividad, imbuidos de un delicado aire crepuscular, de esos tonos agridulces que inspira el ángel de la melancolía de Durero, que ―así sucede en el relato que da título al libro― hunde su pluma en los sentimientos de pérdida. La melancolía, el recuerdo vivificado por el sentimiento, es muchas veces materia literaria: una relación dialéctica entre pasado y presente de la que puede surgir la poesía.





