Ludwig Tieck (1773-1853) fue una de las principales figuras literarias del Romanticismo alemán, autor de una amplia obra que incluye novelas, cuentos, poemas, obras dramáticas e, incluso, una canónica traducción del Quijote al alemán. En nuestro país, Tieck es principalmente conocido por tres de sus relatos fantásticos más sobresalientes: El monte de las runas, Eckbert el rubio y Los elfos, paradigmas de una visión romántica de la naturaleza trufada de misterio, leyendas y «espíritus elementales». Su prolongada vida, que le permitió sobrevivir a Goethe y erigirse en figura eminente y solitaria de la literatura germana, perjudicó algo su obra, que derivó con los años a posturas más realistas, conservadoras y, quizás, menos interesantes. Aunque pertenecen a esta última etapa creativa de Tieck, las dos novelas cortas (novelle) que reseñamos, La abundacia de vida (1839) y El espíritu protector (1839), gozan del suficiente atractivo y originalidad como para garantizar al lector una placentera y amena lectura.
El primero de los textos, La abundancia de vida (Des Lebens Überfluss), tiene como protagonista a un joven matrimonio que vive en la pobreza, aislado en un pequeño apartamento de un edificio en el que son sus únicos moradores. Heinrich y Klara consideran innecesario todo lo que no sea su amor y mutua compañía, y entretienen sus veladas con profundos diálogos y meditaciones que son contenido importante del relato y nos informan de su propia historia. Para lograr su proyecto de convivencia, esta pareja
tan bien avenida ha tenido que romper con su pasado, con sus acomodadas familias y sus anteriores medios de vida, y arrastrar una existencia de anonimato y miseria que no parece incomodarles lo más mínimo. Amparados por su amor, todas las ventajas materiales que han perdido les parecen superfluas. Su aislamiento es casi perfecto, pues el propietario del inmueble se ha marchado a un largo viaje, y su única ventana se abre sobre un tejado que les impide toda contemplación que no sea la del propio cielo. Esta situación tan románticamente ideal, pero un tanto forzada y muy inverosímil (no necesitan salir a la calle siquiera, pues una vieja y fiel criada, que los ha seguido desinteresadamente a su voluntario exilio, les trae lo poco que necesitan), adquirirá tintes casi kafkianos cuando Heinrich se vea obligado a arbitrar algún medio que les permita alimentar la estufa… Como en un cuento de hadas, una inesperada resolución pondrá un final feliz a este delicioso y original relato.
[Es conveniente advertir al lector de que esta novelle (Des Lebens Überfluss) fue publicada por Alfaguara bajo el título de Lo superfluo (José M. Mínguez, 1987). Nicolás Gelormini, sin embargo, en la edición que nos ocupa (Buenos Aires, Losada, 2016), la ha traducido por La abundancia de vida, pues, según señala en su prólogo, la palabra überfluss tiene un doble significado: «abundante» y «superfluo»; y le parece que «en el título resuena sobre todo la primera de las significaciones, aunque en el resto de la obra predomine la otra».]
