El espejo de lo maravilloso, de Pierre Mabille

Como dijo el apóstol, «El viento sopla por donde quiere», y si parece difícil ponerle puertas al campo, ¿cómo será el pretender imponer fronteras a lo maravilloso? Y sin embargo, este bello libro que tenemos entre las manos, El espejo de lo maravilloso (Atalanta, 2024), de Pierre Mabille, aspira nada menos que a cartografiar las lindes de ese reino de la fantasía trascendente y de lo inasible. Lo maravilloso, según Mabille, impregna el mundo entero, está presente en los objetos y seres más humildes, y puede irradiarnos desde cualquier punto. Es similar a una fina veta de oro que atravesase las rocas más comunes; y como sucede con todos los tesoros que se precien, lo que se necesita para descubrirlo es un mapa (y no un microscopio). Es así como se explica la especial conformación del libro, que sin dejar de recoger a modo de antología― un amplísimo caudal de textos muy diversos, nos ofrece también la cartografía precisa para poder recorrer, por nuestra propia cuenta, esa casi infinita terra incognita de lo maravilloso, de la que Mabille nos señala los principales términos que la delimitan. «Aunque constara de cien volúmenes, este libro no estaría menos incompleto», asegura Mabille. Toca al lector, si tal es su voluntad, completarlo.

Pierre Mabille (1905-1952) nos propone en su libro una visita guiada al país de lo maravilloso, sustentada en una cuantiosa variedad de textos literarios y religiosos, folclóricos y mitológicos, de todas las épocas y culturas… Las grandes epopeyas y textos sagrados (Popol Vuh, Kalevala, Gilgamesh, Apocalipsis…) corren parejas con los cuentos y leyendas de una infinidad de países. Poetas de la talla de Rimbaud, Blake, Shakespeare o Goethe, entre muchos otros, se codean con narradores como Carroll, Lewis, Maturin, Poe, Kafka, Meyrink… Autores antiguos (Platón, Apuleyo, Ovidio, Chrétien de Troyes, Tasso…) alternan con los modernos: Giraudoux, Julien Gracq, Jarry, Breton… Un imponente acopio de textos, en suma, con los que su autor ha ejecutado una artística labor de taracea. Mabille tiene el mérito de haber sabido armonizar como si pretendiera entregarse a un glasperlenspiel trascendente una pluralidad de testimonios procedentes de mundos aparentemente opuestos, a los que ha obligado a cantar, en ordenado coro, las maravillas de un mismo universo.

El espejo de lo maravilloso (Le Miroir du Merveilleux, 1940, 1962) se enriquece, además, con un iluminador prólogo de André Breton («Puentes levadizos», 1962). En sus páginas, el gran escritor francés y fundador del surrealismo nos recuerda las diferencias que separan lo maravilloso de lo meramente fantástico. Pero sobre todo nos habla de Mabille: un autor al que conoció bien y con el que comparte una parecida cosmovisión. Diez años después de su desaparición, Breton traza en su prólogo un emocionado recuerdo del amigo, tanto en su dimensión humana como intelectual, valorando El espejo de lo maravilloso como una clave «monumental» para el desciframiento del «espíritu surrealista». El espejo de lo maravilloso es, ciertamente, mucho más que una abultada antología. No es un simple herbario de hojas disecadas y muertas con las que pasar un agradable rato de ocio. En el transcurso de su lectura no sabremos qué admirar más, si el interés y la amenidad de los textos reunidos o el imaginativo y sugerente discurso del propio autor que los ordena. Porque Mabille no se limita a presentar y glosar los componentes de su antología, sino que ramifica y ahonda su pensamiento en mil direcciones diferentes, ampliando y completando lo que los textos recogidos no llegan a decirnos. Para Mabille, aquella vieja imagen retórica de la lengua de bronce se hace de nuevo pertinente al pretender cantar las infinitas variaciones y presencias de lo maravilloso en el mundo.

Mabille ha tenido además la precaución de guardar ordenadamente sus mapas en un estuche adecuado: un castillo dotado de siete espaciosas moradas interiores y cuya puerta es un espejo mágico. En su primera estancia cruzamos ya la frontera de lo maravilloso, resumida en la extasiada sorpresa de quienes alzaron la mirada al cielo nocturno y se preguntaron por el origen y sentido del universo. El misterio de la creación es la primera de todas las maravillas, la que conmueve más al hombre, con la que no deja nunca de soñar y a la que siempre ha deseado encontrar una explicación. La maravilla de la creación se prolonga también en el modesto, aunque sugestivo, mundo de los autómatas, zombis y homúnculos mágicos que nutren la literatura fantástica de todos los tiempos. Autores como William Seabrook o Achim von Arnim son ahora los encargados de presentárnoslos. Pero esto es solo el comienzo. Todavía deberemos recorrer las seis cámaras restantes, donde nos aguardan los prodigios correspondientes: la sugestión de las grandes catástrofes y el fin del mundo, el viaje a través de los elementos (el agua y el fuego, islas y bosques encantados, ordalías, descensos infernales e invocaciones diabólicas), la lucha contra la muerte (resurrecciones de dioses y héroes, rituales de iniciación y reencarnaciones), los viajes maravillosos, la predestinación… Finalmente, en el último gabinete de esta sugestiva torre de los siete suelos nos espera la maravilla más cercana de todas: la incesante búsqueda de la plenitud en el amor, simbolizada por la figura del Grial. Seguramente el lector, en toda esta su navegación por los océanos de lo maravilloso, habrá percibido que Mabille nunca se olvida del mundo «real». La preocupación social impregna los meandros de su pensamiento: «¿No te dije que no aceptaríamos la arbitraria separación entre la realidad y el sueño, y que bajo ninguna condición aceptaríamos un viaje con algún paraíso inaccesible como meta?». El país de los lotófagos no entra en la singladura.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Lector, percibo tu creciente indignación. No te parece bien que, en nombre de lo maravilloso, se te conduzca a estos paisajes oscuros donde pasas tus días más difíciles. Por más que te lo advertí al principio de nuestro viaje, seguías esperando escapar del miedo cotidiano, permanecer medio dormido durante unas horas en un mundo imaginario rico en rosas y piedras preciosas, perfumes y pieles, un mundo habitado por hermosas esclavas que respondieran a todos tus deseos sensuales».
«La existencias de los zombis me ha preocupado tanto que he intentado por todos los medios obtener más información sobre el tema. Algunos me han dicho que en realidad sacaban a los muertos de sus tumbas. Pero otra fuente, que llevaba la marca sangrienta de la iniciación al vudú, me confió que esos seres misteriosos eran humanos vivos sometidos a un cruel hechizo que los transformaba en mano de obra esclava perdida en una especie de descerebramiento animal, pero más barata que las bestias: el estado de asalariado que conocemos en Europa, pero perfeccionado hasta un extremo criminal».
Traducción de Adrià Pujol Cruells
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Obligación impuesta. Wondrak, de Stefan Zweig

Desde que el poeta Arquíloco de Paros arrojó su escudo tras un arbusto y salió huyendo de la contienda (significando así el declive del género épico, según señalan algunos filólogos), la reticencia a participar en una guerra ha sido materia de discusión posible. Más allá de enfrentar conceptos tan simplificados como los de cobardía o valentía, lo que se acostumbra a debatir es la relación que media entre la ética del individuo y las exigencias de la colectividad en la que vive. Porque la libertad personal nunca se ve más amenazada que cuando se nos exige arriesgar o entregar la vida por unos valores bélicos que quizás no entendamos o compartamos. Un dilema que, en el mejor de los casos, no parece tener sino respuestas particulares, dependientes de las circunstancias del momento. De ahí la cuestión derivada de averiguar primero, antes de decidir, si una guerra es justa o no lo es. Pero quizás con eso tampoco baste… No es nada extraño, pues, que las posturas contrarias a la guerra que se expresan en estos dos relatos de Stefan Zweig, Obligación impuesta y Wondrak (Acantilado, 2024), presenten matices muy diferentes. En el primero de ellos, el rechazo obedece a principios morales de índole pacifista, firmemente arraigados; en el segundo, es la resistencia de quien no se siente concernido por las obligaciones que impone una sociedad de la que solo se ha recibido un trato injusto. El prólogo de Patricio Pron que encabeza esta nueva edición conjunta de los referidos relatos nos informa acerca de su génesis y momento histórico, pero también los sitúa en el contexto actual: el de una Europa con la guerra golpeando sus fronteras. Hay temas que, por desgracia, nunca pierden su actualidad.

Escritos entre 1915 y 1918, los dos relatos tienen como referente la Primera Guerra Mundial. En el caso de Obligación impuesta (Der Zwang, 1920), el protagonista es un pintor alemán refugiado en Suiza, Ferdinand. Convocado por el consulado de su país en Zúrich para que se incorpore a filas, ve amenazada su tranquila vida de artista, que disfruta junto con su esposa Paula en una idílica casita emplazada frente a un lago. Lo más significativo del relato quizás sea la constatación de que todos aquellos argumentos pacifistas que habían nutrido al protagonista en tiempos de paz, son barridos en un instante por la llegada de un simple papel oficial (la escena, con la ominosa aparición del cartero entre la bruma del amanecer, está magistralmente trazada). Con independencia de la resolución particular del relato ―que no desvelaré―, constituye un acierto indudable del narrador el detallarnos esa fuerza invencible que inmoviliza a Ferdinand, propia de su condición humana de animal social (si no fuera así, claro está, no habría guerras). Zweig no solo disecciona minuciosamente el vaivén anímico del protagonista, contrastante con la inamovible oposición de su esposa, sino que también procura mantener la incógnita de su decisión hasta el final, obligándonos así, durante un buen puñado de páginas, a ponernos en la piel de alguien que bien pudiéramos haber sido nosotros mismos.

