En un célebre pasaje de sus Trabajos y días, Hesíodo aseguraba que treinta mil inmortales «cubiertos de niebla» recorren la tierra vigilando las sentencias y malas acciones de los reyes. Esta suerte de daimones o entes protectores, necesarios garantes de la justicia, aparecen en muchas culturas y religiones, aunque modulados de muy diferentes maneras. Algo parece que nos falta; o quizás tan solo sea que nos disgusta estar solos. Deseamos contar con testigos que salven nuestras acciones del olvido o nos acompañen en los momentos de alegría o infelicidad. Númenes de toda clase y credo han cumplido desde tiempos inmemoriales dicha labor de acompañamiento. Al menos, hasta nuestros días… Por suerte, a falta de ángel, la mirada del poeta también puede hacer algo por nosotros; como aquella con la que Rilke salvaba la perdida sonrisa del joven volatinero a su madre, que ningún ángel, ni tan siquiera el invocado por el poeta, parecía dispuesto a recoger. Algunos de estos espíritus protectores aún planean sobre el nuevo libro que acaba de publicar Trea, El ángel que no duerme (2023), de Beatriz de Balanzó Angulo: un variado abanico de relatos breves que ponen su acento en la humanidad más doliente y precisada de consuelo. Cuentos de una gran condensación y emotividad, imbuidos de un delicado aire crepuscular, de esos tonos agridulces que inspira el ángel de la melancolía de Durero, que ―así sucede en el relato que da título al libro― hunde su pluma en los sentimientos de pérdida. La melancolía, el recuerdo vivificado por el sentimiento, es muchas veces materia literaria: una relación dialéctica entre pasado y presente de la que puede surgir la poesía.
Una parte significativa de los relatos que integran El ángel que no duerme centran su atención en situaciones y seres que para nuestra sociedad actual resultan invisibles o poco menos, pero que reciben de la autora una mirada restauradora. Sus protagonistas son personas débiles o de edad avanzada, necesitados del apoyo que pueden brindarles amigos y familiares: una ayuda necesaria a la hora de dar ese paso decisivo que tanto les cuesta (Ver de otro modo). También personajes enfermos o en el declive de su existencia que hallan en el recuerdo de momentos felices y significativos del pasado una validación de su vida presente, un acicate para aferrarse a ella. Así lo veremos en el relato titulado Entre la butaca y el corazón, donde la lectura de una vieja carta basta para recuperar la ilusión perdida. El recuerdo de un pasado luminoso, visto en perspectiva, ilumina el presente. Mucho de lo que hicimos o fuimos (o una parte tan solo, la mejor) era también para ahora: vivir para construir un relato, o mejor aún, un recuerdo que nos sostenga no deja de tener su sentido. En Aunque fuera tarde la autora reivindica el amor para los ancianos y enfermos: un relato en las antípodas de aquel cuento, tan magnífico como cruel, que escribiera Hawthorne, Las campanadas de boda, donde los esponsales de unos ancianos se veían acompañados por los sones y rituales de un funeral. Una parte importante del valor emotivo de estas y otras ficciones del libro emana de la contraposición de situaciones opuestas, la vivida en el presente ―marco escenario del relato― y la recordada que aporta el lenitivo.
Como cabía esperar en un libro tan atento a la humanidad más doliente, no faltan tampoco entre sus páginas algunas escenas de duelo, como la representada en El funambulista y la casa de las flores, protagonizado por un niño que oficia de testigo. Una historia que se resuelve en un mensaje de esperanza y renovación. Trazado con una tinta más oscura, Todavía con ellos cuenta los pesares de dos viejos amigos que comparten el recuerdo de una experiencia atroz: un duelo aún no superado. Un relato, entre dramático y nostálgico, que evidencia cómo las relaciones humanas pueden en ocasiones, de manera un tanto perversa (aunque comprensible), dificultar el necesario olvido. Muchos de los relatos de Beatriz de Balanzó Angulo constituyen instantáneas cargadas de emoción. La autora busca retratar el momento culminante de un proceso, que queda así expuesto de una manera más efectiva. Momentos en que la vida se adensa. En La espera, el fugaz reencuentro con el cuerpo de la persona desaparecida, que se desea tanto como se teme, señala el inicio de un camino de pérdida y olvido que solo tiene como límite la eternidad. Aún más dramática resulta la escena de soledad ante el duelo narrada en Por la rendija, tan condensada como terrible. Un carácter mucho más amable informa El misterio de Leo: la enternecedora y divertida pintura de un niño que busca angustiado y a la carrera su cuaderno de escritura perdido.
