Al examinar la trayectoria biográfica de una mujer relevante del pasado, no es raro que descubramos la figura de una luchadora que debió enfrentar numerosos obstáculos para materializar sus aspiraciones. Es el caso de Jane Ellen Harrison (1850-1928), insigne filóloga y profesora de la Universidad de Cambridge, que además de constituir uno de los puntales del moderno estudio de la mitología clásica, junto con Karl Kerényi y Walter Burkert, fue también una adelantada de la emancipación femenina y destacada sufragista. Esta circunstancia, que podría parecer secundaria en una investigadora de su calibre, es necesario, sin embargo, traerla a un primer plano. El talante feminista de Jane Ellen Harrison, aunque moderado, se manifiesta claramente en su análisis de los mitos, que pone en valor el componente femenino de la religión griega. Escrito casi al final de su vida, La piel bajo el mármol (Myths of Greece and Rome, 1928) es un librito exquisito y denso, un verdadero tesoro que Siruela acaba de publicar en la traducción, siempre cuidadosa y atinada, de Lorenzo Luengo. Comparado con sus obras mayores (como Prolegomena to the Study of Greek Religion, Themis, o Epilegomena), este pequeño volumen podría parecer un simple aperitivo, un modesto apunte divulgativo. Nada más alejado de la realidad. Con tan solo un centenar y medio de páginas, La piel bajo el mármol acierta a mostrarnos la compleja conformación de las divinidades que integran el panteón olímpico. Los griegos, como afirma Harrison, fueron unos grandes iconistas; de ahí la pervivencia de sus mitos, fraguados en torno a esas figuras mitológicas imperecederas que nutren nuestros arquetipos y sustentan toda la cultura occidental. Sin embargo, bajo esa aparente inmovilidad de los dioses, de ese mármol que promete conservarlos para la eternidad, se oculta una compleja historia de migraciones, transformaciones y luchas que la autora nos invita a descubrir. Si la mirada de la Gorgona petrificaba a los hombres, la de Jane Ellen Harrison sabe liberar a los dioses del mármol que los aprisiona.
En el momento de su publicación, Myths of Greece and Rome formaba parte de la colección «The little books of modern knowledge», una serie de pequeños manuales de divulgación cultural que aparecieron durante la década de 1920. El mismo título del libro (seguramente impuesto por la editorial) parecía apuntar una intención simplificadora, que integraría mitos griegos y latinos en un solo volumen: un propósito que la autora no se mostró dispuesta a secundar. De hecho, apenas encontraremos en sus páginas alusiones específicas a la mitología romana (con la excepción de algunos nombres latinos de dioses y, cómo no, citas relevantes de autores como Lucrecio, Tácito o Quintiliano). Ya en el prólogo del libro la autora señalaba que uno de los principales obstáculos al estudio de los mitos griegos había sido la costumbre (por aquel entonces casi superada) de contemplarlos desde una óptica romana o alejandrina. A pesar de su brevedad y de los muchos años transcurridos desde el momento de su aparición, el libro de Harrison atesora todavía un importante caudal de sorpresas, así como un cierto carácter polémico (el de una mitóloga que se atreve a tildar de «burgués» a Zeus). A su apreciable libertad de enfoques y formulaciones (como su arriesgada historia de Poseidón) se le suman, por fortuna, notables valores literarios e imaginativos, propios de una verdadera enamorada de los mitos; de una erudita capaz de fantasear con una expedición nocturna a la Acrópolis ateniense para escuchar, al cabo de treinta siglos, el canto de la lechuza de Palas Atenea. La excelencia se despliega muchas veces en el ámbito de lo reducido.
