Desde la oficina, de Robert Walser

La editorial Siruela, que ha difundido en nuestro país la mayor parte de la obra de Robert Walser (1878-1956), nos ofrece en estos días un nuevo volumen del escritor suizo, Desde la oficina (Sobre la vida de los empleados), traducido del alemán por Rosa Pilar Blanco. Los antólogos de la edición original de Surhkamp, Reto Sorg y Lucas Marco Gisi, han reunido en este libro una veintena de textos de muy diversa procedencia, escritos en su mayor parte entre 1902 y 1932, que tienen como protagonista al inefable oficinista walseriano. Una buena oportunidad para sumergirnos en un divertido y particularísimo mundillo de jefes y empleados, personajes recurrentes en la obra del escritor de Biel. A lo largo de su vida, y antes de que su debilitada salud le obligara a recluirse en una sanatorio para enfermos mentales en Herisau, Robert Walser combinó su vocación literaria con el desempeño de diversos empleos subalternos en entidades bancarias y empresas de su país. Las inquietudes de estos modestos oficinistas que pueblan sus escritos son en buena medida las suyas propias, las del poeta que rima versos, quizás con la conciencia culpable, bajo la reprobatoria mirada de su jefe.

Si hemos de creer a Walser, el oficinista es una especie de caballero andante de la pluma, un ser sensible, culto, educado, un poco filósofo, de moral intachable, tímido en ocasiones, celoso de su imagen y no del todo indiferente a los dardos de eros (sobre todo con patronas de pensión y camareras). Sin embargo, y para fortuna nuestra, el oficinista walseriano también puede ser todo lo contrario: respondón, rebelde, descarado… un virtuoso en el arte de perder el tiempo o inventar excusas descabelladas para llegar tarde a la oficina o salir antes de tiempo. Se ha señalado en Walser una identificación, de tintes casi masoquistas, con los personajes subordinados que tanto abundan en sus novelas. Pero quizás solo debamos hablar de una preferencia comodona por las posiciones marginales, por el rechazo de las responsabilidades que conlleva el mando o la toma de decisiones (un sentimiento que glosó humorísticamente Melville en uno de sus relatos, «El fracaso feliz»). El oficinista walseriano sería, pues, una encarnación óptima de esta postura vital, cuya supuesta ganancia radicaría en el disfrute de una mayor libertad interior. Y es que la oficina, para Walser, es un espacio antinatural donde el tiempo transcurre con una insoportable lentitud, una especie de báratro del tedio del que solo podremos escapar gracias a la imaginación o a la literatura:

«Su talento para la escritura convierte fácilmente a un oficinista en escritor».

Siempre me ha parecido que la oficina de Walser tiene mucho de escuela (quien haya leído Jacob von Gunten podrá percibirlo mejor). Ante sus jefes, los oficinistas walserianos se conducen como apesadumbrados colegiales bajo la férula de su maestro. Sus ocurrencias y travesuras son muy similares: entrar tarde al aula, distraerse con facilidad, no hacer las tareas, aprovechar cualquier excusa para levantarse, tirar cosas al suelo, salir al aseo… Los espacios cerrados, el lento transcurrir de las horas y los horarios rígidos son sus enemigos comunes. Es posible que una parte de la comicidad que derrochan estos oficinistas radique precisamente en eso, en el contraste que percibimos entre su estatus de adulto y su comportamiento infantil. En cualquier caso, ¡qué situaciones tan divertidas habría podido mostrarnos Walser si hubiera sido profesor!

Desde la oficina (sobre la vida de los empleados) se completa con un interesante epílogo de Reto Sorg y Lucas Marco Gisi, que reflexionan sobre la valiosa y particular visión que nos ofrece Walser, a través de sus oficinistas, del proceso de burocratización, un fenómeno creciente, propio de las sociedades modernas, que alcanzó también una significativa resonancia en obras de Gógol, Dickens, Melville o Kafka, y que pronto recibió la preocupada atención de pensadores y sociólogos como Siegfried Kracauer o Max Weber.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Las ocho y media. Helbling saca su reloj de bolsillo para comparar su cara con la del enorme reloj de la oficina. Suspira, apenas han transcurrido diez pequeños, diminutos, escuálidos, delicados, escasos minutos, y aún lo esperan horas gordas y corpulentas. Se esfuerza por intentar pensar, si es posible, que ahora tiene que trabajar. Su intento fracasa, pero al menos la cara del reloj ha cambiado ligeramente. Se han consumido otros cinco graciosos y encantadores minutos. Helbling ama los minutos que se han ido, pero odia los que están por venir, pues opina que se niegan a avanzar. Le gustaría dar continuos empujones a esos minutos perezosos. Mentalmente, mata a palos a los minuteros. A la aguja de las horas ni siquiera se atreve a mirarla, pues podría sufrir un desmayo.» (traducción de Rosa Pilar Blanco)
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Diario de un joven médico, de Mijaíl Bulgákov

La vida del escritor ruso Mijaíl Bulgákov (1891-1940) fue un continuo desencuentro con las autoridades soviéticas, pues no halló, al parecer, mejor manera para expresar su talento que satirizar los abusos y contradicciones de la maquinaria del régimen… No obstante su famosa conversación telefónica con Stalin de 1930, que le proporcionó un trabajo en el Teatro del Arte de Moscú, Bulgákov sufrió de un ostracismo casi ininterrumpido y, aunque se salvó de las terribles purgas de los años 30 (en las que perecieron escritores como Babel, Meyerhold o Mandelshtam), la parte más significativa de su producción literaria (como El maestro y Margarita) no se difundió hasta muchos años después de su muerte.

Diario de un joven médico es un texto de época temprana, muy emotivo, carente del tono crítico de sus obras de madurez, y que hunde sus raíces en la propia experiencia de Bulgákov como médico rural, profesión que ejerció hasta 1919. La acción, que se desarrolla en el invierno de 1917, tiene como protagonista a un médico recién graduado, destinado a un pequeño hospital perdido en la Rusia profunda. Con la única ayuda de un enfermero y dos comadronas, el joven diplomado deberá asumir la terrible responsabilidad de ser la única autoridad médica en muchos kilómetros a la redonda. Los «quince sobresalientes» de su expediente académico, que el apurado joven se complace irónicamente en evocar, difícilmente compensarán su falta de experiencia práctica. No obstante, enseguida veremos al joven médico enfrentarse, con una desesperada valentía y notable suerte, a las graves contingencias de su profesión: amputaciones, partos complicados… Un rosario de situaciones difíciles que nos pondrán un nudo en la garganta. Porque el tono de estos emotivos diarios es decididamente épico: un enfoque que deberemos aceptar para poder disfrutar del libro. ¿Cómo leer, si no, la historia de esa niña diftérica («La garganta de acero») a la que el aterrorizado médico salva in extremis practicándole una traqueotomía, una difícil operación que solo ha visto en los libros, y que lleva adelante contrariando la voluntad de los padres, venciendo sus propios temores, que le incitan a esperar, a dejarla morir sin comprometerse? Este tono sostenidamente emotivo y épico no impide, por lo demás, que un cierto humorismo aflore incluso en las situaciones más dramáticas. ¿Cómo no reírse de ese médico inexperto que -mientras su enfermero prepara al paciente para la intervención- corre a su apartamento para echarle un vistazo a los manuales rusos y alemanes de cirugía, y luego regresa a la sala de operaciones intentanto recordar lo que ha leído?