Pero los relatos de Beatriz de Balanzó Angulo no pueden en modo alguno reducirse a un único registro. Aunque muchos de ellos manifiestan perfiles de misterio y ambigüedad, los hay que se nos presentan como verdaderos enigmas. Así parece que sucede con Alicia y El caso Alicia, complejas ficciones que ofrecen dos diferentes perspectivas de unos mismos sucesos y personajes, que giran en torno a una mujer de personalidad poco menos que inasible. Una historia narrada con las urdimbres de un relato policial clásico ―de su parodia―, donde un detective de pipa y lupa investiga un extraño caso en el que el amor y una aparente locura contribuyen a obstaculizar ese difícil empeño que es definir la realidad. Como dos espejos enfrentados, las miradas del enamorado y del detective parecen complicar el asunto más que aclararlo. Igualmente enigmático le resultará al lector el relato titulado «La muerte se anuncia», breve crónica de una obsesión sobrevenida casualmente a su protagonista, que culmina bruscamente en una inesperada y ambigua liberación. Otro relato casi inescrutable es el titulado Vagabunda luz, quizás una metáfora del deseo, que bien podría explicarse apelando a un expeditivo proverbio de William Blake: «el que desea, pero no actúa, engendra podredumbre».
Otro rasgo notable en el hacer literario de Beatriz de Balanzó Angulo es su interés por explorar, de manera sutil e ingeniosa, dominios reducidos y modestos. Así se manifiesta en La comunidad que jamás salió a la calle, una imaginativa mini ficción que cede todo el protagonismo a esas prendas de vestir que nunca nos pusimos, y en las que no es difícil ver un trasunto de proyectos humanos rotos o frustrados. Nuestros objetos personales, postergados en ocasiones, pueden impartirnos no solo lecciones de paciencia, sino también motivos para meditar sobre nuestra transitoriedad. Es el significado que emana de los objetos humildes pero cargados de humanidad (como el que sustentaba aquel célebre soneto de Rafael Morales, Cántico doloroso al cubo de basura). Dicha función simbólica también podrían ejercerla algunos libros no leídos, el viejo cuaderno de notas que aún espera nuestra primera anotación o un instrumento musical que no aprendimos a tocar y que ―como el arpa de Bécquer― aguarda su momento de gloria olvidado en un rincón. Todos aquellos objetos familiares, en suma, en los que depositamos una ilusión que no llegó a cumplirse. Pero es preciso reconocer que la fraternidad de las ropas que nunca salen del armario, moldeadas a imagen y semejanza del cuerpo humano, encarna una fuerza alegórica poderosa y cercana (recuérdese la estrofa XVII de las Coplas de Jorge Manrique), imbuida además de un matiz misterioso e inquietante, casi fantasmal. Otra formulación literaria de ese valor significativo de las prendas de vestir la encontramos en Mirada en cinta, un breve y original relato donde el objeto de adorno femenino ―un lazo rojo― es puesto en valor por el procedimiento de hacerlo visible cromáticamente en su entorno, tal como si lo subiéramos a un escenario. En la misma línea podríamos situar Un zapato en la puerta: una metáfora ―un tanto arriesgada, si no hubiéramos asumido ya la poesía de los objetos modestos, aparentemente prosaicos― de la dificultad de desanudar esa confusión de los sentimientos que entraña el duelo, la pérdida. Desatar un zapato puede representar una experiencia tan desasosegante como esas pesadillas en las que no logramos enderezarnos. La autora se acoge, como en sus anteriores relatos, a una retórica de proximidad que sabe extraer sus referentes del mundo de lo cotidiano.
