Diario de un perro, de Oskar Panizza

La editorial Pepitas de calabaza ha reeditado hace unos meses Diario de un perro (1892), de Oskar Panizza (1853-1921), un feliz acontecimiento para los seguidores del escritor alemán, tan poco favorecido en nuestra lengua. Traducido por vez primera al castellano por Luis Andrés Bredlow, Diario de un perro cuenta con una interesante introducción de Julio Monteverde, y reproduce las divertidas ilustraciones originales creadas por Reinhold Hoberg para la edición alemana de 1892 (Aus dem Tagebuch Eines Hundes). Una edición exquisita y muy cuidada, un auténtico festín para los amantes de Panizza, que valorarán muy positivamente la valiente iniciativa de esta editorial independiente logroñesa.

Escrito bajo la invocación a Swift, Diario de un perro es también una sátira de la condición humana. Al igual que los ingenuos habitantes de Lilliput escrutaban, admirados, los bosillos del gigante dormido y describían objetos incomprensibles para ellos, el protagonista de este Diario -un chucho de campo recién llegado a la ciudad- hace jugoso inventario de los extraños hábitos de los hombres, que no termina de comprender. La artificiosidad y falsedad de la vida urbana es puesta en solfa desde la perspectiva llena de sentido común (perruno) del narrador; un narrador infrasciente, que narra y describe sin entender: un punto de vista grato a Panizza y que utilizó en algunos de sus relatos. De ahí nace la comicidad del discurso, que no es poca. Los vestidos antinaturales, que dividen a la raza de Adán en «enseñapiernas» y «ocultapiernas» (hombres y mujeres); el balbuceante lenguaje humano, reducido a un «desnudamiento de dientes» y una variada serie de ruidos extravagantes e inútiles; los ridículos hábitos diarios de su amo, como las matinales cucamonas ante el espejo… Una extensa lista a la que habría que añadir los coches de caballos, teatros, salones de baile, jinetes, carteristas…, un largo etcétera para el que Panizza tiene siempre dispuestos los mejores y más afilados dardos.

Pero son los hábitos sexuales propios de una sociedad reprimida el objetivo privilegiado de la sátira de Panizza, temática que aborda en muchos de sus relatos y que también está presente en estos Diarios perrunos: la obsesiva fascinación masculina por las coloridas interioridades que desvelan las mujeres al saltar un charco, la delirante descripción de las relaciones sexuales de su amo, las citas nocturnas en el campo, el propio e iluminador descubrimiento de la sexualidad canina… Tampoco los ataques a la religión, que tan amarga persecución concitaron sobre el escritor en vida, faltan en el texto, al que atraviesan de principio a fin con la ridícula adoración canina a la luna y sus cómicas ideas religiosas y transcendentes. Aunque la nota predominante del Diario es la comicidad, se alcanzan en ocasiones cotas más inquietantes, como las inherentes al descubrimiento de la muerte, humana y animal. Especialmente siniestra resulta la descripción del funeral del viejo amigo que le daba galletas.

Mención aparte merece la esclarecedora «Representación de Oskar Panizza», escrita por Julio Monteverde como prefacio a esta edición, en la que se repasan los principales hitos biográficos y literarios del autor, a la vez que se reflexiona sobre el papel del escritor como artista y hombre de su tiempo, que en el caso de Panizza adquiere una «dimensión totalizadora» en la que vida y obra lo apuestan todo en una partida contra unos valores que se consideran falsos y se rechazan hasta las últimas consecuencias. La trayectoria humana de Panizza no puede ser más dramática a este respecto: una infancia traumatizada  por una educación católica impuesta, su profesión de psiquiatra interrumpida, la prisión, y un final enclaustramiento de por vida en un asilo para enfermos mentales. Del éxito literario o la fama, mejor no hablar. Una lección, quizás, para los que osan cruzar los límites.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Ilustración de Reinhold Hoberg para Diario de un perro (1892) de Panizza

Un dibujo anterior de Panizza (no incluido en Diario de un perro), testimonio del carácter provocador del escritor alemán