Un elemento de gran atractivo en el libro brota del mismo entorno en que se desarrolla la acción, de la vívida descripción de una naturaleza salvaje y hostil, con sus largas noches invernales trufadas de aguaceros y ventiscas, de las que surge el temido enfermo con su imprevisible reto. Un formidable escenario para las agobiantes pesadillas que tejen sus guardias de médico bisoño, atrapado en un hospital sin teléfono ni electricidad, a muchos kilómetros de la estación de ferrocarril más cercana. En uno de los episodios más emocionantes del libro, «La ventisca», se recrea un accidentado viaje nocturno en trineo a través de una tormenta de nieve (un episodio que nos recordará algunos textos de Tolstói, como La tormenta de nieve o Amo y criado): una peligrosa e inútil visita médica que está a punto de coronarse con un trágico final.

Diario de un joven médico (que nos presenta Alianza Editorial en la traducción de S. Casanova) incluye también el texto titulado «Morfina», publicado de manera independiente en 1926, pero que se integra con naturalidad en la colección. En este relato, el más extenso del libro, accederemos al diario de otro joven médico, al que la soledad del medio rural y un cruel desengaño amoroso precipitan en una infernal espiral de drogodependencia. También en esta dramática historia se manifiesta la propia experiencia de Bulgákov, que sufrió de una fuerte adicción a la morfina, durante algunos años, como secuela de un tratamiento médico.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía.» (traducción de S. Casanova)
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Evocación de Matthias Stimmberg, de Alain-Paul Mallard

Este intenso y perfecto libro de relatos, Evocación de Matthias Stimmberg (1996), fue escrito hace más de dos décadas por Alain-Paul Mallard (1970), escritor y cineasta mexicano afincado actualmente en Barcelona. La exquisita edición conmemorativa que Turner acaba de publicar es, sin duda, una merecida recompensa tras veinte años de latencia callada entre las manos de lectores devotos que -así se nos informa en la nota introductoria del libro- han mantenido vivo el texto con el intercambio de fotocopias y archivos digitales. El libro de Mallard lo integran diez relatos breves que recomponen fragmentariamente la vida de Matthias Stimmberg (1901-1979), un escritor austriaco del que inútilmente buscaremos información en ninguna enciclopedia… Diez instantáneas fechadas entre 1909 y 1979 -no ordenadas cronológicamente- que trazan la discontinua biografía de un poeta que deberemos situar entre los lúcidos y desengañados, misántropos y outsiders, enemigos de premios y famas espurias. Relatos de una admirable riqueza y densidad, sutilmente interrelacionados, susceptibles de múltiples lecturas e interpretaciones. Textos decididamente incómodos, que hacen resonar en nuestro interior alguna cuerda que creíamos tener prudentemente silenciada… Diez hitos en la biografía de un autor imaginario que justifican con creces el lema que abre el libro (una cita del propio Stimmberg): «La misantropía es un humanismo; el humanismo es también una misantropía».

Se abre el libro con «El poeta», evocación de un suceso, aparentemente trivial, correspondiente al último año de Stimmberg (1979). Un encuentro casual en el autobús dará pie a una irónica y desenfadada reflexión sobre la miseria de los debates televisivos y la poesía de segundo orden. Todo un testamento. «El estudio de la esperanza» es un cuento cruel, la crónica de un inútil experimento a costa de una pobre rata. Maldad y estupidez parecen darse la mano con frecuencia: un motivo más para la misantropía. El siguiente texto, «La sal», es quizás el más enigmático de todos; el recuerdo agridulce de un amor infantil que culmina con una desagradable pesadilla. Tanto «El médico del sur» como «Las criadas» tienen como núcleo la mala conciencia. De un lado, la del padre tiránico hacia su hija suicida; de otro, la del patrón autoritario hacia las criadas que han convivido con la familia durante diecisiete años «sin chistar», y de las que cabe esperar alguna venganza. «Perham» es uno de los relatos más admirables del libro, con la evocación infantil de esos parias de toperos, adolescentes venidos de no se sabe dónde; su crueldad inconsciente, su miseria libre y feliz, su aciago y enigmático final… Una lección bien aprendida por el niño Matthias. En «De mal gusto» se manifiesta, quizás, la mala conciencia que despiertan nuestros mayores olvidados, las miserias de una vida prolongada hasta edad avanzada. En «La sombra y los charcos» se evoca una visita al infecto manicomio vienés de Mannersdorf en 1917. Unos recuerdos de juventud que, cincuenta años después, siguen catalizando el visceral desapego de Stimmberg por lo políticamente correcto, por los premios y honores literarios concedidos de espaldas a la realidad. «Mein Kampf» es otro magistral relato breve, no carente de humor, ambientado en la ciudad de Viena durante la ocupación aliada (1947). Tres chivos famélicos se alimentan de los carteles que una gitana despega de los muros con la punta de su cuchillo. Una obra primeriza e inédita de Stimmberg compartirá voluntariamente la misma suerte que los sobrantes del libelo de Hitler: todos devorados por los chivos. Una desigual «justicia poética». «Sísifo», el último relato del libro, es una buena muestra de la inteligente correspondencia con que Mallard relaciona algunos textos. De nuevo tenemos como protagonista a un roedor, un ratón condenado a correr sin fin en la noria de su jaula. Pero el inútil ejercicio de crueldad representado en «El estudio de la esperanza» se convierte ahora en un estímulo para la inspiración artística y filosófica, alumbrando un poema de Celan y una amarga reflexión sobre la futilidad del arte y de la existencia humana.

