En el famoso filme de Orson Welles, Ciudadano Kane, los últimos pensamientos del protagonista retrocedían a un episodio de su infancia en apariencia insignificante, resumido en una palabra misteriosa que provocaba el desconcierto de sus biógrafos. Solo el espectador de la película descubría, al final, el significado del enigma; esto es, que una vida llena de sucesos y triunfos puede quedar eclipsada por el recuerdo de un simple juguete: Rosebud. No cabe duda de que también los escritores, cuando llega el momento de hacer balance, vuelven con frecuencia su mirada a la infancia. Las experiencias más anodinas, incluso las más dolorosas, olvidadas durante mucho tiempo, regresan revestidas de una nueva luz. Se impone, quizás, la necesidad de hacer las paces con uno mismo, como también con los demás. Descubrimos entonces que la infancia, ya perdida en el pasado, era el tesoro más preciado de todos, y deseamos salvarla mientras aún quede tiempo… Mucho de esto hay, me parece, en este encantador relato, August (2011), compuesto por Christa Wolf en el último año de su vida. Una narración muy breve que tiene como referente dolorosas experiencias de exilio y de enfermedad. Unos hechos de enorme dramatismo que se rememoran bajo una mirada melancólica aunque también comprensiva. Reconforta comprobar que la escritora, tras una larga vida a la que no le faltaron ni amarguras ni desengaños, es capaz de ofrecernos todavía un texto tan bello y optimista, donde los valores humanos brillan por contraste y se asume una sabia reconciliación con el propio destino.
Ahora que se cumplen, además, sesenta años de la construcción del Muro de Berlín (iniciado el 13 de agosto de 1961), no es mal momento para volver la mirada y reencontrarnos con aquellos escritores que, por diversas razones –casuales en su mayoría–, se quedaron al otro lado. Es el caso de Christa Wolf (1929-2011), una de las figuras literarias más significativas de la República Democrática Alemana. Nacida en la Prusia oriental, en los territorios alemanes que a partir de 1945 pasaron a ser de soberanía polaca, Christa Wolf se vio obligada a emprender, coincidiendo con los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial, un duro y peligroso exilio hacia occidente. Refugiada con su familia en Kalkhorst, a orillas del mar Báltico, dentro de las fronteras de la que luego sería la RDA, la novelista vivirá también la penosa experiencia de verse internada en un sanatorio para tuberculosos habilitado en el Castillo de Kalkhorst, el mismo en el que se desarrollan las experiencias del niño August. Aunque las principales obras de Wolf fueron publicadas en nuestro país hace ya tiempo, una nueva editorial de peregrino nombre, Las migas también son pan, nos ofrece ahora una atractiva edición de este emocionante testamento de la escritora alemana. Un relato tan breve que correría el riesgo de pasar desapercibido, si no lo salvara la belleza deslumbrante de su prosa, el interés autobiográfico de los sucesos narrados y la pura emoción que atesoran sus apenas treinta páginas.
Convencida defensora del marxismo, Christa Wolf militó durante muchos años en el partido socialista alemán (SED), aunque con el paso del tiempo dejó traslucir un cierto distanciamiento ideológico. Así se testimonia en su libro Noticias sobre Christa T (1968), una obra que provocó, por su individualismo confeso, una gran sorpresa y malestar en el régimen que gobernaba su país. En su novela Lo que queda (publicada en 1990, aunque escrita, al parecer, en 1976), no solo desvelaba (a destiempo, según sus detractores) algunas de las miserias de la ya extinta Alemania del Este, sino que también confesaba haber colaborado, como informante, con la mismísima Stasi. Por otro lado, el hecho de que Christa Wolf expresara su oposición a la reunificación de Alemania (una postura compartida con Günter Grass) puede parecernos, desde nuestra perspectiva actual, un error de bulto (¿Adónde iríamos ahora, pobrecitos de nosotros, con tan solo media locomotora?). Pero ella tenía sus razones; unas razones que todavía seguían bien vivas en 1996, cuando publica su novela Medea: una revisión del mito griego donde la provinciana hija del rey de la Cólquide hace un pobre papel en la sofisticada corte de Corinto: un trasunto de la situación de los alemanes del Este en la nueva nación unificada. Todo este caminar a contracorriente, como era de esperar, ensombreció un tanto su figura, siempre compleja y bastante polémica, lo que no le impidió merecer importantes galardones (entre ellos, el doctorado honoris causa por la Complutense de Madrid), como tampoco el ser considerada una artista literaria de primera magnitud.
