Según afirman algunos biólogos, las células del cuerpo humano se van renovando a lo largo de la vida, de tal manera que al cabo de diez o quince años podríamos decir que ya no somos la misma persona. Sin embargo, aunque mostremos un rostro más envejecido, tengamos algunos kilos de más o nuestro carácter se haya modificado en parte, nadie negará que conservemos íntegra nuestra identidad. Solo en contadas ocasiones este proceso se intensifica hasta el punto de volvernos irreconocibles o poco menos. Es entonces cuando hablamos de metamorfosis: un accidente ―orugas y mariposas aparte― de larga y feliz tradición en el terreno literario. De este tipo de cambios acelerados es de lo que trata la divertida novelita de Yukiko Motoya (1979), Mi marido es de otra especie (Irui kon´in tan, 2016), que en estos días reedita Alianza en su colección de bolsillo «13/20». Una excelente oportunidad, pues, para conocer la obra de esta joven escritora japonesa, ganadora de prestigiosos galardones literarios, como el Premio Akutagawa. Mi marido es de otra especie es una novela satírica protagonizada por un matrimonio que sufre una especie de convergencia indeseada de personalidad: una metamorfosis inducida por un marido poco ejemplar. Aunque la víctima principal es la mujer, que ve peligrar su identidad, la amenaza puede entenderse también como signo de una patología social más extendida y general. No es necesario leer muchas páginas del libro para descubrir que Yukiko Motoya sabe conferirle un brillo especial a todo cuanto narra: un toque de extrañamiento, fantástico y humorístico en ocasiones, que vuelve significativos los sucesos y situaciones cotidianas, haciendo gala a su vez de una admirable sencillez de estilo que se dirige directamente, sin maniqueísmos ni manierismos innecesarios, al corazón de sus lectores. La pérdida de la identidad es el tema principal de la novela. Con la excepción del cambio climático, la pobreza y la guerra, quizás no haya otra amenaza mayor que penda sobre nuestro futuro. Vigile, pues, el lector su rostro en el espejo, y no abuse de la televisión (ni de cualquier otra pantalla) como hace el marido de Sanchan. Tal vez sus facciones comiencen a desdibujarse el día menos pensado.
Como la célebre novela de Kafka, el relato de Yukiko Motoya se abre con la percepción de una metamorfosis: la protagonista descubre ante el espejo que su cara se ha vuelto casi idéntica a la de su marido. Una situación que tiene su punto de inquietante, sobre todo cuando el marido al que toca parecerse confiesa como gran proyecto de su vida matrimonial el que le dejen ver la caja tonta con tranquilidad: «Mira, Sanchan, has de saber que quiero ver la tele tres horas al día como mínimo». Este trascendental secreto, que ocultó a su anterior pareja, lo desvela ahora a fin de propiciar una convivencia más duradera con su nueva mujer. ¡No todos podemos guardar misterios tan formidables como los de un Rochester o un De Winter! No es envidiable, desde luego, la situación de Sanchan, casada con un sujeto que no quiere hacer nada fuera de sus horas de trabajo ―ni tan siquiera pensar―, y que delega todos los esfuerzos en quienes lo rodean. Su talante, puesto a prueba por las pequeñas vicisitudes de la vida cotidiana, suspende en todas las ocasiones. Es, desde luego, un marido manipulador ―no tanto por maldad, como por puro y simple egoísmo―, que se escuda en su mujer para todo, como se manifiesta en esa escena, un tanto surrealista, del escupitajo sobre la acera. ¿Es necesario insistir en que el caso contrario no es imposible? A este respecto, quizás sea oportuno señalar que el marido de Sanchan (personaje sine nomine) es un campeón de las horas extras en su empresa, al menos en la primera parte de la novela; y eso, en ocasiones, pasa factura. También es cierto que Sanchan abandonó su trabajo en el momento de casarse, por libre elección como ella misma reconoce ―con un acusado sentimiento de culpa―, pues deseaba liberarse de un trabajo agotador y disfrutar de un piso en propiedad como el que tenía su marido. Este tipo de revelaciones define el tono del libro, donde el drama de una pareja sin hijos, que no tiene nada que decirse y poco que compartir, se expone sin aspavientos ni tópicos, sin víctimas ni verdugos.