Esta cuidada y atractiva edicion, que nos ofrece Turner en su colección «El cuarto de las maravillas», viene acompañada de algunas láminas del famoso tratado de zoología de Alfred Brehm (Brehms Tierleben, 1876-79), láminas que encierran mucho de esa crueldad inconsciente de los viejos manuales decimonónicos de ciencias naturales (con sus realistas láminas de vivisecciones y galvanismos, insectos necrófagos, etc.). Al parecer, la obra de Brehm fue libro preferido de Matthias Stimmberg y, por tanto, fuente de inspiración para Mallard a la hora de elaborar sus textos. Ningún lector atento dejará de percibir que el «maltrato animal» es un sutil leit-motiv que recorre gran parte del libro, aunque no es, desde luego, el asunto principal de ninguno de los relatos. Quizás solo un reflejo de la violencia que media entre los seres humanos.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

 
«Al final del otoño una de ellas amaneció, a espaldas del correo, tirada en un baldío. «Ve a ver si está muerta», le ordenó secamente Perham a uno de los chicos. Éste volvió lívido y sin habla. Lubja estaba desnuda y un hilillo de sangre, ya seca, le escurría del oído. Había policías, curiosos, empleados del correo. Esa misma tarde desaparecieron. Nunca se aclaró lo sucedido, y yo estuve varios días encerrado, mirando tristemente la calle desde la ventana de mi alcoba. Aún recuerdo los cuentos graciosos y obscenos que contaban. Eran tan perfectos y terribles que no los he contado nunca porque me rehúso a estropearlos.»
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Fragmentos (un poco carbonizados), de George Steiner

Siruela vuelve a presentarnos en su «Biblioteca de ensayo» un nuevo volumen de George Steiner (1929), brillante ensayista y gran conocedor de la cultura europea. Nos referimos a Fragmentos (Fragments. Somewhat Charred), un conjunto de ensayos publicados originariamente en Kenyon Review (2012), traducidos para la ocasión por Laura Emilia Pacheco. Un ficticio autor antiguo, Epicarno de Agra, y el improbable hallazgo de unos pergaminos carbonizados en una biblioteca de Herculano son la excusa para ofrecernos ocho breves e intensas meditaciones. Cada fragmento conservado -una frase mínima, en ocasiones incompleta, enigmática o ambigua- se convertirá en un aforismo digno de ser glosado. Es indudable que «leemos» el mundo según nos interesa, y al igual que los pacientes del psicoanálisis leían en las manchas de Rorschach sus propias obsesiones, Steiner ha jugado a ver en estos ocho fragmentos de Epicarno los temas de meditación que más le preocupan, un estimulante abanico de asuntos transcendentes y siempre actuales: el amor y la amistad, el dinero y el mal, la inteligencia y la música, Dios y la muerte… Todo desgranado con ese estilo brillante y dinámico que lo caracteriza, denso y literario, rico en alusiones culturales de todo tipo cuyo desciframiento constituye un placer añadido. Es verdad que en estas reflexiones encontramos más preguntas que respuestas… Quizás porque la función del pensador no sea tanto contestar como plantear interrogantes. Donde fallan las preguntas reina la intolerancia.

«Cuando el rayo habla, dice oscuridad» glosa la rica simbología del relámpago, cargado de connotaciones míticas, filosóficas y literarias. Al amparo de dicha figura, Steiner profundiza en la negación y sus paradojas: «para definir qué es, hay que definir qué no es». El relámpago pone de manifiesto la oscuridad, de la misma manera que un inesperado silencio realza la música que viene después (recordemos las dramáticas pausas de la Incompleta de Schubert). El rayo es también el mejor símbolo de nuestro efímero tránsito sobre la Tierra. En «Amistad, homicida del amor» se reflexiona sobre esos dos sentimientos humanos tan valorados, tradicionalmente juzgados como antagónicos. La amistad, acto de libertad desinteresado, contrasta con la pasión asimétrica y exigente del amor, con la líbido irresistible, concomitante con tánatos en su carácter insaciable. La síntesis solo se alcanzaría en esas privilegiadas relaciones de pareja que, con el paso de los años, derivan en apacible camaradería y mutua tolerancia. «Hay leones, hay ratones» es una apasionante indagación sobre las desigualdades del intelecto, casi tan despiadadas como las del cuerpo («privilegios de la belleza»). ¿Cuál es la explicación del genio? ¿Hasta qué punto influyen en la excelencia intelectual la genética, la herencia o las condiciones sociales? No pierde Steiner la oportunidad de brindarnos un descorazonador panorama de las desigualdades que presiden nuestro mundo. En el siguiente ensayo, «El mal es», se nos ofrece un sugestivo resumen de las diferentes teorías sobre el mal, desde las que niegan su pura existencia (el mal sería simple ausencia del bien), hasta los modernos enfoques terapéuticos que lo consideran un mero accidente neurológico susceptible de curación. Sin embargo, el mal es persistente, acompaña a la Humanidad en su devenir histórico, no obstante sus innegables avances éticos y sociales. ¿Cómo es posible que reaparezca en contextos aparentemente normales, entre personas cultas y mentalmente sanas? ¿Es una constante inalienable, encastrada sin remedio en nuestra psique humana?  En «Canta dinero a la diosa» se explora el carácter ambivalente de la riqueza. El dinero y el lucro son considerados en ocasiones como moralmente indecentes, algo propio de usureros, y han sido rechazados por poetas y filósofos de todos los tiempos. El mito de Midas y el tonel de Diógenes son dos buenos ejemplos. Sin embargo, la riqueza es también un premio, la merecida recompensa a una vida de trabajo honesto y constante. Así parecen confirmarlo los finales felices de algunas novelas (Steiner cita a Jane Austen), donde la situación saneada de los enamorados promete una dicha sin sobresaltos. Pero lo que impera en nuestro mundo actual -prosigue Steiner- es el capitalisme sauvage y sus vergonzosas secuelas de pobreza, crimen y explotación. Ni siquiera la religión parece librarse de los intentos de «soborno», de los diezmos, indulgencias y limosnas con que pretendemos conquistar la benevolencia de los dioses. Tres mil años después, continuamos bailando alrededor del becerro de oro. En «Desmiente al Olimpo si puedes» se aborda el tema de la existencia de Dios. ¿Por qué Dios se muestra ausente, o parece distraído ante nuestros sufrimientos, las injusticias, los dolores gratuitos e innecesarios? Se revisan los argumentos a favor y en contra, para terminar concluyendo la falta de pruebas determinantes en uno u otro sentido. En el fragmento «¿Por qué lloro cuando canta Arión?» se aborda el tema de la música, de su significado y misteriosa influencia sobre el hombre. Que entre temas tan «mayores» haya quedado un hueco para la música, no sorprenderá demasiado a los que sepan del significado transcendente que los filósofos de todas las épocas han concedido a este arte: una tradición de pensamiento en la que Steiner se inserta muy gozosa y conscientemente. Lo único seguro -y quizás lo más importante- es que la vida sin música sería intolerablemente pobre. Finaliza Steiner su libro glosando el fragmento de Epicarno que reza «Amiga Muerte», oxímoron que le sirve para reflexionar sobre la traumática experiencia que debió suponer para la Humanidad el paulatino descubrimiento de su mortalidad universal e irremediable, origen de creencias y fantasías paliativas de todo tipo: dioses, héroes inmortales, patriarcas centenarios, resurrecciones, elixires y fuentes de eterna juventud… El deseo de prolongar artificialmente la vida humana contrasta dolorosamente con las aniquilaciones que han perpetrado las últimas contiendas mundiales. Desde luego que la ilusoria esperanza de que la ciencia nos permita algún día alcanzar la inmortalidad se compadece poco con esas armas de destrucción masiva que la moderna tecnología nos brinda para aniquilar el planeta en cuestión de horas. Pero ¿merece la pena prolongar la vida a todo coste? -se pregunta Steiner. Tras pintarnos un duro cuadro con las miserias físicas y mentales que conlleva alcanzar una edad avanzada, Steiner concluye abogando por una mayor libertad a la hora de decidir sobre nuestro fin: solo entonces podremos hacer nuestro el aforismo de Epicarno.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Lenin tenía pavor de que la Apassionata de Beethoven pudiera desviar su voluntad bolchevique de las severidades requeridas. La sublimidad wagneriana juega un papel notable en la autoimagen del Reich de Hitler. Así también la Novena Sinfonía de Beethoven. El hecho de que esta misma obra sirva de himno para el comunismo como para las Naciones Unidas enfatiza el juicio de Platón acerca del papel demoniaco de la música. Sin embargo, justo antes de morir, Sócrates canta.» (traducción de Laura Emilia Pacheco)
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Cuentos japoneses de doncellas, de Grace James