Creo que el siguiente relato, El espíritu protector (Der Schützgeist), estaba inédito en nuestra lengua. Escrito en el mismo año que La abundancia de vida, guarda con él un indudable parecido, al menos en su estructura compositiva, que sigue el modelo habitual de la novelle de Tieck: una primera parte muy estática, volcada hacia el diálogo y la evocación, es seguida po
r una resolución inesperada y de acción acelerada que impone un final feliz a la historia. El espíritu protector, sin embargo, es una novelle de tintes más crepusculares, pues la protagonista es ahora una anciana condesa que desea ver a su hijo antes de morir. Las notas exageradas y extravagantes son aquí menores, y aparecen al final, como el improbable encuentro de la condesa con su hijo o su salvación in extremis de las garras de Gottlieb. En El espíritu protector el fondo de la historia es esencialmente fantástico, aunque de una «fantasía» cristiana y trascendente. Como lo anuncia el título, el protagonista es un ángel guardian, una niña misteriosa que marca con sus benévolas y oportunas apariciones los hitos más significativos de la vida de la condesa, desde su infancia hasta sus
últimos instantes de vida. La «autenticidad» de esta serie de intervenciones milagrosas viene atestiguada, desde dentro del relato, por la observación directa del personaje de Theodor, lo que nos disuade de considerarlas imaginaciones de la mente enferma de la narradora. El desenlace de El espíritu protector manifiesta, más incluso que en el anterior relato, una notable aceleración narrativa, que contrasta con la inmovilidad de las paginas preliminares, centradas en las evocaciones de la condesa y en los diálogos que entabla con sus visitantes. Una arriesgada navegación en barca sobre el Rin, en mitad de una temible tormenta, seguida de la travesía de un tenebroso bosque plagado de malhechores, harán posible el puntual cumplimiento de todo cuanto anhela la condesa.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

Este pequeño librito de Olañeta me ha acompañado durante un viaje de fin de semana, y aunque no llega a tener ni cien páginas creo que se merece una reseña, siquiera tan breve como el espléndido relato que contiene. La colección invisible, subtitulado Episodio de la época de la inflación en Alemania (1929), comienza durante un viaje en tren, en una imprecisa estación de ferrocarril situada más allá de Dresde. Un veterano anticuario berlinés, que ha subido al vagón donde viaja el autor, va a contarnos una historia extraordinaria, un hecho real pero fuera de lo común: «la historia más curiosa que le ha sucedido a un viejo comerciante de arte como yo en treinta y siete años de carrera.» Corren los años veinte en Alemania. Ha terminado la Gran Guerra, pero la equivocada política económica de la República de Weimar y las exigentes reparaciones impuestas a los alemanes por el Tratado de Versalles sumen al país en la miseria, viéndose sometido a una fuerte inflación que culminará con el hundimiento de la Bolsa de Berlín en 1927. Stefan Zweig, pacifista convencido, que se ha opuesto a la guerra desde el principio y ha tenido que refugiarse temporalmente en Suiza, publicará a finales de esa década un puñado de textos que reflejan la penosa situación alemana. Conmovedoras estampas entre las que figura el relato que nos ocupa, La colección invisible, donde se denuncia la rapiña de las obras de arte, en un momento de la historia europea en la que un sello de correos podía costar en Alemania millones de marcos y los nuevos ricos —bien pertrechados de dólares— hacían su agosto en una población de coleccionistas empobrecidos y hambrientos. Poco más podemos contar de este estupendo relato sin arruinar el disfrute del lector, que se verá recompensado por la originalidad de la historia y la finura con que el autor traza la psicologia de los distintos protagonistas del drama.
La aparición de este libro de relatos de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), nunca traducido íntegramente al castellano, es un acontecimiento de gran interés para los lectores y entusiastas del gran escritor americano. De los quince cuentos que recoge La muñeca de nieve y otros cuentos (The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales, 1851) no creo que sean más de cinco los que podíamos leer traducidos a nuestra lengua: «La muñeca de nieve», «El gran rostro de piedra», «Ethan Brand», «John Inglefield y el Día de Acción de Gracias» y «Mi pariente, el mayor Molineux». Los restantes creo que estaban inéditos en castellano; al menos yo no he sido capaz de localizarlos, ni los había leído nunca. Es pues una excelente noticia la aparición de este libro de relatos (traducidos por Marcelo Cohen), con el que Acantilado completa la serie de volúmenes en que Hawthorne recogió la mayor parte de su prosa breve: Twice Told Tales (1837), Mosses from an Old Manse (1846) y The Snow-Image, and Other Twice-Told Tales (1851).