Christa Wolf escribió este emotivo relato, August, con la intención de ofrecérselo como regalo a su marido, Gerhard Wolf, con ocasión de su sexagésimo año de matrimonio. Resumía en él uno de sus más amargos —y a la vez más preciados— recuerdos de infancia. Una memoria que se iniciaba con un tren de refugiados bombardeado y un pequeño huérfano que tan solo sabe su fecha de cumpleaños. Aunque la historia se narra desde la perspectiva del niño que da nombre a la novela, August, el personaje con mayor peso es el de la adolescente Lilo, alter ego de la novelista, que inspira un amor platónico en el joven huérfano, tan necesitado de protección. Lilo es una figura femenina poseedora de una sorprendente madurez, generosa y nada posesiva en sus afectos, dotada de un seguro instinto ético (así se manifiesta en su desaprobación de la macabra valentía de Harry). No podemos olvidar que Christa Wolf fue una escritora muy comprometida con la lucha feminista, como se aprecia en esa extensa galería de mujeres fuertes que protagonizan casi en exclusiva todos sus escritos, y a la que habría que añadir esta adolescente tan desprendida y valiente que es Lilo.
Narrado en tercera persona, el relato se desarrolla en dos órdenes temporales diferentes, de importancia y extensión desiguales, pero cuidadosamente entrelazados y correspondientes a un mismo personaje, August. De un lado, el individuo ya adulto: un viudo melancólico y solitario que evoca los sucesos de su infancia mientras conduce un autobús de turistas en un viaje de Praga a Berlín. Un trabajador a punto de jubilarse que completa sus evocaciones de niñez con el recuerdo de su desaparecida mujer, Trude, a la vez que da testimonio indirecto del modesto medio social en que vive. De otro lado, el niño huérfano internado en el sanatorio para tuberculosos del Castillo de Kalkhorst, que nos ofrece una desgarradora pintura de los otros niños que comparten su mismo destino. Ese aire malsano que respirábamos en el célebre balneario de Thomas Mann lo encontramos también aquí, en este tétrico Castillo de las polillas, acrecentado por las grandes penurias que sufren sus habitantes. Aunque en el relato también se recogen las semblanzas de personajes adultos (médicos, enfermeras, pacientes mayores, etc.), los verdaderos protagonistas son los niños y adolescentes internados, cada uno de ellos con su particular historia dolorosa, sufriendo en soledad las heridas que la guerra de sus mayores les ha dejado como único legado. La novelista consigue plasmar un emocionante contraste entre aquellos niños piadosamente ignorantes de su situación, la mayoría, y aquellos otros que se han visto obligados a asumir un rol de adulto. Es el caso de la ya citada Lilo, que colabora en el cuidado de los enfermos mientras sufre la pesada carga de saber quiénes van a morir.
Pero la narración no se remite tan solo al destino de un puñado de vidas individuales, los niños y adultos que pueblan este vetusto sanatorio emplazado en un lugar inapropiado y malsano —como se señala repetidas veces—, donde esperan un triste desenlace atendidos por un personal escaso, padeciendo grandes penurias de alimentos y calefacción. La mirada de la novelista va mucho más allá. En el relato del bombardeo que sufre el tren de refugiados en que viaja August, así como en otras alusiones que encontramos en el discurso del personaje adulto, no es difícil descubrir un comentario oblicuo a esas olvidadas tragedias que sufrieron muchos alemanes inocentes durante la contienda, silenciadas por los vencedores y extirpadas de su memoria por las propias víctimas en una suerte de piadosa amnesia colectiva. Pocos alemanes se han atrevido a hablar de ello. Es el caso, entre otros muchos, del hundimiento por un submarino soviético del barco de refugiados Wilhelm Gustloff (1945), un drama denunciado por Günter Grass en su novela A paso de cangrejo; o los devastadores bombardeos de las ciudades alemanas (Dresde, Colonia, Hamburgo) por la aviación aliada, con millones de víctimas civiles, tal como aparece reflejado en esa estremecedora indagación antibelicista de W. G. Sebald: Sobre la historia natural de la destrucción.