Pero lo verdaderamente fantástico del caso es que el marido de Sanchan exhibe en ocasiones un rostro de rasgos fluctuantes, movibles, sobre todo cuando se pasa las horas muertas ante el televisor, con un whisky en la mano, viendo programas de «variedades», o se entrega a un juego de lo más insulso en el iPad. Y no se trata solo de que el marido, irreconocible, se haya convertido es un ser tan extraño que parece de otra especie, sino que además amenaza con contagiar a la pareja de su mal, hacerla su semejante. Resulta sorprendente que un talante tan romo y poco atractivo como el del marido de Sanchan pueda dejar su huella en persona alguna. Habrá que pensar que la proximidad y la convivencia prolongada pueden tener esos efectos indeseados. Para Sanchan el matrimonio podría representarse simbólicamente con esa figura emblemática de las dos serpientes entrelazadas que se devoran mutuamente comenzando por las colas (aunque en su caso, no con la misma velocidad). Y es que dejarse asimilar es también una tentación, sobre todo cuando el modelo que se impone es tan laxo como el que encarna su marido. Es la atracción del abismo; o dicho con mayor claridad: la de seguir el camino más cómodo. Pronto comenzarán a desdibujarse también los rasgos de Sanchan, y si nada lo remedia no tardará mucho en intercambiar papeles con su marido, que ya comienza a dar ciertas señales de sentido común; y ella, una peligrosa inclinación al whisky, a la tele y a il dolce far niente… No creo que nadie me pueda tildar de spoiler si revelo que la historia finaliza incrementando el número de las fábulas de Ovidio.
Pero la novela no se centra únicamente en la pareja protagonista. Los otros personajes que la acompañan también son merecedores de la mirada crítica de la autora, que se expresa de una manera más indirecta y sutil en su caso. La anciana señora Kitae y su marido Arai, el hermano de Sanchan, Senta, y su cuñada Hakone traslucen de alguna manera un ecosistema social un tanto trastornado, aquejado de pequeños detalles mezquinos, como la glotonería, el auto engaño o la inclinación a delegar las decisiones desagradables en los demás. Veremos vidas que amenazan con derrumbarse por nimiedades que no se acierta a resolver, como los problemas provocados por los orines del gato de la señora Kitae, que culminan en uno de los episodios más significativos de la novela, desarrollado en las montañas de Gunma. El consumismo, las preocupaciones triviales (como la del frigorífico que desea subastar Sanchan), las actitudes gregarias, las actuaciones inconsecuentes y una incomunicación generalizada (como lo testifican algunos diálogos insustanciales, que se detienen siempre antes de llegar a un nudo significativo) terminan de dibujar un entorno en el que alteraciones como las que sufre el marido de Sanchan no parecen ya tan inverosímiles.
La edición de Mi marido es de otra especie se completa con tres relatos breves, igualmente encantadores y originales, que manifiestan una clara afinidad entre ellos y nos permiten apreciar la labor literaria de su autora en un ámbito más reducido. Son relatos enigmáticos, no todos igual de fantásticos, pero capaces de producir un parecido extrañamiento en el lector. Aunque se describen e insinúan realidades y posibilidades bastante terribles, no están faltos de ese fino sentido del humor que ya reconocemos en su autora. El tema de la metamorfosis reaparece en el relato titulado Los perros, un cuento fantástico que transcurre en una perdida cabaña de montaña, alejada de la gente, donde la protagonista ejecuta un trabajo rutinario a la vez que hace realidad una fantasía de misántropa que alentaba desde su infancia. En este contexto tan especial irrumpirá lo extraordinario. Un relato que podremos interpretar de múltiples maneras (una visión apocalíptica, una fábula moral, una alucinación, un relato de ciencia ficción…), aunque solo leer con una misma admiración y placer. En un entorno muy diferente, más realista y cotidiano, se desenvuelve la experiencia narrada en El baumkuchen de Tomoko. Lo decisivo en este relato es la pintura de ese trasfondo inquietante que en ocasiones vislumbramos, tal como si lo cotidiano fuera un velo que ocultara otra realidad más amenazante; como si anduviéramos siempre al borde de un abismo inadvertido, de una «grieta de tierra» que pudiera abrirse y tragarnos en un instante. Un trabajo tan rutinario como el que efectúa Tomoko en el hogar ―cocinar un baumkuchen o atender a unos niños― puede ser también un catalizador de lo visionario, si no tan efectivo como la perdida cabaña del relato anterior, quizás lo suficiente como para que nos hagamos la vieja pregunta de si no seremos unos actores que dan plena credibilidad a lo que representan, hasta el momento en que despiertan y descubren que habitaban en un escenario. Pero la vida es un enigma del que quizás nunca llegaremos a conocer la respuesta, pues al fin y al cabo, como dice Tomoko: «este mundo es un concurso que será eliminado a la mitad».