El hecho de que Zweig no se resolviera a terminar el segundo relato, Wondrak (c. 1915), da fe de la dificultad para expresar un credo pacifista durante los años de la Gran Guerra. Al igual que la citación del consulado encuentra al pintor Ferdinand en el pueblecito suizo donde se oculta, la orden de alistamiento que pone en marcha la trama de Wondrak alcanza a su destinatario en un remoto rincón del bosque bohemio. Allí habitan Ruzena Sedlak, alias «la Calavera» (por la fealdad de su rostro), y su hijo Karel, fruto de una violación. Los grandes sufrimientos padecidos por esta despreciada hija ilegítima de un sifilítico, guardesa de una solitaria cabaña de caza, parecen otorgarle un margen ético suficiente como para justificar con creces su negativa a entregar al Estado austríaco (no le faltan matices nacionalistas al relato) un hijo que ha criado con mil esfuerzos y que es su más preciado y único bien. Su papel en el drama es, pues, equivalente al de Paula, aunque representado con un grado de compromiso mucho mayor. Si en Obligación impuesta la decisión final venía de la mano de Ferdinand, el joven recluta de Wondrak, Karel, es una figura enteramente pasiva, sujeta a la voluntad de su madre. Todo el protagonismo de la rebeldía queda, pues, en manos de esta verdadera «madre coraje», que se enfrenta con uñas y dientes a la autoridad militar. La lucidez de Paula en su denuncia del poder y de la guerra se ha transformado en la rabia ciega de Ruzena, propia de un animal acorralado al que pretenden arrebatarle su cría. De una forma o de otra, a la luz de la razón o del instinto, las mujeres parecen estar naturalmente dotadas para oponerse sin vacilaciones al despropósito de la guerra. Como aquellas esposas de la Lisístrata de Aristófanes, que hacían huelga sexual a sus maridos para apartarlos del combate, las mujeres encarnan, según parece, el último reducto de sentido común al que un hombre puede aferrarse para eludir una «obligación impuesta» en la que no cree.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«¿Por qué tienen el poder? Porque se lo dais. Sólo tendrán el poder mientras sigáis siendo unos cobardes. Todo esto que a la humanidad le parece ahora tan monstruoso no son más que diez hombres con firme voluntad en cada uno de sus países, y otros diez hombres pueden destruirlo a su vez. Un hombre, un único hombre que se afirma en su vida y lo niega acaba con el poder. Pero mientras os inclinéis y digáis “¡A lo mejor me libro!”, mientras os apartéis para esquivar el golpe y prefiráis escapar de entre sus dedos en lugar de darles en el corazón, seréis siervos y no mereceréis nada mejor. Uno no se puede rebajar a arrastrarse cuando es un hombre; ha de decir “no”, ése es el único deber de hoy y no el dejarse llevar al matadero».
«Ruzena se quedó pálida. La sangre huyó de su rostro precipitadamente. En eso no había pensado; él también cumpliría dieciocho años y entonces podrían llevarse a su niño. Ahora lo comprendía, para eso lo habían inscrito en aquel maldito libro de la oficina del burgomaestre aquellos ladrones, para llevárselo a rastras a su guerra, ¡malditos! Se quedó allí sentada, absorta, y cuando Karel asombrado levantó los ojos hacia ella, se asustó por primera vez de su madre, pues lo que vio ya no era una persona».
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
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Barrancos, de Pablo Matilla

La sombra del padre es alargada, y tanto puede proteger al hijo como impedir su crecimiento. Pero la solución no se alcanza cortando simplemente los lazos. Hay otros medios mejores para emanciparse de un vínculo supuestamente tóxico, aunque quizás no sea nada sencillo abordarlos. Cuando a los treinta y seis años Kafka escribió su Carta al padre no pretendía poner fin a una relación que había envenenado su infancia, sino tan solo restaurarla, reconducirla dentro de unos límites que le permitieran incorporarla a su bagaje existencial con el menor daño posible. Mirar hacia otro lado no es la mejor solución para liberarnos de una carga que pesa sobre nuestro pasado. Así parece expresarlo también esta dramática novela de Pablo Matilla, Barrancos (Témenos Edicions, 2023), donde la mala relación de un padre con su hijo, minada por el rencor y los sentimientos de culpa, alcanza cotas de extraordinaria fiereza. Aunque su protagonista, Andrés Barrancos, profesa un intenso odio hacia su padre, anda muy lejos de haberse liberado de su influencia. La falta de independencia económica que todavía arrastra a sus veintinueve años, que le obliga a retornar de manera recurrente al hogar para pedir dinero, es un claro indicio de su incapacidad para lograrlo. Es más, sospechamos que su incompetencia para abrirse camino en la vida, su patológica inconstancia en todo cuanto emprende es consecuencia de la herida que padece, y no tanto un arma esgrimida para castigar al padre. La debilidad del joven Barrancos se patentiza también en el hecho de que sea su progenitor quien tome la iniciativa final, al imponerle como última voluntad que vaya a enterrar sus cenizas a la aldea natal, Aljarán, propiciando así un retorno al pasado que oficiará una suerte de reencuentro póstumo.

Barrancos da cuenta de una historia familiar reducida a sus elementos esenciales, con tan solo tres personajes principales y una acción básicamente lineal, aunque trufada de eficaces y bien distribuidas secuencias retrospectivas que ponen al descubierto los traumas infantiles del protagonista, provocados por el desafecto de un padre que no supo aceptar la muerte de su esposa en el parto. La novela está claramente estructurada y muy bien resuelta, dotada de un punto de intriga que atrapa con facilidad al lector. Puede sorprender un poco la falta de consistencia del testamento paterno, que subordina la concesión del capital al acto, difícilmente verificable, de enterrar unas cenizas en un pueblo abandonado. Pero hemos de pensar que las cláusulas de la herencia, en apariencia irreales o caprichosas, actúan como un signo más del deterioro de la relación filial: el valor del dinero es el único resorte que todavía puede actuar sobre un hijo que se ha perdido casi por completo. La exagerada dureza de las primeras páginas, la saña con la que el narrador retrata a sus personajes nos provoca de entrada un cierto distanciamiento. Pero luego nos vamos convenciendo de su pertinencia narrativa, al comprobar que esa crueldad extrema que media entre padre e hijo es solo el eco de un antiguo odio. La novela es la crónica de su progresivo deshielo.

Muerto el padre y dispuesto el hijo a cumplir con lo estipulado en el testamento (aunque solo para cobrar el dinero), se inicia el viaje a la aldea de Aljarán: una experiencia iniciática y restauradora en la que podemos diferenciar dos etapas. Los escenarios desangelados de la casa paterna y su entorno urbano degradado se prolongan en las desoladas carreteras nocturnas por las que se desplaza Andrés Barrancos en su viejo coche ―su único amigo―. Las extrañas gasolineras y bares solitarios que jalonan la ruta parecen estar anclados al borde del limbo. Son lugares de tránsito casi irreales, en los que el desaliento parece acechar al joven viajero y solo el alcohol puede poner una venda misericordiosa a los recuerdos dolorosos. Pero el poder transformador del viaje ya ha comenzado a surtir sus efectos beneficiosos, y el aprendizaje de Andrés tiene sus primeros valedores en algunos de los personajes que lo acompañan en su alucinante singladura nocturna, como el camionero que conoció en un viaje anterior (y con el que ahora sueña) o la esposa maltratada a la que presta su ayuda: relatores de dolorosas experiencias que contribuyen a relativizar el alcance de sus traumas. Pablo Matilla manifiesta en estas páginas una gran habilidad para perfilar ambientes nocturnos y un tanto fantásticos, configurando un breve fragmento de road novel muy convincente y cautivador.

La llegada en plena noche a la abandonada aldea de Aljarán es otro de los puntos culminantes de la novela. Guiado por una débil y solitaria luz que brilla en la oscuridad, Andrés Barrancos avanza entre las casas en ruinas como el peregrino de las Soledades gongorinas en pos de una candela de encina. Su albergue no buscado lo va a encontrar en la compañía de un anciano y solitario apicultor, Meseguer, el último poblador de la perdida aldea y conocedor de la historia de su familia. Será, pues, en este remoto rincón de la España vaciada donde se cerrará definitivamente la herida que enfrenta a los dos Barrancos. Andrés conocerá, gracias a la revelación del anciano, una terrible historia que le atañe directamente: la del niño Juan Barrancos y su madre, un secreto familiar enquistado en el olvido que es preciso sacar a la luz, pues lo explica casi todo. Y no solo eso, el viejo apicultor también mostrará al protagonista un nuevo mundo de valores, para él desconocidos: la importancia del tiempo y del recuerdo, la inanidad del dinero… Al fin hemos comprendido cuál era el verdadero propósito del padre al decretar un viaje a los orígenes, en apariencia sin sentido. La sombra del padre es alargada.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Miró hacia afuera a través del cristal. Entre los surtidores de color blanco se colaba la oscuridad. El camarero podría llenar garrafas enteras con el vino de aquella noche. Se lo imaginó subido a una alta escalera metálica, reluciente, mientras con toda tranquilidad iba llenando el recipiente de plástico blanco con el jugo espeso y oscuro que rezumaba la noche. Esa era la única forma de obtener un vino como aquel. Echó un trago para acabar la copa».
«Leía con la curiosidad de quien entra en la intimidad de las personas sin ser visto, como quien es invisible y puede sentarse al lado de la familia mientras hablan en la cena, comparten el pan y el vino y hablan de sus hijos ausentes, de sus pequeñas envidias, amores y aflicciones».
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Los días del devenir, de Francisco Hermoso de Mendoza

