La voz tras el escenario, de Mario Praz

Hay libros que son como mágicos baúles repletos de maravillas, cofres del tesoro que guardan en su interior las más preciadas gemas de una imaginación culta y privilegiada. La  voz tras el escenario. Una antología personal (Atalanta, 2025), de Mario Praz (1896-1982), es uno de esos raros volúmenes a los que no les sobra ni una sola página, y donde la belleza de su escritura se conjuga con el interés y la profundidad de la materia tratada. Suma de variados textos de distinta data, todos valiosos y primorosamente perfilados, el libro de Mario Praz nos permite adentrarnos en el mundo más íntimo y querido de ese gran humanista y crítico que fue el autor italiano. Toda antología tiene su urdimbre de arca de Noé: el antólogo se propone salvar, del diluvio del olvido universal, aquellos especímenes de la obra que considera más valiosos y significativos para la supervivencia de su autor. En el caso presente es el propio Praz quien confecciona su personal tabla de salvación, dosificando hábilmente el estudio erudito y elegante con el recuerdo personal y la fabulación literaria. Paisajes todos de un mismo territorio donde el conocimiento y la belleza son las únicas consignas que abren y cierran sus fronteras.

La voz tras el escenario nos ofrece, de un lado, una variada muestra de ensayos sobre arte y literatura, imbuidos de una sabiduría que tiene la impronta del trato cercano y duradero con aquello que se ama; textos que en muchas ocasiones aparecen enmarcados en un recuerdo o experiencia personal. Desde los trabajos más amplios y generales («Sobre el estilo Imperio») a otros de mayor detalle («La mano de Rodin»), La voz tras el escenario nos desvela la personalidad de un gran estudioso y amante del arte y la literatura. Algunos textos atienden también a figuras individuales, como los dedicados a Winckelmann o a Piranesi (cuyas carceri relaciona con la biblioteca de Babel borgiana). El arte, en todas sus manifestaciones ―que se extienden a la arquitectura, las artes menores o incluso la jardinería―, se combina en el pensamiento de Praz con el apunte literario profundo y documentado. No faltan en el libro algunos estudios que abordan prioritariamente asuntos literarios («El jardín de Armida»); o bien, escritores como Vernon Lee (en su faceta humana y ensayística), D’Annunzio o  Swinburne (Praz fue un gran conocedor de la literatura inglesa). Una magistral muestra de esta perenne simbiosis de arte y literatura la hallamos en el ensayo titulado «La belleza de Medusa». El examen de los ecos literarios despertados por la monstruosa cabeza de la gorgona, trenzada de víboras (según la pintura atribuida a Leonardo), le sirve a Praz para incidir en la fascinación que experimentaron los románticos por lo tenebroso: un principio estético que inspiró muchos de sus trabajos más apreciados.

La amplitud de temas culturales que interesan a Praz es otro rasgo que pone de manifiesto el libro. En «Sangre, voluptuosidad, muerte» se nos ofrece un apunte crítico sobre la tauromaquia, compuesto a la luz de algunos escritores, como Montherlant o Barrès, que ensalzaron en el martirio del toro unos valores supuestamente estéticos y raciales. También las figuras de cera, de las que Praz fue coleccionista, encuentran su hueco en el libro. «Las figuras de cera en la literatura» es un admirable y documentadísimo estudio que nos abre las puertas de un amenazador mundo de simulacros, cuyo poder para inquietarnos (recordemos también «El gabinete de las figuras de cera». de Panizza) no han logrado desactivar los terrores del mundo moderno. El gran interés de Praz por el coleccionismo se manifiesta de manera inequívoca en otros textos, como «Viejos coleccionistas» o «Adiós, queridos cuadros»: crónicas del carácter inestable de las colecciones, ya sean las atesoradas por particulares (colección Marmottan) o las que son fruto del expolio a las naciones. En fin, el humor y la ironía se condensan también en algún que otro texto de carácter más festivo, como el titulado «Delantalitos», donde el aristocrático Praz nos recomienda un travieso truco  para descubrir el alma verdadera de cualquier persona, la que se oculta tras las apariencias. En un tono opuesto, «Fuera de lugar» nos recuerda la trágica condición del apátrida, de la displaced person: un triste fenómeno que da «la medida de nuestra civilización».

