Hay libros que más allá de su valor literario, y sin constituir propiamente una autobiografía, nos ayudan a formarnos una imagen más completa de un determinado escritor. El nuevo libro de relatos de Lorenzo Luengo, La biblia de los idiotas (Alamut/Marelle, 2025), cumple ampliamente con este doble cometido, al ofrecernos una interesante recopilación, comentada por el propio autor, de su obra breve más temprana. Aunque Lorenzo Luengo es un escritor joven y con mucha carrera literaria por delante, no ha dudado en volver la mirada hacia el pasado para ofrecernos una muestra de su musa más juvenil (algunos textos fueron compuestos a los dieciocho años). Luengo, que conoce bien la historia de la literatura y ha traducido los diarios y la obra en prosa de Byron (además de a Hawthorne y a Ellen Harrison), sabe que en el arte todas las piezas cuentan, que hasta la obra menos conocida aporta su grano de arena en la definición de un escritor. Para ello, ha desempolvado los mejores relatos de su mocedad, les ha pasado revista y, tras comprobar que siguen en plena forma, los ha reivindicado como dignos cimientos de su carrera literaria, salvándolos así de un inmerecido olvido. Y los hace formar fila junto a otras novelas más recientes: El quinto peregrino, Abaddon, El dios de nuestro siglo… No me cabe la menor duda de que todos sus lectores se lo agradecerán.
Con la única excepción de un relato que aún permanecía inédito («Las máquinas de la luna»), La biblia de los idiotas recoge textos publicados entre 1992 y 2004, ganadores de numerosos concursos literarios y/o difundidos en revistas como la estupenda Artifex. Nos hallamos ante un ramillete de relatos muy elaborados, predominantemente fantásticos, que componen un excelente testimonio de la potente e imaginativa prosa de Lorenzo Luengo, casi siempre enriquecida con múltiples referencias culturales, especialmente literarias. El conjunto, por lo demás, muestra una apreciable unidad y coherencia, no obstante la diversa procedencia de los cuentos que lo integran. Se abre y cierra la recopilación con dos breves e intensos relatos. El primero de ellos, «Figuras», tiene como protagonista a una ajada y decadente dama, Madame Pruszinsky, antigua belleza y amante del narrador, cuya procacidad juvenil parece haberse reconvertido en una extraña patología: regurgitar elaboradas figuritas de cristal. Más allá de su evidente dimensión fantástica, este hermoso cuento podría valernos también como alegoría del acto creativo: de la «maldición» que entraña el doloroso alumbramiento de las formas perfectas. «Larga distancia» es otra ficción igualmente enigmática, también dotada de un final abierto y aderezada con algunos toques surrealistas. Su joven protagonista, Emma, se ve atrapada en una especie de juego de espejos, de reflejos retardados donde la vida pública y privada, la ciencia y los fenómenos paranormales parecen hacerse guiños imposibles. Un relato siniestro, con algunos detalles incluso macabros, que concluye con un naufragio en una isla desierta donde no faltan las voces del horror; o quizás, de la locura.
Además de su acusado componente fantástico, otro de los rasgos vertebradores de casi todos los relatos reunidos por Lorenzo Luengo es la pasión que traslucen por los libros y la literatura, y que da pie, en ocasiones, a un juego literario en el que la erudición alcanza ese punto óptimo donde puede ya transmutarse en fuente de ficción. «La biblia de los idiotas», el relato que da título a la colección, tiene como protagonista a un solitario amante de los libros, empeñado en cartografiar todos aquellos lugares mágicos que solo existen en la imaginación de sus autores: una empresa tan difícil como la de redactar el Libro de arena de Borges o leer su Biblioteca imaginaria, y que se sustancia en una libre y feliz lectura de algunos de sus autores predilectos: Nabokov, Wedekind, Canetti, Robert Walser, Kafka, Borges… «La memoria del corazón» es un relato de iniciación cuyas pinceladas costumbristas no disimulan su muy escaso respeto al rigor histórico, lo que permite, entre otras cosas, la comparecencia conjunta y amigable de Goya, Byron y Victor Hugo (y con Aleixandre no demasiado lejos). Partiendo de un ensayo del famoso crítico y teórico de la literatura francés, «La paradoja de Barthes» desarrolla hasta el extremo la idea (en cierto modo, temible) de que la lectura de un libro nos transforma en su autor: circunstancia que permite al narrador —un librero y editor amateur— entablar un gozoso e instructivo encuentro con Borges que constituye todo un homenaje. ¿Pero de qué Borges hablamos?
