Alpiste para codornices [y otros] cuentos, de Saki

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido literariamente como Saki, fue un escritor británico nacido en Birmania, país donde su padre desempeñaba el puesto de oficial en la policía imperial. Huérfano a los dos años, se trasladó junto con sus hermanos a Inglaterra, donde se educó bajo la supervisión de una abuela y dos tías paternas. Tras una corta experiencia profesional en el cuerpo de policía de Birmania, Saki regresó a Inglaterra en 1896, desarrollando desde ese momento una intensa actividad periodística y literaria. Alistado como voluntario en los Royal Fusiliers, murió en 1916 defendiendo el frente francés. Aparte de sus artículos periodísticos, Saki escribió novelas, teatro y, de manera singular, relatos breves. Aunque no falta la variedad en sus cuentos, comparten todos un mismo humor ácido -en ocasiones negro-, que tiene como principal objeto de burla la clase media victoriana: sus incongruencias, defectos morales, ridiculeces… Sus relatos cortos, que vieron la luz en diversas publicaciones periódicas, fueron recopilados a partir de 1904 en seis volúmenes (los dos últimos, póstumos). Aunque existen numerosas ediciones de Saki en nuestro país, Alianza lanza ahora una nueva y atractiva antología, recopilada, traducida y anotada por Arturo Agüero Herranz: diecisiete cuentos que trazan un completo panorama de los diferentes registros humorísticos del escritor británico.

Los dos primeros relatos, «La reticencia de Lady Anne» y «Gabriel-Ernest», representan ejemplarmente el lado más negro y macabro de su humor. En «Gabriel-Ernest» se anuncia además un rasgo recurrente en la narrativa de Saki, el uso del componente fantástico como potenciador o desencadenante del humor. Este elemento fantástico, que enfrenta a los protagonistas con situaciones alejadas de su limitado horizonte burgués, alcanza una especial eficacia en el célebre relato «Tobermory», donde un gato que ha aprendido a hablar siembra el pánico entre los invitados de Lady Blemley, que temen que sus secretos e hipocresías queden al descubierto. La psicología infantil es otra fuente inagotable de comicidad para Saki, que disfruta contraponiéndola a la mentalidad anquilosada y llena de trabas morales de sus mayores. Invariablemente, los niños resultan vencedores, consiguiendo en ocasiones invertir su papel de víctimas en verdugos. «Sredni Vashtar», uno de los relatos más famosos -y donde el humor negro y la fantasía se dan la mano-, tiene como protagonista a un niño atormentado por una tutora maniática y de perfiles sádicos. Un tejón se erigirá en divinidad vengadora de sus ofensas. En «La ventana abierta» -otro de sus cuentos más celebrados- admiraremos el virtuosismo de una joven mentirosa compulsiva, que logra aterrorizar a un visitante desprevenido. Desarrollado en un vagón de ferrocarril, «El narrador de cuentos» pone de nuevo en evidencia la superioridad imaginativa de los niños, que escogen invariablemente los relatos «inapropiados» del pasajero desconocido, y rechazan, por bobos y previsibles, los de la tía que los acompaña. «El trastero» tiene también como protagonista a uno de esos infantes díscolos e inteligentes que tanto sacan de quicio a sus mayores. Su prodigiosa imaginación le permitirá sortear con éxito una difícil tarde de castigos, tomándose incluso una venganza sobre la tía de turno (aunque no tan cruenta como la de «Sredni Vashtar»). En todos estos relatos resulta tentador ver un reflejo de la proverbial rigidez educativa británica, que bien pudo sufrir en sus carnes el propio autor (educado por dos tías solteronas e intransigentes). El snobismo británico de las clases medias, las cómicas incongruencias a que da lugar su comportamiento hipócrita o rutinario, son también cantera inagotable para Saki. En «La cura de inquietud» contemplamos el desarrollo de una desaforada inocentada, tejida para sacudir la monótona existencia de una pareja de hermanos solterones. Las rivalidades ridículas entre mujeres desocupadas y snobs tienen también su cómico retrato en «El tigre de Mrs. Packletide». En esta misma línea podríamos situar el relato que da título a la colección, «Alpiste para codornices», donde se satiriza la paleta curiosidad por la vida de las clases superiores, que es aprovechada por un avispado tendero para llenar su comercio de clientes. Tanto en «El Brogue» como en «Las siete jarras de crema» se narran los terribles aprietos que se sufren para salir con bien de una situación propiciada por un comportamiento deshonesto o hipócrita. En el primer caso, un caballo de malas costumbres ha sido vendido fraudulentamente a la persona menos adecuada, un potentado que desposará -si el caballo no lo mata antes- a una de las hijas del vendedor. «Las siete jarras de crema» es otro divertidísimo cuento de enredo en torno a un caso de cleptomanía, erróneamente atribuida al miembro más respetable de la familia. Antes que reconocer su equivocación, Mrs Peter no dudará en acusar a su propio esposo de cleptómano. Las ansias burguesas de una vida pacífica en el medio rural -otro tema muy inglés- se reflejan en «La paz de Mowsle Barton», un relato de corte fantástico y paródico donde no faltan ni hechizos ni brujas. No muy diferentes son los relatos donde se satirizan, de manera muy exagerada, determinadas actitudes propias del mundo del arte. Así, en «El soporte», se exponen los apuros que sufre el desafortunado portador de un tatuaje genial, considerado «patrimonio nacional», y en «El buey engordado», las servidumbres de un pintor encasillado en temas bovinos. «Los intrusos» es uno de los cuentos más inclasificables del libro, quizás una parodia del género gótico. En fin, la colección se cierra con un relato muy diferente a todos los anteriores, «La imagen del alma perdida», un emotivo ejercicio de juventud en la estela de Oscar Wilde.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Era su costumbre, cada vez que uno de los niños caía en desgracia, improvisar alguna cosa de naturaleza festiva de la cual el infractor sería rigurosamente excluido; si los niños pecaban de modo conjunto, de repente se les comunicaba que había llegado un circo a la ciudad vecina, un circo de incomparable mérito y con un sinfín de elefantes, al que, de no ser por su perversidad, les habrían llevado ese mismo día.» («El trastero», en la traducción de Arturo Agüero Herranz)
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Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón, de Lafcadio Hearn

