El príncipe Alberico y la dama Serpiente. 13 historias fantásticas y macabras, de Vernon Lee

Al que no le espanten tan «góticas» portadas, ni tema los libros grávidos y voluminosos, podrá encontrar en esta propuesta de Valdemar, El principe Alberico y la dama Serpiente, una extensa selección de relatos de la escritora británica Vernon Lee (seudónimo de Violet Paget, 1856-1935), la más completa hasta la fecha reunida en castellano, traducidos por Marta Lila Murillo y Agustín Temes para el último número de la colección «Gótica» de Valdemar. La edición viene acompañada de una introducción -breve, pero muy densa y bien documentada- a la vida y obra de la escritora, con un análisis individualizado de cada uno de los textos traducidos.

Vernon Lee es una de las representantes más conspicuas del relato fantástico en lengua inglesa, primorosamente escrito y abrumadoramente bien documentado en su ambientación histórica y artística, con un tenue toque perverso muy característico, que incluye mujeres maléficas, divinidades paganas que se resisten a ser olvidadas, objetos del pasado cargados de malevolencia, fantasmas aficionados a la música… La mayoría de los relatos transcurren en Italia -la escritora residió en Florencia durante la mayor parte de su vida madura-, aunque también encontraremos algunos escenarios suizos, franceses, ingleses, o incluso españoles. Aunque Vernon Lee dedicó muchas horas a los estudios históricos y estéticos, incluida la musicología (su huella es palpable en relatos como «La voz maligna«, o «La aventura de Winthrop«), sus numerosas publicaciones «serias» han caído en la inoperancia, alcanzando la notoriedad póstuma gracias a sus relatos breves de ficción; no exentos, por otra parte, de una considerable carga erudita. La colección que nos propone Valdemar se abre con «La Virgen de los Siete Puñales«, una fantasía esperpéntica -no muy convincente por exagerada-, ambientada en la España de los Austrias, trufada de magos e inquisidores. El relato tiene como protagonista a don Juan Guzmán del Pulgar, un calco distorsionado del Tenorio, tan bellaco pecador como fanático de la Virgen granadina que da título al relato. El tono no es, ni lejanamente, el del poema «Dolores» de Swinburne, pero testimonia esa morbosidad que despertó en algunos artistas «decadentes» no católicos la figura de la Dolorosa. En «Dionea» se retoma el tono habitual de la autora, serio pero no carente de una suave ironía: un eco del maravilloso librito de Heine, Los dioses en el exilio. Una inquietante niña náufraga, con el sospechoso nombre de Dionea (Dione es la madre de Afrodita en la mitología), es recogida para ser educada de beneficencia en un convento de monjas italianas… La perturbación que provoca esta femme fatale de raza está asegurada. Un crescendo de horrores atemperado por la cualidad del sentimiento que los inspira (y los bellos paisajes mediterráneos descritos por el narrador). «Marsias en Flandes» guarda un estrecho parentesco con el relato anterior, aunque con menos encanto y ambientado en Francia (en el antiguo Condado de Flandes): no siempre es posible cristianizar las reliquias del paganismo. «La Muñeca» y «Amour Dure» son dos de los más conocidos y logrados relatos de la autora: la dolorosa pervivencia del pasado, que es preciso exorcizar; y la fatal posesión que una aristócrata del siglo XVI, Medea da Carpi, ejerce sobre un joven erudito polaco seducido por su mortífero encanto. «San Eudemón y el Naranjo» es uno de los tres relatos inéditos presentados por Valdemar en esta edición (junto con «La Dama y la Muerte» y «El Papa Jacinto«): una estatua de Venus que sale a la luz y un anillo de compromiso reacio a ser devuelto tejen esta amable parábola de santidad, quizás un homenaje a la «Venus de Ille» de Mérimée. «El príncipe Alberico y la dama Serpiente» es un texto artísticamente trabajado, testimonio, en cada una de sus líneas, de las inquietudes históricas, estéticas y anticuarias de la autora. ¡Qué magnífica descripción la del tapiz con Oriana y el caballero! Los paisajes mediterráneos, cargados de flores, ruinas y vistas marinas son también su especialidad, y aparecen con generosidad en el relato. Los amores de un príncipe con una serpiente, la dama Oriana, que alberga celosamente en una jaula, a la espera de esa hora feliz en que recupera su figura humana. Lo bueno si breve… «La leyenda de madame Krasinska«, o los peligros de tomarse con ligereza las miserias ajenas. Cierra esta antología «Oke de Okehurst, o Un fantasma enamorado«, una ambigua nouvelle con un estilo cercano al de Henry James en sus relatos de fantasmas.

Quien, una vez terminado el libro de Valdemar, todavía quiera leer algún relato más, podrá acudir a la antología de Vernon Lee publicada por Reino de Redonda (Amor dure y otros relatos, 2007), que incluía el titulado «Sor Benvenuta y el niño Jesús. Una leyenda del siglo XVIII«. Con mayor esfuerzo podrá también leer, en la ya agotada selección de Ediciones de Blanco Satén (La virgen de los siete puñales, 1992) , el relato breve «El arca nupcial«. Finalmente, la exquisita edición de Atalanta (La voz maligna, 2006) incluía un detallado e interesantísimo perfil biográfico de Vernon Lee, «La voz del pasado», escrito por Menchu Gutiérrez, imprescindible para quien desee ahondar en la particular personalidad artística y humana de la escritora.