n evidencia al hombre. «El gran rostro de piedra» es una parábola moral sobre el Ideal, y de cómo es percibido por los hombres de distinta manera. Así, todos los habitantes del valle donde se desarrolla la historia piensan que el noble rostro figurado en la montaña anuncia la llegada de un personaje que será el orgullo de la comunidad. Pero, ¿quién será? Las figuras del millonario, el guerrero, el estadista, incluso el poeta famoso, dejan tras de sí una estela de decepción. Al final, descubriremos que la verdadera grandeza es la que pasa siempre desapercibida. Este imaginativo relato fue recogido (y dio título al volumen) en la mítica colección «La Biblioteca de Babel» de Ediciones Siruela. «La calle mayor» es la historia de una calle de la ciudad natal de Hawthorne, presentada como el espectáculo de una barraca de feria, con sus maniquíes y escenarios de cartón. Es una crónica abreviada de la comunidad puritana, con sus secuelas de intransigencia y los procesos de brujería (en los que se vería implicado un antepasado del autor, el juez Hathorne [sic]). La narración se ve periódicamente interrumpida por la intervención de algunos espectadores, como es el caso del «crítico intransigente» o el «hombre de las gafas azules», figuras habituales en la narrativa de Hawthorne que representan al hombre puramente materialista, falto de imaginación y aquejado de un realismo empobrecedor. «Ethan Brand. Un capítulo de una novela frustrada» es uno de los relatos mejores y más conocidos del libro (recogido en su día en la antología de Alianza Editorial, Wakefield y otros cuentos). Se trata de una bella y sobrecogedora fábula sobre la desesperación y el vacío que produce el pecado (el «Pecado Imperdonable»). Ethan Brand ―según nos informa el narrador― era un «desalmado» en el que «su naturaleza moral había cedido su terreno al intelecto». Pero el relato es también una lección de estoicismo: a la mañana siguiente, la naturaleza toda y el curso de la vida de los hombres siguen su marcha habitual, mostrando una indiferencia suprema al sino fatal del pecador. «Biografía de una campana» es poco más de lo que anuncia el título: las movidas peripecias de una campana francesa y católica que termina en lo alto de un campanario protestante de la ciudad donde reside el autor. Con «Sílfide Etherege» estamos ante uno de esos «experimentos» ―de índole moral, por supuesto― que aparecen de cuando en cuando en la narrativa de Hawthorne. Una lección de realismo impartida de manera harto cruel a una joven idealista y romántica, y cuyo desenlace, aunque abierto, parece bastante trágico y desolador. Quizás el destino de todos nuestros sueños. «Los peregrinos de Canterbury» es otra fábula moral que podría leerse como una imaginativa recreación del viejo proverbio: nadie escarmienta en cabeza ajena. Una joven pareja de enamorados, al abrigo de una deliciosa noche de verano, huye de la comunidad Shakers donde han nacido para protagonizar una vida más libre que les permita unirse en matrimonio. Pero antes de dar el último paso que los aleje definitivamente de su viejo mundo, deberán escuchar las lecciones de realismo que les imparte una cuadrilla de experimentados peregrinos que, al contrario que ellos, pretenden buscar su refugio en la aldea cuáquera. ¿Desearán los jóvenes ser los protagonistas de sus propios errores? En «Noticias de ayer» el autor toma como excusa la revisión de unos viejos periódicos para trazar un colorido panorama de la vida y costumbres de Nueva Inglaterra, tanto en su etapa colonial como en la revolucionaria, esta última vista desde la perspectiva de un viejo realista que ha permanecido en el país tras la retirada inglesa. En la misma línea podemos situar «La antigua Ticonderoga, un relato del pasado», una ensoñación inspirada en las ruinas del famoso fuerte inglés, protagonista de un célebre episodio de la Guerra de Independencia americana. En el siguiente cuento, «El hombre de piedra», asistiremos al nacimiento de una leyenda: una seria advertencia de hasta dónde puede conducirnos la intolerancia religiosa y el desprecio a nuestros semejantes. Uno de los relatos más curiosos del libro es el titulado «El demonio en el manuscrito», protagonizado por un joven escritor de cuentos que, tras recibir el rechazo de numerosos editores, arroja sus manuscritos al fuego. El imprevisible resultado de su gesto de desesperación le colmará de un gozo bastante reprensible. Un autorretrato, quizás, del joven Hawthorne en sus inicios como escritor. El siguiente relato, «John Inglefield y el día de Acción de Gracias», es un texto breve pero de gran intensidad, inspirado en la parábola del hijo pródigo; en este caso, una joven descarriada. Los que hemos leído a Hawthorne sabemos que las notas tétricas, o incluso macabras, no son raras en su narrativa. «Las esposas de los muertos», sin embargo, pese a su siniestro título, llama la atención precisamente por su final feliz, aunque un tanto forzado. ¿Y si la ventura de las dos cuñadas solo fuera un sueño? «El gamoncillo» es una simpática fábula, de hechura casi folclórica, sobre el valor del trabajo. Un escolar fugado verá reproducida en todas partes la temible faz de su maestro «Brega». En «Mi pariente, el mayor Molineux», último cuento del libro, Hawthorne vuelve su mirada una vez más a la Nueva Inglaterra colonial, al agitado periodo en que los gobernadores eran nombrados directamente por la Corona. En este caso, sin embargo, se trata de un relato de ficción: una intrigante búsqueda nocturna −la del mayor Molineux− que tiene todas las trazas de una pesadilla.