La dimensión aventurera, aliada con la fantasía, tampoco falta en el libro de Lorenzo Luengo. «Jujun-ka» es la trágica historia de Joseph Carey Merrick: un ser maldito de cabeza monstruosa (un «hombre elefante»), dotado de una sensibilidad especial que le impele a fugarse de la clínica en que está recluido para buscar un destino desconocido. Es sin duda un personaje romántico, incluso con un cierto aire byroniano: los ademanes orgullosos en que envuelve su deformidad, así como su interminable peregrinar en pos de un destino excepcional son rasgos que le confieren una impronta más trágica que grotesca, que armoniza muy bien con las sombrías pinceladas paisajísticas en las que Lorenzo Luengo envuelve su dramática singladura hacia el más oscuro corazón de las tinieblas imaginable: «allí donde nadie sea un enemigo para mí y donde mi rostro no sea enemigo de nadie». Acompañado en un principio por algunos amigos, testigos iniciales de su aventura, los últimos pasos de un destino tan excepcional como el suyo solo podrán fraguarse en la más absoluta soledad; y será una carta, escrita de su puño y letra, la que nos informe ―el monstruo, al fin, toma la palabra― de la culminación de su tortuosa peregrinación. Allí, en el filo de lo apenas imaginable, aquella extraña sensibilidad que lo obligaba a mudar continuamente de asiento termina revelándose como un sexto sentido que le ha permitido escuchar y responder a una lejana llamada: la de un destino forjado a la medida de su monstruosidad.
«La cotorra de Humboldt» se desenvuelve también en un escenario de aventura y ficción, aunque modulado en un tono satírico, a veces humorístico. diametralmente opuesto al de «Jujun-ka». El relato se conforma a partir de una frase de Darwin leída por el autor: «Humboldt encontró en Sudamérica una cotorra que era la única criatura viviente que hablaba palabras del lenguaje de una tribu extinguida». Partiendo de esta sorprendente noticia, y con el propósito de revertirla en un arriesgado giro de ciento ochenta grados, Lorenzo Luengo enrola en su relato al mismísimo Humboldt, al que hace protagonizar una rocambolesca aventura acompañado de la cotorra. El inescrutable léxico de tan impagable mascota (al que suponemos un potente efecto afrodisíaco) le otorga como primera recompensa el acceso libre a un exclusivo santuario de reservadas geografías femeninas, pertenecientes a la venerable Liga de exploradores en la que Humboldt milita. Sin embargo, lo que en un primer momento podría interpretarse como un divertimento erótico a costa de la sexualidad oculta de las rendidas damas pronto se desvelará como una fantasía de mayor alcance. La misteriosa ave esconde en su enigmático lenguaje una peligrosa arma viral que no tardará en desencadenar un delirio lingüístico de dimensiones casi apocalípticas.
Como no me parece necesario ―ni tan siquiera conveniente― acompañar al lector en toda su travesía de La biblia de los idiotas, concluiré mi reseña con un breve comentario de «Un cierto aroma»: uno de los relatos más elaborados y llamativos del libro. El texto aparece conformado, al menos en parte, por un intenso duelo verbal entre un afectado dandi de origen modesto, el joven Eldegger, y un adinerado sibarita entendido en vinos, enfrentados por la posesión de Leonora, la joven esposa del anciano. El relato —casi una escena dramática dialogada— se desarrolla en un ambiente decadentista con frecuentes alusiones a Wilde, Byron y Huysmans, y constituye un verdadero tour de force narrativo donde la batería dialéctica de los contendientes ―y de la propia voz del narrador― proviene del mundo de la enología. Admira la habilidad del autor para ir desenvolviendo los hilos de la trama, de tal manera que la verosimilitud nunca deja de sustentar el despliegue del discurso, fundamentalmente retórico, que enfrenta al joven arribista con el viejo impotente. Un relato, en apariencia frívolo, que desemboca en un duelo de connaisseurs que se consumará finalmente, de manera inesperada, en una ceremonia casi litúrgica del horror (Hic est enim sanguis meus). No dudo de que los buenos catadores literarios apreciarán este estupendo relato, en el que quizás acierten a señalar aromas a Poe, a la dramática sombra de Tiestes o a la pobre señora de Fayel.