Escribir un libro, tener perro o viajar de turista son algunas de las actividades que muchas veces nos proponemos para esos felices y desocupados años ―todavía lejanos― de la jubilación. Lo que tales ensueños puedan tener de espejismo o de inadecuado no es asunto relevante para lo que ahora nos ocupa, y nada se opinará aquí al respecto. En cualquier caso, el propósito de meterse a escritor debería de ser el que menos reparos suscitase. Al fin y al cabo, parece de lógica que solo en nuestra última etapa vital, cuando gozamos de una visión panorámica, podamos escoger cuáles son las porciones más interesantes de nuestra existencia y escribir con verdadero conocimiento de causa. Lo contrario sería como pretender hablar de una película de la que tan solo hubiéramos visto el inicio. Pero ya se sabe que el lector de narrativa no busca tanto el conocimiento (para eso están el ensayo y la filosofía) como las experiencias, y estas ya se pueden ir cosechando casi desde la cuna. La nueva novela de Francisco Hermoso de Mendoza, Los días del devenir (Ápeiron, 2024), parte de un punto cercano a este del que estamos hablando. Sus dos principales protagonistas, Loreto y Julio, son dos ancianos que se van a transformar de la noche a la mañana en escritores, aunque en su caso no tanto como cumplimiento de un proyecto personal largamente acariciado como por la influencia de la joven y dinámica directora de la residencia de mayores donde viven, Sandra, que los anima a participar en un taller de escritura creado a su exclusiva medida y para el que se postula como monitora. Hay destinos de los que no se puede escapar.

Con estas sencillas mimbres, Hermoso de Mendoza arma un entretenido libro repleto de narrativa: una especie de triple «decamerón» que a lo largo de treinta jornadas (sábados y festivos incluidos) nos va a tener prendidos de la inventiva de estos dos emprendedores ancianos. De parecida manera a como aquellos adinerados burgueses de Boccaccio entretenían su encierro con sabrosos cuentos, apartados de la pestilente Florencia, nuestros dos mayores lidiarán con una clausura que no parece menos involuntaria escribiendo historias, en apariencia autobiográficas. Como en sus anteriores libros, Hermoso de Mendoza se vale de su habilidad para tomar los asuntos por el lado más amable; y este de los ancianos, que podría dar pie para mucha mala uva ―y peor conciencia―, tan solo promete sonrisas. Esto no significa que pretenda vendernos la visión idealizada de un «centro de exterminio» como la residencia El Rosicler. Ni mucho menos. Pero su ironía es de la que apenas duele, y esto no solo se agradece, sino que también se valora como una buena cualidad, para meterse en determinados jardines, que no todo el mundo tiene. Una materia, pues, para mucha queja, pero que se resuelve en las aguas mansas de un apacible trío de plumíferos en canto concertado de tercera y sexta. Porque la tal Sandra no solo ha escrito y escribirá (de su bolso las pruebas asoman), sino que también corrige y presta libros. Precisamente a través de sus recomendaciones literarias le entrarán al currículo sus granos de metaficción, de tal manera que Loreto se anima enseguida a incluir una «posmoderna» cita de Antunes en su prosa. Y así, no tardamos en descubrir que al libro le caben cosas insospechadas: desde unas bonitas fotografías de Italia a paseos en góndola y visitas a Bomarzo, de citas de Pessoa, del Dante y de Góngora a poemas o recetas de cocina.

La novela se va conformando, pues, gracias al concurso de dos hilos narrativos muy contrastados: el cuaderno de viaje por Italia que redacta Loreto, y el «Diario íntimo» de Julio, lírico y nostálgico, que se desarrolla en el medio rural. Narraciones independientes que enseguida sufrirán curiosas interacciones y préstamos, ayudas mutuas propias de buenos colegas y tráfago de recuerdos entre pasado y presente: que de estas mistificaciones, y de otras aún mayores, se nutre la literatura. A los «cincuenta y pico» años de edad, Loreto se ve abandonada súbitamente por su marido Segismundo (en adelante, «Inmundo») mientras comparten cena en una romántica trattoria romana. ¡Los viajes tensan mucho las relaciones! Tras una alucinada visita al parque de Bomarzo, Loreto se tomará una merecida revancha de cuatro semanas de vacaciones en Venecia, disfrutando del apoyo sentimental que le brinda el gondolero Guido. Mientras estas y otras aventuras ―que no desvelaremos― se suceden a buen ritmo en las ardientes tierras italianas, el Diario íntimo de Julio nos da cuenta de sus apacibles y minimalistas vivencias en una España rural vaciada en la que el apoyo moral corre a cuenta de otro viudo, el amigo Julián. Junto a estos dos hilos narrativos tan diferentes, se despliega el correspondiente al propio marco de la historia, que corre a cuenta de la narradora, Loreto. Conoceremos de sus labios (nada imparciales, por cierto) algunos detalles complementarios de su colega Julio (apodado El Suicida), así como de los profesores del taller de escritura. En primer lugar, de Sandra, y luego de «el Sustituto»: un nuevo monitor sine nomine (esmirriado y con coleta) que, si bien no muestra la parcialidad de Sandra por Julio, no por ello deja de provocar su rechazo. Parece que el papel de alumno es uno de los que más tarda en olvidarse, y la enemistad natural que media entre docentes y discentes ―como la de gatos y perros― persiste a través de los años.

Con estas mimbres ―decíamos― en apariencia tan poco prometedoras [pero, oiga, ¿qué van a escribir estos dos carcamales de interés? ¡Como mucho, que no pongan faltas de ortografía!], Hermoso de Mendoza logra sacar adelante un estupendo libro de narrativa. Porque pronto descubrirá el lector que los dos ancianos protagonistas sí que saben escribir, y mejor que bien. El realismo no consiste en tropezar adrede, y Hermoso de Mendoza tiene recursos ―todavía mayores que los de Sandra― para que así suceda. Conforme avanzamos en la lectura, la novela va ganando enteros, y los personajes y sus peripecias se nos van imponiendo casi sin darnos cuenta. Y es que los textos de Hermoso de Mendoza parece que tienen anzuelos colgando por todas partes, y al lector que no lo enganchan por un lado lo cogen por el otro. Hacer interesantes a personajes que de entrada no lo son es uno de los grandes retos de todo narrador. Que se lo pregunten, si no, a Flaubert, que de un ama de casa aburrida y una solterona sorda logró hacer dos grandes figuras de la literatura universal. Hermoso de Mendoza tiene una singular maña para obrar una aproximación «lenta» a sus personajes, plena de detalles y lances en apariencia menores, que nos desvelan toda su humanidad. Aunque me consta que el autor de Los días del devenir es persona joven, ha sabido ponerse en la piel de estos dos ancianos: algo así como si hubiera tenido la osadía de buscarse a sí mismo en el futuro y obligarse a hablar por adelantado. Una tarea quizás no menos difícil que la de retroceder en el tiempo para evocar experiencias de adolescencia sin desvirtuarlas. Porque lo que se pretende aquí no es tanto reflejar la psicología de dos ancianos de carne y hueso como crear dos personajes convincentes y un artefacto generador de relatos que funcione. Desde este punto de vista, Loreto y Julio se merecen con creces su diploma. Cum laude.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Tenía delante un gigantesco cabezón de piedra. Dos ojos, una nariz con sus dos narinas, una boca gigante abierta y debajo del inexistente labio: dos paletos. Era la casa del terror en piedra. En el interior había una mesa. Me senté en ella. A pesar de no haber bebido nada en toda la noche y en lo que llevaba de día, lloré como no había llorado nunca; sería que los insondables bloques de hielo de mi alma comenzaban a deshacerse. Lloré con ganas y mucho sentimiento. Y con tanta insistencia que devino en resentimiento hacia la humanidad; empezando por Inmundo».
«El amanecer y el ladrido de los perros es un todo indisoluble. Ruido a matraca sonora proveniente de distintas direcciones. Pienso en la táctica de un ejército en maniobra envolvente. Los imagino atados, desesperados, dando arreones a las cadenas, buscando la libertad, lanzando sus lamentos y ayes al aire, requiriendo una ayuda que caerá en saco roto. Es un pensamiento que he de desdecir por la observación, ya que los perros campan a sus anchas por el pueblo y cagan donde les place, y corren libres, veloces y alegres, moviendo los rabos»…

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Cartas a Kurt Wolff. Franz Kafka, traducción y edición de Roberto Vivero

Todo el mundo conoce el célebre dicho de que «los árboles no dejan ver el bosque». Esta sutil apreciación, que en su sentido literal no tiene nada de malo o extraño, cambia de color si la trasladamos del mundo natural al de las humanidades, donde no es raro que un exceso de celo erudito oscurezca más que aclare. Hablamos de un mal tal vez inevitable, responsable de que tantas tesis e investigaciones deban iniciar su andadura disolviendo esa dura roca denominada «estado de la cuestión». Esto sucede de manera aún más dramática en los estudios de historia literaria, que en ocasiones se acumulan sobre el autor analizado a modo de estratos, hasta el punto de sepultarlo casi por completo. Bajo su enorme presión, cualquier error de juicio se fosiliza de manera natural y luego resulta muy difícil de remover. Es el peso de la tradición (al menos, en su sentido más rutinario). Por fortuna, de vez en cuando aparecen miradas que obran el proceso contrario; es decir, pretenden restar más que sumar, quitar más que poner, clarificar más que confundir. Y no por ello rechazan valerse de trabajos muy fundamentados o incluso eruditos: las mismas herramientas que permitieron elevar la pirámide son necesarias para desmontarla.