No es posible terminar la reseña sin referirnos al excelente epílogo que acompaña a esta bella edición de August, escrito por el traductor, Marcos Román Prieto, profesor de la Universidad de Sevilla y especialista en la figura de Christa Wolf. Marcos Román no solo nos facilita todas las claves necesarias para comprender el denso texto de Wolf, sino que también nos aporta interesantes datos biográficos de la autora, como también un completo panorama de las circunstancias históricas en que se ambienta el relato. Es el caso del drama humano que supuso el desplazamiento, en pleno invierno, de los más de diez millones de emigrados que –al igual que la novelista– corrieron a refugiarse a la otra orilla del Óder durante los últimos meses de la contienda. Completa su texto el traductor con un útil mapa de las fronteras entre Alemania y Polonia. También con algunas fotografías antiguas del Castillo de Kalkhorst: añejas imágenes que contribuyen a incrementar el hechizo que nos provoca este estremecedor relato.
Reseña de Manuel Fernández Labrada
Esta reseña también la he publicado en El Cuaderno

Parece que la figura del antihéroe goza de una asentada tradición literaria. En un famoso fragmento lírico conservado, Arquíloco de Paros (s. VII a. C.), poeta y mercenario, se jactaba de haber abandonado su escudo en el transcurso de una batalla, a fin de ponerse a salvo con mayor facilidad. El detalle parece tan relevante (la ética guerrera espartana exigía «volver a casa con el escudo o sobre él») que algunos filólogos han llegado a ver en dicho poema nada menos que el testimonio de un primer declive de la épica. El motivo tuvo éxito, desde luego, y después lo encontramos en otro poeta griego, en Alceo, que tambien deja su escudo en manos enemigas. Unos siglos más tarde, todavía Horacio se vanagloriaba en una de sus odas de haber arrojado el suyo en la batalla de Filipos (42 a. C.). Las cosas han cambiado poco desde entonces, y en la célebre novela de Stephen Crane, La roja insignia del valor, la primera acción bélica del protagonista consiste en tirar el fusil y salir corriendo. Los griegos disculpaban la cobardía de sus ejércitos echándole la culpa a Pan, que provocaba en los soldados, al igual que en los rebaños, un pánico invencible que los ponía en fuga. Nosotros le quitamos hierro al asunto amparándonos en el instinto de conservación y en la repugnancia que nos inspiran las guerras. No resulta demasiado difícil ponerse en el lugar del antihéroe. Sobre todo, cuando no se sabe muy bien por qué se lucha.
Algo tienen los desolados paisajes polares que nos fascina, quizás porque provocan en nosotros, al igual que los desiertos, la experiencia de lo sublime: una cualidad propia de los lugares inhóspitos y peligrosos, dotados de una belleza especial que nos atrae y nos espanta a la vez. En el mundo antiguo, las fronteras de lo conocido las marcaban, aparte de los océanos, los grandes arenales deshabitados y las extensiones heladas del norte. Allí no había nada que mereciera la pena buscar. Para el hombre moderno, en cambio, los desiertos, los polos y los glaciares, las dilatadas estepas o las montañas más inaccesibles parecen guardar un mensaje valioso que conviene descifrar. Son parajes donde podemos experimentar la sensación de sentirnos una gota de agua en la inmensidad. Territorios ideales para los ascetas y filósofos (Zaratustra nos habla desde un desierto), nos instan a profundizar en nosotros mismos, a conocernos mejor. También nos ponen en ocasiones a prueba, al obligarnos a enfrentar los peligros que representan. No es extraño, pues, que muchos poetas y artistas vean en su extrema reducción la quintaesencia de una belleza sublime y trascendente. Esta sensibilidad está detrás de algunos paisajes y representaciones polares de Friedrich, como también en muchas páginas memorables de Saint-Exupéry, Pierre Loti o Théodore Monod. Es la misma «magnífica desolación» de que nos hablaba Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó la luna.