No son pocas las traducciones de Lafcadio Hearn (1850-1904) con que contamos en nuestro país, pero hasta la fecha no se había acometido una edición tan amplia como la que ahora nos propone Valdemar. Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón reúne medio centenar de relatos extraídos de los principales libros del autor, escritos durante su etapa japonesa, entre 1899 y 1903. Nacido en la isla griega de Léucade, de padre irlandés y madre griega, Hearn arrastró una azarosa vida de periodista itinerante, hasta anclarse definitivamente en el archipiélago japonés en 1890. Profesor de inglés en diversas escuelas de enseñanza media y en la Universidad de Tokio, se casó en 1891 con la hija de un samurái empobrecido, y terminó adoptando la nacionalidad nipona (con el nombre de Koizumi Yakumo). Aunque se ha discutido mucho sobre el grado de «autenticidad» que pudo alcanzar Hearn en su retrato del «alma japonesa» (nunca llegó a dominar la lengua de su país de adopción), nadie dejará de reconocer su importante papel de precursor y divulgador, así como la excepcional calidad e interés literario de sus textos. Una inmejorable ocasión, pues, para releer sus cuentos más conocidos y descubrir otros que permanecían inéditos en castellano. La edición de Valdemar cuenta con las traducciones de Marián Bango, que ha anotado y seleccionado los textos, y se abre con un amplio y ameno estudio preliminar de Jesús Palacios.

De los dos primeros libros seleccionados, En el Japón fantasmal (1899) y Sombras (1900), se han recogido solo los textos narrativos de ambientación japonesa, excluyéndose los ensayos y las recopilaciones de poemas (Satori ha publicado ediciones íntegras de los dos libros). «Un karma pasional» es uno de los relatos más extensos y memorables, adaptación de una terrorífica pieza de teatro kabuki. Un amor procedente de la tumba persigue al protagonista en un admirable crescendo de horror. En «Ingwa-Banashi» volvemos a contemplar los efectos de un karma negativo, tema muy japonés que reaparece con frecuencia en los libros de Hearn. Los celos de la moribunda esposa de un daimio perpetrarán sobre la joven concubina Yukiko una cruel y macabra venganza. Por contra, en «La reconciliación», el intenso patetismo de la historia -la de una esposa injustamente abandonada y la imposible reparación de la falta- se impone sobre el propio horror del desenlace. Uno de los relatos más emotivos y sobrecogedores. En «La doncella del cuadro», el joven estudiante Tokkei hará lo imposible para dar vida a la bella muchacha pintada en un viejo biombo de su propiedad. Una curiosa versión japonesa del mito occidental de Pigmalión, no carente de una suave ironía («Si alguna vez te comportas mal conmigo -respondió ella-, regresaré al cuadro»). «La compasión de Benten» es otra idealizada y fantástica historia de amor, desencadenada por el hallazgo casual de una caligrafía femenina, cuyos primores harán perder la cabeza a Baishū, otro estudiante imaginativo y enamoradizo.

Creo que los dos siguientes libros, Miscelánea japonesa (1901) y Kotto, curiosidades japonesas con diversas telarañas (1902), estaban inéditos en nuestra lengua. Yo, al menos, solo los conocía parcialmente, a través de algunos relatos recogidos en el Kwaidan de Siruela y en la antología de Armando Vasseur ( Fantasmas de la China y del Japón, Espuela de Plata). Los asuntos de las dos colecciones son tan fantásticos como variados: promesas que obligan a volver del más allá, pinturas que cobran vida, reencarnaciones, espíritus nocturnos que imponen una prueba («La historia de Umetsu Chūbei») u obran una peligrosa seducción sobre el incauto joven que no sabe resistirse a su hechizo («La historia de Chūgorō», protagonizada por una maléfica hada-sapo). En «La leyenda de Yurei-Gaki» se nos narra el terrible castigo que sufren los incrédulos que osan enfrentarse a los poderes sobrenaturales, como esa madre que, para ganar una apuesta, visita de noche, con su bebé a las espaldas, la encantada cascada que da nombre al relato. Tampoco faltan en Kotto apariciones fantasmales, de vivos o de muertos, que ejercen una involuntaria venganza («Ikiryō») o retornan del más allá para testificar contra una injusticia («Shiryō»). Tanto «La historia de O-Kamé» como «De una promesa rota» (Miscelánea japonesa) tienen como protagonistas a una esposa difunta que no se resigna a ser olvidada en beneficio de unas nuevas nupcias. Los karmas negativos originarán, en el primer caso, un episodio de vampirismo, y en el segundo, una brutal e injusta represalia sobre la nueva esposa. Si las leyendas tienen algo de cierto, las segundas esposas lo tienen difícil en el Japón.

Pero el libro más famoso y notable de Hearn es Kwaidan: historias y estudios sobre cosas extrañas (1903), obra de la que se han hecho numerosas animaciones y películas, algunas de gran interés, como la de Masaki Kobayashi (Kwaidan, 1964, con música Toru Takemitsu). La edición de Valdemar recoge la práctica totalidad de los relatos, con la excepción del titulado «Hi-Mawari», cuyo argumento -una evocación de la infancia galesa del autor- apunta más a la tradición celta. Todos los relatos del libro son magistrales en su brevedad, originalidad y sugerencia. Uno de los más famosos es el que abre la colección, «La historia  de Mimi-Nashi Hōichi», o las tribulaciones de un bardo ciego obligado a amenizar las espectrales reuniones de los guerreros Heiké. «La historia de O-Tei» constituye, por contra, una romántica historia de amor en la estela de «Morella» o «Ligeia» de Poe, un escritor al que Hearn admiraba. A diferencia de otras esposas difuntas, cuyos espíritus insatisfechos provocan episodios horrendos y macabros, el intenso amor de O-Tei se resuelve en una afortunada reencarnación que reúne de nuevo a los felices esposos. «Jikininki» y «Rokuro Kubi» son dos de los relatos más espeluznantes de Hearn, auténticos cuentos de horror protagonizados por devoradores de cadáveres y repulsivas cabezas voladoras, cuentos en la línea de «El jinete de cadáveres», de Sombras. «Mujina» es también un cuento de espectros, pero con más humor que terror. Su inesperado final le otorga el carácter de una pesadilla. Otra historia inolvidable recogida en el Kwaidan es la de «Yuki-Onna», el  inflexible espíritu femenino de la nieve, al que no se le ocurre mejor manera de poner a prueba la discreción de un sufrido mortal que tomándolo por esposo… Este célebre cuento ha dado lugar a numerosos filmes y animaciones niponas. En fin, no faltan tampoco en el Kwaidan historias de sueños fantásticos, reencarnaciones, espíritus atormentados ni otras muchas maravillas del fantastique japonés que deleitarán al lector.