Muchos textos de La voz tras el escenario tienen su argumento en el recuerdo del pasado. Si en los ensayos de Praz son habituales las notas autobiográficas, la remembranza personal se encuadra con frecuencia en el entorno artístico y cultural que fue su medio natural. En «El jardín del caballero», un paseo en bicicleta por Florencia facilita al autor entrever, en una lejanía que es tanto espacial como temporal, un misterioso parque sobre elevado y clausurado en el que de niño se internaba acompañado de sus institutrices, cuyo atractivo, evocado desde la perspectiva que otorga la madurez, es fuente de reminiscencias literarias y sensaciones teñidas de una exquisita melancolía. Todo el encanto de los jardines cerrados, del hortus conclusus y del paraíso perdido planean sobre estas breves e inspiradas páginas. También los recuerdos escolares, bellamente evocados, comparecen en el libro. En «Una clase», la contemplación de una vieja fotografía grupal con sus compañeros de liceo le da pie para abismarse en una meditación sobre los inescrutables destinos que el futuro nos depara a cada uno. En «Sciabolino» Praz traza el retrato de un tipo humano muy particular y un tanto grotesco: un viejo profesor de francés de su liceo (‘sablecito’), evocado con una mezcla de humor y nostalgia. Una fina muestra de la habilidad de Praz para revivir personajes pintorescos.

Finalmente, no faltan en esta valiosa antología algunos textos que se aproximan más a la ficción. Son estampas de mundos bellos e idealizados, que no dejan de estar imbuidos de los recuerdos personales y las experiencias culturales de su autor. Es justo volver a insistir, a este respecto, en la afinidad de tono que guarda todo el libro, donde el ensayo, la memoria y la ficción forman parte de un mismo territorio que el lector disfruta en su amena variedad y sin bruscas transiciones. «Fin del verano» es una pintura nostálgica de la llegada del otoño a una casa de campo alpina, percibida por una apacible anciana que rememora con tristeza la desaparición de sus amadas flores primaverales. Un relato compuesto con finas pinceladas, ejecutadas con la minuciosidad propia de quien fue, además de erudito, todo un orfebre de las palabras. La voz tras el escenario es, en suma, un ameno jardín que solo se puede conocer visitándolo. El antólogo es un jardinero que selecciona plantas de diversa procedencia y las ordena para configurar un nuevo escenario natural del que es artífice y conservador. Mario Praz, que hubiera sido quizás un estupendo arquitecto de jardines, nos propone con su libro un placentero paseo entre las más bellas floraciones de su conocimiento, su recuerdo y su imaginación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Hay una extraña exaltación de la grandeza en estas ruinas, una complacencia en la desolación y el deterioro. Hay un aire triunfal en estos vestigios, una munificencia en esta exhibición de muros derruidos y de vegetación salvaje, como hay una grandiosidad ostentosa en la forma en que sus pequeñas figuras de vagabundos y mecánicos se envuelven en los harapos y jirones de sus ropas. La ciudad en ruinas que Piranesi crea no necesita de la munificencia de ningún mecenas, está construida con pocos medios, en verdad solo con el inestimable dinero de la fantasía de un artista».
«¿Quién puede decir con qué profundidad inciden ciertas impresiones de la infancia? Palmira era morena y esbelta, y recuerdo que, cuando leí por primera vez sobre la reina de Palmira, llevada en triunfo a Roma, oprimida por su carga de joyas, vi a esta esbelta hermana de la reina de Saba en la figura de mi morena y esbelta niñera. Subía con ella los escalones del jardín cerrado. El cortés jardinero, vestido de gris, estaba allí para abrir el portón».
Traducción de Pilar González Rodríguez
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4 Responses to La voz tras el escenario, de Mario Praz

  1. Avatar de Francisco Francisco dice:

    Qué espléndida reseña Manuel, qué ganas de leer estos textos de Praz.

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  2. Avatar de Libros de Cíbola Libros de Cíbola dice:

    ¡Hemos coincidido en nuestros intereses una vez más, Manuel!

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