Finalmente, Un marido de paja es el relato más ácido de los que componen el libro. También el más fantástico. Cierra de alguna manera el círculo al volver a remitirnos a la figura de un marido ridículo y mezquino, aunque en este caso su cercanía no resulta tan peligrosa para la identidad de su esposa como decepcionante. Un marido que nos recuerda mucho a ese impagable espantapájaros viviente que confeccionara con un palo de escoba, telas viejas y una calabaza mamá Rigby, la entrañable bruja del relato (Feathertop) de Hawthorne. Podríamos considerar Un marido de paja (sin restarle originalidad alguna al trabajo de Yukiko Motoya) como una continuación del cuento del autor de Salem: el espantapájaros, finalmente, ha logrado conquistar a una bella y rica joven y hacerla su esposa. Sin embargo, en el cuento de Motoya no ha habido engaño ni magia alguna que lo excuse. Tomoko confiesa haberse sentido satisfecha de su elección, aun a sabiendas de que se casaba con un hombre de paja. Quizás por ello, en un principio, no se tomaba demasiado a mal su liviandad, e incluso era capaz de reírse distendidamente del engendro. Su desilusión final es solo el precio que siempre debemos pagar, tarde o temprano, por las elecciones cómodas o apresuradas. Más allá de cualquier marido o mujer de paja que podamos imaginar, Un marido de paja representa sobre todo ―como el cuento de Hawthorne― una sátira del materialismo y la frivolidad que infectan nuestra sociedad, del juego de las apariencias y las realidades, de las luces favorables que disimulan los defectos o de esa «música celestial» que disfraza el verdadero sentido de las intenciones… Puestos a prueba, los materiales deleznables que nos conforman enseguida se delatan, y la obsesión por un coche nuevo (o por cualquier otra pacotilla semejante) puede ser el detonador que los haga saltar por los aires. ¡Qué fácil sería entonces acercar una cerilla a los restos! Pero la autora, con un excelente buen sentido, no llega nunca a traspasar el umbral de la crueldad. El espantapájaros seguirá vivo. Sabe que la sátira que nos deja una sonrisa en los labios es la mejor.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
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«La esposa convino en que, desde luego, era increíble. Entonces, le explicó que aquello había empezado con una piedra que estaba en un recipiente plano de arreglo floral, colocado por casualidad junto a la cabecera de la cama en el dormitorio. La piedra se iba pareciendo mucho al marido y, cada vez que la sustituía por otra, ocurría lo mismo. Así se fueron acumulando. Al recibir esta explicación, la señora Kitae cayó en la cuenta de que había muchas piedras más o menos del mismo tamaño en el borde del arriate de salvia que la esposa había señalado.»
«Cuando escuché el cuento de la bola de serpientes que me contó Hakone, por fin tuve una revelación satisfactoria de lo que hasta aquel momento no me explicaba. Sin duda, había permitido que los hombres me devorasen y ahora era como el fantasma de una serpiente que ha sido engullida por muchas serpientes; antes de que me engullese mi marido, ya hacía largo tiempo que había perdido mi ser original. Tal vez por eso puedo vivir tranquilamente con alguien, mi marido o un hombre similar, sin hacerle caso.»
«Tomoko se había casado a propósito con un hombre así. Algunos amigos, preocupados, le aconsejaron que lo pensara mejor, aunque la mayoría de la gente no se daba cuenta de que estaba hecho de paja. Lo que le gustó de él fue que era más alegre y tierno que cualquier otro. Al principio, había días en los que ella apenas podía comer, al pensar que tal vez se había precipitado al casarse, pero ahora nunca dudaba de que su intención había sido acertada.»
Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla

Hoy en día, con los ordenadores y la realidad virtual a la vuelta de la esquina, puede resultar difícil hacerse una idea de lo que representaban en el pasado las atracciones de los parques feriales. Aunque todavía subsisten ―al igual que el circo o la ópera―, su relevancia en la cultura popular se ha visto bastante disminuida. En el cuento maravilloso La caja mágica (Die Kukkasten, 1817), de La Motte Fouqué, un diablo disfrazado de feriante se valía de un cajón de dioramas para camelar y raptar a un niño curioso, de manera similar a como el célebre flautista de los Grimm se servía de la música para vaciar de gente menuda las calles de Hamelín. En la actualidad, la seducción más peligrosa nos acecha en móviles y ordenadores, y los artesanales dioramas de antaño, que nos permitían ver escenas del mundo entero, modeladas en relieve, han sido ampliamente sobrepasados por las posibilidades de Google Maps, una herramienta virtual tan pedestre como práctica. La poesía de estos entretenimientos populares, su valor simbólico y testimonial, siguen, sin embargo, latentes para quien sepa apreciarlos. El bello libro que acaba de publicar WunderKammer, Ferias y atracciones, de Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), es una invitación a sumergirnos en ese mundo de maravillas y evasión que constituían las ferias y parques de atracciones de hace más de medio siglo: un pasado que, por muy remoto que nos parezca, no ha perdido un ápice de su poder de fascinación. Casas de la risa, grutas mágicas, caballitos, brujas y demonios, domadoras de pulgas, autómatas, adivinos y otras varias especies «en peligro de extinción» pueblan sus páginas. El placer del lector, joven o más adulto, está asegurado. Porque este librito de Cirlot es también un parque de atracciones, un gabinete de sorpresas y curiosidades, un carrusel que dibuja su propio recorrido circular y del que nos dolerá apearnos en el último capítulo.

Peter Handke (1942) es un maestro contemporáneo que no precisa de presentación: uno de esos bienaventurados escritores cuyo relieve propio hace fácil olvidar que fue ganador de un Premio Nobel en 2019. Alianza Editorial, que ha publicado en nuestro país una considerable parte de su obra narrativa y ensayística, nos invita ahora a leer su más reciente novela, La segunda espada. Una historia de mayo (Das zweite Schwert. Eine Maigeschichte, 2020), traducida admirablemente para la ocasión por Anna Montané Forasté. Autor de una obra narrativa extensa, en la que figuran novelas tan reconocidas como La mujer zurda (1976), Lento regreso (1979) o La ladrona de fruta (2017), la producción artística del austriaco también incluye poemas, filmes y numerosos textos dramáticos, como 
Aseguraba Tales de Mileto que no hay nada tan veloz como el pensamiento, que discurre libremente por todas partes (así lo refiere Diógenes Laercio). El filósofo presocrático aludía, claro está, a la propiedad que tiene la imaginación para desplazarse a cualquier lugar conocido, y no tanto a la velocidad del proceso mental en sí, al que la ciencia moderna ha impuesto límites más modestos. En cualquier caso, sea más o menos rápido, el pensamiento puede dar una o mil vueltas, y sin necesidad de detenerse es capaz de ralentizar la acción del sujeto hasta extremos preocupantes. «La decisión desfallece bajo la pálida sombra del pensamiento», decía Hamlet, pues no siempre resulta fácil armonizar acción y reflexión. Así lo veremos en Palacio mental (Pre-Textos, 2022), una original y sugerente nouvelle que transcurre casi por entero en la mente de un detective enfrentado a un caso de asesinato. Su autor, Guillaume Contré (1979), es un literato de origen francés que escribe también en nuestra lengua, y que tiene en su haber otra breve e interesante novela: Sensatez (Pre-Textos, 2019). Quizás no sea ocioso informar al lector de que la expresión «palacio mental» denomina una antigua herramienta de memorización, atribuida a Simónides de Ceos, que nos facilita recordar listas de nombres u objetos según los vamos alojando ordenadamente en las diferentes estancias que componen un palacio mental imaginario. Si el título de la novela aludiera a este procedimiento mnemotécnico, le añadiría un matiz irónico a las tortuosas especulaciones de su protagonista. Porque el problema de estas habitaciones palaciegas de la mente humana es que casi siempre están amuebladas en exceso; tan llenas de espejos, cortinajes y cachivaches diversos que resulta casi imposible alojar nada nuevo. Y menos aún transitarlas con rapidez.