Se cierra la edición de Valdemar con una selección de los Cuentos populares japoneses (1918), una antología de diversos autores (Chamberlain, Hearn, Grace James…) publicada muchos años después de la muerte de nuestro autor (hay una edición completa en Ediciones del Viento: El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses). De los siete cuentos recogidos por Valdemar, solo dos pertenecen con seguridad a Hearn: «La araña duende» y «La anciana que perdió sus tortas». Entre los restantes es también posible encontrar historias estupendas, como la famosísima «Urashima», o «El espejo de Matsuyama».

Para terminar, citaré una obra especialmente cautivadora de Hearn, El romance de la Via Láctea (The Romance of the Milky Way and other studies and stories), obra póstuma de 1905 (reeditada recientemente en Barataria), que incluía una deliciosa colección de textos y poemas titulada «La poesía de los fantasmas». Los inevitables criterios de selección adoptados por Valdemar han motivado seguramente la exclusión de esta obra, que tiene un contenido esencialmente poético. Una obra, en cualquier caso, que completaría la lectura de esta magnífica edición que acabamos de comentar.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Existen muchas historias que demuestran que las pinturas realmente magníficas tienen alma. Es bien sabido que, en cierta ocasión, Hōgen Yenshin pintó sobre unos paneles deslizantes unos gorriones que salieron volando, dejando en blanco los espacios que hasta entonces habían ocupado en la superficie. También es ciertamente conocido que un caballo pintado en cierto kakemono salía todas las noches a pastar.» («La historia de Kwashin Koji», en la traducción de Marián Bango)
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De camino a Oku y otros diarios de viaje, de Matsuo Bashō

Los seguidores de este poeta andariego y filósofo, Matsuo Bashō (1644-1694), están de enhorabuena. En los últimos meses se han reeditado en nuestro país dos excepcionales traducciones del más famoso de sus libros de viaje, Oku-no-Hosomichi. Atalanta rescató el año pasado la exquisita -y bastante libre- versión de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya (Sendas de Oku), y la editorial Hiperión ha reeditado la no menos apreciable -y más ajustada al original- de Antonio Cabezas (Senda hacia tierras hondas). Ahora Olañeta, con el libro que tenemos entre manos, nos presenta una nueva versión de Jesús Aguado, De camino a Oku y otros diarios de viaje, que completa tan halagüeño panorama ofreciéndonos los restantes diarios del japonés, inéditos hasta la fecha en nuestra lengua. Son textos de menor extensión y calado que Oku-no-Hosomichi, pero de similar significado y configuración: esa estimulante mezcla de prosa y haikus que constituye el género denominado haibun, y en el que alcanzó tan elevada maestría el pincel de Bashō. Aunque no han sido traducidos directamente del japonés, Jesús Aguado ha realizado una amplia colecta de traducciones a otras lenguas europeas y destilado unas versiones en castellano convincentes y de notable belleza, que se leen con deleite. Los textos, anotados con eficacia y parquedad, vienen precedidos de una breve introducción, una detallada cronología y un repertorio bibliográfico.

Nada diré del diario más famoso de Bashō, De camino a Oku, texto del que ya me ocupé en este mismo blog cuando reseñé la versión de Octavio Paz, Sendas de Oku. De los restantes, el más antiguo es Recuerdos de viaje de un demacrado saco de huesos (1684), crónica de un periplo que le llevó a visitar -entre otros muchos lugares- su aldea natal. El título alude con humor a la dureza de unos viajes, a pie y con la impedimenta justa, abordados por un poeta que tiene ya cumplidos los cuarenta. Una circunstancia sobre la que el poeta medita con frecuencia (en este y en otros viajes), y en la que, no obstante su temor expreso a perecer en ruta, parece regodearse «estoicamente». A este respecto no está de más recordar que los grandes poetas que podían servirle de modelo, como Saigyō, Li Bai o Tu Fu murieron «con las botas puestas» (como a la postre le ocurriría al mismo Bashō, en Osaka, en el transcurso de su postrera peregrinación). En este primer diario los haikus no están aún plenamente integrados en el texto, y tienden a acumularse al final del libro. De los restantes diarios, el más extenso es Diario de mi mochila (1687), testimonio de un largo viaje por tierras de Nagoya, Yoshino y Nara. Un texto que se inicia con las fiestas de despedida brindadas por sus discípulos y amigos, y finaliza con la visita al dramático escenario de la famosa batalla en que fue exterminado el clan Heike (protagonista del monumental Heike Monogatari). Entre medias, meditaciones inducidas por la contemplación de un templo budista en ruinas, visitas a fuentes y montañas, rústicos albergues, encuentros inesperados, los cerezos en flor a la luz de la luna… y muchos haikusDiario de Saga, de 1691, da testimonio de la estancia del poeta en la Casa de los Caquis Caídos, en Saga, un bucólico albergue cedido por su discípulo Kyorai. Es la única bitácora ordenada por fechas (de mediados de mayo a principios de junio), y constituye ante todo un canto a la bendita soledad del poeta y del sabio. Las caminatas, fatigas, visitas y encuentros casuales que jalonan los otros diarios dejan paso aquí a las lecturas, la meditacion (sobre el sueño y sobre la soledad), la escritura, la observación de los fenómenos naturales (como la lluvia y el granizo), así como a las cartas y visitas de amigos -no siempre oportunas- a las que es preciso atender. Diario de gran belleza y profundidad, que se cierra con el sentimiento nostálgico que induce en el poeta la partida, la pérdida del refugio. Los dos restantes diarios, compuestos en 1687, son muy breves y disponen todos los haikus al final. En el Diario de Kashima veremos a Bashō ponerse en camino, acompañado de un samurai y un monje peregrino, con el propósito de contemplar la salida de la luna sobre el famoso santuario. Una noche lluviosa no impedirá la habitual cosecha de haikus. Una visita a la aldea de Sarashina, no obstante su brevedad, es uno de los textos más atractivos. El objetivo del viaje es también contemplar la salida de la luna, pero ahora sobre el monte Obabute, donde antaño -según la leyenda- se abandonaba a los ancianos de las aldeas circundantes para que murieran. Una vertiginosa travesía de montaña a lomos de una cabalgadura insegura y unas copas modestas, con la que se brinda a la belleza de la luna, darán ocasión para sendas lecciones de filosofía.