La editorial madrileña Quaterni, especializada en literatura oriental, inaugura su nueva colección de «Miniaturas» con estos Cuentos japoneses de doncellas, una breve selección de relatos y leyendas extraídos de Japanese Fairy Tales (Londres, 1910), la obra más conocida de la escritora inglesa y orientalista Grace James (1864-1930). En la nota preliminar que acompañaba a la edición inglesa, la autora -residente en Japón- revelaba al lector sus fuentes de inspiración: el famoso Kojiki («Crónicas de antiguos hechos del Japón») y sus propios recuerdos de escuela y niñez. La edición original se acompañaba asimismo de un buen número de atractivas ilustraciones, obra del reputado artista Warwick Goble.

De los treinta y ocho cuentos recogidos en Japanese Fairy Tales, Quaterni nos ofrece siete, seleccionados y traducidos por Juan Jiménez Ruiz de Salazar. Divinidades condenadas a un amor imposible o que viven un destierro involuntario, doncellas prisioneras de un fatal destino, espíritus maléficos que amenazan a los mismos hombres que seducen, zorros disfrazados de niñas, geishas sacrificadas por amor… Es probable que algunas de estas historias ya las conozcan los aficionados a la literatura japonesa (la tejedora celeste, el cortador de bambú, la doncella de la nieve…), pero no creo que esto les impida disfrutar de unas versiones tan encantadoras. Grace James fue una apreciada escritora de cuentos infantiles, y aunque sus relatos japoneses no están expresamente dirigidos a un público menor, algo tienen de la simplicidad e inmediatez de los cuentos para niños. Hay sin duda caminos más directos y genuinos para adentrarse en los mitos y leyendas del Japón, pero creo que estas versiones occidentales primeras tienen -como las de Lafcadio Hearn- su propio valor y atractivo; y en el caso particular de Grace James, el indudable mérito de ganarse el interés del lector con los recursos literarios más sencillos.

Reseña de Manuel Fermández Labrada

 

«… y su voz se fue perfilando como si se convirtiera en el penetrante aullido de un viento invernal. Su figura se deshizo como una guirnalda de nieve o una blanca nube de vapor. Por un instante se quedó en el aire, después ascendió lentamente a través de la chimenea y nunca más se la vio. Y así fue como acabó la felicidad del hombre, que siguió buscando todos los inviernos a su amada en la nieve de las tormentas y en las oscuras nubes que cubren sus heladas noches.» (traducción de Juan Jiménez Ruiz de Salazar)
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Cuentos de lluvia y de luna, de Ueda Akinari

Cuentos de lluvia y de luna (Ugetsu Monogatari, 1776) es uno de los mejores exponentes del género fantástico japonés. Su autor, Ueda Akinari (1734-1809), fue también autor de otra famosa colección de relatos, Cuentos de la lluvia de primavera (Harusame Monogatari, 1808), recientemente publicada por Satori. Cuentos de lluvia y de luna es un libro de espíritus y demonios, de transformaciones y apariciones espectrales, impulsadas siempre por una pasión desenfrenada, un sufrimiento intolerable o la necesidad de cumplir con una promesa o ejercer una venganza. La editorial madrileña Trotta nos brinda la oportunidad de leer este apasionante libro en la traducción de Kazuya Sakai, que ha anotado profusamente el texto y escrito un amplio y profundo estudio preliminar.