Scan10259-500Ediciones de Blanco Satén publicó en 1992 (en su colección «Biblioteca de la Casa Usher») una interesante selección de relatos de Vernon Lee, traducidos por Mirian Rovira, que incluía: El príncipe Alberic y la Mujer Serpiente, El arca nupcial, Amour Dure, La voz endemoniada, La leyenda de Madame Krasinska, y La Virgen de los Siete Puñales.

(La portada era, desde luego, bastante terrorífica)

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Relatos breves y microrrelatos, de Heimito von Doderer

Aunque poco conocido en España, Heimito von Doderer (1896-1966) es considerado por la crítica como uno de los escritores austríacos más importantes del siglo XX, o al menos de su segunda mitad. La editorial Destino publicó en 1981 Las escaleras de Strudlhof (1951), un texto de gran interés, recientemente reeditado en Debolsillo (2013). En los últimos años Acantilado ha sacado a la luz sus otras dos grandes novelas, Los demonios (1956) y Un asesinato que todos cometemos (1938), a las que ahora vienen a sumarse estos Relatos breves y microrrelatos (traducidos por Roberto Bravo de la Varga): un auténtico muestrario de los temas y maneras del escritor, una apreciable fuente de placer para el lector que se embarque en sus páginas.

En sentido estricto, los microrrelatos que aparecen en el libro se reducen prácticamente a dos breves colecciones: «Nueve  microrrelatos«, y «Ocho ataques de ira«: un alucinado ejercicio de imaginación que leeremos entre divertidos y espantados. Pues uno de los rasgos que quizás llame más la atención del lector es la afición de von Doderer por la pintura de riñas y altercados grotestos, de súbitas explosiones de rabia colectiva, como en «Decadencia de una familia de porteros de Viena en el año 1857«. La mayoría de los relatos recogidos en el libro (una treintena larga) son textos breves y de mediana extensión. La variedad de temas y registros es abrumadora, aunque es constante la evocacion del paisaje vienés: sus gentes y calles, parques y establecimientos públicos, sus clases sociales (incluida el hampa vienesa: «Cómplice involuntario«). A poco que leamos del libro, descubriremos que un procedimiento grato a von Doderer consiste en enfrentar al protagonista con un suceso inesperado, terrible o peligroso -en ocasiones insignificante-, que lo saca, por así decir, de los carriles predecibles de su vida ordinaria, abriéndole nuevos horizontes. Este es el caso de relatos como «Léon Pujot» o «Aimée«; aunque también es detectable, en menor medida, en otros muchos, como en «El callejón de la compasión«, o en «La alondra«. De manera general, los relatos de von Doderer dosifican con acierto la intriga, que en ocasiones roza lo fantástico, o su apariencia, como en «El golfo de Nápoles«: las aventuras de un viajero del tren del miedo que se atreve a bajarse de su vagón dentro del túnel. Otros dos relatos tienen como trasfondo la Gran Guerra, en la que el autor tuvo una accidentada participación que le condujo hasta las cárceles de Siberia: «Encuentro al amanecer«, y «Funeral de campaña para un amor«, una anécdota sentimental acerca de unas cartas halladas en un viejo palacio emplazado en la misma línea de fuego. En «Una mujer tatuada» se nos narra una cruel historia de circo, donde los celos de una malvada caballista y la simpleza de la protagonista conducen a un infernal callejón sin salida. Aún más inquietante nos resultará el curioso relato «Una persona de porcelana«, una sádica y macabra fantasía para recordarnos, quizás, que las apariencias engañan. Estos dos relatos tienen como protagonistas a dos terribles mujeres, que esconden su maldad bajo un manto de hipocresía, quizás una complacencia misógina del autor, que reaparece en otros cuentos, aunque no de manera tan acusada. Así, en «En el laberinto«, el escritor fantasea con la posibilidad de librarse de una relación cargante con el solo gesto de apretar un botón. Las complejas relaciones de pareja se exponen en relatos como «Ella se vende«, «Una mañana de verano«, o «Unidos en cuerpo y barba«. Una lección moral aparece también en el curioso relato «El talento enterrado«: un elogio de la aurea mediocritas, pero teñido de una leve ironía. Finalmente destacaremos algunos relatos puramente líricos, como esa bella evocación de la jornada en que murió Beethoven: «Un temporal de nieve«. En la misma línea podemos situar el relato que abre la colección, «Retorno a la juventud«, una aguda meditación sobre el valor de los recuerdos más enterrados en la memoria. En fin, un conjunto de textos en su mayor parte de gran interés, algunos -los menos- más intranscendentes, pero siempre variados y sugerentes. No defraudarán al lector.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Fue el comportamiento de una tetera lo que reforzó mi inquebrantable convicción de que sólo si mostraba el valor y el coraje suficientes y estaba dispuesto a destruir sin dudar los enseres de mi vivienda conseguiría conjurar la maldad de los objetos que me rodeaban disuadiéndolos de agredirme por una larga temporada» (de «Ocho ataques de ira», traducción de Roberto Bravo de la Varga).
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Ruinas, de Rosalía de Castro