Alguna grave desconfianza debemos albergar hacia nuestro futuro, cuando las utopías se van retirando de nuestro horizonte de expectativas. ¡Qué lejos quedan aquellas sociedades tan perfectas ideadas por Platón, Moro, Campanella o Francis Bacon! Lo que ahora seduce a los escritores es su reverso negativo, la distopía. Huxley, Bradbury y Orwell imaginaron algunas de las más representativas de nuestro tiempo. Es como si nos pareciera más razonable sospechar que nuestro proyecto de Humanidad terminará torciéndose. El reiterado aviso de que estamos devastando el planeta, junto con los tibios remedios que arbitran los poderes públicos explican sobradamente este pesimismo que padecemos. No todas las distopías se fundamentan en la crítica de un avance tecnológico descontrolado, pero no deja de ser un elemento importante en muchas de ellas. El tipo de progreso que tanto se admiraba hace cien años, basado en el culto a la máquina, es ahora uno de los más cuestionados. En las novelas de Jules Verne, uno de sus más señalados profetas, ya se detectaban señales del peligro. Así, en El secreto de Maston, un sabio excéntrico no dudaba en modificar el eje de rotación de la Tierra, valiéndose de un potente cañón, a fin de explotar los recursos minerales de los casquetes polares derretidos (parece que Verne también fue visionario en esto). Que no se consiga culminar semejante disparate por culpa de un pequeño error de cálculo no deja de constituir un desenlace bastante inquietante. Se ha dicho que el Romanticismo representó una reacción ante los escasos avances reales que la Ilustración aportó al bienestar humano. A nosotros, la última centuria, a pesar de sus innegables éxitos tecnológicos, también nos ha impartido duras lecciones, y no es raro que los escritores hayan rebajado mucho el tono de sus elogios. Ahora, quienes mejor cantan las bondades del progreso son los ideólogos del transhumanismo y las grandes corporaciones tecnológicas.
Thomas Wolfe (1900-1938) fue una de esas figuras dramáticas que nacen como predestinadas a disfrutar de una corta existencia. Tocadas por el genio, y como anticipándose a su limitado futuro, se entregan a una labor creativa implacable, no exenta de ciertas dosis de letalidad autodestructiva. Autor de cuatro inmensas novelas (dos publicadas póstumamente), relatos, poemas y piezas dramáticas, Wolfe escribió también una autobiografía, Historia de una novela (The Story of a Novel, 1936): un resumen apasionado y sincero de la intensa actividad literaria que colmó su vida. Recién publicada por Periférica, Historia de una novela encierra un texto de gran interés, fraguado en un registro cordial y muy cercano al lector, trufado de estupendas anécdotas; una crónica, en suma, con vocación de convertirse en el libro de culto de todos aquellos temerarios que han hecho ―o han pretendido hacer― de la literatura una profesión. Seducido por el modélico fervor de Wolfe, el lector se sentirá arrastrado a meditar sobre el apasionante problema de la creación literaria y sus altas exigencias de compromiso. Pocas vidas más ejemplares, a este respecto, que la de Thomas Wolfe.
Recuerdo que un profesor de la Facultad de Filología nos aseguraba a los alumnos que la literatura de ciencia ficción solo proliferaba en aquellos países volcados en la investigación científica, únicos reductos donde se daba el caldo de cultivo necesario para su crecimiento, tanto en lo referido a su escritura como a su recepción. Parece, desde luego, que la supremacía de los autores anglosajones en el género resulta casi indiscutible, al menos en una primera etapa de su desarrollo. Basta con echarle un vistazo al libro de David Pringle, Ciencia Ficción: Las 100 mejores novelas, para comprobarlo. Seguramente, la situación ha cambiado mucho en las últimas décadas. Habitamos un mundo interconectado en el que la noticia y pormenores de los avances tecnológicos y científicos, indudables ingredientes y acicates del género, están al alcance de cualquiera. Y sin embargo, ni siquiera en aquellos lejanos tiempos en que rusos y norteamericanos competían en la carrera espacial faltaban las excepciones. Una de las más ilustres la protagonizaba Stanisław Lem (1921-2006), un escritor polaco que fue capaz de conquistar, valiéndose de su propia lengua, un lugar destacado y muy personal en el panorama de la ciencia ficción internacional.
