Durante incontables generaciones, la cara oculta de la luna ha permanecido ignorada por el hombre. Fundamento de mitologías, patrón de ciclos naturales, meses y estaciones, el astro de la noche atesoraba un enigma que solo en época reciente nos ha sido dado descubrir. A muchos escritores les acontece algo similar, pues parecen condenados a mostrarnos siempre una sola de sus facetas literarias. O al menos, el fulgor de ciertas obras nos deslumbra hasta el punto de dejarnos casi ciegos frente a las otras. Que esto puede suceder a grandes personalidades del firmamento literario lo prueba el caso de lord Byron (1788-1824), cuyos textos en prosa han sufrido, al menos en nuestro país, un doble ocultamiento: de un lado, el provocado por la propia personalidad de su autor ―uno de esos escritores cuya figura humana parece eclipsar su producción artística―; del otro, el derivado de su obra lírica, de los grandes poemas que le han dado renombre universal: Don Juan, Las peregrinaciones de Childe Harold, Manfredo, Mazeppa, etc. Sin embargo, sus textos en prosa no solo constituyen ―como pronto veremos― un valioso testimonio de su vida, ideología y gustos estéticos, sino que también nos informan de algunos grandes acontecimientos de su tiempo, frente a los cuales siempre adoptó una actitud de compromiso. Si además añadimos un puñado de interesantes páginas de ficción olvidadas, no será fácil exagerar el interés de estas Obras en prosa (2024) que acaba de publicar Renacimiento, editadas y traducidas con sobresaliente acierto por Lorenzo Luengo, que ha puesto además en valor su belleza literaria. Como un avezado cosmonauta de las letras, Lorenzo Luengo, gran conocedor de la obra y figura del bardo inglés (editor y traductor también de sus Diarios), ha emprendido una compleja singladura filológica que le ha permitido trazar esta nueva cartografía, inédita y detallada, de ese astro literario de primer orden que fue lord Byron.
Es conveniente señalar que Lorenzo Luengo ha soslayado en su edición ―tal como explica en las páginas preliminares del libro―, la peligrosa tentación de sembrar el texto de enfadosas notas explicativas a pie de página, que dadas las características de los textos recogidos no sería deseable. Sí ha redactado, por el contrario, sustanciosas y muy documentadas introducciones a cada una de las cinco secciones en que se encuentra dividido el volumen; como también nos brinda el repertorio completo de fuentes bibliográficas en que ha fundamentado su trabajo. En algunos casos, Luengo nos informa del significado de los fragmentos conservados; en otros, establece lazos de relación entre diversas obras del autor; o bien, simplemente, sitúa los escritos en su contexto o, más importante todavía, nos revela las referencias ocultas en los textos. Incluso en los fragmentos de ficción, las alusiones indirectas o la escritura en clave son moneda corriente en el hacer literario de Byron, y no resulta nada fácil entenderlas si no se cuenta con una mano informada que nos oriente. En todos estos textos introductorios, Lorenzo Luengo ha sumado a su portentoso saber una evidente voluntad de estilo, lo que los convierte en pequeñas obras literarias que es preciso leer con toda la atención y detenimiento que merecen.
El primer apartado del libro reúne un puñado de criticas literarias publicadas por Byron en diversas revistas británicas. El lector pronto apreciará que son extremadamente subjetivas, pues Byron andaba lejos de ser ―en palabras de Lorenzo Luengo― un «reseñador imparcial». Habría que preguntarse hasta qué punto se puede ser un crítico objetivo cuando la vara de medir es el propio gusto. Dicho criterio, que puede valer para censurar a talentos de tercera fila, resulta peligroso si se aplica a poetas de la talla de Wordsworth, al que Byron reprocha que haya rebajado su musa, en ocasiones, a tratar «asuntos» que considera «banales». Es cierto que Byron se muestra constante en sus gustos, como cuando se revela enemigo de los convencionalismos y del tono ligero y popular. En cualquier caso, más que como valoraciones literarias imparciales, lo más provechoso será considerar las criticas de Byron como un interesante resumen de su pensamiento estético y de su propia personalidad, expresada con frecuencia mediante una ironía hiriente y muy ingeniosa, como se manifiesta en su reseña de Neglected Genius, de W. H. Ireland, que parece haber sido escogido tan solo para ejercitar el afilado dardo de su ingenio. La crítica más extensa de Byron es la dedicada a William Robert Spencer (1769-1834), al que reprocha sus frecuentes «vers de societé», aunque también alaba algunos de sus poemas, como «El visionario» o su traducción de la Lenore de Bürger. Byron, que alterna, por así decir, el palo con la zanahoria, se despide de Spenser manifestando no «ser ciego a sus errores ni insensible a sus méritos», pero no sin antes haberlo saludado como el campeón de la «ñoñez».
