La editorial Siruela, que ha difundido en nuestro país la mayor parte de la obra de Robert Walser (1878-1956), nos ofrece en estos días un nuevo volumen del escritor suizo, Desde la oficina (Sobre la vida de los empleados), traducido del alemán por Rosa Pilar Blanco. Los antólogos de la edición original de Surhkamp, Reto Sorg y Lucas Marco Gisi, han reunido en este libro una veintena de textos de muy diversa procedencia, escritos en su mayor parte entre 1902 y 1932, que tienen como protagonista al inefable oficinista walseriano. Una buena oportunidad para sumergirnos en un divertido y particularísimo mundillo de jefes y empleados, personajes recurrentes en la obra del escritor de Biel. A lo largo de su vida, y antes de que su debilitada salud le obligara a recluirse en una sanatorio para enfermos mentales en Herisau, Robert Walser combinó su vocación literaria con el desempeño de diversos empleos subalternos en entidades bancarias y empresas de su país. Las inquietudes de estos modestos oficinistas que pueblan sus escritos son en buena medida las suyas propias, las del poeta que rima versos, quizás con la conciencia culpable, bajo la reprobatoria mirada de su jefe.
Si hemos de creer a Walser, el oficinista es una especie de caballero andante de la pluma, un ser sensible, culto, educado, un poco filósofo, de moral intachable, tímido en ocasiones, celoso de su imagen y no del todo indiferente a los dardos de eros (sobre todo con patronas de pensión y camareras). Sin embargo, y para fortuna nuestra, el oficinista walseriano también puede ser todo lo contrario: respondón, rebelde, descarado… un virtuoso en el arte de perder el tiempo o inventar excusas descabelladas para llegar tarde a la oficina o salir antes de tiempo. Se ha señalado en Walser una identificación, de tintes casi masoquistas, con los personajes subordinados que tanto abundan en sus novelas. Pero quizás solo debamos hablar de una preferencia comodona por las posiciones marginales, por el rechazo de las responsabilidades que conlleva el mando o la toma de decisiones (un sentimiento que glosó humorísticamente Melville en uno de sus relatos, «El fracaso feliz»). El oficinista walseriano sería, pues, una encarnación óptima de esta postura vital, cuya supuesta ganancia radicaría en el disfrute de una mayor libertad interior. Y es que la oficina, para Walser, es un espacio antinatural donde el tiempo transcurre con una insoportable lentitud, una especie de báratro del tedio del que solo podremos escapar gracias a la imaginación o a la literatura:
«Su talento para la escritura convierte fácilmente a un oficinista en escritor».
Siempre me ha parecido que la oficina de Walser tiene mucho de escuela (quien haya leído Jacob von Gunten podrá percibirlo mejor). Ante sus jefes, los oficinistas walserianos se conducen como apesadumbrados colegiales bajo la férula de su maestro. Sus ocurrencias y travesuras son muy similares: entrar tarde al aula, distraerse con facilidad, no hacer las tareas, aprovechar cualquier excusa para levantarse, tirar cosas al suelo, salir al aseo… Los espacios cerrados, el lento transcurrir de las horas y los horarios rígidos son sus enemigos comunes. Es posible que una parte de la comicidad que derrochan estos oficinistas radique precisamente en eso, en el contraste que percibimos entre su estatus de adulto y su comportamiento infantil. En cualquier caso, ¡qué situaciones tan divertidas habría podido mostrarnos Walser si hubiera sido profesor!
Desde la oficina (sobre la vida de los empleados) se completa con un interesante epílogo de Reto Sorg y Lucas Marco Gisi, que reflexionan sobre la valiosa y particular visión que nos ofrece Walser, a través de sus oficinistas, del proceso de burocratización, un fenómeno creciente, propio de las sociedades modernas, que alcanzó también una significativa resonancia en obras de Gógol, Dickens, Melville o Kafka, y que pronto recibió la preocupada atención de pensadores y sociólogos como Siegfried Kracauer o Max Weber.
Reseña de Manuel Fernández Labrada

La vida del escritor ruso Mijaíl Bulgákov (1891-1940) fue un continuo desencuentro con las autoridades soviéticas, pues no halló, al parecer, mejor manera para expresar su talento que satirizar los abusos y contradicciones de la maquinaria del régimen… No obstante su famosa conversación telefónica con Stalin de 1930, que le proporcionó un trabajo en el Teatro del Arte de Moscú, Bulgákov sufrió de un ostracismo casi ininterrumpido y, aunque se salvó de las terribles purgas de los años 30 (en las que perecieron escritores como Babel, Meyerhold o Mandelshtam), la parte más significativa de su producción literaria (como El maestro y Margarita) no se difundió hasta muchos años después de su muerte.