Completa el libro un texto de indudable interés, «Penúltimas palabras: Contar el cuento»: un breve pero sustancioso epílogo donde Lorenzo Luengo comenta sus relatos y nos informa de las circunstancias de su escritura y publicación; como también nos brinda un condensado y vivo retrato personal que incluye el recuerdo de algunas curiosas anécdotas propias de la carrera de un escritor principiante. Rescatando sus relatos de un posible olvido (o, al menos, de su incierta dispersión), Lorenzo Luengo recupera también su propia memoria: la de un joven autor que escribe de manera incansable (de noche y de día), lee convulsivamente a sus escritores favoritos y cifra todo su empeño en publicar en revistas y ganar concursos literarios que le permitan abrirse camino y dar a conocer su nombre. ¡Pobre de aquel que no acierte a reconocerse en esta figura de joven entusiasta! De alguna manera, el autor ha logrado transformarse también en «personaje» para sus lectores, y acompañar en el libro a sus tempranos ejercicios de ficción. Parafraseando a Nabokov, Lorenzo Luengo nos recuerda que lo importante en la obra de un autor es «la historia de su estilo»; y a este respecto, La biblia de los idiotas nos ofrece, ciertamente, un interesante resumen de una etapa crucial en la carrera literaria de todo autor que se precie, la de su formación.
Reseña de Manuel Fernández Labrada



Recuerdo que en uno de sus libros Ernst Jünger afirmaba que la arqueología era la ciencia del dolor, pues daba cuenta, mejor que ninguna otra, del paso del tiempo y de la ruina que corona toda obra humana. Muchas veces he pensado que la fotografía también puede representar un valor cercano, aunque de signo contrario. Si la ruina, en su progresivo deterioro, señala el transcurrir del tiempo histórico, la fotografía, en su obstinado permanecer, termina constituyéndose en testimonio del nuestro. Quizás por ello la contemplación de un álbum de fotos familiares nos depara casi siempre un sentimiento agridulce. Las viejas fotografías nos hablan de lo que fuimos un día, de los seres queridos que se marcharon, de lo que nunca, en suma, podremos recuperar. Desde el mismo instante en que disparamos la cámara, la fotografía y cuanto contiene se inserta en la historia e inicia su inexorable andadura hacia el pasado. Allí se queda como anclada, a la espera de que algún día nuestra mirada vuelva sobre ella para constatar la pérdida que sufrimos. Ese doble vivir que nos concede paga siempre como tributo la moneda de la melancolía.
«En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño», y las amistades de toda la vida distan mucho de ser esas líneas paralelas que, según nos enseña la física moderna, se juntan en el infinito. La divergencia es, por el contrario, la norma general que las regula, y un reencuentro largo tiempo acariciado puede dar testimonio de las distancias siderales que nos separan de los otrora colegas íntimos. Porque para sobrevivir hemos de reinventarnos a cada instante, y esto no siempre lo comprenden los amigos. Si añadimos, además, una inteligencia manipuladora que se complace en arreglar las cosas… Pero no desvelemos tanto, y limitémonos a señalar algunas de las mimbres con que ha sido compuesta esta nueva y singular novela de Francisco Hermoso de Mendoza: Cuando el corazón se cierra hace más ruido que una puerta (Ápeiron, 2025). La historia, que va de crímenes y muertes inexplicables, reúne en una casa rural, aislada y sin cobertura, a un grupo de antiguos amigos en busca de una intensa experiencia de reencuentro (la «quedada inolvidable», según dicen). Y así se va a cumplir; porque Hermoso de Mendoza ha tenido la formidable idea de introducirlos en su alojamiento campestre como si fuera una coctelera que es preciso agitar con violencia, a fin de que los distintos ingredientes se mezclen bien. Durante un largo y agónico fin de semana, los diferentes perfiles de este amplio y surtido grupo de amigos, que el autor concibe y despliega con admirable solvencia, se van a ver sometidos a una durísima prueba de convivencia de la que no saldrán precisamente absueltos. El móvil sin cobertura produce monstruos.