El primer relato, «Shiramine», es uno de los más complejos de todo el libro, debido a la riqueza de sus referencias históricas. Tiene como protagonista al famoso poeta-monje Saigyō (1118-1190), que en uno de sus viajes visitó el mausoleo del emperador Sutoku en el monte Shiramine. Durante su piadosa velada nocturna, el monje recibirá la visita del espectro del monarca, que aún después de muerto presume de su poder para influir nefastamente en la suerte de sus enemigos. El escandalizado monje, que le predica sin demasiado éxito los preceptos budistas más acordes a su condición de finado, deberá escuchar una atormentada lección de historia y realpolitik. «Cita en el día del crisantemo» se considera uno de los cuentos más logrados del libro, aunque sólo desde la óptica de un samurai resulte verosímil adoptar un recurso tan extremo para cumplir con una cita. Un tributo a la constancia que deja tras de sí un suicidio y un asesinato. A los lectores que conozcan la obra de Lafcadio Hearn quizás les interese saber que el cuento fue recogido en A Japanese Miscellany (1901) bajo el título de «Of a Promise Kept». «La cabaña entre las cañas esparcidas» es un emocionante relato en torno a la figura de la mujer abandonada, al que no resta patetismo el hecho de que el alejamiento prolongado del esposo (siete años) sea involuntario. En un contexto de guerra, desórdenes políticos y miseria (magistralmente evocados por el autor), el reencuentro de la pareja sólo será posible en el terreno de los sueños o la experiencia sobrenatural. La escena del regreso nocturno del esposo (la cabaña que fue su hogar todavía ofrece un resquicio de luz en medio de los campos asolados) es realmente conmovedora. «Carpas como las soñadas» cuenta la fantástica aventura del monje Kogi, famoso pintor y amante de los peces, que durante un largo sueño se ve metamorfoseado en una carpa. Retornado a su condición humana, todavía tiene tiempo de poner sobre aviso a quienes están a punto de comerse el pez que le sirvió de huésped, hondamente asombrados con la narración de los detalles de su captura y trinchado. Un relato con ribetes de humor que fue también adaptado libremente por Hearn («The Story of Kogi the Priest»). Como tema secundario, la fantástica creencia de que algunos dibujos magistrales pueden cobrar vida independiente y abandonar el lienzo (como en «The Story of Kwashin Koji», recogida por el mismo Hearn). En «Buppōsō» se narra la experiencia sobrenatural de dos peregrinos obligados a pernoctar al raso en el santuario budista del monte Kōya. Acunados por el canto del misterioso pájaro Buppōsō, padre e hijo se ven sorprendidos por la aparición espectral de un famoso señor de otros tiempos, Toyotomi Hidetsugu, que pena su crueldad acompañado de un séquito de guerreros y sirvientes. El aterrorizado peregrino deberá distraer al temible caudillo recitándole un haiku de su invención, que será luego completado (hasta formar un tanka) por un poeta del séquito fantasmal. El título del siguiente relato, «El caldero de Kibitsu», alude a una ceremonia japonesa de adivinación, que en el caso particular de Sotaro e Isoda anuncia un desastroso himeneo: el lascivo Sotaro se marcha con una cortesana y su esposa muere de pena tras sufrir en silencio las humillaciones derivadas de su abandono. Pero el férreo código de conducta que impide a la mujer oponerse en vida a las abusos de su esposo queda derogado con la muerte, y la difunta Isoda se transformará en un sanguinario demonio sediento de venganza. «La impura pasión de una serpiente» es una historia con cierta semejanza a la que inspira el poema Lamia de Keats. Manago y Maroya son dos serpientes diabólicas atraídas por la belleza del protagonista, Toyowo, al que intentan seducir adoptando la apariencia de una bellísima viuda y su joven criada. La intervención casual de un anciano clarividente, que pone en evidencia su verdadera identidad, interrumpe bruscamente el idilio y las jovenes desaparecen. Los ulteriores intentos de las dos mujeres-serpientes para reconquistar al aterrorizado Toyowo fracasan, y el joven no ve otro camino para librarse de ellas que solicitar los servicios de un monje budista. Cuando Manago, convencida al fin de que su amor es rechazado, descubra además que su antiguo amante prentende aniquilarla, reaccionará transformándose en una terrorífica serpiente. Se cierra el libro con «El capuchón azul», un breve y contundente relato de terror. Una vez más, una pasión desmedida e ilícita es responsable de una monstruosa transformación: un anciano monje, prendado de su joven neófito, sufre tras su repentina muerte una perniciosa obsesión que lo convierte en una bestia necrófaga. Un maestro zen, que recorría casualmente la zona, intenta calmar al enloquecido monje instándole a meditar sobre un poema. La escena final, en la que, transcurrido un año, el maestro retorna al monasterio abandonado y golpea con su bastón al monje enloquecido (que todavía sigue recitando los versos que le encomendó, convertido ya en cadáver), alcanza altas cotas de horror.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«El maestro zen lo miró detenidamente; luego, empuñando el bastón, gritó: «¡Qué pasa, pues!», asestándole un feroz golpe en la cabeza; la figura se disipó como el hielo bajo el sol de la mañana, y sobre las hierbas sólo quedaron los huesos del monje y el capuchón azul». (traducción de Kazuya Sakai)
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Diapsálmata, de Søren Kierkegaard

Las fronteras entre literatura y filosofía son, en ocasiones, venturosamente difusas. Quien haya leído a Goethe o a Nietzsche -por citar solo un par de nombres- podrá dar cuenta de la veracidad de esta afirmación, que tiene en la figura del filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) otro testimonio de peso (y no solo porque fuera autor de esa novelita tan encantadora, Diario de un seductor). «Diapsálmata» es palabra griega que viene a traducirse como «entre salmos». Si he entendido bien lo que explica Enrique Bernárdez en su introducción, se trataría de algo parecido al interludio pianístico que enlaza las diferentes estrofas de un lied o canción. Mientras descansan discurso y cantante, el tapiz sonoro del piano, que antes era fondo, pasa ahora a primer plano. No es lo más notable, pero sí lo fundamental, lo que estaba siempre en el fondo, aunque no lo percibiéramos con total nitidez. Puede ser una explicación del título… Pero que cada cual lo entienda como mejor le parezca. ¿No comenzamos diciendo que filosofía y literatura debían ser hermanas?

Diapsálmata es solo la primera sección de una obra más extensa, O lo uno o lo otro (Enten-Eller, 1843), primera obra publicada por Kierkegaard, en la que se incluían diversos textos, como Los estadios eróticos inmediatos o el erotismo musical, o Diarios de un seductor. La obra en su conjunto se presenta como anónima, artificio de larga tradición en la literatura de ficción, que anuncia ya con claridad la vocación literaria del texto. Basta con leer el brillante prólogo del libro para percibir el deleite con el que Kierkegaard teje la compleja ficción de los dos autores anónimos (A y B) y del hallazgo de los manuscritos en el cajón oculto de un viejo escritorio. Diapsálmata, especie de «aperitivo» o anticipo del libro en su totalidad, está compuesto por un abigarrado conjunto de paradojas, anécdotas, reflexiones, aforismos, introspecciones, recuerdos, observaciones, citas de clásicos… Son textos breves, en ocasiones de unas pocas líneas, afinados casi siempre en un tono pesimista y desengañado, donde abundan la ironía y el desaliento, sin faltar algunas gotas de humor. No son raras en Diapsálmata las contradicciones: un primer muestrario quizás de esas mismas incoherencias que le reprocharían siempre sus detractores, y que el filósofo justificaba por su rechazo a los sistemas filosóficos cerrados, y del que hacía gala adoptando habitualmente seudónimos y nombres ficticios para firmar sus obras. El destino del poeta, la miseria de lo humano, la crítica de la razón, la felicidad, el amor, la vanidad, el placer, el desengaño… son algunos de los temas sobre los que reflexiona el autor. Es llamativo el entusiasmo que transmiten algunos textos que hablan de música. Bastan una notas de Mozart, apenas oídas por la ventana abierta a unos músicos ambulantes que tocan en la calle, para que el sol brille de inmediato sobre el deprimido ánimo del filósofo… La alusión a su músico preferido, Mozart, no es, desde luego, casual, y sirve de anticipo al posterior ensayo sobre el «erotismo musical» que figura en el mismo volumen de Enten-Eller, y que tiene como figura protagonista al infatigable seductor del Don Giovanni. Como en otros filósofos alemanes, también la música adquiere una importancia cardinal en el pensamiento del danés. Música, literatura, filosofía… ¡no todas las culturas tienen la suerte de contar con una base tan sólida!