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 1 comentario

El Vesubio, los fantasmas y otras cartas, de Plinio el Joven

Caius Plinius Caecilius Secundus, más conocido como Plinio el Joven (c. 62-113), fue hijo adoptivo de Plinio el Viejo, el célebre autor de la Historia Natural. Amigo del historiador Tácito y alumno de Quintiliano, Plinio el Joven alcanzó la fama (una de sus grandes aspiraciones) gracias a su epistolario, uno de los más destacados de toda la literatura latina. La editorial Cátedra nos ofrece ahora, en esta admirable edición bilingüe (colección «Clásicos Linceo»), algunas de sus cartas más interesantes y atractivas, anotadas, traducidas y comentadas por Francisco García Jurado. En el extenso epistolario de Plinio destacan, por su valor testimonial, las dos cartas referidas a la erupción del Vesubio (24 de agosto del año 79), de la que Plinio el Viejo, comandante de la flota romana anclada en Miseno (a unos 30 kilómetros del volcán), fue privilegiado y fatal testigo. En la primera de ellas, [Carta sobre la muerte de su tío Plinio el Viejo], se nos narra la temeraria resolución del viejo naturalista, que al punto apareja una nave para cruzar la bahía y no perderse la investigación de un fenómeno tan singular, y de paso ayudar a quien pudiera necesitarlo. El joven Plinio, que acompañaba a su tío en Miseno y tenía entonces diecisiete años, prefiere quedarse atrás, entretenido con sus libros y tareas escolares… El retrato que nos pinta Plinio de su tío parece un compendio de las mejores y más añejas virtudes romanas: curiosidad, valentía, generosidad, estoicismo… En la segunda carta referida al volcán, [Carta sobre la experiencia del propio Plinio el Joven durante la erupción del Vesubio], se nos da noticia de las tribulaciones sufridas por los que se «quedaron atrás», y que no por ello dejaron de correr grandes peligros. Las sorprendentes descripciones de Plinio el Joven acerca del fenómeno volcánico, incomprendidas y poco creídas en su tiempo, encontraron su plena confirmación en la moderna vulcanología, para la que constituyen un precedente escrito de enorme consideración. Otra carta de gran interés incluida en esta selección es la intitulada [Carta sobre los fantasmas], recopilación de tres sucesos de índole paranormal: una aparición profética a Curcio Rufo, que luego se cumple; los espantables sucesos acaecidos en una casa encantada de Atenas; y una extraña aparición, también profética, sucedida en el propio entorno doméstico del autor. Las peripecias del filósofo Atenodoro, que se atreve a pernoctar en la domus «infamis et pestilens», anticipan ya casi todos los elementos que serán luego moneda corriente en este tipo de relatos: el escenario pavoroso, el ruido de las cadenas, la aparición del temible y horrendo «phantasma» (idolon, imago…), el crimen oculto que sale a la luz, la expiación mediante la consumación del rito funerario pendiente… Completan esta edición otras cinco cartas, quizás menos llamativas en razón de su contenido, pero no de menor interés, como las relativas a la educación, a la inmortalidad que confiere la historia, y a la fama. Una última carta dirigida al emperador Trajano, al que Plinio consulta sobre el trato que deben recibir los cristianos en los procesos abiertos en su contra (cumplía entonces Plinio las funciones de legado propretor en Bitinia), nos ofrece un interesantísimo testimonio del estado en que se encontraba el cristianismo en aquellas remotas fechas, cuando ya las autoridades romanas lo diferenciaban netamente del judaísmo, pero aún andaba lejana su incorporación como religión oficial del imperio. Figura a continuación la concisa respuesta del príncipe, plena de equidad y sentido común. Completa el volumen una serie de comentarios del editor, Francisco García Jurado, sobre cada una de las cartas, en los que se recogen además, con gran acierto, textos de otros autores, antiguos y modernos, referidos a las distintas temáticas: Marcial, Quintiliano, Virgilio, Plauto, Tácito, Cicerón, Luciano, Montaigne, Primo Levy, Francisco Ayala… Una lectura provechosa y amena, que amplifica y/o sitúa en su contexto la lectura de las cartas. Por lo demás, el texto latino, profusamente anotado, facilitará, incluso a los no especialistas, paladear directamente la exquisita prosa del autor.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Nonum Kal. Septembres hora fere septima mater mea indicat ei apparere nubem inusitata et magnitudine et specie.»  (C. Plinius)

Plinio el Joven reprendido por su padre adoptivo, Plinio el Viejo, por Thomas Burke (1749-1815)

Publicado en Ensayo, Narrativa | Etiquetado | 1 comentario

Las razones de Georgina, de Henry James

No deja de ser motivo de celebración el que todavía existan textos de Henry James inéditos en castellano, y que un azar benévolo nos permita encontrarlos, cuando menos lo esperamos, en los estantes de nuestras librerías. Es tan extensa la obra del norteamericano, que por delante queda, además, la feliz certeza de que vendrán más… Al igual que otras editoriales de nuestro país, Navona ha sabido explotar con inteligencia esta feliz circunstancia, sacando a la luz, en los últimos años, algunas novelitas de notable interés, como Historia de una obra maestra, Compañeros de viaje, Adina, La confesión de Guest, o esta otra de la que ahora nos ocuparemos, Las razones de Georgina (1884), traducida por Pilar Lafuente y prologada por Jorge Ordaz.

Como no es raro en la novelística de James, Las razones de Georgina cuenta también con una doble ambientación geográfica, repartida su trama entre el nuevo y el viejo mundo: Nueva York y Nápoles. Sin embargo, y a diferencia de otras novelas que se complacen en contraponer las diferentes idiosincrasias imperantes a ambos lados del Atlántico, en Las razones de Georgina el foco sólo apunta a los compatriotas del autor. Si es también habitual en James el oponer con ventaja la mujer norteamericana a la europea -por su mayor independencia de criterio, espontaneidad y ausencia de doblez-, en el caso presente su pregonada superioridad degenera hasta convertirse en defecto. Dicho de otra manera, la voluntariosa e indomable protagonista de la novela, Georgina, peca por exceso, adentrándose sin vacilar en el pantanoso terreno del delito y la imprudencia criminal.