Se cierra el volumen con una interesante colección de textos breves, compuestos entre 1681-1693,  que en su mayoría parecen hojas arrancadas de un diario de viaje. Inferiores a una página en extensión, mezclan casi todos la prosa con el haiku. Algunas de estas estampas ofrecen simples variantes de los diarios mayores, como «Matsushima» o «Una piedra legendaria», que nos remiten a De camino a Oku. En «Informe acerca de la luna sobre el monte Obabute en Sarashina» se nos amplía la leyenda de los ancianos abandonados, apenas insinuada en el diario correspondiente. En fin, otros textos gozan de mayor autonomía, y no parecen estar directamente relacionados con ningún viaje, como es el caso de los relativos a la vida retirada, o el curioso texto «Hacer un sombrero».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Cuando llegó la noche encontramos albergue en una humilde cabaña. Mi cabeza rebosaba de impresiones y de poemas a medio componer. Encendí una lámpara, me tumbé en el suelo y saqué el pincel, la tinta y un pedazo de papel. En mi esfuerzo por fijar las experiencias del día, gemía y me golpeaba la cabeza con las manos. Un sacerdote, al verme así, pensó que me estaba quejando por la dureza del viaje y se acercó para confortarme. Entonces comenzó a hablar sin parar contándome las innumerables peregrinaciones emprendidas durante su juventud, y relatándome parábolas extraídas de los libros sagrados e historias de milagros de los que él había sido testigo. No hubo manera, por tanto, de que pudiera escribir un solo verso.» (Una visita a la aldea de Sarashina, 1687, en la version de Jesús Aguado)
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El judaísmo en la música, de Richard Wagner

No parece necesario advertir que el valor intrínseco de este panfleto de El judaísmo en la música (publicado por vez primera en 1850 bajo seudónimo) es prácticamente nulo. Esto no quita, desde luego, que su lectura y estudio adquiera un interés considerable a la hora de enjuiciar la personalidad de su autor, Richard Wagner (1813-1883), así como las ideas antisemitas, corrientes en su época, a cuyo amparo pudo nacer y prosperar, y en las que se inserta con el carácter de un hito de considerable trascendencia. El hecho de que Wagner lo reeditara años después (1869) bajo su verdadero nombre, y luego lo incluyera en sus Obras reunidas (1873), bastaría para certificar que su antisemitismo no fue ocurrencia pasajera. También es cierto que parecidas ideas a las que se muestran en este libelo reaparecen en otros escritos suyos, alcanzando además una gran virulencia durante sus últimos años de vida. Recordemos que el genial compositor de Leipzig tuvo ambiciones intelectuales y literarias, y -aparte de escribir sus propios libretos- fue autor de un puñado de importantes textos teóricos sobre el género operístico: Arte y revolución, La obra de arte del futuro y Ópera y drama. Pero nunca llegó a ser un escritor de primer orden -como puede confirmarse con la lectura del presente opúsculo-, y los versos de sus óperas solo se salvan por la música. El que hoy en día leamos El judaísmo en la música con una inevitable mezcla de disgusto e hilaridad no debe hacernos suponer que en su tiempo fuera desestimado o tomado en broma; de ahí la conveniencia de releerlo con una actitud crítica. Debemos congratularnos, pues, de que Hermida editores ponga a nuestro alcance esta magnífica edición del texto, traducido, prologado y anotado con singular acierto y profundidad por Rosa Sala Rose. Su buen hacer no solo define la obra en un amplio contexto ideológico y artístico, sino que también nos guía durante su lectura, arrojando luz sobre las contradicciones, falsedades y medias verdades que tanto salpican el discurso wagneriano. Admitamos que sobre estas producciones nefastas del pensamiento humano obran mejor las luces que las sombras: la oscuridad las mitifica; la claridad evidencia sus imposturas y debilidades, reduciéndolas a su justo valor. Ya lo decía Goethe: Mehr Licht!

Justifica Wagner su libelo como una legítima defensa ante las maniobras hostiles de un supuesto lobby judeomusical, al que responsabiliza del mal recibimento de sus obras en los medios críticos europeos, y especialmente alemanes. Muchas de las ideas expuestas en el texto no son, desde luego, originales (como las descalificaciones sobre la apariencia externa de los judíos o su manera de hablar). Escritos antisemitas ya existían antes, pero la novedad que aporta el panfleto wagneriano es la de extender el prejuicio racista al terreno de la música. Conviene señalar que las críticas se dirigen contra el «judío cultivado», el músico que ha intentado asimilarse al «medio cristiano» (convirtiéndose o no) sin conseguirlo plenamente. Su incapacidad artístico-musical vendría dada -siempre según Wagner- por su incompleta integración en el nuevo estado: alejado de sus raíces vernáculas, pero sin integrarse en las nuevas, carecería de una conexión con la base popular, el único medio capaz de fertilizar el discurso artístico. La presencia tan notable de judíos en los ambientes musicales contemporáneos (compositores, intérpretes, críticos…) se explicaría por la descomposición generalizada de la música tras la muerte de Beethoven, debilitamiento que ha posibilitado la entrada de elementos extraños. Partiendo de estos engañosos supuestos, Wagner intenta rebajar y deslegitimar no solo a compositores tan insignes como Mendelssohn y Meyerbeer, sino también a escritores de la talla de Heine o críticos musicales como Hanslick (quizás su rival más conspicuo en el terreno ideológico). Aunque en ningún momento llega Wagner a citar a Meyerbeer de manera explícita, parece fuera de toda duda que el compositor berlinés (afincado en París desde 1831) era el principal destinatario del panfleto, gestado seguramente durante la difícil estancia parisina de Wagner, entre 1839 y 1842. Si bien parece cierto -por lo que sabemos- que Meyerbeer ayudó desinteresadamente al compositor sajón en varias ocasiones, también es muy probable que los prejuicios antijudíos de Wagner se vieran exacerbados por su relación subordinada con el aclamado compositor, perteneciente a una acaudalada familia de banqueros judíos. Pero, más allá de todas estas mezquinas rivalidades entre músicos, lo más estremecedor del texto se manifiesta en las soluciones propuestas por Wagner al problema judío, en las que baraja conceptos tan inquietantes como el de Untergang («hundimiento») o especula sobre una eventual expulsión masiva. Y es que para nosotros parecen prefigurar la ominosa trayectoria del antisemitismo más radical. En fin, es probable que un cierto cansancio y hartazgo nos acompañe en las últimas páginas del opúsculo, reducidas a la repetición machacona de los delirios persecutorios del compositor, y donde se hace dolorosamente patente su ciega vanidad, su incapacidad para encajar sus contratiempos artísticos con una mínima objetividad.