Pocos ensayos he leído últimamente que me hayan deparado mayor placer que este de Antonio Pau, Rilke y la música, que acaba de publicar la editorial Trotta, y donde se examinan, con rigor y admirable amenidad, las especiales relaciones que el poeta de las Elegías mantuvo, a lo largo de su vida, con el arte de los sonidos. Aunque nadie ignora que música y poesía son dos magnitudes artísticas estrechamente vinculadas, yo siempre había tenido la sospecha de que la particular personalidad de Rilke era, de alguna manera, incompatible con el «arte de las musas». Me parecía que una sensibilidad tan extremada como la suya, capaz de verse afectada seriamente por el roce, sobre su rostro, de las manos de un barbero -según le confiesa por carta a su amiga Lou Andreas Salomé-, difícilmente podría enfrentarse a la audición de una obra musical de cierto carácter -pongamos una sinfonía de Beethoven- sin sufrir una grave crisis nerviosa. ¿Podía acaso imaginar a Rilke soportando con estoicismo las maniobras musicales de un vecino pianista, por muy dotado que estuviera, por muy bellas que fueran las piezas interpretadas? Cualquiera que lea este admirable ensayo de Antonio Pau, Rilke y la música, perdonará tan malévolas suposiciones; y, lo que es aún más importante, profundizará en la comprensión de la obra de un poeta que pretendió (y logró quizás) emular a Orfeo con solo palabras. Poemas, fragmentos de prosa y extractos de la abundante correspondencia de Rilke, finamente traducidos por el autor, ilustran los diferentes capítulos del libro, confiriéndole un valor e interés añadido.
En este nuevo volumen que acaba de publicar Alianza se nos ofrecen dos de las novelas breves más interesantes y valoradas de la escritora norteamericana Edith Wharton (1862-1937), dos verdaderas joyas que merece la pena disfrutar, o incluso releer, en la magnífica traducción que nos brinda José Luis López Muñoz. Localizadas repectivamente en el medio rural americano y en un barrio pobre de Nueva York, Ethan Frome (1911) y Las hermanas Bunner (1892) se alejan del habitual escenario de clase alta que tan perfectamente conocía la novelista, y que retrató satíricamente en novelas tan famosas como La casa de la alegría o La edad de la inocencia. Aunque distanciadas casi veinte años en la carrera literaria de Wharton, estas dos nouvelles tienen como elemento común el desarrollo de un atormentado y trágico triángulo amoroso. Cuando el amor logra prender, inoportuno, en un medio inhóspito, la devastación parece estar asegurada.
