La piel bajo el mármol. Diosas y dioses del mundo clásico, de Jane Ellen Harrison

Al examinar la trayectoria biográfica de una mujer relevante del pasado, no es raro que descubramos la figura de una luchadora que debió enfrentar numerosos obstáculos para materializar sus aspiraciones. Es el caso de Jane Ellen Harrison (1850-1928), insigne filóloga y profesora de la Universidad de Cambridge, que además de constituir uno de los puntales del moderno estudio de la mitología clásica, junto con Karl Kerényi y Walter Burkert, fue también una adelantada de la emancipación femenina y destacada sufragista. Esta circunstancia, que podría parecer secundaria en una investigadora de su calibre, es necesario, sin embargo, traerla a un primer plano. El talante feminista de Jane Ellen Harrison, aunque moderado, se manifiesta claramente en su análisis de los mitos, que pone en valor el componente femenino de la religión griega. Escrito casi al final de su vida, La piel bajo el mármol (Myths of Greece and Rome, 1928) es un librito exquisito y denso, un verdadero tesoro que Siruela acaba de publicar en la traducción, siempre cuidadosa y atinada, de Lorenzo Luengo. Comparado con sus obras mayores (como Prolegomena to the Study of Greek Religion, Themis, o Epilegomena), este pequeño volumen podría parecer un simple aperitivo, un modesto apunte divulgativo. Nada más alejado de la realidad. Con tan solo un centenar y medio de páginas, La piel bajo el mármol acierta a mostrarnos la compleja conformación de las divinidades que integran el panteón olímpico. Los griegos, como afirma Harrison, fueron unos grandes iconistas; de ahí la pervivencia de sus mitos, fraguados en torno a esas figuras mitológicas imperecederas que nutren nuestros arquetipos y sustentan toda la cultura occidental. Sin embargo, bajo esa aparente inmovilidad de los dioses, de ese mármol que promete conservarlos para la eternidad, se oculta una compleja historia de migraciones, transformaciones y luchas que la autora nos invita a descubrir. Si la mirada de la Gorgona petrificaba a los hombres, la de Jane Ellen Harrison sabe liberar a los dioses del mármol que los aprisiona.

En el momento de su publicación, Myths of Greece and Rome formaba parte de la colección «The little books of modern knowledge», una serie de pequeños manuales de divulgación cultural que aparecieron durante la década de 1920. El mismo título del libro (seguramente impuesto por la editorial) parecía apuntar una intención simplificadora, que integraría mitos griegos y latinos en un solo volumen: un propósito que la autora no se mostró dispuesta a secundar. De hecho, apenas encontraremos en sus páginas alusiones específicas a la mitología romana (con la excepción de algunos nombres latinos de dioses y, cómo no, citas relevantes de autores como Lucrecio, Tácito o Quintiliano). Ya en el prólogo del libro la autora señalaba que uno de los principales obstáculos al estudio de los mitos griegos había sido la costumbre (por aquel entonces casi superada) de contemplarlos desde una óptica romana o alejandrina. A pesar de su brevedad y de los muchos años transcurridos desde el momento de su aparición, el libro de Harrison atesora todavía un importante caudal de sorpresas, así como un cierto carácter polémico (el de una mitóloga que se atreve a tildar de «burgués» a Zeus). A su apreciable libertad de enfoques y formulaciones (como su arriesgada historia de Poseidón) se le suman, por fortuna, notables valores literarios e imaginativos, propios de una verdadera enamorada de los mitos; de una erudita capaz de fantasear con una expedición nocturna a la Acrópolis ateniense para escuchar, al cabo de treinta siglos, el canto de la lechuza de Palas Atenea. La excelencia se despliega muchas veces en el ámbito de lo reducido.

Uno de los grandes atractivos de La piel bajo el mármol estriba, a mi manera de ver, en el generoso elenco de fuentes clásicas que se reproduce en sus páginas, y que ahondan el disfrute del lector, que podrá conocer o revisitar algunos textos fundacionales de la mitología griega (tomados, en su mayoría, de la añorada Biblioteca Clásica Gredos). El libro de Harrison da cabida a extensos fragmentos de la Ilíada, la Odisea y de los denominados Himnos homéricos, fuente importantísima para el estudio de los dioses griegos. También encontraremos textos de Hesíodo, Heródoto, Pausanias (en lo referente a rituales) y de los dramaturgos helenos, sobre todo de Eurípides; como también de Teócrito, Dión de Prusa o Babrio, entre otros. Estos numerosos y escogidos ejemplos no diluyen en modo alguno el discurso de la autora, que se recrea, sin duda, en los textos reproducidos, prescindibles en muchos casos, pero que le trasladan al lector un plus de belleza y cercanía con el mundo clásico. Apoyándose en Heródoto, Harrison considera la mitología una creación sobre todo literaria, que es factible deslindar de la religión general griega. En línea con este pensamiento, la estudiosa británica se permite recoger también en su libro fragmentos de poetas más modernos, como Shakespeare, Milton, Shelley, Tennyson, Browning o Swinburne. Tal abundancia de textos poéticos no debe ocultarnos que las indagaciones de la autora se apoyan también en un amplio abanico de fuentes históricas y arqueológicas, como luego veremos. De hecho, el segundo obstáculo que señalaba Harrison en su prólogo, tras la confusión de los dioses romanos con los griegos, era la instrumentalización de la mitología como herramienta auxiliar de la hermenéutica literaria.