Quien sólo conozca y aprecie a Rosalía de Castro (1837-1885) por su obra lírica, se quedará gratamente sorprendido cuando lea este extraordinario relato en prosa, Ruinas (El Museo Universal, febrero-marzo, 1866), que, junto con La hija del mar, Flavio, El caballero de las botas azules y El primer loco, constituye la principal aportación de la poetisa gallega a la narrativa romántica española. Ya se sabe que la mayoría de los clásicos goza de sesudas ediciones, bien surtidas de prólogos y anotaciones, libros que no siempre llegan con facilidad a los lectores. El acierto de la editorial Eneida al presentar este relato en su colección Confabulaciones radica precisamente en esto: en rescatarlo de ese purgatorio que supone en ocasiones la edición para especialistas, y restituirlo a la literatura viva, aquella que no necesita para emocionarnos de otra apoyatura que su texto desnudo. En realidad, los verdaderos clásicos son los que menos explicación necesitarían, si es verdad que se mantienen vivos. Sobra decir que el texto de Ruinas está disponible en otras múltiples ediciones, digitales o no, incluida la del vetusto volumen de sus Obras Completas en Aguilar.

Ruinas (subtitulado en su edición original: Desdichas de tres vidas ejemplares) tiene como protagonistas a tres personajes excepcionales que, por diversas causas, han quedado marginados de su medio social: Una vieja dama de alcurnia, doña Isabel («rama caída de una casa ilustre»), que comparte la pobreza con su gato, su violín y un enorme paraguas, y que a su avanzada edad todavía imparte lecciones de buen gusto en los salones; don Braulio, un comerciante empobrecido por su imprudente generosidad, capaz de acudir a un convite en pantuflas y gorro de dormir; y por último, Montenegro, un joven hidalgo desposeído injustamente y que consume sus energias en un desaforado estudio de las leyes, pues piensa -¡pobre ingenuo!- que le ayudarán a recuperar su patrimonio. Doña Isabel y don Braulio, con sus anticuados vestidos y maneras de otro tiempo, podrían muy bien figurar en algún extravagante y alegórico relato de Hawthorne. Por su parte, el joven aristócrata, Montenegro, que pierde la cabeza al enamorarse de la orgullosa y voluble Julia, tiene un punto de hoffmaniano en su desmelenado desquiciamiento. Enfrente de estos tres personajes auténticos y entrañables, la escritora esboza una sociedad de nuevos ricos, de amigos y conocidos de mejores tiempos, seres superficiales que, sin dejar de admirarlos de alguna manera, los desprecian en el fondo. No les perdonarán ni su independencia ni su aferrarse con alegría a una existencia minimalista que se conforma con tan poco. No obstante su trágico final, anticipemos que lo que en otro autor podría ser un cuadro deprimente o patético, en Rosalía se configura en un texto luminoso y estimulante, con ribetes fantásticos y mucho humor. Aun compadeciéndolo, no podremos dejar de reírnos -con bondad- de ese hidalgo empobrecido, Montenegro, que desea conquistar a la muñeca más orgullosa y déspota de los salones, que se niega a bailar con él por el mal estado de sus zapatos, siendo ella -así se lo recordará la vieja dama- la hija del antiguo zapatero del padre del hidalgo, ahora enriquecido. Ante tamaña crueldad, sus ruinosos compañeros se verán llamados a intervenir, aunque con poca fortuna. Si escribir es un placer, la autora de Ruinas debió pasárselo en grande.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Doña Isabel no se había engañado, y se sintió avergonzada por el hidalgo al ver que el noble amigo suyo, aquel excelente caballero de corazón honrado y delicadeza infinita, se había enamorado de aquella que le parecía un mamarracho inflado, una muñeca de resorte, cuyos ojos eran de cristal y tinta de China«

Autómata del siglo XVIII

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Doctor Graesler, médico de balneario, de Arthur Schnitzler

Esta amena novela, Doctor Graesler, médico de balneario (Doktor Gräsler, Badearzt; 1917), viene a sumarse a la ya extensa lista de títulos de Arthur Schnitzler (1862-1931) publicados durante estos últimos años en nuestro país (singularmente por Acantilado). Con Doctor Graesler, la editorial Marbot nos ofrece una novelle inédita hasta la fecha en castellano, de notable interés, traducida por María Esperanza Romero, que no defraudará a los seguidores del escritor vienés. Una vez más apreciaremos la maestría del autor en el desarrollo de tramas absorbentes e imprevisibles; así como el agudo análisis psicológico de sus personajes, centrado particularmente en su componente sexual, un aspecto esencial y omnipresente en toda su narrativa, y al que debe, en gran medida, su éxito popular.