Esta edición de las cartas de Kafka a su editor, Kurt Wolff, realizada con admirable rigor por Roberto Vivero (Ápeiron, 2024), actúa en ese mismo sentido clarificador. Es verdad que en el caso particular de Kafka los «árboles» que crecen en nuestro suelo no son tan abundantes ni corpulentos como los que se alzan en el hochwald germánico (la nutrida bibliografía en lengua alemana que Vivero utiliza en su libro así parece atestiguarlo), pero el monte bajo de arbustos, espinos y matorrales ―es decir, de los tópicos, errores y falsos mitos― sí que es moneda corriente, y también contribuye a tapar y confundir bastante. Quizás por ello, encabeza Vivero su edición con un interesante prólogo donde, entre otras cosas, desmonta algunas apreciaciones equivocadas que corren sobre el autor de La transformación: su aislamiento del mundo exterior, su falta de ambición, su temperamento solitario, la traumática relación paternofilial que vivió, su desinterés por publicar, la falta de reconocimiento que mereció su obra… A los seres humanos nos encanta dramatizar, y disfrutamos a lo grande poniéndoles obstáculos a nuestros héroes, quizás para felicitarnos luego de lo bien que los saltan. Finaliza su prólogo Roberto Vivero trazando una oportuna semblanza de Kurt Wolff (el segundo protagonista del libro), complementaria a la que luego nos formaremos por cuenta propia leyendo el epistolario, así como sus anotaciones y complementos.

En su edición del epistolario de Kafka, Roberto Vivero recoge un total de 47 cartas (1912-1923) dirigidas al que fuera su principal editor, Kurt Wolff (como también a G. H. Meyer, editor suplente de Wolff durante la guerra, y a la propia editorial, situada en Leipzig). Las cartas, traducidas por Vivero del alemán, constituyen el ingrediente principal del libro, y resultan elocuentes por sí solas, reveladoras de la figura de un escritor muy entregado a la labor creativa (y no siempre seguro de la bondad de sus textos). Aspectos aparentemente menores, como su preocupación por el tamaño de letra, la encuadernación o las ilustraciones de sus libros nos transmiten una imagen de autor nada indiferente. Pero sus cartas también nos descubren su atención al entorno literario, y en ese sentido podríamos subrayar su generosa intercesión ante Wolff a favor de otros escritores, así como sus recomendaciones de traductores para sus textos (lo que nos permite descubrir que Sandor Márai había traducido La transformación al húngaro en 1922). Gran interés adquieren también sus opiniones sobre la agrupación óptima de algunos escritos. Kafka expresa repetidas veces a Wolff su deseo de que La sentencia se publique por separado en la colección de bolsillo «Der jüngste Tag» (‘El día del Juicio Final’), a la vez que desaconseja su aparición conjunta con el relato En la colonia penitenciaria. Gracias al epistolario conocemos también algunas apreciaciones de Kafka sobre sus propias obras, o su propósito de trasladarse a Berlín, en cuanto terminara la guerra, para entregarse por entero a la creación literaria (una aventura para la que Wolff le promete el respaldo de su editorial). Las últimas cartas nos informan de la enfermedad que tanto minó la actividad literaria de Kafka durante su etapa final.

Pero el libro de Vivero no solo nos ofrece la edición traducida y anotada del epistolario. Cada carta, además, aparece situada en un contexto literario amplio y detallado. A tal fin, Vivero va dando cuenta de las sucesivas publicaciones de Kafka, y no solo de las literarias (incluyendo las ediciones colectivas y reediciones), sino también de las «profesionales». Conviene recordar, a este respecto, que en aquellos años (1908-1922) Kafka trabajaba en una importante compañía de seguros de Praga (Arbeiter-Unfall-Versicherungs-Anstalt), donde era muy valorado por sus informes técnicos, que se publicaban en medios especializados. También da noticia Vivero de las diferentes recensiones de sus publicaciones, firmadas en ocasiones por críticos tan influyentes como Musil o Brod, y a las que Kafka siempre estuvo muy atento. Solo en el verano de 1913 sus libros merecieron siete reseñas (tres para Contemplación y cuatro para El fogonero). En algunos casos podemos conocer incluso la opinión que le merecían a Kafka. Completan el contexto del epistolario a Kurt Wolff numerosos resúmenes y extractos que Vivero recoge de otras variadas fuentes: respuestas de Wolff a Kafka, diarios del autor, cartas de Kafka a otros destinatarios (a Felice, a Brod, a Milena…), informes sobre ventas y derechos de autor (sobre Contemplación), valoraciones positivas de otros autores (como Rilke o Hesse; pero también, de Kurt Tucholsky, que compara a Kafka con Kleist)… Esta compleja polifonía informativa (de la que tan solo he trazado un resumen muy incompleto) aparece cuidadosamente desplegada en torno al epistolario, configurando un acompañamiento que refuerza, pero en ningún momento oscurece, el elemento nuclear del libro: las cartas de Kafka a su editor. El concienzudo y bien estructurado trabajo de Vivero permite al lector profundizar en el apasionante entorno literario de Kafka en la medida de sus deseos y necesidades.

Cartas a Kurt Wolff se complementa con dos apéndices. El primero es un denso y muy documentado estudio, basado en fuentes epistolares y publicaciones de la época, en el que se analizan las relaciones literarias y personales de Kafka y de algunos otros autores cercanos. Por un lado, se indaga sobre el grado de conocimiento que Kafka pudo tener de la obra de Georg Trakl (coincidieron en algunas publicaciones colectivas y colecciones de Kurt Wolff, y Kafka fue lector de Der Brenner, revista donde el austríaco dio a conocer algunos de sus principales poemas); por otro, en las complejas relaciones ―en ocasiones, conflictivas― que mantuvieron diversos escritores alineados en torno al «Círculo de Praga» y a la revista Der Brenner, y más particularmente, en las que mediaron entre Max Brod, Franz Werfel y Karl Kraus. El segundo apéndice es un interesante álbum fotográfico de libros y almanaques, donde podremos apreciar algunas muestras del trabajo editorial de Kurt Wolff, como sus almanaques Das bunte Bug y Der neue Roman, la serie «Drugulin-Drucke» o un ejemplar de la colección «Der jüngste Tag» con los Gedichte (1913) de Trakl. Dos apéndices, en suma, que cierran el epistolario de Kafka abriendo una ventana a futuras investigaciones.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Se me ha pasado por la cabeza que Starke pudiese querer dibujar el insecto. ¡Eso no, por favor, eso no! No quiero reducir su margen de decisión, sino solamente que solo lo pido sobre la base de mi mejor conocimiento de la historia. El insecto no se puede dibujar. Ni siquiera se puede dibujar desde lejos. […] Si tuviese que hacer alguna sugerencia para la ilustración elegiría alguna escena, como los padres y el procurador ante la puerta cerrada, o, aún mejor, los padres y la hermana en la sala iluminada mientras está abierta la puerta que da al dormitorio completamente a oscuras». (25-X-1915).
«Solo me gustaría agregar que La sentencia y la Colonia penitenciaria, según mi parecer, formarían una combinación horrible; La transformación podría hacer de mediación entre ellas; pero sin esta, lo que realmente tendríamos son dos cabezas extrañas que se golpean con fuerza la una contra la otra. […] porque para mí lo principal es que se publique La sentencia de manera independiente». (19-VIII-1916).
«Desde que decidí dedicar el libro [Un médico rural] a mi padre, tengo un gran interés en que se publique pronto. No porque con eso pudiese reconciliarme con mi padre, pues las raíces de nuestra enemistad son aquí imposibles de arrancar, pero habría hecho algo, como si no habiéndome ido a Palestina, la hubiese señalado con el dedo en el mapa». (De Kafka a Max Brod, III-1918).
Traducción de Roberto Vivero

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La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro

Hay autores que reseñamos porque sus libros son novedad y merece la pena leerlos y difundirlos; otros, por el contrario, ya los conocemos de sobra y apenas necesitan noticia, pero su poder de seducción nos reclama a cada instante decir algo sobre ellos. Cualquier nueva edición de sus textos se convierte entonces en el pretexto válido para testimoniar nuestra devoción. Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) es una de las grandes figuras de la literatura en lengua española de nuestro tiempo; uno de esos escasísimos autores que provocan la adhesión incondicional de los lectores, que convierten sus libros en verdaderos objetos de culto. Además de algunas novelas y otros textos literarios (ensayos, diarios, teatro…), el escritor peruano nos legó un conjunto de cuentos que figuran entre las obras maestras del género, y que aparecieron reunidos en los cuatro volúmenes que integran La palabra del mudo (1973-1992). La antología que ha editado recientemente Debolsillo (2022) recoge quince relatos muy diversos, antecedidos por una valiosa introducción donde el autor expone, entre otras cosas, una brevísima poética del relato, resumida en diez principios básicos. Nunca escucharemos una lección de narrativa breve expresada con mayor acierto y menor petulancia. Escribe Ribeyro que el cuento debe tener una hechura que permita al lector volver a contarlo a su vez. Parece que los suyos no solo cumplen con dicha regla, sino que además se quedan a vivir para siempre en el recuerdo de sus lectores.