Aunque abundan las figuras femeninas en el libro, hay relatos en los que reciben una atención más particularizada. Es el caso de Aromamonte, un bello texto que incluye cinco breves estampas de mujeres marcadas por su apego a la tierra. Depositarias de una alegría sencilla, son naturalezas plenas que viven alejadas de las urgencias y agobios de la urbe, ancladas en un presente donde el futuro se manifiesta no con amenazas ni incertidumbres, sino «tan imprevisible como esperanzador». Una feliz tribu de mujeres de pueblo, de espíritu generoso, al que se añade una «flor de otras tierras», llegada de la ciudad para poner su granito de arena en la misión de revivificar un perdido rincón de la España rural, nunca vaciado de valores humanos. Furimusa: tiempos de duelo es una de las invenciones más dinámicas y emotivas del libro; un ejercicio de fantasía desbordada, casi visionaria. Inspirado en la mitología clásica, el relato está protagonizado por una bandada de furias que la autora se complace en presentarnos inmersas en una orgía de fuego, rabia y destrucción. De manera parecida a como Brunilda, tocada por el amor, deponía las armas de su inmortalidad inhumana, Furimusa, la furia protagonista, renuncia al ansía destructora y vengadora que su naturaleza le exige sublimándola en creación artística. La furia ―contrafigura del ángel― deviene así en musa: de Alecto a Polimnia. Una idea ya prefigurada, en un orden diferente pero paralelo, en el brevísimo relato que daba título al libro, El ángel que no duerme, donde un ángel atento transmutaba la melancolía en sonidos y palabras redentoras. Metamorfosis ciertamente alentadoras, pues en muchas ocasiones la vida se complace en hacernos recorrer precisamente el camino contrario.
Finalizada la lectura del libro, resta subrayar una vez más su tono marcadamente lírico, como así nos lo anunciaban los dos emocionantes poemas, tan melancólicos como consoladores, que abren y cierran la colección; como también el último y enigmático texto, Estaciones, donde se utiliza en ocasiones la rima. Unas prosas breves y medidas, con alma de poema, que leeremos con el respeto y la admiración que impone una escritura bella, muy elaborada y sincera, en la que su autora ha puesto una parte importante de su corazón y su saber.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
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Ya se sabe que las noticias son casi siempre malas. Basta con echar un vistazo a los titulares de los periódicos o encender la televisión para comprobarlo. Y las que corresponden a la humanidad y sus amenazados valores sospechamos que serán tal vez peores. Si no hubiéramos leído antes Muerto de risa o Die Zweisamkeit, abriríamos este nuevo libro de Francisco Hermoso de Mendoza, Últimas noticias de la humanidad (Ápeiron, 2023), con el ánimo algo encogido. O como mínimo, en alerta. ¿No nos hacen sufrir ya bastante los locutores de los telediarios? Pero sabiendo cómo se las gasta el autor intuimos que las cosas no llegarán nunca a ponerse demasiado feas, o al menos vendrán acompañadas por ese sano humor que todo lo suaviza y nos ayuda a tragar de buena gana hasta las píldoras más amargas. Que de eso se trata en literatura. A diferencia de los anteriores trabajos del logroñés, Últimas noticias de la humanidad nos ofrece un conjunto de quince relatos, un amplio abanico de propuestas narrativas fraguadas en formas y registros muy diversos. El libro alcanza una unidad que es suma y equilibrio de fuerzas contrapuestas: lo cómico y lo serio, lo coloquial y lo experimental, lo breve y lo extenso, lo simple y lo complejo: testimonio de la amplia variedad de intereses que preocupan a Hermoso de Mendoza. Su proyectada síntesis de humor, sentimiento y reflexión ha sido felizmente alcanzada.