Los escritos políticos de Byron vienen precedidos por un documentado resumen de su actividad en la Cámara de los Lores, a la que solo concurría obligado por su rango. De los tres textos parlamentarios conservados, el más extenso e interesante es el «Discurso contra el Proyecto de ley por la destrucción de los telares de Nottingham» (1812), donde Byron se opone a la pena de muerte que se pretendía aplicar a los responsables de los desórdenes. No solo los justifica en virtud de las grandes penurias sufridas por los encausados, sino que también crítica la torpe actuación de la Administración, que no acertó ni a prevenirlos ni a atajarlos. Tanto en este discurso como en los escritos en apoyo de la Iglesia católica (1812) o a favor de un peticionario ante el Parlamento detenido ilegalmente (1813), Byron manifiesta una ideología progresista; o, cuando menos, la postura elegante de quien se complace en ponerse siempre del lado de los más débiles. Fuera ya del ámbito parlamentario, Lorenzo Luengo recoge tres textos muy breves, pero también interesantes. El primero de ellos, «Escrito sobre el estado de Francia» (1815), es una dura invectiva contra la restauración borbónica, fechado un mes después de la derrota de Napoleón en Waterloo. Mayor valor autobiográfico encierra su «Mensaje a los insurgentes napolitanos» (1820), en el que nos da noticia de un importante donativo monetario para la causa, así como del ofrecimiento de su propia persona como voluntario. Cierra el grupo de escritos políticos un análisis de la situación de Grecia («El estado actual de Grecia», 1824), donde vierte duras críticas sobre sus naturales y resume el clima de corrupción que reinaba en el país.
En el apartado correspondiente a los relatos de ficción, «Augustus Darvell. Fragmento de una historia de fantasmas» (1816) es el texto más famoso de todos, aunque solo sea por el contexto biográfico en el que se gestó: la célebre reunión en la villa Diodati a la que asistieron los Shelley y Polidori. «Augustus Darvell» es un relato ciertamente siniestro, que sugiere más que revela, y que tiene como protagonista a un personaje tan inquietante como inescrutable («byroniano», nunca mejor dicho). Privado de cualquier rasgo de humor o de ironía, comparte con las restantes ficciones su localización exótica (calificativo que incluye tanto a Italia como a España), que en su caso particular se corresponde con el cementerio abandonado de la arruinada y solitaria ciudad de Éfeso. Merece también la pena destacar «El cuento de Calil» (1816), un divertido relato que da cuenta de la fracasada rebelión de los habitantes de Samarcanda, puestos en pie de guerra por las desmesuradas cargas fiscales de Timor el Cojo (Tamerlán). En un gesto típicamente aristocrático, Byron parece complacerse tanto en la pintura de un tirano tosco y despreciable como en la debilidad e inconsecuencia de sus estúpidos vasallos. Un cuento lleno de humor y de sarcasmo, que parece reírse ―por sus continuos cambios en el guion― hasta del mismo lector, pero al que no le falta su trasfondo político. Los tres siguientes textos tienen un carácter fragmentario. En «Bramblebear y lady Penélope. Capítulo de una novela» (1813), Lorenzo Luengo ve un abandonado proyecto narrativo que bien podría habernos dado cuenta, al menos de manera indirecta, de un romance del autor. Ambientado en una España inquisitorial y surtida de châteaux moriscos, «Doña Josefa» (1817) resume un acelerado intercambio epistolar entre dos esposos, al borde de una ruptura matrimonial de tintes un tanto «kafkianos». Parecido tono paródico hallamos en «Italia, o No Corina. Una novela de viaje por un écrivain en poste» (1820), en la que Byron se burla, con mucho ingenio, tanto de las incomodidades del viajero como del género literario que tomó de allí su nombre. Por su parte, «Apuntes sobre la vida y escritos del difunto George Russell de A…, por Henry Ferguson» (1821) es una evidente parodia del panegírico literario, moldeada bajo la forma de una biografía ficticia rendida a un escritor amigo malogrado. No me cabe duda de que Byron se divertiría mucho componiendo esta biografía apócrifa, donde los tópicos del elogio están vueltos del revés. Cierra este conjunto de ficciones un breve texto titulado «Un carnaval italiano» (1823), donde Byron expresa, como de pasada, un aristocrático desprecio por los turistas ingleses del «ton medio» (de medio pelo, diríamos nosotros), que degradan con su mera presencia el augusto suelo de la bella Italia. Al igual que Goethe, nuestro autor experimentó una gran fascinación por el carácter espontáneo del carnaval italiano: una «arlequinada universal de los países católicos» de la que Byron nos ofrece una estampa breve pero vivaz, y donde sus simpatías políticas afloran, irónicas, a cada paso, y desde luego sin máscara alguna.