Leyendo este panfleto, contrastándolo con la seductora belleza de la música wagneriana, he recordado un texto de George Steiner, «El escándalo del libro» (en El silencio de los libros). El humanista reflexionaba allí sobre la espantosa contradicción que supone, en algunas sociedades evolucionadas, la coexistencia de unas elevadas cotas de desarrollo cultural con el ejercicio, desde el poder institucional, de las mayores brutalidades sobre la población indefensa; la pasividad o complicidad de algunos intelectuales con los excesos de determinados regímenes políticos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña, revisada y ampliada, ha sido publicada en el libro Razón de música (2026) de Ápeiron Ediciones

«Hasta los tiempos de Mozart y Beethoven, habríamos buscado en vano a un compositor judío. Un elemento totalmente ajeno a este organismo vital jamás habría podido participar de su crecimiento. Sólo cuando se hace patente la muerte interior de un cuerpo, los elementos extraños adquieren la fuerza necesaria para apoderarse de él, aunque sólo para descomponerlo. Entonces su carne se deshace en una pululante miríada de gusanos. Pero al verlos, ¿quién consideraría aún vivo al cuerpo del que se nutren?» (traducción de Rosa Sala Rose, para Hermida editores)
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Viaje a Rusia, de Stefan Zweig

En septiembre de 1928 Stefan Zweig (1881-1942) emprende viaje a Rusia, país en el que permanecerá durante dos semanas, integrado en la delegación de escritores austriacos asistentes a la celebración del centenario del nacimiento de Tolstói. Como otros muchos intelectuales y escritores de su tiempo, Stefan Zweig cumple así un deseo largamente acariciado, el de conocer de primera mano ese inmenso país donde se están gestando cambios tan formidables y  trascendentales. El escritor era bien conocido en Moscú (su libro sobre Tolstói, según nos cuenta, «se vende en todas las esquinas»), y el mismo día de su llegada -tras un largo y agotador viaje- se vio obligado a improvisar una conferencia sobre Tolstói en la Ópera de Moscú, ante una nutrida asistencia de público y medios de comunicación que incluían cámaras cinematográficas. El escritor salió tan satisfecho de su actuación como de sus oyentes: «¡Es maravilloso, ese magnífico público! En nuestra tierra sería imposible encontrar un auditorio tan atento.»

El libro que hoy reseñamos, Viaje a Rusia, crónica y testimonio de esa experiencia, se abre con un puñado de cartas escritas por Zweig a su mujer Friderike («Fritzi») en los primeros días de viaje. Son textos que resumen y anticipan el intenso programa de actividades que llenarán esas dos semanas: conferencias, actos conmemorativos, visitas a escritores e intelectuales (Boris Pilniak, Gorki), conciertos (Eugene Onegin), viajes (Moscú, Tula, Yásnaia Poliana, Leningrado)… Resulta estimulante leer estas cartas tan espontáneas, escritas a vuela pluma bajo la fascinación y el entusiasmo por un «mundo inédito» al que acaba de arribar y que tanto le deslumbra. Pero el texto principal del libro es el titulado específicamente «Viaje a Rusia»: medio centenar de páginas donde Zweig traza un animado y completo resumen de su experiencia, una síntesis perfecta de observación y reflexión, atenta a los más variados aspectos de la vida rusa: desde los trámites de aduana a los monumentos y museos de Moscú y Leningrado, de la animación popular de calles y plazas al abandono de los comercios, de la fascinación que ejerce sobre el pueblo la «momia» de Lenin a la tolerada devoción ante la Virgen de la Plaza Roja… Resalta Zweig el heroísmo de los intelectuales rusos, que sufren la escasez de vivienda soportando la penuria de vivir arracimados, sin apenas espacio para trabajar con independencia. Así le ocurre a Eisenstein, que, recluido en una pequeña habitación, ve amontonarse sobre su mesa una docena de telegramas enviados desde Hollywood ofreciéndole miles de dólares (que el cineasta rechaza) para trabajar en América. Esta es la admirable y ejemplar actitud que Zweig extiende a la pluralidad de intelectuales rusos: su compromiso sincero con los cambios revolucionarios. La visión del escritor no es, por lo tanto, negativa, sino más bien de expectación. Todavía el régimen de Stalin no ha alcanzado el grado de endurecimiento de años posteriores, que modificará también su percepción, volviéndose más crítica. Por el momento se conforma con ser testigo y no juez, y no le duelen prendas en alabar cuanto le parece meritorio, como el incremento exponencial de los fondos de los museos públicos, acrecidos con los millares de obras maestras requisadas a los coleccionistas particulares, que el pueblo llano contempla con un respeto casi religioso. Como era de esperar, Zweig manifiesta un especial interés por la vida literaria rusa, y así lo testimonian su cordial encuentro con Gorki, la visita a una tertulia de jóvenes escritores soviéticos o su elogiosa valoración del teatro ruso. Pero las notas más emotivas se alcanzan en el homenaje al autor de Guerra y paz, y de manera particular en la visita a Yásnaia Poliana. La sobriedad del hogar de Tolstói, la sencillez de sus enseres domésticos, la acumulación de pequeños objetos cargados de historia y significado conmueven profundamente al escritor austriaco.

Este interesantísimo libro, que nos propone la editorial madrileña Sequitur, se completa con otros tres textos relacionados con el viaje: un breve apunte de ese mismo año referido a Tolstói, «La tumba más hermosa del mundo»; un ensayo de redacción posterior, «Tolstoi, pensador religioso y social» (1937); y un discurso compuesto unos meses antes del viaje a Rusia, «Conferencia en honor de Máximo Gorki» (1928).

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El tiempo y el espacio se miden, efectivamente, de otra manera que en Europa. Y de la misma manera que en seguida se aprende a contar en rupias y en kopeks, se aprende a esperar, a llegar con retraso, a desaprovechar el tiempo sin murmurar, y así, poco a poco, se acerca uno al secreto de la historia de Rusia y al misterio del ser ruso. Pues el peligro y la genialidad de este pueblo estriban, ante todo, en su inmensa capacidad de espera y en su fabulosa paciencia, tan grandes como el país mismo
«Y todos ellos leen sus versos en los cuarteles, hablan de literatura en las asambleas, guían a los campesinos por los museos. Visten como los obreros o campesinos, y ninguno de ellos tiene un smoking o un frac, y ninguno vive cómodamente, ni cobra lo que cualquier escritor europeo. Pero disfrutan del privilegio de contar con un público vastísimo, de no haber traicionado su carácter y de mantener relaciones fraternales con todo el mundo. ¡Envidiables privilegios!»
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El convento de Monsant, de Pío Baroja

El convento de Monsant (1916) es una breve y estimulante novela de aventuras, de singular sencillez y encanto, perteneciente al volumen sexto de la serie titulada Memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja (1872-1956). Un antepasado del escritor guipuzcoano, Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen (1792-1872), político y «conspirador» liberal, es el protagonista de esta dilatada saga aventurera, que se extiende a lo largo de veintidós volúmenes. Aunque suelen definirse estas Memorias como «novela histórica», sólo lo son en el particular modo que tenía Baroja de entender el género. En el caso concreto de El convento de Monsant, cuya acción transcurre durante la restauración absolutista de Fernando VII, en la denominada «Década ominosa» (1823-1833), Aviraneta sólo representa un papel secundario, y su identidad no se desvela hasta las últimas páginas.

