Una estrella fugaz, de Takarai Kikaku

_visd_0000JPG026F8.jpgHacía tiempo que deseaba escribir sobre algún libro de esta estupenda colección, Maestros del Haiku, que tantos ratos de placentera lectura y meditación me ha deparado en estos últimos años. Publicada por la gijonesa Satori, editorial especializada en literatura japonesa, y al amparo del enorme interés que suscita ahora todo lo relativo a la cultura nipona, la serie recoge una valiosa y diversa selección de haikus: esa forma lírica mínima, de tan solo tres versos y diecisiete sílabas, carente de rima, pero que puede condensar en una mirada un universo de belleza e intuición. De Bashō a Ryūnosuke, de Issa a Sōseki, la colección nos acerca un granado plantel de maestros, antiguos y modernos, pertenecientes a la más genuina tradición japonesa del haiku. Cada volumen recoge setenta poemas, todos seleccionados, traducidos y prologados por el hispalense Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala, gran especialista en literatura japonesa de la Universidad de Sevilla, que nos ofrece unas versiones de gran belleza y perfección formal, a las que añade una breve glosa o explicación —también de notable encanto y delicadeza— que nos orienta en la comprensión del poema; aunque sin pretender en modo alguno imponérsenos o privarnos de nuestra propia parcela de interpretación: principal tarea que nos corresponde como lectores de haikus. En dos páginas enfrentadas, se nos ofrecen el texto original —tanto en caligrafía japonesa como en caracteres latinos— y su traducción en versos equivalentes, acompañados de una breve explicación gramatical y la glosa. Esta acertada configuración nos invita a una lectura reiterada y poliédrica muy conveniente. Nuestro acercamiento al poema debe ser todo lo contrario al rectilíneo trazado de una estrella fugaz: más bien el zigzagueante acecho de una mariposa alrededor de su flor.

La colección Maestros del Haiku alcanza en estos días su volumen decimotercero, que bajo el título de Una estrella fugaz recoge poemas de Takarai Kikaku (1661-1707). Hijo de un médico de Edo (Tokyo), Kikaku prefirió seguir la carrera de haijin profesional, entrando como discípulo de Bashō (1644-94) a la edad de quince años. Poeta culto, de una sólida formación humanística, también interesado por las ciencias y la pintura, Kikaku fue asimismo autor de un interesante documento histórico: «Memorias del maestro Bashō en su lecho de muerte». Considerado puente de unión entre Matsuo Bashō y Yosa Buson (1716-84), Rodríguez-Izquierdo y Gavala señala como características de Kikaku su «inspiración urbana, énfasis en la novedad, humor y recursos retóricos». No me resisto a relatar una de las deliciosas anécdotas que el especialista sevillano recoge en el prólogo a su edición, relativa a las relaciones de Kikaku con su maestro Bashō, que en cierta ocasión le sugirió modificar uno de sus haikus de manera que resultara más respetuoso con la vida animal:

Libélulas rojas: quítales las alas y serán vainas de pimienta (Kikaku)
Vainas de pimienta: añádeles alas y ¡serán libélulas! (Basho)

Quizás haya pocas cosas más contrarias al espíritu de nuestro tiempo que el haiku; y me parece que se equivocan quienes pretenden relacionar su éxito actual con la lectura apresurada y los trayectos en metro o autobús (al microrrelato le ha cabido parecida suerte). El haiku es el género de la demora, de los entornos de lectura favorables y acogedores. Si hay un libro que no es prudente leer con prisas es aquel que contiene haikus, donde dos poemas contiguos pueden corresponderse con dos universos muy alejados, que solo nuestra detenida y atenta lectura puede deslindar y poner en su justo valor. Una exigencia común a toda la poesía, desde luego, pero que quizás en el haiku se vuelva más perentoria en virtud de su sencillez y brevedad. En una reseña publicada anteriormente en este mismo blog, vimos como Donald Keane, en Los placeres de la literatura japonesa, enfatizaba la variable valoración estética del haiku, que en las encuestas del profesor Takeo Kuwabara parecía depender más del prestigio del autor que de sus cualidades intrínsecas. Esta supuesta volatilidad de juicio podría explicarse un poco si consideramos que en el haiku resulta importante, tanto o más que el contenido y la forma del poema —y sobre todo para nosotros, que en la traducción perdemos seguramente sus tonos más sutiles—, el propio bagaje del lector: su estado emocional, su sensibilidad y experiencias personales, incluso sus lecturas. Son estos elementos, sin duda, los que le otorgan su sentido más profundo. El lector es la caja de resonancia del haiku: un instrumento lírico tan pequeño como esas diminutas arpas de boca que es preciso introducirse en la cavidad bucal para que resuenen y puedan escucharse. Se cumple así, al menos en parte, lo que decía Jünger refiriéndose a las posadas españolas, «donde los huéspedes no encuentran más que lo que traen consigo en su equipaje».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

«Es cosa mía», pienso, y la mansa nieve se apila en mi sombrero
(traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala)

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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