Uno de los grandes atractivos de La piel bajo el mármol estriba, a mi manera de ver, en el generoso elenco de fuentes clásicas que se reproduce en sus páginas, y que ahondan el disfrute del lector, que podrá conocer o revisitar algunos textos fundacionales de la mitología griega (tomados, en su mayoría, de la añorada Biblioteca Clásica Gredos). El libro de Harrison da cabida a extensos fragmentos de la Ilíada, la Odisea y de los denominados Himnos homéricos, fuente importantísima para el estudio de los dioses griegos. También encontraremos textos de Hesíodo, Heródoto, Pausanias (en lo referente a rituales) y de los dramaturgos helenos, sobre todo de Eurípides; como también de Teócrito, Dión de Prusa o Babrio, entre otros. Estos numerosos y escogidos ejemplos no diluyen en modo alguno el discurso de la autora, que se recrea, sin duda, en los textos reproducidos, prescindibles en muchos casos, pero que le trasladan al lector un plus de belleza y cercanía con el mundo clásico. Apoyándose en Heródoto, Harrison considera la mitología una creación sobre todo literaria, que es factible deslindar de la religión general griega. En línea con este pensamiento, la estudiosa británica se permite recoger también en su libro fragmentos de poetas más modernos, como Shakespeare, Milton, Shelley, Tennyson, Browning o Swinburne. Tal abundancia de textos poéticos no debe ocultarnos que las indagaciones de la autora se apoyan también en un amplio abanico de fuentes históricas y arqueológicas, como luego veremos. De hecho, el segundo obstáculo que señalaba Harrison en su prólogo, tras la confusión de los dioses romanos con los griegos, era la instrumentalización de la mitología como herramienta auxiliar de la hermenéutica literaria.
Muy alejada de enfoques estáticos o simplificadores, la visión que nos ofrece Harrison de la mitología griega tiene un acusado carácter darwinista, en cuanto que nos muestra a las diferentes divinidades inmersas en un proceso de evolución y adaptación a las condiciones históricas y sociales de cada momento. El análisis de la insigne mitóloga se inserta en una doble encrucijada temporal. De un lado, la que corresponde a un Olimpo que es «mezcla de elementos autóctonos y foráneos», y en el que se amalgaman, sobre un sustrato pelasgo original, influencias tanto del norte (helenos procedentes del valle de Danubio: los aqueos de Homero que protagonizaron la guerra de Troya) como de la cultura minoica del sur. Y de otro lado, la que viene determinada por una progresiva «patriarcalización» del panteón olímpico, donde las grandes diosas madre no tienen cabida o son constreñidas a desempeñar papeles secundarios, diferentes a los originales. Este sería el caso de Hera, la esposa de Zeus, antigua divinidad de los pelasgos asociada a la Tierra, domeñada por el dios invasor de los aqueos. Estos componentes, ciertamente ocultos, la autora los descubre prestando atención no solo a las fuentes literarias, sino también, y de manera muy especial, a los rituales y representaciones que nos brindan los diferentes testimonios arqueológicos: vasos cerámicos, gemas o intaglios, en su mayoría anteriores a los textos homéricos, que no dan total cuenta de la complejidad de la religión de los griegos. Encuadrar el estudio de los mitos en el conjunto de la religión griega, atendiendo a sus rituales, es una de las preocupaciones constantes de Jane Ellen Harrison.
Entre las divinidades masculinas, Apolo es la figura más importante y poderosa del panteón olímpico, sólo superado por Zeus. Dotado de un arco letal que le garantiza el respeto de dioses y hombres, encarna también la figura del sanador, del Peán, a la vez que se identifica con el sol bajo el apelativo de Febo. Pero son aquellos rasgos que delatan su origen nórdico los que Harrison pone más de relieve. Apoyándose en Heródoto y Pausanias, la mitóloga se hace eco de la conocida leyenda referida al origen hiperbóreo de Apolo (una especie de Balder el Hermoso de la mitología báltica), y de las misteriosas ofrendas que le llegaban a través de las embajadas hiperbóreas que visitaban su santuario en la isla de Delos; como también analiza algunos aspectos menos conocidos de su culto, los referidos al ámbar, el manzano y el muérdago. Entre los dioses autóctonos, por el contrario, Harrison subraya la figura de Hermes, una divinidad de origen pelasgo relegada a cumplir funciones subordinadas de mensajero en el nuevo orden olímpico. Su antigüedad la atestiguaría el culto primitivo a las piedras y hermae asociadas al dios, que servían tanto de lápida como de término o linde. Pero el personaje mitológico que le permite a Harrison esbozar con mayor audacia y brillantez sus teorías es el de Poseidón. Sus inesperados atributos del toro y del caballo, muy alejados del elemento marítimo, pero atestiguados en innúmeros sacrificios, menciones y representaciones, la inducen a presuponerle un origen geográfico doble. De una parte, en Creta, donde Poseidón podría relacionarse con la figura del Minotauro, trasunto mítico del rey Minos, primer talasócrata, como lo será luego el propio dios; de otra, en Libia, por su relación con el caballo: una influencia africana que se incorporaría a la cretense. El posterior avance de la cultura minoica hacia el norte, que salpica las costas peninsulares de santuarios de Poseidón, se detendría a la par que comienza a menguar la importancia del elemento meridional en el conjunto de la identidad griega. La consecuencia sería la devaluación de la figura de Poseidón, invariable perdedor en todas sus disputas con Zeus, un «extranjero» poco amigo de cumplir los preceptos olímpicos (como lo manifiestan sus hijos, los impíos Cíclopes). Poseidón representaría, pues, ese tercer componente de la mitología griega, que sobre una base pelasga autóctona incorpora influencias tanto del norte helénico como de la cultura minoico cretense.