Emil Graesler es un médico ya maduro, especializado en la medicina ambulante de hoteles y balnearios de moda, que vive su desarraigada existencia en la única compañía de su hermana Friederike, otra solterona como él, que ha sacrificado su felicidad individual para asistirlo. El inesperado suicidio de la desencantada Friederike en un hotel de Lanzarote produce una crisis en la ordenada y limitada existencia del doctor. Su carácter retraído y poco flexible, egoísta en suma, se pondrá a prueba cuando conozca, en el balneario al que ha llegado como médico de temporada, a la joven Sabine Schleheim, hija de un cantante de ópera retirado. Su creciente enamoramiento de la muchacha, marcado por la inseguridad y la desconfianza, sufrirá un significativo enfriamiento cuando Sabine, en un valiente ejercicio de honestidad y sinceridad, tome la iniciativa en la relación y planifique un futuro compartido. Retornado por unos días a su ciudad natal, Graesler intentará recuperar la seguridad en sí mismo embarcándose, a modo de prueba, en una aventura superficial con una joven empleada de comercio, que a la postre se constituirá en víctima involuntaria de su experimento. Pero la novela no es solamente la crónica de las inquietudes afectivas y sexuales del protagonista, sino también un amargo testimonio de la falta de comunicación (las cartas de la hermana difunta desvelarán una intensa experiencia amatoria subterránea), de la insinceridad y reserva que marcan las relaciones sentimentales. Una visión, en suma, bastante pesimista. Al final de la novela, una inesperada confluencia entre eros y thanatos -otro leit-motiv en la narrativa del escritor vienés- precipitará un desenlace inesperado: la felicidad del protagonista se realizará en un territorio menos arriesgado pero más generoso. Un final que tiene mucho de redención. Siempre hay un último tren.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Lamia, de John Keats

Para mí ha sido una gran satisfacción encontrarme en la librería, sin previo aviso, con esta Lamia de Keats (1795-1821), perdida en los estantes de la sección de poesía. Si la hubiera visto anunciada antes en internet, no hubiera tenido tanta gracia. La materialización de un deseo. Hace unos años la editorial Reino de Cordelia inició su coleccion de poesía con La víspera de Santa Inés, esa encantadora balada de Keats que narra los amores de Madeline y Porphyro. Ahora, alcanzado su número decimotercero, la colección «Los versos de Cordelia» vuelve a regalarnos con uno de los poemas más bellos del británico, Lamia (Lamia, Isabella, The Eve of St. Agnes and Other Poems, 1822), que hasta ahora sólo podíamos leer y releer traducido en el segundo volumen de la edición de Libros Río Nuevo. La exquisita versión de Luis Alberto de Cuenca y José Fernández Bueno (en alejandrinos y endecasílabos blancos) viene acompañada del texto original en lengua inglesa, así como de las atractivas ilustraciones, ya centenarias, de Will H. Low. Un breve prólogo, preparado por los traductores, traza las deudas del poema con la tradición clásica y moderna, e indaga en el significado de la obra. ¿Para cuándo la Christabel de Coleridge?

Las lamias son seres femeninos mitológicos, más bien monstruosos, de estirpe reptilesca, oriundos de la Antigüedad Clásica y emparentables, de alguna manera, con la figura del vampiro moderno, en cuanto devoradoras de niños o succionadoras de sangre. Sin embargo, serpientes y bellas muchachas no son, al menos literariamente, conceptos tan contrapuestos. Melusina, la Serpentina de Hoffmann, o la Oriana de Vernon Lee, entre otras muchas, lucen adorables sus coloridas manchas, bellos ojos y estilizada figura. Pocos elementos mórbidos o nocturnos hallaremos en la Lamia de Keats, una modesta divinidad convertida a su pesar en serpiente, que todo lo vive por sueños (virtualmente), y que recupera dolorosamente su feminidad gracias a la interesada intervención de Hermes. Como Orfeo, Lamia es capaz de hacer palidecer a las estrellas con su canto, pero también de renunciar a su inmortalidad por amor. Eso sí, aunque virgen, en las lides amorosas es astuta como una sierpe, y ejerce sobre el simplón y fatuo de Licio esa fascinación que sufren algunos pajarillos antes de ser engullidos. Inspirado indirectamente (ap. Robert Burton, Anatomía de la melancolía, 1621) en la Vida de Apolonio de Tiana, de Filóstrato (s. III d. C.), el poema no tiene, desde luego, nada de gótico. Se trata más bien de una fábula mitológica -con metamorfosis incluida-, exacerbada en las notas coloristas y sentimentales. El despertar final, que se nos impone a los lectores como un verdadero castigo, se aleja de ese mundo clásico idealizado y armónico. Al igual que en «La hija de Rapaccini», de Hawthorne, la intervención aparentemente bienintencionada (¿no será envidiosa?) del representante oficial de la razón y el saber, llámese professore Baglioni o instructor Apollonius, provoca el desastre. Cuando el sueño es demasiado feliz, la vigilia resulta insoportable.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Ante la pintura. Narraciones y poemas, de Robert Walser