El capítulo más extenso del libro lo conforman las polémicas literarias en que Byron se vio envuelto: un terreno en el que su ingenio, ironía y grandes conocimientos literarios le permitían desenvolverse a las mil maravillas («soy como un irlandés en una pelea, “y tengo para todos”»). Interesa señalar que los textos polémicos recogidos por Lorenzo Luengo complementan a la perfección las críticas literarias que encabezan el volumen, tanto por la cantidad de ingenios británicos (y de otros países) puestos en solfa o citados a «testificar», como simplemente citados. Hasta el lector más inadvertido pronto percibirá que la polémica literaria en un género cruento y algo tramposo, minado de réplicas y contrarréplicas, acusaciones y defensas, justificaciones y observaciones; tal como si la antigua controversia entre la pluma y la espada se pretendiera resolver haciendo de las dos una sola arma. Aparte de la polémica suscitada por la publicación anónima del Don Juan (en la que el propio autor participa sosteniendo una posición ambigua, aunque no menos beligerante), destacan las surgidas en torno a la figura de Alexander Pope (1688-1744), del que Byron se declara encendido defensor, y que según su opinión (y no se equivocaba) había sido puesto en entredicho por «los nuevos intérpretes de la lira inglesa». Avanzado en sus idea políticas, Byron no lo parece tanto en las estéticas, y sus diatribas contra los poetas lakistas (Wordsworth, Coleridge y Southey), culpables de una supuesta «antipatía natural» por Pope, se hacen extensivas a Keats («un renacuajo de los Lagos»), que también había censurado algunos aspectos de la lírica del «pequeño ruiseñor» de Twickenham (llamado así en virtud de su exigua talla). Pero la principal víctima de las diatribas de Byron es el reverendo y erudito W. L. Bowles, y el punto de fricción, la diferente consideración que les merecían arte y naturaleza como ingredientes de la obra poética. Byron, que ocupaba una posición contraria a la de Bowles (y alineada con la de Pope), defiende sus ideas muy ingeniosa y mordazmente, a lo largo de muchas páginas, y valiéndose hábilmente de sus experiencias viajeras y lecturas enciclopédicas. También defiende a Pope de las acusaciones de libertino que había insinuado Bowles, de tal manera que si de la postergación de la lirica de Pope deducía Byron la decadencia de la lirica inglesa actual, las censuras a su moral lo llevan a concluir que la hipocresía es el «primum movile» de la sociedad inglesa.
Pone punto final al libro un breve capítulo (Miscelánea) en el que se recogen textos muy diversos del autor: desde unas inesperadas consideraciones sobre el idioma armenio y su gramática, a un amplísimo memorándum de lecturas que testificaría (pues no veo motivo para juzgarlo mero farol) el interés universal de Lord Byron (y donde es posible hallar valoraciones literarias sumamente sorprendentes en las que no voy ya a detenerme). También podremos leer unos curiosos recuerdos de su encuentro con Madame de Staël en Londres, así como las cláusulas de un exclusivo club inglés reducido a tan solo dos miembros. Y con estos textos, en apariencia banales, pero llenos de la agudeza y desenvoltura propias de su autor, ponemos fin a nuestro viaje literario alrededor de la cara más desconocida del poeta: una instructiva singladura de la que retornamos con parecida satisfacción a la de quienes vuelven de uno de esos lugares turísticos de los que todo el mundo habla pero que casi nadie ha visitado.
Reseña de Manuel Fernández Labrada