Las razones de Georgina es sobre todo una novela de mujeres, en la que se nos ofrece un abanico de damas de muy diverso carácter, todas norteamericanas. La protagonista, Georgina Gressie, es, desde luego, un caso aparte, cuyo difícil desciframiento se lo dejaremos al lector. Cuando la madura Mrs. Portico, su mejor amiga y confidente, llegue a conocerla, se alegrará de no haber tenido una hija… Las hermanas Theory, Mildred y Kate, son la otra cara de la moneda, el modelo positivo. Su personalidad también contrasta con la de su cuñada, la superficial miss Agnes, que acaba de casarse con Percival Theory y pasea por Europa, sin ningún complejo, su talante provinciano de nueva rica. De las dos hermanas Theory, sin embargo, Mildred está enferma de tisis, y Kate, carente de recursos, parece condenada a no tener una existencia propia (“cuidaba de los niños de los demás mientras sus padres asistían a convenciones contra la esclavitud”). Los personajes masculinos se reducen propiamente a Raymond Benyon, el protagonista, un doloroso ejemplo de cómo la bondad y la integridad pueden conducir al más absoluto desastre si no se atemperan con algo de prudencia y decisión. No deja de ser irónica la afirmación del narrador cuando asegura que “Benyon se percató con facilidad de que la vida iba a presionarla duramente [a Kate] a menos que alguien interviniera”. Pero si algo caracteriza a Benyon es precisamente su escasa habilidad para intervenir. Los restantes personajes masculinos son pálidas sombras que sólo aparecen en escena en virtud de sus mujeres, a las que ignoran o desconocen: Percival Theory se muestra tan inmune a la vulgaridad de su nueva esposa, Agnes, como William Roy a la maldad de la suya, Georgina. ¡Para sufrir es necesario tener alma!

Henry James, que por aquel entonces debía tener ya firmemente asumida su vocación de célibe, parece complacerse en la dificultad de lograr uniones armónicas y felices: La única pareja que merece la pena en la novela, la formada por Raymond y Kate, se verá condenada a ese limbo de las relaciones que nunca se consuman. En fin, las razones de Georgina –que se nos escapan, si no son las del más puro y necio egoísmo– bien pueden ser las razones del autor para abominar de las mujeres y de sus peligrosos lazos. En cualquier caso, una doble moraleja sí parece evidente: que la virtud rara vez recibe su recompensa, y que la debilidad es un pecado que siempre se paga.

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 3 comentarios

La noche de Walpurga, de Gustav Meyrink

La noche de Walpurga (Walpurgisnacht, 1917), del escritor vienés Gustav Meyrink (1868-1932), es una novela de una belleza y riqueza excepcionales, venturosamente libre –en mi opinión– de esas excesivas divagaciones ocultistas y esotéricas que tanto lastran algunos de los textos mayores del autor. Meyrink, que estudió y valoró extraordinariamente la espiritualidad oriental, la magia, la cábala y otro sinfín de creencias heterodoxas, mantiene dentro de unos límites razonables la exposición de sus extravagantes teorías, permitiéndonos también una lectura gozosa del texto como pura obra de ficción. La editorial El Nadir recupera así, en la traducción de Carlos Chávez, un texto de interés capital en la obra de Meyrink, inaccesible en nuestra lengua desde que se descatalogara la edición de Bruguera de 1983.

La novela tiene como único escenario a la vieja y misteriosa ciudad de Praga, y concretamente al Hradschin, con sus viejos palacios e iglesias, siniestras prisiones y leyendas sangrientas. En este medio, ya de por sí fantástico –y oscurecido por el contexto de guerra en el que se nos presenta–, se mueven una serie de decrépitos personajes, no menos delirantes, condenados a una extinción inminente: apolillados aristócratas trufados de secretos, consejeros grotescos, viejos médicos imperiales, criados con librea, ancianas prostitutas enamoradas… Cercados por la Gran Guerra y un enrarecido ambiente prerrevolucionario, sólo la catástrofe final los redimirá de su decadencia, al arrancarles a todos un último gesto de grandeza. Frente a ellos el autor sitúa una joven pareja de enamorados, condenada a representar también un papel en el desenlace de la trama, aunque en su caso mucho más activo: el estudiante de violín Ottokar y la joven condesa Polixena, fatalmente presos de una pulsión erótica irrefrenable. Ottokar, que ya estaba enamorado del retrato rococó de la condesa Polixena Lambua que cuelga en el palacio Elsenwanger («cruel y sensual a la vez», de «diminutos dientes como sedientos de sangre»), cae en un paroxismo erótico cuando descubre sentada a su lado, en la iglesia, a la joven condesa Polixena, descendiente de la dama del cuadro y con la que guarda un completo parecido. La joven Polixena, por su parte, es el personaje más decisivo e inquietante de la novela, y no sólo por sus desinhibidos asaltos sexuales a Ottokar, o su turbia inclinación a morderle en el cuello… Criada en un entorno de viejos aristócratas orgullosos e incapaces de transmitir el menor sentimiento de humanidad, educada luego en un estricto colegio religioso católico donde el espectáculo más vital que se ofrece a sus ojos de niña es el de la sangre (“martirio, flagelaciones, crucifixiones, sangre y más sangre”), Polixena desarrolla a la postre una personalidad idónea para verse poseída por la voluntad de su antepasada, en lo que parece una reencarnación en toda regla.