En uno de sus relatos menos conocidos, «Nona Vincent» (1892), Henry James ironizaba sobre la dificultad que entraña para un autor «meter de contrabando estilo en un diccionario». Sus palabras venían a cuento de los apuros sufridos por un joven dramaturgo inglés, obligado a ganarse el sustento cultivando cualquier género de escritura. Mezclar ensayo y ficción, imaginación y conocimiento no es, sin embargo, una empresa literaria tan desatinada o imposible como pudiera parecer. Thomas de Quincey, al escribir su monografía sobre Catalina de Erauso, La monja alférez, alumbró una maravillosa novela de aventuras; y no derrochó menos fantasía al componer La rebelión de los tártaros, una supuesta estampa histórica ambientada en el siglo XVII. Hay autores para quienes el ensayo constituye un género casi imposible. Tan pronto como se ponen a escribir sobre un personaje real, un episodio histórico o una obra artística se ven asaltados por la tentación de adentrarse en el fértil terreno de la ficción. Las causas pueden ser muy diversas: exceso de imaginación, afán de originalidad, escasez de documentación, pereza… Si no les falta el talento literario, los resultados pueden ser magníficos, y el lector sin complejos disfrutará de sus textos sin necesidad de pensar demasiado en esa entelequia denominada «fidelidad histórica».
En una célebre novelita titulada Enoch Soames, el protagonista vendía su alma al diablo a cambio de viajar al futuro y compulsar por sí mismo la buena o mala salud de sus libros. Nada más deseable para un autor que el poder contemplar su obra terminada cara a cara, como si fuera la de un clásico. Aunque no parece factible adoptar dicha perspectiva (ni tampoco emular al personaje de Max Beerbohm), sí podemos tirar de imaginación y escribir una autobiografía tan completa que la incluya, y así ponérselo más fácil a la posteridad. Dejar la biografía ya publicada, o al menos los materiales necesarios para confeccionarla es una prueba de prudencia admirable, semejante a la que aconseja armar esas cápsulas del tiempo que se siembran en los cimientos de los rascacielos: en el peor de los casos, nos librará de los denuestos de nuestros futuros biógrafos, para quienes será pan comido el levantar la estatua que nos inmortalice. La principal dificultad de escribir una autobiografía completa es, obviamente, que nunca podremos redactar su último capítulo, aunque sí imaginarlo; y desde luego, al autor de este libro la imaginación no le falta. Verdades y mentiras sobre mi vida y mi muerte (Ápeiron, 2024), de Enrique Gallud Jardiel, comprende una autobiografía escrita en silvas, un recuerdo en prosa de su larga experiencia teatral y, finalmente, un divertido poema «prospectivo» en nueve cantos que, a diferencia del dantesco, presenta la ventaja de no limitarse al universo cristiano. Lo más llamativo de este simpático e instructivo libro, que terminaremos de leer con una sonrisa en los labios (y hablando quizás en pareados) es, por supuesto, la parte escrita en verso. Hace muchos años, cuando estudiaba en la Complutense, recuerdo que una mañana vino a clase uno de nuestros profesores con un periódico en la mano y se puso a leernos la última columna de Umbral. Luego nos señaló, entre divertido y admirado, que toda ella ―prosa en apariencia― estaba compuesta «en perfectos endecasílabos». Nosotros nos admiramos mucho, porque, a poco que supiéramos, intuíamos que los metros clásicos no eran para eso. Desde entonces la cosa no ha cambiado. Y sin embargo, ahí están todavía, como la espada clavada en el yunque, a la espera de que venga un autor valiente y se atreva a desenvainarlos.
Si tuviéramos que escribir una historia de la crítica musical moderna, la figura de Robert Schumann (1810-1856) ocuparía un importante lugar en su primer capitulo. Al igual que su coetáneo Hector Berlioz ―con el que compartió parecidas inquietudes literarias y una temprana e incondicional defensa de la música de Beethoven―, el artista alemán encabeza la reducida lista de compositores cuyos intereses culturales excedieron con mucho el ámbito musical. No solo sus conocimientos literarios y gusto exquisito le ayudaron a poner en música, de la manera más afortunada, una parte significativa de la mejor poesía alemana de su tiempo; también su música para piano nos reporta un mágico mundo de fantasía donde abundan las alusiones artísticas más diversas. Sus mejores logros literarios, sin embargo, los alcanzó en sus críticas y ensayos musicales, publicados en su mayor parte en la Neue Zeitschrift für Musik, una revista fundada por el propio Schumann en 1824. Editado y traducido por Pablo Gianera, El Baile de la Liga de David. Escritos sobre música (Pre-Textos, 2024) recoge un valioso conjunto de quince textos del compositor, procedentes de diversas fuentes. Dotadas de una viva inteligencia, belleza e imaginación, las colaboraciones de Schumann constituyen además un extraordinario testimonio del entorno musical en el que se desarrolló su carrera musical, y representan, por lo tanto, una lectura ineludible para quienes deseen adquirir una visión integral de su figura de artista. Su valoración de músicos emergentes como Chopin o Brahms, su destacado papel en la recuperación y puesta en valor de la obra de Schubert o su defensa a ultranza de compositores como Bach o Beethoven nos dan la medida de su genio crítico, cuya profundidad y amplitud de miras se manifiestan también en la importancia que le concede a los criterios interpretativos, a la recepción de la obra musical y sus condicionantes, o al privilegiado papel que representan la música y la poesía en el conjunto de las artes.