Nadie mejor que el propio autor para hablarnos de su oficio, de ese complejo mundo protagonizado por escritores, críticos, editores y público. Henry James ha sido, sin duda, uno de los literatos que más y mejor ha reflexionado —desde la ficción novelesca— sobre este asunto: La lección del maestro, Los papeles de Aspern, Nona Vincent, La muerte del león, Lo mejor de todo… Dentro de la novelística de Arthur Schnitzler (1862-1931) esta temática es, desde luego, mucho más infrecuente, y su tratamiento dista bastante de la manera de hacer de James. Los colores en el vienés son más fuertes, la ironía más transparente y afilada (y el significado, de inquietante actualidad). Así se manifiesta en esta novela que acaba de publicar Acantilado (en la traducción de Adan Kovacsics), Tardía fama (Später Rhum, 1894), obra póstuma del escritor austríaco que había permanecido inédita hasta que Paul Zsolnay se animó a editarla en 2014 (levantando cierta polémica en el medio crítico y filológico germano). Una obra magnífica —tal como se nos ofrece—, tan interesante y admirablemente escrita como todas las del popular escritor vienés. Tardía fama es la pintura irónica y desencantada de un mundillo de escritorzuelos ambiciosos, ferozmente enfrentados, a los que poco parece importar la literatura. Quizás un ajuste de cuentas con algunos de sus compañeros de la Jung Wien (Joven Viena) que nunca se atrevió a publicar.
Nada mejor, para aliviarnos de estos calurosos días de finales del verano, que pasearnos por las calles de la vieja Praga acompañados de uno de sus más ilustres mentores, Leo Perutz (1882-1957), escritor checo en lengua alemana del que Libros del Asteroide acaba de publicar (en la traducción de Cristina García Ohlrich) uno de sus textos más amenos y de mayor riqueza inventiva: De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke. Ein Roman aus dem alten Prag, 1953). Ambientada en la Praga de Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1576-1612), la novela es uno de los últimos trabajos de Perutz, y está ingeniosamente construida como una suma de relatos en apariencia independientes —entre fantásticos e históricos—, enlazados sutilmente por una historia de amor: la pasión clandestina del monarca por la bella Esther. Un amor que parece consumarse en el terreno de la magia y de los sueños; una alegoría, quizás, del buen entendimiento del «emperador astrólogo» con su pueblo judío.
La editorial madrileña Ardicia, empeñada en la loable tarea de rescatar para nuestra lengua textos olvidados y de interés, nos ofrece ahora una sutil muestra del escritor danés Jens Peter Jacobsen (1847-1885), considerado en su país como el introductor y principal representante del naturalismo literario. Jacobsen fue autor de dos importantes y ambiciosas novelas, Fru Maria Grubbe (1876) y Niels Lyhne (1880), un ramillete de poemas que permanecieron inéditos en vida (Schönberg les pondría música en sus Gurrelieder de 1911), y un puñado de relatos cortos como los que integran su libro Mogens og andre noveller (1882), del que la presente edición ha recogido los tres más significativos. Una breve e intensa obra literaria —interrumpida tempranamente por la tuberculosis— que marcó su influencia en escritores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el propio Rilke, que en sus famosas Cartas a un joven poeta (1929) recomienda encarecidamente a Franz Xaver Kappus la lectura del escritor danés.
Este nuevo volumen que acaba de publicar Hermida Editores recoge dos textos de capital importancia en torno a la figura de Thomas Mann (1875-1955). Relato de mi vida (1930), escrito por el propio autor al filo de sus 55 años, se complementa con otra biografía compuesta por su hija Erika veinticinco años después, El último año de mi padre (1956). Se cierra el libro con un ensayo del traductor, Andrés Sánchez Pascual, que traza un panorama general de la vida y obra del autor, completando los dos escritos anteriores. Hermida nos ofrece, pues, un conjunto de tres textos de carácter y alcance muy diferentes, pero que se complementan a la perfección, mostrándonos —mediante algo parecido a un juego de espejos— una imagen contrastada de la compleja personalidad del escritor alemán.