Un concepto esencial para poder comprender La noche de Walpurga es el de aweysha, o la apropiación de un cuerpo humano –preferentemente vivo– por el espíritu de un Ewli, una especie de faquir o chamán con poderes mentales excepcionales. Dentro de esta teoría –un tanto paranoide– de Meyrink, los incomprensibles comportamientos humanos que precipitan las grandes guerras y desórdenes sociales estarían inducidos por controles y suplantaciones masivas y malévolas de dicha índole. En el caso de La noche de Walpurga, la aweysha que desencadena los movimientos revolucionarios que ponen fin a la novela viene inducida, desde más allá de la tumba, por cuenta de un famoso revolucionario (Jan Zizka) y una aristócrata de perfiles inquietantes (Polixena Lambua), que toman como juguetes de sus ambiciones no satisfechas en vida a los dos jóvenes protagonistas de la novela, Ottokar y Polixena. A este respecto hay que subrayar que el título de la obra no se refiere estrictamente a la fecha del 31 de abril de cada año (festividad de Santa Walpurga), sino más bien a una “noche de Walpurga cósmica”, que se produce cada muchos años, y en la que los “desórdenes” se producen a una escala mayor. Aunque La noche de Walpurga es una novela fantástica, no deja de estar muy determinada por el contexto histórico en el que fue escrita: el de la Gran Guerra y la Revolución Rusa.

Escena de brujería, de Salvatore Rosa (1615-1673)

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | 1 comentario

La casa de los deseos, de Rudyard Kipling

Hay otras muchas antologías de relatos de Kipling (1865-1936), pero esta que acaba de publicar la editorial Eneida (traducida por Javier Hernández Huerta) recoge algunos de los más interesantes del autor inglés, y es además bastante representativa de su universo literario: lo fantástico y lo cotidiano, Inglaterra y la India, la inescrutable mentalidad indígena y la cerrada sociedad británica, heroísmo y superstición…Unos relatos que habrá que disfrutar, en ocasiones, poniendo entre paréntesis su defensa a ultranza del colonialismo británico, uno de los valores, quizás, menos actuales de su narrativa.

En “La casa de los deseos” la conversación aparentemente anodina de dos ancianas inglesas, que recuerdan su duro pasado, se ve de repente transportada a un registro fantástico, con la evocación de una casa abandonada, en plena ciudad de Londres (la Bagdad de Occidente, según Stevenson), que atesora un poder increíble. Se nos desvelará una historia de sufrimiento y amor desinteresado. “Ellos” es uno de los relatos más bellos y poéticos del libro: un viajero, perdido con su vehículo en un misterioso y mágico paisaje inglés –descrito de manera magistral–, arriba a una maravillosa y remota mansión, habitada por una amable mujer ciega y unos extraños niños que juegan en el jardín… Si estos dos primeros relatos están ambientados en Inglaterra, los restantes se relacionan con el colonialismo británico en la India, escenario habitual de Kipling. En “La marca de la bestia”, uno de los cuentos más conocidos del autor, lo fantástico deriva hacia lo terrorífico, desencadenado por la estupidez de un occidental que parece desconocer que, más allá de Suez, el hombre “queda a merced del poder de los demonios y dioses de Asia”. Aunque “Una guerra de sahibs” se desarrolla en Sudáfrica, en el contexto de la Guerra de los Boers (que el autor conoció de primera mano), puede considerarse una ampliación o traslación de la temática colonial india. El relato está narrado en primera persona, a modo de monólogo, por Umr Singh, un orgulloso indio de la casta sij y soldado de la caballería británica, que no duda en seguir a su capitán en una caballerosa y heroica escapada hacia la muerte bajo cielo africano. Un canto a la integridad británica, pero también a la lealtad de un subordinado capaz de sobreponerse a los tabúes de su casta. En “El regreso de Imray” reaparece el registro fantástico, que ahora alcanza altas cotas de horror y complacencia macabra. Este relato, al igual que “La marca de la bestia”, tiene como personaje destacado al comisario Strickland, lo que le da un cierto aire policiaco. Sin embargo, la reparación de la falta, en ambos textos, solo se alcanza con un ejercicio de violencia. Las reglas éticas parecen desdibujarse con la latitud, y los personajes del primero de los relatos no dudan en reconocer que: “habíamos perdido para siempre nuestra dignidad de británicos”. Finalmente, en “Sin la bendición de la Iglesia”, se abordan las conflictivas relaciones entre colonizadores e indígenas. El profundo y conmovedor amor entre un inglés y una joven india –y su hijo recién nacido– sirve de pretexto para un rendido elogio del denodado servicio de los británicos en la India, puesto a prueba por una atroz epidemia. Una vez más la fidelidad de los sometidos brilla como el oro… Quizás lo más admirable de este relato sea la perfección de su doble registro: lo individual y lo colectivo. Se impone el sacrificio: la tragedia personal se relativiza diluyéndose en el Todo. Sin duda Kipling aprendió mucho de la India.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Narrativa | Etiquetado | 2 comentarios