Muy alejada de enfoques estáticos o simplificadores, la visión que nos ofrece Harrison de la mitología griega tiene un acusado carácter darwinista, en cuanto que nos muestra a las diferentes divinidades inmersas en un proceso de evolución y adaptación a las condiciones históricas y sociales de cada momento. El análisis de la insigne mitóloga se inserta en una doble encrucijada temporal. De un lado, la que corresponde a un Olimpo que es «mezcla de elementos autóctonos y foráneos», y en el que se amalgaman, sobre un sustrato pelasgo original, influencias tanto del norte (helenos procedentes del valle de Danubio: los aqueos de Homero que protagonizaron la guerra de Troya) como de la cultura minoica del sur. Y de otro lado, la que viene determinada por una progresiva «patriarcalización» del panteón olímpico, donde las grandes diosas madre no tienen cabida o son constreñidas a desempeñar papeles secundarios, diferentes a los originales. Este sería el caso de Hera, la esposa de Zeus, antigua divinidad de los pelasgos asociada a la Tierra, domeñada por el dios invasor de los aqueos. Estos componentes, ciertamente ocultos, la autora los descubre prestando atención no solo a las fuentes literarias, sino también, y de manera muy especial, a los rituales y representaciones que nos brindan los diferentes testimonios arqueológicos: vasos cerámicos, gemas o intaglios, en su mayoría anteriores a los textos homéricos, que no dan total cuenta de la complejidad de la religión de los griegos. Encuadrar el estudio de los mitos en el conjunto de la religión griega, atendiendo a sus rituales, es una de las preocupaciones constantes de Jane Ellen Harrison.

Entre las divinidades masculinas, Apolo es la figura más importante y poderosa del panteón olímpico, sólo superado por Zeus. Dotado de un arco letal que le garantiza el respeto de dioses y hombres, encarna también la figura del sanador, del Peán, a la vez que se identifica con el sol bajo el apelativo de Febo. Pero son aquellos rasgos que delatan su origen nórdico los que Harrison pone más de relieve. Apoyándose en Heródoto y Pausanias, la mitóloga se hace eco de la conocida leyenda referida al origen hiperbóreo de Apolo (una especie de Balder el Hermoso de la mitología báltica), y de las misteriosas ofrendas que le llegaban a través de las embajadas hiperbóreas que visitaban su santuario en la isla de Delos; como también analiza algunos aspectos menos conocidos de su culto, los referidos al ámbar, el manzano y el muérdago. Entre los dioses autóctonos, por el contrario, Harrison subraya la figura de Hermes, una divinidad de origen pelasgo relegada a cumplir funciones subordinadas de mensajero en el nuevo orden olímpico. Su antigüedad la atestiguaría el culto primitivo a las piedras y hermae asociadas al dios, que servían tanto de lápida como de término o linde. Pero el personaje mitológico que le permite a Harrison esbozar con mayor audacia y brillantez sus teorías es el de Poseidón. Sus inesperados atributos del toro y del caballo, muy alejados del elemento marítimo, pero atestiguados en innúmeros sacrificios, menciones y representaciones, la inducen a presuponerle un origen geográfico doble. De una parte, en Creta, donde Poseidón podría relacionarse con la figura del Minotauro, trasunto mítico del rey Minos, primer talasócrata, como lo será luego el propio dios; de otra, en Libia, por su relación con el caballo: una influencia africana que se incorporaría a la cretense. El posterior avance de la cultura minoica hacia el norte, que salpica las costas peninsulares de santuarios de Poseidón, se detendría a la par que comienza a menguar la importancia del elemento meridional en el conjunto de la identidad griega. La consecuencia sería la devaluación de la figura de Poseidón, invariable perdedor en todas sus disputas con Zeus, un «extranjero» poco amigo de cumplir los preceptos olímpicos (como lo manifiestan sus hijos, los impíos Cíclopes). Poseidón representaría, pues, ese tercer componente de la mitología griega, que sobre una base pelasga autóctona incorpora influencias tanto del norte helénico como de la cultura minoico cretense.