Somerset Maugham (1874-1965) fue uno de esos escritores famosos y prolíficos, mimados por el éxito, a los que faltó el reconocimiento de la crítica más exigente; quizás porque no le interesó infundir a su obra esa dosis de experimentación o complejidad que los mandarines literarios reclaman -no siempre con igual justicia- para conceder su bendición. Cualquiera que se acerque, sin embargo, a este magnífico libro que acaba de publicar Atalanta, quedará cautivado por la maestría de sus cuentos y novelas breves, género en el que supera con creces a sus trabajos más extensos y convencionales. Aparte de escribir novelas tan populares como Servidumbre humana (1915) o El filo de la navaja (1944), Maugham fue también un aclamado dramaturgo, así como un eficaz cultivador del libro de viajes, testimonio de una existencia nómada que pudo sostener gracias a sus grandes triunfos literarios y a los réditos de sus adaptaciones cinematográficas. Lluvia y otros cuentos (traducido por Concha Cardeñoso y prologado por Vicente Molina Foix) recoge un conjunto de doce relatos de variado registro y extensión, amenos y admirablemente escritos, con personajes convincentes y unos diálogos perfectamente trabados que revelan la mano experta del dramaturgo. Abunda en estos cuentos la ironía y el humor ácido, sobre todo cuando el autor se enfrenta a la intolerancia, a la hipocresía moral o a instituciones que le parecen falsas o vacías de contenido. Un cierto toque misógino y la predilección por ambientes exóticos y cosmopolitas completan el marco de estos magistrales relatos, que nos brindan en ocasiones el plus de un final inesperado, de una última pirueta que nos seduce y nos impele a iniciar inmediatamente la lectura del siguiente.
«La bolsa de libros» está narrado en primera persona por un escritor -quizás el propio Maugham-, que escucha una confidencia sobre dos hermanos, Olive y Tim, unidos por un amor socialmente reprobable. Sin embargo, la condena del autor parece extenderse solo al matrimonio que, a modo de tapadera, contrae Tim con la jovencísima Sally, desencadenante del drama final. También en este relato la acción se desarrolla en una geografía exótica: una perdida plantación de caucho en Malasia. «Cosas de la vida», quizás el relato menos interesante de la colección (pero no el menos divertido), narra la primera experiencia de un joven británico en el disipado ambiente de un casino en Montecarlo. «La señora del coronel» es otra despiadada crítica del matrimonio, rechazado por Maugham como institución meramente formal, fundamentada en la hipocresía y el interés egoísta. Un exitoso -y demasiado sincero- libro de poemas se transforma en prueba de cargo en un caso de adulterio. No parece gratuito sospechar la malevolencia misógina de Maugham, que se ríe seguramente de esa escritora aficionada que ha triunfado por el morbo que despiertan sus imprudentes confesiones. En un tono similar al de «Don Sabelotodo», «La joya» es otra divertida fantasía que tiene como protagonistas a un solterón sibarita y a su nueva criada, una fámula eficaz y complaciente hasta extremos difíciles de creer. El arreglo final entre los dos personajes no puede ser ni más británico ni más irónico. «Lluvia» es uno de los textos más famosos del autor, una fábula sobre la intolerancia religiosa y la hipocresía moral. Ambientado en los Mares del Sur, concretamente en la asfixiante isla de Pago Pago, el relato nos muestra el duro enfrentamiento entre un misionero fanático (que ha reprimido y criminalizado la naturalidad edénica de los indígenas sujetos a su magisterio) y una chica de vida alegre que casualmente se cruza en su camino. El duelo entre los dos personajes avanzará, cruel e inexorable, hasta desembocar en un espeluznante final. Este magnífico relato fue llevado al cine en 1932 (con Joan Crawford en el papel de Sadie Thompson). El último relato recogido es el titulado «El P. & O.», un críptico encabezamiento que parece anunciar un relato de espías, pero que alude en realidad a una importante naviera inglesa (P&O Cruises), de la que Maugham se valió en muchos de sus desplazamientos. Un dramático y escalofriante suceso acaecido durante una travesía induce una bienhechora catarsis en una pasajera emocionalmente abatida. Un magnífico relato, con ribetes de fantástico, que pone un brillante punto final al libro.