El rabino de Bacherach, de Heinrich Heine

En la obra de Heinrich Heine (1797-1856) no son abundantes los relatos de pura ficción, que pueden reducirse esencialmente a tres: Las memorias del señor de Schnabelewopski (1833), Noches florentinas (1836) y El rabino de Bacherach (1824-1840). Los que hayan leído los dos primeros textos, de excepcional atractivo y madurez, seguramente se sentirán un tanto sorprendidos –cuando no defraudados– al enfrentarse con El rabino de Bacherach, un texto de interés mucho más modesto; que es, además, muy diferente, tanto por su contenido, su tono o las circunstancias de su composición. Obra inacabada, El rabino de Bacherach ha sido generalmente poco valorada por la crítica, que ha hecho mucho hincapié en su carácter de obra incompleta, seguramente frustrada: Heine interrumpió su redacción en 1826, y solo la retomó –sin demasiado éxito, al parecer– en 1840. Estas interrupciones –cuando media un cambio o evolución estética en el autor– resultan siempre problemáticas, si no fatales. En cualquier caso, creo que merece la pena leerla, aunque solo sea para disfrutar de la belleza deslumbrante y sin desmayos de su primera parte. Debemos alegrarnos, por lo tanto, de la aparición de esta nueva y atractiva edición de El rabino de Bacherach (primera edición individual del relato) que nos ofrece la editorial cordobesa El olivo azul (Colección Errantes), traducida por Paula Sánchez de Muniain, y que recoge además dos poemas de Heine relativos al pueblo de Israel (con texto en alemán y castellano): “A Edom” y “Lloran las estrellas en el firmamento”.

Aunque Heine se mantuvo siempre alejado de la religión de sus mayores, quiso hacer suya con este relato la reivindicación de un pueblo tan injustamente oprimido como el judío. La obra, ambientada en la Alemania de finales del siglo XV, parece el boceto de una novela histórica, y tiene como principales protagonistas al rabino Abraham y a su bella esposa Sara. Comienza la novela con una romántica descripción de la decrépita ciudad de Bacherach, antaño floreciente, así como de los ritos religiosos judíos y las falsas leyendas que se les atribuyen. La acción propiamente dicha se inicia con la huida repentina de la pareja protagonista, en plena noche, de un «pogrom» que se va a desatar de manera inminente en Bacherach. Dos extraños, que se han presentado inopinadamente como invitados en la cena de Pascua que preside el rabino, introducen disimuladamente bajo la mesa donde se celebra el banquete ritual el cadáver ensangrentado de un niño cristiano. Se escenifica así una de las más difundidas y negras leyendas a cuenta de los judíos: la realización de sacrificios humanos durante la Pascua, coartada fabulosa para justificar luego sangrientas matanzas y abusos. La situación de temor continuo y peligro inminente a que se ven sometidos los judíos se plasma magistralmente en la escena en que Abraham, habiendo descubierto casualmente bajo la mesa el cadáver mientras leía del libro sagrado, disimula al instante y a la perfección su terror, hasta poder hablar en secreto con su mujer y concertar una huida inmediata, que tiene lugar sin despedidas y estrictamente con “lo puesto”. La travesía nocturna del Rin, plena de leyendas, recuerdos y visiones, evocados por el personaje de Sara, configura una página plenamente heineana, de gran poesía y sugerencia, una de las más bellas de todo el libro.

La leyenda negra de los sacrificios de niños por parte de los judíos tuvo su manifestación española más tristemente célebre en la famosa historia del Santo Niño de La Guardia, una supuesta crucifixión ritual acaecida en Toledo en el año de 1489, y de la que se hace eco, por ejemplo, Bécquer en su leyenda “La rosa de Pasión”. Ocurrida en el mismo año en que Heine sitúa el «pogrom» de Bacherach, no deja de ser una casualidad bastante curiosa, sobre todo cuando, además, el autor introduce en su tercer capítulo un personaje de origen español, el judío Isaac Abarbanel, recién llegado de Toledo. ¿Conocía Heine la historia del Santo Niño de La Guardia? ¿Pensaba utilizarla ulteriormente en el desarrollo de su inacabada novela?

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Ilustración de Max Liebermann para el relato de Heine

Publicado en Narrativa | Etiquetado | 1 comentario

Los crímenes de la época, de Louise Michel

Louise Michel (1830-1905) fue una convencida y destacada anarquista francesa, integrante y combatiente de la Comuna de París, que sufrió en sus propias carnes consejo de guerra y un destierro de diez años a Nueva Caledonia. Sus textos literarios son, como no podía ser de otra manera, rabiosamente comprometidos con la causa de los más desgraciados. Los crímenes de la época (1888) lo conforman una serie de relatos que ponen su foco en la injusticia social de su tiempo, en unas clases sociales entregadas a una brutal lucha, llevada a término en el terreno más extremado, el del crimen y el abuso sexual. En esta selva no hay términos medios ni lugar para los matices: las clases dominantes son verdaderos depredadores de los desgraciados, auténtica carne de cañón. Seguramente podrá reprocharse a estos relatos un exceso de radicalismo, un exagerado regusto por recrearse en lo más bajo e inhumano; pero, aun así, creo que no les falta ni fuerza ni interés. Escritos en un lenguaje directo y sencillo (“En un salón, rica y estúpidamente decorado, se encuentran tres mujeres”), con un ritmo narrativo en ocasiones entrecortado, de párrafos breves y frases lapidarias, con frecuencia sentenciosas («Cuando las hijas de los pobres abandonan el nido, nunca suben de nuevo a la rama»), alcanzan una gran eficacia en la consecución de sus fines, que quizás no sean otros que los de denunciar y despertar indignación. No obstante son también literatura. Una vez más la editorial valenciana El Nadir ha tenido el acierto de presentarnos a un autor de interés que desconocíamos en castellano, y que leeremos –un tanto sobrecogidos por su dureza– en la precisa y feliz traducción de René Parra. Unas páginas introductorias, escritas por Blas Parra, nos  ayudarán también a comprender mejor la obra de una escritora a la que los periódicos conservadores de su época apodaron «la virgen roja» y «la petrolera de la revolución».