Se entresacan al final del volumen algunos pasajes de los Diarios de Kierkegaard, aquellos precisamente donde aparecen prefigurados algunos de los textos de Diapsálmata. Podremos así observar su proceso de gestación, su paso de lo particular y coyuntural a lo universal y permanente. Los textos pierden algunas claves explicativas, pero ganan en interés. Se vuelven más enigmáticos; más literarios, en suma.

Diapsálmata ha sido siempre uno de los textos más populares de Kierkegaard, y el deleite del lector que se enfrente a esta nueva edición está asegurado. Enrique Bernárdez ha prologado, anotado y traducido el texto del danés, y Hermida Editores ha tenido el acierto de vestírnoslo en edición exenta, en un libro exquisito que no nos cansamos de leer una y otra vez. Diapsálmata es, sin duda, una obra con vocacion de relectura, placer que se atenuaría mucho entre las páginas de un libro voluminoso.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña, revisada y ampliada, ha sido publicada en el libro Razón de música (2026) de Ápeiron Ediciones

«Ay, la puerta de la felicidad no se abre hacia dentro, no podemos entrar por ella como una tromba, dándole un empujón; sino que se abre hacia fuera, y nada se puede hacer.» (traducción de Enrique Bernárdez)

«Sucedió en un teatro, que se prendió fuego en los bastidores. Un payaso salió a informar al público. Los espectadores creyeron que era una broma y aplaudieron; lo repitió; le ovacionaron aún más. Así creo yo que se irá a pique el mundo en medio del júbilo generalizado de las sabias cabezas que creen que se trata de un chiste.» (traducción de Enrique Bernárdez)
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De la A a la Z de un pianista. Un libro para amantes del piano, de Alfred Brendel

Algunos artistas no se resignan a dejarnos un único testimonio de su genio. Toman la pluma y escriben sobre su arte, de su manera personal de vivirlo o de valorarlo. No les basta con las manchas de color que quedan sobre el lienzo o las notas musicales grabadas en una cinta magnetofónica. Quieren tomar la palabra y ser más explícitos, iluminar desde dentro su legado. Justificarlo o hacerlo más comprensible, más perdurable. Cuando se trata de verdaderos artistas no podemos sino congratularnos y prestarles toda nuestra atención. Este es el caso del libro que hoy nos ocupa: De la A a la Z de un pianista, de Alfred Brendel (1931), uno de los intérpretes de piano más destacados y reconocidos de la pasada centuria, gran especialista del piano clásico y romántico (Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert…), autor de interpretaciones y grabaciones de referencia absoluta. En Alfred Brendel se añade además una inquietud literaria, su afán por la escritura, que le ha llevado a ser autor de diversos ensayos musicales y libros de poesía. De la A a la Z de un pianista (A bis Z eines Pianisten, Múnich, 2012) ha recibido una excelente acogida en nuestro país. El propio autor vino a presentarlo hace un par de años, y concedió una entrevista a un diario nacional donde nos contaba que en la actualidad vive un tanto alejado del piano y entregado a la literatura… Hablamos de un libro cuyo interés sobrepasa ampliamente el círculo de melómanos y aficionados al piano.

Siguiendo precedentes tan notables como los de Flaubert o Ambrose Bierce, Brendel nos ofrece con su libro un verdadero «diccionario de autor», una obra original donde el enfoque subjetivo impregna cada página, impulsando al texto mucho más allá de lo que parece prometer el título. No se trata, pues, de un diccionario de música convencional, que abrimos para consultar una duda puntual; sino de un texto personal que deberemos leer y releer a nuestro propio capricho, saltando de una entrada a otra, o desde la primera hasta la última página, pero siempre gozando de una singularidad que nos obliga a permanecer muy atentos, pues debajo de su ordenación aparentemente sencilla (la de un vademécum para pianistas principiantes) se esconde una notable complejidad, tanto por su ocasional tono aforístico como por la sutileza y profundidad del análisis. Una atrayente mezcla de observaciones y meditaciones personales, nacidas tras una larga y fecunda práctica musical, junto con el eco de lecturas, conversaciones y anécdotas diversas que son el apasionante reflejo de un estrecho contacto con el piano y la vida musical que lo rodea.

Como era de esperar, las entradas referidas a conceptos interpretativos tienen un gran peso en el libro. Algunas pertenecen de lleno al terreno de la técnica pianística: pedales, digitación, octavas, ataque, trinos, cantabile, staccato… Otras tienen un alcance más general: fidelidad al texto, metrónomo…; y en general, todas las relativas a agógica, carácter o dinámica, así como a la filosofía de la interpretación: continuidad, equilibrio, unidad… No podían faltar tampoco entradas para los compositores que han jugado un papel cardinal en la música pianística «cantabile», y han sido, en diversa medida, patrimonio esencial del repertorio de Brendel: Schubert, Beethoven, Haydn, Brahms, MozartSchumann, Liszt, Chopin… Pero también Bach o Scarlatti, para cuyas obras clavecinísticas reivindica Brendel una interpretación pianística complementaria (por su gran valor pedagógico) que los fanáticos de las versiones historicistas han negado en ocasiones. Las esporádicas alusiones a compositores más contemporáneos (como Bartók, Ligeti, Webern o incluso Kagel), alejados de su repertorio habitual, testimonian su interés y respeto por el arte del siglo XX (Brendel ha interpretado numerosas veces el Concierto para piano de Schönberg). El estudio de los compositores se acompaña con el repaso de algunas de la principales formas musicales pianísticas, como es el caso del lied, la fantasía (y su relación con la improvisación), el concierto para piano y la variación, de las que se analizan algunas de sus representaciones más emblemáticas para piano: Wanderer, Hammerklavier, etc. Aunque no les concede entrada propia, Brendel nos descubre también su preferencia por determinados intérpretes del piano (soslayando cortésmente a los contemporáneos). Los nombres de maestros como Busoni, Artur Schnabel, Edwin Fisher, Alfred Cortot o Wilhelm Kempff afloran repetidamente en el texto. Destacan también en el libro un conjunto de entradas de índole diversa pero de gran interés: arreglos musicales, grabaciones fonográficas, programas de concierto, repertorio… En este «diccionario» tan personal no faltan ni siquiera entradas puramente cómicas, como jammerklavier (piano de alaridos), tos, o yuck (interjección de disgusto), muestras de su reconocido sentido del humor.