No obstante su limitado éxito literario en vida, Robert Walser (1878-1956) es considerado hoy en día como una de las figuras más interesantes y atractivas de la literatura en lengua alemana del siglo XX. Fue autor de una extensa obra, en gran parte dispersa en pequeñas publicaciones, en la que emergen novelas tan valoradas como Jakob von Gunten, Los hermanos Tanner, o El ayudante. Nacido en Biel (Suiza), Walser llevó una vida modesta, algo vagabunda, repartida entre Suiza y Alemania, desempeñando pequeños empleos (criado, oficinista o secretario) que le permitían entregarse a la creación literaria, tarea en la que alcanzó un cierto reconocimiento. Los últimos años de Walser (1929-1956) transcurrieron en clínicas psiquiátricas suizas. Su locura fue una afección pacífica, lúcida, casi tan prolongada como la de Hölderlin (aunque no tan creativa, pues desde 1933 Walser ya no escribe). Como testimonio de esos años oscuros tenemos un extraordinario y entrañable libro: Paseos con Robert Walser (Siruela), escrito por su editor y amigo, Carl Seelig, que lo visitó numerosas veces y fotografió en el transcurso de sus compartidas excursiones campestres. Su muerte sobre la nieve, en los alrededores del sanatorio mental de Herisau, el 25 de diciembre de 1956, configura una de las imágenes más patéticas del desamparo humano, especialmente doloroso cuando toca a un artista de la fibra de Robert Walser.

Ante la pintura. Narraciones y poemas (Insel, 2006, edición y epílogo de Bernhard Echte; traducido por Rosa Pilar Blanco para Siruela) da cuenta de la gran admiración que sentía Robert Walser por la pintura, un interés en el que influyó de manera determinante la figura de su hermano, el pintor Karl Walser, del que se glosan y reproducen algunos trabajos en el libro (como el simpático cuadro que ilustra la portada). Su afición a la pintura convertirá a Walser en asiduo visitante de museos y exposiciones –algunas de gran relevancia­–, experiencias estéticas que luego plasmará en muchos de sus textos literarios. Ante la pintura recoge una variada muestra: breves ensayos, anécdotas, recuerdos autobiográficos, fábulas y fantasías, poemas, sonetos…, textos todos inspirados por uno o varios cuadros. En ocasiones, el autor bosqueja incluso breves escenas dramáticas en las que dialogan los personajes representados en el lienzo, o bien el artista con su modelo. La ingenuidad es la nota predominante. En el texto «Olimpia», es el propio Walser quien entabla un sabroso diálogo con el personaje femenino, que posa desnudo e impávido, sin asomo de pudor, en el célebre cuadro de Manet. Es verdad que la mayoría de estas pinturas ya las hemos visto (como las de Cranach, Tiziano, Brueghel, Renoir, Cézanne, Van Gogh…), pero otras probablemente no (Albert Anker o Narcisse Díaz de la Peña). En cualquier caso, será placentero verlas por vez primera o revisitarlas, contrastando los comentarios de Walser con las cuidadas reproducciones que nos ofrece la modélica edición de Siruela. La observación de los cuadros, no siempre recordados con exactitud por Walser, abre paso generalmente a una libre fabulación, trufada de digresiones, ingenuas o burlonas la mayoría de las veces, siempre imprevisibles y gozosas. Como cualquier conocedor de Walser sospechará, el acercamiento a los cuadros no puede más subjetivo. Incluso cuando el propósito ensayístico se hace explícito, nos encontraremos en las antípodas del texto erudito: «A pesar de que sé poco de él [Watteau], asumo sin demora la tarea». Es seguro que no aprenderemos mucha historia del arte leyendo este libro. Será tan sólo un ejercicio de buen humor, libertad e imaginación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Bellas mujeres adornan el paseo con su presencia, ¿y yo estoy aquí sentado, escribiendo?» (traducción de Rosa Pilar Blanco)

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El viaje del rector Florian Fälbel y sus alumnos de último curso al Fichtelberg, seguido de Vida del risueño maestrillo Maria Wutz en Auenthal, una especie de idilio, de Jean Paul

Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter, 1763-1825) es uno de los escritores alemanes más originales, exquisitos y apreciados del periodo prerromántico. Todavía obraban entonces en Alemania los principios de la Ilustración, presentes de manera singular en la compleja obra de nuestro autor, que difícilmente encajaríamos en los moldes más comunes del Romanticismo. Nacido en una familia muy modesta (su padre era maestro y organista), Jean Paul respira durante una gran parte de su vida el deprimido ambiente de los maestros y profesores de liceo de última categoría, que transmuta en textos tan luminosos y optimistas como los dos que nos ocupan: El viaje del rector Florian Fälbel (1790), y Vida del risueño maestrillo Maria Wutz en Auenthal (1793). Aunque Jean Paul alcanzó en vida gran fama como escritor, luego cayó en el olvido, y sólo a lo largo del siglo XX fue recuperando poco a poco su lugar. Todavía en 1921 señalaba Hermann Hesse que su obra había sido injustamente olvidada en Alemania. En España, su recuperación (o mejor dicho, su recepción) es de ayer mismo. Al igual que otras editoriales independientes, como Velecío, Gallo Nero, Cómplices, Sequitur o El olivo azul, Nórdicalibros pone su granito de arena apostando por este autor tan escasamente leído en nuestro país.