Primeros y últimos amores” ejemplifica bien esa sociedad injusta y depravada que desea pintarnos la escritora, en la que hacen infernal pareja el amor y la muerte, pero siempre a costa de las mujeres de la clase más baja. Condenadas por un primer desliz, marginadas en el seno de su propia familia por una mentalidad trasnochada, resultan las víctimas inevitables de una pulsión masculina anormal que parece desconocer los límites entre el deseo y el crimen. La descripción que nos ofrece Louise Michel de los aledaños de la rue Mouffetard, y de los hornos de yeso donde los más miserables encuentran refugio en las duras noches del invierno –comidos de chinches y acosados cruelmente por la policía–, configura algunas de las escenas más dolorosas de todo el libro. En “Rapaces”, dos jóvenes e inocentes bretonas recién llegadas a París son recogidas en una casa donde, bajo la excusa de recibir caridad cristiana (a cargo de la marquesa de Donadieu), son sometidas por miembros de la “buena sociedad” a un continuado abuso sexual. Huidas a su pueblo, nadie las cree, y sólo reciben el desprecio de todos. Un joven paisano que viene a París para indagar la verdad de su denuncia, descubre las instalaciones ocultas de un verdadero matadero… Como era de esperar, la Justicia echará tierra sobre el asunto y los inocentes recibirán un injusto castigo. “La carta anónima” se desarrolla en un terreno menos público, más privado, el de la violencia de género ejercida brutalmente contra las mujeres en el seno de la institución matrimonial. En “Los vampiros” se nos muestra la depravación en su estadio más avanzado. Los dos protagonistas de las horrendas gestas nocturnas en el Père-Lachaise representan clases sociales bien contrapuestas: el bestia de la calle y el desequilibrado de la clase alta, aliados “en los antros a los que acude la futura carne de horca”, pues parece como si sólo en el crimen pudieran unirse ricos y pobres. En este relato la demencia criminal parece extenderse a todas las clases; pero es sólo Pierre Mardi, el hijo del orfanato, el que recibe el castigo; mientras que Jean Eléazar continúa con sus clandestinas transgresiones hasta su cruento final; un final, incluso, sobre el que la hiprocresía social tiende un tupido velo. En “El bello Raymond”, único relato ambientado en época histórica, la de Carlos VI e Isabel de Baviera, se pasa revista al libertinaje de las aristócratas maduras (“De jóvenes las habían perdido, viejas perdían a los demás”), que encuentran un castigo brutal a sus juegos amorosos. Como era de esperar, de los dos culpables pagará el hijo del pueblo, el más inocente. Finalmente, “El viejo Abraël, leyenda del siglo veinte» es una visión profética y utópica de un futuro feliz, bastante ingenua, que nosotros nos hemos encargado ya de desmentir.

El Capitalismo como vampiro, en un grabado de finales del XIX

Publicado en Narrativa | Etiquetado | Deja un comentario

Gabrielle de Bergerac, de Henry James

Gabrielle de Bergerac apareció publicada por vez primera durante el verano de 1869, en tres números de la revista The Atlantic Monthly. Se trata, pues, de una novela corta de la primera etapa de Henry James (1843-1915), muy alejada de las complicaciones estilísticas de su madurez y de sus temas más habituales. La acción, que transcurre en Francia durante la época prerrevolucionaria, pone en escena una historia bastante convencional: la de un preceptor de origen humilde enamorado –sin esperanza– de la atractiva y sensitiva aristócrata a la que sirve, que tampoco permanece inmune a los encantos del maestro. En este caso, sin embargo, el alumno del profesor Coquelin no es Gabrielle, sino su sobrino de diez años, un avispado muchachito al que todos llaman cariñosamente en la casa «chevalier». Este niño será precisamente quien, muchos años después y ya anciano, cuente la historia de los amores de su tía a un interlocutor anónimo, en el que podemos imaginar al propio James. Creo que es la adopción de este punto de vista narrativo, el del anciano que vio como niño, lo que le da un mayor encanto a la historia: la evocación de un mundo que solo vive ya en el recuerdo, luego barrido por los horrores de la Revolución.