Eugenio de Aviraneta (1792-1872)

En El convento de Monsant se nos relatan las peripecias de una aventura romántica: el rapto (o más bien liberación) de una joven recluida en un convento por la voluntad de un tutor autoritario e interesado. Una faena propia de liberales, desde luego, como lo son esa misteriosa triada de personajes que arriba de modo tan novelesco a la provinciana Ondara, una espléndida ciudad levantina emplazada a orillas del Mediterráneo. Procedentes de Grecia, de asistir al fin del mismísimo Lord Byron (su muerte en 1824 sería la fecha post quem para el desarrollo de la historia), deben extremar la cautela para no levantar sospechas en esa nueva España conservadora que todavía no ha terminado de ajustar cuentas a los héroes del trienio liberal… Así, veremos sobrevolar sobre todos ellos, sobre los liberales, la amenaza de «El ángel exterminador», una sociedad secreta ultraconservadora que pretendía restaurar, por medios violentos, la Inquisición y el absolutismo más extremo. Aunque la amenaza no llega a estorbar el remate de la aventura, sí se confirmará responsable del desarrollo ulterior de algunos acontecimientos, como se nos revelará en el epílogo: tres vibrantes epístolas (fechadas entre 1827 y 1831) que añaden un comentario filosófico a la historia y testimonian la viajera personalidad de Aviraneta. Este eco nostálgico de la aventura será el poso que nos quede a los lectores cuando, una vez concluida la historia, cerremos el volumen.

Siguiendo una acreditada convención narrativa, toda la novela es una crónica fiel de los hechos redactada por uno de sus principales protagonistas, Juan Hipólito Thompson, un inglés aventurero que acompaña a Aviraneta en sus correrías. Es comprensible, pues, que este extranjero no pueda ser un escritor relamido y pedante, hecho del que ya nos previene Baroja en su prólogo, y que también servirá de aviso al lector que pretenda encontrar en El convento de Monsant excesivos primores de estilo. Y es que los verdaderos aventureros no tienen ni tiempo ni ganas…

La editorial Caro Raggio, guardiana y difusora del legado de los Baroja, nos ofrece esta nueva y cuidada edición de El convento de Monsant, prologada por Justo Serna y adornada con una bella ilustración de cubierta, obra de Ricardo Baroja.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta el corazón, si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el fondo…» [Aviraneta dixit]
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Más allá del olvido, de Patrick Modiano

El último Premio Nobel de literatura, el francés Patrick Modiano (1945), es bien conocido en nuestro país, y gran parte de su obra lleva años traducida a nuestra lengua (basta con hojear el catálogo de Anagrama y Alfaguara para comprobarlo). En Francia, como no podía ser de otra manera, Modiano goza de una enorme popularidad, y esta novela en concreto, Más allá del olvido, me fue regalada hace unos días por un amigo francés que lo adora (y que desconfía de mi capacidad  para leerla en la lengua de Molière). Creo que Modiano es uno de esos felices autores que captan el interés del lector desde las primeras líneas, y saben mantenerlo despierto hasta el final. Más allá del olvido (Du plus loin de l’oubli, 1996) es una novela admirablemente construida,  narrada en primera persona por un personaje adulto que evoca -sin apenas intervenir ni juzgar- una historia de amor vivida en su juventud. Pero la novela no es solamente un romance, y la liaison del narrador con Jacqueline es solo una línea más, aunque cardinal, en la compleja polifonía del texto, que tiene su punto fuerte en el clima de misterio (en ocasiones, casi policíaco) que empapa todo el conjunto. Por otra parte, resulta admirable la sencillez con que Modiano nos impone a sus personajes (bastan algunos gestos, unas pocas palabras o una prenda de vestir para hacerlos revivir ante nuestros ojos), así como su habilidad para imprimir giros inesperados a la trama, que siempre nos pillan por sorpresa.

La amarga y desencantada visión existencial que subyace en Más allá del olvido viene determinada por una juvenil experiencia amorosa, evocada treinta años después por su principal protagonista: un veinteañero vendedor ambulante de libros antiguos que camufla su pobreza y desarraigo confundiéndose entre los estudiantes del barrio latino de París. El azar le pondrá en contacto con una enigmática pareja, Jacqueline y Gérard, asiduos visitantes de fin de semana a casinos y balnearios. Pero mientras Gérard gana dinero aplicando la estrategia  del «cinco neutro», Jacqueline, que se nos presenta como una joven delicada de salud y mal vestida, sueña con vivir algún día en Mallorca… Poco más sabemos de ellos, confundidos en el sfumato general que preside toda la novela, y donde los personajes entran y salen de escena velados siempre por un aura de misterio. La aparición de un inquietante y enigmático personaje, Cartaud, propiciará la resolución del triángulo que ha comenzado a fraguarse al compás de las ausencias de Gérard. Jacqueline se nos muestra entonces como una auténtica femme fatal, imponiéndole al protagonista la comisión de un delito que pondrá fin a su estancia parisina. Pero el Londres en que los dos jóvenes buscan ingenuamente su oportunidad se les mostrará pronto hostil y desolador, viéndose arrastrados hacia una nueva constelación de personajes estrambóticos y desarraigados. En esta ciudad desangelada, de fiestas continuas y vida parasitaria, el sueño de Mallorca comienza a desdibujarse, mientras que el protagonista (trasunto evidente de Modiano) parece encontrar su salvación en la literatura…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

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Antología de cuentos de la dinastía Tang

Con este nuevo volumen, la editorial Miraguano nos ofrece una amena e interesante recopilación de cuentos escritos bajo la dinastía Tang (618-907), privilegiado periodo de las letras chinas en que la narrativa de ficción alcanzó un primer y destacado florecimiento. Se trata de diez relatos escogidos, la mayoría de corte fantástico (chuanqi), que además de entretenernos con sus novelescas peripecias nos brindan la posibilidad de echar un vistazo a la variopinta sociedad china de finales del primer milenio. Aparte de las fabulaciones puramente fantásticas, donde conviven monstruos, divinidades y hombres, abundan en el libro las historias de amor, generalmente malogradas por una sociedad feudal que se muestra intransigente con las diferencias de clase. Casi todos los relatos seleccionados gozan de un ininterrumpido favor en la tradición cultural china, y algunos han sido objeto de reelaboraciones ulteriores: novelas, adaptaciones teatrales, cómic, óperas, películas…