Otro de los grandes valores del análisis de Harrison es el de traer a primer término el componente femenino de los mitos más antiguos, oculto bajo una gruesa capa de estratos difíciles de remover. Es sobre todo el caso de la Madre de los Dioses, que al igual que otras divinidades primitivas pelasgas queda condenada a no formar parte del Olimpo de dioses patriarcales. La especial perspectiva de la autora se manifiesta de manera meridiana, entre otras cosas, en su particular e interesante comentario sobre dos mitos muy conocidos, el de Pandora y el del Juicio de Paris, en los que se diluye o invierte por completo el carácter benéfico de las divinidades femeninas como portadoras de dones. Apoyándose en representaciones arcaicas en las que aparecen las tres diosas (Hera, Atenea y Afrodita), pero no Paris, Harrison rechaza el trivial «concurso de belleza» (kallisteion) que presupone la entrega de la manzana. De esta servidumbre masculina, la única diosa que parece librarse es la montaraz Ártemis, la figura mitológica más extensamente tratada en el libro después de Poseidón, quizás porque encarna la excepción a esa «servil domesticación» que sufren las otras, que enlaza y subordina a Hera con Zeus, y pretende unir en matrimonio a la libre Afrodita con el grotesco («despreciable») Hefesto. Ártemis, por el contrario, verdadera Señora de lo Salvaje, vive libre en los bosques y montes, doncella perfecta e independiente, alejada de cualquier tutela masculina. La autora, que indaga en otros aspectos complementarios de la diosa, como su dimensión nocturna y lunar o su carácter de sanadora y protectora de las parturientas, describe también (apoyándose en Pausanias y Luciano) algunos de los cruentos ritos que se le tributaban, y que parecen ir mucho más allá de esas modélicas hecatombes de bueyes que se han explicado como actos de cohesión social en los que se compartían unos alimentos que no todos podían sufragarse particularmente. Escenas de un enorme salvajismo y violencia, de una crueldad ejercida sobre los animales que nos repugna, pero que nos ayudan a recordar que bajo el mármol idealizado de la mitología literaria subyacen los rituales de una religión primitiva.
El interés constante de Jane Ellen Harrison por resaltar la dimensión evolutiva del panteón griego explica que los últimos capítulos de su libro estén dedicados a los dioses que denomina mistéricos, Dioniso y Eros, los más evolucionados según su concepción, en cuanto que responden mejor a las ansias humanas de inmortalidad. La impasibilidad de los dioses olímpicos, que no prometen nada a los hombres y se manifiestan ajenos a toda escatología y cosmología, los hará empalidecer ante estas nuevas divinidades mistéricas, que ofrecen a sus fieles un camino de pervivencia, de eternidad, permitiéndoles participar de su esencia. Relegados finalmente a un culto estético y filosófico, la salvación y la inmortalidad que nos prometen los antiguos dioses quedará limitada ya tan solo a este mundo. Es la suya propia, en la que encarnan, mejor que nada ni nadie, esa belleza estética imperecedera ―tan imperecedera como frágil, a nuestra medida― por la que suspiraba Keats al inicio de su Endymion: «A thing of beauty is a joy for ever».