Tras la lectura de este intenso y ameno libro se descubre la figura de un intérprete ponderado y escrupuloso, atento a las sutilezas del sonido; respetuoso de la figura del compositor, pero soberano en sus decisiones interpretativas: una feliz síntesis de reflexión y conocimiento, de técnica y sentimiento.

De la A a la Z de un pianista ha sido traducido del alemán para Acantilado por Jorge Seca, y cuenta con unos graciosos e imaginativos dibujos de Gottfried Wiegand (1926-2005), un artista por el que Brendel ha manifestado expresamente su inclinación.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña, revisada y ampliada, ha sido publicada en el libro Razón de música (2026) de Ápeiron Ediciones

«Que los seres humanos estamos hechos de contradicciones es algo que se sabe desde mucho antes de Hegel. El intérprete es un buen ejemplo de ello. Toca para el compositor y al mismo tiempo para el público. Debe tener una visión panorámica de toda la pieza y, al mismo tiempo, hacerla surgir del instante. Sigue un plan y se deja sorprender a un tiempo. Se domina y se olvida de sí mismo. Toca para él y al mismo tiempo para el último rincón de la sala. Impresiona por su presencia y, cuando la suerte le es propicia, se disuelve al mismo tiempo en la música. Es un soberano y un sirviente. Es un convencido y un crítico, un creyente y un escéptico. Cuando sopla el viento adecuado se produce la síntesis en la interpretación.» (traducción de Jorge Seca)
«El staccato puede sonar entonces como si hubiera un batallón de pájaros carpinteros en la obra.» (traducción de Jorge Seca)
«Sin duda, el intérprete depende al mismo tiempo de las circunstancias acústicas y del estado del piano de cola. Hay salas que acogen y ennoblecen el sonido, y otras que lo adulteran, lo enturbian o lo desecan. Hay pianos «con los cuales hay que arreglárselas como uno pueda», y otros cuyos resplandor y alma salen al encuentro del intérprete a medio camino. La frase «no hay pianos de cola malos sino tan sólo malos pianistas» bien puede habérsele ocurrido a un demonio disfrazado de vendedor de pianos.» (traducción de Jorge Seca)
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Sobre el dragón del abismo, de Izumi Kyōka

El japonés Izumi Kyōka (1863-1939) fue un escritor a contracorriente, romántico y fantástico en una época naturalista, lo que no le impidió alcanzar una amplia aceptación ni recibir elogiosas valoraciones de escritores como Mishima o Kawabata, que reconocieron su magisterio. Ediciones Satori, que lo dio a conocer en nuestro país publicando El santo del monte Kōya, nos obsequia ahora con una nueva selección de relatos, Sobre el dragón del abismo, un conjunto de cuatro cuentos fantásticos y terroríficos, escritos entre 1896 y 1926, representativos de las distintas fases de su evolución estética. Los textos vienen acompañados de un excelente prólogo del traductor, Alejandro Morales Rama, donde se nos proporcionan las claves necesarias para comprender en profundidad el significado y alcance de los diferentes relatos, tanto en el contexto personal y literario del autor como en su complejo trasfondo cultural. Vaya por delante, sin embargo, que los textos gozan de la autonomía suficiente como para imponerse y deleitar por sí solos al lector más desprevenido. Cierra el volumen un útil glosario de términos japoneses.

El primer relato, «Sobre el dragón del abismo» (1896), narra las tribulaciones fantásticas de un niño perdido en el bosque. La picadura de un extraño y vistoso insecto multicolor (un escarabajo tigre) actúa sobre Chisato como un potente catalizador, trasladándolo a una dimensión fantástica paralela plagada de yōkai. En este mundo incierto y peligroso, una mujer alta y bella -una especie de divinidad- lo acoge en su seno y lo conduce a su morada, cumpliendo sus fantasías de niño sin madre. Esta figura femenina materna (elemento recurrente en la obra de Izumi Kyōka) tiene su correlato real en la hermana de Chisato -temida y adorada a la par-, cuya presencia no deja de manifestarse ni siquiera durante el desarrollo de la peripecia fantástica. La vuelta a la normalidad de Chisato vendrá acompañada de la ineludible convalecencia, de su exposición a un exorcismo budista que concitará una tormenta con efectos devastadores sobre la naturaleza y el paisaje circundantes. El segundo relato, «El pájaro misterioso» (1897), tiene también como narrador y protagonista a un niño imaginativo, que vive con su madre en una diminuta garita emplazada sobre un puente. Esta reducida familia de marginados, que sobrevive cobrando peaje a los transeúntes, sobrelleva la dureza del trato con sus semejantes gracias a una original ocurrencia de la madre, que consiste en restar importancia a las actitudes humanas identificándolas con las de los animales. Como consecuencia de esta enseñanza, el niño expondrá ante su escéptica maestra una deliciosa serie de argumentos y observaciones tendentes a demostrarle que los humanos no son superiores en nada a los animales. Y es que bajo la atenta y creativa mirada del niño los adultos manifiestan su esencia más mezquina y ridícula, como sucede con ese presuntuoso jurista que no desea pagar el peaje, o con el viejo decrépito que captura arteramente con una liga a un delicado pajarillo que pía despreocupadamente sobre la rama de un árbol. Como en el relato anterior, cobra importancia extrema la figura materna, que emprende su vuelo fantástico con esa misteriosa mujer alada que, según la madre, lo salvó en cierta ocasión de ahogarse en el río. También aquí la entidad femenina se enriquece desdoblándose en dos horizontes, el real y el imaginado. El siguiente relato, «Historia de los tres ciegos» (1912), supone un notable cambio de registro. Ahora nos enfrentamos a una historia de adultos, terrorífica y siniestra, marcada por un tono ominoso y el descarnado desarrollo de los acontecimientos. El protagonista es un enamorado que acude a una cita nocturna con una mujer. Al ascender por una empinada callejuela de arrabal, rodeada de precipicios y aislada por una espesa niebla, se topa con tres miserables ciegos ambulantes, masajistas de profesión, que le advierten del peligro de pasar junto al yōkai «devorador de sombras» que acecha bajo la quinta farola. En este escenario de pesadilla, morosamente descrito por el narrador, se rememora una historia de amor preñada de horrores, superstición y miseria. «El fantasma que esconde sus cejas» (1926) es una elaborada historia de aparecidos, ambientada en un albergue tradicional de montaña. El gozoso descanso del viajero, las corteses atenciones que recibe, los platos suculentos que degusta… crean una inicial atmósfera de bienestar que se verá pronto alterada por la aparición de manifestaciones sutiles de orden sobrenatural…