Este intenso y perfecto libro de relatos, Evocación de Matthias Stimmberg (1996), fue escrito hace más de dos décadas por Alain-Paul Mallard (1970), escritor y cineasta mexicano afincado actualmente en Barcelona. La exquisita edición conmemorativa que Turner acaba de publicar es, sin duda, una merecida recompensa tras veinte años de latencia callada entre las manos de lectores devotos que -así se nos informa en la nota introductoria del libro- han mantenido vivo el texto con el intercambio de fotocopias y archivos digitales. El libro de Mallard lo integran diez relatos breves que recomponen fragmentariamente la vida de Matthias Stimmberg (1901-1979), un escritor austriaco del que inútilmente buscaremos información en ninguna enciclopedia… Diez instantáneas fechadas entre 1909 y 1979 -no ordenadas cronológicamente- que trazan la discontinua biografía de un poeta que deberemos situar entre los lúcidos y desengañados, misántropos y outsiders, enemigos de premios y famas espurias. Relatos de una admirable riqueza y densidad, sutilmente interrelacionados, susceptibles de múltiples lecturas e interpretaciones. Textos decididamente incómodos, que hacen resonar en nuestro interior alguna cuerda que creíamos tener prudentemente silenciada… Diez hitos en la biografía de un autor imaginario que justifican con creces el lema que abre el libro (una cita del propio Stimmberg): «La misantropía es un humanismo; el humanismo es también una misantropía».
Siruela vuelve a presentarnos en su «Biblioteca de ensayo» un nuevo volumen de George Steiner (1929), brillante ensayista y gran conocedor de la cultura europea. Nos referimos a Fragmentos (Fragments. Somewhat Charred), un conjunto de ensayos publicados originariamente en Kenyon Review (2012), traducidos para la ocasión por Laura Emilia Pacheco. Un ficticio autor antiguo, Epicarno de Agra, y el improbable hallazgo de unos pergaminos carbonizados en una biblioteca de Herculano son la excusa para ofrecernos ocho breves e intensas meditaciones. Cada fragmento conservado -una frase mínima, en ocasiones incompleta, enigmática o ambigua- se convertirá en un aforismo digno de ser glosado. Es indudable que «leemos» el mundo según nos interesa, y al igual que los pacientes del psicoanálisis leían en las manchas de Rorschach sus propias obsesiones, Steiner ha jugado a ver en estos ocho fragmentos de Epicarno los temas de meditación que más le preocupan, un estimulante abanico de asuntos transcendentes y siempre actuales: el amor y la amistad, el dinero y el mal, la inteligencia y la música, Dios y la muerte… Todo desgranado con ese estilo brillante y dinámico que lo caracteriza, denso y literario, rico en alusiones culturales de todo tipo cuyo desciframiento constituye un placer añadido. Es verdad que en estas reflexiones encontramos más preguntas que respuestas… Quizás porque la función del pensador no sea tanto contestar como plantear interrogantes. Donde fallan las preguntas reina la intolerancia.
La editorial madrileña Quaterni, especializada en literatura oriental, inaugura su nueva colección de «Miniaturas» con estos Cuentos japoneses de doncellas, una breve selección de relatos y leyendas extraídos de Japanese Fairy Tales (Londres, 1910), la obra más conocida de la escritora inglesa y orientalista Grace James (1864-1930). En la nota preliminar que acompañaba a la edición inglesa, la autora -residente en Japón- revelaba al lector sus fuentes de inspiración: el famoso Kojiki («Crónicas de antiguos hechos del Japón») y sus propios recuerdos de escuela y niñez. La edición original se acompañaba asimismo de un buen número de atractivas ilustraciones, obra del reputado artista Warwick Goble.
encantadoras. Grace James fue una apreciada escritora de cuentos infantiles, y aunque sus relatos japoneses no están expresamente dirigidos a un público menor, algo tienen de la simplicidad e inmediatez de los cuentos para niños. Hay sin duda caminos más directos y genuinos para adentrarse en los mitos y leyendas del Japón, pero creo que estas versiones occidentales primeras tienen -como las de Lafcadio Hearn- su propio valor y atractivo; y en el caso particular de Grace James, el indudable mérito de ganarse el interés del lector con los recursos literarios más sencillos.
Cuentos de lluvia y de luna (Ugetsu Monogatari, 1776) es uno de los mejores exponentes del género fantástico japonés. Su autor, Ueda Akinari (1734-1809), fue también autor de otra famosa colección de relatos, Cuentos de la lluvia de primavera (Harusame Monogatari, 1808), recientemente publicada por Satori. Cuentos de lluvia y de luna es un libro de espíritus y demonios, de transformaciones y apariciones espectrales, impulsadas siempre por una pasión desenfrenada, un sufrimiento intolerable o la necesidad de cumplir con una promesa o ejercer una venganza. La editorial madrileña Trotta nos brinda la oportunidad de leer este apasionante libro en la traducción de Kazuya Sakai, que ha anotado profusamente el texto y escrito un amplio y profundo estudio preliminar.