El viaje del rector Florian Fälbel es un texto satírico, muy cómico, escrito en una prosa densa e ingeniosa, rica en paréntesis y digresiones, delirante en ocasiones. Este extravagante profesor de liceo bávaro emprende un viaje pedagógico al Fichtelberg (su medición es uno de los platos fuertes del programa), acompañado de doce alumnos, varios perros, su propia hija Córdula (¡alguien tiene que cocinar!) y una variopinta impedimenta de libros, planos, pizarras, instrumentos de medición y salchichas ahumadas… Se nos ofrece por boca de su propio protagonista, Fälbel, la crónica de un disparatado programa pedagógico, grotescamente alterado por los inesperados sucesos que salpican el viaje; entreverado de citas eruditas, latinas en ocasiones, siempre pedantescas y traídas por los pelos, acumuladas con un afán evidentemente paródico. Pero Fälbel no es la única voz del relato. Como es habitual en Jean Paul, la intromisión del autor es continua, puntualizando o distanciándose de la exposición del rector. En apenas medio centenar de páginas se amontonan las aventuras y ocurrencias más ridículas: una verdadera burla de los viajes estudiantiles, en particular, y de la pedagogía germana en general. Un texto para leerlo sin prisas, con cuidadosa atención, deleitándonos en las pequeñas sorpresas que nos acechan a la vuelta de cada línea, tan inesperadas y sorprendentes como placenteras. Qué graciosa resulta la escena de la pelea perruna en la posada, en la que cada amo tira de la cola de su perro, modulando el alboroto -según Fälbel- como el organista que extrae los registros de su órgano. O los ejercicios de medición que toman como referencia a dos brutales campesinos dormidos bajo unos árboles, que despiertan repartiendo puñetazos. La influencia de Sterne se patentiza en el enternecedor episodio del soldado húngaro que va a ser fusilado por desertor. Mientras Fälbel se escandaliza de su bárbaro uso del latín, y justifica ya por eso su muerte; el autor lo compadece, destacando su pobre y doliente humanidad, que le ha conducido al último gesto de desnudarse ante el pelotón de fusilamiento para ceder íntegra su ropa a la lavandera del regimiento. El colmo del despropósito se alcanza al final, cuando Fälbel renuncia a subir al Fichtelberg, destino del viaje, al enterarse de que otro erudito lo acaba de preceder y ya ha tomado notas para una monografía. Para redondear el fracaso, Córdula queda empeñada como prenda en la posada, al no poder pagar Fälbel la minuta. A estas alturas ya hemos descubierto que el rector es, entre otras cosas, un misógino redomado

Completa este volumen de Nórdicalibros la Vida del risueño maestrillo Maria Wutz en Auenthal, una especie de idilio, un valioso texto de excepcional encanto, del que ya nos ocupamos brevemente en una entrada anterior de SaltusAltus (puede leerse pulsando aquí): La amable autobiografía de un maestro alemán de último escalafón, que saca la alegría de vivir, necesaria para enfrentar su vida miserable, de las más insignificantes satisfacciones cotidianas: toda una lección de filosofía. Cierra el volumen un interesante epílogo, escrito por la traductora, Isabel Hernández, donde se analiza con profundidad la figura del escritor y se repasan algunos de sus títulos más significativos: un aperitivo para futuras lecturas.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Nada me gusta más que leer libros de pocas páginas. Aquellos viejos libros infolio, que son como lingotes de oro y que solo pueden abrirse encima de dos sillones, deberían molerse en varios granos del preciado metal, quiero decir que cada página debería doblarse y componer por sí sola un tomito: de ese modo cualquiera podría cargar con ellos sin problemas» (traducción de Isabel Hernández)
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Manfredo, de Lord Byron

Debemos congratularnos de que la editorial Abada nos brinde la posibilidad de leer este admirable poema dramático de Lord Byron (1788-1824), Manfredo (1817), en una edición bilingüe tan exquisita y cuidada como la que nos ofrece Enrique López Castellón, que ha vertido el texto inglés en endecasílabos sueltos de gran finura y musicalidad. Una muy documentada introducción y un aparato de notas que figuran al final del volumen complementan su trabajo. Manfredo es una de las grandes figuras del Romanticismo, símbolo del descontento y la rebeldía, inspiradora de literatos, pintores y músicos; de manera singular: Schumann y Tchaikovski.