No me cabe ninguna duda de que todos aquellos que disfrutaron leyendo Muerto de risa (2021) quedarán igualmente encantados con esta nueva novela de Hermoso de Mendoza, Die Zweisamkeit, que el escritor logroñés vuelve a ofrecernos de la mano de Ápeiron Ediciones. No solo representa una consolidación evidente en su hacer literario, que se extiende, profundiza y afina, sino que además promete regalarnos con parejas dosis de imaginación, reflexión literaria y humorismo del bueno. Un juego del que el lector podrá participar, si tal es su deseo, antes incluso de tener el volumen entre las manos. Le bastará con observar los apuros del librero al buscar en su base de datos el título de la novela que le reclama. ¡Se han hecho performances con mucho menos! Cuando lo habitual es cifrar todas las esperanzas en cintas y envoltorios, en sagas y títulos clonados, esta impronunciable etiqueta que viste de enigma a la novela, Die Zweisamkeit, tiene mucho de desacato. Acostumbrados a citar tantos libros que ni siquiera se han visto, a discutir sobre tantos volúmenes que no se han abierto, muchos juzgarán indignante el no poder recordar el título de uno que precisamente sí se han leído. Mi consejo al lector quisquilloso es que no pierda el tiempo buscando traducciones en el google y comience a leer la novela de inmediato, aunque no sepa de qué va y necesite cifrar todas sus esperanzas en una pronta traducción en lengua alemana (donde, en buena lógica, el título figurará en castellano). Y si no tiene paciencia para tanto, que lo repita muchas veces en voz alta hasta que se lo aprenda y sea capaz de recitarlo con soltura: ¡Die Zweisamkeit, Die Zweisamkeit, Die Zweisamkeit…!
En una galería del Museo Teylers de Haarlem (Países Bajos), encastrados en una vieja caja poligonal de madera, se conservan los restos de un famoso fósil: una salamandra gigante del Mioceno Superior (Andrias scheuchzeri), según la clasificara Georges Cuvier en 1811. Hasta ese momento, esta venerable petrificación era conocida ―en virtud de su cráneo antropomorfo― como Homo diluvii testis («Hombre testigo del Diluvio»), nombre que le impusiera en 1726 su descubridor, el médico suizo Johann Scheuchzer (autor, por otra parte, del célebre Herbarium diluvianum). Esta curiosa anécdota tiene un significado que va mucho más allá de la rectificación de un error (la historia de la paleontología está llena de ellas): es el elocuente testimonio de unos tiempos en que el estudio de los fósiles era considerado un valioso apoyo de la religión. Las ingentes acumulaciones de animales marinos fosilizados ―erizos, moluscos, crustáceos, incluso peces― que era posible hallar en las cumbres montañosas ¿qué otra cosa podían significar, si no era la veracidad del Diluvio, de esa catástrofe universal narrada en el Génesis? Cuando no se había desarrollado aún la estratigrafía ni se conocían los movimientos de la corteza terrestre o la deriva continental, buscar fósiles podía considerarse una labor de apostolado, una profesión de fe teñida de pragmatismo. Prueba de ello son las valiosas colecciones de fósiles conservadas en muchas instituciones religiosas europeas, así como el hecho de que destacados paleontólogos, incluso posteriores a Buffon o a Cuvier, pertenecieran a la Iglesia. Es el caso, en nuestro país, del canónigo Jaime Almera, catedrático de Geología en el Seminario Conciliar de Barcelona, que en 1877 publicara su Cosmología y geología, un manual de Ciencias de la Tierra con un importante contenido paleontológico. Almera pretendía conciliar los más recientes descubrimientos geológicos con la Revelación, y concluía su libro con un epílogo donde trazaba un llamativo paralelo entre el relato bíblico de los siete días de la Creación y los diferentes periodos geológicos de la historia de la Tierra.
Algo tiene la realidad que en ocasiones nos resulta decepcionante o incómoda. Quizás por ello el artista no se conforma casi nunca con efectuar su mero retrato, y prefiere enriquecerla o superarla de alguna manera. Esta elaboración de la realidad es siempre legítima, sobre todo si alcanza sus fines mediante la excelencia artística y no pretende enmascarar ninguna verdad. Muchas veces se trata simplemente de embellecerla, de resaltar sus rasgos más amables o positivos. Pero también es posible seguir un camino opuesto, el que pasa por exagerar las notas repulsivas. Tal sucede en Nubes flotantes ya envejecidas (1986), de Can Xue (1953), una novela que aspira a ser el retrato de una sociedad en descomposición, de una comunidad afectada por un deterioro que alcanza hasta las últimas fibras de su tejido social: la deprimente pintura de unas relaciones humanas sumidas en un terrible infierno en el que cada individuo actúa como víctima y verdugo a la par. No cabe duda de que en la inmisericorde mirada que la autora dirige a sus personajes se ha cargado mucho las tintas, aunque no porque se pretenda en modo alguno falsear la realidad. Esa fealdad humana en la que tanto parece complacerse Can Xue actúa no solo como un revulsivo, sino también como símbolo de una verdad más general. Una novela, en suma, más realista que la realidad misma.