Reseña de Manuel Fernández Labrada
Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Y, por último, Atenea tiene su búho, ese pequeño búho al que hoy, si ascendemos hasta la Acrópolis a la luz de la luna, escucharemos ulular en las ruinas del Partenón. La propia diosa tenía el título de Glaukopis, “la de ojos de búho”, y en sus monedas, que pasaban de mano en mano por toda la Grecia civilizada, estaba grabada la imagen de su búho. Cuando Atenea se erigió en diosa de la Luz y la Razón, el pequeño búho dejó de cazar ratones en el Partenón, y se subió al hombro de Atenea para ser su Ave de la Sabiduría.»
«Cuando Pandora abre la caja, quien lo hace no es ya la mujer frívola y tentadora que deja escapar dolores y pesares para el mortal; es la gran Madre Tierra que abre su pithos, su almacén de grano y fruta, para sus hijos. En la “creación de Pandora” la Gran Madre se ha convertido en la doncella tentadora, una pesadilla en vez de una bendición. Por el verso encantador y cargado de belleza de Hesíodo corre un incómodo destello de malicia teológica. Hesíodo está de parte del Padre, y el Padre no habrá de tener una Gran Madre Tierra en su Olimpo cubierto de nubes, concebido por el hombre. Así que ella, que hizo todas las cosas, se ha convertido en la esclava del hombre, su aliciente, su juguete, un ser cuyo único talento es la belleza corporal de la esclava y sus lisonjas. El nacimiento de la primera mujer no es sino una enorme broma olímpica para Zeus, el burgués archipatriarcal. “Habló, y el señor de hombres y dioses inmortales rompió a reír”.»
Traducción de Lorenzo Luengo

La última obra publicada por Ednodio Quintero en nuestro país, Diario de Donceles, parece el resultado de ese comprometido gesto que consiste en volver la vista atrás. Una maniobra arriesgada como pocas, por cuanto nos obliga a enfrentarnos a nosotros mismos, a juzgar, desde nuestra perspectiva actual, a esa personita que fuimos en otro tiempo. Pero el recuerdo, es verdad, también puede valernos como estrategia de salvación, pues muchas veces hallamos en ese pasado casi olvidado los recursos que mejor nos ayudan a sobrevivir. Algo de todo ello hay, me parece, en este extraordinario libro que acaba de publicar Pre-Textos, Diario de Donceles, donde veremos al escritor venezolano sumergirse en diferentes estratos temporales hasta alcanzar los más recónditos y significativos episodios de su infancia. No cabe duda de que el diario es para Ednodio Quintero una forma versátil y de mucho calado: un recipiente artísticamente trabajado en el que cabe casi todo, y donde la revelación personal se nos ofrece enmascarada por la fantasía, mezclada con la invención más desatada. Como sucede con los oráculos, las verdades importantes se revisten en ocasiones de rodeos; y no sería yo quien se aventurase a señalar dónde acaba lo imaginario y principia lo real (¡«Qué nadie me pregunte nada, por favor»!). Sobre todo cuando el propio narrador no se cansa de repetir una y otra vez que «sólo se puede vivir en lo ilusorio»; y no le duele afirmar: «que de ensoñaciones es que me vengo alimentando desde que poseo memoria». Cuando hablamos de literatura, pretender diferenciar lo vivido de lo soñado es un empeño no solo peligroso, sino también inútil.