Preguntar cuál es el sentido de la vida constituye uno de esos interrogantes que, según aseguraba Wittgenstein, no tiene sentido alguno plantearse. Para poder hallar una respuesta válida sería preciso contemplar la vida desde su exterior: una perspectiva que nos resulta imposible adoptar. «El sentido del mundo tiene que residir fuera de él», afirmaba el filósofo austríaco. Sin embargo, la pregunta siempre ha estado ahí, y aunque es cierto que la gente feliz la experimenta de manera poco acuciante, lo cierto es que los mitos siempre han pretendido darle un sentido trascendente a la vida del individuo, como también explicar todo lo relativo al mundo natural y a la sociedad en la que vive. El afortunado título que encabeza este reciente libro de Atalanta, Mito y sentido (Myth and Meaning: Conversations on Mythology and Life, 2023), reúne, pues, dos términos que devienen casi sinónimos, sobre todo si los asociamos a la figura de su autor, el gran mitólogo Joseph Campbell (1904-1987). El mito es siempre donador de sentido, y todo sentido trascendente forma parte de una determinada mitología. Si también damos por buena la opinión de Wittgenstein cuando declara que las preguntas que ahora no tienen respuesta no la tendrán nunca, quizás podamos concluir que tanto la vigencia como la necesidad del mito están aseguradas para rato, al menos mientras existan hombres sobre la tierra. Así parece deducirse de la lectura de este libro de entrevistas a Joseph Campbell, que analiza el significado del mito desde muy variadas perspectivas (histórica, geográfica, filosófica, literaria, psicológica…), todas coincidentes en señalarlo como un fenómeno no solo vivo sino también ineludible: una constante humana, depositaria de un fondo simbólico universal, sujeta a desfases y actualizaciones periódicas. Cuando Heine afirmaba que los dioses antiguos se habían marchado al exilio no se equivocada demasiado; pero el escenario de su refugio no eran los profundos bosques germánicos, sino nuestro propio mundo interior.
Es frecuente que los novelistas cifren el mayor logro de su arte en el modelado de los personajes, y pongan en juego su maestría revelando las facetas ocultas de una identidad compleja. La tradicional distinción entre personajes redondos y planos parece incluir ya un matiz de valoración, al menos en la poética narrativa más convencional. Y sin embargo, no faltan autores que han situado en el centro de sus creaciones a protagonistas insignificantes, complaciéndose en darle vida a un personaje carente de relieve. La vida privada, de Henry James, es una breve y magistral nouvelle que se recrea en dicha paradoja, pues tiene como protagonista a un conocido personaje de la alta sociedad que parece desaparecer cuando nadie lo observa. La validez de esta clase de narraciones queda garantizada si la ironía del autor acierta a convertir sus «fantasmas» en eficientes espejos del medio en que se desenvuelven. Su valor no radica, pues, en lo que son, sino en lo que la simple posibilidad de su existencia denuncia. No creo que fuera otro el propósito de Hans-Ulrich Treichel (1952) cuando puso al frente de su divertida y magistral novela, El acorde de Tristán (Galaxia-Gutenberg, 2002), a un personaje como Bergmann: un compositor alemán de vanguardia, mundialmente famoso, cuya poco convincente figura de artista evidencia la falsedad de su entorno. Solo la hipocresía y el juego de intereses pueden explicar su encumbramiento (los fantasmas, para materializarse, exigen ciertas condiciones). Pintando a Bergmann rodeado de una nube de parásitos y fervientes admiradores, Treichel parece cuestionar gravemente uno de los principios básicos de la física atómica: los «electrones» giran alrededor de un núcleo vacío.