Según afirman algunos biólogos, las células del cuerpo humano se van renovando a lo largo de la vida, de tal manera que al cabo de diez o quince años podríamos decir que ya no somos la misma persona. Sin embargo, aunque mostremos un rostro más envejecido, tengamos algunos kilos de más o nuestro carácter se haya modificado en parte, nadie negará que conservemos íntegra nuestra identidad. Solo en contadas ocasiones este proceso se intensifica hasta el punto de volvernos irreconocibles o poco menos. Es entonces cuando hablamos de metamorfosis: un accidente ―orugas y mariposas aparte― de larga y feliz tradición en el terreno literario. De este tipo de cambios acelerados es de lo que trata la divertida novelita de Yukiko Motoya (1979), Mi marido es de otra especie (Irui kon´in tan, 2016), que en estos días reedita Alianza en su colección de bolsillo «13/20». Una excelente oportunidad, pues, para conocer la obra de esta joven escritora japonesa, ganadora de prestigiosos galardones literarios, como el Premio Akutagawa. Mi marido es de otra especie es una novela satírica protagonizada por un matrimonio que sufre una especie de convergencia indeseada de personalidad: una metamorfosis inducida por un marido poco ejemplar. Aunque la víctima principal es la mujer, que ve peligrar su identidad, la amenaza puede entenderse también como signo de una patología social más extendida y general. No es necesario leer muchas páginas del libro para descubrir que Yukiko Motoya sabe conferirle un brillo especial a todo cuanto narra: un toque de extrañamiento, fantástico y humorístico en ocasiones, que vuelve significativos los sucesos y situaciones cotidianas, haciendo gala a su vez de una admirable sencillez de estilo que se dirige directamente, sin maniqueísmos ni manierismos innecesarios, al corazón de sus lectores. La pérdida de la identidad es el tema principal de la novela. Con la excepción del cambio climático, la pobreza y la guerra, quizás no haya otra amenaza mayor que penda sobre nuestro futuro. Vigile, pues, el lector su rostro en el espejo, y no abuse de la televisión (ni de cualquier otra pantalla) como hace el marido de Sanchan. Tal vez sus facciones comiencen a desdibujarse el día menos pensado.
Hoy en día, con los ordenadores y la realidad virtual a la vuelta de la esquina, puede resultar difícil hacerse una idea de lo que representaban en el pasado las atracciones de los parques feriales. Aunque todavía subsisten ―al igual que el circo o la ópera―, su relevancia en la cultura popular se ha visto bastante disminuida. En el cuento maravilloso La caja mágica (Die Kukkasten, 1817), de La Motte Fouqué, un diablo disfrazado de feriante se valía de un cajón de dioramas para camelar y raptar a un niño curioso, de manera similar a como el célebre flautista de los Grimm se servía de la música para vaciar de gente menuda las calles de Hamelín. En la actualidad, la seducción más peligrosa nos acecha en móviles y ordenadores, y los artesanales dioramas de antaño, que nos permitían ver escenas del mundo entero, modeladas en relieve, han sido ampliamente sobrepasados por las posibilidades de Google Maps, una herramienta virtual tan pedestre como práctica. La poesía de estos entretenimientos populares, su valor simbólico y testimonial, siguen, sin embargo, latentes para quien sepa apreciarlos. El bello libro que acaba de publicar WunderKammer, Ferias y atracciones, de Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), es una invitación a sumergirnos en ese mundo de maravillas y evasión que constituían las ferias y parques de atracciones de hace más de medio siglo: un pasado que, por muy remoto que nos parezca, no ha perdido un ápice de su poder de fascinación. Casas de la risa, grutas mágicas, caballitos, brujas y demonios, domadoras de pulgas, autómatas, adivinos y otras varias especies «en peligro de extinción» pueblan sus páginas. El placer del lector, joven o más adulto, está asegurado. Porque este librito de Cirlot es también un parque de atracciones, un gabinete de sorpresas y curiosidades, un carrusel que dibuja su propio recorrido circular y del que nos dolerá apearnos en el último capítulo.