Unos años antes de escribir su monumental Madame Bovary, Flaubert había asegurado que nunca haría «acto de presencia» en el mundo literario si no era «armado de pies a cabeza». El desprecio y la desconfianza que el autor de Rouen experimentaba por los críticos literarios, así como su tenaz voluntad de documentar y pulir sus obras hasta conferirles la dureza del diamante quizás nos ayuden a comprender mejor sus precauciones. Seguramente pensaba que al escritor novel le convenía presentarse en sociedad con una novela bien forjada, que minimizara en lo posible esos primeros disparos de la crítica que resultan tan dolorosos ―incluso letales― cuando no se posee algún tipo de coraza. Leyendo esta primera novela de Francisco Hermoso de Mendoza, Muerto de risa, me rondaba todo el rato por la cabeza esa significativa frase de Flaubert, aunque sin recordar muy bien dónde la había leído (resultó que en el libro de Barnes). No me cabía la menor duda de que Muerto de risa era un texto notablemente sólido, guarnecido con las numerosas lecturas y saberes de su autor («lector voraz», según propia confesión), que había velado armas desempeñando labores de crítica literaria en una de las mejores bitácoras digitales, 
La primera noticia que tuve de la existencia de estos Diarios fue leyendo la biografía de Hawthorne escrita por Henry James (

Hasta hace no muchos años, la figura de Aby Warburg (1866-1929) parecía corresponderse con la de uno de esos eruditos menores, sólidamente formados, pero condenados a representar un papel secundario a la sombra de las grandes personalidades de la historiografía del arte alemana: una densa y selecta floresta en la que, desde luego, no resulta nada fácil destacar. La situación parece estar cambiando en las últimas décadas, lo que demostraría que no solo los escritores y artistas son merecedores de esa injusta reparación a destiempo denominada «fama póstuma». Perteneciente a un adinerado clan de banqueros judíos de Hamburgo, Warburg delegó en su hermano menor la gestión de la empresa familiar, a fin de consagrarse en cuerpo y alma a sus estudios e inquietudes culturales, aunque no sin asegurarse antes los recursos que le garantizaran la necesaria independencia económica (una decisión comparable a la de Stefan Zweig, que se apartó de la industria textil paterna para dedicarse a la literatura). La revalorización de Warburg se fraguó en las últimas décadas de la pasada centuria, gracias en parte a un estudio de Gombrich: Aby Warburg. Una biografía intelectual (1986), al que siguieron, de manera casi inmediata, numerosas monografías en varios idiomas (magister dixit). Ya en este siglo, ha sido también decisiva la labor restauradora del historiador francés Georges Didi-Huberman, que le dedicó un nuevo libro: La imagen superviviente (2002). Entre las obras más reconocidas de Warburg deberemos señalar El renacimiento del paganismo: aportaciones a la historia cultural del Renacimiento europeo (publicada póstumamente en 1932), así como el denominado Atlas Mnemosyne: una extensa recopilación de imágenes que pretendía representar la historia cultural de occidente. Dichos trabajos manifiestan el interés de Warburg por la pervivencia de la mitología clásica en el Renacimiento italiano, así como la relevancia que le concede a la iconografía como herramienta de análisis. Dos importantes campos de estudio a los que cabría añadir la astrología y el pensamiento mágico, tanto en el contexto cultural europeo como en el seno de los estudios etnográficos, que Warburg inició en 1895 durante su viaje a Nuevo México.
estancia de Aby Warburg en el sanatorio neurológico de Kreuzlingen, la Biblioteca quedó en manos de Fritz Saxl, un joven estudioso contratado por Warburg que iniciaría, motu proprio, un ambicioso programa de conferencias. Internado en Bellevue, Warburg no podía asistir a los eventos, pero se mantenía informado de su desarrollo y ―lo más importante― le servían de estímulo para escribir. Los tres primeros textos recogidos en el libro se refieren a una conferencia dada por Alfred Doren el 23 de marzo de 1923, «Fortuna en la edad media y en el Renacimiento», y son los siguientes: a) una carta dirigida a Doren (31 de marzo), en la que planteaba ciertas objeciones al tratamiento que le había dado a la Fortuna; b) un post scriptum a la misma, donde informaba de la medalla aludida en la carta anterior; c) un texto inacabado, escrito al hilo de los anteriores: Las fuerzas del destino reflejadas en el simbolismo antiguo. Contrastando con estos tres documentos, que testimonian el aprecio y confianza de Warburg hacia Doren, la carta a Wilamowitz (23 de abril), no obstante su exquisita elaboración literaria, trasluce la frialdad de su relación con el insigne filólogo alemán (uno de los firmantes del vergonzante «Manifiesto de los 93»), que dio su conferencia sobre Zeus en la Biblioteca sin contar con el beneplácito de Warburg, que reprochó a Saxl el haberlo invitado. Un cuarto documento, muy breve, marca ya el regreso de Warburg a Hamburgo: una presentación a la conferencia de Karl Reinhardt (14 de octubre de 1924) sobre las Metamorfosis de Ovidio.