Otro de los grandes valores del análisis de Harrison es el de traer a primer término el componente femenino de los mitos más antiguos, oculto bajo una gruesa capa de estratos difíciles de remover. Es sobre todo el caso de la Madre de los Dioses, que al igual que otras divinidades primitivas pelasgas queda condenada a no formar parte del Olimpo de dioses patriarcales. La especial perspectiva de la autora se manifiesta de manera meridiana, entre otras cosas, en su particular e interesante comentario sobre dos mitos muy conocidos, el de Pandora y el del Juicio de Paris, en los que se diluye o invierte por completo el carácter benéfico de las divinidades femeninas como portadoras de dones. Apoyándose en representaciones arcaicas en las que aparecen las tres diosas (Hera, Atenea y Afrodita), pero no Paris, Harrison rechaza el trivial «concurso de belleza» (kallisteion) que presupone la entrega de la manzana. De esta servidumbre masculina, la única diosa que parece librarse es la montaraz Ártemis, la figura mitológica más extensamente tratada en el libro después de Poseidón, quizás porque encarna la excepción a esa «servil domesticación» que sufren las otras, que enlaza y subordina a Hera con Zeus, y pretende unir en matrimonio a la libre Afrodita con el grotesco («despreciable») Hefesto. Ártemis, por el contrario, verdadera Señora de lo Salvaje, vive libre en los bosques y montes, doncella perfecta e independiente, alejada de cualquier tutela masculina. La autora, que indaga en otros aspectos complementarios de la diosa, como su dimensión nocturna y lunar o su carácter de sanadora y protectora de las parturientas, describe también (apoyándose en Pausanias y Luciano) algunos de los cruentos ritos que se le tributaban, y que parecen ir mucho más allá de esas modélicas hecatombes de bueyes que se han explicado como actos de cohesión social en los que se compartían unos alimentos que no todos podían sufragarse particularmente. Escenas de un enorme salvajismo y violencia, de una crueldad ejercida sobre los animales que nos repugna, pero que nos ayudan a recordar que bajo el mármol idealizado de la mitología literaria subyacen los rituales de una religión primitiva.

El interés constante de Jane Ellen Harrison por resaltar la dimensión evolutiva del panteón griego explica que los últimos capítulos de su libro estén dedicados a los dioses que denomina mistéricos, Dioniso y Eros, los más evolucionados según su concepción, en cuanto que responden mejor a las ansias humanas de inmortalidad. La impasibilidad de los dioses olímpicos, que no prometen nada a los hombres y se manifiestan ajenos a toda escatología y cosmología, los hará empalidecer ante estas nuevas divinidades mistéricas, que ofrecen a sus fieles un camino de pervivencia, de eternidad, permitiéndoles participar de su esencia. Relegados finalmente a un culto estético y filosófico, la salvación y la inmortalidad que nos prometen los antiguos dioses quedará limitada ya tan solo a este mundo. Es la suya propia, en la que encarnan, mejor que nada ni nadie, esa belleza estética imperecedera ―tan imperecedera como frágil, a nuestra medida― por la que suspiraba Keats al inicio de su Endymion: «A thing of beauty is a joy for ever».

Reseña de Manuel Fernández Labrada

Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

«Y, por último, Atenea tiene su búho, ese pequeño búho al que hoy, si ascendemos hasta la Acrópolis a la luz de la luna, escucharemos ulular en las ruinas del Partenón. La propia diosa tenía el título de Glaukopis, “la de ojos de búho”, y en sus monedas, que pasaban de mano en mano por toda la Grecia civilizada, estaba grabada la imagen de su búho. Cuando Atenea se erigió en diosa de la Luz y la Razón, el pequeño búho dejó de cazar ratones en el Partenón, y se subió al hombro de Atenea para ser su Ave de la Sabiduría.»
«Cuando Pandora abre la caja, quien lo hace no es ya la mujer frívola y tentadora que deja escapar dolores y pesares para el mortal; es la gran Madre Tierra que abre su pithos, su almacén de grano y fruta, para sus hijos. En la “creación de Pandora” la Gran Madre se ha convertido en la doncella tentadora, una pesadilla en vez de una bendición. Por el verso encantador y cargado de belleza de Hesíodo corre un incómodo destello de malicia teológica. Hesíodo está de parte del Padre, y el Padre no habrá de tener una Gran Madre Tierra en su Olimpo cubierto de nubes, concebido por el hombre. Así que ella, que hizo todas las cosas, se ha convertido en la esclava del hombre, su aliciente, su juguete, un ser cuyo único talento es la belleza corporal de la esclava y sus lisonjas. El nacimiento de la primera mujer no es sino una enorme broma olímpica para Zeus, el burgués archipatriarcal. “Habló, y el señor de hombres y dioses inmortales rompió a reír”
Traducción de Lorenzo Luengo

Acerca de Manuel Fernández Labrada

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2 respuestas a La piel bajo el mármol. Diosas y dioses del mundo clásico, de Jane Ellen Harrison

  1. Hola Manuel, leyendo tu espléndida reseña este ensayo de Jane Ellen Harrison se me antoja como una fabulosa lectura para este verano. Recuerdo con agrado otro libro similar, el de Karen Armstrong, Breve historia del mito, también en Siruela, editorial siempre ofrece grandes alegrías al lector curioso y fascinado por el mundo griego como yo. Salud y libros.

    • Gracias, Francisco. El librito de Harrison es un ensayo muy agradable de leer, breve pero lleno de apuntes interesantes y bellamente escrito. El texto de Armstrong no lo conocía, pero ya lo tengo puesto en la lista. Un abrazo,
      Manuel

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