En su Historia de los animales, Aristóteles señala como edad límite para la vida de un perro los veinte años. Un pronóstico optimista que no era, sin embargo, ni caprichoso ni infundado, pues se apoyaba en la autoridad del más grande de los poetas, Homero, al que el filósofo griego citaba como fuente digna de todo crédito. El cálculo no podía fallar. La suma de los diez años de la Ilíada y los otros tantos de la Odisea daba como resultado las dos décadas que vivió Argos, el perro de Ulises. El héroe lo había dejado siendo todavía un cachorro, y ahora, transcurridos veinte años, lo reencontraba viejo y abandonado, aunque capaz todavía de reconocerlo bajo su disfraz de mendigo antes de morir: una emotiva escena que contrastaba la grandeza de la gesta desempeñada por el héroe con la limitada existencia de un perro. Concedía así el poeta una escala temporal de mayor cercanía a esa portentosa serie de aventuras protagonizadas por Ulises, que comprenden tanto su participación en la hazaña colectiva de la guerra de Troya como la proeza individual de su accidentado retorno a Ítaca.

Para muchos enamorados de los libros, uno de los episodios más emocionantes de El nombre de la rosa, la célebre novela de Umberto Eco, lo constituía el escrutinio bibliófilo que sus protagonistas emprendían en la misteriosa abadía en que se albergaban, provista de una biblioteca excepcionalmente bien surtida de códices únicos y sorprendentes. No cabe duda de que una biblioteca representa, para muchos lectores, el más maravilloso de los escenarios: un lugar de encuentro donde es posible el gozoso hallazgo de ese libro (quizás no conozcamos ni su título ni su autor) que colmará todas nuestras expectativas, revelándonos misterios o bellezas incomparables. Tales anhelos y fantasías ―más o menos presentes en cada lector― están en la raíz de este nuevo libro de Mario Satz, Bibliotecas imaginarias: un amplio muestrario de bibliotecas ―algunas reales, la mayoría inventadas― que incluye configuraciones tan asombrosas como la de una biblioteca de Praga que reproduce, en su retorcida arquitectura interna, el inferno de Dante. Verdaderas cámaras del tesoro que albergan, en muchas ocasiones, volúmenes tan fantásticos como un «libro de hojas especulares de bronce» que nos permite indagar en nuestro interior, otro cuyo protagonista cobra vida para reclamar el propio volumen a su encuadernador, o incluso uno ―su autor es la misma Naturaleza― que se nos revela escrito por las pisadas del tigre sobre la nieve.
Como sucede con otras tantas cosas, la importancia que puede tener el pasear por un jardín solo se nos revela en ocasiones excepcionales, cuando alguna circunstancia sobrevenida nos lo impide. Algunos pudimos comprobarlo durante la pasada pandemia, con las ciudades confinadas perimetralmente y muchos jardines y lugares de esparcimiento clausurados. Recuerdo que cada mañana rodeaba los muros de un parque cerrado en el que solía pasear a diario con la perra. Desde el asfalto y las aceras desiertas que lo rodeaban, sus umbrías avenidas y soleadas rosaledas se me representaban como un verdadero paraíso inaccesible. El día en el que, de manera inesperada, me encontré las puertas abiertas y pude penetrar en su interior, sentí que se me saltaban las lágrimas. De nuevo un suelo mullido y elástico bajo los pies, el húmedo aroma de la tierra, la sombra de los árboles… ¡Se me había privado de algo verdaderamente importante! Los jardines han sido, desde luego, un símbolo de bienestar y gozo en todas las culturas y épocas, y la literatura que los documenta, tan antigua y venerable como el propio libro del Génesis y su árbol prohibido. El jardín de Alcínoo, el del viejo de la montaña, el del anciano de Córico, o aquel otro que, por falta de tiempo, Virgilio no pudo desarrollar en sus Geórgicas constituyen tan solo algunos ejemplos de una larga tradición de libros-jardín (reales, inventados o incluso simbólicos) en la que se inserta, con todos los honores, el último trabajo de Marco Martella, Un pequeño mundo, un mundo perfecto. Un libro lleno de sabiduría y lirismo, que nos invita a recorrer algunos de los jardines más sugestivos y originales del mundo, así como a meditar sobre el significado que entrañan para el hombre contemporáneo estos espacios acotados, fruto de un trabajo cuidadoso que no conoce las prisas, acorde a los ritmos propios de la naturaleza. «Se entra en un jardín, a veces, como se abriría un libro».