Creo que es difícil exagerar el placer que este libro, Emerge, memoria, va a deparar a los lectores incondicionales de W. G. Sebald (1944-2001). Transcurridas ya dos décadas desde su desaparición, el valioso conjunto de ensayos y entrevistas que atesora el volumen, compilados por Lynne Sharon Schwartz, tendrá sin duda un significado muy especial para ellos. Como el de otros muchos lectores, mi descubrimiento de la obra de Sebald (Los anillos de Saturno, en concreto) fue casi coincidente con la noticia de su muerte: trágica consecuencia de uno de esos desventurados accidentes de tráfico que parecen ser la gran plaga de nuestro tiempo. Luego vino la lectura de sus restantes obras, recibidas bajo la melancólica sombra de su ausencia, tal como si su vida truncada, extinguida demasiado pronto, le confiriera un mayor peso a su muestrario de existencias rotas y desencantadas, o dotara de una especial resonancia a su poderosa y sugestiva voz narrativa. En este contexto marcado por el recuerdo, la publicación del libro de Schwartz viene a llenar (sobre todo en nuestro país) un importante vacío, restituyéndonos la voz ―inédita para nosotros― de un autor que estimábamos mucho. El título, Emerge, memoria, juega de manera evidente con estos sentimientos de pérdida (que confiesa haber sufrido la propia editora); aunque también representa un claro homenaje a la famosa biografía de Nabokov (Habla, memoria): un autor apreciado por Sebald y que figura como personaje en algunas de sus historias (como Los emigrados). En cualquier caso, debemos felicitarnos de que la editorial ovetense KRK ponga a nuestro alcance este volumen tan necesario, bellamente editado y traducido por Cristian Crusat, gran conocedor de la figura literaria de Sebald, como se testimonia en su más reciente libro: W. G. Sebald en el corazón de Europa (WunderKammer, 2020).
Es habitual que las antologías recojan en sus páginas los textos más destacados de un determinado autor, periodo o género literario: recopilaciones en las que suele primar el criterio de calidad (siempre tan subjetivo) o de popularidad. Pero existe también otro tipo de colecciones en las que se pretende, además, ofrecer al lector una panorámica más amplia, incorporando textos quizás menos conocidos, pero que contribuyen a dibujar un perfil más detallado del escritor. A esta segunda categoría creo que pertenece El trabajo está hecho, de Alberto R. Torices, un volumen que reúne una extensa y variada selección de relatos de muy diversa data, aunque ―me apresuro a señalarlo― sin renunciar en modo alguno a la excelencia literaria. Con la aparición de este nuevo volumen Ediciones Trea da una merecida segunda vida a un conjunto de textos, en su mayoría ya publicados, que andaban dispersos en libros colectivos, revistas y publicaciones diversas, no todas de fácil acceso. Unos textos que nos permiten conocer nuevas facetas del hacer literario de su autor, Alberto R. Torices, poseedor de una amplia obra narrativa de la que solo destacaré sus dos títulos más recientes, también publicados en esa misma editorial: Trata de olvidarlas (2017), un conjunto de relatos, y Como un perro en la tumba de un cruzado (2019), su tercera novela. A estos textos, sin duda notables, vienen ahora a sumarse los treinta y cinco que integran El trabajo está hecho, exponentes de muy diversos grados y modos de elaboración literaria, pero dotados todos de una admirable solidez e intensidad. Creo que cualquier lector que se acerque a este libro tiene garantizada una lectura continuada y placentera, tanto por la cuidada y atractiva prosa de Alberto R. Torices como por el interés y variedad de asuntos que se desarrollan en sus páginas.