La figura más atractiva de la novela es la heroína que le da título. Gabrielle es una huérfana de veintidós años, sin recursos propios, que habita un viejo y venerable castillo en compañía de su hermano y la mujer de este. Sin llegar a ser la madrastra del cuento (James no lo hubiera permitido), su cuñada la trata con la suficiente desconsideración como para colocarla en una evidente posición de desventaja (“Tengo la mala fortuna de haber perdido a mi madre. Solo puedo rezarle a Dios”), lo que no hace otra cosa que resaltar más sus valores, acercándola de alguna manera al humilde Coquelin, hijo de un sastre. El atractivo de Gabrielle no está solo en su físico, sino también en su inocencia, su sencillez y en su generosidad (como se manifiesta en la escena junto al campesino moribundo). Atractivos suficientes, en cualquier caso, para encandilar al vizconde de Treuil, pretendiente apoyado por la familia y rival de Coquelin. El vizconde es un aristócrata de pasado disoluto, derrochador y muy trabajado en los placeres, al que deberemos reconocer, al menos, el mérito de caer rendido sinceramente ante los encantos de una joven de tan excelentes prendas.

La visita a las ruinas del castillo de Fossy, en la que participan Gabrielle, Coquelin y el “chevalier”, me parece uno de los pasajes más bellos e interesantes de la novela, evocada a través de los recuerdos de un anciano que la reconoce como una de sus experiencias más cruciales (“uno de los momentos más inolvidables de mi niñez”). Solo por esta escena la novela merecería el calificativo de romántica. Las ruinas –y la muerte, pues a punto está de consumarse una desgracia– provocan la efervescencia amorosa: frente a la fugacidad de todo el universo, el amor se rebela y anhela perpetuarse. Una postura romántica. La escena tiene también un importante valor simbólico: por un lado, las ruinas del castillo ejemplifican el inminente final de un mundo construido sobre infranqueables barreras sociales –las que separan a los protagonistas–; por otro, la peligrosa escalada de Coquelin a lo alto de la torre testimonia su voluntad de triunfo –en alas del amor– sobre los obstáculos de una sociedad dividida en clases.

Aunque Gabrielle de Bergerac es uno de los primeros textos de James, no es difícil reconocer ya en él algunos rasgos característicos del autor, como son su interés por las sutilezas del pupilaje (como en The Pupil, 1891), o por la pintura (omnipresente en toda su narrativa). Así, el retrato de Gabrielle cumple una doble función en la novela: por una parte desencadena la narración (el novelista desea saber la historia de la retratada); y por otra pone en evidencia la oculta pasión de Coquelin, al descubrirse su dibujo de la amada. James no debía estar, quizás, demasiado satisfecho de este relato, cuando no lo incluyó en la edición de sus obras completas. Quizás cabe reprocharle a Gabrielle de Bergerac lo abrupto de su final, que parece un tanto gratuito; así como lo inverosímil que resulta el hecho de que las efusiones de los enamorados tengan como testigo al joven “chevalier”, cuando se corresponden con un amor prohibido que sería conveniente ocultar. De todas maneras la “novella” derrocha sentimiento y amenidad, los escenarios y personajes son encantadores y bien delineados, y cualquier amante de Henry James se sentirá feliz de poder incorporarla a sus lecturas. Exquisitamente editada por Impedimenta, Gabrielle de Bergerac ha sido traducida con singular acierto por Eduardo Berti, que nos ofrece además, en su Posfacio, abundante información sobre el texto, así como interesantes claves interpretativas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | Deja un comentario

Historia de una mentira, de Robert Louis Stevenson

Cuando un autor goza de nuestra total predilección, no es censurable que deseemos ver publicadas todas sus obras, incluidas las menos importantes o marginales. Queremos leerlas sin excepción, y nos quejamos de la miopía y falta de imaginación de los editores, que nos hacen esperar tanto tiempo. Luego, cuando al fin se cumplen nuestros votos y la obra sale a la luz, no es raro tampoco que nos decepcione por floja o por trivial, y comprendamos entonces que los editores no siempre son tan «burros» como los suponemos. Apurar un autor hasta el fondo -como cualquier otra cosa- tiene sus riesgos, puede dejarnos un mal sabor de boca… No es este el caso, desde luego, de Historia de una mentira (The Story of a Lie, 1879), una de las novelas de Robert Louis Stevenson (1850-1894) menos conocidas y más deliciosas, injustificablemente olvidada en nuestro idioma hasta la fecha, pero que al fin podremos leer y disfrutar gracias a la editorial Belvedere y a su traductora, María Jesús Pascual. Una «novella» que, por su asunto y personajes, no hubiera desdeñado escribir Henry James (gran amigo de Stevenson, por otra parte); quizás con mayor sutileza, pero no con mayor encanto ni comicidad.

Historia de una mentira se aparta de los camimos habituales por donde transitan las obras mayores de Stevenson -la aventura, el misterio y la fantasía- para centrarse en las relaciones humanas y el humor. Dick Naseby, hijo de un irascible terrateniente inglés, conoce en París a un aventurero de nombre Van Tromp, un supuesto pintor de segunda fila que no pasa de ser un farsante, un sablista y un borrachín. De vuelta a Inglaterra, el joven Dick conoce Esther, una encantadora muchacha que vive, acompañada por su tía, en una casita de campo alquilada en los terrenos de su padre.  Su descubrimiento de que es la hija de Van Tromp no le impide enamorarse de ella ni iniciar una relación. Los problemas para la feliz pareja comenzarán cuando Peter Van Tromp regrese del continente con la intención de instalarse en la casa de su hija, que no lo ha visto desde que tenía seis años y atesora una imagen de su progenitor tan idealizada como errónea, imagen que Dick no se ha atrevido a desmentir… El desengaño de la pobre Esther -que pasa del arrobamiento de ver juntos a los dos hombres que más ama, a la más negra desesperación- es sin duda el aspecto más emotivo y cautivador del relato.