No parece necesario insistir en que todos los cuentos recogidos en la antología son magníficos. Tampoco en que los preceptos señalados por Ribeyro en su introducción se reflejan fielmente en cada uno de ellos. Solo por eso este libro merecería ser considerado un manual de narrativa. Afirma Ribeyro que los cuentos inventados deben parecer reales, y los reales, inventados. O dicho de otra manera: a la realidad conviene trascenderla; y a la imaginación, atarla corta para que no nos haga perder contacto con el mundo en que vivimos. Tal es su poética, y quizás por ello los cuentos referidos a su infancia aparecen imbuidos de un aura poética y fantástica que los hace fascinantes («Por las azoteas», «El ropero, los viejos y la muerte»), mientras que los relatos imaginados denuncian con tanta fuerza y realismo la vida de los miserables y oprimidos. En esta segunda categoría, la que devuelve la voz a los que no la tuvieron nunca, podríamos situar uno de sus textos más extensos, «Al pie del acantilado», que es también uno de los más bellos y emocionantes, protagonizado por una inolvidable galería de perdedores, siempre dispuestos a continuar luchando. La presencia de niños, en este y en algún otro relato de Ribeyro, confiere a las historias un plus de dramatismo. ¿Cómo olvidar los dos protagonistas infantiles de ese cuento, tan perfecto como terrible («Los gallinazos sin plumas»), que abre la colección? Detrás de su aparente sencillez se esconde una cuidadosa e inteligente planificación de la trama. También el mundo marginal de las bandas y las peleas callejeras, con su ferocidad y su extraviado sentido del honor, es invitado a formar parte de esta galería de humanidades mudas. De ello da cuenta «El próximo mes me nivelo», un relato duro pero contado sin dureza, dotado de una ternura comprensiva que nos impide despreciar a ninguno de sus protagonistas, tan violentos como patéticos y desgraciados. El autor denuncia pero también comprende. Prefiere que compadezcamos a que odiemos, pues solo desde esa perspectiva es posible, quizás, hallar una solución.

El universo de las clases medias, de sus grandes miserias y pequeñas ambiciones, también ocupa un lugar importante en la narrativa de Ribeyro. Se trata de relatos generalmente divertidos e ingeniosos, que gustan de hacer blanco en los oropeles de las falsas apariencias y la impostura, tanto las que afectan a las clases altas («El banquete») como las que padecen las más modestas («Explicaciones a un cabo de servicio»). Un mundo urbano en el que los funcionarios de poco rango o venidos a menos («Espumante en el sótano») se codean con los seres solitarios que se agarran a un clavo ardiendo para poder sobrevivir («Una aventura nocturna»). Pero también es el cerrado universo de esos perdedores de toda la vida en quienes la derrota es ya una segunda naturaleza que no son capaces de quitarse de encima ni siquiera en las condiciones más favorables («El profesor suplente»). En el relato que cierra la antología, «Alienación», se nos narra la lamentable metamorfosis de un joven peruano que, acomplejado por el ambiente que respira, renuncia a su identidad nacional para terminar convertido en un falso gringo de pacotilla. Para retratar a todos estos tipos humanos, aparentemente perdidos y sin remedio, Ribeyro se vale de una dosis justa de ironía, siempre atemperada por un humor benévolo y muy comprensivo.

Para finalizar señalaré un reducido grupo de cuentos que parecen estar más alejados de la realidad, y que en ocasiones adquieren un carácter casi «borgiano». Es el caso de «Ridder y el pisapapeles», un exquisito relato fantástico que da cuenta de la visita efectuada por el narrador a un viejo escritor europeo dotado de una clarividencia sorprendente. «La insignia» es otro texto divertido y muy imaginativo, que parece una puesta al día del famoso cuento «El traje nuevo del emperador» de Andersen. El imparable éxito que se nos describe en sus páginas (a causa de un malentendido) es como esa bola de nieve que empieza a rodar cuesta abajo y ya no hay quien la pare. El tema de las apariencias sin contenido, que en anteriores relatos servía como vehículo para la crítica social, es llevado ahora a un terreno puramente especulativo; quizás porque el arte de Ribeyro no se complace tan solo en la denuncia y el recuerdo emocionado, sino también en el ejercicio de la imaginación y el juego literario.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también ha sido publicada en El Cuaderno

«Desde esa vez, sin que yo ni mis hijos le dijéramos nada, comenzó a trabajar para nuestra finca. Primero compuso la cerradura de las puertas, después afiló los anzuelos, después construyó, con unas hojas de palmera, un viaducto que traía hasta mi casa el agua de las filtraciones. Su costal no parecía tener fondo porque de él sacaba las herramientas más raras y las que no tenía las fabricaba con las porquerías del muladar. Todo lo que estuvo malogrado lo compuso y de todo objeto roto inventó un objeto nuevo. Nuestra morada se fue enriqueciendo, se fue llenando de pequeñas y grandes cosas, de cosas que servían o de cosas que eran bonitas, gracias a este hombre que tenía la manía de cambiarlo todo. Y por este trabajo nunca pidió nada: se contentaba con una troncha de pescado y con que lo dejáramos en paz.»
«La mujer corrió el cerrojo, hizo una atenta reverencia y le volvió la espalda. Arístides, sin soltar el macetero, vio cómo se alejaba cansadamente, apagando las luces, recogiendo las copas, hasta desaparecer por la puerta del fondo. Cuando todo quedó oscuro y en silencio, Arístides alzó el macetero por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo. El ruido de la terracota haciéndose trizas lo hizo volver en sí: en cada añico reconoció un pedazo de su ilusión rota. Y tuvo la sensación de una vergüenza atroz, como si un perro lo hubiera orinado».
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La fuente helada. Arquitectura y arte del diseño en el espacio, de Claude Bragdon

Decía Chesterton que «si algo merece la pena hacerse, merece la pena hacerse mal». Esta cerrada defensa del diletantismo, que tiene su parte de verdad, podría servirnos de excusa para muchas cosas; entre ellas, la de pretender reseñar un tratado de arquitectura sin saber nada de dicha ciencia. Empresas más arriesgadas se han visto coronadas por el éxito. Sin embargo, en el caso particular de este libro de Claude Bragdon, La fuente helada. Arquitectura y arte del diseño en el espacio (New York, 1932), la justificación quizás fuera innecesaria. El nuevo texto que publica Atalanta (en una edición dotada de esa perfección «orgánica» que preconizaba su autor) no es tanto un manual de arquitectura como una reflexión más amplia sobre la belleza, sus formas y principios; eso sí, centrada en una de las tres «artes mayores». El lector que se aventure en sus páginas descubrirá enseguida que no hace falta ser arquitecto para disfrutarlo. En primer lugar, por la belleza de su escritura, por las reflexiones estéticas y filosóficas que expone y su atención a otras artes como el urbanismo, la literatura, la música o incluso el teatro. También por su sencillez y amenidad, perceptible incluso cuando se abordan temas tan complejos para el profano como la geometría o la cuarta dimensión. Cada lector puede profundizar hasta el estrato más conveniente a sus intereses; y no me extrañaría nada que algún niño imaginativo supiera entretenerse con la simple contemplación de las abundantes y sugestivas imágenes que lo ilustran. A ellas cabe añadir una serie independiente de simpáticas y elegantes estampas, protagonizadas por el personaje de Simbad, que trazan una especie de cursus paralelo: una explicación simplificada de algunos de los principios contenidos en el texto. Así, la viñeta que muestra al marino cargando sobre sus espaldas al Viejo del Mar remite con ironía a los arquitectos de la vieja escuela que no saben liberarse de la pesada carga de la tradición. Un libro, en suma, tan atractivo, equilibrado y diáfano como esos rascacielos de acero y cristal que tanto entusiasmaban a su autor.

Un principio arquitectónico cardinal para Claude Bragdon es el de respetar la necesaria congruencia que debe reinar entre forma y material (es conveniente recordar que el libro fue escrito en 1932, y que muchas de las ideas que en la actualidad parecen evidentes, quizás no lo fueran entonces tanto): una exigencia que muchos arquitectos neoclásicos o neogóticos no supieron comprender, cuando se sirvieron de materiales y formas que ya no cumplían función alguna. Para Bragdon, una arquitectura válida no solo debe de ser significativa, dramática (da cuenta de para qué sirve) y extática (despierta una suerte de «emoción»); sino sobre todo, «orgánica». Es decir, debe poner en evidencia, a través de su forma y sus materiales, las fuerzas en tensión que le dan vida («la interacción de las fuerzas que operan en su interior»). Un edificio con estructura metálica dotado de un grueso muro de mampostería que ya no cumple función alguna de soporte sería poco «orgánico». A mi manera de ver, las críticas de Bragdon a los edificios que sufren dicha falta de «sincronía» entre forma y materiales son comparables a las justificaciones de los compositores del serialismo integral, que reprochaban a Schönberg que se valiera de ritmos y metros tradicionales para dar forma a su nuevo discurso atonal. Imagino que la vieja parábola evangélica de que no conviene verter vino nuevo en odres viejos recibiría la aprobación de Claude Bragdon.

Para Bragdon, este carácter orgánico de la arquitectura, siempre en estrecho contacto con las leyes de la naturaleza, puede simbolizarse en la imagen de una fuente helada, que a su vez constituye una buena representación de los procesos vitales de ida y vuelta, de alzamiento y caída, de flujo y reflujo… Un rítmico devenir natural, en suma, que la arquitectura debe interiorizar. Por otro lado. esta visión de la arquitectura como una «fuente helada» nos deja muy cerca de aquella otra definición de «música congelada» que nos diera Goethe. De hecho, para Bragdon la música puede ser también un referente estructurador de primer orden para la arquitectura, gracias los valores de orden y proporción que aquella incardina, como luego veremos. La música, en paralelo a su visión de la arquitectura, es definida por  Bragdon como «una fuente de resonancia que brota en el tiempo del agua quieta del silencio».