Se abre la colección con «El Mono Blanco», un famoso relato anónimo que tiene como protagonista a un monstruoso simio, erudito y amante de las mujeres, que habita la inaccesible cima de una montaña. Rodeado de un harén de jóvenes raptadas, que renueva constantemente, encontrará su fin a manos de un esforzado guerrero que desea recuperar a su esposa. Dos barriles de vino y un punto vulnerable en su anatomía bastarán para poner término a su milenaria existencia. «Ren, la zorra encantada» (de Shen Jiji) es un bello cuento fantástico donde no faltan ni la casa encantada ni las jóvenes que se metamorfosean en animales. La figura de la protagonista, súmmum de belleza, discreción y generosidad, contrasta con los toscos personajes masculinos de la historia. Una buena parte de «La hija del Rey Dragón» (de Li Chaowei) transcurre en el fastuoso mundo subacuático de los dragones. Un pequeño servicio a una divinidad en apuros, la hija del Rey Dragón, reportará a Liu Yi la mayor de las recompensas. Resulta admirable la perseverancia de la princesa para hacerse con el amor de su indeciso y tibio paladín. En «La hija del príncipe Huo» (de Jiang Fang) asistimos a la tragedia de una joven seducida y luego abandonada en beneficio de un partido mejor. Sus grandes dotes físicas y morales no bastarán para compensar, frente a la encumbrada familia de su irresoluto amante, una posición social desfavorable. La «Historia del gobernador de Nanke» (de Li Gongzuo) es otro famoso cuento donde se combina la fantasía más exquisita con una lección moral de raíz taoísta. Todo es admirable en este relato, como esa carta del padre desaparecido que recibe el protagonista en mitad de su sueño. General en una remota e inaccesible frontera septentrional, el progenitor señala al hijo un plazo de tres años para el reencuentro, término que se cumplirá escrupulosamente en el mundo real. La fantasía se convierte así en ominoso vaticinio. La «Historia de Li Wa» (de Bai Xingjian) cuenta los atroces sufrimientos de un joven aspirante a funcionario imperial que se enamora de una cortesana. El posterior arrepentimiento de la taimada Li Wa pondrá un final feliz a la historia, permitiéndoles quebrantar las barreras sociales que los separaban. La superioridad de la joven cortesana sobre el tímido estudiante resulta abrumadora. La «Historia de Wushuang» (de Xue Tiao) es un relato de amor y fidelidad, de aventuras y turbulencias políticas, testimonio de los convulsos años finales del periodo Tang. En «El derrochador y el alquimista» (de Li Fuyan) asistimos a los dolorosos ejercicios de rehabilitación de un joven manirroto. Un ambicioso mago lo someterá a una espeluznante ordalía (¡una verdadera tortura china!) donde la «prueba del amor» resultará insuperable. «El esclavo Kunlun» (de Pei Xing) narra las fantásticas proezas de un esclavo para servir a su amo en la consecución de unos amores obstaculizados por un personaje encumbrado y tiránico. Finalmente, «El hombre de la barba rizada» (de Du Guangting) constituye un testimonio histórico del agitado periodo de transición entre las dinastías Sui y Tang.

Como es costumbre inveterada en esta colección de «Libros de los malos tiempos», el volumen viene acompañado de una simpática separata, donde Sebastián Gómez Cifuentes (responsable de la revisión y anotación de los textos) traza un sucinto resumen de la tradición literaria china, desde sus orígenes más remotos hasta el advenimiento de la dinastía Tang (618-907), así como un breve estudio de los cuentos seleccionados.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Al mirar hacia atrás, vio al caballo de Ren pastando en el borde del camino. Las ropas que ella vestía permanecían sobre la silla de montar, sus zapatos y medias aún colgaban de los estribos. Sólo los adornos y joyas que llevaba prendidos en el pelo aparecían desparramados por el suelo; todo lo demás había desaparecido. También su criada. Era como si se hubiesen evaporado.»
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Stadelmann, de Claudio Magris

Detrás de todo gran hombre hay en ocasiones un personaje insignificante pero indispensable; significativo sólo por su posición a la sombra del genio. Kant tuvo su Wasianski y su Lampe, Beethoven su Schindler, Byron su Polidori… Son personajes que alcanzan su momento de gloria a la muerte del genio, constituyéndose -por mera razón de supervivencia- en privilegiados testigos y albaceas de su legado. Alrededor de la figura de Goethe giraron numerosos satélites, de los que Claudio Magris (1939) ha escogido uno de los más interesantes, Carl Stadelmann, una especie de criado para todo, camarero y secretario privado, que acompañó a Goethe en muchas de sus salidas científicas y se interesó por temas tan dispares como la geología, la mineralogía o la teoría de los colores. Stadelmann, que entró al servicio de Goethe en 1814, fue despedido en 1824, probablemente por su afición a la bebida. Para tejer su fábula dramática, Claudio Magris se ha inspirado no sólo en este personaje real, Stadelmann, sino también en un hecho rigurosamente histórico: el homenaje que rindió la ciudad de Frankfurt a Goethe en 1844, evento al que fue invitado el anciano servidor, que por aquel entonces vegetaba miserablemente en un asilo de Jena. Con estas sencillas mimbres construye Magris un texto emocionante, de gran fuerza dramática, en torno al genio y a su magisterio, a su grandeza y a su debilidad, a su carácter universal y a la par inescrutable… Magris ha señalado que lo que más le interesaba era realzar el personaje de Stadelmann; y no tanto el de Goethe, que sólo aparece evocado, de manera intermitente, como una fantasmagórica silueta proyectada y con su voz fuera de campo. Es obvio, sin embargo, que el texto también puede entenderse como un homenaje -todo lo indirecto que se quiera- al autor del Fausto. Los astrónomos observan el sol y los eclipses proyectando su imagen sobre un papel. A los genios también se les puede estudiar analizando cómo se reflejan en una materia más gris. Stadelmann.