Peter Handke (1942) es un maestro contemporáneo que no precisa de presentación: uno de esos bienaventurados escritores cuyo relieve propio hace fácil olvidar que fue ganador de un Premio Nobel en 2019. Alianza Editorial, que ha publicado en nuestro país una considerable parte de su obra narrativa y ensayística, nos invita ahora a leer su más reciente novela, La segunda espada. Una historia de mayo (Das zweite Schwert. Eine Maigeschichte, 2020), traducida admirablemente para la ocasión por Anna Montané Forasté. Autor de una obra narrativa extensa, en la que figuran novelas tan reconocidas como La mujer zurda (1976), Lento regreso (1979) o La ladrona de fruta (2017), la producción artística del austriaco también incluye poemas, filmes y numerosos textos dramáticos, como 
Aseguraba Tales de Mileto que no hay nada tan veloz como el pensamiento, que discurre libremente por todas partes (así lo refiere Diógenes Laercio). El filósofo presocrático aludía, claro está, a la propiedad que tiene la imaginación para desplazarse a cualquier lugar conocido, y no tanto a la velocidad del proceso mental en sí, al que la ciencia moderna ha impuesto límites más modestos. En cualquier caso, sea más o menos rápido, el pensamiento puede dar una o mil vueltas, y sin necesidad de detenerse es capaz de ralentizar la acción del sujeto hasta extremos preocupantes. «La decisión desfallece bajo la pálida sombra del pensamiento», decía Hamlet, pues no siempre resulta fácil armonizar acción y reflexión. Así lo veremos en Palacio mental (Pre-Textos, 2022), una original y sugerente nouvelle que transcurre casi por entero en la mente de un detective enfrentado a un caso de asesinato. Su autor, Guillaume Contré (1979), es un literato de origen francés que escribe también en nuestra lengua, y que tiene en su haber otra breve e interesante novela: Sensatez (Pre-Textos, 2019). Quizás no sea ocioso informar al lector de que la expresión «palacio mental» denomina una antigua herramienta de memorización, atribuida a Simónides de Ceos, que nos facilita recordar listas de nombres u objetos según los vamos alojando ordenadamente en las diferentes estancias que componen un palacio mental imaginario. Si el título de la novela aludiera a este procedimiento mnemotécnico, le añadiría un matiz irónico a las tortuosas especulaciones de su protagonista. Porque el problema de estas habitaciones palaciegas de la mente humana es que casi siempre están amuebladas en exceso; tan llenas de espejos, cortinajes y cachivaches diversos que resulta casi imposible alojar nada nuevo. Y menos aún transitarlas con rapidez.
No me cabe ninguna duda de que todos aquellos que disfrutaron leyendo Muerto de risa (2021) quedarán igualmente encantados con esta nueva novela de Hermoso de Mendoza, Die Zweisamkeit, que el escritor logroñés vuelve a ofrecernos de la mano de Ápeiron Ediciones. No solo representa una consolidación evidente en su hacer literario, que se extiende, profundiza y afina, sino que además promete regalarnos con parejas dosis de imaginación, reflexión literaria y humorismo del bueno. Un juego del que el lector podrá participar, si tal es su deseo, antes incluso de tener el volumen entre las manos. Le bastará con observar los apuros del librero al buscar en su base de datos el título de la novela que le reclama. ¡Se han hecho performances con mucho menos! Cuando lo habitual es cifrar todas las esperanzas en cintas y envoltorios, en sagas y títulos clonados, esta impronunciable etiqueta que viste de enigma a la novela, Die Zweisamkeit, tiene mucho de desacato. Acostumbrados a citar tantos libros que ni siquiera se han visto, a discutir sobre tantos volúmenes que no se han abierto, muchos juzgarán indignante el no poder recordar el título de uno que precisamente sí se han leído. Mi consejo al lector quisquilloso es que no pierda el tiempo buscando traducciones en el google y comience a leer la novela de inmediato, aunque no sepa de qué va y necesite cifrar todas sus esperanzas en una pronta traducción en lengua alemana (donde, en buena lógica, el título figurará en castellano). Y si no tiene paciencia para tanto, que lo repita muchas veces en voz alta hasta que se lo aprenda y sea capaz de recitarlo con soltura: ¡Die Zweisamkeit, Die Zweisamkeit, Die Zweisamkeit…!