En la mayoría de las ocasiones, los pasos del sabio y del artista recorren sendas muy diferentes, incluso cuando transcurren por idénticos parajes. No es lo mismo explicar un poema que escribirlo, analizar una sonata que interpretarla en el piano. Y sin embargo, a nadie se le oculta que cada uno de ellos, desde su propia esfera de actuación, bien podría fecundar la tarea del otro. Hay dominios, al menos, en que dicha colaboración parece más factible, o incluso deseable. Es el caso del relato histórico o mitológico, donde los conocimientos del erudito, oportunamente modulados, resultan poco menos que imprescindibles para sustentar el vuelo creativo del escritor, que tampoco puede faltar. Un altísimo exponente de esta simbiosis fecunda se manifiesta, sin duda, en Los dioses de los griegos (The Gods of the Greeks, 1951): primera parte de una importante bilogía que el eminente mitógrafo Karl Kerényi (1897-1973) consagró a recrear y contar, respetando toda la riqueza y complejidad propias del mito, las historias de los héroes y divinidades de la antigüedad helénica. Para Karl Kerényi, el mito solo cobra vida mediante su relato. Con la aparición de este esperado volumen, Atalanta cierra un capítulo que iniciara hace unos años con la publicación de Los héroes de los griegos (2009), segunda parte de esta apasionante obra dual. La nueva edición del texto que nos ofrece ahora Atalanta, traducido por Jaime López-Sanz, cuenta además con un oportuno prólogo de Luis Alberto de Cuenca: un bellísimo preludio al texto de Kerényi que contiene una sugestiva introducción general al mito y su significado, interesantes pormenores de la edición y, en suma, todas las claves precisas para aproximarnos a la figura y obra del insigne mitólogo húngaro.
En un parque de la ciudad checa de Karlovy Vary (Karlsbad) hay un famoso monumento en bronce dedicado a Beethoven. La escultura representa al compositor caminando con ademán resuelto, los labios apretados y asiend0 con una mano la solapa de su abrigo mientras cierra la otra en un puño colosal. La imponente masa de la estatua, así como la altura sobre la que se levanta acrecientan en el espectador la sensación de asistir a la manifestación de una determinación inquebrantable. Y no se engaña. Llegado a Viena con poco más de veinte años, Beethoven necesitó armarse de mucha tenacidad para lograr destacar entre la multitud de músicos con talento que rivalizaban por el favor del público. En un medio tan competitivo como el vienés, la progresiva sordera que comenzó a padecer hacia 1801 ―apenas iniciada su carrera de compositor― suponía además un golpe muy duro, casi definitivo, a sus aspiraciones profesionales, incluso a las más modestas. Pero contra todo pronóstico, Beethoven salió adelante. Es decir, no solo supo sobrellevar con entereza su desgracia, sino que además nos legó ―a pesar de tan grave discapacidad― una obra artística revolucionaria y eterna. También se convirtió por ello en símbolo universal de la lucha contra la adversidad. Obviamente, la escultura citada pretende ofrecer un retrato moral del compositor, plasmar en metal su capacidad de resistencia (de resiliencia, que diríamos ahora). ¡Para «torcerle el cuello al destino» es preciso apretar mucho los puños!