Los triángulos formados por dos enamorados y un progenitor anómalo del que conviene deshacerse -siempre el padre de ella- no son raros en la obra de Stevenson. Me vienen a la memoria dos ejemplos, uno en La isla de las voces, y otro en Catriona: el malvado brujo Kalamake y el hipócrita James More.  Es preciso reconocer, sin embargo, que en Historia de una mentira Peter Van Tromp es el personaje que hará nuestras mayores delicias, tanto de palabra como de obra, gozando en todo momento, a pesar de ser un declarado y reconocido sinvergüenza, de ese especial atractivo con que Stevenson adorna a los personajes menos ejemplares de sus novelas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Publicado en Narrativa | Etiquetado | Deja un comentario

Cuentos, de August Strindberg

Este año se conmemora el centenario de la muerte del famoso dramaturgo sueco August Strindberg (1849-1912), circunstancia que han aprovechado muchas editoriales para sacar a la luz algunos de sus escritos, conocidos y menos conocidos. Nórdica Libros apuesta por lo segundo al proponernos la lectura de estos Cuentos (Sagor, 1903), un conjunto de hasta trece relatos (*), de diversa extensión y carácter, que oscilan entre el cuento fantástico y la fábula moral, y donde no resulta difícil reconocer algunos rasgos propios de la personalidad de Strindberg, como la deriva hacia la locura o la misoginia. En cualquier caso, hablamos de unos textos de gran originalidad y fantasía, en los que brilla poderosa la imaginación del sueco, y que se leen con gran interés, por su variedad de registros y lo imprevisible de su desarrollo. La exquisita edición que nos ofrece Nórdica (en la traducción de Francisco J. Uriz) recoge además las extraordinarias ilustraciones que acompañaron a la edición de 1915, obra del artista sueco Thorsten Schonberg (1882-1970), y que por sí mismas son ya una fuente considerable de placer estético.

La leyenda de San Gotardo

El cuento que abre la colección, “En tiempo de verano”, es quizás uno de los más interesantes –y dolorosos– de todo el libro. La asunción voluntaria de la muerte por parte de la joven madre y su hija minusválida contrasta con la actitud positiva de la anciana nonagenaria, una de las figuras más emocionantes del libro. Condenada a vivir postrada en el lecho, la vieja mujer se conforma con observar la vida a través de los cristales de su ventana, que agrandan o achican, que colorean la realidad, según sus deseos. Un elemento compartido por algunos relatos es la música: un piano caído al mar que se convierte en juguete de los peces (“El gran cedazo para grava”), un taciturno director de orquesta anclado a su pasado (“El dormilón”), una diva ambiciosa y cruel que recibe su escarmiento (“Los secretos del secadero de tabaco”), y un cantante de origen humilde que al triunfar (y luego fracasar por culpa de una mujer) se olvida de su identidad (“bal sin yo”). A estas alturas, el lector habrá descubierto que los títulos de los cuentos no orientan en modo alguno sobre su contenido. “Las tribulaciones del práctico” es un relato muy imaginativo, con un desarrollo casi onírico, y donde parecen combinarse las aventuras de Alicia en el país de las maravillas con Juan sin miedo. Otros cuentos, como “Fotografía y filosofía” (testimonio del interés de Strindberg por dicho arte) y “Medio pliego de papel” (el cuento más famoso, al parecer, de la colección), nos enseñan a afrontar de manera positiva las dificultades de la vida, y a valorar la felicidad perdida como un patrimonio inalienable. Sin embargo, no se puede negar que la moraleja que se propone al final de algunos de estos textos es bastante previsible y convencional. Así sucede en los cuentos “Cuando el papamoscas llegó al espino cerval”, historia de un viejo presidiario impenitente al que redime la caridad de una niña; y “El triunfador y el bufón”, donde se defienden los valores de modestia y respeto como normas de convivencia. Un contexto histórico más preciso lo encontramos en “La leyenda de San Gotardo”, relato relacionado con la construcción del famoso túnel ferroviario a través de la montaña (1871-1881), símbolo de la unión amorosa entre dos jóvenes suizos de cantones diferentes, Andrea y Gertrud. Finalmente, “Los cascos de oro de Ålleberg” y “Licenea encuentra la saxífraga dorada” son dos cuentos de hadas (con animales que hablan, duendes, gigantes…) entreverados con una lección de historia de Suecia y una clase de botánica simbólica.

(*) En el índice no se ha recogido, seguramente por despiste, el título de “El triunfador y el bufón”, que suma trece. Quiero imaginar que a Strindberg le agradaba ofrecer un número de cuentos tan poco “correcto”.

Publicado en Narrativa | Etiquetado , | Deja un comentario