A la luz de todas estas premisas teóricas, Bragdon esboza una breve historia de la arquitectura estadounidense reciente («Retrospectiva»), que fluctúa entre una tradición ecléctica que se aferra al pasado y la corriente orgánica y funcional de un Wrigth. Poco a poco la arquitectura se va emancipando de la tiranía de los viejos materiales, prescindiendo de todos aquellos elementos que no cumplan ya función alguna. Donde mejor se opera dicha evolución, de forma lenta pero ininterrumpida, es en el rascacielos, un tipo de edificación genuinamente americana al que Bragdon dedica un capítulo específico («Rascacielos»). La comparación que establece entre el edificio del Chicago Tribune (revestido de piedra caliza y con una linterna cargada de inútiles arbotantes) y el del New York Evening News resulta muy ilustrativa. En este interesante y ameno capítulo dedicado a las «pirámides modernas», Bragdon indaga tanto en sus factores físicos como estéticos y sociales. Es decir, expone sucintamente sus elementos materiales (la estructura metálica, el desarrollo del ascensor o los modernos sistemas de cimentación), da un repaso a su evolución (desde posiciones iníciales eclécticas a las puramente funcionales) y reflexiona, de manera bastante objetiva, sobre su impacto en un urbanismo que debe ser respetuoso con el hombre.

En el siguiente capítulo Bragdon analiza las líneas reguladoras del diseño arquitectónico, imprescindibles para que los edificios adquieran unidad. Lo mismo que el color es un elemento regulador en pintura, y la tonalidad y el ritmo lo son en la música, las unidades lineales y las diversas formas geométricas (desde el simple cuadrado a la espiral logarítmica) deberán serlo en la arquitectura. Pero también la música puede cumplir para Bragdon un importante papel regulador en el diseño arquitectónico. Así lo ponen de manifiesto las explicaciones e ilustraciones brindadas por el autor de su proyecto para la Estación Central de Nueva York, en Rochester, en la que aparecen inscritas las proporciones numéricas correspondientes a los intervalos musicales de tercera, quinta y séptima menor (en conjunción con el cuadrado, el círculo y el triángulo equilátero). Esta rica y variada reflexión estética, que se extiende a diferentes artes y dominios, sobrepasando con mucho cuanto pudiera esperarse de un manual técnico de arquitectura, reaparece incluso en el capítulo correspondiente a la perspectiva isométrica. Esta importante herramienta representativa, que Bragdon juzga de gran utilidad para el arquitecto, muestra su utilidad aplicada al terreno de la escenografía teatral, como podremos fácilmente apreciar gracias a los minuciosos dibujos, en perspectiva isométrica, que Bragdon nos brinda de algunas escenografías que realizó para las representaciones de Otelo y del Cyrano de Bergerac.

La segunda parte del libro de Bragdon está dedicada al estudio de aspectos relacionados con la arquitectura de manera solo tangencial. El capítulo correspondiente a la ornamentación (sobre todo de interiores, aunque no en exclusiva) adquiere un singular desarrollo, constituyendo un moderno y sugestivo muestrario, profusamente ilustrado, de motivos decorativos de inspiración geométrica. La conveniencia de dotar a la nueva arquitectura de una ornamentación orgánica, que no fuera la repetición de viejos modelos ya caducos o demasiado repetidos, impulsó a Bragdon a emprender una búsqueda que culminó con éxito gracias al empleo de las «líneas resultantes» de los cuadrados mágicos, los despliegues y proyecciones sobre plano de los cinco sólidos platónicos (del tetraedro al icosaedro), y los hipersólidos regulares en el espacio tetra dimensional. Lo aparentemente abstruso de estos procedimientos se disuelve con facilidad gracias al empeño pedagógico de Bragdon, que no se ahorra ni ilustraciones ni detalladas instrucciones para guiarnos en esta bella selva de figuraciones  geométricas.

Cierra el libro un breve capítulo dedicado al color en la arquitectura. El mayor o menor acierto en su empleo depende, según Bragdon, del propio criterio estético del arquitecto, apoyado en un correcto conocimiento de los colores complementarios y sus valores. A tal fin, propone una original serie de ejercicios para familiarizarse con ellos. Pero lo más llamativo de este capítulo final quizás sea la relación que se expone entre los diferentes colores del espectro visible de la luz y los sonidos de la escala musical cromática, defendida por algunos teóricos como Louis Wilson. A cada subida o bajada de semitono en la escala correspondería una nueva gradación de color. Así, los colores amarillo y naranja tendrían su correlato musical en las notas mi-fa; y a la formación de acordes consonantes debería responder una mezcla o yuxtaposición de gamas cromáticas con un parecido grado de coherencia. Aunque el compositor ruso Scriabin se valió de similares paralelismos en la composición de su famoso Prometeus de 1910 (donde utiliza un extravagante «teclado de colores»), cualquiera que sepa algo de música sabe que dicho paralelismo no se sostiene demasiado (aunque podría ser utilizado, claro está, como criterio para generar series de sonidos en una música no convencional). No sé si Bragdon tenía noticia de la obra del ruso, pero, en cualquier caso, asume que se trata de una analogía («llena de trampas para el artista») que no podemos llevar demasiado lejos.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Es tarea del arquitecto, por tanto, poner en escena no sólo el propósito y la función de un edificio, sino también la interacción de las fuerzas que operan en su interior, pues entonces estará poniendo en escena la vida misma. Lo que da entidad a una obra de arte es la manifestación de lo universal a través de lo particular. Hamlet, por ejemplo, no se reduce a la vida de una única persona; es la vida del ser humano: la pugna de todo individuo con los elementos que lo constituyen, con los enemigos que tiene en casa. En arquitectura, estos enemigos, que al mismo tiempo son progenitores y amigos suyos, son las fuerzas de la naturaleza: el sol abrasador, el azote del viento, la dañina helada, la malintencionada lluvia; agentes todos ellos en esa apoteosis por la cual, en manos de un verdadero dramaturgo, una obra de ingeniería se convierte en una obra de arte arquitectónico».
«El rascacielos, el último y mayor fruto del poder y el ingenio humanos, es en puridad inhumano, no porque para construirlo haya que pagar el peaje de un trabajador muerto por cada planta levantada, sino porque ha surgido como desafío a los derechos adquiridos por el común de los mortales, y este menosprecio puede que sea su ulterior ruina. [/] Y es que, si estos edificios continúan multiplicándose como lo están haciendo en la actualidad, los atascos de tráfico, de los que son directamente responsables, terminarán por paralizar las calles y se crearán condiciones de vida similares a las que aparecen en la película Metrópolis, donde todo el mundo vive y trabaja bajo tierra, salvo los jefes supremos, que se han adueñado del derecho a respirar el aire libre y mirar al cielo».
Traducción de Carlos Jiménez Arribas

Obreras del Empire State Building (1932)

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Acerca del robo de historias y otros relatos, de Gueorgui Gospodínov

Hay escritores que gozan de una envidiable facilidad para despertar en sus lectores una disposición favorable desde las primeras páginas de sus libros. Unos pocos, como el búlgaro Gueorgui Gospodínov (1968), lo logran incluso antes. El simpático y desenvuelto prefacio, «Prehistorias», que encabeza la edición de su nuevo libro de cuentos, Acerca del robo de historias y otros relatos (Impedimenta, 2024), es una buena muestra de ese talento. Con tan solo tres páginas, el autor nos hace sentirnos casi cómplices de su narrativa, compartiendo con nosotros no solo algunos detalles interesantes de los textos que conforman su libro, sino también un par de reflexiones espontáneas, verdaderos «fogonazos» de lucidez, acerca de lo literario. Una mínima poética que nos convence, aunque de momento no la necesitemos mucho. Si algo tienen estos relatos de Gospodínov es que hablan por sí mismos, y la única incógnita que nos plantean ―y que desearíamos despejar― es la de por qué nos gustan tanto. Quizás su original y cercana sencillez mueva en nuestro interior alguna fibra lectora que teníamos adormecida.

El hecho de que el libro reúna textos de distintas fechas y procedencias (el autor nos lo ha desvelado con todo detalle) no le quita unidad al conjunto, que descansa, a mi manera de ver, en un perfecto equilibrio entre varios principios contrapuestos. De un lado, la admirable sencillez de los relatos, que no está reñida con su indiscutible originalidad, que no nace tanto de una especial elaboración o complejidad del lenguaje como de la elección de los asuntos y una gran libertad en la construcción y desarrollo de las tramas (y donde el giro inesperado es moneda corriente). El estupendo relato que abre la colección, «La octava noche», en el que se recoge una parodia de conferencia enmarcada entre dos breves textos fantásticos, define bastante bien el alcance del libro. Por otro lado, el tono humorístico de los relatos, casi siempre irónicos o incluso paródicos, no les quita un ápice de cercanía, tanto por el hálito cordial que el autor infunde a sus historias como por la humanidad que les brindan sus personajes, pertenecientes en su mayoría al pueblo búlgaro más llano. Un buen representante lo tenemos en ese vagabundo llamado Gaustín, el protagonista de «El hombre de los muchos nombres»: uno de esos locos cuerdos que, como el Licenciado Vidriera de Cervantes, sientan cátedra en plazas y esquinas. El humor con el que Gospodínov nos transmite esa peculiar idiosincrasia búlgara que respiran muchos de sus personajes se canaliza con frecuencia a través de su confrontación irónica con un supuesto mundo más «moderno» o «civilizado». Una aparente burla que en realidad trae a primer plano unos valores humanos que quizás se estén perdiendo en aras de una mayor sofisticación y el culto a las apariencias.