Aunque se le ha comparado con el Fausto, Manfredo anda lejos de la complejidad y riqueza del poema de Goethe; lo que no le resta, por supuesto, su propio interés y atractivo. Manfredo es el prototipo del héroe byroniano: un ser alejado del común de los mortales, desengañado de la esterilidad del conocimiento y atormentado por una culpa (la muerte de su hermana Astarté, cómplice de un amor maldito). Su ambiente natural es la torre de un viejo castillo gótico, testigo de sus vigilias, estudios y meditaciones, así como las elevadas cumbres de las montañas, único escenario digno de sus aspiraciones sobrehumanas. Al igual que Fausto (o incluso que Próspero), Manfredo ha adquirido, gracias a sus estudios, un gran poder sobre los espíritus de la naturaleza, a los que convoca y subyuga a su capricho. La aparición de los siete espíritus que inicia el poema, y sus ulteriores hechizos sobre el desmayado Manfredo, configuran uno de los pasajes más bellos del poema. Por supuesto que estos espíritus, que le obedecen a regañadientes –a él, un simple mortal–, no pueden ayudarlo. Se impone, pues, la desesperación. La escena culminante del poema (o al menos la que más ha sugestionado a los artistas plásticos) tiene lugar en la cima de la Jungfrau, en los Alpes. Rodeado del escenario más sublime imaginable –torrentes que se despeñan en cascadas, gigantescas moles pétreas abatidas, crestas elevadas, precipicios vertiginosos, glaciares…– Manfredo decide poner fin a su existencia. Ni la belleza de la naturaleza, ni las promesas de una vida sencilla o elevada (la música del caramillo, el vuelo del águila) son estímulos suficientes para vivir. Pero cuando Manfredo está en trance de arrojarse al abismo, un cazador que anda por la montaña lo agarra en el último momento y lo obliga a vivir. Su final no será ya tan miserable. La siguiente escena, en el interior de la cabaña del cazador, nos muestra los encantos de una existencia sencilla y auténtica, sin conflictos –tal vez la única digna de vivirse–; pero inasumible por el orgulloso y atormentado espíritu del héroe. La felicidad es quizás posible, pero no para Manfredo.

Falta quizás en el poema la luminosa presencia de un personaje femenino como Margarita. Aquí el cuadro es aún más oscuro. La amada de Manfredo, Astarté, es poco más que un recuerdo, o un fantasma casi mudo; y la fugaz aparición de la bella bruja de los Alpes –tan fría como la cascada de donde surge– hace poca mella en el protagonista. En este aspecto, al menos, Manfredo se muestra más maduro que Fausto: el rayo de luna del amor ya no lo engaña.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Manfredo y la bruja de los Alpes

Manfredo en el Jungfrau (de William Bartlett, 1809-1854)

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Las hermanas. «Conte drôlatique», de Stefan Zweig

Al igual que otros muchos relatos breves de Stefan Zweig (1881-1942), Las hermanas (Die gleich-ungleichen Schwestern, 1937) es una pequeña obra maestra que se lee con fruición. Traducida por Berta Vias Mahou para Acantilado, el editor ha considerado oportuno añadirle el subtítulo de «conte drôlatique», aludiendo quizás a los Contes drôlatiques de Balzac, relatos licenciosos de espíritu rabelesiano en que cortesanas y religiosos protagonizan con frecuencia aventuras escandalosas. Es verdad que en el texto de Zweig también se entremezclan procazmente la santidad con el pecado, pero de una manera mucho más compleja. Más allá del evidente tono libertino de la trama, se propone una tesis moral, o al menos una reflexión sobre el carácter complejo y contradictorio del deseo humano, pues «ningún anhelo llena ni colma jamás el dilema masculino, que entre la carne y el espíritu añora siempre el eterno contrario». Este dilema no es, por supuesto, exclusivamente masculino, como dejará bien claro el desarrollo de la historia.

Helena y Sophia son dos jóvenes gemelas, de gran belleza, que viven en la miseria desde que su padre, el caballero Herilunt, un victorioso general de Teodosio, fracasó en su temeraria intentona de usurpar el trono. Para salir de un medio social que les resulta abominable, estas dos hermanas –tan ambiciosas como su padre– no vacilan en protagonizar carreras divergentes de vicio y virtud, en las que pronto reinarán de manera indiscutible. Pero unas cualidades morales tan dispares, repartidas en dos cuerpos físicamente idénticos, producen una gran conmoción en el imaginario masculino de Aquitania. De manera inesperada, las figuras de la cortesana y la santa se refuerzan perversamente, trayendo de cabeza a los hombres, exacerbando y complicando hasta el delirio sus fantasías menos presentables. Pronto se verá, además, que no son ni el dinero ni la santidad los verdaderos acicates de estas trayectorias tan extremadas, sino una feroz competencia, un ansia de superación a cualquier precio. El indiscutible triunfo de las dos hermanas, cada una en su especialidad, no pondrá fin a su mutua animosidad; y así, Helena, la prostituta, trazará un maquiavélico plan para hacer caer a su hermana Sophia, la hermana de la caridad. La inesperada resolución del conflicto –que no desvelamos– afianza la tesis general del relato, que quizás no sea otra que la integración de contrarios. Tal como anunciaba el título original en alemán («gleich-ungleichen»), se recuperará la igualdad inicial (las dos torres gemelas, que abren y cierran el relato de la historia, serán símbolo y testimonio para la posteridad). De manera similar a Virata, en Los ojos del hermano eterno, Helena y Sophia culminarán su destino alejadas del mundanal ruido, en el ámbito del silencio y la privacidad. Sólo así es posible, quizás, la delicada operación de vencer las contradicciones para reintegrarse en el todo.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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En Ronda. Cartas y poemas, de Rainer Maria Rilke

La excelente introducción de Anthony Stephens con que se abre este volumen de Pre-Textos (traducida por Mariano Peyrou) nos sitúa en la altura idónea para disfrutar de una perspectiva perfecta de los textos y poemas que figuran a continuación. Las cartas ya pudimos leerlas hace años en la rigurosa y anotada edición completa del Epistolario español ofrecida por Jaime Ferreiro Alemparte, en Espasa. Ahora podremos disfrutarlas una vez más en una reciente traducción (de Juan Andrés García Román y Manuel Arranz), y acompañadas de todos los poemas y textos escritos por Rilke durante su estancia rondeña, lo que enriquecerá enormemente nuestra lectura. Para mayor gozo, se acompaña esta atractiva edición con un escogido álbum fotográfico de la ciudad.