Quizás no haya otro tema más propio de nuestro tiempo que el del cambio climático. Una de las mayores preocupaciones del hombre actual es el incierto destino de la Tierra, gravemente amenazada por el calentamiento global: una alteración que afectará más pronto que tarde a nuestra manera de vivir, o incluso a nuestra propia supervivencia. Tras unos años de relativa polémica, parece que ya son muy pocos los que dudan de su realidad, aunque las respuestas arbitradas por los depositarios del poder político continúan siendo tibias, tardías y tal vez ineficaces. En este contexto, hay libros que adquieren una indiscutible relevancia y actualidad. Es el caso de Tierra viviente, de Stephan Harding, un brillante ensayo, recién publicado por Atalanta, que nos resume los principales daños medioambientales que sufre la Tierra, analizados desde una rigurosa perspectiva científica, a la vez que nos ofrece algunas estrategias para minimizarlos. Muy alejado de cualquier resabio alarmista o apocalíptico, el texto de Harding encierra una propuesta en positivo, fundamentada en el conocimiento, respeto y empatía con Gaia: una entidad planetaria, sintiente y autorregulada, en la que todos los seres participan de manera colegiada, y cuya compleja realidad el autor nos va a desvelar con gran detalle y amenidad. Visto y apreciado desde esta perspectiva, nuestro planeta se nos manifiesta como un mecanismo de relojería viviente que la acción del hombre está erosionando de manera irresponsable, tal como si creyéramos en la existencia de una suerte de providencia que fuera cómplice de nuestra desidia, garante de que el mundo funcionará siempre, independientemente de lo que hagamos en su contra. Padecemos una ceguera cómoda y egoísta, disculpable quizás hasta cierto punto, pero que dejará ―si no conseguimos vencerla― una herencia envenenada a las generaciones futuras, que ya no podrán elegir su presente.
Aunque la obra del escritor polaco Stanisław Lem (1921-2006) es conocida en España desde los años ochenta del pasado siglo, todavía faltaba un estudio biográfico que nos permitiera aproximarnos en profundidad a su compleja figura literaria: un imperdonable olvido que viene a remediar, con todos los honores, este estupendo libro que hoy reseñamos: Lem. Una vida que no es de este mundo, de Wojciech Orliński. El aparente milagro de que un autor como Lem, radicado en un país aislado y sin tradición en el género, lograra colocarse a la cabeza de la ciencia ficción internacional, se entenderá mucho mejor tras la lectura de esta monumental y reciente biografía (la edición polaca es de 2017), que da cuenta, con extraordinaria solvencia y viveza, de los grandes obstáculos que debió vencer el autor polaco en el desarrollo de su carrera literaria. Impedimenta añade así un componente de enorme valor a su «Biblioteca Lem»: un admirable proyecto editorial que, con ocasión del centenario del autor, nos está brindado nuevas traducciones de muchos de sus textos, algunos inéditos hasta la fecha. Una galería de atractivas novelas, bellamente editadas, que adquirirán un nuevo significado iluminadas por esta monografía de Wojciech Orliński, que sin duda marcará un antes y un después en la recepción de Lem en España.
Al poder político nunca le gusta que le lleven la contraria, ni tan siquiera en los asuntos más nimios e intrascendentes. Este principio, de validez casi universal, se manifiesta de manera más contundente en los regímenes autocráticos, donde siempre impera la censura. Y viene de antiguo. Señalaba Heródoto lo mucho que le irritaba a Jerjes que se expresaran opiniones contrarias a su parecer, incluso cuando eran requeridas y parecían sensatas y bienintencionadas. Una cortapisa a la libertad que el historiador cario (defensor acérrimo de la isonomía griega) solo parecía reconocer en contextos persas, lo que resulta muy significativo. Desde entonces, la libertad de expresión constituye un valor cardinal de nuestra cultura occidental, aunque sujeto a muchos altibajos, polémicas y dificultades. En ocasiones, para sustraerse a la acción de la censura, las críticas han necesitado disimularse o endulzarse un poco. Así sucede en la sátira, donde, disfrazadas de humor y revestidas de una locura aparente, las verdades duelen menos. Es entonces cuando la censura parece que baja la guardia y deja abierto un resquicio a la esperanza. Pero es solo una estrategia interesada (esos censores alemanes de que se burlaba Heine, tan ingenuamente torpes, quizás no hayan existido nunca). Cuando la presión aumenta, las válvulas de escape se hacen aún más necesarias.