Pero donde mejor se percibe el juego paródico de Gospodínov es en aquellos relatos que parecen apuntar a determinados géneros y estilos literarios. Se trata de historias casi siempre humorísticas, pero en las que es posible hallar desenlaces dramáticos o incluso cruentos. Uno de los relatos más interesantes es «Vaysha la Ciega», compuesto con las hechuras de un cuento folklórico, pero resuelto formalmente de manera muy singular. En un primer momento, el cuento parece entenderse como una alegoría de nuestra neurótica dificultad para vivir el presente, pero un inesperado giro final sumerge el texto en el ámbito metaliterario. A pesar de su trágico desenlace (que parece escrito por Andersen), «El regalo tardío» no deja de ser un divertidísimo cuento de Navidad, protagonizado por un ingenuo mendigo que se cree el protagonista involuntario de un reality. Su ridícula actuación ante la cámara del escaparate le vale al autor para burlarse de su vanidad, pero también de esos tópicos de corrección pequeño burguesa que todos llevamos encastrados en el fondo del alma. Sin embargo, el mensaje que a modo de testamento nos lega el pordiosero denota sabiduría: la felicidad es el regalo que llega a tiempo. En un registro muy distinto podemos situar «L», una imaginativa parodia de relato policial que fuera publicada en su día (así nos lo revela el autor) en Ellery Queen Mystery Magazine. Se trata de una historia bastante macabra, salpicada con algunos guiños explícitos a la Lolita de Nabokov. Lo cómico del asunto es que un concurso literario pueda servir de cebo para atrapar a un asesino aficionado a la escritura. «El tercero» es otro relato paródico de intriga y terror, de inesperado final, en el que Gospodínov parece burlarse de aquellos lectores que necesitan ―como el propio marido de la protagonista― una explicación o glosa final para poder enterarse de algo. Como cabía suponer, el relato amoroso no iba a librarse de comparecer en esta divertida galería de espejos deformantes que nos regala Gospodínov. «Peonías y nomeolvides» narra una acelerada historia de amor, entre fantástica y paródica, que se desarrolla en la sala de espera de un aeropuerto. Un relato dotado de encanto en todos y cada uno de sus pequeños detalles, y cuyo desenlace parece remitirnos al Wakefield de Hawthorne.

Como ya anticipamos, otro aspecto destacable del libro de Gospodínov es el de dar entrada en sus páginas a historias y personajes de su Bulgaria natal. En unos casos, los relatos tienen un cierto componente de crítica histórica; en otros, parecen representar sencillas escenas de tipo «costumbrista». Dentro del primer grupo, uno de los más explícitos es «Forjando el pendiente búlgaro», donde al autor traza una visión alegórica de las penalidades sufridas por el pueblo búlgaro a lo largo de la pasada centuria: una historia de derrota que tuvo su punto de inflexión en la revolución de 1989, pero que no parece haber alcanzado todavía su fin. Las frustraciones de índole histórica que otros pueblos cargan sobre sus espaldas, los búlgaros las llevan ―sin duda, más dolorosamente― prendidas del lóbulo de la oreja. En una parecida línea de reflexión histórica podemos situar «Gaustín», relato con el que Gospodínov cierra su libro. «El hombre de los muchos nombres» reaparece para protagonizar un relato que incide en algunos episodios significativos de la historia del siglo XX, tanto europea como búlgara, que el personaje revive como testigo, gracias a su locura, con sesenta años de retraso. La historia quizás no esté condenada a repetirse, pero sí a parecerse de manera inquietante. Un tono mucho menos dramático hallamos en el relato titulado «Los paños menores de la historia»: una humorística y nada ácida estampa rural de la Bulgaria de finales de los años 70 coloreada por algunos recuerdos de infancia. Los protagonistas de la intrahistoria ―es decir, de los «paños menores» de la historia― casi siempre arrojan una sombra menos opresiva que la de sus actores principales.

Pero las alusiones de Gospodínov a su país dan su mejor fruto literario cuando se desarrollan en un ámbito más reducido, como a modo de modernas estampas costumbristas. Son relatos generalmente humorísticos, donde el autor pretende representar, con tanta ironía como afecto, el «alma» búlgara. Unos encantadores «cuadros» en los que no faltan, en ocasiones, algunos toques autobiográficos, reales o inventados. Tal es el caso de «Primeros pasos», un delicado y cómico popurrí de recuerdos de infancia, donde abuelos, amigos de escuela y primeras lecturas contribuyen a dibujar el paisaje de un mágico reino que no tardará en desaparecer. Dentro de esta categoría narrativa que me he atrevido a denominar «costumbrista», podemos distinguir un grupito de cuentos que se desarrollan en el tren: un lugar idóneo para entrar en contacto con el pueblo. Uno de los mejores es el que da título al libro, «Acerca del robo de historias», donde Gospodínov reivindica la relevancia y actualidad de la tradición oral transmitiéndonos tres historias, protagonizadas por personas de etnia gitana, escuchadas en el tren. Entre ellas destaca la de un violinista ambulante que se gana la vida tocando melodías populares en vagones de tercera, pero que es capaz de emular, cuando quiere y le dejan, al mismísimo Nigel Kennedy interpretando a Vivaldi. «Una segunda historia» es aparentemente poco más que una anécdota graciosa que se desarrolla también en un tren. Pero como sucede en todos los relatos de Gospodínov, bajo la superficie subyace un significado más profundo: las palabras, más que acercarnos, parece que nos distancian, quizás porque la simpatía se mueva en un estrato más profundo e instintivo que el lenguaje. «Historia con estación» es un brevísimo cuento que vuelve a incidir, con mucha ironía y un punto de exageración, en la peculiar mentalidad de las clases populares búlgaras, puesta en evidencia por su económico aprovechamiento de los retretes «de pago» en una estación alemana. En la misma línea cabe situar otro texto aún más reducido, «Mosca en el urinario», una nueva «confrontación» búlgaro-alemana que leeremos con una sonrisa en los labios, pero sin olvidar que, como nos advierte el autor, «ya ninguna historia es inofensiva». Y he dejado para el final uno de los relatos, a mi manera de ver, más encantadores del libro: «Kristín que saluda desde el tren». Una historia mínima, pero cargada de lirismo, que da cuenta de la facundia imaginativa del escritor, que se ve desatada por un ademán tan sencillo como el de saludar al paso del tren. Un gesto espontáneo que, como otros muchos, también vamos perdiendo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El tren pasaba por Europa Central, por algún sitio allende los Tatras, por todo el eslavismo del paisaje, entre largas hileras de alfalfa segada, dientes de león y margaritas. Las amapolas junto a las vías se habían vuelto locas. Tenía la sensación de que todas las compañías de ferrocarriles centroeuropeas se mantenían fundamentalmente gracias a la venta de opio. El sol ya se ponía, el ocaso sobre esos valles prometía ser infinito, y Kristín, asomada por la ventanilla, resplandecía como si estuviese hecha de papel de estaño. Recordé lo que decían de que un solo aleteo de mariposa podría cambiar el mundo».
«Habían agotado todos los temas que podían mantener viva una conversación entre dos desconocidos. Y el silencio empezaba a volverse indecoroso. La mesita entre ellos estaba abarrotada de vasos de plástico vacíos que habían adoptado formas de lo más inesperadas de tanto dar vueltas en sus manos. Los palillos para remover el café hacía mucho que estaban desmenuzados en los trozos más pequeños posibles, los sobrecitos de azúcar vacíos se habían transformado en conos y barcos en miniatura».
Traducción de María Vútova
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Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero, de Francisco Hermoso de Mendoza

Dicen que la cabra tira al monte, y no era de extrañar que Francisco Hermoso de Mendoza, tras ofrecernos tres estupendos libros de narrativa, se resolviera a obsequiarnos con uno de crítica literaria. Que para eso es el amo y señor de Devaneos, uno de los blogs más interesantes y completos del panorama literario actual. Una invitación a la lectura de la obra de Roberto Vivero (Ápeiron, 2024) es un precioso y diminuto volumen que no alcanza las cien páginas. Mientras me entregaba a su lectura, me parecía tener entre las manos uno de aquellos encantadores libretti de bolsillo que editaba Ricordi (también en 15×10) para los aficionados a la ópera. Como ellos, el libro de Hermoso de Mendoza es también una pequeña llave, que en su caso sirve para abrir el cajón donde se guarda la música de un autor con aura de inescrutable: Roberto Vivero. De parecida manera a como el libreto sin la música tiene a la vez un sentido completo e incompleto, este breve estudio de Hermoso de Mendoza reclama como ineludible la lectura del autor al que se dedica, pero también constituye un logro en sí mismo. Reconocida la dificultad de conquistar la fortaleza, el texto crítico -«reseña fracasada»- se viste de literatura para poder levantarse y dar cuenta, al menos de manera indirecta, de lo que se oculta al otro lado de la muralla.

Hay mucha modestia en el título elegido por Hermoso de Mendoza para su libro, quizás porque no ha pretendido diseccionar las entrañas de la obra de Roberto Vivero, sino algo bastante diferente. Tal como se expresa en el interesante e instructivo epílogo que cierra el volumen, son varios los niveles de aproximación que permite un texto literario: desde el que solo exige una lectura espontánea y ligera, propia del lector común, al que se marca como objetivo un filólogo que necesita fundamentar su tesis doctoral. Este que ha escogido Hermoso de Mendoza para su monografía me parece que es el más adecuado a su brevedad (y nada sencillo, por cierto). En lugar de dar cuenta milimétrica de la obra de Vivero, nos la ha pintado reflejada en su entusiasmo. Es decir, ha alumbrando un segundo texto, también literario, que no pretende «abreviar» ni «traducir» nada, sino solo transmitirnos una suerte de «reconocimiento» a la obra de un escritor que sin duda admira.