De los tres actos en que se divide el texto dramático, el segundo lo ocupa el viaje a Frankfurt y la participación de Stadelmann en el homenaje: la comparecencia en el Ayuntamiento ante un grupo de notables (autoridades, eruditos, burgueses…) y una cena de gala. Para asombro de todos, el viejo camarero pondrá en evidencia, con sus sutiles observaciones, que el genio que todos desean homenajear se escapa a sus mezquinos raseros para medir la gloria. La actuación de borracho iluminado que nos brinda Stadelmann es brillante. ¡Cuando juega a ser genio, a él tampoco lo comprenden! De las palabras del viejo servidor deducimos que su relación con Goethe se basó siempre en el respeto mutuo y la admiración; no hay reproches retrospectivos, y sí la gozosa asunción de un magisterio. Estas escenas en las que Stadelmann oficia de «genio suplente», contrastan con otras donde se relaciona con el pueblo más humilde: el viaje en diligencia, la tertulia de la posada, o las escenas del asilo que abren y cierran el drama. Son situaciones que brindan al autor un cauce complementario para plasmar, con economía de medios y efectividad, la visión totalizadora de Goethe, la amplitud universal de su mirada. La dramática escena  final, en la que aparece un emisario de Frankfurt que, con ademanes perentorios, se obstina en hacer efectiva la pensión que se le otorga a Stadelmann, tiene algo de esa irrealidad kafkiana de Un mensaje imperial. Se ratifica quizás así un especial estatus para Stadelmann: su tragedia final no será sino una versión más de ese «premio que llega demasiado tarde» que ya nos hemos acostumbrado a presuponer en los genios.

En algún libro escribió Jünger que los ancianos merecen que se les permita acercarse al banquete de la vida antes del fin, revisitar aquello que constituyó su dicha y de lo que fueron desposeídos por el paso de los años. En el caso particular de Stadelmann se pondrá en evidencia que no todos pueden soportarlo.

Magris compuso su Stadelmann en 1988, tras una etapa en la que los estudios de índole académica habían ocupado preferentemente su actividad intelectual. Hemos de agradecer a la editorial Alfabia la posibilidad de leer este bellísimo drama sobre Stadelmann y Goethe, traducido ahora en exclusiva para el mundo hispánico por Joaquín Jordá, y que cuenta además con un interesante epílogo de Álvaro de la Rica.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

el mundo entero era una mosca que él, zas, aplastaba y se quitaba de encima en un instante… y no como estos poetas de ahora, estas plañideras, esta ralea de lazareto, como los llamaba, capaces solo de sufrir, de fingir que sufren y de obligar a sufrir a los demás, si no, ay, tienen miedo de no ser poetas… Mientras, a él, lo que más le importaba era que nada, y ni siquiera la poesía, estropease la fiesta… (traducción de Joaquín Jordá)
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La extraordinaria historia de dos tuertos, de Roberto Arlt

La editorial Eneida nos ofrece con este volumen una nueva entrega del escritor argentino Roberto Arlt (1900-1942), del que ya nos ocupamos hace unos meses, cuando reseñamos su novela Viaje terrible, publicada también en la colección «Confabulaciones». El libro que ahora comentamos, La extraordinaria historia de dos tuertos, recoge textos extraídos de dos importantes libros de relatos de Arlt: El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1951). Se trata de una selección muy variada,  representativa de los diferentes intereses y modos de hacer literarios del escritor argentino: relatos fantásticos y realistas, peripecias crueles y truculentas, escenarios apocalípticos, personajes desclasados… todo lo que, en suma, constituye el mundo de Roberto Arlt. Creo que muchos de estos cuentos pueden leerse como parodias de especies narrativas populares: el relato de espías, policiaco, de ciencia ficción, de aventuras… géneros que el talento de Arlt vuelve del revés, dotándolos de una atractivo muy particular, de una gracia y originalidad innegables.

Los dos cuentos que abren la selección son parodias del «relato de espías». En el primero de ellos, «La extraordinaria historia de dos tuertos», el vendedor de ojos artificiales y anteojos nos recordará, en un primer momento, al siniestro Coppelius de Hoffmann. En el segundo, «La doble trampa mortal», asistimos a una especie de «justicia poética» que culmina en el aire. La mirada del personaje narrador, en la última escena, muestra un sadismo estremecedor. Con «La ola de perfume verde» cambiamos drásticamente de registro, introduciéndonos en los relatos catastrofistas de la ciencia ficción; en este caso, una especie de «nube púrpura» sin resultados letales. Si no fuera por su indudable originalidad y valor, el cuento parecería el resultado de una «lectura mal digerida» de Julio Verne. El curioso relato titulado «La pista de los dientes de oro» parece tener como referente las historias detectivescas de Conan Doyle, como lo atestiguaría el carácter estrambótico del título y la pista que conduce al descubrimiento del asesino: un indicio de una ridiculez extrema, claramente paródico. Es oportuno señalar a este respecto que, entre 1927 y 1928, Arlt escribió exitosas crónicas policiacas para el diario Crítica de Buenos Aires. Un nuevo cambio de registro se produce con «Los cazadores de marfil», un relato «de aventuras» que tiene su peripecia inicial en el río Congo y su resolución en una finca argentina. La nula conciencia moral de los protagonistas da lugar a una continuada serie de atrocidades y situaciones de humor negro. Al igual que en otros relatos en los que se pretende horrorizar al lector, la guinda se reserva para la última página: una «justicia poética» abominable. Un nuevo cambio de escenario acompaña al siguiente relato, «Las fieras», uno de los textos de mayor enjundia y más cuidadosamente escritos de la colección. Un voluntario descenso a los infiernos de la marginación porteña, donde el narrador se complace en mostrarnos una galería de perfectos canallas: jugadores, ladrones, sádicos, chulos, asesinos… ¡las categorías no son excluyentes! Una pintura negra, un aguafuerte escrito en el argot de los bajos fondos. Los dos siguientes relatos están ambientados en Marruecos, país que Arlt conocía de primera mano, pues entre 1935 y 1936 fue corresponsal del diario El Mundo. «Los bandidos de Uad-Djuari» es poco más que una broma benévola al estilo de Chesterton, que podría haberse inspirado en ella para añadir un capítulo más a su Club de los negocios raros. «La aventura de Baba en Dimish esh Sham» constituye una curiosa mixtura entre los cuentos de las Mil y una noches y las intrigas revolucionarias, donde no faltan ni traficantes de armas ni juicios sumarísimos. En estos dos relatos de ambientación africana se trasluce la fascinación que ejerció sobre Arlt el especial estatus cosmopolita de ciudades como Tánger o Fez, con su mezcla de barbarie y modernidad, y donde los espías de las diferentes potencias europeas se movían a sus anchas en el ejercicio de sus actividades secretas. Cierra la selección «La luna roja» (1941), uno de los relatos fantásticos más celebrados de Arlt, un anticipo apocalíptico y alegórico de las grandes convulsiones históricas que acompañaron los últimos años de vida del autor.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 

«Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor de la fiesta no se podía menos de imaginárselos presidiendo la mesa redonda de un directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo cuyos árboles correrían linfas de petróleo
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