En una galería del Museo Teylers de Haarlem (Países Bajos), encastrados en una vieja caja poligonal de madera, se conservan los restos de un famoso fósil: una salamandra gigante del Mioceno Superior (Andrias scheuchzeri), según la clasificara Georges Cuvier en 1811. Hasta ese momento, esta venerable petrificación era conocida ―en virtud de su cráneo antropomorfo― como Homo diluvii testis («Hombre testigo del Diluvio»), nombre que le impusiera en 1726 su descubridor, el médico suizo Johann Scheuchzer (autor, por otra parte, del célebre Herbarium diluvianum). Esta curiosa anécdota tiene un significado que va mucho más allá de la rectificación de un error (la historia de la paleontología está llena de ellas): es el elocuente testimonio de unos tiempos en que el estudio de los fósiles era considerado un valioso apoyo de la religión. Las ingentes acumulaciones de animales marinos fosilizados ―erizos, moluscos, crustáceos, incluso peces― que era posible hallar en las cumbres montañosas ¿qué otra cosa podían significar, si no era la veracidad del Diluvio, de esa catástrofe universal narrada en el Génesis? Cuando no se había desarrollado aún la estratigrafía ni se conocían los movimientos de la corteza terrestre o la deriva continental, buscar fósiles podía considerarse una labor de apostolado, una profesión de fe teñida de pragmatismo. Prueba de ello son las valiosas colecciones de fósiles conservadas en muchas instituciones religiosas europeas, así como el hecho de que destacados paleontólogos, incluso posteriores a Buffon o a Cuvier, pertenecieran a la Iglesia. Es el caso, en nuestro país, del canónigo Jaime Almera, catedrático de Geología en el Seminario Conciliar de Barcelona, que en 1877 publicara su Cosmología y geología, un manual de Ciencias de la Tierra con un importante contenido paleontológico. Almera pretendía conciliar los más recientes descubrimientos geológicos con la Revelación, y concluía su libro con un epílogo donde trazaba un llamativo paralelo entre el relato bíblico de los siete días de la Creación y los diferentes periodos geológicos de la historia de la Tierra.
Algo tiene la realidad que en ocasiones nos resulta decepcionante o incómoda. Quizás por ello el artista no se conforma casi nunca con efectuar su mero retrato, y prefiere enriquecerla o superarla de alguna manera. Esta elaboración de la realidad es siempre legítima, sobre todo si alcanza sus fines mediante la excelencia artística y no pretende enmascarar ninguna verdad. Muchas veces se trata simplemente de embellecerla, de resaltar sus rasgos más amables o positivos. Pero también es posible seguir un camino opuesto, el que pasa por exagerar las notas repulsivas. Tal sucede en Nubes flotantes ya envejecidas (1986), de Can Xue (1953), una novela que aspira a ser el retrato de una sociedad en descomposición, de una comunidad afectada por un deterioro que alcanza hasta las últimas fibras de su tejido social: la deprimente pintura de unas relaciones humanas sumidas en un terrible infierno en el que cada individuo actúa como víctima y verdugo a la par. No cabe duda de que en la inmisericorde mirada que la autora dirige a sus personajes se ha cargado mucho las tintas, aunque no porque se pretenda en modo alguno falsear la realidad. Esa fealdad humana en la que tanto parece complacerse Can Xue actúa no solo como un revulsivo, sino también como símbolo de una verdad más general. Una novela, en suma, más realista que la realidad misma.
En su Historia de los animales, Aristóteles señala como edad límite para la vida de un perro los veinte años. Un pronóstico optimista que no era, sin embargo, ni caprichoso ni infundado, pues se apoyaba en la autoridad del más grande de los poetas, Homero, al que el filósofo griego citaba como fuente digna de todo crédito. El cálculo no podía fallar. La suma de los diez años de la Ilíada y los otros tantos de la Odisea daba como resultado las dos décadas que vivió Argos, el perro de Ulises. El héroe lo había dejado siendo todavía un cachorro, y ahora, transcurridos veinte años, lo reencontraba viejo y abandonado, aunque capaz todavía de reconocerlo bajo su disfraz de mendigo antes de morir: una emotiva escena que contrastaba la grandeza de la gesta desempeñada por el héroe con la limitada existencia de un perro. Concedía así el poeta una escala temporal de mayor cercanía a esa portentosa serie de aventuras protagonizadas por Ulises, que comprenden tanto su participación en la hazaña colectiva de la guerra de Troya como la proeza individual de su accidentado retorno a Ítaca.