En su breve capitulo preliminar, «¿Existe Roberto Vivero?», Hermoso de Mendoza resume algunos de los rasgos esenciales de la escritura del autor: su carácter experimental, su dificultad y su dureza (es decir, «su libertad estética y ética»), así como esa «amarga reflexión sobre la condición humana» que rezuma en algunas de sus páginas. Son los de Vivero unos textos, en su mayoría, muy celosos de su arte y cerrados sobre sí mismos, casi como fortalezas. Una obra, en suma, que se ha gestado como el fruto de un proceso de «investigación» y que se resiste a las simplificaciones y al etiquetado. Para cada obra en concreto, para las que componen el canon más selecto y cerrado de Vivero (que se extiende no solo a lo narrativo, sino también -en menor medida- al teatro y a la poesía), Hermoso de Mendoza ha escrito una colección de artísticas reseñas que obran una aproximación indirecta y amistosa, y donde el discurso crítico unas veces «explica» y otras refleja. O las dos cosas a la vez. ¿Qué pretende ser, sino un espejo, ese elaborado comentario en un solo párrafo referido a Grita?

Desde este punto de vista, creo que la labor que se proponía Hermoso de Mendoza al emprender esta difícil singladura ha quedado airosamente resuelta. Es la suya una invitación a la lectura sincera, que nace de la atracción que experimenta por una obra compleja y poco difundida, que ha leído con mucha atención y placer. Al fin y al cabo, la lectura es una aventura personal, y hasta el más versado y detallista crítico alfa es solo un lector. Lo que queda de la obra, su residuo irreductible tras sufrir una explicación, ya sea minuciosa o sumarísima, es todavía y precisamente lo literario. El libro de Hermoso de Mendoza quizás no nos permita allanar la fortaleza, pero sí acercarnos y echar un vistazo por encima de las almenas. El valioso botín que nos señala quizás nos anime a escalarlas por nuestra propia cuenta. Que de eso se trata.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Leer a Vivero nos obliga a rumiar, para decirlo con Nietzsche. Es ir en busca de un sentido que no resulta evidente en una primera lectura, como si las palabras tuvieran tal fulgor que costase mirarlas a los ojos de buenas a primeras. Hemos de ser pacientes, leer y coger distancia, como ante el cuadro que cobra sentido cuando nos alejamos de él y nos situamos a la distancia justa, la misma que ofrece aquí la tan necesaria y aconsejada relectura».
«En la poesía ayudan los signos de puntuación. Vivero nos invita al «búscate la vida». No hay comas ni puntos, sí un texto que cae en cascada durante casi ochenta páginas. Texto con palabras en castellano, alemán y griego. Formulo la consulta del texto en alemán en un grupo amigo de WhatsApp de gente que habla alemán: se traduce pero no se entiende. Dicen. Así es el arte. Dicen. Conclusión perfecta. Dicen. Palmas, palmitas. Asusta lo que no se entiende, prosigo, aquello velado que no se descifra, el texto viscoso cuyas palabras son un misterio, digo. Aquello que hace rechinar nuestros cojinetes mentales, que nos da de cabezazos contra un muro de las lamentaciones, que nos hace avanzar por una escalera a oscuras y cuyas pareces están llenas de agujeros negros, afirmo».
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Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest y otros relatos, de Gonçalo M. Tavares

Hace ya tiempo que la literatura nos enseñó que no es preciso viajar a países exóticos para entrar en contacto con lo extraño y maravilloso. Lo que para Stevenson fuera la capital británica (una «Bagdad de occidente»), Gonçalo M. Tavares (1970) parece querer encontrarlo en las diversas ciudades europeas que conforman el paisaje de Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest (2022). Bellamente editado por Nórdica Libros, el volumen está compuesto por tres relatos muy diferentes pero relacionados entre sí, que se desarrollan en cuatro capitales centroeuropeas y forman parte de un proyecto más amplio titulado Las ciudades. La notable originalidad de los textos integrantes se le manifiesta al lector en un crescendo de sorpresa e «interioridad»: de la crónica de dos viajes insensatos al delirante deambular de una joven por las calles de Berlín, pasando por un extraño vampiro que prefiere la tinta fotográfica a la sangre. Entre lo improbable y lo fantástico media un abismo estrecho pero muy profundo. El arte de Tavares, para felicidad del lector, consiste en aproximar sus lindes hasta casi confundirlas.

El primero de los relatos, «Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest», yuxtapone dos historias paralelas que no parecen tener otro nexo en común que el de narrar sendos viajes simultáneos que se hacen entre las dos ciudades enunciadas en el título. En una de ellas se narra el robo de una estatua de piedra de Lenin ―por cuenta de un coleccionista millonario― que dormita abandonada en un olvidado almacén de Budapest. Se trata de una de aquellas innumerables efigies conmemorativas que adornaban pueblos y ciudades a lo largo y ancho de todo el paisaje soviético, y que luego fueron retiradas. No siempre se renunció a erigírselas en beneficio de un homenaje de índole más práctica (como hicieran los tejedores de alfombras de Kujan-Bulak, según nos cuenta Brecht en sus Historias de almanaque). Por un avatar comparable al que sufrió Luis XVI ―fue apresado y decapitado, tras ser identificado por su efigie en las monedas―, los ladrones le cortarán ahora la suya a Lenin, a fin de que no pueda ser reconocido: cuerpo y cabeza viajarán por separado. La segunda historia que conforma el relato cuenta la macabra odisea de un joven que viaja de Bucarest a Budapest para traerse en el coche el cadáver putrefacto de su difunta madre. Es muy probable que el lector avisado establezca alguna clase de paralelismo o moraleja entre estos dos delirantes viajes de «cuerpos» sin vida, pero en el relato solo confluyen, digamos topográficamente, en el puesto fronterizo, y de manera inadvertida ―aunque decisiva― para sus respectivos agonistas. Para algunos será una muestra más de los curiosos azares de la vida; para otros, un último sacrificio en honor a Lenin. Los ídolos que adoramos a veces exigen considerables esfuerzos.

El siguiente relato, «La fotografía. Historia del vampiro de Belgrado», tiene como protagonista a un personaje muy extraño ―parece salido de un comic de Tardi―, que entiende la afición por la fotografía de una manera tan patológica como para «merendarse» literalmente las más bellas fotografías y postales (haciendo realidad aquella popular figura retórica de que algo o alguien «está para comérselo»). Con las urdimbres del vampiro centroeuropeo y el miedo a que una fotografía pueda «robarnos» el alma (en La gota de oro, Michel Tournier lo expresaba muy bien) se construye una alegoría de los peligros de la belleza, que para Tavares representa el narcótico que nos hace bajar la guardia ante las asechanzas que nos rodean. Una especie de cebo estético. No olvidemos que la Bella venció a la Bestia, ni que Rilke también temía al ángel de lo bello (aunque sus motivos fueran diferentes). Para Tavares, el Quijote que ve molinos de viento o ejércitos combatiendo en el apacible paisaje manchego no peca, pues, de loco, sino más bien de clarividente. Facultado queda el lector para descubrir en el cuento de Tavares una referencia a nuestra actual obsesión por la imagen, por esa belleza sin sustancia, meramente superficial, que intentan meternos a todas horas, si no por la boca, al menos por los ojos. Pero quizás el autor pretenda ir más lejos en su denuncia…

Cierra Tavares este interesante tríptico con «Episodios de la vida de Martha, Berlín»: el relato en que se representa con mayor evidencia ese «Proyecto de Las ciudades» del que nos habla en su nota final. El cuento lo integran dieciséis breves instantáneas del deambular de una joven por la capital alemana: vivencias de soledad y de búsqueda, de sexo y de rebeldía, de autodestrucción incluso («Berlín, taxi»). No pretenda el lector que se le brinden demasiados pormenores de esta joven insatisfecha y provocadora, que despierta incomprensión y rechazo casi generalizados en el entorno en el que se mueve (y no solo por machismo, que también). Como tampoco busque detalles de callejero o guía turística que le faciliten orientarse en su acompañamiento lector por las calles de la capital prusiana. Como nos revela Tavares en su epílogo, la ciudad no es tanto una sustancia material como orgánica: una suma de las historias reales y ficcionales que la conforman. Pongamos, pues, nuestra parte en el relato (en la medida en que podamos), y «amueblemos» la historia de Tavares por nuestra cuenta. Merece la pena.

Reseña de ©Manuel Fernández Labrada

«Entre el cuerpo y la cabeza habría una separación de varias semanas. Más de un mes. El tiempo suficiente, o eso esperaban, para que el eventual hallazgo de una estatua sin cabeza no alimentara la expectativa de ver llegar una cabeza sola».
«En el fondo eres capaz de rendir vasallaje a la hermosa montaña como si al otro lado no avanzara un terrible ejército; eso es lo que el hermoso mundo ha hecho de ti: un soldado que obedece al mando más bajo de la jerarquía; sedado por lo que es hermoso, experimentas al fin un momento de pausa y, mientras cierras los ojos, intentas recordar rápidamente en qué dirección no hay cosas que emitan ese oriental instinto de pasividad; y, con los ojos cerrados, aciertas a imaginar que no son menos de mil los peligros que te acechan y exiges entonces que el paisaje en tu cabeza se transforme, como en la cabeza de don Quijote, en movimientos humanos peligrosos y deje así de existir el paisaje como palabra neutra».
«… y demostrar por encima de todo que la civilización empieza en el zapato, que no es tan solo un objeto de comodidad para una anatomía antigua, sino un elemento esencial, que marca una frontera, como en un mapa vivo, entre lo que está debajo de ti y es estúpido y lo que está por encima de lo que es estúpido y tiene un nombre, y a veces, quién nos lo iba a decir, llega incluso a ser racional».
Traducción de Rita da Costa
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