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Aunque cazó el gorrión triguero con mucha astucia, el pajarito gorjeaba, estaba diciendo algo. Mientras que el viejo allí, callado, era incapaz de decir nada ni siquiera a mí, que estaba a su lado mirando. Si los comparamos, no sabría decir cuál de los dos es superior.» (traducción de Alejandro Morales Rama)
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Pasión de las santas Perpetua y Felicidad

Passio Perpetuae et Felicitatis es un breve texto latino del siglo III, presumiblemente escrito o compilado por Tertuliano (c. 160-220), que narra el martirio sufrido por un grupo de cristianos en abril de 203 en el anfiteatro de Cartago. La política continuista de Septimio Severo en la persecución de credos considerados nocivos para el Estado, así como el celo local de las autoridades africanas en fechas especialmente sensibles (natalicio de Geta, boda de Caracalla, etc.), explicarían este rebrote de intolerancia religiosa en un rincón del imperio que era solar natal de la dinastía reinante. Como era habitual, a los mártires se les imputa su conversión al cristianismo y su negativa a ofrecer sacrificios por la salud de los príncipes. El castigo que se les aplicará en consecuencia, para diversión del pueblo, será su sacrificio ad bestias en el circo (una prueba de la que veremos salir indemnes a la mayoría, pero que se verá culminada brutalmente por la espada del gladiador). El interés histórico de este texto se incrementa mucho por incluir un testimonio en primera persona de su principal protagonista, Vibia Perpetua, una joven perteneciente a la nobleza cartaginesa y madre de un niño de pocos meses. Passio Perpetuae et Felicitatis nos ofrece, pues, no solo una rara muestra de literatura femenina latina, sino también un valioso testimonio del sacrificio de cristianos en el circo romano, un fenómeno popular y mediático como pocos, frecuentemente falseado o trivializado. La traducción de Alejandra de Riquer, que nos brinda Acantilado, se completa con una interesante y necesaria introducción de Armand Puig.

Perpetua destaca por su orgullo y entereza, producto de su gozosa identificación con la condición de mártir, pero también de su mayor instrucción y conciencia de clase, que le permite erigirse en líder del grupo: se encara con el tribuno de la cárcel, exigiéndole un trato más humano, y se opone a que las vistan de sacerdotisas de Ceres en su enfrentamiento con las fieras. En una dimensión más privada, Perpetua muestra también una gran firmeza ante los ruegos, llantos y amenazas de su padre, que no duda en «chantajearla» emocionalmente con el hijo lactante en su deseo de verla abandonar una posición tan vergonzosa para la familia. Pero las mayores muestras de coraje las ofrece Perpetua en el desarrollo mismo del suplicio, al arreglarse el cabello tras la embestida de la vaca, o cuando ofrece su cuello al bisoño gladiador que no acierta a darle la puntilla. La otra mártir, la esclava Felicitas, muestra un relieve mucho menor en el texto, aunque su figura de madre embarazada de ocho meses no deja de añadir un hondo dramatismo a su sacrificio. Su parto prematuro dos días antes de los juegos es mostrado como una concesión del Cielo a su deseo de no verse separada de sus compañeros de martirio (el derecho romano prohibía el ajusticiamiento de embarazadas). Sobra decir que en el bando pagano los personajes están muy desdibujados: Hilariano, el procurador de Cartago, que suple al procónsul recién fallecido, el padre de Perpetua, el suboficinal de la prisión Pudente (que terminará convertido por ejemplo de los mártires), y ese populacho inconsecuente que se escandaliza porque pretenden exhibir desnudas a las mártires, pero que exige que sean apuntilladas en el centro del anfiteatro para regodearse mejor con su agonía. Y es que la acción de las fieras no ha debido ser lo suficientemente «inhumana» para su gusto: un oso que no se ha atrevido a salir de su jaula, un jabalí que ha herido «equivocadamente» al gladiador, una vaca que ha derribado con escaso daño a Perpetua… Las peores fieras estaban en las gradas.

Aparte del carácter testimonial del opúsculo, ofrecen gran interés alegórico las cuatro visiones que experimentan dos de las víctimas en los días anteriores a su sacrificio. En la primera de ellas, Perpetua sueña con una estrecha escalera de bronce que asciende al Cielo, flanqueada por todo tipo de armas blancas y custodiada por una serpiente a la que logra pisar la cabeza, confirmación de su inminente martirio. La segunda visión de Perpetua la protagoniza su hermano Dinócrates, muerto a los siete años de edad por una úlcera en la cara. En un primer sueño, el niño se le aparece sufriendo sed junto a una alberca de agua purísima que no puede alcanzar. La conclusión de la visión, que se le presenta días después tras sufrir la tortura del cepo, le muestra a Dinócrates ya curado de su llaga y bebiendo agua en una copa de oro. Su tercera visión la constituye el combate con un egipcio, símbolo diabólico equivalente a la serpiente, y al que también vence poniéndole el pie en el cuello (es significativo que para librar este combate Perpetua se vea metamorfoseada en hombre y ungida con aceite, como un gladiador). Estas tres visiones de la protagonista, que no son sino un anuncio de su triunfo sobre el demonio, se complementan con la del catequista Sáturo, en la que los mártires son conducidos en volandas al Paraíso por cuatro ángeles.

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Para las muchachas, el diablo preparó una vaca de las más salvajes -algo fuera de lo habitual-, a fin de equiparar el sexo de ellas con el de la fiera. Así, pues, las hicieron salir sin sus ropas y cubiertas sólo con unas redes. El público se horrorizó al darse cuenta de que una era una joven delicada [Perpetua] y de que la otra [Felicidad], cuyos pechos destilaban todavía leche, acababa de dar a luz. Entonces se las llevaron y las hicieron salir vestidas con unas túnicas sueltas. Perpetua fue la primera en ser embestida y cayó de espaldas. Cuando se sentó, agarró la túnica, que se la había desgarrado por un lado, para taparse el muslo, más preocupada por el pudor que por el dolor. Después, buscó su aguja y se recogió el cabello, que se le había soltado; era impropio de una mártir afrontar el sufrimiento con el cabello suelto, no fuera que pareciera que, en su momento de gloria, estaba de duelo.» (traducción de Alejandra de Riquer)
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