Las fronteras entre literatura y filosofía son, en ocasiones, venturosamente difusas. Quien haya leído a Goethe o a Nietzsche -por citar solo un par de nombres- podrá dar cuenta de la veracidad de esta afirmación, que tiene en la figura del filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) otro testimonio de peso (y no solo porque fuera autor de esa novelita tan encantadora, Diario de un seductor). «Diapsálmata» es palabra griega que viene a traducirse como «entre salmos». Si he entendido bien lo que explica Enrique Bernárdez en su introducción, se trataría de algo parecido al interludio pianístico que enlaza las diferentes estrofas de un lied o canción. Mientras descansan discurso y cantante, el tapiz sonoro del piano, que antes era fondo, pasa ahora a primer plano. No es lo más notable, pero sí lo fundamental, lo que estaba siempre en el fondo, aunque no lo percibiéramos con total nitidez. Puede ser una explicación del título… Pero que cada cual lo entienda como mejor le parezca. ¿No comenzamos diciendo que filosofía y literatura debían ser hermanas?
Algunos artistas no se resignan a dejarnos un único testimonio de su genio. Toman la pluma y escriben sobre su arte, de su manera personal de vivirlo o de valorarlo. No les basta con las manchas de color que quedan sobre el lienzo o las notas musicales grabadas en una cinta magnetofónica. Quieren tomar la palabra y ser más explícitos, iluminar desde dentro su legado. Justificarlo o hacerlo más comprensible, más perdurable. Cuando se trata de verdaderos artistas no podemos sino congratularnos y prestarles toda nuestra atención. Este es el caso del libro que hoy nos ocupa: De la A a la Z de un pianista, de Alfred Brendel (1931), uno de los intérpretes de piano más destacados y reconocidos de la pasada centuria, gran especialista del piano clásico y romántico (Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert…), autor de interpretaciones y grabaciones de referencia absoluta. En Alfred Brendel se añade además una inquietud literaria, su afán por la escritura, que le ha llevado a ser autor de diversos ensayos musicales y libros de poesía. De la A a la Z de un pianista (A bis Z eines Pianisten, Múnich, 2012) ha recibido una excelente acogida en nuestro país. El propio autor vino a presentarlo hace un par de años, y concedió una entrevista a un diario nacional donde nos contaba que en la actualidad vive un tanto alejado del piano y entregado a la literatura… Hablamos de un libro cuyo interés sobrepasa ampliamente el círculo de melómanos y aficionados al piano.
El japonés Izumi Kyōka (1863-1939) fue un escritor a contracorriente, romántico y fantástico en una época naturalista, lo que no le impidió alcanzar una amplia aceptación ni recibir elogiosas valoraciones de escritores como Mishima o Kawabata, que reconocieron su magisterio. Ediciones Satori, que lo dio a conocer en nuestro país publicando El santo del monte Kōya, nos obsequia ahora con una nueva selección de relatos, Sobre el dragón del abismo, un conjunto de cuatro cuentos fantásticos y terroríficos, escritos entre 1896 y 1926, representativos de las distintas fases de su evolución estética. Los textos vienen acompañados de un excelente prólogo del traductor, Alejandro Morales Rama, donde se nos proporcionan las claves necesarias para comprender en profundidad el significado y alcance de los diferentes relatos, tanto en el contexto personal y literario del autor como en su complejo trasfondo cultural. Vaya por delante, sin embargo, que los textos gozan de la autonomía suficiente como para imponerse y deleitar por sí solos al lector más desprevenido. Cierra el volumen un útil glosario de términos japoneses.
Passio Perpetuae et Felicitatis es un breve texto latino del siglo III, presumiblemente escrito o compilado por Tertuliano (c. 160-220), que narra el martirio sufrido por un grupo de cristianos en abril de 203 en el anfiteatro de Cartago. La política continuista de Septimio Severo en la persecución de credos considerados nocivos para el Estado, así como el celo local de las autoridades africanas en fechas especialmente sensibles (natalicio de Geta, boda de Caracalla, etc.), explicarían este rebrote de intolerancia religiosa en un rincón del imperio que era solar natal de la dinastía reinante. Como era habitual, a los mártires se les imputa su conversión al cristianismo y su negativa a ofrecer sacrificios por la salud de los príncipes. El castigo que se les aplicará en consecuencia, para diversión del pueblo, será su sacrificio ad bestias en el circo (una prueba de la que veremos salir indemnes a la mayoría, pero que se verá culminada brutalmente por la espada del gladiador). El interés histórico de este texto se incrementa mucho por incluir un testimonio en primera persona de su principal protagonista, Vibia Perpetua, una joven perteneciente a la nobleza cartaginesa y madre de un niño de pocos meses. Passio Perpetuae et Felicitatis nos ofrece, pues, no solo una rara muestra de literatura femenina latina, sino también un valioso testimonio del sacrificio de cristianos en el circo romano, un fenómeno popular y mediático como pocos, frecuentemente falseado o trivializado. La traducción de Alejandra de Riquer, que nos brinda Acantilado, se completa con una interesante y necesaria introducción de Armand Puig.