En su viaje por España (entre 1912 y 1913) dos ciudades marcaron su huella en Rilke, Toledo y Ronda. Aunque la impresión más profunda la recibiera en la ciudad del Tajo, fue precisamente en Ronda donde pudo encontrar mejor acomodo la complicada personalidad del artista. Como es habitual en Rilke, las impresiones recibidas tardan en ocasiones mucho en fructificar. En el caso de Toledo, el poeta se vio abrumado por la presión de un escenario imparangonable, de un peso histórico y artístico enormes (singularmente, El Greco), que pareció reducirlo a mudo espectador: los réditos no vendrían hasta después. En Ronda, sin embargo, en un medio más anónimo, menos cargado de historia y de expectativas (un «lienzo en blanco», según feliz expresión de Anthony Stephens), aunque no menos espectacular y sugerente, Rilke alumbró algunos poemas de gran trascendencia, poniendo fin a un periodo de esterilidad creativa que se extendía desde comienzos de año. «Al ángel», «La trilogía española», el esbozo de su «Sexta elegía», «El espíritu Ariel», son sólo algunos de los poemas compuestos en Ronda, los más significativos para su ulterior evolución artística. Alegra pensar que durante unas semanas el poeta pudo sentirse de nuevo «como arrodillado» en el desempeño de su tarea lírica. En cuanto a las cartas escritas en Ronda, los destinatarios son algunos de sus habituales corresponsales: Lou Andreas-Salomé, la princesa Marie von Thurn und Taxis, Anton Kippenberg (su editor), la escritora Annette Kolb o la baronesa Sidonie Nádherný. Este poeta tan poco avezado para la vida práctica, tan necesitado de mecenazgo (con la poesía es imposible hacer pan, aseguraba), no se relacionaba con cualquiera. Aparte del relato de sus vivencias en Toledo y en Ronda, en casi todas las cartas reaparecen sus temas habituales: la soledad, la preocupación por su maduración poética, su agónica falta de creatividad, sus planes para un futuro más pleno (la nouvelle opération), su delicada salud (un malade imaginaire ?), sus lecturas (entre ellas, unas bellas palabras sobre Stifter)… No importa que en ocasiones se repitan algunas ideas (como su decepción sevillana); lo importante es que, fascinados por su prosa, esperamos en cada nueva línea ver surgir la imagen que nos ilumina el corazón. Rilke nunca nos decepciona, pues todo lo que toca –todo lo que ve– lo transforma en poesía. ¿Acaso Ronda no es un poema suyo?

Resalta Anthony Stephens lo significativo de que Rilke ocultara a sus corresponsales, incluso a los más íntimos, la noticia de su fecundidad creativa, el alumbramiento de poemas tan extraordinarios como «La trilogía española». Quizás el artista los consideraba el primer paso de un algo nuevo, de perfiles todavía imprecisos, brotes aún no maduros que era preciso proteger de la fría curiosidad ajena. Pero en cualquier caso, testimonio también de su especial personalidad, que tanto gustaba del distanciamiento y la soledad («…estos días atrás he estado hablando mucho con él [un hermano del conde de Vilallonga. Quizás pasara la fiestas navideñas con su familia]. Y ya conoce usted cómo la intensidad de las relaciones humanas supone para mí un enorme gasto de fuerzas que casi llega a minar mi salud… Así es como también esta vez acabé con los nervios roídos»). Quizás la soledad de que pudo gozar Rilke en Ronda no sería ajena a su fecundidad poética. Allí  debió sentirse a sus anchas, disfrutando de un paisaje excepcional, en una estación del año libre de turistas, y casi único residente del hotel Reina Victoria: un moderno establecimiento fundado por los ingleses y de una comodidad desconocida en España. Es verdad que Rilke se lamenta de su carácter impersonal; pero la mala salud que padece (uno de sus frecuentes leit-motiv), la incómoda experiencia toledana que acaba de sufrir, junto con el riguroso clima rondeño, le desaconsejan alquilar un alojamiento con más color local. Es tanta su satisfacción por el escenario (y por la comodidad del hotel), que en repetidas ocasiones le recomienda a su amiga Sidonie, la baronesa, que lo visite; aunque luego, cuando ella se muestre dispuesta a correr la no pequeña aventura de presentarse en Ronda, el poeta la disuada sin muchos miramientos: «el estar solo se me presenta tan atractivo que no puedo sino olvidarme de todo lo demás». Hemos de convenir en que una compañía inoportuna espanta al Ángel.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Rumorea el arroyo y a ti (que lo oyes) / te ignora. Y tú le endosas / tus quejas al aire: el que se tuerce por los puros días, / los que tú no posees, / a los que tú no estorbas» (traducción de Juan Andrés García Román)

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