Es el caso de sus meditaciones relacionadas con el absurdo accidente que provocó la muerte de su mujer ―el hado fatal que mueve nuestras vidas―, o las que vienen inspiradas por ese lado trágico que tiene lo perecedero de la condición humana y su obra. Unas confidencias íntimas que provocan, curiosamente, también las del propio narrador, que a su vez hablará de su vocación musical frustrada o de sus traumas infantiles; de tal manera que algunas escenas derivan en la representación de dos soledades enfrentadas. A estas dos voces principales se van sumando otras, en su mayoría de artistas, muchas veces expresadas también en primera persona. Además de una confesión individual, Autorretrato con piano ruso es, por lo tanto, también un retrato colectivo (de una generación de artistas), resuelto formalmente con una admirable originalidad y economía de medios. Las voces de los diferentes personajes evocados por Suvorin se entremezclan en una textura compleja donde ―al igual que en una polifonía musical― lo importante muchas veces no es tanto saber qué voces hablan en cada momento sino qué es lo que nos dicen.
Cuando el gaditano Columela (4-70 d.C.) escribió su tratado de agricultura (De re rustica), al llegar al capítulo correspondiente al cultivo de los jardines no le pareció descabellado abandonar la prosa y redactarlo en hexámetros. La belleza de la materia (así como el deseo de seguir el modelo virgiliano de las Geórgicas) parecían justificarlo. En la anterior centuria, Lucrecio había compuesto también en verso su célebre De rerum natura, y Paladio, en el siglo IV, dedicaría un poema a los injertos. En época más moderna, Goethe escribe una elegía titulada La metamorfosis de las plantas, una especie de resumen en verso de su homónino ensayo de botánica. Y ya en el siglo XX, un poeta italiano poco conocido, Guido Gozzano, publicaría un largo poema didáctico consagrado a exponer la morfología y costumbres de las mariposas: Le farfalle. Epistole entomologiche (1913-16). El conocimiento científico y la emoción lírica parecen tener, de antiguo, puntos en común. Así se manifiesta también, de manera radicalmente original, en la figura de David Henry Thoreau (1817-1862), un enamorado de la naturaleza cuyos escritos no andan cortos de lirismo. Encuadrable dentro de las coordenadas del trascendentalismo americano, Thoreau fue un atento observador de los fenómenos naturales. El menor detalle cromático, efecto dinámico o rastro olfativo catapultaba su imaginación al terreno de la fantasía más desbordada, de tal manera que su mirada quedaba dividida, por así decir, en dos dimensiones complementarias. De un lado, la que sabía extraer lecciones de historia natural, y era capaz de descubrir la importante acción de las ardillas en la rotación de los bosques; de otro, la que se elevaba a un nivel de lectura más trascendente e imaginativo, desatando la efusión lírica. No debe sorprendernos, pues, que en los vivos colores de los arces otoñales Thoreau vislumbrara «el regreso a la tierra de legendarios faunos, sátiros y ninfas del bosque».
crecimiento de la planta, enfrentada a un entorno muy hostil, hasta convertirse en un pequeño árbol de menguado fruto. Un fruto que luego nadie parece apreciar, y que Thoreau compara con la obra de algunos hombres ilustres que han pasado desapercibidos a sus contemporáneos. Manzanas silvestres es un tratado de botánica tan heterodoxo como cabe esperar de su autor, rendido a la belleza cromática del fruto y a su aroma inefable. El entusiasmo de Thoreau es tal que no duda en inventarse nombres fantásticos (incluso en latín) para reflejar las infinitas variedades del fruto silvestre: manzana del paseante, manzana para comer en diciembre, manzana que crece en los restos de un sótano (Mallus cellaris), manzana de la ardilla del pino… ¡Ni Linneo lo hubiera hecho mejor! Las personalísimas (y quizás arriesgadas) experiencias del autor probando cualquier manzana que se pone a su alcance se combinan, de manera inesperadamente feliz, con abundantes citas de autores clásicos, testimonio de sus variadas lecturas: Plinio, Tácito, Heródoto, el Edda en prosa, Teofrasto, Paladio, Homero, Virgilio… En el aula de la naturaleza, tan poco alterada por la historia, las lecciones de erudición nunca resultan cargantes, pues los autores más alejados en el tiempo se nos revelan allí como contemporáneos. Olvidados de muchas cosas y valiéndonos solo de nuestros propios sentidos, revivimos un parecido asombro y maravilla.






